FRATERNIDAD CARRIONINA (1958)

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En uno de los salones del restaurante ASTORIA, en fraternal reunión, profesores, empleados y auxiliares del Colegio Nacional Daniel A. Carrión, celebrando el onomástico del director del plantel, doctor Basilio Orihuela Melo.

De izquierda a derecha, de pie, están: Raúl Canta Rojas, inspector de educación; Abelardo Véliz, contador ecónomo; Carlos Román, profesor de inglés; Juvenal Augusto Rojas, excelente poeta, profesor de Castellano y notable periodista; Luis González y González, profesor de Literatura; Raúl Colca Malpartida, inspector de Educación que tuvo extraordinario desempeño en el cargo. Su experiencia acumulada a través de muchos años los volcó al servicio del plantel cuando llegó a desempeñar el cargo de Director. Fue uno de los más notables. Miguel Dávila Ramos, profesor de educación física y extraordinario deportista. Como futbolista y basquetbolista, fue integrante de las selecciones cerreñas. Dirigió al equipo profesional “Unión Minas” del Cerro de Pasco con magníficos resultados.

Sentados, de izquierda a derecha: Basilio Orihuela Melo, director del plantel (Homenajeado); Abad Ricaldi Huacachín, connotado abogado y profesor, director de la sección nocturna; Toribio Quijano Tamayo, profesor de Química; Pablo Montalvo Lavado, profesor de Literatura; Priscilo Laurencio Vara, “El Toro”, regente del colegio; Nectalio Acosta Ricce, bibliotecario y aplaudido basquetbolista de aquellos momentos; Agustín Bustamante Montoro, profesor de matemáticas y notable basquetbolista formado en las filas del “Rizo Patrón”. Ambos destacados integrantes de las selecciones de básquetbol de Pasco.

Muchos de estos brillantes amigos, ya no están con nosotros pero, pasados los años, los recordamos con mucho cariño y gratitud.

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EL MISTERIO DEL FERROCARRIL (Segunda parte)

gatos-entierroNo es para creer, pero es muy cierto. Al cumplirse las veinticuatro horas del día siguiente, dos hombres que en todo ese tiempo habían estado transpirando de fiebre en medio de estremecedoras alucinaciones, murieron de pulmonía.

Fue suficiente.

Después de realizar el entierro muchos ataron bártulos y partieron a sus pagos en distintas direcciones. La empresa se alarmó. La noticia esparcida por todos los ámbitos los había asustado. Ya nadie quería integrar aquella fatídica cuadrilla. Cuando los jefes del tramo evaluaron las serias dificultades del terreno y la negativa de los aterrorizados braceros a seguir adelante, presentaron un proyecto para cambiar la dirección de la ruta, pero el directorio les negó rotundamente esa costosa posibilidad. Había que seguir el trazo inicial aprobado. No había escapatoria.

Ante tamaña emergencia los jefes se reunieron con los pocos hombres que todavía quedaban en las filas. Querían solucionar el serio problema. Aquella vez los operarios manifestaron que todo lo que estaba ocurriendo en aquel lugar era obra del demonio y que para conjurar el maleficio debía convocarse a un afamado brujo. Él –decían- con sus poderes mágicos podría neutralizar la nefasta acción de Satanás. “No hay otra salida” afirmaron categóricos.

Como es de suponerse, los ingenieros no creyeron nada de lo que se había dicho, pero con el fin de no ahuyentar a los pocos trabajadores que quedaban, ordenaron que se hablara con un brujo que conocieran.

Contrataron a un famoso brujo de Margos y lo hicieron venir para conjurar la maléfica obra del diablo. Llegado al campamento, el hechicero margosino habló con todos.

  • Lo primero que tengo que hacer es conversar con el cerro… ¿Cómo se llama?.
  • “Mishihuaganan”, taita –contestó un obrero.
  • Conversaré con el cerro “Mishihuaganan” y le preguntaré por qué está poniendo estas inconveniencias en el trabajo y por qué está matando mucha gente.
  • Bien, taita.
  • De acuerdo a lo que me informe, procederé.
  • ¿Cuándo será eso, taita?. –preguntó otro.
  • Esta misma noche hablaré con él. Hoy es viernes, día propicio. Para despenar el cerro tendrán que pasar algunos días.
  • ¿Qué es lo que necesita y cuántos le acompañaremos? –Preguntó el contratante.
  • Compañía, no necesito. Debo ir solo. El cerro es chúcaro y no lo conozco. No es conveniente que me vea con extraños.
  • ¿Qué le prepararemos?
  • ¡Coca, cigarros, aguardiente y cuatro cirios de muerto!….
  • ¿Eso es todo?.
  • Para mi vuelta debe estar hirviendo un espeso caldo de gallina negra.
  • Así lo haremos, taita.

Aquel mismo viernes, cubierto con abrigadora indumentaria negra del sombrero a los zapatos, cerca de la medianoche, el margosino en su ascenso al fatídico cerro se perdió en la oscuridad de la noche,

De lo que el brujo hizo aquella noche, jamás nadie supo nada.

Cuando las primeras claridades del alba del día siguiente asomaban por oriente bajó el margosino con los ojos tumefactos y los carrillos hinchados de coca. Hizo una señal a todos para que se congregaran en derredor. Cuando todos estuvieron silenciosos y expectantes, dijo:

  • Anoche hablé con los gentiles que moran en el cerro. Ellos están muy irritados y no ven con agrado el tendido de estos caminos de hierro. Afirman que además de alarmar a los espíritus lugareños van a traer muchas desgracias a las gentes de estos sitios; por él –dicen- traficarán con el sudor de los campesinos que se convertirán en esclavos para extraer las riquezas que otros se llevarán. Habrá muchos abusos, mucho dolor y gran cantidad de muertos.
  • ¿Por qué dicen eso?… ¿Será cierto?. –preguntó alguien.
  • Ellos lo saben todo. Son eternos y conocen el pasado y vislumbran el futuro. Nada les es desconocido.
  • ¿Sí, taita?.
  • ¡Sí, hijo! Ellos saben que han fallecido de mala muerte dos hombres que trabajan en el camino de Unish baleados por los policías y que sus compañeros han sido castigados muy injustamente. Eso ha pesado para que impidan la construcción del camino. Están muy indignados por los atropellos cometidos. Sólo cuando las almas de esos hombres lleguen al cielo, dejarán de causar problemas. Eso es lo que me han dicho…
  • Entonces, ¿qué haremos, taita?…
  • En la misma cumbre del cerro, debe hacerse una misa a la virgen del buen morir para alcanzar la paz de los dos hombres que han finado…
  • ¿Cuál es esa virgen, taita?… ¡no la conocemos!.
  • Esa virgen ha sido traída hace muchos años por los extranjeros que llegaron a las minas del Cerro; ella es la Virgen del Tránsito. Sólo así –como les digo- se encontrará la paz en este lugar; caso contrario, nunca terminarán los problemas.
  • ¡Así se hará, taita! –Dijeron los braceros.
  • Bien, ahora que lo saben todo, espero que cumpla al pie de la letra mi encargo para bien de todos. Yo ya cumplí mi misión y me retiro.

Tal como lo había sugerido el margosino, así se hizo.

Aquella mañana, la naciente plaza de Smelter bullía de gente fiestera venida de todos los lugares aledaños: Vicco, Colquijirca, Ninagaga, Villa de Pasco, Alto Perú,  Sacra Familia, Tambo del Sol, Rancas y el Cerro de Pasco. De la ciudad minera habían asistido todas las congregaciones religiosas portando sus lábaros y pendones distintivos. Allí estaban “Las Hijas de María”, “La Hermandad del Perpetuo Socorro”, “La Hermandad del Niño Jesús de Praga”, “La Hermandad de la Virgen del Carmen”, “La Hermandad del Señor de los Milagros”, “La Hermandad de la Virgen de Fátima”, “La Hermandad Terciaria Franciscana”, y los miembros de la Beneficencia Austro – Húngara en pleno, portando el magnífico cuadro de la Virgen del Tránsito. La Madre de Dios, enmarcada en un hermoso cuadro de pan de oro, con sus cabellos rubios y sueltos en su ascensión a la gloria por hialinos cielos, ojos claros y manos abiertas en su sacra subida, rodeada de célicos arcángeles, ángeles, serafines y querubines.

Detrás del cuadro de la Virgen, iba el párroco con capa pluvial, predicando sus contristados paramentos y melancólicas salmodias. Siguiéndolo, un diácono portando una enorme cruz de plata, rodeada por seis monaguillos que blandían sendos incensarios que inundaban el ambiente de penetrante olor místico. A continuación venían las congregaciones religiosas seguidas de la plana directiva de la Railway; cerrando filas, los abnegados obreros carrilanos de la ruta, las gentes del pueblo y la banda de música de la Beneficencia Austro – Húngara.

Llegados a la cima del cerro, donde se había improvisado un hermoso altar, el párroco celebró una misa de campaña. Ya alto el mediodía, invitados por los concesionarios del ferrocarril, todos los peregrinos se acercaron al humeante asador de aromatizadas carnes tiernas y al enorme perol de espeso locro cerreño.

¡Santo Remedio!.

A partir de entonces desaparecieron los gatos y las tremendas dificultades anteriores; tanto es así que, a las doce del día 28 de julio de 1904, la locomotora número cien, halando adornados coches con las banderas peruana y norteamericana, entraba triunfalmente en la estación de la Esperanza inaugurando el tramo ferroviario la Oroya – Cerro de Pasco.

 

 

EL MISTERIO DEL FERROCARRIL (Primera parte)

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En el kilómetro 111, terrenos correspondientes a la Villa de Pasco, la vía férrea comienza a faldear los cerros que se yerguen sobre la pampa y rodeando sus estribaciones llega al kilómetro 130.700, que termina en la estación de la Esperanza del Cerro de Pasco. Estos diecinueve kilómetros y 700 metros que median entre uno y otro punto fueron en el momento de su construcción –albores del siglo veinte- los más fatales y duros del todo el recorrido. Ocurrencias trágicas y misteriosas los cubrieron con un halo de fatalidad, que hoy a muchos años, todavía los ancianos se santiguan al referirlos.

Esto es lo que acaeció.

Apenas iniciada la ascensión de aquella colina, una sucesión de inexplicables dificultades se les presentó a los heroicos trabajadores de la ruta. Las rocas eran tan duras que en un santiamén quebraban barrenos, puntas, cinceles y picos. Hasta la dinamita era impotente para destruirlas. Como si esto fuera poco, las atronadoras descargas atmosféricas caían continuamente como furiosos látigos eléctricos sobre los rieles tendidas llenando de consternación y sobresalto a los humildes trabajadores. Lo raro de todo esto es que acontecía en una época de sol.

El trabajo era duro, muy duro; pero se avanzaba.

Se había vencido serios contratiempos, pero a medida que se progresaba, se presentaban más arduas y continuas dificultades. Había mañanas en que la  espesa ventisca impedía la visión de los hombres cuando se aprestaban a iniciar la jornada. Otros días, espantosas trombas de agua se desencadenaban con pasmosa continuidad, impidiendo el inicio del trabajo.

Como es natural, esta serie de obstáculos alarmaba seriamente a los jefes y peones de la obra; nadie imaginaba entonces que estos impedimentos llegarían a límites insospechados.

Una noche  que la luna, redonda y magnífica, hacía brillar las estepas nivosas de la ruta, los braceros se incorporaron sobresaltados  sobre sus pellejos y cobijas. Miraron a la cumbre del cerro de donde provenían estremecedores gritos. Quedaron estáticos al ver lo que allí acontecía. Dibujándose a contraluz, centenares de gatos cimarrones andaban rompiendo la igualdad del horizonte. Había de todos los colores: negros, pardos, blancos, moteados, atigrados, grises, aleonados, rayados, rojizos, diversidad de combinaciones de éstos, emitiendo estridentes y escalofriantes maullidos. Horrorizados contemplaban cómo, cuatro de ellos, igual que si fueran humanos, llevaban en peso a un quinto  que simulaba estar muerto; detrás con los ojos brillantes como ascuas, un gigantesco gato negro de impresionante altura y alisado pelo lustroso, guiando a los que venían detrás alineados y caminando sobre sus patas traseras y las manos empalmadas como si estuvieran rezando. Lo más espeluznante de esta estremecedora procesión, eran sus  chillidos como desgarradores llantos de personas en trance de locura. Voces estridentes de todos los registros estremecían la noche. Los hombres mudos de terror no atinaban a pronunciar palabra. El silencio fue absoluto en tanto duró la ceremonia, después contritos y cavilosos se fueron a acostar. Aquella noche, el tétrico aquelarre de los gatos cimarrones prendidos de sus retinas, no los dejó dormir. Aquella noche también nació el nombre del cerro: Mishihuaganan. (Donde lloran los gatos)

Una extraña y negra premonición envolvió la oscuridad.

Al día siguiente, bajo unas lóbregas cerrazones que nublaba el paisaje, los hombres procuraban avanzar su trabajo en tanto no llegara la lluvia. Ya se había avanzado  considerablemente por un día y, al promediarse la tarde, un grupo que había hallado una inmensa roca, se aprestaba a quebrarla. Un trabajador que fijaba una punta para fragmentarla con el golpe de comba que propinaría un segundo, recibió de lleno el impacto del cincel al volar por los aires tras el golpe brutal que sacó chispas de la roca. Todo sucedió en unos segundos. La punta fue a incrustarse con un sonido sordo en la sien del portador. Nada se pudo hacer, murió instantáneamente.

El revuelo que causó esta espantosa muerte fue extraordinario. El difunto era un hombre muy querido en su grupo y el extraño accidente no dejaba de llamar la atención de los peones que, supersticiosos, asociaron la muerte del hombre con el extraño ritual gatuno de la noche anterior.

La superstición caló muy hondo en la conciencia del peonaje.

Pasados algunos días, cuando la normalidad parecía estar retornando a la cuadrilla, nuevamente la luna volvió a lucir su femenina palidez sobre la noche. Esta vez también volvieron  a ser testigos de un nuevo aquelarre felino. Uno de los hombres de la cuadrilla santiguándose musitó estremecido:

  • ¡¡¡Dios mío, mañana habrá otro muerto…!!!.

Así fue. Al día siguiente, cuando los obreros se aprestaban a iniciar sus labores, advirtieron que uno de ellos continuaba en la cama. Al querer despertarlo, quedaron helados. El hombre estaba muerto. Tenía fijos los vidriosos ojos, sanguinolentos y saltones, en el vacío inescrutable de la nada. Nadie hizo caso cuando los ingenieros afirmaron que había sido un derrame cerebral. Unánimemente, aseguraron que los gatos eran los malditos mensajeros de la muerte; que en sus ceremonias y sus entierros eran claros los anuncios de que alguien moriría.

Mucho batallaron los jefes para que los peones se calmaran. Tuvieron que aumentarles los salarios y regalarles con varias arrobas de aguardiente de caña para que decidieran seguir en el trabajo. Sin embargo, volvió a ocurrir el aquelarre y, al día siguiente de la satánica ceremonia, encontraron a otro hombre que se retorcía por los suelos, pálido como un muerto, con copiosas transpiraciones y alarmantes quejidos. Sus compañeros acudieron a auxiliarlo pero, ignorantes de lo que sucedía, nada pudieron hacer. En pocos minutos quedó muerto con las manos crispadas sobre el vientre.

  • Ha sido la “lipiria”- sentenció un viejo desdentado- ¡Pobre hombre… sus tripas se han enredado! … ¡Ha muerto!

No había nada que hacer. Todos estuvieron de acuerdo. Aquellas diabólicas ceremonias gatunas constituían la negra premonición de una muerte segura.

Temerosa, la gente se puso más alterada que nunca.

Ante tamaña avalancha de desgracias, los hombres tomaron una decisión; esperarían otra noche de luna, y convenientemente armados, irían a matar a los malditos animales endemoniados.

La espera no fue larga. Una noche de plenilunio, en la que el cerro misterioso era iluminado diáfanamente, se armaron de picos, látigos, hondas, barretas, garrotes y zurriagos a la espera del inicio del luctuoso ritual.

Muy poco tuvieron que aguardar.

Al promediar la medianoche, la tumultuosa procesión de gatos daba comienzo. Los hombres rodearon el cerro sigilosamente y procedieron a subir estrechando cada vez más el cerco humano. Después de dos horas de impaciente asedio, cuando ya tenían a los gatos en el centro del círculo humano, listos para la cacería, ocurrió algo inexplicable. La luna que hasta ese momento había permanecido brillante, repentinamente se cubrió de espesas nubes que ensombrecieron el paisaje y vientos huracanados venidos de todas las direcciones zarandearon aparatosamente a los hombres que impedidos de ver tan siquiera un poco, lanzaban sus garrotazos a diestra y siniestra sin lograr darle a los animales. Muchos llegaron a lesionarse entre ellos. En el oscuro vórtice de implacable terror, los desgarradores maullidos de los gatos se confundían con las imprecaciones y arengas de los hombres. Largo tiempo estuvieron enfrascados en la fantasmagórica escaramuza, hasta que cansados y en silencio comenzaron a bajar a tientas hasta el campamento. Nadie había llevado ni una lámpara, confiados en la claridad de la luna.

Continúa……

Hipólito Verástegui Cornejo Un paternal amigo extraordinario

La noticia me llegó punzantemente dolorosa a través del hilo telefónico. Lucho Rosazza con un marcado tono pungente en la voz, me dijo: “Te llamo para informarte que esta mañana, de madrugada, ha fallecido el doctor Verástegui”. No dijo más… O si lo dijo, no lo puedo recordar. El caso es que quedé inmóvil; muy conmovido. Un dolor enorme como venido de años me atravesó el corazón.

No era para menos.

Había entre él y yo, no obstante los años que nos diferenciaba, una enorme coincidencia de pareceres y un afecto como de padre a hijo que jamás podré olvidar.

El doctor Hipólito Verástegui Cornejo -“Polo” para familiares y amigos- había nacido el 3 de febrero de 1911, en el Cerro de Pasco. Fueron sus padres, don  Julián Verástegui Flores y doña Herminia Cornejo Agüero. Sus estudios primarios los había realizado en su tierra natal, los secundarios en el Colegio de Nuestra Señora de Guadalupe y los universitarios, primero en La Facultad de Medicina de Guayaquil y luego en la de Quito. Cuando en 1941, se inicia el conflicto que nos enfrentó con aquel país hermano de Ecuador, una beligerancia intolerable se desató contra los peruanos residentes en aquella ciudad. Maltratado y perseguido por ser peruano, tuvo que huir en jornadas penosamente dolorosas para llegar a su patria. Aquí, por disposición especial tuvo que revalidar los cursos llevados en Ecuador, en la facultad de Medicina Humana de San Fernando. Optó el grado de Médico cirujano en 1942. Inmediatamente después llega a ejercer en el Hospital Daniel A. Carrión de su tierra natal, el Cerro de Pasco. Aquí es en donde deja lo mejor de sus esfuerzos y desvelos en el cumplimiento de sus funciones. Comenzó como Jefe de la Asistencia Pública, luego, Jefe de la Cruz Roja Departamental, más tarde Director del Hospital Daniel A. Carrión y, finalmente, Jefe del Área Hospitalaria de Pasco. En todos estos cargos cumplió una labor extraordinaria. Todavía el pueblo cerreño lo recuerda. Especialmente la gente necesitada.

Casado con la señora Elvira Maldonado Balvín –su abnegada e inseparable compañera- tuvo en ella a su más brillante inspiradora de grandes acciones. Sus hijos son, Edith, Sonia, Hipólito Alberto, Juan y Frida.

Fue Presidente de CORPASCO donde efectuó obras de notable magnitud en beneficio del departamento. Desde su retorno a su tierra natal fue destacado miembro de Rotary Internacional.

A poco de asumir la presidencia del “Team Cerro”, club al que le dedicó muchos esfuerzos, se empeñó en adecuar debidamente sus instalaciones, ordenar la membresía, dinamizar sus actividades sociales y devolverle la prestancia que había tenido años anteriores. Lo logró con creces. El “Team” volvió a ser el remanso acogedor en el que los bohemios de aquellos años se reunían para hermosos convivios fraternales. Allí alternaban las humoradas graciosas, la conversación –aquella actividad tan hermosa, hoy día en decadencia-, la diversión de los juegos de salón, la música en la que de tanto en tanto, el legendario trío de guitarras conformado por Villaizán, Russo y Quintana, traían en alas de las melodías, el deleite espiritual que requerían; o en las voces del trío FRI – SO – MOR, conformado por “Chivillo” Frías, Soriano y Morales, los viejos valses de factura argentina, preferidos por los noctívagos de aquellos tramontos. En todas estas reuniones salpimentadas con bebidas de un bar tan nutrido de buena calidad como de variedad notable, reinó siempre la cordialidad fraternal.

Al frente del Rotary Club, su labor fue incansable. Con gran nostalgia recordamos, la navidad del niño cerreño, la semana del niño, las campañas de profilaxis social, los concursos escolares para alentar la formación de nuevos valores en el arte y la literatura.

En cumplimiento de ambas presidencias, consiguió devolvernos la tradición que estábamos a punto de perder. Logró que la compañía norteamericana edificara –contiguo al local institucional- una hermosa plaza de toros donde se realizaron las últimas manifestaciones de la Fiesta Brava a la que todos los cerreños somos aficionados. Despejes con adornados carros alegóricos conduciendo a las luminarias de la belleza local, ataviadas con peinetas, mantones de Manila, abanicos, claveles o sombreros cordobeses de ensueño, dignas de las paletas de Julio Romero de Torres; diestros encumbrados de la torería de entonces, con cuadrillas propias, banderilleros, puntilleros y monosabios.

Esta era la oportunidad en la que el pueblo gozaba de la magnificencia de la fiesta que está sufriendo su más triste ocaso. Las localidades al tope permitía que los fondos obtenidos, conjuntamente con donaciones de instituciones, compañías mineras, y personas notables, se incrementaran para que, víspera de Navidad, los niños pobres del Cerro de Pasco recibieran los más hermosos aguinaldos de manos de los rotarios y sus esposas. “Polo” Verástegui a la cabeza, con su compañera de siempre, doña “Viruca” Maldonado Balbín, entregando los regalos a los niños de los barrios cerreños que se aglutinaban en la plaza de toros. ¡Que inolvidable muestra de amor a los niños! ¡Qué despliegue de trabajo el que efectuaban entonces! ¡Los que presenciamos de cerca estos acontecimientos, jamás podremos olvidarlos! ¡Menos aún a los que, como “Polo” se desvivieron por realizar!

Su sensibilidad siempre a flor de piel, no sólo siguió honrando la tradición de celebrar emotivamente el “Día de la Madre”, sino que, realizando una esforzada campaña que todos apoyaron, hizo construir en el cementerio general, un hermoso mausoleo dedicado a la madre cerreña. ¡Qué sublime realización! A partir de su inauguración –el “Día de la Madre” de 1945- todos los años, religiosamente, se celebraba una misa solemne de réquiem por todas las madres. Ojalá que esta tradición que la mantuvimos mientras ejercimos en la Beneficencia, continúe. Ojalá.

Su entrega en el cumplimiento de las funciones que se le encomendaba, determinó su nombramiento de Presidente del Comité Departamental de Deportes de Pasco, máximo organismo rector del deporte en nuestro ámbito. En él cumplió una brillante actuación. Recordamos que, bajo su mandato, el deporte se encumbró grandemente. El año de 1950, para ser precisos, con motivo de los Primeros Juegos Deportivos Centro Peruanos, realizados en Huancayo, nuestro representativo departamental se trajo el campeonato en fútbol, el subcampeonato en Básquet, tercer lugar en Vóleibol y varias medallas en atletismo, ajedrez y ciclismo. Es decir, una brillante campaña que por mucho tiempo ha quedado en el recuerdo de los aficionados. En su época, controlado personalmente por él, bate el record mundial de permanencia en bicicleta el deportista Raúl Salvatierra. Para ellos, en todo el tiempo que duró la prueba estuvo del lado del sacrificado deportista. En aquellos tiempos logran destacada figuración a nivel nacional los representativos de fútbol de Unión Minas de Colquijirca, Alianza Huarón y otros equipos cerreños. En básquetbol, el Club Sport Peruano.

Extraordinario anfitrión fue con la señora Elvira, su esposa, cuando recibieron delegaciones del mundo entero venidas a participar en el Congreso Médico Internacional que se cumpliera en nuestra ciudad con motivo del cincuentenario del nacimiento de nuestro mártir Daniel Alcides Carrión. (13 de agosto de 1957). Se desvivieron por lograr cómodos alojamientos, adecuada alimentación, movilidad oportuna y rápida, atención médica de primera calidad. Es decir un trabajo de titanes que obtuvo un éxito rotundo. Cuando terminó el Congreso todos estuvieron muy agradecidos a los anfitriones.

En aquella ocasión, las asambleas académicas se efectuaron en el escenario del Cine Teatro Grau transmitidas por Radio Corporación, cuyas grabaciones magnetofónicas, en su totalidad, fueron entregadas a la Asociación Médica Peruana.

Los oradores en la primera sesión del Congreso fueron: el ex Ministro de Salud Pública y Asistencia Social, doctor Jorge Haaker Fort, que a nombre del Supremo Gobierno, declaró inaugurado el certamen. El doctor Arturo Baeza Goñi, por Chile; doctor Numa Pompilio Munguía por Honduras; doctor Jesús Acosta, por Venezuela; doctor Fernando Cordero, por Guatemala; doctor Ernest George Nauck, catedrático de la Universidad de Hamburgo, por Alemania; doctor Dagmar Chávez, por Brasil.  Los días siguientes, veinte distinguidos médicos de diversas nacionalidades por sesión, desfilaron por el escenario del Cine Grau. Aquella memorable oportunidad el Perú estuvo representado por los doctores René Gastelumendi, Luis Amat, Marino Costa, Carlos Rodríguez Larraín y Eduardo Águila Pardo, El Cerro de Pasco, por los doctores Hipólito Verástegui Cornejo, Aurelio Malpartida, Eduardo Ventura Torres, Juan Antonio Paitán, Eduardo Soberón Gutarra, Washington Landa Machuca,

Los médicos y sus esposas fueron homenajeados en los más distinguidos clubes sociales de la localidad y, por atención de las compañías mineras y ganaderas fueron atendidos en sus visitas al, “Bosque de Rocas” de Huayllay, Huariaca, La Quinua, Jumasha, Ninacaca, Chaprín.

En lo que a mí respecta, todavía recuerdo cuando llegué en compañía de don Martín Mendoza Tarazona, a la sede del Club de la Unión. Aquella noche se reunía el Rotary Club en su cena semanal y el invitado era yo. ¡Imagínense! En el primer rellano de la escalera me recibió con una abierta sonrisa entrañablemente amical que me infundió confianza y seguridad.

— ¡Bienvenido –me dijo- Estamos felices de que estés aquí para rendirte nuestro homenaje. Por Martín y los periódicos sabemos que has recibido el Premio de Excelencia en la Escuela. Eso nos llena de enorme satisfacción y orgullo. Inmediatamente fui presentado a los connotados socios rotarios que eran los personajes más notables de la ciudad; superintendentes de compañía mineras, hacendados, comerciantes, profesionales destacados.

Mi timidez se fue desvaneciendo a medida que alternaba con esos señores respetables y más aún cuando “Polo” llevándome a un rincón me dijo: “Tienes que estar tranquilo, no olvides que eres el invitado de honor y tienes que estar a la altura de las circunstancias”. Como por arte de magia me olvidé de mi triste indumentaria compuesta de un “mameluco” azul y camisa blanca. Más tarde, cuando generosamente Polo magnificó mi esfuerzo en la Escuela, todos aplaudieron y me regalaron con la colección de doce tomos de “El Tesoro de la Juventud”. Nunca había recibido un presente de esa calidad.

Años más tarde. Cuando estudiaba en la Universidad Carrión, fui presentado por “Polo” Verástegui para ser miembro activo de Rotary. Él fue mi padrino. En el desempeño de la Secretaría del Club obtuve brillantes experiencias. Muchas veces representé a Rotary en certámenes nacionales e internacionales, pero sobre todo, alimentó mi sensibilidad hacia los más necesitados.

Cuando, pasado el tiempo y ya jubilado, tuvo que partir, todo el pueblo cerreño manifestó abiertamente su dolor. Todos sentimos que una parte importante de nuestra historia partía. Ahora que, definitivamente, ha emprendido el viaje sin regreso, pedimos al Todopoderoso le alcance la felicidad a que tiene derecho. Se lo merece. Que Dios le bendiga.

 

 

 

 

 

 

LA CALLE GAITERAS

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En realidad, esta añorada callecita  era un estrecho pasaje que comunicaba la calle Fernandini con la Plaza del Comercio. En sus inicios, a decir de don Gerardo Patiño López, don Aníbal Gálvez y don Ramiro Ráez Cisneros, fue una “callecita pecaminosa” a la que se la denominó también “La Quita Prosa” y “El Culebrón”; allí estaba ubicado uno de los más connotados burdeles cerreños  con pupilas especialmente españolas de Galicia a las que conocían por “Las Gaiteras”. Alguna vez cuando pregunté por el nombre de la calle a don Alberto Minaya Rolando, más conocido por “Capachón”, me contestó “Aquí las gitanas de “Chupaban” la gaita; por eso, chiquillo. ¿Me entiendes, no?”.

Cuando en 1890, la compañía Azalia – Nation levantó el imponente edificio colindante –el más grande de la Plaza del Comercio- llamada después Centenario, las pelanduscas tuvieron que marcharse con la música a otra parte. La calle se adecentó y allí llegaron a vivir Juan Azalia, Alexander Nation, Mercedes de Gago, el italiano Francisco Puccio y su compatriota RicardoLercari.

Por esas fechas, en la esquina que da a la histórica plaza, fijó su residencia don Ignacio  Llanos, tronco de una respetable familia cerreña. La vez que tuve el honor de visitar aquella casona, me impresionó el amplio ventanal que daba a la plaza Centenario. Sentados en cómodas poltronas con aquel inolvidable anfitrión, don Félix Llanos Alvarado, contemplábamos la histórica plaza que ahora ha desaparecido. Entre trago y trago de sus  inolvidables y riquísimos “Gin con gin”, conversábamos temas relativos a nuestra historia.

Recuerdo que en la parte baja de esta casona residía el temido sargento Corrales, miembro de la policía local. Con él vivía su hija, una chica llamativamente hermosa, de rostro sonrosado, cabello rubio, sonrisa divina y cuerpo escultural. Todos los jóvenes de entonces la mirábamos con disimulada admiración. ¡No sea que su padre –hombre de pocas pulgas- se enterara!

Lo llamativo de esta guapísimo chica no era solamente en su belleza y alegría a flor de piel, no; lo más llamativo en ella era su vestimenta.

En lugar de faldas, usaba pantalones. Imagínense. Si era censurable que las mujeres vistieran pantalones, Amparito –así se llamaba la chica- llegaba a extremos de audacia y desparpajo vistiendo unos pantalones “vaqueros” que se habían puesto de moda. ¡Dios mío! Estoy hablando de la mitad del siglo pasado. En realidad, todos los varones la admiraban por ese hecho. Lo admirable era que sus pantalones eran tan ajustados que daba la impresión de estar desnuda porque la esculpía completamente, sin dejar nada para la imaginación. Cuando pasaba por calles y plazas, los ojos de los hombres, inmediatamente, se volvían para ver aquella preciosa escultura andante. Todos felices con Amparito. Bueno no todos. Las mujeres, especialmente las viejas, le declararon una guerra sin cuartel. Cuando la veían venir se santiguaban compungidas y luego elevaban los ojos al cielo. Amparito jamás les hizo caso. Los comentarios eran activos y muy subidos de tono pero en voz baja; el temor a las represalias del sargento policial siempre estaba amenazantemente vigente. Por eso es que tal vez no se le conoció aventura alguna.

Bueno, transcurrido el tiempo, repentinamente sin que nadie lo supiera, padre e hija desaparecieron del más alto tinglado de la vida. Posiblemente ahora sea una venerable matrona, pero, el recuerdo que dejó en la juventud cerreña de entonces, fue inolvidable. Hasta ahora la recordamos con nostalgia.

la-calle-gaiteras-2Volviendo a la historia de esta desaparecida callecita, en su parte céntrica vivía la familia Solís Echevarría. El tronco familiar era don Domingo Solis Ruso, Secretario del Prefecto del Departamento y activo periodista corresponsal de EL COMERCIO de Lima. Sus hijas, Hilda, Amanda, Maruja y Olivia, notables artistas que han dejado grandes recuerdos en el arte y la  radiotelefonía de nuestra ciudad. En la primera foto que publicamos se ve, al fondo, la oficina del doctor Augusto Parra Solís, notable abogado jaujino que casó con la cerreña Paca Montero con la que tuvo varios hijos. Este respetable amigo hizo una tarea extraordinaria a favor del pueblo que lo acogió. Entre otras cosas -por ejemplo- consiguió la edificación del Colegio María Parado de Bellido en San Juan y la edificación del colegio Daniel A. Carrión en Patarcocha; fue excelente deportista conjuntamente con sus hermanos. Lo que son las cosas. Cuando me enteré que los “cerreños” le habían negado su ingreso en un club, pregunté la razón y me respondieron “No es cerreño, es jaujino”. El que había propiciado este desafuero era un “respetable médico” nacido cerca de la plaza Chaupimarca de nuestra ciudad pero que, en “su perra vida (Como dice kuczynski) nunca hizo nada sin que le pagaran. Es, fue y será un “profesional” negativo que habiendo sido, cerreño, jamás se escuchó que hiciera algo por el pueblo que sí recibió el benemérito trabajo del “jaujino”

Quiero finalizar este relato diciéndoles que, fue en esta calle, ya pasados los años, por 1950 más o menos, la casa de la familia Solis que ya se había retirado de la ciudad, se convirtió en la primera “Boîte” del Cerro de Pasco. Es decir un club nocturno con música moderna, tragos, meseras y toda la parafernalia del caso. Ni bien uno entraba se daba con un sofisticado ambiente de manifiesta oscuridad porque las  velas de cada mesa, eran muy débiles para alumbrar todo el ámbito íntimo.

Los habitantes de Gaiteras, poco a poco fueron dejando la ciudad para enrumbar a San Juan (Nueva ciudad) y la mayoría a otros pueblos.

Esta simpática calleja también ha desapareció tragada por el “Tajo Abierto”. Esto es lo que el Cerro de Pasco está dando por el progreso económico de la nación. ¿Conoce usted otro pueblo que tanto se sacrifique por el Perú?

 

NUESTRA VIEJA TORRE DEL HOSPITAL CARRION

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LA TORRE DEL HOSPITAL CARRIÓN

Hospital Carrión tomada desde el interior del nosocomio, no podemos menos que admirar la visión de sus fundadores al rodearla de árboles nativos como son los “Quinuales”, únicos que se atreven a crecer a más de cuatro mil metros de altura. ¿Qué les pasó a nuestros viejos?  ¿Por qué no hicieron lo propio en otros tantos edificios y lugares de nuestra ciudad? Tuvo que pasar muchos años para que nuestro patriarca, don Gerardo Patiño López, hiciera otro tanto en nuestro cementerio general. Trajo de su fundo San Miguel pequeños arbustos y los plantó a la entrada del camposanto. Hoy día, supérstites –todavía vivos- siguen proclamando la grandiosa intención de nuestro maestro. Cuando estuvimos al frente de la Beneficencia, hice traer pequeños plantones que los sembré en nuestro cementerio. No lo va usted a creer, al día siguiente habían sido arrancados de raíz sin que quedara ninguno. Supe que sujetos venidos de otros lugares los habían arrancado. Hay sujetos que no obstante vivir en nuestro suelo y ganar el sustento en nuestra ciudad, hieren la mano de los que le dan de comer. ¡Lástima!.

Hoy en día, cuando vemos nuevas imágenes de nuestro pueblo, ya podemos alegrarnos de que exista una hermosa arboleda en varios lugares. Tuvo que ser una admirable cerreña, Amanda López Gamarra –entonces alcaldesa de Yanacancha, la que se ocupara de sembrar estos árboles. Claro que para ello tuvo que luchar mucho. Lo sabemos. Ordenó que a estas plantas la resguardaran con alambres de púas contraviniendo las campañas de ciertos periodistas que criticaron su decisión. El resultado es plausible y hermoso. Gracias, Amanda.

Ahora, con todo respeto, hablemos de nuestra torre.

Los mineros de diversas nacionalidades que explotaban nuestras minas determinaron  construir un hospital como un homenaje de gratitud a la ciudad que los cobijaba. Los consulados español, italiano, francés, inglés y austro húngaro, después de ad­quirir el terreno correspondiente, inician su construcción el 1º de enero de 1858 y es inaugurado en 1864, con el nombre de HOSPITAL  LA  PROVIDENCIA, once años antes que el Hospital Dos de Mayo de Lima, inaugurado el 28 de febrero de 1875.

Lo más resaltante del edificio del hospital fue su monumental torre de piedra. Debido a la iniciativa del coronel Bernardo Bermúdez y de don José Malpartida Cuestas, fue levantado piedra sobre piedra por artesanos de entonces. Visible desde todos los puntos de la ciudad, lucía, en la parte alta, un hermo­so reloj armado ex-profeso por el genial Pedro Ruiz Gallo. Este reloj -símbolo del  indomable espíritu cerreño- marcó por muchos años el palpitar del pueblo minero, con sus triunfos y derrotas; con sus tragedias y alegrías.

Como homenaje de recuerdo a Juvenal Augusto Rojas -uno de los más destacados periodistas del Cerro de Pasco-. trascribimos su nota referida a nuestra histórica Torre. Juvenal abogaba para que se construya una réplica que se consiguió años después. Sus palabras fueron escuchadas.

 “No es necesario recontar la historia de esta torre; tampoco es necesario repetir que en nombre del “progreso” las máquinas de Centromín darán cuenta de ella. El conglomerado humano que vive, trabaja y piensa en el Cerro de Pasco y zonas adyacentes, sabe de antemano el próximo final de la torre. Todos los que conocen esta Capital Minera del Perú, guardan en su memoria la preciada imagen de la torre. Ahí está ella, como el rostro inolvidable que de algún amigo se guarda. Ella pertenece a todas las personas sensibles; a todas aquellas que educaron sus espíritus; a quienes hacen cultura. Ellas no conciben Paris sin su Torre Eiffel, ni Londres sin su Big Ben, ni Pisa sin su torre inclinada. Quiten el Centro Cívico o su Feria y dejará de ser Huancayo; destruyan “Calicanto” o su hermosa Plaza de Armas, faltará Huánuco; porque éstos son los entes, las esencias, el  substráctum de aquellos pueblos. Es un delito extirpar estas esencias, por muy nobles que sean los propósitos. Quienes destruyen lo vital de los pueblos son asesinos de la cultura. Están cometiendo delito de lesa cultura. Por supina ignorancia se puede caer en este terreno, pero ahora que lo planificado, panificado está, urge –conscientemente- disminuir el error y la afrenta. Si la torre tiene que caer, que se construya una réplica para mejorar y darle unidad al nuevo Hospital Carrión de San Juan Pampa. ¿Estamos?

(De Pluma Arterial,  publicado en “El Pueblo” Nº 18 de 27 de noviembre de 1978)

¿Sabía usted…?

Que el año de 1957, con motivo de celebrarse el primer centena­rio del nacimiento de nuestro mártir, se remodeló nuestro Nosocomio con setecientos mil soles donados por el Fondo Nacional de Salud y Bienestar Social. También, los hermanos Fernandini Clotet, sucesores de don Eulogio Fernandini, hicieron llegar su donativo consistente en una mesa de operaciones y un equipo completo de anestesia. La Cerro de Pasco Corporation, diez mil soles, la instalación de alumbrado y calefacción en todo el hospital; la Compañía Minera MILPO, un magnifico equipo de “autoclave” para la sala de operaciones; la Cia. Minera Atacocha, una moderna carroza (Al no ser utilizada como tal ya que la tradición del pueblo no lo permitía, tuvieron que convertirla en Ambulancia). Igualmente hubo donativos de los Ingenieros, Edgardo Portaro y Felipe Bautista. Los trabajadores del “Staff” de la Cerro de Pasco Copper Corporation donaron, sábanas, frazadas, ropas para los niños, medicamentos, biberones, pijamas etc. Fuente: (LA ANTORCHA, 8 de febrero de 1960).

Sebastián G. Benavides Huaynate

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Este distinguido hombre de letras, nació en la cálida ciudad de Yanahuanca, el 22 de noviembre de 1898. Fueron sus padres don Julio G. Benavides Avellaneda y doña Marcela Huaynate.

Sus estudios primarios los realizó en el «Liceo Cerreño», dirigido por el eminente pedagogo jaujino, Antonio Martínez, en la vieja ciudad minera del Cerro de Pasco. Los secundarios en el Colegio Nacional de Nuestra Señora de Guadalupe, de Lima.

Al finalizar la secundaria, ingresa en la Facultad de Letras de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos y, finalizados los primeros años, aquejado por una dolencia que requería de reposo y calma, retoma a medicinarse a su tierra natal y, ya repuesto, retoma a la capital e ingresa a la Universidad Católica de Lima. Nuevamente el clima húmedo ataca al insigne yanahuanquino por lo que esta vez definitivamente tiene que abandonar los estudios.

Cuando en 1929 ingresa en la política comunal, lo hace con éxito. Es elegido Alcalde de su tierra natal en donde va a desarrollar prolífica labor gubernamental. En aquella ocasión, su entrañable amigo y colega, Ambrosio Casquero Dianderas, poeta y escritor como él, publica en «El Minero» del 5 de abril de 1929 la siguiente nota que titula:

LA PERSONALIDAD DEL ACTUAL ALCALDE DE YANAHUANCA

 Con conocimiento de causa, porque he radicado por algún tiempo en Yanahuanca, esbozaré algunas parrafadas sobre la personalidad del personero comunal actual de aquel pueblo.

 Efectivamente, es Sebastian G. Benavides -sin que la suspicacia de los que me leyeran pueda decir que hay convenio antelado para halagarlo-, libre estoy de ello, es uno de los elementos más representativos de aquel lugar.

 Es decir, tiene todo lo que puede tener un elemento de valía con personalidad propia. Entre otros méritos, sus dotes intelectuales son demasiado conocidas. La camaradería, por otro lado, de su franco corazón sugestionóme siempre, debido a la similitud de temperamentos que piensan del mismo modo. Y una vieja amistad continuamente nos ligó con un fraternal aprecio.

 Asimismo, en otros terrenos, Benavides es suficientemente preparado. La política comunal, no tiene deficiencias de conocimientos para él.  Puede en su próximo curso de servicios en el mundo que le toca seguir, no ser un práctico de una labor impuesta, mas es todo un idealista para mantener el calor de todo progreso general y colectivo.

 Volviendo a lo intelectual, hombre de fácil palabra- cuando habla se expresa bien. No tiene el sentido del amaneramiento ni del decir común-. Escúchesele y siempre dirá algo nuevo en favor y bien al todo.

 En suma, de Benavides en el actual mando del gobierno edilicio, no se esperará mucho, sino lo concreto y correcto para el progreso de Yanahuanca.

 Para terminar, brindo al viejo camarada periodista en estas líneas, como un deber que en mi impera, mi más cálida felicitación por su rotundo triunfo comunal.

 A.W.Casquero.

 Cerro, abril de 1929.

Una de las creaciones de nuestro escritor es este ensayo acerca de la Envidia, publicado en momentos en los que esta lacra hacía estragos entre la comunidad cerreña.

LA ENVIDIA

 Los hombres de espíritu mezquino, que inclinándose siempre a la maledicencia, sufren y jamás gozan con el bien ajeno.

 Lejanos fragores de trueno recuerdan las palabras que fementido pronunció Caín después de victimar a su hermano- dice José Ingenieros al hablar de la envidia y remarca, «el primer asesino de la leyenda bíblica tuvo que ser un envidioso».

 Nuestro medio ambiente cuajado de gentes maldicientes, de espíritus bastardos y almas raquíticas, nos dan a diario patéticos ejemplos de los alcances de esta bastardía moral.

 Difícil sería extirpar del seno de los hombres de cenagosa estructura espiritual los achaques de la envidia que en todo momento la esgrimen como arma de combate y desahogo procaz y, es por esto que el lapidario González Prada, al hablar de tópico semejante, dijo: «Los hombres tienen su baba como el reptil su veneno».

 El espartano Antístenes al saber que le envidiaban contestó – dice Ingenieros- «Peor para ellos; tendrán que sufrir el doble tormento de sus males y de mis bienes». Y el mismo Ingenieros agrega: «Es necesario provocar la envidia, estimularla, acosarla, para tener la dicha de escuchar sus plegarias. No ser envidiado es una cosa muy triste».

 Ser superior para los que nos envidian, para servirles de sombra y férula, es la mejor bofetada moral que podemos darles, como la luna cruza el Zenit mientras los perros ladran.

 Cerro de Pasco, 3 de mayo de 1923.

Otra de sus creaciones, publicada en «El Diario», del Cerro de Pasco en su edición de homenaje a Pasco en mayo de 1928, es la siguiente.

MIENTRAS LA VIDA TRANSCURRA

 Mientras el vértigo del tiempo y la marcha acelerada de los siglos que huyen desgranen segundos y minutos y la vida transcurra; mientras penas y alegrías giren en torno nuestro: el hombre piensa. El cerebro en trabajo constante, hilvanando ideas forja nuevas orientaciones que germinan como la simiente sobre un suelo fecundo para servir de nuevo derrotero a la humanidad.

 Mientras las sonrisas existan en los labios de vírgenes insomnes; mientras el corazón oscile apasionadamente; mientras el pudor de la mujer inviolada escatime caricias; mientras acompañe al hombre la diosa Esperanza, cual una diamantina luz en la diafanidad de un cielo perláceo; mientras exista una inquietud y un rito indescifrable; mientras se piensa en un lisonjero porvenir, el hombre temerá a la muerte.

 Mientras exista el jardín de la quimeras, donde las flores tienen la exótica policromía de las cosas sugestivas y atrayentes; mientras exista un cielo límpido; estriado de largas nubes blancas, donde elevar el espíritu en horas nostálgicas; mientras la mujer ofrezca concesiones nuevas; mientras exista el amor, que es el incentivo de la vida, el que esto escribe seguirá escribiendo…

 Mayo de 1928. S.G. Benavides

¿Sabía usted….?

Que todavía el 5 de junio de 1890, se inaugura solemnemente la Escuela Municipal de la ciudad. Inicialmente tenía dos ramas, una femenina y otra masculina. Funcionaba en los altos de la municipalidad. Allí recibieron sus primeras letras, Evaristo San Cristóval y León, Teodomiro Gutiérrez Cueva, Gamaniel Blanco Murillo, Gerardo Patiño López, Elias Malpartida Franco, y Daniel Alcides Carrión que después fue llevado a Tarma y más tarde a Lima.