AYAPOTO (Leyenda)

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Uno de los barrios más populosos y queridos del Cerro de Pasco, en tanto vivió, fue Ayapoto. La tradición popular nos refiere una historia un tanto fúnebre para explicarnos su origen.

En el promontorio donde se asentara el popular barrio, antiguamente residencia de gran parte de los servidores de la compañía minera, existía una capilla en cuyo altar principal, la martirizada cabeza de un Cristo doliente presidía el recogimiento de los fieles que por allí pasaban. Al lado de la capilla, siguiendo la vieja tradición española, se hallaba edificado el cementerio en cuyos confines se abarrotaban las cruces.

El tiempo implacable en su marcha, con el peso de las nieves, el azote de las lluvias, la cellisca, el granizo, las heladas, las ventiscas y el remezón de los truenos, se encargó de traer por los suelos el techo de paja y las paredes de barro apisonado de la capilla sepultándola toda, excepto, la sagrada efigie de Cristo que uno de los fieles –según se cuenta- la llevó a proteger en otra capilla: la de Uliachín.

Esto fue lo último que los creyentes hicieron por la capilla. El tiempo y los rigores serranos se encargaron de enterrar bajo el polvo a la ermita y a las quebradas cruces del cementerio, llegándose a borrar muy pronto todo vestigio.

Años más tarde, cuando por el impulso del progreso se comenzaron a edificar viviendas en el lugar para dar paso a los trabajos de minería, se vieron emerger a flor de tierra, los huesos de los difuntos que reposaban en toscos cajones de madera. Las calaveras de los muertos, “ayas” y sus recipientes, “potos’’ fueron los que determinaron el nombre del barrio más populoso del Cerro de Pasco: AYAPOTO. Lo que son las cosas. El “progreso”  minero ha hecho que, en la actualidad, ya nada quede de este histórico barrio. Tractores, cargadores frontales, camiones y explosivos lo han convertido en desolado paisaje.

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El campamento de Ayapoto en su mejor momento. Ahora nada de esto existe. Ha desaparecido
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LA MINA ES CELOSA (Leyenda)

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Entre las supersticiones que a través de los años ha ido guardándose en la conciencia de los mineros está la referida a la mujer. “Jamás –dicen- bajo ninguna circunstancia, por más dramática que sea, debe permitirse el ingreso de una mujer en la profundidad de la mina”. Este es un precepto terminante. “La mina es terriblemente celosa. Ella sola debe tener contacto con los hombres”. “Si una mujer entra en la mina, ésta se pone celosa y se encabrita como fiera en celo. Buscará ejercer su venganza entre quienes desobedezcan este ancestral mandato de los atávicos mineros”. “Derrumbes, explosiones, gases venenosos, terremotos…serán su manera de manifestarse. Muchos son los casos que la historia registra”. Uno que nos relató Miguel Rosales Llanos, nuestro viejo y entrañable amigo minero (Se retiró después de trabajar cincuenta años ininterrumpidos en aquellos oquedades siniestras), es el siguiente.

“Junto al contingente de vascos que llegaron a trabajar a nuestras minas a mediados del siglo XIX, estaba uno muy extraño, alto, completamente magro, pero resistente, que pronto concitó la admiración de las cuadrillas de laboreros por su diligencia y cuidado. Comenzó como “tareador” controlando asistencia y producción de los obreros que trabajaban dentro. Muy callado. Desde que entraba en la “labor”, nada lo distraía. Completamente silencioso cumplía rigurosamente las tareas que le asignaran. Aprovechando un día de ausencia, sus compañeros se enteraron por la ficha laboral correspondiente que su nombre era Juan Recacochea. Que había nacido en Vizcaya. Que tenía treinta años de edad. Que no tenía familiares en la ciudad y sólo estaba inscrito en el consulado español, como tal. Nada más. No pudieron encontrar más datos, pero les intrigaba su forma de ser tan reconcentrado en sí, rodeado de un silencio sepulcral que no rompía bajo ninguna circunstancia. Comenzaron a tejer mil y una conjeturas respecto de su  personalidad. Les llama la atención su rostro de rasgos finos en los que sus ojos negros parecían dos carbones contrastando violentamente con su voz dura, de solamente palabras necesarias.

El día que el minero francés, Pierre Armand precisó de personal para trabajar en su mina EL EBRO, en la zona de Cayac Chico, le recomendaron con mucho entusiasmo a Juan Recacochea, diciéndole que era responsable y dedicado a sus labores. Un verdadero minero. Armand no lo pensó dos veces. Lo nombró “capitán” de una cuadrilla de doce hombres, asignándole una zona muy segura de aquel yacimiento de plata.

Su primer día de trabajo, comandando una tropa de trabajo de doce hombres -con él, trece- ocurrió algo impensado. A poco de iniciarse las labores, un tremendo remezón, como salvaje terremoto, removió las entrañas del yacimiento sepultando a los trece hombres en una asfixiante nube de polvo. De nada valió el pronto auxilio de sus compañeros. Nadie podía explicarse la ocurrencia de aquel fenómeno. Su ocurrencia se convirtió en un enigma insoluble porque no había una razón explicable para ello. Se tejieron mil y una conjeturas al respecto. El pueblo habló más de lo debido.

Pasados unos días, todo quedó aclarado. Cuando desnudaron el cuerpo de Recacochea, hallaron unas cintas apretadas que le oprimían la prominencia de los senos hasta hacerlos inadvertidos y al examinar el bajo vientre,  descubrieron admirados que estaban ante una mujer. Juan Recacochea era mujer. Una mujer que se había disfrazado de hombre para poder trabajar. Sólo su voz bronca y seca le ayudaba a mantener un aspecto varonil.

¡Carajo! –Dijo un viejo minero- con razón. Jamás debió entrar en la mina. Era mujer. Enemiga de la mina. No importa el disfraz. Era ¡Machorra!

Desde entonces, en las minas cerreñas jamás se permitió que una mujer (o alguien que lo pareciera) entrara en las oquedades.

 

HUARMIPUQUIO (Leyenda)

Huarmipuquio (leyenda)Cuando todavía no se había instaurado el imperio de los incas, por todos los confines de la meseta de Bombón, vagaban centenares de cabezas de ganado guiadas por mujeres y niños yarovilcas: llamas, alpacas, huanacos, vicuñas… Entretanto, los hombres mayores, trashumantes por jalcas, desfiladeros, valles, quebradas, abismos e inhóspitas cumbres, con flechas, lanzas y macanas en ristre, iban tras la huella de la caza nutricia. Solamente la colindante tribu de los yauricochas conocía el beneficio del oro y la plata que trabajaban a cielo abierto. Éstos confeccionaban joyas y adornos incrustados de piedras preciosas como las sihuar (turquesas), umiñas (esmeraldas) y, traídas de lejanas comarcas, las churumamas, (perlas), para el aderezo de los vestidos del inca y la nobleza; vasos ceremoniales, máscaras, dijes, aretes y collares para el culto a Inti y otras divinidades. Todos estos eran enviados al Cusco desde el tiempo de Pachacutec Inca.

Una de estas laboriosas tribus de pastores estaba al mando de un diligente cacique que se solazaba del cariño y respeto de su gente. Era un hombre joven de talla regular y robustos músculos acerados que hacían su figura esbelta y vigorosa. Peinaba su larga cabellera que le llegaba hasta los hombros y la arreglaba con mucho aliño ciñéndola con un “llauto” de cintas de hilo de vicuña de fulgurantes matices, símbolo de su autoridad. Tenía la piel cetrina, amasada por el rigor de los vientos cordilleranos, el despiadado sol de las alturas y el frío riguroso de los crueles inviernos. Iba cubierto de gruesas ropas de lana de alpaca, con manguilla y pelliza de paco y “shucuyes” de suave cuero del mismo animal sujetos con amarras resistentes que, por suavidad y fortaleza, era el calzado obligado en estos parajes. Su poncho, atado a la cintura, era la prenda infaltable.

Disfrutaba de la compañía de su gente y se sentía tan a gusto entre los niños pastores como ante los cazadores de mayor edad. Afable, sencillo y laborioso, conocía como pocos a los animales que había pastado y, rastreaba con maestría tarucas y venados como nadie. Sabía donde se escondían las vizcachas y como podía atrapar a los cernícalos carniceros. Su aguda inteligencia le permitía desempeñar con éxito el ejercicio del gobierno entre la gente de su tribu. Gozaba de excelente memoria fortalecida con una sutil y bien administrada capacidad de observación.

Un día que el sol iluminaba el enorme paisaje de estas tierras, el cacique salió de caza. Había avistado una manada de robustas tarucas dirigiéndose al este, hacia los valles abrigados de árboles olorosos. Guiados por un ejemplar imponente de fuerte cornamenta, el hato avanzaba a paso lento triscando confiado la hierba verde y jugosa de la zona.

Deseoso de cobrar la pieza más grande, disparó un flechazo, pero erró. La gigantesca taruca olfateando el peligro había esquivado el dardo y la saeta apenas si pudo rozarlo. Entonces, presas de espanto, los animales huyeron a campo traviesa. El cacique al advertir gruesas gotas de sangre, decidió perseguir al herido.

Corrió por un larguísimo trecho hasta que comenzó a sentir los estragos del cansancio. Sediento y agotado, divisó un primoroso paraje de húmedo y fragante verdor alimentado por un puquial de aguas cristalinas y transparentes. Ansioso  se inclinó a beber, y cuando estaba a punto de introducir sus manos para sacar el agua, quedó atónito de fascinación; sobre la diáfana superficie de la fuente se veía nítidamente el hermoso rostro de una muchacha nativa. Su mirada, tierna y misteriosa, le hizo estremecer. Nunca había visto una mujer tan bella.

  • ¿Tienes mucha sed? – Preguntó la beldad nativa. Al hablar con tono arrobador, sus carnosos labios dejaban ver sus blanquísimos y parejos dientes.
  • Sí, tengo mucha sed, pero… me ha bastado mirarte para sentirme refrescado y satisfecho –la voz del joven cacique era débil y trémula por la emoción.
  • ¡Me alegro! – Dijo ella mientras sonreía.
  • Y tú tan tierna y tan hermosa… ¿Quién eres?
  • La fuente.
  • ¡¿La fuente?!
  • Sí. Los dioses me han condenado a vivir confinada en este lugar.

Largos y lustrosos cabellos negros juntados en dos trenzas, encerraban el semblante encarnado de la turbadora aparición. Su cuerpo joven, sensual y majestuosamente proporcionado estaba cubierta en toda su mórbida extensión por un manto de lana escarlata llamado “acso” que, a la vez que la abrigaba, moldeaba su cuerpo angelical. El manto estaba sujeto por varias vueltas de una larga faja bordada de vivísimos colores. Encima del “acso”, una clámide de albísima tersura con flores recamadas de admirables corolas; la lliclla, sujeta al cuello por un vistoso prendedor de plata llamado “tickpe”.

  • ¿Quiénes son tus padres preciosa doncella? –Interrogó el cacique.
  • Mi padre es Libiac Cancharco, el trueno, y mi madre es Yanamarán, la lluvia…
  • ¡Eres muy bella!… ¡Cásate conmigo!
  • No puedo.
  • ¿Por qué?…
  • Ya te he dicho, soy la fuente. Estaré eternamente cautiva en este lugar…
  • ¡Yo soy un cacique… ¡Te libertaré!
  • No podrías…
  • ¡Reuniré a todos mis hombres y con la ayuda de ellos guerrearemos contra tus carceleros!.
  • No podrás. No hay fuerzas que puedan lograrlo. Nuestros dioses han determinado que yo viva en las claridades del agua, dando vida a los campos y a los animales…
  • ¡Es que yo te quiero!.
  • Yo también…
  • .. ¡huyamos!….
  • Me es imposible… soy la fuente.
  • Si fueras mujer… ¿Te casarías conmigo?
  • Sí, pero ahora no puedo. Pertenecemos a mundos diferentes.

El cacique lo comprendió todo con profundo dolor.

Desde aquella vez, diarias se  hicieron sus visitas a la fuente. Por las tardes, cumplidas sus tareas del día, llegaba al lugar y pasaba largas horas en compañía de la bellísima mujer que le había aprisionado en ese sentimiento dulce e indefinible del que ya no pudo desligarse. Así pasaron los meses de sol, de nieve y de viento. Y al no poder deshacer el encanto de aquella mágica aparición, se tornó más nostálgico y taciturno.

Lentamente fue muriéndose de amor.

Un día hallaron su cadáver a la orilla de la fuente en donde había brotado una hermosa flor encendida.

Aseguran que en este remanso llamado Huarmipuquio (mujer manantial) ubicado en una verde depresión entre la Quinua y el Cerro de Pasco, cuando la luna irradia su palidez de gualda en las noches serenas, se ve a los jóvenes amantes emerger muy juntos y enamorados de las aguas cristalinas, libres de ataduras terrenales.

Ellos viven su felicidad en las profundidades del puquial inagotable y hermoso.

 

 

 

 

HUARICAPACHA (Leyenda)

Huaricapcha 1Allá por el año 1630, las propiedades de la antigua hacienda Paria se hallaban enclavadas en la agreste y deslumbradora meseta de Bombón. Hasta en el día más hermoso se advertía mucho de implacable en su cielo azul turquesa y algo de siniestro en el profundo silencio de sus inmensidades. Cubierta con un manto verde salpicado de roquedales y puquiales,  ribeteada, aquí y allá por haces de indomable “ichu”, era escenario donde unos hombres pastoreaban el ganado mientras otros se dedicaban a la minería y a la metalurgia; las mujeres, a los quehaceres del hogar.

Cuentan que un día impreciso de aquel año, el pastor Santiago Huaricapcha había salido a pastar sus ovejas muy de madrugada. El tiempo soleado por la mañana de pronto se tornó amenazador. En pocos minutos las cerrazones ensombrecieron el ambiente y  pronto se desencadenó una horrible ventisca. Cuando los primeros copos comenzaron a caer, Huaricapcha los vio llegar complacido; a la mañana siguiente volvería a salir el sol, derretiría la nieve y la tierra sedienta absorbería la humedad con la cual se produciría más pasto para alimentar el ganado. Para guarecerse de la borrasca entró en la cueva con la esperanza de que la tormenta amainara. En vano. Aguardó pacientemente, pero a medida que transcurrían las horas, el viento traía más y más nieve, como si surgiera de un monstruoso surtidor arriba de las nubes. La atronadora inclemencia de la tempestad, cada vez más creciente, le causaba la extraña impresión de hallarse aprisionado por una espesa cortina, tan impenetrable, que le impedía el retorno a la casa hacienda. ¡Se había alejado tanto de ella y la espesura del manto níveo que le llegaría más arriba de las rodillas!

Pronto llegó la noche.

El frío se hizo insoportable. No obstante sus abrigadoras manguillas, chullo, poncho y grueso calzón de bayeta negra, el pastor lo sentía en toda su intensidad. Temiendo quedarse helado, buscó combustible en la profundidad de la caverna. Juntando taquia, ichu seco, bosta y algunos palos secos del fondo, encendió una fogata con algunas piedras que le sirvieron de base. Ya algo aliviado, comenzó a “chacchapar”, mientras atizaba la hoguera con su magro combustible.

Muy pronto quedó dormido al dulce calor de la lumbre.

A la mañana siguiente, cuando la claridad naciente inundó el ambiente y la nieve había suavizado los contornos de los arroyos, senderos, zanjas y hondonadas,  volvió los ojos a la fogata apagada y quedó maravillado. De las piedras que había utilizado como base, colgaban largos y finísimos hilos blancos de textura brillante, como delgadísimas lágrimas de piedra. Emocionado, las cogió con mucho cuidado y llenándolas en su “huallqui” las llevó a don Juan José Ugarte, primer minero español que al poco tiempo comenzó a beneficiar las primeras vetas de plata.

Este es el origen de los ricos yacimientos del Cerro de Pasco que en 1639 recibiría el nombre de Ciudad Real de Minas.

 

 

 

La ardilla y el tigre (Leyenda)

Por Miguel Ángel Ortega Santiváñez

ardillaEn una época en que todos los animales vivían felices, el tigre era de temer. Un día que éste estaba paseando, encontró a la ardilla colorada chancando una almendra para comer. El tigre le pregunta: ¿Qué es lo que haces aquí? la ardilla le responde: ¡Estoy comiendo mi almendra que es muy agradable…!. El tigre le dice nuevamente: ¿Es tan agradable..?, y la ardilla responde: ¡Sí…!.

La ardilla astuta para romper la dura cáscara de la almendra ponía el fruto entre los dedos y chancaba con una piedra y, la comía. Como lo hacía rápidamente, el tigre no podía percibir la estrategia de la ardilla. Pregunta el tigre. ¿Cómo es que rompes la almendra?, la ardilla responde: ¡Cada fruto lo pones a la altura de tus testículos y chancas con una piedra!..

Dicho esto el tigre aplicó la medida, pero la ardilla al romper la almendra retiraba muy rápidamente los dedos. En cambio el tonto del tigre no retiró los dedos y dio tan fuerte golpe que rompió la almendra y dañó el testículo. El dolor era tanto que el pobre tigre se revolcaba en el suelo. Al rato le pasó un poco el dolor, de inmediato el felino buscó a la astuta ardilla; para esto, ya el pequeño animal estaba en la copa de un árbol alto.

El tigre lo encontró y le dijo. ¡Algún momento tienes que bajar para comer, te esperaré! Y el pobre tigre continuaba con el dolor insoportable. La ardilla al escuchar esta mención pensó rápidamente y cogió una hoja seca muy grande y la puso como protección para huir y no ser visto por el tigre. El fiero animal se propuso esperar  pero la ardilla como siempre astuta, sigilosamente había pasado a otro árbol y así se escapó.

Pasaron las horas y el tigre enojado seguía esperando bajo el árbol cuando de repente se letigre presentó una abeja quien le pregunta: ¿Qué es lo que hace señor tigre sentado bajo ese árbol? Éste respondió: Estoy esperando a la ardilla para comerla, pues me hizo una broma muy pesada y por ello será mi cena. ¡Está arriba en al árbol pero ya bajará! La abeja le responde: ¡Señor tigre, acabo de ver a la ardilla allá arriba en la loma! ¡Está disfrutando de sus almendras! El tigre nuevamente pregunta: ¿Y  la hoja que puso allí para cubrirse? La abeja le dice: Es un escondite que utilizó para distraerlo y escapar.

El tigre al escuchar esto se puso más furioso pues había sido burlado doblemente por la ardilla y se fue en su búsqueda.

En el camino se encuentra con el armadillo (ashush) y al verlo raro al tigre le pregunta: ¿Señor tigre, qué le ha pasado, lo veo medio enfermo y molesto? El tigre le cuenta lo sucedido. El armadillo se burla y se escapa. El tigre busca furiosamente a este animal acorazado y lo encuentra en una guarida mezclado con muchos otros animales haciendo una gran fiesta, y como el tigre no distinguía a quien se había burlado de él, atrapa al azar a uno de ellos. Al ser atrapado el armadillo, suplica al tigre: No importa que me comas, pero respeta mi caparazón. Y Así ocurre, es por eso que en el monte se encuentran caparazones de armadillos íntegros.

Refrán: Justos pagan por pecadores

 

HISTORIA MÍTICA DE YANAHUANCA: Por Hermitaño Villanueva Robles

En nuestro afán de hacer conocer la grandeza de nuestra tierra, reproducimos el trabajo del notable ciudadano yanahuanquino, Hermitaño Villanueva Robles, publicado en la revista NEXO de la Universidad Nacional Daniel Alcides Carrión con motivo de conmemorar el 53 aniversario de la provincia Daniel A. Carrión.

Iglesia San Pedro de YanahuancaAntiguamente, en el siglo XVII, Yanahuanca, primera población de los actuales yanahuanquinos, se encontraba en la parte alta de la ciudad actual en la vía que conduce a Chipipata. Tenían como patrón a San Pedro. La población estaba asentada en sitio llamado Chuchucocha, pero los pobladores no podían vivir allí debido a que el santo que tenían, San Pedro, no quería permanecer en esa zona y aseguran que bajaba hacia la actual ciudad como una forma de comunicación a los pobladores para que funden la ciudad en la parte baja, donde actualmente se encuentra la iglesia.

Estos terrenos, en los que actualmente está edificada la iglesia eran pantanosos con abundante totora donde vivín a su albedrío la gaviotas, los yanavicos y los patos silvestres.

Los pobladores entendieron la necesidad de seguir el camino que su santo patrono les estaba preparando y con esfuerzo construyeron su capilla en el lugar pantanoso, secándolo a base de relleno.

Tenemos hasta la fecha rezagos de la mitología de la formación de Yanahuanca y la construcción de su iglesia, pues de las bases del templo fluyen todavía agua y es por ello que se han hecho  canaletas de drenaje que inicialmente fueron construidas de piedra. Una de esas canaletas sale por el Instituto Superior Tecnológico, otra canaleta por el cine San Pedro y una tercera canaleta desfoga junto al mercado de Yanahuanca. Es de esta manera cómo Yanahuanca, gracias a su fe católica y cristiana y a la orientación de su patrón San Pedro, empieza a lograr el desarrollo urbanístico que ahora tiene.

Toponimia

a).- Yanahuanca proviene de dos voces quechuas.

YANA            =         Negro, oscuro

HUANCA     =         Peña, roca en posición vertical.

Cuentan al respecto que donde actualmente se encuentra la plaza principal, había algún tiempo atrás, una huaca negruzca que se distinguía claramente entre los demás elementos. Por otro lado, manifiestan que Yanahuanca estaba ubicada en la vía hacia Chipipata y que esa zona está copada de rocas verticales de color negro. Cual fuera la forma, el fondo refiere que este valle de Chaupihuaranga tiene muchas formaciones rocosas de forma vertical y, por la presencia de líquenes, adquieren con el tiempo un  color negruzco.

b).- CHAUPIHUARANGA.- palabra quechua compuesta de dos palabras base.

CHAUPI                   =         Centro

HUARANGA           =         Mil

Etimológicamente tendría que ser el centro de mil. Aparentemente se refiere a que el centro de los miles de pueblos que están ubicados en su entorno. Ciertamente el número de pueblos es una exageración de la nomenclatura, explicable por la tendencia del pueblo a utilizar la hipérbole en su lenguaje.

Vista de la ciudad de Yanahuanca - Pasco

EL FOLCLORE LITERARIO DE NUESTRA SELVA Tomado de la Revista NEXO publicada por la Universidad Nacional Daniel A. Carrión

La tradición de los pueblo está formada por una serie de testimonios relacionados con el medio, el clima y el pensamiento. Así mismo, el estilo con que son narrados son distintos en unos y otros pueblos. Los YANESHAS, constituyen un grupo humano que habitó inicialmente parte de los distritos de Chanchamayo, Villa Rica, Palcazú, Puerto Bermúdez, Oxapampa y Pozuzo. Ellos han contribuido de manera sustancial en la vida social y cultural de la Selva Central.

La quinciañera

LA QUINCEAÑERA

(Pu nap nora)

                                                                    Por José Casanto López

No solo en las sociedades orientales o en las ciudades se estila la celebración de la quinceañera. Es también uso de nuestros pueblos nativos. Así tenemos que los yaneshas celebran esta costumbre de manera peculiar.

Cuando alguna de las damitas está a punto de cumplir los quince años de edad, los padres se sienten bastante preocupados; pues la hija al ingresar pronto a la nueva sociedad y, más aún, ya presta su edad para el matrimonio y de allí en cualquier momento podría hacerlo.

Ante este hecho real, los padres de la moza, hacen todos los preparativos para que se lleve a cabo la ceremonia como la tradición y costumbre lo exigen. Para ello se ponen de acuerdo los esposos y solicitan el consejo de algunos parientes con la finalidad de fijar el tiempo que la pequeña será enclaustrada.

Acordado, el padre construye inmediatamente una pequeña choza muy cerca de la casa familiar; en ella ingresa la niña y permanecerá por el tiempo fijado. Los únicos contactos que tendrá será con su madre quien cuidara de ella en su salud e higiene; serán los hermanos menores los que se encargarán de proveerle la alimentación diaria. El tiempo estimado para el enclaustramiento puede ser de quince días hasta un mes. No puede ser más debido a que la pequeña se encuentra encerrada como prisionera sin contacto alguno con los demás miembros de la comunidad. Está prácticamente en retiro; por lo tanto le cubren desde la cabeza y hasta casi todo el cuerpo con una tela negra u obscura (especie de velo) y, cada vez que desea algo, tiene que pasar la voz a su madre, no puede ella sola abandonar el pequeño recinto en el que se halla enclaustrada.

Cuando está por cumplirse la fecha del retiro (de estar encerrada), los padres realizan los preparativos para celebrar este hecho con una fiesta. Para ello fermentan abundante masato (Chicha hecha de yuca), bebida con que brindan los adultos y los considerados mayores de edad. El padre ha invitado para este acto a la comunidad y el día convocado la asistencia es masiva puesto que es una fiesta popular del pueblo. No existe discriminación ninguna para el servicio.

Una vez concentrada la gente en la casa de los padres de la quinceañera, la persona de mayor edad, miembro de la comunidad, hace el llamado por su nombre a la pequeña y, cuando ella sale, todos quienes se encuentran en el entorno se muestran alegres y disfrutan al compás de la música de sus instrumentos de viento. Inmediatamente, ella les alcanza la mano alegremente en señal de haberse sumado como nueva integrante de la comunidad de adultos; se sirve el masato. Simultáneamente los niños de la comunidad ingresan a la choza donde estuvo retirada la pequeña y la destrozan completamente jalando cada parte de sus componentes de construcción hasta dejarla completamente destruida.

La gente adulta se acomoda en determinado lugar de la casa para recibir la comida preparada por los padres. Es la quinceañera la que sirve la comida comenzando por los varones para luego servir a las mujeres y se concluye con los niños. Mientras se alimentan y beben masato, luego de haber destruido la choza, los niños cogen la shalanca (Una variedad de hortiga) e invitan a la quinceañera ir hacia una chacra cercana para que demuestre la prueba del trabajo. Mientras ella demuestra, los pequeños toman sorpresivamente a la quinceañera y la azotan con la ortiga. Acto seguido van donde se encuentran los mayores y hacen lo propio con ellos para finalmente tomar sus alimentos para retirarse.

Así termina esta fiesta popular que se celebra con frecuencia en la comunidad yanesha.

Condiciones mínimas que debe tener el varón para el matrimonio.

1.- Ser buen cazador para así poder capturar el cupte (reucat); venado (mañur), sajino (at´e)machetero (arom), armadillo (ashush), zamaño, (sihya) mishashi, etc.

2.- Saber cultivar yuca.

3.- Saber construir sus armas de caza como flechas, arco etc.