Eduardo Galeano: LA ESCRITURA DEL FUEGO Y LOS VIENTOS Un texto de ELOY JÁUREGUI

“ellos tenían la Biblia y nosotros teníamos la tierra. Y nos dijeron: ‘Cierren los ojos y recen’. Y cuando abrimos los ojos, ellos tenían la tierra y nosotros teníamos la Biblia”.
                                                                                                                                 Eduardo Galeano

Eduardo Galeano 1
Buenos Aires: El escritor y periodista uruguayo Eduardo Galeano, autor de obras como -Las venas abiertas de América Latina-, murió hoy en Montevideo a los 74 años, informaron fuentes de Siglo XXI Editores, el sello que publica sus libros. Foto: Alejandro Amdan/Archivo Télam

1.

Querido Galeano: Vuelo al otro lado de este mundo en unos días y seguro que desde mi clase económica, sobre el fuselaje, veré tu mirada azulada sobre el techo añil del cielo, en ese que tú no creías, y seguro, no te acaban de convencer a pesar que con todos los huéspedes hay orden de que los traten bien.

Un imbécil peruano del Perú, te cuento, publicó en su facebook que cómo te podían comparar con Günter Grass, ese socio ilustre que escogiste como compinche para dejarnos cagados en este mundo, si él era Beckenbauer y tú apenas “El toro” Cantoro. Fíjate tú. Otros estúpidos, la mayoría gerentes de chifa de la clase medía avergonzada del Perú, celebraron la ocurrencia de ese matón de colegio religioso. Pobres mononeuronales. Cantoro es argentino y a ti te llegan los parrilleros. Que si querían compararte, que tú eres uruguayo como Luisito Suárez, que muerde y hace goles, como tú, Galeano, que le metiste diente a los regímenes bobalicones pro yanquis de Latinoamérica y sus alcahuetes, esos mequetrefes chupamedias de los gringos.

Querido Galeano, la clase política en mi país no ignoró tu muerte. Eso les jode porque saben que no estás muerto; ignoró que eres un escritor de tempestades, ese timonel templado que brioso denunció a los asesinos de la CIA, a los militares genocidas, a los curas fascistas y a los traidores del pueblo que en el Río de la Plata como en el Perú caminan con disfraz de intelectuales y le hacen juego a los oprobiosos y multiplican en serie a los tontos de la poesía de sobremesa y a los plásticos del té de tías.

 2.

Como dice ahora Miguel Ángel Nieto, que tú lograste lo increíble en el peligroso ejercicio de la palabra. “Combinar lo que susurra el corazón con las consignas humanas que nunca caducarán”. Y lograste entregar la palabra a quienes nacieron sin acceso o sin derecho a la palabra. Frases cortas. Adjetivos selectivos, elegidos a conciencia entre la infinita gama de los candidatos. La pluma en una mano y el hacha en la otra, como le enseñó Juan Rulfo. Textos cortos, destinados al alma, cierto querido Galeano.

Pero que saben los chanchos de alfajores. Para ellos el compromiso del escritor es anti estético. Por ello huyen como rosquetes cuando escucha una palabra que le cose el ano: Pueblo. Y cierto, Galeano, ese compromiso tuyo fue un desafío al oficio de escribir articulado a la defensa del pueblo, de los derechos humanos, de la verdad, de la justicia. Cuenta tu paisano Jorge Majfud que tus libros dieron batalla, en momentos en que en América Latina bastaba con pensar y soñar diferente para ser secuestrado, torturado y desaparecido en nombre de la democracia y la libertad.

E insiste: “¿Cómo pudo alguien haber sido un molesto disidente en la América Latina del Siglo XX sin asociarse o sin ser asociado con algún tipo de izquierda? Pero Galeano no era un “intelectual de izquierda” como dirán las enciclopedias; era el poeta de los de abajo, el mayor poeta en prosa de su tiempo, un mago de la metáfora, un delicado hermeneuta”.

Por eso, cuando esos andróginos de la derecha bruta y achorada del Perú ignoran tu presencia viva en las literaturas más jodidamente humanas de estos tiempos, los observo con asco como un guerrero que observa a las aves de corral y te digo Galeano, que tú nos enseñaste que escribir no era un pretexto para salir en sociales. Y que como dicen los que te quieren, Galeano tú demostraste que el escribir no era un ejercicio inocente y pueril, al contrario, escribir siempre será un acto de revancha contra los poderes del destino, contra los azotes de ese Dios de gabinete y contra la manga de imbéciles que pastan en los jardines públicos del onanismo ruin.

 3.

Querido Galeano, te dejó, termino un poema contra los miserables que manejan las minas de mi país y recuerdo que alguien ha dicho con la noticia de estas horas, que tú jamás fuiste un inocente de nada. Que convertías en textos brillantes y públicos los sueños que tu mujer te contaba al despertar y los colores con que ella adornaba la ensalada. Y por eso, tal vez por eso, supiste definir el compromiso de vivir de una forma tan bella como exigente cuando escribiste de nosotros: “Tienen el color de la tierra los que se revolcaron en el barro, y el de la ceniza los que buscaron calor en los fogones apagados. Verdes son los que frotaron sus cuerpos en el follaje y blancos los que se quedaron quietos”.

Adiós Galeano, te hago un mate en la mañana y te pongo ese tango pendejo de Bajofondo para que sigas renegando por quítame estas pajas. Nos vemos en ese cielo que fundaste escribiendo para que los pobres vivan sin plata y las mujeres sin lycras ni gimnasios. Amén

EPITAFIO

Eduardo Galeano 2Hay un único lugar donde ayer y hoy se encuentran y se reconocen y se abrazan. Ese lugar es mañana.

Eduardo Germán María Hughes Galeano, nació en Montevideo, Uruguay, el 3 de septiembre de 1940. En 1960 inició su carrera periodística como editor de la que sería la mítica revista Marcha. Tras el golpe de Estado de 1973 fue encarcelado y tuvo que exiliarse a Argentina. Publicó “Las venas abiertas de América Latina”, libro que marcaría varias generaciones, y que fue censurado por las dictaduras militares de Uruguay, Argentina y Chile. Esta obra proponía una historia de América Latina en clave de descolonización, lo que en ese entonces era impensable en los discursos dominantes. En Argentina fundó la revista cultural Crisis.

En 1976 fue añadido a la lista de los condenados del escuadrón de la muerte de Videla por lo que tuvo que marcharse de nuevo, esta vez a España, donde escribió la trilogía Memoria del fuego (un repaso por la historia de Latinoamérica). Regresó a Montevideo en 1985. Con otros escritores, como Mario Benedetti, y periodistas de Marcha, fundaron el semanario Brecha.
En 2007 superó una operación para el tratamiento del cáncer de pulmón, que le ganaría la batalla en 2015. En abril de 2009, el presidente venezolano Hugo Chávez entregó un ejemplar de Las venas abiertas de América Latina al presidente estadounidense Obama durante la quinta Cumbre de las Américas, celebrada en Puerto España, Trinidad y Tobago.

BILIOGRAFÍA

Los días siguientes 1962
China 1964: Crónica de un desafío 1964
Los fantasmas del día del león y otros relatos 1967
Guatemala: Clave de Latinoamérica 1967
Reportajes: Tierras de Latinoamérica, otros puntos cardinales, y algo más 1967
Siete imágenes de Bolivia 1971
Las venas abiertas de América Latina 1971
Crónicas latinoamericanas 1972
Vagabundo 1973
La canción de nosotros 1975
Conversaciones con Raimon 1977
Días y noches de amor y de guerra 1978
La piedra que arde 1980
Voces de nuestro tiempo 1981
Memorias del fuego I – Los nacimientos 1982
Memorias del fuego II – Las caras y las máscaras 1984
Contraseña 1985
Memorias del fuego III – El siglo del viento 1986
Aventuras de los jóvenes dioses 1986
Nosotros decimos no: Crónicas (1963-1988) 1989
El libro de los abrazos 1989
Las palabras andantes 1993
El fútbol a sol y sombra 1995
Las aventuras de los dioses 1995
Patas arriba. La escuela del mundo al revés 1998
Carta al ciudadano 6.000 1999
Bocas del Tiempo 2004
El Viaje 2006
Carta al señor futuro 2007
Patas arriba, la escuela del mundo al revés 2008
Espejos. Una historia casi universal 2008
Los hijos de los días 2011
Mujeres – antología 2015

Anuncios

LA VENGANZA Por D’Albani

Un notable precursor de los relatos policiales en nuestra tierra, es el escritor que siguiendo la moda entonces vigente de principios de siglo, se hacía llamar D’Albani, un seudónimo sin lugar a dudas. Colaborador en varios de nuestros periódicos, ofreció en un largo trecho de nuestra historia literaria, relatos estremecedores como el que vamos a ofrecerles. Lo interesante de este escritor es que, precursor de Truman Capote, basa sus relatos en hechos reales que estremecieron en su momento a los lectores de nuestros diarios

Crimen y Castigo - Edú Molina
Ilustración de Edú Molina

Es Cauri un pueblecillo casi insignificante del distrito de Cayna, cuyos habitantes vegetan entregados a las tareas del cultivo de la tierra y de la crianza y cuidado de sus rebaños. Allí vivía una pareja unida por el lazo matrimonial, desde hacía algún tiempo. Él, de nombre Blácido, fuerte, trabajador, sobrio y de carácter enérgico; ella, Isidora, una hermosa joven india de 25 años, consagrada al cuidado de tres criaturas, hijos de ambos.

NUBES

El clima no influye poderosamente en la conducta de las personas, y como único factor en el desarrollo de las pasiones,  allí en donde un corazón late, existen dos géneros de oposición en todos los instintos: amores y odios, risas y lágrimas; hambre de cariño y sed de venganza; manantiales de vida y fuente de muerte.

Isidora, guapa pero hacendosa mujer comenzó a sentir en su alma un raro malestar ante las insinuaciones amorosas de Pablo Mallqui, un hombre que vivía en la misma aldea. A su hogar, hasta entonces tranquilo y feliz, comenzó a mirarlo con desagrado y en gradación creciente se convirtió en hastío y éste se convirtió en repugnancia invencible.

Pensaba ella que la estrechez de esa casa en que vivía con su marido y sus hijos, se le había hecho odiosa, y no comprendía que  lo que en su alma pasaba era un desapego a su marido y la pérdida del afecto de otro tiempo; un amor criminal que en su pecho había germinado, crecido y desarrollado, hasta no poderlo ahogar, la convirtió en  infiel. Isidora, finalmente, se convirtió en una mujer adúltera.

¡Solo!.

Un día volvió Blácido a su casita de un corto viaje que le había demandado cuarenta y ocho horas de ausencia. El llanto de dos de sus pequeñuelos le hizo presentir una desgracia…

— ¿Por qué lloran…? …¿En dónde está mamá?… ¡¿Cómo los ha dejado solos…?!.

— La mamá hizo un atado de varias cosas –contestó balbuceando uno de ellos- Mallqui vino a caballo trayendo otro de tiro… la mamá montó y se llevó a la hermanita, a la grande…

No bastaba eso; era necesario preguntar, indagar y Blácido supo la verdad. Oyóla mudo y pálido, escuchó sin articular palabra toda la relación de su desgracia; su propia cuñada, la hermana de la fugitiva, le dio todos los detalles; y él los recibió, tragando en silencio el veneno que le administraban y cuando todo lo supo sólo exclamó.

— ¡Esta bien…! – Volvió a su casa, acarició a los chicos y silencioso siguió su vida ordinaria, como si nada hubiera acontecido.

Una cabalgata.

Pasó un mes, en el que su meditación, haciéndole superar su frustración, le hizo tomar una determinación.

Un día a la puerta de Blácido, se hallaban nueve caballos enjaezados, listos para un viaje.

— Hermanos y amigos: Ya sé en donde se halla mi esposa y he rogado a ustedes que me acompañen, porque voy a traerla. Me basto solo para ello, pero necesito junto a mí personas que me quieran y testigos que declaren que vean lo que hago… – Tomó luego un rejón, salieron todos y pocos momentos después la cabalgata se ponía en marcha, yendo a la cabeza, siempre pálido y silencioso, el esposo ofendido, con dirección a Lauricocha.

¡Perdonada!.

En los confines de Lauricocha y Antacallanca, se halla la estancia de Francisco Toribio, en la que vive con su anciana esposa. El día de los hechos que paso a narrar los acompañaba la joven india prófuga que en esa casa se había refugiado.

Todos escucharon el ruido de una cabalgata que se aproximaba a la estancia y momentos después, Blácido con el rejón en la mano derecha, se presentó en medio de la habitación.

La tránsfuga y sorprendida india joven empalideció, lanzó un grito y se arrojó a tierra ocultando el rostro contra el suelo.

— ¡Si, lo sabía, era una malvada, era no sólo desleal esposa sino también mala madre… había abandonado a sus hijitos… pero estaba arrepentida… Volvería a su casa para ser esclava de su marido… Sufriría todos los castigos que él quisiera imponerle… Con sus lágrimas borraría el baldón que había arrojado sobre su Blácido… ¿Quería matarla?…Allí estaba para sufrir el suplicio. ¿Por qué no lo haría si lo deseaba…?. Y mientras así exclamaba en el dulce idioma de los incas, la desmadejada mujer se arrastraba, cubierto el semblante de lágrimas, con el pelo desgreñado, besando los pies de su marido que, medio anonadado, contemplaba la escena.

— ¡Blácido! Hasta nuestro buen Dios perdonó las ofensas que los humanos le hicieron… ¿Y tú no perdonarás a esta desgraciada? – Exclamó la anciana que había cobijado a la adúltera y que al verla así de arrepentida, abogó por ella.

Blácido sintió que las lágrimas se agolpaban a sus ojos prontas a brotar y casi ahogado por la emoción levantó a su esposa, la acercó a sí, exclamando:

— ¡Estás perdonada…!

Luego volvió a sus acompañantes, diciéndoles:

— Hermanos y amigos: Les agradezco su compañía y les ruego que regresen por ser ya innecesaria su presencia. Acabo de perdonar a mi esposa por el mal paso que ha dado.

Dos cadáveres.

Pocas horas después por el sitio de Cuchicancha en el camino de Lauricocha a Cauri pasaba un individuo que hubo de sorprenderse a la vista de dos cadáveres abandonados; de hombre el uno, y de mujer el otro.

Catalino Roque Agente Municipal de Páucar, que residía en su estancia de León Cancha, recibió la noticia y en unión de Juan Cortez, Francisco Melgarejo, Manuel Medrano y Sergio Medrano se constituyeron en Cuchi-cancha y cruzados sobre una mula condujeron los dos cadáveres a la capilla de Lauricocha, en donde fueron velados y sepultados luego, para mezclar sus cenizas en la triste comunión de los muertos. ¿Sus espíritus también se entrelazarían en la comunidad de las almas?

La Justicia.

La justicia interviene. Blácido y sus hermanos, más dos amigos, son los autores, acusa  Toribio. El y su anciana esposa describen la escena que se realizó en su casa, el mismo día, y su regreso a Cauri. Sospechan que los autores del asesinato sean los miembros de  la comitiva que había venido a rescatar a la mujer infiel. Pero los acusados no aparecían. O habían huido o se habían ocultado.

Mucho tiempo después se realiza en Cauri el entierro de uno de los parientes de los acusados y durante la ceremonia del entierro, el cementerio es rodeado por el gobernador y sus auxiliares, pero los presuntos reos se abren paso mediante la fuerza y sólo uno cae en manos de la autoridad. Era uno de los acompañantes de aquella comitiva, pero es inocente; nada sabe del crimen del que se le acusa.

Blácido se presenta entonces

— Nadie es responsable del delito, sólo yo. Es cierto lo relatado por Francisco Toribio y su mujer; pero lo que él ignora es lo que aconteció después, cuando mis acompañantes, ajenos a lo que acontecería, se marcharon sin intervenir en nada más. Es bueno que me escuchen para que sepan el epílogo de todo aquello. A  pesar de que había almacenado odio en mi corazón para no vacilar en el momento de la venganza, yo perdoné y perdoné sinceramente. El recuerdo de mis hijos sin madre me enterneció y no los ruegos de la mujer que me había hecho desgraciado. Volvía con ella a mi casa, a la casa donde esperaban mis hijos, sólo con ella, porque necesitaba de la soledad. En el camino vi que un hombre que venía en dirección contraria a la que yo llevaba. En ese momento, inexplicablemente mi mujer dio un salto del caballo, pues yo la llevaba a la grupa, y corrió en dirección a ese hombre. Le reconocí, era Pablo, era su amante, era el enemigo que más daño me había hecho en mi vida. La canalla se abrazó de su cuello como buscando protección en una clara elección final del hombre que quería.  La sangre hirvió en mis venas y subió a mi cabeza; sentí renacer mi sed de venganza que había ahogado poco antes y me lance con mi rejón sobre ambos. Primero a ella y luego a él, a ambos herí y mate sin compasión; con todo el odio que hicieron renacer en mí. A la vista de esos cadáveres me estremecí de horror y huí y he vivido oculto hasta hoy que he sabido que un inocente estaba encarcelado…

Cuatro instructivas prestó Blácido y en ninguna varió su confesión.

Epílogo.

El juicio siguió su larga sustanciación y al fin el juez expidió sentencia condenando a Blácido a penitenciaría.

Mientras la causa se hallaba pendiente del fallo de la Corte Superior, Blácido, moría de pulmonía en el hospital del Cerro de Pasco, sin más auxilio que la presencia del gendarme encargado de su vigilancia. ¡Así se sustrajo a la justicia de los hombres que tal vez habían exagerado sus culpas!… ¡Así se abrieron las fúnebres puertas de la cárcel para dar libertad a ese reo que en defensa de su honra escarnecida cometió un crimen que su corazón jamás alimentó!

¡Tres tiernos huérfanos lloran hoy su desgracia, sin pan, sin hogar y al pie de la cruz de la tumba del padre donde van a orar…!

GEORGETTE NARRA LOS ÚLTIMOS DÍAS DE VIDA DE CÉSAR VALLEJO (Segunda parte)

Fuente: Revista Caretas

Vallejo 2(Villa Arago, 29 de marzo de 1938).

Esto sucedió entre las tres y las cinco de la tarde. Que se me perdone el no recordar la hora exacta; hacía 16 días que no me había acostado ni una sola hora.

Después entramos en la semana que precedió a la de su muerte. La peor de todas. Los médicos habían perdido la cabeza y huyeron. Ya las enfermeras juzgaban a duras penas necesaria la toilette de la mañana. Se olvidaban las horas del termómetro, la toma de las pulsaciones; los serums olvidados en el día eran inyectados apresuradamente en plena noche o al día siguiente. La mayoría se derramaban sobre el colchón. Se dejaba todo en mis manos agregando gentilmente, y aún con una sonrisa roja o rosada: “Sabemos que Ud. está aquí”.

La fiebre, el hipo, el delirio habían vuelto irreconciliable a Vallejo. El viernes que precedió en siete días al de su muerte, llamé a un médico conocido. “Toda esperanza no está perdida”, me dijo y procedió de inmediato al tratamiento. Prometió regresar al día siguiente a las 18 horas.

Al día siguiente Vallejo había recobrado su lucidez; la fiebre de 41 ½ había bajado a 38 ½. Era el sábado 9 de abril.

A las tres de la tarde el médico peruano regresó. No se atrevía a entrar en el cuarto. Apena lo vio, exclamó:

– ¡Pero, amigo, está Ud. mejor!

Y palpaba a Vallejo a través de la manta, visiblemente estupefacto. Bruscamente se volvió hacia mí y de frente por temor hacía mucho tiempo que no me miraba –dijo:

– ¡Qué le decía yo, señora!

El sábado, a las seis de la tarde, esperamos en vano a mi médico; lo que desesperó a Vallejo. Los otros tres facultativos prevenidos a qué sé yo, lo habían hecho arrojar literalmente de la clínica.

El domingo la fiebre subió nuevamente a 41 ½. Y en la mañana del lunes comenzó la agonía, que duró hasta las 9 y 20 de la mañana del viernes; lo que prueba suficientemente que 8 días antes “TODA ESPERANZA NO DEBIÓ ESTAR PERDIDA”.

En su agonía, Vallejo –a pesar de lo que hayan dicho– jamás nombró a su familia ni a su mujer, ni a ninguno de sus amigos. Y por esto no hay que reprocharle, pues no cometió crimen alguno. Pienso sí que en el delirio de Vallejo vivió únicamente España. Deberíamos admirar tal desinterés y estoicismo.

Sus deudas, si las tuvo –no las dijo durante su enfermedad– las arreglaría más allá de la muerte.

No le disputemos su agonía. Una obra, una misión, es un tirano que no admite ningún desfallecimiento en su servidor.

*****

EL RECUERDO

Tenía una desolación de cara angosta

El París en el que vivió, amó, escribió y murió Vallejo fue un punto de encuentro importante de toda una generación de creadores latinoamericanos. Luis Cardoza y Aragón, poeta guatemalteco formó parte de este grupo. Desde su tranquilo retiro mexicano y en exclusividad para Caretas, nos cuenta sus recuerdos.

Conocí a Vallejo en 1925. Yo era muy amigo de Alfonso de Silva, el músico, el que tocaba tangos en cafés y restaurantes. Una noche me llevó a visitar a Vallejo, andábamos por la zona de Montmartre –cerca de La Ópera y el Follies Bergere– y fuimos a visitar a su compatriota. Alfonso me había hablado mucho de él; vivía en un modesto hotel, en la Rue Moliére– si no me equivoco, ya era muy tarde pero tocamos la puerta y cuando entramos lo encontramos durmiendo junto a otro joven. Esto me desconcertó un poco, pensé que eran homosexuales. Vallejo se incorporó y me invitó a entrar y charlamos mucho y me di cuenta que ambos eran muy varones. Y me dije, pues, la mariconada hubiera sido que Vallejo en ese frío hubiera mandado dormir en el sofá a su amigo.

Luis Cardoza y Aragón tiene ahora 84 años, vive retirado en su casa de Coyoacán.

Me permití irrumpir una vez más en su mundo soledoso. Y me entregó generoso una charla sobre el amigo entrañable con quien compartió la fiebre de la creación en los turbulentos años veinte.

Así se inició su amistad con Vallejo, cuando lo encontró durmiendo con Julio Gálvez, el sobrino de Antenor Orrego, con quien salió de Lima y acabó fusilado por los franquistas en la Guerra Civil…

-Esa noche hablamos mucho, incluso yo lo visitaba con frecuencia y alguna vez –como la cama no era grande– dormí en el sofá. Y pude conocer su gran fervor humano, esa ternura y temple a la vez. Los latinoamericanos que estábamos en esa época –hablo de Alejo Carpentier, Uslar Pietri, Toño Salazar (que le hizo varias caricaturas), Félix Pita Rodríguez, Vicente Huidobro, Miguel Ángel Asturias– lo tratábamos como El Huaco. Sabíamos que venía de una región donde había florecido la Cultura Mochica, mestizo con un rostro aindiado, delgado, tenía una desolación de cara angosta, más enjuta por la nariz aquilina. Como he dicho alguna vez: tenía cara de reja de arado que hendía la tierra y sembraba pedernales. Era de temperamento fuerte, a veces de mal humor y vivía con mucha austeridad. Denotaba un mundo interior tan vasto y en conflicto. Los peruanos que estaban en esa época le llamaban El cholo, el cholito. Vallejo respondía con una leve sonrisa cuando le llamaban así.

Ustedes se habían posesionado de los cafés de Montparnasse:

-A ese café íbamos los latinoamericanos a tomar desayuno a cualquier hora. Había una parte para comer y otra era el “bistrot”, donde se tomaba tragos. Nosotros íbamos en grupo y pedíamos nuestro cafecito con leche y como habían unas canastas con los “croissants” o mediaslunas, como las llamábamos, engañábamos al hambre con estos pancitos, y pues nos echábamos cinco, seis o siete y al momento de pagar decíamos que habíamos consumido uno o dos, y con lo que nos ahorrábamos pasábamos a la otra sala a tomarnos ese trago bien conservado.

-Una vez Vallejo se apareció en la terraza de La Rotonde como clavo oxidado, negro, lebrel infernal, y nos leyó apuntes de un poema en donde alude a sus depósitos en Le Crédit Lyonnais. Nos sorprendió. Todavía escucho el comentario de Mado, linda prostituta borracha que sabía español aprendido en la cama con dos generaciones hispanoamericanas: “Il faut que tú evolues, espece de fetus”. Así era el ambiente, pero Vallejo impuso su voz, su iluminación y sus fatigas. Siempre me ha resultado un enigma en esos años jadeantes, no lo comprendí bien, no lo escuché bien. Sólo serenas lecturas posteriores me dieron una comprensión cabal de su obra. Tenía una manera muy propia de versificar, creía notar algo de torpe en su construcción, por lo que pensé que allí afloraba tal vez el humor del quechua, un temperamento y una sensibilidad que venían del pasado, de un ayer que asomaba, a cada instante: esa angustia, esa nervadura, ese mundo interno afloraba siempre. Por eso he dicho que Vallejo ha inventado en lenguaje. No escribe en español, sino en Vallejo. Eso le ha permitido crear su lenguaje, su manera de hablar, de versificar, y en eso fue un vanguardista a pesar suyo.

*****

SONETO DE CIRCUNSTANCIA

Vallejo 3
De puño y letra de César Vallejo. Foto tomada a la revista Caretas. Escobar Vallejo, primo del poeta, dice que a César Vallejo le gustaba peinarse a lo poeta, el pelo para atrás. También dice que era soñador y distraído y que soñaba con escribir. En esos tiempos que podrían considerarse la prehistoria, Vallejo escribió el soneto que aquí publicamos:

Era la noche de la despedida de Amalia Isaura, cuya compañía de teatro había entusiasmado a todo Trujillo allá por el año 1916 poniendo en escena una pieza de teatro del joven escritor Víctor Raúl Haya de la Torre “Triunfa Vanidad”. Los licores se consumían y las pasiones desbordaban. La obra tenía serias similitudes con uno de los percances de amor vividos por el Poeta. En medio de la noche los concurrentes pidieron a César Vallejo escribir un poema de homenaje, despedida y afectos a Amalia Isaura, el poeta no se negó, metió la mano a su bolsillo y sacó un sobre, lo despegó y en el momento escribió un soneto. Los alcoholes siguieron su travesía. Los abrazos y la nostalgia de las despedidas hicieron que el poema no llegara a las manos de la inolvidable Amalia. Se quedó entre las botellas, los vasos y los pañuelos olvidados por la euforia. Antenor Orrego lo recogió, durante muchos años lo guardó con él. Alguna vez lo publicó en una tesis universitaria.

 

 

GEORGETTE NARRA LOS ÚLTIMOS DÍAS DE VIDA DE CÉSAR VALLEJO (Primera parte)

Publicado por CARETAS el 20 de enero de 2106

Vallejo
César Vallejo (arriba de la flecha en rojo) al lado de Macedonio de la Torre. Al frente, empezando desde abajo, Víctor Raúl Haya de la Torre. Junto a él, a su derecha, Álvaro Pinillos, Alcides Espelucín y Antenor Orrego. La reunión fue en Trujillo. Foto e información de Caretas (edición 1001)

Georgette Marie Philippart de Vallejo, la francesa a quien amó el poeta peruano, narró, en un reportaje que publicó Caretas en 1951, los últimos días de vida de César Vallejo. En el escrito describe sus preocupaciones, las carencias, “los errores” y “el desastre” que pasaron durante esos 34 días –desde el 13 de marzo de 1938– que precedieron a la muerte del célebre huamachuquino: el 15 de abril del mismo año. “No se regatea con la vida”, le dijo entonces el poeta a su amada “en el curso de ese infierno” que vivieron durante los mencionados días. El siguiente texto, que dicha revista reprodujo en abril de 1988 –a cincuenta años de la muerte del poeta–, también contiene el recuerdo del guatemalteco Luis Cardoza y Aragón, vate que integró el grupo de latinoamericanos que crearon y se crearon en París, como César (a quien llamaban El Huaco), y un soneto escrito por Vallejo para una inolvidable actriz que alborotó Trujillo en 1916.

VALLEJO: ¡CUÁN POCO TIEMPO HE VIVIDO!

LA AGONÍA

El 13 de marzo comenzó la muerte del poeta

Por: GEORGETTE VALLEJO

Vallejo se acostó el 13 de marzo de 1938, después de comer, entre las dos y las dos y media. Hoy todavía me acuerdo de esa comida porque fue excepcional, y es por eso que me acuerdo también de la hora en que se acostó, sin imaginarse que nunca más iba a levantarse.

Y, aquella mañana, yo había ido al mercado como de costumbre, volví al hotel de 64 Avenida del Maine con dos costillas de carnero, habichuelas verde pálido y una botella de vino “casi fino”. No fue el menú lo más extraordinario, sino una fuerza ajena a mi voluntad que me impulsó a hacer tales gastos.

Vallejo permaneció acostado toda la tarde; lo que era completamente desacostumbrado. Me extrañé, y nada más. Al día siguiente se sintió cansado, tan cansado que no se levantó. A partir de este día supe que estaba perdido, y perdido porque, no teníamos dinero. Enderezada más que educada en este sentimiento por mi madre, desde mi más tierna infancia, me fue posible pedir nada a nadie.

Durante algunos días, para decir la verdad, Vallejo no empeoró. El médico que lo había visitado desde el segundo día, no se alarmó en absoluto. Mi insistencia “intolerable”, mis angustias “imaginarias”, hicieron que pronto me juzgara muy “exaltada”. Al cabo de una semana, la fiebre, hasta entonces estaba estacionada en 38 grados, subió ligeramente. El médico acosado por mis preguntas se emocionó y lo condujo a una clínica. Ahí comenzó el desastre.

En tres días, la fiebre saltó a 40 por la tarde y 39 por la mañana. Los médicos se sucedieron y, con ellos, las inyecciones, los análisis, los errores; Vallejo, como lo han demostrado los innumerables análisis, todos negativos, no necesitaba sino cambio de clima y reposo inmediatos, tranquilidad económica absoluta. No vacilo en afirmar que si la cuarta parte de la suma que fue entregada ciegamente a la clínica nos hubiera sido confiada, Vallejo no habría muerto.

Al cabo de una semana de clínica, la fiebre hizo un nuevo salto a 41 ½. Esto duró hasta el final. Cuando se acordó llamar al profesor Lemiere, especialista en enfermedades infecciosas era demasiado tarde. “Veo que este hombre muere –dijo– pero no sé de qué”.

Mientras Vallejo permaneció en el hotel, su moral fue buena y su presión aumentó ligeramente, por lo cual tengo la impresión de que no tuvo el presentimiento de su muerte próxima. Cuando ingresó a la clínica, las enfermeras lo hicieron sentar en una silla para transportarlo a su habitación. Algo en su perfil me heló de incertidumbre.

Una tarde abrió los ojos; brillaban como un grito y tenía la mirada del que va a morir.

Muy suavemente me dijo: “Tenías razón en todo”. Y, como yo iba a protestar, gritó: “¡En todo! ¡Y soy yo quien no te ha comprendido!” En el curso de ese infierno que fue nuestra vida, yo me había desesperado algunas veces; y poniendo la misma fuerza y la misma pasión en mis debilidades que en nuestra perseverancia, estas desesperaciones habían sido en ocasiones muy violentas.

Otro día –debía sentirse muy mal– la desesperación juntó en su mirada todas las palabras de admonición:

– Tendrás valor.

– Tendremos, dije.

Pero el tono de mi voz me traicionó más que mis palabras. Yo había pensado: “Lo tendré, si vives”. Y él adivinó perfectamente mi pensamiento, y con el rostro impregnado de reproche y de cierta severidad, dijo:

– No se regatea con la vida.

J.K. Rowling, la creadora de Harry Potter

Publicado en el diario EL COMERCIO de 31 de julio del 2015 en su sección “Huellas digitales”

Hace 50 años, el 31 de julio de 1965, nació la escritora inglesa Joanne Kathleen Rowling, autora de la saga de novelas de Harry Potter, uno de los libros fantásticos más populares de la literatura contemporánea, que batió récords de ventas (450 millones de copias a la fecha) y formó una corriente cultural colosal a la que la prensa denominó ‘pottermanía’.

J.K RowlingJ.K. Rowling pasó de ser una persona desconocida y con problemas económicos en la década de los noventa -que incluso la obligó a dejar el país en busca de trabajo- a ser una mujer poseedora no solo de una fortuna que sobrepasa los mil millones de dólares (según la revista Forbes), sino de una popularidad inimaginable en Europa y Estados Unidos.

La autora tienes tres hijas, ha publicado 13 libros, es licenciada en Filología Francesa y Clásica por la Universidad de Exeter y ha recibido varios reconocimientos y premios tras el éxito de Harry Potter. Entre estos se encuentran una Orden del Imperio Británico por su servicio a la literatura infantil, doctorados honoris causa, el premio Príncipe de Asturias de la Concordia, la Legión de Honor francesa y el Premio Hans Christian Andersen.

Además, tras el éxito obtenido, Joanne ha dedicado parte de su vida a realizar acciones de caridad no solo apoyando a instituciones benéficas como Comic Relief, One Parent Families y Multiple Sclerosis Society of Great Britain, sino que ella misma creó su propia fundación llamada Volant Charitable Trust –que combate la pobreza y la desigualdad social- y fue fundadora de Lumos, una ONG que trabaja para transformar las vidas de niños marginados.

Harry Potter y otros proyectos

La concepción de la idea que dio origen a Harry Potter sucedió cuando Joanne estaba retrasada en un viaje que realizó de Manchester a Londres. Allí, en ese trayecto, escribió los primeros esbozos de su obra, hasta que en 1995, desde un café de Edimburgo, la concluyó y tituló: ‘Harry Potter y la piedra filosofal’.

Este libro fue rechazado hasta en nueve oportunidades por diversos editores, sin embargo una editorial de Bloomsbury aceptó publicarlo. Sin muchas expectativas en un libro que no fue promocionado y del que se produjeron pocos ejemplares, sucedió lo que nadie esperaba: la historia del niño huérfano que se convierte en un joven aprendiz de mago resultó por colocarse en la lista de los libros más vendidos de The New York Times.

Después de los constantes éxitos de ventas en cada una de las siguientes entregas, en el 2007 fue publicado el séptimo y último libro de la serie: ‘Harry Potter y las Reliquias de la Muerte’. Además, dentro del universo expandido de la saga fantástica, Rowling también publicó ‘Quidditch a través de los tiempos’, ‘Los cuentos de Beedle el Bardo’ y ‘Animales fantásticos y dónde encontrarlos’.

Saga Harry-Potter

Esta última obra, así como los siete libros de Harry Potter que le precedieron, también será llevada al cine. En el 2014 Warner Bros anunció oficialmente la producción de lo que será una trilogía con fechas de estreno en 2016, 2018 y 2020, y encargó el guion de esta nueva historia original a la misma J.K. Rowling.

La autora también ha publicado libros para adultos ‘Una vacante imprevista’ (2012) y ‘El canto del cuco’ (2013), su primera novela policiaca bajo el seudónimo de Robert Galbraith.

(Diego Lopez Marina)
Fotos: Agencias

EN OCTUBRE NO HAY MILAGROS: HISTORIA DE LA PROCESIÓN DEL SEÑOR DE LOS MILAGROS Publicada en Caretas de junio del 2015

Este año, 2015, se cumplen 50 años de la publicación de la novela En octubre no hay milagros, de Oswaldo Reynoso, obra que cuenta historias paralelas, en el contexto de un día de procesión del Señor de los Milagros, en la que el autor, además de relatar sobre la nueva conformación social de Lima, escribe, desde su prosa poética, una aguda y crítica explicación sobre la devoción al “Ñorse Milagrero”, como llaman algunos de sus personajes al Cristo Moreno. En los siguientes párrafos, Reynoso desentraña una explicación, más allá de la novela, sobre el proceso de evangelización católica, la esclavitud y la lucha por conservar los privilegios de quienes tenían el poder durante el Virreinato.

Oswaldo ReynosoDe En octubre no hay milagros, páginas 183 y 184 (editorial Universo, cuarta edición):

Y fueron los esclavos, sólo los esclavos negros, los que, desde sus inmundas cuadras, encontraron, en el Cristo pintado en un muro de Pachacamilla, la magia salvaje de sus antiguos dioses africanos. Este Cristo, pintado por alguna mano esclava en un miserable muro, era de ellos: qué diferente a los lujosos Cristos que sus amos veneraban en las iglesias de piedra tallada adornados con oro y plata; qué distinto a los Cristos vestidos de raso y seda que sus señores sacaban, entre flores, incienso y perfumes, a pasear por las calles de Lima. Mágico muro levantado con sangre que resistía la violencia igualadora de los terremotos.

Y mientras los chapetones, lujuriosos, se revolcaban, sucios, con hembras indianas; mientras, cortesanos, vestidos de seda, oro y encaje, al atardecer de brujas, se paseaban por La Alameda en ornados carruajes halados por árabes caballos relucientes; mientras la Colonia era un fruta amarga en las minas, en las reparticiones , y su jugo, apetitoso, dulce, se bebía, generoso, en Cuzco, en Huamanga, en Lima y en España; mientras la hispánica nobleza y la criolla burguesía no se cansaban de agradecer al Altísimo por el orden social y pedirle que lo haga eterno: los esclavos, en torno de su Cristo de Pachacamilla, fueron aprendiendo que ellos, también, eran humanos. Y en la sangre reseca de sus espaldas azotadas, en el insólito sudor de sus cuerpos famélicos fue naciendo, como una cristalina semilla, el sentimiento de la solidaridad. En torno de ese muro se dieron cuenta que eran muchos: más que sus amos.

Llegado Octubre, juntos, frente a su Cristo africano, rezaban y sus quebradas voces se oían en todo Lima. Y cuando cantaban, fuerte, las sólidas paredes de piedra de las casonas de sus amos temblaban, rajándose. Entonces, nobles y criollos, asustados, desde las tímidas celosías de sus balcones de madera oscura, miraban al cielo y pedían, de rodillas, a su Cristo Rey la muerte inmediata de ese impostor del muro de Pachacamilla que tenía el poder de juntar y rebelar a todos los mugrientos esclavos de la suave, cortesana y leal ciudad de Lima.

Y el Cristo Rey envió, con bendiciones papales, desde la Metrópoli, al vejete Amat. Y mientras garabateaba un delicado verso a la rosa no sentida y, como perro histérico y baboso, perseguía, oliendo, por alamedas y por puentes y por teatros y por salones, el rabo de la grandísima puta Perricholi, robó a los esclavos el peligroso Cristo africano que mostraba el paraíso en la tierra y lo cambió por el Cristo Rey que enseñaba a humildad, bendecía la esclavitud y prometía un paraíso para la otra vida. Y en Octubre, cuando los esclavos llegaron al muro de Pachacamilla, encontraron al poderoso vejete de rodillas, junto a un descomunal obispo, rezando a un Cristo Rey, ajeno que ya no era de ellos.

Y hasta una beata, con oscuros parentescos nobles, de nombre Santa María Lucía, afirmó que el Señor de Pachacamilla se le había aparecido en sueños y que le dijo que todos los fieles deberían tener hábito morado. Entonces, nobles, criollos y esclavos pusieron sobre sus hombres un hábito morado y se sintieron iguales ante el Cristo Rey. Y desde 1760 amos y esclavos, señores y pueblo, señoritos y plebe, en octubre, son iguales por la magia celestina de un simple hábito morado.

[Cuarta edición, junio 1973].

“LA ORGÍA” POR ISABEL ALLENDE Artículo publicado por la revista peruana CARETAS 18 agosto, 2010

la orgiaLos siguientes párrafos corresponden al libro Afrodita de Isabel Allende, novelista y periodista chilena. Obra curiosa y llamativa que relaciona el erotismo y la gastronomía. En estas líneas, la autora describe históricamente, con el sentido del texto, sobre el placer y la religión.

Texto:

En un libro sobre el Imperio romano averigüé que la idea es tan antigua como la humanidad. Con diferentes pretextos, desde fechas religiosas hasta victorias guerreras, las parrandas privadas y las bacanales públicas servían de válvula de escape a las tensiones cotidianas y los pesares del corazón. No existía entonces el problema de la sobrepoblación, por el contrario, se trataba de traer cantidades de niños al mundo; la fertilidad era celebrada por todas las civilizaciones antiguas en festividades orgiásticas. Por una cuantas horas o días, las reglas y leyes pasaban al olvido y el populacho se volcaba a la calle en alegre mezcolanza de mujeres y hombres, nobles y plebeyos, virtuosos y pecadores. De allí provienen nuestros desteñidos carnavales modernos, que con muy pocas excepciones son tristes simulacros de las bacanales de la antigüedad, cuando el desenfreno se apoderaba de las almas y había permiso para embriagarse y fornicar sin medida.

la orgia 2

Fiesta dionisiaca (?)

Antes del triunfo del cristianismo en Europa no existía el concepto de compasión o de amor al prójimo, a nadie se le habría ocurrido tampoco que el sufrimiento físico fuera provechoso para el alma. La idea de negar el placer con el propósito de desarrollar un estado superior de conciencia ya se había formulado, pero no tenía gran aceptación popular. La filosofía espartana basada en la severidad y la disciplina sólo tuvo adeptos entre guerreros. Epicúreo representaba mejor la tendencia de su tiempo: la tierra y lo que contiene fueron creados por los dioses para el uso y goce de los hombres. En las culturas griega y romana el placer era un fin en sí mismo, en ningún caso un vicio que luego fuera necesario expiar. Las clases altas vivían en el ocio, ajenas por completo al sentido de culpa, puesto que el trabajo no era virtud sino fatalidad, indiferentes a la suerte de los menos afortunados y rodeados de esclavos a los cuales podían atormentar a su antojo…

Al final, exhaustos y a menudo enfermos, los invitados regresaban a sus casas a purgarse, sin sospechar que en las cocinas, en los patios, en las calles, en todas partes los esclavos propagaban en susurros una extraña fe que habría de acabar con el mundo tal como ellos lo concebían. Esa nueva religión se basaba en amor a otros seres, sobre todo a los más pobres y desdichados, simplicidad en las costumbres y negación de todo aspecto placentero de la existencia; los sentidos y los apetitos eran trampas satánicas que conducían las almas al infierno y por lo tanto debían ser dominados con determinación férrea. Imagino la sorpresa burlona de los ricos romanos cuando oyeron las primeras prédicas de los nuevos fanáticos… Jamás supusieron su repercusión y siguieron riéndose mientras el cristianismo se propagaba entre los pobres como un incendio incontenible, que finalmente los arrasó. Habrían de pasar varios siglos de oscurantismo antes de que se asentaran las cenizas, se disolviera la humareda y Europa recuperara el respeto por los sentidos y el gusto por el despilfarro.

la orgia 3

Priapo

Durante la Edad Media el arte, el lujo y la belleza se convirtieron en motivos de sospecha; el deleite pasó a ser fuente de culpa y el propio cuerpo se transformó en enemigo del alma que albergaba. Sufrir en esta vida era la forma más certera de alcanzare eterno regocijo en la próxima. Grandes santos del cristianismo tuvieron como único mérito atormentar sus cuerpos hasta lo inconcebible… Los creyentes, pasmados, se inclinaban ante este espectáculo que supuestamente complacía a Dios. Hubo excepciones, claro está, siempre las hay entre ricos y los sabios: algunos nobles y prelados de la Iglesia que nunca abdicaron de la buena mesa y las mujeres hermosas; también viajeros que descubrieron las maravillas del Oriente en las Cruzadas y regresaron con el gusto por las especias exóticas, los perfumes, las ciencias y las artes olvidadas desde los tiempos del Imperio romano, pero esos refinamientos quedaron relegados a unos cuantos sibaritas de las clases dominantes. La gran masa humana vivía en la miseria, la ignorancia y el miedo. El hedonismo de los griegos y romanos, quienes consideraban el placer como el fin supremo de la existencia, fue remplazado por la sombría creencia de que el mundo es un lugar de expiación, un valle de lágrimas donde las almas hacen mérito y sufren martirio para ganar un paraíso hipotético. Los antiguos festivales relacionados con la vendimia, la fertilidad, las estaciones o los dioses, pasaron a ser simples comilonas en temporadas de buenas cosechas y las orgías fueron exabruptos brutales de la soldadesca victoriosa a la hora del saqueo. Durante mil años el cristianismo destruyó sistemáticamente a los dioses anteriores, borrando sus huellas con métodos bárbaros, enterrándolos en los sombríos rescoldos de la memoria, transformándolos en demonios y quemando en la hoguera, acusados de herejes y brujas, a quienes tuvieran la mala suerte de recordarlos. Cuando la Iglesia no pudo suprimir del todo las festividades paganas, las asimiló a su propia liturgia. Así es, por ejemplo, cómo los panes fálicos y en forma de genitales femeninos que se usaban en las festividades orgiásticas, tomaron aspecto redondo con una cruz encima y pasaron a llamarse bollos de Corpus Cristi. Pero a veces la deidad destronada no se dejaba avasallar: durante el Carnaval en Trani, Italia, se paseaba por la ciudad una estatua de Príapo y su enorme falo de madera era venerado como Il Santo Membro. Mientras más represión soporta el ser humano, más ideas rebeldes emergen en su imaginación supliciada. Hubo una secta cristiana eslávica, los Khlysti, que celebraban ceremonias orgiásticas donde hombres y mujeres copulaban en representación de la unión divina de Jesús y María, en medio de una borrachera general con cánticos, danzas y flagelaciones. Estos ritos ocurrían después de meses de abstinencia, castidad y ayuno, durante los cuales las parejas casadas dormían en la misma cama sin tocarse.

Las orgías han existido siempre, gracias a Dios, incluso en tiempos de la Inquisición o de los puritanos, cuando todo el mundo andaba vestido de negro y las paredes se decoraban con lúgubres cruces, pero han sido más brillantes y divertidas en las épocas de la historia en que el placer se cultivó como un arte.

(…)