EL VELEIDOSO PÁJARO PITO (Leyenda)

pajaro pitoDesde tiempos inmemoriales, la lechuza vuela en la oscuridad tratando de encontrar al pito, pájaro traidor, responsable único de todos sus problemas. Éste está muy escondido y tiene miedo mostrarse entre los pájaros honrados y hermosos.

Bueno, pero… ¿Por qué ocurre esto?…. La historia completa es la siguiente.

En remotos tiempos, cuando los pájaros podían hablar por especial permiso  de Dios, el pito era un horrible pajarraco gris, sin gracia, lúgubre, de desmesurado y afilado pico. Y cada mes, cuando la luna llena brillaba y todos los alados se reunían en asamblea, el pito saturaba los aires con sus quejas interminables.

  • ¡Mírenme, mírenme, hermanos! –Gritaba quejumbroso- ¡mírenme cuan horrible soy!… Los pericos y las loras, con sus alas de esmeralda, brillan como el agua verde; la garza es blanca como la nube; el canario es amarillo como el oro y negro como el carbón; el tordo hermosamente moteado de blanco y negro; el cardenal, miren qué belleza, es como la rosa bañada en vino; sólo yo soy oscuro, feo y triste. buhhh… – y lloraba desconsolado. El águila que es el amo de todos los pájaros de la tierra, malhumorado tronó:
  • ¡Estoy harto de oír al pito!… ¡Siempre quejándose, siempre suspirando y llorando!… ¡Somos lo que somos! Nuestro creador ha tenido a bien dar belleza y majestad a alguno de nosotros; a unos velocidad, a otros, alas poderosas y garras fuertes; unos poseen una voz hermosa para cantar a la vida; a otros les ha dado una pronunciada sabiduría. Todos debemos aceptar lo que él nos ha dado. Debemos sobrellevar nuestra suerte cualquiera que ésta sea. El único impertinente y sinvergüenza que no quiere aceptar esto y se pasa la vida alegando es el pito…
  • ¡Así es águila!- gritaron todos los pájaros…
  • Pero para que no siga fastidiando, veamos si podemos ayudarle. Tú lechuza; tú eres muy sabia ¿Qué dices de todo esto?… ¿Hay alguna manera de ayudar al pito para que sea hermoso?

La lechuza que había ganado su reputación de sabia por sentarse en silencio con la cabeza apoyada sobre el pecho, abriendo y cerrando sus brillantes ojos de ámbar, aclaró la garganta y habló con gran parsimonia.

  • ¡Demos al feo pito la belleza que busca! ¡La belleza como la sabiduría, se puede adquirir!, –dijo sentenciosa- que cada uno de los pájaros de colores le dé una pluma al pito. Así nunca volverá quejarse de su falta de belleza y color, pues llevará en su cuerpo todos y cada uno de los tonos que se puedan envidiar…
  • ¿Y… nosotros? –Interrumpieron apremiantes los otros pájaros –nosotros también estamos orgullosos de nuestro plumaje. ¿Por qué entonces nos tenemos que desprender de alguno para satisfacer la vanidad de un pájaro tonto que nunca ha hecho nada para ganarse nuestra generosidad?
  • Bueno, todo lo que dicen es verdad. El pito nunca ha hecho nada por ganarse nuestro cariño y simpatía…
  • ¡Es verdad! –gritaron al unísono los pájaros.
  • ¡Calma, calma!- volvió a decir la lechuza. Esta vez el pito tendrá que ganarse nuestra deferencia desempeñando una misión especial.
  • ¿Qué hará? –Interrogó un pájaro.
  • ¡Será nuestro mensajero!
  • ¡Bravo! –Gritaron a voz en cuello los asambleístas.
  • ¡Cuándo nuestro hermano, el águila, desee reunirse con nosotros, sólo tendrá que enviar al pito para que nos convoque! Él se encargará de avisarnos a todos. ¿De acuerdo?
  • ¡¡¡De acuerdo!!! –Gritaron los pájaros unánimemente.
  • ¿De acuerdo, pito? –Preguntó el águila.
  • ¡Claro, hermano, claro! –Contestó entusiasmado el pájaro gris. ¡Con mucho gusto!

En ese momento cada uno de los pájaros de lindo plumaje, se arrancó su más brillante pluma y se la puso al pito. En un santiamén lo cubrieron del pico a la cola con las más atractivas y finas plumas escarlatas, amarillas, bermellones, lilas, celestes, verdes, doradas, blancas, azules, plateadas, negras, marrones… Cuando concluyeron, el pito estaba recubierto de mil colores como un mágico arco iris. En ese momento era el más bello de la tierra, de los aires y de las aguas relucientes… ¡Nunca se había visto un pájaro tan hermoso!

  • ¡Oh, qué bonito soy! ¡Qué bonito soy! –Gritaba el pito fuera de sí, contoneándose ostentoso.

Cuando el águila levantó la sesión, sin siquiera una palabra de agradecimiento, el pito se perdió por los aires, haciendo alarde del boato de su abigarrado plumaje de vivísimos colores.

No había pasado mucho tiempo. Horas solamente de aquel acontecimiento, cuando el pájaro pito, incapaz de cumplir su promesa, se desatendió de lo pactado. El único pensamiento que le dominaba, era su nueva apariencia. Todo el tiempo se pasaba mirándose al espejo de las tranquilas aguas de la laguna, murmurando petulante: ¡“Qué bello soy, qué bello soy!”.

Nunca el malagradecido, entregó un mensaje. Cuando algún pájaro lo necesitaba para pedirle un servicio, se escondía entre las paredes y roquedales negándose a contestar las llamadas.

Un día, deseoso de reunirse con todos los pájaros del mundo, el águila ordenó al pito para que convocara a toda la familia alada, pero el fatuo ni siquiera intentó obedecerle. En lugar de cumplir con el encargo, se entretuvo horas enteras mirando el brillo de su plumaje en el reflejo de las aguas, gritando: “Qué lindo soy, qué lindo”.

Así llegó el día de la convención. Cuando el águila llegó al lugar del concilio no encontró a ninguno de los pájaros del mundo. ¡A ninguno! Iracundo, salió como una flecha por los aires y pájaro que encontrara, pájaro que era castigado.

  • ¿Acaso no fueron convocados para la asamblea?
  • ¡No, hermano águila, no!… ¡No sabemos nada!… –respondieron en coro.

Rabiosos todos los pájaros del mundo se recriminaban mutuamente. Los gritos desaforados eran de condena para el réprobo pito que no había cumplido con citarlos. Igualmente, ciegos de ira, maldecían a la lechuza por haberlos involucrado con semejante pillo. Tantos y tan sonoros fueron los gritos que Dios los escuchó allá arriba. Frunciendo el ceño, como nunca, el Supremo dijo:

  • ¿Por qué el don de la palabra que os he concedido, lo usáis tan mal? –Y extendiendo sus manos santas hacia la tierra, colérico como nunca, sentenció:
  • ¡No hablaréis más!… ¡Indignos sois de este preciado don! Desde ese mismo instante, las voces furiosas de los pájaros se convirtieron en sonidos discordantes y varios; en agudos gritos, desagradables graznidos y una bulla que, desde entonces, no ha cesado. Sólo algunos pájaros que se ganaron el aprecio de Dios conservaron la dulzura de sus trinos.
  • ¡Vos, pito malhadado! Seréis mensajero de la muerte. Sólo cuando veáis a los hombres rodeados de la muerte, cantaréis!… ¡Vuestra vanidad será castigada severamente: volveréis a ser gris y feo como la muerte! Sólo vuestra sangre servirá para combatir la parca, por eso os perseguirán. ¡Y como siempre os habéis escondido en los tapiales de los muros y los cementerios, viviréis hasta que la oscuridad cubra la vida!… ¡En cuanto a vos lechuza, sólo de noche podréis salir de vuestro escondite… sólo de noche!

Dicen que desde entonces, el pito anda fugitivo, escondiéndose en los muros y en las rocas. No quiere encontrarse con la lechuza ni con el águila. En cuanto a la lechuza, su vigencia de vida se ha restringido a las horas nocturnas. Es verdad.

 

 

EL HUERFANO DE TAMBO COLORADO (Cuento)

el fuerfano de tambo coloradoTres jóvenes mineros que se habían unido para explotar una mina de plata a extramuros de la vieja ciudad cerreña vieron premiados sus esfuerzos y privaciones en muy corto tiempo. Habían descubierto un filón fabuloso que al explotarlo debidamente les dio ingentes cantidades que en las Cajas Reales las trocaron en monedas de oro reluciente.

Desconfiados uno del otro, decidieron encargar la custodia de sus riquezas a una cuarta persona, ajena a sus intereses. Después de tanto buscar le hicieron depositario al viejo dueño del tambo donde tomaban sus alimentos como pensionistas. Al entregar los caudales en un pequeño cofre de madera revestida en cuero repujado tuvieron mucho cuidado de encargarle autoritaria, pacienzuda y constantemente que, el cofre, solamente se lo daría a los tres juntos. Nunca a uno solo.

Debes recordarlo siempre que sólo a los tres juntos –nunca a uno solo- entregarás este valioso encargo fruto de nuestro trabajo – dijeron.

Lo tendré muy en cuenta – dijo el depositario y guardó el cofre en un buen escondite.

Así cuando los jóvenes querían aumentar sus depósitos en el arca, conjuntamente lo solicitaban y, cumpliendo su cometido, se lo devolvían. Así muchas veces. Fue transcurriendo el tiempo en el que los jóvenes alternaban las duras tareas de la mina con sus semanales y notables francachelas. Dos de ellos tocaban guitarras y cantaban, el otro tañía el violín. Este último cuidaba mucho de su instrumento extremando su celo en protegerlo; tanto es así, que para que esté seguro, se lo entregaba al viejo de la fonda para que se lo cuidara con mucho empeño.

Un día, alegres y acicalados para la juerga, salieron muy rumbosos y entusiastas; estando en la calle, repararon que el violinista no portaba su instrumento por lo que lo conminaron a que urgentemente se lo pidiera al posadero. El violinista les ordenó que lo esperaran y raudamente se presentó ante el viejo al que ordenó:

Entrégame el cofre con nuestros ahorros.

¡No… tú sabes que ante los tres juntos y cuando así me lo pidan lo entregaré! – Dijo indignado el posadero.

¡Claro que así ha de ser! – repuso el joven violinista tranquilizándolo – para que veas que es así, acércate a la ventana y delante de ti, ellos lo autorizarán – al oír esto el viejo le siguió y, desde la ventana dirigiéndose a sus amigos, dijo:

¡Amigos del alma!… ¿No es cierto que no tenemos tiempo que perder y debe entregármelo?……- como verán el astuto no mencionaba el instrumento. Los amigos sin pizca de sospecha y suponiendo que se refería al violín, desde abajo gritaron conjuntamente:

¡Claro que sí!… ¡dáselo inmediatamente!…

Muy bien – dijo el anciano – y se apartó a cumplir la orden, en tanto el violinista decía a sus amigos:

Enseguida lo llevo. Ustedes adelántense que pronto los alcanzaré.

Al ver que sus amigos se iban muy confiados, el joven violinista fue hasta el viejo que sin ningún reparo le hizo entrega del cofre.

Aquella noche después de pasar gratas horas de alegría, llegaron al amanecer haciendo un ruido infernal. Para acallarlos el viejo se levantó de su cama y fue al encuentro de los tunantes:

No hagan tanto ruido por favor que hay mucha gente durmiendo en el tambo.

Está bien – respondió uno de los jaranistas y muy enojado prosiguió – ¿dónde está nuestro compañero?

Al oír esto el anciano se quedó perplejo, pero reponiéndose de su sorpresa narró con lujo de detalles lo que había ocurrido con el cofre. Todo fue enterarse de la ocurrencia para emprenderla contra el viejo posadero a quien los perjudicados lo llevaron a empellones ante la presencia del juez que al escuchar la historia, determinó que el viejo debía pagar –en termino de 48 horas- los costos del perjuicio; caso contrario sería despojado de todos sus bienes y encarcelado por toda su vida después de ser flagelado públicamente en Chaupimarca.

Tan injusta y terminante sentencia del juez, sumió al pobre anciano en un mundo de profundas cavilaciones y copioso llanto. Al verle de esta suerte, un niño huérfano que le ayudaba en los quehaceres domésticos y a quien –dicho  sea de paso trataba muy mal-se atrevió a preguntarle:

–     ¿Qué es lo que ocurre mi amo que tan angustiado lo veo?

¡Calla infeliz!… ¡Nada podrás hacer tú por evitarlo!…

“Una pena compartida, siempre es menos sentida” dice el refrán, recuérdelo amo, insistió el huerfanito.

En un comienzo, el anciano se mostró tan remiso a compartir sus penas que lo sumió en un mutismo impenetrable; pero fue tanta la insistencia del rapaz, que terminó por contarle todo lo acontecido sin omitir detalle alguno. Al terminar el relato, escuchó al niño que con una mirada de inteligencia le decía:

¿Si soluciono su problema, me hará su socio menor?

¡Lo que sea!… –respondió el anciano- es tanto lo que debo que todas mis pertenencias, el tambo, la fonda y mis ahorros, no alcanzarían a cubrir mi deuda y terminaría siendo azotado en Chaupimarca y encerrado en la cárcel de por vida.

Muy bien, señor amo –concluyó diciendo el muchacho- retorne a la casa del juez y dígale: “Señor Juez: Tenga presente que cuando los tres mineros me confiaron su dinero, me lo dieron con la orden terminante de no entregarlo si no venían los tres juntos a pedírmelo. Le ruego, por tanto, que se sirva usted mandar que vayan los dos a buscar al compañero que falta y que se presenten aquí los tres juntos para que se cumpla la condición; sólo entonces, de acuerdo con lo convenido, yo les devolveré el dinero delante de usted”.

Admirado de la inteligencia del joven sirviente, el anciano puso en práctica la recomendación por lo que el juez, muy seriamente, preguntó a los reclamantes:

-¿Es verdad lo que dice el viejo, que los tres pusieron esa condición para devolverles el cofre con el dinero?

Sí, señor juez –contestaron los reclamantes.

Pues, bien. Vayan en busca del tercer socio y en mi presencia recibirán todo su dinero- terminó diciendo el juez.

Demás está decir que nunca dieron con el tercer hombre, un malandrín que cargado de riquezas desapareció como por encanto burlándose de sus socios.

El viejo posadero, agradecido por la valiosa ayuda del huérfano informó a todo el pueblo minero de las virtudes de éste y lo nombró su socio. A la muerte del anciano, el joven hizo crecer sus propiedades y se convirtió en un rico propietario sin dejar –por supuesto– la administración de la vieja posada de Tambo Colorado.

Teodoro “Tico” Del Valle Fernández

hombres con boina 1
Imagen referencial

Escueta y dolorosa la noticia se difundió rápidamente. Una emisora local convocaba con urgencia a sus familiares a hacerse presentes en Huancayo. Allá, súbitamente, acababa de fallecer don Teodoro Del Valle Fernández. El pueblo cerreño se estremeció de dolor. Pero… ¿Era posible? Y siguiendo la inveterada costumbre nos preguntamos; pero… ¿Cómo? si hace unos días nomás hemos estado hablando con él? Era cierto. La semana anterior lo habíamos encontrado recorriendo las amadas calles de su Cerro con su tristeza a cuestas  y su infaltable boina negra. Con su sonrisa paternal y sus palabras cariñosas cargadas de recuerdos. ¿Quién podía imaginarse que unos días más nos dejaría…?!…¡¿Quién…?!.

Ahora que sus despojos yacen arrullados por el suave rumor del Mantaro, entre molles, retamas y jilgueros, allá en la Incontrastable; con el dolor que  su partida nos ha suscitado, anegados de dolor, musitamos nuestro emocionado recuerdo.

Primeramente nos remontamos a la cercana tierra de su cuna, inacabable emporio de leyendas y antracita, de combates y tragedia: Goyllarisquizga, “Donde cayó una estrella”. Allá donde su niñez transcurriera guiada por paternales cuidados; donde sus primeras inquietudes nacían a la par que su adolescencia y su vida descubría nuevas perspectivas y nuevos horizontes. A los 16 años inició su carrera como docente en la Escuela Fiscalizada N° 1621 de Goyllarisquizga, su tierra natal. Allá donde preparaba inteligencia y músculos en aulas y campos de fútbol, alternando los éxitos y los reveses en el SPORT GOYLLAR, CLUB DE TIRO, o con el A.D.A, emporios millonarios de históricas jornadas. Allá donde comenzó a descubrir el maravilloso significado de las notas musicales, de aquellos mágicos símbolos que encierran un inacabable margen de posibilidades. Desde entonces confió a ellas sus más recónditos secretos,  arrancándoles sus más intrincadas dulzuras. Así, en su juventud, etapa en la que el hombre es más puro, más heroico, determinó abrazar la carrera que más que ninguna otra requiere de entrega, de amor, de grandeza. Decidió ser MAESTRO. Lió sus bártulos y –quijote de una quimérica empresa- salió a recorrer el mundo llevando el bagaje de sus conocimientos, de su cariño, de su simpatía. ¿Qué parajes no lo han visto pasar en ese inacabable peregrinaje? Estuvo en aquellas aldehuelas que se pierden entre las nubes, blanqueadas de nieve y ateridas de frío; en las abrigadas quebradas de eucaliptos, molles y retamas; en la selva calurosa y olvidada; en los villorrios mineros donde los niños aprenden a convivir con la tragedia. En cada uno de estos lugares, dejó un recuerdo, dejó sus enseñanzas, en tanto las promociones educativas iban sucediéndose año tras año. En su vida jamás tuvo una palabra de desaliento o cansancio, de hastío o de queja. No. Desde el primer instante supo que el maestro es el único que coge su cruz y sigue al Nazareno. Así, sin un reproche, sin una imprecación, sin una queja, cargó con su cruz durante cuarenta años. Ocho lustros y un puñado de canciones –flor de su alma- ; un cúmulo de alegrías y penas, decenas de escuelas, docenas de amigos, centenares de alumnos y una vida dedicada al servicio, a la enseñanza, al sacrificio. Un apostolado que constituye una heredad que pocos, poquísimos hombres, pueden dejar.

Casado con doña Angélica Ochoa, tuvo cinco hijos, de los cuales César Augusto y José Israel han abrazado la carrera de su padre. Ellos son egresados de las universidades del Centro de Huancayo y Daniel Alcides Carrión del Cerro de Pasco.

Por otra parte, siguió ciclos de perfeccionamiento y cursos a distancia en el Instituto Nacional de Educación, hoy INIDE, en 1953, graduándose como profesor de Educación Primaria. Vacacionalmente estudió Música en el Conservatorio Nacional y Pintura en Bellas Artes. Tanto en la Escuela de Música de Huancayo, como en el Cerro de Pasco y Huánuco, siguió cursos de reentrenamiento en música y educación.

Su producción intelectual registra un libro escrito para el primer grado, titulado “El

Tico del Valle
Imagen referencial

Lector Pasqueño”, además de  “Didáctica del Lenguaje”, folletos sobre educación, estudios del departamento de Pasco, apuntes folklóricos del Cerro de Pasco y la quebrada de Chaupihuaranga.

Participó en exposiciones: Pintura de Minería, Huancayo 1973; Dibujo y Pintura en el Club de Tiro de Goyllar.

Como músico integró los clubes carnavalescos de Goyllarisquizga y Cerro de Pasco. En testimonio de haber hecho música tiene cinco discos de larga duración, 33 rpm, 3 con “Los Amantes de Cerro de Pasco” y 2 con “Los Ases del Ande”.

Un día, cuando el cansancio ya domeñaba su cuerpo, decidió retirarse. Sus ojos habían perdido el brillo y el acierto de los primeros años y ya le costaba trabajo descifrar el secreto del pentagrama; sus músculos lasos y cansados no daban para más; el corazón se le anudaba cada vez que el dolor le acicateaba. No, ya no era el de antes. Tuvo que retirarse y, es en ese momento que a costa de su dolor, recibió una última lección. Le revelaron claramente que vivimos en un mundo de egoísmo y maldad; un mundo sitiado por bandoleros, saturado de inconscientes y de egoístas; un mundo intoxicado de injusticias y maldad; de ingratitudes y soberbia.

Cuando se retiró de su escuela, nadie le dijo nada. Ni un hasta luego, ni un gracias, ni un adiós; como si la vida fuera eterna, como si los mezquinos jamás habrán de llegar a viejos. El se fue en silencio, adolorido, pesaroso. ¡¿Había hecho mal en entregar su juventud a la formación de tantos hombres..?!. No. Fue muy grande para creer tal cosa y tal vez, escondiendo una lágrima entre sus ojos cansados, se retiró. En aquel momento tuvo la esperanza que sus documentos serían tramitados rápidamente. Se equivocó. No fue así. Diariamente estuvo esperando que la superioridad le hiciera justicia. “Vuélvase mañana” era el estribillo que lo atormentaba. ¡¿Hasta cuándo?! Durante días, semanas, meses, y años estuvo mendigando que le reconocieran su esfuerzo. Nada. Entonces, para sobrevivir, tuvo que desempeñar otros oficios, otros menesteres. Entretanto los poderosos, los que juegan con la vida y el destino de los demás, no le hacían caso, hasta que hace pocos días, su corazón resentido se quebró en mil pedazos. Posiblemente en esos momentos los egoístas se apresuraron a archivar su caso. Seguramente. Total, para estos sátrapas, Teodoro del Valle Fernández era tan solo una ficha, un número, un nombre sin importancia; total, era tan sólo un maestro, un don nadie en el diccionario de los ingratos, de los egoístas, de los imbéciles; pero para nosotros fue un MAESTRO; un hombre que en tanto vivió nos alentó con su ejemplo, nos vivificó con sus palabras, nos deslumbró con su arte y nos encandiló con su sencillez y su grandeza.

Cuando pasen los años y la nostalgia nos haga evocar su presencia; cuando el ejército de ingratos no sea más que polvo ignaro sobre la tierra; polvo sin recuerdos ni huellas, polvos desconocidos y pútridos, él estará con nosotros a través del disco, de sus canciones, de su música. Y un día, sus nietos, sin haberlo conocido, se estremecerán con un huayno que desde el disco nos estará regalando, porque es bueno que los egoístas sepan que los hombres no mueren. Por eso, desde aquí, desde la distancia, no nos queda sino musitar nuestra plegaria para que el Todopoderoso le dé el descanso y la paz a que tiene derecho.

Gracias Tico, gracias, hermano, por todo lo que nos diste y, permítenos, que con el mismo calor con que lo compusimos, como una humilde siempre vida,  entone como un respetuoso epitafio la muliza que ambos compusimos.”

TIERRA   MINERA

(Muliza)

            Ya las minas son peruanas                          Nuestra tierra ha sangrado,

            ya los gringos se han marchado,                por largos siglos, rendida,

            pero nuestra amada tierra,                         entregando al prepotente,

            sigue siendo retaceada.                             las primicias de su suelo.

 

            Del soberbio inca cusqueño                         En pago de estas riquezas,

            al codicioso español,                              ¿Qué le han dado a nuestra tierra?.

            del libertador patricio                                 ¡ Han abierto con descaro,

            al yanqui explotador                                       una enorme sepultura…!

 

                                                           ESTRIBILLO.

                                               Sin embargo, vida mía,

                                               cantemos al porvenir,

                                               que nuestra tierra bendita,

                                               ¡Renazca como una luz…!

 

            Música: Teodoro Del Valle Fernández                  Letra: César  Pérez  Arauco.

                                          Cerro de Pasco, febrero de 1973.

 

 

 

EL HARAGÁN (Cuento)

el haraganNadie se explicaba cómo podía sobrevivir en un pueblo de gente tan trabajadora y buena como es Ticlacayán. Aquí tenía su residencia este vago empedernido. Hablarle de trabajo era como mentarle al demonio. Sin embargo –es justo decirlo- su holgazanería la reemplazaba con su perspicacia viva y chispeante que le permitía seguir tirando adelante. Era tan ingenioso que mediante su conversación amena, punzante y variada, encandilaba al cura, a los gobernantes, a las mujeres más guapas y a los hombres más sencillos del predio. Durante las faenas pueblerinas a la vera de las chacras, narraba graciosos cuentos, hacía capciosas adivinanzas, entonaba lindas canciones y el más grande “trabajo” que hacía, era llevar su mate de chicha a los sudorosos obreros. Era tan ocurrente y simpático que, llegada la hora del condumio, le separaban un lugar en la mesa familiar. Era ocioso, pero también un intuitivo poeta popular. Era el orador de fondo en los festejos pueblerinos, en los entierros y en las bodas. Sin que nadie supiera cómo, ni por qué, se convirtió en un acertado adivino y atinado curandero. Así –por aquellos remotos años– aprendió el lenguaje de los animales. Si bien es cierto que no podía hablarles, él alcanzaba a entender lo que éstos decían.

En una de sus correrías escuchó a los comuneros afirmar que quién dotara de agua potable al pueblo y remozara la iglesia que estaba deteriorada sería elegido alcalde sin ningún miramiento. A partir de entonces se le metió entre ceja y ceja ser el alcalde del pueblo. Durante sus vigilias había pensado mucho en solucionar los problemas de Ticlacayán sin lograr su objetivo. Ya varios habían fracasado en el intento porque no encontraban un arreglo posible a la vista. Tanto se devanó los sesos que llegó a la conclusión de que los únicos que podían conocer la solución al problema, eran los animales. Pero, claro, como él no podía hacerse entender, recurriría a su ingenio para escuchar lo que conversaban. Para ello trazó un plan y luego de meditarlo bien, decidió llevarlo a efecto.

Un día completamente soleado, subió a un cerro elevadísimo y luego de desnudarse completamente, se tiró sobre las hierbas, fingiéndose muerto.

No había pasado mucho tiempo, cuando en el azul del cielo se recortó la imponente imagen de un cóndor que durante un considerable tiempo estuvo dando vueltas contemplando el desnudo gandul.

El viejo zorro de la comarca, viendo al cóndor trazar círculos en el cielo, convergió con prontitud asombrosa donde estaba tirado el haragán. En ese mismo instante el cóndor descendió de los aires.

¡Qué tal compadre zorro! –Saludó con voz estentórea.

¡Aquí compadre cóndor! –Respondió con su timbre aflautado el astuto- le vi dando vueltas por allá arriba, que me dije: “¡Cáspita, zorrito lindo!… ¡El compadre cóndor tiene banquete a la vista, y estoy seguro que no se negará a compartir presa contigo! ¿No es así compadre?

¡Ya lo creo compadrito!, para eso somos hermanos espirituales. Para los dos alcanza con creces.

Tiene razón compadre; la presa es enorme. Pero… ¿Qué le habrá pasado a este hombre? Ayer nomás estaba muy vivo y fuerte.

¡Seguramente se ha suicidado! Estos humanos son unos bobos, en cuanto se topan con una dificultad y no la pueden resolver, se vuelan la tapa de los sesos.

¡Qué tontos!… ¿Pero cual habrá sido la dificultad de este hombre?

La de todos, compadre zorro, la de todos. No tienen agua y para conseguirlo tienen que caminar grandes distancias. Tampoco cuentan con el dinero suficiente para reparar la iglesia.

¡Pero, qué tontería! Si debajo de la gran piedra de Ticlahuanca que está en la plaza hay un ojo de abundante agua. Sólo necesitan mover esa piedra y el puquial les dará el agua más rica de todo la zona. ¡Lo dicho! Estos humanos son tan inútiles y presumen de sabios. Yo, con una simple olida, me he dado cuenta de ese hallazgo.

¡Así es, compadre zorro! Por otro lado, no tienen ni un centavo, cuando muy cerca de aquí hay un montón de plata.

¿Cómo es eso compadre cóndor? ¡Explíquese!

A cinco leguas de aquí vive una vieja potentada que está tullida y a punto de morirse. Ha sido víctima de la brujería de sus nueras. Las canallas han amarrado con cordones de muerto las ropas de la vieja y, aprovechando su ausencia, las han enterrado debajo de su propia cama.

¡Qué barbaridad!… ¿Y?

Bueno, el que desentierre la hechicería y la queme, logrará salvar a la vieja volviéndola a la normalidad. ¡En pago de este servicio, la baldada le dará toda su riqueza que es muy cuantiosa!

¡¿Sí compadre?!

¡Ay caray!… ¿Cree usted compadre que por las puras estoy en los aires?…

¡Claro, claro compadre cóndor! Bueno compadre; tengo hambre y la merienda está servida; ¡Comencemos el banquete!…usted primero…

¡No, compadrito… usted merece el primer mordisco…

Ya pues compadre, si usted lo descubrió, apure el primer picotazo…

¡Insisto compadre, usted es mi invitado!, así que le corresponde la primera dentellada…

Al escuchar esta gentil controversia y con peligro latente, el haragán pegó un estentóreo grito agitando piernas y brazos como un loco que el zorro desapareció aterrorizado  entre la maleza y el cóndor asustado por los aires.

Contento por los valiosos informes que había obtenido con astucia, el holgazán se vistió y con un  animado silbido entre los labios, bajo muy campante al poblado.

Lo primero que hizo en cumplimiento de su plan, fue reunir al pueblo en una gran fiesta dominical. Cuando el gentío se hubo reunido, él les habló con mucho entusiasmo:

-¡Queridos paisanos!, quiero decirles que yo no he nacido para el rudo trabajo manual. He nacido para brindar mi talento e inteligencia que no es poca. Como prueba de ello les pido que todos movamos esta roca gigantesca que por eternidades ha estado aquí cerca.

Unos con desconfianza y otros con entusiasmo, iniciaron el trabajo que el haragán les había propuesto. Después de unas horas de gran esfuerzo lograron hacer rodar tremendo monolito, y lo que aconteció después, los dejó con la boca abierta. Del centro de la huella dejada por la piedra, expulsada como por una fuerza colosal comenzó a brotar un incontenible chorro de agua cristalina. Por fin tuvieron agua.

Este acontecimiento hizo crecer desmesuradamente la imagen del poeta ocioso al que los hombres y mujeres pasaron a saludar y tratar más comedidamente. Muchísimos se disputaban el honor de sentarlo a su mesa.

A la semana siguiente, visitó a la vieja lisiada y luego de hacerle prometer la entrega de sus riquezas a cambio de su salvación, sacó las enterradas ropas hechizadas y las incineró. Misteriosamente, la baldada comenzó a utilizar sus piernas y manos con las que entregó cuatro bolsas de oro a su salvador.

Con este dinero hizo reparar la iglesia dejándola como nueva, y el día que se inauguró el acabado, luego de una misa solemne con procesión, en su correspondiente homilía, el cura pidió para que Nuestro Señor mantuviera vivo el talento del poeta. Después se sirvió un gran almuerzo en el que se escuchó el más entusiasta discurso pronunciado por el flamante alcalde ticlacaíno: el haragán.

EL CONDOR ASESINO (Leyenda de Ninagaga)

El condor 2Hombres y mujeres de Ninagaga vivían en continuo sobresalto. No había un solo día en el que no los intranquilizara la desaparición  de su ganado. Un día corrió la voz de alarma denunciando la razón. Un enorme cóndor atacaba a los espantados rebaños sin temor a los colmillos de los perros ni a los hondazos de los pastores. Haciéndose la cruz juraban haberlos visto vencer a enormes animales sirviéndose de una veloz y aguerrida treta.

Desde lo alto de las nubes donde reinaba o desde la cima de los picachos donde moraba –inaccesible para bestias y hombres- escrutaba las laderas con paciencia extraordinaria. Cuando descubría a su víctima al borde del despeñadero, volaba parsimoniosamente hasta ubicarse  encima de ella y, desde allí, descendiendo raudo como una flecha le asestaba un contundente golpe con sus alas de más de tres metros precipitándola barranco abajo. La victima caía aparatosamente agonizante producto del descalabro. Después, como cumpliendo con un viejo rito, se retiraba a dormir la siesta en su guarida inaccesible. Esperaba que finalmente el animal muriera víctima de la caída. Ya cerrada la noche regresaba para regalarse con su fresco y abundoso festín. Eso diariamente. De esta manera estaba desolando estas montañas.

Los pastores de estos andurriales estaban alarmados. Surgió entre ellos la creencia de que el mismo demonio se ocultaba bajo las alas de aquel temible carnicero. Hasta los hacendados se alarmaron y llegaron a participar de esta creencia cobrando viva inquietud por su presencia. Para ahuyentarla organizaron extraordinarias batidas haciendo estremecer sus linderos con el espantoso fragor de descargas de fusilería y el feroz ladrido de los perros azuzados para la lucha. Todo en vano. Pasados unos días ya estaban echando de menos la desaparición de un buey, de un ternero o por lo menos de una oveja. La alarma creció. El maldito depredador estaba ya enviciado y no quería alimentarse sino con carne fresca…

Uno de aquellos días, un joven pastor llevó la noticia de que el cóndor merodeaba al redor de una loma vecina al caserío. El hacendado se armó de una carabina, llamó a  los campesinos para que lo acompañaran y se encaminó al encuentro del carnicero que volaba con los ojos fijos en el hato de ovejas. Sobrevolaba lenta y majestuosamente por el fondo luminoso de los cielos. Su enorme cuerpo negro de aterrador pico carnicero, garras terribles recogidas con su collarín de blancas plumas en el cuello, destacaba sobre un punto fatídico sobre la vasta planicie. Lo contemplaron un largo rato para que tomara confianza y, cuando estuvo a tiro, el patrón se echó la carabina a la cara y, diestro en el manejo de armas, hizo fuego. Tras la sonora deflagración la gigantesca ave se abatió pesadamente sobre la tierra. ¡Un grito de triunfo resonó en las pampas! Hombres y perros se lanzaron sobre el caído.

El primer perro que llegó hasta el cóndor, rodó a sus pies con el cráneo destrozado por un feroz picotazo. Los hombres espantados hacían llover pedradas sobre el duro plumón del herido. Éste se defendió repartiendo aletazos y abatiendo al que lo tocara. Sus alas en remolinos de briosas acometidas hacían crujir su poderosa armazón de huesos. El patrón entusiasmado por la belleza del plumaje ordenó que se respetara la vida del cóndor. Cuando estaba casi agotado lo maniataron para llevarlo a la casa hacienda donde lo encerraron. Cuentan los que lo vieron en aquel trance que el cóndor lloraba de ira como una criatura indefensa. Por eso a ese lugar le llamaron desde entonces: Cóndor Huaganan (Donde el cóndor lloró).

No fue larga la convalecencia del cautivo. Un curandero de Margos que examinó sus heridas constató que tenía vacío el buche y dedujo que su caída se había debido a su extremo debilitamiento que el balazo le había rematado. El hacendado orgulloso de su presa, ciñó encima del denudo y arrugado cuello cubierto de un collar de plumas tiernas y blancas, otro, especialmente hecho de lana con los colores patrios. Era su más grande posesión junto con un marrano gigantesco, blanco y hermoso de raza europea, comprado a los alemanes hermanos Herold que tenían en su cervecería del Cerro de Pasco. Eran sus dos trofeos más apreciados.

Así pasaron los días.

Preso y humillado aprendió a sobrellevar su cautiverio. En ese estado al cóndor le mutilaron  las guías de sus alas para que no pudiera volar. Tuvo que verse en la necesidad de convivir con las otras aves y animales de corral que lo miraban con desdén. Desde lo alto de una pared que había elegido como otero pasaba sus horas contemplando nostálgico la vasta extensión de los cielos azules donde había sido el rey indiscutible. Debajo de él, con una sorna insufrible se paseaba triunfal y engreído el enorme chancho –orgullo de su amo- haciendo estropicio y medio y regodeándose de ello. El cóndor sólo lo miraba. Hombres y mujeres ya se habían acostumbrado a verlo así, tranquilo,  recorrer las distancias con su paso cansino como cualquier otra ave. Eso es lo que el cóndor buscaba. Quería que lo vieran vencido y humillado. En poco tiempo lo consiguió. Nadie daba un medio por él.

Fuertes ya sus alas, un soleado día de junio, sin que nadie pudiera evitarlo, como si lo hubiera premeditado debidamente, se lanzó furiosamente sobre el engreído cerdo clavándole sus poderosas garras sobre el grasiento lomo y, sin hacer caso de sus gruñidos guturales, subió a los aires y desapareció por las alturas inverosímiles con su presa entre sus garras.

A partir de aquel día, con más saña e impudicia que antes volvió a realizar sus rapiñas. Por eso volvió a cundir el abatimiento entre las gentes por la amenaza de tremendo carnicero ahora más audaz, más fuerte, más ladino.

Una tarde luminosa de sol, sin una nube en el cielo, se oyó nuevamente el zumbido de las alas asesinas y la proyección de su sombra colosal sobre un grupo de ovejas. El pastor Timoteo Carhuachagua, protegiendo a sus animales que corrían peligro ante tremendo asesino, lo midió con mucha serenidad. No en vano era el hondero más certero entre los pastores de Ninagaga. El cóndor creyéndose dueño de la situación se acercaba con más desfachatez a sus víctimas. Lento, con tremenda parsimonia, se acercó a treinta metros. Se veía que el ave todavía lucía el collar con los colores patrios que el patrón había colocado en su cuello. Con pasmosa serenidad puso una enorme piedra en su huaraca y dándole tres enérgicas vueltas sobre su cabeza, lanzó el proyectil en dirección al cóndor. No lo puedo creer. Vio el terrible impacto en la cabeza del asesino que caía con estrépito con el plumaje agazapado y las patas yertas e  inmóviles rodando hasta el fondo bañado en lodo y sangre. Timoteo corrió hacia su presa y lo encontró temblando en los estertores de muerte. No duró mucho. Pronto quedó inmóvil, muerto.

Ya casi cerrando la noche llegó a Ninagaga con su presa sobre las espaldas. Los campesinos no lo podían creer. Cuando lo tiró sobre los suelos, prorrumpieron en gritos de triunfo que se oyeron            en la casa hacienda y en todos los confines de Pasco. El nombre de su lugar de cautiverio quedó para la posteridad: CÓNDOR HUAGANAN.

A  partir del día siguiente la paz retornó a Ninagaga.

El condor 4

EL CONDENADO (Segunda parte)

el condenado 2

Su orgullo maltrecho, no lo deja dormir. El encono se le ha clavado en el cerebro y le impide cerrar los ojos. Su vigilia poblada de silencios se ve, de pronto, interrumpida por un ruido extraño. El viejo Moisés Apari aguza los oídos y un extraño presentimiento lo invade haciéndole estremecer. Se ha incorporado sobre sus cobijas y despierta a su mujer.

–     Shatu… Shatu…

¿mmmmm?

¿Has oído?

¿Ja?… No…

.. “masque” oye… creo que están entrando en los altos.

Sí, sí… parece que alguien está entrando…

Desgraciado ladrón… ladrón es…

Claro que es ladrón…

.. Es raro, los perros no ladran… Oye Moishe ¿No será ánima?….

¡Qué ánima ni anima, mujer! Lo que pasa es que los rateros han matado a nuestros perros.

¡Jesús, Ave María Purísima!….

Como saben que no está mi Donato, creen que me pueden robar…

¿Qué hacemos?…ahora siento que están andando arriba.

Lo que tenemos que hacer pues, voy a llevar la escopeta.

¡No te vayan a atacar!….

No voy a ser tan tarugo de salir por delante pues. Voy a ir por la puerta de atrás y por las pircas nomás voy a ver…

Ten cuidado, Moishe…

¡Ahora sí se han fregado esos malditos, carajo!

Sigilosamente, como fiera acechante, Moisés Apari ha salido arma en ristre y da una vuelta completa por el corral y ahora está frente a la puerta de los altos. Decide aguardar a que el delincuente salga con su botín para hacer justicia. Lo espera en medio de una fruición que le produce el imaginarse la sorpresa que se llevará el ladrón al salir. Ahora se abre la puerta y sale un hombre con un bulto en el hombro. Su silueta se recorta en el fondo del cielo estrellado. Ahora o nunca. El viejo apunta y el silencio de la noche se hace trizas con el estampido…

¡Le has dado, Moishe… le has dado!…Ya cayó!

Sí, y en todo el corazón…

Vamos a ver quién es ese miserable de mierda…

Ten cuidado, no se vaya estar haciendo el muerto.

No, ni siquiera se mueve…

Voltéalo…

Sí…

¡Mamalao, mamacooo!… ¡Santo Dios!Nooo!

¡Donato hijooo!

¡Hijaco, te han matado, pues…!

.. Caray… ¿Dónde ha estado este muchacho?… ¿De dónde ha salido?!

¡Dónde habrá estado, pues papalao!

Y todavía ha venido a robarme…

¡Capaz ha tenido hambre, tal vez por eso, Moishe…

¡Anda, anda, despierta al Shimo, a todos los vecinos… ¡Qué hemos hecho!…

El viejo Apari, ha quedado inmóvil, clavado en el suelo, como un viejo ídolo, estático; su rostro curtido y ajado se estremece con una ligera agitación parecida a un llanto sin lágrimas. Su orgullo mellado, pisoteado y ahora impotente, ya no pude erguirse porque más puede el peso de su conciencia castigada al ver el pálido rostro de su hijo muerto iluminado por la alta luna serrana.

 

Mientras tanto, allá en el lejano otero de Cerro Azul, Teodolinda Armas, ha estado esperando angustiada el retorno de su amado. Ni de día, ni de noche ha dejado de escrutar angustiosamente el horizonte cumpliendo así el encargo de su hombre. Ella está muy lejos de imaginar que Donato ha sido amortajado y enterrado en el cementerio del pueblo.

Ahora es de noche, la quinta noche de espera. Han pasado cinco interminables días y un mundo de sobresalto agobia el corazón de la muchacha. Desde tempranas horas el cielo se ha tornado amenazador, de un gris tétrico a una oscuridad más pronunciada que se ha desatado en fortísima lluvia; no obstante, allí está ella, esperando a su amado.

De pronto, entre el monótono chisporroteo de la lluvia menuda, cree escuchar un crujido como de pasos, como de gente arrastrándose. La crepitación ha ido creciendo, creciendo y, ahora está más cercano. El corazón le golpea en el pecho desesperadamente. Sí, es él, Donato. No puede ser otro. Una mezcla de temor y alegría le abrasa el espíritu. Los pasos han llegado a la entrada de la caverna y se han detenido allí, ante la expectación de la mujer.

¡Donato!… ¿Dónde has estado?… ¿qué te ha pasado?

..

Todas estas noches no he podido dormir esperándote… Pero, pasa estarás cansado, siéntate…

¡Pero ahí en la entrada te estarás mojando! ¡Hace frío… pasa!…

..

Desde que te fuiste, ya no han salido jinetes por el camino grande. Parece que ya se han casado de buscarnos…

..

Te prepararé algo caliente para que te abrigues…

Sí, no seas sonso Donato, te puede agarrar “costado”…

¿Qué te pasa, Donato? Parece que estuvieras mal… ¿Qué te sucede? ¿Por qué no hablas?

La expectación es tremenda. Ella tiene un presentimiento clavado en el cerebro. ¡Cuánto daría por un rayo de luz y poder contemplar bien a Donato! Sabe que está allí, no puede ser otro, pero ella lo quiere ver. De pronto, un relámpago ilumina la estancia rasgando la oscuridad y ella queda petrificada, a punto de caer, luchando con todas sus fuerzas por no proferir el grito que le quema la garganta y le hace daño. En ese instante efímero de resplandor del relámpago, lo ha visto todo. Un rostro cerúleo y terrible, ultraterreno, en el que destacan unas cuencas profundas y oscuras; las mandíbulas colgantes, las greñas crecidas saliéndoles por el capirote marrón del sudario. La mortaja sostenida por un blanco cordón está empapada por la lluvia y pegado a su esquelético cuerpo. Ese no es Donato… ¡es el espectro de Donato!… ¡Donato se ha CONDENADO!

En medio de aquel temor que la sobrecoge trata de ordenar sus pensamientos, y lo consigue. Ha tomado el porongo y se dirige a la salida de la cueva pasando por el lado de Donato tocándole las fúnebres vestiduras que emanan un nauseabundo hedor a muerte…

Voy a traer agua, Donato. Espérate un rato… ya vuelvo…

No podía hacer otra cosa. Una vez que hubo salido de la caverna comenzó a correr a campo traviesa, tropezándose aquí y allá. Auxiliada por los esporádicos fogonazos de los rayos, y el condenado atrás, arrastrando torpemente su osamenta fatigada y profiriendo agudas voces como lamentos, como llorares salidos de lo más profundo, de ultratumba.

– ¡Tiuchaaaaaa!… ¡Mi palabraaaaa!… ¡Mi  palabraaaa!

Por fin, sacando fuerzas impensables, Teodolinda ha llegado a la iglesia del pueblo y con ansiedad golpea el pesado aldabón…

¡Padre!… ¡Padre!… ¡ábrame por favor!

La puerta se ha abierto después de un buen rato de espera dando paso al padre Melecio.

¿Qué ocurre, hijita?… ¿Qué pasa?…

¡Ayúdeme padrecito, el Donato me está persiguiendo!

¡Entra hija mía, entra!… ¿Quién dices que te persigue?

¡El Donato, padrecito, el Donato Apari!

¡¿Cómo?!… ¡¿Donato?!… ¿Donato Apari?!

¡Sí, padrecito, sí, cierre y asegure la puerta!

.. ¿Estás loca hija?… ¡El Donato está muerto! Hoy se cumplen cinco días.

Seguro padrecito… pero yo lo he visto con su mortaja…

¿Estás segura de lo que dices?

Sí, padrecito, sí, sí y ahora me está persiguiendo…

No lo puedo creer… pero… ¿Por qué iría a buscarte? Algo debe haber…

¡Creo que quiere que le devuelva su palabra, padre…

.. Te ha dado su palabra.

Sí padrecito; me juró que nunca se separaría de mí, ni en la vida ni en la muerte… Por eso se habrá condenado…

Entonces, hija tendrás que devolverle su palabra para que no siga penando…

¡Sí, padre! pero no quiero quedarme sola…

No te preocupes hija –entretanto la puerta sonó estrepitosamente por los golpes que le propinaba el condenado.

¡Tiucha, devuélveme mi palabra!… ¡Por favor!… – Es patética la voz gutural de súplica.

En nombre de todos los santos, te invoco Donato Apari, a que nos digas lo que quieres…

Padre, padre… me he condenado… He muerto y no pude entrar en la otra vida. Nuestro Señor me ha expulsado para cumplir mi palabra empeñada en la Tiucha o para que me la devuelva, si no, vagaré eternamente… ¡Por piedad, Tiucha!… ¡Devuélveme mi palabra!… ¡Tú ya no podrás vivir conmigo!…

¡¿Qué hago padre?… El pobre Donato está penando!

¡Devuélvele su palabra, hija!…

Sí, padre. Toma mi mano Donato…

–   ¡Ayyyyy! –El grito ha sido tremendo. Teodolinda se ha desmayado porque el dolor ha sido espantoso. Al sacar la mano por la mirilla de la puerta, el condenado le seccionó un dedo de una dentellada y ahora lo llevará como señal de que le fue devuelta su palabra. Ante el estupor del sacerdote que pronuncia una oración, arrastrando sus pasos como si le pesaran, el condenado se retira emitiendo sonidos destemplados como de macabra alegría mientras los truenos arrecian y la noche se lo traga.

F I N

 

 

EL CONDENADO (Primera parte)

el condenado

Eran dos jóvenes que desde muy niños habían consolidado una estrecha amistad que con el tiempo se trasformó en fogoso amor. Lo malo es que existía un problema que estaba a punto de separarlos: su situación  económica. Era muy dispareja. Mientras la tierna, Teodolinda Armas apenas si podía sobrevivir con las escasas pertenencias de su agobiado padre; Donato Apari, rebosaba de abundancia. Esto, naturalmente a ellos no les importaba pero sí a sus progenitores. El viejo Apari había estallado de furia cuando sus vecinos le contaron que su hijo había estado divirtiéndose con la hija de su peor enemigo en la fiesta de un pueblo vecino. Ese día amenazó castigarlo con el destierro si seguía frecuentando a la hija de su odiado rival. De la misma manera procedió el padre de la chica. Muy comedidamente le dijo “Hija: te pido que no vuelvas a juntarte con el muchacho Apari. Él es hijo de mi peor enemigo y no quiero que te humilles ante él ni su familia”. Cubierta de lágrimas pidió una explicación a su padre. ¿Cuál era la razón para ese odio siguiera vigente a pesar de los años? Después de un largo silencio, el viejo dijo. “Es una larga historia que se inició cuando tú no habías nacido. Éramos muy amigos, casi como hermanos. Todo lo compartíamos fraternalmente hasta que a la fiesta patronal llegó una niña muy hermosa que nos gustó a los dos. Estábamos prendados de ella. Yo tuve la suerte de que me prefiriera antes que a mi amigo. Es entonces que amparado por sus riquezas logró que su padre  dispusiera el casorio de ambos. Aquellas veces no podíamos oponernos a las decisiones de nuestros  padres. El matrimonio se realizó no obstante el desacuerdo de la novia. Como ella no estaba feliz, el marido, sabedor del amor que me tenía, comenzó a maltratarla y quitándome el habla,  poco a poco me declaró la guerra. Valiéndose de su amistad con jueces, curas y demás autoridades, me cerraron toda opción de progreso. Cuando llegó la inundación de la aldea yo me quedé sin nada y todos se negaron a ayudarme. Por eso somos muy pobres. Pero igual. No quiero ayuda de nadie pero tampoco quiero que nos humillen con su prepotencia. Tú que eres mi hija, tienes que estar de mi parte sino, tu buena madre, que en todo momento fue mi apoyo y ayuda, sufriría mucho. Esa es la razón: Espero que no me desobedezcas”. No hablaron más. La niña tomó conciencia de su situación y sufrió mucho.

Los días transcurrían aumentando el desasosiego de la pareja. Ambos sufrían mucho por la prohibición paterna, sin embargo lograron encontrarse furtivamente.

Aquel día conversaron ampliamente y se dijeron todo lo que habían estado pensando

Lo único que te pido, Tiucha, es que no te lleves de cuentos que están circulando por el pueblo. Yo no quiero a otra más que a ti; bien lo sabes. Si yo quisiera a otras, no te buscaría. La única que quiero eres tú.

Pero, ¡Qué vamos hacer Donato!… ¡mi padre me ordena que ni te hable!

.. ¿Tú, me quieres o no?

Sí, Donato, por eso sufro mucho de que no podamos encontrarnos siquiera…

Yo también Tiucha,… yo también…

¿Qué hacemos Donato?

Vámonos lejos, Tiucha. Vamos a vivir donde nadie nos conozca.

.. ¿Dónde?

Me han dicho que en las minas del Cerro de Pasco hay bastante trabajo.

Tengo miedo, Donato.

¿Pero de qué…?

De que te canses de mí… de que me dejes. Tal vez conociendo a una cerreña me abandonas y…

Nunca haría eso, tú lo sabes. Yo te quiero. Por lo que tan dicho las malas lenguas, dudas de mí ¿No es así?

Sí, Donato. De repente…

Para que te convenzas, voy formular un juramento que jamás podré deshacer aunque quisiera…

¿Un juramento?

¡Sí!. ¡Yo te juro en nombre de Dios padre todopoderoso que te querré toda mi vida! ¡Nunca te dejaré ni en la vida ni en la muerte! –El juramento ha sido formulado con una unción verdaderamente conmovedora.

¡¿Ni en la vida… ni en la muerte, dices?!

¡Así es, Tiucha! Ni de vivos ni de muertos nos separaremos. Dame tu mano yo te doy mi palabra…

Ya, Donato…

.. ¿Me crees?….

Sí, Donato, sí. Te creo y te quiero.

Ahora, harás lo que te diga. La próxima semana como hoy a las seis de la tarde nos encontraremos aquí para irnos muy lejos…

Ya, Donato…

Durante toda la semana no salgas para nada de tu casa; no quiero que sospechen. Prepárate nomás…

Ya, Donato.

Ahora me voy, amor. La próxima semana como hoy… no lo olvides.

II

La semana ha transcurrido normalmente, sin embargo a Donato Apari le pareció desesperadamente interminable. Con gran delectación y esperanza ha contado los días y las horas de la semana. Su ansiedad ha ido en aumento con la sola evocación de aquella prodigalidad de belleza y vitalidad que se llama Teodolinda Armas. Su espera, que ahora llega a su fin, bien ha merecido todos aquellos desvelos. Por fin podrá tener en sus brazos a aquella mujer que se le fue clavando en el corazón y pensamiento; ya no tendrá que buscar mezquinos atajos, ni soledades riesgosas para gustar de sus besos. Ahora será suya, entera y limpiamente suya; por eso hace ya un buen rato que espera, cuando los rayos últimos del sol se han escondido tras los cerros verdes…

¡Donato!… ¡Donato!

¡Tiucha!.

Donato, temí que no vinieras. He tenido mucho miedo. No he podido ni dormir pensando en que podrías arrepentirte y no venir…

Tú no me tienes confianza Tiucha, pero ya ves, he cumplido; aunque yo también te diré que temía que tu papá podría hacerte cambiar de parecer…

Ya no, ahora, ya no. Yo sé que me quieres y he venido para irnos.

Bien, Tiucha.

Sólo temo que no iremos muy lejos. Tanto mi padre como el tuyo podrían alcanzarnos y encontrándonos nos castigarían o sabe Dios qué nos harían…

No tengas miedo. Si nos fuéramos a cualquier pueblo cercano, nos descubrirían, pero no vamos a hacer eso…

.. ¿Adónde vamos a irnos?

Iremos a un lugar que nadie conoce. Sólo yo.

¿Adónde, Donato?

Allá en las alturas de Cerro Azul yo conozco una cueva. Allí estaremos hasta que, cansados de buscarnos se olviden de nosotros. Entonces nos iremos a otro lugar…

Pero en Cerro Azul también podrían buscarnos… ¿Y si nos encuentran?

Nadie nos encontrará. Esa cueva sólo la conocemos el “Wisha” Palacios y yo, pero él está trabajando en las minas del Cerro y no dirá nada.

Será lo que tú digas, Donato. “Ultimadamente” si nos encuentran también, que vamos a hacer. Les diremos que nos queremos y le hablaremos al padre Melecio.

Él nos comprenderá Tiucha, pero mientras tanto, vámonos sin que nos vean. Ya se está haciendo tarde… ¿Has traído tus cosas?

Sí, Donato; lo que más necesito está en este “quipecito”…y ¿tú?

Yo, en estas alforjas llevó lo necesario…

Vamos, pues Donato…

Vámonos mi Tiuchita…

III

Enclavada en la agreste peñolería del Cerro Azul, hay una caverna con entrada pequeña, como agudo grito del Cerro, lista para cobijar la felicidad de los jóvenes amantes. En el interior, ahora cuidadosamente limpio sin ser muy espacioso, Donato ha ido guardando frazadas y alimentos. Por fuera, como una ventana del cerro, hay un otero formidable, desde donde se puede ver el camino principal, único lugar de entrada y salida del poblado. Pasados los días, desde allí pudo ver Donato las diarias partidas de hombres que salían a buscarlos apenas aparecía el sol y regresaban fatigados de cansancio y polvo, entrada la noche. Así pudo comprobar la odiosa mezquindad de su padre al enterarse que  se había fugado con la hija de su peor enemigo. ¡Cómo estaría rabiando el orgulloso anciano! Ahora Donato, estaba preocupado, muy preocupado…

No te vayas a enojar, amor. Yo he debido de ponerte una casa muy buena y sin embargo vivimos en esta cueva…

¡Qué vamos a hacer, Donato!, nuestra suerte será así. Lo importante es que nos queremos.

Tienes razón…

Además, aquí se está tan abrigado como si tuviéramos una casa.

Yo creí que te aburrirías…

.. Para nada. A propósito… ¿Cómo conociste esta cueva?

Cuando era un “chiuche” subíamos a pastear los carneros y un día que veníamos por estos lugares, se desató una fuerte lluvia con muchos truenos…

…¿Y…?

Alcancé a ver esta cueva. Al comienzo creí que era pequeña, pero cuando entramos con el “Wisha”, nos dimos cuenta que era grande.

Seguramente los antiguos viajeros que pasaban por aquí se guarecían en ella.

Por eso será tan limpia… yo ya no extraño la casa.

Nueve días no es para poco; ya te estarás acostumbrando, pues…

Verdad, ya nueve días… cómo han pasado… sin sentirlo.

Y nosotros no podemos ir a otro lugar. Yo creí que íbamos a estar dos ó tres días a lo más…

Ya se acabó casi toda nuestra comida, Donato.

En eso he estado pensando, Tiucha. Por eso he decidido ir a traer alimentos…

.. ¿Y si te descubre….?

No me dejaré ver. Iré a mi casa. Mi mamá guarda en la troje de los altos bastante comida.

Pero es muy peligroso, Donato.

No importa, me arriesgaré.

No vayas, Donato. Con lo que hay nos podemos acomodar unos días más.

¿Y después?…No, amor, aquí vamos a tener que estar un buen tiempo. Nos están buscando. Todos los días mi papá con cinco cabalgados sale de mi casa a buscarnos y regresan por la madrugada. Desde que nosotros nos hemos venido, es así. Mi padre es muy orgulloso para poder olvidar lo que hicimos y seguro que en los alrededores ya están en alerta para cogernos…

Más bien nos ha alcanzado la comida hasta ahora…

De haber sabido esto, hubiera traído más alimentos.

¿Qué harás ahora, Donato?

Parece que esta noche habrá luna. Cuando todos estén dormidos, yo iré a traer algo…

Ojalá que no te pase nada…

A mí no me va a ocurrir nada, Tiucha. Tú cuídate nomás…

Sí, claro…

No te vayas a mover de aquí por ningún motivo; no vayas a tener malas ideas en la cabeza. Ya sabes que yo no te voy a dejar nunca. Ya estás convencida, también que te he dado mi palabra. Sólo tienes que esperarme.

Pero, te apuras, Donato.

Sí, hijita… voy a volver, ya verás…

Continúa…