Lucho Barrios O la metafísica de la cebolla Una crónica de ELOY JÁUREGUI (Segunda parte)

Lucho Barrios 34.

Una de la satisfacciones más grande fue saber que fui autor del único reportaje-crónica que se le hizo para la televisión y la sencillez de Lucho Barrios ha quedado grabada en aquel video del recordado programa “Panorama”, cuando sorprendido por mi inquietud enfermiza, Barrios contó a regañadientes parte de su vida que nadie conocía. Que aunque era de cuna porteña se sentía más limeño que nadie. Su registro cuenta que había nacido en el Callao un 22 de abril de 1935 pero que a los 9 años se mudaría con su familia a la Calle Penitencia, en el jirón Paruro en los Barrios Altos limeños. Cierto, era cantor de serenatas ya a los 17 años pero estudiaba ópera y llegó a ser alumno del maestro Alejandro Vivanco, un eximio músico del género vernacular, de ahí que Lucha Barrios supo primero de las técnicas de los huaynos.

A finales de la década de los 50 se presenta en el concurso “La escalera del triunfo” que conducía el periodista Guido Monteverde y aunque solo quedó finalista, no se amilanó y siguió cantando donde se podía. Ya en 1962, con los guitarristas Paco Maceda y Modesto Pastor forman  el trío “Los Incas” dejando grabados un par de valses en el sello Smith, entre ellos “Juanita” de Pablo Casas y Padilla. La casualidad hizo que una noche en Radio Callao conocería al famoso cantante guayaquileño  Julio Jaramillo quien lo llevó a Ecuador. En esos años hay un paréntesis del cual Lucho Barrios jamás le contó a nadie. Pero regresó a Lima  y entonces fue el bolerista que todos reconocemos con más de trescientas grabaciones. Cierto, recordando que son de antología también, los cuatro ‘larga duración’ de valses donde participa junto con Pedrito Otiniano y Gilberto Cosío Bravo en las grabaciones del Centro Musical Unión.

Lucho Barrios fue multifacético pero además, consolidó un tipo de vals como anclaje de identidad del barrio. Y el Centro Musical Unión, junto al “Huancavelica”, fuero aquellos refugios de nuestro viejos jaraneros que impusieron el vals al estilo limeño del “Cuartel primero” o del barrio de Monserrate. Es decir, el canto de la zona de Pachacamilla –uno de los lugares más emblemáticos de la Lima tradicional– que viera nacer también a la mejor cantante del acervo criollo, doña Jesús Vásquez, amén del cantor Rafael Matallana y siendo tierra del campeón mundial de billar, don Adolfo Suárez.

5.

Lucho BarriosRescatado un texto de la periodista chilena Verónica Marinao que cuenta cómo un 18 de septiembre de 1960 Lucho Barrios actuó por primera vez en Chile, en la quinta El Rosedal de Arica, junto a la orquesta cubana de Puma Valdez. En 1961 grabó en Santiago varios discos que aumentaron su arrastre popular en Chile, comenzando además con sus presentaciones en el cabaret Picaresque de Santiago. En la capital chilena grabaría también decenas de temas como “Fatalidad”, “Cruel condena”, “Señor abogado” y “La joya del Pacífico” del compositor Víctor Acosta, un tema que es considerado como el himno del puerto de Valparaíso.

En el libro “Historia social de la música popular en Chile, 1950-1970”, los autores Juan Pablo González y Claudio Rolle explican que: “parte importante de repertorios como el de Lucho Barrios, exacerba la emoción y el sufrimiento, permitiendo definir un campo lírico que posee ciertas dosis de existencialismo de bar: la vida es trágica y sólo el amor puede redimirnos, aunque suframos por él”. En el documento se explica del arrastre popular que le permitió grabar 36 singles y seis discos LP para la filial chilena del sello EMI Odeon, y concentró en Chile el grueso de sus ventas latinoamericanas, pese a no ser invitado a radios ni programas de televisión de la época ni al Festival de Viña del Mar por las discrepancias que tuvo con el ex animador Antonio Vodanovic.

La versión de Lucho Barrios de “La joya del Pacífico” es la más popular por la voz y la fuerza en la interpretación y también a los arreglos que realizaran los hermanos Silva. Según el músico Dióscoro Rojas: “lo de Lucho Barrios permanece un tipo de música que es como la súplica del pueblo latinoamericano ante el tema del amor. Y porque las metáforas que aparecen en estas canciones son muy fuertes, del tipo: ‘que me quemen tus ojos’. Es también el canto del latinoamericano humilde que a través de la música sueña con un mundo lleno de estrellas, que se pone colleras y anillos, quiere entregarle lo mejor a su mujer, pero anda con las suelas gastadas. Lucho Barrios es quien populariza ese tipo de música y con él se va una de las voces más queridas por el pueblo”.

6.

Lucho Barrios vivió intensamente sus 75 años. Y no sabía hacer otra cosa que cantar. Y si eran boleros o valses, él contribuyó a ese ramal del bolero peruano, a ese que también le dicen “bolero cantinero” y hasta “bolero rockolero”. Los amplios estudios sobre el bolero latinoamericano no aceptan que exista esta versión peruana pero si conocen a Lucho Barrios. Equivocados hasta sus cachas, deberían saber que Barrios fue la influencia y el camino que luego seguirían Pedrito Otiniano, Jhonny Farfán, Guiller, Iván Cruz,Antonio Martell, Betico, Los Morunos, Chaqueta Piaggio, Anamelba, Linda Lorenz, Gaby Zevallos, Bárbara Romero entre otros.

Fue así, un 5 de mayo del 2010, el director del hospital Dos de Mayo, José Fuentes Rivera, explicó que el bolerista Lucho Barrios había muerto esa mañana a consecuencia de una falla multiorgánica provocada por un problema respiratorio y complicado con una insuficiencia renal. Milagros, su hija declaró esa tarde: “Mi padre había sufrido un derrame cerebral pero ya estaba recuperado. El volvió a cantar porque me decía que yo tengo que morir en los escenarios. El no estaba enfermo”. Según contó otro médico que atendía a Barrios, el cardiólogo Cecilio Zamora Huamán, explicó que el intérprete le suplicó: “que me hagan todo menos que me entuben porque no quiero perder mi voz”.

Así murió la voz que identificaba ese sentir romántico vocal peruano. Con la misma modestia como vino al mundo y estuvo por estos pagos 75 años. Yo le recuerdo sonriendo, aceptado su culpabilidad de que él y gracias a su voz, fueron responsables de cuanto romance uno se pueda imaginar, de tantos hijos que llegaron a este mundo y también de evitar la violencia con ese antídoto del bolero. Pero cierto,  también lo recordaré por ese verso de su “Marabú”: “Si la vida es así, para que más vivir”.

(Fragmento del libro Caza Propia que será editado por Lancom Ediciones en Julio 2017.)

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PICAFLOR DE LOS ANDES EL CANTO ETERNO

Escribe ELOY JÁUREGUI y publicado en CANGREJO NEGRO

Con nuestro homenaje de admiración a quien fue figura clásica del folclore y piedra angular de nuestra identidad en la pluma de nuestro querido y admirado periodista y profesor universitario.

Picaflor de los Andes1.

Picaflor de los Andes fue un ser tan excepcional que hasta escogió el lugar donde hubiese querido nacer, Huancayo, aunque el destino lo trajo a este mundo en Huanta, Ayacucho. Víctor Alberto Gil Mallma que así se llamaba, era tan especial que hasta tuvo cinco fechas de nacimiento aunque luego de severa investigación familiar se descubrió que su madre lo había parido finalmente un 8 de abril de 1928 y no en 1929 o en 1930 o en otras fechas como figura en todas las biografías que se atrevieron a escribirle. “Pikachu”, como le gustaba que lo llamen sus íntimos, y sus íntimos fuimos todos nosotros, estaba escrito, que al nacer, emergió más convertido en un mito que en una quimera. Todo el resto fueron sus canciones y sus hazañas.

La vida lo había tratado también como un desarraigado desde niño aunque en realidad su existencia fue la de un viandante impenitente y sus dominios sonoros construyeron su patria personal en la sierra central del Perú. Ahí su sentimiento pasó a convertirse en un expediente de amores, nostalgias y chillas porque incluso después de muerto, la gente decía que lo habían visto en la feria dominical de la Calle Real de Huancayo o manejando un Volkswagen rojo en la laguna de Paca o conduciendo un tráiler a la salida de Tarma. Y cuando se murió de verdad, en toda la Carretera Central, los transportistas detuvieron sus camiones y lo velaron durante horas y le levantaron cruces y hoy se siguen persignando ante ellas porque los huaynos de Picaflor de los Andes se escuchan más que antes y porque difunto, vive más, intensamente.

Hace un tiempo se descubrió entonces su partida de bautismo emitida en la Parroquia San Pedro de Huanta donde se consigna que había nacido el 8 de abril de 1928. Si bien es cierto que ese dato lo conocía José María Arguedas, muchos seguían insistiendo en que el artista era huancaíno. En esa partida también se aclara que su padre fue un hacendado huantino llamado Bernabé Gil y su madre doña Francisca Mallma.  Hoy sabemos que sus padres se separaron al poco tiempo y que su madre se traslada a Huancayo y donde lo vuelve a inscribir en el municipio huancaíno. El destino luego lo lleva a la ceja de selva, en la zona del Perené,  en donde la mamá había conseguido un trabajo doméstico. De esas noche sus recuerdos lo harían vivir las horas en que empezaría a cantar, casi imitando a los pájaros, unas tonadas que a todos llamaban la atención y que a su madre la hacía llorar sin consuelo hasta que los dos se quedaban dormidos. En su voz de niño se podía identificar aquel rumor de los ríos, el silbido de los vientos, el estrépito de las lluvias y el trino de las aves que a los vecinos los hizo entender que solo ese sonido era asunto de los querubines encantados.

2.

Ahora ya vive en Huancayo en la casa de su tía Cirila Marín Villar. Ahora ya tiene quince años y asiste al Colegio Nacional Santa Isabel pero más, cantaba como un descocido. Un día dijo no estudio más y se puso a trabajar como chofer y hasta de mecánico diésel. Fueron los años en que hacía dúo con Julio Díaz en el conjunto “Los Amantes”. Fue en Huancayo donde se hizo mayor y junto a Julio Cartolín, funda el conjunto “Los Compadres”. En 1950 no se podía asegurar que los artistas eran profesionales. Ganaba su plata pero no alcanzaba para nada. Fue aquel tiempo de noches de bohemia y donde dormía donde lo agarraba el sueño. Ahora ya vive en Huancavelica y sabe del rigor de los mineros. Y él fue minero también.

Picaflor de los Andes aseguraba que fue su habilidad como conductor que le salvó la vida. Se hizo experto en camiones y volquetes y así viajaría por toda la sierra central. En 1957 ya estaba viviendo en San Mateo y trabaja en las minas de Tamboraque y luego se muda a La Oroya. No se gana pero se goza, decía. Ahora funda junto a los hermanos Tacuri el conjunto “La Juventud Tarmeña”. Finalmente en 1958 ya vive en Lima y es vocalista del conjunto “Los Picaflores de San Mateo”. Un año después participa en un concurso de Radio Excélsior y gana con “Aguas del río Rímac”, huayno de su inspiración. Tema que deslinda con su prehistoria. El resto lo haría su voz y esas dotes de compositor que han inmortalizado en decenas de huaynos.

Fue José María Arguedas quien se hace su amigo cuando todavía no se llamaba Picaflor de los Andes. Una noche mientras actuaba ya de solista en el Coliseo Nacional, Arguedas lo invita a inscribirse como artista vernacular en los registros la Casa de la Cultura. Desde esa vez queda con ese nombre y 1962  graba su primer disco sencillo, “Margarita Huambla”. Por aquella grabación le pagarían apenas cien Soles pero fue el inicio de su exitosa carrera en el mundo de los discos que con el tiempo serían los más vendidos y “Pikachu”, el artista más requerido.

3.

Años después, cuando ya vivía en Lima, había de recordar sus primeros años en la capital, cuando doblegando rechazos y marginaciones logro hacerse de un nombre y el reconocimiento general. De eso conversaba con sus amigos entre cervezas y los discos de la rockola en su Barrio Piñonate, muy cerca de la Plaza Dos de Mayo. De aquellos huaynos llenos de sentimiento y emoción. Porque ahora lo sabemos, Picaflor de los Andes encarna sin duda al provinciano que se asentó al principio en las zonas periféricas de la capital para luego conquistar la urbe y consolidar su cultura y sobre todo, conseguir que se acepte su música. Así, los cholos, aquellos, desde los humildes hasta los emprendedores de hoy, lo hicieron su cantor para los temas de amor muchas veces no correspondidos, pero sobre todo, para el sentimiento de obreros y trabajadores que lo ungieron en su cantante para siempre.

Ningún cantante como Picaflor de los Andes para retratar la lucha de los provincianos por conquistar Lima. El recordado sociólogo Alberto Flores Galindo escribió en su trabajo de tesis, que por ejemplo en el huayno “El Obrero” grabado en 1970 por “Pikachu” se exponen los maltratos, explotación y hasta la muerte de los mineros de Cerro de Pasco, Morococha, La Oroya, etc. entre los años 1900 y 1930: “Picaflor de los andes, recita unos versos en lo que hace referencia a los campamentos mineros como “caminos y parajes que sangran con el recuerdo de vivir”. Y definiendo el trabajo del minero: “pitos y campanas que anuncian un epitafio. Nuestras vidas por el progreso”.

Dos procesos estaban germinando en la impronta de Picaflor de los Andes: El de la revaloración de la música folclórica que en aquel tiempo era vilipendiada por la cultura oficial y, que él exigía un reconocimiento masivo, y la plataforma de sus temáticas de compositor que en el fondo iban desde el amor al terruño, los romances contrariados y la reivindicación del trabajador de los andes. “Pikachu” fue tan intenso que paso de cantarle a su hijo pequeños hasta proponer un huayno ideologizado. Es el caso del tema “Por las rutas del recuerdo”, en homenaje a la marcha de 5 mil trabajadores de las minas de Cobriza y La Oroya en 1969. Ahí  se lanzan las proclamas: “Viva la clase obrera”, “Viva el proletariado”. Eran años de las guerrillas en el Perú y luego de la Revolución de Juan Velasco Alvarado. Picaflor de los Andes asumía así un canto popular comprometido con las verdaderas causas populares.

4.

La canción andina hoy es masiva en Lima y en los medios de comunicación. Nadie duda que sea resultado de este juglar de los de abajo que se llamó Picaflor de los Andes y que cultivó el huayno, según la idea de Arguedas, como un testimonios de toda la vida, todos los momentos de dolor, de alegría, de terrible lucha, y todos los instantes en que fue encontrando la luz y la salida al mundo grande en que podía ser como los mejores, rendir como los mejores.

Picaflor de los Andes murió en La Oroya el 14 de julio de 1975. Las crónicas de la época escribieron: “En hombros del Perú profundo se fue Picaflor de los Andes”. Se calcula que esa noche, cuando descansó en su última morada había en el Cementerio El Ángel más de 100 mil personas. Y debo confesarlo, hace unos días, este 8 de abril que llegué a ese campo santo, ahí estaba Picaflor de los Andes erguido, con su guitarra y su sombrero a la pedrada y pintado de dorado con una altura que casi llega a los dos metros en el recientemente inaugurado mausoleo con monumento en el Jardín Santa Luciana. Lote27. Sector 1. Sus hijos lo recordaban así. Nosotros nunca lo olvidamos.

Nuestro gran escritor José María Arguedas escribiría en el diario El Comercio del 30/6/1968: “Picaflor tuvo una infancia y juventud atormentadas; nació en una quebrada cálida y hermosa de Ayacucho, en Huanta. En Huancayo lo bautizaron de nuevo. No deja de ser simbólico y representativo este doble bautismo. Huancayo y Ayacucho son regiones de estilo diferentes. Gil Mallma trabajó y luchó desde la infancia en las ciudades capitales, en minas y campos de ambas zonas; como chofer ha recorrido las carreteras y pueblos por las que Ayacucho y Huancayo reciben y envían mercadería, por donde se van y vuelven los inmigrantes”.

Maouselo de Picaflor de los Andes
Sus hijos en el mausoleo y monumento de Picaflor de Los Andes en el cementerio El Ángel.

La reina de la canción criolla

Jesús Vásquez

Esta nota que publicó EL COMERCIO tras la muerte de nuestra inolvidable artista, no hace evocar los comentarios de los que la aplaudieron en nuestro teatro principal. Todos unánimemente reconocían su especial talento para entonar nuestras canciones criollas pero también resaltaban su belleza y picardía.

“La Reina y Señora de la Canción Criolla”, María Jesús Vásquez Vásquez, nos dejó un sábado de gloria, tres de abril del 2010, sábado de jarana. En el recuerdo quedará la excelente cantante, pero también la mujer, siempre sentimental, franca, maternal y alegre que sabía compartir los trajines de la artista con los de una vida familiar intensa.

A la chiquilla del barrio de Pachacamilla no le gustaban las muñecas, prefería el trompo y las cometas, las mismas que volaba años atrás con sus adorados nietos. Siempre juguetona y a veces un poco floja con los estudios, pero siempre dispuesta para recitar y cantar alguna canción en la escuela, ya se avizoraba su talento.

A los 16 años comenzó el camino al éxito. Vestida de negro con un listón rosado en la cintura y un broche con brillos impresionó con su interpretación de “El Plebeyo” de Felipe Pinglo, la más exitosa hasta ahora.

Corría el año 1940 y María Jesús brillaba como cantante y mujer. Su coquetería, su figura delgada y el rojo intenso de sus prendas llamaban la atención de muchos. La reina cantaba y encantaba. Así llegó a su vida su primer amor, el abogado iqueño Orestes Ormeño uno de los hombres que más amó, aconsejó y acompañó a la cantante en sus primeros pasos, de ese romance nació Pocha, su heredera mayor.

Años después conocería al costarricense Jorge Zamora, integrante del dúo “Los Hermanos Zamora”. Con el guapo cantante la reina se casó en San José, del matrimonio nacieron sus dos hijos: Jorge y Elizabeth.

El tercer amor de su vida llegó al lado del contador Alberto Cavero, con quien tendría a su última hija, Sandra. Pero como diría ella, “así como vinieron, se fueron”. La reina se divorció y se convirtió en el tronco de su familia, siempre junto a su madre y hermanos, hasta que ellos partieron al cielo, pero nunca estuvo sola, sus hijos y nietos siempre la acompañaron.

Al llegar a su casa de Magdalena, su segunda casa, el ambiente maternal se respiraba desde la puerta. El olor a pañal, leche de biberón, medicamentos y los sillones inundados de ropa infantil reflejaban la buena madre y abuela que era.

“Todas las mañanas me voy a comprar el pan, cada tres días voy al mercado de Magdalena, y después del almuerzo no le fallo a mis novelas, luego hago una siesta de una hora, y más tarde a tejer, con palitos o crochet y los viernes y sábados trabajo en las peñas” confesaría en las entrevistas de la época.

También contaría que antes de almorzar se tomaba un traguito de ron, “un guaracazo”, como diría ella. Una costumbre que también se convirtió en cábala durante todas sus presentaciones. “Antes de iniciar una actuación siempre tomo “un vasito de ron” con coca cola para afinar la garganta. Y luego me encomiendo al Señor de los Milagros, él siempre me acompaña”, recordaría.

Con los años, y por recomendación de los doctores, el ron fue cambiado por el whisky, pero para ella eso no tenía ningún punto de comparación. A mediados de los 80, un principio de laberintitis y el constante sube y baja de su presión arterial le indicaron que debía cuidar su salud. Sin embargo, seguía firme “El señor morado no me abandona por eso sigo cantando, cuando llegue el día en que no pueda hacerlo, eso será como la muerte para mí”, pero ese día llegó muchos años después.

El bingo fue otra de sus pasiones, jugaba dos veces por semana y decía que era su distracción y su alcancía. Los caballos y el póker también fueron su afición, aunque no con mucha suerte “Si hubiera un premio para los que llegan último sería millonaria” confesaba en cada derrota.

Y como no mencionar que la criolla se hizo querer por todos. Su fama cruzó las fronteras y con ella el nombre de nuestro país. Su música también llegó a los oídos de varios presidentes peruanos, Juan Velasco Alvarado, Fernando Belaúnde Terry y Alan García, compartieron con ella muchas jaranas. Sin embargo, la relación con el actual presidente fue la más especial. El mandatario la visitó en su casa, cantó con ella, acompañado por dos guitarristas y un cajoneador y hasta degustó un rico cebiche y arroz con pollo preparado por la anfitriona.

A los 89 años, la reina se despidió para descansar en paz. Sin embargo, su estilo sosegado, tierno y calmado para entonar los viejos y nuevos temas nunca desaparecerá, ni tampoco se igualará, ahora le toca deleitar a su otro público, donde seguramente también encontrará la plaza llena, y la aplaudirán hasta el cansancio.

 

FLOR PUCARINA

flor-pucarina

En la  más brillante época de la radio en el Cerro de Pasco, Radio Corporación estuvo en la cumbre de la sintonía general. Exitosos programas de música variada con últimas novedades, impactantes trasmisiones deportivas, emocionantes presentaciones de teatro radial con notables libretos, noticieros actualizados, entrevistas y demás novedades hicieron la delicia de los miles de escuchas en toda la región central.

Para esa época campeaba la popularidad de “Moticha” Alanya, inolvidable compositor huancaíno que, con una continuidad conmovedora traía a nuestros escenarios artistas que triunfaban en Lima donde el género vernacular estaba siendo muy aceptado: Ezmila Zevallos, Los Errantes de Chuquibamba, Rosita Salas, Jilguero del Huascarán, La Golondrinas, Embajador de Quiquijana y  Pastorita Huaracina, Los aborrecidos, Tiburcio Mallaupoma, Juan Bolívar, La Pallasquinita, y muchos artistas más.

Cuando el ambiente musical cerreño estaba en su apogeo trae a una artista inolvidable: FLOR PUCARINA. Su llegada a nuestra tierra fue todo un acontecimiento. Aquella noche, gran cantidad de admiradores colmaban el andén del ferrocarril que la traía de Lima. La recibimos con un ramo de rosas y ella, muy amable, decidió llegar caminando a la radio no obstante el frio reinante. Los numerosos comerciantes del Mantaro establecidos en nuestra ciudad auspiciaron con creces las diarias presentaciones radiales de esta notable artista.

flor-pucarina 2La noche de su debut nos deslumbró a todos. No solamente por ser una cantante carismática y sentimental sino por ser muy bella. Nos deslumbró con su talle armónico resaltado por sus primorosamente bordadas polleras debajo de las cuales destacaban recamados fustanes blancos con artísticos encajes ajustados a su breve talle. Blusa de colores entallada en su torso perfecto sobre la que iba una manta bordada por manos de artesanos huancas. Un sombrero echado de lado que hacía resaltar sus endrinos cabellos encrespados sobre el que había fijado una encarnada rosa roja. De sus orejitas colgaban refulgente aretes de oro. Su rostro de marcada piel agarena hacía resaltar sus ojos intensamente negros guarnecida de largas pestañas y cejas deliciosamente marcadas; sus labios perfectamente delineados, carnosos y armónicos que, al abrirse en un mohín travieso y juguetón tenían un encanto especial.

Después de su exitoso debut, en el que tuvimos el honor de presentarla, nos la arreglamos para una serie de entrevistas que fueron publicadas. Después de las cinco noches que se presentó, nos regalaba con un tiempo que nos permitió conocerla.

Su nombre verdadero era Leonor Efigenia Chávez Rojas y había nacido el  22 de septiembre de 1935  en el distrito huancaíno de Pucará, hija de Félix Chávez y Alejandrina Rojas Iparraguirre. En 1944 llega a para radicar en La Parada, zona comercial en el distrito de La Victoria. En este barrio templó su bravo carácter que la acompañó durante todos sus años de lucha.

flor-pucarina 3Fue descubierta y bautizada como “Flor Pucarina” por Teófilo y Alejandro Galván en su primera presentación en el coliseo nacional del El Porvenir, el 8 de diciembre de 1958. Aquel día obtuvo un triunfo redondo con el huayno de Emilio Alanya, “Falsía”. Cuando en 1960 firmó contrato para el Sello Virrey, hizo popular “Caminito de Huancayo”, “Traición”, “Soy Pucarina” y “Alma Andina”, entre otras. La canción que la internacionalizó fue “Ayrampito”, compuesto por los destacados Emilio Alanya Carhuamaca y Tomás Palacios Fierro. Dicho tema alcanzó la venta de un millón de copias vendidas. Le siguió, “Déjame no Más”, “Llorando a Mares”, “Pichiusita”, “Sola, siempre Sola”, “Pobre Peregrina”, “Vocero Huanca”, entre otros huainos, mulizas, santiagos y huaylash. En aquel lapso grabó 15 álbumes, acompañada por, “Los Alegres de Huancayo”, “Los Engreídos de Jauja”, “Los Rebeldes de Huancayo” y hasta su propia banda a la cual denominó “Selección Huanca”. Cabe señalar también que participó en algunas grabaciones en conjunto con el grupo vernacular Los Pacharacos.

Cumplido su contrato dejamos de vernos pero, siempre, a través de Emilio Alanya -grande e inolvidable amigo-  seguimos manteniendo una hermosa amistad.

Al final de su vida se vio afectada por una infección renal que degeneró en cáncer que la postró en el Hospital Edgardo Rebagliatti. Presintiendo su muerte grabó a inicios de 1987, el huayno “Mi Último Canto” de la composición de Paulino Torres, le siguieron también “Presentimiento”, “Dile”, y “Trencito Macho”.

Cuando falleció el 5 de octubre de 1987, su féretro fue llevado durante todo un día por las principales calles de la capital. La multitud que la llevaba cantaba y lloraba. La prensa de entonces publicó admirada la manifestación de dolor de miles de peruanos ante la muerte de una extraordinaria artista del pueblo. Su cuerpo descansa en el Cementerio de El Ángel de Lima.

Con especial reverencia al recuerdo que ha dejado en nuestro Cerro de Pasco, brindamos con una “Chata de ron” como ella lo hacía antes de cantar. Volviendo al ayer, escuchemos: Ayrampito.

 

 

EL “CHACHA” PORTILLO

el chacha portilloSu nombre era Ángel: Ángel Portillo, pero era por su apodo que todos lo identificaban: CHACHA. Es decir viejo. Tenía la misma edad de los amigos que alternaban con él pero parecía más viejo. Eso era lo raro. Canas extremadamente prematuras que se iban cayendo poco a poco anunciando calvicie inminente. Su rostro donde sus ojos, aunque todavía juguetones, ya no tenían el brillo característico de la juventud. En derredor de sus párpados se dibujaban notables “patas de gallo” sin que pudiera evitarlo; cuando hablaba reflejando su jocundo gracejo, recién uno podía colegir que no era tan viejo como aparentaba. Así y todo Chacha era un artista popular muy conocido en el pueblo. En su condición de herrero, ayudaba en su taller a don Armando Paredes, su maestro, con quien compartía su marcada afición por la música. Don Armando, eminente saxofonista, era su maestro en el taller y en la orquesta.

El “Chacha Portillo”, pertenecía a esa numerosa promoción de clarinetistas que con gran talento ha mantenido viva nuestra música a través de los tiempos: Graciano Ricci Custodio, Jesús Enciso, Julio Patiño León, Pío Andamayo, Alejandro Álvarez,  Marcial Amaro, Aurelio Romero Pizarro, Emilio Quinto, Alejandro Panez, Andrés Egoavil Caballero, Eugenio Espinoza Mendoza, Isidro Fuster Mendoza, Enrique Bendezú, Alejandro Bonifacio, Antonio Montes, Bertilo Alania, Esteban Morales, Sulpicio Huari, Nazario Sinche, Pedro Cabello, Simeón Ventura, Severo Díaz, Octavio Montes y Teodosio León, entre otros muchos.

En los carnavales del año de 1927, el gran compositor, don Andrés Urbina Acevedo, crea un hermoso huayno al alimón con el “Chacha” que le pone música: DESPEDIDA.

Este huaino enternecía hasta las lágrimas al “Chacha” que aseguraba que don Andrés había interpretado su aspiración muy íntima de marcharse de su tierra. Un día, cumpliendo su deseo, desapareció como por encanto. Nunca más supimos de su vida. Habrá ido a la eternidad “en busca de mejor suerte”. “Chacha” siempre te quisimos.

Las letras que estamos publicando ojalá sirvan para renovar su mensaje entre los cerreños. Hasta hace algunos años, cuando los conjuntos musicales todavía mantenían su vigencia era un huaino muy estimado. Su mejor intérprete fue el “Shilaco” Llanos que le imprimía mucho dramatismo en su interpretación; también nuestro recordado Isaac Salazar y el “Mote” Grijalva con la guitarra de Nolio.

Este huaino es uno de los más hermosos de la cosecha del Chacha Portillo.

NUESTRAS CREACIONES MUSICALES

el huaynoMuchísimas canciones nacidas de la inspiración  de nuestros artistas, aparecen como creaciones de compositores de otras latitudes, tal el caso de esta canción tan hermosa popularizada por la desaparecida estrella de nuestro folclore: “Pastorita Huaracina”. Ella recibió de su esposo A. Romero, goyllarino esta joya que pertenece a nuestro acervo, solo que siendo un triste muy popular en tiempos pasados, la artista ancashina la convirtió en huayno alternado algunos de sus cuartetos. El original de éstas como muchas otras canciones, están registradas en el repositorio nacional, por nuestro paisano don Silverio Urbina –padre de nuestro compositor Andrés Urbina- , director de LOS ANDES.

EL MATRIMONIO

                        Me han dicho que tú te casas                         Cuando te estén adornando

y así lo publica el tiempo,                              con tu vestido profano

dos funciones se han de hacer:                      a mí me estarán poniendo,

mi muerte y tu casamiento.                            el hábito franciscano.

 

Primera amonestación                                  Tu padrino y tu madrina,

que en la iglesia se leyere,                             te llevarán a casar

será el primer paroxismo                               y a mí me estarán llevando

que a mi corazón le diere.                             cuatro amigos a enterrar.

 

Segunda amonestación.                                 El día que tú te cases,

será para ti una gloria,                                  te acompañará tu gente,

a mí estarán buscando                                   y a mí me acompañarán

quien escriba mi memoria.                            cuatro ceras solamente.

 

Tercera amonestación                                   Cuando a ti te estén casando

será para ti una alegría,                                delante de tanta gente,

y a mí me estarán buscando                          a mí me estarán diciendo,

quien me toque la agonía.                             misa de cuerpo presente.

f u g a

Te escribo pero no firmo,

porque no corra mi fama,

el que te estima y te quiere,

ya sabes cómo se llama.

 

Teodoro “Tico” Del Valle Fernández

hombres con boina 1
Imagen referencial

Escueta y dolorosa la noticia se difundió rápidamente. Una emisora local convocaba con urgencia a sus familiares a hacerse presentes en Huancayo. Allá, súbitamente, acababa de fallecer don Teodoro Del Valle Fernández. El pueblo cerreño se estremeció de dolor. Pero… ¿Era posible? Y siguiendo la inveterada costumbre nos preguntamos; pero… ¿Cómo? si hace unos días nomás hemos estado hablando con él? Era cierto. La semana anterior lo habíamos encontrado recorriendo las amadas calles de su Cerro con su tristeza a cuestas  y su infaltable boina negra. Con su sonrisa paternal y sus palabras cariñosas cargadas de recuerdos. ¿Quién podía imaginarse que unos días más nos dejaría…?!…¡¿Quién…?!.

Ahora que sus despojos yacen arrullados por el suave rumor del Mantaro, entre molles, retamas y jilgueros, allá en la Incontrastable; con el dolor que  su partida nos ha suscitado, anegados de dolor, musitamos nuestro emocionado recuerdo.

Primeramente nos remontamos a la cercana tierra de su cuna, inacabable emporio de leyendas y antracita, de combates y tragedia: Goyllarisquizga, “Donde cayó una estrella”. Allá donde su niñez transcurriera guiada por paternales cuidados; donde sus primeras inquietudes nacían a la par que su adolescencia y su vida descubría nuevas perspectivas y nuevos horizontes. A los 16 años inició su carrera como docente en la Escuela Fiscalizada N° 1621 de Goyllarisquizga, su tierra natal. Allá donde preparaba inteligencia y músculos en aulas y campos de fútbol, alternando los éxitos y los reveses en el SPORT GOYLLAR, CLUB DE TIRO, o con el A.D.A, emporios millonarios de históricas jornadas. Allá donde comenzó a descubrir el maravilloso significado de las notas musicales, de aquellos mágicos símbolos que encierran un inacabable margen de posibilidades. Desde entonces confió a ellas sus más recónditos secretos,  arrancándoles sus más intrincadas dulzuras. Así, en su juventud, etapa en la que el hombre es más puro, más heroico, determinó abrazar la carrera que más que ninguna otra requiere de entrega, de amor, de grandeza. Decidió ser MAESTRO. Lió sus bártulos y –quijote de una quimérica empresa- salió a recorrer el mundo llevando el bagaje de sus conocimientos, de su cariño, de su simpatía. ¿Qué parajes no lo han visto pasar en ese inacabable peregrinaje? Estuvo en aquellas aldehuelas que se pierden entre las nubes, blanqueadas de nieve y ateridas de frío; en las abrigadas quebradas de eucaliptos, molles y retamas; en la selva calurosa y olvidada; en los villorrios mineros donde los niños aprenden a convivir con la tragedia. En cada uno de estos lugares, dejó un recuerdo, dejó sus enseñanzas, en tanto las promociones educativas iban sucediéndose año tras año. En su vida jamás tuvo una palabra de desaliento o cansancio, de hastío o de queja. No. Desde el primer instante supo que el maestro es el único que coge su cruz y sigue al Nazareno. Así, sin un reproche, sin una imprecación, sin una queja, cargó con su cruz durante cuarenta años. Ocho lustros y un puñado de canciones –flor de su alma- ; un cúmulo de alegrías y penas, decenas de escuelas, docenas de amigos, centenares de alumnos y una vida dedicada al servicio, a la enseñanza, al sacrificio. Un apostolado que constituye una heredad que pocos, poquísimos hombres, pueden dejar.

Casado con doña Angélica Ochoa, tuvo cinco hijos, de los cuales César Augusto y José Israel han abrazado la carrera de su padre. Ellos son egresados de las universidades del Centro de Huancayo y Daniel Alcides Carrión del Cerro de Pasco.

Por otra parte, siguió ciclos de perfeccionamiento y cursos a distancia en el Instituto Nacional de Educación, hoy INIDE, en 1953, graduándose como profesor de Educación Primaria. Vacacionalmente estudió Música en el Conservatorio Nacional y Pintura en Bellas Artes. Tanto en la Escuela de Música de Huancayo, como en el Cerro de Pasco y Huánuco, siguió cursos de reentrenamiento en música y educación.

Su producción intelectual registra un libro escrito para el primer grado, titulado “El

Tico del Valle
Imagen referencial

Lector Pasqueño”, además de  “Didáctica del Lenguaje”, folletos sobre educación, estudios del departamento de Pasco, apuntes folklóricos del Cerro de Pasco y la quebrada de Chaupihuaranga.

Participó en exposiciones: Pintura de Minería, Huancayo 1973; Dibujo y Pintura en el Club de Tiro de Goyllar.

Como músico integró los clubes carnavalescos de Goyllarisquizga y Cerro de Pasco. En testimonio de haber hecho música tiene cinco discos de larga duración, 33 rpm, 3 con “Los Amantes de Cerro de Pasco” y 2 con “Los Ases del Ande”.

Un día, cuando el cansancio ya domeñaba su cuerpo, decidió retirarse. Sus ojos habían perdido el brillo y el acierto de los primeros años y ya le costaba trabajo descifrar el secreto del pentagrama; sus músculos lasos y cansados no daban para más; el corazón se le anudaba cada vez que el dolor le acicateaba. No, ya no era el de antes. Tuvo que retirarse y, es en ese momento que a costa de su dolor, recibió una última lección. Le revelaron claramente que vivimos en un mundo de egoísmo y maldad; un mundo sitiado por bandoleros, saturado de inconscientes y de egoístas; un mundo intoxicado de injusticias y maldad; de ingratitudes y soberbia.

Cuando se retiró de su escuela, nadie le dijo nada. Ni un hasta luego, ni un gracias, ni un adiós; como si la vida fuera eterna, como si los mezquinos jamás habrán de llegar a viejos. El se fue en silencio, adolorido, pesaroso. ¡¿Había hecho mal en entregar su juventud a la formación de tantos hombres..?!. No. Fue muy grande para creer tal cosa y tal vez, escondiendo una lágrima entre sus ojos cansados, se retiró. En aquel momento tuvo la esperanza que sus documentos serían tramitados rápidamente. Se equivocó. No fue así. Diariamente estuvo esperando que la superioridad le hiciera justicia. “Vuélvase mañana” era el estribillo que lo atormentaba. ¡¿Hasta cuándo?! Durante días, semanas, meses, y años estuvo mendigando que le reconocieran su esfuerzo. Nada. Entonces, para sobrevivir, tuvo que desempeñar otros oficios, otros menesteres. Entretanto los poderosos, los que juegan con la vida y el destino de los demás, no le hacían caso, hasta que hace pocos días, su corazón resentido se quebró en mil pedazos. Posiblemente en esos momentos los egoístas se apresuraron a archivar su caso. Seguramente. Total, para estos sátrapas, Teodoro del Valle Fernández era tan solo una ficha, un número, un nombre sin importancia; total, era tan sólo un maestro, un don nadie en el diccionario de los ingratos, de los egoístas, de los imbéciles; pero para nosotros fue un MAESTRO; un hombre que en tanto vivió nos alentó con su ejemplo, nos vivificó con sus palabras, nos deslumbró con su arte y nos encandiló con su sencillez y su grandeza.

Cuando pasen los años y la nostalgia nos haga evocar su presencia; cuando el ejército de ingratos no sea más que polvo ignaro sobre la tierra; polvo sin recuerdos ni huellas, polvos desconocidos y pútridos, él estará con nosotros a través del disco, de sus canciones, de su música. Y un día, sus nietos, sin haberlo conocido, se estremecerán con un huayno que desde el disco nos estará regalando, porque es bueno que los egoístas sepan que los hombres no mueren. Por eso, desde aquí, desde la distancia, no nos queda sino musitar nuestra plegaria para que el Todopoderoso le dé el descanso y la paz a que tiene derecho.

Gracias Tico, gracias, hermano, por todo lo que nos diste y, permítenos, que con el mismo calor con que lo compusimos, como una humilde siempre vida,  entone como un respetuoso epitafio la muliza que ambos compusimos.”

TIERRA   MINERA

(Muliza)

            Ya las minas son peruanas                          Nuestra tierra ha sangrado,

            ya los gringos se han marchado,                por largos siglos, rendida,

            pero nuestra amada tierra,                         entregando al prepotente,

            sigue siendo retaceada.                             las primicias de su suelo.

 

            Del soberbio inca cusqueño                         En pago de estas riquezas,

            al codicioso español,                              ¿Qué le han dado a nuestra tierra?.

            del libertador patricio                                 ¡ Han abierto con descaro,

            al yanqui explotador                                       una enorme sepultura…!

 

                                                           ESTRIBILLO.

                                               Sin embargo, vida mía,

                                               cantemos al porvenir,

                                               que nuestra tierra bendita,

                                               ¡Renazca como una luz…!

 

            Música: Teodoro Del Valle Fernández                  Letra: César  Pérez  Arauco.

                                          Cerro de Pasco, febrero de 1973.