PEDRO ÁNGEL CORDERO Y VELARDE

Pedro Angel Cordero VelardeDe todos los pintorescos personajes que recordaban nuestros viejos en sus amenas tertulias de club, resaltaba con luz propia el excéntrico chiflado, músico, poeta y loco: Pedro Ángel Cordero y Velarde. Cerreño, de padres ayacuchanos, había nacido en el barrio de Matadería, el mismo año en  que moría nuestro mártir Daniel A. Carrión, 1885.

Dotado de un excepcional “oído” para la música, precoz e infaltable en retretas y bullangueras celebraciones, se inició en el  redoblante para después –aplicado y emprendedor- asimilar los secretos de gran cantidad de instrumentos en las magistrales enseñanzas de inolvidables maestros. El primero de ellos, el que modeló su carácter y lo puso en el camino del éxito con exigentes enseñanzas fue Markos Bache, notable maestro croata, nacido en Dubrovnik; traído por el consulado Austro – húngaro para dirigir su orquesta sinfónica y su banda de músicos del  “Centro Musical Slavo del Cerro de Pasco”, de notable éxito desde fines del siglo XIX. Llegó a dominar todos los instrumentos de cuerda, viento y percusión; mas fue con la trompeta con la que alcanzó maestría ejemplar. Estudioso como pocos, en la primera década de nuestro siglo, lo encontramos dirigiendo a “La Cosmopolita”, Banda de Música de la Benemérita Compañía de Bomberos Salvadora No 1.

Alegre y hablantín como pocos, enteco, pequeño y cetrino como todo mestizo, tenía unos ojos juguetones e inquietos que revelaban una inteligencia notable. A medida que transcurrían los años, sus iniciales y hasta inocentes palomilladas fueron adquiriendo caracteres alarmantes. Ya no eran simples guasas, bufonadas o chistes, sino locuras que iban adquiriendo tonos que salían del carril de la normalidad. A estas actitudes fuera de tono aunque risibles para la mayoría, el pueblo las bautizó como “corderadas” en directa alusión a su apellido.

Al entrar en la segunda década del siglo siguiente, crítico mordaz e inoportuno, no perdió ocasión para zaherir y mortificar públicamente a las autoridades con sus comentarios fuera de tono y sus pullas comiquísimas que todos celebraban alegremente. Bueno, todos no; los damnificados, especialmente personas notables, no veían ninguna gracia en aquellas ocurrencias. Cansados de sus excentricidades y falta de seriedad en el cumplimiento de sus funciones, los amoscados “manda más” cancelaron sus servicios y lo pusieron de patitas en la calle. No aceptaron más sus “corderadas”.

El damnificado, por su parte, convencido de que su figura agigantada por obra y gracia de su alterado cacumen era de muy grandes dimensiones para un escenario estrechamente pequeño como el Cerro de Pasco, decidió marcharse. Un día, rodeado de gente que lo admiraba y gustaba de sus “corderadas”, largó su último maratónico discurso cargado de tristeza muy sincera en el que confesó que se iba a la capital a ocupar “el sitial al que  tenía derecho” y que si Rumimaqui –a quien tanto admiraba- no había podido restaurar el lugar de “Apu Inca” que tampoco lo había podido lograr su antepasado Juan Santos Atahualpa, él lo lograría con creces. ¡Lo juró solemnemente! Gruesos y sinceros lagrimones sellaron la despedida. Así, apesadumbrado pero decidido, partió con rumbo a Lima a ejercer el gobierno de su “ínsula baratería”.

                                                Siempre dan pena los que se quedan,

                                               siempre dan pena los que se van.

 

                                               Los que se van, se van muy tristes,

                                               los que se quedan, quedan llorando.

 

                                               Siempre dan pena los que se quedan,

                                               siempre dan pena los que se van.

Llegado a Lima se avecindó en un solar de la calle San Ildefonso en donde, deseoso de conquistarlo, conformó una orquesta sinfónica con jóvenes músicos peruanos. Diez años estuvo al frente de esta quijotesca agrupación  ofreciendo conciertos en barrios y pueblos cercanos a la capital. Se encontraba triunfante y pletórico en esta tarea cuando se produjo el terremoto del 40 que destruyó su vivienda, sus instrumentos, partituras y todo lo que poseía. Quedó en la calle. Esto agravó su chifladura. En 1942, en plena guerra mundial, afincado en una casa semi-destruida de la calle Zavala, funda la “Academia de Música Cordero y Velarde”, donde impartía clases de teoría, solfeo y ejecución de instrumentos.  El éxito que obtuvo en esta institución elevó su entusiasmo y se dedicó en cuerpo y alma a brindar lo mejor que tenía a los jóvenes que estudiaban en su Academia. Una de sus más dinámicas alumnas fue la joven soprano Rosa Aguilar que, andando los días transformó en loco amor su profunda admiración por el maduro maestro. Decidida a compartir los desmesurados sueños del artista, se casa con él. Al lado de esta abnegada y ejemplar compañera funda el “Teatro Folklórico” con el que cumple notable actividad artística. La calidad de su elenco es notable. Con Rosita Aguilar están,  Julia Peralta, Inés Oropeza, Blanca Santiago y Julio Castillo, como figuras principales, con los que preparó el montaje de las Óperas nacionales “Sumac – Ticka” e “Ima Sumacc” a llevarse a efecto en el Teatro “Conde de Lemos”. Fatalmente, por motivos económicos y de otra índole, jamás  llegaron a estrenar. Uno de sus más notables alumnos, el músico cuzqueño Alejandro Vivanco, conmovido, dice de él lo siguiente: “ Puedo dar testimonio de su calidad de músico, porque después de las lecciones de solfeo, al advertir mi curiosidad, me mostraba orquestaciones completas de música incaica de su creación para sus dramas; también rico vestuario y decorados. En cada ocasión se sentaba al piano de cola y me hacía oír las arias y pasajes que a su criterio eran los más interesantes. En esa ocasión me obsequió sus dos partituras editadas: “Himno a la Redención Peruana” y “Daniel Alcides Carrión”, poema musical dedicado a su paisano.”. Sin embargo, es necesario decirlo: con sus ambiciones crecía también su chifladura ya muy conocida en toda Lima”.

Conocedores de sus sueños de grandeza y exorbitantes ambiciones, el periodista peruano Federico More y el músico ayacuchano Osmán del Barco –exitosos personajes aquellos días- deciden jugarle una broma y en el periódico EL HOMBRE DE LA CALLE que publicaban, le insinúan que se postule a la Presidencia de la República. Emocionado el hombre otorga poderes plenos a sus mentores para que lo inscriban. Informado posteriormente que había perdido los comicios nacionales, cae en una depresión profunda. Fue suficiente. Persiguiendo la inalcanzable quimera del poder, había despilfarrado todas sus propiedades. Cuando se dio cuenta del engaño, derrotado y empobrecido, más solo que nunca, en el clímax de su locura, le quedó la fantasía de que no sólo era Presidente del Perú sino también, “Apu Capac Inca, Emperador del Perú y Conductor del Mundo; Soldado de Tierra, Mar, Aire y Profundidad; Rey de Financistas y Mago del Estado por Voluntad Divina” y, claro, comenzó a ejercer su “mandato presidencial”.

En su desquiciada fantasía, había logrado asumir la Primera Magistratura de la Nación. A partir de entonces se le veía ataviado con una llamativa indumentaria.  En honor a su alta investidura lucía un chaquet negro de solapas grasientas tachonado de llamativas condecoraciones de hojalata y espejuelos cruzado por la “Banda Presidencial”. Su infaltable sombrero de tarro, desgastado y  fileteado de roturas y magulladuras, realzaba su serio continente. Su paso siempre raudo y parsimoniosamente serio, -camino de cualquier parte-, lo conducía arrebatado entre risas y comentarios de los viandantes del famoso jirón de la Unión. Cuando alguien, siguiéndole la corriente, le preguntaba adónde iba, invariablemente contestaba:

—!Estoy muy apurado, me necesitan en Palacio! Tengo una cita muy urgente- y continuaba siempre arrebatado a grandes trancos a cumplir con su imaginaria cita.

Era muy común verlo pronunciar extensos discursos cargados de entusiasmo como de risibles propuestas de Gobierno. Llevaba consigo –periodista combativo y vocinglero- ejemplares de su periódico EL LEÓN DEL PUEBLO, “Sale cuando puede y pega cuando quiere”, claro muestrario de su locura y enajenación inofensivas. En su primer número dice en unos versos

Qué eco más resonante,

                                               es hoy el ,¡ Viva Cordero!;

                                               será el Presidente primero,

                                               que al Perú lo lleve avante.

 

                                               Pobres y ricos serán,

                                               lo que ellos debieron ser,

                                               tenemos oro, plata y mujer,

                                               que ustedes no negarán

 

Nunca cesó de impugnar todas las elecciones que se vivieron en su tiempo porque, los otros  “en el imposible caso de ser elegidos en el cargo de Presidente, no podrán realizar ningún programa sin mi consentimiento, pues todos los proyectos habidos y por haber son míos, me los han robado”. A través de su periódico hizo público el contenido de su combativo epistolario.

En su edición correspondiente al 18 de febrero de 1960, por ejemplo,  el Conductor del Mundo le decía al Presidente Manuel Prado, “El año 1956 le dije en el LEON DEL PUEBLO, lo desdichado que iba a ser su gobierno, como así ha sucedido, porque mi palabra es autorizada cual de un profeta, porque tengo la huella divina”..”Para el 8 de diciembre del año 1957, le pedí que me entregara el mando pero su feroz orgullo me lo negó. En 1958 mi partido, la Juventud Corderista, le pegó en el Campo de Marte una terrible pifiada que no olvidará por sécula seculorum, con palabras soeces que cualquier gobierno hubiera renunciado, pero usted, sordo como una tapia, se zurró en la noticia, lo que quiere decir que su dignidad fue verde y el burro se lo comió”.

 En la edición del 15 de junio de 1956, alega en su editorial: “… y espero que esta vez, por dignidad se me haga justicia y se me entregue la Presidencia, porque es designio de Dios y de mi pueblo…yo propugné todas las grandezas que hoy posee el Perú mientras ustedes me plagian y no han hecho nada y nada harán”.

 En 1958, indignado, decía: “El tiempo de la impostura y del engaño, de la opresión y de la fuerza, está ya lejos de nosotros y sólo existe en la historia de las calamidades pasadas. Por eso vengo a poner término a esta época de dominación…”.(…) “Me causa dolor ver desde mi Atalaya de Emperador, o Inca Wasi, cómo el cielo azul de la convivencia que no es cielo ni es azul, está adquiriendo un aspecto aborregado”.

El año siguiente, gritaba: “¿Hasta cuándo nos van a moler 800 millones de déficit del Erario Nacional…Déjenme la Presidencia que si ustedes no pueden, lo pago yo, porque soy el rey de las finanzas y mago del Estado”.

 Pobre mi patria querida,

qué malos hijos te han dado,

mas ya sabré defenderte,

porque yo no estoy comprado.

 

En su gobierno pasado,

mil millones se llevó,

y a nadie cuenta le dio,

al manicomio lo envió,

y por las puras alverjas,

la Presidencia agarró.

 El notable músico, Alejandro Vivanco, en otro pasaje de sus memorias recuerda así a su maestro Cordero y Velarde. “El año en que el doctor Jorge Prado llegó de Brasil como candidato a la Presidencia, sus parciales organizaron un mitin en la Plaza Dos de Mayo para presentar su programa, pero ese mismo, día Cordero y Velarde improvisó otro mitin; enterado el pueblo llenó la Plaza San Martín y dejó desairado a Prado”.

 “Cierta mañana llegó a la Librería “La Pluma” de la calle Trinitarias que yo regentaba y como de costumbre me contaba sobre su rutina diaria. En eso recibió un mensaje de larga distancia a través de una concha marina de caracol que llevaba en el bolsillo. (Se adelantaba en muchísimos años a la aparición de los modernos teléfonos celulares). Escuché el siguiente diálogo, “¡¡¡Aló, aló, querido Adolfo Hitler!!!. Hablas con el Emperador Cordero y Velarde, Conductor del Mundo. (pausa) ¡Gracias por interesarte por mi Imperio!. Estoy en vísperas de recuperar la silla presidencial. Caso contrario tendré que abandonar el país para ir a informarle al Santo Padre. ¡A propósito, Adolfo, hermano del alma mía, si hablas con el ingrato de Benito (Mussolini), dile que estoy pendiente de su llamada. ¡Ama sua, ama jella, ama llulla; ama jodemaicho!.

Estando en la Presidencia el arquitecto Fernando Belaunde Terry, le dirige una  misiva en la que le dice: “Usted como líder, YO como Emperador, somos dos potencias soberanas que debemos entendernos o destruirnos, pues no hay lugar para los dos en este cochino planeta de los simios”. Finaliza la carta con una explicación: “Por estos motivos le dirijo la presente carta abierta, vale decir sin sobre, para que me explique su extraña conducta y me diga con franqueza si mantiene su adhesión a mi persona, y si fuera lo contrario, sabré a qué atenerme y lo dejaré suelto en plaza. Los bueyes sueltos, bien se lamen”. “Mi plan de gobierno y alimentación contienen mi huella divina, revelado para el bienestar de The peruvian family”.

 Nicolás Yerovi, otro de los que han escrito sobre nuestro Presidente y Monarca chiflado dice, “Más allá de los anecdótico, Cordero y Velarde simboliza en su grado más extravagante los extremos de la más conmovedora huachafería y del más patético delirio a que son capaces de llegar quienes en el Perú se ven asaltados por cierta locura de poder. Porque si el poder envilece, desearlo enloquece; de allí que en épocas electorales los más de nuestros políticos no dejan de pergeñar sus propios ditirambos, ofrecer sin empacho lo imposible y llegar a convencerse, aunque sea por un breve lapso, de la verdad que no encierra sus generosas promesas”.

En “Los apachurrantes años 50”, Guillermo Thorndike, rememora que en un cónclave organizado por los monjes dominicos para buscar un candidato que encarnara las necesidades del momento, se presentó sin ser invitado el chiflado Cordero y Velarde: “Entonces llegó, anciano de levita negra y pantalón listado, discretamente zurcido, con hongo, bastón y escarpines viejos que cubrían sus humildes zapatos acabados de lustrar. No viajaba en limusina con chofer, ni nunca había estado en París, ni parecía de este mundo. Pero toda la tragedia del Perú al que no habían invitado los dominicos se abrillantaban en la locura de sus ojos. Su sola aparición enmudeció el discurso. Avanzó con dignidad por el salón repleto de personajes hasta sentarse a un lado, más bien en el coro que entre los potentados, en primera fila y cerca de la presidencia. Wiese y Miró Quesada se miraron sin saber qué decir. Los fogonzazos de los fotógrafos se concentraron en el Apu Inca Verdadero. Hasta ese instante, los pretendientes habían discurseado de Dios, la Patria, el orden establecido, nuestras sagradas instituciones, la paz pública, el luminoso porvenir de nuestros hijos. ¿De qué podrían hablar ahora, frente a la faz demacrada de un Perú que rara vez había sido feliz?. Con respetuosa solemnidad, Cordero y Velarde escuchaba a los principales. Después intervino en su condición de Apu Inca Verdadero y del desorden de sus palabras se supo que otra era la paz solicitada por el pueblo y que no era justicia de todos aquella que preocupaba a los poderosos de la tierra. No su voz, sino el ridículo de aquellos príncipes forzados a escucharlo, convirtió el cónclave en el más grande fiasco de la derecha peruana. Al día siguiente, “La Prensa” destacó en primera plana a Cordero y Velarde junto a los organizadores de la transición presidencial. La gente carcajeó durante semanas, meses. Y casi nadie reparó que, por fin, el Apu Inca Verdadero había modificado una parte de la historia del Perú”.

Pedro Ángel Cordero y Velarde, el viejo músico de la “Cosmopolita” del Cerro de Pasco, el arrebatado candidato cerreño a la Presidencia del Perú, murió pobre y abandonado en un viejo callejón limeño, signado con el número 123 de Carmen Alto, en el Jirón Junín de Lima. Era el 18 de diciembre de 1961. Curiosamente, ese día la Compañía de Bomberos Salvadora Cosmopolita, celebraba su sexagésimo aniversario.

 

LA BIBLIOTECA MUNICIPAL

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(Con este tema damos respuesta a la inquietud de nuestro gran amigo Vassi Sotelo que, cuando estuve en mi tierra natal, me cobijó en mis diarias visitas a este establecimiento cultural. Bajo su cuidado y jefatura anduvo en forma brillante y efectiva. Ahora que ha retornado a trabajar en la misma dependencia espero que dé lo mejor de su eficiencia al servicio de los lectores. Un abrazo en la distancia querido amigo)

Local de la Biblioteca Municipal –ya desparecida- erigida por iniciativa de don Gerardo Patiño López con dineros que la compañía norteamericana “pagó” a nuestro pueblo en “compensación” por todo el daño que le había causado durante 42 años. A regañadientes entregó Trescientos mil soles cuando, en ese lapso se había embolsicado millones de millones de dólares. Una injusticia y un abuso del que hemos hablado mucho en nuestras páginas.

Nuestra biblioteca municipal fue fundada en 1927. Lleva los nombres de Ángel Ramos Picón y Antonio Martínez, dos notables maestros de generaciones pasadas. Ocupaba todo el segundo piso del edificio que se ve en la fotografía tomada poco antes de ser derruido. El primer piso estaba destinado al comercio. En primer plano de la fotografía, al costado izquierdo, las puertas de la Casa de Préstamo del señor Rey y el negocio de don Antonio Ordóñez. Al costado derecho, “Chingana” de don Encarnación Marcelo, más conocido por “Don Incacho”. Luego viene la peluquería del señor Morón y el viejo edificio del Hospital Carrión. En tiempos pasados a esta plazuela se la denominaba “Plazuela del Estanco” porque allí funcionó el Estanco de la sal. Derruida la Biblioteca, la Compañía norteamericana no edificó otra en San Juan porque al pueblo “se le olvidó” presionar para que lo hagan. ‘Lástima! Éste es uno de los más lamentables olvidos en que incurrió el pueblo.

Recuerdo claramente que la atención de la biblioteca estaba a cargo de una simpática viejecita descendiente de ingleses, la señora Woolcott que, a las cinco de la tarde de todos los días laborables, ya estaba a la espera de los lectores. A la entrada tenía una sala con una estufa encendida por los empleados de la municipalidad. El ambiente estaba abrigado. Cuando llegaba a las seis de la tarde, nos atendía muy solícitamente. Nos prestaba todas las facilidades posibles.

Al fondo había unos escaparates altos donde estaban todos los periódicos cerreños de todas las épocas y, a continuación, libros y revistas de diversas especialidades. Creemos que su instauración, ha sido el homenaje más digno a los dos ilustres maestros epónimos de aquella casa bendita.

El maestro Ángel Ramos Picón, cuya labor fue brillante, prestó sus servicios en los principales pueblos de nuestro departamento, especialmente en el Cerro de Pasco, donde dejó una numerosa promoción de distinguidos hombres que siempre reconocieron su capacidad y su magisterio. Nacido en Huallanca, inició su carrera docente en su pueblo natal para luego trasladarse a Yanahuanca, en plena flor de su juventud y donde contrae matrimonio con la dama yanahuanquina, doña Marcela Reyna, con la que tuvo seis hijos. De Yanahuanca, en donde no sólo prestó sus servicios docentes sino también como Alcalde y otros puestos de gran importancia, se trasladó al Cerro de Pasco, para desempeñarse como maestro, con excelentes resultados.

Durante la ocupación chilena de nuestra ciudad -1883- los invasores asaltan su casa y tras apoderarse de sus pertenencias, le prenden fuego y la convierten en cenizas. Lo dejan a él y a su familia, en el más completo desamparo.

Repuesto de la dolorosa experiencia sufrida, su permanencia en el Cerro de Pasco fue fructífera. Se desempeñó en varios cargos públicos con gran acierto, y como maestro en nuestra escuela municipal desarrolló una proficua labor en la formación de las grandes personalidades. Sus más brillantes alumnos fueron: Gamaniel Blanco Murillo, recordado mártir cerreño y Eulogio Fernandini, acaudalado minero que a su retorno de Alemania, donde se graduó de ingeniero, le pidió que fuera su concejero y guía.

Este egregio maestro distinguido con menciones honoríficas por los Concejos Municipales de Yanacancha y el Cerro de Pasco, fue hijo de don Pedro Picón Ramos, pero él en reconocimiento a la abnegación y sacrificio de sus señora madre que le educó y formó, alteró su nombre y por propia decisión invirtió el orden de sus apellidos.

Cumplidos los setenta años, con más de cuarenta de servicios profesionales, se retira a su tierra natal donde, al poco tiempo, fallece.

El maestro Antonio Martínez nació en la ciudad de Jauja el 17 de enero de 1860. Siendo uno de los primeros alumnos del Colegio San José de Jauja, al llegar la guerra con Chile, se enrola como voluntario en el batallón Junín, para luchar en San Juan y Miraflores. En 1881, invitado por el alcalde don Tomás Santiváñez, inicia su carrera magisterial, como Director de la Escuela Municipal de Concepción. En 1882, después de la batalla de Concepción, es comprometido por el cerreño don Estanislao Solís, Director del Colegio San José, para ejercer la docencia en ese centro educativo. El 23 de octubre de 1889, paralelamente al ejercicio de la docencia, sigue su preparación magisterial y recibe su diploma de Preceptor de Primero, Segundo y Tercer Grados, de acuerdo a los reglamentos vigentes en aquella época. El 12 de junio de 1890, el Concejo Provincial de Pasco, lo trae a nuestra ciudad, y le da licencia para dirigir el Instituto Preparatorio que funcionó hasta 1896.

El 12 de noviembre de 1892 contrae matrimonio con la dama cerreña, doña Ricardina Solís con la que forma un hogar muy feliz. El 20 de marzo de 1892, en mérito a sus distinguidos servicios, lo nombran profesor de la Escuela Superior de Pasco, de donde asume la Dirección, desde el 7 de marzo de 1897, hasta el 31 de diciembre de 1905.

En enero de 1906, el Ministerio de Instrucción, Justicia y Culto, lo nombra Director de la Escuela Nº 491, sucediéndole en el cargo, el año siguiente, el normalista Ángel Alfredo Prialé. En marzo de 1907, funda el Liceo Cerreño, y lo dirige hasta el año de 1913 en que, agobiado por el duro trajín en estas alturas, y atendiendo disposiciones terminantes de su médico, apenado deja nuestra ciudad y, en el año de 1914 es preceptor de la Sección Primaria del Colegio San José -su pueblo natal-, cargo que desempeña hasta el año de 1921.

Este ilustre educador, murió en Jauja el 13 de diciembre de 1931, a la edad de 71 años.

 

EL MISTERIO DEL FERROCARRIL (Primera parte)

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En el kilómetro 111, terrenos correspondientes a la Villa de Pasco, la vía férrea comienza a faldear los cerros que se yerguen sobre la pampa y rodeando sus estribaciones llega al kilómetro 130.700, que termina en la estación de la Esperanza del Cerro de Pasco. Estos diecinueve kilómetros y 700 metros que median entre uno y otro punto fueron en el momento de su construcción –albores del siglo veinte- los más fatales y duros del todo el recorrido. Ocurrencias trágicas y misteriosas los cubrieron con un halo de fatalidad, que hoy a muchos años, todavía los ancianos se santiguan al referirlos.

Esto es lo que acaeció.

Apenas iniciada la ascensión de aquella colina, una sucesión de inexplicables dificultades se les presentó a los heroicos trabajadores de la ruta. Las rocas eran tan duras que en un santiamén quebraban barrenos, puntas, cinceles y picos. Hasta la dinamita era impotente para destruirlas. Como si esto fuera poco, las atronadoras descargas atmosféricas caían continuamente como furiosos látigos eléctricos sobre los rieles tendidas llenando de consternación y sobresalto a los humildes trabajadores. Lo raro de todo esto es que acontecía en una época de sol.

El trabajo era duro, muy duro; pero se avanzaba.

Se había vencido serios contratiempos, pero a medida que se progresaba, se presentaban más arduas y continuas dificultades. Había mañanas en que la  espesa ventisca impedía la visión de los hombres cuando se aprestaban a iniciar la jornada. Otros días, espantosas trombas de agua se desencadenaban con pasmosa continuidad, impidiendo el inicio del trabajo.

Como es natural, esta serie de obstáculos alarmaba seriamente a los jefes y peones de la obra; nadie imaginaba entonces que estos impedimentos llegarían a límites insospechados.

Una noche  que la luna, redonda y magnífica, hacía brillar las estepas nivosas de la ruta, los braceros se incorporaron sobresaltados  sobre sus pellejos y cobijas. Miraron a la cumbre del cerro de donde provenían estremecedores gritos. Quedaron estáticos al ver lo que allí acontecía. Dibujándose a contraluz, centenares de gatos cimarrones andaban rompiendo la igualdad del horizonte. Había de todos los colores: negros, pardos, blancos, moteados, atigrados, grises, aleonados, rayados, rojizos, diversidad de combinaciones de éstos, emitiendo estridentes y escalofriantes maullidos. Horrorizados contemplaban cómo, cuatro de ellos, igual que si fueran humanos, llevaban en peso a un quinto  que simulaba estar muerto; detrás con los ojos brillantes como ascuas, un gigantesco gato negro de impresionante altura y alisado pelo lustroso, guiando a los que venían detrás alineados y caminando sobre sus patas traseras y las manos empalmadas como si estuvieran rezando. Lo más espeluznante de esta estremecedora procesión, eran sus  chillidos como desgarradores llantos de personas en trance de locura. Voces estridentes de todos los registros estremecían la noche. Los hombres mudos de terror no atinaban a pronunciar palabra. El silencio fue absoluto en tanto duró la ceremonia, después contritos y cavilosos se fueron a acostar. Aquella noche, el tétrico aquelarre de los gatos cimarrones prendidos de sus retinas, no los dejó dormir. Aquella noche también nació el nombre del cerro: Mishihuaganan. (Donde lloran los gatos)

Una extraña y negra premonición envolvió la oscuridad.

Al día siguiente, bajo unas lóbregas cerrazones que nublaba el paisaje, los hombres procuraban avanzar su trabajo en tanto no llegara la lluvia. Ya se había avanzado  considerablemente por un día y, al promediarse la tarde, un grupo que había hallado una inmensa roca, se aprestaba a quebrarla. Un trabajador que fijaba una punta para fragmentarla con el golpe de comba que propinaría un segundo, recibió de lleno el impacto del cincel al volar por los aires tras el golpe brutal que sacó chispas de la roca. Todo sucedió en unos segundos. La punta fue a incrustarse con un sonido sordo en la sien del portador. Nada se pudo hacer, murió instantáneamente.

El revuelo que causó esta espantosa muerte fue extraordinario. El difunto era un hombre muy querido en su grupo y el extraño accidente no dejaba de llamar la atención de los peones que, supersticiosos, asociaron la muerte del hombre con el extraño ritual gatuno de la noche anterior.

La superstición caló muy hondo en la conciencia del peonaje.

Pasados algunos días, cuando la normalidad parecía estar retornando a la cuadrilla, nuevamente la luna volvió a lucir su femenina palidez sobre la noche. Esta vez también volvieron  a ser testigos de un nuevo aquelarre felino. Uno de los hombres de la cuadrilla santiguándose musitó estremecido:

  • ¡¡¡Dios mío, mañana habrá otro muerto…!!!.

Así fue. Al día siguiente, cuando los obreros se aprestaban a iniciar sus labores, advirtieron que uno de ellos continuaba en la cama. Al querer despertarlo, quedaron helados. El hombre estaba muerto. Tenía fijos los vidriosos ojos, sanguinolentos y saltones, en el vacío inescrutable de la nada. Nadie hizo caso cuando los ingenieros afirmaron que había sido un derrame cerebral. Unánimemente, aseguraron que los gatos eran los malditos mensajeros de la muerte; que en sus ceremonias y sus entierros eran claros los anuncios de que alguien moriría.

Mucho batallaron los jefes para que los peones se calmaran. Tuvieron que aumentarles los salarios y regalarles con varias arrobas de aguardiente de caña para que decidieran seguir en el trabajo. Sin embargo, volvió a ocurrir el aquelarre y, al día siguiente de la satánica ceremonia, encontraron a otro hombre que se retorcía por los suelos, pálido como un muerto, con copiosas transpiraciones y alarmantes quejidos. Sus compañeros acudieron a auxiliarlo pero, ignorantes de lo que sucedía, nada pudieron hacer. En pocos minutos quedó muerto con las manos crispadas sobre el vientre.

  • Ha sido la “lipiria”- sentenció un viejo desdentado- ¡Pobre hombre… sus tripas se han enredado! … ¡Ha muerto!

No había nada que hacer. Todos estuvieron de acuerdo. Aquellas diabólicas ceremonias gatunas constituían la negra premonición de una muerte segura.

Temerosa, la gente se puso más alterada que nunca.

Ante tamaña avalancha de desgracias, los hombres tomaron una decisión; esperarían otra noche de luna, y convenientemente armados, irían a matar a los malditos animales endemoniados.

La espera no fue larga. Una noche de plenilunio, en la que el cerro misterioso era iluminado diáfanamente, se armaron de picos, látigos, hondas, barretas, garrotes y zurriagos a la espera del inicio del luctuoso ritual.

Muy poco tuvieron que aguardar.

Al promediar la medianoche, la tumultuosa procesión de gatos daba comienzo. Los hombres rodearon el cerro sigilosamente y procedieron a subir estrechando cada vez más el cerco humano. Después de dos horas de impaciente asedio, cuando ya tenían a los gatos en el centro del círculo humano, listos para la cacería, ocurrió algo inexplicable. La luna que hasta ese momento había permanecido brillante, repentinamente se cubrió de espesas nubes que ensombrecieron el paisaje y vientos huracanados venidos de todas las direcciones zarandearon aparatosamente a los hombres que impedidos de ver tan siquiera un poco, lanzaban sus garrotazos a diestra y siniestra sin lograr darle a los animales. Muchos llegaron a lesionarse entre ellos. En el oscuro vórtice de implacable terror, los desgarradores maullidos de los gatos se confundían con las imprecaciones y arengas de los hombres. Largo tiempo estuvieron enfrascados en la fantasmagórica escaramuza, hasta que cansados y en silencio comenzaron a bajar a tientas hasta el campamento. Nadie había llevado ni una lámpara, confiados en la claridad de la luna.

Continúa……

Sebastián G. Benavides Huaynate

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Este distinguido hombre de letras, nació en la cálida ciudad de Yanahuanca, el 22 de noviembre de 1898. Fueron sus padres don Julio G. Benavides Avellaneda y doña Marcela Huaynate.

Sus estudios primarios los realizó en el «Liceo Cerreño», dirigido por el eminente pedagogo jaujino, Antonio Martínez, en la vieja ciudad minera del Cerro de Pasco. Los secundarios en el Colegio Nacional de Nuestra Señora de Guadalupe, de Lima.

Al finalizar la secundaria, ingresa en la Facultad de Letras de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos y, finalizados los primeros años, aquejado por una dolencia que requería de reposo y calma, retoma a medicinarse a su tierra natal y, ya repuesto, retoma a la capital e ingresa a la Universidad Católica de Lima. Nuevamente el clima húmedo ataca al insigne yanahuanquino por lo que esta vez definitivamente tiene que abandonar los estudios.

Cuando en 1929 ingresa en la política comunal, lo hace con éxito. Es elegido Alcalde de su tierra natal en donde va a desarrollar prolífica labor gubernamental. En aquella ocasión, su entrañable amigo y colega, Ambrosio Casquero Dianderas, poeta y escritor como él, publica en «El Minero» del 5 de abril de 1929 la siguiente nota que titula:

LA PERSONALIDAD DEL ACTUAL ALCALDE DE YANAHUANCA

 Con conocimiento de causa, porque he radicado por algún tiempo en Yanahuanca, esbozaré algunas parrafadas sobre la personalidad del personero comunal actual de aquel pueblo.

 Efectivamente, es Sebastian G. Benavides -sin que la suspicacia de los que me leyeran pueda decir que hay convenio antelado para halagarlo-, libre estoy de ello, es uno de los elementos más representativos de aquel lugar.

 Es decir, tiene todo lo que puede tener un elemento de valía con personalidad propia. Entre otros méritos, sus dotes intelectuales son demasiado conocidas. La camaradería, por otro lado, de su franco corazón sugestionóme siempre, debido a la similitud de temperamentos que piensan del mismo modo. Y una vieja amistad continuamente nos ligó con un fraternal aprecio.

 Asimismo, en otros terrenos, Benavides es suficientemente preparado. La política comunal, no tiene deficiencias de conocimientos para él.  Puede en su próximo curso de servicios en el mundo que le toca seguir, no ser un práctico de una labor impuesta, mas es todo un idealista para mantener el calor de todo progreso general y colectivo.

 Volviendo a lo intelectual, hombre de fácil palabra- cuando habla se expresa bien. No tiene el sentido del amaneramiento ni del decir común-. Escúchesele y siempre dirá algo nuevo en favor y bien al todo.

 En suma, de Benavides en el actual mando del gobierno edilicio, no se esperará mucho, sino lo concreto y correcto para el progreso de Yanahuanca.

 Para terminar, brindo al viejo camarada periodista en estas líneas, como un deber que en mi impera, mi más cálida felicitación por su rotundo triunfo comunal.

 A.W.Casquero.

 Cerro, abril de 1929.

Una de las creaciones de nuestro escritor es este ensayo acerca de la Envidia, publicado en momentos en los que esta lacra hacía estragos entre la comunidad cerreña.

LA ENVIDIA

 Los hombres de espíritu mezquino, que inclinándose siempre a la maledicencia, sufren y jamás gozan con el bien ajeno.

 Lejanos fragores de trueno recuerdan las palabras que fementido pronunció Caín después de victimar a su hermano- dice José Ingenieros al hablar de la envidia y remarca, «el primer asesino de la leyenda bíblica tuvo que ser un envidioso».

 Nuestro medio ambiente cuajado de gentes maldicientes, de espíritus bastardos y almas raquíticas, nos dan a diario patéticos ejemplos de los alcances de esta bastardía moral.

 Difícil sería extirpar del seno de los hombres de cenagosa estructura espiritual los achaques de la envidia que en todo momento la esgrimen como arma de combate y desahogo procaz y, es por esto que el lapidario González Prada, al hablar de tópico semejante, dijo: «Los hombres tienen su baba como el reptil su veneno».

 El espartano Antístenes al saber que le envidiaban contestó – dice Ingenieros- «Peor para ellos; tendrán que sufrir el doble tormento de sus males y de mis bienes». Y el mismo Ingenieros agrega: «Es necesario provocar la envidia, estimularla, acosarla, para tener la dicha de escuchar sus plegarias. No ser envidiado es una cosa muy triste».

 Ser superior para los que nos envidian, para servirles de sombra y férula, es la mejor bofetada moral que podemos darles, como la luna cruza el Zenit mientras los perros ladran.

 Cerro de Pasco, 3 de mayo de 1923.

Otra de sus creaciones, publicada en «El Diario», del Cerro de Pasco en su edición de homenaje a Pasco en mayo de 1928, es la siguiente.

MIENTRAS LA VIDA TRANSCURRA

 Mientras el vértigo del tiempo y la marcha acelerada de los siglos que huyen desgranen segundos y minutos y la vida transcurra; mientras penas y alegrías giren en torno nuestro: el hombre piensa. El cerebro en trabajo constante, hilvanando ideas forja nuevas orientaciones que germinan como la simiente sobre un suelo fecundo para servir de nuevo derrotero a la humanidad.

 Mientras las sonrisas existan en los labios de vírgenes insomnes; mientras el corazón oscile apasionadamente; mientras el pudor de la mujer inviolada escatime caricias; mientras acompañe al hombre la diosa Esperanza, cual una diamantina luz en la diafanidad de un cielo perláceo; mientras exista una inquietud y un rito indescifrable; mientras se piensa en un lisonjero porvenir, el hombre temerá a la muerte.

 Mientras exista el jardín de la quimeras, donde las flores tienen la exótica policromía de las cosas sugestivas y atrayentes; mientras exista un cielo límpido; estriado de largas nubes blancas, donde elevar el espíritu en horas nostálgicas; mientras la mujer ofrezca concesiones nuevas; mientras exista el amor, que es el incentivo de la vida, el que esto escribe seguirá escribiendo…

 Mayo de 1928. S.G. Benavides

¿Sabía usted….?

Que todavía el 5 de junio de 1890, se inaugura solemnemente la Escuela Municipal de la ciudad. Inicialmente tenía dos ramas, una femenina y otra masculina. Funcionaba en los altos de la municipalidad. Allí recibieron sus primeras letras, Evaristo San Cristóval y León, Teodomiro Gutiérrez Cueva, Gamaniel Blanco Murillo, Gerardo Patiño López, Elias Malpartida Franco, y Daniel Alcides Carrión que después fue llevado a Tarma y más tarde a Lima.

 

Sebastián Estrella Robles (Biografía)

sebastian-estrella-roblesFue un notable periodista, fundador del Diario «Los Andes» y Fiscal del Departamento de Junín, en la primera década del pasado siglo. Nació en el pueblo de Qiulacocha, el 20 de enero de 1859, siendo sus padres don Victorino Estrella y doña Francisca Robles, ambos vecinos de ese pueblo.

Hizo sus primeros estudios en el Cerro de Pasco y luego pasó a estudiar secundaria en el Colegio de Nuestra Señora de Guadalupe. Terminada la secundaria, pasó a la Universidad Mayor de San Marcos donde se graduó de Bachiller en Jurisprudencia, el 24 de diciembre de 1883. Siete años más tarde, el 15 de diciembre de 1890, se recibió de abogado.

Durante la ocupación chilena residía en Lima donde, además de combatir, sufrió los riesgos del caso, habiendo cerrado filas como policía, con lo que supo sobrevivir. Después colaboró en «El Nacional», periódico de la capital, dirigido entonces por los doctores Manuel María del Valle y Cesáreo Chacaltana, quienes lo distinguieron por su notable capacidad.

De regreso a su tierra natal se dedicó al ejercicio de su profesión fundando periódicos y colaborando en cuantos se han editado en el Cerro de Pasco como «El Cerreño», «La Unión», «La Semana». El año de 1911, funda el combativo diario «Los Andes» que, ya en su segunda época, fue dirigido por don Silverio Urbina y más tarde por su hijo Andrés.

Al fallecer en 1890 el Fiscal don Pablo Arias, es elegido en su reemplazo como Fiscal del Departamento de Junín.

Después de una vida ejemplar y luminosa, fallece el 13 de junio de 1912, oportunidad en la que todos los periódicos y revistas de la capital del Perú, le dedicaron sendos homenajes y semblanzas haciendo conocer de su labor.

¿Sabía usted….?

Que por el desconocimiento de nuestra historia, el periodismo y autoridades locales acordaron celebrar el “Primer centenario” del Cerro de Pasco, el 10 de enero de 1940, lanzando iniciativas para programar “adecuadamente” el centenario. Entre ellas, el proyecto de erigir un monumento a Huaricapcha “descubridor” de las minas cerreñas. Es decir un monumento a un ser legendario que jamás existió. Otra iniciativa, muy plausible, fue la de exigir la construcción de un Hospital del Seguro Social. Por su parte, el intelectual jaujino, Clodoaldo Alberto Espinoza Bravo, que tanto quiso al Cerro de Pasco, lanza la idea de realizar un homenaje nacional al inca Garcilaso de la Vega con ocasión de su Cuarto Centenario. La más plausible de estas iniciativas fue la del Concejo Provincial de Pasco de solicitar al Poder Público la creación de un Colegio Nacional de Instrucción Media para la ciudad.

Lo que en realidad quisieron celebrar fue el centenario de la Ley dada por el Congreso Constituyente de Huancayo que, en esa fecha y el siglo anterior, le confería a nuestra ciudad el título de “Opulenta Ciudad”. Todos sabían que nuestra ciudad contaba con más de cuatro siglos de vida.

Bueno, esto seguirá así mientras nos gobiernen los “Trueno” Rivera; “Bobby Charlton” Espinoza; “Chiri Gallo” Quispe y otros tantos sujetos que creen que el conocimiento de nuestra historia no merece atención alguna. Lástima.

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EL VELEIDOSO PÁJARO PITO (Leyenda)

el-pajaro-pito-2Desde tiempos inmemoriales la lechuza vuela en la oscuridad tratando de encontrar al pájaro traidor, responsable único de todos sus problemas: el pito. Éste está muy escondido y tiene miedo mostrarse entre los pájaros honrados y hermosos.

Bueno, pero… ¿Por qué ocurre esto?…. La historia completa es la siguiente.

En remotos tiempos, cuando los pájaros podían hablar por especial permiso  de Dios, el pito era un horrible pajarraco gris, sin gracia, lúgubre, de desmesurado y afilado pico. Y cada mes, cuando la luna llena brillaba y todos los alados se reunían en asamblea, el pito saturaba los aires con sus quejas interminables.

  • ¡Mírenme, mírenme, hermanos! –Gritaba quejumbroso- ¡Mírenme cuan horrible soy!… Los pericos y las loras, con sus alas de esmeralda, brillan como el agua verde; la garza es blanca como la nube; el canario es amarillo como el oro y negro como el carbón; el tordo hermosamente moteado de blanco y negro; el cardenal, miren qué belleza, es como la rosa bañada en vino; sólo yo soy oscuro, feo y triste. buhhh… – y lloraba desconsolado. El águila que es el amo de todos los pájaros de la tierra, malhumorado tronó:
  • ¡Estoy harto de oír al pito!… ¡Siempre quejándose, siempre suspirando y llorando!… ¡Somos lo que somos! Nuestro creador ha tenido a bien dar belleza y majestad a alguno de nosotros; a unos velocidad, a otros, alas poderosas y garras fuertes; unos poseen una voz hermosa para cantar a la vida; otros, una pronunciada sabiduría. Todos debemos aceptar lo que Él nos ha dado. Debemos sobrellevar nuestra suerte cualquiera que ésta sea. El único impertinente y sinvergüenza que no quiere aceptar esto y se pasa la vida alegando es el pito…
  • ¡Así es águila!- gritaron todos los pájaros…
  • Pero para que no siga fastidiando, veamos si podemos ayudarle. Tú lechuza, tú que eres muy sabia ¿Qué dices de todo esto?… ¿Hay alguna manera de ayudar al pito para que sea hermoso?

La lechuza que había ganado su reputación de sabia por sentarse en silencio con la cabeza apoyada sobre el pecho, abriendo y cerrando sus brillantes ojos de ámbar, aclaró la garganta y habló con gran parsimonia.

  • ¡Demos al feo pito la belleza que busca! ¡La belleza como la sabiduría, se puede adquirir!, –dijo sentenciosa- que cada uno de los pájaros de colores le dé una pluma al pito. Así nunca volverá quejarse de su falta de belleza y color, pues llevará en su cuerpo todos y cada uno de los matices que se puedan envidiar…
  • ¿Y… nosotros? –Interrumpieron apremiantes los otros pájaros –nosotros también estamos orgullosos de nuestro plumaje. ¿Por qué entonces nos tenemos que desprender de alguno para satisfacer la vanidad de un pájaro tonto que nunca ha hecho nada para ganarse nuestra generosidad?
  • Bueno, todo lo que dicen es verdad. El pito nunca ha hecho nada por ganarse nuestro cariño y simpatía…
  • ¡Es verdad! –gritaron al unísono los pájaros.
  • ¡Calma, calma!- volvió a decir la lechuza. Esta vez el pito tendrá que ganarse nuestra deferencia desempeñando una misión especial.
  • ¿Qué hará? –Interrogó un pájaro.
  • ¡Será nuestro mensajero!
  • ¡Bravo! –Gritaron a voz en cuello los asambleístas.
  • ¡Cuándo nuestro hermano, el águila, desee reunirse con nosotros, sólo tendrá que enviar al pito para que nos convoque! Él se encargará de avisarnos a todos. ¿De acuerdo?
  • ¡¡¡De acuerdo!!! –Gritaron los pájaros unánimemente.
  • ¿De acuerdo, pito? –Preguntó el águila.
  • ¡Claro, hermano, claro! –Contestó entusiasmado el pájaro gris. ¡Con mucho gusto!

En ese momento, cada uno de los pájaros de lindo plumaje se arrancó su más brillante pluma y se la puso al pito. En un santiamén lo cubrieron del pico a la cola con las más atractivas y finas plumas escarlatas, amarillas, bermellones, lilas, celestes, verdes, doradas, blancas, azules, plateadas, negras, marrones… Cuando concluyeron, el pito estaba recubierto de mil colores como un mágico arco iris. En ese momento era el más bello de la tierra, de los aires y de las aguas relucientes… ¡Nunca se había visto un pájaro tan hermoso!

  • ¡Oh, qué bonito soy! ¡Qué bonito soy! –Gritaba el pito fuera de sí, contoneándose ostentoso.

Cuando el águila levantó la sesión, sin siquiera una palabra de agradecimiento, el pito se perdió por los aires, haciendo alarde del boato de su abigarrado plumaje de vivísimos colores.

No había pasado mucho tiempo. Horas solamente de aquel acontecimiento, cuando el pájaro pito, incapaz de cumplir su promesa, se desatendió de lo pactado. El único pensamiento que le dominaba, era su nueva apariencia. Todo el tiempo se pasaba mirándose al espejo de las tranquilas aguas de la laguna, murmurando petulante: ¡“Qué bello soy, qué bello soy!”.

Nunca el malagradecido entregó un mensaje. Cuando algún pájaro lo necesitaba para pedirle un servicio, se escondía entre paredes y roquedales negándose a contestar las llamadas.

Un día, deseoso de reunirse con todos los pájaros del mundo, el águila ordenó al pito para que convocara a toda la familia alada, pero el fatuo ni siquiera intentó obedecerle. En lugar de cumplir con el encargo se entretuvo horas enteras mirando el brillo de su plumaje en el reflejo de las aguas, gritando: “Qué lindo soy, qué lindo”.

Así llegó el día de la convención. Cuando el águila llegó al lugar del concilio no encontró a ninguno de los pájaros del mundo. ¡A ninguno! Iracundo, salió como una flecha por los aires y pájaro que encontrara, pájaro que era castigado.

  • ¿Acaso no fueron convocados para la asamblea?
  • ¡No, hermano águila, no!… ¡No sabemos nada!… –respondieron en coro.

Rabiosos todos los pájaros del mundo se recriminaban mutuamente. Los gritos desaforados eran de condena para el réprobo pito que no había cumplido con citarlos. Igualmente, ciegos de ira, maldecían a la lechuza por haberlos involucrado con semejante pillo. Tantos y tan sonoros fueron los gritos que Dios los escuchó allá arriba. Frunciendo el ceño, como nunca, el Supremo dijo:

  • ¿Por qué el don de la palabra que os he concedido, lo usáis tan mal? –Y extendiendo sus manos santas hacia la tierra, colérico como nunca, sentenció:
  • ¡No hablaréis más!… ¡Indignos sois de este preciado don! Desde ese mismo instante las voces furiosas de los pájaros se convirtieron en sonidos discordantes y varios; en agudos gritos, desagradables graznidos y una bulla que, desde entonces, no ha cesado. Sólo algunos pájaros que se ganaron el aprecio de Dios conservaron la dulzura de sus trinos.
  • ¡Vos, pito malhadado! Seréis mensajero de la muerte. Sólo cuando veáis a los hombres rodeados de la muerte, cantaréis!… ¡Vuestra vanidad será castigada severamente: volveréis a ser gris y feo como la muerte! Vuestra sangre servirá para combatir la parca, por eso os perseguirán. ¡Y como siempre os habéis escondido en los tapiales de muros y cementerios, viviréis hasta que la oscuridad cubra la vida!… ¡En cuanto a vos lechuza, sólo de noche podréis salir de vuestro escondite… ¡Sólo de noche!.

Dicen que desde entonces, el pito anda fugitivo, escondiéndose en muros y rocas. No quiere encontrarse con la lechuza ni con el águila. En cuanto a la lechuza, su vigencia de vida se ha restringido a las horas nocturnas.

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La voz de lo andino en la narrativa de Eleodoro Vargas Vicuña

Por Marco Martos

eleodoro-vargas-vicunaEleodoro Vargas Vicuña, (La Esperanza, Cerro de Pasco, 1924 – Lima, 1998) es uno de los narradores más notables de la promoción literaria aparecida en los años cincuenta. Su escritura de original belleza está cargada de ternura y vitalidad y reproduce en la página literaria el lirismo de habla y las expresiones del anónimo poblador de las comunidades de los remotos poblados del Perú indígena y mestizo. Vargas Vicuña construye sus narraciones como una serie de imágenes donde la frase vibra y le otorga vida al relato y la fábula o historia se diluye en el paisaje como una extraña visión. Lo que nos queda después de la lectura atenta de uno de sus cuentos es la sensación de haber entrado en un mundo desconocido regido por leyes eternas de las que apenas algo atisbamos. Percibimos, sí, que se trata de un mundo rural donde las menciones a la naturaleza o a los actos de los hombres, pertenecen tanto a lo mítico básico de la historia de la humanidad como al ambiente del mundo rural andino del Perú.

El aliento lírico de la narrativa de Vargas Vicuña fue percibido por la crítica nacional desde la aparición de su primer libro Ñahuin, en 1953. Como lo ha dicho Wáshington Delgado, a diferencia de la narrativa de Arguedas o Alegría e inclusive de Zavaleta, Vargas Vicuña no muestra interés por los grandes relatos que muestran la vida indígena en su complejidad social, tampoco penetra en la psicología de los personajes ni en la construcción de variados caracteres individuales. Su método de construcción del relato es acumulativo y al mismo tiempo selectivo. Acumula y selecciona imágenes que no cabe sino llamar poéticas o líricas y a través de ellas penetra en los arquetipos, es decir en situaciones básicas universales. Así, en Ñahuin observamos la presencia de pares míticos fundamentales: vida, muerte; generación, nacimiento; siembra, cosecha; inundación, sequía.

El mundo literario de Vargas Vicuña expresa cabalmente una realidad agraria y mítica donde existe una armonía universal, cuya ruptura, aunque sea leve da lugar a la aparición de lo trágico. Vargas Vicuña recoge el habla singular del hablante peruano de la sierra cuando se expresa en castellano, pero, sobre todo, presenta el mito primordial del hombre, la vida y la muerte.