VELORIO MINERO (Segunda parte)

velorio minero 2Tendido sobre la mesa con mortaja franciscana, domeñado por la muerte, yace Pablo Chuqui, el que fuera brioso pregón de vida en su juventud. Su exangüe faz cadavérica adquirió un aspecto patético cuando le subieron la capucha. Ojeras profundas, descarnadas, oscuras, circundando las órbitas óseas; mejillas enjutas, hundidas, resaltando la prominencia de pómulos y supérstites bigotes; nariz casi transparente, boca reseca, ya sin músculos, sujeta por un pañuelo para que no se le vaya a colgar la mandíbula; manos cruzadas sobre el pecho en cuyos sarmentosos dedos se enreda un rosario de cuentas de madera. Ha sido abatido por la silicosis: asesina de los mineros.

Rodeando su cadáver están sus compañeros y amigos: perforistas, enmaderadores, tuberos, motoristas, bodegueros, barreneros, troleros, carrilanos, cargadores, tareadores.  A un costado, la viuda, marchita, intensamente pálida –decoloración del sufrimiento- la mirada perdida en el vacío. El dolor y la frustración han trabajado sobre su rostro profundos rasgos de abatimiento. Compañera de triunfos en épocas pletóricas de bienestar y felicidad en la pequeña intimidad del campamento; alegría desbordante a la llegada de cada hijo; contento a la mesa del “Restaurante Berrocal” en el compartir de los generosos frutos del esfuerzo; pareja feliz, acicalada y alegre en los “cortamontes” carnavaleros; abnegada sufriente cuando comenzó el vía crucis; compañera comprensiva en todas las instancias del padecimiento; en las inacabables noches en vela, cuando había que sentarlo respaldado por sus almohadones para que pudiera respirar; mar de llanto cuando se enteró que ya nadie lo salvaría en la definitiva sentencia del médico; escondiéndose para llorar sin que él lo advirtiera; viéndolo acabarse  poco a poco, como una pavesa muriente; cerrando sus ojos ya sin vida, finalmente.

velorio minero 3Amándolo siempre, aún después de muerto. Larguísimo tiempo había compartido el abatimiento terrible del hombre que durante toda su vida la amara tanto, con esa áspera rudeza de minero que no sabe de acaramelados devaneos, pero que en tanto vivió, le hizo parir ocho hijos fuertes y cariñosos: cuatro varones y cuatro hembras que ahora, vestidos de negro, escoltan a la madre. Muy junto a los dolientes, presidiendo el velatorio, como si fuera el hermano mayor del difunto, cabellos canos, ojos cansados, rostro iluminado de dignidad, don Isauro Lavado. Nadie como este patriarcal minero, sobreviviente de mil y un combates laboreros, para comandar la despedida del que parte al viaje sin regreso. Inquieto líder natural  ha leído cuanto libro, revista o panfleto ha caído en sus manos; ha vivido interminables tertulias con valiosos elementos de la cultura laboral, como Andrés Urbina Acevedo, Miguel de la Matta, Gamaniel Blanco Murillo, Augusto Mateu Cueva, Augusto Gayoso Picón …

Cuando cumplí los dieciséis años me bajaron a la mina y desde entonces he recorrido todos sus recovecos desempeñando las labores más diversas. De perforista conocí a Pablo, el finado –su mirada empapada de ternura se fija en el cadáver- era todo un campeón. El único. Se había convertido en un experto perforista. Comenzando con la Pickammer, llegó a dominar la Jackammer y andando el tiempo fue amo y señor de perforadoras más pesadas como la Leinner y la Torpedo. Había que verlo cuando trabajaba.

Los “servicios” -hombres y mujeres- han repartido hojas de coca que todos mastican cumpliendo el fúnebre rito minero; para endulzarla, el “poro”, alargado y pequeño calabacín repleto de cal, pasa de mano en mano. El humo de los cigarros ha producido una espesa penumbra y de rato en rato circula el “Calichi”, hirviente infusión de hierbas cálidas en aguardiente de caña y limón que todos beben encendiendo los ánimos y la conversación. En una habitación interior están las mujeres y, en la sala, rodeando al finado, los hombres.

Conoce como nadie la historia de su tierra cerreña y de sus minas; enterrado en los más atroces recodos de las oquedades, salvado de un sin número de accidentes, ha escrito en los diarios cerreños páginas de protesta social y documentados alegatos reivindicatorios. Anarquista convicto y confeso ha cerrado filas en cuanto conflicto ha habido contra la “Mining”. Su predicamento sencillo pero cargado de calor citaba a los padres del anarquismo como Bakunin, Kropotkin, Proudhom; sus palabras se encendían cuando citaba a Manuel González Prada. Recluido en prisión incontables oportunidades, torturado y abandonado para que muera, está ahí sin embargo, vivo, estoico,  bien parado, como siempre. Los que lo rodean –jóvenes y viejos como él- escuchan su palabra con mucho respeto, con reverencia.

— Cada madrugada veía salir a mi padre  rumbo a la mina. Se calzaba las pacas, cogía su lámpara, su capote y, partía. Un día no volvió más. Sus compañeros trajeron su cuerpo destrozado dentro de una caja de madera para velarlo –su voz suena dolorosamente lejana-. Lo único que heredé de mi padre fue su lámpara de carburo y la inconsolable tristeza de mi madre. -Con la mirada distante de recuerdos, habla masticando su coca- Al cumplir doce años entré a trabajar en la escogedora de la “Picking-Plant” y allí, desollándome las manos en la escogencia de minerales aprendí a conocer a la vida y a los hombres. En ese lapso pude ver el fatídico desfile de la muerte en las negras galerías; derrumbes monstruosos, fatídicas explosiones con su secuela de muertos y heridos y, en cada uno de estos eventos fatales soporté la desaparición de muchos amigos y parientes.

Macizo como un gigante, el finado, cargaba la perforadora con los atalajes, gamarrillas, mangueras y cordones como si fuera un simple juguete. No sentía el peso de la Torpedo a la que hacía vibrar como quería. Era increíble. Nunca se cansaba. ¡Qué barbaridad! Hacía el doble del trabajo de los demás. Cuando le advertíamos que el polvo lo mataría, se reía abiertamente desafiante. Ya lo ven, ahora lo estamos velando. El polvo de la mina no respeta a nadie.

Al comienzo se resistió a aceptar su mal, pero fue aquella tos seca y persistente que terminó por convencerlo. A medida que transcurrían los días, sus carnes fueron perdiendo tono y vigor;  su piel, el atezado color de la sierra; cada vez más iba pareciéndose a un muerto. Su dolor de cabeza se hizo insoportable. Ninguna pastilla, brebaje o emplasto logró calmarle. Las “wanchas”, pequeños batracios repugnantes, murieron amarrados a su cabeza en retorcidos estertores; infructuosamente se gastó abundante vinagre “Bully”; el amoníaco de los orines podridos se rindió impotente ante el suplicio; el cuy negro fue incapaz de domeñar la tortura; ni las frotaciones con ajos macho, ruda y tabaco en interminables noches de chacchapeo, lograron nada. Perdió el sueño. Sus ahogos fueron haciéndose cada vez más dramáticos. ¡Claro!. Sus pulmones carcomidos por el polvo metálico ya no podían responder con suficiencia y lo que comenzó con gotas sanguinolentas terminó por convertirse en un surtidor de sangre viva. Poco a poco fue arrojando sus pulmones por la boca. Sin poder respirar y avergonzado de su cadavérica apariencia fue a recluirse a Huariaca. No quiso que nadie lo viera en esas condiciones, pero un día, su amigo del alma, el “Puca Toro” Alania lo visitó venciendo toda resistencia; al verlo tan acabado, terminó llorando como un niño. ¡Cómo lloró el “Puca Toro”!

Continúa….

VELORIO MINERO (Primera parte)

el velorio mineroTodos esperaban lo irremediable en el barrio Misti. Después de dar dura batalla, el hombre se moría. A la espera del deceso se reunieron las viejecitas para acompañar a la esposa en los momentos finales. Es la costumbre. Rodeando la cama rezan en voz baja pidiendo al Todopoderoso “se lo recoja para que deje de sufrir”. Ayer ha venido el cura “Chazán” que tomando el santo óleo del crisma ha purificado los sentidos y miembros del agónico por haber visto, oído, olido, gustado, tocado y andado tan lejos de Cristo durante tanto tiempo. Le hizo comulgar la hostia  con lo que culminó el rito cristiano y, se marchó.

De rato en rato, sibilinamente, las viejecitas aplicaban el oído al corazón del doliente o le acercaban un espejo a la boca; si éste se nublaba, todavía estaba vivo; caso contrario, había finado. Cuando esto ocurrió, la más anciana anunció el acontecimiento con lúgubre y breve expresión que todos entendieron: “Se ha pasado”. El llanto espontáneo, adolorido y gimiente se hizo general; todos sollozaron compungidos rodeando a la viuda y sus hijos. El dolor los hermanó a todos.

Producido el deceso, cerraron los ojos del muerto. El que los tuviera  abiertos –aseguran las viejecitas- es clara advertencia que muy pronto habrá de llevarse a uno de sus seres queridos. Con un enorme pañuelo le amarraron el maxilar inferior para que no se le fuera a colgar.

Después, lo más allegados -menos los hijos- bañaron el cuerpo. Sabido es que producido el deceso todos los esfínteres se relajan y arrojan las excrecencias del cuerpo, por eso hay que asearlo para después ponerle la ropa interior.

Entretanto, familiares y amigos más cercanos han preparado la sala principal de la casa para el velorio. Sacaron armarios, cajas, adornos cuadros, espejos, perchas  colgadores,  dejando completamente libre la habitación. Los encargados de la funeraria “Bernuy” han colocado “Catafalcos” negros de tela con festones dorados cubriendo todas las paredes. Han tenido cuidado en dejar en lugares donde están las puertas, una juntura para que pueda discurrirse por ellas. Al centro han colocado la mesa más grande de la casa donde pondrán el cadáver y la han forrado con sábanas blancas y rodapiés bordados.

Los amigos más queridos han trasportado el cuerpo del dormitorio a la sala y lo han puesto sobre la mesa cubriéndolo con una sábana blanca. A la cabecera, el Cristo en la cruz; en las esquinas, cuatro candelabros con cirios encendidos. Sobre la puerta se ha clavado una cruz con cintas negras; así, familiares y amigos conocerán el óbito. La mesa está ubicada frente a la puerta principal. Es la costumbre. Pasado un tiempo llegaron, el “Curioso” para confeccionar la mortaja y el carpintero, el ataúd.

Se ha cumplido con todos los pasajes de la tradición cristiana que dice: “La piedad respetuosa que los primeros cristianos sintieron hacia los muertos se manifestaba ya en el momento de expirar. Se les lavaba el cuerpo, se les perfumaba a menudo, se les cerraba los ojos y la boca, como para quitar a la muerte lo que tiene de horrorosa y para darle apariencia del sueño tranquilo. El cuerpo se envolvía en su sudario y se le depositaba en un sepulcro.

Un poco más tarde llegó Nicander Díaz, habilidoso y popular personaje que en las fiestas de mayo es destacado bailarín de Chunguinada y, en momentos como este, “mortajero”; meticuloso en el cumplimiento de la tradición. Ha llegado cariacontecido, vestido de riguroso luto y tras dar el pésame a los dolientes ha procedido a vestir al muerto.

El sudario lo ha confeccionado con paño muy austero, sin ningún adorno superfluo o pagano, menos con guarniciones metálicas. Es el hábito seráfico de San Francisco de Asís de tosco sayal marrón con capucha sujeto con cordón blanco que ha sido tejido cumpliendo un rito muy especial. La capucha esconderá los rasgos descarnados del difunto cuando deambule por la tierra y el cordón, como un poderoso protector, enmudecerá a los perros. Todos sabemos que a la vista de los espíritus los canes aúllan lastimeramente. Le han puesto unas zapatillas muy ligeras para que no se escuchen sus  pisadas cuando venga a ver a sus deudos. En tanto está amortajando al muerto, Nicander le habla cariñosamente como si estuviera vivo generalmente en quechua para que no esté tan rígido, porque lo que se quiere es  dejarlo presentable para su partida definitiva.

Aquí en el Cerro de Pasco, se vela al difunto dos días y dos noches; a veces hasta tres, – las bajas temperaturas reinantes así lo permiten- cuando los familiares ausentes no llegan. “No se debe acelerar el entierro porque el alma sufrirá mucho ante la ausencia de un ser querido”. 

Para el velatorio, parientes y amigos han ido llegando desde la siete de la noche portando botellas de licor, cigarrillos, panes, coca, café, etc. Nadie llega con las manos vacías. Los hombres se sitúan la sala y  las mujeres en alguno de los recintos interiores próximos al principal. Durante toda la noche la conversación  girará en derredor de las virtudes del difunto porque su alma “no se ha marchado definitivamente, está entre los presentes y puede darse cuenta de cuánto hacen y dicen  los suyos; por eso todos hacen elogios de sus virtudes, convencidos de que  les oye y necesita escuchar tales halagos para estar alegre y satisfecho”. También se pueden referir a su anecdotario, a sus andanzas y a algunos pecadillos veniales, eso sí, en voz baja; más tarde ya se “rajará” de las autoridades y de algunos hechos de actualidad; sólo al amanecer, cuando languidecen los ánimos se permiten adivinanzas y relatos probos, respetuosos, porque los otros, los colorados, están destinados al velatorio de los cinco días o “Pichgachy”.

Historia del huayno “Carestías”

carestias huaynoNada como el huayno cerreño para reflejar las vivencias obreras en toda su intensidad. Cercanos los carnavales –feria de canciones populares- dos creadores de estirpe, “Machín” Porras Mandujano, el poeta y, Pancho Azcárate, el músico, tejieron con encomiable acierto las testimoniales notas del huayno “Carestías” que con precisión reflejaba los dramáticos momentos que estaba viviendo nuestra tierra. -1948- Con gran entusiasmo se cantó en todos los rincones mineros en los carnavales de aquel año.

Desde mucho antes los cerreños creyeron que la racha de escasez pasaría pronto. El transitar de los días les convenció que no sería así. La penuria se hizo más grave. En los comercios no se encontraba arroz, azúcar, manteca, harina, fideos… En aquellos momentos se llegó a creer que el azúcar podía reemplazarse con otros edulcorantes pero entonces desaparecieron los caramelos de tiendas y chinganas; aquellos bollos prietos de chancaca que traían de Quicacán y Vichaycoto, no sólo no endulzaban sino que le cambiaban de sabor a las bebidas caseras, también habían desaparecido. A punto de cumplirse el segundo año de la inhumana restricción, el drama se había agravado. Las gentes hoscas y aviesas ni siquiera conversaban en las colas como al principio; un odio creciente y acérrimo contra las autoridades les iba corroyendo el alma, tornándolas silenciosas y desconfiadas.

Tan amarga es esta vida,

¡Ay! cerreñita,

cola más cola, en cada esquina,

ya no hay azúcar, arroz ni harina.

Las últimas disposiciones legales estipulaban que la venta de artículos de primera necesidad fuera centralizada y manejada por la Prefectura dejando de lado a la Municipalidad que se hallaba atada de manos. Sólo Cipriano Proaño, el italiano Alessio Sibille, el español Vicente Vegas y el croata Nicolás Lale, eran los únicos autorizados a expenderlos. Cien gramos de azúcar y cien gramos de arroz diarios por cada familia; una libra de manteca por semana. El pan se vendía en tres panaderías del centro y en la Mercantil de la compañía. Era realmente impresionante el ver a lo largo del día enormes colas donde se apiñaban hombres, mujeres y niños en medio de un tiempo dramáticamente cruel.

Los únicos que gozaban de cómplice excepción eran algunas familias “decentes” que contaban con el sistemático aprovisionamiento gubernamental. La “compadrería” oficial funcionaba expeditivamente. Sólo el pueblo minero sufría.

¡Carestías! … ¡Picardías!

¡Ay! cerreñita,

ya resbalarán con sus engaños

porque no hay mal que dure cien años.

Ya el tiempo no les alcanzaba a las pobres mujeres. Teniendo que madrugar para racionar a la familia, casi no dormían. Los cuerpos desfallecientes sobrellevaban heroicamente la responsabilidad de mantener su hogar. Lavado, cocina, aseo, cola en la tarde para el azúcar y arroz; cola en la madrugada para el pan, no les alcanzaba horas para el sueño. Con rostros atormentados y ojerosos sólo el cariño a la familia las mantenía en pie. La mujer cerreña nunca fue más heroica como entonces.

Quiero tenerte en mis brazos

¡Ay! cerreñita;

y despreciando todos los males,

quiero tus besos que me regales

¿Cuándo había ocurrido algo parecido? Nunca. La abundancia proverbial siempre había estado vigente. De cercanos y lejanos lugares venían enormes caravanas para mercar y retornaban con las manos llenas de monedas. Nada faltaba. Se pagaba buen precio y sin regateos. Todos los sabían en leguas a la redonda. Huancayo, Jauja, Tarma, Huánuco y pueblos aledaños mercaban sus productos en la ciudad minera

Ahora, a medida que sus calles se arruinaban, sus paredes se agrietaban y los barrios desaparecían bajo la implacable picota minera, un halo fatal estaba matando al noble emporio.

Nuestras calles se arruinan

¡Ay! cerreñita..

entre las ruinas y la pobreza

pasa a la historia su real grandeza.

La madrugada, estremecida por la lluvia que cae encharcando de barro las calles mineras, está insoportable. Hombres, mujeres y niños como arropados fantasmas llegan de todas partes a engrosar la monstruosa cadena humana que crece desaforadamente. El agua helada reptando por el suelo barroso agobia los mellados zapatos de los niños y, el frío,  trepando por sus piernitas, rodillas, muslos y vientre, se ceba en  sus bronquios congestionados que se desahogan en una tos ronca y constante. Tiritan en silencio con patética resignación. En poco tiempo, amoratados los labios, comenzarán a ahogarse y cuando la fiebre se apodere de sus cuerpecitos inermes ya será demasiado tarde. Ningún mejunje conocido será capaz de salvarlos.

Este año, como nunca, el cementerio ha ido atiborrándose de cruces blancas. Diariamente se sepulta a cuatro o cinco niños. No hay tregua. Los que sobreviven sin oportunidades de haber sido  niños, dejando de lado juguetes e ilusiones, se llenarán de rencores, de odios encontrados, de desengaños, de pesimismo, que los acompañará por el resto de sus días. Los termómetros generalmente se estremecen a 10 grados bajo cero y las tempestades, cruelmente continuas, desatan sus furias sobre la ciudad. Si no es la nieve –albura y frío- con ligera nevisca o apabullante nevazo, se  manifiesta con la  ventolera de nieve  recogida del suelo por el viento helado o, por el aguanieve que combina lluvia con nieve en fusión cayendo desde las nubes; o con los pequeños cristales de escarcha que se solidifican debido a las extremas temperaturas bajas. En peores momentos, tras flamígeros ramalazos de rayos y truenos, estallan estrepitosas granizadas con bólidos helados que reventando sobre la cobertura de las casas, quiebran vidrios y castigan a desprevenidos viandantes con su ametrallamiento parecido al  redoble de centenares de atabales; los perros aúllan tundidos por la pedrisca y prestos corren a refugiarse a un alero disponible. Pasado el fenómeno, blancas piedras de hielo terminan regadas a lo largo de las calles formando una alfombra vidriosa.

En ese ambiente hostil, insufrible, el pueblo se levantó. Aquel lunes 16 de febrero de 1948, cansado de tanto abuso, se amotinó y terminó con la vida del despreciable tirano. El pueblo no ha olvidado –pasados tantos años- ni a la tiranía ni su crimen ni su canción.

Coronación del Marqués de la Real Confianza

Coronación del marquez
Cuadro del famoso pintor Melchor Pérez de Holguín en el que se aprecia el boato de un acto oficial en Potosí. De igual envergadura es la que se realizó en nuestra ciudad durante la coronación de los marqueses y la designación de “Ciudad Real de Minas” 1639.

Una tarde que fray Buenaventura de Salinas y Córdova caminaba por el centro de la ciudad, pudo presenciar lo que para él fue la otra cara de la moneda de nuestra realidad de esclavos. Una delirante celebración cortesana en la que se hacía alarde y ostentación del  boato en la que estaban inmersos los miembros de la clase alta del pueblo. Se celebraba la coronación de un marqués con grandeza de España.

Toda la ciudad deliraba, las calles estaban atestadas de curiosos. En las casas no quedaba nadie. Para la gente rica se presentaba la oportunidad de ostentar su riqueza, su poder y su teatral solemnidad presentando su acatamiento al nuevo Marqués de la nobleza de España. Los pobres, de astrosa indumentaria lavada y remendada para la ocasión, habían llegado a reverenciar la imagen del pomposo escudo nobiliario, tal como veneraban a los santos que los frailes designaban. El desmesurado cuadro que representaba el noble blasón había sido colgado en la fachada de los edificios gubernamentales, especialmente en el Consulado español donde se habían reunido los miembros del Cabildo con el Alcalde Mayor, los dos Alcaldes Ordinarios, dos regidores, tres oficiales reales, dos jueces, el procurador general, el Juez de Minas, el clero, la oficialidad militar, magistrados locales, comerciantes, aviadores y mineros locales. El Cabildo de la ciudad estaba en pleno para cumplir uno de los principales privilegios que el rey de España le había concedido: Hacer conocer públicamente, en ceremonia especial la concesión del título nobiliario de Marqués de la Real Confianza a don José Maíz y Malpartida, hijo del ciudadano español José Maíz y Arcas, Primer Marqués de la Real Confianza, y la dama cerreña doña Carlota Malpartida.

Los balcones estaban profusamente adornados con sedosas enseñas reales, paños, y brocados especiales; atestados de esposas, madres y familiares, desbordantes de centelleantes y ostentosas joyas. De las colgaduras pendían adornos de plata y en el colmo de la ostentación, relucían fuentes, cántaros y copas de plata bruñida.

Las bandas de músicos, ubicadas en cada esquina de la ciudad, hacían escuchar sus fanfarrias que todo el pueblo celebraba; las banderas flameaban por los aires y los numerosos cohetes, en medio de un acre olor a pólvora estallaban luminosos por los aires. En el momento culminante de la ceremonia, el Alcalde Mayor entregó al homenajeado el título nobiliario escrito en pergamino con vistosos caracteres para recibir después el juramento ante Dios y representantes del Rey que el noble expresó con marcada emoción. Inmediatamente después le fue colocada la banda aurirroja en cuya parte frontal, lucía el blasón nobiliario trabajado en oro, plata y piedras preciosas. En ese momento brotó un descomunal griterío de vítores y algazara producidos por los contratados para el caso. Todo subió de tono cuando, en gesto teatral el nuevo noble de Castilla arrojó una lluvia de monedas de plata y medallas alusivas a su designación. El entusiasmo fue tan grande que hasta las pesadas bandejas de plata en que trajeran las monedas fueron arrojadas a la muchedumbre. Una multitud es espectacular de hombres, mujeres y niños pobres, se arrojaron para hacerse de algún recuerdo en medio de gritos y algazara. Hubo uno que otro herido entre el pueblo. De inmediato en una fanfarria espectacular, criados, lacayos y palafreneros trajeron los caballos y todos los altos funcionarios, locales e invitados, montaron en sus corceles tratándose de eclipsarse mutuamente con el esplendor de sus cabalgaduras, de sus sillas de montar y sus bridas cargadas de plata pura. Pasmaba contemplar aquellos gallardos y opulentos ricachones cuando desfilaban delante del pueblo. Los rostros tensos y graves como si fueran a entrar en batalla. Todos usaban vestidos elegantes y extremadamente ricos. El pueblo famélico que con su sudor producía todas aquellas galas, los seguía con ansias de seguir gozando de la momentánea manifestación de regalo que estaban recibiendo. Efectivamente, en cada plaza del pueblo repitieron el gesto de arrojar monedas de plata al gentío que forcejeaba, se atropellaba y pisoteaba. En realidad, estos gestos patéticos querían demostrar al pueblo que ellos eran súbditos de un rey hermoso y justo y que, él, su marqués, era el representante local de la realeza española.

Nunca pudo olvidar este acontecimiento Fray Buenaventura de Salinas y Córdova, el fraile que más amó a nuestro pueblo y que, por ese motivo, fue desterrado de por vida a México donde murió

CÉSAR VALLEJO EN EL CERRO DE PASCO

cesar-vallejoEl hogar formado por el comerciante y minero Domingo Sotíl y la respetable dama cerreña Domitila Woolcott, sufrió un dramático final el 23 de julio de 1911. Aquel día fallecía repentinamente en su hacienda Racracancha, la señora Domitila,   dejando sumido en el dolor y la orfandad a su esposo y sus siete hijos. Un fulminante paro cardíaco le causó la muerte cuando se preparaba a viajar a Lima y residir allí para conducir la educación de sus hijos. La señora Domitila Woolcott –miembro de una de las más distinguidas familias descendiente de ingleses- había nacido en el Cerro de Pasco el 7 de mayo de 1873 y, concluidos sus estudios primarios en una escuela religiosa regentado por monjas, fue enviada a Lima donde estudió en los mejores colegios recibiendo esmerada educación e ilustración notables.

De regreso en su tierra se unió en matrimonio con don Domingo Sotil, el 9 de abril de 1891, cuando estaba por cumplir dieciocho años de edad. Su estadía la hizo en su hacienda Racracancha donde vivió plenamente feliz durante los veinte años de vida matrimonial hasta el repentino momento de su deceso

El trance dramático en el que se vio envuelto don Domingo Sotil por procurar una adecuada preparación educativa a sus hijos lo resolvió trayendo a un maestro para que personalmente se ocupara de la preparación de sus tres hijos mayores. Exigente en la elección se decidió por don César Abraham Vallejo Mendoza cuya hoja de vida decía que había nacido en Santiago de Chuco el 16 de marzo de 1892. Que sus estudios primarios los había realizado en el Centro Escolar No. 271 del mismo Santiago de Chuco, y desde abril de 1905 hasta 1909, la secundaria en el Colegio Nacional San Nicolás de Huamachuco. Que en 1910 se matriculaba en la Facultad de Letras de la Universidad Nacional de Trujillo y en 1911 viajaba a Lima para matricularse en la Escuela de Medicina de San Fernando, pero se había retirado por carencias económicas. Trabaja en las minas de Quiruvilca y después en la hacienda azucarera Roma del valle de Chicama. Al año siguiente retornaba a Trujillo a retomar sus estudios universitarios. En esos momentos estaba trabajando como profesor a fin de costearse sus estudios. En la entrevista personal, don Domingo Sotil quedó conforme con la sólida preparación del profesor y, de inmediato, lo llevó al Cerro de Pasco impresionándolo vivamente. A poco de llegar, el diario el MINERO ILUSTRADO publica su primer soneto en la edición del 6 de diciembre de 1911. Entraba Vallejo en el difícil mundo de la poesía del que fue el más grande representante peruano.

Cesar-vallejo 2

                    SONETO

El día toca a su fin. De la cumbre

de un enorme risco baja el rebaño,

pastor garrido, que con pesadumbre

toca en su quena un yaraví de antaño.

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El sol que lento cae, con su lumbre

da un tinte de misterio y de tristeza

a un campo de solemne soledumbre

La aura pasa suave. La noche empieza.

——— 

La choza pastoral está a la orilla

De un río de corriente silenciosa,

hila en la puerta una india candorosa.

——— 

Después, los labradores en cuadrilla,

Rendidos se recogen a la choza,

da la seis en el reloj de una capilla.

 ——–

 VIDA E IDEAL

Juego… ¡Qué sé yo de la suerte mía!

Juego…Y enervado con la alegría,

Jamás horizontes escudriñó.

¡Oh!. ¿Cuán feliz es nuestra ¡Edad de Niño!

Pero al fin salgo de esa Edad de Plata

Y nada hay que me agite y que me abata.

ferrocarril dibujo

CURIOSIDADES MINERAS Por Heinz Brieger (Segunda parte)

japiri 2
En el grabado que mostramos se puede distinguir que ya el “japiri” lleva una “Machina” (así se le llamaba a ese aditamento laboral que era una lámpara de aceite). Ya se habían dejado de lado las velas. Con la llegada de los norteamericanos se van a utilizar las lámparas de carburo que llegaron a ser muy funcionales. Hace muy poco los mineros –modernizados- utilizan lámparas eléctricas. El minero cerreño del grabado viste una leve camisa por el calor que en algunos niveles de la mina se daban. Lleva manquillas para proteger sus antebrazos. Detrás de él tiene un “Capacho”, es decir una bolsa de cuero con el que sacaba el mineral de la mina a la cancha. Ya el mineral fuera, se depositaba en los “Cajones”. Estos de acuerdo al número que habían llenado determinaban el pago del salario de los japiris. Puede verse que los pantalones de lana están cubiertos con un protector de cuero tosco que fungen de “rodilleras” porque en muchos tramos de las galerías el hombre tenía que desplazarse de rodillas. Cubriendo sus pies, el famoso “Shucuy”, calzado confeccionado en cuero de llama u oveja a manera de los mocasines de los pieles rojas.

Siendo así la verdadera fecha del descubrimiento de las Minas del Cerro de Pasco, hizo mucha impresión cuando -1905- el ingeniero Carlos E. Velarde mencionó un expediente de más de  100 hojas respecto de un pleito sobre “Unas minas de plata en un cerro pelado de Yauri, poco apartado de la laguna de Yauricocha”.

El contenido de este expediente es “Un mestizo, hijo del español don Diego Cantos de Andrade, denunció en el año de 1567 el descubrimiento de esas minas y un grupo de indios presentó oposición, en primer lugar el cacique Manuel Chumbe de Laraos, localidad apartada poco de la laguna de Yauricocha” hacía que Velarde pensara tener allí el documento más antiguo respecto del Cerro de Pasco.

Visto hoy, será fácil rectificar ese error. Exactamente en esos años, 1904 y 1905, tenían las minas del Cerro de Pasco su renacimiento no solamente mencionadas con mucha frecuencia, sino nuevamente admiradas –ahora ya no como producción de plata, sino de cobre. Y las minas de Yauricocha en la provincia de Yauyos, hoy también de nuevo en plan o trabajo, estaban paralizadas y abandonadas.

Ya en el año de 1940, publicó el señor Víctor Rodríguez Bao esta rectificación. Naturalmente no disminuye el valor del legajo de 1567, el cual daba la historia del descubrimiento de Yauricocha en Yauyos y no en el Cerro de Pasco.

Dejamos ahora estos tiempos remotos para agregar un dato más nuevo y bien curioso. Respecto al transporte de los minerales de Cerro de Pasco por bote.

Estudiando periódicos de 1900, encontré en el minero ilustrado –un semanario del Cerro de Pasco- (19 de marzo de 1900) que dice lo siguiente: “Navegación fluvial” Se ha celebrado un contrato con los doctores Elías Malpartida y Francisco García Calderón para que ejecuten la obra de alimentar el río Mantaro a fin  de que sea navegable por embarcaciones menores entre la Oroya y el puente de Upamayo. El contrato será de diez años, vencidos los cuales serán de propiedad del Estado, todas las obras que se lleven a efecto, así como el material fijo. Siguen las tarifas señaladas: Pasaje, carga general de subida y de bajada, ofreciendo reducir el flete por cada saco de mineral de S/. 3. 00 a S/. 1.50.

También hay un mapa mostrando los sitios en los cuales se construirán muros de retención y no menos de 31 represas de diversas dimensiones.

Parece que un nuevo aumento en el precio hizo innecesario el plan o una nueva baja se hacía imposible… En todo caso fue abandonado y olvidado el proyecto. Después del año 1900 no se le mencionó más.

Durante la época colonial, el Cerro de Pasco no ha sido sitio de tanto valor como Huancavelica con su minas de mercurio la cual tuvo una importancia mucho mayor. En cada uno de los Archivos Grandes de la Nación hay miles de hojas con con datos y relaciones respecto de esta ciudad y su real mineral lo que fácilmente entendemos si recordamos que se producía la plata por el proceso de amalgamación para el que se necesitaba mercurio.

Ya alrededor de 1570, ordenó el Virrey Francisco de Toledo, a la expropiación de la mina de Huancavelica para sí asegurar la producción de la mina de Potosí. El cronista Montesinos habla de esta orden como “el casamiento de más importancia del mundo entre el cerro de Potosí y el de Huancavelica”.

Aquí una hoja más del libro de Herndon. Este oficial de la Armada de los Estados Unidos se quedó unos días en Morococha. Uno de sus compañeros sufrió un fuerte ataque de soroche. Él dice: “Llegamos a Mortococha a las cinco de la tarde. Es una mina de cobre propiedad de los hermanos Pflucker de Lima. Ellos son también dueños de algunas minas de plata en el mismo distrito. El asiento minero emplea unos 100 obreros. Hay trabajo para más gente, pero por el momento no se les consigue por ser época de cosecha. Los indios están recolectando maíz, cebada y habas de las quebradas de más abajo. La administración de la hacienda, quiere decir, la parte comercial y las relaciones con las autoridades estén en manos de un español, don José Francisco de Lazaralde, hombre joven y bien simpático. No olvidaremos su amabilidad. El mecánico encargado de todas las máquinas de la empresa, es un amigo mío, compañero de estudios en el Escuela Naval de los Estados Unidos, se llama Sheperd. Él es un hombre que sabe todo, como se necesita en las minas: herrero, carpintero, relojero y hasta médico. Había que ver su habitación. Nunca he visto tantas cosas diferentes reunidas en un espacio tan reducido: libros, medicinas y herramientas, desde comba y corvina hasta instrumentos finos de relojería. En las paredes había grabados indicando tratamientos para toda clase de enfermedades y accidentes. Además había sillas y botas de montar, zapatos y toda clase de vestidos desde el grueso poncho de lana para hombres hasta enaguas finas de mujeres, pue mi amigo vive con una serranita muy simpática.

Herndon no menciona a las minas de Casapalca. Cuando él subió de Bellavista a Morococha, todavía no había en Casapalca ninguna empresa bastante grande para llamar la atención. El desarrollo fuerte de Casapalca comenzó más tarde. Dos ingenieros, Jacob Backus y J. Howard Jhonson, trabajan en la construcción del ferrocarril Central con el famoso contratista Henry Meiggs. Cuando se paralizó la construcción del ferrocarril en 1870 no se transformaron inmediatamente en mineros sino varios años más tarde.

Han sido hombres de empresa. Habiendo quedado sin trabajo en su profesión, se fueron a Lima e instalaron una fábrica de hielo, la primera en Lima. No de helados ni de dulces sino hielo para conservar carne y pescado y para enfriar bebidas; después de ellos instalaron una cervecería. Después de esto los dos se fueron a comprar y denunciar minas en Casapalca usando el primero el laboratorio de la cervecería para sus ensayos.

FIN…………..

 

 

CURIOSIDADES MINERAS Por Heinz Brieger

Hace muchos años, cuando nos hallábamos abocados a reunir todas las referencias válidas para escribir la historia de nuestro pueblo, nos topamos con una serie de valiosos artículos firmados por el investigador Heinz Brieger, publicados en la revista EL SERRANO de la compañía norteamericana Cerro de Pasco Corporation. Uno de ellos lo reproducimos aquí. Estamos seguros que habrán de ilustrar a quienes quieran saber sobre nuestras minas.

japiri
En el primer grabado que presentamos, vemos al “Barretero” hombre encargado de romper las rocas a pulso. Llevaba siempre tres tipos de barretas para el cumplimiento de su misión En la imagen lo vemos con la pica en la mano derecha. La cabeza cubierta con una gorra de cuero de carnero donde, antes, había llevado una vela para alumbrarse. Con el tiempo –como en este caso- ya el barretero usa la “machina” Lámpara de aceite para alumbrarse.

“Para un ingeniero de hoy, sería difícil imaginar una mina en la que todo se hace a mano. La perforación la efectúa un barretero, usando comba y tres tipos de barretas; y el transporte del mineral, desde el frontón hasta la cancha, lo hace un japiri, usando capachos que son fuertes costales de cuero. Será difícil figurarlo. Pero más o menos imposible sería imaginar una mina en la cual los barreteros alumbran el sitio de su trabajo por medio de una vela y los cargadores de mineral ni velan usan. Así lo describe un informe del año 1879 de Mauricio Chatenet”.

“Este profesor de la antigua Escuelas de Minas de Lima dice que los japiris llevan sus pesadísimos capachos casi siempre en la oscuridad. Pero ya en el año 1828 nos llegan dibujos de barreteros y japiris, mostrándonos lámparas de construcción bien avanzada. Nada de velas delgadas llevadas a mano”.

“Mientras los dibujos demuestran que la forma de alumbrar las minas no ha sido tan atrasada, no hay duda, que la ejecución de las labores ha sido horrorosa. Hay una descripción de una visita a las minas del Cerro de Pasco del año 1851”.

Dice: “Considerando que muy probablemente nunca tendré otra ocasión para visitar estas minas, entré resueltamente a pesar del hecho que la bocamina tenía más bien aspecto y tamaño de un pozo de agua. Bajar ha sido no solamente desagradable sino parecía, para un novato, además muy peligroso. La bajada tenía una inclinación de por lo menos 75º y en vez de peldaños de escalera, había solamente huecos para los tacos de nuestras botas, excavados en terreno húmedo en distancias desiguales. Tenía la idea que de un momento a otro perdería un taco de mis botas, cayendo a un abismo oscuro, empujado además por lo menos a una persona más de nuestra fila. ¡Qué felicidad sentir el terreno más ancho y menos plano bajo mis pies, cuando llegamos al Gran Socavón”.

“Con escaleras peor que las anteriores, bajamos 110 pies más a la cámara de bombas. Estas bombas se trabajan con cadenas y con barras de cobre. Todas las partes metálicas de esta bombas son de cobre, pues el ácido sulfúrico que contiene el agua de esa mina se comería el hierro en poco tiempo”

Los pormenores de esta visita se encuentran en un libro escrito en inglés: EXPLORACIÓN DEL VALLE DEL RÍO AMAZONAS” por William Lewis Herndon, teniente e la Armada de los Estados Unidos. La obra fue publicada en 1853. Es un informe tan interesante y tan amplio que sorprende que el libro no haya sido traducido al español.

Unos 55 años antes, en 1798, se publicó otro libro que contiene largos informes sobre las minas de Yauricocha, como se llamaba en aquella época a lo que hoy es el Cerro de Pasco. Este libro se escribió en alemán: “Diario de viajes a través del Perú desde Buenos Aires por el gran Río de la Plata, por Potosí hasta Lima”, por Antonio Zacarías Helms, ex director de las minas cercanas a Cracovia en Polonia y luego Director de las Minas y Procesos de Amalgamación en el Perú.

La obra fue traducida al inglés y al francés pero no se sabe de ninguna traducción al castellano. Mientras que el teniente Herndon hizo un viaje de exploración, quedándose solamente una semana en el Cerro, Helms trabajó allá ocho meses presentando durante ese tiempo un informe al virrey que dice: “Las ordenanzas reales obligan al diputado provincial de minas a visitar cada año por lo menos dos veces todas las minas de su distrito. El tiene que vigilar que los dueños de minas ejecuten sus labores debidamente cumpliendo con las órdenes de seguridad. A pesar de esto, gran parte del yacimiento contiene innumerables perforaciones, sin  orden ni método, por cuanto es un milagro que esta mina no se haya desplomado. Frecuentemente hay derrumbes de pozos sepultando a sus trabajadores, pero estos accidentes llaman muy poco la atención. La peor parte es la que se llama Santa Rosa.

Parece que este libro se la primera descripción de las minas del Cerro de Pasco, hecha por un “minero facultativo” como llamaron a esta época a la gente bien preparada.

Pero no solamente los informes de extranjeros quedaron desconocidos, también los trabajos de historiadores nacionales se olvidaron y, errores ya aclarados, aparecen de nuevo después de pocos años.

No había nadie que no se haya cansado de oír repetir el cuento que las minas del Cerro fueron descubiertas en 1630 por el pastor de ovejas Huaricapcha. La tradición dice que este que este indígena se quedó una noche en la cueva de Yauricocha y para defenderse del frío encendió un fuego. A la mañana siguiente encontró que el calor de esta hoguera había fundido el mineral de plata de las paredes de la cueva. Muchos de ustedes sabrán que cuentos similares se dicen en un gran número de minas en todas partes del mundo, pero parece poco probable que un fuego que daba suficiente calor hubiera sido agradable para Huaricapcha. Tenemos buenas razones para creer que él busco comodidad y no un calor del infierno.

Continúa……