EL ZAPATITO DE LA REINA (Leyenda yanesha)

Antes de publicar el hermoso relato tradicional tomado de la revista NEXO, de nuestra Universidad, permítanme rendir emocionado homenaje al joven estudiante Christian Amilcar Santiago Vilca por haber alcanzado el título de Campeón Absoluto de Ajedrez Sub 20 de nuestra patria, logrado en Eten – Chiclayo. Solicitamos que las autoridades de nuestra tierra colaboren para que se le pueda becar a Europa con el fin de que amplíe sus conocimientos en el Deporte ciencia.

Por Yleana Egoávil Arnaez

zapatitoLa más bella y rebelde hija menor del gran jefe yanesha, era la mejor danzarina que en la comunidad había. Bailaba cerca del agua, cerca del fuego, danzaba, danzaba y danzaba… Era como una máquina incansable, pero sus delicados pies descalzos le dolían y sangraban.

El dios Yäito la vio hermosa, grácil y ágil. Embelesado por su incomparable belleza quiso darle el mejor obsequio. Pensó en algo adecuado, al mirar sus pies dañados vio que era oportuno regalarle unos protectores, para ello diseñó un par de zapatos que eran únicos e incomparables. Tenían el color del sol radiante, dos pares de tiras gigantes para atar a los tobillos y con pintitas de colores como de metal precioso. Sin duda alguna, eran maravillosos, eran únicos. La intención era que el regalo no fuera rechazado por ningún motivo.

La niña se las puso de inmediato, muy alegremente la pequeña doncella bailó, danzó cuanto quiso, hasta que un día partió allá donde está el dios Yäito. Toda la gente  de la comunidad sintió mucho su temprano alejamiento, habían perdido a la más alegre, sentimental y gran belleza yanesha. Su féretro fue acompañado por toda la gente de su pueblo, quienes entre quejas y llanto acompañaban sus restos.

A su muerte dejó de recuerdo sus bellos calzados, los únicos en el mundo. Estos eran para durar una eternidad, como recuerdo de esta bella princesa, se convirtieron en orquídeas primorosas que son entre todas las de su especie, la más bella y caprichosa.

En la tierra de Aneczú (Villa Rica) hay una orquídea llamada Zapatito de la Reina, que es bella y fraganciosa, símbolo de la belleza, la alegría, la danza y el amor.

(Publicado en NEXO de junio del 2001)

zapatito 1

EL VENCEDOR DEL DIABLO (Leyenda cerreña)

el vencedor del diabloEs muy sabido en el mundo entero que a partir de los primeros años del siglo XVII, se consolida el prestigio que venía ganando el Cerro de Pasco gracias a sus fabulosas riquezas minerales. Es precisamente que en 1626 adquiere fama universal cuando desparecen las vetas argentíferas de Potosí. Ese día ocurrió un aluvión estremecedor que un cronista describía así: “El domingo 15 de marzo de 1626, tercera de Cuaresma, entre la una y las dos del día, a la hora en que todos los de la Villa estaban comiendo reventó con gran estrépito la laguna grande de Caricari que sólo los presentes a tan grande estrago pueden deponer de una verdad increíble, de una nunca antes vista pérdida, la mayor que tuvieran los reyes en Castilla y con las más lastimosas muertes que imaginar se puedan; la más terrible tragedia que se hubiera visto en el mundo; justo juicio de Dios por tanto pecado e infamia en Potosí, la Villa Imperial” (…) “De los que describieron este estrago, hay quien diga que de españoles e indios de  la Villa de Potosí, llegaron a más de cuatro mil los muertos”. Es a partir de entonces que  reemplazando al emporio desaparecido y merced a sus notables contribuciones a las arcas reales españolas, se le denomina “El nuevo Potosí”; bien ganado valimiento que se afianza universalmente cuando por Real Cédula de 1639,  se le otorga el título de “Ciudad Real de Minas”.

En todo este tiempo los audaces mineros venidos allende los mares llenan sus faltriqueras con buenos doblones de plata. Entre estos aguerridos aventureros destacaba don Manuel Bautista Pérez, minero portugués que se daba el lujo –en aquel momento- de ser el hombre más rico del Perú. Residente en una amplia casona solariega, frente a la capilla de la Virgen del Milagro, en Lima, con amplísimo patio, escalera principal frente a la puerta de la calle, numerosas habitaciones, corredores espaciosos le daban todas las trazas de castillo feudal. Desde este regio aposento capitalino, el portugués comandaba a distancia, el arduo trabajo minero en sus socavones del Cerro de Pasco.

Era el único minero –cosa rara- que no encontraba dificultades en el recio trabajo de sus minas. Era proverbial su continuo hallazgo de deslumbrantes filones que explotaba con celeridad y facilidad asombrosas. La plata se reproducía misteriosamente. Nunca se supo que tuviera algún tropiezo. Hasta el agua, enemiga declarada y persistente de los socavones, había respetado sus propiedades. No obstante esta suerte que el pueblo no se explicaba, el rico pero avariento minero, trataba cruel y despiadadamente a los astrosos hombres que trabajaban de sol a sol en las negras galerías de su propiedad. Nunca le importó la suerte de estos miserables que, con el sudor y sangre de sus cuerpos, amasaban incalculables fortunas para él.

Lo que el apacible y laborioso pueblo cerreño ignoraba era que el tal Manuel Bautista Pérez tenía firmado un pacto con Satanás, mediante el cual, Lucifer atiborraría de riquezas las arcas del sacrílego minero a cambio de que éste le sirviera incondicionalmente como su ministro en la satisfacción de todas sus apetencias.

En cumplimiento del diabólico convenio, todos los viernes por la noche, en los amplios salones de su casona limeña, Bautista Pérez convocaba a sus numerosos seguidores, más de cien judío-portugueses, a una sacrílega ceremonia de escarnio y afrenta a Dios.

En una espaciosa habitación cubierta de negros catafalcos, iluminada por gruesos velones, se ubicaba el ministro de Luzbel en un amplio butacón negro bajo encarnado dosel. Desde allí dirigía encendidas y demoníacas palabras a los adoradores del maligno que en riguroso orden se dirigían al centro de la sala donde se encontraba un crucifijo de tamaño natural con el cuerpo del Divino Nazareno para azotarlo salvaje y encarnizadamente; siete veces cada uno. Esta era la manera de renovar su creencia y su fe en Satán que, complacido, retribuía con riquezas mineras a sus adoradores.

Un día, imperioso, el exigente Lucifer conminó al minero para que lo acompañara al Cerro de Pasco. Le explicó que la única dificultad que encontraba para el cumplimiento de sus malvados designios de arrastrar a todo el pueblo a su reino del pecado, era el Pan Sagrado de los Cielos que se encontraba en la custodia de oro de la iglesia de Chaupimarca. Que era imperativo sacarlo de ahí para destruirlo: “Sólo así –le dijo- se podrá conseguir que todas las gentes del pueblo me sigan”.

  • Pero, para ti que eres poderoso y en otras iglesias lo has demostrado hurtando el cáliz y el cuerpo de Cristo. ¿Cómo es que en el Cerro de Pasco no puedes hacerlo? –preguntó el ministro.
  • Es que en la iglesia hay un guardián muy poderoso al que realmente temo. Es el Arcángel San Miguel, el Príncipe de los Ejércitos Celestiales, que ya una vez me venció. No quiero darle una nueva oportunidad de hacerlo. Por eso entrarás tú solo y robarás el cáliz y el Pan Sagrado de los Cielos.

Como tenía que ser, el apóstata minero aceptó la orden y una lóbrega noche que el pueblo cerreño dormía, se dirigió a la vieja iglesia de Chaupimarca en compañía de su amo. Ya en la puerta, Mefistófeles entregó un puñal a su ministro diciéndole:

  • Toma, con esta daga, podrás violentar la puerta del tabernáculo y cumplir con todo lo que te ordeno. Yo te estaré esperando a la puerta.

El sacrílego tomó el arma y franqueando la puerta de la iglesia, se dirigió sigilosamente al altar mayor donde estaba el tabernáculo. En el momento de introducir el filo del puñal en la juntura de la puertecilla para violentarla, sintió que una fuerza superior a la suya lo contenía de la muñeca; sorprendido vio que aquella mano blanca y fuerte, continuaba en un brazo hercúleo cubierto con  reluciente coraza.

El profanador quedó como petrificado por un instante, pero temeroso de que el demonio ejerciera represalias contra él, intento nuevamente destruir la puertecilla del propiciatorio, pero esta vez, un fuerte sacudón le hizo girar. En ese momento vio a un joven rubio cubierto de una brillante armadura que con su espada en la diestra y los ojos como ascuas, le señalaba la puerta del sagrado recinto para que se marchara. El intruso no lo pensó dos veces. Presa de terror, salió despavorido, y al llegar a la puerta, fue contenido por Belcebú, que le dijo:

  • No te atormentes. Bien sabía yo que no lo conseguirías. Esta custodia está muy bien resguardada por Miguel el Santo, el Arcángel, el defensor del Pueblo de Dios. Vámonos, nuevamente me ha derrotado.

A partir de entonces, el diablo humillado abandonó el Cerro de Pasco dejando en el más completo desamparo a su protegido que cayó en desgracia; sus minas se inundaron, las ricas vetas desaparecieron como por encanto, y lo que es peor, la noche del diabólico aquelarre del 11 de agosto de 1635, sin que advirtieran que estaban siendo espiados, los judío-portugueses fueron apresados por los alguaciles de la Santa Inquisición. Enterado el pueblo limeño de la profanación de la santa imagen de Cristo por los seguidores del demonio, bautizaron con el nombre de Judas a Bautista Pérez y, la casona donde se realizaban estos actos demoníacos, con el nombre de la Casa de Pilatos.

El proceso de este sonado juicio duró cuatro años en que los judaizantes –todos ellos económicamente poderosos-  trataron de torcer la vara de la ley sin conseguirlo. El domingo 23 de enero de 1639, se realizó el acto de fe en el que Manuel Bautista y Pérez y diez de sus cómplices fueron quemados vivos en la plaza de la inquisición.

EL PUEBLO INCONQUISTABLE (La leyenda de Antapirca) (Segunda parte)

Cuenta la tradición que un  25 de julio de unos de aquellos años, hizo su entrada triunfal enla leyenda de Antapirca 2 el pueblo una majestuosa comparsa presidida por San Santiago que venía sobre soberbio corcel  escoltando a la bellísima Santa Ana y séquito impresionante que se dirigía a la ciudad de Tarma. El santo iba en poderoso caballo chileno, castaño claro, armado de armas brillantes y, sobre ellos, preciosísimo vestido de damasco azul, sembrado de diamantes, esmeraldas y rubíes. Cubría su cabeza con costosísimo chambergo francés de muchas plumas verdes, azules y encarnadas que se fijaban con un trecellín de filigrana de oro. El marco musical con muchos clarines, trompetas y atabales, era impresionante; algo nunca visto por aquellos lugares.

Para esto, ya el pueblo creyente había anticipado el proceso de la celebración jubilar. Juntó abundante leña que alimentaría las “tullpas” para hervir la chicha, los guisos, chupes, locros… Se tuvo mucho cuidado en seleccionar el maíz rojo y amarillo que, molido y hervido como jora, fue depositado en enormes barriles para su fermentación. Especial dedicación se tuvo en contratar a los músicos más diestros de los contornos. Después de la molienda elaboraron panes de trigo, maíz y zapallo que utilizarían en el “Trucay”. Los novillos, carneros, cabritos, cuyes y gallinas beneficiados se colgaron en el frontispicio de la casa del prioste adornados con cadenetas, cintas y banderas multicolores. Anunciado por corneta, tambor y repiques de campana, los fieles asistían al novenario que finalizaría el 22. El día siguiente 23, antevíspera, en medio de un bullicio extraordinario anunciado por una cohetería imparable, entró San Santiago escoltando a la anciana Santa Ana y un séquito de acompañantes selecto que visitó la casa del mayordomo en donde desayunaron opíparamente. Los cocineros habían preparado un ponche especial y el sabrosísimo “Shiple Caldo”. Y como desde entonces ha quedado establecido, el mismo San Santiago entró en la plaza luciendo sus mejores galas. (Actualmente lo reemplaza el Capitán). Entretanto el pueblo bebe abundante chicha y se embriaga de alegría. Los días subsiguientes, los “prucuchos”, encabezando la cuadrilla de danzantes, visitan  a las familias que habrán de colaborar el próximo año. Todos se disputan ese honor. El último día, alegre y multicolor, la rondalla campesina despide la fiesta cuadrillando por Cañari, Pariagaga, Shuyhuayog y Chancha barrio. A medida que decae la alegría con la música, se espera que la celebración del próximo año sea mejor.

la leyenda de Antapirca 3Aquel día la fiesta fue presidida por San Santiago -el pueblo todavía lo recuerda con especial cariño- que el patrono instauró la Capitanía que cada año se celebra con pompa. Desde entonces, quien quisiera ejercer la mayordomía de la fiesta tendrá que cumplir con esta tradición. Al final -los ancianos no lo han olvidado- San Santiago decidió quedarse en Antapirca disponiendo que una comitiva especial acompañara a Santa Ana hasta Tarma en donde fue entronizada como matrona de aquel lugar al que se le bautizó con el nombre de Villa de Santa Ana de la Rivera de Tarma. 

Como es natural, en todo el tiempo, muchos acontecimientos tuvieron lugar en Antapirca. Por ejemplo…

En una de las elevaciones de “Tres Lomas”, muy cerca de Chaupichancha y desde tiempos inmemoriales, existe un surtidor de donde fluye abundante agua de misteriosos poderes mágicos. Su nombre es “Suero Puquio”. Los hombres que la beben por primera vez se tornan belicosos y valientes, capaces de increíbles empresas. Se asegura que muchos antes del tiempo de los incas, los guerreros que iban a entrar en combate bebían el agua de pozo prodigioso y nada ni nadie agotaban sus brazos pugnaces en sus acometidas bélicas.

Hasta ahora no han podido explicar la razón por la que el agua blanca como leche de este misterioso manantial, ejerce un extraño sortilegio en las personas. El hombre que la bebe desde niño, alcanza una fortaleza extraordinaria. Tal el caso de WARICHANCHA, un hombre sencillo pero poderoso, que desde niño había bebido el agua de aquel pozo. Empeñosamente trabajador, jamás había sido vencido por nadie en las  labores de la comunidad. Colaborador y constante más que ninguno, se había ganado el cariño de todos y con ello su reputación y fama se difundieron por aquellos confines serranos del centro del Perú. Así las cosas, fue invitado a participar en una competencia de barbecho en las chacras del cura de Margos quien había establecido como premio para el ganador, un robusto toro de cinco años. Naturalmente Warichancha se inscribió.

Cuando se presentó a la competencia portando su chaquitacklla minúscula y apenas amarrado con un hilo liviano al acero de la punta, las gentes se rieron de buena gana. Nadie daba ni un real por él.

Durante la competencia los numerosos participantes hicieron derroche de pundonor y resistencia, hasta que le tocó a él.

A medida que avanzaba, las gentes no perdían detalle de lo que hacía. No podían dar crédito a sus ojos. En un santiamén, pese a lo pequeño de su chaquitaklla, levantó uniformemente más champas y trazó ordenados surcos en aquel campo. Al final, nadie lo puso en duda, Warichancha fue el ganador. Aclamado por la gente retornó a Antapirca a seguir brindando la generosa ayuda de sus poderosos brazos.

Esta agua prodigiosa también ejerce poderosa acción mágica en las mujeres. Tal es el caso de una joven pastora que llevaba diariamente a sus cabras por aquellos andurriales y bebía el agua de este fontanar misterioso. Fue haciéndose más hermosa hasta alcanzar -como por arte de magia- la plenitud de la belleza corporal. Para rendir justicia a su hermosura le pusieron el nombre de “Azucena Wayta” (Flor de azucena). Grácil y garbosa, de un cuerpo armonioso y esbelto, resaltaba por su rostro de ensueño en el que sus ojos, como pedernales de reflejos diamantinos, hipnotizaban a quien los mirara; su piel nacarada, extrañamente suave con tersura de seda, era impresionante. En realidad, era una verdadera azucena.

Lo fatal de esta mágica transformación radicaba en que los jóvenes de todos los contornos, la leyenda de Antapirca 4enterados del prodigio, se enamoraron perdidamente de ella. Con tan sólo mirarla quedaban vivamente impresionados. Todos haciendo demostraciones de pericia y su arrojo juveniles trataron de alcanzar la correspondencia de su amor. No lo consiguieron. Muchos, al no alcanzarlo, se suicidaron. Sólo dos jóvenes lugareños consiguieron la esperanza de la promesa futura.

Como ella no se decidiera por ninguno de los enamorados se sumó en una tristeza grande. No quería ofender a quien no fuera elegido. Así las cosas, los pretendientes, uno de Antapirca y el otro de Wanrin, comprendiendo el doloroso dilema que se le había formado a la chica, decidieron, en un marco de estricta caballerosidad campesina, realizar una dura y arriesgadísima prueba que decidiría cuál sería el ganador y, por ende, el que desposaría a la linda mujer.

La prueba consistiría en que cada uno llevaría sobre sus espaldas un saco de frejoles a las espaldas además de dos calabazas en sendos brazos. Quien llegara primero a la cumbre del cerro Mollín, sería el ganador. El de Wanrin partiría desde Wanchuy Pampa –amplio paraje cubierto de arbustos de frutos duros y redondos llamados wanchuy- hasta coronar la cima de Mollín. El de Antapirca, llevando igual carga, partiría desde Ninailacq –río que cuando riela con el viento da la impresión de que arrojara candela, de ahí su nombre- hasta coronar la cima del cerro Mollín.

Y partieron.

Estimulados por la hermosa perspectiva de desposar a la guapa aborigen, comenzaron a subir y cuando ya había llegado más o menos a la mitad –cada uno por su ruta- comenzaron a sentir los estragos del esfuerzo. Brazos y piernas casi agarrotados no les permitía la cómoda ascensión. El mozo de Antapirca, desesperado por una sed abrazadora, con los labios hinchados y el corazón desbocándole en sus pulsos, al no poder soportar más la sed inclemente, aplicó un furibundo puñetazo sobre el suelo y al momento brotó del lugar, abundante agua fresca y cristalina. Desde entonces, a este lugar se le denomina Kutash. Refrescado y con más ímpetu,  siguió hacia la cumbre. En cambio el de Wanrin no tuvo igual suerte. Agotado por el esfuerzo perdió el equilibrio y su cuerpo rodó por la pendiente destrozándose completamente en el trayecto.

El único que llegó triunfante a la cumbre de Mollín fue el joven de Antapirca. Como ganador del torneo, casó con la bellísima chica y vivió muy feliz por muchos años rodeados de sus numerosos hijos.

EL PUEBLO INCONQUISTABLE (La leyenda de Antapirca) (Primera parte)

la leyenda de AntapircaA sesenta kilómetros del Cerro de Pasco, siguiendo la ruta que conduce a Ambo, bañada por los riachuelos que conforman el Ninaylac que desemboca en el río Yanahuanca, se encuentra Antapirca. Nombre que proviene de dos voces quechuas: Anta = Depósito o almacén; Pirca: = Muro de piedras superpuestas; es decir, almacén o depósito formado por  piedras superpuestas. Rodeado por los cerros Mullín, Yanacaca y Tangor. Colinda con el pueblo de San Francisco de Mosca. Fue reconocida como Comunidad Campesina, el 31 de agosto de 1928 con el nombre de, San Santiago de Antapirca.

Su territorio, va desde los 1530 a los 3700 m.s.n.m recorriendo un espacio que se inicia en Tingo Warmi Wanushga (Donde murió una mujer) y tras trepar zigzagueantes tramos bordeados de retamas, pencas, chirimoyas y huarangos, donde cantan pintorescos zorzales, se arriba a una planicie pletórica de molle (Molle Pata) y tras beber la refrescante agua de Mishquiyacu (Agua Dulce), se llega a Cruz Loma, como centro del pueblo donde, rodeado de macilentas casitas, se levanta la pintoresca iglesia erigida en homenaje a San Santiago.

De este legendario paraje se cuenta una historia que  se divide en dos partes. La primera, referente a sus orígenes y la segunda, a su ascensión a la calidad de Comunidad Campesina.

La primera parte dice que la disposición de las rocas era tal que hacía pensar en un nutrido grupo de personas petrificadas, dispuestas en forma circular, en cuyo centro, un monolito macizo y alargado semejaba un curaca en actitud de oración.

Aseguran los viejos que por aquellos años que se pierden en la nebulosa memoria de sus antepasados, el pueblo se formó con la llegada de fugitivos de la tribu de los “Cañaris”. Estos curtidos guerreros del Ecuador, después de sortear serios peligros de la zona y la pertinacia de sus persecutores, fueron muy bien recibidos por los nativos del lugar. Aquí se aposentaron. Desde  aquellos tiempos perviven -como prueba de este fraternal asentamiento- dos barrios distintivos en  la zona: Chancha y Cañari. No siendo éste un paraje especial para vivir, sólo ofrecía seguridad por estar ubicado en las alturas. Conscientes de sus limitaciones, los hombres trabajaron unidos y solidarios para conseguir el bien común y hacer de su comarca un lugar apacible y feliz.Quedan todavía restos de viviendas erigidas con piedras de diferentes tamaños unidas en pircas tan cuidadosamente fabricadas que han tenido la fortaleza de soportar el paso de los años.

Una de las tantas dificultades que tenían que afrontar  era la clamorosa falta de agua. Tenían que bajar a las partes bajas para adquirir la esencial. Para que la tarea no resultara pesada, se dispuso que el acto en sí constituyera una verdadera ceremonia. Tañendo alegremente pincullos y tinyas, hombres y mujeres, con sendos cántaros bajaban para llevar el líquido y vital elemento; diaria y comunitaria ceremonia que denominaban YACU APAY. Así la tarea se hacía más llevadera y armoniosa. Mucho tenía que ver en estos menesteres, la bondadosa y enérgica personalidad del curaca HUANCARUMI, verdadero mentor y guía de su tribu  que todos unánimemente querían y respetaban.

Acerca de HUANCARUMI, la leyenda nos dice que tenía dos hermanos llamados PINCO-LLANCO y CHACHA-PATA, los  que hastiados de ser maltratados por su abusivo padre, habían huido de su poder. Trabajadores, como los que más, eran sorprendidos diariamente por los nacientes rayos del sol en plena faena. Sin embargo, el anciano padre, armado de un sólido garrote de chonta, exigía más y más a sus rendidos hijos sin siquiera darles el alimento necesario.

Una noche que se habían acostado para dormir, acuciado por el hambre, HUANCARUMI, el menor de los hermanos, aprovechando el silencio y oscuridad reinante, había cogido la olla de barro que contenía la mazamorra de chuño y al ir a dársela a sus hermanos, resbaló con tan mala suerte que el recipiente fue a estrellarse contra una piedra quebrándose sonora y aparatosamente. Despierto el padre se levantó iracundo y cogiendo su garrote de chonta, tiraba golpes a diestra y siniestra, tratando de castigar a los famélicos hijos. Para evitar ser descalabrados los jóvenes, huyeron a campo traviesa por distintas direcciones, perseguidos por fallidos hondazos del desnaturalizado padre. Uno huyó por Pallanchacra donde fijó su residencia y muy pronto se hizo querer por el pueblo; casó con una guapa muchacha lugareña y vivió dichoso el resto de sus días. El segundo entró en la quebrada de Anasquisque, trabajó con el pueblo y en corto tiempo formó un hogar feliz. Querido y respetado por los pobladores, residió venturoso en ese paraje por muchos años.

HUANCARUMI, el más carismático de los hermanos, fue a buscarlos. Pasó por Huariaca, por Cajamarquilla, y un día cuando la sequía se había aposentado en la zona, se encontró  en una soledad inmensa y, creyente como era, pidió al Sol que aplacara sus rigores porque se moría de sed. En el ruego puso toda su fe y emoción, que al momento,  dejó de brillar el sol, y de una roca brotó abundante agua cristalina que bebió con avidez. Cuando hubo terminado de beber, el sol le reveló que debería ir a una elevada zona para su seguridad y fundar un pueblo allí, que él siempre estaría vigilante y atento para ayudarle. Así lo hizo.

Fundó el pueblo y estableció normas que todos obedecieron. Como resultado, las cosechas fueron abundantes y el ganado numeroso.

Las cosas iban muy bien en la comarca, hasta que un día vieron que una legión de extranjeros altos, blancos y barbudos, portando arcabuces, espadas, falconetes y caballos, trataban de apoderarse del lugar. Valientes defendieron la plaza y cuando ya no les quedaban piedras para sus hondas, HUANCARUMI, llamó a su gente para que lo rodearan; él al centro de todos, rogó a Inti para que lo protegiera y al momento quedaron convertidos en piedra, en la misma disposición en la actualmente se encuentran. La búsqueda de los españoles fue infructuosa porque en todo el ámbito de la comarca sólo encontraban piedras. Tuvieron que abandonar la región.

Tuvo que transcurrir mucho tiempo para que nuevos pobladores se aposentaran en ella.

Así, pasados centenares de años, Antapirca se constituyó en un tambo donde tenían que recalar los viajeros que transitaban entre los territorios de Tarama y la joven tribu de los Yaros Yacanes, amos y señores de la  zona. En este tambo regio de múltiples comodidades para chasquis y dignatarios, se aposentaron –cada uno en su oportunidad- visitadores reales del Imperio Incaico primero y aventureros conquistadores después. De aquellos tiempos ha quedado en la tradición, una bella historia de amor cuyos protagonistas fueron un conquistador trotamundos y una escogida del sol, hermosa como la flor más delicada de aquellos lugares.

El “Garashipo” -códice ancestral- refiere que corría el nublado mes de marzo de 1533 cuando el capitán Hernando Pizarro, que andaba por estos lugares en persecución de Chalcuchimac -rebelde capitán de Atahualpa- arribó al tambo de Antapirca. No dejaba ningún lugar sin registrar en busca del proveedor del oro y la plata que satisfaría el pago del rescate real del inca prisionero. Por aquellos días, el pueblo guardaba con celo extremo a la más linda chica del lugar que estaba destinada a ser concubina del Inca y que por su singular belleza era llamada Acclla Cantu, (Flor escogida) adorno y orgullo de aquellos campos.

Todo fue que la vio y el conquistador quedó prendado de la belleza nativa. No era para menos. Su porte majestuoso, cimbreante y provocativo, realzado por unos ojos oscuros y brillantes, rostro armonioso y delicado, enmarcado por una cabellera endrina y abundosa que le llegaba a la cintura, hacía de esta escogida para el inca, la majestad de la belleza. El aguijón fue recíproco. El joven corazón de la guapa aborigen quedó prendado de la apostura del español.  Entre ellos nació una mutua atracción que devino en desenfrenada entrega pasional. Los ímpetus cada vez más renovados por la magia del WANARPO -tradicional planta afrodisiaca lugareña que exacerba la apetencia sexual de los varones- los tuvo prisioneros de un amor de mutua entrega que duró varios días. Al final, obligado a cumplir con el periplo que le había encargado su hermano el marqués Francisco Pizarro, Hernando tuvo que alejarse del lugar: “Volveré por ti, flor de hermosura; volveré para llevarte y ser finalmente felices” le dijo el conquistador, pero urgido por las luchas que después surgieron entre sus gentes, jamás pudo retornar. Entretanto, cumplido el tiempo de gestación, Aclla Cantu, alumbró a un hermoso niño al que llamaron “El Español”, denominación que quedó reducida a España y que más tarde se convirtió en tronco de ramas familiares que todavía vive en Antapirca.

Así pasaron los años, las nieves borraron vestigios de antiguas huellas y el tiempo hizo desaparecer pasados rastros. Rendido el Imperio de los Incas y expulsados los españoles, las abundantes piedras del tambo regio -entonces derruido- sirvieron de base para erigir un templo en honor de San Santiago, patrono del pueblo.

La edificación tardó muchos años. Cuando se hubo terminado, se trajeron cuatro hermosas campanas para coronar su torre; una de ellas tenía la siguiente inscripción: “Santa Catalina, Virgen y Mártir, Año del Señor de 1772”. Asimismo los cuadros interiores de ángeles y querubines que adornan las paredes fueron pintados por diligentes artistas franciscanos que fueron los encargados de la edificación del templo. Hasta que llegó la fiesta de bendición del edificio.

 Continúa……

EL PASTOR Y LA NINFA

El pastor y la ninfaComo elevada arista que tuviera su base en Tápuc, Rocco y Chipipata, se levanta imponente el paraje denominado Huampún, en cuyo regazo yacen tranquilas, apretadas por un tupido cinturón de juncos, las frígidas aguas de Huacraycocha, la laguna eterna.

Para llegar a este apartado lugar cubierto de abundante pasto verde hay que remontar una  crestería y, una vez en la laguna, uno encuentra que la inmensa soledad lo cubre todo. Nada parece vivir en su entorno. Ni cerca ni lejos se puede ver una choza siquiera. Ante la vista se extiende, silenciosa y durmiente, la vasta pampa con un recortado horizonte de crestas huidizas.

En este inconmensurable paraje ocurrió hace muchos años uno de esos dramas vastos e intensos que no obstante desarrollarse a pleno sol, son generalmente ignorados por el mundo. Dramas en los que hay una extraña concurrencia de lo humano y lo cósmico.

Cuentan de un joven que había llegado a pastar sus ovejas por aquellos campos rendido por el cansancio de la caminata y acariciado por el tibio sol que alumbraba el paisaje,  quedó plácidamente dormido sobre la hierba. No había transcurrido mucho tiempo cuando en forma intempestiva, el cielo se cubrió de nubes  negras que desencadenaron una estrepitosa granizada extrañamente roja; el viento agudo y silbante de las soledades, alimentó el bronco estruendo de rayos y truenos que hicieron estremecer aquellos parajes. Sobresaltado como había quedado decidió recoger su ganado para llevarlo a su aprisco. Ya se enfrascaba en esta tarea cuando, igualmente misteriosa, la lluvia cesó de repente, el viento se hizo calmo y el cielo se iluminó con unas luces rosadas y hermosas.

Sorprendido, no sabía explicarse el porqué del fenómeno que acababa de presenciar. Intrigado miraba a un costado y otro de aquel lugar cuando alcanzó a ver, con gran asombro, a una muchacha de largo cabello cárdeno y ojos profundamente negros que se acercaba a él con un ruido de hojarasca que producían las alhajas que colgaban de sus opulentas vestiduras. Haciendo acopio de las fuerzas que comenzaban a abandonarlo, quiso huir a campo traviesa, pero la dulce voz de la joven mujer le detuvo diciéndole:

— No huyas, pastor; quiero hablar contigo…

— ¿Conmigo?…- su voz temblaba de emoción.

— Así es –la mujer lo miraba con sus ojos transparentes  tratando de inspirarle tranquilidad.

— Pero,… ¿Quién eres?…

— Soy Luly Huarmi,  la ninfa de estas aguas.

— Eres hermosa y muy rica… ¿Qué puedes querer de mí?…

— No tienes por qué ponerte nervioso. Hace tiempo que vengo observándote y sé que eres un buen muchacho; por eso quiero contraer compromiso formal contigo. Soy soltera. Quiero ser tu mujer.

— Pero… ¿Yo?… ¿Yo, Luly Huarmi?…. No, no podría. Yo soy muy pobre; no la merezco…

— No importa. Lo que me interesa es tu compañía. Nos uniremos en matrimonio y haremos aumentar nuestro ganado para vivir muy felices. Sólo te pido que guardes nuestro secreto.

—¿Por qué?

— Nadie lo entendería. Por eso, ni tus padres deben conocer de nuestro secreto. Nadie, absolutamente nadie.

— Por esa parte, descuida niña; yo soy muy íntegro y guardaré el secreto. Ni a mis padres les contaré lo que está pasando…

— Bien, muy bien. Entonces, en este mismo lugar, mañana a la misma hora nos volveremos a encontrar. Sólo te recuerdo que a nadie debes revelar nuestro secreto.

— Bien, niña, bien- emocionado y tembloroso el joven pastor miraba extasiado a la hermosa aparición.

— Ahora, cierra los ojos.

El pastor cerró los ojos y, al momento, una ráfaga de viento, lluvia y truenos, se alternaron en rápida sucesión. Cuando volvió a abrirlos, ya la bellísima mujer de los cabellos rubios, había desaparecido. Su sorpresa, sin embargo, no quedó ahí. Sus ojos casi se desorbitaron al comprobar que en el lapso de su conversación con la ninfa, muchos corderillos habían nacido en su redil.

Cuando hubo llegado a su casa, apenas si pudo poner sus ovejas en el aprisco. Estaba ensimismado y mudo. No alcanzaba a comprender el motivo por el cual la bella mujer le había propuesto matrimonio. Cuando sus padres le formularon una serie de preguntas, él contestó con evasivas tratando de no descubrir la asombrosa inquietud que le abrazaba el corazón. Aquella noche no pudo dormir presa de una profunda emoción. Una mezcla de temor y felicidad le invadía. Su cuerpo se estremecía a la sola evocación de la hermosa faz y el cimbreante cuerpo de la enigmática mujer.

Al día siguiente, cumpliendo con las indicaciones recibidas, acudió a la cita. Allí estaba ella, radiante de belleza y ataviada con tan ricas vestiduras que brillaban a los rayos del sol. Con sonrisa dulce y diáfana, la ninfa dijo:

— No tienes nada que decirme. Sé que has cumplido tu promesa y te has hecho dueño de mi amor. Ahora sí vivirás conmigo. Seré tu esposa. Deja a tus ovejas donde están, no te preocupes, tus perros las cuidarán. Ahora cierra los ojos y sígueme…

El joven pastor obedeció las órdenes de la bella ninfa. Cerró los ojos y al momento, sintiendo en su cuerpo una levedad de pluma, como si se transportara por los aires, fue dominado por un temor que pronto se disipó. Cuando abrió los ojos, quedó admirado al ver lo que le rodeaba. Estaba en una casa muy confortable y hermosa, rodeada de numerosos sirvientes solícitos y diligentes, al centro de una laguna, en una isla misteriosa y paradisíaca. Cuando se miró a sí mismo se encontró que lucía una galas espléndidas, bordadas con hilos de oro y plata y abundantes incrustaciones de brillantes y piedras preciosas.

Aquel día se amaron con frenesí y llenos de felicidad, compartieron momentos inolvidables de éxtasis. Finalizado el día, rendidos pero contentos, decidieron separarse.

— Ya es bueno que te vayas. Espero que no olvides nunca los momentos hermosos que estamos viviendo.

— No lo olvidaré jamás. Es más, te pido que siempre estés a mi lado y nunca me dejes por nada…

— No te dejaré… Sólo tienes que conservar nuestro secreto.

— Así lo haré, te lo juro…

— Te creo.

El joven pastor volvió a cumplir con el rito. Cerró los ojos y, al reabrirlos, se encontró nuevamente con sus ovejas que habían pastado tranquilamente durante el tiempo de su ausencia. Al contarlas comprobó que había aumentado el número. Las reunió y muy contento retornó a su casa.

Desde aquella vez, diariamente salía de su casa con los primeros rayos de luz del día y retornaba al ocaso, rendido pero muy feliz. Sus padres contentos por la proliferación de su ganado, dejaron de hacer preguntas a su hijo por el milagroso aumento. Ellos se sentían afortunados de que su ganado fuera aumentando cada vez más, pero nunca llegaron a saber la verdad. (“Voces del socavón”)

EL MILAGRO DE TAITA CAÑA

Taita CañaCuentan que entre los primeros españoles que vinieron a trabajar las minas de plata de San Esteban de Yauricocha, estaba uno muy joven y apuesto de atrayente simpatía. Decidor de hermosos versos acompañado de su guitarra  se había adueñado del amor y del sueño de las mozas lugareñas; pero donde había ganado fama regional era en el juego. No había ningún secreto para él en los naipes o en los dados. Es más, era un diestro tahúr que pese a su juventud, había logrado derrotar a experimentados jugadores despojándolos de sus riquezas.

Los testigos de sus hazañas, admirados y misteriosos, aseguraban que era poseedor de un mágico talismán de ocultos poderes que le hacían ganar indefectiblemente. Lo cierto del caso es que, así como ganaba con facilidad a sus rivales, así dilapidaba su dinero a diestra y siniestra. Su impactante continente de rostro perfecto y barbas largas y rubias, era por otra parte, irresistible imán para las mujeres. Su alegría y buen trato eran bienvenidos en las reuniones y juergas mineras de aquel entonces. Como es natural, todas estas buenas disposiciones no hicieron sino ganar admiración y el cariño de casi todos y, odio, envidia y encono de algunos resentidos.

Así pasaban los días en la Villa Minera que como diversión para los hombres sólo había tres caminos: el vino, las mujeres y el juego. Y en estos tres renglones, nuestro personaje era el rey.

Una noche, al llegar a la soledad de su vivienda, la encontró tan silenciosa y fría que se puso a meditar muy seriamente. Nada de lo que había obtenido en la vida le satisfacía. Las mujeres que había conocido habían desfilado una a una sin dejar más que recuerdos  gratos; ninguna había sido capaz de ganar el corazón del disoluto y aposentarse en aquella fría morada como dueña y señora. Su guitarra, ayer saltarina y alegre, sólo le hacía cantar nostalgias y añoranzas. Del dinero juntado, pensó que lo mejor sería repartirlo entre los pobres; de esa manera –pensó- llenaría con algo de calor su dolorosa vida vacía.

Es así que el joven tarambana en forma verdaderamente insospechada y misteriosa cambió radicalmente de actitud. De parrandero y mujeriego impenitente se convirtió en un hombre apacible y sereno. De jugador fanático y perenne en piadoso y misericordioso bienhechor de los pobres que acudían a él con las manos extendidas para salir con las dádivas colmadas. La gente, entre curiosa y sorprendida, no se explicaba la razón de este cambio.

Una noche soñó al divino Cristo que se presentaba sonriente y fraterno diciéndole que hacía muy bien en arrepentirse de sus pecados y que Él, le protegería con amor en todos sus actos; que no tuviera cuidado y que orando, meditando y ofrendando su alma a Dios, alcanzaría finalmente la gloria eterna.

Al rayar el alba, el hombre había quedado convertido a la fe por la gloria divina.

Entonces, para purgar todos sus pecados decidió llevar una vida de austeridad y recogimiento. Se dedicó a orar y meditar devotamente pasándose horas enteras en su encierro. Las personas sorprendidas por la transformación, especialmente los envidiosos, hicieron correr la voz de que todas las horas que pasaba en su reclusión las dedicaba a contar los dineros que habían ganado en el juego.

Por esta razón, unos malandrines que creían a pie juntillas lo que el vulgo propagaba, ingresaron en la casa del penitente una noche oscura con el fin de robarle. Le conminaron a que les diera todo lo que tenía y al recibir la respuesta lógica de que nada poseía, comenzaron a golpearlo despiadadamente. Presas de ira lo desnudaron y flagelaron sin piedad para hacerlo hablar.

El zurriago ya estaba cárdeno de sangre, el cuerpo cubierto de heridas y sudor, completamente desollado. Estaba exangüe. Cuando ya amanecía, temerosos de que los vecinos pudieran avisar a los alguaciles, dejaron de azotarlo, lo hicieron sentar y al verlo parecido a Cristo, un malandrín cogiendo una caña que por ahí encontró, se la puso en las manos atadas y lánguidas como al divino Nazareno.

Al ver su inmovilidad, uno acercó su oído al corazón del penitente y comprobó que acababa de morir. Ante el espantoso crimen que habían cometido, huyeron dejando abandonado el cadáver.

Como al pasar los días nada nuevo ocurría, los criminales pensaron que tal vez no habían matado a aquel hombre. Supusieron que repuesto del castigo se habría levantado y que estaría vivo. Esperaron unos días más y al ver que nada acontecía, fueron nuevamente a casa del flagelado, y grande fue su sorpresa al no hallar el cuerpo. Buscaron toda la noche y cuando ya estaba amaneciendo encontraron un arcón que abrieron violentamente.

Quedaron pasmados e inmóviles. Dentro se encontraba el divino cuerpo de Cristo, flagelado y sangrante, con una larga caña entre las manos, cubierto por una túnica bermeja. Todo fue que lo vieron y como iluminados por una luz celestial cayeron de rodillas, tocados por el divino amor.

Afligidos imploraron perdón y a partir de entonces, cada uno de ellos, como miembros de una cofradía naciente llevó a su casa la divina efigie por un año y al siguiente lo tenía otro; así hasta que uno a uno fueron muriendo y, al desaparecer este grupo de conversos, respetables familias cerreñas la llevaron a sus hogares colocándola en un oratorio donde todos los fieles iban a rezar. La últim familia que la tuvo fue la de don Julio Patiño León. Esta tradición se conserva hasta estos días y “Taita Caña” viene impartiendo sus milagros y bendiciones a todos los fieles cerreños.

LA CUEVA DE LAS CALAVERAS (Leyenda)

la cueva de las calaverasAproximadamente a dos leguas del asiento minero de Atacocha, a la vera del camino de herradura que lo une al Cerro de Pasco, puede verse una caverna de regulares dimensiones que lleva el lóbrego nombre de: “La cueva de las calaveras”. Para explicar su origen, el pueblo ha mantenido -generación tras generación- el relato que hiciera un sirviente negro, testigo único de un espeluznante fratricidio de tres hermanos

Estos tres jóvenes hermanos –cada uno peor que el otro-  eran hijos del más poderoso y diligente minero cerreño del siglo XVIII, don Martín Retuerto. Sus inmensas propiedades habían crecido tanto que bien podía decirse que era el dueño de la Ciudad Real de Minas. Sin embargo, los frutos que le prodigara la fortuna no estaban parejos con los que la naturaleza le había deparado. Cada uno de sus hijos y los tres juntos eran la encarnación de todos los vicios aposentados en esta nivosa comarca. Lujuriosos, bebedores, tahúres, mentirosos, tramposos, cínicos…

La pertinacia de un trabajo agotador que le hacía pasar horas enteras dentro de los socavones, mató al viejo Retuerto. Un día fue encontrado exánime sobre los metales que había acumulado. Sus ojos abiertos en una terrible interrogante de la nada, resaltaban en su rostro cianótico y barbado. Nadie le lloró. Es más, los tres malandrines dispusieron que fuera inmediatamente sepultado en el campo santo  de Yanacancha. Los rivales del viejo difunto ¡Cuándo no! se apresuraron a ofrecer reluciente monedas contantes y sonantes por las pertenencias mineras. Ni cortos ni perezosos los tres “deudos” pignoraron yacimientos, ingenios, lumbreras, malacates, herramientas, mulas, avíos, etc. a “precio huevo”, ante la admiración general. Total, los “herederos” estaban felices de haberse desligado del rigor paternal que los hacía inmensamente ricos.

Como es fácil suponer los dineros de la venta no duraron mucho. Pronto se esfumaron en sedas, afeites y joyas con las que emperifollaron a sus “queridas” en báquicas reuniones regadas de chatos de manzanilla, jerez español, coñac, champañas y vinos franceses con los que celebraron a sus amigotes; en las escabrosas sesiones de depravación con las más afamadas hetairas de aquello tiempos y, sobre todo, en los verdes tapetes de los garitos cerreños en los que, sin retirarse de sesiones de días enteros, alternaban en rocambor, trecillo, veintiuno, briscán, criba, cu-cú, imperial, mus, monte, siete y medio, póker, tute, etc. Siendo expertos en oros, copas, espadas y bastos, encontraron a más diestros que ellos. La experiencia la pagaron muy caro. En poco tiempo, como es de suponer, quedaron con los fondos esquilmados.

Así las cosas, en la idea de que un matrimonio ventajoso los sacaría de la ruina final, partieron a la muy noble Ciudad de los Caballeros del León de Huánuco y, una mañana, muy de madrugada, el pueblo los vio salir en compañía de su único y fiel criado negro.

Cuando los viajeros se hallaban muy cerca de donde más tarde sería Atacocha, fueron sorprendidos por una fuerte ventisca que los hizo cobijarse en una caverna que hallaron a mano.

Ya dentro, con el criado cuidando de sus cabalgaduras a la puerta, decidieron echar una mano de dados en tanto la tempestad amainara. En vano. La nieve siguió cayendo toda la tarde. Cerrada la noche encendieron dos viejas lámparas mineras que las colgaron de las paredes del antro; extendieron una frazada sobre la rocosa superficie y, en este improvisado tapete, apuraron los vaivenes de un lance.

Las horas transcurrieron implacablemente silenciosas, pero cargadas de una tensión cada vez más sombría y amenazadora.

Codiciosos y taimados “timberos”, se enfrascaron vehementes en el torbellino del juego. Las bolsas con sus contenido argentífero cambiaba de dueño a medida que la blancura cubría los campos; los dados, en sus caprichosas variantes numéricas fueron señalando alternativamente la suerte de los jugadores.

la cueva de las calaveras 2Clareando ya el día, el mayor había logrado adueñarse de las bolsas de sus hermanos que al no tener más que apostar, pusieron sus relucientes puñales sobre el improvisado tapete. Era lo único que les quedaba. En el postrero y definitivo lance, nuevamente la suerte sonrió al mayor. Fue lo último que logró en el juego. Cuando estuvo a punto de coger sus ganancias, los menores lo atacaron a puñaladas. Con los ojos enormemente abiertos por la sorpresa del ataque; la boca torcida en un truncado grito de protesta, cayó desangrándose inconteniblemente.

Dueños ya del codiciado pozo, comenzaron el reparto; pero avarientos, ansiosos de poseer cada cual todo el caudal jugado, se enfrascaron en una agria discusión que desencadenó una brutal reyerta. Con los puñales en ristre, ciegos de codicia y obnubilados de ira, fueron tasajeándose uno al otro, hasta que, exangües y agotados, ambos cayeron definitivamente abatidos. Los tres murieron cosidos a puñaladas.

Mucho tiempo después, los cadáveres fueron encontrados por la gente piadosa del lugar y los enterraron en la misma caverna. Transcurridos los años y ante la negra leyenda que decía que en las noches vagaban gimientes los esqueletos de los hermanos, los lugareños separaron las calaveras de los cuerpos y las colocaron en unos agujeros de la pared, a manera de hornacinas, en donde hasta ahora se hallan. A partir de entonces, los que se atreven a transitar por aquellos andurriales, aseguran que se oyen desgarradores gritos, maldiciones y execraciones. A la medianoche aparecen tres espectros condenados que lloran inconsolablemente.

La confesión hecha por el criado en su lecho de muerte, ha permitido que el pueblo llegue a conocer este espeluznante suceso. Ahora ya nadie transita por aquel lugar maldito.