LA PALLAQUERA (Cuento)

la-pallaquera-4Cuando se enteró que en las minas cerreñas podía ganarse buenas monedas, se apresuró a viajar para enrolarse en el contingente de obreros. Le habían dicho que trabajo era muy duro para una mujer, pero no se acobardó. Era muy joven y la naturaleza le había dotado de dos cualidades extraordinarias: una fortaleza asombrosa y una belleza perturbadora. Su vigoroso cuerpo juvenil cubría con  numerosas polleras de colores festivos; su corpiño, ciñendo su busto turbulento estaba a punto de reventar y su cata de colores cubriéndole los hombros la hacían parecer una reina. Rostro sonrosado y hermoso de piel fina y suave; cabellera profundamente negra untadas en dos trenzas acicaladas con cintas de color rojo; labios carnosos guareciendo dientes perladamente nacarados y fuertes; ojos intensamente negros con un extraño fulgor que daba miedo mirarle. Los mineros que la vieron llegar se impresionaron de su belleza magistral pero, cuando la miraban a los ojos, quedaban extrañamente perturbados. No se explicaban por qué.

Todos pensaron que en poco tiempo abandonaría el trabajo pero se equivocaron. A la puerta de la mina, con una pesada comba como la más experimentada pallaquera, trituraba los metales que los capacheros sacaban de las profundidades. La tarea la efectuaba sin sentarse. Se inclinaba sobre los minerales y los molía a golpes. Esta tarea era contemplada por el “tareador” y el vigilante que arma en mano controlaba el trabajo. Al ver esas ancas poderosas, meciéndose  hacia un lado y hacia el otro, les hacía tejer sueños de posesión y lujuria. Ella lo sabía muy bien, pero no les hacía caso. Sus compañeras –otras moledoras que cumplían igual tarea- se sorprendían de su fortaleza. En el poco tiempo que tenían de descanso, conversaban y le hacían conocer los pormenores del trabajo. Así se enteró que dentro de la mina se ganaba tres veces más, pero para ellas era imposible. Jamás dejarían entrar a una mujer en las galerías. Estaba  prohibido. Ella no desesperó. En sus momentos de soledad se dedicó a urdir mil planes y sueños.

Un día, la noticia que llegó a sus oídos le alegró sobremanera. En la Mina de Rey –la más pródiga de la zona- se había descubierto una “bolsonada” asombrosa de “pacos” y “pavonadas” de plata de alta ley. Inmediatamente, sin mayor trámite, comenzaron a recibir “barreteros”, “pallaqueros”, “moledoras” y “japiris”.  Ella, poniendo en juego su inventiva y audacia, se disfrazó de hombre con todos los aditamentos mineros de la época, ciñó fuertemente sus senos, se tiznó la cara y apretujando sus trenzas se caló un “lapichuco” (sombrero viejo) amplio. Listo. Nadie podría pensar que era una mujer. Sin más trámite la enrolaron en aquel ejército de trabajadores de las  profundidades.

Dentro de la mina se las arregló para ir a laborar en la profundidad de los frontones. No quería que nadie la descubriera. Por la dedicación y pujanza de su trabajo, cualquiera habría pensado que era un hombre.

Un día que se hallaba atareada entre los mineros que como luciérnagas hacían titilar sus velas de sebo en la oscuridad, unos ojos brillantes y escrutadores la descubrieron.

  • ¡Hola…!!! – Ella quedó perpleja. Cuando bajó la vista vio a un hombre diminuto pero recio que sonriente la miraba.
  • ¡¿Quién eres…?!- preguntó.
  • Soy el muki. El dueño y rey de las minas –El brillo de sus dientes y el fulgor de sus ojos juguetones la contemplaban extasiado…
  • ¿Qué quieres de mí…? –preguntó ella armándose de valor.
  • Quiero que hablemos porque tengo una propuesta que hacerte. Sólo que tendremos que esperar a que todos se vayan para poder “chacchapar”. Tomaremos unos tragos mientras hablamos… ¿Qué dices…?
  • ¡Bueno!.- Aceptó ella.

Cuando todos se fueron la mina quedó completamente a oscuras. Ellos aprovecharon para reunirse como lo habían acordado. Sólo la lámpara del muki alumbraba a los dos confidentes. El misterioso gnomo de la mina estaba intrigado. La pallaquera no daba ninguna muestra de miedo ni de inquietud, cosa rara en una mujer.

  • ¿No me tienes miedo….? – preguntó el muki
  • No…
  • Tienes mucho valor y eso es muy valioso para una mujer…
  • ¿Cómo sabes que soy mujer….?
  • Las ancas que tienes no pueden ser de un hombre. No eres una yegua, por lo tanto, eres una mujer…
  • No me delates porque está prohibido que una mujer entre en la mina. Si llegaran a saberlo me castigarían…
  • No temas. No te delataré. Aquí nada puede ocurrir si yo no lo ordeno.- La pallaquera contemplaba cómo, con sus manos regordetas, el muki abría el “huallqui” y sacaba abundantes hojas de coca, un “poro” con cal, una pequeña botella de contenido misterioso, y otra, con aguardiente de caña.- Sírvete- invitó extendiendo las verdes hojas de coca sobre un mantel. Ella sin mostrar temor alguno cogió su porción y se puso a masticar..

Largo rato estuvieron en silencio, sumidos en aquel ejercicio de franca amistad, alternando el “chacchapeo” con buenos tragos de caña. Intrigada la pallaquera soltó la interrogante que la había conminado a aceptar la cita con el muki… ¿Qué es lo que querías decirme, Muki…?.

  • Es necesario que sepas que desde que entraste aquí a mis dominios, tu belleza perturbadora me ha seducido. Me ha bastado mirarte para comprender que eres la compañera ideal para compartir mi vida. ¡Quédate conmigo y comparte mis tesoros y mi ostracismo!.
  • ¡Aquí…?!…. ¡¡¡¿En este silencio oscuro y misterioso…?! – preguntó ella tratando de disimular su alarma.
  • ¡Claro que sí! ¡Aquí! Tú sabes que por mi naturaleza no puedo abandonar mi encierro. Estoy condenado a vivir eternamente entre los minerales. Este es mi reino. De aquí no puedo salir. Lo único que necesitaba era la buena compañía de una mujer. ¡¡¡ Tú ¡!! –Te invito para que compartas mi reino viviendo conmigo. Nada te faltará. Al comienzo, claro, extrañarás el mundo que conoces, pero pasado el tiempo te acostumbrarás a la soledad y al silencio; pero, claro, no estarás sola. Yo estaré siempre contigo… ¿Qué dices….?

La propuesta tomó por sorpresa a la pallaquera. Un sinfín de interrogantes inquietaron su mente. Su aguda intuición femenina  le decía que todo lo que el muki le aseguraba, era verdad. En medio de una prolongada oscuridad silenciosa, pasó un buen rato. Calculadora como nadie, la pallaquera, le extendió un reto.

  • Si es cierto lo que dices Muki, tendrías que darme unas pruebas…
  • ¿Cuáles…?! – interrogó el gnomo.
  • Si eres tan poderoso como dices, nada te costaría ayudarme en mi trabajo. Quiero que me facilites mi tarea de sacar buenos minerales dándome un tiempo prudencial para reunir la mayor cantidad de dinero. Quiero ser rica…
  • ¡Trato hecho!. Tendrás toda mi ayuda en tus trabajos y te daré un plazo de tres meses. No más. Cumplido ese plazo serás enteramente mía; solamente mía. Nada podrá oponerse a que se cumpla el pacto.
  • ¡Bueno…!- aceptó la bella mujer.- El muki, muy emocionado se inclinó para coger los senos de la joven mujer, pero ésta se lo impidió – ¡Cuándo se cumplan los tres meses, no antes!- sentenció.
  • Bien está –dijo el muki- entonces para sellar nuestro acuerdo, te beberás este licor especial que sellará nuestro trato- Le alcanzó una botella pequeña para que beba. Cuando por desconfianza quedó en dubitativo silencio, juntó sus manos a las de la mujer y la obligó a beber el licor blanquecino y pegajoso. Cuando terminó de beber un sorbo – Ahora sí, ya es suficiente le dijo. Ahora sé que cumplirás el trato

No hablaron más. Fue suficiente. El pacto estaba hecho.

Desde aquel día, la pallaquera comandó un laborioso equipo de hombres que trabajaba exitosamente en las galerías. En el lugar que ésta señalaba, las ricas vetas se hacían completamente suaves, como si fueran pan de maíz. Era el fruto del encantamiento. Los hombres trabajaban a sus órdenes con un contento especial. En poco tiempo atiborraran innumerables “cajones” de plata de alta ley. Ante la admiración de los mineros cerreños, la pallaquera le llenó de dinero ganándose el respeto de los que trabajaban en su cuadrilla. Lo que nunca le dijo a nadie, porque era uno de sus más grandes secretos, es que pensaba engañar al muki. Jamás podría amar a un hombre diminuto y casi maltrecho, de edad indefinible y de apariencia nada atractiva. Lo que le quedaba era engañarlo. Sería fácil. Como éste no puede salir de la mina, jamás podría encontrarla. Así reunió muy buena cantidad de dinero y muy cercana la fecha del cumplimiento del pacto  partió a su tierra a gozar de sus riquezas. No cumplió con el trato. Quería, sobre la base de sus caudales, derrochar lujo y ostentación, vengándose de los que mal la habían tratado en su pueblo.

Lo que la pallaquera no sabía era que el muki, haciendo uso de sus poderes misteriosos había descubierto sus intenciones nada santas. El día que chacchaparon en la intimidad del socavón, él, previsor como todos los gnomos, le había robado parte de su alma al darle a beber aquel líquido misterioso que con sus artes mágicas, descubría sus más oscuros planes.

Una neblinosa madrugada –ella- hizo cargar sus numerosos bultos de ropas, muebles, adornos y una serie de cajones de plata nativa sobre el carro del viejo Nájera. No permitió que nadie más compartiera el viaje. Ella pagó enteramente todo y, prácticamente, el “mixto” era suyo. Feliz como nunca se subió al carro y partió. Su rostro hermoso iluminado por una amplia sonrisa se recreaba pensando en la cara que pondría el muki al enterarse de que había sido engañado. Lo que ella no sabía era que el gnomo, dueño de las minas, le había robado el alma el día que entablaron el pacto que ella había firmado al beber el semen del hombrecito.

La alegría le duró muy poco a la pallaquera. Al dar vuelta en la fatídica curva de “Atoj Huarco” –camino a Huánuco- el carro se despistó y con todo su cargamento fue a dar a las aguas del torrentoso Huallaga, río que por ahí pasa. La gente que acudió a auxiliar a las víctimas de la volcadura, sólo salvaron al chofer y las cargas que pronto se repartieron. El cuerpo de la pallaquera jamás fue encontrado. La buscaron por muchos días, hasta que abandonaron su búsqueda cansados de rastrear toda la ribera.

Cuentan que cuando la pallaquera abrió los ojos, se encontró en el recinto oscuro de las oquedades misteriosas de la mina. Completamente empapada trató de moverse y alcanzó a ver al muki sonriente, que le cogía de las manos y muy tierno le decía:

  • Tú habías intentado engañarme. A mí, nadie puede engañarme. Aceptaste el trato y olvidaste cumplirlo. A partir de ahora serás mía y ya nadie nos separará nunca.

Los mineros cuentan que la pallaquera, desde entonces, es la mujer del muki. Cuando hacen el amor lo hacen como dos bestias apocalípticas en celo. Desenfrenadamente. Hasta la tierra tiembla con estertores de agonía y hay muchos accidentes. Por eso -aseguran los mineros- no deben entrar las mujeres en la mina.

Pablo Palacios Velásquez

Es uno de los compositores que más ha trabajado por nuestra música y sin embargo se halla completamente olvidado. Era de los que actualmente llaman “cantautor”, es decir que componía y cantaba. Fue director de muchos conjuntos cerreños y en todos ellos dejó lo mejor de su inspiración y profundo amor a la tierra. Minero militante, captó con fina ironía lo que a ultranza ocurriría con los mineros. Con nuestro homenaje por su dedicación a su pueblo, hacemos conocer a ustedes, cuatro de sus más logradas canciones.

R E B E L D I A                                                      J U B I L A C I O N

  (Huayno)                                                                   (Huayno)

Siempre seguiré llorando,                         Yo tengo una esperanza

al recordar de tu infamia,                         tan verde como un limón,

de un pecado me acusan                           cuanto más cuenta me doy,

sin haberlo cometido.                                voy amargando mi vida.

 

Si un pecado he tenido,                             Dicen que cuando yo tenga,

deberías perdonarme,                               mis sesenta años de vida,

y no darme ese castigo,                             entonces tendré derecho,

de una decepción amarga.                        para yo ser jubilado.

 

Me voy del Cerro de Pasco,                       Mañana que yo me muera,

nunca pensé abandonarte,                      y me encuentren sepultado,

pero seguiré pecando                                 dirán ya está jubilado,

conforme tú me enseñaste.                     que descanse eternamente.

 

Ese cariño tan puro                                 Obrero que mal naciste

que siempre te he demostrado,                   para sufrir en la vida,

ahora lo tienes postrado,                            esclavo de tu trabajo,

tan sólo en la rebeldía.                          para ti ya no hay consuelo.

 

FUGA                                                                  FUGA

Al calvario de mi vida,                               Quisiera emborracharme

llevo una cruz muy pesada,                        para disipar mis penas,

por el pecado que tengo,                           porque consuelo no tiene,

me peso de haberte querido.                   ¡Ay!, mi triste desventura.

Letra: Pablo Palacio Velásquez.              Letra: Pablo Palacio Velásquez.

            Música: Severo Díaz.                         Música: Leonardo Herrera.

 

SENTIMIENTO CERREÑO                                  OBSESION.

              (Huayno)                                                  (Huayno)

 ¡Ay! bocamina de Lourdes                        Preso me tienes con tus engaños,

¡cuántas vidas, ¡ay! escondes!,                déjame libre, por Dios te lo ruego,

formando el sentimiento                          yo te he entregado la flor de mi vida,

al contorno de la vida.                              con tus traiciones tú las has marchitado.

 

Yanacancha tambaleando                       Yo por quererte ya mucho he sufrido,

con los tiros de Tacnarica,                          tengo en mi mente tus ingratitudes,

y todos al son del mambo,                        china tu infamia destrozó mi alma,

se van para el cementerio.                         mi amor tuviste de puente en el río.

 

Solamanet Bellavista,                                  Obsesionado tan solo espero,

bien cuidada por los gringos,               aquel momento tan cruel de mi vida

con la muralla que han puesto                quiero confesar todo mi pecado,

piensa quitarnos la vida.                          aquel pecado de haberte querido.

 

                      FUGA                                                           FUGA

Bellavisa, Shuco Punta,                            Si ti supieras amar a Dios,

San Juan Pampa y Yanacancha,             si tú supieras amar al hombre,

todo, todito cholita,                                 no hay cuidado con los demás,

Cerro de Pasco amurallado.                      y mi cariño te ganarás.

 

Pobre mi Cerro querido,                           Letra yMúsica:

vivirá esclavizado,                                     Pablo Palacios Velásquez.

quien fuera Ramón Castilla,

para poder libertarlo.

 

Letra: Pablo Palacios Vásquez.

Música: Julián Mayta Carranza.

pablo-palacios

……………………………………………………………………………………………

La cabeza voladora (Cuento)

la-cabeza-voladora-cuentoAquellos tiempos en que la opulencia del Cerro de Pasco era significativamente turbadora, un riquísimo señorón dueño de las minas más boyantes de la época: De Pariajirca a Quiulacocha, de Cayac Chico a Yanacancha, de Shihuayro a la Docena, de Yurajhuanca a Cruz Verde; decenas de yacimientos generosos que cubrían la extensión de toda la naciente ciudad minera y aledaños.

Este acaudalado minero tenía siete hijos varones que le ayudaban en el trabajo de sus yacimientos y, una sola hija mujer, cuya llegada al mundo le había costado la vida a su esposa. Si los varones eran su orgullo por el generoso brazo que aportaban en la explotación de los filones, era la niña, luz de sus ojos y alegría de su corazón. Intensamente rubia, como si las hebras de su cabello fueran de oro reluciente, su risa argentina tintineaba en la ranchería minera a toda hora. Nunca estaba quieta. Desde las primeras horas del alba sus  pasos menudos resonaban en la estancia en el diario trajín de la labor hogareña. Preparaba reconfortantes desayunos para que su padre y hermanos iniciaran con gran brío la diaria labor minera. Durante el día, en tanto el fogón sazonaba locros sabrosos y frituras crepitantes, ella tejía bufandas, chompas, guantes y medias; lavaba y planchaba la ropa de la familia; limpiaba la casa con una meticulosidad extraordinaria; preparaba riquísimos dulces con frutas y chancacas huanuqueñas; bordaba primorosos manteles que eran impresionante estallido de flores y mariposas multicolores. Lo dicho. Era la reina del hogar y el contento de su padre.

Su ayudante y cuidadora era una vieja mujer, desgarbada y  herméticamente y misteriosa, que la amaba con extraña predilección. Había quedado de niñera de la rubiecita cuando murió la madre.

Las cenas nocturnas presididas por el patriarcal anciano  tenían la virtud de congregar a toda la familia en conmovedora fraternidad hogareña. Cada uno de los siete mozos, todavía con las botas puestas, informaban al viejo de lo ocurrido en la mina; éste escuchaba, y cuando juzgaba necesario, preguntaba. Entretanto, escanciaban la sopera y fuentes de guisos y frituras. La joven, rubia como un sol, los atendía solícita y silenciosamente.

Terminada la limpieza y después de estampar sendos besos en la mejilla de su padre y hermanos, se retiraba al aposento que compartía con su nodriza. Ya en su alcoba, apartada de la vista de los suyos, escuchaba extasiada los cuentos misteriosos y las iniciaciones esotéricas que la vieja le endilgaba por horas enteras. Cansada de tanta plática quedaba profundamente dormida.

Así fueron transcurriendo los inviernos con crueles ramalazos de rayos y truenos; con la silenciosa cobertura de nívea suavidad, con sus chaparrones, granizos y trombas de agua. Pasaron los veranos con los cielos abiertos y enormes en cuyo azul majestuoso  el sol lucía imponente en el día y los luceros parpadeaban luminiscencias extrañas y distantes por las noches; con las minúsculas esquirlas de la escarcha que en un santiamén convertían en carámbanos colgantes las aguas de las goteras; con la amaneciente opacidad de las escarchas.

Un día -pueblo chico infierno grande-, entre aspavientos y ojos abiertos de asombro, un minero reveló el secreto a otro; éste se lo dijo a su mujer que a su vez se lo contó a una comadre; y así lo llegaron a saber las huanquitas aguadoras y el matarife y la moledora de metales y el pallaquero y la comadrona y el sacristán; el rumor incontenible se difundió por todos lados que hasta los pastores de las estancias más lejanas, los arrieros incansables y los viajeros trashumantes, lo llegaron a conocer. La hija del minero ricachón, aquella rubiecita encantadora de sonrisa contagiosa: ¡Era bruja!…

Los cerreños, entre rezos y estremecimientos lo llegaron a saber, menos –cosa extraña- el padre y los hermanos. Hasta que una noche, el hermano mayor, al levantarse de la cama de la mujer con la que tenía amores, fue increpado por ésta.

— ¿Por qué me dejas tan temprano?…- dijo acaramelada.

— No puedo llegar tarde a mi casa. Mi padre se disgustaría. Mañana tengo que trabajar en la mina.

— No seas malo pues… ven – suplicaba la mujer.

— ¡No!- la respuesta fue tan rotunda y tajante que ofendió a la mujer.

— ¡Oye! –Dijo con ira la querida desairada- ¡Tu padre de quien debe preocuparse, no es de ti, sino de tu hermana….!

—  ¡¿…Qué?!… ¡¿De mi hermana?…!

—  ¡Claro… de esa bruja!

— ¡¿Qué estás diciendo, maldita?…!- y un sonoro bofetón convirtió la boca de la querida en una rosa sangrante de imprecaciones mortales.

— ¡Tu hermana es una vil y maldita bruja!… Y para que lo sepas… a esta hora seguramente ni ha llegado a tu casa… ¡Imbécil…!

El hombre castigó con saña a la querida hasta dejarla inconsciente, pero sus palabras, quedaron prendidas en su conciencia como dardos venenosos. Como un sonámbulo llegó a su casa y luego de despertarlos  contó a sus hermanos lo que le había ocurrido. Ninguno creyó ni un ápice de la tenebrosa historia. Nadie podía dar cabida en su mente ni en su corazón la monstruosa versión. Entonces, urgidos por el mayor, espiaron silenciosamente a su hermana durante algunas noches hasta que un viernes de luminoso plenilunio -justo a la medianoche- vieron abrirse la ventana de su alcoba de donde, como un ave misteriosa, salía una cabeza de pródiga cabellera blonda desplazándose ingrávida por los aires como si se tratara de un globo caprichoso y juguetón. Acompañándola, una escuálida perra amarilla, ladrando, jugueteando misteriosamente con ella, tratando de guiarla. Después de un buen rato de juego, cabeza y perra, desaparecieron por los aires. Estremecidos, los hermanos decidieron perseguir aquellas fantásticas  apariciones.

Entretanto, el viejo minero, alarmado por el ruido originado, salió al patio y llamó a grandes voces. Nadie contestó. Temeroso de que pudiera sucederle alguna desgracia a su engreída, subió a grandes trancos las escaleras que conducían a su alcoba; llamó con los nudillos, después a grandes voces y al no encontrar respuesta alguna, echó la puerta abajo. Lo que vieron sus ojos lo dejaron petrificado. Incapaz de hilvanar sus ideas sólo atinó a contemplar el macabro espectáculo. ¡Su hija estaba sin cabeza! Más allá, sobre su cama, la vieja mujer yacía como muerta. Un grito de horror retumbó en la estancia y el añoso minero rodó inconsciente por los suelos.

En todo ese tiempo, jadeantes y sudorosos los jóvenes seguían a la cabeza rubia que se desplazaba rauda por los aires guiada por la escuálida perra amarilla; los ojos brillantes como ascuas,  los pelos al aire como diabólicos flecos; el rostro desencajado y las fauces abiertas y babeantes donde se le habían pronunciado dos filosos caninos; sus mandíbulas -satánicas bisagras- se abrían y cerraban con una continuidad espantosa de ruidosas y espectrales tijeras.

— ¡Tac!… ¡Tac!… ¡Tac! -sus dientes producían metálicos sonidos que estremecían la noche cerreña.

La cabeza infernal, desde considerable altura iba de un lado a otro como si buscara algo; desde allí miraba a la perra amarilla que, incansable y juguetona, le señalaba el itinerario a seguir. Desde su escondite los hermanos contemplaban, sin ser vistos, los destellos que emitía la rubia cabeza de cabellos flotantes iluminada por la luna. Llegando al Misti se detuvo en la laguna de Lilicocha donde, coqueta, se regodeaba contemplando su rostro espectral en la superficie de las aguas; de allí, como un cernícalo hambriento, fue a posarse sobre el castillo de la mina Excelsior. Los canes del barrio se alocaban alargándose en lúgubres aullidos como denunciando, incansables, la presencia de la muerte.

Cuando la cabeza voladora llegó a la plaza Chaupimarca, temerosa de la casa de Dios, se alejó por la calle Grau, por la del hospital y luego Amazonas hasta el Tajo Shihuayro en cuya lumbrera, con los pelos sueltos al viento, los ojos relampagueantes y las mandíbulas sonantes como hambrientas tijeras, oteaba de un lado a otro…

— ¿Qué hace, Dios mío? – Preguntó el hermano menor.

— Parece que busca una víctima para matarla –contestó el mayor, acezante por la correría nocturna.

Pasado un buen rato sin que ningún mortal apareciera, la cabeza volvió a elevarse atravesando los andurriales de Gayachacuna y cruzando las calles de la Chancayana y Digo-Digo terminó posándose en las alturas de Mesapata; desde allí, sin que sus hermanos se dejaran ver, continuó atareada en su busca de gente para matarla. Al ver que la cabeza infernal volaba cada vez más rauda y que sería muy difícil alcanzarla, decidieron regresar a la casa paterna con el fin de preparar una trampa para cazarla.

Al llegar a la casa, apoyados por peones de la mina, reanimaron al padre y armados de fuertes reatas, sogas, costales y zumbadores, tendieron un cerco para aprisionar a los espectros nocturnos.

No tuvieron que esperar mucho. Cuando vieron a la perra amarilla pugnando por entrar en la casa, todos a una cayeron sorpresivamente sobre ella  que se defendía con terribles dentelladas en tanto la voz gangosa –voz de la criada- maldecía como una condenada. Mientras la lucha con la perra continuaba afuera, la cabeza voladora, como impulsada por una fuerza maligna, entró por la ventana abierta del dormitorio y fue a pegarse aparatosamente, emitiendo un chasquido infernal, al cuerpo yaciente de la joven.

Alborotados por el escándalo que hacía la perra cautiva, hombres y mujeres del pueblo, convergieron con en la casa del viejo millonario. Paralelamente, un grupo de piadosas mujeres fue a la iglesia de Santa Rosa para informar a Fray Sancho de Córdova que, provisto de agua bendita, crucifijo, cáliz, hostias, breviarios, incienso, un maletín y un hermético libro negro, llegó al lugar del acontecimiento.

Ante la expectante curiosidad de la muchedumbre cada vez más numerosa se puso el alba sobre el hábito fijándola con el cíngulo, cogió un enorme crucifijo de plata y se acercó a la joven a quien, después de decir unas oraciones, comenzó a interrogar.

— Niña… ¿Crees en Dios?…

— ¡Sí, padre; sí!…

— ¿Sabes que estabas al servicio del demonio?…

— ¡No, padre, no!… – Se alarmó la joven.

— ¿No sabes que tu cabeza, separada de tu cuerpo, deambulaba por las noches volando por los aires?…

— No, padre;  ¡No lo sé!…- Sus ojos claros denotaron terrible sorpresa.

— ¿Qué es para ti la mujer que te cuida?…

— Ella es mi acompañante, padre…

— ¿Nunca te habló del demonio?…

— No, padre, del demonio, no; sólo me ha referido la existencia de un ser extraordinario de grandísimo poder al que ella llama: El Príncipe de las Tinieblas…

— ¡Es el demonio!…

— ¡Padre!… -Estuvo a punto de gritar aterrorizada la joven.

— No te alarmes, hija; sólo quiero que me digas lo que hacías con ella en las noches de los viernes en tu alcoba.

— Bueno, padre… Mi nodriza me untaba la cara con una extraña pomada asegurándome que con ella me pondría bonita…

— ¿Qué más?…

— Mientras iba frotándome la cara, pronunciaba extrañas palabras en un idioma que desconozco…

— ¿Qué más?…

— ¡Nada… nada más!… Yo me quedaba dormida mientras ella hablaba.

— ¿No recuerdas nada más?…

— ¡Nada, padre, nada! – Comenzó a sollozar asustada.

— ¡Claro!…¡La maldita hechicera te dormía y te utilizaba para servir al demonio!…

Después de escuchar la confesión de la joven, rezó complicada y extensa oración en latín, después la absolvió.

Un grupo de ancianas piadosas oraba de rodillas respaldando las maniobras de fray Sancho en tanto el resto –turba encolerizada- aprisionaba fuertemente a la esquelética perra  que, por extraños misterios, hacía gala de una fuerza extraordinaria. En un instante, ante el estupor del gentío, la vieja nodriza volvió en sí. Al verla consciente, el cura, leyó en voz alta una extraña oración del gigantesco libro negro y encarando a la mujer comenzó a interpelarla.

— ¡Te conmino en nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, a que nos digas tus pecados en confesión que te librará del Maligno!…

— Sí, padre –respondió la mujer aparentando humildad.

— ¡¿Cuándo te iniciaste en el ejercicio de la brujería?…!

— Muy joven, padre. Fueron unas mujeres de mi pueblo las que me iniciaron para que en una misa negra nos convirtiéramos en esposas de él.

— ¡¿De quién?…!

— De Lucifer, padre…

— ¡Del demonio!…

— Sí, sí; padre!…

— ¿Por qué?…!

— Caímos en su poder!…

— ¿Cuántas son ustedes?…

— Siete…

— ¿Dónde están las otras?…

— En distintos lugares. Nos reunimos cada año a la primera luna nueva…

— ¡¿Cómo le sirves a Satanás?…!

— Primero convertida en cabeza voladora y dando muerte a los hombres y mujeres cuyas almas son para mi amo.

— ¿Eso es lo que querías hacer con tu niña rubia?…!

— Sí….

— ¿Lo lograste?…

— No. Ella es demasiado pura y buena. Dios la está protegiendo…

— ¿Y cómo utilizabas su cabeza?…

— Yo ya no tengo fuerzas. Quería que ella me reemplazara. La hipnoticé y la hice seguirme en sueños…

— ¿Cómo la hacías dormir?…

— Con la oración especial y con el ungüento mágico para frotarle la cara, que me dio mi amo…

— ¡¿De qué está hecho ese menjunje..?!

— De hierba mora adormecedora…

— ¡¿Qué más?…!

— Belladona… ruda…

— ¡¿Con todo eso hacen la pomada?…!

— Si, padre… Utilizamos como base la sangre y la grasa de los niños recién nacidos, sin bautizo…

— ¡¿Con eso untabas a la niña que tenías que cuidar….?!

— ¡…Sí!…

—  ¿Te arrepientes?…

— Sí, padre…

— Habiendo escuchado tus pecados de los que te arrepientes, te purificaré con leche y manteca, que es lo más apropiado en este caso, conjurando a Satanás para que abandone tu cuerpo –simultáneamente, mientras rezaba, iba untando el cuerpo de la bruja.

— Toma manteca traída de un redil santo, leche traída de un establo casto. Sobre la manteca inmaculada del redil deshaz el encantamiento. Embadurna a la enferma, hija de Dios verdadero a fin de que sea pura como la manteca, para que sea limpia como la leche.

— ¡Que su piel brille como plata pulida!…

— ¡Que sea clara como el cobre brillante!….

Tras haberle embadurnado la cara, las manos, los pies y el pecho a la posesa, tratando de purificarla, el sacerdote procedió a trazar el círculo mágico con yeso, alrededor,  guiado por el libro de los exorcismos. Su voz retumbó en el ámbito cuando dijo:

— ¡Cierra a esta mujer en el círculo, en el gran círculo de yeso. La puerta con cierre a la derecha y a la izquierda… ¡Ciérrala!.. ¡Las malas artes sean conjuradas con todo lo que haya de mal!…

En ese instante la mujer profirió un grito horripilante que hizo estremecer a todos los presentes. Era una voz cavernosa y profunda y bronca, no de la vieja mujer… ¡Era el demonio.!…

— ¡ Noooo!

Poseída por Satanás, el cuerpo de la mujer comenzó a convulsionarse aparatosamente, cubriéndose de copiosas transpiraciones y fétidas excreciones. Sus labios proferían horrendas palabras en latín. Todo era que fray Sancho le acercara la cruz a la cara y la posesa gritaba con la voz del Demonio. Por su parte, sudoroso el sacerdote, tratando de hacer escuchar sus fórmulas eclesiales, gritaba también…

— ¡¡¡Vade retro, Satanás !!!…. ¡¡¡Vade retro.!!!…

En esa lucha interminable estuvieron enfrascados muchísimo tiempo, hasta que cercana la medianoche –rendido y acongojado- el santo fraile dijo que el demonio no quería abandonar el cuerpo de su servidora. Al escuchar esta noticia, hombres y mujeres ataron fuertemente el cuerpo de la hechicera y lo condujeron al cerro de Gayachacuna para colocarla sobre una pira ex profesamente levantada. A poco de arder alimentado por abundantes leños traídos por las mujeres, el cuerpo de la mujer explotó aparatosamente inundando los aires de un hedor insoportable con fuertes emanaciones de azufre.

Sólo así el pueblo minero pudo librarse del anticristo que finalmente pudo llevarse el cuerpo de su sirvienta a las sombras del infierno.

 

HISTÓRICA DELEGACIÓN MUSICAL CERREÑA (1928)

delegacion-musical-cerrena-1928

Integrantes de la representación musical cerreña en el festival limeño de Amancaes del año 1928. Su éxito fue clamoroso por lo que fueron invitados a gravar los primeros discos de música folclórica del Perú. Este conjunto fue el que por primera vez grabó la música popular folclórica de nuestra tierra. Aquella oportunidad consiguió también, apoteósico triunfo en el teatro Forero. Aquella inolvidable delegación estuvo integrada  por los siguientes señores. (Primera fila, arriba). Daniel V. Galarza, tramoyista que presentó un hermoso decorado con el Socavón de Rumiallana que sirvió de fondo para la memorable actuación; don Eliseo Malpartida Rocco, (Presidente), Mariano V. Collao y Alejandro Rodríguez Albornoz (Delegados). (Segunda Fila): César Urbina, Andrés Rojas, y Jorge Dávila (Violines); Erasmo Machado Sarmiento, Julio V. Rodríguez, y Silverio Laurent (Guitarras); (Tercera fila): Justiniano Ariza (Quena), Nicéforo Bravo y Adrián Galarza Gallo (Clarinetes); Armando Paredes Ugarte (Saxofón); Antonio Velita (Fríscol).

EL VELEIDOSO PÁJARO PITO (Leyenda)

el-pajaro-pito-2Desde tiempos inmemoriales la lechuza vuela en la oscuridad tratando de encontrar al pájaro traidor, responsable único de todos sus problemas: el pito. Éste está muy escondido y tiene miedo mostrarse entre los pájaros honrados y hermosos.

Bueno, pero… ¿Por qué ocurre esto?…. La historia completa es la siguiente.

En remotos tiempos, cuando los pájaros podían hablar por especial permiso  de Dios, el pito era un horrible pajarraco gris, sin gracia, lúgubre, de desmesurado y afilado pico. Y cada mes, cuando la luna llena brillaba y todos los alados se reunían en asamblea, el pito saturaba los aires con sus quejas interminables.

  • ¡Mírenme, mírenme, hermanos! –Gritaba quejumbroso- ¡Mírenme cuan horrible soy!… Los pericos y las loras, con sus alas de esmeralda, brillan como el agua verde; la garza es blanca como la nube; el canario es amarillo como el oro y negro como el carbón; el tordo hermosamente moteado de blanco y negro; el cardenal, miren qué belleza, es como la rosa bañada en vino; sólo yo soy oscuro, feo y triste. buhhh… – y lloraba desconsolado. El águila que es el amo de todos los pájaros de la tierra, malhumorado tronó:
  • ¡Estoy harto de oír al pito!… ¡Siempre quejándose, siempre suspirando y llorando!… ¡Somos lo que somos! Nuestro creador ha tenido a bien dar belleza y majestad a alguno de nosotros; a unos velocidad, a otros, alas poderosas y garras fuertes; unos poseen una voz hermosa para cantar a la vida; otros, una pronunciada sabiduría. Todos debemos aceptar lo que Él nos ha dado. Debemos sobrellevar nuestra suerte cualquiera que ésta sea. El único impertinente y sinvergüenza que no quiere aceptar esto y se pasa la vida alegando es el pito…
  • ¡Así es águila!- gritaron todos los pájaros…
  • Pero para que no siga fastidiando, veamos si podemos ayudarle. Tú lechuza, tú que eres muy sabia ¿Qué dices de todo esto?… ¿Hay alguna manera de ayudar al pito para que sea hermoso?

La lechuza que había ganado su reputación de sabia por sentarse en silencio con la cabeza apoyada sobre el pecho, abriendo y cerrando sus brillantes ojos de ámbar, aclaró la garganta y habló con gran parsimonia.

  • ¡Demos al feo pito la belleza que busca! ¡La belleza como la sabiduría, se puede adquirir!, –dijo sentenciosa- que cada uno de los pájaros de colores le dé una pluma al pito. Así nunca volverá quejarse de su falta de belleza y color, pues llevará en su cuerpo todos y cada uno de los matices que se puedan envidiar…
  • ¿Y… nosotros? –Interrumpieron apremiantes los otros pájaros –nosotros también estamos orgullosos de nuestro plumaje. ¿Por qué entonces nos tenemos que desprender de alguno para satisfacer la vanidad de un pájaro tonto que nunca ha hecho nada para ganarse nuestra generosidad?
  • Bueno, todo lo que dicen es verdad. El pito nunca ha hecho nada por ganarse nuestro cariño y simpatía…
  • ¡Es verdad! –gritaron al unísono los pájaros.
  • ¡Calma, calma!- volvió a decir la lechuza. Esta vez el pito tendrá que ganarse nuestra deferencia desempeñando una misión especial.
  • ¿Qué hará? –Interrogó un pájaro.
  • ¡Será nuestro mensajero!
  • ¡Bravo! –Gritaron a voz en cuello los asambleístas.
  • ¡Cuándo nuestro hermano, el águila, desee reunirse con nosotros, sólo tendrá que enviar al pito para que nos convoque! Él se encargará de avisarnos a todos. ¿De acuerdo?
  • ¡¡¡De acuerdo!!! –Gritaron los pájaros unánimemente.
  • ¿De acuerdo, pito? –Preguntó el águila.
  • ¡Claro, hermano, claro! –Contestó entusiasmado el pájaro gris. ¡Con mucho gusto!

En ese momento, cada uno de los pájaros de lindo plumaje se arrancó su más brillante pluma y se la puso al pito. En un santiamén lo cubrieron del pico a la cola con las más atractivas y finas plumas escarlatas, amarillas, bermellones, lilas, celestes, verdes, doradas, blancas, azules, plateadas, negras, marrones… Cuando concluyeron, el pito estaba recubierto de mil colores como un mágico arco iris. En ese momento era el más bello de la tierra, de los aires y de las aguas relucientes… ¡Nunca se había visto un pájaro tan hermoso!

  • ¡Oh, qué bonito soy! ¡Qué bonito soy! –Gritaba el pito fuera de sí, contoneándose ostentoso.

Cuando el águila levantó la sesión, sin siquiera una palabra de agradecimiento, el pito se perdió por los aires, haciendo alarde del boato de su abigarrado plumaje de vivísimos colores.

No había pasado mucho tiempo. Horas solamente de aquel acontecimiento, cuando el pájaro pito, incapaz de cumplir su promesa, se desatendió de lo pactado. El único pensamiento que le dominaba, era su nueva apariencia. Todo el tiempo se pasaba mirándose al espejo de las tranquilas aguas de la laguna, murmurando petulante: ¡“Qué bello soy, qué bello soy!”.

Nunca el malagradecido entregó un mensaje. Cuando algún pájaro lo necesitaba para pedirle un servicio, se escondía entre paredes y roquedales negándose a contestar las llamadas.

Un día, deseoso de reunirse con todos los pájaros del mundo, el águila ordenó al pito para que convocara a toda la familia alada, pero el fatuo ni siquiera intentó obedecerle. En lugar de cumplir con el encargo se entretuvo horas enteras mirando el brillo de su plumaje en el reflejo de las aguas, gritando: “Qué lindo soy, qué lindo”.

Así llegó el día de la convención. Cuando el águila llegó al lugar del concilio no encontró a ninguno de los pájaros del mundo. ¡A ninguno! Iracundo, salió como una flecha por los aires y pájaro que encontrara, pájaro que era castigado.

  • ¿Acaso no fueron convocados para la asamblea?
  • ¡No, hermano águila, no!… ¡No sabemos nada!… –respondieron en coro.

Rabiosos todos los pájaros del mundo se recriminaban mutuamente. Los gritos desaforados eran de condena para el réprobo pito que no había cumplido con citarlos. Igualmente, ciegos de ira, maldecían a la lechuza por haberlos involucrado con semejante pillo. Tantos y tan sonoros fueron los gritos que Dios los escuchó allá arriba. Frunciendo el ceño, como nunca, el Supremo dijo:

  • ¿Por qué el don de la palabra que os he concedido, lo usáis tan mal? –Y extendiendo sus manos santas hacia la tierra, colérico como nunca, sentenció:
  • ¡No hablaréis más!… ¡Indignos sois de este preciado don! Desde ese mismo instante las voces furiosas de los pájaros se convirtieron en sonidos discordantes y varios; en agudos gritos, desagradables graznidos y una bulla que, desde entonces, no ha cesado. Sólo algunos pájaros que se ganaron el aprecio de Dios conservaron la dulzura de sus trinos.
  • ¡Vos, pito malhadado! Seréis mensajero de la muerte. Sólo cuando veáis a los hombres rodeados de la muerte, cantaréis!… ¡Vuestra vanidad será castigada severamente: volveréis a ser gris y feo como la muerte! Vuestra sangre servirá para combatir la parca, por eso os perseguirán. ¡Y como siempre os habéis escondido en los tapiales de muros y cementerios, viviréis hasta que la oscuridad cubra la vida!… ¡En cuanto a vos lechuza, sólo de noche podréis salir de vuestro escondite… ¡Sólo de noche!.

Dicen que desde entonces, el pito anda fugitivo, escondiéndose en muros y rocas. No quiere encontrarse con la lechuza ni con el águila. En cuanto a la lechuza, su vigencia de vida se ha restringido a las horas nocturnas.

el-pajaro-pito

 

 

 

LULI COCHA (Leyenda)

luli-cocha-2Muy cerca de Ninagaga, a la vera del camino que conduce a Huachón, hay una hermosa laguna repleta de truchas a la que se le ha dado el nombre de Luli cocha. De este lugar se cuenta la siguiente leyenda:

Al borde de sus aguas, hace mucho tiempo, vivía un hombre cuyo sustento dependía de la crianza de ovejas a las que amorosamente iba a pastar a largas distancias.

Este pastor, que diariamente tenía que preparar sus alimentos después de llegar cansado a su casa, se sorprendió cierto día. Encontró su humilde casucha muy pulcra y atusada y, sobre la mesa, un caliente y delicioso almuerzo. Quedó sorprendido. Seguro de ser víctima de una broma, estuvo contemplando los apetecibles potajes ahí expuestos. Tan apetitosos estaban que finalmente tuvo que devorarlos por el extremo apetito que lo apremiaba. Todo resultó muy agradable porque quedó ahíto y satisfecho, pero por más que se esforzaba, no alcanzaba a adivinar quién podía haberle hecho aquella broma.

Al ocurrir lo mismo los siguientes días, su curiosidad fue en aumento. Tremendamente intrigado decidió averiguar quién era el autor de estos enigmáticos sucesos. Así, cierto día fingió ir a trabajar pero sigilosamente regresó dando un rodeo por la parte posterior y alta de una colina  desde donde podía ver claramente su choza; se acomodó detrás de una roca y pacientemente se puso al acecho.

No había transcurrido mucho tiempo cuando vio que una bella mujer entraba en su morada y se ponía a cocinar. Con gran sigilo bajó del cerro y la sorprendió.

  • Tú eres la que me prepara los alimentos ¿No?.- Preguntó él.
  • Sí, – respondió débil y completamente turbada la joven.
  • ¡¿Por qué?!.
  • Veía que todos los días llegabas muy cansado a prepararte tus alimentos. Rendido estabas, lo hacías con gran dificultad, por eso decidí apoyarte.
  • ¿Quién eres tú?. –Interrogó el pastor.
  • Soy el alma de esta laguna. Soy Luli Huarmi.
  • .. ¡Eres mujer!.
  • ¡Claro!.
  • Entonces, si quieres ayudarme… ¿Por qué no te casas conmigo?.
  • Si así lo quieres, seré tu mujer, pero con la única condición que nunca me traiciones, en cuyo caso yo sería capaz de una venganza muy cruel. Soy muy celosa.

A partir de entonces, muy contento él, y muy enamorada ella, unieron sus vidas en busca de felicidad. Al poco tiempo fueron alegrados con la llegada de un bebé.

En este ambiente de comprensión y cariño fueron muy felices por algún tiempo hasta que, apremiado por la necesidad, él tuvo que marchar al Cerro de Pasco por razones de  negocios. A partir de entonces sus viajes se hicieron continuos con una duración de seis a siete días cada uno. Durante estos alejamientos nada anormal ocurría, hasta que un día en que el esposo estuvo ausente, en plena tempestad de nieve, pasa por su casa un viajero y pide alojamiento. Ella, viendo la inclemencia del tiempo, accede y le franquea la puerta. El extraño y sereno encanto de la mujer cautivó al viajero que al darse cuenta del gran amor que  profesaba a su marido, decide fomentar en ella el malhadado  fantasma de los celos. A partir de entonces, hace más continuas sus visitas aprovechando la ausencia del marido, con el único fin de seducirla.

  • Señora, yo conozco a su marido. Es negociante como yo, pero lo que me apena es que, mientras usted aquí sola sufre los rigores del clima con la única compañía de su hijo, él se esté divirtiendo con una cerreña que ya es su mujer.

Estas y otras cosas le contaba. Poco a poco, la mal intencionada acción del visitante ocasionó la desconfianza y el desamor de la mujer hasta que terminó por odiarlo mortalmente. Envenenada de celos, la mujer, buscaba la manera de vengarse de su marido sin saber que él se dedicaba íntegramente a su tarea de proveedor de carne para los mineros. Decidida a castigar lo que ella suponía la traición de su marido y convencida de que el hijo de ambos era la suprema adoración del hombre, decidió ejercer represalia por medio del niño.

Así, un mediodía que el pastor retornaba de las minas, vio que sobre la cocina hervía una espumante olla de fierro. Llamó a su mujer dando grandes voces, pero ésta no respondió, escondida como estaba. El  hombre se acercó entonces con el fin de averiguar cuál era el potaje que su compañera le había preparado, levantó la tapa de la olla y horrorizado vio que dentro hervía el cuerpecito, piernecitas y brazos del pequeño. En el colmo de la desesperación salió para preguntar a su mujer y sólo alcanzó a observar que ella se sumergía a las aguas de la laguna seguida de todos sus animales.

El pastor enloqueció y al poco tiempo murió sepultado por la nieve;  la laguna por su parte se hizo maldita. Cuando una mujer encinta se acerca a ella, es seguro, que el niño que está gestando morirá irremisiblemente.

 

 

La muerte en nuestro pueblo (Primera parte)

la-muerte

Hay pocos lugares en el mundo donde la muerte ha  marcado tan profundamente a un pueblo como en el Cerro de Pasco. No es para menos. El cerreño convive con la muerte; especialmente el minero. Es muy raro el día en que la sirena de la mina no alargue su tétrico gemido anunciando la muerte de uno o varios obreros. La muerte es una negra constante en las galerías, en los talleres, en los campos. El cerreño no le teme a la muerte. La respeta. Convive con ella. Eso lo saben bien los mineros y las mujeres y los niños; todos los saben. Por eso cuando la fatídica guadaña cercena una vida, todas las gentes sienten la desgracia como suya y comparten solidariamente el dolor luctuoso. Si no en la mina, la parca se presenta también en el ambiente exterior que tampoco está exento de riesgos. Aquí, una repentina pulmonía, casi siempre cobra una vida humana; esto lo determinan el frío glacial y la empobrecida oxigenación de las astrales alturas. Por eso, todos a una, las gentes están cerrando filas en torno a lo inevitable. Hay un reverente recogimiento ante la muerte. El deprimente negro del luto uniforma la indumentaria de familias enteras con alarmante regularidad. No he visto otro lugar donde la gente -motu proprio- se aglutine compartiendo el duelo en emocionante silencio.

El doloroso acontecimiento de la muerte, por su continuidad y trascendencia ha establecido en la tradición una serie de pasos que a continuación puntualizamos.

Si la parca no ha actuado antes con su premeditación, ventaja, alevosía  y crueldad, llevándose un alma al cielo en un accidente minero que conlleva una particular manera de recibir su zarpazo; en el caso de la agonía de una persona, la actuación de los dolientes es distinta. A los agónicos en trance de muerte por enfermedad, se los acompaña alternando los rezos en voz baja con el silencio de la espera. Se suplica al Supremo lo lleve a su Seno ya que una prolongada agonía se interpreta como un castigo que tiene que cumplir; en ese caso, para ayudarle a bien morir, se reza: “Sal, alma cristiana de este mundo, en nombre de Dios Padre Omnipotente que te crió; en nombre de Jesucristo Hijo de Dios vivo que por ti padeció; en nombre del Espíritu Santo, cuya desgracia se derramó sobre ti; en nombre de la gloriosa Santa Virgen, Madre de Dios, María; en nombre de San José, ínclito esposo de la misma Virgen; en nombre de los ángeles y arcángeles; en nombre de los tronos y dominaciones; en nombre de los principados y potestades; en nombre de los querubines y serafines; en nombre de los patriarcas y profetas; en nombre de los santos apóstoles y evangelistas; en nombre de los santos mártires y confesores; en nombre de los santos monjes ermitaños; en nombre de las santas vírgenes y de todos los santos y santas de Dios”.

Como es natural, se ha llamado al cura que tomando el santo óleo del crisma, ha purificado los sentidos y los miembros del agónico por haber visto, oído, olido, gustado, tocado y andado tan lejos de Cristo durante tanto tiempo. Finalmente le hace comulgar la hostia  con lo que culmina la acción del rito cristiano rezando las jaculatorias en nombre del agónico diciendo: “Santa María, ruega por mí; San José, ruega por mí. San José con la Virgen Santísima, ábreme los senos de la divina misericordia. Jesús, José y María, duerma y descanse en paz con Vos el alma mía”.

Si se sospecha que el momento final ha llegado, se acerca el oído al corazón del doliente o se le coloca un espejo a la boca; si éste se nubla, todavía vive; caso contrario, ha finado. Es en este instante en que el llanto, espontáneo, adolorido y gimiente se hace general; todos lloran. Aquí jamás ha habido necesidad de contratar a las plañideras profesionales para que “lloren por el muerto”.

Inmediatamente de producido el deceso, hay que cerrar los ojos y la boca del muerto. El que los tenga abiertos –aseguran las viejas- es clara advertencia que muy pronto habrá de llevarse a uno de sus seres queridos. A continuación se baña el cuerpo para amortajarlo (Un especialista se encargará de confeccionarle la mortaja); hecho esto se lo conduce a la sala principal de la casa colocándolo sobre una mesa cubierta de rodapiés blancos de blondas y encajes, frente a la puerta; con una sábana grande, se le cubre en tanto se termina de coser el sudario; en las esquinas se colocan los candelabros con cirios encendidos. A la cabecera, el Cristo en la cruz. Sobre la puerta se clavará una cruz  con cintas negras; así, familiares y amigos conocerán el óbito. Es decir que, en todos sus pasajes, se cumple con la tradición cristiana que dice: “La piedad respetuosa que los primeros cristianos sintieron hacia los muertos se manifestaba ya en el momento de expirar; se les lavaba el cuerpo, se les perfumaba a menudo, se les cerraba los ojos y la boca, como para quitar a la muerte lo que tiene de horrorosa y para darle apariencia del sueño tranquilo. El cuerpo se envolvía en su sudario y se le depositaba en un sepulcro”

Por su parte, el “mortajero” debe confeccionar el sudario en un paño muy austero, sin ningún adorno superfluo o pagano ni con guarniciones metálicas. Si el extinto fuera varón se le vestirá el hábito seráfico de San Francisco de Asís de tosco sayal marrón con capucha, sujeto con un cordón que deberá ser tejido cumpliendo un rito muy especial. La capucha esconderá los rasgos descarnados del difunto cuando deambule por la tierra y el cordón, como un misterioso sortilegio, enmudecerá a los perros. Todos sabemos que, a la vista de los espíritus, los canes aúllan lastimeramente. Otra de las prendas obligatorias, es el calzado que ha de ser muy ligero, generalmente zapatillas,  para que no se escuchen sus  pisadas cuando venga a ver a sus deudos. A voluntad de los deudos también se les amortaja con el hábito del Señor de los Milagros. El segundo día se procede al amortajamiento. Como es lógico, transcurridas varias horas, la rigidez cadavérica todavía continúa y la frialdad del cuerpo es manifiesta, aunque a veces, cierto calor en la zona de las axilas hace pensar a los dolientes que el finado está esperando a un familiar o amigo querido para despedirse. En tanto se le amortaja, se le habla cariñosamente –como si estuviera vivo- generalmente en quechua para que no esté tan rígido, porque lo que se quiere es  dejarlo presentable para su partida definitiva. Parecido procedimiento se sigue cuando se amortaja a una mujer, en cuyo caso el sudario es de la Virgen del Carmen con su correspondiente escapulario y su rosario de madera, y, si fuera infante, del Niño Jesús de Praga. En el Cerro de Pasco, por lo general se vela al difunto durante  dos días y dos noches; a veces hasta tres, – las bajas temperaturas reinantes así lo permiten- cuando los familiares ausentes no llegan. “No se debe acelerar un entierro porque el alma sufrirá mucho ante la ausencia de un ser querido”. 

            Para el velatorio, los parientes y amigos van llegando desde la siete de la noche ofrendando botellas de licor, cigarrillos, panes, coca, café, etc. Los hombres se sitúan en una habitación, generalmente la sala y  las mujeres, en alguno de los recintos interiores, próximos al principal. Durante toda la noche la conversación  girará en derredor de las virtudes que en vida tuvo el difunto, porque su alma “no se ha marchado definitivamente, está entre los presentes y puede darse cuenta de cuanto hacen y dicen  los suyos; por eso todos hacen elogios de las virtudes del difunto, convencidos de que  les oye y necesita escuchar tales halagos para estar alegre y satisfecho”. También se pueden referir a su anecdotario, a sus andanzas, a algunos pecadillos veniales, eso sí, sotto voce; más tarde ya se “rajará” de las autoridades y de algunos hechos de actualidad; sólo al amanecer, cuando languidecen los ánimos se permiten adivinanzas y relatos probos, respetuosos, porque los otros, los colorados, están destinados al velatorio de los cinco días o “Pichgachy”.

Durante toda la noche, los encargados de la familia, llamados “servicios”, repartirán hojas de coca, cal (en pequeños calabacines llamados ‘poros’), cigarrillos y el infaltable “quemao” -manojo de hierbas cálidas como borrajas, escorsonera, eucalipto, wira-wira y huamanripa, en hirviente cañazo, “amansao” con limón, azúcar quemada para endulzarlo y darle color-. A cada hora, un “cantor” contratado ex profeso, entonará sentidos responsos en quechua y latín. Al llegar la medianoche y seis de la mañana, se servirán reconfortantes caldos de gallina o de cordero o, en todo caso, el famoso “Yacuchupe”, verde caldo de papas con copioso ají para mantener en jaque al sueño. A las once, una y cinco de la mañana, negro café cargado, acompañado de bollos y petipanes sabrosos.

A las tres de la tarde del segundo día se procede a colocar al finado dentro del ataúd, pero  antes de clavarlo, se despedirán los familiares y amigos. Es el momento másdramático de todo el rito. A las cuatro de la tarde – a esa hora salen los trabajadores de las minas, talleres y oficinas- partirá el cortejo fúnebre. Hombres y mujeres se han premunido de ropas abrigadoras y sus correspondientes capotes, abrigos y paraguas por si se presenta una tromba o chubasco o una nieve implacable. En nuestra ciudad, los amigos jamás han permitido que el cadáver sea transportado por vehículo alguno. Aquí fracasó ese deseo de parecerse a la capital o a ciudades de la costa. La primera vez que un campanudo español regaló a la Beneficencia con una carroza halada por cuatro mulas negras debidamente enjaezadas con adornos dorados y, el conductor o cochero con librea negra, nadie la utilizó. Mucho más tarde trajeron un lujoso automóvil negro a usanza de Lima y sólo uno que otro cogotudo lo utilizó. El pueblo jamás. Volviendo a la costumbre popular, por riguroso turno, de cuatro en cuatro, llevarán en hombros al amigo hasta su última morada, pasando primeramente por la puerta de la iglesia donde el cura rezará y bendecirá el cadáver. Aquí es necesario rescatar una costumbre que felizmente ha vuelto a tener vigencia en nuestra tierra. La misa de cuerpo presente en el templo. Al respecto dicen las disposiciones de la iglesia católica: “El Oficio de Difuntos y la Misa forman parte integrante de las exequias, tanto que, aun tratándose de pobres de solemnidad, el obligatorio decirles al menos un Nocturno o lo que se llama la Vigilia. El Oficio de difuntos se recitó ya en la más remota antigüedad cristiana”.

De la casa al campo santo hay varios “descansos” donde se efectúan los “caipincruz” que hay que observar con disciplina y rigor. En ellos, además del relevo de los cargadores, los “cantores” salmodian sus responsos y los “servicios” invitan los cigarrillos y el “quemao” para atenuar el frío. Así se cumple con lo que dice la Iglesia: “La conducción del difunto se hace en medio de cánticos de salmos y preces eclesiásticas y de signos exteriores, llenos todos de místico significado. El tañido de las campanas anuncia a los fieles que de su seno ha desaparecido un hermano; el agua bendita es el símbolo de la purificación del alma, el incienso simboliza la oración que se eleva a lo alto como el humo de los perfumes en la atmósfera; finalmente, el crucifijo es la señal de la Redención; prenda segura de que el alma del difunto hallará descanso en el seno de Dios”, 

La campana de mi pueblo

sí que me quiere de veras,

se alegró cuando nací

y llorará cuando muera 

Continúa…