El Cerro de Pasco en las Tradiciones peruanas

Estimados amigos y amigas permítanme compartir el video de la presentación del libro “El Cerro de Pasco en las Tradiciones Peruanas”, realizado el lunes 18 de diciembre en la ciudad del Cerro de Pasco, distrito de Yanacancha vía on line.

Mi agradecimiento eterno a la Municipalidad de Yanacancha, a su señor Alcalde así como a su magno Concejo que han permitido que este libro se produzca y pueda llegar a todo el pueblo de Pasco con la única y sana intención de fortalecer nuestra historia.

Aprovecho la oportunidad de desearles a cada uno de ustedes unas felices fiestas. Gracias amigas y amigos.

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‘NOTAS INÉDITAS SOBRE CÉSAR VALLEJO’

POR LUIS ALBERTO SÁNCHEZ

Publicado el 24 de septiembre en “Cortina de Humo” de la revista CARETAS

Contadas veces han descrito a César Vallejo con la exactitud humana con la que lo perfila, en este texto, Luis Alberto Sánchez (LAS). “Vallejo era un joven de 26 años, enjuto, de tez olivácea. Usaba un sombrero de paño plomo (…), bajo el cual alentaba la cabezota hirviente del poeta y una frente abombada, alta y ancha, y unos cabellos negros, duros y espesos (…)”. Entre otros caracteres, LAS escribe, con detalles ilustrativos, aspectos y vivencias que permiten definir e imaginar (tarea arriesgada) al “Vallejo hombre”. El siguiente escrito apareció el 25 de abril de 1988 en Caretas, específicamente en la tradicional columna de LAS, denominada ‘Cuadernos de Bitácora’ (tema de un futuro post).

César VallejoEn el transcurso de las semanas anteriores, no son pocas las veces que he sido invitado para hablar del Vallejo hombre.

En realidad no somos muchos en el Perú los que le conocimos y tratamos, y en Europa tampoco son muchos los que le escucharon en sus últimos años; es decir, hace un poco más de medio siglo. Los poetas que han venido a celebrar su quincuagésimo aniversario mortal han leído sus obras y han escuchado relatos mas no le conocieron; lo cual desde luego está muy lejos de ser indispensable. Contaré mi propia experiencia no por propia sino por ajena.

Yo conocí a Vallejo a comienzos de 1918. Él había desertado momentáneamente del “Grupo Norte” de Trujillo, en donde siguiendo las sugestiones de Abraham Valdelomar formó parte de una corta asociación de escritores y músicos, todos alrededor de los 25 años: Antenor Orrego, el mayor tenía 25 años; Vallejo 24, Haya de la Torre 21, Alcides Spelucín 19. No recuerdo las fechas natales del músico Carlos Valderrama, de Francis Sandoval, hermano de María, a quien Vallejo menciona en un poema con la expresión “tú no tienes Marías que se van”; César Bringas; Juan Espejo Asturrizaga, Julio Squerre, dibujante; Eloy B. Espinoza, Manuel Vásquez Días, de 17 años y no recuerdo más. Haya de la Torre se afincó en Lima desde 1917; me parece que él fue quien me presentó a Vallejo, en una de las calles de nuestros encuentros diarios entre Acequia Alta y el Palais Concert, pero dudo de ello porque Haya emigró al Cusco precisamente en 1918.

Entonces Vallejo era un joven de 26 años, enjuto, de tez olivácea. Usaba un sombrero de paño plomo, con tafilete un poco más claro, bajo el cual alentaba la cabezota hirviente del poeta y una frente abombada, alta y ancha, y unos cabellos negros, duros y espesos. Algo que llamaba la atención en Vallejo era su frente, sus ojos negros y tristes, su audaz mentón y las dos profundas arrugas verticales que daban a su rostro una expresión lóbrega. Él era silencioso, pero de ojo perspicaz, y cuando rompía su silencio lo hacía con alusiones picantes y una risa franca, a toda dentadura, sonora pero breve… Vestía con pulcritud, pero sin ostentación, siempre, siempre un cuello blanco y duro, una corbata bien ajustada, un bastón de gancho colgado del antebrazo y unos zapatos de capellada color plomo y cuero negro. Caminaba erguido, a paso regular y solía pararse en la puerta izquierda del Palais Concert a ver pasar las cosas y encontrarse con amigos, cada vez más numerosos, entre ellos el “Corregidor” Mejía, siempre alegre e ingenioso. A veces se detenía Valdelomar quien ya andaba en su romería por el Perú como última etapa de su vida a los treinta años. Vallejo había competido en Trujillo con un poeta de apellido Hernández del cual lo diferenciaban todos, especialmente la poesía. Valdelomar había capitaneado el grupo trujillano y alentó a Vallejo a que publicara versos en Lima. Los envío a Variedades y Clemente Palma le dio respuesta negativa y absurda en la sección “Correo Franco”. Eran los días en que Vallejo había sufrido un desengaño sentimental a causa de la diferencia social con la muchacha que pretendía. Eso había dado lugar a que Haya de la Torre escribiera una comedia: Triunfa Vanidad que en Trujillo estrenó, y no repitió la compañía de comedias de la diminuta Amalia Isaura. Como colofón de ese episodio Haya publicó en La Industria de Trujillo (1916) un soneto dedicado a ese episodio y firmado con el seudónimo de “Juan Amateur” evocación innegable del seudónimo Juan Croniqueur que hizo célebre José Carlos Mariátegui. El soneto ha sido reproducido por mí en varios lugares.

Pero estamos en 1918. Vallejo visitó a don Manuel González Prada quien vivía a una cuadra de distancia de la pensión del poeta, situada en la casa de la señora María Vargas de Vargas. Allí vivía en compañía de Crisólogo Quezada, un talentoso trujillano, que sería primer jefe de la campaña política de Haya de la Torre en 1931 y, a quien, por una particularidad física, llamábamos “el cacique diente único”. De allí nace la composición “Los dados eternos” que Vallejo dedicó a González Prada en el volumen “Los Heraldos Negros”.

Cuando este libro apareció en 1918, Valdelomar le dedicó parte de una crónica suya aparecida en la revista Sudamérica, que dirigía Carlos Pérez Cánepa. El artículo tiene como tema principal un libro de José Antonio de Lavalle sobre Agricultura y Valdelomar lo aprovecha para incluir con ardiente elogio a “Los Heraldos Negros”.

La pensión en que vivían Vallejo y Crisólogo Quezada formaba parte de un vasto edificio perteneciente a los Correo y Valle, cuya entrada principal se hallaba en la calle de Gallos. El libro de Vallejo impresionó profundamente a los lectores limeños por varias razones: su tono sencillo y emotivo, sus reminiscencias palpables de Julio Herrera y Reissig, así como por la evidente presencia de Chocano a través de cuatro sonetos del libro. Pero lo que más impresionó fue la honda preocupación cristiana y por tanto humana de alguno de esos poemas como “… hay golpes en la vida…”, “la de a mil”, “el pan nuestro” y los “pasos lejanos”; en esta última, recordando a sus padres, hay dos versos que no he olvidado: “Hay dos caminos blancos viejos: por ellos va mi corazón a pie”.

El año 19 Vallejo se matricula en el curso de Estética del tercer año de la Facultad de Letras de San Marcos. Yo estaba matriculado en el año entero, así como en el primero de Derecho y Ciencias Políticas. Haya de la Torre que había regresado del Cusco, e iniciado la Reforma Universitaria estaba matriculado también en ese curso de Estética que regentaba don Alejandro O. Deustua, filósofo y Decano de la Facultad. César gustaba de pasearse sólo por el pasillo izquierdo que va del patio de los Naranjos al Salón General de Letras. Enarbolando su bastón y a pasos lentos medía la distancia, a veces nos cruzábamos y cambiábamos palabras. No recuerdo bien si le acompañaron ahí los poetas Zuleta y Castilla, pero sí, estoy seguro, de que el poeta Juan José Lora fue uno de los que por ese tiempo se acercaron a Vallejo. Estalló la Reforma Universitaria, se suspendieron las clases y perdí de vista a Vallejo, él se había marchado a Santiago de Chuco, su tierra natal, en donde lo esperaba una de las aventuras más estúpidas que se han dado en nuestro medio: unos enemigos suyos lo acusaron de ladrón e incendiario, lo metieron a la cárcel. Sus amigos de Lima, protestamos en los diarios especialmente Gastón Roger que lo hizo en un excelente artículo en La Prensa de la tarde. Pasaron largos meses antes de que el abogado trujillano Carlos E. Godoy (Papá Godoy le decíamos en la Constituyente de 1931) lograra su libertad. Ya era entrado 1921 si no me equivoco. Vallejo volvió a Lima mientras sus compañeros Orrego y Spelucín procedían a fundar el diario El Norte consagrado principalmente a atacar los excesos de la Northern Mining Company. Vallejo publicó en Lima Trilce y Escalas Melografiadas, que según me ha dicho el escritor francés Claude Cuffon se ha reeditado últimamente en París. Trilce fue un escándalo de silencio. Antenor Orrego le había escrito un prólogo excelente. Los periódicos de Lima no mencionaron el libro excepto una pequeña nota de “Clovis”. Luis Varela y Orbegozo y un tímido comentario mío en la revista Mundial. Trilce era mucho manjar exótico para un paladar limeño de 1922. Como antiguo profesor de castellano y permanente lector de versos barrocos, especialmente los de Góngora, los de Quevedo y los de Lope contra Góngora, Vallejo, atormentado por una creciente fiebre expresiva inventa palabras, las yuxtapone, crea imágenes inesperadas y familiares y publicó ese tomo que, años después, en 1931, reproduciría en Madrid el contradictorio José Bergamín. En cuanto a Escalas pasó inadvertido y era sin embargo el relato de las noches atormentadas de Vallejo en la prisión: libro poético como el de un nuevo conde de Lautremont. Pasaron los meses y Vallejo hacía una bohemia un poco triste, entonces habitó en la calle de Quilca, casi frente al Teatro Colón, en una habitación alquilada por Manuel Vásquez Díaz a quien habían expulsado de la Universidad de Trujillo. Manuel Vázquez Díaz llamaba a la cama de su cuarto, “la cama incansable” porque él la ocupaba ocho horas; a esa hora llegaba Juan José Lora, más bohemio que todos, y se acostaba otras ocho y luego caía Vallejo que la ocupaba por las ocho restantes. Exageración aparte, era una vida libre y dura y al mismo tiempo dulce. Muchos hablan de cierto alcoholismo de Vallejo: no lo creo tan exacto. Bebía como todos y dejaba de beber como todos. Escribía y escribía. Concurría a la librería “La Aurora Literaria”, cuyos dueños, dos españoles, Lorenzo y Rego tenían en mucho a su clientela literaria: la librería estaba frente a La Prensa en la calle Baquíjano. Haya de la Torre volvió el año 22 de su viaje por el Sur del continente. Ya la universidad se había reabierto pues fue clausurada por sus profesores durante todo el año 21. Yo tuve que partir en un viaje periodístico a Colombia el 16 de mayo de 1923: fue la última vez que mis ojos vieron a Vallejo, se presentó en la estación del tranvía que iba al Callao en la Av. La Colmena y me entregó un paquete de libros suyos: Fabla salvaje, preciosa novela provinciana que acababa de publicar en la colección de novelas que editaba Pedro Barrantes Castro. Ella me sirvió para presentar a Vallejo ante el público de Colombia un mes más tarde y al de Venezuela. Volví en octubre de 1923, Vallejo había partido a Europa en junio acompañado de Julio Gálvez Orrego, el “chino” Gálvez, bohemio impenitente cuya muerte es para mí, aún, un misterio pues ocurrió en España durante la guerra civil; no sé si Vallejo lo frecuentaba ya.

Entre 1923 y 1938 cambiamos cartas de las que vale recordar tres episodios. Uno, en 1927 me remitió tres poemas, entre ellos el que empieza “Me moriré en París con aguacero…” diciéndome que no publicaría más versos; mi artículo comentándolo salió en Mundial; dos, en 1937 con sello de “Le grand Journals” y en compañía de Neruda a quien yo estaba publicando en esos momentos un libro, me escribió desde París invitándome a representar al Perú en el Congreso de Escritores Anti Fascistas, a celebrarse en Valencia en donde estaba ya el gobierno republicano, el Consulado del Perú en Santiago me negó la visa y César me hizo el honor de reemplazarme en aquella memorable asamblea donde asistieron Alberto Romero por Chile y Pablo Rojas Paz por la Argentina. Tres, la carta de enero de 1938, en que a tres meses de su muerte me escribió un mensaje lleno de ternura en el cual, por encima de toda diferencia ideológica y política sólo me preguntaba por sus viejos amigos, Haya de la Torre, Orrego, Spelucín y Vásquez Díaz. Menos de tres meses después expiraba en un hospital de París. Casi inmediatamente Georgette me escribió pidiéndome un prólogo para Poemas Humanos cuyo principal accionista fue Alfredo González Prada; mi prólogo fue publicado como epílogo o colofón y pienso que éste era su verdadero lugar.

Y, prescindo de toda nota que no sea directamente personal aunque me tienta terriblemente la idea de escribir en otro tono sobre su vida y su obra. Si me queda tiempo, tal vez lo haga.

 

 

Eduardo Galeano: LA ESCRITURA DEL FUEGO Y LOS VIENTOS Un texto de ELOY JÁUREGUI

“ellos tenían la Biblia y nosotros teníamos la tierra. Y nos dijeron: ‘Cierren los ojos y recen’. Y cuando abrimos los ojos, ellos tenían la tierra y nosotros teníamos la Biblia”.
                                                                                                                                 Eduardo Galeano

Eduardo Galeano 1
Buenos Aires: El escritor y periodista uruguayo Eduardo Galeano, autor de obras como -Las venas abiertas de América Latina-, murió hoy en Montevideo a los 74 años, informaron fuentes de Siglo XXI Editores, el sello que publica sus libros. Foto: Alejandro Amdan/Archivo Télam

1.

Querido Galeano: Vuelo al otro lado de este mundo en unos días y seguro que desde mi clase económica, sobre el fuselaje, veré tu mirada azulada sobre el techo añil del cielo, en ese que tú no creías, y seguro, no te acaban de convencer a pesar que con todos los huéspedes hay orden de que los traten bien.

Un imbécil peruano del Perú, te cuento, publicó en su facebook que cómo te podían comparar con Günter Grass, ese socio ilustre que escogiste como compinche para dejarnos cagados en este mundo, si él era Beckenbauer y tú apenas “El toro” Cantoro. Fíjate tú. Otros estúpidos, la mayoría gerentes de chifa de la clase medía avergonzada del Perú, celebraron la ocurrencia de ese matón de colegio religioso. Pobres mononeuronales. Cantoro es argentino y a ti te llegan los parrilleros. Que si querían compararte, que tú eres uruguayo como Luisito Suárez, que muerde y hace goles, como tú, Galeano, que le metiste diente a los regímenes bobalicones pro yanquis de Latinoamérica y sus alcahuetes, esos mequetrefes chupamedias de los gringos.

Querido Galeano, la clase política en mi país no ignoró tu muerte. Eso les jode porque saben que no estás muerto; ignoró que eres un escritor de tempestades, ese timonel templado que brioso denunció a los asesinos de la CIA, a los militares genocidas, a los curas fascistas y a los traidores del pueblo que en el Río de la Plata como en el Perú caminan con disfraz de intelectuales y le hacen juego a los oprobiosos y multiplican en serie a los tontos de la poesía de sobremesa y a los plásticos del té de tías.

 2.

Como dice ahora Miguel Ángel Nieto, que tú lograste lo increíble en el peligroso ejercicio de la palabra. “Combinar lo que susurra el corazón con las consignas humanas que nunca caducarán”. Y lograste entregar la palabra a quienes nacieron sin acceso o sin derecho a la palabra. Frases cortas. Adjetivos selectivos, elegidos a conciencia entre la infinita gama de los candidatos. La pluma en una mano y el hacha en la otra, como le enseñó Juan Rulfo. Textos cortos, destinados al alma, cierto querido Galeano.

Pero que saben los chanchos de alfajores. Para ellos el compromiso del escritor es anti estético. Por ello huyen como rosquetes cuando escucha una palabra que le cose el ano: Pueblo. Y cierto, Galeano, ese compromiso tuyo fue un desafío al oficio de escribir articulado a la defensa del pueblo, de los derechos humanos, de la verdad, de la justicia. Cuenta tu paisano Jorge Majfud que tus libros dieron batalla, en momentos en que en América Latina bastaba con pensar y soñar diferente para ser secuestrado, torturado y desaparecido en nombre de la democracia y la libertad.

E insiste: “¿Cómo pudo alguien haber sido un molesto disidente en la América Latina del Siglo XX sin asociarse o sin ser asociado con algún tipo de izquierda? Pero Galeano no era un “intelectual de izquierda” como dirán las enciclopedias; era el poeta de los de abajo, el mayor poeta en prosa de su tiempo, un mago de la metáfora, un delicado hermeneuta”.

Por eso, cuando esos andróginos de la derecha bruta y achorada del Perú ignoran tu presencia viva en las literaturas más jodidamente humanas de estos tiempos, los observo con asco como un guerrero que observa a las aves de corral y te digo Galeano, que tú nos enseñaste que escribir no era un pretexto para salir en sociales. Y que como dicen los que te quieren, Galeano tú demostraste que el escribir no era un ejercicio inocente y pueril, al contrario, escribir siempre será un acto de revancha contra los poderes del destino, contra los azotes de ese Dios de gabinete y contra la manga de imbéciles que pastan en los jardines públicos del onanismo ruin.

 3.

Querido Galeano, te dejó, termino un poema contra los miserables que manejan las minas de mi país y recuerdo que alguien ha dicho con la noticia de estas horas, que tú jamás fuiste un inocente de nada. Que convertías en textos brillantes y públicos los sueños que tu mujer te contaba al despertar y los colores con que ella adornaba la ensalada. Y por eso, tal vez por eso, supiste definir el compromiso de vivir de una forma tan bella como exigente cuando escribiste de nosotros: “Tienen el color de la tierra los que se revolcaron en el barro, y el de la ceniza los que buscaron calor en los fogones apagados. Verdes son los que frotaron sus cuerpos en el follaje y blancos los que se quedaron quietos”.

Adiós Galeano, te hago un mate en la mañana y te pongo ese tango pendejo de Bajofondo para que sigas renegando por quítame estas pajas. Nos vemos en ese cielo que fundaste escribiendo para que los pobres vivan sin plata y las mujeres sin lycras ni gimnasios. Amén

EPITAFIO

Eduardo Galeano 2Hay un único lugar donde ayer y hoy se encuentran y se reconocen y se abrazan. Ese lugar es mañana.

Eduardo Germán María Hughes Galeano, nació en Montevideo, Uruguay, el 3 de septiembre de 1940. En 1960 inició su carrera periodística como editor de la que sería la mítica revista Marcha. Tras el golpe de Estado de 1973 fue encarcelado y tuvo que exiliarse a Argentina. Publicó “Las venas abiertas de América Latina”, libro que marcaría varias generaciones, y que fue censurado por las dictaduras militares de Uruguay, Argentina y Chile. Esta obra proponía una historia de América Latina en clave de descolonización, lo que en ese entonces era impensable en los discursos dominantes. En Argentina fundó la revista cultural Crisis.

En 1976 fue añadido a la lista de los condenados del escuadrón de la muerte de Videla por lo que tuvo que marcharse de nuevo, esta vez a España, donde escribió la trilogía Memoria del fuego (un repaso por la historia de Latinoamérica). Regresó a Montevideo en 1985. Con otros escritores, como Mario Benedetti, y periodistas de Marcha, fundaron el semanario Brecha.
En 2007 superó una operación para el tratamiento del cáncer de pulmón, que le ganaría la batalla en 2015. En abril de 2009, el presidente venezolano Hugo Chávez entregó un ejemplar de Las venas abiertas de América Latina al presidente estadounidense Obama durante la quinta Cumbre de las Américas, celebrada en Puerto España, Trinidad y Tobago.

BILIOGRAFÍA

Los días siguientes 1962
China 1964: Crónica de un desafío 1964
Los fantasmas del día del león y otros relatos 1967
Guatemala: Clave de Latinoamérica 1967
Reportajes: Tierras de Latinoamérica, otros puntos cardinales, y algo más 1967
Siete imágenes de Bolivia 1971
Las venas abiertas de América Latina 1971
Crónicas latinoamericanas 1972
Vagabundo 1973
La canción de nosotros 1975
Conversaciones con Raimon 1977
Días y noches de amor y de guerra 1978
La piedra que arde 1980
Voces de nuestro tiempo 1981
Memorias del fuego I – Los nacimientos 1982
Memorias del fuego II – Las caras y las máscaras 1984
Contraseña 1985
Memorias del fuego III – El siglo del viento 1986
Aventuras de los jóvenes dioses 1986
Nosotros decimos no: Crónicas (1963-1988) 1989
El libro de los abrazos 1989
Las palabras andantes 1993
El fútbol a sol y sombra 1995
Las aventuras de los dioses 1995
Patas arriba. La escuela del mundo al revés 1998
Carta al ciudadano 6.000 1999
Bocas del Tiempo 2004
El Viaje 2006
Carta al señor futuro 2007
Patas arriba, la escuela del mundo al revés 2008
Espejos. Una historia casi universal 2008
Los hijos de los días 2011
Mujeres – antología 2015

LA VENGANZA Por D’Albani

Un notable precursor de los relatos policiales en nuestra tierra, es el escritor que siguiendo la moda entonces vigente de principios de siglo, se hacía llamar D’Albani, un seudónimo sin lugar a dudas. Colaborador en varios de nuestros periódicos, ofreció en un largo trecho de nuestra historia literaria, relatos estremecedores como el que vamos a ofrecerles. Lo interesante de este escritor es que, precursor de Truman Capote, basa sus relatos en hechos reales que estremecieron en su momento a los lectores de nuestros diarios

Crimen y Castigo - Edú Molina
Ilustración de Edú Molina

Es Cauri un pueblecillo casi insignificante del distrito de Cayna, cuyos habitantes vegetan entregados a las tareas del cultivo de la tierra y de la crianza y cuidado de sus rebaños. Allí vivía una pareja unida por el lazo matrimonial, desde hacía algún tiempo. Él, de nombre Blácido, fuerte, trabajador, sobrio y de carácter enérgico; ella, Isidora, una hermosa joven india de 25 años, consagrada al cuidado de tres criaturas, hijos de ambos.

NUBES

El clima no influye poderosamente en la conducta de las personas, y como único factor en el desarrollo de las pasiones,  allí en donde un corazón late, existen dos géneros de oposición en todos los instintos: amores y odios, risas y lágrimas; hambre de cariño y sed de venganza; manantiales de vida y fuente de muerte.

Isidora, guapa pero hacendosa mujer comenzó a sentir en su alma un raro malestar ante las insinuaciones amorosas de Pablo Mallqui, un hombre que vivía en la misma aldea. A su hogar, hasta entonces tranquilo y feliz, comenzó a mirarlo con desagrado y en gradación creciente se convirtió en hastío y éste se convirtió en repugnancia invencible.

Pensaba ella que la estrechez de esa casa en que vivía con su marido y sus hijos, se le había hecho odiosa, y no comprendía que  lo que en su alma pasaba era un desapego a su marido y la pérdida del afecto de otro tiempo; un amor criminal que en su pecho había germinado, crecido y desarrollado, hasta no poderlo ahogar, la convirtió en  infiel. Isidora, finalmente, se convirtió en una mujer adúltera.

¡Solo!.

Un día volvió Blácido a su casita de un corto viaje que le había demandado cuarenta y ocho horas de ausencia. El llanto de dos de sus pequeñuelos le hizo presentir una desgracia…

— ¿Por qué lloran…? …¿En dónde está mamá?… ¡¿Cómo los ha dejado solos…?!.

— La mamá hizo un atado de varias cosas –contestó balbuceando uno de ellos- Mallqui vino a caballo trayendo otro de tiro… la mamá montó y se llevó a la hermanita, a la grande…

No bastaba eso; era necesario preguntar, indagar y Blácido supo la verdad. Oyóla mudo y pálido, escuchó sin articular palabra toda la relación de su desgracia; su propia cuñada, la hermana de la fugitiva, le dio todos los detalles; y él los recibió, tragando en silencio el veneno que le administraban y cuando todo lo supo sólo exclamó.

— ¡Esta bien…! – Volvió a su casa, acarició a los chicos y silencioso siguió su vida ordinaria, como si nada hubiera acontecido.

Una cabalgata.

Pasó un mes, en el que su meditación, haciéndole superar su frustración, le hizo tomar una determinación.

Un día a la puerta de Blácido, se hallaban nueve caballos enjaezados, listos para un viaje.

— Hermanos y amigos: Ya sé en donde se halla mi esposa y he rogado a ustedes que me acompañen, porque voy a traerla. Me basto solo para ello, pero necesito junto a mí personas que me quieran y testigos que declaren que vean lo que hago… – Tomó luego un rejón, salieron todos y pocos momentos después la cabalgata se ponía en marcha, yendo a la cabeza, siempre pálido y silencioso, el esposo ofendido, con dirección a Lauricocha.

¡Perdonada!.

En los confines de Lauricocha y Antacallanca, se halla la estancia de Francisco Toribio, en la que vive con su anciana esposa. El día de los hechos que paso a narrar los acompañaba la joven india prófuga que en esa casa se había refugiado.

Todos escucharon el ruido de una cabalgata que se aproximaba a la estancia y momentos después, Blácido con el rejón en la mano derecha, se presentó en medio de la habitación.

La tránsfuga y sorprendida india joven empalideció, lanzó un grito y se arrojó a tierra ocultando el rostro contra el suelo.

— ¡Si, lo sabía, era una malvada, era no sólo desleal esposa sino también mala madre… había abandonado a sus hijitos… pero estaba arrepentida… Volvería a su casa para ser esclava de su marido… Sufriría todos los castigos que él quisiera imponerle… Con sus lágrimas borraría el baldón que había arrojado sobre su Blácido… ¿Quería matarla?…Allí estaba para sufrir el suplicio. ¿Por qué no lo haría si lo deseaba…?. Y mientras así exclamaba en el dulce idioma de los incas, la desmadejada mujer se arrastraba, cubierto el semblante de lágrimas, con el pelo desgreñado, besando los pies de su marido que, medio anonadado, contemplaba la escena.

— ¡Blácido! Hasta nuestro buen Dios perdonó las ofensas que los humanos le hicieron… ¿Y tú no perdonarás a esta desgraciada? – Exclamó la anciana que había cobijado a la adúltera y que al verla así de arrepentida, abogó por ella.

Blácido sintió que las lágrimas se agolpaban a sus ojos prontas a brotar y casi ahogado por la emoción levantó a su esposa, la acercó a sí, exclamando:

— ¡Estás perdonada…!

Luego volvió a sus acompañantes, diciéndoles:

— Hermanos y amigos: Les agradezco su compañía y les ruego que regresen por ser ya innecesaria su presencia. Acabo de perdonar a mi esposa por el mal paso que ha dado.

Dos cadáveres.

Pocas horas después por el sitio de Cuchicancha en el camino de Lauricocha a Cauri pasaba un individuo que hubo de sorprenderse a la vista de dos cadáveres abandonados; de hombre el uno, y de mujer el otro.

Catalino Roque Agente Municipal de Páucar, que residía en su estancia de León Cancha, recibió la noticia y en unión de Juan Cortez, Francisco Melgarejo, Manuel Medrano y Sergio Medrano se constituyeron en Cuchi-cancha y cruzados sobre una mula condujeron los dos cadáveres a la capilla de Lauricocha, en donde fueron velados y sepultados luego, para mezclar sus cenizas en la triste comunión de los muertos. ¿Sus espíritus también se entrelazarían en la comunidad de las almas?

La Justicia.

La justicia interviene. Blácido y sus hermanos, más dos amigos, son los autores, acusa  Toribio. El y su anciana esposa describen la escena que se realizó en su casa, el mismo día, y su regreso a Cauri. Sospechan que los autores del asesinato sean los miembros de  la comitiva que había venido a rescatar a la mujer infiel. Pero los acusados no aparecían. O habían huido o se habían ocultado.

Mucho tiempo después se realiza en Cauri el entierro de uno de los parientes de los acusados y durante la ceremonia del entierro, el cementerio es rodeado por el gobernador y sus auxiliares, pero los presuntos reos se abren paso mediante la fuerza y sólo uno cae en manos de la autoridad. Era uno de los acompañantes de aquella comitiva, pero es inocente; nada sabe del crimen del que se le acusa.

Blácido se presenta entonces

— Nadie es responsable del delito, sólo yo. Es cierto lo relatado por Francisco Toribio y su mujer; pero lo que él ignora es lo que aconteció después, cuando mis acompañantes, ajenos a lo que acontecería, se marcharon sin intervenir en nada más. Es bueno que me escuchen para que sepan el epílogo de todo aquello. A  pesar de que había almacenado odio en mi corazón para no vacilar en el momento de la venganza, yo perdoné y perdoné sinceramente. El recuerdo de mis hijos sin madre me enterneció y no los ruegos de la mujer que me había hecho desgraciado. Volvía con ella a mi casa, a la casa donde esperaban mis hijos, sólo con ella, porque necesitaba de la soledad. En el camino vi que un hombre que venía en dirección contraria a la que yo llevaba. En ese momento, inexplicablemente mi mujer dio un salto del caballo, pues yo la llevaba a la grupa, y corrió en dirección a ese hombre. Le reconocí, era Pablo, era su amante, era el enemigo que más daño me había hecho en mi vida. La canalla se abrazó de su cuello como buscando protección en una clara elección final del hombre que quería.  La sangre hirvió en mis venas y subió a mi cabeza; sentí renacer mi sed de venganza que había ahogado poco antes y me lance con mi rejón sobre ambos. Primero a ella y luego a él, a ambos herí y mate sin compasión; con todo el odio que hicieron renacer en mí. A la vista de esos cadáveres me estremecí de horror y huí y he vivido oculto hasta hoy que he sabido que un inocente estaba encarcelado…

Cuatro instructivas prestó Blácido y en ninguna varió su confesión.

Epílogo.

El juicio siguió su larga sustanciación y al fin el juez expidió sentencia condenando a Blácido a penitenciaría.

Mientras la causa se hallaba pendiente del fallo de la Corte Superior, Blácido, moría de pulmonía en el hospital del Cerro de Pasco, sin más auxilio que la presencia del gendarme encargado de su vigilancia. ¡Así se sustrajo a la justicia de los hombres que tal vez habían exagerado sus culpas!… ¡Así se abrieron las fúnebres puertas de la cárcel para dar libertad a ese reo que en defensa de su honra escarnecida cometió un crimen que su corazón jamás alimentó!

¡Tres tiernos huérfanos lloran hoy su desgracia, sin pan, sin hogar y al pie de la cruz de la tumba del padre donde van a orar…!

GEORGETTE NARRA LOS ÚLTIMOS DÍAS DE VIDA DE CÉSAR VALLEJO (Segunda parte)

Fuente: Revista Caretas

Vallejo 2(Villa Arago, 29 de marzo de 1938).

Esto sucedió entre las tres y las cinco de la tarde. Que se me perdone el no recordar la hora exacta; hacía 16 días que no me había acostado ni una sola hora.

Después entramos en la semana que precedió a la de su muerte. La peor de todas. Los médicos habían perdido la cabeza y huyeron. Ya las enfermeras juzgaban a duras penas necesaria la toilette de la mañana. Se olvidaban las horas del termómetro, la toma de las pulsaciones; los serums olvidados en el día eran inyectados apresuradamente en plena noche o al día siguiente. La mayoría se derramaban sobre el colchón. Se dejaba todo en mis manos agregando gentilmente, y aún con una sonrisa roja o rosada: “Sabemos que Ud. está aquí”.

La fiebre, el hipo, el delirio habían vuelto irreconciliable a Vallejo. El viernes que precedió en siete días al de su muerte, llamé a un médico conocido. “Toda esperanza no está perdida”, me dijo y procedió de inmediato al tratamiento. Prometió regresar al día siguiente a las 18 horas.

Al día siguiente Vallejo había recobrado su lucidez; la fiebre de 41 ½ había bajado a 38 ½. Era el sábado 9 de abril.

A las tres de la tarde el médico peruano regresó. No se atrevía a entrar en el cuarto. Apena lo vio, exclamó:

– ¡Pero, amigo, está Ud. mejor!

Y palpaba a Vallejo a través de la manta, visiblemente estupefacto. Bruscamente se volvió hacia mí y de frente por temor hacía mucho tiempo que no me miraba –dijo:

– ¡Qué le decía yo, señora!

El sábado, a las seis de la tarde, esperamos en vano a mi médico; lo que desesperó a Vallejo. Los otros tres facultativos prevenidos a qué sé yo, lo habían hecho arrojar literalmente de la clínica.

El domingo la fiebre subió nuevamente a 41 ½. Y en la mañana del lunes comenzó la agonía, que duró hasta las 9 y 20 de la mañana del viernes; lo que prueba suficientemente que 8 días antes “TODA ESPERANZA NO DEBIÓ ESTAR PERDIDA”.

En su agonía, Vallejo –a pesar de lo que hayan dicho– jamás nombró a su familia ni a su mujer, ni a ninguno de sus amigos. Y por esto no hay que reprocharle, pues no cometió crimen alguno. Pienso sí que en el delirio de Vallejo vivió únicamente España. Deberíamos admirar tal desinterés y estoicismo.

Sus deudas, si las tuvo –no las dijo durante su enfermedad– las arreglaría más allá de la muerte.

No le disputemos su agonía. Una obra, una misión, es un tirano que no admite ningún desfallecimiento en su servidor.

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EL RECUERDO

Tenía una desolación de cara angosta

El París en el que vivió, amó, escribió y murió Vallejo fue un punto de encuentro importante de toda una generación de creadores latinoamericanos. Luis Cardoza y Aragón, poeta guatemalteco formó parte de este grupo. Desde su tranquilo retiro mexicano y en exclusividad para Caretas, nos cuenta sus recuerdos.

Conocí a Vallejo en 1925. Yo era muy amigo de Alfonso de Silva, el músico, el que tocaba tangos en cafés y restaurantes. Una noche me llevó a visitar a Vallejo, andábamos por la zona de Montmartre –cerca de La Ópera y el Follies Bergere– y fuimos a visitar a su compatriota. Alfonso me había hablado mucho de él; vivía en un modesto hotel, en la Rue Moliére– si no me equivoco, ya era muy tarde pero tocamos la puerta y cuando entramos lo encontramos durmiendo junto a otro joven. Esto me desconcertó un poco, pensé que eran homosexuales. Vallejo se incorporó y me invitó a entrar y charlamos mucho y me di cuenta que ambos eran muy varones. Y me dije, pues, la mariconada hubiera sido que Vallejo en ese frío hubiera mandado dormir en el sofá a su amigo.

Luis Cardoza y Aragón tiene ahora 84 años, vive retirado en su casa de Coyoacán.

Me permití irrumpir una vez más en su mundo soledoso. Y me entregó generoso una charla sobre el amigo entrañable con quien compartió la fiebre de la creación en los turbulentos años veinte.

Así se inició su amistad con Vallejo, cuando lo encontró durmiendo con Julio Gálvez, el sobrino de Antenor Orrego, con quien salió de Lima y acabó fusilado por los franquistas en la Guerra Civil…

-Esa noche hablamos mucho, incluso yo lo visitaba con frecuencia y alguna vez –como la cama no era grande– dormí en el sofá. Y pude conocer su gran fervor humano, esa ternura y temple a la vez. Los latinoamericanos que estábamos en esa época –hablo de Alejo Carpentier, Uslar Pietri, Toño Salazar (que le hizo varias caricaturas), Félix Pita Rodríguez, Vicente Huidobro, Miguel Ángel Asturias– lo tratábamos como El Huaco. Sabíamos que venía de una región donde había florecido la Cultura Mochica, mestizo con un rostro aindiado, delgado, tenía una desolación de cara angosta, más enjuta por la nariz aquilina. Como he dicho alguna vez: tenía cara de reja de arado que hendía la tierra y sembraba pedernales. Era de temperamento fuerte, a veces de mal humor y vivía con mucha austeridad. Denotaba un mundo interior tan vasto y en conflicto. Los peruanos que estaban en esa época le llamaban El cholo, el cholito. Vallejo respondía con una leve sonrisa cuando le llamaban así.

Ustedes se habían posesionado de los cafés de Montparnasse:

-A ese café íbamos los latinoamericanos a tomar desayuno a cualquier hora. Había una parte para comer y otra era el “bistrot”, donde se tomaba tragos. Nosotros íbamos en grupo y pedíamos nuestro cafecito con leche y como habían unas canastas con los “croissants” o mediaslunas, como las llamábamos, engañábamos al hambre con estos pancitos, y pues nos echábamos cinco, seis o siete y al momento de pagar decíamos que habíamos consumido uno o dos, y con lo que nos ahorrábamos pasábamos a la otra sala a tomarnos ese trago bien conservado.

-Una vez Vallejo se apareció en la terraza de La Rotonde como clavo oxidado, negro, lebrel infernal, y nos leyó apuntes de un poema en donde alude a sus depósitos en Le Crédit Lyonnais. Nos sorprendió. Todavía escucho el comentario de Mado, linda prostituta borracha que sabía español aprendido en la cama con dos generaciones hispanoamericanas: “Il faut que tú evolues, espece de fetus”. Así era el ambiente, pero Vallejo impuso su voz, su iluminación y sus fatigas. Siempre me ha resultado un enigma en esos años jadeantes, no lo comprendí bien, no lo escuché bien. Sólo serenas lecturas posteriores me dieron una comprensión cabal de su obra. Tenía una manera muy propia de versificar, creía notar algo de torpe en su construcción, por lo que pensé que allí afloraba tal vez el humor del quechua, un temperamento y una sensibilidad que venían del pasado, de un ayer que asomaba, a cada instante: esa angustia, esa nervadura, ese mundo interno afloraba siempre. Por eso he dicho que Vallejo ha inventado en lenguaje. No escribe en español, sino en Vallejo. Eso le ha permitido crear su lenguaje, su manera de hablar, de versificar, y en eso fue un vanguardista a pesar suyo.

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SONETO DE CIRCUNSTANCIA

Vallejo 3
De puño y letra de César Vallejo. Foto tomada a la revista Caretas. Escobar Vallejo, primo del poeta, dice que a César Vallejo le gustaba peinarse a lo poeta, el pelo para atrás. También dice que era soñador y distraído y que soñaba con escribir. En esos tiempos que podrían considerarse la prehistoria, Vallejo escribió el soneto que aquí publicamos:

Era la noche de la despedida de Amalia Isaura, cuya compañía de teatro había entusiasmado a todo Trujillo allá por el año 1916 poniendo en escena una pieza de teatro del joven escritor Víctor Raúl Haya de la Torre “Triunfa Vanidad”. Los licores se consumían y las pasiones desbordaban. La obra tenía serias similitudes con uno de los percances de amor vividos por el Poeta. En medio de la noche los concurrentes pidieron a César Vallejo escribir un poema de homenaje, despedida y afectos a Amalia Isaura, el poeta no se negó, metió la mano a su bolsillo y sacó un sobre, lo despegó y en el momento escribió un soneto. Los alcoholes siguieron su travesía. Los abrazos y la nostalgia de las despedidas hicieron que el poema no llegara a las manos de la inolvidable Amalia. Se quedó entre las botellas, los vasos y los pañuelos olvidados por la euforia. Antenor Orrego lo recogió, durante muchos años lo guardó con él. Alguna vez lo publicó en una tesis universitaria.

 

 

GEORGETTE NARRA LOS ÚLTIMOS DÍAS DE VIDA DE CÉSAR VALLEJO (Primera parte)

Publicado por CARETAS el 20 de enero de 2106

Vallejo
César Vallejo (arriba de la flecha en rojo) al lado de Macedonio de la Torre. Al frente, empezando desde abajo, Víctor Raúl Haya de la Torre. Junto a él, a su derecha, Álvaro Pinillos, Alcides Espelucín y Antenor Orrego. La reunión fue en Trujillo. Foto e información de Caretas (edición 1001)

Georgette Marie Philippart de Vallejo, la francesa a quien amó el poeta peruano, narró, en un reportaje que publicó Caretas en 1951, los últimos días de vida de César Vallejo. En el escrito describe sus preocupaciones, las carencias, “los errores” y “el desastre” que pasaron durante esos 34 días –desde el 13 de marzo de 1938– que precedieron a la muerte del célebre huamachuquino: el 15 de abril del mismo año. “No se regatea con la vida”, le dijo entonces el poeta a su amada “en el curso de ese infierno” que vivieron durante los mencionados días. El siguiente texto, que dicha revista reprodujo en abril de 1988 –a cincuenta años de la muerte del poeta–, también contiene el recuerdo del guatemalteco Luis Cardoza y Aragón, vate que integró el grupo de latinoamericanos que crearon y se crearon en París, como César (a quien llamaban El Huaco), y un soneto escrito por Vallejo para una inolvidable actriz que alborotó Trujillo en 1916.

VALLEJO: ¡CUÁN POCO TIEMPO HE VIVIDO!

LA AGONÍA

El 13 de marzo comenzó la muerte del poeta

Por: GEORGETTE VALLEJO

Vallejo se acostó el 13 de marzo de 1938, después de comer, entre las dos y las dos y media. Hoy todavía me acuerdo de esa comida porque fue excepcional, y es por eso que me acuerdo también de la hora en que se acostó, sin imaginarse que nunca más iba a levantarse.

Y, aquella mañana, yo había ido al mercado como de costumbre, volví al hotel de 64 Avenida del Maine con dos costillas de carnero, habichuelas verde pálido y una botella de vino “casi fino”. No fue el menú lo más extraordinario, sino una fuerza ajena a mi voluntad que me impulsó a hacer tales gastos.

Vallejo permaneció acostado toda la tarde; lo que era completamente desacostumbrado. Me extrañé, y nada más. Al día siguiente se sintió cansado, tan cansado que no se levantó. A partir de este día supe que estaba perdido, y perdido porque, no teníamos dinero. Enderezada más que educada en este sentimiento por mi madre, desde mi más tierna infancia, me fue posible pedir nada a nadie.

Durante algunos días, para decir la verdad, Vallejo no empeoró. El médico que lo había visitado desde el segundo día, no se alarmó en absoluto. Mi insistencia “intolerable”, mis angustias “imaginarias”, hicieron que pronto me juzgara muy “exaltada”. Al cabo de una semana, la fiebre, hasta entonces estaba estacionada en 38 grados, subió ligeramente. El médico acosado por mis preguntas se emocionó y lo condujo a una clínica. Ahí comenzó el desastre.

En tres días, la fiebre saltó a 40 por la tarde y 39 por la mañana. Los médicos se sucedieron y, con ellos, las inyecciones, los análisis, los errores; Vallejo, como lo han demostrado los innumerables análisis, todos negativos, no necesitaba sino cambio de clima y reposo inmediatos, tranquilidad económica absoluta. No vacilo en afirmar que si la cuarta parte de la suma que fue entregada ciegamente a la clínica nos hubiera sido confiada, Vallejo no habría muerto.

Al cabo de una semana de clínica, la fiebre hizo un nuevo salto a 41 ½. Esto duró hasta el final. Cuando se acordó llamar al profesor Lemiere, especialista en enfermedades infecciosas era demasiado tarde. “Veo que este hombre muere –dijo– pero no sé de qué”.

Mientras Vallejo permaneció en el hotel, su moral fue buena y su presión aumentó ligeramente, por lo cual tengo la impresión de que no tuvo el presentimiento de su muerte próxima. Cuando ingresó a la clínica, las enfermeras lo hicieron sentar en una silla para transportarlo a su habitación. Algo en su perfil me heló de incertidumbre.

Una tarde abrió los ojos; brillaban como un grito y tenía la mirada del que va a morir.

Muy suavemente me dijo: “Tenías razón en todo”. Y, como yo iba a protestar, gritó: “¡En todo! ¡Y soy yo quien no te ha comprendido!” En el curso de ese infierno que fue nuestra vida, yo me había desesperado algunas veces; y poniendo la misma fuerza y la misma pasión en mis debilidades que en nuestra perseverancia, estas desesperaciones habían sido en ocasiones muy violentas.

Otro día –debía sentirse muy mal– la desesperación juntó en su mirada todas las palabras de admonición:

– Tendrás valor.

– Tendremos, dije.

Pero el tono de mi voz me traicionó más que mis palabras. Yo había pensado: “Lo tendré, si vives”. Y él adivinó perfectamente mi pensamiento, y con el rostro impregnado de reproche y de cierta severidad, dijo:

– No se regatea con la vida.

J.K. Rowling, la creadora de Harry Potter

Publicado en el diario EL COMERCIO de 31 de julio del 2015 en su sección “Huellas digitales”

Hace 50 años, el 31 de julio de 1965, nació la escritora inglesa Joanne Kathleen Rowling, autora de la saga de novelas de Harry Potter, uno de los libros fantásticos más populares de la literatura contemporánea, que batió récords de ventas (450 millones de copias a la fecha) y formó una corriente cultural colosal a la que la prensa denominó ‘pottermanía’.

J.K RowlingJ.K. Rowling pasó de ser una persona desconocida y con problemas económicos en la década de los noventa -que incluso la obligó a dejar el país en busca de trabajo- a ser una mujer poseedora no solo de una fortuna que sobrepasa los mil millones de dólares (según la revista Forbes), sino de una popularidad inimaginable en Europa y Estados Unidos.

La autora tienes tres hijas, ha publicado 13 libros, es licenciada en Filología Francesa y Clásica por la Universidad de Exeter y ha recibido varios reconocimientos y premios tras el éxito de Harry Potter. Entre estos se encuentran una Orden del Imperio Británico por su servicio a la literatura infantil, doctorados honoris causa, el premio Príncipe de Asturias de la Concordia, la Legión de Honor francesa y el Premio Hans Christian Andersen.

Además, tras el éxito obtenido, Joanne ha dedicado parte de su vida a realizar acciones de caridad no solo apoyando a instituciones benéficas como Comic Relief, One Parent Families y Multiple Sclerosis Society of Great Britain, sino que ella misma creó su propia fundación llamada Volant Charitable Trust –que combate la pobreza y la desigualdad social- y fue fundadora de Lumos, una ONG que trabaja para transformar las vidas de niños marginados.

Harry Potter y otros proyectos

La concepción de la idea que dio origen a Harry Potter sucedió cuando Joanne estaba retrasada en un viaje que realizó de Manchester a Londres. Allí, en ese trayecto, escribió los primeros esbozos de su obra, hasta que en 1995, desde un café de Edimburgo, la concluyó y tituló: ‘Harry Potter y la piedra filosofal’.

Este libro fue rechazado hasta en nueve oportunidades por diversos editores, sin embargo una editorial de Bloomsbury aceptó publicarlo. Sin muchas expectativas en un libro que no fue promocionado y del que se produjeron pocos ejemplares, sucedió lo que nadie esperaba: la historia del niño huérfano que se convierte en un joven aprendiz de mago resultó por colocarse en la lista de los libros más vendidos de The New York Times.

Después de los constantes éxitos de ventas en cada una de las siguientes entregas, en el 2007 fue publicado el séptimo y último libro de la serie: ‘Harry Potter y las Reliquias de la Muerte’. Además, dentro del universo expandido de la saga fantástica, Rowling también publicó ‘Quidditch a través de los tiempos’, ‘Los cuentos de Beedle el Bardo’ y ‘Animales fantásticos y dónde encontrarlos’.

Saga Harry-Potter

Esta última obra, así como los siete libros de Harry Potter que le precedieron, también será llevada al cine. En el 2014 Warner Bros anunció oficialmente la producción de lo que será una trilogía con fechas de estreno en 2016, 2018 y 2020, y encargó el guion de esta nueva historia original a la misma J.K. Rowling.

La autora también ha publicado libros para adultos ‘Una vacante imprevista’ (2012) y ‘El canto del cuco’ (2013), su primera novela policiaca bajo el seudónimo de Robert Galbraith.

(Diego Lopez Marina)
Fotos: Agencias