Sebastián Estrella Robles (Biografía)

sebastian-estrella-roblesFue un notable periodista, fundador del Diario «Los Andes» y Fiscal del Departamento de Junín, en la primera década del pasado siglo. Nació en el pueblo de Qiulacocha, el 20 de enero de 1859, siendo sus padres don Victorino Estrella y doña Francisca Robles, ambos vecinos de ese pueblo.

Hizo sus primeros estudios en el Cerro de Pasco y luego pasó a estudiar secundaria en el Colegio de Nuestra Señora de Guadalupe. Terminada la secundaria, pasó a la Universidad Mayor de San Marcos donde se graduó de Bachiller en Jurisprudencia, el 24 de diciembre de 1883. Siete años más tarde, el 15 de diciembre de 1890, se recibió de abogado.

Durante la ocupación chilena residía en Lima donde, además de combatir, sufrió los riesgos del caso, habiendo cerrado filas como policía, con lo que supo sobrevivir. Después colaboró en «El Nacional», periódico de la capital, dirigido entonces por los doctores Manuel María del Valle y Cesáreo Chacaltana, quienes lo distinguieron por su notable capacidad.

De regreso a su tierra natal se dedicó al ejercicio de su profesión fundando periódicos y colaborando en cuantos se han editado en el Cerro de Pasco como «El Cerreño», «La Unión», «La Semana». El año de 1911, funda el combativo diario «Los Andes» que, ya en su segunda época, fue dirigido por don Silverio Urbina y más tarde por su hijo Andrés.

Al fallecer en 1890 el Fiscal don Pablo Arias, es elegido en su reemplazo como Fiscal del Departamento de Junín.

Después de una vida ejemplar y luminosa, fallece el 13 de junio de 1912, oportunidad en la que todos los periódicos y revistas de la capital del Perú, le dedicaron sendos homenajes y semblanzas haciendo conocer de su labor.

¿Sabía usted….?

Que por el desconocimiento de nuestra historia, el periodismo y autoridades locales acordaron celebrar el “Primer centenario” del Cerro de Pasco, el 10 de enero de 1940, lanzando iniciativas para programar “adecuadamente” el centenario. Entre ellas, el proyecto de erigir un monumento a Huaricapcha “descubridor” de las minas cerreñas. Es decir un monumento a un ser legendario que jamás existió. Otra iniciativa, muy plausible, fue la de exigir la construcción de un Hospital del Seguro Social. Por su parte, el intelectual jaujino, Clodoaldo Alberto Espinoza Bravo, que tanto quiso al Cerro de Pasco, lanza la idea de realizar un homenaje nacional al inca Garcilaso de la Vega con ocasión de su Cuarto Centenario. La más plausible de estas iniciativas fue la del Concejo Provincial de Pasco de solicitar al Poder Público la creación de un Colegio Nacional de Instrucción Media para la ciudad.

Lo que en realidad quisieron celebrar fue el centenario de la Ley dada por el Congreso Constituyente de Huancayo que, en esa fecha y el siglo anterior, le confería a nuestra ciudad el título de “Opulenta Ciudad”. Todos sabían que nuestra ciudad contaba con más de cuatro siglos de vida.

Bueno, esto seguirá así mientras nos gobiernen los “Trueno” Rivera; “Bobby Charlton” Espinoza; “Chiri Gallo” Quispe y otros tantos sujetos que creen que el conocimiento de nuestra historia no merece atención alguna. Lástima.

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EL VELEIDOSO PÁJARO PITO (Leyenda)

el-pajaro-pito-2Desde tiempos inmemoriales la lechuza vuela en la oscuridad tratando de encontrar al pájaro traidor, responsable único de todos sus problemas: el pito. Éste está muy escondido y tiene miedo mostrarse entre los pájaros honrados y hermosos.

Bueno, pero… ¿Por qué ocurre esto?…. La historia completa es la siguiente.

En remotos tiempos, cuando los pájaros podían hablar por especial permiso  de Dios, el pito era un horrible pajarraco gris, sin gracia, lúgubre, de desmesurado y afilado pico. Y cada mes, cuando la luna llena brillaba y todos los alados se reunían en asamblea, el pito saturaba los aires con sus quejas interminables.

  • ¡Mírenme, mírenme, hermanos! –Gritaba quejumbroso- ¡Mírenme cuan horrible soy!… Los pericos y las loras, con sus alas de esmeralda, brillan como el agua verde; la garza es blanca como la nube; el canario es amarillo como el oro y negro como el carbón; el tordo hermosamente moteado de blanco y negro; el cardenal, miren qué belleza, es como la rosa bañada en vino; sólo yo soy oscuro, feo y triste. buhhh… – y lloraba desconsolado. El águila que es el amo de todos los pájaros de la tierra, malhumorado tronó:
  • ¡Estoy harto de oír al pito!… ¡Siempre quejándose, siempre suspirando y llorando!… ¡Somos lo que somos! Nuestro creador ha tenido a bien dar belleza y majestad a alguno de nosotros; a unos velocidad, a otros, alas poderosas y garras fuertes; unos poseen una voz hermosa para cantar a la vida; otros, una pronunciada sabiduría. Todos debemos aceptar lo que Él nos ha dado. Debemos sobrellevar nuestra suerte cualquiera que ésta sea. El único impertinente y sinvergüenza que no quiere aceptar esto y se pasa la vida alegando es el pito…
  • ¡Así es águila!- gritaron todos los pájaros…
  • Pero para que no siga fastidiando, veamos si podemos ayudarle. Tú lechuza, tú que eres muy sabia ¿Qué dices de todo esto?… ¿Hay alguna manera de ayudar al pito para que sea hermoso?

La lechuza que había ganado su reputación de sabia por sentarse en silencio con la cabeza apoyada sobre el pecho, abriendo y cerrando sus brillantes ojos de ámbar, aclaró la garganta y habló con gran parsimonia.

  • ¡Demos al feo pito la belleza que busca! ¡La belleza como la sabiduría, se puede adquirir!, –dijo sentenciosa- que cada uno de los pájaros de colores le dé una pluma al pito. Así nunca volverá quejarse de su falta de belleza y color, pues llevará en su cuerpo todos y cada uno de los matices que se puedan envidiar…
  • ¿Y… nosotros? –Interrumpieron apremiantes los otros pájaros –nosotros también estamos orgullosos de nuestro plumaje. ¿Por qué entonces nos tenemos que desprender de alguno para satisfacer la vanidad de un pájaro tonto que nunca ha hecho nada para ganarse nuestra generosidad?
  • Bueno, todo lo que dicen es verdad. El pito nunca ha hecho nada por ganarse nuestro cariño y simpatía…
  • ¡Es verdad! –gritaron al unísono los pájaros.
  • ¡Calma, calma!- volvió a decir la lechuza. Esta vez el pito tendrá que ganarse nuestra deferencia desempeñando una misión especial.
  • ¿Qué hará? –Interrogó un pájaro.
  • ¡Será nuestro mensajero!
  • ¡Bravo! –Gritaron a voz en cuello los asambleístas.
  • ¡Cuándo nuestro hermano, el águila, desee reunirse con nosotros, sólo tendrá que enviar al pito para que nos convoque! Él se encargará de avisarnos a todos. ¿De acuerdo?
  • ¡¡¡De acuerdo!!! –Gritaron los pájaros unánimemente.
  • ¿De acuerdo, pito? –Preguntó el águila.
  • ¡Claro, hermano, claro! –Contestó entusiasmado el pájaro gris. ¡Con mucho gusto!

En ese momento, cada uno de los pájaros de lindo plumaje se arrancó su más brillante pluma y se la puso al pito. En un santiamén lo cubrieron del pico a la cola con las más atractivas y finas plumas escarlatas, amarillas, bermellones, lilas, celestes, verdes, doradas, blancas, azules, plateadas, negras, marrones… Cuando concluyeron, el pito estaba recubierto de mil colores como un mágico arco iris. En ese momento era el más bello de la tierra, de los aires y de las aguas relucientes… ¡Nunca se había visto un pájaro tan hermoso!

  • ¡Oh, qué bonito soy! ¡Qué bonito soy! –Gritaba el pito fuera de sí, contoneándose ostentoso.

Cuando el águila levantó la sesión, sin siquiera una palabra de agradecimiento, el pito se perdió por los aires, haciendo alarde del boato de su abigarrado plumaje de vivísimos colores.

No había pasado mucho tiempo. Horas solamente de aquel acontecimiento, cuando el pájaro pito, incapaz de cumplir su promesa, se desatendió de lo pactado. El único pensamiento que le dominaba, era su nueva apariencia. Todo el tiempo se pasaba mirándose al espejo de las tranquilas aguas de la laguna, murmurando petulante: ¡“Qué bello soy, qué bello soy!”.

Nunca el malagradecido entregó un mensaje. Cuando algún pájaro lo necesitaba para pedirle un servicio, se escondía entre paredes y roquedales negándose a contestar las llamadas.

Un día, deseoso de reunirse con todos los pájaros del mundo, el águila ordenó al pito para que convocara a toda la familia alada, pero el fatuo ni siquiera intentó obedecerle. En lugar de cumplir con el encargo se entretuvo horas enteras mirando el brillo de su plumaje en el reflejo de las aguas, gritando: “Qué lindo soy, qué lindo”.

Así llegó el día de la convención. Cuando el águila llegó al lugar del concilio no encontró a ninguno de los pájaros del mundo. ¡A ninguno! Iracundo, salió como una flecha por los aires y pájaro que encontrara, pájaro que era castigado.

  • ¿Acaso no fueron convocados para la asamblea?
  • ¡No, hermano águila, no!… ¡No sabemos nada!… –respondieron en coro.

Rabiosos todos los pájaros del mundo se recriminaban mutuamente. Los gritos desaforados eran de condena para el réprobo pito que no había cumplido con citarlos. Igualmente, ciegos de ira, maldecían a la lechuza por haberlos involucrado con semejante pillo. Tantos y tan sonoros fueron los gritos que Dios los escuchó allá arriba. Frunciendo el ceño, como nunca, el Supremo dijo:

  • ¿Por qué el don de la palabra que os he concedido, lo usáis tan mal? –Y extendiendo sus manos santas hacia la tierra, colérico como nunca, sentenció:
  • ¡No hablaréis más!… ¡Indignos sois de este preciado don! Desde ese mismo instante las voces furiosas de los pájaros se convirtieron en sonidos discordantes y varios; en agudos gritos, desagradables graznidos y una bulla que, desde entonces, no ha cesado. Sólo algunos pájaros que se ganaron el aprecio de Dios conservaron la dulzura de sus trinos.
  • ¡Vos, pito malhadado! Seréis mensajero de la muerte. Sólo cuando veáis a los hombres rodeados de la muerte, cantaréis!… ¡Vuestra vanidad será castigada severamente: volveréis a ser gris y feo como la muerte! Vuestra sangre servirá para combatir la parca, por eso os perseguirán. ¡Y como siempre os habéis escondido en los tapiales de muros y cementerios, viviréis hasta que la oscuridad cubra la vida!… ¡En cuanto a vos lechuza, sólo de noche podréis salir de vuestro escondite… ¡Sólo de noche!.

Dicen que desde entonces, el pito anda fugitivo, escondiéndose en muros y rocas. No quiere encontrarse con la lechuza ni con el águila. En cuanto a la lechuza, su vigencia de vida se ha restringido a las horas nocturnas.

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La voz de lo andino en la narrativa de Eleodoro Vargas Vicuña

Por Marco Martos

eleodoro-vargas-vicunaEleodoro Vargas Vicuña, (La Esperanza, Cerro de Pasco, 1924 – Lima, 1998) es uno de los narradores más notables de la promoción literaria aparecida en los años cincuenta. Su escritura de original belleza está cargada de ternura y vitalidad y reproduce en la página literaria el lirismo de habla y las expresiones del anónimo poblador de las comunidades de los remotos poblados del Perú indígena y mestizo. Vargas Vicuña construye sus narraciones como una serie de imágenes donde la frase vibra y le otorga vida al relato y la fábula o historia se diluye en el paisaje como una extraña visión. Lo que nos queda después de la lectura atenta de uno de sus cuentos es la sensación de haber entrado en un mundo desconocido regido por leyes eternas de las que apenas algo atisbamos. Percibimos, sí, que se trata de un mundo rural donde las menciones a la naturaleza o a los actos de los hombres, pertenecen tanto a lo mítico básico de la historia de la humanidad como al ambiente del mundo rural andino del Perú.

El aliento lírico de la narrativa de Vargas Vicuña fue percibido por la crítica nacional desde la aparición de su primer libro Ñahuin, en 1953. Como lo ha dicho Wáshington Delgado, a diferencia de la narrativa de Arguedas o Alegría e inclusive de Zavaleta, Vargas Vicuña no muestra interés por los grandes relatos que muestran la vida indígena en su complejidad social, tampoco penetra en la psicología de los personajes ni en la construcción de variados caracteres individuales. Su método de construcción del relato es acumulativo y al mismo tiempo selectivo. Acumula y selecciona imágenes que no cabe sino llamar poéticas o líricas y a través de ellas penetra en los arquetipos, es decir en situaciones básicas universales. Así, en Ñahuin observamos la presencia de pares míticos fundamentales: vida, muerte; generación, nacimiento; siembra, cosecha; inundación, sequía.

El mundo literario de Vargas Vicuña expresa cabalmente una realidad agraria y mítica donde existe una armonía universal, cuya ruptura, aunque sea leve da lugar a la aparición de lo trágico. Vargas Vicuña recoge el habla singular del hablante peruano de la sierra cuando se expresa en castellano, pero, sobre todo, presenta el mito primordial del hombre, la vida y la muerte.

 

CESAR AUGUSTO CORDOVA SINCHE

cesar-augusto-cordova-sincheUna de las más hermosas voces que  asomando deslumbrante en nuestras letras comenzó a difuminarse muy pronto no obstante su brillantez y pujanza. La burocracia política lo atrajo para su mundo de poder. Fue elegido Alcalde de la ciudad. Logró un gobierno atinado y brillante, todos los cerreños lo recordamos agradecidos. En ese trance histórico de su vida comprendió que era imperativo el momento de trastocar la hermosura de sus versos en acertadas consecuciones para su pueblo. Lo consiguió. En ese momento creímos que por elegir un buen alcalde habíamos perdido a un notable poeta. Supusimos entonces que el poder había podido más que el sentimiento. Felizmente no fue así. Fabricándose tiempos extras a su recargada labor siguió cultivando la poesía.

Ahora que -transcurrido los años- ha entrado en el mundo de los cesantes, le pedimos que siga escribiendo porque nuestra tierra lo necesita.

Una muestra de su talento está en su libro: POESIA CERREÑA, que “es apenas una piedra para que se defiendan y defiendan a Pasco…” publicado en noviembre de 1982,  en cuyo epígrafe dice: “Vayamos a la cumbre de Huancapucro o de Uliachín o de Paragsha, para ver cómo rompen las arterias y venas del Cerro de Pasco, y comprender todas esas nubes de polvo que se van, salpicadas de nuestra historia”.

PARA LA MADRE Y LA TIERRA TAMBIEN

 Madre nuestra

Señora del Universo,

Esposa del quehacer revolucionario,

AQUI CON ESTA AMARGURA DE SIGLOS DECLARO Y PROCLAMO:

Por tus costados doloridos y sangrientos,

por cada trozo de tu vientre telúrico mancillado,

por las provincias de tu composición olvidadas,

por la ausencia de la sangre que te fue chupada

con los colmillos del bicho imperialista,

por la infinita entrega de tu profundidad,

por la agonía de tus pezones límpidos y fecundos,

por tus arterias y venas destruidas.

ENTREGARTE:

Mis ichus en bestiales ejércitos que revienten al filo de la aurora

bendiciendo tú nombre,

mis granizos de memorias para adornar tus polleras

inexorablemente en el tiempo,

mis copos de nieve para armonizar los pliegues de

tu blusa azul,

mis escarchas mañaneras para musicalizar tu carita

crepuscularmente chaposa,

mis rocíos que besarán tus carnes sin que lo pienses

porque estarán alboreando en la tarea,

mi cumbre de Uliachín para que retes al Universo

desde la cima del orgullo,

mi orgullo,

mi canción….

mi savia para que te la bebas en el cáliz de tu

historia.

 

Madre Nuestra

Señora del Universo

Esposa del quehacer revolucionario

AQUI CON ESTE INCONFORMISMO DEGOLLADO,

TE AMO

En la esperanza de verte distinta y mejor

en las caricias que recojo de todas tus mañanas

en las fibras carismáticas de tus raíces

en la sangre que derramas con cada entrega

en la sangrienta línea de tu pensamiento

en tus quebradas lampiñas pero fecundas de metal

en tus quebradas no lampiñas donde crece tu honor

en tus praderas donde duermen muchas caricias

olvidadas y caminos derramados,

en el contacto divino por el que  desangras tu infortunio.

 

Madre Nuestra

Señora del Universo

Esposa del quehacer revolucionario

AHORA Sí

EN ESTE HOMENAJE SIN LÍMITES,

levántate

defeca sobre tu postergación,

arráncate tus células muertas,

pisa el primer sendero de tu camino,

hazte joven,

inmortal,

opulenta,

y no vuelvas a caer en falsos amoríos,

nunca…..

            ………………………………………….

 

Miguel de la Matta (Escritor minero)

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Fue un activo trabajador minero en los campamentos del Cerro de Pasco y Morococha. Muchas veces fue despedido y arrestado por sus inquietudes políticas. Fue un combativo militante aprista. “El silencio acompañó los últimos días de su vida. Su obra narrativa fundamen­tal representa una variante nacional y regional en la producción del relato peruano: establece un tenso nexo entre la mina y el campo. (Una constante que siempre se ha dado en la ciudad minera más alta el mundo). En 1957 ha publicado VAGANCIA y en 1965, EN LA NOCHE INFINITA, una excelente novela que tiene la virtud de ser un vasto mural de tono realista y ácido, denunciando situaciones y episodios que han sido realidad de la convulsionada influencia del capital foráneo en la vida de los pobladores de la zona central del país. El tono épico y el clima dramático con que se realiza la trama de EN LA NOCHE INFINITA, a través de la historia de Juan Cajahuanca -perso­naje central de la novela- lo convierte en un invalorable testimonio artístico y social del proletariado minero donde la ilusión de prosperidad (sitiado en la mina) se traduce en desilusión inexorable (retorno de una vida casi acabada al campo) (FUENTE: DICCIONARIO HISTORICO BIOGRAFICO DEL PERU, tomo V: 26).

La niña de la gruta negra (Leyenda)

(Segunda parte)

gruta-2Aquella desgracia lo marcó con terribles signos de fuego. Acosado por un sentimiento de culpa ya no tuvo sosiego en su vida. Se sentía el causante de la muerte de su esposa. No había hecho otra cosa con su indiferencia con la que no sólo era compañera, esposa y colaboradora fiel, sino fundamentalmente impulso motor de sus empresas. Su soledad le estimuló amar a su hija con entrega total, con un exclusivismo enfermizo, lindante con la idolatría. Quería dar a su hija lo que había mezquinado a su mujer.

Tardó mucho en sobreponerse de aquel patético acontecimiento. Para la crianza de su hija llevó a una nodriza que la crió con todo su amor. Entretanto él, atormentado, ya no volvió a ser el mismo. Su temperamento se hizo más áspero y taciturno. A su avaricia fue sumando una agresividad cada vez más enervante. Con los años, esta actitud fue tomando caracteres verdaderamente dramáticos.

Y así pasaron los años.

Llegada a su juventud la niña tomó formas de mujer y se hizo más hermosa. Todo su mundo lo constituía su hogar, su padre y la buena anciana que con mucho cariño trataba de ocupar el lugar de la madre. Ni amigas, ni vecinos, ni parientes. Soledad, nada más que soledad.

Sus largas vigilias hicieron cifrar sus más caras esperanzas en su hija. Abrigaba la confianza que, en unos años, podría efectuar el viaje de retorno a su lejana tierra, a la que no había podido olvidar, caso contrario –meditaba- podía casarla con un rico minero cerreño; mientras tanto, seguiría trabajando en su mina, ahorrando lo necesario para el triunfal retorno. Era verdad que ya estaba cansado, sus músculos ayer prestos y ágiles, eran ahora más laxos y reacios. No había duda, necesitaba un ayudante.

En una oportunidad, conoció a un hombre joven y amable que le había ayudado a descargar sus bolsas de plata. Todo fue que se vieron y una entrañable amistad nació entre ellos. Como el desconocido se encontraba sin trabajo, le ofreció el puesto y un lugar en su casa. Total, necesitaba la ayuda de unos brazos jóvenes.

Llegado a su casa que más parecía una isla en medio de la desolada puna cerreña, el joven se impresionó con la belleza de la damisela que ruborizada y temblorosa, estrechó la cálida mano del recién llegado.

Ese fue el comienzo.

Guitarrero y cantor, el joven entonaba emotivas coplas, cada tarde a la salida de la mina. El encanto de los versos y la dulce cadencia de las notas pronto tuvieron el sortilegio de conquistar la candidez de la niña que con la intención de escuchar mejor las trovas, asomaba a la ventana de su recámara. Su huérfano corazón tan sediento de cariño de comprensión y apoyo, halló en las vivaces charlas del joven minero el entretenimiento ameno  que poco a poco fue envolviéndola en un sentimiento dulce y extraño que le obligaba a buscarlo para la plática diaria. Tanto se compenetraron el uno con el otro que comenzaron extender sus coloquios mediante furtivos encuentros nocturnos en el patio de su casa. Una noche, para no ser sorprendidos por el viejo minero, ella le abrió la puerta de su alcoba. Las citas entonces, se hicieron diarias y, sucedió lo que tenía que suceder.

Cuando el viejo minero se enteró de lo acontecido estuvo a punto de enloquecer. No podía creer en la deshonra de su hija; del único ser que realmente le importaba. Ciego de ira buscó afanosamente al causante de la ignominia pero no lo encontró. Entonces, deshechas todas sus esperanzas, la emprendió contra su hija y furibundo la maltrató salvajemente. Dispuso que la anciana sirvienta entregara al niño en cuanto naciera.

Aquella noche el frío era inclemente. Un silbante viento helado circulaba por los confines de la puna. El dolor que atenazaba el vientre de la jovencita fue haciéndose cada vez más intenso, desgarrador, apremiante; para evitar el grito natural del suplicio, tuvo que morder un pañuelo con todas las fuerzas que le daba su castigado cuerpo. Por fin, a tres horas de la cerrada noche, nacía un niño robusto y hermoso. La joven intentó una débil sonrisa al ver el fruto de sus entrañas iluminado por los tenues rayos de una mortecina lámpara minera. De pie, junto a su cama, la vieja nodriza que había actuado de partera, puso al niño en el regazo de la madre. En ese instante, la voz conminatoria del padre se hizo escuchar en la pieza contigua. Llamaba a la vieja mujer. La parturienta, débil como estaba por la hemorragia y el tremendo tormento que le había tocado experimentar, hizo un acopio de todas sus fuerzas y venciendo el sueño perentorio que le invadía, escuchó como desde una lejanía tenebrosa, el desconsiderado vozarrón de su progenitor.

¡No me importa que sea hombre o mujer! –Decía arrebatado- ¡Es el hijo del pecado y no tiene lugar aquí!.. ¡Tiene que desaparecer para lavar mi honra! Conmocionada por lo que estaba oyendo, se llenó de estupor. Le parecía estar viviendo una cruel pesadilla. Sus carnes se estremecieron y las lágrimas, incontenibles, rodaron por sus mejillas, cuando enérgico, el minero sentenció:

¡Déjala dormida ahora, pero mañana a primera hora me entregas a ese engendro del demonio para hacerlo desaparecer en la mina!…

No pudo soportar más. Su cuerpo adolorido se sobresaltó nuevamente y sin poder evitarlo, se desmayó. Al despertar coligió por el silencio de la estancia que todos dormían. Una oscuridad impenetrable lo envolvía todo. Consciente de la amenaza que se cernía sobre su hijo, tramó un plan que de inmediato lo puso en práctica. Cubrió con abrigadoras mantas al pequeño, ella misma se arrebozó con un pañolón, tomó la lámpara minera que colgaba del techo y con sólo el deseo de salvar la vida de su hijo, salió huyendo a donde el destino quisiera llevarla. Bien sabía que su padre era capaz de cometer un crimen y  mucho más.

Cuando salió de la barraca, el frío implacable le hizo estremecer. Sin hacer ruido alguno comenzó a caminar con rumbo al Cerro de Pasco. La noche estaba oscura, muy oscura. Colocó al niño a sus espaldas como desde siempre lo hacen las madres cerreñas y, lámpara en ristre, comenzó a avanzar por aquellas tenebrosas soledades nocturnas.

Ya los pies le dolían y sus manos ateridas apenas si podían sostener la lamparilla. Había avanzado un considerable trecho en muchas horas y las luces nacientes del día comenzaban a dibujar las siluetas rocosas de los cerros cuando escuchó el débil llanto del niño, que poco a poco se hizo más apremiante; temiendo que pudiera delatar su presencia, ingresó en la primera caverna que encontró en las faldas del cerro que daba frente a la ciudad minera.

Cansada lo arropó lo mejor que pudo y estrechándolo contra su pecho, le dio a beber la primera leche materna. Desde donde estaba se podía distinguir el pueblo minero con sus calles irregulares, sus casas macilentas, sus gentes apresuradas y abrigadas bajo un cielo gris, intensamente oscuro, amenazador. Pensaba que no tardaría en presentarse su desalmado padre. Buscándola miró a su criatura y vio que sus ojos claros apenas si podían fijarlos en algo; la carita estremecida por el frío glacial parecía una pasa rojiza y arrugada. Impulsada por un rapto de emoción lo besó en la frente y lo volvió a cubrir con las mantas. Un temblor repentino se apoderó de su cuerpo e instintivamente lo abrazó para protegerlo. A medida que transcurrían las horas, el frío, el hambre, la sed, el cansancio la atenazaban y su angustia, crecía más y más. Al llegar el mediodía, se declaró una borrascosa tempestad de nieve. Extenuada como estaba y expuesta al ventisquero sus manos entorpecidas no atinaban a coger pañales. Sus dedos iban tomando una coloración azulada a medida que se helaban. Desesperada por el trance que estaba viviendo se abandonó a un llanto compulsivo que duró mucho tiempo. Con los ojos inflamados experimentó una extraña tranquilidad; su cuerpo agarrotado e insensible no le permitía mantenerse en pie. Rendida por tanto esfuerzo se tiró sobre unas mantas cubriéndose con el pañolón. Un dulce sueño acucioso fue apoderándose de ella. Estrechó a su hijo contra su pecho y fue sumiéndose en un sopor coactivo y pesado.

Lentamente, a manera de un níveo sudario, la nevisca  fue cubriendo a la madre y a su  hijo. Al poco rato, un túmulo blanco se levantaba sobre los cuerpos que ya no sentían nada. Sus restos, rígidos e inmóviles, contraídos por el frío, acababan de finar. El sueño liberador de la muerte los había dormido.

F I N.

La niña de la gruta negra (Leyenda)

Antes de continuar con nuestra tarea de divulgar pasados acontecimientos de nuestra tierra, así como sus cuentos y leyendas, me permito hacer llegar mi gratitud a las autoridades y a mi pueblo cerreño por el hermoso gesto que han tenido de rendir homenaje a don Julio Baldeón Gavino. Él amó tanto a su tierra que, por su expresa voluntad, pidió que sus cenizas sean esparcidas por las tierras que recorrió con amor y ternura. En la distancia, estremecidos de dolor, estuvimos espiritualmente con él. Gracias, hermanos.

(Primera parte)

la-nina-de-la-grutaCuando pasen delante de aquel enorme cerro que se abre mirando al poniente y el borde de sus laderas se extienden hasta el añoso barrio de Uliachín, van a encontrar una lúgubre caverna negra. Cuentan que allí moraban por los años en que la ciudad nacía, los gimientes espíritus de una joven mujer y su hijo. Sus desgarradores lamentos se escuchaban en las noches heladas cuando el silencio acunaba el sueño de los diligentes mineros. Dicen que de lo recóndito del antro surgían  inacabables gemidos  dolorosos que se expandían impelidos por el silencio de la soledad. Los arrieros que transitaban por estos andurriales se estremecían y penetrados de supersticioso recogimiento, se santiguaban musitando:

¡Dios mío, es la niña de la Gruta Negra!

Un día, cansados de los lamentos plañideros, hombres y mujeres de Uliachín, le pidieron al milagroso fray Sancho de Córdova, que desencantara la cueva. Dicen que al trasponer la entrada, encontraron  la osamenta de una mujer en cuyo regazo mantenía el momificado cuerpo de su pequeño hijo. El fraile rezó interminables oraciones en latín y, después de sepultar los restos, asperjó agua bendita por todos los rincones de la cueva. Desde aquel momento cesaron los escalofriantes gemidos. Más tarde, confidentes y sibilinas ancianas, hicieron conocer el acontecimiento que todavía el pueblo recuerda con estremecida reverencia.

II

 Las expresivas cartas que recibía del Perú magnificando las proverbiales riquezas que en él se daban, terminaron por exacerbar su ambición. Le informaban también que la mayoría eran funcionarios de las Cajas Reales, especialmente los bilbaínos que tenían un gran talento financiero o, maestros fundidores y artesanos, como los de Vizcaya y Guipúzcoa. Que una gran mayoría se había dirigido al Cerro de Pasco para hacer  florecer la Fundición de Barras de Plata como maestros fundidores: Oyarzabal, de Azpeitia; los Arauco, de Vizcaya; los Goñi, de Navarra; los Otaegui, de Guipúzcoa; los Aguirre de Oyarzún; Lizárraga, Baldoceda, Jáuregui, Ampuero, Bermúdez, Aza, Azcurra, Echevarría, Aranda, Gorriti, Amézaga, Anaya, Apéstegui, Aspiazu, Carranza, Chacón, Elguera, Valdivia, Veramendi, Iturralde, Jáuregui, Mendívil, Iturriaga, Ormachea, Mendizábal, Olazo, Zamudio, Arellano, Lezama, Lezcano, de Navarra.

  La insistente invitación para que embarcara a hacerse rico, decidió su viaje. Reunió sus escasas pertenencias, algún magro ahorro y abordó el barco en compañía de su mujer y su pequeña hija.

Estaba muy ilusionado.

Llegado al Callao, tras larga travesía, luchando contra la nieve, el frío glacial y la inconmensurable soledad del páramo, llegó a la Villa de Pasco sobre resistentes carretas haladas por fuertes mulas cerreras. Un corro de guitarras, zampoñas, castañuelas y pitos, celebró su llegada; se bebió abundante vino, se hizo nostálgicas remembranzas y se bailó bastante. Rendido por el jolgorio descansó dos días, al final de los cuales, le adjudicaron un yacimiento cercano al naciente Cerro de Pasco para iniciar su trabajo.

Tras tomar posesión de la mina –la primera propiedad de su vida-  trabajó de sol a sol para construir una casita de barro apisonada con cimiento de piedras, ventanas pequeñas y  elevado techo a dos aguas, cariñosa reminiscencia de una vivienda vasca. A esta casita, muy cerca de la mina, llevó a su esposa y a su pequeña hija. Cinco hombres del lugar trabajarían para él.

Los primeros afloramientos que encontró pagaron con creces su expectativa. Obtuvo buenos doblones por la venta de su plata. Alentado por el hallazgo duplicó sus esfuerzos que comenzaban con los primeros rayos del alba y sólo terminaban cuando la oscuridad cubría el páramo. A muy poco tiempo ya era un hombre de consolidado prestigio económico que había logrado ganarse el respeto y el cariño de sus  coterráneos. Dos veces al mes acudía a las tertulias y fiestas que se daban en la Villa. En las soleadas tardes de verano, competía en emotivos encuentros de pelotaris; bebía vino, bailaba, cantaba y, en esa lengua dulce y traviesa que los pasqueños no entendían, conversaban animadamente al calor de la amistad.

Al comienzo vivió satisfecho con su holgura económica. Sin embargo, llevado por una desmedida codicia concibió la idea de reunir todo el oro que fuera capaz para retornar triunfante a su amada Vizcaya. Quería demostrar a sus paisanos que era un triunfador. Trabajó con  tanta tenacidad que llegó a tratar mala a los hombres que laboraban para él. Ni tiempo le quedaba para compartir con su esposa los momentos de descanso. Hasta en las noches, provisto de un débil candil entraba en el subsuelo a controlar los malacates y proyectar el trabajo del día siguiente. Como es natural, esta desmedida actividad lo fue convirtiendo en un hombre hosco y silencioso; más tarde, en agresivo y desconsiderado. Su mal carácter era alimentado por las eventuales frustraciones mineras que significaban la pérdida de filones y afloramientos.

Entretanto, su mujer se sumía en una desventura terrible que sólo en su hija hallaba consuelo.

Así las cosas, llegada una quincena no quiso acompañar a su mujer a comprar las provisiones, como era costumbre. La señora tuvo que ir sola en el carretón llevando a su niña. Él entró en el socavón y tanto se sumió en su laboreo que no advirtió la tremenda borrasca de nieve que afuera estaba cayendo. Al salir, cerrada la noche, advirtió  aterrado que su esposa no había retornado. Desesperado tomó el rumbo de la ciudad minera con la esperanza de encontrarla en el trayecto. La nieve era tan espesa que nada podía distinguirse a un paso; sin embargo, tras penosos esfuerzos, encontró el carromato atascado en el barro. La pobre mujer empapada de pies a cabeza pugnaba por empujar la carreta y para tener libertad de acción se había despojado de su pañolón y la chompa de lana con los que había arropado a la niña bajo un improvisado toldo de lona. Con la ayuda de unos tablones y sus recios brazos, sacaron el carretón del atolladero y siguieron avanzando.

Llegados a la barraca, la señora al borde del pasmo temblaba de frío con tos y fiebre despiadados que se acentuaba cada vez que el dolor le traspasaba los pulmones. La desesperada impotencia del minero era dramática. La distancia que lo separaba tanto del Cerro de Pasco como de la Villa de Pasco, era tan grande, que no podría ir en busca de auxilio. Además, se le presentaba un dilema ¿Cómo dejar a su mujer e hija solas? La nieve caía inmisericorde y el rostro de la mujer iba tomando una coloración amoratada; la tos agresiva y seca la sacudía con violencia; el corazón se le estremecía al oír el seco ronquido del pecho que se desgarraba. Al amanecer trató de incorporarse y decir algo. No pudo. Sus intensos ojos verdes se quedaron fríos en una mirada fija, larga e inmóvil. El minero la llamó, le frotó las  manos, la besó y en su desesperación la sacudió con violencia y nada. La débil mujer acababa de morir.

Continúa….