LA CUEVA DE LAS CALAVERAS (Leyenda)

la cueva de las calaverasAproximadamente a dos leguas del asiento minero de Atacocha, a la vera del camino de herradura que lo une al Cerro de Pasco, puede verse una caverna de regulares dimensiones que lleva el lóbrego nombre de: “La cueva de las calaveras”. Para explicar su origen, el pueblo ha mantenido -generación tras generación- el relato que hiciera un sirviente negro, testigo único de un espeluznante fratricidio de tres hermanos

Estos tres jóvenes hermanos –cada uno peor que el otro-  eran hijos del más poderoso y diligente minero cerreño del siglo XVIII, don Martín Retuerto. Sus inmensas propiedades habían crecido tanto que bien podía decirse que era el dueño de la Ciudad Real de Minas. Sin embargo, los frutos que le prodigara la fortuna no estaban parejos con los que la naturaleza le había deparado. Cada uno de sus hijos y los tres juntos eran la encarnación de todos los vicios aposentados en esta nivosa comarca. Lujuriosos, bebedores, tahúres, mentirosos, tramposos, cínicos…

La pertinacia de un trabajo agotador que le hacía pasar horas enteras dentro de los socavones, mató al viejo Retuerto. Un día fue encontrado exánime sobre los metales que había acumulado. Sus ojos abiertos en una terrible interrogante de la nada, resaltaban en su rostro cianótico y barbado. Nadie le lloró. Es más, los tres malandrines dispusieron que fuera inmediatamente sepultado en el campo santo  de Yanacancha. Los rivales del viejo difunto ¡Cuándo no! se apresuraron a ofrecer reluciente monedas contantes y sonantes por las pertenencias mineras. Ni cortos ni perezosos los tres “deudos” pignoraron yacimientos, ingenios, lumbreras, malacates, herramientas, mulas, avíos, etc. a “precio huevo”, ante la admiración general. Total, los “herederos” estaban felices de haberse desligado del rigor paternal que los hacía inmensamente ricos.

Como es fácil suponer los dineros de la venta no duraron mucho. Pronto se esfumaron en sedas, afeites y joyas con las que emperifollaron a sus “queridas” en báquicas reuniones regadas de chatos de manzanilla, jerez español, coñac, champañas y vinos franceses con los que celebraron a sus amigotes; en las escabrosas sesiones de depravación con las más afamadas hetairas de aquello tiempos y, sobre todo, en los verdes tapetes de los garitos cerreños en los que, sin retirarse de sesiones de días enteros, alternaban en rocambor, trecillo, veintiuno, briscán, criba, cu-cú, imperial, mus, monte, siete y medio, póker, tute, etc. Siendo expertos en oros, copas, espadas y bastos, encontraron a más diestros que ellos. La experiencia la pagaron muy caro. En poco tiempo, como es de suponer, quedaron con los fondos esquilmados.

Así las cosas, en la idea de que un matrimonio ventajoso los sacaría de la ruina final, partieron a la muy noble Ciudad de los Caballeros del León de Huánuco y, una mañana, muy de madrugada, el pueblo los vio salir en compañía de su único y fiel criado negro.

Cuando los viajeros se hallaban muy cerca de donde más tarde sería Atacocha, fueron sorprendidos por una fuerte ventisca que los hizo cobijarse en una caverna que hallaron a mano.

Ya dentro, con el criado cuidando de sus cabalgaduras a la puerta, decidieron echar una mano de dados en tanto la tempestad amainara. En vano. La nieve siguió cayendo toda la tarde. Cerrada la noche encendieron dos viejas lámparas mineras que las colgaron de las paredes del antro; extendieron una frazada sobre la rocosa superficie y, en este improvisado tapete, apuraron los vaivenes de un lance.

Las horas transcurrieron implacablemente silenciosas, pero cargadas de una tensión cada vez más sombría y amenazadora.

Codiciosos y taimados “timberos”, se enfrascaron vehementes en el torbellino del juego. Las bolsas con sus contenido argentífero cambiaba de dueño a medida que la blancura cubría los campos; los dados, en sus caprichosas variantes numéricas fueron señalando alternativamente la suerte de los jugadores.

la cueva de las calaveras 2Clareando ya el día, el mayor había logrado adueñarse de las bolsas de sus hermanos que al no tener más que apostar, pusieron sus relucientes puñales sobre el improvisado tapete. Era lo único que les quedaba. En el postrero y definitivo lance, nuevamente la suerte sonrió al mayor. Fue lo último que logró en el juego. Cuando estuvo a punto de coger sus ganancias, los menores lo atacaron a puñaladas. Con los ojos enormemente abiertos por la sorpresa del ataque; la boca torcida en un truncado grito de protesta, cayó desangrándose inconteniblemente.

Dueños ya del codiciado pozo, comenzaron el reparto; pero avarientos, ansiosos de poseer cada cual todo el caudal jugado, se enfrascaron en una agria discusión que desencadenó una brutal reyerta. Con los puñales en ristre, ciegos de codicia y obnubilados de ira, fueron tasajeándose uno al otro, hasta que, exangües y agotados, ambos cayeron definitivamente abatidos. Los tres murieron cosidos a puñaladas.

Mucho tiempo después, los cadáveres fueron encontrados por la gente piadosa del lugar y los enterraron en la misma caverna. Transcurridos los años y ante la negra leyenda que decía que en las noches vagaban gimientes los esqueletos de los hermanos, los lugareños separaron las calaveras de los cuerpos y las colocaron en unos agujeros de la pared, a manera de hornacinas, en donde hasta ahora se hallan. A partir de entonces, los que se atreven a transitar por aquellos andurriales, aseguran que se oyen desgarradores gritos, maldiciones y execraciones. A la medianoche aparecen tres espectros condenados que lloran inconsolablemente.

La confesión hecha por el criado en su lecho de muerte, ha permitido que el pueblo llegue a conocer este espeluznante suceso. Ahora ya nadie transita por aquel lugar maldito.

LOS TRES TOROS Por Lucrecia Dalguerre de Paiva

La autora que presentamos a continuación, es la esposa del doctor Paiva, Juez de Primera Instancia en el Cerro de Pasco y madre de la primera reina de belleza de nuestro Colegio Nacional Daniel A. Carrión, que durante su estada en el primer lustro de los cincuenta, recoge ésta y otras historias que ha publicado en varios medios de difusión. Nos es grato considerar este relato porque viene a constituir una hermosa variante a la historia vieja que nuestros abuelos nos narraron.

los tres torosEl gran hundimiento que se nota al costado derecho de la bajada de Santa Rosa, en el Cerro de Pasco, era un enorme cerro del mismo nombre, que tenía como particularidad estar cubierto de abundante pasto que se extendía hasta los cerros aledaños.

Este campo era la ambición de los pastores de ganados de la región, en especial los del pueblo de Pasco, que en la época de sequía o de continuas heladas tenían que emigrar a otros lugares, arreando sus rebaños, en busca de mejores pastos. Pero quienes pretendían cruzar los límites del cerro Santa Rosa se atemorizaban por el riesgo de perder la vida ante la feroz embestida de tres enormes toros de filudas astas; uno de color rojo anaranjado, otro de blanco nieve y un tercero negro carbón. Cual centinelas alertas salían los tres toros a merodear por las faldas del cerro en espera de todo ser humano o animal que se aproximara, los que eran despedazados y después consumidos por las aves de rapiña, quedando sólo osamentas en el campo.

La noticia se había  propalado por comarcas vecinas. La misteriosa existencia de estos animales, era una continua amenaza para los que caminaban por dicho lugar y para los pastores que se aproximaban a sus inmediaciones. Crecía al mismo tiempo la codicia por al posesión del indicado cerro, que los toros vigilaban, porque el pasto de Santa Rosa podía remediar la situación penosa de los rebaños en las épocas de sequía.

Estas circunstancias hicieron que los principales de los pueblos de la región se dieran cita y acordaran hacer el “chaku” (cacería) de los toros. En efecto, al amanecer del día convenido se alistaron treinta jóvenes de a caballo, armados de lanzas y lazos, capitaneados por hombres de experiencia, y otros treinta peones provistos de hondas y garrotes, seguidos también de muchos perros. Todos se encaminaron al cerro Santa Rosa, guiándose por otros que iban llevando trompetas hechas de cuerno de vaca y tambores. El sol era quemante, eran los meses de verano. Por fin, después de una fatigosa caminata, pudieron llegar a un pequeño cerro de donde se podía divisar a distancia, como puntos, a los tres toros y por las cimas revoloteaban cóndores oteando alguna presa. Se acordó hacer el alto con el fin de que los caballos tomasen un poco de pasto, sacando también los jóvenes jinetes y los de a pie su “chuspa” (bolso de lana tejida) un poco de coca para “chakchar”, así como el tabaco que portaban en taleguitas para envolverlo en pancas de maíz y fumarlo, libando a la vez la tradicional “chakta” (aguardiente de caña), que algunos llevaban en sus cuernos de vaca.

Después de algún tiempo de reposo y llenos los carrillos de “pikchu” (bolo de coca), se pusieron a embozalar a los caballos y, prosiguieron la caminata a paso ligero, siendo divisados a una distancia de tres millas por los tres animales. Los toros levantaron la cabeza y enroscaron los rabos sobre las ancas, en señal de rabia, para acometer en seguida; pero el sonar de las trompetas, tambores y clarines, el ladrido y la embestida de los perros y los impactos de los hondazos lanzados por los de a pie, pusieron en fuga a los toros, que en desesperada carrera subían el cerro. En ese momento cargaron los de a caballo con las lanzas listas para infligirles heridas mortales. Jadeantes ascendían los caballos tras los toros. Cuando éstos ya habían llegado a la cima volvieron a huir los cornúpetas de la presencia de los lanceros. Pero al llegar a unos peñascos, el de color rojo apartándose de los otros dos, se había introducido a una cueva, llegando también a los pocos instantes sus perseguidores. Estos se situaron a los costados de la entrada y otros entraron a provocar la salida y esperaron al toro, que no fue encontrado. La cueva estaba vacía y al penetrar en ella sólo vieron un polvillo rojo con chispitas brillantes que se veían a la luz del sol, notándose también un olor asfixiante y apestoso a metal. Salieron de allí los hombres con una tosesita seca de tísicos.

Los peatones, que subían fatigados, vieron de pronto que por otra falda del cerro corrían velozmente dos de los toros perseguidos y, creyendo que había sido cogido el rojo, aceleraron la subida, encontrándose a poca distancia con sus compañeros, por quienes fueron informados de la extraña desaparición del animal. Prosiguieron en la persecución de los toros, que habían llegado a la laguna de Patarcocha. Estos toros volvieron a emprender veloz carrera hasta llegar a la laguna de Quiulacocha donde se separaron el uno del otro. El negro se dirigió hacia Goyllar y el blanco hacia Colquijirca, tomando la dirección de la laguna de Yanamate. En persecución del toro blanco fueron una parte de los de a caballo y peatones, alejándose más y más el animal, que a la distancia se veía como un punto blanco. Principiando la bajada hacia Colquijirca, se había desencadenado una tempestad de rayos y granizos, cubriéndose la pampa de nubecillas blancas que impedían ver al animal. Fue entonces cuando Quilco (Gregorio), el mayor de los hombres que perseguía a los toros, dirigiéndose a su compañero Lauli (Laurencio), le dijo: Mala seña. El “pachap suyo” (nubes de tierra) se ha interpuesto. Todo está perdido y no nos queda sino ir rastreando por la “chiura” (fangal) los pasos del toro. En efecto, en medio de la niebla, atinaban a seguir los rastros que los perros husmeaban, llegando por fin a una lagunita donde desaparecían las huellas, notándose cerca del borde turbia el agua, como si alguien hubiera removido el lodo hacia el fondo.

Algo semejante sucedía con los hombres del otro grupo, pues cuando llegaron a la actual población de Goyllar, en cuya dirección se encaminaba el toro negro, fueron sorprendidos por vientos huracanados que hacían caer las piedras de los cerros, apareciendo igualmente una densa humareda negra que se levantaba como un incendio, por lo que atemorizados por esos extraños fenómenos tuvieron que volver en precipitada fuga.

Al día siguiente, todos los indios que intervinieron en el “chaco” se habían buscado para contarse lo que sucedió. Acordaron en la reunión volver al cerro Santa Rosa para ver si habían vuelto los toros huidos; pero, cuando llegaron a los hermosos pastales ya no fueron hallados ninguno de los tres toros.

Desde el día siguiente, los indios echaron sus rebaños de carneros, llamas, y otros animales al cerro de Santa Rosa. Empezaron también los pastores a construir sus chozas, poblándose así la región.

Transcurridos algunos años, fueron descubiertas las grandes vetas de oro y cobre en el Cerro Santa Rosa, las de plata en Colquijirca y el carbón de piedra en Goyllar. Los tres toros, eran el ánima de estos fabulosos yacimientos.

ATOJ HUARCO (Leyenda)

Atoj huarcoA la vera del viejo camino carretero que unía al Cerro de Pasco con la hermosa ciudad de los Caballeros de León de Huánuco existía un puente que cruzaba el bullente Huallaga justo donde el camino entraba en un recodo estrecho y peligroso. Aquí acaeció, en tanto tuvo vigencia, muchos accidentes fatales. En la parte alta de esta fatídica curva rocosa, se podía ver muy claramente, a un zorro petrificado colgando del cuello. La tradición oral se encargó de ir transmitiendo, generación tras generación, la siguiente leyenda para explicar su extraña formación.

Aseguran que mucho tiempo atrás, sobre el farallón por donde se extendía el viejo puente, existía un pueblecito pintoresco y pacífico cuyos habitantes vivían de la generosa producción de sus chacras y la atención de su abundante ganado. Sus vidas, libres de apremios y problemas, transcurrían en medio de una apacible quietud. Las gentes muy sencillas, creyentes y trabajadoras, se trataban unas a otras con una conmovedora y estrecha familiaridad. Todo transcurría feliz y plácidamente hasta que un día, ante su asombro, apareció un grotesco personaje que fue a vivir como un demonio -heraldo de la maldad- en una sombría caverna de las alturas desde donde podía dominar ampliamente el panorama de aquel pueblo pequeño.

Su rostro fiero, sanguíneo y anguloso, tenía la viva similitud con un zorro rapaz, su pelambre rubia y completamente erizada, hacia más terrible su faz torva y tumefacta. De cuello de buey y amplias espaldas, tenía un andar simiesco con el bamboleo de sus grandes brazos y gigantescas manos. La indumentaria que cubría su cuerpo descomunal era de un negro grasiento y repugnante

Muy pronto el miedo de la gente indefensa se trocó en terror cerval. Este monstruoso engendro, aprovechando la oscuridad de la noche, efectuaba rápidas incursiones en el pueblo para llevarse las ovejas más gordas y las gallinas más grandes. Como la multitud pacífica no podía hacer nada para evitar sus tropelías, la osadía del personaje creció amenazadoramente hasta llegar sus latrocinios a plena luz del día. Por su enorme parecido físico y su costumbre de hurtar animales -ignorantes de su verdadero nombre- terminaron por denominarlo ATOJ (zorro).

  • ¡ATOJ MISHICAMUN! (¡El zorro viene¡)- era el grito que cualquier campesino largaba al ver el inicio de las correrías del misterioso personaje. En ese momento lo abandonaban todo y se encerraban en sus viviendas presas de un terror indescriptible. Los hombres, claro, se encontraban trabajando en el campo.

Entre los más asustados habitantes del lugar, había un matrimonio que tenía una preciosa hija de dieciocho años de hermosos ojos negros y grácil caminar, llamada Herminia. A la sola mención de Atoj la pobre muchacha enmudecía y se llenaba de pavor temblando como una hoja.

Sucedió que un día que Herminia se encontraba sola en su vivienda atareada en la preparación de los alimentos, horrorizada vio aparecer la figura del Atoj en el quicio de su puerta. Sus ojos como las moras se abrieron espantados en tanto su rostro capulí se tornaba lívido. Sus manos trepidantes cubrieron instintivamente sus labios carnosos y el torno armónico de sus piernas comenzó a perder fortaleza. Sin embargo, impulsada por la grave situación en la que se encontraba, reunió las pocas energías que le quedaban para propinar un empellón al monstruo y salir huyendo a campo traviesa. No fue muy lejos. Impelido por una torva y apremiante lujuria, el Atoj le dio alcance. Cuando el monstruo comenzó arrancarle las telas de su corpiño y hacer jirones sus vestiduras, Herminia se desmayó.

Cuando despertó, claramente, se dio cuenta de su desgracia. El atoj dormía a su lado muy rendido. Ni siquiera lloró la muchacha. Sintiendo todo el peso de su deshonor, rápidamente tramó su venganza. Abrazó fuertemente al atoj y se impulsó de tal manera que ambos rodaron pendiente abajo. El cuerpo de ella cayó desde la altura rompiendo la quietud de las aguas del Huallaga. El atoj sorprendido, en todo momento trató de salvarse, pero no pudo. La hierba de la que se trataba de sujetarse fue enredándose en el cuello y, cuando terminó el abismo, quedó colgando ahorcado. De ahí su nombre: Atoj huarco

Aseguran que Dios, para castigar su maldad, lo convirtió en piedra en tanto ella, yace en un mundo de paz dentro del agua; por eso cuando se mira detenidamente el discurrir del agua desde el puente, se ve aparecer la imagen de Hermicha, rodeado de una aureola de espuma, semejante a una corona de rosas blancas.

LA LEYENDA DE LA VIRGEN TAPEÑA

virgen tapeñaTodo el mundo en general

a voces reina escogida,

diga que sois concebida

sin pecado original.

Recostado en uno de los gigantescos promontorios del bellísimo valle de  Chaupihuaranga, está Tápuc., uno de los pueblos más hermosos de Pasco.  Custodiado por el legendario cerro Chumbivilcas y circundado por eucaliptos, molles y retamas, los diligentes pobladores del lugar habitan sus viviendas de quincha y barro, agrupadas en cuatro barrios tradicionales: Kayao, Huaylas, Allauca e Inga.

Es el barrio Inga, donde hace muchos años vivía un matrimonio de apellido INKA, constituido por un noble creyente y trabajador campesino, su laboriosa mujer y una única hija, alegría y contento del hogar.

La niña de muy corta edad, piadosa y esforzada como pocas, ayudaba a su madre en la delicada atención de los sembríos y los animales de la casa, en la recolección de la leña para el hogar y, sobre todo, en el cotidiano acopio de agua para las necesidades diarias. Esta obligación la cumplía puntual y cotidianamente con los primeros rayos del alba, cuando pajarillos y gallos con sus trinos y cantos estrepitosos, saludaba a la mañana.

Un día en que aparecía el sol por el oriente, alegre y retozona, partió a cumplir su tarea diaria. Al prepararse para llenar su porongo en el puquial, quedó conmovida al oír un coro de dulces voces juveniles cantando himnos muy hermosos. En el mismo instante, una luz brillante y cegadora, fue envolviendo el ambiente. Cuando levantó los ojos, vio a una bellísima mujer, todavía joven, que flotando ingrávida por los aires, la contemplaba sonriente.

Blondos cabellos sueltos enmarcaban el atractivo rostro agareno y ovalado de cejas finas y arqueadas que guarnecían los ojos claros y muy vivos.  Nariz delicada, labios delgados y encarnados, entreabiertos en una dulce sonrisa. Vestía una túnica blanquísima sobre la que flameaba un manto celeste como el cielo. Con las delicadas manos de dedos finos y alargados sobre el pecho, un pie sobre una luna de plata en cuarto menguante, aprisionaba fuertemente una serpiente que agónica efectuaba movimientos de estertor sin poder librarse de las sandalias de oro que la presionaban. La bella dama, circundada de un halo rutilante de esplendor, estaba rodeado de seis ángeles en figura de párvulos alados que portaban en sus manos, crisantemos, rosas, camelias, claveles, azucenas, jazmines, nardos, magnolias, azaleas, begonias, gladiolos, amapolas que emanaban aromas embriagadores. Sobre su cabeza una corona de doce refulgentes estrellas y, más arriba, manteniéndose en los aires, el Espíritu Santo en forma de paloma, lanzando exhalaciones de luz que alumbraban el cuerpo de la maravillosa aparición.

  • Sabe, hija mía –dijo con dulce acento la encantadora visión- yo soy María Virgen, madre de Dios verdadero. Quiero que aquí me construyan mi casa donde me mostraré piadosa madre contigo, con los tuyos y con mis devotos. Ve a tu casa y en mi nombre dile a tu padre que tengo particular deseo que me edifiquen un templo sobre este puquial. Cuéntale todo lo que has visto y oído y ve segura que agradecida te pagaré el cuidado y solicitud que pusieres…

Diciendo esto, la Madre de Dios, se elevó lentamente hacia los cielos perdiéndose más tarde entre extrañas nubes de arrebol y conmovedora música celestial.

Después de salir del éxtasis, dejando su porongo sumergido en el agua, la niña fue corriendo a su casa y emocionada relató a su padre todo lo que le había acontecido, poniendo especial énfasis en el mensaje.

Inicialmente no le creyó una sola palabra, pero fue tanta la insistencia y unción que puso la niña que emocionado porque la Virgen le hubiera elegido a él, decidió acatar la orden. Durante todo el día se ocupó de convocar a los vecinos y aquella misma noche, unidos todos en derredor del puquial de Tauripampa, rezando en devoto recogimiento, masticando coca y bebiendo sendos vasos de chichas de jora, esperaron la medianoche.

Justo en el minuto en que muere un día y nace el siguiente, unos fulgores arcanos fueron bajando lentamente del cielo iluminando como potentes reflectores los totorales del puquial. Invisibles coros de sublimes voces inundaban el ambiente justamente con la fragancia de miles de flores exóticas y bellas. Extasiados los tapeños, vieron la excelsa visión de la Reina de los Cielos aparecer fugazmente nimbada por una luz de extrañas transparencias y, luego de unos segundos, elevarse hacia el firmamento. De rodillas y conmovidos, hombres, mujeres y niños oraron reverentes con los ojos gachos y humedecidos. Cuando volvieron la mirada, vieron que la aparición se había materializado en una bella estatua entre los totorales.

Después de realizado el milagro, llevaron en procesión a la Virgen de la Inmaculada Concepción hasta Tapucruz, paraje ubicado en una frígida elevación al NO. de la población, donde habían construido el oratorio.

Al día siguiente, con la claridad del día, hombres y mujeres, llevando flores y velas, fueron a visitar a la Virgen a la ermita donde la habían dejado el día anterior. No la encontraron. Intrigados por la desaparición, se echaron a buscar con mucho empeño. No dejaron ni un resquicio sin escudriñar. Subieron a los cerros más agrestes y bajaron a los llanos más calientes sin encontrarla. La mañana siguiente fue hallada por la niña en los totorales de Tauripampa. En la suposición de que algunas personas pudieran haberla trasladado en la noche, la regresaron a su ermita. Y por segunda vez, aprovechando la oscuridad, la Virgen volvió al lugar donde había sido hallada. Cuando por tercera vez, la hicieron regresar a su capilla, juzgando que la Santa Madre era caprichosa al exigir la construcción de una ermita en el puquial; la inmaculada volvió a presentarse a la niña.

  • Veo hija mía, que mis devotos no quieren oír mi súplica.
  • No, mamita. Mi gente cree que estás mejor allá, en Tapucruz; es más seguro, por eso te han hecho tu capilla allá.
  • Yo no pedí eso, hija mía.
  • No, mamita, pero ellos creen que será imposible poder construir nada sobre el puquial.
  • Cuando se tiene fe y se quiere, todo se puede. Ve y dile a tu gente que haga lo que pido; caso contrario descargaré mi cólera sobre tu pueblo.

Fue suficiente.

Después de desecar el gran manantial de Tauripampa, erigieron la Iglesia en honor a la Virgen María Inmaculada Concepción, la que siempre derramó sus bendiciones sobre la tierra y las gentes tapeñas.

virgen tapeña 2

A partir de entonces. Ella es la matrona del pueblo de Tápuc, mismo que con gran fe celebra la fiesta patronal el 8 de diciembre de cada año.

LA CRUZ VERDE (Leyenda) -2-

cruz verde 1“Una vez los minerales en cancha, después de dolorosa extracción, se llenan los cajones para su medición y de allí se procede a su escogencia que  llaman “pallaqueo”. Este trabajo lo realizan los niños hasta desollarse las manos. Escogido el mineral, las pobres mujeres del pueblo, débiles y entecas como sus maridos, a la puerta de las minas, haciendo esfuerzos sobrehumanos proceden a moler estos minerales en grandes batanes. Sólo entonces son transportados a las haciendas e ingenios para su tratado final”.

 “Hombre, mujer  e hijo, son inicuamente explotados por los abusivos que no tienen ninguna piedad para estos seres cruelmente abandonados por las autoridades que deberían velar por ellos”.

 “El aire aquí en la mina, es tenue y frío. Cuando salen del socavón, el agua que beben, sofocados, es frígida y de temple endemoniado; la comida sin sustancia. Aquella gente minera, sin misericordia, ni clemencia, toda junta, es una viva imagen de la muerte y sombra del infierno. Y así mueren infinitos hombres, y muy aprisa”.

 Tomando aliento, imbuido de piedad y de dolor, siguió diciendo en su carta testimonial: “Así pasa esta gente gran trabajo y mueren muchos indios de enfermedad; otros despeñados; otros ahogados; otros descalabrados de las piernas; otros vomitando sangre,  y otros –los más- quedan allá dentro, enterrados; de suerte que apenas hay día  sin que ocurra algunas cosas de éstas. Y como son tantos, como dije, encerrados en las entrañas de aquel cerro, los que barretean y los que sacan los metales, en una parte o en otra, hay de continuo desgracias dolorosísimas. A mí se me quebraba el corazón de ver cuando los indios salían a comer en las bocaminas, a recibir la comida que le llevaban sus mujeres; los lloros y las lágrimas de ellas, de ver a sus maridos salir llenos de polvo, flacos y amarillos y enfermos y cansados; y sobre todo, azotados y aporreados porque no cumplieron los montones de metal que está tasado que han de llevar cada día; no hay consideración a que la veta sea dura y no pueda quebrarla, sino que le hacen que saque cinco montoncillos de metal cada día, que tendrán de ocho a diez arrobas. ¡Inhumanos, canallas, sin perdón de Dios!”.  La carta finalizaba con una imploración suprema a la superioridad eclesiástica y, seguramente, sellada con lágrimas.

Fray Buenaventura se había enfrascado de lleno en defender a los humildes japiris valiéndose de cartas, misas, procesiones, y todo aquello que estuviera a su alcance. Así, un domingo de misa solemne, desde el púlpito de la iglesia San Miguel de Chaupimarca, se dirigió a las autoridades y ricos mineros allí presentes, pidiéndoles piedad a nombre de Cristo para aquellos miserables que también eran seres humanos e hijos de Dios.

Desde aquellos tiempos, todos lo saben, los niños cerreños amamantaron con la leche materna, esta dolorosa verdad que nadie podrá negarla: La justicia jamás existió. El abuso  siempre fue una tenebrosa constante.

Las innumerables cartas del fraile caritativo y valiente jamás  fueron contestadas. Cuando finalmente le remitieron una comunicación fue para decirle que la superioridad había recibido una grave denuncia de hombres “notables” que se quejaban de su conducta inconveniente y  por lo tanto, debía hacerse presente de inmediato a su monasterio donde sería ejemplarmente sancionado.

El fraile, no podía dar crédito a sus ojos. No alcanzaba a entender la indiferencia de sus superiores, menos aún,  la iniquidad  de respaldar a  los asesinos explotadores. Pasaron algunos días y, obediente como era, determinó presentarse en su convento pero, simultáneamente, decidió plantar una cruz, símbolo del amor infinito del  cristianismo, cerca de donde especulaban los abusivos. Reunió a los japiris, barreteros, capacheros, y pallaqueros, con sus mujeres e  hijos, para pedirles con mucho amor que unidos construyeran una sólida cruz que vieran los asesinos explotadores; que su presencia fuera un constante reproche a sus abusos. Les habló con tanto celo y emoción que, unánimemente, decidieron apoyarlo.

Guiados por el  santo misionero, iluminados por mortecinas velas de sebo, hombres y mujeres, auxiliados por rudimentarias herramientas, fabricaron la hermosa cruz de la Pasión. Sólida como la hermandad que los unía; enorme como la fe que los hacían esperanzados. Para que el símbolo santo fuera obra de todos, los niños pallaqueros la pintaron de verde. Completaron la obra tallando un redondo disco amarillo sobre el que pintaron una sonriente cara regordeta que colocaron sobre el brazo derecho de la cruz: era el sol; sobre el izquierdo, una pálida luna en cuarto menguante. Del brazo izquierdo hasta el medio del soporte central, la lanza con el que Longinos atravesó el costado derecho del Salvador del Mundo; simétricamente, del derecho, un largo listón circular, en cuyo extremo superior estaba la esponja, que mojada en hiel y vinagre, se le acercara al Crucificado cuando manifestó tener sed; las dos escaleras que sirvieron para descender el bendito cuerpo  después de su muerte, oblicuamente pendientes de ambos brazos hasta el centro del soporte central; las tres sólidas escarpias de acero con los que se fijó el cuerpo; el martillo con el que se lo clavó triturando palmas y empeines; las tenazas, con las que se extrajeron los clavos; en  un cartelito blanco las letras S.P.Q.R.S. que en latín dice: SENATUS POPULUS  QUORUM ROMANUS y en castellano se traduce como: “El Senado y el Pueblo de Roma”. En la parte más alta del cuerpo central la sigla INRI, que como burla sangrienta al hijo de Dios, proclamaba: “Rey de los Judíos”. En la cúspide, al gallo; elemento indispensable en las representaciones de la Pasión de Cristo que simboliza la encarnizada negación de Pedro. En la intersección del cuerpo central, el paño de la Verónica con el  rostro de Cristo doliente.  La corona de espinas que se le colocara a Jesús como burla  al momento de la flagelación, sobre el lienzo de la Verónica. Inmediatamente después, la  túnica que el Salvador vestía en la crucifixión. Fueron añadidos: los cinco dados usados por los soldados romanos para jugarse las vestiduras del Salvador,  un largo sudario usado por Nicodemo, José de Arimatea y sus ayudantes para  descender el cuerpo; la trompeta del juicio final; la balanza en la que habrán de pesarse las almas en el juicio final; el cáliz de la última cena y la bolsa conteniendo las treinta monedas, símbolo de la traición de Judas.

Después de noches de intenso trabajo fue terminada la  hermosa cruz recargada de símbolos y esperanzas. Los sacrificados hombres mujeres y niños de la mina la habían tallado con amor y dedicación. Finalmente la pintaron de verde, símbolo de la Santa Inquisición, para recordarles sus pecados.

La víspera del viaje de Fray Buenaventura, los humildes laboreros de la mina con sus mujeres e hijos llevaron el símbolo santo al lugar previamente escogido. Era la hora del Angelus, cuando las campanas llamaban a oración y la plantaron fijamente en la parte más alta de aquel barrio cerreño, frente a la oficina donde realizaban sus millonarias transacciones los opulentos  plutócratas.

Con los primeros rayos del alba del día siguiente, cuando los laboreros entraban en los tétricos socavones, partía acongojado Fray Francisco Buenaventura, para no retornar jamás al Cerro de Pasco. Indignada la superioridad virreinal lo castigó a dura penitencia, cumplida la cual, fue expulsado del país… ¡A perpetuidad!…. Pero allí, donde la había plantado, quedaba la sagrada cruz de los mineros. Sin embargo, la fe y la esperanza inquebrantables que había sembrado en sus corazones estuvieron a punto de desmoronarse cuando se enteraron del aciago destino del santo misionero franciscano. No podían creer que semejante noticia fuera cierta. Como las plantas mueren cuando falta la mano que las riegue,  fue declinando la fe y la esperanza de los corazones. Ahora estaban ciertos que no llegaría  la justicia por la que tanto habían rogado y esperado. Muy pocos hombres y escasísimas mujeres guardaban en un recodo del corazón aquel amor inclaudicable que había sembrado el santo misionero. Sin embargo, como un milagro nuevo, comenzaron a renovar su fe y su esperanza. En las noches, cuando exhaustos pasaban por la cruz verde, de rodillas elevaban su oración por aquel que les había enseñado a orar y esperar. Pedían por ellos y su familia.

Los años fueron transcurriendo implacables, silenciosos, cruelmente rutinarios. Las inclementes lluvias de los inviernos, el granizo, la nieve, los rayos y truenos, la cellisca, así como los rigurosos soles y vientos de los meses secos, fueron trabajando sobre aquel monumento a la fe minera.  Primeramente empalideció el verde brillante de la cruz, haciéndose mustio y sombrío; después, fueron trazándose unas resquebrajaduras agrandando cada vez más sus intersticios. Los años fueron pasando. Los que la confeccionaron fueron muriendo en cumplimiento de su destino, los hijos heredaron con fe una tradición que fue haciéndose añosa.

Un día, una mujer desesperada, arrancó el largo sudario de Cristo, asegurando que si  envolvía con él a su marido descalabrado en la mina, sanaría. Otro día se llevaron la túnica; otro, la corona de espinas; otro el gallo… Así fue perdiéndose cada uno de los símbolos que las gentes llevaban como sacros amuletos. Cuando ya no quedaba ninguna réplica, comenzaron a astillar el cuerpo de la cruz. Cada japiri debía tener en su poder, siquiera una astilla. El pedazo de madero lo amparaba de los riesgos de la mina. Todos aseveraban que la cruz los protegía. Aseguraban que quien tuviera en su poder un pedazo del santo madero, estaba resguardado por la presencia de Cristo. Testificaban muchos milagros ocurridos en las negras oquedades   Finalmente, quedó convertida en un despojo esquelético y deforme, hasta que la noche aquella fue llevada al cielo en la forma que vimos al comienzo. Ese día acababa de morir en España, solo, escarnecido y desengañado, el misionero Fray Francisco  Buenaventura de Salinas y Córdova.

De aquel hermoso símbolo que la fe minera había mantenido por muchos años, quedaba el nombre, sólo el nombre: CRUZ VERDE.

LA CRUZ VERDE (Leyenda) -1-

A través de los años esta historia ha ido pasando de padres a hijos en  continuidad todavía  vigente. Habla de una milagrosa cruz de mineros que andando el tiempo le dio nombre a un populoso barrio. Un barrio querido que como toda en la tierra expoliada ha desaparecido bajo el estruendo de las explosiones y el rugido de las maquinarias.

cruz verdeLa leyenda cuenta que una antiquísima noche, cuando los tenues rayos de luna reverberaban la nieve en albura vaporosa, ocurrió un milagro extraordinario. Todo el ámbito ocupado de casas, chozas y rancherías mineras, se inundó de una melodía conmovedoramente celestial interpretada por coros infantiles, acompañada por violines, chelos y arpas. Las personas como hipnotizadas asomaron a sus ventanas desde donde pudieron verlo todo.

De una esquina de la plaza, como transportado por una fuerza invisible, un enteco y barbado misionero franciscano se desplazaba suavemente por los aires sin que sus pies hollaran la nieve; detrás de él, en la misma forma, iba una multitud de hombres cubiertos con túnicas blancas en ordenada levitación. Eran los braceros que habían muerto en las minas. Todos, formando una tropa, se arrodillaron delante de la cruz verde y pasado buen tiempo de oración, extrajeron el símbolo clavado en el suelo y, rodeados de nubes vaporosamente brillantes, la elevaron al cielo en medio de una conmovedora sinfonía celestial.

Este acontecimiento extraordinario quedó grabado en la memoria del pueblo minero con indelebles signos mágicos. Pero… ¿De dónde apareció aquella cruz?… ¿Quién la puso allí?… ¿Qué significaba aquel símbolo sacro en ese barrio cerreño?.

Ésta es su historia.

Cuando por hundimiento desaparecieron las fabulosas minas de la Villa Imperial de Potosí al comenzar el siglo XVII, dejó de contarse con  las alucinantes cantidades de plata que servían para  sustento económico de la metrópoli. En ese momento, sumamente preocupados por la desgracia, los españoles descubren con asombro, el  yacimiento argentífero de San Esteban de Yauricocha. Al nuevo emporio se le comienza a llamar: El nuevo Potosí (1626). Su explotación se hace monstruosamente   incesante.  Los querubines y milagros de las iglesias, las coronas y ex votos de los santos, los avíos de montar, los utensilios de uso casero, hasta las tintineantes espuelas nazarenas de los jinetes cerreños, estaban fabricados con el blanco metal.

A sus frías calles en formación comenzaron a llegar hombres de diferentes nacionalidades guiados por la brújula de su avidez. Los más numerosos: los españoles. Admirado de la prodigalidad de sus socavones, como una distinción especial el Rey de España lo nombra: Ciudad Real de Minas (1639). La fama del nuevo emporio minero trasciende fronteras. Al transponer los umbrales de aquel paraje temporal -el fantástico siglo XVIII- se produce una aguda crisis minera en América Hispánica. Muchas minas se cierran por la  escasez de mercurio: Huancavelica se ha derrumbado y clausurado. En otros casos la inundación de los frontones hace desaparecer las vetas bajo el agua: Guanajuato, Real del Monte, Zacatecas. Las únicas minas que en ese momento están productivas y boyantes, son las del Cerro de Pasco.  Entonces, con el fin de alimentar sus arcas, el rey de España estimula la explotación minera y comienza a legitimar bastardías vendiendo los hábitos de caballeros y títulos nobiliarios de condes y marqueses. La novedad se hace costumbre. Muchos españoles de oscuro origen, residentes en el Cerro de Pasco, se avienen a la compra de estas regias mercedes pagando significativas cargas de plata. Para ello, olvidando los más elementales principios de caridad cristiana, exceden los límites de un genocidio dantesco explotando cruelmente a los pobres indios.  El inicuo abuso comenzaba con el tiempo que los tenían trabajando enclaustrados. Cuando las luces aurorales asomaban entraban a sepultarse en esos antros asfixiantes y oscuros de donde no salían sino a la oscuridad de la noche. En lugar de alimentos que repararan sus fuerzas  les daban hojas de coca con las que los estimulaban para el esfuerzo, hasta que cadavéricos, mortalmente pálidos y sin fuerzas, caían muertos, víctimas de la anemia asesina. El consumo de la coca fue utilizado para someter a nuestro aborigen como los ingleses utilizaron el opio para someter al pueblo chino o el alcohol por el colono norteamericano para combatir  al piel roja, a los suecos para domar a los lapones y los franceses a los negros del África. Quienes no finaban por la opilación, la neumoconiosis o los accidentes fatales, morían sepultados por terribles derrumbes. A estos hombres ni siquiera  se preocupaban en rescatarlos. Eran considerados mucho menos que animales. Así sucedió en una mina. Trescientos hombres fueron sepultados vivos. Nadie movió un solo dedo por rescatar sus restos. En ese lugar quedó una tétrica cicatriz de la tierra asesina que fue bautizada con un nombre que lo dice todo: MATAGENTE.

Todos los títulos nobiliarios comprados, todas las riquezas que solucionaron las urgencias económicas de España, se sustentaban en la explotación del humilde hombre del pueblo que con sus lágrimas, sudor y sangre, amasó toda esa monstruosa fortuna. La Casa de Contratación informó que “sólo entre 1503 y 1660, llegaron al puerto de Sevilla 185 mil kilos de oro y 16 millones de kilos de plata. La plata transportada a España en poco más de un siglo y medio, excedía tres veces el total de todas las reservas europeas. Y estas cifras cortas no incluyen el contrabando”. Por aquellos años de dantesco genocidio, llega al Cerro de Pasco, como enviado por Dios, un fraile franciscano, -alto, cenceño, tez agarena y mirada beatífica pero penetrante-: Fray Buenaventura de Salinas y Córdova.  Con el fin de conocer su realidad y alentar con sus palabras a los   esforzados laboreros, fue a visitar una mina cerreña. ¡Quedó estremecido de dolor! Gruesas  lágrimas enturbiaron sus ojos claros cuando presenció las primeras escenas del teatro del horror. Seres cadavéricos y desmedrados como espectros de otros mundos, sacando y subiendo pesados costales de cuero a las espaldas; silenciosos, resignados, autómatas; extrayendo los minerales que enriquecían a sus verdugos. Reverentes y de rodillas, los japiris besaron sayal,  cordón y  crucifijo. Los ojos, casi sin vida, eran un ruego implorante, una súplica suprema. Fray Buenaventura, venciendo el imperioso mandato de su corazón, de abrazarlos y echarse a llorar,  los bendijo con amor, y a partir de ese momento decidió  denunciar estos abusos a la superioridad eclesiástica y virreinal. Programó sus piadosas visitas diarias al humilde aposento de los pobres, buscó toda la ayuda material posible para alcanzarles, pero sobre todo, les llevó su palabra de consuelo y comprensión; unió con el sagrado lazo del matrimonio a los amancebados, bautizó amorosamente a los niños habidos en estas uniones y les enseño a confiar en el supremo auxilio de Dios.

Después de recoger estas fatídicas vivencias, escribió una extensa  denuncia a la superioridad de su convento.  Este documento testifica la monstruosa inhumanidad de los explotadores. En uno de los párrafos decía: “…es lástima ver a los indios de cincuenta en cincuenta, y de ciento en ciento, ensartados como malhechores en ramales y argolletas de hierro; y las mujeres, los hijuelos y parientes que los despiden, dando alaridos al cielo, desgreñándose los cabellos, cantando en su lengua endechas tristes y lamentaciones lúgubres, despidiéndose de ellos, sin esperanza de volverlos a recobrar por que allí se quedan y mueren infelizmente en los socavones. Aquí se ven las ventas de las mulas, los empeños de los vestidos y todo lo que tienen; y lo que es más de sentir, por este tiempo, es que empeñan y alquilan a sus hijas y mujeres a los mineros, a los soldados y mestizos a cincuenta y sesenta pesos, por verse libres del trabajo de las minas. Y ahora escribe un clérigo sacerdote y cura, que habiéndole sacado un soldado de la iglesia, a donde se había venido a recoger una india muy hermosa de diez y seis años, fue a pedir al cura auxilio de justicia, y decía: Señor Corregidor, Isabel (que así se llamaba la india) está empeñada en setenta pesos que tengo de su padre que libré de la mina y hasta que la saquen y devuelvan mi plata, no la tengo que entregar, sino servirme de ella. Y así la dejó llevar el corregidor a su albedrío, llorando la india, diciendo que aquel español quería por la fuerza estar amancebado con ella; que como no le valía la iglesia y habiendo nacido libre en su tierra, la hacían esclava del pecado”. Conmocionado de dolor y cargado de esperanzas por encontrar comprensión y apoyo de sus superiores, el fraile siguió escribiendo:  “Habiendo llegado un indio que volvía de la mina a ver a su mujer y sus hijos y descansar en su tierra, halló muerta a su mujer, y a los hijuelos de edad de cuatro a seis años en la casa de una tía suya. Llegó tras él, el curaca, y queriéndolo llevar otra vez a la mina, le dijo “Bien sé que te hago agravio, pues acabas de salir del socavón y te hallas viudo, y con dos hijos que sustentar; flaco y consumido del trabajo que has pasado; pero no puedo más; porque no hallo indios para la mita, y si no cumplo el número, me quemarán, azotarán y beberán mi sangre; duélete de mí y volvamos a la mina”. Respondióle el indio a su curaca: “Tú eres el que no te dueles de tu sangre, pues habiéndome tocado el polvillo ya no puedo respirar y hallo muerta a mi mujer, y con dos hijuelos que sustentar y ropa que vestirles, me haces el agravio”. Y no surtiendo ningún efecto en el curaca la razón y la justicia de este indio; cogió a sus dos hijuelos y los sacó a una legua del pueblo, y abrazándolos y besándolos tiernamente, diciéndoles que les quería librar de trabajos que él pasaba, sacando dos cordeles, se los puso en las gargantas y hecho verdugo de sus propios hijos, los ahorcó de un árbol y cuando llegó el cura con el curaca, un cuchillo de cocinero, se lo clavó en la garganta, entregando su alma a los demonios por verse libre de la opresión de las minas. Y lo mismo hacen las madres, porque pariendo varones, los ahogan”. La carta tiene muchas páginas de denuncias dramáticas. En otra dice refiriéndose al trabajo en las oquedades:  “Bajan al interior de la mina por estrechísimas galerías que siguen a las vetas por donde éstas fueran. Son galerías horrendas, húmedas y pestilentes, sin ventilación alguna, inundadas por el aire corrupto del aliento y sudor de tantos cuerpos que allí trabajan, del polvillo picante de los metales; el espeso y acre humo de las velas de sebo que utilizan. A estos estrechos socavones  bajan por medio de toscas graderías trabajadas con quinuales o piedras por donde los hombres casi agónicos discurren de rodillas”.“Cada grupo que trabaja en una mina, está integrado por doce hombres. Delante van dos barreteros provistos de sólidas pértigas de hierro de 18 pulgadas de largo y 25 libras de peso, y un pesado martillo de plomo de 25 libras. Estos hombres quiebran las rocas a pulso y son los que siguen a las vetas. Una vez fracturadas las piedras al interior de la mina, entran los fleteros llamados capacheros, quienes siguiendo penosamente por todas las tortuosidades de la mina, salen por las medias barretas con sus capachos llenos de mineral a las espaldas, apoyándose en una cuerda tendida en las paredes o de palos de forma de estacas clavadas en las paredes de la mina”. “El  Japiri, llamado capachero, tiene por atuendo un grueso  gorro de cuero en el que va atado una vela de sebo para alumbrarse el socavón. Chompa y manguillas de lana de llama. En las piernas, gruesas rodilleras de cuero de carnero, que les permite trabajar de rodillas –como si fueran condenados a trabajos forzados- llenando y transportando las bolsas de cuero de una capacidad de cien libras de promedio, llamados capachos. Los minerales se llenan utilizando las paletas de las mulas muertas, a guisa de palas”. “Mientras los hombres realizan su trabajo, son estrechamente vigilados por el sanguinario capataz que, premunido de un largo zurriago, acelera a golpes el avance de los trabajos. A la puerta de la mina hace estallar soberbio, una y otra vez, como tétrico reloj de abominación, el largo zumbador que no pocas veces se tiñe de sangre inocente de los indios”.

PATARCOCHA (Leyenda)

PatarcochaMuy arriba del macizo andino del Perú, a casi cinco mil metros, donde el viento aúlla en el gélido imperio de las nieves en el que actualmente se halla enclavada la capital minera del Perú, vivió el venerable cacique Patar, jefe de la tribu de los Yauricochas,  alternando el pastoreo con la caza y la incipiente minería.

La vida de su gente ha quedado grabada para siempre en los anales de la historia peruana; no sólo en los nombres que perviven en los pueblos, ríos, aldeas, ventisqueros, lagunas y numerosísimas minas, sino también en las memorables tradiciones de su noble e inextinguible raza.

Aquellos tiempos, cuando el brillo del imperio incaico declinaba, Patar, el patriarcal curaca, cargado de años y experiencias, sintió el acecho de la muerte en silencioso merodeo por su choza. Temeroso de que la parca lo sorprendiera en posesión de sus agüeros y sus sueños, convocó a toda su gente y con gran parsimonia las preparó para darles una dolorosa noticia. Su rostro, surcado por  profundas arrugas, se contrajo en un rictus de odio y dolor. Su mirada era triste, su voz grave, y en aquel momento de íntima comunicación, comenzó diciendo:

  • Voy a morir siguiendo la marcha inexorable del sol de la vida. Siento que nuestros antepasados me llaman y yo tendré que obedecer. Sólo las piedras son eternas. Por esta razón los he reunido para mostrarles las profundas heridas de mi corazón. Escuchen estas que son mis postreras palabras para ustedes.

Aspiró con fuerza los escasos átomos de oxígeno del ambiente y aclarándose la voz cascada, continuó diciendo:

  • No olviden que nuestra “llacta” está rodeada de encarnizados rivales. Siempre será así. Al levante están los Panataguas ocupando la sofocante y misteriosa región del Rupa-Rupa; al poniente están los Huancho; al norte, los Yachas y los Chupachos; por el sur los Chinchaycochas; pero sobre todo –se mordió el labio inferior, reseco y bordeado de pobladísimas arrugas, con una ira intensa que por un momento le impidió hablar; luego, blandiendo su lanza adornada de flecos y colorines, tronó- ¡De allá del poniente, vendrán unos seres extraños y barbados que cegados por la codicia, abusarán de nuestra gente y se apoderarán de nuestras riquezas!. Ustedes conocen esos metales, uno como el sol, el ccori (oro), el otro como la nieve, ccolque (plata); las que enviamos a las lejanas tierras del inca. Esas riquezas se dan pródigas en nuestra “llacta”, lejos de hacernos felices labrarán nuestra desgracia y postración.

Los cansados ojos del cacique se inundaron de lágrimas de frustración.

Hubo de inmediato un prolongado silencio. Los hombres, estremecidos por la aciaga premonición, sólo atinaron a mirarlo transfigurado de dolor.

  • Nuestros hijos, nietos, y los nietos de nuestros nietos, serán como esclavos de estos extraños, por nevadas de nevadas, hasta que la noche de los tiempos nos cubra a todos.

Mudos de asombro, los hombres accediendo a su  implorante pedido, dejaron solo al anciano. Éste, en su solitario encierro y a la espera liberadora de la muerte, se puso a llorar inconsolablemente de día y de noche, por la suerte que habrían de correr sus tierras y sus hombres. Tan copiosas fueron sus lágrimas, que llegaron a formar dos lagunas enormes. Estas lagunas, una para beber y otra para lavar, ubicadas en el corazón del Cerro de Pasco, llevan el nombre de Patarcocha, que quiere decir laguna de Patar.