LA HACIENDA PARIA (Leyenda)

la leyenda de la hacienda PariaLa hacienda Paria con una extensión de 35,030 hectáreas, comprada por la compañía minera Cerro de Pasco Mining Company a las Hermanas Nazarenas de Lima, tiene esta vieja historia. Se había constituido en 1591 por la unión de las  estancias “Carcas”, de propiedad de Juan de Ureta y, “Paria”, de doña Ana de Pajuelo. Ochenta y siete años después -1675- pasó a ser propiedad de doña María Luisa Herrera con el definitivo nombre de “San Juan de Paria”.

Por aquellos años, su hija mayor, doña Eleodora Ruiz Herrera, ingresa en el beaterio de las Nazarenas de Lima fundado por la madre Antonia Lucía del Espíritu Santo. Este lugar nacido para servir a la devoción del Señor de los Milagros -pintado por un negro esclavo de Angola en 1651- era el lugar donde se alojaban las beatas. El muro en el que estaba pintada la imagen del Salvador, soportó sucesivos terremotos que devastaron a Lima. Desde entonces fue en aumento su culto. En este lugar se producían milagrosas curaciones a favor de los devotos que rezaban ante la imagen. Más tarde, cuando las autoridades decidieron borrar la imagen milagrosa, ocurrió una serie de maravillosos prodigios que impidieron su borrado.

Después del terremoto del 20 de octubre de 1687, don Sebastián de Antuñano y Rivas, vizcaíno residente en Lima, inició las procesiones al sacar una réplica del mural.  Empleó toda su fortuna en adquirir el terreno donde se encontraba la Capilla del Santo Cristo de los Milagros y terrenos colindantes para edificar una iglesia totalmente consagrada  al servicio del Señor de los Milagros. Como su fortuna personal no era suficiente, tuvo que buscar ayuda. Algunas personas  notables hicieron generosos donativos.

Es necesario añadir, como dato fundamental, que aquellos años los monasterios  recibían dotes, herencias y diversos tipos de ayuda, tanto en dinero como en otro tipo de bienes. Casi todas las familias importantes de la ciudad tenían a uno de sus miembros allí. Un monasterio no solo tenía su local sino podía ser propietario de más inmuebles o, incluso, huertos, chacras o haciendas. Debido a que las monjas se consagraban a Dios y, por lo tanto eludían los rigores del matrimonio, la maternidad, la lactancia o cualquier labor doméstica o manual tenían una  expectativa de vida mayor a la de las demás mujeres. Algunas llegaban a vivir más de 80 o 90 años, edad impensable para alguna mujer que hubiera parido media docena de hijos, lactarlos y criarlos.

Con estas consideraciones, Sor Benedicta de la Concepción, nombre religioso que se le había ungido a doña Eleodora Ruiz Herrera (Ya monja de Claustro), en pago de su dote matrimonial (Ella –se entiende- se había casado con Cristo) dona la hacienda Paria que había heredado de su madre, doña María Luisa Herrera. La escritura pública de esta donación al Convento de las Nazarenas Carmelitas del Santuario del Santo Cristo de los Milagros, se extiende en la Notaría de Don Francisco Montiel Dávalos.

Como vemos, fue un valioso donativo de una mujer pasqueña al nacimiento a una respetable institución religiosa. Muchos ignoran este acontecimiento importante. Así se estableció el Santuario del Señor de los Milagros con el fin de propagar su ideal y llevar a cabo los deseos de la Madre Antonia Lucía del Espíritu Santo. El 12 de Octubre de 1700, según las Constituciones de Santa Teresa de Jesús, quedó establecido definitivamente en  Monasterio de Carmelitas.

Esto  determinó que pasando por alto más de tres siglos de vida del Cerro de Pasco, los capitalistas norteamericanos que compraron la hacienda Paria, aseguraban ser dueños absolutos de sus tierras, a­guas, caminos y pastizales, impidiendo cualquier transformación que tratara de efectuar la Municipalidad. Aseguraban -colmo de cinismo- que los mismos cerreños contaban la historia del indio Huaricapcha, “Pastor de la Hacienda Paria” que, como sabemos, es  una leyenda y no un hecho histórico.

En resumen, la Hacienda Paria había sido comprada por la “Cerro de Pasco Mining Company”, su propietario, a comienzos del siglo XIX. Finalmente por Ley de Reforma Agraria (Ley Nro. 17716), promulgada el 24 de junio de 1969, pasó a ser propiedad de los campesinos de Pasco. Un poeta popular que se había ganado las simpatías del pueblo, escribió por aquellos días, lo siguiente:

LOS  PASTOS  DE  PARIA

 

Voy a entonar un aria                  Pero muy serio y muy formal

llena de melancolía                      me previene un escribano

sobre los pastos de Paria,          que mi área superficial

que es el asunto del día.             la pague el americano.

 

Yo poseía una chocita                              Y las minas que explotan

que heredé de mis abuelos                      desde el tiempo colonial

en donde hace tiempo que habita          mis padres y me legaron

mi mujer y mis polluelos.                        como herencia natural.

 

Hoy con singular porfía               Y aunque es cosa muy precaria

me lo quiere disputar                   no es raro intenten probar

la colosal Compañía                     que están en pastos de Paria.

con argucia singular.                    desde la Quinua hasta el mar.

 

                                                          BOHEMIO.

 

 

EL CONDOR ASESINO (Leyenda de Ninagaga)

El condor 2Hombres y mujeres de Ninagaga vivían en continuo sobresalto. No había un solo día en el que no los intranquilizara la desaparición  de su ganado. Un día corrió la voz de alarma denunciando la razón. Un enorme cóndor atacaba a los espantados rebaños sin temor a los colmillos de los perros ni a los hondazos de los pastores. Haciéndose la cruz juraban haberlos visto vencer a enormes animales sirviéndose de una veloz y aguerrida treta.

Desde lo alto de las nubes donde reinaba o desde la cima de los picachos donde moraba –inaccesible para bestias y hombres- escrutaba las laderas con paciencia extraordinaria. Cuando descubría a su víctima al borde del despeñadero, volaba parsimoniosamente hasta ubicarse  encima de ella y, desde allí, descendiendo raudo como una flecha le asestaba un contundente golpe con sus alas de más de tres metros precipitándola barranco abajo. La victima caía aparatosamente agonizante producto del descalabro. Después, como cumpliendo con un viejo rito, se retiraba a dormir la siesta en su guarida inaccesible. Esperaba que finalmente el animal muriera víctima de la caída. Ya cerrada la noche regresaba para regalarse con su fresco y abundoso festín. Eso diariamente. De esta manera estaba desolando estas montañas.

Los pastores de estos andurriales estaban alarmados. Surgió entre ellos la creencia de que el mismo demonio se ocultaba bajo las alas de aquel temible carnicero. Hasta los hacendados se alarmaron y llegaron a participar de esta creencia cobrando viva inquietud por su presencia. Para ahuyentarla organizaron extraordinarias batidas haciendo estremecer sus linderos con el espantoso fragor de descargas de fusilería y el feroz ladrido de los perros azuzados para la lucha. Todo en vano. Pasados unos días ya estaban echando de menos la desaparición de un buey, de un ternero o por lo menos de una oveja. La alarma creció. El maldito depredador estaba ya enviciado y no quería alimentarse sino con carne fresca…

Uno de aquellos días, un joven pastor llevó la noticia de que el cóndor merodeaba al redor de una loma vecina al caserío. El hacendado se armó de una carabina, llamó a  los campesinos para que lo acompañaran y se encaminó al encuentro del carnicero que volaba con los ojos fijos en el hato de ovejas. Sobrevolaba lenta y majestuosamente por el fondo luminoso de los cielos. Su enorme cuerpo negro de aterrador pico carnicero, garras terribles recogidas con su collarín de blancas plumas en el cuello, destacaba sobre un punto fatídico sobre la vasta planicie. Lo contemplaron un largo rato para que tomara confianza y, cuando estuvo a tiro, el patrón se echó la carabina a la cara y, diestro en el manejo de armas, hizo fuego. Tras la sonora deflagración la gigantesca ave se abatió pesadamente sobre la tierra. ¡Un grito de triunfo resonó en las pampas! Hombres y perros se lanzaron sobre el caído.

El primer perro que llegó hasta el cóndor, rodó a sus pies con el cráneo destrozado por un feroz picotazo. Los hombres espantados hacían llover pedradas sobre el duro plumón del herido. Éste se defendió repartiendo aletazos y abatiendo al que lo tocara. Sus alas en remolinos de briosas acometidas hacían crujir su poderosa armazón de huesos. El patrón entusiasmado por la belleza del plumaje ordenó que se respetara la vida del cóndor. Cuando estaba casi agotado lo maniataron para llevarlo a la casa hacienda donde lo encerraron. Cuentan los que lo vieron en aquel trance que el cóndor lloraba de ira como una criatura indefensa. Por eso a ese lugar le llamaron desde entonces: Cóndor Huaganan (Donde el cóndor lloró).

No fue larga la convalecencia del cautivo. Un curandero de Margos que examinó sus heridas constató que tenía vacío el buche y dedujo que su caída se había debido a su extremo debilitamiento que el balazo le había rematado. El hacendado orgulloso de su presa, ciñó encima del denudo y arrugado cuello cubierto de un collar de plumas tiernas y blancas, otro, especialmente hecho de lana con los colores patrios. Era su más grande posesión junto con un marrano gigantesco, blanco y hermoso de raza europea, comprado a los alemanes hermanos Herold que tenían en su cervecería del Cerro de Pasco. Eran sus dos trofeos más apreciados.

Así pasaron los días.

Preso y humillado aprendió a sobrellevar su cautiverio. En ese estado al cóndor le mutilaron  las guías de sus alas para que no pudiera volar. Tuvo que verse en la necesidad de convivir con las otras aves y animales de corral que lo miraban con desdén. Desde lo alto de una pared que había elegido como otero pasaba sus horas contemplando nostálgico la vasta extensión de los cielos azules donde había sido el rey indiscutible. Debajo de él, con una sorna insufrible se paseaba triunfal y engreído el enorme chancho –orgullo de su amo- haciendo estropicio y medio y regodeándose de ello. El cóndor sólo lo miraba. Hombres y mujeres ya se habían acostumbrado a verlo así, tranquilo,  recorrer las distancias con su paso cansino como cualquier otra ave. Eso es lo que el cóndor buscaba. Quería que lo vieran vencido y humillado. En poco tiempo lo consiguió. Nadie daba un medio por él.

Fuertes ya sus alas, un soleado día de junio, sin que nadie pudiera evitarlo, como si lo hubiera premeditado debidamente, se lanzó furiosamente sobre el engreído cerdo clavándole sus poderosas garras sobre el grasiento lomo y, sin hacer caso de sus gruñidos guturales, subió a los aires y desapareció por las alturas inverosímiles con su presa entre sus garras.

A partir de aquel día, con más saña e impudicia que antes volvió a realizar sus rapiñas. Por eso volvió a cundir el abatimiento entre las gentes por la amenaza de tremendo carnicero ahora más audaz, más fuerte, más ladino.

Una tarde luminosa de sol, sin una nube en el cielo, se oyó nuevamente el zumbido de las alas asesinas y la proyección de su sombra colosal sobre un grupo de ovejas. El pastor Timoteo Carhuachagua, protegiendo a sus animales que corrían peligro ante tremendo asesino, lo midió con mucha serenidad. No en vano era el hondero más certero entre los pastores de Ninagaga. El cóndor creyéndose dueño de la situación se acercaba con más desfachatez a sus víctimas. Lento, con tremenda parsimonia, se acercó a treinta metros. Se veía que el ave todavía lucía el collar con los colores patrios que el patrón había colocado en su cuello. Con pasmosa serenidad puso una enorme piedra en su huaraca y dándole tres enérgicas vueltas sobre su cabeza, lanzó el proyectil en dirección al cóndor. No lo puedo creer. Vio el terrible impacto en la cabeza del asesino que caía con estrépito con el plumaje agazapado y las patas yertas e  inmóviles rodando hasta el fondo bañado en lodo y sangre. Timoteo corrió hacia su presa y lo encontró temblando en los estertores de muerte. No duró mucho. Pronto quedó inmóvil, muerto.

Ya casi cerrando la noche llegó a Ninagaga con su presa sobre las espaldas. Los campesinos no lo podían creer. Cuando lo tiró sobre los suelos, prorrumpieron en gritos de triunfo que se oyeron            en la casa hacienda y en todos los confines de Pasco. El nombre de su lugar de cautiverio quedó para la posteridad: CÓNDOR HUAGANAN.

A  partir del día siguiente la paz retornó a Ninagaga.

El condor 4

LA CRUZ DEL HUAGURUNCHO (Leyenda)

La muerte física del adalid invicto de la selva, José Santos Atahualpa Apu Inca, no les impresionó demasiado a los indios. Ellos, desde sus ancestros, están conscientes que todos tenemos que morir tarde o temprano. Lo que sí aseguran es que en aprobación del benefactor gesto cristiano de luchar por los desamparados y explotados, Juan Santos Atahualpa fue ungido con una especial bendición de Dios, ya que al morir –cumplida su valiente misión en la selva- entre nubes y vapores brillantes, se elevó hacia los cielos en medio de cánticos hermosos y extraños, con la promesa de que volvería. Los frailes franciscanos, enemigos naturales del adalid –tal vez con el fin de deshacer la mitología- afirman que, retirado a la profundidad de la selva, muchos años después, lo vieron ya anciano, acompañado de su compañera negra, llevando una vida de placidez y tranquilidad, feliz porque la lucha que había iniciado se propagaba por todo el Perú.

En todo caso, los nativos no han olvidado la gesta del valiente inca; por esta razón, le han erigido, reverentes, una capilla de 18 metros de largo por ocho de ancho, sostenido por ocho columnas de madera, cubierta con  techo de  humiro, en forma cruzada; en medio de la capilla, el túmulo donde descansó su cuerpo a poco de morir, hecho de cinco tablas labradas de  jaracandá,  de 8 a 10 centímetros de espesor y a una altura de un metro veinte centímetros, situado en medio del templo, mirando hacia Oriente.

Desde aquel entonces, sobre la  cúspide del impotente nevado del Huaguruncho, apareció una colosal cruz de oro macizo cuyos destellos se veían nítidamente desde todos los confines de Pasco. Una cara de la cruz recibía el saludo del sol naciente de las mañanas; la otra, los postreros destellos de los atardeceres. Al hacerse realidad la añorada recuperación de sus tierras, en reconocimiento de la bendición recibida del cielo para el triunfo final, el imbatible caudillo guerrero, utilizando todo el oro recogido de ríos y minas de la selva, hizo fundir una sólida cruz bruñida de oro macizo de enormes proporciones, que mediante un magistral y agotador trabajo de ingeniería rudimentaria la fijaron en la cúspide del Huaguruncho con un túnel vertical que comunicaba perpendicularmente la base, con la cima del monte. (Lo pueden ver el croquis de su conformación y ruta para llegar a ella) Este trabajo realizado en tres largos años venía a significar la confirmación de la fe en Cristo del caudillo Juan Santos Atahualpa.

Mucho más tarde, cuando mediante la invasión sangrienta y cruel, españoles y negros volvieron a recuperar las posiciones de la selva, la cruz de Huaguruncho desapareció tragada por las nieves eternas en medio de lluvias torrenciales, truenos y relámpagos. Los campas aseguran que el símbolo volverá a refulgir cuando retorne Juan Santos Atahualpa y esta vez sí serán dueños definitivos de sus tierras selváticas.

En todo caso, éste, es el primer paso que dimos en la lucha por la libertad de la patria y la dignidad de la persona humana. Vendrán, como veremos, otras epopeyas igualmente impresionantes que tiñeron de sangre nuestra tierra.

Cruz de Huagruncho

 

YARUSHYACAN (Leyenda)

yarushyacan

El progresista pueblo de San Francisco de Asís de Yarushyacán, ubicado al noroeste del Cerro de Pasco, enmarcado por Huariaca, Ticlacayán, Sunec, Yanacachi, Huamanmarca, Cajamarquilla y Chinchán, tiene una antiquísima leyenda que nos habla de su origen.

Cuentan que en tiempos  pasados, los pastores de la tribu de los yarush que habitaban esta zona, solían llevar a su rebaño a GANTO GANTO DE YACÁN donde abundaba el pasto y crecía un frondoso follaje. En este pintoresco lugar, una pastorcilla de tierna edad, sin perder de vista a su ganado, gustaba de ponerse  a jugar.

Un día que llevaba su manada a este paraje sintió que, a cada paso que daba, le arrojaban unas piedrecillas de un sitio que no podía precisar y menos aún quién  hacía la travesura. Un tanto alarmada comenzó a otear en derredor pero sin resultado alguno. Intrigada quiso seguir caminando cuando un silbido que venía del follaje avivó su curiosidad. La niña penetró por entre la hojarasca en donde crecían hermosas flores blancas y rosadas encontrándose  de repente con un primoroso niño de su misma edad, vestido de un modo muy raro, con un sayal marrón ajustado a su cuerpo por un largo cordón blanco.

  • ¿Usted tiraba piedrecitas?
  • ¡Sí, yo!
  • ¿Por qué?
  • Por jugar.
  • ¿Cómo se llama usted?
  • Yo soy Margarita. ¿Dónde están sus padres?
  • No los tengo. Cuido estos campos y estas flores. No quiero que nadie me vea. Sólo tú.

Desde aquel día, los niños jugaban contentos mientras el ganado pastaba. Un día a la niña se le ocurrió contar a sus padres que ella era muy feliz porque jugaba con un niño hermoso en el Ganto Ganto de Yacán, pero que le llamaba la atención que aquel hermoso niño no recibiera el fiambre que le invitaba. Intrigado por este relato, el padre decidió seguir los pasos de su hija y así sorprendió a los niños cuando jugaban desprevenidos. La niña se alarmó al ver a su progenitor en tanto el niño decidía huir; pero el padre le dio alcance, y cuando estaba a punto de cogerle para preguntarle quién era, el pequeño quedó inmóvil y al tocarlo pudo comprobar que todavía las manitas las tenía tibias pero que era una estatua. Deslumbrado, el hombre fue a avisar al pueblo. Al poco rato, rodeando a la imagen, estaban los hombres y mujeres.

  • ¡Paime canga patrón ninches! (¡He aquí nuestro patrón!) – Sentenció el más viejo de la tribu. Enseguida, emocionado llevó al pueblo la imagen hallada.

Al día siguiente se dieron con la sorpresa que el santo no estaba allí, y cuando por indicación de Margarita lo buscaron, llegaron a encontrarlo en Ganto Ganto de Yacán. Así cuatro veces. Por fin fue revelado que el santo no quería que lo movieran del lugar donde lo habían encontrado. Así, unánimemente, decidieron trasladar el pueblo de Yarush a Ganto Ganto de Yacán.

El 4 de mayo de 1618, siendo cacique don José Mazgo –el único que entendía el idioma de los españoles- se fundó oficialmente el pueblo de San Francisco de Asís de Yarushyacán.

El 16 de setiembre de 1961 se registra la creación política del Distrito San Francisco de Asís de Yarushacán, correspondiente a la provincia de Pasco, departamento de Pasco

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Imagen tomada de Radio Cumbre – San Francisco de Yarusyacán

EL MISTERIO DEL FERROCARRIL (Segunda parte)

gatos-entierroNo es para creer, pero es muy cierto. Al cumplirse las veinticuatro horas del día siguiente, dos hombres que en todo ese tiempo habían estado transpirando de fiebre en medio de estremecedoras alucinaciones, murieron de pulmonía.

Fue suficiente.

Después de realizar el entierro muchos ataron bártulos y partieron a sus pagos en distintas direcciones. La empresa se alarmó. La noticia esparcida por todos los ámbitos los había asustado. Ya nadie quería integrar aquella fatídica cuadrilla. Cuando los jefes del tramo evaluaron las serias dificultades del terreno y la negativa de los aterrorizados braceros a seguir adelante, presentaron un proyecto para cambiar la dirección de la ruta, pero el directorio les negó rotundamente esa costosa posibilidad. Había que seguir el trazo inicial aprobado. No había escapatoria.

Ante tamaña emergencia los jefes se reunieron con los pocos hombres que todavía quedaban en las filas. Querían solucionar el serio problema. Aquella vez los operarios manifestaron que todo lo que estaba ocurriendo en aquel lugar era obra del demonio y que para conjurar el maleficio debía convocarse a un afamado brujo. Él –decían- con sus poderes mágicos podría neutralizar la nefasta acción de Satanás. “No hay otra salida” afirmaron categóricos.

Como es de suponerse, los ingenieros no creyeron nada de lo que se había dicho, pero con el fin de no ahuyentar a los pocos trabajadores que quedaban, ordenaron que se hablara con un brujo que conocieran.

Contrataron a un famoso brujo de Margos y lo hicieron venir para conjurar la maléfica obra del diablo. Llegado al campamento, el hechicero margosino habló con todos.

  • Lo primero que tengo que hacer es conversar con el cerro… ¿Cómo se llama?.
  • “Mishihuaganan”, taita –contestó un obrero.
  • Conversaré con el cerro “Mishihuaganan” y le preguntaré por qué está poniendo estas inconveniencias en el trabajo y por qué está matando mucha gente.
  • Bien, taita.
  • De acuerdo a lo que me informe, procederé.
  • ¿Cuándo será eso, taita?. –preguntó otro.
  • Esta misma noche hablaré con él. Hoy es viernes, día propicio. Para despenar el cerro tendrán que pasar algunos días.
  • ¿Qué es lo que necesita y cuántos le acompañaremos? –Preguntó el contratante.
  • Compañía, no necesito. Debo ir solo. El cerro es chúcaro y no lo conozco. No es conveniente que me vea con extraños.
  • ¿Qué le prepararemos?
  • ¡Coca, cigarros, aguardiente y cuatro cirios de muerto!….
  • ¿Eso es todo?.
  • Para mi vuelta debe estar hirviendo un espeso caldo de gallina negra.
  • Así lo haremos, taita.

Aquel mismo viernes, cubierto con abrigadora indumentaria negra del sombrero a los zapatos, cerca de la medianoche, el margosino en su ascenso al fatídico cerro se perdió en la oscuridad de la noche,

De lo que el brujo hizo aquella noche, jamás nadie supo nada.

Cuando las primeras claridades del alba del día siguiente asomaban por oriente bajó el margosino con los ojos tumefactos y los carrillos hinchados de coca. Hizo una señal a todos para que se congregaran en derredor. Cuando todos estuvieron silenciosos y expectantes, dijo:

  • Anoche hablé con los gentiles que moran en el cerro. Ellos están muy irritados y no ven con agrado el tendido de estos caminos de hierro. Afirman que además de alarmar a los espíritus lugareños van a traer muchas desgracias a las gentes de estos sitios; por él –dicen- traficarán con el sudor de los campesinos que se convertirán en esclavos para extraer las riquezas que otros se llevarán. Habrá muchos abusos, mucho dolor y gran cantidad de muertos.
  • ¿Por qué dicen eso?… ¿Será cierto?. –preguntó alguien.
  • Ellos lo saben todo. Son eternos y conocen el pasado y vislumbran el futuro. Nada les es desconocido.
  • ¿Sí, taita?.
  • ¡Sí, hijo! Ellos saben que han fallecido de mala muerte dos hombres que trabajan en el camino de Unish baleados por los policías y que sus compañeros han sido castigados muy injustamente. Eso ha pesado para que impidan la construcción del camino. Están muy indignados por los atropellos cometidos. Sólo cuando las almas de esos hombres lleguen al cielo, dejarán de causar problemas. Eso es lo que me han dicho…
  • Entonces, ¿qué haremos, taita?…
  • En la misma cumbre del cerro, debe hacerse una misa a la virgen del buen morir para alcanzar la paz de los dos hombres que han finado…
  • ¿Cuál es esa virgen, taita?… ¡no la conocemos!.
  • Esa virgen ha sido traída hace muchos años por los extranjeros que llegaron a las minas del Cerro; ella es la Virgen del Tránsito. Sólo así –como les digo- se encontrará la paz en este lugar; caso contrario, nunca terminarán los problemas.
  • ¡Así se hará, taita! –Dijeron los braceros.
  • Bien, ahora que lo saben todo, espero que cumpla al pie de la letra mi encargo para bien de todos. Yo ya cumplí mi misión y me retiro.

Tal como lo había sugerido el margosino, así se hizo.

Aquella mañana, la naciente plaza de Smelter bullía de gente fiestera venida de todos los lugares aledaños: Vicco, Colquijirca, Ninagaga, Villa de Pasco, Alto Perú,  Sacra Familia, Tambo del Sol, Rancas y el Cerro de Pasco. De la ciudad minera habían asistido todas las congregaciones religiosas portando sus lábaros y pendones distintivos. Allí estaban “Las Hijas de María”, “La Hermandad del Perpetuo Socorro”, “La Hermandad del Niño Jesús de Praga”, “La Hermandad de la Virgen del Carmen”, “La Hermandad del Señor de los Milagros”, “La Hermandad de la Virgen de Fátima”, “La Hermandad Terciaria Franciscana”, y los miembros de la Beneficencia Austro – Húngara en pleno, portando el magnífico cuadro de la Virgen del Tránsito. La Madre de Dios, enmarcada en un hermoso cuadro de pan de oro, con sus cabellos rubios y sueltos en su ascensión a la gloria por hialinos cielos, ojos claros y manos abiertas en su sacra subida, rodeada de célicos arcángeles, ángeles, serafines y querubines.

Detrás del cuadro de la Virgen, iba el párroco con capa pluvial, predicando sus contristados paramentos y melancólicas salmodias. Siguiéndolo, un diácono portando una enorme cruz de plata, rodeada por seis monaguillos que blandían sendos incensarios que inundaban el ambiente de penetrante olor místico. A continuación venían las congregaciones religiosas seguidas de la plana directiva de la Railway; cerrando filas, los abnegados obreros carrilanos de la ruta, las gentes del pueblo y la banda de música de la Beneficencia Austro – Húngara.

Llegados a la cima del cerro, donde se había improvisado un hermoso altar, el párroco celebró una misa de campaña. Ya alto el mediodía, invitados por los concesionarios del ferrocarril, todos los peregrinos se acercaron al humeante asador de aromatizadas carnes tiernas y al enorme perol de espeso locro cerreño.

¡Santo Remedio!.

A partir de entonces desaparecieron los gatos y las tremendas dificultades anteriores; tanto es así que, a las doce del día 28 de julio de 1904, la locomotora número cien, halando adornados coches con las banderas peruana y norteamericana, entraba triunfalmente en la estación de la Esperanza inaugurando el tramo ferroviario la Oroya – Cerro de Pasco.

 

 

EL MISTERIO DEL FERROCARRIL (Primera parte)

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En el kilómetro 111, terrenos correspondientes a la Villa de Pasco, la vía férrea comienza a faldear los cerros que se yerguen sobre la pampa y rodeando sus estribaciones llega al kilómetro 130.700, que termina en la estación de la Esperanza del Cerro de Pasco. Estos diecinueve kilómetros y 700 metros que median entre uno y otro punto fueron en el momento de su construcción –albores del siglo veinte- los más fatales y duros del todo el recorrido. Ocurrencias trágicas y misteriosas los cubrieron con un halo de fatalidad, que hoy a muchos años, todavía los ancianos se santiguan al referirlos.

Esto es lo que acaeció.

Apenas iniciada la ascensión de aquella colina, una sucesión de inexplicables dificultades se les presentó a los heroicos trabajadores de la ruta. Las rocas eran tan duras que en un santiamén quebraban barrenos, puntas, cinceles y picos. Hasta la dinamita era impotente para destruirlas. Como si esto fuera poco, las atronadoras descargas atmosféricas caían continuamente como furiosos látigos eléctricos sobre los rieles tendidas llenando de consternación y sobresalto a los humildes trabajadores. Lo raro de todo esto es que acontecía en una época de sol.

El trabajo era duro, muy duro; pero se avanzaba.

Se había vencido serios contratiempos, pero a medida que se progresaba, se presentaban más arduas y continuas dificultades. Había mañanas en que la  espesa ventisca impedía la visión de los hombres cuando se aprestaban a iniciar la jornada. Otros días, espantosas trombas de agua se desencadenaban con pasmosa continuidad, impidiendo el inicio del trabajo.

Como es natural, esta serie de obstáculos alarmaba seriamente a los jefes y peones de la obra; nadie imaginaba entonces que estos impedimentos llegarían a límites insospechados.

Una noche  que la luna, redonda y magnífica, hacía brillar las estepas nivosas de la ruta, los braceros se incorporaron sobresaltados  sobre sus pellejos y cobijas. Miraron a la cumbre del cerro de donde provenían estremecedores gritos. Quedaron estáticos al ver lo que allí acontecía. Dibujándose a contraluz, centenares de gatos cimarrones andaban rompiendo la igualdad del horizonte. Había de todos los colores: negros, pardos, blancos, moteados, atigrados, grises, aleonados, rayados, rojizos, diversidad de combinaciones de éstos, emitiendo estridentes y escalofriantes maullidos. Horrorizados contemplaban cómo, cuatro de ellos, igual que si fueran humanos, llevaban en peso a un quinto  que simulaba estar muerto; detrás con los ojos brillantes como ascuas, un gigantesco gato negro de impresionante altura y alisado pelo lustroso, guiando a los que venían detrás alineados y caminando sobre sus patas traseras y las manos empalmadas como si estuvieran rezando. Lo más espeluznante de esta estremecedora procesión, eran sus  chillidos como desgarradores llantos de personas en trance de locura. Voces estridentes de todos los registros estremecían la noche. Los hombres mudos de terror no atinaban a pronunciar palabra. El silencio fue absoluto en tanto duró la ceremonia, después contritos y cavilosos se fueron a acostar. Aquella noche, el tétrico aquelarre de los gatos cimarrones prendidos de sus retinas, no los dejó dormir. Aquella noche también nació el nombre del cerro: Mishihuaganan. (Donde lloran los gatos)

Una extraña y negra premonición envolvió la oscuridad.

Al día siguiente, bajo unas lóbregas cerrazones que nublaba el paisaje, los hombres procuraban avanzar su trabajo en tanto no llegara la lluvia. Ya se había avanzado  considerablemente por un día y, al promediarse la tarde, un grupo que había hallado una inmensa roca, se aprestaba a quebrarla. Un trabajador que fijaba una punta para fragmentarla con el golpe de comba que propinaría un segundo, recibió de lleno el impacto del cincel al volar por los aires tras el golpe brutal que sacó chispas de la roca. Todo sucedió en unos segundos. La punta fue a incrustarse con un sonido sordo en la sien del portador. Nada se pudo hacer, murió instantáneamente.

El revuelo que causó esta espantosa muerte fue extraordinario. El difunto era un hombre muy querido en su grupo y el extraño accidente no dejaba de llamar la atención de los peones que, supersticiosos, asociaron la muerte del hombre con el extraño ritual gatuno de la noche anterior.

La superstición caló muy hondo en la conciencia del peonaje.

Pasados algunos días, cuando la normalidad parecía estar retornando a la cuadrilla, nuevamente la luna volvió a lucir su femenina palidez sobre la noche. Esta vez también volvieron  a ser testigos de un nuevo aquelarre felino. Uno de los hombres de la cuadrilla santiguándose musitó estremecido:

  • ¡¡¡Dios mío, mañana habrá otro muerto…!!!.

Así fue. Al día siguiente, cuando los obreros se aprestaban a iniciar sus labores, advirtieron que uno de ellos continuaba en la cama. Al querer despertarlo, quedaron helados. El hombre estaba muerto. Tenía fijos los vidriosos ojos, sanguinolentos y saltones, en el vacío inescrutable de la nada. Nadie hizo caso cuando los ingenieros afirmaron que había sido un derrame cerebral. Unánimemente, aseguraron que los gatos eran los malditos mensajeros de la muerte; que en sus ceremonias y sus entierros eran claros los anuncios de que alguien moriría.

Mucho batallaron los jefes para que los peones se calmaran. Tuvieron que aumentarles los salarios y regalarles con varias arrobas de aguardiente de caña para que decidieran seguir en el trabajo. Sin embargo, volvió a ocurrir el aquelarre y, al día siguiente de la satánica ceremonia, encontraron a otro hombre que se retorcía por los suelos, pálido como un muerto, con copiosas transpiraciones y alarmantes quejidos. Sus compañeros acudieron a auxiliarlo pero, ignorantes de lo que sucedía, nada pudieron hacer. En pocos minutos quedó muerto con las manos crispadas sobre el vientre.

  • Ha sido la “lipiria”- sentenció un viejo desdentado- ¡Pobre hombre… sus tripas se han enredado! … ¡Ha muerto!

No había nada que hacer. Todos estuvieron de acuerdo. Aquellas diabólicas ceremonias gatunas constituían la negra premonición de una muerte segura.

Temerosa, la gente se puso más alterada que nunca.

Ante tamaña avalancha de desgracias, los hombres tomaron una decisión; esperarían otra noche de luna, y convenientemente armados, irían a matar a los malditos animales endemoniados.

La espera no fue larga. Una noche de plenilunio, en la que el cerro misterioso era iluminado diáfanamente, se armaron de picos, látigos, hondas, barretas, garrotes y zurriagos a la espera del inicio del luctuoso ritual.

Muy poco tuvieron que aguardar.

Al promediar la medianoche, la tumultuosa procesión de gatos daba comienzo. Los hombres rodearon el cerro sigilosamente y procedieron a subir estrechando cada vez más el cerco humano. Después de dos horas de impaciente asedio, cuando ya tenían a los gatos en el centro del círculo humano, listos para la cacería, ocurrió algo inexplicable. La luna que hasta ese momento había permanecido brillante, repentinamente se cubrió de espesas nubes que ensombrecieron el paisaje y vientos huracanados venidos de todas las direcciones zarandearon aparatosamente a los hombres que impedidos de ver tan siquiera un poco, lanzaban sus garrotazos a diestra y siniestra sin lograr darle a los animales. Muchos llegaron a lesionarse entre ellos. En el oscuro vórtice de implacable terror, los desgarradores maullidos de los gatos se confundían con las imprecaciones y arengas de los hombres. Largo tiempo estuvieron enfrascados en la fantasmagórica escaramuza, hasta que cansados y en silencio comenzaron a bajar a tientas hasta el campamento. Nadie había llevado ni una lámpara, confiados en la claridad de la luna.

Continúa……

LA NINFA AMUESHA (Leyenda)

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Cuando se llega a Oxapampa –esmeralda viviente del territorio pasqueño-  uno es recibido por un cálido paisaje maravilloso y edénico. El río que lo riega discurriendo rumoroso y azufrado separa a Oxapampa de  Chontabamba. En estas verdes inmensidades  cubiertas de gigantescos árboles de cedro, pino, nogal, jacarandá, caoba y mohena, se asentó hace centenares de años, el aguerrido pueblo Amuesha.

Cuando el sol, descorriendo las nubes que forman amenazadoras camanchacas ilumina el cielo oxapampino, puede distinguirse recortando el horizonte montañoso, la silueta yaciente de una hermosa mujer dormida. Allí está ella nítidamente tirada cara al cielo. Las suaves curvas de su rostro joven, la agresiva prominencia de sus senos núbiles y erectos, los contornos de sus  muslos y piernas poderosas, conforman el perfil de una atractiva belleza indígena. De ella ha quedado, fresca como el aroma de la orquídea, una leyenda que emocionadas las abuelas cuentan a sus nietos.

Dice que un aguerrido guerrero casado con la más bella mujer de los contornos, esperaba ansioso la llegada del fruto de su amor. Sus sueños se poblaron de esperanzas y augurios. Fantaseaba con tener un hijo tan poderoso que conservara invictas sus inmensas heredades; tan diligente que atesorara feraces esos campos ilimitados; tan bondadoso que se condoliera de sus gentes; pero sobre todo, tan valiente que no se dejara vencer por las adversidades. Por eso fue enorme su alegría cuando sus manos temblorosas sintieron el palpitar de la vida que venía y quiso compartir la buena nueva con el resto del mundo.

Sus sueños fueron tantos y tan desproporcionados que cuando el agudo vagido del recién nacido repercutió en los confines de la jungla, su corazón esperanzado dio un gran salto de alegría. Su júbilo duró poco. Cuando lo tuvo en sus brazos comprobó que no era el poderoso heredero que esperaba. Era una mujer. Junto al llanto de la niña, su corazón comenzó a lamentar sus frustraciones.

Los días transcurrían y la soledad, cada vez más avasalladora, lo iba aislando terriblemente. No tendría, como había soñado, el ayudante que lo acompañara a sus incursiones en el monte para cobrar las piezas de caza y pesca; no contaría con el brazo fuerte que lo ayudara en la chacra; su fatal pesimismo lo hacía ignorar deliberadamente a la niña que conjuntamente con su madre se sentía marginada. Sumido en su pena ni advirtió que los días iban pasando.

Entretanto la niña iba creciendo. Su cuerpo ayer frágil y pequeño, alto y cimbreante, fue tomando dimensiones de mujer. Cuando caminaba, hacía evocar el paso de los felinos; su “cushma” de geométricos garabatos, como una segunda piel, resaltaba la majestad de sus formas. Su rostro, siempre dulce y sonriente, alcanzó una belleza jamás vista por aquellos cálidos parajes.

Pronto había quedado convertida en mujer.

La noticia cundió por aquellos parajes. Todos los mozos del lugar convocados por el llamado del amor la pretendieron. En vano. Una sola vez correspondió con una sonrisa el regalo de un guerrero amuesha. No obstante que el aguerrido enamorado hiciera espectacular demostración de su fuerza y sus habilidades; que la acosara con  la pertinacia de sus ruegos y homenajes, el corazón de la joven quedó invicto. Por fin el guerrero se rindió. Él se fue con el recuerdo de su agradecida sonrisa y ella quedó con un hermoso collar de chaquiras que fue su único adorno. Ella tenía como único afán de su vida, el servir diligentemente a su insatisfecho padre que, después de mucho tiempo, había comprendido que en ella,  tenía un tesoro consigo.

Todo el mundo tenía que admirarla cuando, garbosa y ondulante, caminaba por los verduscos senderos del risueño valle. Los niños la admiraban, los hombres la deseaban, los viejos la respetaban; pero todos la querían. Hombres y mujeres. Ella cumpliendo su misión de servicio a su padre, divertida y alegre, iba al río, a las cochas, a las cascadas, a bañarse nadando juguetona. Esa era su más grande pasión: el agua. Ninfa selvática y hermosa, reina del río y de la lluvia, podía pasarse horas enteras jugueteando ondulante y feliz en las profundidades y la superficie de las cochas. El agua era su elemento. Cuando llovía, era una fiesta para ella; salía a corretear por los campos con el sólo deseo de mojarse. Hasta las gotas de rocío que pródigas bañaban las flores y los campos en las madrugadas, eran recogidas con delectación por sus finas manos, blancas y suaves.

Así fue pasando el tiempo. Un día, sin que nadie lo entendiera, un sol terriblemente abrasador comenzó a marchitar los campos; la camanchaca desapareció, las neblinas se esfumaron y enormes cicatrices polvorientas se formaron por donde antes discurriera el río; el Yanachaga enmudeció el bronco tronar de sus cielos; las “pacchas” y las cochas languidecieron y los animales, esqueléticos y sedientos, fueron muriendo inexorablemente. Aquel año, como es natural, los amueshas no hicieron la fiesta de iniciación de las lluvias donde abundaba el masato embriagante, las danzas y canciones lugareñas; tampoco hubo grandes comilonas. La sequía ahogaba a los campos y la tristeza consumía a hombres y animales hambrientos. Consultado el brujo de la tribu, predijo más hambruna, más desgracias y más muerte si no se ofrecía un sacrificio propiciatorio a los dioses ancestrales, caprichosos y vengativos.

La hija del cacique, ninfa de las aguas ahora ausentes, lo comprendió todo en un instante. Aunque ninguna ley la obligaba, ella, la más amada por su gente, la más hermosa doncella de los contornos, decidió inmolarse por su pueblo moribundo. Estaba segura de que los dioses recibirían su ofrenda como el pago justo y oportuno para liberar a su pueblo de la sequía.

Su decisión estaba tomada. Una mañana, ardiente  como ascua fogosa, salió de su choza como todos los días. Caminaba, esta vez, raramente dubitativa, como si un tremendo peso le agobiara las espaldas; su dulce rostro no tenía la luminosidad de otros días; una sombra imprecisa de dolor le teñía unas ojeras profundas. Esta fue la última vez que la vieron. No más. Alarmados la buscaron todo el día. Recorrieron caminos, divisaron abismos, otearon farallones y nada. Sólo el eco retumbante devolvía las llamadas de angustia; después todo fue silencio. Por la noche, provistos de humeantes teas, anduvieron caminos con gritos que retumbaban en la espesura.

–¡Niche… Niche… Niche… Niche!… – Así se llamaba -. Sólo el eco devolviendo las angustias se escuchaba en la negra oscuridad. A la mañana siguiente, -desesperación en los ojos, sequedad en las bocas-, hallaron las chaquiras que envolvían su cuello junto al lago  Chontabamba. Mal presagio. Entonces  -cuentan los ancianos- como un suspiro, los cielos ayer nomás brillantes, se ensombrecieron de negras cerrazones y en tanto comenzaba a retumbar el Yanachaga, las aguas retornaron pródigas en una lluvia nueva y esperada, pero acompañada de remezones terráqueos, de fumarolas espectaculares, de volcanes ayer dormidos y las aguas azufradas del Oxapampa, bajando impetuoso, retornaba a su cauce. Después de un año de sequía, volvía a llover. Aquella noche, los campos murientes calmaron su sed, los animales supervivientes recobraron la vida. Fue un milagro. Todo en una noche.

Al día siguiente, deshechas ya las nubes, el pueblo amuesha pudo ver estremecido allá en el horizonte, recostado, desnudo y de cara al cielo, el cuerpo de la agraciada criatura. No lo pensaron más. El sacrificio de la Ninfa estaba claro. Ella, bondadosa y noble, se había inmolado para que su pueblo pudiera seguir viviendo.

Pasarán los siglos –dicen los amueshas- pero ella, incólume y hermosa, seguirá recibiendo en su cuerpo desnudo, las aguas vivificantes de la selva que tanto le habían gustado.