ANTONIO RAIMONDI

Texto de: L’Albo D’oro degli Italiana nel Perú”

(Segunda parte)

Antonio Raimondi 2Con cuanto amor miraría Raimondi estos sus tesoros acumulados con paciencia en tantos años de dificultosos viajes, lo prueba el hecho de que cuando los chilenos, en la desafortunada Guerra del Pacífico, comenzaron a saquear en Lima la Biblioteca, la Universidad de San Marcos y la Escuela de Artes, el sabio italiano llevó celosamente a su casa las colecciones que formaban el Museo titulado a su nombre y las cubrió con la bandera tricolor.

La gratitud que conservaría por este país de adopción que había conocido en todos sus aspectos, lo demuestra la respuesta que dio a un emisario chileno que deseaba obtener sus colecciones. “Estas colecciones -~ contestó Raimondi rechazando el pingue ofrecimiento – pertenecen al Perú y sufrirán la suerte del Perú”. Bizarra y noble respuesta de un italiano que devuelve con amor y devoción la franca y sincera hospitalidad recibida, hospitalidad que, superando los términos meramente territoriales, se prolongó en la romántica figura de una dama que dio a Antonio Raimondi un hogar y los hijos que todo hombre aspira a tener en la vida. El ilustre científico, en efecto, se casó el 2 de setiembre de 1869 en la ciudad de Huaraz con Adela Loli, quien le dio tres hijos: Enrique, María y Elvira. .

Los años que siguen al matrimonio están dedicados por el sabio al ordenamiento de sus colecciones y a la fatiga de obtener del Gobierno la publicación de sus obras que han sido generosamente cedidas al Perú. Mantiene activa correspondencia con los principales institutos científicos del mundo entero, a los cuales participa sus descubrimientos, sus indagaciones, sus estudios sobre las riquezas naturales del Perú. Generoso y altruista siempre, no solamente goza en imponer la realidad peruana al resto del mundo, sino que trabaja asiduamente para dar al Perú mismo la conciencia de las propias fuerzas. Y éste es otro gran mérito de Raimondi, porque no es sólo el revelador del Perú en el sentido del conocimiento positivo, sino también un incitador a realizar las más auténticas posibilidades. Con llano y escueto espíritu de desinteresada colaboración, orienta a los hombres del Gobierno hacia todos los aspectos importantes tendientes a la preservación y explotación de las riquezas. Habiendo viajado tanto y conocido tanto, sugiere la provechosa construcción de carreteras y puentes a fin de que las zonas más privilegiadas de este inmenso Perú puedan ser incorporadas a la civilización y convertirlas en un grandioso emporio de riqueza.

Y todo esto lo hace y lo dice Raimondi sin petulancia ni vanagloria. Su tarjeta de visita retrata su alma. Dice sólo “Antonio Raimondi” y nada más, mientras en realidad ha recibido una infinidad de reconocimientos oficiales italianos, peruanos y extranjeros, la décima parte de los cuales sería suficiente para enorgullecer a otra alma menos selecta.

Como italiano, no olvida nunca a la amada Patria lejana y, en el seno de la colectividad, es miembro prominente de todas las instituciones coloniales. En 1881, cuando se hizo necesaria la defensa de los intereses italianos amenazados por el estado de caos pos-bélico y se formó un Comité Italiano, Raimondi asumió la Presidencia honoraria, obteniendo con su prestigio personal que los bienes de los italianos fuesen cuidados y salvaguardados.

Después de algunos años de permanencia en Lima tuvo, por consejo facultativo, que trasladarse más al norte y escogió como morada la ciudad de San Pedro de Lloc, donde vivió serenamente hasta el 27 de octubre de 1890, día en que entró en la Eternidad y en la Gloria.

A los cuatro lados del monumento que la colectividad italiana quiso erigirle y le erigió en la figura del científico investigador, levantado en una plaza que la Municipalidad de Lima dedicó a Italia, se leen estos epitafios:

En el heroico y fatal anhelo de 1848-49,

en Milán y en Roma

Luchó por tener una Patria

Y murió en el destierro.

Lo que la Naturaleza

Dio pródiga y celosa al Perú

é1, generoso,

Reveló al mundo, todo.

La ciencia no tuvo misterios para él,

Ni goces la vida;

La Muerte le concedió la Gloria.

Profeta de la resurrección de una raza

Y de la grandeza de un pueblo

Sintió en los peligros la dulzura,

De la gratitud de los olvidados.

Estas palabras sintetizan el pensamiento reconocido de los italianos del Perú hacia el hombre cuya vida y obra fueron la personificación constante de las cualidades más excelsas de la raza latina y de la cepa italiana. La generación anterior a la nuestra ha cumplido con su deber inmortalizando su memoria en un monumento y en un mausoleo. A nosotros corresponde cerrar el ciclo de la gratitud: EXHUMAR TODA LA OBRA RAIMONDIANA PUBLICÁNDOLA EN SU INTEGRIDAD. Poseemos tres elementos para hacerlo: un decreto gubernamental – que reproducimos – que ordena la publicación; un Comité Raimondi que puede coordinar la iniciativa y por último la fuerza voluntariosa de miles de compatriotas que puede convertir finalmente en realidad el apremiante anhelo raimondino: hacer conocer al mundo la verdadera semblanza de la realidad peruana.

¿Seremos nosotros?

Fin…..

 

 

 

 

 

ANTONIO RAIMONDI

Texto de: L’Albo D’oro degli Italiana nel Perú”

(Primera parte)

Con especial respeto publicamos esta semblanza que una revista italiana dedicara a la personalidad de uno de nuestros más preclaros visitantes. Su residencia en el Perú fue fructífera. En su incansable periplo visitó reiteradamente nuestra tierra dejándonos notas muy especiales dedicadas a la minería de la que era un gran admirador. Leamos las páginas del EL PERU su libro sustancial para conocer de sus aportes.

Antonio RaimondiQuisiéramos que esta página, dedicada a Antonio Raimondi, fuese la más hermosa de esta reseña. Y lo quisiéramos porque en Raimondi, en esta figura de auténtico gigante de la ciencia, están compendiadas todas las virtudes que enguirnaldan la historia de la colectividad italiana en el Perú; y también porqué faltaríamos al más elemental de los deberes de periodista y de cronistas si no buscáramos enaltecer, con todos los recursos del intelecto; la memoria del más grande entre los italianos del Perú. ·

La estela dejada por Raimondi en el Perú ha sido tan honda, tan extraordinaria, tan única, que hasta las expresiones más hiperbólicas palidecerían frente a la que ha sido

La realidad de aquel hombre extraordinario y de la herencia que dejó generosamente á su país de adopción. Muchas biografías de Raimondi han sido escritas por plumas prestigiosas, peruanas e italianas. En todas ellas se advierte el deseo incumplido de dar justo relieve a esta figura de verdadera excepción cuyo haber no admite parangones. En esta nota, solo queremos agregar este modesto testimonio de gratitud hacia la memoria de un compatriota que, como ningún otro, supo honrar a la Patria que lo vio nacer y a la cual permaneció fiel hasta su muerte. .

Antonio Raimondi nació en Milán el 19 de setiembre de 1826. Desde la infancia, reveló una verdadera pasión por las ciencias naturales, que lo atraían irresistiblemente. Adolescente apenas, adquirió la obra de Buffon con sus ahorros de colegial y equipó un pequeño laboratorio. Propenso al dibujo y a la pintura, el Conde Carenzi Galezzi, que fue su amigo, vio no menos de 1,200 acuarelas de plantas pintadas por Raimondi niño aún.

AI pasar los años, los libros, los jardines, el laboratorio resultan insuficientes para la ansiedad de saber del j oven Raimondi. Efectúa sus primeras excursiones por la alta Lombardía, especialmente en el valle de la Valtellina, donde estudia, escruta, analiza plantas, flores, fósiles e insectos. Así transcurre su infancia y su primera juventud Pero luego entra el drama de la vida. Desde 1839 funcionaba en Piamonte, Lombardía y Toscana un Congreso de Naturalistas que se reunía cada año en una ciudad distinta (Pisa, Turín, Florencia, Pádua y Milán), Congreso que, a más de los fines específicos de su índole, servía de pretexto a las actividades revolucionarias de los patriotas del resurgimiento. Raimondi, a los 20 años, participa en el Congreso de 18~7 en Turín, que se convirtió en asamblea política en la que se discutieron las reformas para alentar al rey Carlos Alberto.

La adolescencia revelaba el científico en potencia. La juventud revelaba ahora al patriota en acción.

En efecto, al estallar los movimientos revolucionarios de 184~8, se ve a Raimondi empuñar el rifle y contribuir a la expulsión de los Austriacos de Milán, participando en las históricas Cinco Jornadas y asistiendo a la formación del Gobierno provisional. Pero la liberación era efímera. Se produce el armisticio con Austria y regresa el odiado Radesky. Raimondi huye dé Milán j unto con los compañeros que han expuesto su vida en las barricadas, se aleja de la ciudad natal para engrosar las filas de los voluntarios que luchan por la unidad. Estuvo acaso en Custozza, con toda certeza en Novara y después de la desafortunada lucha se dirige a Roma, vistiendo la camisa roja de los voluntarios de Garibaldi. Pero Italia no puede ser formada todavía. Austria aún está muy fuerte y la Francia de los Derechos de Hombre traiciona la causa e interviene para acrecentar la opresión. Manara ha muerto. Garibaldi se ha refugiado en los bosques y Mazzini está de nuevo en el destierro. En Roma no puede permanecer. A Milán no puede regresar. En este terrible dilema, asoma en Raimondi la perspectiva de emigrar. ¿Más a dónde?

Probablemente vuelve a su memoria un hecho presenciado años atrás en el Jardín Zoológico de Milán y’ clavado en su subconsciente. La vista del corte de un cactus gigantesco de origen peruano. Decide embarcarse rumbo a América y escoge al Perú como meta de su destino.

Junto con otros tres compañeros de destierro – uno de los cuales, el Dr. Arrigoni, será su fiel amigo por muchos años – se embarca en Génova a fines de diciembre de 1849 en el bergantín “Industria” y después de siete largos meses de navegación, ve por primera vez las costas del Perú el 28 de julio de 1850.

Durante los meses de viaje, ha soñado con esta tierra prometida de América. Ha visto con los ojos de la fantasía; la tierra exuberante, pródiga de todo bien, del Perú. Está impaciente por penetrar en las inmensas florestas peruanas y de gozar el espectáculo de la maravillosa policromía de los árboles, las plantas, las flores. La llegada al Callao, sin embargo es una desilusión. Las costas áridas, desiertas, plomizas, le asombran. ¿Es este el Perú de sus sueños de naturalista? – No – le dicen – el Perú de las mil maravillas esté más allá, allende la ciclópea cadena de la Cordillera.

El joven Raimondi roe su impaciencia en Lima. Apenas llegado se lanza, con el entusiasmo y la vehemencia del hombre de ciencia ya maduro, por los alrededores de la capital y ha visto e identificado ya plantas como la higuerilla, la Passiflora, la “Lantana camara”, pero por lo general no descubre en la típica vegetación limeña aquella característica vegetación tropical que conoce por los libros leídos y por ilustraciones examinadas en Italia. Quiere emprender enseguida viaje hacia la Amazonía, pero… el eterno pero de la estrechez económica es el duro freno que hay que morder. Y Raimondi se resigna momentáneamente buscando una ocupación adecuada a su temperamento.

El Doctor Cayetano Heredia -que se conquistó un sitial eminente en la Historia de la Medicina en el Perú- conoce a Raimondi y aquilatada su capacidad, le confía primero la misión de sistematizar el Museo del Colegio de la Independencia -transformado luego en Facultad de Medicina y al año siguiente le confía la cátedra de Zoología y Botánica.

En el campo de la enseñanza, Antonio Raimondi no fue sólo un maestro, sino un innovador. Piénsese que la Facultad de Ciencias no existía aún cuando llegó al Perú y que la Sociedad de Ingeniería comenzó a dar sus frutos sólo después de la guerra de 1879. Raimondi, en la enseñanza de la Historia Natural introdujo métodos modernos, mientras luego fundó la Cátedra de Química-Analítica en la Universidad Mayor de San Marcos, alentado en estas innovaciones tanto por Heredia como por el prominente médico Manuel Solari. Raimondi, había, por consiguiente resuelto su pequeño problema económico y contribuido al surgimiento y progreso de la facultad de Medicina y de la Facultad de Química. Pero así como en Milán se le habían vuelto insuficientes los jardines y los alrededores de la capital lombarda para su avidez de saber, del mismo modo en Lima, el panorama cercano era demasiado pobre para su ansiedad de naturalista.

Quiso por consiguiente viajar, conocer al Perú pedazo por pedazo, descubrirlo para sí y revelarlo a los demás. Traza su plan de acción a largo plazo porque los dos años transcurridos en el Perú lo han llevado a quererlo y a dedicarle los probables frutos de su vocación científica. Primero viajará y someterá todo el territorio peruano a un análisis profundo y concienzudo con el ‘fin de revelarlo en toda su realidad. En esta etapa inicial y ordenadora de todo lo demás, Raimondi se propone, con la inquisición crítica de las fuentes históricas, etnográficas, geológicas, arqueológicas, establecer la imagen geográfica del Perú, catalogando al propio tiempo toda la inmensa riqueza, conocida y desconocida de los mundos minerales, vegetales y animales.

La empresa no era sólo gigantesca desde el punto de vista científico, ya que Raimondi tenía sólo por instrumentos un barómetro, un termómetro y una brújula, sino también sumamente arriesgada desde el punto de vista personal. En esta nuestra época de veloces aviones, de cómodas carreteras, de confortables vehículos motorizados y de acogedores hoteles de turistas, el viajar es un placer. Raimondi en cambio recorrió por diecinueve años consecutivos un territorio donde existían caminos rudimentarios, pocos puentes, caballos o mulas como única comodidad y uno que otro tambo para descansar.

Sus peripecias son minuciosamente narradas en sus famosas libretas, las cuales, a más de contener la narración muchas veces festivas y otras veces trágica de las vicisitudes del viaje, encerraban especialmente los datos esenciales y reveladores de la historia de los parajes, sus nombres, sus antecedentes, la flora, la fauna, la geología, las costumbres de la gente y toda otra indicación útil a la ciencia.

Y he aquí que la figura de Raimondi asume la fisonomía de un verdadero cíclope. Este italiano sencillo, modesto, sin pretensiones, que no pide nada a nadie, aparece en Lima de cuando en cuando y desaparece de nuevo, dejando en cada viaje los resultados de sus indagaciones escrupulosas. El carácter distintivo de la ciencia raimondina contenido en sus libretas es la acumulación de hechos, de realidades en todos los campos, limitando las hipótesis y las explicaciones de los fenómenos encontrados a lo estrictamente necesario, revistiéndolos de aquello que podría llamarse un elevado y científico sentido común. En aquellas libretas y en aquellos apuntes esparcidos aflora un Raimondi multiforme: es botánico, físico, zoólogo, mineralogista, geólogo, geógrafo, arqueólogo, químico, mientras sus dibujos y acuarelas lo revelan un artista.

Mediante estos viajes y exploraciones, trazó un Mapa Geográfico del Perú (escala 1’500,000) superior a todos los anteriores y que ha servido de base a la cartografía peruana posterior. Así lo reconoció la Sociedad Geográfica del Perú – de la que Raimondi fue uno de los socios fundadores comentando que hubiese sido suficiente esa obra egregia para dar la celebridad a su autor, cual fruto de diecinueve años de viajes y observaciones personales. Raimondi, en efecto, en 1852 comenzó viajando por los departamentos de Lima, Junín, Huancavelica, Ayacucho, Cuzco, Ancash, Libertad, Cajamarca y Amazonas, examinando los productos naturales, la posición tipográfica, rectificando errores de muchos mapas geográficos y estudiando además las costumbres de los aborígenes. Del ’53 al ’58 conoció Chanchamayo, Chincha, Tingo María, las islas de Chincha donde estudió el origen de los depósitos de amoníaco, de más de cuarenta metros de espesor, conocidos con el nombre de “guano” habiendo podido constatar que “toda aquella formidable montaña de materia orgánica estaba formada por los excrementos de los pájaros marinos, acumulados lentamente durante muchísimos siglos”.

De Chincha bajó hacia el Sur hasta Tarapacá donde, por encargo del Gobierno, reconoció los territorios donde se encuentra el salitre pasando luego al Valle de Santa Ana. Del ’59 al ’61 navega por los ríos Marañón, Huallaga y Ucayali, estudia la región de Moyobamba y baja a Trujillo, Ancash y Huánuco. Del ’63 al ’64 viaja a Ica, Acarí, Cerro de Brea, Lomas de Atiquipa, Arequipa y sus baños termales, Moquegua y sus volcanes, los altiplanos de Puno y de Carabaya donde examina riquísimas minas de oro. El año 1865 viaja al Tiahuanaco, Desaguadero; a varias provincias del Cuzco y a los valles de Lares, Santa Ana, Paucartambo, Marcapata y Huanca; en el ’66 estudia la zona de Huancayo y Huanta; en el ’67 está por los cerros de Pangos, de Posuso y de Cerro de Pasco a la altura vertiginosa de 5’000 metros. Pasa a Tarma, examina las provincias de Cajatambo y la cuenca de Culebras en el Santa; en el ’68 está en Casma y Nepena, surca la Cordillera Negra, pasa a Pallasca, a Virú y llega a los valles de Chicama, Pacasmayo y Lambayeque. En el ’69 está en Piura, en Río de la Leche, avanza hasta las provincias de Jaén y Cajamarca las sobrepasa y penetra en el departamento de Amazonas y luego en el de Loreto para luego, navegando en balsas por ríos impetuosos, visita Moyobamba, Chachapoyas y los valles de Huallabamba. Es este el último viaje. Regresa a Lima definitivamente el 10 de junio de 1869. Compendia la narración de aquellos 19 años empleados en la “gran exploración” saboreando el placer de la vida errante con las siguientes expresiones:

“Cuando pienso en todos los obstáculos superados para llevar a efecto mis largos viajes; cuando reflexiono sobre los peligros que por todas partes me acechaban; encontrándome continuamente expuesto a perderme o a perecer de sed en los dilatados y áridos desiertos de la Costa, a ser arrastrado por la impetuosa corriente en el vado de algún torrentoso río, en ser aniquilado por la terciana o víctima de las fiebres malignas que reinan en altas regiones; a precipitarme por un precipicio a lo largo de los traicioneros caminos de la Sierra; a morir en pocos instantes por la mordedura de algún reptil venenoso; o a ser asesinado a flechazos por los salvajes; cuando recuerdo todo esto y que he realizado el sueño de recorrer toda la República sin tener que lamentar ninguna desgracia, me felicito a mí mismo, considerando que a pocos viajeros ha tocado tan estupenda suerte”.

Pero luego, pensando que lo espera ahora la segunda e igualmente ardua segunda parte de su plan, que es el de revelar al Perú al mundo los frutos de sus observaciones e indagaciones, una duda lo asalta y dice:

“Actualmente, una idea sola me atormenta, y es la duda de que no me baste la vida para poner fin a mi audaz empresa. ¡Jóvenes Peruanos! Confiando en mi entusiasmo he emprendido un arduo trabajo, muy superior a mis fuerzas. Os pido, en consecuencia, vuestro concurso. Ayudadme. Dad tregua a la política y consagraos en dar a conocer vuestro país y los inmensos recursos que posee”.

La duda raimondina era verdaderamente fundada. En casi veinte años de viaje, la colección de Raimondi era:

708 ejemplares de rocas

2’000 ” de fósiles

20,000 ” de plantas

500 ” de semillas, cortezas, resinas y maderas

2,000 ” de moluscos

4,000 ” de insectos. 1,265 ” de pájaros

72 cráneos

300 objetos de etnografía.

 

LA ESCUELA DE CAPATACES DE MINAS

Nota de saludo al INEI Nº 3 “Antenor Rizo Patrón Lequérica” de parte del profesor Daniel Florencio Casquero, al cumplirse cincuenta años de la creación del primer plantel secundario del Cerro de Pasco,

Escuela de CapatacesPor Daniel Florencio Casquero

Recuerdo nítidamente que allá en antaño, cuando en nuestros años mozos veíamos como quimera, como un sueño ilusorio, si alguna vea tendríamos un centro educativo que por entonces se conocía como la educación media y que si nosotros los jóvenes no tendríamos oportunidad de alcanzar una superación  cultural por falta de medios adecuados y propicios, vimos con exultante alegría que ¡al fin! Se creaba por primera vez un colegio nacional técnico.

Rielaba entonces el año de 1941 y la hasta entonces Ciudad Opulenta transcurría en su dinámica producción minera, encerrada en una existencia laboriosa de pueblo satisfecho y donde todavía existía resabios de sus antigua opulencia… La juventud de entonces daba salida a sus inquietudes de superación sólo con  actividades institucionales. Estaban en su apogeo pleno los clubes  populares como el “Centro Social y Deportivo Team Cerro”, el “Club Unión Copper” El “Centro Tarmeño Social y Deportivo”, el “Club Deportivo Municipal”,  el Club Sport Ideal, Unión Esperanza, Unión Railway y otros. Entre las instituciones sociales que en algunos casos se creían la “élite” figuraba el “Club de la Unión”,, “Centro Social Cerro de Pasco”, “Centro Juventud Cerro”, Etc. Deportes, actividades culturales, celebraciones de fiestas carnavalescas, presentaciones teatrales,, verdaderas fiestas sociales, algunas de ellas se consideraba como “Soareé de gala” donde damas y caballeros hacían alarde de lujo y boato y a los que para concurrir era indispensable merecer una invitación especial, previa selección. Por último circulaban publicaciones cotidianas, semanales y eventuales: “El Minero”, “El Diario”, “La Voz del Cerro”, todos diarios de larga duración.

Pero…¿Y cuál era el destino de las nuevas generaciones?…De esas camadas de adolescentes que habiendo terminado sus estudios de educación primaria tenían que resignarse a vegetar con la única esperanza de conseguir trabajo en alguna oficina pública o en la empresa llamada entonces Cerro de Pasco Corporation o, por último, a improvisarse como maestro empírico de escuelitas primarias…?

Puede considerarse esta crónica como una añosa y sentimentaloide evocación, pero la juventud de cualquier época cultiva anhelos de evolución espiritual e intelectual, exigía la creación de centros educativos de grados superiores; estos anhelos se hicieron exigencias; el clamor colectivo subía más y más a través del tiempo y se convirtió en una fuerza de empuje, hasta que los señores gobernantes y políticos de entonces se vieron en la necesidad de plasmar, aunque sólo tímidamente en realidad, las aspiraciones juveniles y, ¿Al fin! En 1941 se creó el primer centro educativo secundario con el nombre de Colegio de Capataces de Minas.

Relatar la sístole y diástole de la vida de lo que actualmente es el Colegio Nacional de Educación Industrial Nº 3 “Antenor Rizo Patrón Lequérica” sería caer en manida y tediosa redundancia. Como toda institución que lleva su evolución creadora del conocimiento y la técnica, ha tenido sus altibajos; sobre todo más altos. Sufrió abandono y olvido de mucho regímenes e turno; de políticos arribistas y audaces, como sucede en los momentos actuales; muchos de sus educadores y directivos sufrieron persecución y prisiones y, como si fuera poco, ha ido desfigurándose su verdadera función técnica a que aspiraba su alumnado, para darle mayor importancia al conocimiento humanista. ¿Acaso no es una muestra de esta nuestra sección el hecho de que hace ya varias décadas sus directores y docentes de especialidad son más pedagogos humanistas que profesores especializados como sí los tuvo cuando recién se fundara el plantel?…

Mas no es momento de intentar un análisis crítico negativo de sus transcurrir en sus cincuenta años en los que ha alcanzado consistencia de roble o acero, porque de su parto fecundo devino el milagro del nacimiento de sus otros hermanos “Daniel Alcides Carrión” y “María Parado de Bellido”. Podemos afirmar que desde entonces se produjo el orto luminoso de la verdadera cultura que se agiganta cada vez más brillante en el cielo pasqueño y que se perenniza en las legiones de sus hijos profesionales, muchos de ellos peregrinos por las cuatro latitudes de nuestro Perú y de esa patria grande que se llama América.

La presente crónica es a manera de apología y aludo ofrecido por un proyecto maestro, a los cincuenta vigorosos años de existencia al decano de los colegios cerreños. En nuestra ya larga existencia hemos sido testigos de los múltiples avatares de la cultura de nuestro pueblo y ahora que enfrentamos una tremenda crisis de valores por obra de la inopia de políticos y gobernantes audaces y logreros, enviamos nuestro abrazo fraterno a los bien queridos “capachos” que no sólo son la simbología de nuestra opulencia telúrica sino del vigor y del orgullo permanente del hombre cerreño, representado por su brillante juventud estudiantil.

 

La Cruz del Cerro de Pasco

la cruz del Cerro de PascoEl 6 de mayo de 1962, en emotiva ceremonia, fue inaugurada y bendecida la “Cruz Minera” en las alturas de “Algohuanusha” (“Perro Muerto”), cercana al cementerio general del Cerro de Pasco. A las 10.30 de la mañana se inició la misa de campaña a cargo del Vicario Provincial con asistencia de distinguidas personalidades de los círculos sociales, políticos,  laborales y buen número de fieles de la ciudad.

Concluida la misa solemne, el padrino de este monumento religioso, ingeniero Fernando Sáenz, Jefe del Departamento de Superficie y la señora Anna de Humpreys, esposa del Superintendente General de Administración, hicieron entrega de la Cruz donada por los residentes católicos del barrio residencial de Bellavista a la persona del señor Manuel Llanos Alvarado, Secretario General de la Municipalidad Provincial de Pasco, quien agradeció a nombre de la comunidad cerreña, en medio de los aplausos de los concurrentes.

Después de esta ceremonia se trasladaron al Club La Esperanza de Bellavista donde los padrinos ofrecieron un almuerzo danzante a los invitados. Desde entonces, la Santa Cruz Obrera, ilumina la fe del pueblo cerreño.

Las primeras máquinas a vapor en Sudamérica (Tercera parte)

Las primeras maquinas a vapor 3

El mes de julio, cuando las máquinas funcionaban exitosamente, el Virrey del Perú recibe de parte del Intendente de Tarma, Joseph González de Prada, una carta muy emotiva en la que le informaba lo siguiente: “Excelentísimo Señor: Después de algunas experiencias que permitieron descubrir unos ligeros defectos iniciales (aunque no dejaron ninguna duda sobre el éxito total en el drenaje de las minas), fueron corregidos y, hoy, la primera de las cuatro bombas que llegaron para el uso de las Reales Minas, ha sido instalada en el socavón de Santa Rosa. El resultado ha sido el drenaje del pozo en tan sólo veinte minutos. De la misma manera, una máquina accesoria a la que drena el agua, es accionada por el mismo vapor, en el mismo lugar y en el mismo pique desde la superficie de la tierra, la que extrae el mineral con ventajas desconocidas hasta ahora, dado el considerable ahorro de gastos y economía de mano de obra. En poco tiempo, resultados similares serán apreciados en los tres yacimientos minerales más de Yauricocha, Cayac y Yanacancha. En mi opinión, desde el descubrimiento de estos dominios de abundantes riquezas, ningún suceso tan beneficioso ha sucedido comparable a la instalación de las máquinas a vapor. Dios guarde a su excelencia muchos años”.

Pasado un tiempo de la Batalla del Cerro de Pasco y la jura de su independencia, en diciembre de 1820, ante el inexplicable repliegue del General Arenales a la costa, los realistas, libres de cualquier oposición armada, destruyeron las máquinas a vapor. Felizmente, años más tarde, el capitán Trevithick, conocedor como nadie de estas máquinas, sacó las partes sustanciales que había enterrado para que los españoles no las destruyeran. Fue un acto providencial y atinado del inventor inglés. La última de estas máquinas dejó de funcionar definitivamente el año de 1828. Los tirantes largos de hierro que los norteamericanos de la Mining  encontraron en 1902, cuando abrían las bases para sus lumbreras, pertenecieron a cuatro bombas de 37 pulgadas adquiridas en Inglaterra en 1870 y transportadas al Cerro con mucha dificultad. El trabajo de desagüe de las minas de Pasco terminó en 1821, y al mismo tiempo finalizaba en el Perú la guerra de la independencia, por lo cual los patriotas destruyeron las instalaciones de desagüe de las minas de Pasco, para mermar el poder económico de los españoles. Así se perdió la primera máquina a vapor que vino al Perú, pero quedó el timbre de orgullo a la minería nacional, principalmente la cerreña, de haber sido la introductora de ese valioso elemento de la revolución industrial en la América del Sur.

Semblanza de Richard Trevithick.

Ingeniero tecnólogo nacido en las proximidades de Carn Brea, Cornwall, Reino Unido, el 13 de abril de 1771. Desde muy joven se sintió atraído por los inventos tecnológicos que proliferaban durante la época. A los 19 años entró a trabajar en el asiento minero de Eastern Stray Park como ingeniero. Estudió las máquinas de bombeo minero en Boulton y Watt, llegando a apropiarse de la patente, siendo castigado por la ley. En 1799 consiguió fabricar el primer modelo de máquina de vapor a alta presión. Los sopladores de Trevithick fueron las primeras máquinas que se utilizaron para la ventilación de las minas. Asociado con el miembro del parlamento y Presidente de la Royal Society, Davies Gilbert, Trevithick continuó investigando y obtuvo nuevos modelos de máquinas de alta presión, pero no logró mucho éxito en la construcción de vehículos a vapor.

Los informes no son tan claros, pero ya en 1801 Trevithick había construido un carro a vapor, trabajando en su construcción más de un año. Probado con éxito la víspera de navidad de 1801, cuando un grupo de hombres abordaron el carro viajando muy bien por una distancia de 300 yardas en ascensión por el Beacon Hill en una pronunciada pendiente. Luego de esta subida la máquina fue colocada en un galpón  y Trevithick y amigos se fueron a celebrar olvidándose de apagar el motor. El calor hizo evaporar el agua poniendo al rojo vivo la caldera incendiando todo lo que había en el galpón.

Trabajó como consultor de diversas  empresas y se dedicó principalmente a la instalación de calderos  Cornish, en lugar de los calderos para vagones de baja presión. Fue el primer hombre que hizo funcionar la tracción mecánica en los caminos que hasta entonces sólo habían conocido la tracción animal. Fue el inventor de la locomotora a vapor, mucho antes que Stevenson. Por aquella época, las minas de plata del Cerro de Pasco, ubicadas a 14,000 pies sobre el nivel del mar, no podían ser drenadas con los métodos tradiciona­les. En 1813, el suizo Francisco Uvillé, radicado en Lima, viajó a Europa con el fin de hallar una nueva tecnología que solucionase dicho problema, y, en el escaparate de una tienda de máquinas londinense halló un modelo de las máquinas a vapor de Trevithick que le pareció conveniente. Intentó comprar cuatro máquinas de bombeo, cuatro de ventilación, cuatro calderos, dos trituradoras y una máquina de molino con rodillo portátil, pero al no disponer de capital suficiente para tales máquinas se vio obligado a ceder  a Trevithick la quinta parte de la acciones de su compañía minera. En 1814 las máquinas fueron enviadas al Cerro de Pasco, pero no todo resultó como se había previsto y dos años después Trevithick tuvo que viajar al Perú acompañado por un fabricante de calderas y un abogado. Los problemas de la mina se solucionaron, pero Uvillé y el abogado llamado Page, se opusieron a lo dispuesto por Trevithick y tuvo que trasladarse a otra zona minera. Se instaló en Cajatambo y obtuvo éxito con las minas de plata y cobre de la región. Al fallecer Uvillé, Trevithick asumió el control de toda la empresa en el Cerro de Pasco. Pero la guerra de la  independencia estalló en ese momento y los patriotas arrojaron la mayor parte de la maquinaria por las pendientes de las montañas. Trevithick pasó entonces por una etapa crítica en su economía, pero llegó a recuperar parte de su fortuna al rescatar los materiales de una vieja fragata rusa hundida en la bahía de Chorrillos. Por la misma época, impresionado por el ejército de liberación de Bolivia, inventó la bala para un tipo de carabina de bronce fundido sin ninguna retribución económica. En 1824 fue obligado por las tropas españolas a abandonar el país, teniendo que dejar tras de sí una importante cantidad de mineral. Viajó a Costa Rica y cuatro años más tarde regresó a su país. Reunido con su familia y después de fracasar en el intento de promoción de la explotación de las minas peruanas, viajó a Holanda para efectuar un informe sobre la energía del vapor en el drenaje de tierra y participó en una sociedad de drenaje que se formó en Londres. En los últimos años de su vida estuvo dedicado a investigar un caldero de ciclo cerrado, un súper calentador múltiple tubular y un mecanismo propulsor-jet de agua para navíos, muy buscado por los inventores de la época. También fabricó y patentó una estufa con calentador portátil. El primer inventor de las máquinas de vapor a alta presión, falleció en Dartford el 23 de abril de 1883. (DICCIO­NARIO HISTÓRICO BIOGRÁFICO EL PERÚ- Tomo X-página 71).

Semblanza de Pedro Abadía.

Nacido en Navarra fue un comerciante acaudalado y vecino notable de Lima. Factor de la Compañía de Filipinas y en 1814, Capitán de Regimiento de la Concordia. Disfrutó de la estimación general por su caballeroso trato y su afabilidad dispuesta siempre a obras de beneficencia en lo público y privado. Tuvo oportunidades, por su giro, de emplearse en servicio de muchas personas coadyuvando a su adelanto y bienestar.

Era hombre que unía a su capacidad abundante conocimientos financieros y una instrucción sólida que aunque no ostentada, sirvió en provecho de muchos; y el Gobierno en los negocios graves de Hacienda buscaba su dictamen y en más de una vez fue útil para que las providencias sobre recursos fuesen menos onerosas y sensibles en los apuros fiscales, que demandaban arbitrios extraordinarios. Abadía concibió el proyecto de emplear la fuerza de vapor en la explotación de las minas del Cerro de Pasco. El hizo traer las primeras máquinas de desagüe y por Real Orden de 20 de julio de 1815,  le dio las gracias el Rey encomiando ese mérito que aumentaba los que ya tenía contraídos. Abadía, D. José Arismendi y D. Francisco Uville eran socios en esta Empresa. Vencidas las grandes dificultades que ofreció el conducir dichas máquinas y las consiguientes a su planificación y arreglo con intentes gastos, empezaron a funcionar en Julio de 1816 en el mineral de Santa Rosa. Los Uville, D. Tomas Gallegos y D. Luis Anselmo Landavare asistieron a la inauguración y autorizaron el acto el Gobernador Intendente de Tarma D. José González Prada, el Juez Real de Cerro D. José de Larrea y Loredo, el Cura Vicario Dr. D. Santiago O’Phelan el Administrador de Minería D. Juan Manuel Quiroz y el Diputado del Ramo D. José de Lago y Lemus.

La Casa de Filipinas tenía vasta, negociaciones en la India, con cuyo motivo Abadía deseoso del fomento de la agricultura peruana, encargó las cañas de azúcar que recibió de aquel país y empezaron a propasarse con el mejor éxito, lo mismo que el gramalote que en las Antillas se conoce como hierba de Guinea, a cuyo paseo que se arraigó bien en las hacienda de esta Costa se le denominaba ”Hierba de Abadía”.

En los últimos años del Gobierno Español no pocos comerciantes» europeos de mezquinas ideas, tildaron a los Factores de Filipinas por su frecuente trato con ingleses y norteamericanos, de ser aliados de éstos, hasta acusarlos de indiferentismo, porque no eran intolerantes, ni aborrecían a los extranjeros. Por aquel tiempo el Virrey concedía ciertos permisos a buques de otras banderas, como un medio de aumentar ingresos, cuando el comercio de la Península estaba decadente por inseguridad en los mares.

Las naves de diversas banderas eran consignadas a la Casa de Filipinas y Abadía, conocedor del idioma inglés, servía al comercio y al país;  pero excitaba la envidia que censuraba amargamente lo que entonces se entendía por libertad de comercio, contraria al tráfico exclusivo. Se sabe que nunca tomó calor en oposición a los intereses del Perú en cuanto a su independencia como otros comerciantes españoles. Llegada está a la vez la juró y firmó el acta del cabildo abierto en julio de 1821. Franqueó su dinero, siempre que se le invitó a ello por las necesidades públicas e hizo donativos voluntarios. Considerado por el general San Martín y por el Ministro Unanue lo comisionó el Gobierno para entender en diversos asuntos y prestó su importarte colaboración al formarse el nuevo Reglamento de Comercio.

Abadía era español rico y padre de una distinguida familia. La felicidad de esta sus ideas liberales y el conocimiento del mundo estaban de por medio para no dudar de su buena fe en obsequio de la República. Así era en verdad, pero por lo mismo estaba expuesto a contrastes en una época azarosa y de escándalo por los abusos y manejo de espías y acriminadores.

Acababa el ejército español de apoderarse de una gruesa cantidad de dinero 0perteneciente a Abadía, y con ocasión de este fracaso, creemos que el trato de documentarse y perseguir la propiedad que no debía abandonar: una de las partidas de guerrillas tomo un religioso de la Merced que viajaba en dirección sospechosa: este declaró que llevaba correspondencia de Abadía para los realistas que se hallaban en el interior.

La delación tenía diferentes visos de verdad, más en el fondo existía una calumnia, abrigada por hombres mal dispuestos y arbitrarios que pusieron a Abadía en prisión y de hecho le secuestraron sus bienes. Abrióse un juicio por un Tribunal compuesto de un Jefe Militar de superior graduación y varios vocales de la Alta Cámara de Justicia. Visto que Abadía no había entrado en asunto político alguno con el enemigo y que sus miras no se encaminaron a ninguna delincuencia, dichos jueces le absolvieron completamente. Pero fue en vano ese fallo, pues el Ministro dictó orden para el destierro de Abadía, que al efectuarse, le causó una ruina terrible. Más tarde, el tiempo, que por lo regular pone en claro lo que parece más oculto y destruye las apariencias, descubrió la verdad.  Abadía nada había hecho en daño del nuevo sistema político de libertad, ni tuvo intención de incurrir en una punible falta al respecto; que estaba en oposición con sus convicciones con un modo de vivir y con sus propios intereses, que no había de poner, en necesidad, en inminente peligro.

Regresó D. Pedro Abadía al país acabada la guerra: su envidiable fortuna se hallaba en deficiente estado. El resto de su vida tuvo que emplearlo en litigios contra algunos de sus numerosos deudores y recuperar la parte posible de sus cuantiosas pérdidas.

Falleció en Lima, en Diciembre de 1837. Fue casado con Da. Tomasa Errea, hija de D. José Antonio de Errea, de la Orden de Calatraba, comerciante antiguo y muy distinguido; y de doña Isabel hija de D. Antonio Rodríguez del Fierro, Prior del Tribunal del Consulado Rodríguez del Fierro. Prior del Tribunal del Consulado en el año de 1775. Eran tíos suyos D. Juan Bautista y D. Juan de Oyarzábal y Olavide; el 1º Factor de la Compañía de Filipinas; y el 2º Superintendente de La Casa de Moneda en Lima y Honorario del Supremo Consejo de Hacienda. Un hermano de D. Pedro militó en España y fue Teniente General después de la contienda con el Imperio Francés.

(Publicado en PUEBLO MARTIR: Derrotero vital del Cerro de Pasco)

FIN…………

 

 

Las primeras máquinas a vapor en Sudamérica (Segunda parte)

El problema del agua y cómo se instalaron las máquinas en las minas.

 

Las primeras maquinas a vapor 2

Al iniciarse el siglo XIX, la minería cerreña sufre un tremendo colapso, cuando la totalidad de socavones se inundan irremediablemente. El agua –sempiterna enemiga de los mineros- ahoga las galerías, los trabajos de extracción disminuyen  y, consecuentemente, la acuñación de monedas se paraliza, originando un problema económico de enormes proporciones en el país. Hasta ese momento, el único centro minero importante de Sudamérica que había logrado una notable expansión desde 1790, -más allá de fin de siglo- era el Cerro de Pasco; poderoso núcleo de la Intendencia de Tarma. Jhon Fisher asegura que su máxima producción lo había alcanzado en 1804, cuando logró 320,509 marcos de plata, por el valor de 2´724,324.oo pesos, en la Casa de la Moneda; superando notablemente a Potosí. Con la inundación de las aguas y la consecuente paralización de las minas, desde Virrey al último japiri, están muy preocupados; los empresarios mineros más. Se recurre a toda clase de artificios para desaguar las galerías. Algunos mineros trataron de solucionar el problema de una forma poco eficiente, empleando a grupos de japiris para que saquen el agua a la superficie, en cubos, mientras que otros achicaban los pozos con rústicas bombas manuales; después pasan a utilizar los devanadores de malacates que, desde 1724, venían utilizando en Pachuca, pero no con resultados positivos; tampoco rinden las ruedas hidráulicas de Quirós, usadas en el mismo lugar. Después de probar todos los sistemas de malacates, se pensó, en consideración a la cantidad de socavones, el caudal de agua y la urgencia de solucionar el problema, en hacer uso de  máquinas modernas y poderosas que, con gran éxito, se venían utilizando en Inglaterra y Alemania.

Para entonces, James Watt, asociado con Matthew Boulton, de la firma Boulton Watt Sons, se encontraba fabricando a escala industrial, máquinas a vapor, iniciando así la vigorosa la transformación industrial del Viejo Mundo. Estas máquinas, sin embargo, se encontraban en su desarrollo inicial, tanto desde el punto de vista mecánico cuanto desde el de transformación de la energía térmica en mecánica. Su tamaño y peso eran enormes en comparación con la potencia que producían. La transformación de energía térmica potencial del carbón, en energía mecánica en el eje de la máquina, alcanzaba una relación de 5 a 6 por ciento, debido fundamentalmente a la baja presión del vapor que se utilizaba. Felizmente, al mismo tiempo que Boulton Watt, fabricaba máquinas lentas y de baja presión, Richard Trevithick, desarrollaba una máquina que trabajaba a más alta presión, usando toda la fuerza expansiva del vapor. La máquina de Watt trabajaba a 1/4 de atmósfera de presión, mientras que la de Trevithick lo hacía entre 8 y 10 atmósferas.

La primera propuesta oficial para la importación de bombas de vapor para la minería peruana, la presentó al virrey Abascal, en 1812, una compañía formada por Pedro de Abadía, destacado comerciante español, su socio Joseph de Arismendi y un relojero suizo, Francisco Uville. Uville había realizado en 1811 un viaje exploratorio a Inglaterra e impertérrito de la decisión e insistencia de Boulton y Watt, a quienes conoció, de que sería imposible fabricar motores capaces de funcionar en las condiciones atmosféricas de Cerro de Pasco, regresó con un modelo del motor de alta presión, de Richard Trevithick, que había comprado por 20 guineas después de haberlo visto, por casualidad, en un escaparate londinense (Dickinson y Titley 1934). En agosto de 1812, después que Uville demostró dicho modelo en Cerro de Pasco, todos los miembros del gremio, menos tres, firmaron un contrato acordando la instalación en Santa Rosa, como mínimo de dos motores de tamaño natural.  La compañía se comprometió, con los 40.000 pesos que se creían necesarios para la adquisición y el transporte de los mismos, instalarlos sobre un pozo a una profundidad de 40 varas por debajo del socavón de Santa Rosa, de forma que el agua que se filtrase al mismo de otros pozos circundantes, pudiese ser extraída por este pozo de drenaje. De ese modo, las minas que hubiesen alcanzado el nivel del socavón quedarían secas y se podría extraer nuevamente el mineral. La compañía recibiría, a guisa de recompensa, el 15% de todo el mineral extraído de Yanacancha y Yauricocha, el 20% del de Santa Rosa, Cayac Chico y Colquijirca, y el 50% del que se extrajese del pozo principal desde el que se extraería el agua.

Con la venia del virrey y la promesa de que cualquier maquinaria que adquiriese podría ser importada en el Perú libre de impuestos, a fines de 1812 salió Uville del Callao, llevando consigo la suma de 30.000 pesos. Llegó a Falmouth en mayo de 1813 e inmediatamente se puso en contacto con Trevithick, que vivía cerca de allí, a quien hizo varias propuestas. En el plazo de dos semanas el “extraño caballero” de Lima, como lo describió Trevithick a un amigo, había encargado nada menos que seis motores de tipos diversos, y el ingeniero, habiendo observado que contaba con mucho dinero, empezó a trabajar inmediatamente en tres de los motores. Un año más tarde, cuando se aproximaba el momento de completar la operación, Uville, que había ignorado ya el número de motores que se proponía adquirir, excedió una vez más su autoridad admitiendo a Trevithick como cuarto miembro de la compañía a cambio del pago de 3.000 libras esterlinas que se debían.

Uville regresó a Lima en enero de 1815, con dos artesanos cornualleses, el ingeniero Henry Vivian y, el  primer envío de maquinarias, consistente en cuatro bombas motorizadas de 33 caballos, cuatro motores de tuerca de 10 caballos y un motor de menor tamaño, para ser usado en la Casa de Moneda. Del puerto de Huacho, desarmadas y seccionadas, fueron traídas a lomo de mula y con gran despliegue de cargadores humanos que los hicieron llegar con éxito. El transporte de las máquinas tardó mucho más de lo previsto  debido a que las comunidades indias de la zona de Huarochirí se negaron rotundamente a facilitar mano de obra para tal tarea. Se tuvo que luchar mucho para conseguirlo. No fue sino hasta julio de 1816, que se instaló en Santa Rosa la primera bomba. Cuando se hizo la primera prueba, logró vaciar un pozo de seis varas de profundidad superior a la del socavón —tenía una longitud de 3 varas, y 24 pulgadas, y una anchura de una vara y 30 pulgadas— en unos 21 minutos y, tal, como se había previsto, el pozo comenzó a llenarse nuevamente con el agua que se filtraba de las minas circundantes. La perspectiva de disponer de cuatro bombas parecidas en constante funcionamiento, junto con los motores de tuerca para elevar el mineral a la superficie, los impresionó grandemente. El intendente de Tarma, que se hallaba presente, hizo que describiese tal innovación como la más significativa para la industria minera desde la propia conquista del Perú.

Sin embargo, el entusiasmo del intendente resultó prematuro, ya que si bien en 1816, la producción argentífera aumentó, sufrió luego un notable receso debido a ciertos problemas mecánicos que los operarios cornualleses no fueron capaces de resolver. En ese momento que se hacía indispensable la presencia de Trevithick, los mineros deciden traerlo al Cerro de Pasco. Cuando éste llegó, a fines de 1817, fue recibido por millares de personas en el Callao con campanas al vuelo, fanfarrias y mucha algarabía. Se le  consideraba “salvador del país”.  A tanto llegó el entusiasmo, que se nombró una comisión para erigirle una estatua de tamaño natural, esculpida en plata. Poco tiempo después, fue nombrado por el virrey, en el cargo de Superintendente Real de Minería del Perú. El genio inglés logró realizar las reparaciones necesarias en muy corto tiempo. En la primera página de la GACETA DEL GOBIERNO DE LIMA, correspondiente al 12 de febrero de 1817, aparecía la siguiente noticia: “El segundo ingenio de vapor llamado Yanacancha que excede con muchas ventajas en su colocación, hermosura, comodidad y desahogo al de Santa Rosa, empezó a trabajar el viernes pasado dejando secos los planes de su lumbrera en nueve minutos con sólo la mitad de potencia y a pesar de la fuerza con que acuden el tiro de las aguas, lo que no se  verificaba en el de Santa Rosa por razón del lugar en el que está situada la máquina. De resultas de esta feliz operación han bajado las aguas de varias minas, entre ellas las de don Juan Vivas, situadas en el cerro CHUCARILLO, donde se han sacado 400 marcos, lo que manifiesta no sólo su riqueza, sino la facilidad de su extracción y la limpieza del metal para su beneficio”

A principios de 1818, se instaló una segunda bomba bajo la supervisión de su inventor, pero aparecieron nuevas dificultades en razón a la rivalidad surgida entre él y Uville, sobre el control de la compañía. Ésta comenzaba a andar muy escasa de fondos y era escaso también el suministro del combustible necesario para mantener en funcionamiento las nuevas máquinas. Este segundo problema, que era el de mayor importancia, quedó solucionado al año siguiente, cuando a pocas millas de las minas de plata se descubrieron yacimientos carboníferos, y a fines de 1817, funcionaban con éxito tres bombas motorizadas.

En 1819, la Gaceta de Cornwall (Inglaterra) se hace eco del éxito obtenido con las máquinas a vapor instaladas por Trevhitick y publica lo siguiente: “Tenemos el placer de informar que noticias que han llegado últimamente de Lima a Inglaterra, dan satisfactoria idea de que nuestro hábil compatriota, el capitán Richard Trevithick, estuvo gozando de perfecta salud, supervisando las ricas y extensas minas del Cerro de Pasco”.

Francisco Uville, infortunadamente para el capitán Trevithick, alardeaba que a él y solamente a él se debía el funcionamiento de las máquinas a vapor; esta actitud no fue del agrado del inglés. Uville, no obstante las obligaciones que tenía contraídas con el capitán Trevithick, trató en toda oportunidad, de oponérsele para la obtención de la dirección de las minas. El capitán Trevithick, muy poco conocido en la comarca y disgustado del tratamiento que recibió de Uville y la facción que había afirmado contra él, se retiró de la empresa y se dedicó por cuenta propia a otros descubrimientos.

Transcurría el año de 1818, cuando Francisco Uville, en su excesivo afán de protagonismo, bajó a la profundidad de las galerías y luego de estar trabajando denodadamente en su interior por unas horas, salió a la superficie empapado de sudor con el fin de que el pueblo, principalmente  los periodistas, lo vieran. Fue fatal. El aire helado que circulaba afuera le chocó de tal manera que, en pocas horas murió víctima de una pulmonía doble. Fue una pérdida muy sentida. En ese momento, el señor Abadía y sus amigos, se vieron precisados a solicitar el retorno del capitán Trevithick, a la dirección de la empresa. Cuando finalizaba el año en su cargo de Superintendente, todos los socavones estaban rindiendo óptimamente

Los resultados extraordinarios obtenidos gracias a las máquinas de vapor pudieron verse claramente por aquellos días. La cantidad de plata registrada en el Cerro de Pasco, en 1820, aumentó en un 350% alcanzando los 313,000 marcos, gracias a los pozos de desagüe de Santa Rosa, Cayac y Yanacancha, que aunque tenían tan sólo 15 varas de profundidad en lugar de las 40 estipuladas en el acuerdo de 1812, permitieron el acceso a ricos minerales que se hallaban por debajo del nivel del agua. El descenso en la cantidad de plata registrada en el virreinato se convirtió en aumento alcanzando las cifras más altas registradas desde 1811. Sin embargo, el “futuro glorioso” que parecía prometerse la compañía de los motores, los mineros de Cerro de Pasco y la economía peruana, se esfumó rápidamente, cuando las guerras de independencia  llegaron  al centro minero. El 27 de noviembre de 1820, cuando un ejército patriótico al mando de Juan Antonio Álvarez de Arenales, se acercaba al Cerro de Pasco, el intendente de Tarma abandonó el lugar y sus minas, y pese a que el general de brigada monarquista 0’Reilly ocupó nuevamente el lugar por unos días, que el 6 de diciembre quedó definitivamente derrotado después de una batalla librada entre él y el general Arenales en el propio Cerro de Pasco. Las hostilidades continuaron en esta zona durante los cuatro años siguientes, las minas cambiaron de manos varias veces, con las consecuentes conscripciones y huidas de operarios especializados y la destrucción de la valiosa maquinaria. La decisiva batalla de Junín se libró a pocas millas, el 6 de agosto de 1824.

En estas circunstancias la producción argentífera no podía sino paralizarse por completo. Hipólito Unanue, el primer Ministro de Hacienda de la República, creía que los realistas hicieron cuanto pudieron por destruir completamente las minas, porque su “eterno dolor es no poder llevar a la suya (tierra madre) cuando menos a Pasco y Potosí”. Lo cierto es que en 1825 cuando comenzaron nuevamente las operaciones mineras, tan sólo uno de los tres motores estaba en condiciones de funcionar, y se mantuvo en operación hasta 1828 en que al explosionar una caldera, dejó de utilizarse definitivamente.

A pesar de que entre 1821 y 1824, no se sacó la plata como se había acostumbrado en el Cerro de Pasco, se produjo una pequeña cantidad que fue utilizada por las fuerzas de ocupación con objetos bélicos. En otras partes del Perú, el declive en la producción que ocurría ya desde hacía algunos años, se intensificó considerablemente durante los últimos años de la guerra de la emancipación, pero la industria no quedó completamente paralizada, ya que al estar basada en métodos anticuados de extracción del mineral de pozos de poca profundidad, era menos vulnerable a interferencias externas que la de México. Sin embargo, la economía minera peruana al finalizar dominio español quedó casi destruida. Un factor que tal vez fue aun de mayor importancia que la pérdida de operarios causado por las actividades bélicas en, y cerca de, los centros mineros, fue la partida del capital español de Lima. Al parecer ya en 1812 ciertos mercaderes habían comenzado a enviar plata a Europa, temerosos de que los movimientos revolucionarios de las zonas circundantes se extendiesen al Perú, aunque no fue sino hasta 1819, cuando era evidente la invasión del virreinato que se comenzó a exportar en grandes cantidades. Según cálculos fidedignos, durante los cinco o seis años precedentes a 1824, se exportaron desde el Callao unos 40´000,000 pesos. El resultado inevitable fue que muchos mineros que dependían, aunque sólo fuese indirectamente, del capital de los mercaderes para el financiamiento de sus operaciones, se vieron obligados a parar su producción. En 1823 la cantidad de plata registrada había llegado a la insignificante cifra de 3,8000 marcos, aunque mejoró ligeramente en 1824. Después de la derrota definitiva de las fuerzas realistas en Ayacucho se comenzó un proceso lento y cauteloso de puesta en marcha en algunos centros mineros, y a mediados de la década de 1830 Cerro de Pasco se había convertido nuevamente en muy importante centro de producción argentífera. Por entonces el auge del guano hizo que industria minera argentífera no recobrase jamás la posición privilegiada que había tenido en la economía peruana antes de la guerra de independencia. Cuando en la primera década del siglo XX el Cerro de Pasco fue restaurado a su posición clave dentro de la vida económica del país, no lo hizo en calidad de productor de plata, sino como productor de cobre por la compañía norteamericana Cerro de Pasco Copper Corporation.

CONTINÚA….

Las primeras máquinas a vapor en Sudamérica (Primera parte)

Las primeras maquinas a vaporEl Cerro de Pasco había comenzado a producir oro  y plata desde la lejana época preincaica, más tarde, tras el exitoso “boom” de 1567, comenzó la explotación masiva del mineral de Santa Rosa, y la segunda zona de mayor importancia, Yanacancha, pocos años después. A pesar de que el mineral que se hallaba en la superficie pertenecía al tipo denominado “paco”, con el que normalmente se obtienen de 10 a 12 marcos por cajón era abundante y fácil de explotar. Los primeros mineros amasaron grandes fortunas. Sin embargo, a principios del siglo dieciocho, muchos pozos que raramente excedían las 30 varas de profundidad, habían alcanzado la capa freática y los beneficios decrecían al aumentar los costos de drenaje. El agua era enemigo muy duro de vencer. Algunos mineros intentaron solucionar el problema utilizando métodos hasta entonces conocidos en otras partes, como los malacates muy utilizados en México; sin embargo ninguno permitía que los pozos sobrepasasen más que unas yardas del nivel del agua. La única alternativa que les quedaba consistía en excavar un socavón o túnel de drenaje, con un cierto desnivel, a una profundidad superior a la de los pozos, y de ese modo, eliminar el agua por debajo de éstos.  A pesar de que un socavón bien construido podía incrementar considerablemente los beneficios, debido a los pocos conocimientos que se tenían sobre ingeniería minera y sus principios básicos, su construcción resultaba una empresa especulativa, para la que se requería la inversión de grandes capitales sobre los que no se acumulaban intereses durante varios años. El primer socavón de drenaje lo construyó José Maíz y Arcas en 1740, y fue terminado en 1760. Para entonces había adquirido varios pozos en Yauricocha con beneficios suficientemente grandes como para adquirir el título de Marqués de la Real Confianza, otorgado oficialmente en reconocimiento a la prontitud con que solventaba el azogue que recibía de Huancavelica y Almadén (España) y sus notables aportes pecuniarios a la corona española.

A pesar de este éxito inicial, hacia 1770 la producción decreció cuando los nuevos pozos alcanzaron el nivel del agua y se inundaron una vez más. La solución que adoptaron entonces, consistió en un contrato firmado en 1780, entre cincuenta mineros, bajo la dirección de Félix Ijurra, Vicente Amavisca y Bernardo Cárdenas, para financiar la construcción de un nuevo socavón de desagüe, desde el lago de San Judas, al mineral de Santa Rosa. El proyecto se completó en 1786, permitiendo así que los pozos inundados de Santa Rosa volviesen a rendir una vez más. La producción que se registró entonces en Pasco, sobrepasó los 100.000 marcos, por primera vez desde 1771. El nuevo mineral no era excesivamente rico, pero se hallaba en abundancia. En 1789; cuando se registraron 120,000 marcos de plata, los beneficiadores procesaron más de 15,000 cajones de mineral, con un peso de 47,000 toneladas métricas. Al incrementar la producción a ritmo tan impresionante, en 1794, el gremio local  comenzó trabajar en proyectos todavía más ambiciosos, extendiendo el socavón de Santa Rosa hasta el importante centro de Yanacancha. Conforme avanzaba, todos los pozos situados sobre el mismo, podían profundizar 30 varas más. Las dimensiones de dicho túnel eran verdaderamente impresionantes —dos varas de ancho por dos y media de alto—- habiendo logrado financiar a fines de 1796 la excavación de las primeras 233 varas. No obstante, se hallaban todavía a 937 varas de su meta final y al año siguiente, al aumentar los costes, el Tribunal de Minería, accedió a utilizar sus ingresos del real por marco, para hacerse cargo de los gastos anuales que se calculaban por encima de los 20000 pesos. Con la ayuda económica garantizada y con el soporte oficial para conseguir mano de obra barata, el proyecto siguió; una marcha lenta pero segura, a pesar de ciertas disputas referentes a si la forma en que se llevaba a cabo la excavación correspondía a las propuestas originales. Al avanzar dicho túnel, los pozos situados entre Santa Rosa y Yanacancha fueron extendidos hasta alcanzar la profundidad del mismo, manteniendo así un alto nivel de producción. El único año crítico durante la construcción del socavón fue 1806, cuando, como se ha señalado ya, la aparición de nuevas ordenanzas, regulando la distribución del azogue, causaron cierta dislocación temporal. En 1811, el túnel alcanzó los pozos más lejanos de Yanacancha, quedando así prolongado el socavón original en un total de 1,800 varas. A su vez se construyeron varias ramificaciones, de las cuales la más importante fue el ramal de Chaupimarca. Aunque desconocemos el costo total de dicho proyecto no cabe duda que excedió los 100,000 pesos sugeridos por algunos investigadores, ya que sólo entre 1,804 y 1,811 se habían gastado 116,000 pesos.

El socavón de Yanacancha, denominado a veces de San Judas por llamarse así el lago donde desembocaba, fue, en cierto modo, un gran éxito, ya que permitió que el Cerro de Pasco, y por lo tanto el virreinato del Perú en general mantuviese su producción argentífera a un alto nivel a lo largo de la primera década del siglo diecinueve. Su defecto principal consistió en que esencialmente no era más que una prolongación del socavón construido en 1780-6 y por lo tanto se hallaba relativamente cerca de la superficie, a una profundidad media de 70 varas, es decir unos 200 pies. A pesar de que muchos de los pozos existentes pudieron ser desaguados por dicho socavón conforme avanzaba, no pasó mucho tiempo antes que volvieran a alcanzar el nivel del agua. Incluso antes de que el socavón llegase a Yanacancha, algunos mineros habían sobrepasado el nivel del túnel y achicaban sus pozos con bombas manuales o cubos.

A los mineros no les cabía, por lo tanto, ninguna duda de que deberían tomarse nuevas medidas si se quería evitar que la producción decayese considerablemente. Por esta razón en 1802 los diputados locales comenzaron a estudiar la posibilidad de excavar un nuevo socavón, unas 30 varas más profundas que el anterior, desde el lago Quiulacocha hasta las minas de Santa Rosa. Hubo sin embargo cierta oposición por parte de algunos mineros. Éstos aseguraban que hubiesen obtenido mayores beneficios extendiendo el socavón existente, desde Yanacancha hasta Chaupimarca, razón por la que las obras no comenzaron sino en 1811.

Una vez más el Tribunal de Minería ofreció su apoyo económico para este nuevo proyecto que el gremio local esperaba completar en cinco años, pero la ayuda que podía ofrecer, era inevitablemente limitada debido a la disminución de la producción a partir de 1811, debido fundamentalmente a la inundación de las galerías, lo que hizo que sus ingresos fuesen más reducidos. El agua estaba impidiendo la producción. En agosto de 1816 el socavón tenía una longitud de 962 varas, pero todavía le faltaban 600  para llegar a Santa Rosa, su destino final. Sin embargo, una inspección llevada a cabo aquel año, mostró que el ingeniero supervisor había cometido graves errores, el más notable y de fatales consecuencias, era que el túnel había comenzado  a inclinarse y sé había desviado no menos de 57 varas del rumbo que debía haber seguido. Se impusieron multas de 4000 pesos a quienes se consideró culpables de tales errores, con cuyo dinero contaba el tribunal rectificarlos, y así continuaron las obras.

La repentina disminución de la producción en 1812, cuando los pozos alcanzaron el nivel del socavón de Yanacancha, es la causa directa del descenso de la cantidad total registrada en el virreinato, llegando a la cifra más baja de las registradas desde  1786.  Este hecho parece marcar para la industria de plata, el fin de un período de prosperidad en la última etapa colonial, ya que en 1814 desde la segregación del Alto Perú producida en 1776, la producción había descendido aún más.

A partir de entonces, con  la  excepción  importantísima  de  1820, cuando se llegaron a alcanzar los 477,000 marcos, la producción se mantuvo por debajo de los 300,000 marcos anuales. Este cambio tuvo a su vez una relación directa con el movimiento del Cerro de Pasco, ya que en 1,820 su producción aumentó espectacularmente, alcanzando los 313,000 marcos. Esta fue la segunda cifra de mayor importancia registrada en Pasco y, representaba el 65,6% del total de la plata registrada en el Perú, aquel año. La cifra se logró no a causa del socavón de Quiulacocha, que se hallaba, según se ha dicho, inacabado, sino a razón de haberse introducido, con éxito, tres bombas de vapor “Cornish” en Santa Rosa, Cayac y Yanacancha. Gracias a dichas bombas, los mineros lograron extraer eficazmente el agua de los pozos que habían alcanzado una profundidad de 15 varas, superior a la del socavón de San Judas, y por primera vez en la historia de Cerro de Pasco, lograron penetrar los depósitos superiores de pacos alcanzando minerales  sulfúricos  de  mayor  riqueza —pavonados y polvorillas— que les permitieron obtener 400 marcos por cajón.

CONTINÚA…….