EL MISTERIO DEL FERROCARRIL (Segunda parte)

gatos-entierroNo es para creer, pero es muy cierto. Al cumplirse las veinticuatro horas del día siguiente, dos hombres que en todo ese tiempo habían estado transpirando de fiebre en medio de estremecedoras alucinaciones, murieron de pulmonía.

Fue suficiente.

Después de realizar el entierro muchos ataron bártulos y partieron a sus pagos en distintas direcciones. La empresa se alarmó. La noticia esparcida por todos los ámbitos los había asustado. Ya nadie quería integrar aquella fatídica cuadrilla. Cuando los jefes del tramo evaluaron las serias dificultades del terreno y la negativa de los aterrorizados braceros a seguir adelante, presentaron un proyecto para cambiar la dirección de la ruta, pero el directorio les negó rotundamente esa costosa posibilidad. Había que seguir el trazo inicial aprobado. No había escapatoria.

Ante tamaña emergencia los jefes se reunieron con los pocos hombres que todavía quedaban en las filas. Querían solucionar el serio problema. Aquella vez los operarios manifestaron que todo lo que estaba ocurriendo en aquel lugar era obra del demonio y que para conjurar el maleficio debía convocarse a un afamado brujo. Él –decían- con sus poderes mágicos podría neutralizar la nefasta acción de Satanás. “No hay otra salida” afirmaron categóricos.

Como es de suponerse, los ingenieros no creyeron nada de lo que se había dicho, pero con el fin de no ahuyentar a los pocos trabajadores que quedaban, ordenaron que se hablara con un brujo que conocieran.

Contrataron a un famoso brujo de Margos y lo hicieron venir para conjurar la maléfica obra del diablo. Llegado al campamento, el hechicero margosino habló con todos.

  • Lo primero que tengo que hacer es conversar con el cerro… ¿Cómo se llama?.
  • “Mishihuaganan”, taita –contestó un obrero.
  • Conversaré con el cerro “Mishihuaganan” y le preguntaré por qué está poniendo estas inconveniencias en el trabajo y por qué está matando mucha gente.
  • Bien, taita.
  • De acuerdo a lo que me informe, procederé.
  • ¿Cuándo será eso, taita?. –preguntó otro.
  • Esta misma noche hablaré con él. Hoy es viernes, día propicio. Para despenar el cerro tendrán que pasar algunos días.
  • ¿Qué es lo que necesita y cuántos le acompañaremos? –Preguntó el contratante.
  • Compañía, no necesito. Debo ir solo. El cerro es chúcaro y no lo conozco. No es conveniente que me vea con extraños.
  • ¿Qué le prepararemos?
  • ¡Coca, cigarros, aguardiente y cuatro cirios de muerto!….
  • ¿Eso es todo?.
  • Para mi vuelta debe estar hirviendo un espeso caldo de gallina negra.
  • Así lo haremos, taita.

Aquel mismo viernes, cubierto con abrigadora indumentaria negra del sombrero a los zapatos, cerca de la medianoche, el margosino en su ascenso al fatídico cerro se perdió en la oscuridad de la noche,

De lo que el brujo hizo aquella noche, jamás nadie supo nada.

Cuando las primeras claridades del alba del día siguiente asomaban por oriente bajó el margosino con los ojos tumefactos y los carrillos hinchados de coca. Hizo una señal a todos para que se congregaran en derredor. Cuando todos estuvieron silenciosos y expectantes, dijo:

  • Anoche hablé con los gentiles que moran en el cerro. Ellos están muy irritados y no ven con agrado el tendido de estos caminos de hierro. Afirman que además de alarmar a los espíritus lugareños van a traer muchas desgracias a las gentes de estos sitios; por él –dicen- traficarán con el sudor de los campesinos que se convertirán en esclavos para extraer las riquezas que otros se llevarán. Habrá muchos abusos, mucho dolor y gran cantidad de muertos.
  • ¿Por qué dicen eso?… ¿Será cierto?. –preguntó alguien.
  • Ellos lo saben todo. Son eternos y conocen el pasado y vislumbran el futuro. Nada les es desconocido.
  • ¿Sí, taita?.
  • ¡Sí, hijo! Ellos saben que han fallecido de mala muerte dos hombres que trabajan en el camino de Unish baleados por los policías y que sus compañeros han sido castigados muy injustamente. Eso ha pesado para que impidan la construcción del camino. Están muy indignados por los atropellos cometidos. Sólo cuando las almas de esos hombres lleguen al cielo, dejarán de causar problemas. Eso es lo que me han dicho…
  • Entonces, ¿qué haremos, taita?…
  • En la misma cumbre del cerro, debe hacerse una misa a la virgen del buen morir para alcanzar la paz de los dos hombres que han finado…
  • ¿Cuál es esa virgen, taita?… ¡no la conocemos!.
  • Esa virgen ha sido traída hace muchos años por los extranjeros que llegaron a las minas del Cerro; ella es la Virgen del Tránsito. Sólo así –como les digo- se encontrará la paz en este lugar; caso contrario, nunca terminarán los problemas.
  • ¡Así se hará, taita! –Dijeron los braceros.
  • Bien, ahora que lo saben todo, espero que cumpla al pie de la letra mi encargo para bien de todos. Yo ya cumplí mi misión y me retiro.

Tal como lo había sugerido el margosino, así se hizo.

Aquella mañana, la naciente plaza de Smelter bullía de gente fiestera venida de todos los lugares aledaños: Vicco, Colquijirca, Ninagaga, Villa de Pasco, Alto Perú,  Sacra Familia, Tambo del Sol, Rancas y el Cerro de Pasco. De la ciudad minera habían asistido todas las congregaciones religiosas portando sus lábaros y pendones distintivos. Allí estaban “Las Hijas de María”, “La Hermandad del Perpetuo Socorro”, “La Hermandad del Niño Jesús de Praga”, “La Hermandad de la Virgen del Carmen”, “La Hermandad del Señor de los Milagros”, “La Hermandad de la Virgen de Fátima”, “La Hermandad Terciaria Franciscana”, y los miembros de la Beneficencia Austro – Húngara en pleno, portando el magnífico cuadro de la Virgen del Tránsito. La Madre de Dios, enmarcada en un hermoso cuadro de pan de oro, con sus cabellos rubios y sueltos en su ascensión a la gloria por hialinos cielos, ojos claros y manos abiertas en su sacra subida, rodeada de célicos arcángeles, ángeles, serafines y querubines.

Detrás del cuadro de la Virgen, iba el párroco con capa pluvial, predicando sus contristados paramentos y melancólicas salmodias. Siguiéndolo, un diácono portando una enorme cruz de plata, rodeada por seis monaguillos que blandían sendos incensarios que inundaban el ambiente de penetrante olor místico. A continuación venían las congregaciones religiosas seguidas de la plana directiva de la Railway; cerrando filas, los abnegados obreros carrilanos de la ruta, las gentes del pueblo y la banda de música de la Beneficencia Austro – Húngara.

Llegados a la cima del cerro, donde se había improvisado un hermoso altar, el párroco celebró una misa de campaña. Ya alto el mediodía, invitados por los concesionarios del ferrocarril, todos los peregrinos se acercaron al humeante asador de aromatizadas carnes tiernas y al enorme perol de espeso locro cerreño.

¡Santo Remedio!.

A partir de entonces desaparecieron los gatos y las tremendas dificultades anteriores; tanto es así que, a las doce del día 28 de julio de 1904, la locomotora número cien, halando adornados coches con las banderas peruana y norteamericana, entraba triunfalmente en la estación de la Esperanza inaugurando el tramo ferroviario la Oroya – Cerro de Pasco.

 

 

EL MISTERIO DEL FERROCARRIL (Primera parte)

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En el kilómetro 111, terrenos correspondientes a la Villa de Pasco, la vía férrea comienza a faldear los cerros que se yerguen sobre la pampa y rodeando sus estribaciones llega al kilómetro 130.700, que termina en la estación de la Esperanza del Cerro de Pasco. Estos diecinueve kilómetros y 700 metros que median entre uno y otro punto fueron en el momento de su construcción –albores del siglo veinte- los más fatales y duros del todo el recorrido. Ocurrencias trágicas y misteriosas los cubrieron con un halo de fatalidad, que hoy a muchos años, todavía los ancianos se santiguan al referirlos.

Esto es lo que acaeció.

Apenas iniciada la ascensión de aquella colina, una sucesión de inexplicables dificultades se les presentó a los heroicos trabajadores de la ruta. Las rocas eran tan duras que en un santiamén quebraban barrenos, puntas, cinceles y picos. Hasta la dinamita era impotente para destruirlas. Como si esto fuera poco, las atronadoras descargas atmosféricas caían continuamente como furiosos látigos eléctricos sobre los rieles tendidas llenando de consternación y sobresalto a los humildes trabajadores. Lo raro de todo esto es que acontecía en una época de sol.

El trabajo era duro, muy duro; pero se avanzaba.

Se había vencido serios contratiempos, pero a medida que se progresaba, se presentaban más arduas y continuas dificultades. Había mañanas en que la  espesa ventisca impedía la visión de los hombres cuando se aprestaban a iniciar la jornada. Otros días, espantosas trombas de agua se desencadenaban con pasmosa continuidad, impidiendo el inicio del trabajo.

Como es natural, esta serie de obstáculos alarmaba seriamente a los jefes y peones de la obra; nadie imaginaba entonces que estos impedimentos llegarían a límites insospechados.

Una noche  que la luna, redonda y magnífica, hacía brillar las estepas nivosas de la ruta, los braceros se incorporaron sobresaltados  sobre sus pellejos y cobijas. Miraron a la cumbre del cerro de donde provenían estremecedores gritos. Quedaron estáticos al ver lo que allí acontecía. Dibujándose a contraluz, centenares de gatos cimarrones andaban rompiendo la igualdad del horizonte. Había de todos los colores: negros, pardos, blancos, moteados, atigrados, grises, aleonados, rayados, rojizos, diversidad de combinaciones de éstos, emitiendo estridentes y escalofriantes maullidos. Horrorizados contemplaban cómo, cuatro de ellos, igual que si fueran humanos, llevaban en peso a un quinto  que simulaba estar muerto; detrás con los ojos brillantes como ascuas, un gigantesco gato negro de impresionante altura y alisado pelo lustroso, guiando a los que venían detrás alineados y caminando sobre sus patas traseras y las manos empalmadas como si estuvieran rezando. Lo más espeluznante de esta estremecedora procesión, eran sus  chillidos como desgarradores llantos de personas en trance de locura. Voces estridentes de todos los registros estremecían la noche. Los hombres mudos de terror no atinaban a pronunciar palabra. El silencio fue absoluto en tanto duró la ceremonia, después contritos y cavilosos se fueron a acostar. Aquella noche, el tétrico aquelarre de los gatos cimarrones prendidos de sus retinas, no los dejó dormir. Aquella noche también nació el nombre del cerro: Mishihuaganan. (Donde lloran los gatos)

Una extraña y negra premonición envolvió la oscuridad.

Al día siguiente, bajo unas lóbregas cerrazones que nublaba el paisaje, los hombres procuraban avanzar su trabajo en tanto no llegara la lluvia. Ya se había avanzado  considerablemente por un día y, al promediarse la tarde, un grupo que había hallado una inmensa roca, se aprestaba a quebrarla. Un trabajador que fijaba una punta para fragmentarla con el golpe de comba que propinaría un segundo, recibió de lleno el impacto del cincel al volar por los aires tras el golpe brutal que sacó chispas de la roca. Todo sucedió en unos segundos. La punta fue a incrustarse con un sonido sordo en la sien del portador. Nada se pudo hacer, murió instantáneamente.

El revuelo que causó esta espantosa muerte fue extraordinario. El difunto era un hombre muy querido en su grupo y el extraño accidente no dejaba de llamar la atención de los peones que, supersticiosos, asociaron la muerte del hombre con el extraño ritual gatuno de la noche anterior.

La superstición caló muy hondo en la conciencia del peonaje.

Pasados algunos días, cuando la normalidad parecía estar retornando a la cuadrilla, nuevamente la luna volvió a lucir su femenina palidez sobre la noche. Esta vez también volvieron  a ser testigos de un nuevo aquelarre felino. Uno de los hombres de la cuadrilla santiguándose musitó estremecido:

  • ¡¡¡Dios mío, mañana habrá otro muerto…!!!.

Así fue. Al día siguiente, cuando los obreros se aprestaban a iniciar sus labores, advirtieron que uno de ellos continuaba en la cama. Al querer despertarlo, quedaron helados. El hombre estaba muerto. Tenía fijos los vidriosos ojos, sanguinolentos y saltones, en el vacío inescrutable de la nada. Nadie hizo caso cuando los ingenieros afirmaron que había sido un derrame cerebral. Unánimemente, aseguraron que los gatos eran los malditos mensajeros de la muerte; que en sus ceremonias y sus entierros eran claros los anuncios de que alguien moriría.

Mucho batallaron los jefes para que los peones se calmaran. Tuvieron que aumentarles los salarios y regalarles con varias arrobas de aguardiente de caña para que decidieran seguir en el trabajo. Sin embargo, volvió a ocurrir el aquelarre y, al día siguiente de la satánica ceremonia, encontraron a otro hombre que se retorcía por los suelos, pálido como un muerto, con copiosas transpiraciones y alarmantes quejidos. Sus compañeros acudieron a auxiliarlo pero, ignorantes de lo que sucedía, nada pudieron hacer. En pocos minutos quedó muerto con las manos crispadas sobre el vientre.

  • Ha sido la “lipiria”- sentenció un viejo desdentado- ¡Pobre hombre… sus tripas se han enredado! … ¡Ha muerto!

No había nada que hacer. Todos estuvieron de acuerdo. Aquellas diabólicas ceremonias gatunas constituían la negra premonición de una muerte segura.

Temerosa, la gente se puso más alterada que nunca.

Ante tamaña avalancha de desgracias, los hombres tomaron una decisión; esperarían otra noche de luna, y convenientemente armados, irían a matar a los malditos animales endemoniados.

La espera no fue larga. Una noche de plenilunio, en la que el cerro misterioso era iluminado diáfanamente, se armaron de picos, látigos, hondas, barretas, garrotes y zurriagos a la espera del inicio del luctuoso ritual.

Muy poco tuvieron que aguardar.

Al promediar la medianoche, la tumultuosa procesión de gatos daba comienzo. Los hombres rodearon el cerro sigilosamente y procedieron a subir estrechando cada vez más el cerco humano. Después de dos horas de impaciente asedio, cuando ya tenían a los gatos en el centro del círculo humano, listos para la cacería, ocurrió algo inexplicable. La luna que hasta ese momento había permanecido brillante, repentinamente se cubrió de espesas nubes que ensombrecieron el paisaje y vientos huracanados venidos de todas las direcciones zarandearon aparatosamente a los hombres que impedidos de ver tan siquiera un poco, lanzaban sus garrotazos a diestra y siniestra sin lograr darle a los animales. Muchos llegaron a lesionarse entre ellos. En el oscuro vórtice de implacable terror, los desgarradores maullidos de los gatos se confundían con las imprecaciones y arengas de los hombres. Largo tiempo estuvieron enfrascados en la fantasmagórica escaramuza, hasta que cansados y en silencio comenzaron a bajar a tientas hasta el campamento. Nadie había llevado ni una lámpara, confiados en la claridad de la luna.

Continúa……

LA NINFA AMUESHA (Leyenda)

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Cuando se llega a Oxapampa –esmeralda viviente del territorio pasqueño-  uno es recibido por un cálido paisaje maravilloso y edénico. El río que lo riega discurriendo rumoroso y azufrado separa a Oxapampa de  Chontabamba. En estas verdes inmensidades  cubiertas de gigantescos árboles de cedro, pino, nogal, jacarandá, caoba y mohena, se asentó hace centenares de años, el aguerrido pueblo Amuesha.

Cuando el sol, descorriendo las nubes que forman amenazadoras camanchacas ilumina el cielo oxapampino, puede distinguirse recortando el horizonte montañoso, la silueta yaciente de una hermosa mujer dormida. Allí está ella nítidamente tirada cara al cielo. Las suaves curvas de su rostro joven, la agresiva prominencia de sus senos núbiles y erectos, los contornos de sus  muslos y piernas poderosas, conforman el perfil de una atractiva belleza indígena. De ella ha quedado, fresca como el aroma de la orquídea, una leyenda que emocionadas las abuelas cuentan a sus nietos.

Dice que un aguerrido guerrero casado con la más bella mujer de los contornos, esperaba ansioso la llegada del fruto de su amor. Sus sueños se poblaron de esperanzas y augurios. Fantaseaba con tener un hijo tan poderoso que conservara invictas sus inmensas heredades; tan diligente que atesorara feraces esos campos ilimitados; tan bondadoso que se condoliera de sus gentes; pero sobre todo, tan valiente que no se dejara vencer por las adversidades. Por eso fue enorme su alegría cuando sus manos temblorosas sintieron el palpitar de la vida que venía y quiso compartir la buena nueva con el resto del mundo.

Sus sueños fueron tantos y tan desproporcionados que cuando el agudo vagido del recién nacido repercutió en los confines de la jungla, su corazón esperanzado dio un gran salto de alegría. Su júbilo duró poco. Cuando lo tuvo en sus brazos comprobó que no era el poderoso heredero que esperaba. Era una mujer. Junto al llanto de la niña, su corazón comenzó a lamentar sus frustraciones.

Los días transcurrían y la soledad, cada vez más avasalladora, lo iba aislando terriblemente. No tendría, como había soñado, el ayudante que lo acompañara a sus incursiones en el monte para cobrar las piezas de caza y pesca; no contaría con el brazo fuerte que lo ayudara en la chacra; su fatal pesimismo lo hacía ignorar deliberadamente a la niña que conjuntamente con su madre se sentía marginada. Sumido en su pena ni advirtió que los días iban pasando.

Entretanto la niña iba creciendo. Su cuerpo ayer frágil y pequeño, alto y cimbreante, fue tomando dimensiones de mujer. Cuando caminaba, hacía evocar el paso de los felinos; su “cushma” de geométricos garabatos, como una segunda piel, resaltaba la majestad de sus formas. Su rostro, siempre dulce y sonriente, alcanzó una belleza jamás vista por aquellos cálidos parajes.

Pronto había quedado convertida en mujer.

La noticia cundió por aquellos parajes. Todos los mozos del lugar convocados por el llamado del amor la pretendieron. En vano. Una sola vez correspondió con una sonrisa el regalo de un guerrero amuesha. No obstante que el aguerrido enamorado hiciera espectacular demostración de su fuerza y sus habilidades; que la acosara con  la pertinacia de sus ruegos y homenajes, el corazón de la joven quedó invicto. Por fin el guerrero se rindió. Él se fue con el recuerdo de su agradecida sonrisa y ella quedó con un hermoso collar de chaquiras que fue su único adorno. Ella tenía como único afán de su vida, el servir diligentemente a su insatisfecho padre que, después de mucho tiempo, había comprendido que en ella,  tenía un tesoro consigo.

Todo el mundo tenía que admirarla cuando, garbosa y ondulante, caminaba por los verduscos senderos del risueño valle. Los niños la admiraban, los hombres la deseaban, los viejos la respetaban; pero todos la querían. Hombres y mujeres. Ella cumpliendo su misión de servicio a su padre, divertida y alegre, iba al río, a las cochas, a las cascadas, a bañarse nadando juguetona. Esa era su más grande pasión: el agua. Ninfa selvática y hermosa, reina del río y de la lluvia, podía pasarse horas enteras jugueteando ondulante y feliz en las profundidades y la superficie de las cochas. El agua era su elemento. Cuando llovía, era una fiesta para ella; salía a corretear por los campos con el sólo deseo de mojarse. Hasta las gotas de rocío que pródigas bañaban las flores y los campos en las madrugadas, eran recogidas con delectación por sus finas manos, blancas y suaves.

Así fue pasando el tiempo. Un día, sin que nadie lo entendiera, un sol terriblemente abrasador comenzó a marchitar los campos; la camanchaca desapareció, las neblinas se esfumaron y enormes cicatrices polvorientas se formaron por donde antes discurriera el río; el Yanachaga enmudeció el bronco tronar de sus cielos; las “pacchas” y las cochas languidecieron y los animales, esqueléticos y sedientos, fueron muriendo inexorablemente. Aquel año, como es natural, los amueshas no hicieron la fiesta de iniciación de las lluvias donde abundaba el masato embriagante, las danzas y canciones lugareñas; tampoco hubo grandes comilonas. La sequía ahogaba a los campos y la tristeza consumía a hombres y animales hambrientos. Consultado el brujo de la tribu, predijo más hambruna, más desgracias y más muerte si no se ofrecía un sacrificio propiciatorio a los dioses ancestrales, caprichosos y vengativos.

La hija del cacique, ninfa de las aguas ahora ausentes, lo comprendió todo en un instante. Aunque ninguna ley la obligaba, ella, la más amada por su gente, la más hermosa doncella de los contornos, decidió inmolarse por su pueblo moribundo. Estaba segura de que los dioses recibirían su ofrenda como el pago justo y oportuno para liberar a su pueblo de la sequía.

Su decisión estaba tomada. Una mañana, ardiente  como ascua fogosa, salió de su choza como todos los días. Caminaba, esta vez, raramente dubitativa, como si un tremendo peso le agobiara las espaldas; su dulce rostro no tenía la luminosidad de otros días; una sombra imprecisa de dolor le teñía unas ojeras profundas. Esta fue la última vez que la vieron. No más. Alarmados la buscaron todo el día. Recorrieron caminos, divisaron abismos, otearon farallones y nada. Sólo el eco retumbante devolvía las llamadas de angustia; después todo fue silencio. Por la noche, provistos de humeantes teas, anduvieron caminos con gritos que retumbaban en la espesura.

–¡Niche… Niche… Niche… Niche!… – Así se llamaba -. Sólo el eco devolviendo las angustias se escuchaba en la negra oscuridad. A la mañana siguiente, -desesperación en los ojos, sequedad en las bocas-, hallaron las chaquiras que envolvían su cuello junto al lago  Chontabamba. Mal presagio. Entonces  -cuentan los ancianos- como un suspiro, los cielos ayer nomás brillantes, se ensombrecieron de negras cerrazones y en tanto comenzaba a retumbar el Yanachaga, las aguas retornaron pródigas en una lluvia nueva y esperada, pero acompañada de remezones terráqueos, de fumarolas espectaculares, de volcanes ayer dormidos y las aguas azufradas del Oxapampa, bajando impetuoso, retornaba a su cauce. Después de un año de sequía, volvía a llover. Aquella noche, los campos murientes calmaron su sed, los animales supervivientes recobraron la vida. Fue un milagro. Todo en una noche.

Al día siguiente, deshechas ya las nubes, el pueblo amuesha pudo ver estremecido allá en el horizonte, recostado, desnudo y de cara al cielo, el cuerpo de la agraciada criatura. No lo pensaron más. El sacrificio de la Ninfa estaba claro. Ella, bondadosa y noble, se había inmolado para que su pueblo pudiera seguir viviendo.

Pasarán los siglos –dicen los amueshas- pero ella, incólume y hermosa, seguirá recibiendo en su cuerpo desnudo, las aguas vivificantes de la selva que tanto le habían gustado.

 

 

 

 

 

TAITA CORPUS Y EL OPA (Cuento)

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Hace muchos años, cuando la fe en nuestra religión era muy sólida, hubo una pareja de esposos residentes de una aldehuela de Pasco, con características muy especiales. Ella hacendosa y buena, él aferrado al trabajo como el que más; sólo que tenía un marcado defecto, era opa, es decir, retrasado mental. Amigos desde la infancia habían conservado esa unión en sus juegos y labores. Inseparables, pronto fueron unidos por el amor. Ella, no obstante el defecto de su pareja, lo amaba mucho; él, trataba de compensar a su mujer con su trabajo tenaz y constante. Eso era lo importante para ambos. La que tomaba las decisiones, daba las órdenes y se encargaba de las misiones más difíciles, era ella; el pobre opa era el sólido brazo para el trabajo. Y así vivían felices, aunque –es justo decirlo- muchas veces el opa le proporcionaba serias rabietas a su mujercita, pero ésta, pronto las olvidaba.

Las tierras y animales que habían heredado de sus padres, fructificaron con prodigalidad gracias a las disposiciones de ella y el férreo brazo de él. Tanta fue la bendición caída en su aprisco y en su campo que decidieron dar gracias a Dios como se debe, con una misa solemne y una fiesta en homenaje al patrono del pueblo: Taita Corpus (El Corpus Christi). Así, con un año de anticipación, la mujer iba ahorrando con esmero y con fe, y cada vez que lo hacía, se sentaba sobre el poyo, a la puerta de su casa, para decir en voz alta:

  • Todo este dinero que estamos juntando es para Taita Corpus. Él viene siempre a estos lugares a regalarnos con su bienaventuranza, por eso es que nuestro ganado aumenta y nuestra cosecha es buena. Estamos juntando este dinerito, porque él vendrá con sus barbas largas y su caballo blanco, para obsequiarnos su bendición.

Diciendo esto y contando y recontando su dinero lo llenaba en su “huallqui” mediano de “huayhuash” y lo escondía debajo de la cama, cubriéndolo con las cobijas.

Tanto lo había repetido y con toda fe que su interlocutor, el pobre opa, con su sonrisa abierta y demencial, había grabado estas palabras en su rudimentario cerebro con poderosos signos de fuego. Bueno, el caso es que ya cercana la fiesta anual en homenaje al santo patrono, la buena mujer decidió ir al lejano pueblo minero para contratar al cura, a los cachimbos y a las sahumadoras. Para realizar este viaje, dejó al opa con el encargo de cuidar la casa, ya que ella estaba yendo a preparar la fiesta. “Ya sabes –le decía- Ten mucho cuidado con la casa. Yo estoy yendo al pueblo a contratar la misa con el taita cura para la fiesta de Taita Corpus, Ya se acerca su día y, para cuando venga debemos estar preparados. Todo lo que tenemos, es para él. No lo olvides”. El opa con la mirada perdida aceptó la orden. Con esta disposición la mujer salió de madrugada para retornar por la tarde.

Ya finalizaba el día y en cumplimiento de lo que su mujer le había ordenado, el opa no se movía del quicio de su puerta, vigilante, sentado sobre su poyo. En eso, sus ojos quedaron algo desorbitados al ver que por el camino que pasaba por su puerta se acercaba un jinete sobre un brioso caballo blanco. El opa se puso de pie, admirado, sin dejar de mirar al extraño que se aproximaba. Bajo su amplio chambergo, lucía unas negrísimas y tupidas barbas. ¡Es Taita Corpus! –pensó el opa. Superando su torpeza salió al camino y con su risa abierta y gutural detuvo al jinete preguntando entusiasmado:

  • ¿Tú…tú…tú…eres…Taita Corpus?

El hombre vio tanta candidez en el expresivo rostro del opa que para evitar la interrupción y seguir su camino, casi sin sofrenar su cabalgadura contestó seca y fuertemente:

– Sí, sí, opita. Sí, ¡yo soy Corpus!… ¡Taita Corpus!

La sonrisa en el rostro iluminado del opa se hizo más amplia y expresiva, y en un rapto de entusiasmo, cogió las bridas al caballo y saltando de alegría, le dijo al jinete:

– ¡Espera… taita Corpus… espera! –Diciendo esto, entró en su casa y ágil como un rayo sacó de su escondite el gordo zurroncito de su mujer con los dineros ahorrados para la fiesta y, alegre como un niño se lo entregó al barbudo que asombrado y sonriente recibió el dinero y sin más, picó espuelas.

No había avanzado mucho este barbado personaje que no era otro que un famoso bandolero de la zona, cuando la mujer llegaba rendida. Al ver al opa que saltaba y bailaba de alegría, restregándose las manos, la mujer le inquirió:

– ¿Qué tienes oye?… ¿Por qué estás tan alegre?… ¿Quién es ese cabalgado que te hablaba?

El opa – saltando alegre y señalando al jinete con sus torpes manos –  contestó:

– ¡Taita Corpus!… ¡Taita Corpus!… ¡Taita Corpus!

En un segundo, la mujer entró en sospecha y rápidamente ingresó en su casa y al buscar el fruto de sus ahorros, no halló nada.

-¡Maldito opa! …¿dónde está nuestro dinero? –La mujer gritaba. El opa señalando el camino repetía: Taita Corpus, Taita Corpus. Al instante la mujer lo entendió todo y salió corriendo en persecución del malandrín sin hacer caso de su marido.

Ya había avanzado un considerable trecho y columbraba la ruta que seguía el jinete, cuando vio que allá atrás, a la distancia el opa la llamaba insistentemente señalando algo sobre el suelo, creyendo que tal vez estaría tirada la bolsa conteniendo el dinero, la mujer volvió agitada hasta llegar al lado del opa que, riéndose señalaba el suelo donde estaba diseminado el excremento de un perro.

– ¡Mira!…¡mira!…¡caya…caya…caya!….La mujer indignada le propinó un cachetadón al opa y roja de cólera cogiendo por las solapas al opa le gritó:

– ¡Maldito opa…bueno para nada!… ¿qué haces detrás de mí? No dejes la puerta de la casa. ¿Me entiendes?  ¡No dejes la puerta de la casa!- diciendo esto, después de propinarle un sonoro coscorrón, siguió tras el ladrón.

La pobre mujer jadeante y casi sin aliento, llegó a unos inmensos roquedales donde había visto desaparecer al jinete y, venciendo toda la dificultosa peñolería, comenzó a buscar en silencio, con mucho tino, hasta que pudo descubrir a la entrada de una cueva gigantesca,  algunas huellas y  mucho estiércol de caballo. Entró sigilosamente sin ser vista y pudo oír grandes voces y risotadas de varios hombres en el interior. Pensó que le era imposible y riesgoso tratar de recuperar el dinero en esas circunstancias y que lo más conveniente sería aguardar a que se durmieran pues la noche acababa de cerrarse. Salió en silencio y fue a ubicarse en la parte alta de la entrada de la caverna a la espera de que los hombres se durmieran. Así estuvo un buen rato cuando le pareció oír un ruido sordo que se arrastraba. Aguzó el oído y sintió que el ruido era cada vez más perceptible. Cuando miró inmóvil vio que el ruido los producía el opa de su marido que llegaba hasta ella con la sólida puerta de su casa a sus espaldas. ¡Claro!, ella le había dicho que no dejara la puerta de su casa.

La mujer furiosa y zamaqueándolo desató la soga y confiando en que el opa recibiría la puerta, la dejó libre, pero el opa, torpe y asustado, la dejó caer desde lo alto. Al caer en su rodada la puerta iba haciendo un ruido infernal que el eco de aquellas cavernas rocosas devolvía centuplicado. Ante este estruendo colosal; los ladrones montaron sobre sus caballos y huyeron despavoridos al grito de su jefe:

TFGP.

-¡Es el fin del mundo!…… ¡Sálvese quien pueda!…

El opa y su mujer sorprendidos, al ver la huida de los facinerosos, bajaron de su escondite y entraron en la cueva donde se durmieron rendidos de cansancio.

Al día siguiente, con las primeras claridades del alba, juntaron todas las riquezas que los malhechores habían reunido en joyas, dinero, ropa, vajillas, adornos y alimentos y cargando con todo en seis acémilas que allí habían quedado, se llevaron a su casa, alegres y contentos.

Aquel año, la fiesta del Corpus Christi fue la más sonada. Se comió y se bebió a más no poder. En la misa solemne del día central  y a la puerta de la iglesia, podía verse a los esposos radiantes de felicidad. Ella comprensiva y cariñosa,  había puesto –en retribución a tanto samaqueo y coscorrón- la capa y la banda de la mayordomía al opa de su marido, que feliz como un niño, con su terno nuevo, su sonrisa abierta y los ojos muy húmedos, saludaba a todas las gentes del pueblo.

 

LA PALLAQUERA (Cuento)

la-pallaquera-4Cuando se enteró que en las minas cerreñas podía ganarse buenas monedas, se apresuró a viajar para enrolarse en el contingente de obreros. Le habían dicho que trabajo era muy duro para una mujer, pero no se acobardó. Era muy joven y la naturaleza le había dotado de dos cualidades extraordinarias: una fortaleza asombrosa y una belleza perturbadora. Su vigoroso cuerpo juvenil cubría con  numerosas polleras de colores festivos; su corpiño, ciñendo su busto turbulento estaba a punto de reventar y su cata de colores cubriéndole los hombros la hacían parecer una reina. Rostro sonrosado y hermoso de piel fina y suave; cabellera profundamente negra untadas en dos trenzas acicaladas con cintas de color rojo; labios carnosos guareciendo dientes perladamente nacarados y fuertes; ojos intensamente negros con un extraño fulgor que daba miedo mirarle. Los mineros que la vieron llegar se impresionaron de su belleza magistral pero, cuando la miraban a los ojos, quedaban extrañamente perturbados. No se explicaban por qué.

Todos pensaron que en poco tiempo abandonaría el trabajo pero se equivocaron. A la puerta de la mina, con una pesada comba como la más experimentada pallaquera, trituraba los metales que los capacheros sacaban de las profundidades. La tarea la efectuaba sin sentarse. Se inclinaba sobre los minerales y los molía a golpes. Esta tarea era contemplada por el “tareador” y el vigilante que arma en mano controlaba el trabajo. Al ver esas ancas poderosas, meciéndose  hacia un lado y hacia el otro, les hacía tejer sueños de posesión y lujuria. Ella lo sabía muy bien, pero no les hacía caso. Sus compañeras –otras moledoras que cumplían igual tarea- se sorprendían de su fortaleza. En el poco tiempo que tenían de descanso, conversaban y le hacían conocer los pormenores del trabajo. Así se enteró que dentro de la mina se ganaba tres veces más, pero para ellas era imposible. Jamás dejarían entrar a una mujer en las galerías. Estaba  prohibido. Ella no desesperó. En sus momentos de soledad se dedicó a urdir mil planes y sueños.

Un día, la noticia que llegó a sus oídos le alegró sobremanera. En la Mina de Rey –la más pródiga de la zona- se había descubierto una “bolsonada” asombrosa de “pacos” y “pavonadas” de plata de alta ley. Inmediatamente, sin mayor trámite, comenzaron a recibir “barreteros”, “pallaqueros”, “moledoras” y “japiris”.  Ella, poniendo en juego su inventiva y audacia, se disfrazó de hombre con todos los aditamentos mineros de la época, ciñó fuertemente sus senos, se tiznó la cara y apretujando sus trenzas se caló un “lapichuco” (sombrero viejo) amplio. Listo. Nadie podría pensar que era una mujer. Sin más trámite la enrolaron en aquel ejército de trabajadores de las  profundidades.

Dentro de la mina se las arregló para ir a laborar en la profundidad de los frontones. No quería que nadie la descubriera. Por la dedicación y pujanza de su trabajo, cualquiera habría pensado que era un hombre.

Un día que se hallaba atareada entre los mineros que como luciérnagas hacían titilar sus velas de sebo en la oscuridad, unos ojos brillantes y escrutadores la descubrieron.

  • ¡Hola…!!! – Ella quedó perpleja. Cuando bajó la vista vio a un hombre diminuto pero recio que sonriente la miraba.
  • ¡¿Quién eres…?!- preguntó.
  • Soy el muki. El dueño y rey de las minas –El brillo de sus dientes y el fulgor de sus ojos juguetones la contemplaban extasiado…
  • ¿Qué quieres de mí…? –preguntó ella armándose de valor.
  • Quiero que hablemos porque tengo una propuesta que hacerte. Sólo que tendremos que esperar a que todos se vayan para poder “chacchapar”. Tomaremos unos tragos mientras hablamos… ¿Qué dices…?
  • ¡Bueno!.- Aceptó ella.

Cuando todos se fueron la mina quedó completamente a oscuras. Ellos aprovecharon para reunirse como lo habían acordado. Sólo la lámpara del muki alumbraba a los dos confidentes. El misterioso gnomo de la mina estaba intrigado. La pallaquera no daba ninguna muestra de miedo ni de inquietud, cosa rara en una mujer.

  • ¿No me tienes miedo….? – preguntó el muki
  • No…
  • Tienes mucho valor y eso es muy valioso para una mujer…
  • ¿Cómo sabes que soy mujer….?
  • Las ancas que tienes no pueden ser de un hombre. No eres una yegua, por lo tanto, eres una mujer…
  • No me delates porque está prohibido que una mujer entre en la mina. Si llegaran a saberlo me castigarían…
  • No temas. No te delataré. Aquí nada puede ocurrir si yo no lo ordeno.- La pallaquera contemplaba cómo, con sus manos regordetas, el muki abría el “huallqui” y sacaba abundantes hojas de coca, un “poro” con cal, una pequeña botella de contenido misterioso, y otra, con aguardiente de caña.- Sírvete- invitó extendiendo las verdes hojas de coca sobre un mantel. Ella sin mostrar temor alguno cogió su porción y se puso a masticar..

Largo rato estuvieron en silencio, sumidos en aquel ejercicio de franca amistad, alternando el “chacchapeo” con buenos tragos de caña. Intrigada la pallaquera soltó la interrogante que la había conminado a aceptar la cita con el muki… ¿Qué es lo que querías decirme, Muki…?.

  • Es necesario que sepas que desde que entraste aquí a mis dominios, tu belleza perturbadora me ha seducido. Me ha bastado mirarte para comprender que eres la compañera ideal para compartir mi vida. ¡Quédate conmigo y comparte mis tesoros y mi ostracismo!.
  • ¡Aquí…?!…. ¡¡¡¿En este silencio oscuro y misterioso…?! – preguntó ella tratando de disimular su alarma.
  • ¡Claro que sí! ¡Aquí! Tú sabes que por mi naturaleza no puedo abandonar mi encierro. Estoy condenado a vivir eternamente entre los minerales. Este es mi reino. De aquí no puedo salir. Lo único que necesitaba era la buena compañía de una mujer. ¡¡¡ Tú ¡!! –Te invito para que compartas mi reino viviendo conmigo. Nada te faltará. Al comienzo, claro, extrañarás el mundo que conoces, pero pasado el tiempo te acostumbrarás a la soledad y al silencio; pero, claro, no estarás sola. Yo estaré siempre contigo… ¿Qué dices….?

La propuesta tomó por sorpresa a la pallaquera. Un sinfín de interrogantes inquietaron su mente. Su aguda intuición femenina  le decía que todo lo que el muki le aseguraba, era verdad. En medio de una prolongada oscuridad silenciosa, pasó un buen rato. Calculadora como nadie, la pallaquera, le extendió un reto.

  • Si es cierto lo que dices Muki, tendrías que darme unas pruebas…
  • ¿Cuáles…?! – interrogó el gnomo.
  • Si eres tan poderoso como dices, nada te costaría ayudarme en mi trabajo. Quiero que me facilites mi tarea de sacar buenos minerales dándome un tiempo prudencial para reunir la mayor cantidad de dinero. Quiero ser rica…
  • ¡Trato hecho!. Tendrás toda mi ayuda en tus trabajos y te daré un plazo de tres meses. No más. Cumplido ese plazo serás enteramente mía; solamente mía. Nada podrá oponerse a que se cumpla el pacto.
  • ¡Bueno…!- aceptó la bella mujer.- El muki, muy emocionado se inclinó para coger los senos de la joven mujer, pero ésta se lo impidió – ¡Cuándo se cumplan los tres meses, no antes!- sentenció.
  • Bien está –dijo el muki- entonces para sellar nuestro acuerdo, te beberás este licor especial que sellará nuestro trato- Le alcanzó una botella pequeña para que beba. Cuando por desconfianza quedó en dubitativo silencio, juntó sus manos a las de la mujer y la obligó a beber el licor blanquecino y pegajoso. Cuando terminó de beber un sorbo – Ahora sí, ya es suficiente le dijo. Ahora sé que cumplirás el trato

No hablaron más. Fue suficiente. El pacto estaba hecho.

Desde aquel día, la pallaquera comandó un laborioso equipo de hombres que trabajaba exitosamente en las galerías. En el lugar que ésta señalaba, las ricas vetas se hacían completamente suaves, como si fueran pan de maíz. Era el fruto del encantamiento. Los hombres trabajaban a sus órdenes con un contento especial. En poco tiempo atiborraran innumerables “cajones” de plata de alta ley. Ante la admiración de los mineros cerreños, la pallaquera le llenó de dinero ganándose el respeto de los que trabajaban en su cuadrilla. Lo que nunca le dijo a nadie, porque era uno de sus más grandes secretos, es que pensaba engañar al muki. Jamás podría amar a un hombre diminuto y casi maltrecho, de edad indefinible y de apariencia nada atractiva. Lo que le quedaba era engañarlo. Sería fácil. Como éste no puede salir de la mina, jamás podría encontrarla. Así reunió muy buena cantidad de dinero y muy cercana la fecha del cumplimiento del pacto  partió a su tierra a gozar de sus riquezas. No cumplió con el trato. Quería, sobre la base de sus caudales, derrochar lujo y ostentación, vengándose de los que mal la habían tratado en su pueblo.

Lo que la pallaquera no sabía era que el muki, haciendo uso de sus poderes misteriosos había descubierto sus intenciones nada santas. El día que chacchaparon en la intimidad del socavón, él, previsor como todos los gnomos, le había robado parte de su alma al darle a beber aquel líquido misterioso que con sus artes mágicas, descubría sus más oscuros planes.

Una neblinosa madrugada –ella- hizo cargar sus numerosos bultos de ropas, muebles, adornos y una serie de cajones de plata nativa sobre el carro del viejo Nájera. No permitió que nadie más compartiera el viaje. Ella pagó enteramente todo y, prácticamente, el “mixto” era suyo. Feliz como nunca se subió al carro y partió. Su rostro hermoso iluminado por una amplia sonrisa se recreaba pensando en la cara que pondría el muki al enterarse de que había sido engañado. Lo que ella no sabía era que el gnomo, dueño de las minas, le había robado el alma el día que entablaron el pacto que ella había firmado al beber el semen del hombrecito.

La alegría le duró muy poco a la pallaquera. Al dar vuelta en la fatídica curva de “Atoj Huarco” –camino a Huánuco- el carro se despistó y con todo su cargamento fue a dar a las aguas del torrentoso Huallaga, río que por ahí pasa. La gente que acudió a auxiliar a las víctimas de la volcadura, sólo salvaron al chofer y las cargas que pronto se repartieron. El cuerpo de la pallaquera jamás fue encontrado. La buscaron por muchos días, hasta que abandonaron su búsqueda cansados de rastrear toda la ribera.

Cuentan que cuando la pallaquera abrió los ojos, se encontró en el recinto oscuro de las oquedades misteriosas de la mina. Completamente empapada trató de moverse y alcanzó a ver al muki sonriente, que le cogía de las manos y muy tierno le decía:

  • Tú habías intentado engañarme. A mí, nadie puede engañarme. Aceptaste el trato y olvidaste cumplirlo. A partir de ahora serás mía y ya nadie nos separará nunca.

Los mineros cuentan que la pallaquera, desde entonces, es la mujer del muki. Cuando hacen el amor lo hacen como dos bestias apocalípticas en celo. Desenfrenadamente. Hasta la tierra tiembla con estertores de agonía y hay muchos accidentes. Por eso -aseguran los mineros- no deben entrar las mujeres en la mina.

Pablo Palacios Velásquez

Es uno de los compositores que más ha trabajado por nuestra música y sin embargo se halla completamente olvidado. Era de los que actualmente llaman “cantautor”, es decir que componía y cantaba. Fue director de muchos conjuntos cerreños y en todos ellos dejó lo mejor de su inspiración y profundo amor a la tierra. Minero militante, captó con fina ironía lo que a ultranza ocurriría con los mineros. Con nuestro homenaje por su dedicación a su pueblo, hacemos conocer a ustedes, cuatro de sus más logradas canciones.

R E B E L D I A                                                      J U B I L A C I O N

  (Huayno)                                                                   (Huayno)

Siempre seguiré llorando,                         Yo tengo una esperanza

al recordar de tu infamia,                         tan verde como un limón,

de un pecado me acusan                           cuanto más cuenta me doy,

sin haberlo cometido.                                voy amargando mi vida.

 

Si un pecado he tenido,                             Dicen que cuando yo tenga,

deberías perdonarme,                               mis sesenta años de vida,

y no darme ese castigo,                             entonces tendré derecho,

de una decepción amarga.                        para yo ser jubilado.

 

Me voy del Cerro de Pasco,                       Mañana que yo me muera,

nunca pensé abandonarte,                      y me encuentren sepultado,

pero seguiré pecando                                 dirán ya está jubilado,

conforme tú me enseñaste.                     que descanse eternamente.

 

Ese cariño tan puro                                 Obrero que mal naciste

que siempre te he demostrado,                   para sufrir en la vida,

ahora lo tienes postrado,                            esclavo de tu trabajo,

tan sólo en la rebeldía.                          para ti ya no hay consuelo.

 

FUGA                                                                  FUGA

Al calvario de mi vida,                               Quisiera emborracharme

llevo una cruz muy pesada,                        para disipar mis penas,

por el pecado que tengo,                           porque consuelo no tiene,

me peso de haberte querido.                   ¡Ay!, mi triste desventura.

Letra: Pablo Palacio Velásquez.              Letra: Pablo Palacio Velásquez.

            Música: Severo Díaz.                         Música: Leonardo Herrera.

 

SENTIMIENTO CERREÑO                                  OBSESION.

              (Huayno)                                                  (Huayno)

 ¡Ay! bocamina de Lourdes                        Preso me tienes con tus engaños,

¡cuántas vidas, ¡ay! escondes!,                déjame libre, por Dios te lo ruego,

formando el sentimiento                          yo te he entregado la flor de mi vida,

al contorno de la vida.                              con tus traiciones tú las has marchitado.

 

Yanacancha tambaleando                       Yo por quererte ya mucho he sufrido,

con los tiros de Tacnarica,                          tengo en mi mente tus ingratitudes,

y todos al son del mambo,                        china tu infamia destrozó mi alma,

se van para el cementerio.                         mi amor tuviste de puente en el río.

 

Solamanet Bellavista,                                  Obsesionado tan solo espero,

bien cuidada por los gringos,               aquel momento tan cruel de mi vida

con la muralla que han puesto                quiero confesar todo mi pecado,

piensa quitarnos la vida.                          aquel pecado de haberte querido.

 

                      FUGA                                                           FUGA

Bellavisa, Shuco Punta,                            Si ti supieras amar a Dios,

San Juan Pampa y Yanacancha,             si tú supieras amar al hombre,

todo, todito cholita,                                 no hay cuidado con los demás,

Cerro de Pasco amurallado.                      y mi cariño te ganarás.

 

Pobre mi Cerro querido,                           Letra yMúsica:

vivirá esclavizado,                                     Pablo Palacios Velásquez.

quien fuera Ramón Castilla,

para poder libertarlo.

 

Letra: Pablo Palacios Vásquez.

Música: Julián Mayta Carranza.

pablo-palacios

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La cabeza voladora (Cuento)

la-cabeza-voladora-cuentoAquellos tiempos en que la opulencia del Cerro de Pasco era significativamente turbadora, un riquísimo señorón dueño de las minas más boyantes de la época: De Pariajirca a Quiulacocha, de Cayac Chico a Yanacancha, de Shihuayro a la Docena, de Yurajhuanca a Cruz Verde; decenas de yacimientos generosos que cubrían la extensión de toda la naciente ciudad minera y aledaños.

Este acaudalado minero tenía siete hijos varones que le ayudaban en el trabajo de sus yacimientos y, una sola hija mujer, cuya llegada al mundo le había costado la vida a su esposa. Si los varones eran su orgullo por el generoso brazo que aportaban en la explotación de los filones, era la niña, luz de sus ojos y alegría de su corazón. Intensamente rubia, como si las hebras de su cabello fueran de oro reluciente, su risa argentina tintineaba en la ranchería minera a toda hora. Nunca estaba quieta. Desde las primeras horas del alba sus  pasos menudos resonaban en la estancia en el diario trajín de la labor hogareña. Preparaba reconfortantes desayunos para que su padre y hermanos iniciaran con gran brío la diaria labor minera. Durante el día, en tanto el fogón sazonaba locros sabrosos y frituras crepitantes, ella tejía bufandas, chompas, guantes y medias; lavaba y planchaba la ropa de la familia; limpiaba la casa con una meticulosidad extraordinaria; preparaba riquísimos dulces con frutas y chancacas huanuqueñas; bordaba primorosos manteles que eran impresionante estallido de flores y mariposas multicolores. Lo dicho. Era la reina del hogar y el contento de su padre.

Su ayudante y cuidadora era una vieja mujer, desgarbada y  herméticamente y misteriosa, que la amaba con extraña predilección. Había quedado de niñera de la rubiecita cuando murió la madre.

Las cenas nocturnas presididas por el patriarcal anciano  tenían la virtud de congregar a toda la familia en conmovedora fraternidad hogareña. Cada uno de los siete mozos, todavía con las botas puestas, informaban al viejo de lo ocurrido en la mina; éste escuchaba, y cuando juzgaba necesario, preguntaba. Entretanto, escanciaban la sopera y fuentes de guisos y frituras. La joven, rubia como un sol, los atendía solícita y silenciosamente.

Terminada la limpieza y después de estampar sendos besos en la mejilla de su padre y hermanos, se retiraba al aposento que compartía con su nodriza. Ya en su alcoba, apartada de la vista de los suyos, escuchaba extasiada los cuentos misteriosos y las iniciaciones esotéricas que la vieja le endilgaba por horas enteras. Cansada de tanta plática quedaba profundamente dormida.

Así fueron transcurriendo los inviernos con crueles ramalazos de rayos y truenos; con la silenciosa cobertura de nívea suavidad, con sus chaparrones, granizos y trombas de agua. Pasaron los veranos con los cielos abiertos y enormes en cuyo azul majestuoso  el sol lucía imponente en el día y los luceros parpadeaban luminiscencias extrañas y distantes por las noches; con las minúsculas esquirlas de la escarcha que en un santiamén convertían en carámbanos colgantes las aguas de las goteras; con la amaneciente opacidad de las escarchas.

Un día -pueblo chico infierno grande-, entre aspavientos y ojos abiertos de asombro, un minero reveló el secreto a otro; éste se lo dijo a su mujer que a su vez se lo contó a una comadre; y así lo llegaron a saber las huanquitas aguadoras y el matarife y la moledora de metales y el pallaquero y la comadrona y el sacristán; el rumor incontenible se difundió por todos lados que hasta los pastores de las estancias más lejanas, los arrieros incansables y los viajeros trashumantes, lo llegaron a conocer. La hija del minero ricachón, aquella rubiecita encantadora de sonrisa contagiosa: ¡Era bruja!…

Los cerreños, entre rezos y estremecimientos lo llegaron a saber, menos –cosa extraña- el padre y los hermanos. Hasta que una noche, el hermano mayor, al levantarse de la cama de la mujer con la que tenía amores, fue increpado por ésta.

— ¿Por qué me dejas tan temprano?…- dijo acaramelada.

— No puedo llegar tarde a mi casa. Mi padre se disgustaría. Mañana tengo que trabajar en la mina.

— No seas malo pues… ven – suplicaba la mujer.

— ¡No!- la respuesta fue tan rotunda y tajante que ofendió a la mujer.

— ¡Oye! –Dijo con ira la querida desairada- ¡Tu padre de quien debe preocuparse, no es de ti, sino de tu hermana….!

—  ¡¿…Qué?!… ¡¿De mi hermana?…!

—  ¡Claro… de esa bruja!

— ¡¿Qué estás diciendo, maldita?…!- y un sonoro bofetón convirtió la boca de la querida en una rosa sangrante de imprecaciones mortales.

— ¡Tu hermana es una vil y maldita bruja!… Y para que lo sepas… a esta hora seguramente ni ha llegado a tu casa… ¡Imbécil…!

El hombre castigó con saña a la querida hasta dejarla inconsciente, pero sus palabras, quedaron prendidas en su conciencia como dardos venenosos. Como un sonámbulo llegó a su casa y luego de despertarlos  contó a sus hermanos lo que le había ocurrido. Ninguno creyó ni un ápice de la tenebrosa historia. Nadie podía dar cabida en su mente ni en su corazón la monstruosa versión. Entonces, urgidos por el mayor, espiaron silenciosamente a su hermana durante algunas noches hasta que un viernes de luminoso plenilunio -justo a la medianoche- vieron abrirse la ventana de su alcoba de donde, como un ave misteriosa, salía una cabeza de pródiga cabellera blonda desplazándose ingrávida por los aires como si se tratara de un globo caprichoso y juguetón. Acompañándola, una escuálida perra amarilla, ladrando, jugueteando misteriosamente con ella, tratando de guiarla. Después de un buen rato de juego, cabeza y perra, desaparecieron por los aires. Estremecidos, los hermanos decidieron perseguir aquellas fantásticas  apariciones.

Entretanto, el viejo minero, alarmado por el ruido originado, salió al patio y llamó a grandes voces. Nadie contestó. Temeroso de que pudiera sucederle alguna desgracia a su engreída, subió a grandes trancos las escaleras que conducían a su alcoba; llamó con los nudillos, después a grandes voces y al no encontrar respuesta alguna, echó la puerta abajo. Lo que vieron sus ojos lo dejaron petrificado. Incapaz de hilvanar sus ideas sólo atinó a contemplar el macabro espectáculo. ¡Su hija estaba sin cabeza! Más allá, sobre su cama, la vieja mujer yacía como muerta. Un grito de horror retumbó en la estancia y el añoso minero rodó inconsciente por los suelos.

En todo ese tiempo, jadeantes y sudorosos los jóvenes seguían a la cabeza rubia que se desplazaba rauda por los aires guiada por la escuálida perra amarilla; los ojos brillantes como ascuas,  los pelos al aire como diabólicos flecos; el rostro desencajado y las fauces abiertas y babeantes donde se le habían pronunciado dos filosos caninos; sus mandíbulas -satánicas bisagras- se abrían y cerraban con una continuidad espantosa de ruidosas y espectrales tijeras.

— ¡Tac!… ¡Tac!… ¡Tac! -sus dientes producían metálicos sonidos que estremecían la noche cerreña.

La cabeza infernal, desde considerable altura iba de un lado a otro como si buscara algo; desde allí miraba a la perra amarilla que, incansable y juguetona, le señalaba el itinerario a seguir. Desde su escondite los hermanos contemplaban, sin ser vistos, los destellos que emitía la rubia cabeza de cabellos flotantes iluminada por la luna. Llegando al Misti se detuvo en la laguna de Lilicocha donde, coqueta, se regodeaba contemplando su rostro espectral en la superficie de las aguas; de allí, como un cernícalo hambriento, fue a posarse sobre el castillo de la mina Excelsior. Los canes del barrio se alocaban alargándose en lúgubres aullidos como denunciando, incansables, la presencia de la muerte.

Cuando la cabeza voladora llegó a la plaza Chaupimarca, temerosa de la casa de Dios, se alejó por la calle Grau, por la del hospital y luego Amazonas hasta el Tajo Shihuayro en cuya lumbrera, con los pelos sueltos al viento, los ojos relampagueantes y las mandíbulas sonantes como hambrientas tijeras, oteaba de un lado a otro…

— ¿Qué hace, Dios mío? – Preguntó el hermano menor.

— Parece que busca una víctima para matarla –contestó el mayor, acezante por la correría nocturna.

Pasado un buen rato sin que ningún mortal apareciera, la cabeza volvió a elevarse atravesando los andurriales de Gayachacuna y cruzando las calles de la Chancayana y Digo-Digo terminó posándose en las alturas de Mesapata; desde allí, sin que sus hermanos se dejaran ver, continuó atareada en su busca de gente para matarla. Al ver que la cabeza infernal volaba cada vez más rauda y que sería muy difícil alcanzarla, decidieron regresar a la casa paterna con el fin de preparar una trampa para cazarla.

Al llegar a la casa, apoyados por peones de la mina, reanimaron al padre y armados de fuertes reatas, sogas, costales y zumbadores, tendieron un cerco para aprisionar a los espectros nocturnos.

No tuvieron que esperar mucho. Cuando vieron a la perra amarilla pugnando por entrar en la casa, todos a una cayeron sorpresivamente sobre ella  que se defendía con terribles dentelladas en tanto la voz gangosa –voz de la criada- maldecía como una condenada. Mientras la lucha con la perra continuaba afuera, la cabeza voladora, como impulsada por una fuerza maligna, entró por la ventana abierta del dormitorio y fue a pegarse aparatosamente, emitiendo un chasquido infernal, al cuerpo yaciente de la joven.

Alborotados por el escándalo que hacía la perra cautiva, hombres y mujeres del pueblo, convergieron con en la casa del viejo millonario. Paralelamente, un grupo de piadosas mujeres fue a la iglesia de Santa Rosa para informar a Fray Sancho de Córdova que, provisto de agua bendita, crucifijo, cáliz, hostias, breviarios, incienso, un maletín y un hermético libro negro, llegó al lugar del acontecimiento.

Ante la expectante curiosidad de la muchedumbre cada vez más numerosa se puso el alba sobre el hábito fijándola con el cíngulo, cogió un enorme crucifijo de plata y se acercó a la joven a quien, después de decir unas oraciones, comenzó a interrogar.

— Niña… ¿Crees en Dios?…

— ¡Sí, padre; sí!…

— ¿Sabes que estabas al servicio del demonio?…

— ¡No, padre, no!… – Se alarmó la joven.

— ¿No sabes que tu cabeza, separada de tu cuerpo, deambulaba por las noches volando por los aires?…

— No, padre;  ¡No lo sé!…- Sus ojos claros denotaron terrible sorpresa.

— ¿Qué es para ti la mujer que te cuida?…

— Ella es mi acompañante, padre…

— ¿Nunca te habló del demonio?…

— No, padre, del demonio, no; sólo me ha referido la existencia de un ser extraordinario de grandísimo poder al que ella llama: El Príncipe de las Tinieblas…

— ¡Es el demonio!…

— ¡Padre!… -Estuvo a punto de gritar aterrorizada la joven.

— No te alarmes, hija; sólo quiero que me digas lo que hacías con ella en las noches de los viernes en tu alcoba.

— Bueno, padre… Mi nodriza me untaba la cara con una extraña pomada asegurándome que con ella me pondría bonita…

— ¿Qué más?…

— Mientras iba frotándome la cara, pronunciaba extrañas palabras en un idioma que desconozco…

— ¿Qué más?…

— ¡Nada… nada más!… Yo me quedaba dormida mientras ella hablaba.

— ¿No recuerdas nada más?…

— ¡Nada, padre, nada! – Comenzó a sollozar asustada.

— ¡Claro!…¡La maldita hechicera te dormía y te utilizaba para servir al demonio!…

Después de escuchar la confesión de la joven, rezó complicada y extensa oración en latín, después la absolvió.

Un grupo de ancianas piadosas oraba de rodillas respaldando las maniobras de fray Sancho en tanto el resto –turba encolerizada- aprisionaba fuertemente a la esquelética perra  que, por extraños misterios, hacía gala de una fuerza extraordinaria. En un instante, ante el estupor del gentío, la vieja nodriza volvió en sí. Al verla consciente, el cura, leyó en voz alta una extraña oración del gigantesco libro negro y encarando a la mujer comenzó a interpelarla.

— ¡Te conmino en nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, a que nos digas tus pecados en confesión que te librará del Maligno!…

— Sí, padre –respondió la mujer aparentando humildad.

— ¡¿Cuándo te iniciaste en el ejercicio de la brujería?…!

— Muy joven, padre. Fueron unas mujeres de mi pueblo las que me iniciaron para que en una misa negra nos convirtiéramos en esposas de él.

— ¡¿De quién?…!

— De Lucifer, padre…

— ¡Del demonio!…

— Sí, sí; padre!…

— ¿Por qué?…!

— Caímos en su poder!…

— ¿Cuántas son ustedes?…

— Siete…

— ¿Dónde están las otras?…

— En distintos lugares. Nos reunimos cada año a la primera luna nueva…

— ¡¿Cómo le sirves a Satanás?…!

— Primero convertida en cabeza voladora y dando muerte a los hombres y mujeres cuyas almas son para mi amo.

— ¿Eso es lo que querías hacer con tu niña rubia?…!

— Sí….

— ¿Lo lograste?…

— No. Ella es demasiado pura y buena. Dios la está protegiendo…

— ¿Y cómo utilizabas su cabeza?…

— Yo ya no tengo fuerzas. Quería que ella me reemplazara. La hipnoticé y la hice seguirme en sueños…

— ¿Cómo la hacías dormir?…

— Con la oración especial y con el ungüento mágico para frotarle la cara, que me dio mi amo…

— ¡¿De qué está hecho ese menjunje..?!

— De hierba mora adormecedora…

— ¡¿Qué más?…!

— Belladona… ruda…

— ¡¿Con todo eso hacen la pomada?…!

— Si, padre… Utilizamos como base la sangre y la grasa de los niños recién nacidos, sin bautizo…

— ¡¿Con eso untabas a la niña que tenías que cuidar….?!

— ¡…Sí!…

—  ¿Te arrepientes?…

— Sí, padre…

— Habiendo escuchado tus pecados de los que te arrepientes, te purificaré con leche y manteca, que es lo más apropiado en este caso, conjurando a Satanás para que abandone tu cuerpo –simultáneamente, mientras rezaba, iba untando el cuerpo de la bruja.

— Toma manteca traída de un redil santo, leche traída de un establo casto. Sobre la manteca inmaculada del redil deshaz el encantamiento. Embadurna a la enferma, hija de Dios verdadero a fin de que sea pura como la manteca, para que sea limpia como la leche.

— ¡Que su piel brille como plata pulida!…

— ¡Que sea clara como el cobre brillante!….

Tras haberle embadurnado la cara, las manos, los pies y el pecho a la posesa, tratando de purificarla, el sacerdote procedió a trazar el círculo mágico con yeso, alrededor,  guiado por el libro de los exorcismos. Su voz retumbó en el ámbito cuando dijo:

— ¡Cierra a esta mujer en el círculo, en el gran círculo de yeso. La puerta con cierre a la derecha y a la izquierda… ¡Ciérrala!.. ¡Las malas artes sean conjuradas con todo lo que haya de mal!…

En ese instante la mujer profirió un grito horripilante que hizo estremecer a todos los presentes. Era una voz cavernosa y profunda y bronca, no de la vieja mujer… ¡Era el demonio.!…

— ¡ Noooo!

Poseída por Satanás, el cuerpo de la mujer comenzó a convulsionarse aparatosamente, cubriéndose de copiosas transpiraciones y fétidas excreciones. Sus labios proferían horrendas palabras en latín. Todo era que fray Sancho le acercara la cruz a la cara y la posesa gritaba con la voz del Demonio. Por su parte, sudoroso el sacerdote, tratando de hacer escuchar sus fórmulas eclesiales, gritaba también…

— ¡¡¡Vade retro, Satanás !!!…. ¡¡¡Vade retro.!!!…

En esa lucha interminable estuvieron enfrascados muchísimo tiempo, hasta que cercana la medianoche –rendido y acongojado- el santo fraile dijo que el demonio no quería abandonar el cuerpo de su servidora. Al escuchar esta noticia, hombres y mujeres ataron fuertemente el cuerpo de la hechicera y lo condujeron al cerro de Gayachacuna para colocarla sobre una pira ex profesamente levantada. A poco de arder alimentado por abundantes leños traídos por las mujeres, el cuerpo de la mujer explotó aparatosamente inundando los aires de un hedor insoportable con fuertes emanaciones de azufre.

Sólo así el pueblo minero pudo librarse del anticristo que finalmente pudo llevarse el cuerpo de su sirvienta a las sombras del infierno.