La juventud cerreña en aquellos días del prefecto (Quinta parte)

Con “Pecho de lata”

la-juventud-cerrena-5Con el paso de los días fue sopesando sus actitudes que le habían creado un rechazo familiar. Después de mucho meditar llegó a la conclusión de que debía dejar la vida perdularia que estaba llevando y para no entristecer a su viejecita que tanto le quería, decidió ponerle freno a tanto arrebato juvenil e insustancial. Vamos, quiso ser otra persona más responsable y cuidadosa.

Así las cosas, su cuñado le informó que tenía que viajar a Lima para efectuar algunas gestiones de su cargo y de paso traer de vuelta a su esposa. Le dijo que confiaba plenamente en él y que estaba seguro del propósito de enmienda que había manifestado. Le entregó las llaves de la casa y se despidió. Humberto quedaría solo en el amplio recinto familiar.

Aquella primera noche de soledad esperó el avance de la hora para ir a cenar en el restaurante EL VIAJERO que quedaba enfrente de la casa, atravesando la plaza. No quería encontrarse con nadie que pudiera invitarle unos tragos. Era tan popular y conocido en la ciudad que eso era seguro. A las diez de la noche, aseguró la puerta y abrigado con un gabán de lana se fue a cenar.

Al entrar en el restaurant vio a su amigo del alma, administrador del Seguro Social que se encontraba bebiendo unos tragos con dos hermosísimas chicas recién llegadas de Lima. El conocido “Pecho de lata” por su voz aguardentosa y casi inaudible se puso de pie y cariñoso le invitó a que compartiera la mesa con sus dos acompañantes. Humberto no pudo negarse no obstante el propósito de enmienda que lo animaba. Pasado un buen rato ya estaban bebiendo unos ricos calientes de vino.

En un momento que las chicas pidieron permiso para ir al baño, “Pecho de lata” como dueño de una gran oportunidad que no debía perder, le dijo confidente

-¿Qué te parecen las hembras….?

– Están buenas, muy buenas….

– Mira acaban de llegar para trabajar en el hospital. Están solitas no tienen ningún compromiso.., ¿Qué te parece?. Estábamos esperando a alguien para ser un cuarteto. ¿Te animas…?

– No, no, no. Yo ya no puedo….

– ¿Qué te impide…?

–  No, estoy un poco mal de salud y…….

– No vengas con vainas, hombre. Tú estás bien sino que te “chupas”. Anímate hermano. Ambas son “todo terreno” y están queriendo. Contigo hacemos dos parejas…Anímate. Las llevamos al Ritz, Arequipa o Central o a cualquier hotel y ahí hacemos la faena… ¿Qué dices….?

-Mira, yo tengo un compromiso con mi cuñado y no puedo fallarle…

Al final, como la carne es débil, aceptó la oferta. Es más. Ofreció su casa para la orgía. Al poco tiempo estaban subiendo las escaleras de la casona que se encontraba muy abrigada con la enorme estufa que calentaba fogosamente. Felices entraron las parejas para quitarse los abrigos. El calor era de tal magnitud que sólo quedaron con ropas ligeras. Inmediatamente se puso a funcionar la radiola con boleros muy venidos al caso y se abrió una enorme botella de cognac francés para animar la fiesta…. Las acarameladas parejas dispusieron olvidarse del mundo.

Mientras esto ocurría en el Cerro de Pasco, su cuñado -el médico- al pasar por Colquijirca quiso visitar a su amigo Dante Schennone, Administrador de la Negociación Fernandini. Cuando le abrieron la puerta se dio con que Dante cumplía años y estaban en plena fiesta celebratoria. La alegría fue espectacular. El anfitrión le invitó a pasar y tomarse unos tragos. No aceptó ninguna disculpa. Se marcharía después de la cena.

De aquí en adelante la fiesta fue de tal magnitud que se hizo muy tarde y el médico decidió que al día siguiente seguiría el viaje. Le dijo a su chofer que vuelvan a la casa.

Llegaron a la plaza Carrión completamente desierta a esas horas de la madrugada y sin hacer ruido se apeó del carro y subió sigilosamente las escaleras para no incomodar a su cuñado que estaría descansando. Abrió con la llave muy sigilosamente y quedó estático sin  comprender lo que estaba viendo. Al centro de la sala, completamente desnudos estaban “Pecho de lata” y su pareja haciendo el amor de una manera escandalosa. (Humberto estaba en la alcoba principal con su pareja). Al descubrir la presencia del dueño de casa, completamente alarmado “Pecho de lata”, comenzó a gritar

–¡¡¡Humberto!!!  ¡¡¡Humberto!!!- pero sus gritos opacados por su ronquera perenne y el sinsabor de la sorpresa, apenas si se escuchaban…

El doctor, repuesto de la sorpresa, no quiso seguir causando más incomodidad y riéndose a más no poder se salió y fue al hotel americano a pasar el resto de la noche.

 F i n….

 

La juventud cerreña de aquellos días del prefecto (Cuarta parte)

la-juventud-cerrena-4Por su vivacidad e inteligencia lo llevaron a “Radio Rancas” donde demostró su valía que con entusiasmo y dedicación fue superándose hasta llegar a “Radio Azul” la primera emisora comercial de la ciudad. Aquí, no obstante su registro infantil de voz blanca -de niño- siguió triunfando. Un día cuando leyó un anuncio de catchascán con las figuras del Luna Park, llegados a la ciudad, se apersonó el inolvidable “Yanqui” que le dijo: “Oiga jovencito, dígale a la señorita que está leyendo estos comerciales que los aumente a cada hora”. Él se quedó de una pieza.

Humberto podía pasar horas enteras frente al micrófono sin un ápice de cansancio, organizar programas y animar presentaciones de la más variada índole; desde las catequizantes sesiones del “Profesor Castillo”, mezcla de gárrulo, predicador y nigromante, hasta lo más expresivos boleros de la inquietante “Pichusa”, fina como una muñequita; pasarse horas enteras en busca de noticias como ahora; pero su familia no está contenta: “Ya te has convertido en un hombre hecho y derecho, tienes que comportarte a la altura de las circunstancias” había pontificado su cuñado, el médico, con la aprobación de la viejita e “ipso facto”, para que el entusiasmo no se disipara, le encontraron una “pega” en el Banco Popular; pero la felicidad de la familia y su acatamiento servicial duró muy poco. Tuvo que chocar con los gritos destemplados, ademanes teatrales, desplantes y pataletas espectaculares del abusivo administrador del Banco.

En el cine “Grau” tuvo la ocasión de presentar personalmente a: Ernesto Castillo, intérprete destacadísimo del bolero que irrumpía con fuerza en el sueño de los jóvenes; nada tenía que envidiar a Fernando Albuerne, Nicolás Urcelay, Leo Marini, Gregorio Barrios y otros; a las hermanas Hilda, Amanda y Maruja Solís, extraordinarias cantantes que gozaron de la admiración general del pueblo, El Paisano, gran intérprete de tangos, acompañado de Orchán y Lactayo; a “Pepe” Bravo y sus guitarristas Víctor Romero y Víctor Rojas; a las orquestas Paredes, los Chavelanos, Andamayo etc. También presentó a Ima Sumac, Los Embajadores del Perú, Alicia Lizárraga, Jesús Vásquez, y a las artistas locales: Hilda Solís, Julia Tello, etc.

Cuando los cuatro entraron en el Colegio Nacional Daniel A. Carrión, ampliaron mucho más sus actividades. Inquietos, enamorados, juguetones la pasaban muy bien con sus colegas hombres y mujeres.

De aquella época es la historia que les narro a continuación.

Un día, no obstante el cuidado que había puesto en el cumplimiento de la tarea, omitió involuntariamente un dato muy importante en la transacción bancaria. Otilio Cerberos Ortlieff –así se llamaba el jefe de marras- lo llamó a su presencia y, altanero, para que todo el mundo lo oyera, sacudiendo su dedo índice acusador delante de sus ojos como un estilete le espetó su descuido y le amenazó con despedirlo, ¡Carajo!, para que nunca se vuelva a cojudear y aprenda a ser más responsable. Fue suficiente. Indignado, sin bajar los ojos, sin humillarse, el joven locutor de “Radio Azul”, haciendo uso de sus notables facultades oratorias, alzó la voz como si fuera a anunciar el discurso del Presidente de la República y le dijo: ¡Administrador!: Su puesto bancario métase al culo y, luego, váyase usted a la mierda!.

Todo fue rápido, cortante e intempestivo. Nadie se movió. Alguno de los clientes estuvo a punto de aplaudir pero prefirió quedar mudo. Los papeles se estrellaron sobre el escritorio y con paso firme se retiró de aquella oficina dando un sonoro portazo. Nadie habló de otra cosa por mucho tiempo en la ciudad.

Naturalmente, el joven speaker quedó fuera del trabajo, mal recomendado y peor tratado por su familia a la que había “hecho quedar muy mal”. Los que lo aplaudieron si ambages fueron sus “adúes” y miembros del clan.

— ¡Salud, que se enfría el trago.!-urge el “Mosho” y todos escancian sus bebidas. Lo que es bueno celebrar –dice Lucho- es que ahora tenemos un Colegio. Por fin, caramba, por fin, dice Marín. No lo teníamos. Otros pueblos como Huancayo, Tarma, Jauja, Ayacucho o Huánuco, ya contaban con colegios desde el siglo anterior, a nosotros recién el año 41 de este siglo nos acaban de conceder uno. ¡Caramba! ¿Qué es lo que pasaba con los viejos?, pregunta el Nation, porque aquí lo que sobraba era dinero y capacidad…¿Qué pasaba?  ¡Pendejadas, carajo, pendejadas, dice Marín. Con nuestra plata hacían colegios en otras partes mientras nosotros. ¡Chupábamos! Completa el negro, porque nadie va a negar que a nuestros viejos, jaranistas, mujeriegos y chupacañas, nadie los vencía. Bueno, bueno, ya tenemos Colegio y eso hay que festejarlo, completa Abelardo. ¡Ay, caray!, los tragos me han abierto el apetito. Les propongo que salgamos a comer.  Sí, sí, sí.  Es la unánime decisión. ¡Vamos al “Farolito” donde se come bien y de paso tiramos lente a la Yurico y a su hermana Rosita. Y allá se dirigen después de pagar la cuenta de los tragos.

“El Farolito” del japonés Yoshinaro Noda, de la calle del marqués, tampoco cierra de noche. Sus vitrinas lucen fuentes repletas de arroz con pato, tallarines con pollo, chanfainita y pancitas que el propietario calienta en grandes sartenes. Yurico, su hija, corta jamones, quesos y salchichas para los emparedados que los noctívagos consumen; el fideo Kenyi, su hermano, atiende los pedidos. Los bullangueros comensales que ocupan sus mesas siempre están contentos por la atención de primera, el precio módico y la rapidez. Después de atiborrarse de tallarines y sonrisas de la Yurico, salieron a dar sus vueltas por la ciudad nivosa. Visitaron “El Casino” del Papi Beloglio, templo nocturnal de billaristas. Sus mesas, -las mejores de la ciudad-, siempre están ocupadas por aquellos para quienes el billar es un protocolo ritual. Allí están, el “Muerto” Pajuelo, el viejito Lagunas, el chino Lam León, “Chacalhua” Farje, Braulio Mateo Ricra. Haciendo boladas espectaculares en medio de un recogimiento especial en el que sólo el chocar de las bolas y los OHHH Ohh, de admiración se alternan. El “Hotel Bolívar”, recibe a sus huéspedes en la vieja casona colonial de numerosas habitaciones. El salón de billar con ocho mesas colocadas para el desenvolvimiento de los jugadores; una abrigada estufa y numerosas mesas colmadas de bebedores. El que atiende este lugar es “Sonaja”, pintoresco personaje de cara de boxeador, manazas de boxeador, andares de boxeador que jamás permite grescas e interviene presto en cuanto se eleva la voz amenazadoramente; solícito sin dar paso a la excesiva amabilidad atiende con prontitud hasta las cinco de la mañana.. A esa hora, enérgico y puntual, emite su ¡!!Tataríiiii!!, semejante a una trompeta mañanera y esté quién esté, cierra sus puertas. Nunca hizo excepción con nadie. Hasta que una oportunidad por atender a un huésped, cayó desde el segundo piso al empedrado y no obstante el ruidoso golpe del cráneo, se levantó como si nada, sacudió su ropa y siguió atendiendo. Cuando sus manos comenzaron a desobedecerle, se fue a acostar. No despertó más. Murió a las siete de la mañana. El “Centro Social” también trasnocha en atención a sus socios. Un elegante segundo piso de casona colonial, de escaleras estrechas, empinadas y empedradas en su base donde muchos socios cayeron, algunos para no levantarse más. Además de su amplio bar y su sala de billar, tiene una habitación muy abrigada y bien iluminada. Es la sala de juegos. En sus tapetes se han jugado enormes fortunas en póker, rocambor, pinta, fulcán, briscán,… Los jugadores entran el viernes en la noche y no abandonan la mesa sino el lunes en las primera horas, para trabajar.

Tras la comida y los tragos a escondidas, ayudadas por el “Borrao”, Davicho, terminaron en el “Rancho Chico” a donde entraron a “Hacerse hombres”.

CONTINÚA…

La juventud cerreña de aquellos días del prefecto (Tercera parte)

la-juventud-cerrena-3— BIEN HECHO, CARAJO, BIEN HECHO –dice Marín Castellanos y levanta su vaso calentísimo invitando a beber a sus amigos- ¡Salud, Hermanos!- Todos ingieren el trago y escancian resoplando la bebida tras tres intentos. Lo del “Pulpo” nos alegra y nos llena de orgullo, hermanos; eso prueba que si nos decidimos, podemos llegar a triunfar, dice Perico Nation y ordena otra tanda de tragos. “Corazón hasta cuando estás llorando, hasta cuándo estás sufriendo, ¿Hasta cuándo, corazón?”. Ahora está cantando “Chunchulín” Pérez y se oyen acompasados palmoteos del público. Sigue llegando gente al “Carrión” especialmente camioneros y  las chicas atienden solícitas a los recién llegados. Bueno, dice Marín Castellanos, ustedes también están en un triz de realizar su viaje triunfal, hermanos; el próximo año estarán presentándose a San Marcos y en poco tiempo tendremos nuevos profesionales. ¡Salud!. Lo que sé es que Lucho va a ingresar como por un tubo. ¡Es un campeón! No en vano tiene la medalla de oro de la promoción, dice Nation y Lucho sonríe halagado. Descendiente de italianos no sólo ha acumulado las notas más sobresalientes sino también el afecto de sus maestros. Su más caro sueño es ser abogado y claro que lo conseguirá, afirma Marín Castellanos, amigo de infancia y compañero inseparable de juegos. Otro campeón es “Mosho”, diestro en Matemáticas y preferido del profesor Ginés Pomalaza. Beben del caliente de ron que extrañamente sabe dulce sintiéndose el sabor de los limones que le dan vida. Se reparte los Lucky Strike y la comedida chiquilla los enciende. Abelardo, de ascendientes franceses, el tercer amigo de la “tira”, abriga igualmente las esperanzas de ingresar en la Universidad. Humberto si se decide puede triunfar en cualquier emisora de Lima. Era muy pequeño cuando reveló su talento para el periodismo, la poesía y el arte. Declamador obligado en las actuaciones de la Escuela, se lucía recitando poemas de inacabables estrofas en alarde de prodigiosa memoria no muy buena para fórmulas, nomenclaturas ni efemérides. Su cabellera suave, sus inquietos ojos claros y su rostro pálido y juguetón, determinó su chapa: “El limeño”. Desde entonces se convirtió en el caudillo de una chiquillería vocinglera, juguetona e insoportable; terror de los maestros e inspectores. Su rebeldía como sus múltiples trastadas, le permitió el liderazgo. Recién llegado de Lima se rebeló a sus tías, creyentes y cariñosas, “Hijas de María” que quisieron encresparle luengos bucles y encasquetarlo en el coqueto uniforme marinero del “Colegio del Perpetuo Socorro”. No. Él se opuso terminantemente. Jamás iría a una escuela de modositos “niños bien”. Quería estudiar en una Escuela de Hombres. Ninguna penitencia, ningún castigo, pudieron con él. Su contumacia triunfó. Fue inscrito en la Escuela 491 de Patarcocha. ¡Escuela de machos!, como que en su salón tenía que enfrentarse con el cholo Viviano Mendoza, conocido como “Rogromanca” y el temido “Tigre” Riofano, ambos linajudos ex sargentos licenciados de nuestro Ejército y recordados  matones. Formó clan con Lucho, Abelardo y “Mosho”. De estos hay varias historias como la que aconteció en Cusco cuando eran estudiantes de secundaria.

.Con el desbordante entusiasmo que caracteriza a esa hermosa etapa de la vida que es la  juventud, los alumnos del Colegio Nacional Daniel A. Carrión festejaron la noticia. La Dirección había acordado una excursión a Macchu Picchu. Los integrantes de la “Promoción” de aquel año, en la que se encontraban los tres amigos,  desbordaban de emotiva exaltación. Conocerían aquel enorme bastión de peruanidad. A partir de ese momento los se enfrascaron en proyectar los planes más ambiciosos.

Tras la adecuada organización y nominación de las correspondientes comisiones, todo quedó listo. Utilizarían un carro relativamente nuevo de la marca FORD, armado a la usanza de la zona. Era un “Mixto”. Se le llamaba así porque sólo una cuarta parte –la que va adyacente al motor- tenía la  cobertura de un precario techo; el resto iba totalmente descubierto,  limitado por un sólido barandal de recias maderas. Un heroico vehículo muy usado para los viajes al interior de las “quebradas” en el transporte de “cosechas”. Caso de mal tiempo o de lluvia, se lo cubría con una lona que se aseguraba con sogas. Eso era todo. Para los ilusionados viajeros era suficiente. Delante, arrellanados en los asientos de madera, irían los profesores y algunos “niños bien”; detrás, acompañados por el inspector, los más bullangueros e inquietos muchachos, libérrimos como ellos solos.

Primeramente lo pintaron espectacularmente. Dibujaron el mapa del recorrido iluminándolo con frases llenas de optimismo y colorido. A un costado, la bandera nacional y, en el otro, la divisa celeste del Colegio. ¡Qué  hermoso quedó el carro! ¡La nave que los conduciría al Cusco milenario! Durante todo este tiempo nadie hablaba de otra cosa.

El día de la partida fue muy especial. Un suceso inédito en la ciudad. En un bullicioso marco de sonoras fanfarrias de la banda municipal los jóvenes se despedían de sus familiares y amigos. Estuvieron presentes, el subprefecto, el Alcalde, concejales, director, profesores, padres de familia, alumnos, familiares y pueblo en general formando un emocionado corro. Tras los abrazos de despedida, los encargos y recomendaciones, partió el carro. Los bomberos hacían sonar su sirena de alarma en tanto los pañuelos, sombreros y manos, en adioses cariñosos, daban una nota conmovedora al momento. Una emotiva muliza desgranaba sus notas cuando el carro se perdía por las últimas cuadras de la calle Lima. La gritería de los excursionistas fue atenuándose poco a poco a medida que el carro se perdía en lontananza.

A medida que el vehículo iba descendiendo hacia climas más abrigados, un bullicio imparable de alegría hermanó a los excursionistas. Cantaban a voz en cuello y conversaban animadamente. A su llegada a cada una de las ciudades, la recorrían extasiados, tomando fotografías y notas de lo que observaban. Ya cansados por la noche, caían rendidos pero felices, a dormir. Los que más gozaban eran los alumnos que iban  en la “carga”. Pletóricos respiraban un aire abrigado que les llenaba los pulmones. A lo largo del viaje el tiempo los acompañó plácidamente. Sus ojos se llenaron de hermosos paisajes en su recorrido por sierra y costa. Hasta ahora recuerdan con enorme emoción aquellos momentos inolvidables.

Llegaron a su destino final a la seis de la tarde, hora maravillosa del Ángelus. Las piadosas gentes del lugar se persignaban reverentes al toque de la “María Angola” de la catedral del Cusco. Ellos, muy emocionados, hicieron lo propio. Daban gracias a Dios por haberlos hecho llegar con bien a su destino. ¡¡¡Estaban en la capital milenaria de América Hispánica!!! Sus corazones palpitaban saturados de gozo. Se sentían enormemente felices. Como todos los jóvenes visitantes echaron unas hurras sonoras y firmes como avisando que habían llegado desde el techo del mundo.

De inmediato se dirigieron al Colegio de Ciencias del Cusco donde les habían adecuado el alojamiento. A la puerta, el Director, profesor Manuel J. Valenzuela Valdez, muy ceremonioso y firme, les dijo: “Este ha de ser nuestro alojamiento. Espero la más grande disciplina en el cumplimiento de nuestros horarios. Tienen una hora para asesarse e instalarse debidamente. A las siete se servirá la cena en el comedor del Colegio. A las ocho todos deberán estar en sus habitaciones para descansar debidamente. Mañana a primera hora debemos levantarnos para dirigirnos al ferrocarril con el que debemos llegar a la ciudadela de “Macchu Picchu”, objetivo principal de nuestro viaje. No olviden comportarse debidamente. Buenas noches”. Se retiró dejándolos a órdenes del auxiliar de educación.

Como se dijo, se hizo. Pero en el encierro de la enorme habitación donde se habían instalado las treinta camas correspondientes, la casi totalidad de alumnos se acostaron en cuanto el inspector aseguró con llave el dormitorio. Un grupo integrado por cuatro inseparables amigos, Humberto, Lucho, Abelardo y Edgardo, estaban intranquilos. No comprendían por qué tenían que estar encerrados. Pensaban que lo más atinado sería que les dieran libertad por unas horas para conocer aquella hermosa ciudad. No transigían con la disposición directoral. Pesarosos  y compungidos, se pusieron a meditar. Humberto Maldonado, el más inquieto, examinaba la puerta que halló muy hermética, pero cuando manipuló las manijas de un enorme ventanal, éstas se abrieron. ¡No lo podía creer! Las ventanas que estaban casi al ras del piso, daban a una calle transitada. Con una sonrisa de oreja a oreja invitaron a sus colegas a escaparse a conocer la ciudad y conquistar la noche. Hallaron un silencio timorato. Nadie más quiso salir. Ante la indiferencia de sus colegas los cuatro salieron sibilinamente dejando las ventanas juntadas para su vuelta. Se dirigieron a la Plaza Mayor de la ciudad que rebozaba de luminosidad y alegría. Reinaba un ambiente de luz, color y alegría. Alumnos de todos los colegios del Perú, con los distintivos de sus chompas características, gozaban plenamente. Entraron en un restaurante y entablaron pronta amistad con un grupo de alumnos tacneños que los invitaron a beber vino. Ellos  prefirieron cerveza. Las primeras cervezas de su vida. Todos bebían de lo más contentos. Al poco rato ya entonaban sus canciones lugareñas, repetían maquinitas y barras colegiales. El ruido que hacían era tremendo. Buen rato estuvieron confundiéndose en abrazos fraternales como si fueran amigos de años, cuando ocurrió algo inesperado. Vieron en la puerta del restaurante las inconfundibles y amenazantes figuras del Director y el inspector de educación. Quedaron mudos. Con voz que no aceptaba réplicas, el Director los encaró muy enérgicamente: “¡Jóvenes alumnos: Acaban de cometer un gravísimo acto de indisciplina! Esto amerita un enérgico e inmediato castigo. En consecuencia, así como han logrado escaparse del internado, sabrán cómo retornan a su lugar de origen. ¡Quedan ustedes expulsados de la delegación pasqueña!”. No dijeron más. A grandes trancos se alejaron del lugar. Los cuatro amigos quedaron estáticos. No sabían qué hacer. El impacto producido fue de tal magnitud que ante la angustia que los invadía, los tacneños y los de otras localidades se solidarizaron con ellos. Trataron de levantarles la moral diciéndoles que era natural que actuaran así pero que mañana al pasarles la cólera, “otro gallo cantaría”. No fue así.

La mañana luminosa como pocas les hizo abrigar la esperanza de que el problema de la fuga hubiera sido olvidado. No. El Director y el inspector actuaban con una seria rigurosidad que hacía vigente el castigo impuesto la noche anterior. No pudieron lograr ni siquiera de que los escucharan para esgrimir un “mea culpa”, una explicación, e implorar una súplica de perdón. Ellos no existían para directivos ni colegas. Eran unos proscritos. Eran los expulsados que servirían de “Chivos expiatorios” para que nadie pudiera repetir la condenada acción de escaparse. ¡Estaban advertidos!  Pronto comprendieron que no había nada qué hacer. El tiempo  volaba. El inspector en forma ostentosa repartió los boletos debidamente numerados para que suban al tren; a todos, menos a los expulsados. Ni siquiera se dignaban hablarle. Así las cosas, viendo que no podrían entrar en los coches, repararon que al final del convoy, había una gigantesca plataforma donde transportaban durmientes. No lo pensaron dos veces. Se camuflaron entre los maderos, tratando de pasar inadvertidos. Estaban convertidos en polizones.  El corazón les dio un gigantesco vuelco cuando partieron a destino. Así llegaron.

Cuando estuvieron en “Aguas Calientes” listos para trepar a la ciudadela inmortal, encontraron una inusitada algarabía juvenil de una gran cantidad de alumnos de todas las regiones del Perú, especialmente de Lima. Cada grupo tenía el distintivo de su chompa escolar. Guadalupe con su chompa celeste y su clásico escudo; Alfonso Ugarte de granate, con una AU amarilla en el pecho; Dos de Mayo del Callao, con divisa verde; los “chocolateros” del Leoncio Prado con coquetonas chompas azules y muchos otros grupos más. El bullicio era impactante. Cuando todos los excursionistas se aprestaban a partir, los anfitriones hicieron escuchar una trompeta y mediante unos altoparlantes enormes, dijeron: “Bienvenidos al Ombligo del Mundo: el Cusco. Vais a conocer el santuario de nuestros antepasados. Como cada una de las delegaciones ha venido premunidos de sus chompas distintivas correspondientes, se premiará a la primera que logre izarla en el “Inti huatana” que es la parte alta de Macchu Picchu. Esa delegación será la campeona. Partirán en cuanto suene el pistoletazo del juez especial, miembro del Ministerio de Educación. ¡Suerte a todos!”. La información avivó los más grandes ímpetus de los muchachos que estaban listos para partir. El grupo de los cuatro expulsados que se hallaban alejados de sus compañeros carrioninos, “haciendo de tripas corazón” hicieron lo propio. Como no se había fijado ninguna clase de reglamento especial, Humberto hizo en voz alta la siguiente reflexión: “Nosotros los cerreños somos gente de puna, estamos acostumbrados a correr en altura, así que podemos hacernos del triunfo. Para lograrlo, no iremos como el resto, por la ruta establecida. Cortaremos camino y avanzaremos verticalmente y no en zigzag como ellos. En consecuencia está en nosotros el ganar la carrera. Vamos”.

Partieron como una exhalación. Era la última esperanza de conseguir la amnistía. Eso les dio un valor especial. Partieron. Avanzaban formando una sólida unidad cuidando uno del otro como hermanos. Jamás sospecharon que tendrían que vérselas con innumerables dificultades.  El suelo resbaladizo cubierto de zarzales espinosos y abundantes así como cactus hirientes en donde fueron lastimándose y dejando algunos retazos de pantalones y camisa. Sin mirar hacia abajo sus gritos eran los únicos eslabones que los unían. Si al comienzo les acompañaba el recio murmullo de los otros muchachos en competición poco a poco fue disipándose el eco de esos sonidos hasta que sólo sintieron sus propios y únicos pasos. El sol alumbraba esplendente desde arriba, llenándoles de sudor y secándoles los labios. Sintiéndose desfallecer avanzaron impertérritos cuando alcanzaron a oír unas voces que desde la parte alta los alentaban. Eran los miembros de la comisión que certificaría la llegada de los concursantes. Renovaron sus fuerzas y en medio de aclamaciones coronaron la cima. Cumpliendo con lo dispuesto, izaron sus cuatro chompas carrioninas que, en ese momento eran los gonfalones de un triunfo.

Una banda de música colocada exprofeso, atacaba una fanfarria triunfal que se escuchó en el trayecto. Anunciaba el arribo de los triunfadores. Emocionados los ganadores se abrazaban y recibían los parabienes del jurado. Fue una algarabía inusitada. Tuvo que transcurrir como media hora para que el primer pelotón de alumnos que competían asomara a la meta. Sorprendidos se enteraron de que los primeros habían cruzado la meta. Una bocina descomunal centuplicaba el anuncio que el Colegio Nacional Daniel Alcides Carrión del Cerro de Pasco, había ganado la competencia. Los abrazos y aplausos generalizados retumbaban entre aquellas murallas milenarias. El alma les volvió al cuerpo cuando vieron venir, exultantes de orgullo y alegría, al Director y al inspector que venía a estrecharlos en un abrazo extraordinario. La aflautada voz del Director se escuchaba entre los recios murmullos de la muchedumbre. “¡¡¡Estos son nuestros mejores alumnos del Carrión y hoy día han dado una muestra más de su valía!!!”. Las fotografías y felicitaciones y aplausos menudearon. Al abrazar a cada uno de los triunfadores repetía ronco de emoción. “Muchachos, siéntase nuevamente cómodos en su delegación que los recibe con los brazos abiertos. Han conseguido nuestro perdón. ¡¡¡Enhorabuena, campeones…!!!”. Muchas delegaciones reclamaron posar con los campeones que tuvieron que volver a ponerse sus chompas triunfadoras con un C.N. C en el pecho. Aquello fue inolvidable. Desde entonces, han transcurrido sesenta años.

Continúa….

La juventud cerreña de aquellos días del prefecto (Segunda parte)

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El joven Tomás Alunni cansado de recibir tanto castigo en la escuela, un día se rebeló. No fue el tener que arrodillarse sobre agudas chapas clavadas sobre duros maderos, ni los palmetazos, ni rebencazos a calzón quitado para que abandonara  los estudios. Lo que no pudo soportar fue que, cada mañana, delante de todos los alumnos se le humillara poniéndolo al frente como ejemplo de indisciplina, de incumplimiento de tareas y, más aún, de incompetencia. Bien sabían sus maestros que él se defendía heroicamente en cada uno de los cursos que dictaban, sólo que a veces sus cuadernos no estaban al día. Para eso, estudiando le robaba horas al sueño del trabajo nocturno en la panadería del español Daniel Sascó. Allí se amanecía de claro en claro ayudando a los maestros panaderos y, a las siete de la mañana, después de despachar los panes en los carros que iban a los campamentos mineros, tomaba su “Chimpuca” –bebida parecida al café hecho con las cenizas del pan quemado- con dos toletes y marchaba a la escuela. ¿Qué tiempo le quedaba para hacer las tareas? Eso, todos los días. Su pobre madre, fámula de los Nicander, cayó en la desgracia al enamorarse del italiano Guiseppe Alunni, un empleado de los Sibille que un día desapareció dejándola embarazada. Aferrada a su hijo como a una tabla de salvación le dio todo lo que estaba a su alcance, aunque era muy poco lo que tenía. El muchacho tuvo que trabajar para ayudarla.

Con el tiempo fue creciendo hasta alcanzar una talla notable. Sus músculos tomaron consistencia de acero y su carácter manifiesta hosquedad. Levantisco y pendenciero, aún muy joven, se convirtió en un gran trompeador. Eran continuas sus broncas con Lucho Llanos de la Matta, los hermanos Woolcott, Israel Huamán, “Rogromanca” Mendoza, “Piñachuncho” Bustamante, “Muqui” Torres, “faites” cerreños de aquellos años. Fue el único capaz de bañar en sangre y dejarlo sin sentido al descomunal matón de la escuela un tal Marcial Riofano, sargento licenciado del ejército que tenía bajo el dominio del terror a la chiquillería de la escuela.

Precoz adolescente, alto, blanco, de cabellos rubios y encrespados, advirtió que su sex – appeal crecía notablemente abonando su ego. Entonces decidió aumentar su atractivo asistiendo al gimnasio del italiano Paolo Merello, paisano y amigo de su padre. Lo que consiguió en poco tiempo fue admirable. Un envidiable cuerpo atlético y un poder de seducción inigualable.

Por aquellos años arremetía con furia la fiebre del Catchascán. Los jóvenes peruanos no hablaban de otra cosa. Los periódicos de entonces, especialmente, “La Crónica”, con extraordinarias fotografías refería las hazañas del “Yanqui” en el vuelo final de su invencible avión; “El Conde” y su doble Nelson; “El Tanquecito” y su candado demoledor; “Renato el Hermoso”, perfumado y chuchumecón, maestro inigualable de la doble clavada; Vicente García, atuendo de torero y técnica excepcional; los elegantes “Rey Namur”, “El Peta”. Otro grupo -el de los odiados- cochinos como ellos solos, sin ley, sin contención arbitral posible, sin asco, “Penado 14”, “Marciano”, “Aragón”, “El Toro”,  “Jack Sabú” , “El Mogol”, y “La Hiena Chaqueña”.

Su aspiración de ser destacado luchador lo llevó al “Recreo Carrión”, catedral del deporte cerreño. Allí, con otros aficionados como él, fabricaron el ring y tras clavar durmientes y tablas, parchar lonas y amansar sogas comenzaron el arduo entrenamiento inventando llaves, ejercitando tacles y patadas voladoras. A un costado, barras y argollas, pesas y mancuernas. Aquí se prepararon por un buen tiempo, Israel Huamán, Roberto Woolcott, Etelvino Segovia, Elpidio Gamarra, Román Suasnabar, Carlos Minaya Rodríguez y el joven Tomás Alunni. Para estar a tono con la moda, urdieron sus apodos correspondientes: “El Corsario”, “El Capitán Maravilla”, “El cruel Bucher”, “El Gran Segovia”, “El Rebelde”, “Montañita”, “Tanquecito” y el debutante, “Pulpo”. Así se hizo llamar Tomás: “El Pulpo”.

La ilusión provinciana del éxito y la expectativa generalizada de la afición, experimentó un remezón extraordinario cuando se anunció la presentación de la “Caravana del Luna Park”, con su selección de notables luchadores.

Aquel día no cabía ni un alma más en el “Recreo Carrión” – viejo corralón adecuado para el caso- en el que, además de las incontables “sillas de ring” que costaban un ojo de la cara, se adecuaron galerías laterales para las “populares”.

Tras la presentación de luchadores locales, se efectuó una notable exhibición de las estrellas nacionales del catch. Todos quedaron felices y contentos. Tomás Alunni no perdió la oportunidad y habló con el jadeante administrador Max Aguirre y fue aceptado para integrar la caravana, pero no como luchador, sino como muchacho de mandados y utilero. A él no le importó. Ya se ganaría el ascenso. Lo importante ya lo había logrado: entrar en ese mundo de ensueño. Empacó sus magras pertenencias, recibió la bendición de su madre, y sin decir una palabra a nadie más, partió con la “troupé” de espectaculares fortachones.

Al instalarse en un cuartucho del “Luna Park” de Lima estaba cumpliendo la primera parte de su sueño de joven hasta entonces despreciado y mal visto. Se convirtió en el diligente y rápido muchacho de los mandados; el carpintero que arreglaba sillas, graderías e instalaciones; el artista que iluminaba los llamativos carteles anunciantes; el atinado remendador de lonas del ring y la carpa. Los luchadores, testigos de la agotadora gestión del joven provinciano, no sólo le dispensaron su amistad sino también su admiración. Entretanto, él no perdía ocasión de observar los diarios  entrenamientos y participar de ellos y, con un trabajo tesonero y constante, desarrolló  masas definiendo  músculos. Después de un buen tiempo y viendo su considerable progreso,  “El Chiclayano” -su amigo del alma-  consiguió que debutara en una pelea inolvidable en la que doblegó a “Jack Sabú”. Desde entonces los triunfos de “El Pulpo” se sucedieron uno tras otro con extraordinaria regularidad. Dejó de ser el muchacho de los mandados y las reparaciones y, “pinta brava”, se convirtió en un atractivo luchador, admirado por el elemento femenino numeroso y pugnaz. Engrosó la fila de luchadores limpios de técnica  depurada y “La Crónica” comenzó a promocionarlo. Un día, cuando nominaron la selección peruana de luchadores para competir en la “Arena México”, con los mejores del país del norte, él fue seleccionado. Allá triunfó rotundamente. Revistas y periódicos alabaron su técnica depurada y su hombría de bien dentro y fuera del cuadrilátero. Al final de la exitosa temporada, sólo sus compañeros retornaron al Perú.  Él, entusiasmado por el ambiente y la acogida que le habían brindado, decidió quedarse en México.

Así pasaron años sin que se supiera más de él. Un día, la juventud coetánea del campeón que llenaba la sala del cine Grau, quedó atónita y boquiabierta. Entre los créditos de la película, “Huracán Ramírez” y  junto a los nombres de Wolf Rubinski, Crox Alvarado y David Silva, con caracteres nítidos y en lugar preferente, aparecía el nombre de Tomás Alunni, “El Pulpo”, el niño que vendía periódicos y comía en el refectorio escolar, el impenitente trompeador, el que no sabía resolver problemas de matemáticas pero que era capaz de salir bien librado de agudas tomas y palancas, de tacles y tijeras. Un bullicio extraordinario invadió la sala que se convirtió en un manicomio. Paco Acquarone y Papi Beloglio, amigos del alma y descendientes de italianos como él, lloraban a moco tendido. Cada vez que repetían los pasajes de la película en la que aparecía el cerreño triunfador, un torrente de aplausos, silbidos y hurras se sucedían. Una semana entera estuvo exhibiéndose la película y, en ese lapso todo el mundo la vio. Un día, en silencio como se había ido, llegó a su tierra y después de visitar su escuelita de Patarcocha 491, regresó a Méjico. Se llevaba a su madre y los que los vieron partir en el ferrocarril aseguraban que iba llorando como un niño.

De aquello ha transcurrido muchos años. No podemos olvidar la extraordinaria experiencia que vivimos aquellos días al presenciar el triunfo de un muchacho cerreño que quedó allá en la generosa tierra mejicana. Nada alimenta tanto el espíritu como cuando se ve que tras la odisea corrida, asomar la figura de un triunfador, Tomás Alunni, “El Pulpo”, lo fue.

Continúa….

Cómo se planificó nuestra ciudad

En respuesta a una interrogante formulada por nuestro amigo César Córdova le decimos que, San Juan Pampa (La nueva ciudad del Cerro de Pasco), fue planificada por un organismo especial del Ministerio de Vivienda. No intervinieron para nada don Alberto Benavides de la Quintana ni ningún otro planificador. A continuación –para su conocimiento- hacemos referencia al nacimiento de nuestra ciudad allá en los lejanos tiempos del siglo XVI (1567)

mapa-de-la-ciudad-cdepCuando los primeros mineros españoles descubrían una veta, de inmediato la cercaban. Al centro abrían la bocamina y, en parte preferencial, su residencia. Muy junto, la bodega, donde guardaban su mineral bajo siete llaves, insumos y herramientas laboreras. Un poco más allá barracas para los obreros y cuadras para las mulas. La convertían en bastión  inexpugnable. Otro español -minero también- hacía lo propio en sus dominios adyacentes, eso sí, dejando entre propiedad y propiedad, una calleja para el libre tránsito de hombres y acémilas.

Tierra frígida, trepada en la montaña, accesible sólo por inverosímiles caminos recorridos por jadeantes mulas cargadas de plata en la época de la ambición; cruzada por zigzagueantes rúas que van al norte, giran al sur, trepan caprichosas elevaciones, descienden raudas, se estrechan en tortuosos pasajes y se encuentran agotadas en callejones sin salida. Calles sin orientación ni concierto, sin las clásicas cuadraturas hispánicas; frías, indecisas, rebeldes y desconcertantes, por donde trajinaron los aventureros de allende los mares. Calles de sangre y reyertas con balcones añosos y misteriosos, de expeditivos romances y oscuros conciliábulos. Calles, fruto de la improvisación y la ligereza; nacidas siguiendo la accidentada superficie de su suelo.  Con una personalidad única, inconfundible, que no se repite en otro rincón de la tierra. En diversas épocas, esta belleza montaraz se ha plasmado en los cuadros de Leoncé Angrand, Rugendas, José Sabogal, Julia Codesido, Camilo Blas, Camilo Brent. Aquí nadie vino a fundar una ciudad. Nadie. Lo único que importó –entonces como ahora- fue explotar sus riquezas. Los primeros invasores creyeron que aquellas camadas de plata abundante y de primerísima calidad, pronto de agotarían, por eso todo lo hicieron al desgaire, al acaso; total nadie pensó que esa abundancia fuera enorme. Mientras tanto, guardaron el oro que pudieron para ir a vivir a otros lugares más bajos. Todos pensaron así, propios y extraños. En tanto poseyeron aquellas riquezas, orgullosos, quisieron obtener títulos nobiliarios para codearse con lo más empingorotados jerarcas del virreinato y, los compraron. Qué diferencia con los mexicanos. Ellos reconocieron la grandeza de Dios que tanta benevolencia les daba y en reconocimiento edificaron soberbias catedrales, iglesias y santuarios que, pasados los años, proclaman lo acertado de su previsión a las actuales generaciones.

Desde el momento auroral de su vida, nuestro pueblo fue el manantial que proporcionó los fondos que solventaron los gastos del país. Con el tiempo, nada ha cambiado. De sus minas salen los interminables caudales que sirven para construir, hospitales, cuarteles, fábricas, catedrales, avenidas, paseos, parques, puentes, en otros lugares del Perú… Con sus riquezas compran barcos, aviones, cañones, tanques, misiles, fusiles, balas…. De sus minas salen los fondos para solventar los gastos de tanta transacción inmoralmente negra de la que salen ganando delincuentes de cuello y corbata encaramados en los gobiernos de turno. De sus minas salen los fondos para aliñar otras ciudades que no han dado ni siquiera el 10% de lo que el Cerro de Pasco le ha dado al Perú. De sus entrañas salen las fortunas para edificar  confortables palacetes en otras ciudades como Huancayo, Tarma, Huánuco, Jauja y especialmente Lima. Las casas sólidas y hermosas que tuvo el Cerro de Pasco, fueron reducidas a escombros por las máquinas, los explosivos, la dinamita, el anfo. ¡Qué diferencia con Potosí, Guanajuato, Charcas, Zacatecas, Pachuca, Real del Monte!… Mientras que en aquellos lugares –mineros también- se elevan majestuosas cúpulas de catedrales y monasterios, aulas de universidades, esplendor de teatros, boato de  casonas solariegas, inacabable dimensión de haciendas y cortijos: aquí, los edificios precariamente construidos, agonizan desde su nacimiento y cuando los ricos se marchan definitivamente –los de antes y los de ahora- cargando hasta el último centavo de sus caudales, sólo escombros e ingratitud dejan en pago de tanta benevolencia. Ninguno de los ingratos –propios o extraños- han legado nada para esta tierra generosa. ¡Y han sacado tanto! Así ha nacido esta tierra frígida, sobre un basamento de plata anonadante, de refulgentes vetas de oro tumultuoso, de zinc finísimo y abundante; de pesado, sólido y variado plomo; de rojísimas camadas de cobre; espectacular afloramiento de estaño, bismuto, antimonio, cadmio, tungsteno, molibdeno, cinabrio, indio, vanadio; luminosa florescencia de cuarzos amatistas, glaucos, cerúleos, zarcos. ¡Cerro de Pasco, arca maravillosa de subterráneos tesoros!

Aquellas celebraciones carnestolendas en homenaje a la mujer cerreña, en la que se interpretaba la muliza, creación musical de los muleros cerreños, jinetes de leyenda que desde lejanos pagos argentinos de Córdoba, Jujuy, Mendoza, Salta, Entre Ríos, conducían miríadas de mulas para los rudos trabajos mineros. En esos tres días de jolgorio había desfile de soberanas en carros alegóricos y comparsas de disfrazados. Reinas con fastuosas cortes de honor y pimientas, escoltadas por  Guardia Mayor, Cancilleres, Chambelanes, Infantes y Delfines; damas de blancas o rubias pelucas glamorosas con tocados de seda, orillos centelleantes, barras de paño, caireles de ensueño y zapatitos áureos y brillantes; detrás, la numerosa escolta de impactantes disfrazados: gallardos húsares de morriones, capisayos y guantes; extraños príncipes de lejanas geografías, personajes milyunanochescos con alfanjes, dagas de empuñaduras de pedrería, guantes y fornituras de cuero; pierrots de caprichoso vestuario; vaqueros del Far West, con pistolas en cartucheras de cuero; fantoches comiquísimos, árabes, otomanos y turcos; emperadores chinos de luengos bigotes y trenzas enormes; incas de lujoso atavío, mamaconas, vestales y ñustas de colorines y abalorios indianos; elegantes señorones de cuidados fraques y chisteras; payasos, duendes y fantasmas; notarios cegatones de espectaculares narices rojas, pilosas con tamaños lunares, cargando enormes lapiceros y  libros de utilería; saltimbanquis, gitanos y adivinos; piratas de llamativos pañuelos, tuertos y tatuados; corsarios de manos de gancho, pata de palo y espadas en ristre, siempre fieros y mal encarados; corsarios con sombreros de tres picos y libreas caprichosas; comparsas de los clubes carnavalescos: Calixto, Cayena, Mefistófeles, Vulcano, Apolo, Lira Cerreña, Tahuantinsuyo, Filarmónico Andino, Lira Andina…Guitarras, mandolinas, bandurrias, saxofones, fríscoles, violines, cornetines y voces… . En los tres días se estrenaban mulizas inolvidables, chimaychas y huaynos de leyenda.

mineralesSobre mi escritorio tengo una joya inigualable. Sobre un níveo basamento de cuarzo blanco estibina, semejante a nieve recién caída, emergen numerosos cristales piramidales de irisadas conformaciones: rojos, verdes, amarillos, azules, que refractaban colores amatistas, glaucos, cerúleos, zarcos… Son las flores del Cerro de Pasco. Lindas. Eternas. No las que crecen superficialmente a flor de tierra y se tronchan pronto, no, no. Éstas son esencia viviente de sus entrañas; flores que jamás se marchitan. Tienen aroma de eternidad. Dura lo que dura la vida. Siempre brillantes, siempre vivas, como el alma del pueblo cerreño.

 

 

 

 

 

La visita del Campeón mundial (Segunda parte)

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Como se convino, se hizo. Firmado el contrato y abonado el adelanto acordado, le alcancé el nombre de la Agencia de Viajes, lugares de alojamiento y restaurantes cerreños. Viajó en la Agencia Arellano, se alojó en el Hotel América y estuvo presente en la ciudad el mismo día de la primera presentación. Por la tarde salimos a dar una vuelta por calles que él quería conocer.

Era una tarde muy fría de fines de julio cuando las rúas aireadas hasta el extremo son en verdad heladeras insoportables. Habíamos salido después de almorzar a recorrer las calles de la ciudad. Él muy bien abrigado con sobretodo negro y chalina a cuadros resaltando las canas que se habían invadido su cabeza; parecía un artista de cine al que todos miraban admirados. Unos los reconocían, otro no. Recién aquella noche haría su debut en el “Club de la Unión”. Anduvimos de extremo a extremo de la ciudad. En ese tiempo hice lo que don Gerardo Patiño había hecho conmigo un día que había retornado a su tierra. Le fui relatando los nombres, la importancia histórica y los personajes más notables que habían ocupado cada una de las calles que veíamos; sobre todo los más impactantes acontecimientos gratos e ingratos que allí habían acontecido. Nuestra caminata en ese sentido fue fructífera, amena y prolongada. Cuando nos dimos cuenta, ya era de noche. Para atenuar el helor que ya hacía tiritar al campeón decidimos entrar en el primer restaurante que encontráramos para beber un café bien caliente. No lo pensé dos veces, lo llevé al “Casino”, allí se tomaba el mejor café del Cerro. Buena, César. Por lo que puedo ver, también es un billar; recuerda, me dijo:”El café es como un país. Un lugar no comprometido, salvo con el propio código que el café de billares inventó. Es un lugar pacífico. Hay lealtades. Nadie rompe ese código. Los hombres se sienten libres, dejan fuera la vida de todos los días y entran al ocio –confesaba el maestro– por ejemplo, ninguna mujer los busca allí. No hay presión externa de ningún tipo. Y aún en la crisis hay un lugar para la risa. Ése es el billar”.

Ni bien traspasamos las mamparas del local nos dimos frente a una soberbia mesa de billar. Adolfo quedó clavado en el piso como sorprendido de verse frente a una joya invalorable. ¡Carajo! -Exclamó sorprendido- ¡Esta es una mesa cojonuda, César, cojonuda! En Lima no hay ninguna, solamente en Italia he encontrado una que se le parece, está en Génova, en la casa de un capo de la mafia. Buscó en los costados y encontró una placa de bronce, empañada por el tiempo, con el nombre del fabricante. (Renzo Antonio Giovanni Pecchenino Raggi, Ottone, Italia 1864). ¡Claro- le oí decir- esta es una mesa italiana! En ese momento salía de las habitaciones interiores doña Clementina, la mamá de “Papi” Beloglio. La viejita, de andar cansino, abrigada con ropa gruesa y unas medias de lana dentro de amplias alpargatas; canas en desorden enmarcando el apergaminado rostro, otrora rubicundo, tomando los vuelos de su delantal ensayó una amplia sonrisa: ¡Bienvenidos, jóvenes. ¿En qué puedo servirles?- dijo. Mire mamita, aquí mi amigo acaba de llegar de Lima y quiere tomarse el buen café que usted sabe preparar; así que quisiéramos dos tazas bien calientes con los bollos sabrosos que, por el aroma que invade la sala, anuncia de que están saliendo. ¡Enseguida, muchachos!, dijo y despareció por las umbrosas habitaciones interiores. ¡No sé cómo lo vas hacer, hermano, pero sin que se dé cuenta de nuestro interés, dile que quieres comprarle la mesa! Que te diga el precio. ¿Ya? Es más, para que ni sospeche, pídele las bolas, nosotros simulamos un partido y recién en ese momento le lanzas la propuesta. ¿De acuerdo? Así lo hicimos. Bebimos dos deliciosas tazas de café de Villa Rica, con bollos riquísimos que amasaba la señora Beloglio, luego pedimos las bolas y solicitamos que apunte el tiempo. Cuando tuvimos las bolas, Adolfo hizo varias corridas y con las manos las hizo rebotar en las bandas. Quedó extasiado. Cada vez que hacía eso exclamaba. ¡Carajo! Y me miraba de una manera misteriosa como si fuera dueño de un secreto mayúsculo. ¡Esta mesa es cojonuda, César, ni el Club Nacional, ni el de la Unión, donde enseño a mis viejos alumnos tienen una mesa como ésta! ¡Dile que te la venda! Si acepta yo se la vendo al Club Nacional y, claro, te doy tu parte. ¡Si la ven los viejos del Nacional, se van a quedar virolos de admiración! Nos enfrascamos en el “partido” que no duró mucho. Concluido éste, como quien no quiere la cosa, le ofrecí la compra a la viejita. Ella quedó mirándonos un buen rato como queriendo descubrir el móvil del ofrecimiento. Yo por mí, te la vendería hijo. A mí no me trae más que problemas. Me tengo que pasar horas de horas controlando el tiempo de alquiler y, esto me hace daño. Ya no estoy para esos trotes. La mesa se la dejó el difunto Mateo a su hijo; es de él. No creo que quiera venderla por ningún motivo. Es el único recuerdo, junto con esta casa que le ha dejado. No dijo más. Cuando abandonamos la estancia, con el rostro cuajado de tristeza, Adolfo nos contó esta extraña anécdota. “Vivía yo en Italia en 1960 y tenía muchísimos amigos, especialmente los que trabajaban en la fábrica Lambretta. Esa que fabricaba motonetas ¿Recuerdas? Bueno, a la salida del trabajo nos encontrábamos con ellos y nos íbamos a jugar en un pueblo cerca de D´Onofrio. A poco de llegar ya los curiosos habían llenado el local. Con ese crecido auditorio yo jugaba con los que quisieran. En medio de aplausos acumulaba buena “guita” que enviaba a mi vieja. En pocos días llegaban muchos aficionados de los pueblos vecinos con el fin de enfrentarme, pero los derrotaba a todos. Así, sin quererlo, mi fama creció y en muchos pueblos vecinos no se hablaba de otra cosa. Un día que llegamos al billar, unos cuatro sujetos muy elegantemente vestidos, nos estaban esperando. Muy amablemente, por supuesto, me dijeron que una persona muy importante quería conocerme y que habían venido a llevarme. No lo pensé dos veces. Subí al carro que habían traído y partimos con dirección a las afueras de la ciudad. Cuando llegamos, nos dimos con que era una casona magistral, de esas que sólo se ven en las películas. Bajamos y me hicieron pasar a una sala enorme, muy lujosa, llena de comodidades espectaculares, con paredes de mármol, espejos y alfombras rojas en todos los ambientes. Esperé un buen rato y cuando se abrió la puerta principal apareció un hombre alto, fornido, adornado de anillos, esclavas y un enorme reloj de oro. Con una sonrisa que le desbordaba los labios me extendió las manos y me dijo: Gracias por venir. Tenía deseos de conocerlo. Soy Lucky Luciano. -¿El capo de la mafia? –Preguntamos- ¡El mismo! – contestó. Sacó de un vargueño unas copas y sirvió Campari y me lo alcanzó. A partir de ese momento el tiempo se hizo más cómodo, alegre y placentero. Luego vinieron los vermut bien servidos coronando las conversaciones. Gancia con Campari, Cinzano con Fernet o con simples toques de limón. Nos encontrábamos como en una fiesta. Después de los tragos, como quien saca algo especial de la galera, descubrió con unos pases como de magia, una mesa que estaba cubierta al centro de la sala. ¡Me quedé admirado! Era una mesa enorme, lujosa, con todas las de reglamento. Era una mesa igualita a esta que acabamos de ver. Preciosa. La mejor mesa del mundo. Al rato ya estábamos ensimismados en una partida espectacular. El hombre se defendía, pero yo jugué de fantasía que lo volvió loco. Nos hicimos grandes amigos y alternamos en memorables partidos, yo naturalmente, alargándola; para no herir susceptibilidades, hasta que tuve que venirme. En todo momento fue un gran caballero y cuando nos despedimos me hizo un regalo muy impresionante. Pero lo que no he podido olvidar es que había jugado en una mesa extraordinaria y, fíjense lo que son las cosas; aquí, tan lejos de Italia me vengo a encontrar una mesa igualita que ni en Lima existe. Son las sorpresas que a uno le depara la vida”.

Así llegó la noche del debut. Las instalaciones del Club de la Unión estaban completamente colmadas. Desde lugares lejanos habían venido los socios y simpatizantes a los que ubicamos de la mejor manera posible en derredor de la mesa. A las nueve de la noche, como estaba programado, ingresaron las autoridades deportivas escoltando a nuestros invitados que lucían impecables smoking negro y camisa fina blanca con “michi” negro. Flor de elegancia. Tras los aplausos, palabras de bienvenida y el correspondiente himno nacional, comenzó la exhibición.

Estoy seguro que la gente que estuvo aquella noche no ha olvidado la excelente muestra de virtuosismo, elegancia y precisión. Utilizando algunos aditamentos que estaban en la sala, hicieron increíbles carambolas después de cada cual explotaban los aplausos de admiración y afecto para el artista que nos visitaba. Hubo momentos en los que las carambolas se sucedían fuera de la mesa llenando de emoción a los espectadores. Fue inolvidable lo que hicieron. Al final, el Club los premió con sendos presentes de elegancia y alto valor. ¡Se lo merecían! Igual ocurrió en las instalaciones del Club Esperanza y en los otros escenarios que lo presentaron; mucho más en el Sindicato de Obreros que estaba tan repleto de tope a tope que tuvo que hacerse dos funciones con los plácemes de nuestros invitados que estaban muy emocionados. Pocas veces habían visto tal despliegue de expectativa, atención y aplausos.

Ésta, como las noches que se sucedieron, lo llevamos a la “Esquina del Morocho” tanguero lugar donde se reunían los bohemios de viejos tiempos. Allí fuimos recibidos por ese caballero inolvidable, don Félix Llanos Alvarado, administrador y gran cantante de tangos que se presentaba en la radio con el seudónimo de “El Paisano”. Aquella noche descubrimos admirados otra faceta verdaderamente interesante de nuestro campeón mundial. No sólo era un conocedor de la historia del tango, sino también acertado intérprete que nos encandiló con su virtuosismo interpretativo. No nos extrañaba, su abuelo, don Adolfo Perret había fundado, junto con otros artistas, el Conservatorio Nacional de Música, un tío suyo fue el primer violín de la Sinfónica Nacional y, otro tío, maravilloso intérprete de jazz; su señora madre, profesora de piano. De raza le venía al galgo. Entre canción y canción, alternando con don Lucho Llanos y el acompañamiento de Lactayo y Carlitos Reyes Ramos, hablamos bastante de tango y algo de la vida de nuestro ilustre visitante. Aquella noche nos enteramos por ejemplo que había vivido en Buenos Aires, alojado en la pensión Junín, donde se encontraban gran cantidad de peruanos. “Allá –nos decía- hay una calle muy cerca de la Plaza Mayo que lleva el nombre de esta ciudad y otra de Ayacucho. Otra también de Junín. Es decir, en Buenos Aires se le rinde homenaje a estos pueblos históricos, lo que en Lima no se hace. ¡Qué cojudez!”. “Ahhh y para comer no hay otro lugar. Con Humberto Cervantes y Javier Gonzáles nos pegábamos unos atracones de bifes y no dejábamos sino los huesitos en el plato. Los precios estaban al alcance de todos los bolsillos y, combinándolos con vino tinto, era lo mejor que se podía engullir. Por aquellos años –seguía relatando- habían triunfado ampliamente en Radio El Mundo, los “Trovadores del Perú”, integrados por Oswaldo Campos, Javier González y Miguelito Paz. Bueno es que el Director Artístico de la Radio era nada menos que el artista peruano Jorge Huirse de reconocida trayectoria allá. Él llevó también a la “chola” Jesús Vásquez y más tarde a Luis Abanto Morales. Todos ellos nos hicieron quedar muy bien así como la linda Alicia Lizárraga. Por aquella época se nos respetaba mucho en todos los terrenos. Hasta en el fútbol, José Soriano había sido capitán de la máquina del River Plate y estaban otros guardavallas como Honores, el “chueco”. Carajo, era de ver aquello”. Cuando entramos en el terreno del tango, ya era otra cosa. Se habló con mucho calor de intérpretes, creadores y músicos notables, comenzando por Carlitos Gardel, Le Pera, Magaldi, Hugo del Carril, la Tita Merello, Azucena Maizani, Libertad Lamarque, Julio Sosa, Horacio Malbrán, Tito Podestá y tantos otros, para “graficar” las remembranzas, entre trago y trago, escuchábamos las joyas que don Lucho tenía en su discoteca. Se habló también de las orquestas de Alfredo D´Angelis, Pichuco Troilo, “Pancho” Canaro, Astor Piazzola, Héctor Varela. Se puso mayor énfasis cuando se habló de “Chepolín”, Enrique Santos Discépolo, el campeón interpretó su tango “Cambalache” y, en respuesta, el Paisano interpretó “Yira, Yira”. ¡Qué noches aquellas! Inolvidables, llenas de calor humano y amistad. Cuando nos dimos cuenta, ya había amanecido y las primeras luces asomaban tímidas por los ventanales del “huarique” querido. Entonces nos fuimos a dormir.

La siguiente noche, igual éxito e igual reunión, esta vez en el Club Esperanza de los gringos. Aquella noche nos contó que el mote de “La vieja” con que también era conocido, se debía a que su madre, para evitar que se perdiera con el billar, que por aquellos días era deporte de vagos y buenos para nada, en cuanto se enteraba dónde estaba, iba iracunda a rescatarlo de las garras del vicio; los muchachos al verla venir gritaban “!La vieja”! y desaparecían como por encanto. Ella entraba en el billar y a carterazos me sacaba del lugar. De allí me quedó la chapa. Mi padre era argentino, músico –relataba-, mi madre, profesora de piano. Cuando mi padre murió, fue mi vieja la que me mantuvo y me dio todo lo que necesitaba. Estudié secundaria en Guadalupe, nada más. Aprendí a jugar el billar desde 1945 con un grupo de amigos, desde allí no me he desprendido de la tarea. El billar es mi vida. Conozco casi todas las mesas que hay en Lima y en todas he jugado. Para llegar a dominarlo se necesita mucha concentración e inteligencia. El Billar es también un deporte ciencia como el Ajedrez. Ambos requieren de mucho esfuerzo y no lo deben satanizar. En otros países comienzan a jugar muy temprano, por eso es que han sacado muchos campeones, en cambio aquí, uno recién puede entrar cuando tiene libreta militar; es decir cuando ya es muy viejo para aprender.

Muchos recuerdos nos dejó Adolfo, Campeón Mundial de Billar, amigo del Cerro de Pasco. Partió hacia el viaje sin retorno el 14 de abril del 2001. Siempre lo recordamos y él, por su parte, las veces que nos volvimos a encontrar me decía que no olvidaba que aquí, cerca del cielo, estaba la mejor mesa de billar del Perú.

 

SE NOS FUE JULIO

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Julio está presente en el homenaje que recibimos del Congreso de la República al cumplirse cincuenta años de la Heroica Marcha de Sacrificio con la que logramos nuestra Universidad Daniel Alcides Carrión.

Una noticia que acabamos de recibir, nos anonada enormemente. A las tres de esta tarde ha dejado de existir nuestro entrañable amigo, Julio Baldeón Gabino. Ayer tarde estuvimos con él en su lecho de dolor en la sala de emergencias del Hospital Rebagliati. Teníamos la esperanza que con el tratamiento al que había sido sometido superaría la cruel enfermedad que lo aquejaba, pero no, la parca pudo más y, se lo llevó.

En su fraternal y última conversación –aún con la debilidad que dejaba entrever sus palabras- recordamos a los más queridos amigos y numerosos pasajes vividos. Las incontables anécdotas en el campo deportivo cuando desempeñaba el cargo de máxima autoridad de nuestro futbol; en el ubérrimo campo del teatro cuando nos deslumbró con una actuación soberbia en “El Fabricante de deudas”, lo mismo que en la radio donde presentamos muchas comedias. Lo más inolvidable que realizó fue su cruzada por nuestra música popular. Todos los domingos, cuando “el sol estaba en la cintura del día” nos deleitaba haciéndonos conocer la grandeza de nuestro folclore. Esto, por muchos años; más de cinco décadas.

Hace cincuenta y tres años, cuando caminábamos para conseguir nuestra universidad, fuimos sorprendidos por una lluvia infernal en el momento de atravesábamos la alta zona de Ticlio. Pensamos que aquella tormenta  podría mellar el bravo carácter de los muchachos, para que esto no ocurriera, por sobre el chasquido de la lluvia, rayos y truenos, con Julio comenzamos a cantar a voz en cuello una vieja canción de nuestra tierra; nos siguieron hombres y mujeres como una bravía respuesta al terrible reto del tiempo.  Sólo Dios sabe que nuestras lágrimas se confundieron con aquel temporal. Ese día lo vi  muy emocionado y ayer lo hemos recordado.

Cada vez que nos encontrábamos, atando viejos recuerdos, desandábamos viejos caminos que ahora tendré que caminar solo. Hay tanto para contar al respecto y pronto lo estarán leyendo los amigos que bien me quieren. Entre tanto, con el alma muy emocionada, pido al Divino Hacedor, le conceda el descanso eterno a que tiene derecho. Hermano Julio: Descansa en paz.