Cerro de Pasco es la ciudad nacida en la linde de las nubes tras un perverso despojo

cuadro de Wilmar Cosme
MAGNÍFICO CUADRO ALEGÓRICO DE NUESTRA TIERRA, OBRA DEL DESTACADO PINTOR CERREÑO, WILMAR 0RLANDO COSME CALZADA, NOTABLE INTÉRPRETE DE NUESTRA REALIDAD.

Nunca antes una ciudad se había aposentado en las astrales lindes de las nubes, cerca del cielo. Nació a mediados del siglo XVI, cuando en las Cajas Reales de Lima, los españoles vieron asombrados sin dar crédito a sus ojos, montones de plata purísima, blanca como queso fresco y enorme como su admiración, “del tamaño de las balas de cañón”, que provenía de Yauricocha, “la laguna de los metales”. Rápidamente, tras releer las crónicas de Cieza y Estete, cayeron en la cuenta que habían estado en un error. No era Colquijirca,  el fabuloso lugar de leyenda, surtidor inagotable de metales preciosos. Éste, era el emporio: Yauricocha. A él  se refería el joven cronista de Santo Domingo de la Calzada cuando narraba el dramático encierro de tres días y tres noches, secuestrados por una ventisca impresionante, sin nada que comer ni beber, en medio de un frío implacable y cruel del que después salieron en estampida a poco de cesar la nieve. Allí estaban los indios que aseguraban ser dueños de aquellos tesoros desde los abuelos de sus abuelos. Venían a cumplir el conjunto de principios jurídicos estatuidos en las famosas Leyes de Indias expedidas por los Reyes de España, que sostenían que todas las tierras de América eran patrimonio exclusivo de la Corona Española Todos los minerales son propiedad de Su Majestad y derechos realengos por leyes y costumbres, y así lo da y concede a sus vasallos y súbditos donde quiera que los descubrieren” Rezaba en dichas Leyes. Es más, en las Ordenanzas de Toledo se preveía que descubierta una mina, había de hacerse el registro en un plazo de treinta días y que el descubridor tendría derecho a un campo de ochenta por cuarenta varas –llamada por eso, mina “Descubridora”- a continuación del cual se acotaba otro para la pertenencia real, y tras ella podía tomar otro más el descubridor – “Mina Salteada”- de sesenta por treinta varas.

“Venimos del cerro de Yauricocha en obediencia a lo que vuestras mercedes han dispuesto. Que para trabajar las minas –ahora propiedad del Rey- se deben registrar en las Cajas Reales. Queremos el documento que  respalde nuestra propiedad”. Fue suficiente. De inmediato, un tal Diego Cantos de Andrada, -el primer ladrón de nuestra historia- viajó a revienta cinchas a las Cajas Reales de Xatún Xauxa y registró el mismo yacimiento, pero a  nombre de él. Los indios, en la muestra de más pura  candidez y buena fe, reclamaron a los tribunales. No es necesario decirlo. La propiedad quedó registrada a nombre del impostor. El infame que practicó este latrocinio, fue Gómez de Caravantes de Mazuela y el documento que sanciona el sumario y perverso litigio, dice: “En la causa que entre partes mantuvieron, de la una los caciques de indios, Manuel Chumbe y Pedro Chipán; y de la otra Diego Cantos de Andrada, fallamos: Que debemos amparar y amparamos al dicho Diego Cantos y sus consortes en la posesión de la mina que descubriera. Sobre este pleito y después, se den a dichos indios, dos minas, las que ellos escogieran y por esta misma sentencia, así lo pronunciamos y mandamos sin costas”. Los otros beneficiarios que tuvieron acceso a estas fabulosas minas, fueron los siguientes ladrones y alcahuetes que se complotaron para que fuera así: Diego Cantos de Andrada, Miguel Romero y Zúñiga, Bartolomé Díaz, (el viejo), Cipio Ferrara Pérez, Juan Díaz Vergara y para que no tuvieran problemas posteriores, prebendaron a  Hernando Marco Apo  Alaya, cacique de Xauxa y Felipe de Guacrapaucar, cacique de los Lurinhuancas, es decir Huancayo. También se beneficiaron otros dos indios ladinos, Luis Meza y Alonso Xaxa. Esta es la primera lista de ladrones y estafadores que con el andar del tiempo se fue engrosando y no tiene cuándo acabar.

La enorme laguna de Yauricocha con sus islotes emergentes aquí y allá, tuvo que ser desaguada hacia las partes bajas de Quiulacocha. Cuando las aguas corrieron en riada extraordinaria, en su descenso arrastraron abundante barro y  detritus, dejando al descubierto un blanquísimo sedimento de plata pura que por siglos había dormido en sus profundidades. La plata a flor de tierra en orgiástica abundancia estaba pródigamente diseminada por aquellas soledades blancas. A partir de ese momento se produjo  una multitudinaria invasión de aventureros ávidos  nunca antes vista. Las gentes de la Villa de Pasco y lugares aledaños primero y de los más lejanos, después, llegaron en espectacular turbamulta de sálvese quien pueda.  El 9 de octubre de 1567 –dicen las crónicas de entonces- , después del  inicuo despojo a sus legítimos dueños, asentaban el nacimiento oficial de San Esteban de Yauricocha para beneficio de los españoles. Pasados los años, por su cercanía a la Villa de Pasco, adoptó el nombre del Cerro de Pasco, oficializado por el Virrey Amat en 1771. Así nació la ciudad: tras una infamia, por una expoliación. Desde entonces, hasta ahora, la tradición viene repitiéndose con muy pequeñas variantes. Si alguien quisiera escribir la historia de la infamia en el Perú, tendría que comenzar en esta ciudad.

Andando los años, ingente cantidad de hombres procedentes de todos los rincones del globo se afincaron en sus predios: españoles, ingleses, italianos, franceses, prusianos, eslavos, croatas, montenegrinos, serbios, húngaros, dálmatas, austriacos,  polacos, jamaiquinos, africanos, norteamericanos, chinos, japoneses… todos nucleados en sus correspondientes consulados. También braceros y empresarios de toda América y de los más apartados rincones de la patria llegaron a trabajar en sus minas. Todos con una misma y sola ambición: la plata. Cuando el argento comenzó a mermar, después de inacabables siglos de explotación, la magia del cobre purísimo atrajo a los norteamericanos que el primer año del pasado siglo invadieron su suelo para explotarlo. “La Cerro de Pasco Copper Corporation”, exportó en su mejor momento, el 50% del oro, el 75% de la plata y el 95% del cobre de todo el Perú” ha revelado el ingeniero Samamé Boggio, el hombre que más sabe de minas en el Perú.

cuadro de Wilmar Cosme 2
OTRA DE LAS MAGNIFICAS CREACIONES DE WILMAR QUE NOS TOMAMOS LA LIBERTAD DE REPRODUCIR SOLICITANDO SU AUTORIZADO PERMISO.

EL MILAGRO DE TAITA CAÑA

Taita CañaCuentan que entre los primeros españoles que vinieron a trabajar las minas de plata de San Esteban de Yauricocha, estaba uno muy joven y apuesto de atrayente simpatía. Decidor de hermosos versos acompañado de su guitarra  se había adueñado del amor y del sueño de las mozas lugareñas; pero donde había ganado fama regional era en el juego. No había ningún secreto para él en los naipes o en los dados. Es más, era un diestro tahúr que pese a su juventud, había logrado derrotar a experimentados jugadores despojándolos de sus riquezas.

Los testigos de sus hazañas, admirados y misteriosos, aseguraban que era poseedor de un mágico talismán de ocultos poderes que le hacían ganar indefectiblemente. Lo cierto del caso es que, así como ganaba con facilidad a sus rivales, así dilapidaba su dinero a diestra y siniestra. Su impactante continente de rostro perfecto y barbas largas y rubias, era por otra parte, irresistible imán para las mujeres. Su alegría y buen trato eran bienvenidos en las reuniones y juergas mineras de aquel entonces. Como es natural, todas estas buenas disposiciones no hicieron sino ganar admiración y el cariño de casi todos y, odio, envidia y encono de algunos resentidos.

Así pasaban los días en la Villa Minera que como diversión para los hombres sólo había tres caminos: el vino, las mujeres y el juego. Y en estos tres renglones, nuestro personaje era el rey.

Una noche, al llegar a la soledad de su vivienda, la encontró tan silenciosa y fría que se puso a meditar muy seriamente. Nada de lo que había obtenido en la vida le satisfacía. Las mujeres que había conocido habían desfilado una a una sin dejar más que recuerdos  gratos; ninguna había sido capaz de ganar el corazón del disoluto y aposentarse en aquella fría morada como dueña y señora. Su guitarra, ayer saltarina y alegre, sólo le hacía cantar nostalgias y añoranzas. Del dinero juntado, pensó que lo mejor sería repartirlo entre los pobres; de esa manera –pensó- llenaría con algo de calor su dolorosa vida vacía.

Es así que el joven tarambana en forma verdaderamente insospechada y misteriosa cambió radicalmente de actitud. De parrandero y mujeriego impenitente se convirtió en un hombre apacible y sereno. De jugador fanático y perenne en piadoso y misericordioso bienhechor de los pobres que acudían a él con las manos extendidas para salir con las dádivas colmadas. La gente, entre curiosa y sorprendida, no se explicaba la razón de este cambio.

Una noche soñó al divino Cristo que se presentaba sonriente y fraterno diciéndole que hacía muy bien en arrepentirse de sus pecados y que Él, le protegería con amor en todos sus actos; que no tuviera cuidado y que orando, meditando y ofrendando su alma a Dios, alcanzaría finalmente la gloria eterna.

Al rayar el alba, el hombre había quedado convertido a la fe por la gloria divina.

Entonces, para purgar todos sus pecados decidió llevar una vida de austeridad y recogimiento. Se dedicó a orar y meditar devotamente pasándose horas enteras en su encierro. Las personas sorprendidas por la transformación, especialmente los envidiosos, hicieron correr la voz de que todas las horas que pasaba en su reclusión las dedicaba a contar los dineros que habían ganado en el juego.

Por esta razón, unos malandrines que creían a pie juntillas lo que el vulgo propagaba, ingresaron en la casa del penitente una noche oscura con el fin de robarle. Le conminaron a que les diera todo lo que tenía y al recibir la respuesta lógica de que nada poseía, comenzaron a golpearlo despiadadamente. Presas de ira lo desnudaron y flagelaron sin piedad para hacerlo hablar.

El zurriago ya estaba cárdeno de sangre, el cuerpo cubierto de heridas y sudor, completamente desollado. Estaba exangüe. Cuando ya amanecía, temerosos de que los vecinos pudieran avisar a los alguaciles, dejaron de azotarlo, lo hicieron sentar y al verlo parecido a Cristo, un malandrín cogiendo una caña que por ahí encontró, se la puso en las manos atadas y lánguidas como al divino Nazareno.

Al ver su inmovilidad, uno acercó su oído al corazón del penitente y comprobó que acababa de morir. Ante el espantoso crimen que habían cometido, huyeron dejando abandonado el cadáver.

Como al pasar los días nada nuevo ocurría, los criminales pensaron que tal vez no habían matado a aquel hombre. Supusieron que repuesto del castigo se habría levantado y que estaría vivo. Esperaron unos días más y al ver que nada acontecía, fueron nuevamente a casa del flagelado, y grande fue su sorpresa al no hallar el cuerpo. Buscaron toda la noche y cuando ya estaba amaneciendo encontraron un arcón que abrieron violentamente.

Quedaron pasmados e inmóviles. Dentro se encontraba el divino cuerpo de Cristo, flagelado y sangrante, con una larga caña entre las manos, cubierto por una túnica bermeja. Todo fue que lo vieron y como iluminados por una luz celestial cayeron de rodillas, tocados por el divino amor.

Afligidos imploraron perdón y a partir de entonces, cada uno de ellos, como miembros de una cofradía naciente llevó a su casa la divina efigie por un año y al siguiente lo tenía otro; así hasta que uno a uno fueron muriendo y, al desaparecer este grupo de conversos, respetables familias cerreñas la llevaron a sus hogares colocándola en un oratorio donde todos los fieles iban a rezar. La últim familia que la tuvo fue la de don Julio Patiño León. Esta tradición se conserva hasta estos días y “Taita Caña” viene impartiendo sus milagros y bendiciones a todos los fieles cerreños.

LUIS PARDO NOVOA

Historia del romance nacido entre el legendario bandolero ancashino y la bella cerreña que le salvó la vida.

Luis Pardo NovoaLa disciplinada disposición de la defensa lo sorprendió. A lo largo de la línea  que divide la Esperanza del centro de la ciudad estaba cubierta por una sustantiva columna de fusileros. Las abruptas zonas de caprichosa conformación que podían ser usadas como parapetos, estaban doblemente cauteladas. La parte no muy vigilada entre Santa Rosa y Noruega, la constituía una enorme mole blanca, lustrosa, de roca pulida por donde, en tiempos pasados, caía el agua que discurría entre las lagunas de Patarcocha y la Esperanza: La Paccha. Tomarla constituiría la llave para romper la extensa fortificación. No lo pensó dos veces. A sabiendas que se jugaba la vida, ordenó a tres de sus hombres que, en el momento de su ascenso al promontorio, lo cubrieran con sus fuegos. Así lo hicieron. Ágil como un rayo ganó el primer escalón sorprendiendo a los vigías y desde allí se impulsó hacia arriba no obstante el fuego que desde los flancos comenzaron a dirigirle. Ya en la cima llamó a sus compañeros para que hicieran lo mismo, pero debido a la clara exposición a la que se sometían, uno a uno rodaron cribados por balas cerreñas. Lo único que le quedaba al chiquiano era seguir adelante. Con sus dos revólveres en las manos, perseguido por balas silbantes, raudo como un gamo se escabulló por la calle del marqués, luego por el Hotel Fort entrando como una centella en Tambo Colorado no obstante la opresión que la altura ejercía en su pecho. Cuando ya se consideraba a salvo, el impacto de una bala en el muslo le hizo rodar a una acequia que para su buena suerte lo guareció. Consciente de que no sólo su libertad sino también su vida peligraban, decidió jugársela. Se arrastró por el canal de la acequia hasta donde Dios quisiera que fuera, pero lejos del alcance de sus perseguidores. Felizmente el cierrapuertas era general y nadie podía verlo. Siguió arrastrándose dejando un cárdeno reguero de sangre hasta que halló una pared baja que con supremo esfuerzo superó yendo a caer en el interior de un corral. En ese momento, unas locas campanas tocando a rebato alegraban la ciudad.

Ya dentro, dos enormes perros los rodearon con intenciones de destrozarlo a dentelladas, pero con las pocas fuerzas que le quedaban los hacía retroceder una y otra vez hasta que apareció una anciana, escopeta en mano, seguido de dos hombres mal encarados y una bellísima mujer. Cuando la sangre inundaba sus mellados botines, con la boca reseca y la sien palpitándole a martillazos, sintió que la vida se le iba por aquel ardoroso boquete. Sus ojos comenzaron a ver minúsculas mariposas de colores y las figuras que tenía enfrente se difuminaban en sombras; ya sin aliento, cayó de bruces, pesadamente, como un pelele. Sólo entonces acudieron a auxiliarlo. Por orden de la anciana los peones lo condujeron al interior. Sobre un sofá cortaron los pantalones y dejaron al descubierto una herida sangrante –un tajo de bala había desgarrado el músculo sin tocar hueso- a la que tras duro trabajo cicatrizaron.

Dos días y dos noches ha sido presa de una fiebre delirante que ella ha calmado con húmedos paños fríos. Después de estos desvelos y curas nocturnas cedió el caluroso estupor de sus temblores. Una mañana, ya repuesto, se dio cuenta que se hallaba en una cómoda cama de madera torneada en caoba, amplia y abrigada, de almohadones muelles, frazadas atigradas y sábanas de bayeta serrana. Entonces, la vio a ella, a la vera de la cama, sentada sobre un butacón de cuero y madera. Negrísimo moño aprisionado por peineta española, chapas naturales de sobrio rubor sobre el rostro capulí, ojitos claros como puquiales guarnecidos de largas pestañas, naricita respingada, labios mórbidos, húmedos; aretes de oro adornando las orejitas pequeñas; cuello alto y delicado rodeado de blondas de Holanda de la “polka”  ceñida que destacaba la firmeza de sus senos; cintura fina, abismada en el aterciopelado mar de sus polleras. Mudo de asombro quiso articular palabras, pero ella le ordenó callar. Le explicó que viéndolo herido pensaron que era defensor del pueblo pero que por sus delirios se habían enterado de que era un invasor. Que no se preocupara, igual sintió su deber cumplir el mandato cristiano y al no haber muertos en las filas ciudadanas, su culpa no era grave. Desde aquel día, con un esmero extraordinario ella le regaló con sus cuidados. Sabrosos y reconfortantes sancochados cerreños, frituras crepitantes, jugoso guisos, mondongos rubicundos, caldos de gallina, charqui, mote, leche, queso, mantequilla; toda la variada potajería minera fue degustada por el bandolero arreciando carnes y templando nervios. Afuera, nadie estaba enterado del milagro.

Desde entonces las charlas también fueron más íntimas derivando finalmente en cuitas sinceras. Así nació el amor entre ellos. Una noche con pudor en los labios, ella le contó que muy niña había sido casada con un rico minero que la adoraba pero que en un viaje a sus haciendas de la Quinua, la descarga de un rayo lo había fulminado. Desde entonces, auxiliada por la diligente firmeza de su madre había gobernado en las haciendas y minas que su esposo le dejara.

Así también, en la intimidad de estos largos coloquios, él le franqueó las verdades de su vida. Su nombre completo era Telmo Luis Pardo Novoa, nacido en Chiquián el 19 de agosto de 1874. Que su padre, don Pedro Pardo, Gobernador del pueblo la había emprendido contra él, su propio hijo, castigándolo con zurriagos que terminaban cubiertos de sangre. Estos azotes, lejos de rendir su carácter  levantisco, lo exacerbó de tal manera que lo hizo odiar la casa paterna. En 1884, muere su padre en una balacera dejándole como única heredad su libertad absoluta y su carácter aventurero. Así, desde los diez años, comienzan los agitados episodios de sus andanzas. Le confesó también que a los dieciocho años había descubierto el amor por primera vez. Julia Ramírez le había rescatado para la quietud y tranquilidad, apaciguando un tanto la tolvanera de sus aventuras.

—- Pero, qué quieres, vidita –siguió diciendo- el hombre propone y Dios dispone. Al comienzo pude subsistir en tranquilidad, en paz con mi compañera,  realizando trabajos de campo en la chacra, pero… ¡yo no puedo permanecer en sosiego! La tranquilidad me atosigaba. La aventura me reclamaba. Era una llamada apremiante que no pude dejar de atender y… una madrugada cualquiera partí para nunca más volver…

Un silencio inundado de recuerdos invadió la mente del aventurero que, emocionado, siguió relatando sus cuitas. Tenía veinticinco años cuando conoció a otra mujer, bella como un sol, delicada como una filigrana, pero comprometida para casarse con otro. Adorándola como la adoraba, no pudo más;  su pasión llegó a desbordarse y sin dique posible que lo contuviera, el día de su boda con el otro, así vestida de blanco, la subió a las ancas de su potro y se la llevó. Perseguido por todo un pueblo corre por punas y quebradas, vence jalcas y farallones, transita por el borde de los ríos, por las crestas de las montañas, avanza de día y de noche hasta que, perdido su rastro para los persecutores, encuentra un hermoso remanso serrano donde instala su nido de amor. La felicidad inconmensurable que llegó a vivir, duró tan sólo un año. Una tarde entre gritos y estertores de parto, la mujer que tanto amaba muere en sus brazos. Enterrando los cadáveres de su mujer e hijo, huyó acongojado, más rudo e implacable que nunca; ya sin fe, ya sin esperanza.

Cuando en 1899, el eterno revolucionario Augusto Durand pasa por Chiquián buscando adeptos para la causa del pierolismo, traba entrañable amistad con él. El caudillo político le perdona el que haya dado muerte a su compadre Emilio Orduña y una mujer alegre que lo habían traicionado. Prometió su lealtad a cambio de la amnistía cuando llegara al poder. El círculo se cierra detrás de él. Perseguido por robar a los ricos para dar a los pobres y por unos crímenes en defensa de su vida, huye a Chile a bordo del MAPOCHO en calidad de marino. Durante la travesía sostiene un pugilato con un negro panameño que al verse perdido trata de herirlo con una chaveta pero él le dispara. Ya en Lima se enrola a las huestes de Durand que le promete perdonar todas sus faltas al tomar la Presidencia del Perú.

— Y aquí estoy, vidita, rodando incontenible, herido y sólo con tu amor.

Así los días fueron pasando uno tras otro. Pardo iba entonando sus músculos con ejercicios diarios sin asomar a la calle. Todo conocimiento del mundo exterior se circunscribía a los periódicos de la ciudad que ella, diligente y amorosa le leía. Por ellos se enteró de los homenajes a Negrete, la persecución a Durand, el apresamiento del coronel Flores, su jefe en la empresa revolucionaria; pero lo que más lo enfureció fue que en un exabrupto, hijo de la soberbia, el Prefecto Negrete, triunfador de la contienda,  había dicho que le habría gustado enfrentarse cara a cara con Luis Pardo para echar por los suelos el mito de su valentía. Esta manifestación emitida más por jactancia que por razonamiento, le causó el impacto de un reto que él, Luis Pardo Novoa, invicto bandolero de leyenda, guardó celosamente en su calenturienta cabeza aventurera para hacerlo valer llegada la ocasión.

Pasados los días, ya completamente sano y fortalecido, recibió de su amada el regalo de un moro cuatralbo de sus campos chacayanos; aceitó sus pistolas y se alistó para la partida. Cholo aventurero metido a bandolero, sin más ley que su revólver, sin más amigo que su caballo, con infinita lealtad para aquella cerreña bella y admirable que le había salvado la vida cobijándolo amorosamente bajo su techo.

Ella ni siquiera trató de sofrenar aquel torrente de sangre desbocada que nuevamente se aprestaba a la aventura. Sabía que sus ruegos, súplicas o reconvenciones habrían sido inútiles. Sólo atinó a vivir con una fiebre extraordinaria su amor aquellos días postreros hasta que, una noche de plenilunio, tras un largo beso apasionado le dio el adiós definitivo.

— Que Dios te bendiga por lo buena que has sido conmigo. –Dijo él- He  vivido los momentos más hermosos de mi vida y no los olvidaré jamás. Te lo juro. Te digo que siempre estarás conmigo en mis recuerdos. Ahora me marcho, pero antes voy a cobrarle una pequeña deuda a tus paisanos.

La ciudad ha silenciado los ruidos de su acezante trajinar minero. Es noche de junio. Sólo se oye las campanas del reloj público anunciando la marcha del tiempo y el susurro de un viento helado y cortante. Nocturno remanso que acuna el justo reposo de tantas vidas heroicas y laboreras sobre el efluvio sutil de su argentado basamento de plata.

Uno que otro ladrido denuncia el paso del emponchado jinete que a trote lento se dirige al centro de la ciudad. El sombrero a la pedrada cubre su frente amplia y despejada de tez morena, cejas pobladas y tupidos bigotes negros, enérgicos y achinados ojos pardos en rostro misteriosamente oriental. A esa hora, en el exclusivo Hotel Universo, a una mesa pródiga de copas y naipes, cinco potentados mineros hacen los honores al Prefecto, el coronel Octavio Negrete, triunfador de la Batalla de la Esperanza. Los naipes van y vienen alternando la suerte de los jugadores, viejos rocamboristas que, en aquel tapete han dilapidado millonarias fortunas. Hace ya buen rato que los contertulios, avivando el juego emocionante, apuran el contenido de sus copas de jerez y mistral cuando se abren de par en par las puertas de cristales y entra un moro cuatralbo guiado por su jinete; la mano izquierda sujetando las bridas y la derecha sobre el bruñido pomo de su revólver. Alelados los viejos jugadores miran al hombre que acaba de entrar sin poder dar crédito a sus ojos. ¡Cómo es posible que, a ese recinto exclusivo de magnates y señores al que no puede entrar así no más cualquiera, se atreva a ingresar cabalgando ese rufián?. La sorpresa los tiene perplejos cuando la voz del recién llegado se escucha en la estancia.

— ¡Mozo! Sírvales una vuelta igual a los señores. A mí me da una de la misma.

— ¡¡Quién es usted…!!! -Pregunta el Prefecto- para que en esa forma prepotente y descomedida ingrese a este local sin ser invitado…!

— ¡Soy el que usted quería tener enfrente, señor Prefecto: soy Luis Pardo Novoa…! -Las palabras se hielan en los labios de los jugadores, las miradas sorprendidas se entrecruzan y luego la fijan en aquel hombre de recia personalidad que termina diciendo- ¡Sólo quiero tomarme un trago con ustedes!…¡¡Salud!!- los hombres, mezcla de respeto y temor- se ponen de pie y de un solo golpe escancian sus copas. El silencio total en el que se ha sumido la sala permite escuchar con toda nitidez el tintineo de dos quintos de oro que el facineroso ha dejado caer sobre  el mostrador en pago de su pedido. Después, con el rostro sereno, tiempla la rienda y retrecha el noble bruto hasta la puerta, luego gira volviendo grupas hacia la calle y dice:¡¡Hasta la vista, señores…!!!.

Y se va solo, solito, como siempre, como los guapos, sin volver la cara, sin temor a un tiro traicionero; él sabe muy bien que los cerreños son muy hombres para eso. Sabe que la lección no la olvidarán jamás. Y con el abrigado poncho de vicuña esculpiendo su cuerpo se pierde entre las sombras de la noche minera.

Carteles me van poniendo,

                                      ¡Libertad!….¡Libertad!

                                      carteles para olvidarte,

                                      ¡Viva la esperanza!

                                      ¡Me voy, te dejo llorando!.

Allá atrás, abrumada por el recuerdo de un amor que se pierde, la linda cerreña enamorada enjuga sus lágrimas encendidas de amor y recuerdos.

Luis Pardo Novoa 2

EL ECLIPSE TOTAL DE SOL (8 de junio de 1937)

Eclipse de sol

Un gran despliegue de publicidad como pocas veces había ocurrido en el Perú,  anunciaba que el 8 de junio de 1937, tendría lugar un eclipse total de sol que sumiría en oscuridad total a la tierra. Se anunciaba que el eclipse constituiría la desaparición momentánea del disco solar por la cobertura de la luna. Se ponía especial énfasis en afirmar que el Cerro de Pasco por su ubicación geográfica y ser el punto más alto de la tierra, permitiría contemplar el fenómeno con mayor claridad debido a la luminiscencia de su cielo.

Su importancia era enorme porque –se decía- que hasta el año 2,150, no volvería a verse otro de igual o de  parecida magnitud. Esta noticia causó tan grande impresión en los mundos científicos del mundo que, como nunca había sucedido en la tierra minera, recibió gran cantidad de gente interesada en presenciar el fenómeno.

Desde días antes, gentes de todas las regiones del país utilizando los más variados medios de locomoción, se afincaron en el Cerro de Pasco. Los hoteles estaban completamente repletos. “El Universo”, “El Venecia”, el “Champa”, el “Fort”, el “América”, “El Iberoamericano”, “Central”. Fue tanto el número de huéspedes que las instituciones sociales y religiosas tuvieron que improvisar alojamiento para las  agrupaciones científicas y estudiantiles que no alcanzaron cupo en los hoteles.

En muchas casas particulares se abrió, también, un sistema de alojamiento para las personas que lo requirieran. No sólo científicos de varias nacionalidades arribaron en afán de estudio, sino también personalidades del mundo social así como estudiantes nacionales y extranjeros. Alumnos de la Universidad Católica, San Marcos, la Recoleta de Lima; Colegios de Jauja, Huancayo, Tarma, Huánuco. El Hotel Esperanza, de los norteamericanos recibió más de 160 huéspedes ilustres. Entre ellos, al respetado científico, don Santiago Antúnez de Mayolo; al doctor, Oscar Razzetto, y muchas personalidades más. No era para menos, el lugar más privilegiado en el mundo, era nuestra ciudad. La delegación más importante y numerosa la constituyó la conformada por sabios de la HAYDEN PLANETARIUM GACÉ del Museo Americano de Historia Natural de Estados Unidos de Norteamérica, presidida por la científica, Dorothy A. Bennett; el pintor astronómico,  Dillon Owen Sllepheus y Mr. Charles Coles y Joel Stubbins de la Universidad de Wisconsin. Esta delegación, desde muchos días previos se preocupó de armar sus aparatos de estudio ante la curiosa mirada de numerosos lugareños.

El día central, después del almuerzo, la gente premunida de vidrios ahumados y anteojos especialmente preparados fueron a ubicarse a las partes altas de la ciudad: “Cuchis”, “Chuco Punta”, “Huancapucro”, “Garga”, “Jaujaipata”, “Santa Catalina”, “Gayachacuna”, “Arenillapata”. Se veía muchísimos curiosos repletando las mirillas de la Torre del Hospital Carrión. Los techos de las casas se constituyeron en inmejorables tribunas para presenciar el fenómeno.

El cielo gloriosamente azul, completamente despejado, en el que se veía en toda su majestad al astro rey, permitió observar el fenómeno en toda su magnificencia. A la 4.15 se vio aparecer a la luna que iba al encuentro del sol y, desde ese instante, en tanto se superponía la luna, el sol iba oscureciéndose paulatinamente. Por misterioso consenso, un sepulcral silencio se apoderó del ambiente. A las 5.19, la penumbra era muy acentuada y minutos más tarde, se podía ver con toda nitidez numerosos luceros, y en medio de un recogimiento sobrecogedor,  la total oscuridad sumió en tinieblas al mundo. La oscuridad duró seis minutos y medio. Fue una tenebrosidad total y sobrecogedora que dejó mudos a los numerosos curiosos que contemplaban cariacontecidos aquel extraordinario fenómeno. En ese lapso, las oraciones y lamentos de las mujeres del pueblo se oían claramente plañideras, alarmadas por lo que estaban viendo. Se produjo muchos desmayos entre las damas y la proliferación de un llanto general que se hizo contagioso. En algunas partes habían quemado piras de paja pidiendo el auxilio divino. En esos instantes tan dramáticos ocurrió un accidente que felizmente fue superado. Un curioso, en su afán de ver de cerca el trabajo que hacían los científicos, hizo caer un costoso telescopio, malogrando muchas placas que se habían tomado.

Cuando el clima de estupefacción había originado un silencio absoluto, tras seis minutos y medio, poco a poco, volvió a aclararse el día. El sol, como si nada hubiera ocurrido se lució nuevamente majestuoso para ocultarse a las seis de la tarde. La gente quedó vivamente consternada. Todos se santiguaron prosternados. Los comentarios fueron nutridos y espectaculares.

El jefe de la delegación estadounidense declaró a los periodistas de la Prensa, lo siguiente: “Este ha sido el más hermoso de los cuatro eclipses totales de sol que yo he observado, especialmente por el magnífico efecto del aro diamantino que se produjo al comenzar y al finalizar el eclipse. El primer contacto del eclipse de hoy se produjo a las 4.15 de la tarde y, poco a poco, la luna fue caminando hasta la mitad del sol. Un misterioso efecto de delicados colores purpúreos, podían notarse en el cielo como en la tierra, cuando la luna había cubierto completamente al sol y la corona se reflejaba en el firmamento. En ese momento me fue posible escuchar las manifestaciones de aprobación de los observadores acerca de la corona que ha determinado que el de hoy haya sido el más hermoso de los eclipses totales. Muchas personas consideran un eclipse total de sol como el más hermoso de los fenómenos de Natura; pero el de hoy ha sido perfecto. El más grande –estoy seguro- de la historia”.

En otra parte del reportaje brindado a los periodistas, dijo: “Seis grupos de prominencias parecieron en la superficie del sol, dos de ellas se desarrollaron a 50 a 100 mil millas, más arriba del fondo del limbo del sol. Estas prominencias eran violentas erupciones. Los halos de las coronas eran por lo menos de una a una y media veces mayores que el diámetro del sol. Las bandas de sombras eran visibles al comienzo de la totalidad viajando a través de una placa de cuarenta pulgadas a razón de un segundo. Las bandas de sombra de una pulgada de ancho”

Como dándole razón a los científicos, los días que sucedieron al eclipse, los diarios de la capital, fueron reproduciendo las interesantes fotografían que habían tomado en el Cerro de Pasco. Mucho se habló en el mundo de aquel eclipse total de sol.

Eclipse de sol 1

 

 

 

(DOCUMENTOS PÚBLICOS)

documentosEl lunes 16 de febrero de 1948, el indignado pueblo del Cerro de Pasco perpetró una cruenta asonada que culminó con la muerte de Francisco Tovar Belmont, prefecto del departamento de Pasco. De esto hace 68 años. Las consecuencias fueron terribles. Abarrotaron las cárceles de  culpables e inocentes iniciándose una implacable persecución a quienes habían dejado la ciudad. El tirano Odría clausuró periódicos y  diarios cerreños, dejando en tinieblas a una ciudad que ha tardado mucho en reponerse de aquella traumática revuelta. En nuestro libro EL PREFECTO, hemos hecho un pormenorizado relato de todo lo que aconteció aquella vez. En esta oportunidad, iniciando nuestra serie DOCUMENTOS, hacemos conocer algunos pasajes del correspondiente proceso judicial. Son copias auténticas publicadas en los periódicos de Lima. En este caso, en “El Comercio” del 9 de abril de 1951.

“Siendo las 5. 30 de la tarde del 5 de abril de 1952, el doctor Domingo García Rada, iniciaba el juicio contra los acusados por el execrable asesinato del prefecto Francisco Tovar Belmont y del obrero Filomeno Páucar. En la misma fecha se juzgó también lesiones en agravio de personas que resultaron heridas con armas de fuego, numerosos estragos cometidos contra la tranquilidad pública y el patrimonio en agravio del estado. En el acto están incursos cinco mujeres y 23 hombres”.

“Iniciado el juicio, el Agente Fiscal, doctor Manuel Caro Santiváñez dio lectura a su informe que se ha consignado en fojas 3171 del cuaderno undécimo:”

“El asesinato del señor Francisco Tovar Belmont –Señor Presidente- fue decretado y debidamente preparado por el Partido Aprista Peruano que lo había sentenciado a muerte debido a la actitud enérgica que la mencionada autoridad asumiera ante los desmanes sectoriales cometidos  en el departamento de Pasco. Con motivo de la llegada del dirigente Luis Negreiros Vega a la ciudad minera, un grupo de apristas y el sectario mencionado, amenazaron de muerte al prefecto, repartiendo anónimos por la ciudad”.

“El sábado, víspera de carnaval de 1947, tuvo conocimiento que masas apristas se preparaban para atacar la prefectura por lo que pidió ayuda a Huancayo. Esta enérgica medida frustró la asonada. Un día, una delegación de mujeres fue recibida por el prefecto, pero cuando le faltaron de palabra, les hizo desalojar la sala. El día siguiente -16 de febrero- los dirigentes apristas, hombres y mujeres, reunidos soliviantaron a la masa obrera para asesinar al prefecto”.

“El concierto de los encausados está probado y que al acceder el prefecto los tres puntos exigidos por los manifestantes, o sea venta libre de azúcar, libertad de Mercedes Agüero y su renuncia al cargo, lo obligaron a salir entre la multitud para asesinarlo vilmente. La reclamación fue pretexto para llevar a cabo los siniestros planes de los complotados”.

“El sindicato de mineros apristas había citado a todos los afiliados a la puerta de la mina Lourdes para efectuar una manifestación contra el prefecto. En esa oportunidad las mujeres que habían protagonizado en las colas de venta de azúcar por la mañana, los esperaron para que le hicieran justicia. Se demuestra la dirección aprista del movimiento por los emblemas en los brazos. En el avance de la poblada, los disciplinarios cuidaban el orden. Humberto Luis, Patricio Chagua, Pedro Ávila, Encarnación Rodríguez, Víctor Benítez, Cecilio Córdova, Emilio Barreto, pronunciaron discursos incitando a la  poblada”.

“En la Plaza Centenario la fuerza policíaca al mando del capitán Héctor Ehegoyen, efectuó dispararon al aire conteniendo el avance del populacho. Como dispararon al aire, los manifestantes se arredraron, especialmente las mujeres que quisieron retirarse. Más adelante se desconcierta la policía que al no disparar al cuerpo origina una rebasamiento por los manifestantes que avanzan hasta la prefectura. Humberto Luis Solís y Luis Germán Del Mazo en la plaza Carrión, arengan de nuevo a la poblada y la hacen formar cuadros para continuar la marcha. Atacan a la Guardia Republicana que custodia la prefectura y que disparaba al aire rebotando las balas en las paredes de la iglesia e hiriendo a varios manifestantes. Luego el alférez Pradell ordena a sus tropas cesar los disparos al aire”.

“En eso ordena que el prefecto que la tropa se retire y pase al local la comisión que nombraron para el efecto y que lo conforman veinte (20) personas. La comisión exige al Señor Prefecto que ordene la venta libre de azúcar y la supresión de colas a lo que la autoridad muestra las comunicaciones y telegramas recibidos por el Ministerio de Agricultura, asegurando la normalización de los envíos y sale al balcón a anunciarlo a la gente. Ésta no lo deja hablar. La comisión le pidió la libertad de los detenidos, disponiendo el Prefecto que Mercedes Agüero saliera libre. La poblada al verse complacida decide retirarse, pero Del Mazo, Llanos, Eva Rodríguez, Francisco Alvarado y Luis Luna pronuncian discursos demagógicos para bajar a la plaza haciendo circular rumores entre la multitud incitándolos al asesinato”.

“Llanos pide a la multitud que no se vaya y obligue al Prefecto a renunciar inmediatamente, entonces ya los manifestantes comienzan a gritar “Que renuncie dentro de dos horas, vivo; si no dentro de tres, muerto”, y colocando escaleras trepan por los tubos del desagüe, asaltan el local al par que arrojan cartuchos de dinamita y piedras. Llanos de la Matta dice al Prefecto: “Que renuncie, que se vaya, que el pueblo está furioso y quiere sangre”. Los amigos del señor Tovar se oponen a su renuncia, pero ante la presión y los ofrecimientos que le hacen los miembros de la comisión, el prefecto decide retirarse de la ciudad”.

“Al salir, el señor Belmont camina muy pocos metros y recibe una pedrada en la cabeza; al levantarse hacen estallar un petardo junto a él. Llanos de la Matta grita: “Ya lo tenemos, queremos sangre. Con el pueblo no se juega”. Los amigos que acompañaban al prefecto hasta ese momento, comienzan a disgregarse, dejándolo solo, circunstancia que los asesinos se lanzan sobre él encabezados por Llanos de la Matta que da el primer garrotazo y lo victima cobardemente. Paulina Venturo baila sobre el cadáver como una loca, luego lo arrastra con una cuerda que había colocado en su cuello a la vez que gritaba: “Hay que colgarlo a la moda de Bolivia”. ¡No queremos más abusivos!”. Para eliminar cualquier posibilidad de que el señor Tovar saliera con vida, los apristas habían colocado comisiones en las carreteras en donde detenían  los vehículos para revisarlos”.

“Este crimen ha sido político, organizado por los apristas por intermedio de su Sindicato de Mineros, azuzada con previa campaña periodística y radial con huelgas y manifestaciones en contra. Los disciplinarios apristas hicieron que las mujeres y los hijos de los afiliados se colocaran desde temprano en las colas obstaculizando el aprovisionamiento del pueblo”.

“En conclusión: el Partido Aprista Peruano ocasionó la muerte del prefecto de Pasco, don Francisco Tovar Belmont”.

Documento (El prefecto)

INTRÉPIDO MARATONISTA EN EL TECHO DEL MUNDO

maratonistaImpactante fotografía de un atleta en la Maratón Más Alta del Mundo (4380 mts.). Se trata de Raúl Machacuay, ganador de la edición XXXIV de la Maratón Meseta e Bombón. Cuando los termómetros se estremecen en diez grados bajo cero, este valiente deportista  encabeza  la espectacular maratón. Es seguido por otros contendores que entre la penumbra helada se ve a lo lejos, pronto llegarán al “Estadio Daniel Carrión” donde será recibido con espectaculares aclamaciones en homenaje a su constancia y coraje. Aquí se puede comprobar el amor al deporte que impulsa a estos hombres a correr en ambientes rigurosamente fríos.

Quienes han participado en esta prueba internacional, especialmente los kenianos, mexicanos, argentinos y de otras nacionalidades, la consideran la más brava y espectacular. En el torneo alternan hombres y mujeres de la zona como nuestra promesa Liz Campos Silvestre, campeona juvenil; la “Abuelita Maracuyá” la engreída de la ciudad minera. Ella ha sobrepasado los cien años de edad pero con un coraje muy especial, cada año participa en la prueba.

Desde este rincón fraternal hacemos llegar nuestro homenaje a todos los atletas y personal técnico que controla dicha prueba. Un abrazo especial para el Alcalde y los ediles que lo acompañan. Uno muy especial para “Trueno” Rivera que, venciendo mil dificultades y barreras, ha dejado para la posteridad esta carrera que el presente año deberá efectuarse el 6 de novimbre.

 

EL SEÑOR DE LOS MILAGROS

Antes de tocar el tema correspondiente al día de hoy quiero, repetuosa y cariñosamente, hacer llegar mi homenaje de saludo al joven cerreño Christian Santiago Vilca por haber alcanzado el Campeonato Nacional Absoluto Open Blitz de Ajedrez en Trujillo; también a la señorita Hindira Alanya Casquero, campeona nacional en los XVIII Juegos Nacionales realizados en la ciudad de Ica, entre más de 130 calificadas participantes. Los que nos hallamos lejos de nuestra tierra querida nos llenamos de orgullo al comprobar que tenemos grandes valores del deporte ciencia en nuestra tierra. De igual manera, mi abrazo fretarnal a la extraordinaria atleta Liz Campos Silvetre, ganadora en la Maratón de los Andes (Huancayo) y La más Alta del Mundo (Cerro de Pasco). En ella tenemos a una sólida esperanza para el resurgimiento de este renglon del deporte en nuestra tierra. Un abrazo de admiración y afecto a las integrantes del equipo Divina Guadalupe de Huayllay Campeón del Fútbol de Mujeres. Por ello mis saludo al Presidente del Consejo Regional de Deporte de Pasco, ingeniero James Paul Silvera Llana, al maestro Percy Rodríguez Tinco y en general a todos los que están trabajando por el progreso  de nuestro deporte.

Plaza Centenario
En la actualidad, todas las casonas que enmarcaban al monumento de la COLUMNA PASCO, han desaparecido

La inquebrantable fe en el Señor de los Milagros siempre ha estado vigente en el pueblo minero. La congregación que nucleaba a sus miembros de la Hermandad se turnaba con especial disciplina. No sólo observaban los ritos correspondientes con austera disciplina sino que, anualmente, como se estila en Lima, se sacaba en procesión a la sagrada efigie con asistencia de numerosos fieles-

En la fotografía evocativa que presentamos, la procesión del Cristo Moreno en hombros de la hermandad correspondiente está cruzando el Parque Centenario cuando aquella parte de nuestra ciudad todavía lucía sus edificios agónicos que, con  el tiempo fueron echados por los suelos. Acompañan las congregaciones religiosas del pueblo. Las cerrazones que nublan la ciudad, no impide el fervor religioso de los creyentes. Es el 18 de octubre de 1945.

En la actualidad, todas las casonas que enmarcaban al monumento de la COLUMNA PASCO, han desaparecido