LA CRUZ VERDE (Leyenda) -1-

A través de los años esta historia ha ido pasando de padres a hijos en  continuidad todavía  vigente. Habla de una milagrosa cruz de mineros que andando el tiempo le dio nombre a un populoso barrio. Un barrio querido que como toda en la tierra expoliada ha desaparecido bajo el estruendo de las explosiones y el rugido de las maquinarias.

cruz verdeLa leyenda cuenta que una antiquísima noche, cuando los tenues rayos de luna reverberaban la nieve en albura vaporosa, ocurrió un milagro extraordinario. Todo el ámbito ocupado de casas, chozas y rancherías mineras, se inundó de una melodía conmovedoramente celestial interpretada por coros infantiles, acompañada por violines, chelos y arpas. Las personas como hipnotizadas asomaron a sus ventanas desde donde pudieron verlo todo.

De una esquina de la plaza, como transportado por una fuerza invisible, un enteco y barbado misionero franciscano se desplazaba suavemente por los aires sin que sus pies hollaran la nieve; detrás de él, en la misma forma, iba una multitud de hombres cubiertos con túnicas blancas en ordenada levitación. Eran los braceros que habían muerto en las minas. Todos, formando una tropa, se arrodillaron delante de la cruz verde y pasado buen tiempo de oración, extrajeron el símbolo clavado en el suelo y, rodeados de nubes vaporosamente brillantes, la elevaron al cielo en medio de una conmovedora sinfonía celestial.

Este acontecimiento extraordinario quedó grabado en la memoria del pueblo minero con indelebles signos mágicos. Pero… ¿De dónde apareció aquella cruz?… ¿Quién la puso allí?… ¿Qué significaba aquel símbolo sacro en ese barrio cerreño?.

Ésta es su historia.

Cuando por hundimiento desaparecieron las fabulosas minas de la Villa Imperial de Potosí al comenzar el siglo XVII, dejó de contarse con  las alucinantes cantidades de plata que servían para  sustento económico de la metrópoli. En ese momento, sumamente preocupados por la desgracia, los españoles descubren con asombro, el  yacimiento argentífero de San Esteban de Yauricocha. Al nuevo emporio se le comienza a llamar: El nuevo Potosí (1626). Su explotación se hace monstruosamente   incesante.  Los querubines y milagros de las iglesias, las coronas y ex votos de los santos, los avíos de montar, los utensilios de uso casero, hasta las tintineantes espuelas nazarenas de los jinetes cerreños, estaban fabricados con el blanco metal.

A sus frías calles en formación comenzaron a llegar hombres de diferentes nacionalidades guiados por la brújula de su avidez. Los más numerosos: los españoles. Admirado de la prodigalidad de sus socavones, como una distinción especial el Rey de España lo nombra: Ciudad Real de Minas (1639). La fama del nuevo emporio minero trasciende fronteras. Al transponer los umbrales de aquel paraje temporal -el fantástico siglo XVIII- se produce una aguda crisis minera en América Hispánica. Muchas minas se cierran por la  escasez de mercurio: Huancavelica se ha derrumbado y clausurado. En otros casos la inundación de los frontones hace desaparecer las vetas bajo el agua: Guanajuato, Real del Monte, Zacatecas. Las únicas minas que en ese momento están productivas y boyantes, son las del Cerro de Pasco.  Entonces, con el fin de alimentar sus arcas, el rey de España estimula la explotación minera y comienza a legitimar bastardías vendiendo los hábitos de caballeros y títulos nobiliarios de condes y marqueses. La novedad se hace costumbre. Muchos españoles de oscuro origen, residentes en el Cerro de Pasco, se avienen a la compra de estas regias mercedes pagando significativas cargas de plata. Para ello, olvidando los más elementales principios de caridad cristiana, exceden los límites de un genocidio dantesco explotando cruelmente a los pobres indios.  El inicuo abuso comenzaba con el tiempo que los tenían trabajando enclaustrados. Cuando las luces aurorales asomaban entraban a sepultarse en esos antros asfixiantes y oscuros de donde no salían sino a la oscuridad de la noche. En lugar de alimentos que repararan sus fuerzas  les daban hojas de coca con las que los estimulaban para el esfuerzo, hasta que cadavéricos, mortalmente pálidos y sin fuerzas, caían muertos, víctimas de la anemia asesina. El consumo de la coca fue utilizado para someter a nuestro aborigen como los ingleses utilizaron el opio para someter al pueblo chino o el alcohol por el colono norteamericano para combatir  al piel roja, a los suecos para domar a los lapones y los franceses a los negros del África. Quienes no finaban por la opilación, la neumoconiosis o los accidentes fatales, morían sepultados por terribles derrumbes. A estos hombres ni siquiera  se preocupaban en rescatarlos. Eran considerados mucho menos que animales. Así sucedió en una mina. Trescientos hombres fueron sepultados vivos. Nadie movió un solo dedo por rescatar sus restos. En ese lugar quedó una tétrica cicatriz de la tierra asesina que fue bautizada con un nombre que lo dice todo: MATAGENTE.

Todos los títulos nobiliarios comprados, todas las riquezas que solucionaron las urgencias económicas de España, se sustentaban en la explotación del humilde hombre del pueblo que con sus lágrimas, sudor y sangre, amasó toda esa monstruosa fortuna. La Casa de Contratación informó que “sólo entre 1503 y 1660, llegaron al puerto de Sevilla 185 mil kilos de oro y 16 millones de kilos de plata. La plata transportada a España en poco más de un siglo y medio, excedía tres veces el total de todas las reservas europeas. Y estas cifras cortas no incluyen el contrabando”. Por aquellos años de dantesco genocidio, llega al Cerro de Pasco, como enviado por Dios, un fraile franciscano, -alto, cenceño, tez agarena y mirada beatífica pero penetrante-: Fray Buenaventura de Salinas y Córdova.  Con el fin de conocer su realidad y alentar con sus palabras a los   esforzados laboreros, fue a visitar una mina cerreña. ¡Quedó estremecido de dolor! Gruesas  lágrimas enturbiaron sus ojos claros cuando presenció las primeras escenas del teatro del horror. Seres cadavéricos y desmedrados como espectros de otros mundos, sacando y subiendo pesados costales de cuero a las espaldas; silenciosos, resignados, autómatas; extrayendo los minerales que enriquecían a sus verdugos. Reverentes y de rodillas, los japiris besaron sayal,  cordón y  crucifijo. Los ojos, casi sin vida, eran un ruego implorante, una súplica suprema. Fray Buenaventura, venciendo el imperioso mandato de su corazón, de abrazarlos y echarse a llorar,  los bendijo con amor, y a partir de ese momento decidió  denunciar estos abusos a la superioridad eclesiástica y virreinal. Programó sus piadosas visitas diarias al humilde aposento de los pobres, buscó toda la ayuda material posible para alcanzarles, pero sobre todo, les llevó su palabra de consuelo y comprensión; unió con el sagrado lazo del matrimonio a los amancebados, bautizó amorosamente a los niños habidos en estas uniones y les enseño a confiar en el supremo auxilio de Dios.

Después de recoger estas fatídicas vivencias, escribió una extensa  denuncia a la superioridad de su convento.  Este documento testifica la monstruosa inhumanidad de los explotadores. En uno de los párrafos decía: “…es lástima ver a los indios de cincuenta en cincuenta, y de ciento en ciento, ensartados como malhechores en ramales y argolletas de hierro; y las mujeres, los hijuelos y parientes que los despiden, dando alaridos al cielo, desgreñándose los cabellos, cantando en su lengua endechas tristes y lamentaciones lúgubres, despidiéndose de ellos, sin esperanza de volverlos a recobrar por que allí se quedan y mueren infelizmente en los socavones. Aquí se ven las ventas de las mulas, los empeños de los vestidos y todo lo que tienen; y lo que es más de sentir, por este tiempo, es que empeñan y alquilan a sus hijas y mujeres a los mineros, a los soldados y mestizos a cincuenta y sesenta pesos, por verse libres del trabajo de las minas. Y ahora escribe un clérigo sacerdote y cura, que habiéndole sacado un soldado de la iglesia, a donde se había venido a recoger una india muy hermosa de diez y seis años, fue a pedir al cura auxilio de justicia, y decía: Señor Corregidor, Isabel (que así se llamaba la india) está empeñada en setenta pesos que tengo de su padre que libré de la mina y hasta que la saquen y devuelvan mi plata, no la tengo que entregar, sino servirme de ella. Y así la dejó llevar el corregidor a su albedrío, llorando la india, diciendo que aquel español quería por la fuerza estar amancebado con ella; que como no le valía la iglesia y habiendo nacido libre en su tierra, la hacían esclava del pecado”. Conmocionado de dolor y cargado de esperanzas por encontrar comprensión y apoyo de sus superiores, el fraile siguió escribiendo:  “Habiendo llegado un indio que volvía de la mina a ver a su mujer y sus hijos y descansar en su tierra, halló muerta a su mujer, y a los hijuelos de edad de cuatro a seis años en la casa de una tía suya. Llegó tras él, el curaca, y queriéndolo llevar otra vez a la mina, le dijo “Bien sé que te hago agravio, pues acabas de salir del socavón y te hallas viudo, y con dos hijos que sustentar; flaco y consumido del trabajo que has pasado; pero no puedo más; porque no hallo indios para la mita, y si no cumplo el número, me quemarán, azotarán y beberán mi sangre; duélete de mí y volvamos a la mina”. Respondióle el indio a su curaca: “Tú eres el que no te dueles de tu sangre, pues habiéndome tocado el polvillo ya no puedo respirar y hallo muerta a mi mujer, y con dos hijuelos que sustentar y ropa que vestirles, me haces el agravio”. Y no surtiendo ningún efecto en el curaca la razón y la justicia de este indio; cogió a sus dos hijuelos y los sacó a una legua del pueblo, y abrazándolos y besándolos tiernamente, diciéndoles que les quería librar de trabajos que él pasaba, sacando dos cordeles, se los puso en las gargantas y hecho verdugo de sus propios hijos, los ahorcó de un árbol y cuando llegó el cura con el curaca, un cuchillo de cocinero, se lo clavó en la garganta, entregando su alma a los demonios por verse libre de la opresión de las minas. Y lo mismo hacen las madres, porque pariendo varones, los ahogan”. La carta tiene muchas páginas de denuncias dramáticas. En otra dice refiriéndose al trabajo en las oquedades:  “Bajan al interior de la mina por estrechísimas galerías que siguen a las vetas por donde éstas fueran. Son galerías horrendas, húmedas y pestilentes, sin ventilación alguna, inundadas por el aire corrupto del aliento y sudor de tantos cuerpos que allí trabajan, del polvillo picante de los metales; el espeso y acre humo de las velas de sebo que utilizan. A estos estrechos socavones  bajan por medio de toscas graderías trabajadas con quinuales o piedras por donde los hombres casi agónicos discurren de rodillas”.“Cada grupo que trabaja en una mina, está integrado por doce hombres. Delante van dos barreteros provistos de sólidas pértigas de hierro de 18 pulgadas de largo y 25 libras de peso, y un pesado martillo de plomo de 25 libras. Estos hombres quiebran las rocas a pulso y son los que siguen a las vetas. Una vez fracturadas las piedras al interior de la mina, entran los fleteros llamados capacheros, quienes siguiendo penosamente por todas las tortuosidades de la mina, salen por las medias barretas con sus capachos llenos de mineral a las espaldas, apoyándose en una cuerda tendida en las paredes o de palos de forma de estacas clavadas en las paredes de la mina”. “El  Japiri, llamado capachero, tiene por atuendo un grueso  gorro de cuero en el que va atado una vela de sebo para alumbrarse el socavón. Chompa y manguillas de lana de llama. En las piernas, gruesas rodilleras de cuero de carnero, que les permite trabajar de rodillas –como si fueran condenados a trabajos forzados- llenando y transportando las bolsas de cuero de una capacidad de cien libras de promedio, llamados capachos. Los minerales se llenan utilizando las paletas de las mulas muertas, a guisa de palas”. “Mientras los hombres realizan su trabajo, son estrechamente vigilados por el sanguinario capataz que, premunido de un largo zurriago, acelera a golpes el avance de los trabajos. A la puerta de la mina hace estallar soberbio, una y otra vez, como tétrico reloj de abominación, el largo zumbador que no pocas veces se tiñe de sangre inocente de los indios”.

PATARCOCHA (Leyenda)

PatarcochaMuy arriba del macizo andino del Perú, a casi cinco mil metros, donde el viento aúlla en el gélido imperio de las nieves en el que actualmente se halla enclavada la capital minera del Perú, vivió el venerable cacique Patar, jefe de la tribu de los Yauricochas,  alternando el pastoreo con la caza y la incipiente minería.

La vida de su gente ha quedado grabada para siempre en los anales de la historia peruana; no sólo en los nombres que perviven en los pueblos, ríos, aldeas, ventisqueros, lagunas y numerosísimas minas, sino también en las memorables tradiciones de su noble e inextinguible raza.

Aquellos tiempos, cuando el brillo del imperio incaico declinaba, Patar, el patriarcal curaca, cargado de años y experiencias, sintió el acecho de la muerte en silencioso merodeo por su choza. Temeroso de que la parca lo sorprendiera en posesión de sus agüeros y sus sueños, convocó a toda su gente y con gran parsimonia las preparó para darles una dolorosa noticia. Su rostro, surcado por  profundas arrugas, se contrajo en un rictus de odio y dolor. Su mirada era triste, su voz grave, y en aquel momento de íntima comunicación, comenzó diciendo:

  • Voy a morir siguiendo la marcha inexorable del sol de la vida. Siento que nuestros antepasados me llaman y yo tendré que obedecer. Sólo las piedras son eternas. Por esta razón los he reunido para mostrarles las profundas heridas de mi corazón. Escuchen estas que son mis postreras palabras para ustedes.

Aspiró con fuerza los escasos átomos de oxígeno del ambiente y aclarándose la voz cascada, continuó diciendo:

  • No olviden que nuestra “llacta” está rodeada de encarnizados rivales. Siempre será así. Al levante están los Panataguas ocupando la sofocante y misteriosa región del Rupa-Rupa; al poniente están los Huancho; al norte, los Yachas y los Chupachos; por el sur los Chinchaycochas; pero sobre todo –se mordió el labio inferior, reseco y bordeado de pobladísimas arrugas, con una ira intensa que por un momento le impidió hablar; luego, blandiendo su lanza adornada de flecos y colorines, tronó- ¡De allá del poniente, vendrán unos seres extraños y barbados que cegados por la codicia, abusarán de nuestra gente y se apoderarán de nuestras riquezas!. Ustedes conocen esos metales, uno como el sol, el ccori (oro), el otro como la nieve, ccolque (plata); las que enviamos a las lejanas tierras del inca. Esas riquezas se dan pródigas en nuestra “llacta”, lejos de hacernos felices labrarán nuestra desgracia y postración.

Los cansados ojos del cacique se inundaron de lágrimas de frustración.

Hubo de inmediato un prolongado silencio. Los hombres, estremecidos por la aciaga premonición, sólo atinaron a mirarlo transfigurado de dolor.

  • Nuestros hijos, nietos, y los nietos de nuestros nietos, serán como esclavos de estos extraños, por nevadas de nevadas, hasta que la noche de los tiempos nos cubra a todos.

Mudos de asombro, los hombres accediendo a su  implorante pedido, dejaron solo al anciano. Éste, en su solitario encierro y a la espera liberadora de la muerte, se puso a llorar inconsolablemente de día y de noche, por la suerte que habrían de correr sus tierras y sus hombres. Tan copiosas fueron sus lágrimas, que llegaron a formar dos lagunas enormes. Estas lagunas, una para beber y otra para lavar, ubicadas en el corazón del Cerro de Pasco, llevan el nombre de Patarcocha, que quiere decir laguna de Patar.

Satánicos amores prohibidos (Origen de una leyenda) (Segunda parte)

Del impacto que causó en el cura la llegada de una hermosa mujer, dama de compañía, de la esposa del flamante Corregidor de estas tierras.

satánicos amores 2Todo iba muy bien para Diego de Albornoz hasta que aconteció algo que cambió el curso de su vida. Por aquellos días, el desbocado comentario de los corros llegó a convertir a la plaza Chaupimarca en un avispero. No era para menos. Con un gran despliegue de carretones, servidores y personas comedidas,  subían y bajaban muebles, vajillas, alfombras, adornos, instrumentos musicales, libros y santos. Estrenaban la mansión con tres portadas, gran patio embaldosado de arcadas dispuestas en sus dos pisos y pilares octogonales de ascendencia mudéjar en la planta alta, cubierta con balcón corrido de resistente madera de pino. En consideración a los valiosos aportes a la Corona, no obstante su reciente denuncio, el Virrey Toledo nombró Corregidor de la naciente ciudad San Esteban de Yauricocha, a don Alonso de Malpartida y Zúñiga. Su teniente sería don Francisco Goñi, y su Contador, don Iñaqui Otaegui, ambos ciudadanos vascos de reconocida trayectoria en su lugar de origen. El primer caballero venía a aposentarse en la residencia de la plaza cerreña, con él su esposa, y una lindísima mujer –flor de belleza morena- que fungía de acompañante de la hermosa dama.

Una mañana que el cura se aprestaba a decir la misa dominical, hizo su aparición la joven española. Ondulante como palmera, imponente como una diosa; parecía el sortilegio de un encantamiento. El moreno embrujo de su rostro de niña que se convertía en mujer, estaba iluminado por  negrísimos bucles, labios carnosos, entreabiertos en sonrisa provocativa de dientes parejos y brillantes, cuerpo magistral cubierto con  mantón de encajes que dejaba apreciar un busto poderosamente mórbido. Claro, ella no iba sola; acompañaba a su dama y al noble español. El cura quedó mudo de asombro. Todo fue que la vio y sus aletargados bríos varoniles despertaron tórridos de su adormecida abstinencia. La misa la dijo con un marcado rubor en las mejillas y un acentuado temblor en las manos sudorosas que hacían audibles los tintineos de las vinajeras. Luchaba para que sus ojos no siguieran prendidos de aquel bello rostro y, presa de indescriptible emoción, sus labios tartajearon la homilía.

Así comenzó aquello.

Desde entonces las horas transcurrieron con aterradora lentitud para el cura que se debatía en un torbellino de sentimientos inquietantes y obsesivos. Ya no sabía ni el día que era, su nerviosismo activado por un redivivo deseo carnal le quemaba las entrañas. Veía a la bellísima mujer en todos los rincones de la iglesia. En los ojos inmóviles de las vírgenes de los altares, en las perfumadas nubes del incienso, en las formas sagradas, en todo; especialmente en sus sueños. Despertaba con los labios resecos y el corazón desbocado. Nunca le había ocurrido nada parecido. No fue una ni dos noches que su febril alucinación lo arrebatara. Fueron todas las noches que siguieron. Lo encerraron en la vorágine de un mundo de loca esperanza. Desde entonces ya no conoció la tranquilidad. No sabía ni cómo se llamaba aquella divina aparición; seguramente –pensaba- tenía el nombre de una virgen; porque para él, era eso: una virgen.

En nuestra ciudad minera los hombres no hablaban de otra cosa. Era natural. Aquella mujer de excelentes prendas de hermosura no iba pasar inadvertida en un lugar donde lo que faltaban era precisamente mujeres. De diez personas, sólo una era mujer. No sólo los mozos sino también los viejos comenzaron a admirarla en secreto. Así se enteraron que su nombre era, Amparo. Sus apellidos, Donostiaga y Rivero. Sus pasos y actitudes, desde entonces, fueron seguidos meticulosamente por los aspirantes a su cariño. El cura era el más obcecado.

Por aquellos días, en cumplimiento de una añeja promesa, la piadosa dama frecuentaba la iglesia a rezar muy contrita; pero no iba sola, la acompañaba la garbosa y joven mujer que tenía sorbidos los sesos al cura. Éste, ofuscado y olvidando su promesa de castidad y obediencia, destinó todos sus empeños en conquistar el corazón de aquella maravillosa visión. Lánguido por interminables horas sin sueño ni alimentos se dedicó a buscarla, a espiarla, a acosarla. No dejó ni un momento de hacerlo con una pertinacia extrema. Los suspiros y miradas cada vez más atrevidas, las misivas escuetas pero profundas, y finalmente, las furtivas palabras en el confesionario dichas con calor y ternura, llegaron a doblegar el corazón de la damisela que se rindió al joven sacerdote. Por fin había conseguido hacer bullir aquel corazón con la arrolladora intensidad que a él lo estaba agobiando.

Su constancia había alcanzado su premio. 

Cada vez que la Corregidora iba a cumplir dilatadas penitencias que el cura le asignaba, éste llevaba a la bella Amparo a un lugar escondido de la iglesia y le hablaba –susurrándole al oído- de la belleza de sus facciones, la majestad de cada una de las partes de su cuerpo, y todo aquello que la hiciera soñar.

Desde que escuchara aquellas frases intencionalmente dichas, la flor morena sintió la necesidad perentoria de verse desnuda, de explorar su cuerpo que despertaba con avasallante impetuosidad al llamado del amor; quería descubrir los insospechados mundos del placer que el cura le ofrecía. Sobre su cama de mullido colchón de lana y abrigadoras sábanas de bayeta, se dedicaba a explorar todos los recovecos de su cuerpo febril. Despojándose de su ropa interior, miraba la luz del candil,  sus senos grandes y firmes con pezones como garbanzos; las curvas agresivas de sus muslos y caderas, acariciándolas con manos temblorosas; su vello crespo y enredado en el pubis, la cavidad de las axilas; tocaba su cuello acariciándose suavemente, el arco de las cejas, la línea de sus labios, el interior de su boca.  Pasaba las manos por las nalgas para aprender sus formas y, soñando que el fraile lo hacía, las acariciaba y estrujaba con ardor, con frenesí. Abría sus muslos y tocaba la misteriosa hendidura de su sexo y el capullo encendido del centro mismo de sus deseos arrebatados y, en ese momento, aparecía la imagen del sacerdote, enhiesto, sobre ella, como un desenfrenado macho cabrío, poseyéndola y fundiéndola en su carne pecadora.  Quedaba rendida, exhausta. Después, confundida, al oler sus dedos, quedaba maravillada con ese poderoso olor de sal y frutas marinas que emanaban de su cuerpo.

 Amparo y el cura, perdidamente enamorados, sin desaprovechar la oportunidad de hablar ni de escribirse, eligieron la sacristía de la iglesia como escenario secreto para  amarse. Se reunirían la tarde del cinco de agosto en que fray Sancho viajaría a  Villa de Pasco a decir misa en loor a la Virgen de las Nieves.

Aquella tarde se encontraron en el lugar de la cita y  desesperados como a punto de perder la única oportunidad de sus vidas ajetrearon como posesos. Abrieron un gigantesco armario donde guardaban los útiles del culto y a manera de colchón tiraron sobre el suelo viejas casullas, capas pluviales, esclavinas, manteles, catafalcos, ropas de santos y, el enorme lienzo morado con el que cubrían el altar mayor en Semana Santa; añadieron otra cantidad de pequeños trapos que ocultaban las hornacinas de los altares en la misma  fecha. Ése sería el tálamo en el que se amarían. Con los ojos brillantes de fuego y la respiración entrecortada, Amparo se quitó el “tickpe” de plata que sujetaba su pañolón de alpaca y dejó al descubierto su corpiño con sus senos majestuosos que latían con la turbulencia de su desbocado corazón. Al cura le temblaban las manos cuando desató los lazos del corpiño de franela y fue despojándola de sus abrigadas enaguas, sus calzones largos de bayeta y una camiseta que cubría las flores de sus pezones ardientes. No hubo necesidad de quitarle los botines de cordobán ni las medias de lana sujetas con artísticas ligas bordadas. Su pecho acezaba con palpitaciones de agonía y el corazón se desbocaba a punto de estallarle. Estaba convencido que Amparo era la mujer más bella del mundo, un verdadero ángel. La luz parpadeante de la lámpara minera sobre los vetustos muebles repletos de candeleros, vinajeras, floreros y palmatorias, arrojaba luces mezquinas sobre un espejo velado por el tiempo. El resto de vestuario ritual colgando de las paredes, en confusión de ornamentos talares, capas pluviales, manteletes, sotanas, peplos y túnicas, daban a la escena un aire de irrealidad y misterio. No quiso atacarla con fogosidad en un desbocado diluvio de caricias atrevidas porque denunciarían su maestría en las artes del amor. No. Puso cuidado en los detalles para no alarmarla. Se esmeró en no perder el ritmo de sus besos, intercalándolos con una inacabable letanía de  halagos. Le habló de la brevedad de su talle, la morena excelsitud de su piel agarena, la redondez  agresiva de sus senos hermosos, la finura de su cuello y hombros que provocaban en él un incendio de excitación incontrolable. Ella, ebria de emociones, el cabello suelto y alborotado, las mejillas en llamas, dejó que el amante le besara en el cuello y le acariciara los senos a manos llenas, quitándole la ropa totalmente, como en una ceremonia ritual, dejándola desnuda, a su merced.

Para que no fuera dolorosa la ceremonia de la desfloración –maestro del amor- el cura la deleitaba con besos y arrumacos juguetones, susurros suplicantes y diestros manoseos; ella respondió plenamente emocionada; entonces se mordieron, se lamieron, se hurgaron desaforados en la marisma del amor, toda la tarde, sin reparar en la hora que era ni en el frío que reinaba. Sólo ellos existían en el mundo. Tanta fue la eficacia de la ceremonia de provocación que la beldad morena sintió que se abría plenamente como una flor carnívora para atraer al cura como un insecto, tragárselo plenamente y sentir en sus entrañas sus arremetidas inacabables. Estaba completamente desnuda bajo la luz dorada que se filtraba por las hendijas de la puerta. Diego sintió que la sangre se le convertía en fuego impetuoso y alargó sus manos temblorosas hasta colocarlas sobre su largo cuello lúbrico. Dominada por una desconocida energía poderosa que la ahogaba, ella no sintió ningún dolor en la penetración, más bien sí una insuperable delicia al sentir el licor de vida en sus entrañas. Este fue el día más memorable de sus existencias. Ambos lo recordarían  en sus ínfimos detalles.

Ese fue el comienzo.

Desde entonces, aquel amor prohibido se convirtió en irrefrenable entrega pasional, desbocada y monstruosa, que ya no conoció límites. Los mozos del pueblo que seguían los pasos de la joven descubrieron sus citas y urdieron una historia fantasiosa que ha quedado como leyenda en el imaginario del pueblo minero. Dice: “Una noche, desde su escondite fabricado ex profeso, los jóvenes la vieron llegar sigilosamente para abandonarse a los ávidos brazos del cura, su amante, para una brutal y satánica confrontación de deseos desbocados y abyectos. Desnuda ya, con las carnes palpitantes y tentadoras, acometida de transpiraciones y temblorosos ahogos, se entregaba lasciva y febril a los dictados carnales del cura que respondía agresivamente, apoderándose de aquel racimo de carne lujuriosa que bajo él palpitaba incontenible. En estas circunstancias –la mirada desorbitada y babeante de deseo de los curiosos – vieron que a la mujer le emergían orejas y cola, en tanto su cuerpo se cubría de espesa pelambre blanca. ¡Se había convertido en briosa mula blanca…!. El cura se cubrió totalmente de pelambre negra, un rabo y dos  cuernos en la frente. Sudoroso, infatigable y lúbrico, montaba a la mula que, encabritada, trataba de echar por los suelos a su jinete. Tal parecía que aquello no terminaría nunca. A medianoche, los ojos relampagueantes y los belfos babeantes de lujuria, el cura abrió la puerta e hincó las espuelas en los ijares de la mula que, en desenfrenado galope se echó a correr por los empedrados de Chaupimarca, las alturas de Matadería, los oconales del Misti, las faldas de Shuco, las lejanas estribaciones de Paragsha. Sólo con el sonoro canto del gallo terminó aquel satánico aquelarre.

A partir de entonces, todos los días, a la medianoche se repitió el hecho. 

Con el tiempo el cura no sólo fue perdiendo fuerzas y color, sino también feligreses. La joven mujer, lánguida y con las carnes flácidas, ayer erectas y frescas, era evitada  por las gentes del pueblo. 

Una noche de luna, apesadumbrados por su pecado del que ya nunca pudieron renunciar, se entregaron a un desenfrenado torneo de equitación, afiebrado y loco, recorriendo jadeantes las desiguales calles cerreñas y en el clímax de la desesperación, frenéticos y desesperados, se introdujeron en la laguna de Patarcocha de donde nunca más salieron. Aseguran, que a partir de entonces -como castigo divino- toda mujer soltera que convive con un cura, se convierte en mula blanca; si fuese casada, en mula negra. Eso es lo que asegura el pueblo”.

La verdad, es otra.

Avergonzados de tanta barbaridad carnal, cura y amante, decidieron huir del pueblo a un lugar donde nadie los conociera. Por esos años, los ricos mineros buscaban conquistar la selva para traer sus productos que compensen las necesidades de sus obreros. Aprovecharon la oportunidad. Disfrazados y separados uno del otro -cada uno por su lado- se embarcaron en las caravanas que iban a oriente. No les fue difícil. Allá, en las enmarañadas selvas, se encontraron. Fray Sancho, conocedor de las debilidades humanas, jamás se pronunció al respecto.

fin

satánicos amores 3

Satánicos amores prohibidos (Origen de una leyenda) (Primera parte)

satánicos amoresLa llegada de un joven cura para ayudar a fray Sancho en nuestra primera iglesia y los enredos amorosos en los que se vio envuelto para hacer nacer en el imaginario del pueblo minero la leyenda de la Mula Blanca de Santa Rosa.

Un día se presentó con su mezquino atadillo de ropas y un envoltorio de libros. Dijo llamarse Diego de Albornoz. Alto, guapo, con risa abierta y sonora voz de tenor, perfecta para animar misas y predicar la palabra del Señor; espaldas de labriego, oscuro pelo rizado, nariz romana y ojos de gato que le dotaban de un enorme atractivo. Venía a ponerse a órdenes del fraile franciscano a quien explicó que cumpliendo lo ofrecido el arzobispo Toribio de Mogrovejo lo enviaba como ayudante en la flamante iglesia de Santa Rosa. Bien lo necesitaba fray Sancho de Córdova. Tenían que batallar en una ciudad donde abundaban las casas de juego y los bares decorados con imágenes de sicalípticas  hembras calatas. Los comercios vendían dagas, puñales y demás armas, como pan caliente. La propiedad de la mina era mucho  más valiosa que la vida. Diariamente se recogían cadáveres cosidos a puñaladas y no eran pocos los días en que nos se registraran gigantescas bataholas con muertos y heridos. Con el correr de los días fueron sentando sus reales los especuladores, leguleyos, predicadores, jugadores profesionales, bandoleros y emperifolladas madamas con sus pintarrajeadas niñas de vida alegre. Había mucho que hacer en la ciudad minera donde las calles trazadas al desgaire, sin ninguna planificación, eran producto de la improvisación; mezquinas y estrechas, que subían y bajaban por caprichosas sinuosidades del terreno; algunas tan abruptas y llenas de barro que ni las mulas podían treparlas. Estaban delimitadas por recios muros como fortalezas infranqueables que resguardaban las minas. Las lluvias frecuentes las habían convertido en un pantano cubiertas de basura, botellas rotas y demás desperdicios que atascaban los carretones, donde  se requerían de tablones para cruzarlas. El clima era tan inconstante que tras las lluvias, granizadas o nevazos, soplaba un agresivo viento que, limpiaba las nubes del cielo que comenzaba a verse azul en su más pura intensidad. La heterogénea multitud de mineros pululaba presa de una frenética actividad, tropezando con materiales de construcción, barriles de dinamita, carretones o con enormes piaras de llamas que venían de las “quebradas” trayendo las cosechas en medio del agudo silbo de sus arrieros. Por el centro se levantaban algunos sólidos edificios, pero eran muy pocos; el resto era un amasijo de viviendas provisionales, casuchas de paredes de barro y techo de paja. No existían acequias ni alcantarillas. El agua para beber la sacaban de la laguna de Patarcocha. Tanta era la plata que los querubines, ángeles, arcángeles y milagros de los oratorios, avíos de montar, cubiertos y utensilios de uso casero, hasta las tintineantes espuelas nazarenas de los jinetes cerreños, eran fabricados con el blanco metal. Los plateros eran incontables. En cincuenta y tres años de proficua saca, al nuevo emporio se le comenzó a llamar: El nuevo Potosí. El siglo siguiente se van sumar más de doscientos “agujeros de plata”. Los “aviadores” –proveedores de dinero y avíos mineros- aprovechan la coyuntura económica, solventando gastos de arriesgados buscadores y bajo la garantía de sus denuncios, se adueñan de innumerables pertenencias. A medida que crecía la ciudad iba tomando una fisonomía de notables contrastes. Todo aquí era extremo. La riqueza fantástica y la pobreza extrema. Había palacetes o rancherías. No había término medio. El insoportable orgullo de la aristocracia europea y criolla alta y la rendida sumisión de un pueblo mayoritariamente pobre al que la dura férula española había humillado hasta convertirla a la dolorosa condición de esclavo. En las noches, en garitos misteriosos y cómplices, los mineros, hacendados y comerciantes, juegan no sólo dinero, sino también propiedades,  haciendas, mujeres y honras. El trabajo es implacable para los japiris, pero la borrachera también lo es; tras el cobro de sus salarios los sábados por la tarde, acuden en masa a las chinganas, bebederos populares en las que se emborrachan hasta encender dormidos ánimos de reyerta y libertinaje; luego salen a las calles gritando y buscando pendencia con los trabajadores de otras minas. Los enfrentamientos son infinitos y escandalosos con mucha sangre de por medio, con uno o varios muertos cada semana. La mayoría termina la borrachera en los burdeles, continuándola el domingo; el lunes por la tarde, se rendía y, descansaba. El martes retornaba al trabajo como si nada. Un poeta popular dijo entonces.

Si el sábado tengo plata,

                                                           el domingo me lo chupo;

                                                           el lunes duermo la siesta

                                                           y el martes ya pongo el lomo.

 

Otro ensalza la pertinacia del trago, cuando afirma: 

¡Oh! Cerro de Yauricocha,

rica ciudad bravía;

tiene doscientas chinganas 

y una sola librería.

La mita que proveía indios para el trabajo minero era el terrible medio para exterminarlos. Los caciques de las comunidades estaban obligados a reemplazar a los mitayos que iban muriendo en las minas con hombres de dieciocho a cincuenta años de edad. En esa centuria fatal, centenares de miles de hombres desaparecieron tragados por la insaciable avidez de la plata de sus explotadores.

El pobre minero quiere

gozar de su libertad;

que lo entierren no precisa,

ya enterrado en vida está.

 Estos mártires populares arrancados de sus comunidades agrícolas, eran arriados con sus mujeres e hijos con rumbo al Cerro. Las ordenanzas reales que debían protegerlos, jamás fueron cumplidas. En ellas otorgaban una protección lírica a quienes  sustentaban la economía de un reino déspota y abusivo.

“El cielo es para los hambrientos”

me han dicho en son de consuelo,

no sé si cuando me muera,

tendré fuerzas pa´ llegar

Fray Sancho quedó observándolo por buen tiempo, en silencio. Le pareció, no obstante su apariencia vivaracha, un hombre arrepentido con  suficiente experiencia vivida. Así era, efectivamente. Cuando agobiado por el peso de sus aventuras llegó ante Santo Toribio, arrepentido y deseoso de cortar su racha de mala vida, encontró todo su comprensión y apoyo. Desde sus primeros años en el seminario había sido aleccionado que para alcanzar la gloria de Dios tenía que llevar una vida de expiación y  sufrimiento hasta que los fuegos terrenales que le atormentaban se fueran extinguiendo en la fogosidad de su sangre. Él lo deseaba así. No quería que ningún vestigio de los apetitos de su cuerpo y de su carne lo conturbaran. ¡Cuánto tuvo que luchar para domeñar las ardientes pasiones que le quemaban las entrañas! En todo momento, para alcanzar la plenitud de su sacrificio huía de las tentaciones que se presentaban  en su diario deambular por el mundo, especialmente de la carne. Llegó a extremos de martirizarse con castigos corporales que le hacían mucho daño aunque atenuaban sus ansias casi incontrolables. Un día no pudo más. Cayó en la tentación del sexo. No pudo reprimirlo. Cuando vio muy cerca de él a una mujer extremadamente sensual que con sus ampulosidades y olores provocativos, le quemaban el alma, haciéndole enhiesto el deseo, cayó redondo y se abandonó en una  insaciable ola de quemantes sensaciones incomparables y pecaminosas, como bestia en celo. Mucho tiempo estuvo prisionero del deseo concupiscente con aquella mujer. Sólo cuando su libido satisfecha y agotada no lo quemaba más volvió arrepentido al redil y allí, una vez más, Santo Toribio –tras extenuantes castigos con propósito de enmienda- le ayudó a retomar la ruta abandonada. Igual le ocurrió con el juego. Las cartas, como instrumentos del demonio, llegaron a tener un encanto aberrante que lo atrajo a su mundo de irrenunciable práctica. Las monedas que llegaron a  sus manos, tuvieron el extraño sortilegio de seguir de frente, a la dilapidación de pertenencias y fortunas. No conocían límite. Aquí también –tras su aniquilamiento económico- el arrepentimiento fue sincero. Amiguero, alegre y desenfadado, después, fue ganado por la bebida; sus ansias incomparables lo transformaron en un dipsómano increíble. En sus prolongados estados de embriaguez, animado con su guitarra, cantaba a las mujeres hermosas y armaba grandes trifulcas. Se había abandonado  totalmente. Tal parecía que ya no tenía salvación. Un día, Santo Tomás, decidió transportarlo a un escenario que lo apartara de aquellas lacras. En cumplimiento del ofrecimiento hecho al franciscano, le asignó la novísima parroquia en la cima del mundo donde, estaba seguro, atenuaría sus correrías pecaminosas. “Te vas al Cerro de San Esteban” -le dijo- Allí se calmarán tus ardores y tus apetitos, estoy seguro, le dijo el Santo Varón. Él, elevando la voz a los cielos, musitó: “¡Ave María, deam gratia…Torre de Marfil, Rosa del Líbano….!

Ahora se sentía completamente regenerado y, muchas veces, cuando las espinas de la reincidencia lo incitaban con sus tentadoras reminiscencias, se sometía a su tortura personal con disciplinas de cuero remachados de púas que le laceraban las carnes. Así sangrante, se calmaba. Explicó que venía ejerciendo el sacerdocio desde poco tiempo atrás y que quería hacer méritos ante la superioridad para conseguir mejores destinos.  Desde aquel primer momento puso de manifiesto su ardiente deseo de trabajar por los demás. Así, pronto se ganó el respeto de los hombres de estos pagos. Trabajador como los mineros, imbuido de una fe inquebrantable los convenció para que le ayudaran a mejorar las instalaciones del novísimo templo. Empedraron con lajas toda la extensión del atrio, reforzaron las paredes del campanario, erigieron el muro perimetral del camposanto y, muy junto al templo, una pequeña habitación para su dormitorio. Su tiempo sobrante lo dedicó a la tarea de salvar almas, especialmente de los aventureros díscolos e inconformes que dilapidaban sus dineros en los garitos, burdeles y tabernas. Él bien conocía la fuerza avasallante  de aquellas lacras. Había pasado por eso.

CONTINÚA…..

EL PISHTACO

Este fue un aterrador personaje que asoló hace muchísimos años el ámbito de nuestroel pishtaco pueblo minero. Las gentes de aquellos tiempos vivían completamente aterrorizadas evitando salir en las noches en las que, según se cuenta, ejercía el imperio de su salvajismo sin nombre.

Las gentes lo denominaban PISHTACO, nombre que provenía de la palabra quechua “pishtay” que significa retacear la carne  de un animal después de haberlo matado.

Quienes lo habían visto aseguraban que se trataba de un gigante. Una bestia enorme que poseía una fuerza sobrehumana a la que nadie podía vencer ni siquiera enfrentarse para competir con ella. Que era sobrecogedor su aspecto terrorífico de gringo mofletudo, colorado, de ojos claros y greñas rubias que caían sobre sus hombros en desordenadas guedejas como melena de león. Bastaba con mirarle a los ojos sanguinolentos y legañosos, rodeados de espesas y rojizas barbas hirsutas para quedar inmóvil, pegado al suelo, sumido en un terror paralizante. Tal el pavor que producía. Además de sus ojos terroríficos lo que más impresionaba era su cuerpo ciclópeo de enormes proporciones con los que Dios podía haber hecho varias personas normales. Nunca se había visto nada igual en el pueblo minero. Sus manazas eran descomunales, provistas de una uñas negruzcas, como garfios poderosos. Sus espaldas enormes como lomo de buey. Sus piernas patizambas abiertas y cansinas que le daban una apariencia simiesca. Iba vestido con ropa minera. Los únicos que vivieron para describir su fatídico aspecto lo habían visto protegidos por las sombras de la noche en que deambulaba en busca de sus presas.

Se aseguraba que había aparecido aquella época en que los mineros extranjeros estaban desesperados por las inundaciones de sus minas. Ingleses, franceses, croatas, italianos, húngaros, polacos, ya habían hecho todo lo posible para evitar estos aniegos internos pero ningún procedimiento lo evitó. La desesperación cundió hasta obligar a muchos a pignorar sus minas a precios irrisorios ante los “aviadores” italianos que en un santiamén se adueñaron de ellas enriqueciéndose  notablemente.

Aseguraban los aterrorizados testigos de sus andanzas que el modo de actuar del “pishtaco” era el siguiente: Esperaba, aprovechando las sombras de la noche o la soledad de los parajes solitarios durante el día, a hombres o mujeres que se aventuraran a desplazarse solas para atacarlas sin  piedad. Las aprisionaba con sus brazos descomunales inmovilizándolos hasta dejarlos sin resuello, luego, de un solo tirón les quebraba el cuello. Una vez muertos transportaba el cadáver sobre sus hombros  hasta una cueva de las alturas de  “Shuco”. Allí utilizando sogas y resistentes tablones, colgaba el cuerpo atado de las piernas. Inmediatamente, debajo del cuerpo encendía una  gran cantidad de velones y cirios que, por su número, originaba un sofocante calor que conseguía, tras largo tiempo, la caída de un fino aceite que caía sobre unos recipientes debidamente colocados debajo del cadáver. Ese era el motivo del crimen. Conseguir ese aceite, que a decir de los entendidos, no sólo era muy fino sino el único que podía hacer funcionar a la perfección cualquier tipo de máquinas, especialmente las traídas por un inglés para desaguar las minas cerreñas.

el pishtaco 2Se aseguraba, para dar más patetismo a los relatos, que después de embotellar el aceite que no era poco, el “pishtaco” se comía los restos del cadáver como única manera de conseguir impunidad. Con especial fruición le extraía los ojos, la lengua y el corazón para que no delate a los brujos el lugar del sacrificio, enmudeciéndole para que no rebele donde había muerto, ni dónde ni quién era. De esa manera conseguía la impunidad.

A partir de entonces, la historia del “pishtaco”, viajó por gran parte de nuestro territorio llevado por los obreros que habían trabajado en nuestras minas. Se extendió desde la zona de Conchucos hasta Huancavelica y una parte de la selva, zona de influencia de las nuestras minas. En aquellos lugares las gentes ya no caminaban de noche por las solitarias calles por el terror de lo que se contaba.

EL ILLA

(Ilustración del maestro Dionisio Torres)
(Ilustración del maestro Dionisio Torres)

El misterioso legajo que contiene la descripción de encantamientos, hechizos y sucesos extra normales, es y ha sido desde siempre, guardado con  especial recogimiento por los viejos curacas lugareños. Dentro del envoltorio mágico del Garashipo (Antiguo códice lugareño) el lugar preferente está ocupado por el mágico poder del Illa. De él dicen sus custodios:

“En la brumosa hora que fluctúa entre la culminación de la noche  y mágico instante del amanecer, aparece el illa. Los manantiales constituyen su escenario preferido. Los animales le ven claramente –los únicos que están facultados para ello- por eso el mugido de una vaca o el balido de una oveja, anuncian que está llegando”

“Es en ese momento propicio –dice le tradición– uno debe ir silenciosa y respetuosamente llevando un poco de sal en la mano izquierda para arrojarla  sobre el manantial en el momento oportuno. En ese brevísimo instante, quieras o no, tú sentirás una fuerza de poder milagroso que, entrando por tu cabeza, se apodera de todo tu cuerpo, de tu “Yachag” o poder interior. Es el Illa”. -Afirma el “Garashipo”, código ancestral que contiene la sabiduría de nuestra raza-. Continúa con su explicación y remata: “Es la energía mágica que nos llega del cosmos para aumentar nuestra capacidad.  Irrumpe en nuestra vida desde la oscuridad de la noche para ser la luz del día astral que nos iluminará  poderosamente. Es el momento del nacimiento en que se sale de la paccarina o fuente matriz  hacia la luz. Eso lo saben los viejos aunque no lo digan. Son madrugadores porque saben que el Illa llega con el Punchao, primeros rayos de sol que irrumpen en el momento que la noche deja su espacio al   día. Esta es la razón porque nuestros viejos, para poder recibirlo, se levantan antes que el Punchao haga su aparición. Esa energía cósmica ayuda a reflexionar y captar mejor las enseñanzas del mundo. Por eso es que nuestros antepasados lo veneraron y ahora son los viejos los que guardan este culto”.

“Se recomienda -como hace milenios- que hay que esperar los primeros  rayos con la mirada dirigida a las montañas donde emerge el sol. Cuando hace su aparición, se debe inclinar la cabeza, reverente. Por la parte superior del cráneo entrará una ráfaga de luminiscencia inigualable mediante la cual se obtendrá el conocimiento que es la iluminación, el saber. Es el Illa. Este es un ritual espiritual que nos enseña la humildad y el respeto a la vez”.

“Ese instante es sagrado. Al comienzo de la jornada, como una luz resplandeciente colmada de magníficos colores, alegrará  nuestro espíritu en la mejor de las formas. Nuestras ideas serán más claras, nuestros proyectos más fáciles de realizar y nuestro entusiasmo se hará abrumador. Por eso el hecho de entrar en  meditación es conocido con el nombre de, Illay, en quechua. En todo caso, el Illa debe sentir que tú lo estás recibiendo con afecto para que sea tu compañía y no tu prisionero”.

“La fuerza del Illay tiene tal magnitud, que todo lo que hagas estará coronado por el éxito. La ganadería se hará próspera y las enfermedades jamás visitaran a tus  animales. Esos colosales poderes lograrán que tus animales estén protegidos por fuerzas vigorosas y desconocidas. Los ladrones jamás podrán arrebatarte tus pertenencias. Habrá mucha felicidad en tu casa.  El Illa ha levantado una mágica coraza indestructible que hay que saber mantener con las buenas acciones diarias”.

La literatura folclórica

Características.-            La característica del cuento folclórico en particular y de la literatura folclórica en general, es la de ser inventada de memoria y transmitida en forma oral. Como el pueblo no sabía escribir (a estas agrupaciones los especialistas la llaman FOLK) inventaron sus relatos teniendo como personajes, no sólo a seres humanos, sino también, animales, ríos, plantas, montañas, etc., y lo cuentan por lo general, no a una sola, sino a un grupo de personas. Y el que crea el cuento –hombre o mujer- que más tarde va a ser asimilado por el pueblo, hace lo que un escritor al crear una obra literaria. No hay diferencias. El hombre del pueblo crea una historia para orientar a sus oyentes, para exaltar lo bueno y lo bello; para enseñar a respetar las reglas que se dan en su grupo humano; para explicar el origen de las cosas; el premio para el bien y el castigo para el mal. El mismo motivo tiene, conforme lo podemos comprobar, la literatura escrita. La distinguida escritora, Aurora Díaz Plaja, nos dice: “Antes de decir lo que caracteriza a un cuento popular, debemos decir lo que no es. No es cuento literario, puesto que carece de autor, cierto, individual; es obra anónima y colectiva. No es tampoco infantil aunque haya agrupado las más bellas compilaciones de cuentos infantiles. Grimm y Perrault, tuvieron que limar asperezas. Por ejemplo, LA PIEL DE ASNO, unida a LA VIANDA QUIERE A LA SAL, se puede llevar a la mente infantil y sin embargo la creación auténtica tiene un tono no apto para el niño”. (9)

El escritor Roger Pinon, que ha trabajado intensamente en el cuento folklórico, nos dice: “El cuento es un relato puramente estético (…) hace olvidar completamente la experiencia real por el poder de las palabras (…). El cuento es pues, épico, novelesco, subjetivo, maravilloso, irreal, indiferente en el sentido moral; literariamente es un todo labrado con energía, limitando su acción social a dar ejemplos y en casos más raros, advertencias”. (10)

Jaime Rest nos señala como característica del cuento folclórico: “…creación anónima, popular, tradicional y oral.” (11). La definición más usada a ultranza es la que sostiene: “El cuento es una narración fingida, corta, ingenua y fácil, ya cómica, ya fantástica, de la cual puede desprenderse una enseñanza”.

Así, el cuento viene a ser para el folclorista o el antropólogo, el valioso retrato de un grupo social determinado. Mediante él, se puede descubrir e informarse cómo son las costumbres de sus gentes, qué piensan del bien y qué piensan del mal; qué piensan de Dios, del amor, de lo extraterrestre, etc. Es decir, no sólo el científico, sino cualquier curioso podrá descubrir la imagen clara del pueblo. Por eso es interesante la literatura folclórica.

BREVE HISTORIA DE SU ORIGEN Y EVOLUCION. – Convencidos que no se puede señalar con precisión el origen del cuento, podemos decir basados en los últimos estudios de Antropología y crítica literaria, que los cuentos más antiguos pertenecen al siglo XIII o XIV a. C. en Egipto, superando en antigüedad a los de la India y otros países que inicialmente se suponían eran cuna del cuento.

En la célebre obra del egiptólogo francés Gastón Máspero, titulado: LOS CUENTOS POPULARES DEL ANTIGUO EGIPTO, se halla la más grande colección de cuentos conocidos hasta hoy, entre los que se revelan notables antecedentes de  LAS MIL Y UNA NOCHES, ROBINSON CRUSOE, SIMBAD EL MARINO, y otros igualmente sobresalientes, describiéndose una serie de costumbres populares que ilustran la manera en que vivían.

El antropólogo Franz Boas –una de las mayores autoridades en el estudio del cuento folclórico- dice que éstos demuestran que por lo general se manejan con sucesos que pueden ocurrir en toda sociedad humana, con pasiones, virtudes y vicios propios del hombre. A veces estos sucesos resultan sumamente plausibles, pero con mayor frecuencia revisten un aspecto fantástico y una índole que no puede tener origen en la experiencia, sino que debe interpretarse como consecuencia de la relación existente entre la imaginación y el hecho cotidiano. Los productos de la imaginación constituyen la mera reproducción de las experiencias oníricas, aunque se basen en ellas; son resultados de ensueños que juegan con ellas y que se apropian de su tono emotivo. Nos invade un deseo ardiente y nuestra imaginación nos permite ver la satisfacción del deseo por imposible que sea. Un suceso nos produce asombro y en la imaginación los elementos que suscitaron nuestra sorpresa son exagerados. Nos amenaza el peligro, y su causa asume el aspecto de tener poderes extraordinarios. En todas estas situaciones, la experiencia real puede resultar exagerada o transformada en su opuesto y de tal modo lo imposible llega a concretarse.

En todo caso, es necesario señalar que, la invención de los cuentos tradicionales han debido ser creaciones individuales, pero esa paternidad ha ido cayendo primero en el olvido y luego en el desconocimiento total a medida que el grupo social lo incorporaba a su acervo colectivo y las modificaba sin vacilaciones cuando lo creía conveniente y los perpetuaba a viva voz a través de las generaciones. Estas narraciones han quedado como testimonio de que el hombre, desde tiempos inmemoriales, ha poseído una disposición psicológica muy honda y espontánea que lo lleva a referir historias del mismo modo cómo lo impulsa a estructurar los ritmos del verso, del canto y la danza. El estudio de esta actividad fabuladora ha suscitado considerable interés en la erudición antropológica y ha permitido una sistematización de las características que posee el cuento basado en el objeto de los incontables relatos que se han ido recogiendo en las más diversas regiones del planeta. Con el auxilio de tales indagaciones ha sido posible extraer observaciones generales sobre la estructura y el estilo de la narración folclórica, enfocando los rasgos distintivos de los personajes, el empleo de elementos mágicos, la presentación del medio social y la naturaleza de los procedimientos artísticos. Finalmente, una de las cuestiones que ha suscitado mayor atención, es la que se refiere a la clasificación de estos cuentos, de acuerdo a pautas que redujeron la inmensa marea de narraciones a un número de categorías comparativamente limitado que, a su vez puede subdividirse en: historias de animales, relatos maravillosos, temas religiosos, asuntos novelescos, episodios de bandidos y ladrones, referencias al diablo burlado, alusiones a sacerdotes, anécdotas y relatos chistosos, cuentos de embuste, cuentos de fórmulas, cuentos de chascos y aspectos no incluidos en las variedades precedentes. Por supuesto, las categorías señaladas no agotan las peculiaridades del género, y en particular habría que añadir las múltiples variaciones sugeridas como consecuencia de la combinación de elementos.

Desde épocas remotas se observa una tendencia a fijar por escrito las narraciones tradicionales y, de tal forma, a trasladarla a un plano letrado en el que  logrará perpetuarse, si bien con el sacrificio de ciertas peculiaridades específicas de su anterior naturaleza oral, cesa a capacidad de transformación que poseía el asunto relatado y, por lo general, el autor de la trascripción introduce alteraciones en la anécdota que tienden a realzar su valor artístico, en perjuicio de su autenticidad como testimonio popular y colectivo. Sin embargo, aunque estas circunstancias disminuyen el valor científico de la trascripción, de tal manera se ha rescatado importantes piezas, que de otra manera se hubiese perdido irremediablemente.