EL VELEIDOSO PÁJARO PITO (Leyenda)

el-pajaro-pito-2Desde tiempos inmemoriales la lechuza vuela en la oscuridad tratando de encontrar al pájaro traidor, responsable único de todos sus problemas: el pito. Éste está muy escondido y tiene miedo mostrarse entre los pájaros honrados y hermosos.

Bueno, pero… ¿Por qué ocurre esto?…. La historia completa es la siguiente.

En remotos tiempos, cuando los pájaros podían hablar por especial permiso  de Dios, el pito era un horrible pajarraco gris, sin gracia, lúgubre, de desmesurado y afilado pico. Y cada mes, cuando la luna llena brillaba y todos los alados se reunían en asamblea, el pito saturaba los aires con sus quejas interminables.

  • ¡Mírenme, mírenme, hermanos! –Gritaba quejumbroso- ¡Mírenme cuan horrible soy!… Los pericos y las loras, con sus alas de esmeralda, brillan como el agua verde; la garza es blanca como la nube; el canario es amarillo como el oro y negro como el carbón; el tordo hermosamente moteado de blanco y negro; el cardenal, miren qué belleza, es como la rosa bañada en vino; sólo yo soy oscuro, feo y triste. buhhh… – y lloraba desconsolado. El águila que es el amo de todos los pájaros de la tierra, malhumorado tronó:
  • ¡Estoy harto de oír al pito!… ¡Siempre quejándose, siempre suspirando y llorando!… ¡Somos lo que somos! Nuestro creador ha tenido a bien dar belleza y majestad a alguno de nosotros; a unos velocidad, a otros, alas poderosas y garras fuertes; unos poseen una voz hermosa para cantar a la vida; otros, una pronunciada sabiduría. Todos debemos aceptar lo que Él nos ha dado. Debemos sobrellevar nuestra suerte cualquiera que ésta sea. El único impertinente y sinvergüenza que no quiere aceptar esto y se pasa la vida alegando es el pito…
  • ¡Así es águila!- gritaron todos los pájaros…
  • Pero para que no siga fastidiando, veamos si podemos ayudarle. Tú lechuza, tú que eres muy sabia ¿Qué dices de todo esto?… ¿Hay alguna manera de ayudar al pito para que sea hermoso?

La lechuza que había ganado su reputación de sabia por sentarse en silencio con la cabeza apoyada sobre el pecho, abriendo y cerrando sus brillantes ojos de ámbar, aclaró la garganta y habló con gran parsimonia.

  • ¡Demos al feo pito la belleza que busca! ¡La belleza como la sabiduría, se puede adquirir!, –dijo sentenciosa- que cada uno de los pájaros de colores le dé una pluma al pito. Así nunca volverá quejarse de su falta de belleza y color, pues llevará en su cuerpo todos y cada uno de los matices que se puedan envidiar…
  • ¿Y… nosotros? –Interrumpieron apremiantes los otros pájaros –nosotros también estamos orgullosos de nuestro plumaje. ¿Por qué entonces nos tenemos que desprender de alguno para satisfacer la vanidad de un pájaro tonto que nunca ha hecho nada para ganarse nuestra generosidad?
  • Bueno, todo lo que dicen es verdad. El pito nunca ha hecho nada por ganarse nuestro cariño y simpatía…
  • ¡Es verdad! –gritaron al unísono los pájaros.
  • ¡Calma, calma!- volvió a decir la lechuza. Esta vez el pito tendrá que ganarse nuestra deferencia desempeñando una misión especial.
  • ¿Qué hará? –Interrogó un pájaro.
  • ¡Será nuestro mensajero!
  • ¡Bravo! –Gritaron a voz en cuello los asambleístas.
  • ¡Cuándo nuestro hermano, el águila, desee reunirse con nosotros, sólo tendrá que enviar al pito para que nos convoque! Él se encargará de avisarnos a todos. ¿De acuerdo?
  • ¡¡¡De acuerdo!!! –Gritaron los pájaros unánimemente.
  • ¿De acuerdo, pito? –Preguntó el águila.
  • ¡Claro, hermano, claro! –Contestó entusiasmado el pájaro gris. ¡Con mucho gusto!

En ese momento, cada uno de los pájaros de lindo plumaje se arrancó su más brillante pluma y se la puso al pito. En un santiamén lo cubrieron del pico a la cola con las más atractivas y finas plumas escarlatas, amarillas, bermellones, lilas, celestes, verdes, doradas, blancas, azules, plateadas, negras, marrones… Cuando concluyeron, el pito estaba recubierto de mil colores como un mágico arco iris. En ese momento era el más bello de la tierra, de los aires y de las aguas relucientes… ¡Nunca se había visto un pájaro tan hermoso!

  • ¡Oh, qué bonito soy! ¡Qué bonito soy! –Gritaba el pito fuera de sí, contoneándose ostentoso.

Cuando el águila levantó la sesión, sin siquiera una palabra de agradecimiento, el pito se perdió por los aires, haciendo alarde del boato de su abigarrado plumaje de vivísimos colores.

No había pasado mucho tiempo. Horas solamente de aquel acontecimiento, cuando el pájaro pito, incapaz de cumplir su promesa, se desatendió de lo pactado. El único pensamiento que le dominaba, era su nueva apariencia. Todo el tiempo se pasaba mirándose al espejo de las tranquilas aguas de la laguna, murmurando petulante: ¡“Qué bello soy, qué bello soy!”.

Nunca el malagradecido entregó un mensaje. Cuando algún pájaro lo necesitaba para pedirle un servicio, se escondía entre paredes y roquedales negándose a contestar las llamadas.

Un día, deseoso de reunirse con todos los pájaros del mundo, el águila ordenó al pito para que convocara a toda la familia alada, pero el fatuo ni siquiera intentó obedecerle. En lugar de cumplir con el encargo se entretuvo horas enteras mirando el brillo de su plumaje en el reflejo de las aguas, gritando: “Qué lindo soy, qué lindo”.

Así llegó el día de la convención. Cuando el águila llegó al lugar del concilio no encontró a ninguno de los pájaros del mundo. ¡A ninguno! Iracundo, salió como una flecha por los aires y pájaro que encontrara, pájaro que era castigado.

  • ¿Acaso no fueron convocados para la asamblea?
  • ¡No, hermano águila, no!… ¡No sabemos nada!… –respondieron en coro.

Rabiosos todos los pájaros del mundo se recriminaban mutuamente. Los gritos desaforados eran de condena para el réprobo pito que no había cumplido con citarlos. Igualmente, ciegos de ira, maldecían a la lechuza por haberlos involucrado con semejante pillo. Tantos y tan sonoros fueron los gritos que Dios los escuchó allá arriba. Frunciendo el ceño, como nunca, el Supremo dijo:

  • ¿Por qué el don de la palabra que os he concedido, lo usáis tan mal? –Y extendiendo sus manos santas hacia la tierra, colérico como nunca, sentenció:
  • ¡No hablaréis más!… ¡Indignos sois de este preciado don! Desde ese mismo instante las voces furiosas de los pájaros se convirtieron en sonidos discordantes y varios; en agudos gritos, desagradables graznidos y una bulla que, desde entonces, no ha cesado. Sólo algunos pájaros que se ganaron el aprecio de Dios conservaron la dulzura de sus trinos.
  • ¡Vos, pito malhadado! Seréis mensajero de la muerte. Sólo cuando veáis a los hombres rodeados de la muerte, cantaréis!… ¡Vuestra vanidad será castigada severamente: volveréis a ser gris y feo como la muerte! Vuestra sangre servirá para combatir la parca, por eso os perseguirán. ¡Y como siempre os habéis escondido en los tapiales de muros y cementerios, viviréis hasta que la oscuridad cubra la vida!… ¡En cuanto a vos lechuza, sólo de noche podréis salir de vuestro escondite… ¡Sólo de noche!.

Dicen que desde entonces, el pito anda fugitivo, escondiéndose en muros y rocas. No quiere encontrarse con la lechuza ni con el águila. En cuanto a la lechuza, su vigencia de vida se ha restringido a las horas nocturnas.

el-pajaro-pito

 

 

 

LULI COCHA (Leyenda)

luli-cocha-2Muy cerca de Ninagaga, a la vera del camino que conduce a Huachón, hay una hermosa laguna repleta de truchas a la que se le ha dado el nombre de Luli cocha. De este lugar se cuenta la siguiente leyenda:

Al borde de sus aguas, hace mucho tiempo, vivía un hombre cuyo sustento dependía de la crianza de ovejas a las que amorosamente iba a pastar a largas distancias.

Este pastor, que diariamente tenía que preparar sus alimentos después de llegar cansado a su casa, se sorprendió cierto día. Encontró su humilde casucha muy pulcra y atusada y, sobre la mesa, un caliente y delicioso almuerzo. Quedó sorprendido. Seguro de ser víctima de una broma, estuvo contemplando los apetecibles potajes ahí expuestos. Tan apetitosos estaban que finalmente tuvo que devorarlos por el extremo apetito que lo apremiaba. Todo resultó muy agradable porque quedó ahíto y satisfecho, pero por más que se esforzaba, no alcanzaba a adivinar quién podía haberle hecho aquella broma.

Al ocurrir lo mismo los siguientes días, su curiosidad fue en aumento. Tremendamente intrigado decidió averiguar quién era el autor de estos enigmáticos sucesos. Así, cierto día fingió ir a trabajar pero sigilosamente regresó dando un rodeo por la parte posterior y alta de una colina  desde donde podía ver claramente su choza; se acomodó detrás de una roca y pacientemente se puso al acecho.

No había transcurrido mucho tiempo cuando vio que una bella mujer entraba en su morada y se ponía a cocinar. Con gran sigilo bajó del cerro y la sorprendió.

  • Tú eres la que me prepara los alimentos ¿No?.- Preguntó él.
  • Sí, – respondió débil y completamente turbada la joven.
  • ¡¿Por qué?!.
  • Veía que todos los días llegabas muy cansado a prepararte tus alimentos. Rendido estabas, lo hacías con gran dificultad, por eso decidí apoyarte.
  • ¿Quién eres tú?. –Interrogó el pastor.
  • Soy el alma de esta laguna. Soy Luli Huarmi.
  • .. ¡Eres mujer!.
  • ¡Claro!.
  • Entonces, si quieres ayudarme… ¿Por qué no te casas conmigo?.
  • Si así lo quieres, seré tu mujer, pero con la única condición que nunca me traiciones, en cuyo caso yo sería capaz de una venganza muy cruel. Soy muy celosa.

A partir de entonces, muy contento él, y muy enamorada ella, unieron sus vidas en busca de felicidad. Al poco tiempo fueron alegrados con la llegada de un bebé.

En este ambiente de comprensión y cariño fueron muy felices por algún tiempo hasta que, apremiado por la necesidad, él tuvo que marchar al Cerro de Pasco por razones de  negocios. A partir de entonces sus viajes se hicieron continuos con una duración de seis a siete días cada uno. Durante estos alejamientos nada anormal ocurría, hasta que un día en que el esposo estuvo ausente, en plena tempestad de nieve, pasa por su casa un viajero y pide alojamiento. Ella, viendo la inclemencia del tiempo, accede y le franquea la puerta. El extraño y sereno encanto de la mujer cautivó al viajero que al darse cuenta del gran amor que  profesaba a su marido, decide fomentar en ella el malhadado  fantasma de los celos. A partir de entonces, hace más continuas sus visitas aprovechando la ausencia del marido, con el único fin de seducirla.

  • Señora, yo conozco a su marido. Es negociante como yo, pero lo que me apena es que, mientras usted aquí sola sufre los rigores del clima con la única compañía de su hijo, él se esté divirtiendo con una cerreña que ya es su mujer.

Estas y otras cosas le contaba. Poco a poco, la mal intencionada acción del visitante ocasionó la desconfianza y el desamor de la mujer hasta que terminó por odiarlo mortalmente. Envenenada de celos, la mujer, buscaba la manera de vengarse de su marido sin saber que él se dedicaba íntegramente a su tarea de proveedor de carne para los mineros. Decidida a castigar lo que ella suponía la traición de su marido y convencida de que el hijo de ambos era la suprema adoración del hombre, decidió ejercer represalia por medio del niño.

Así, un mediodía que el pastor retornaba de las minas, vio que sobre la cocina hervía una espumante olla de fierro. Llamó a su mujer dando grandes voces, pero ésta no respondió, escondida como estaba. El  hombre se acercó entonces con el fin de averiguar cuál era el potaje que su compañera le había preparado, levantó la tapa de la olla y horrorizado vio que dentro hervía el cuerpecito, piernecitas y brazos del pequeño. En el colmo de la desesperación salió para preguntar a su mujer y sólo alcanzó a observar que ella se sumergía a las aguas de la laguna seguida de todos sus animales.

El pastor enloqueció y al poco tiempo murió sepultado por la nieve;  la laguna por su parte se hizo maldita. Cuando una mujer encinta se acerca a ella, es seguro, que el niño que está gestando morirá irremisiblemente.

 

 

LA PESTE (Leyenda)

la-peste-2Lo que aconteció entonces fue tan dantesco que, no obstante el tiempo transcurrido, el pueblo no ha olvidado. Los abuelos, al calor de la estufa familiar, relatan a sus nietos lo ocurrido entonces. Se estaba viviendo -bien entrado el siglo XVIII- el pasaje más espeluznante que trajo consigo la minería. Los nobles lucraban con las riquezas que los hombres del pueblo extraían de las oquedades siniestras.

Torvos aventureros venidos de pueblos distantes, atraídos por la abundancia de los filones, se afincaron en nuestros predios. Sea por la urgencia de tomar posesión de terrenos plagados de gordas vetas argentíferas o por la dramática urgencia que significaba la dura competencia por habitar tan inhóspitos parajes, el ámbito minero de pobló de numerosos viajeros, principalmente hombres. Nueve de cada diez, lo eran.

Fieros aventureros de armas tomar: truhanes, tahúres, golfos, criminales, malvivientes en general, hombres de horca y cuchillo, se mezclaron con alucinados gambusinos deseosos de enriquecerse con los ocultos tesoros de la tierra. A todos estos aventureros los emparejaba una común y urgente necesidad: las mujeres. Las pocas  del pueblo, esposas, ancianas y hasta niñas, eran deseadas con voraz apetito lascivo. Los hombres realizaron sangrantes atropellos cuyo común denominador era la violación. Para atenuar esta plaga imparable, las autoridades abrieron la ciudad de par en par que en poco tiempo se pobló de busconas, meretrices y chuchumecas que establecieron sus lupanares en estratégicos puntos de la ciudad.

Amarillentos papeles de la época, cargados de referencias eclesiales, nos relatan casos puntuales del tipo de abusos que los invasores cometían con los aborígenes. El más común consistía en el robo de las esposas e hijas para convertirlas en sus barraganas. Muchos de los que reclamaron fueron muertos instantánea, alevosa e impunemente.  Los dramas luctuosos de abuso y lascivia se propagaron de tal manera que no había día sin que hubiera muertos y heridos, generalmente autóctonos. Así las cosas, ocurrió un caso que alarmó a los pobladores.

Un anciano curaca, padre de dos atractivas doncellas codiciadas por su belleza y honestidad, recibió la visita de dos hermanos españoles que, jactanciosos y abusivos, le solicitaron que las chicas fueran a servir a su casa. El cacique –fiel creyente de los preceptos religiosos que le habían inculcado- en la seguridad de que las convertirían en sus concubinas, con el mayor de los comedimientos les contestó que no podía aceptar ese pedido y que más bien les procuraría un par de señoras mayores para que los atendieran. Todo fue escuchar la respuesta y enceguecidos de ira atacaron salvajemente al anciano. Estaban a punto de matarlo cuando el grito desgarrado de las chicas invocando la ayuda de Dios produjo  un milagro. Los abusivos, como movidos por fuerza extraña, rodaron por los suelos víctimas de convulsiones espectaculares, arrojando espuma sanguinolenta por la boca abierta en sardónica mueca. Los curiosos que llegaron vieron que el ataque se complicaba con una mayúscula hinchazón que empezando en los pies subía por piernas y muslos hasta llegar al vientre que terminaba inflándose como un globo. Convertidos en odres monstruosos de aterrorizados ojos abiertos vieron explotar sus entrañas en medio de hedionda fetidez. Los atónitos presentes nada pudieron hacer por evitar el desagradable espectáculo. Los cuerpos desgarrados estuvieron buen rato revolcándose sobre su miseria excrementicia para  quedar fríos e inmóviles reducidos a  carroña repugnante.

Como es fácil suponer, irradiado por los aterrorizados testigos, el caso fue conocido en la ciudad. Cayeron en la cuenta que los casos de los dos abusivos no eran los únicos; muchos otros se descubrieron después. A la mañana siguiente el hacendado, Pedro Ludeña y Ramírez, mientras vigilaba el trabajo de sus hombres en el ingenio de su propiedad sintió que sus piernas comenzaban a asfixiarse en el estrecho encierro de sus botas de cuero; quitadas éstas, la tumescencia siguió subiendo en medio de  arrebatada fiebre. En pocas horas ésta llegó al vientre y tras exhalar lastimeros gemidos quedó rígido con una mueca macabra en la boca y los ojos abiertos de terror. Antes que la noticia se terminara de conocer, otros chapetones habían sido fulminados por la peste que volaba con alas invisibles por todos los confines mineros. En pocas horas se fueron también campanudos propietarios como el azoguero, Pedro Bernedo y Patiño; el propietario de la mina, ” Vizcaya”, Nicolás Pedro Ponce Mondragón; dueño de la mina “Encantada”, Bartolomé de Dueñas y Mesía; el jefe de arrieros, Juan José Bernaola y Elcolobarrutia; el comerciantes Domingo Millán de Acha y así, muchos empingorotados más. Lo llamativo del caso es que se descubrió que el extraño mal sólo atacaba a los extranjeros. Los indios laboreros y familiares así como los numerosos negros permanecieron invictos, indemnes. Pronto la extraña dolencia se convirtió en peste incontrolable. Las víctimas, todas europeas, comenzaban a hincharse por los pies y, en tanto la tumescencia subía por muslos y piernas,  agudos dolores y  fiebre torturante los iba convirtiendo en guiñapos; cuando llegaba al vientre  terminaba explotando como un globo hediondo. La epidemia era tan rápida que lo más que duraban las víctimas era de dos a siete horas. Los médicos no daban con el mal que atacaba sólo a españoles. Fueron inútiles las sangrías, ventosas, lavativas y aplicación del tártaro hermético, con todo lo cual se aceleraba el fin del paciente.

A todas horas se escuchaba el claveteo de negros ataúdes. El hedor a muerte había invadido el ambiente minero. A la vuelta de cada esquina aparecía un entierro; en las iglesias de Chaupimarca y Yanacancha no se cantaba sino misas de difuntos. Las extremaunciones llegaban tarde en auxilio de los agónicos. El único cura de la ciudad minera tuvo que abreviar los latines para poder cumplir con todos los enlutados feligreses.

Las víctimas de la peste fueron tan numerosas que determinó que partieran delegaciones a diversas partes de nuestro territorio en busca de un misionero que mediante invocaciones eclesiales pudiera hallar cura al mal que los médicos no habían conseguido. Sin duda era un caso de cólera divina. Cuando trajeron a un peregrino de la orden seráfica franciscana que deambulaba por la zona, todos se reunieron en derredor de él con el fin de alcanzar el conjuro de la peste. Cuentan que, el fraile, después de sopesar el caso les habló a los presentes de esta suerte: “Esta es sin duda, obra de San Miguel Arcángel, que ha bajado a la tierra para hacer cumplir con los designios de Dios Todopoderoso, Padre y Señor nuestro; que como lo hacen San Gabriel y San Rafael, arcángeles como él -el arcángel es más que un simple ángel- ha venido a hacer justicia y volvernos al recto camino del amor a Dios y al prójimo. Por lo que sé, la lujuria pecaminosa se ha apoderado de esta ciudad y sus practicantes convertidos en esclavos serviciales del demonio, han hecho tanto mal, especialmente entre la gente nativa recién convertida, que ha originado la cólera de Dios, Creador del mundo. Él ha enviado a su más notable servidor que siempre está al servicio de los desvalidos y esta vez, así como venció al dragón del mal y, guerrero de alas brillantes, con labrada armadura y su lanza prodigiosa, ha vuelto a vencer al diablo del maleficio y la perversidad. Por tanto, el mal que les aquejaba ha quedado proscrito con la advertencia de que no deben reincidir. Caso contrario, el castigo será mucho más cruel”.  Tras la misa solemne y la comunión general de los españoles arrepentidos, el mal terminó misteriosamente como había llegado. Reconfortados los fieles, en respetuoso consenso, advocaron a nuestra ciudad bajo el cuidado del Arcángel San Miguel y, por unánime acuerdo, levantaron su templo en la plaza mayor de la ciudad minera y, cada 29 de octubre se le rendía pleitesía y acatamiento. Estábamos a la mitad del siglo XVIII.

 

LA CRUZ VERDE (Leyenda)

la-cruz-verde

Con en transitar de los años esta historia ha ido transmitiéndose de padres a hijos en una continuidad todavía  vigente. Nos habla de una milagrosa cruz de mineros que andando el tiempo le dio nombre a un barrio populoso que el siglo pasado escuchaba el vagido de un niño nacido para la gloria: Daniel Alcides Carrión García. Un barrio querido que como toda en nuestra tierra expoliada ha desaparecido bajo el estruendo de las explosiones y el rugido de las maquinarias.

La leyenda nos dice que una noche, cuando los tenues rayos de la luna reverberaban la nieve en albura vaporosa y transparente, ocurrió un milagro extraordinario. Todo el ámbito ocupado por casas, chozas y rancherías mineras, se inundó de una melodía conmovedoramente bella y celestial interpretada por coros infantiles y femeninos, acompañada por violines, chelos, arpas y flautas. Las personas como hipnotizadas asomaron a sus ventanas desde donde pudieron verlo todo.

De una esquina de la plaza, como transportado por fuerza extraordinaria, un enjuto y barbado misionero franciscano se desplazaba suavemente por los aires sin que sus pies hollaran la nieve; detrás de él -en la misma forma- una multitud de hombres cubiertos con túnicas blancas seguían al misionero en ordenada levitación. Las gentes que miraban por las ventanas, reconocieron a los hombres que habían muerto en las minas. Todas las almas de blanco se arrodillaron delante de la cruz verde y, pasado buen tiempo, extrajeron el símbolo que estaba clavado al suelo y la elevaron  al cielo en medio de una conmovedora sinfonía celestial.

Este acontecimiento extraordinario quedó grabado en la memoria del pueblo minero con indelebles signos mágicos. Pero… ¿De dónde apareció aquella cruz?… ¿Quién la puso allí?… ¿Qué significaba aquel símbolo sacro en ese barrio cerreño?

Esta es su historia.

Cuando por hundimiento desaparecieron las fabulosas minas de la Villa Imperial de Potosí –comienzos del XVII- cesó la producción de las alucinantes cantidades de plata que servían para el sustento económico de la metrópoli. Los españoles que estaban desesperados por la pérdida, descubrieron con asombro la existencia de otro prodigioso yacimiento argentífero que lo reemplazó con creces: San Esteban de Yauricocha.

La plata en orgiástica abundancia se hallaba a flor de tierra. Su explotación se hizo incesante. Querubines y milagros de las iglesias, avíos de montar, utensilios de uso casero, hasta las tintineantes espuelas nazarenas de los jinetes cerreños, estaban fabricados con el blanco metal. En ese momento al nuevo emporio se le comenzó a llamar: El nuevo Potosí (1620).

A las frías calles en formación comenzaron a llegar hombres de diferentes nacionalidades guiados por la brújula de su avidez. Los más numerosos: los españoles. Admirado de la prodigalidad de sus socavones, como una distinción especial de reconocimiento, el Rey de España lo nombra: Ciudad Real de Minas (1639). La fama del nuevo emporio minero trasciende fronteras, se le comienza a llamar: El Cerro de Pasco, y con este nombre lo bautiza el trigésimo primer Virrey del Perú, don Manuel de Amat y Juniet en 1771.

Al transponer los umbrales del siglo XVIII se produce una aguda crisis minera en América Hispánica. Muchas minas se cierran por la  escasez de mercurio: Huancavelica se ha derrumbado y clausurado. En otros casos la inundación de los frontones hace desaparecer las vetas bajo el agua. Las únicas minas que en ese momento están intactas y boyantes, son las del Cerro de Pasco.

Todos los títulos nobiliarios, todas las riquezas que aliviaban las urgencias económicas de España, todo ese acopio de alucinantes caudales, se sustentaba en la explotación inicua e inhumana del indio; del humilde hombre del pueblo que con sus lágrimas, sudor y sangre, amasó toda esa monstruosa fortuna.

Por aquellos años de dantesco genocidio, llega –como enviado por Dios- un fraile franciscano, alto y cenceño, de tez agarena y mirada penetrante: Fray Francisco Buenaventura de Salinas y Córdova.

El misionero fue a visitar una mina cerreña. ¡Quedó estremecido de dolor! Gruesas  lágrimas enturbiaron sus ojos claros al presenciar las escenas de este teatro del horror. Hombres cadavéricos y desmedrados, como espectros de otros mundos, bajando y subiendo pesados costales de cuero a las espaldas; silenciosos, resignados, autómatas; extrayendo los minerales que enriquecían a sus verdugos.

Después de recoger dolorosas experiencias, escribió una extensa carta a la superioridad de su convento, denunciando los abusos. Se había enfrascado en defender a los humildes japiris valiéndose de cartas, misas, procesiones, y todo aquello que estuviera a su alcance. Así un domingo de misa solemne, desde el púlpito de la iglesia San Miguel de Chaupimarca, se dirigió a las autoridades y ricos mineros allí presentes, pidiéndoles piedad a nombre de Cristo, para aquellos hombres.

Sus cartas no le fueron contestadas, y cuando finalmente lo hicieron, la superioridad le dijo haber recibido una denuncia de los hombres “notables” quejándose de su conducta inconveniente y que por lo tanto, debía hacerse presente de inmediato a su monasterio donde sería convenientemente sancionado. Fray Francisco Buenaventura, no podía dar crédito a sus ojos. No alcanzaba a entender la indiferencia de sus superiores al respaldar la iniquidad de los explotadores.

Decidió presentarse en su convento; pero también, determinó implantar el símbolo del cristianismo cerca de donde especulaban los abusivos. Reunió a los barreteros, capacheros, y pallaqueros; con sus mujeres y sus hijos; pidiéndoles que todos, unidos, construyeran una sólida cruz que vieran los asesinos explotadores y que su presencia fuera un constante reproche a sus abusos. Les habló con tanto celo y emoción que todos, unánimemente, decidieron construir el símbolo sacro.

Iluminados por mortecinas velas auxiliados de rudimentarias herramientas, tallaron la hermosa cruz de la Pasión. Sólida como la hermandad que los unía; enorme como la fe que los hacía esperanzados.

Para  que el símbolo santo fuera obra de todos los mineros,  ordenó que los niños pallaqueros la pintaran de verde (Color de la Santa Inquisición). Ella sería el símbolo de su amor al Divino Redentor. Para completar la obra se talló un redondo disco amarillo sobre el que pintaron una sonriente cara regordeta y colocaron sobre el brazo derecho de la cruz: era el Sol. Sobre el izquierdo una pálida luna en cuarto menguante. Del brazo izquierdo hasta el medio del soporte central la lanza con la que Longinos atravesó el costado derecho del Salvador del Mundo. Simétricamente, del brazo derecho pendía un largo listón circular, en cuyo extremo superior se hallaba la esponja, que mojada en hiel y vinagre, se le acercara al crucificado cuando manifestó tener sed; dos escaleras que sirvieron para descender el bendito cuerpo después de su muerte; las colocaron oblicuamente pendientes de los brazos derecho e izquierdo, hasta el centro del soporte central. Tres sólidas escarpias de acero con los que se fijó el cuerpo; el martillo simbólico con el que se clavó, las tenazas con las que se extrajeron los clavos. Fijaron en el brazo derecho las letras S.P.Q.R.S. que en latín quiere decir: SENATUS POPULUS  QUORUM ROMANUS y en castellano se traduce como: “El Senado y el Pueblo de Roma”. En la parte más alta, se leía la sigla INRI, que como burla sangrienta al hijo de Dios, llamaron el “Rey de los Judíos”. En la cúspide, el gallo, elemento indispensable en las representaciones de la Pasión de Cristo, que simboliza la encarnizada negación de Pedro. En la intersección del cuerpo central el paño de Verónica sobre el que estaba pintado el divino rostro de Cristo doliente. Se trabajó la corona de espinas que fue colocada sobre el lienzo de la Verónica. La túnica que el Salvador vestía en el momento de la crucifixión. Los cinco dados tallados en madera que fueron empleados por los soldados romanos para jugarse las vestiduras. Un largo paño que fue usado por Nicodemo y sus ayudantes para hacer descender el cuerpo. Por último: La trompeta, que representa el juicio final, la balanza en la que se pesará a las almas en el juicio final, el cáliz representando el rito de la última cena y la bolsa conteniendo las treinta monedas, símbolo de la traición de Judas.

La víspera de la partida de Fray Francisco Buenaventura, los humildes laboreros de la mina, sus mujeres y sus hijos, en conmovedora procesión llevaron la cruz al lugar previamente escogido, y a la hora del Angelus, cuando las campanas llamaban a oración, la plantaron fijamente en la parte más alta de aquella zona cerreña, frente a la oficina de los grandes terratenientes y ricos mineros.

Al día siguiente, con los primeros rayos del alba, cuando los mineros entraban en los tétricos socavones, partía acongojado Fray Francisco Buenaventura, para no retornar jamás al Cerro de Pasco. Indignada la superioridad virreinal lo castigó a dura penitencia, cumplida la cual, fue expulsado del país… ¡A perpetuidad!…. Pero allí, donde la había plantado, quedaba la cruz de los mineros.

Los años fueron transcurriendo implacables. Las inclementes lluvias de los inviernos, la nieve, los rayos y truenos, la cellisca, los rigurosos soles y vientos de los meses secos, fueron trabajando sobre aquel monumento a la fe minera. Primeramente fueron desapareciendo el verde brillante de la cruz, haciéndose mustio y sombrío; después, fueron trazándose unas resquebrajaduras agrandando cada vez más sus intersticios. Los años fueron pasando. Los que la hicieron fueron muriendo cumpliendo su destino; los hijos heredaron con fe una tradición que iba haciéndose añosa.

Un día, una mujer desesperada arrancó el sudario de Cristo asegurando que si  envolvía con cruz-verde-1él a su marido que se había descalabrado en la mina, sanaría. Otro día se llevaron la túnica; otro, la corona de espinas; otro el gallo… Así fue perdiéndose cada uno de los símbolos de la cruz que las gentes llevaban como sacros amuletos. Cuando ya no quedaba ninguna réplica, comenzaron a astillar el cuerpo de la cruz. Cada japiri debía tener en su poder, siquiera una astilla. El pedazo de madero lo amparaba de los riesgos de la mina. Todos aseveraban que la cruz los protegía. Que quien tuviera en su poder un pedazo del santo madero, estaba a resguardado por la presencia de Cristo. Testificaban muchos milagros ocurridos en las negras oquedades mineras. Finalmente, quedo convertida en un despojo esquelético y deforme, hasta que la noche aquella fue llevada al cielo en la forma que vimos al comienzo. Ese día acababa de morir en Cuernavaca (México) el misionero Fray Francisco  Buenaventura de Salinas y Córdova.

De aquel hermoso símbolo que la fe minera había mantenido por muchos años, quedaba el nombre, sólo el nombre impregnado en un barrio: CRUZ VERDE. Desde aquellos días, cruces parecidas aparecieron en todos los confines de nuestra patria.

 

La niña de la gruta negra (Leyenda)

(Segunda parte)

gruta-2Aquella desgracia lo marcó con terribles signos de fuego. Acosado por un sentimiento de culpa ya no tuvo sosiego en su vida. Se sentía el causante de la muerte de su esposa. No había hecho otra cosa con su indiferencia con la que no sólo era compañera, esposa y colaboradora fiel, sino fundamentalmente impulso motor de sus empresas. Su soledad le estimuló amar a su hija con entrega total, con un exclusivismo enfermizo, lindante con la idolatría. Quería dar a su hija lo que había mezquinado a su mujer.

Tardó mucho en sobreponerse de aquel patético acontecimiento. Para la crianza de su hija llevó a una nodriza que la crió con todo su amor. Entretanto él, atormentado, ya no volvió a ser el mismo. Su temperamento se hizo más áspero y taciturno. A su avaricia fue sumando una agresividad cada vez más enervante. Con los años, esta actitud fue tomando caracteres verdaderamente dramáticos.

Y así pasaron los años.

Llegada a su juventud la niña tomó formas de mujer y se hizo más hermosa. Todo su mundo lo constituía su hogar, su padre y la buena anciana que con mucho cariño trataba de ocupar el lugar de la madre. Ni amigas, ni vecinos, ni parientes. Soledad, nada más que soledad.

Sus largas vigilias hicieron cifrar sus más caras esperanzas en su hija. Abrigaba la confianza que, en unos años, podría efectuar el viaje de retorno a su lejana tierra, a la que no había podido olvidar, caso contrario –meditaba- podía casarla con un rico minero cerreño; mientras tanto, seguiría trabajando en su mina, ahorrando lo necesario para el triunfal retorno. Era verdad que ya estaba cansado, sus músculos ayer prestos y ágiles, eran ahora más laxos y reacios. No había duda, necesitaba un ayudante.

En una oportunidad, conoció a un hombre joven y amable que le había ayudado a descargar sus bolsas de plata. Todo fue que se vieron y una entrañable amistad nació entre ellos. Como el desconocido se encontraba sin trabajo, le ofreció el puesto y un lugar en su casa. Total, necesitaba la ayuda de unos brazos jóvenes.

Llegado a su casa que más parecía una isla en medio de la desolada puna cerreña, el joven se impresionó con la belleza de la damisela que ruborizada y temblorosa, estrechó la cálida mano del recién llegado.

Ese fue el comienzo.

Guitarrero y cantor, el joven entonaba emotivas coplas, cada tarde a la salida de la mina. El encanto de los versos y la dulce cadencia de las notas pronto tuvieron el sortilegio de conquistar la candidez de la niña que con la intención de escuchar mejor las trovas, asomaba a la ventana de su recámara. Su huérfano corazón tan sediento de cariño de comprensión y apoyo, halló en las vivaces charlas del joven minero el entretenimiento ameno  que poco a poco fue envolviéndola en un sentimiento dulce y extraño que le obligaba a buscarlo para la plática diaria. Tanto se compenetraron el uno con el otro que comenzaron extender sus coloquios mediante furtivos encuentros nocturnos en el patio de su casa. Una noche, para no ser sorprendidos por el viejo minero, ella le abrió la puerta de su alcoba. Las citas entonces, se hicieron diarias y, sucedió lo que tenía que suceder.

Cuando el viejo minero se enteró de lo acontecido estuvo a punto de enloquecer. No podía creer en la deshonra de su hija; del único ser que realmente le importaba. Ciego de ira buscó afanosamente al causante de la ignominia pero no lo encontró. Entonces, deshechas todas sus esperanzas, la emprendió contra su hija y furibundo la maltrató salvajemente. Dispuso que la anciana sirvienta entregara al niño en cuanto naciera.

Aquella noche el frío era inclemente. Un silbante viento helado circulaba por los confines de la puna. El dolor que atenazaba el vientre de la jovencita fue haciéndose cada vez más intenso, desgarrador, apremiante; para evitar el grito natural del suplicio, tuvo que morder un pañuelo con todas las fuerzas que le daba su castigado cuerpo. Por fin, a tres horas de la cerrada noche, nacía un niño robusto y hermoso. La joven intentó una débil sonrisa al ver el fruto de sus entrañas iluminado por los tenues rayos de una mortecina lámpara minera. De pie, junto a su cama, la vieja nodriza que había actuado de partera, puso al niño en el regazo de la madre. En ese instante, la voz conminatoria del padre se hizo escuchar en la pieza contigua. Llamaba a la vieja mujer. La parturienta, débil como estaba por la hemorragia y el tremendo tormento que le había tocado experimentar, hizo un acopio de todas sus fuerzas y venciendo el sueño perentorio que le invadía, escuchó como desde una lejanía tenebrosa, el desconsiderado vozarrón de su progenitor.

¡No me importa que sea hombre o mujer! –Decía arrebatado- ¡Es el hijo del pecado y no tiene lugar aquí!.. ¡Tiene que desaparecer para lavar mi honra! Conmocionada por lo que estaba oyendo, se llenó de estupor. Le parecía estar viviendo una cruel pesadilla. Sus carnes se estremecieron y las lágrimas, incontenibles, rodaron por sus mejillas, cuando enérgico, el minero sentenció:

¡Déjala dormida ahora, pero mañana a primera hora me entregas a ese engendro del demonio para hacerlo desaparecer en la mina!…

No pudo soportar más. Su cuerpo adolorido se sobresaltó nuevamente y sin poder evitarlo, se desmayó. Al despertar coligió por el silencio de la estancia que todos dormían. Una oscuridad impenetrable lo envolvía todo. Consciente de la amenaza que se cernía sobre su hijo, tramó un plan que de inmediato lo puso en práctica. Cubrió con abrigadoras mantas al pequeño, ella misma se arrebozó con un pañolón, tomó la lámpara minera que colgaba del techo y con sólo el deseo de salvar la vida de su hijo, salió huyendo a donde el destino quisiera llevarla. Bien sabía que su padre era capaz de cometer un crimen y  mucho más.

Cuando salió de la barraca, el frío implacable le hizo estremecer. Sin hacer ruido alguno comenzó a caminar con rumbo al Cerro de Pasco. La noche estaba oscura, muy oscura. Colocó al niño a sus espaldas como desde siempre lo hacen las madres cerreñas y, lámpara en ristre, comenzó a avanzar por aquellas tenebrosas soledades nocturnas.

Ya los pies le dolían y sus manos ateridas apenas si podían sostener la lamparilla. Había avanzado un considerable trecho en muchas horas y las luces nacientes del día comenzaban a dibujar las siluetas rocosas de los cerros cuando escuchó el débil llanto del niño, que poco a poco se hizo más apremiante; temiendo que pudiera delatar su presencia, ingresó en la primera caverna que encontró en las faldas del cerro que daba frente a la ciudad minera.

Cansada lo arropó lo mejor que pudo y estrechándolo contra su pecho, le dio a beber la primera leche materna. Desde donde estaba se podía distinguir el pueblo minero con sus calles irregulares, sus casas macilentas, sus gentes apresuradas y abrigadas bajo un cielo gris, intensamente oscuro, amenazador. Pensaba que no tardaría en presentarse su desalmado padre. Buscándola miró a su criatura y vio que sus ojos claros apenas si podían fijarlos en algo; la carita estremecida por el frío glacial parecía una pasa rojiza y arrugada. Impulsada por un rapto de emoción lo besó en la frente y lo volvió a cubrir con las mantas. Un temblor repentino se apoderó de su cuerpo e instintivamente lo abrazó para protegerlo. A medida que transcurrían las horas, el frío, el hambre, la sed, el cansancio la atenazaban y su angustia, crecía más y más. Al llegar el mediodía, se declaró una borrascosa tempestad de nieve. Extenuada como estaba y expuesta al ventisquero sus manos entorpecidas no atinaban a coger pañales. Sus dedos iban tomando una coloración azulada a medida que se helaban. Desesperada por el trance que estaba viviendo se abandonó a un llanto compulsivo que duró mucho tiempo. Con los ojos inflamados experimentó una extraña tranquilidad; su cuerpo agarrotado e insensible no le permitía mantenerse en pie. Rendida por tanto esfuerzo se tiró sobre unas mantas cubriéndose con el pañolón. Un dulce sueño acucioso fue apoderándose de ella. Estrechó a su hijo contra su pecho y fue sumiéndose en un sopor coactivo y pesado.

Lentamente, a manera de un níveo sudario, la nevisca  fue cubriendo a la madre y a su  hijo. Al poco rato, un túmulo blanco se levantaba sobre los cuerpos que ya no sentían nada. Sus restos, rígidos e inmóviles, contraídos por el frío, acababan de finar. El sueño liberador de la muerte los había dormido.

F I N.

La niña de la gruta negra (Leyenda)

Antes de continuar con nuestra tarea de divulgar pasados acontecimientos de nuestra tierra, así como sus cuentos y leyendas, me permito hacer llegar mi gratitud a las autoridades y a mi pueblo cerreño por el hermoso gesto que han tenido de rendir homenaje a don Julio Baldeón Gavino. Él amó tanto a su tierra que, por su expresa voluntad, pidió que sus cenizas sean esparcidas por las tierras que recorrió con amor y ternura. En la distancia, estremecidos de dolor, estuvimos espiritualmente con él. Gracias, hermanos.

(Primera parte)

la-nina-de-la-grutaCuando pasen delante de aquel enorme cerro que se abre mirando al poniente y el borde de sus laderas se extienden hasta el añoso barrio de Uliachín, van a encontrar una lúgubre caverna negra. Cuentan que allí moraban por los años en que la ciudad nacía, los gimientes espíritus de una joven mujer y su hijo. Sus desgarradores lamentos se escuchaban en las noches heladas cuando el silencio acunaba el sueño de los diligentes mineros. Dicen que de lo recóndito del antro surgían  inacabables gemidos  dolorosos que se expandían impelidos por el silencio de la soledad. Los arrieros que transitaban por estos andurriales se estremecían y penetrados de supersticioso recogimiento, se santiguaban musitando:

¡Dios mío, es la niña de la Gruta Negra!

Un día, cansados de los lamentos plañideros, hombres y mujeres de Uliachín, le pidieron al milagroso fray Sancho de Córdova, que desencantara la cueva. Dicen que al trasponer la entrada, encontraron  la osamenta de una mujer en cuyo regazo mantenía el momificado cuerpo de su pequeño hijo. El fraile rezó interminables oraciones en latín y, después de sepultar los restos, asperjó agua bendita por todos los rincones de la cueva. Desde aquel momento cesaron los escalofriantes gemidos. Más tarde, confidentes y sibilinas ancianas, hicieron conocer el acontecimiento que todavía el pueblo recuerda con estremecida reverencia.

II

 Las expresivas cartas que recibía del Perú magnificando las proverbiales riquezas que en él se daban, terminaron por exacerbar su ambición. Le informaban también que la mayoría eran funcionarios de las Cajas Reales, especialmente los bilbaínos que tenían un gran talento financiero o, maestros fundidores y artesanos, como los de Vizcaya y Guipúzcoa. Que una gran mayoría se había dirigido al Cerro de Pasco para hacer  florecer la Fundición de Barras de Plata como maestros fundidores: Oyarzabal, de Azpeitia; los Arauco, de Vizcaya; los Goñi, de Navarra; los Otaegui, de Guipúzcoa; los Aguirre de Oyarzún; Lizárraga, Baldoceda, Jáuregui, Ampuero, Bermúdez, Aza, Azcurra, Echevarría, Aranda, Gorriti, Amézaga, Anaya, Apéstegui, Aspiazu, Carranza, Chacón, Elguera, Valdivia, Veramendi, Iturralde, Jáuregui, Mendívil, Iturriaga, Ormachea, Mendizábal, Olazo, Zamudio, Arellano, Lezama, Lezcano, de Navarra.

  La insistente invitación para que embarcara a hacerse rico, decidió su viaje. Reunió sus escasas pertenencias, algún magro ahorro y abordó el barco en compañía de su mujer y su pequeña hija.

Estaba muy ilusionado.

Llegado al Callao, tras larga travesía, luchando contra la nieve, el frío glacial y la inconmensurable soledad del páramo, llegó a la Villa de Pasco sobre resistentes carretas haladas por fuertes mulas cerreras. Un corro de guitarras, zampoñas, castañuelas y pitos, celebró su llegada; se bebió abundante vino, se hizo nostálgicas remembranzas y se bailó bastante. Rendido por el jolgorio descansó dos días, al final de los cuales, le adjudicaron un yacimiento cercano al naciente Cerro de Pasco para iniciar su trabajo.

Tras tomar posesión de la mina –la primera propiedad de su vida-  trabajó de sol a sol para construir una casita de barro apisonada con cimiento de piedras, ventanas pequeñas y  elevado techo a dos aguas, cariñosa reminiscencia de una vivienda vasca. A esta casita, muy cerca de la mina, llevó a su esposa y a su pequeña hija. Cinco hombres del lugar trabajarían para él.

Los primeros afloramientos que encontró pagaron con creces su expectativa. Obtuvo buenos doblones por la venta de su plata. Alentado por el hallazgo duplicó sus esfuerzos que comenzaban con los primeros rayos del alba y sólo terminaban cuando la oscuridad cubría el páramo. A muy poco tiempo ya era un hombre de consolidado prestigio económico que había logrado ganarse el respeto y el cariño de sus  coterráneos. Dos veces al mes acudía a las tertulias y fiestas que se daban en la Villa. En las soleadas tardes de verano, competía en emotivos encuentros de pelotaris; bebía vino, bailaba, cantaba y, en esa lengua dulce y traviesa que los pasqueños no entendían, conversaban animadamente al calor de la amistad.

Al comienzo vivió satisfecho con su holgura económica. Sin embargo, llevado por una desmedida codicia concibió la idea de reunir todo el oro que fuera capaz para retornar triunfante a su amada Vizcaya. Quería demostrar a sus paisanos que era un triunfador. Trabajó con  tanta tenacidad que llegó a tratar mala a los hombres que laboraban para él. Ni tiempo le quedaba para compartir con su esposa los momentos de descanso. Hasta en las noches, provisto de un débil candil entraba en el subsuelo a controlar los malacates y proyectar el trabajo del día siguiente. Como es natural, esta desmedida actividad lo fue convirtiendo en un hombre hosco y silencioso; más tarde, en agresivo y desconsiderado. Su mal carácter era alimentado por las eventuales frustraciones mineras que significaban la pérdida de filones y afloramientos.

Entretanto, su mujer se sumía en una desventura terrible que sólo en su hija hallaba consuelo.

Así las cosas, llegada una quincena no quiso acompañar a su mujer a comprar las provisiones, como era costumbre. La señora tuvo que ir sola en el carretón llevando a su niña. Él entró en el socavón y tanto se sumió en su laboreo que no advirtió la tremenda borrasca de nieve que afuera estaba cayendo. Al salir, cerrada la noche, advirtió  aterrado que su esposa no había retornado. Desesperado tomó el rumbo de la ciudad minera con la esperanza de encontrarla en el trayecto. La nieve era tan espesa que nada podía distinguirse a un paso; sin embargo, tras penosos esfuerzos, encontró el carromato atascado en el barro. La pobre mujer empapada de pies a cabeza pugnaba por empujar la carreta y para tener libertad de acción se había despojado de su pañolón y la chompa de lana con los que había arropado a la niña bajo un improvisado toldo de lona. Con la ayuda de unos tablones y sus recios brazos, sacaron el carretón del atolladero y siguieron avanzando.

Llegados a la barraca, la señora al borde del pasmo temblaba de frío con tos y fiebre despiadados que se acentuaba cada vez que el dolor le traspasaba los pulmones. La desesperada impotencia del minero era dramática. La distancia que lo separaba tanto del Cerro de Pasco como de la Villa de Pasco, era tan grande, que no podría ir en busca de auxilio. Además, se le presentaba un dilema ¿Cómo dejar a su mujer e hija solas? La nieve caía inmisericorde y el rostro de la mujer iba tomando una coloración amoratada; la tos agresiva y seca la sacudía con violencia; el corazón se le estremecía al oír el seco ronquido del pecho que se desgarraba. Al amanecer trató de incorporarse y decir algo. No pudo. Sus intensos ojos verdes se quedaron fríos en una mirada fija, larga e inmóvil. El minero la llamó, le frotó las  manos, la besó y en su desesperación la sacudió con violencia y nada. La débil mujer acababa de morir.

Continúa….

LULI COCHA (Leyenda)

luli-cocha

Muy cerca de Ninagaga, a la vera del camino que lo une con Huachón, hay una hermosa laguna repleta de truchas a la que se le ha dado el nombre de Luli cocha. De este lugar se cuenta la siguiente leyenda:

Al borde de sus aguas, hace mucho tiempo, vivía un hombre cuyo sustento dependía de la crianza de ovejas a las que amorosamente iba a pastar a largas distancias.

Este pastor, que diariamente tenía que preparar sus alimentos después de llegar cansado a su casa, se sorprendió cierto día. Encontró su humilde casucha muy pulcra y atusada y, sobre la mesa, un caliente y delicioso almuerzo. Quedó sorprendido. Seguro de ser víctima de una broma, estuvo contemplando los apetecibles potajes ahí expuestos. Tan apetitosos estaban que finalmente tuvo que devorarlos por el extremo apetito que lo apremiaba. Todo resultó muy agradable porque quedó ahíto y satisfecho, pero por más que se esforzaba, no alcanzaba a adivinar quién podía haberle hecho aquella broma.

Al ocurrir lo mismo los siguientes días, su curiosidad fue en aumento. Tremendamente intrigado decidió averiguar quién era el autor de estos enigmáticos sucesos. Así, cierto día fingió ir a trabajar pero sigilosamente regresó dando un rodeo por la parte posterior y alta de una colina  desde donde podía ver claramente su choza; se acomodó detrás de una roca y pacientemente se puso al acecho.

No había transcurrido mucho tiempo cuando vio que una bella mujer entraba en su morada y se ponía a cocinar. Con gran sigilo bajó del cerro y la sorprendió.

  • Tú eres la que me prepara los alimentos ¿No?.- Preguntó él.
  • Sí, – respondió débil y completamente turbada la joven.
  • ¡¿Por qué?!.
  • Veía que todos los días llegabas muy cansado a prepararte tus alimentos. Rendido estabas, lo hacías con gran dificultad, por eso decidí apoyarte.
  • ¿Quién eres tú? –Interrogó el pastor.
  • Soy el alma de esta laguna. Soy Luli Huarmi.
  • .. ¡Eres mujer!
  • ¡Claro!.
  • Entonces, si quieres ayudarme… ¿Por qué no te casas conmigo?
  • Si así lo quieres, seré tu mujer, pero con la única condición que nunca me traiciones, en cuyo caso yo sería capaz de una venganza muy cruel. Soy muy celosa.

A partir de entonces, muy contento él, y muy enamorada ella, unieron sus vidas en busca de felicidad. Al poco tiempo fueron alegrados con la llegada de un bebé.

En este ambiente de comprensión y cariño fueron muy felices por algún tiempo hasta que, apremiado por la necesidad, él tuvo que marchar al Cerro de Pasco por razones de  negocios. A partir de entonces sus viajes se hicieron continuos con una duración de seis a siete días cada uno. Durante estos alejamientos nada anormal ocurría, hasta que un día en que el esposo estuvo ausente, en plena tempestad de nieve, pasa por su casa un viajero y pide alojamiento. Ella, viendo la inclemencia del tiempo, accede y le franquea la puerta. El extraño y sereno encanto de la mujer cautivó al viajero que al darse cuenta del gran amor que  profesaba a su marido, decide fomentar en ella el malhadado  fantasma de los celos. A partir de entonces, hace más continuas sus visitas aprovechando la ausencia del marido, con el único fin de seducirla.

  • Señora, yo conozco a su marido. Es negociante como yo, pero lo que me apena es que, mientras usted aquí sola sufre los rigores del clima con la única compañía de su hijo, él se esté divirtiendo con una cerreña que ya es su mujer.

Estas y otras cosas le contaba. Poco a poco, la mal intencionada acción del visitante ocasionó la desconfianza y el desamor de la mujer hasta que terminó por odiarlo mortalmente. Envenenada de celos, la mujer, buscaba la manera de vengarse de su marido sin saber que él se dedicaba íntegramente a su tarea de proveedor de carne para los mineros. Decidida a castigar lo que ella suponía la traición de su marido y convencida de que el hijo de ambos era la suprema adoración del hombre, decidió ejercer represalia por medio del niño.

Así, un mediodía que el pastor retornaba de las minas, vio que sobre la cocina hervía una espumante olla de fierro. Llamó a su mujer dando grandes voces, pero ésta no respondió, escondida como estaba. El  hombre se acercó entonces con el fin de averiguar cuál era el potaje que su compañera le había preparado, levantó la tapa de la olla y horrorizado vio que dentro hervía el cuerpecito, piernecitas y brazos del pequeño. En el colmo de la desesperación salió para preguntar a su mujer y sólo alcanzó a observar que ella se sumergía a las aguas de la laguna seguida de todos sus animales.

El pastor enloqueció y al poco tiempo murió sepultado por la nieve;  la laguna por su parte se hizo maldita. Cuando una mujer encinta se acerca a ella, es seguro, que el niño que está gestando morirá irremisiblemente.