AMBROSIO W. CASQUERO Escritura fundacional de la Literatura Pasqueña Por Ángel Garrido Espinoza

Nos es muy grato incluir el excelente trabajo de nuestro admirado poeta Ángel Garrido Espinoza, publicado en el Nº 19 de noviembre de 1994, (pág. 32) de la revista VISION PASQUEÑA.

Ambrosio CasqueroSilenciado en la lejanía del tiempo y del olvido, Ambrosio W. Casquero Dianderas es el escritor pasqueño más completo de la primera mitad del siglo XX, y una de las voces poéticas mayores del Centro andino. De una vida intensa y desgarradora en la lucha por la supervivencia y el oficio de escribir, desde muy joven hasta sus últimos días, alterna el ejercicio de la docencia con sus oficios del periodismo y la literatura. Poeta en todo el sentido cabal de la palabra, su obra literaria discurre entre 1914 – 1942 desde los 15 hasta los 44 años de edad, en los cuales escribe más de 20 libros, que comprenden libros de poesía, prosa poética, ensayos, cuentos y novelas, todos inéditos hasta ahora, y que se conservan en cuadernos y libros artesanales cocidos a mano, manuscritos a pluma, tinta y lápiz, e ilustrados con dibujos, por el arte genial de sus manos.

Revelar su vida y su obra, ambas todavía inéditas hasta ahora, era revelar la historia fundacional de la Literatura Pasqueña, cuya escritura, preludiada por publicaciones poéticas y narrativas de escritores no-pasqueños radicados en la Ciudad Real de Minas y difundidos n los periódicos cerreños de la época, estimulados por el consiente colectivo de la oralidad andina cosmogónica y por una escritura folklórica de huaynos, mulizas y chimaychas, se inicia (hasta donde hemos podido verificar a estas alturas de nuestras investigaciones) precisamente con Ambrosio Casquero, el año de 1915, que registra, con poemas que le publica EL TRABAJO de Cerro de Pasco, al primer escritor pasqueño que publica literatura formalmente concebida (en este caso poesía) durante el presente siglo. En efecto, a partir de 1915 hacia adelante, nuestro poeta publica, año tras año, , consecutiva y consecuentemente hasta 1842, en más de 50 periódicos y revistas de Cerro de Pasco, de las ciudades más importantes del Centro andino del país y del extranjero, sus poemas en verso y en prosa, sus cuentos, ensayos y artículos periodísticos.

En vida pública sólo dos libros de poesía EL SENDERO ILUMINADO (1938) y VOZ DEL ANDE Y OTRAS VOCES (1940). Este último formó parte, según sueltos y comentarios que registra el periódico cerreño “El Minero” en junio/ julio 40, del libro inédito DE ESTAS TIERRAS ALTAS  (1934) ya conocido entonces en todo el Centro andino y Latinoamérica sin todavía haberse publicado y  cuyo prólogo fue escrito por el poeta jaujino Clodoaldo Alberto Espinoza Bravo fue publicado en México y Argentina, en 1934. Su obra poética iniciada en los sonetizares clásicos de estructura Petrarquista, transitó desde un moderno “romanticista”, Chocanesco y Rubendariano, pasando por diferentes escuelas y movimientos de vanguardia de los “10” hasta el “30” hasta el futurismo posmodernista(a lo Valdelomar) y el indigenismo del “20” al “40”, enrostrándose en su madurez, en la creación, desarrollo y difusión de una literatura y poesía nueva. LA MINERA. ALTERNANDO por  oficio de su maestría el soneto con una poesía de verso libre, vital y tonificante, a loa Walt Withman y Juan Parra del Riego, en un discurso poético y narrativo de matizada mixtura, cuyas constantes expresivas refieren al universo andino, minero y marginal del universo social pasqueño y expresan no sólo una escritura fundacional de la Literatura Pasqueña sino manifiesta y proyectan sus constantes caracterológicas hoy y desarrolladas y claramente expresas y análogamente significan una escritura fundacional de la literatura (y minera) del Centro andino y del país.

En las Bodas de Oro de nuestro departamento, como la mejor manera literaria de rendirle nuestro Homenaje, al movimiento hora cero Región Centro andino, publicamos el  un poema inédito rescatándolo de la omisión y el olvido, configurando así la Identidad Cultural y Literaria del departamento de Pasco.

 Romance luminoso del minero

(Fragmentos)

Era en las minas… y las zonas

de éstas, oscuras y profundas,

frígidas, cálidas o  tibias

-pocos hombres la conocen-

me ofrendaron todos lo tóxicos

Y aquí ya veis esta “seca

Tos”, que no me deja…

Tenaz, impertérrita y mordiente

Un palpo me da con sus fríos,

Hasta promediarse mi vida,

Y ya ubicarse en la antesala

Del reino oscuro de la muerte…

 

Lúgubres horas… evocares

De bombardas violentas, fieras,

Humo azuloso en las “fronteras”,

Candil de lamparín muriente,

Hombres que huyen a agazaparse

A un escondrijo cualesquiera,

Descargas violentas, descargas

eléctricas, instantáneas,

rompiendo entrañas del subsuelo.

Yo lo evoco. Sí, yo lo evoco:

Es la existencia de las minas.

(Del libro inédito CANCIÓN DEL MINERO

Y OTROS POEMAS, Cerro de Pasco 1935)

 Perdónenme por tomarme la libertad de hacer una reminiscencia respecto del momento en que se sepultaban los restos de nuestro excelso poeta.

El pueblo conmovido, muy conmovido, asistía a las exequias. En ese momento, por consenso, se pensó que sus restos debían descansar en una tumba especial como las que su padre había tallado en nuestro camposanto; aquel artista olvidado que en piedra viva había erigido el monumento a la Columna Pasco y muchos mausoleos emblemáticos que adornaban nuestro cementerio. A la espera de los proyectos, se los depositó en un nicho provisorio mientras durare la elección el mausoleo que la majestad de su talento creador merecía. A la espera de esta concreción se lo dejó ahí. El panteonero, en un gesto de piedad, como previendo lo que ocurriría finalmente, con una brocha estampó las letras A.W.C.D; los demás datos se completarían en la bendición e inauguración del mausoleo.

Así fueron transcurriendo muchos años. Las lluvias, los soles esteparios, el abandono y el olvido fueron borrando las letras. Las autoridades y los hombres de entonces envejecieron o se marcharon o murieron; el caso es que el mausoleo nunca se construyó. El olvido y la ingratitud hicieron el resto.

Por si alguien con sensibilidad quisiera hacer realidad lo que los de ayer no pudieron o no quisieron (No hemos perdido las esperanzas), su tumba está a pocos pasos de la puerta principal de nuestro cementerio. En el lado derecho de la calleja central, debajo de un robusto y añosos quinual que plantara don Gerardo Patiño López. Lo van a encontrar. Parece la tumba de un indigente pero no, allí reposan los restos del más grande poeta de nuestra tierra. Gracias.

El PREFECTO (Crónica de un magnicidio) (Tercera parte)

El prefecto 2
Ilustración del genial pintor peruano, Teodoro Núñez Ureta

Es lunes 16 de febrero de 1948. El agudo silbido del “pito” de las cuatro en punto de la tarde –hora de salida- convoca a los laboreros de talleres, oficinas y mina a la gigantesca puerta guardada por un torvo equipo de wachimanes. Más de cinco mil hombres encuentran a centenares de mujeres vociferantes que les reclaman represalia a la gravísima ofensa recibida en la cola de la mañana. Jóvenes y viejas de todos los barrios cerreños–muchas con el hijo a las espaldas- están ahí como un solo puño, haciendo espíritu de cuerpo, cansadas de ser ofendidas por el mequetrefe que gobierna la ciudad. Están hirviendo de furia. Provocadores gritos convocan para “arrojar de la ciudad ¡Al hijo de perra!”.

Los obreros  han formado impresionante torrente humano rodeando de irascibles mujeres que han estado esperando  por ellos. Reverberándole la ira en los ojos, una de ellas, sin poder contener más su emoción grita.

— ¡Hemos venido para que  nos hagan respetar!… ¡Ustedes son los hombres y deben defender nuestro honor!

—¡¡¡ Sííííí…!!! -un unísono coro de excitación mujeril respalda la denuncia- ¡Mucho tiempo hemos esperado humilladas y ofendidas, pero ustedes no han dicho nada!… ¡¿Son unas gallinas cobardes, o qué?!… ¡¿ Qué clase de cerreños son ustedes, ¿ahhhh?… ¡Ya no podemos soportar más!…¡¿Qué les pasa?!…¡Ahora es cuando!…¡¿ Son hombres, o qué…?!..¡Hablen!…Digan algo!

— ¡¡¡Sííííí…!!!, el rugido como cortante antífona de odio repercute en el coro; el oleaje mujeril se estremece, se agita, se agiganta. Gritos ofensivos se estrellan en los rostros sudorosos de los obreros –

— ¡Si no pueden, díganlo nomás!… ¡Ustedes nos entregarán sus pantalones y nosotros les daremos nuestras polleras!…¡Verán lo que se hace con ellos!…¡¿O no lo saben?!.. ¡¿O no lo saben, carajo, o no lo saben?!…¡¿Ahhhhhh?!. El trepidante coro de voces femeninas respalda la expresión del reto planteado.

— ¡Calma!… ¡calma!…- interviene el dirigente Luis Gabriel del Mazo-  Nosotros estamos tan indignados como ustedes, por eso que hemos convocado a un mitin de protesta contra el Prefecto que ya tiene el oficio haciéndole conocer  la determinación.

— ¡¿Serenidad?!…¡¿Calma?!…¡¡¡ Carajo !!!…¡Mitin, palabreo cojudo que nada conseguirá en tanto el hijo de mala madre se está cagando de risa. ¡Cojudos!, ¿Después de lo que ha hecho el hijo de perra del Prefecto?!!! -Una oleada monstruosa de voces se encrespa

— ¡¿Saben lo que ha hecho ese maldito hijo de mala madre…?!…¡¿No lo saben?! –La voz rebosante de furia, en momentos quebrada de emoción, respaldada por el rugido mujeril, relata lo acontecido- ¡Esta mañana, como nunca, la cola no avanzaba. Por más que gritábamos y empujábamos, ¡ni un paso adelante!…¡Era increíble!. ¡No avanzaba la cola! ¡Nada! –Virulentas las voces de las otras mujeres avalan con sus gritos cada gesto, cada palabra de la informante- ¡En eso dio las diez de la mañana en el reloj de la torre!…¡Diez de la mañana!…Desde la cinco de la madrugada no habíamos avanzado. Los cachacos que vigilaban la cola hacían como que no nos veían, como si no  escucharan nuestros gritos, como si no oyeran nuestras protestas!. ¡Ya era casi las once y teníamos que llevar el almuerzo a nuestros maridos que estaban trabajando…¡Dios mío!…¡Todas las mujeres estábamos como locas y el tiempo, como si se conchabara con los malditos, no dejaba de llover empapándonos de pies a cabeza. Todo estaba en contra nuestra… ¡¿Hasta cuándo vamos a soportar tanta maldad?!…¡¿Hasta cuándo, Señor?!- el rugido que acompaña a informante, unísono y sincronizado, es un coro bronco y vibrante de madres, esposas e hijas de mineros que como nadie sufren la terrible restricción y ahora se aleona cuando culmina su relato- ¡En ese momento, como mandado por el demonio, aparece ahí el maldito Prefecto; enorme, monstruoso, envuelto en su gabardina y su clavel en la solapa. Aprovechando su paso por la cola, la Luzmila Cajahuanca, salió de la fila y fue al encuentro del mal nacido. “Por favor, señor Prefecto -le dijo- haga algo por favor. Ya van a dar las once y no hemos avanzado nada en esta cola”. ¡¿Qué dices, india de mierda?! – le gritó el manganzón- ¡¿Qué dices, carajo…?!- remató lejos de atender el pedido; entonces enojada la Luzmila también gritó: “Ordene que nos vendan rápido”. Eso fue suficiente para que el mal nacido procediera a pegarle a la Luzmila como si fuera su marido… ¡Imagínense, pues, imagínense! – la multitud hierve de indignación, de rabia; la mujer ha transformado su iracundia en un sollozo de impotencia y exasperación que contagia a todos los presentes. Temblándole la rasgada voz, grita- ¡¿Cuándo se ha visto algo parecido?!…¡¿Ah?… ¡¿Cuándo?!…¡¿Dónde se ha visto algo igual?! Como si fuera poco, el maldito “yanagringo” la derribó al suelo y allí la siguió pateando, pateando…¡Maldito hijo de perra! –solloza- ¡¡ Lo peor es que la Lushmi está embarazada, embarazada!!!- Los hombres entonces no se contienen, gritan su indignación y ya muchas mujeres lloran desesperadas. -¡¿Acaso no tiene madre ese maldito?!…¡¿De dónde ha salido ese engendro,…de una burra… de una chancha?!…¡¿Qué clase de bestia es ese canalla?!… ¡En este momento la Luzmila está en el Hospital y ojalá no pierda a su hijo…!… ¿Y ustedes, qué?…¿Qué…? …¡¿Se van a quedar callados?!…¡¿Se van a meter la lengua al culo?!…¡Carajo!… ¡¿Les falta huevos o qué?! – un sollozo convulso, dramático que acompañan las otras mujeres ha roto el dique de ira general.

La masa obrera no quiere seguir escuchando más.

Puños en alto, dirigentes sindicales a la cabeza, la masa obrera como un monstruo gigantesco e imparable inicia el avance masivo hacia el centro de la ciudad.

Ya es imposible detenerlos, la muchedumbre formando una masa monstruosa avanza irrefrenable como una avalancha de nieve, rugiendo y creciendo cada vez más.

El estribillo del rugido de combate popular repetido unánime y sincronizado, es una reventazón de odio que fluye como un sordo bramido que retumba en las paredes de las calles por donde están pasando.

— ¡¿ Quién es el hambreador del pueblo…?! – pregunta el líder.

— ¡¡¡ El Prefecto !!! – grita la multitud.

— ¡¡¡ Quién es el abusivo…?!

— ¡¡¡ El Prefecto…!!!

— ¡¿Qué queremos del maldito…?!

— ¡¡¡ Que se vaya !!! … ¡¡¡Que se vaya!!!… ¡¡¡ Que se vaya !!!.

Es la rebelión de los desposeídos, de las víctimas sempiternas, de los que sacan con sus manos las riquezas que llenan arcas explotadoras.

— ¡¡¡ Fuera el hijo de perra!!! – ¡¡¡ Fuera el abusivo cobarde!!!…¡¡¡Fuera!!!…

—¡¡¡Honor!!!… ¡Honor!!!… Honor!!!

— ¡¡¡ Que se vaya el hambreador…!!!

La asonada no es solamente contra el Prefecto, es también contra todos aquellos malditos “engreídos hijitos de papá” que tratan despectivamente a los mineros, verdaderos hacedores de fortunas que ellos dilapidan a raudales. ¡Imbéciles!. Herederos de sus mayores, viejos rateros que esquilmaron las arcas nacionales en épocas mejores y usufructuaron robos y exacciones que la complicidad y la cobardía posterior cubrió con el polvo del olvido.

Es la insurrección de los de abajo. De los que saben que sus abuelos trabajaron de sol a sol para atiborrar las arcas de los indolentes abusivos. De los que nunca recibieron nada a cambio. De los topos sojuzgados, de los braceros ofendidos, de los despreciados, de los olvidados.

— ¡¡¡Que se vaya!!!   ¡¡¡ Que se vaya !!!… ¡¡¡Que se vaya!!! … ¡¡¡ Queremos que se vaya !!!.

Se han cerrado fondas, bares, tambos, peluquerías, bares y burdeles; todo el mundo refuerza la masa que ruge agresiva. Los centenares años de oprobio deben terminar…¡Que se vaya el abusivo!.

Los únicos seres vivientes que no se han movido de sus claustros son los presos de la cárcel, los enfermos de los hospitales y los muertos. Todo el resto de gente está congregada en la plaza principal. Comulgan una sola idea; ¡¡¡Expulsar al indeseable!!!”. Enormes nubes negras, como amenazante presagio, pincelan una interminable gama de grises en el cielo cada vez más oscuro, cada vez más amenazante.

Han esperado años, pisoteados, maltratados, soportando el exceso de los abusadores, de las autoridades como ésta, y no pudieron decir nada.

— ¡Basta! … ¡Basta! … ¡Basta!…. ¡Ahora es cuando!.

Siempre arriba estuvo un maldito como el Prefecto, aprovechándose del cargo, acicateando  sus heridas, hurgando en sus llagas… ¡Ya no más!… ¡Ya no más!… A este abusivo hay que arrojarlo como a un perro.

— ¡Fuera el matón! … ¡Fuera el hijo de perra! – Los gritos se sincronizan con el paso ligero de la marcha. Algunos alumnos del Colegio Carrión se han integrado a la turbamulta. Animando con su ejemplo y sus rugidos están las cerreñas; mujeres del pueblo, heroicas y dignas, mal vistas y peor tratadas por los abusivos. Vientres desbocados que parieron centenares de inocentes víctimas que fueron a poblar las negras galerías de la mina; madres que amamantaron a sus hijos transmitiéndoles con su leche la angustia cotidiana; madres que desde muy niñas lloraron la muerte de  abuelos, padres, hermanos, maridos, hijos, en las minas; cadenas de dolor, siempre dolor.

— ¡Que se vaya!… ¡Que se vaya!… ¡Que se vaya el mal nacido!…

Han llegado a la calle Huánuco. Desde el balcón de la casa de Guillermo Palomino trata de hablar el dirigente Patricio Chahua:

— ¡Compañeros!- El rugido de la masa de más de cinco mil  almas es imponente, monstruoso y no lo deja hablar. “!Ya estamos hartos de discursos, carajo…!!!!”. Las ofensas han ido acumulando este furioso cargamontón que hace inaudible el discurso. Las palabras ya no importan, lo único que interesa ahora es deshacerse del tirano. Todos están convencidos –falsamente convencidos- que la partida del déspota habrá de solucionar la angustiosa situación. Los dirigentes saben que esto no será así; saben también que todo el odio vengativo que ha ido acumulado en las mentes mineras ha estallado y que, en adelante, será difícil de contener.

(Continúa…)

 

EL PREFECTO (Crónica de un magnicidio) (Segunda parte)

(Fragmento del primer capítulo de mi novela EL PREFECTO en el que narramos el arribo del sátrapa que creyó estar llegando a sus dominios. Su actuación colmada de abusos y prepotencia originó una asonada popular que terminó con su muerte. Esto acaeció el lunes 16 de febrero de 1948. Fue uno de lo más negros capítulos de nuestra historia).

El prefectoLa inmovilidad de sus piernas agarrotadas por el frío, el bamboleo del carro por una carretera infame y la asfixiante altitud que comienza a agredir su cuerpo le hacen pensar en el desatino de haber desechado el coche especial que la Compañía había puesto a su disposición.  Lujosísimo, de uso exclusivo del Superintendente y algunos privilegiados del Gobierno, en el que sólo hay seis butacones mullidos forrados en cuero negro, una mesa amplia para el trabajo de oficina y un amplio diván para el descanso del jefe; el piso alfombrado, la iluminación de vistosas arañas, ventanas, correderas para que no haga ruido rodeado de un cortinaje de peluche encarnado con borlas y caireles dorados y, al rincón, baño completo a todo lujo. Un coche comodísimo al final del ferrocarril con perfecta estabilidad, ausencia total de ruido y blandura excepcional. Médico con balones de oxígeno y auxilios pertinentes, cocinero y mayordomo para atender los requerimientos del principal y sus acompañantes. De haber sabido el suplicio que causa el viaje, hubiera insistido respetuosamente ante el general, pero éste, obcecado en sorprender a los cerreños, insistió en que el viaje fuera por carretera.

Por fin, al superar el abra de Uliachín distingue numerosas torres lumbreras erizando el paisaje cerreño. Cada una de estas moles metálicas, a manera de gigantescos brocales, sujeta chirriantes jaulas con interminables poleas de acero que suben y bajan máquinas y metales, en inacabable sinfonía de chirridos. Ascensores que no dejan de trabajar en ningún momento del día o de la noche. Esta crestería de la acerada fortificación minera se yergue a la entrada de la bocamina y las 24 horas del día, traga y regurgita centenares de braceros cansados, tiznados de metal y sudor, que realizan la interminable saca metálica. La más importante y majestuosa es la lumbrera de  “Lourdes”, símbolo del capitalismo norteamericano; están también las nacionales, Excélsior, Diamante, San Expedito, Noruega, Santa Rosa, El Ebro, Mesapata, la Docena…

 

En el castillo de Lourdes,

                                               hay una jaula de acero,

                                               donde sube, donde baja,

                                               la vida del pobre obrero.

 

                                               Lamparita, lamparita,

                                               lamparita de carburo;

                                              tú nomás estás sabiendo,

                                               la vida que voy pasando.

 

                                                El trabajo de la mina,

                                          no me gusta, no me agrada,

                                                la pobreza me cautiva,

                                               para seguir trabajando.

Canta el heroico minero en su huayno triste. A la vera de las minas: los campamentos proletaria residencia de los obreros: Cuadras enormes de pequeñas habitaciones de 4×4 metros, – sala, comedor y dormitorio en el estrecho cubículo- con retretes y lavaderos de ropa en cada cuadra. En el nublado ámbito de la superficie, las fauces todavía abiertas de gran cantidad de bocaminas y, en la parte central, brillantes y tranquilas, las dos lagunas de Patarcocha: los ojos del pueblo. Rompiendo la monotonía del paisaje lluvioso la torre pétrea del Hospital Carrión, construida el siglo pasado por el Gremio de Mineros, tiene visible un enorme reloj cuyas campanadas han marcado el pulso del pueblo. Pedro Ruiz Gallo dejó esta preciada reliquia mecánica con carillones que incansables marcan los cuartos y medias horas y ejecuta la canción nacional al mediodía,  armada pieza por pieza  por él mismo.

Cuando ya está oscureciendo el Cerro de Pasco ve llegar al fatigado carro oficial con dirección a la Prefectura. Quedó sorprendido por la cantidad de gente que lo aguardaba. No esperaba esto. Cuando le abrieron la puerta del carro, levantó la cara seria, como debe ser una autoridad cabal, para que los serranos lo respeten. Fue fatal. En el primer paso del descenso sintió como si toda la sangre de su cuerpo se le fuera a los pies. ¡Arza! Sus ojos desfallecientes empezaron a ver extrañas mariposas de colores flotando delante de él. Los rostros de los notables, del cura, de los ayudantes militares… de todos, se difuminaban. Pensó: A dónde mierda se ha ido el aire… ¿Qué pasa, carajo? No vio más. Una arcada conminatoria lo sacudió; después una oleada desagradable de agua salada le invadió los belfos  jadeantes y, olvidándose de las poses protocolares que había ensayado, sin hacer caso a los saludos, a las palmadas y las sonrisas, desesperado, salvó las empedradas escaleras a grandes zancadas, abrió las puertas del baño y entrando como un poseso, dejó escapar toda la nauseabunda carga de sus revueltas tripas que no habían cesado de sonar su ventosidad en los últimos tramos del viaje. “El doctorcito Prefecto no me hizo caso, señores, –trata de justificarse el chofer-. En la Oroya ya se sentía con malestar, pero así y todo se arrimó un ponche de maca con cañazo, un platón de patasca con harto ají y papas, terminando con dos truchas fritas y, como si fuera poco, en Carhuamayo se tomó dos copones de Pisco para el frío”.

Inmediatamente el doctor Verástegui llamó al Hospital Carrión apremiando las órdenes de auxilio pertinente y al instante, con su impecable mandil blanco y su gorrita breve cubriéndole la calva llegó don Pedrito Santiváñez seguido de su equipo de trabajo, Zózimo Angulo, Máximo Jiménez y el “Muto” López, llevando un balón de oxígeno. “No, no, no” – Intervino rápidamente el doctor Norman Kelly, encargado de la dirección del Hospital Esperanza- “Tengo el encargo del Superintendente de la Compañía para trasladar al señor Prefecto al Hospital Esperanza para su atención correspondiente. Al instante la ambulancia principal de la poderosa Cerro de Pasco Copper Corporation transportaba al personaje a su alojamiento de la Esperanza.

Como era de esperarse, la noticia se expandió con inusitada celeridad por todos los confines. En la noche el chisme chinchorrero rodó de boca en boca por los cuatro burdeles citadinos; mancebías iluminadas al giorno, bullagueras y escandalosas, con su enorme variedad de tentadoras luminarias del sexo. Las esplendorosas hetairas del exclusivo “Rancho Grande”, -mezcla variopinta de idiomas extraños- elegantes en sus llamativos trajes de noche, maquilladas con finura en un escandaloso torneo de exquisitos perfumes, “Chanel”, “Atkinson”, “Guerlaine”, “Pigalle”; coquetonas y extravagantes luciendo hermosos abanicos en una tierra donde frescura es la que sobra; conduciéndose coquetas en el abrigado ambiente de fogoso hogar, mullidas alfombras, cortinajes de pana con frisos dorados, almohadones en sendos butacones de cuero, comentaban el acontecimiento del día.

Giuseppe Agostini, “Il vero capo de tutti capi” del burdel, jefe de la factoría motorizada de la Compañía norteamericana, con la voluminosa Mami sobre sus rodillas, sentencia: “Todo el que venga a este lugar, será bienvenido; sólo tiene que acatar nuestras reglas”.  Elevando la voz para que se le pueda escuchar sobre el “Blue Moon Serenade” de Gleen Miller que ejecuta la orquesta traída de Lima, la imponente pupila francesa Marion, expresa: “Como el Prefecto ha de ser uno de log nuegtos, le hemos hecho esta fiesta, pero pog su malestag lo posteggamos para otra ocasión”. Y allá, cerca de la penitente subida a la capilla de Huancapucro, debajo del promontorio que semeja un oasis por los quinuales que enmarcan una serie de casonas superpuestas, está la casona colonial del italiano Paolo Merello, legendario establecimiento que cumple tres funciones. Diariamente, a partir de las cinco de la tarde, en el patio interior concentración de jóvenes atletas, gimnastas y adónicos, para desarrollar molleros, reforzar piernas y bajar crecidas panzas. Uno que otro domingo ring de box donde se realizan espectaculares y sangrientas peleas. Sábados y domingos, “Academia de Baile”, donde argentinizados mozalbetes de chalinita blanca, gomina asentadora y sombrerito borsalino, descubren los secretos del tango y la milonga; alternan con ellos, cumbancheros de ritmos calientes de rumbas, congas, guarachas y danzones; pasodobles españoles, one steps, two steps, fox trots, swing y charleston. Y todos los días, a partir de las siete de la noche,  se ilumina como, “Rancho Chico”, concurrido y popularísimo lupanar.

Aquí están las más hermosas hembras nacionales regentadas por la brava, “Machete”, Mami del serrallo, pupila mayor que ostenta en su haber el mérito del desvirgamiento bautismal de numerosos mocosos tarambanas que, no obstante el tiempo pasado, todavía la siguen amando. Aquí la alegría no conoce límites. La orquesta hace transcurrir  las horas plácidamente, sin sentir.

Cuando se enteró de la llegada del Prefecto, la “Machete”, sentenció: “Si es tan decente como el negro Bardales, será bienvenido, si no se jode”,  palmas clamorosas de la feligresía selló la intervención para seguir bailando alegremente. Otro tanto ocurrió en el matadero de la calle Jauja, lugar maloso y temido. Aquí las pupilas son bravas y los rufianes, generalmente torvos mercachifles y comerciantes de paso, agresivos y díscolos. Todos callaron cuando la mamí, la “Culo al suelo” no quiso que comience la verba política porque sabía en qué concluiría. Imponiendo silencio dijo: “Ojalá no sea un pendejo porque de vividores ya estamos hasta la coronilla; hay que estar alerta nomás porque estoy segura que lo primero que va hacer el galifardo ése, es venir a sacarnos plata y buscar una mujer gratis”.

En el proletario, “Tambo Colorado”, -valses de estridentes tundetes, polkas amarteladas, supervivientes habaneras y huaynos, chimaychas, cuadrillas y pasacalles; muchos pasacalles- se comentó muy poco el acontecimiento. La música del arpista Elías Quinto y la bandurria del ciego Aramburucha, borró todo conato de comentario político. Los parroquianos, generalmente obreros de la mina, ya tenían bastante con las restricciones que estaban viviendo.

Continúa…

CÉSAR VALLEJO EN EL CERRO DE PASCO

Cesar Vallejo

El hogar formado por el comerciante y minero Domingo Sotil y la respetable dama cerreña Domitila Woolcott, sufrió un dramático final el 23 de julio de 1911. Aquel día fallecía repentinamente en su hacienda Racracancha, la señora Domitila,   dejando sumido en el dolor y la orfandad a su esposo y sus siete hijos. Un fulminante paro cardíaco le causó de la muerte cuando se preparaba a viajar a Lima y residir allí para conducir la educación de sus hijos. La señora Domitila Woolcott –miembro de una de las más distinguidas familias descendiente de ingleses- había nacido en el Cerro de Pasco el 7 de mayo de 1873 y, concluidos sus estudios primarios en una escuela religiosa regentado por monjas fue enviada a Lima donde estudió en los mejores colegios recibiendo esmerada educación e ilustración notables. De regreso en su tierra se unió en matrimonio con don Domingo Sotil, el 9 de abril de 1891, cuando estaba por cumplir los dieciocho años de edad. Su estadía la hizo en su hacienda Racracancha donde vivió plenamente feliz durante los veinte años de vida matrimonial hasta el repentino momento de su deceso

El trance dramático en el que se vio envuelto don Domingo Sotil por procurar una adecuada preparación educativa a sus hijos, lo resolvió trayendo a un maestro para que personalmente se ocupara de la preparación de sus tres hijos mayores. Exigente en la elección se decidió por don César Abraham Vallejo Mendoza cuya hoja de vida decía que había nacido en Santiago de Chuco el 16 de marzo de 1892. Que sus estudios primarios los había realizado en el Centro Escolar No. 271 del mismo Santiago de Chuco, y desde abril de 1905 hasta 1909, la secundaria en el Colegio Nacional San Nicolás de Huamachuco. Que en 1910 se matriculaba en la Facultad de Letras de la Universidad Nacional de Trujillo y en 1911 viajaba a Lima para matricularse en la Escuela de Medicina de San Fernando, pero se había retirado por carencias económicas. Trabaja en las minas de Quiruvilca y después en la hacienda azucarera Roma del valle de Chicama. Al año siguiente retornaba a Trujillo a retomar sus estudios universitarios. En esos momentos estaba trabajando como profesor a fin de costearse sus estudios. En la entrevista personal, don Domingo Sotil quedó conforme con la sólida preparación del profesor y, de inmediato, lo llevó al Cerro de Pasco impresionándolo vivamente. A poco de llegar, el diario el MINERO ILUSTRADO publica su primer soneto en la edición del 6 de diciembre de 1911. Entraba Vallejo en el difícil mundo de la poesía del que fue el más grande representante peruano.

                    SONETO

El día toca a su fin. De la cumbre

de un enorme risco baja el rebaño,

pastor garrido, que con pesadumbre

toca en su quena un yaraví de antaño.

 

El sol que lento cae, con su lumbre

da un tinte de misterio y de tristeza

a un campo de solemne soledumbre

La aura pasa suave. La noche empieza.

 

La choza pastoral está a la orilla

De un río de corriente silenciosa,

hila en la puerta una india candorosa.

 

Después, los labradores en cuadrilla,

Rendidos se recogen a la choza,

da la seis en el reloj de una capilla.

  VIDA E IDEAL

Juego… ¡Qué se yo de la suerte mía!

Juego…Y enervado con la alegría,

Jamás horizontes escudriñó.

¡Oh!. ¿Cuán feliz es nuestra ¡Edad de Niño!

Pero al fin salgo de esa Edad de Plata

Y nada hay que me agite y que me abata.

 

 

 

EVARISTO SAN CRISTÓVAL Y LEÓN (Una vida consagrada al arte)

Evaristo San CristovalEl 26 de octubre de 1848 nacía en el Cerro de Pasco, Evaristo San Cristóval y León, hijo del minero chileno Dionisio San Cristóval, radicado en la ciudad desde 1839, y de la dama cerreña, Ascensión León. Inició sus estudios en la Escuela Municipal de su tierra natal terminándolos en el Colegio Nacional de Nuestra Señora de Guadalupe. Inclinado al dibujo desde su infancia, demostró una marcada vocación por el estudio de las Bellas Artes, llegando a ser el más sobresaliente alumno del célebre maestro italiano Leonardo Barbieri. Lo absorbe totalmente la preocupación estética por el dibujo y la pintura y, desde entonces, una voluntad inquebrantable lo pone al servicio del arte. Contaba con sólo catorce años cuando dibuja el retrato de su profesor y unos fósiles dedicados al sabio maestro Sebastián Barranca. Dos años más tarde -1864- pinta a la acuarela un estudio anatómico en miniatura que representa a un preso con el torso denudo, que lucha por desasirse de las cadenas que lo oprimen. Cierra su actividad escolar de ese año que egresa de Guadalupe, con un cuadro que representa a un árabe con el alfanje desnudo en defensa de su hijo que está en trance de ser raptado por unos beduinos. Barbieri, con su autógrafo, aprueba con nota sobresaliente ese dibujo. Es por aquellos años que aquilatando el valor humano de su paisano Daniel Alcides Carrión, lo dibuja al natural. Es el más hermosos retrato que tenemos de nuestro mártir, su paisano.

Es a partir de esa fecha, 1864, en que se hace abrumadora su producción artística. Miniaturista sobre todo, sorprende el caudal de su obra. Sin pausas, como recomienda Goethe, pero vertiginosamente como sabía hacerlo Lope, la inmensa labor de este artista se descompone así: 720 retratos al carboncillo, 45 pinturas al óleo, 22 al pastel, 14 acuarelas y 8 dibujos a pluma, es decir un total de 809 obras. Sus más valiosas producciones son concebidas y ejecutadas entre 1870 y 1897, fecha que precede sólo en tres años a la de su muerte.

Una columna romana dibujada a la pluma, en 1869, presentada a la Exposición Nacional de 1872, premia sus miniaturas, como también los retratos a la pluma de, don Manuel Pardo, y de Racine. Es la época en que está en boga la escuela de Julién, consistente en el dibujo detallado del último pormenor, del gusto, la paciencia y la prodigalidad, buscando la captación del más mínimo detalle. Se diría que se dibuja bajo la advocación de Job; que el artista anhela hacer fotografías a pluma. Barbieri está influido por esta escuela, y en su enseñanza da idéntica orientación a sus discípulos. San Cristóval, apasionado por el dibujo detallista, acierta en esta forma de arte al camino señalado por Rosalba Carrera, Jacques Bourdier y el gran Duchesne. El retrato en miniatura del siglo XVIII, irreprochable en su factura, prende en el ánimo estético de San Cristóval. Él, como sus maestros, sabe vencer las dificultades del trabajo y llega hasta la finura y la delicadeza exquisitas.

En el retrato de Racine alcanza la perfección. Se esmeró tanto el artista en la fiel reproducción de los crespos del gran trágico francés y, lo logró al detalle. Es tan acabada la obra, que con justicia se ha dicho, que podría figurar en cualquier sala de museo y estar firmada por el célebre Schultz. En parangón con este retrato, es necesario mencionar el del profesor Eugenio Chevreul. Ejecutado en 1892, el sabio francés, reproducido a tamaño natural, se halla dictando una conferencia en la Sorbona. San Cristóval ejecutó esta obra al carboncillo y lápiz blanco, sobre papel sepia. Alcanza tal perfección que por momentos la figura parece cobrar vida y movimiento.

Múltiple es la obra meritísima del artista cerreño. No sólo en lo artístico. En la Empresa Meiggs, fue el primer dibujante encargado sucesivamente de las oficinas de la división San Mateo, de la central de Lima y, de los estudios de la Oroya a Chanchamayo. Es a él a quien se deben notables planos que fueron premiados en la Exposición. Honrosos certificados le expidieron don Ernesto Malinowski y don Enrique Meiggs.

Durante la guerra con Chille, es encargado de las Oficinas del Estado Mayor de Reserva, trabaja con perseverancia y empeño dignos de mejor suerte. Verdadero amante del arte, maestro sin tregua en la jornada, figura como exponente premiado en todas las exposiciones nacionales. Gran intuitivo, sin centros apropiados donde perfeccionar sus conocimientos, en lucha con todo género de dificultades, busca la perfección con la pluma, el carbón, el óleo, el pastel, el yeso, el cobre, el zinc y la fototipia. Su constancia y su talento sin embargo, no impiden el cumplimiento de sus obligaciones magisteriales. Fue profesor cumplido en la Academia Concha, de la que fuera fundador, también en la Universidad y en la Escuela Militar. Los contratiempos y las dificultades no lo hacen desmayar. Nuestra vieja e histórica ciudad de Lima, evocada en sus señoríos y en sus galanteos, es trasladado a la piedra litográfica. Dibujos impecables, cuanto rincón de Lima tiene algo de evocador, está ahí. Lo propio hizo con sus hombres públicos que descollaron en el curso de una centuria. Todos aquellos que quieran documentarse gráficamente en la auscultación de la pompa y el galardón de Lima antañera, forzosamente tiene que recurrir a la galería confeccionada por San Cristóval y León.

Pero este inolvidable artista cerreño, no sólo cultivaba el arte y, la enseñaba; la estudiaba también. Intacta se conserva la selecta biblioteca que formó para documentarse. La integran obras rarísimas y de un valor inestimable. San Cristóval estudiaba la anatomía pictórica de Audrán y Esquivel; la teoría del dibujo en el tratado de Leonardo Da Vinci; la pintura mística española, en la voluminosa obra de Palomino; los grandes maestros en el Tratado de Vassari; a los célebres artista del mundo y de todas las épocas, en la inigualada colección de Manjares. Una joya bibliográfica consistente en una Biblia, interpretada en 200 láminas, donde a porfía compiten las firmas de celebérrimos grabadores que inmortalizaron hace tres siglos los talleres de Leyden y Amsterdan, completó objetivamente la instrucción artística que él solo supo darse.

Pero no solamente fueron el lápiz y el pincel los que con notoria maestría manejaba el artista. Sobre la piedra litográfica su buril también fue de selección. Sombra nítidas fueron impecablemente reproducidas sobre el papel. Ni los fáciles fotograbados de hoy alcanzan la perfección de aquellos trabajos. Verdaderos modelos en su género son las litografías en negro y a cinco colores que ejecutó, por lo que fue llamado. “El Gustavo Doré Peruano”.

Muestras del privilegiado talento de este maestro, fueron sus periódicos ilustrados que tanta atención llamaron hacia fines de siglo pasado. Asociado a Manuel Moncloa y Covarrubias, Abelardo Gamarra, José Toribio Polo, Domingo de Vivero, Teodorico Olaechea y Teobaldo Elías Corpancho, editó interesantes semanarios y quincenarios como: “La Ilustración Americana”, “Revista Americana”, “El Perú Artístico” y “Exposición de Lima”. El fotograbado no existía por entonces, siendo necesario vencer grandes dificultades. El artista pudo ofrecer la más profusa y documentada descripción gráfica de los últimos años en los citados periódicos. En todos ellos colaboró infatigablemente, desfilando en sus páginas las figuras de los próceres de la emancipación y cuanto hombre célebre tenía el Perú en las ciencias, en las letras, en las artes y en la carrera de las armas. Cuanta limeña llamó la atención por su belleza y su gracia, en más de medio siglo, ocupó los suplementos de aquellas revistas. El artista supo reproducirlas con notable exactitud y fidelidad. En “El Perú Ilustrado”, asimismo, quedó también una huella imborrable de su esfuerzo artístico. En rigor es considerado, con toda justicia, el padre del periodismo gráfico en el país.

En la época en que San Cristóval se encuentra empeñado en una labor tan fatigante -1870- ya han alcanzado su plenitud, Ignacio Merino, Francisco Lazo, Luis Montero, Francisco Masías, Pancho Fierro y, Federico Torrico. De su tiempo son, entre otros, Ingunza, y Del Campo, Lynch y Effio, Abelardo Álvarez Calderón y Romeo Gago, Daniel Hernández y Teófilo Castillo. Obra fructífera también hace en la Academia Concha, a la que dedica parte de sus desvelos y sus esfuerzos. Son sus discípulos aprovechados, el gran artista Julio Málaga Grenet, Federico Field, David Mons, Leonardo Jáuregui, Enrique Vargas Portal, Garreta, Melgar, Chávez, Tambini, Váscones, Manzanares y tantos otros que posteriormente habrían de destacarse en la pintura y el dibujo al natural.

Una vida enteramente consagrada al arte fue, en verdad, la de Evaristo San Cristóbal. En una época de arte detallista, en la que el dibujo aspira a la fiel reproducción fotográfica, este artista cerreño se prodiga sorprendentemente. Como maestro y como funcionario, además, Evaristo San Cristóval es incansable. Su obra, sin embargo, rebasa todo recogimiento de Academia. Sin poder contar con la fácil técnica del fotograbado actual, él divulga el arte en los periódicos de entonces. Graba en piedra gran parte de su obra y hace por primera vez verdadero periodismo gráfico en el Perú.

El 7 de diciembre de 1900, en el umbral casi del siglo pasado, a los 52 años de edad, la muerte pone término prematuro a la carrera del infatigable artista cerreño. El colegio de secundaria del asiento minero de Goyllarisquizga lleva su nombre como homenaje a su grandeza de artista genial e inolvidable. Sin embargo, no obstante una oportuna recomendación, han omitido por desconocimiento, que el apellido del artista genial, es con uve: San Cristóval.

Un poeta anónimo que firmaba con el pomposo nombre galo de Camile de Rouvillón, publicó un adiós al notable pintor cerreño, don Evaristo San Cristóval y León, el día de sus funerales:

B O H E M I O.

(A la memoria de Evarista San Cristóval y León)

Nació para triunfar, y la Victoria

desdeñó con tanta altanería.

Fue su existencia una ruidosa orgía

y un largo sueño en perdida historia.

Nostálgico del Arte y la Gloria,

cuyo sublime Vértigo presentía

deshojó con sarcástica alegría

el laurel prometido a su memoria;

su noble corazón se hizo pedazos

al golpe rudo de su horrible suerte.

Y roto ya, los terrenales lazos,

de su brillante juventud cansado

hundióse en el seno de la muerte:

huyó del mundo y se perdió en la

nada…

Camile de Rouvillón.

PEDRO ÁNGEL CORDERO Y VELARDE

Pedro Angel Cordero VelardeDe todos los pintorescos personajes que recordaban nuestros viejos en sus amenas tertulias de club, resaltaba con luz propia el excéntrico chiflado, músico, poeta y loco: Pedro Ángel Cordero y Velarde. Cerreño, de padres ayacuchanos, había nacido en el barrio de Matadería, el mismo año en  que moría nuestro mártir Daniel A. Carrión, 1885.

Dotado de un excepcional “oído” para la música, precoz e infaltable en retretas y bullangueras celebraciones, se inició en el  redoblante para después –aplicado y emprendedor- asimilar los secretos de gran cantidad de instrumentos en las magistrales enseñanzas de inolvidables maestros. El primero de ellos, el que modeló su carácter y lo puso en el camino del éxito con exigentes enseñanzas fue Markos Bache, notable maestro croata, nacido en Dubrovnik; traído por el consulado Austro – húngaro para dirigir su orquesta sinfónica y su banda de músicos del  “Centro Musical Slavo del Cerro de Pasco”, de notable éxito desde fines del siglo XIX. Llegó a dominar todos los instrumentos de cuerda, viento y percusión; mas fue con la trompeta con la que alcanzó maestría ejemplar. Estudioso como pocos, en la primera década de nuestro siglo, lo encontramos dirigiendo a “La Cosmopolita”, Banda de Música de la Benemérita Compañía de Bomberos Salvadora No 1.

Alegre y hablantín como pocos, enteco, pequeño y cetrino como todo mestizo, tenía unos ojos juguetones e inquietos que revelaban una inteligencia notable. A medida que transcurrían los años, sus iniciales y hasta inocentes palomilladas fueron adquiriendo caracteres alarmantes. Ya no eran simples guasas, bufonadas o chistes, sino locuras que iban adquiriendo tonos que salían del carril de la normalidad. A estas actitudes fuera de tono aunque risibles para la mayoría, el pueblo las bautizó como “corderadas” en directa alusión a su apellido.

Al entrar en la segunda década del siglo siguiente, crítico mordaz e inoportuno, no perdió ocasión para zaherir y mortificar públicamente a las autoridades con sus comentarios fuera de tono y sus pullas comiquísimas que todos celebraban alegremente. Bueno, todos no; los damnificados, especialmente personas notables, no veían ninguna gracia en aquellas ocurrencias. Cansados de sus excentricidades y falta de seriedad en el cumplimiento de sus funciones, los amoscados “manda más” cancelaron sus servicios y lo pusieron de patitas en la calle. No aceptaron más sus “corderadas”.

El damnificado, por su parte, convencido de que su figura agigantada por obra y gracia de su alterado cacumen era de muy grandes dimensiones para un escenario estrechamente pequeño como el Cerro de Pasco, decidió marcharse. Un día, rodeado de gente que lo admiraba y gustaba de sus “corderadas”, largó su último maratónico discurso cargado de tristeza muy sincera en el que confesó que se iba a la capital a ocupar “el sitial al que  tenía derecho” y que si Rumimaqui –a quien tanto admiraba- no había podido restaurar el lugar de “Apu Inca” que tampoco lo había podido lograr su antepasado Juan Santos Atahualpa, él lo lograría con creces. ¡Lo juró solemnemente! Gruesos y sinceros lagrimones sellaron la despedida. Así, apesadumbrado pero decidido, partió con rumbo a Lima a ejercer el gobierno de su “ínsula baratería”.

                                                Siempre dan pena los que se quedan,

                                               siempre dan pena los que se van.

 

                                               Los que se van, se van muy tristes,

                                               los que se quedan, quedan llorando.

 

                                               Siempre dan pena los que se quedan,

                                               siempre dan pena los que se van.

Llegado a Lima se avecindó en un solar de la calle San Ildefonso en donde, deseoso de conquistarlo, conformó una orquesta sinfónica con jóvenes músicos peruanos. Diez años estuvo al frente de esta quijotesca agrupación  ofreciendo conciertos en barrios y pueblos cercanos a la capital. Se encontraba triunfante y pletórico en esta tarea cuando se produjo el terremoto del 40 que destruyó su vivienda, sus instrumentos, partituras y todo lo que poseía. Quedó en la calle. Esto agravó su chifladura. En 1942, en plena guerra mundial, afincado en una casa semi-destruida de la calle Zavala, funda la “Academia de Música Cordero y Velarde”, donde impartía clases de teoría, solfeo y ejecución de instrumentos.  El éxito que obtuvo en esta institución elevó su entusiasmo y se dedicó en cuerpo y alma a brindar lo mejor que tenía a los jóvenes que estudiaban en su Academia. Una de sus más dinámicas alumnas fue la joven soprano Rosa Aguilar que, andando los días transformó en loco amor su profunda admiración por el maduro maestro. Decidida a compartir los desmesurados sueños del artista, se casa con él. Al lado de esta abnegada y ejemplar compañera funda el “Teatro Folklórico” con el que cumple notable actividad artística. La calidad de su elenco es notable. Con Rosita Aguilar están,  Julia Peralta, Inés Oropeza, Blanca Santiago y Julio Castillo, como figuras principales, con los que preparó el montaje de las Óperas nacionales “Sumac – Ticka” e “Ima Sumacc” a llevarse a efecto en el Teatro “Conde de Lemos”. Fatalmente, por motivos económicos y de otra índole, jamás  llegaron a estrenar. Uno de sus más notables alumnos, el músico cuzqueño Alejandro Vivanco, conmovido, dice de él lo siguiente: “ Puedo dar testimonio de su calidad de músico, porque después de las lecciones de solfeo, al advertir mi curiosidad, me mostraba orquestaciones completas de música incaica de su creación para sus dramas; también rico vestuario y decorados. En cada ocasión se sentaba al piano de cola y me hacía oír las arias y pasajes que a su criterio eran los más interesantes. En esa ocasión me obsequió sus dos partituras editadas: “Himno a la Redención Peruana” y “Daniel Alcides Carrión”, poema musical dedicado a su paisano.”. Sin embargo, es necesario decirlo: con sus ambiciones crecía también su chifladura ya muy conocida en toda Lima”.

Conocedores de sus sueños de grandeza y exorbitantes ambiciones, el periodista peruano Federico More y el músico ayacuchano Osmán del Barco –exitosos personajes aquellos días- deciden jugarle una broma y en el periódico EL HOMBRE DE LA CALLE que publicaban, le insinúan que se postule a la Presidencia de la República. Emocionado el hombre otorga poderes plenos a sus mentores para que lo inscriban. Informado posteriormente que había perdido los comicios nacionales, cae en una depresión profunda. Fue suficiente. Persiguiendo la inalcanzable quimera del poder, había despilfarrado todas sus propiedades. Cuando se dio cuenta del engaño, derrotado y empobrecido, más solo que nunca, en el clímax de su locura, le quedó la fantasía de que no sólo era Presidente del Perú sino también, “Apu Capac Inca, Emperador del Perú y Conductor del Mundo; Soldado de Tierra, Mar, Aire y Profundidad; Rey de Financistas y Mago del Estado por Voluntad Divina” y, claro, comenzó a ejercer su “mandato presidencial”.

En su desquiciada fantasía, había logrado asumir la Primera Magistratura de la Nación. A partir de entonces se le veía ataviado con una llamativa indumentaria.  En honor a su alta investidura lucía un chaquet negro de solapas grasientas tachonado de llamativas condecoraciones de hojalata y espejuelos cruzado por la “Banda Presidencial”. Su infaltable sombrero de tarro, desgastado y  fileteado de roturas y magulladuras, realzaba su serio continente. Su paso siempre raudo y parsimoniosamente serio, -camino de cualquier parte-, lo conducía arrebatado entre risas y comentarios de los viandantes del famoso jirón de la Unión. Cuando alguien, siguiéndole la corriente, le preguntaba adónde iba, invariablemente contestaba:

—!Estoy muy apurado, me necesitan en Palacio! Tengo una cita muy urgente- y continuaba siempre arrebatado a grandes trancos a cumplir con su imaginaria cita.

Era muy común verlo pronunciar extensos discursos cargados de entusiasmo como de risibles propuestas de Gobierno. Llevaba consigo –periodista combativo y vocinglero- ejemplares de su periódico EL LEÓN DEL PUEBLO, “Sale cuando puede y pega cuando quiere”, claro muestrario de su locura y enajenación inofensivas. En su primer número dice en unos versos

Qué eco más resonante,

                                               es hoy el ,¡ Viva Cordero!;

                                               será el Presidente primero,

                                               que al Perú lo lleve avante.

 

                                               Pobres y ricos serán,

                                               lo que ellos debieron ser,

                                               tenemos oro, plata y mujer,

                                               que ustedes no negarán

 

Nunca cesó de impugnar todas las elecciones que se vivieron en su tiempo porque, los otros  “en el imposible caso de ser elegidos en el cargo de Presidente, no podrán realizar ningún programa sin mi consentimiento, pues todos los proyectos habidos y por haber son míos, me los han robado”. A través de su periódico hizo público el contenido de su combativo epistolario.

En su edición correspondiente al 18 de febrero de 1960, por ejemplo,  el Conductor del Mundo le decía al Presidente Manuel Prado, “El año 1956 le dije en el LEON DEL PUEBLO, lo desdichado que iba a ser su gobierno, como así ha sucedido, porque mi palabra es autorizada cual de un profeta, porque tengo la huella divina”..”Para el 8 de diciembre del año 1957, le pedí que me entregara el mando pero su feroz orgullo me lo negó. En 1958 mi partido, la Juventud Corderista, le pegó en el Campo de Marte una terrible pifiada que no olvidará por sécula seculorum, con palabras soeces que cualquier gobierno hubiera renunciado, pero usted, sordo como una tapia, se zurró en la noticia, lo que quiere decir que su dignidad fue verde y el burro se lo comió”.

 En la edición del 15 de junio de 1956, alega en su editorial: “… y espero que esta vez, por dignidad se me haga justicia y se me entregue la Presidencia, porque es designio de Dios y de mi pueblo…yo propugné todas las grandezas que hoy posee el Perú mientras ustedes me plagian y no han hecho nada y nada harán”.

 En 1958, indignado, decía: “El tiempo de la impostura y del engaño, de la opresión y de la fuerza, está ya lejos de nosotros y sólo existe en la historia de las calamidades pasadas. Por eso vengo a poner término a esta época de dominación…”.(…) “Me causa dolor ver desde mi Atalaya de Emperador, o Inca Wasi, cómo el cielo azul de la convivencia que no es cielo ni es azul, está adquiriendo un aspecto aborregado”.

El año siguiente, gritaba: “¿Hasta cuándo nos van a moler 800 millones de déficit del Erario Nacional…Déjenme la Presidencia que si ustedes no pueden, lo pago yo, porque soy el rey de las finanzas y mago del Estado”.

 Pobre mi patria querida,

qué malos hijos te han dado,

mas ya sabré defenderte,

porque yo no estoy comprado.

 

En su gobierno pasado,

mil millones se llevó,

y a nadie cuenta le dio,

al manicomio lo envió,

y por las puras alverjas,

la Presidencia agarró.

 El notable músico, Alejandro Vivanco, en otro pasaje de sus memorias recuerda así a su maestro Cordero y Velarde. “El año en que el doctor Jorge Prado llegó de Brasil como candidato a la Presidencia, sus parciales organizaron un mitin en la Plaza Dos de Mayo para presentar su programa, pero ese mismo, día Cordero y Velarde improvisó otro mitin; enterado el pueblo llenó la Plaza San Martín y dejó desairado a Prado”.

 “Cierta mañana llegó a la Librería “La Pluma” de la calle Trinitarias que yo regentaba y como de costumbre me contaba sobre su rutina diaria. En eso recibió un mensaje de larga distancia a través de una concha marina de caracol que llevaba en el bolsillo. (Se adelantaba en muchísimos años a la aparición de los modernos teléfonos celulares). Escuché el siguiente diálogo, “¡¡¡Aló, aló, querido Adolfo Hitler!!!. Hablas con el Emperador Cordero y Velarde, Conductor del Mundo. (pausa) ¡Gracias por interesarte por mi Imperio!. Estoy en vísperas de recuperar la silla presidencial. Caso contrario tendré que abandonar el país para ir a informarle al Santo Padre. ¡A propósito, Adolfo, hermano del alma mía, si hablas con el ingrato de Benito (Mussolini), dile que estoy pendiente de su llamada. ¡Ama sua, ama jella, ama llulla; ama jodemaicho!.

Estando en la Presidencia el arquitecto Fernando Belaunde Terry, le dirige una  misiva en la que le dice: “Usted como líder, YO como Emperador, somos dos potencias soberanas que debemos entendernos o destruirnos, pues no hay lugar para los dos en este cochino planeta de los simios”. Finaliza la carta con una explicación: “Por estos motivos le dirijo la presente carta abierta, vale decir sin sobre, para que me explique su extraña conducta y me diga con franqueza si mantiene su adhesión a mi persona, y si fuera lo contrario, sabré a qué atenerme y lo dejaré suelto en plaza. Los bueyes sueltos, bien se lamen”. “Mi plan de gobierno y alimentación contienen mi huella divina, revelado para el bienestar de The peruvian family”.

 Nicolás Yerovi, otro de los que han escrito sobre nuestro Presidente y Monarca chiflado dice, “Más allá de los anecdótico, Cordero y Velarde simboliza en su grado más extravagante los extremos de la más conmovedora huachafería y del más patético delirio a que son capaces de llegar quienes en el Perú se ven asaltados por cierta locura de poder. Porque si el poder envilece, desearlo enloquece; de allí que en épocas electorales los más de nuestros políticos no dejan de pergeñar sus propios ditirambos, ofrecer sin empacho lo imposible y llegar a convencerse, aunque sea por un breve lapso, de la verdad que no encierra sus generosas promesas”.

En “Los apachurrantes años 50”, Guillermo Thorndike, rememora que en un cónclave organizado por los monjes dominicos para buscar un candidato que encarnara las necesidades del momento, se presentó sin ser invitado el chiflado Cordero y Velarde: “Entonces llegó, anciano de levita negra y pantalón listado, discretamente zurcido, con hongo, bastón y escarpines viejos que cubrían sus humildes zapatos acabados de lustrar. No viajaba en limusina con chofer, ni nunca había estado en París, ni parecía de este mundo. Pero toda la tragedia del Perú al que no habían invitado los dominicos se abrillantaban en la locura de sus ojos. Su sola aparición enmudeció el discurso. Avanzó con dignidad por el salón repleto de personajes hasta sentarse a un lado, más bien en el coro que entre los potentados, en primera fila y cerca de la presidencia. Wiese y Miró Quesada se miraron sin saber qué decir. Los fogonzazos de los fotógrafos se concentraron en el Apu Inca Verdadero. Hasta ese instante, los pretendientes habían discurseado de Dios, la Patria, el orden establecido, nuestras sagradas instituciones, la paz pública, el luminoso porvenir de nuestros hijos. ¿De qué podrían hablar ahora, frente a la faz demacrada de un Perú que rara vez había sido feliz?. Con respetuosa solemnidad, Cordero y Velarde escuchaba a los principales. Después intervino en su condición de Apu Inca Verdadero y del desorden de sus palabras se supo que otra era la paz solicitada por el pueblo y que no era justicia de todos aquella que preocupaba a los poderosos de la tierra. No su voz, sino el ridículo de aquellos príncipes forzados a escucharlo, convirtió el cónclave en el más grande fiasco de la derecha peruana. Al día siguiente, “La Prensa” destacó en primera plana a Cordero y Velarde junto a los organizadores de la transición presidencial. La gente carcajeó durante semanas, meses. Y casi nadie reparó que, por fin, el Apu Inca Verdadero había modificado una parte de la historia del Perú”.

Pedro Ángel Cordero y Velarde, el viejo músico de la “Cosmopolita” del Cerro de Pasco, el arrebatado candidato cerreño a la Presidencia del Perú, murió pobre y abandonado en un viejo callejón limeño, signado con el número 123 de Carmen Alto, en el Jirón Junín de Lima. Era el 18 de diciembre de 1961. Curiosamente, ese día la Compañía de Bomberos Salvadora Cosmopolita, celebraba su sexagésimo aniversario.

 

LA BIBLIOTECA MUNICIPAL

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(Con este tema damos respuesta a la inquietud de nuestro gran amigo Vassi Sotelo que, cuando estuve en mi tierra natal, me cobijó en mis diarias visitas a este establecimiento cultural. Bajo su cuidado y jefatura anduvo en forma brillante y efectiva. Ahora que ha retornado a trabajar en la misma dependencia espero que dé lo mejor de su eficiencia al servicio de los lectores. Un abrazo en la distancia querido amigo)

Local de la Biblioteca Municipal –ya desparecida- erigida por iniciativa de don Gerardo Patiño López con dineros que la compañía norteamericana “pagó” a nuestro pueblo en “compensación” por todo el daño que le había causado durante 42 años. A regañadientes entregó Trescientos mil soles cuando, en ese lapso se había embolsicado millones de millones de dólares. Una injusticia y un abuso del que hemos hablado mucho en nuestras páginas.

Nuestra biblioteca municipal fue fundada en 1927. Lleva los nombres de Ángel Ramos Picón y Antonio Martínez, dos notables maestros de generaciones pasadas. Ocupaba todo el segundo piso del edificio que se ve en la fotografía tomada poco antes de ser derruido. El primer piso estaba destinado al comercio. En primer plano de la fotografía, al costado izquierdo, las puertas de la Casa de Préstamo del señor Rey y el negocio de don Antonio Ordóñez. Al costado derecho, “Chingana” de don Encarnación Marcelo, más conocido por “Don Incacho”. Luego viene la peluquería del señor Morón y el viejo edificio del Hospital Carrión. En tiempos pasados a esta plazuela se la denominaba “Plazuela del Estanco” porque allí funcionó el Estanco de la sal. Derruida la Biblioteca, la Compañía norteamericana no edificó otra en San Juan porque al pueblo “se le olvidó” presionar para que lo hagan. ‘Lástima! Éste es uno de los más lamentables olvidos en que incurrió el pueblo.

Recuerdo claramente que la atención de la biblioteca estaba a cargo de una simpática viejecita descendiente de ingleses, la señora Woolcott que, a las cinco de la tarde de todos los días laborables, ya estaba a la espera de los lectores. A la entrada tenía una sala con una estufa encendida por los empleados de la municipalidad. El ambiente estaba abrigado. Cuando llegaba a las seis de la tarde, nos atendía muy solícitamente. Nos prestaba todas las facilidades posibles.

Al fondo había unos escaparates altos donde estaban todos los periódicos cerreños de todas las épocas y, a continuación, libros y revistas de diversas especialidades. Creemos que su instauración, ha sido el homenaje más digno a los dos ilustres maestros epónimos de aquella casa bendita.

El maestro Ángel Ramos Picón, cuya labor fue brillante, prestó sus servicios en los principales pueblos de nuestro departamento, especialmente en el Cerro de Pasco, donde dejó una numerosa promoción de distinguidos hombres que siempre reconocieron su capacidad y su magisterio. Nacido en Huallanca, inició su carrera docente en su pueblo natal para luego trasladarse a Yanahuanca, en plena flor de su juventud y donde contrae matrimonio con la dama yanahuanquina, doña Marcela Reyna, con la que tuvo seis hijos. De Yanahuanca, en donde no sólo prestó sus servicios docentes sino también como Alcalde y otros puestos de gran importancia, se trasladó al Cerro de Pasco, para desempeñarse como maestro, con excelentes resultados.

Durante la ocupación chilena de nuestra ciudad -1883- los invasores asaltan su casa y tras apoderarse de sus pertenencias, le prenden fuego y la convierten en cenizas. Lo dejan a él y a su familia, en el más completo desamparo.

Repuesto de la dolorosa experiencia sufrida, su permanencia en el Cerro de Pasco fue fructífera. Se desempeñó en varios cargos públicos con gran acierto, y como maestro en nuestra escuela municipal desarrolló una proficua labor en la formación de las grandes personalidades. Sus más brillantes alumnos fueron: Gamaniel Blanco Murillo, recordado mártir cerreño y Eulogio Fernandini, acaudalado minero que a su retorno de Alemania, donde se graduó de ingeniero, le pidió que fuera su concejero y guía.

Este egregio maestro distinguido con menciones honoríficas por los Concejos Municipales de Yanacancha y el Cerro de Pasco, fue hijo de don Pedro Picón Ramos, pero él en reconocimiento a la abnegación y sacrificio de sus señora madre que le educó y formó, alteró su nombre y por propia decisión invirtió el orden de sus apellidos.

Cumplidos los setenta años, con más de cuarenta de servicios profesionales, se retira a su tierra natal donde, al poco tiempo, fallece.

El maestro Antonio Martínez nació en la ciudad de Jauja el 17 de enero de 1860. Siendo uno de los primeros alumnos del Colegio San José de Jauja, al llegar la guerra con Chile, se enrola como voluntario en el batallón Junín, para luchar en San Juan y Miraflores. En 1881, invitado por el alcalde don Tomás Santiváñez, inicia su carrera magisterial, como Director de la Escuela Municipal de Concepción. En 1882, después de la batalla de Concepción, es comprometido por el cerreño don Estanislao Solís, Director del Colegio San José, para ejercer la docencia en ese centro educativo. El 23 de octubre de 1889, paralelamente al ejercicio de la docencia, sigue su preparación magisterial y recibe su diploma de Preceptor de Primero, Segundo y Tercer Grados, de acuerdo a los reglamentos vigentes en aquella época. El 12 de junio de 1890, el Concejo Provincial de Pasco, lo trae a nuestra ciudad, y le da licencia para dirigir el Instituto Preparatorio que funcionó hasta 1896.

El 12 de noviembre de 1892 contrae matrimonio con la dama cerreña, doña Ricardina Solís con la que forma un hogar muy feliz. El 20 de marzo de 1892, en mérito a sus distinguidos servicios, lo nombran profesor de la Escuela Superior de Pasco, de donde asume la Dirección, desde el 7 de marzo de 1897, hasta el 31 de diciembre de 1905.

En enero de 1906, el Ministerio de Instrucción, Justicia y Culto, lo nombra Director de la Escuela Nº 491, sucediéndole en el cargo, el año siguiente, el normalista Ángel Alfredo Prialé. En marzo de 1907, funda el Liceo Cerreño, y lo dirige hasta el año de 1913 en que, agobiado por el duro trajín en estas alturas, y atendiendo disposiciones terminantes de su médico, apenado deja nuestra ciudad y, en el año de 1914 es preceptor de la Sección Primaria del Colegio San José -su pueblo natal-, cargo que desempeña hasta el año de 1921.

Este ilustre educador, murió en Jauja el 13 de diciembre de 1931, a la edad de 71 años.