FLOR PUCARINA

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En la  más brillante época de la radio en el Cerro de Pasco, Radio Corporación estuvo en la cumbre de la sintonía general. Exitosos programas de música variada con últimas novedades, impactantes trasmisiones deportivas, emocionantes presentaciones de teatro radial con notables libretos, noticieros actualizados, entrevistas y demás novedades hicieron la delicia de los miles de escuchas en toda la región central.

Para esa época campeaba la popularidad de “Moticha” Alanya, inolvidable compositor huancaíno que, con una continuidad conmovedora traía a nuestros escenarios artistas que triunfaban en Lima donde el género vernacular estaba siendo muy aceptado: Ezmila Zevallos, Los Errantes de Chuquibamba, Rosita Salas, Jilguero del Huascarán, La Golondrinas, Embajador de Quiquijana y  Pastorita Huaracina, Los aborrecidos, Tiburcio Mallaupoma, Juan Bolívar, La Pallasquinita, y muchos artistas más.

Cuando el ambiente musical cerreño estaba en su apogeo trae a una artista inolvidable: FLOR PUCARINA. Su llegada a nuestra tierra fue todo un acontecimiento. Aquella noche, gran cantidad de admiradores colmaban el andén del ferrocarril que la traía de Lima. La recibimos con un ramo de rosas y ella, muy amable, decidió llegar caminando a la radio no obstante el frio reinante. Los numerosos comerciantes del Mantaro establecidos en nuestra ciudad auspiciaron con creces las diarias presentaciones radiales de esta notable artista.

flor-pucarina 2La noche de su debut nos deslumbró a todos. No solamente por ser una cantante carismática y sentimental sino por ser muy bella. Nos deslumbró con su talle armónico resaltado por sus primorosamente bordadas polleras debajo de las cuales destacaban recamados fustanes blancos con artísticos encajes ajustados a su breve talle. Blusa de colores entallada en su torso perfecto sobre la que iba una manta bordada por manos de artesanos huancas. Un sombrero echado de lado que hacía resaltar sus endrinos cabellos encrespados sobre el que había fijado una encarnada rosa roja. De sus orejitas colgaban refulgente aretes de oro. Su rostro de marcada piel agarena hacía resaltar sus ojos intensamente negros guarnecida de largas pestañas y cejas deliciosamente marcadas; sus labios perfectamente delineados, carnosos y armónicos que, al abrirse en un mohín travieso y juguetón tenían un encanto especial.

Después de su exitoso debut, en el que tuvimos el honor de presentarla, nos la arreglamos para una serie de entrevistas que fueron publicadas. Después de las cinco noches que se presentó, nos regalaba con un tiempo que nos permitió conocerla.

Su nombre verdadero era Leonor Efigenia Chávez Rojas y había nacido el  22 de septiembre de 1935  en el distrito huancaíno de Pucará, hija de Félix Chávez y Alejandrina Rojas Iparraguirre. En 1944 llega a para radicar en La Parada, zona comercial en el distrito de La Victoria. En este barrio templó su bravo carácter que la acompañó durante todos sus años de lucha.

flor-pucarina 3Fue descubierta y bautizada como “Flor Pucarina” por Teófilo y Alejandro Galván en su primera presentación en el coliseo nacional del El Porvenir, el 8 de diciembre de 1958. Aquel día obtuvo un triunfo redondo con el huayno de Emilio Alanya, “Falsía”. Cuando en 1960 firmó contrato para el Sello Virrey, hizo popular “Caminito de Huancayo”, “Traición”, “Soy Pucarina” y “Alma Andina”, entre otras. La canción que la internacionalizó fue “Ayrampito”, compuesto por los destacados Emilio Alanya Carhuamaca y Tomás Palacios Fierro. Dicho tema alcanzó la venta de un millón de copias vendidas. Le siguió, “Déjame no Más”, “Llorando a Mares”, “Pichiusita”, “Sola, siempre Sola”, “Pobre Peregrina”, “Vocero Huanca”, entre otros huainos, mulizas, santiagos y huaylash. En aquel lapso grabó 15 álbumes, acompañada por, “Los Alegres de Huancayo”, “Los Engreídos de Jauja”, “Los Rebeldes de Huancayo” y hasta su propia banda a la cual denominó “Selección Huanca”. Cabe señalar también que participó en algunas grabaciones en conjunto con el grupo vernacular Los Pacharacos.

Cumplido su contrato dejamos de vernos pero, siempre, a través de Emilio Alanya -grande e inolvidable amigo-  seguimos manteniendo una hermosa amistad.

Al final de su vida se vio afectada por una infección renal que degeneró en cáncer que la postró en el Hospital Edgardo Rebagliatti. Presintiendo su muerte grabó a inicios de 1987, el huayno “Mi Último Canto” de la composición de Paulino Torres, le siguieron también “Presentimiento”, “Dile”, y “Trencito Macho”.

Cuando falleció el 5 de octubre de 1987, su féretro fue llevado durante todo un día por las principales calles de la capital. La multitud que la llevaba cantaba y lloraba. La prensa de entonces publicó admirada la manifestación de dolor de miles de peruanos ante la muerte de una extraordinaria artista del pueblo. Su cuerpo descansa en el Cementerio de El Ángel de Lima.

Con especial reverencia al recuerdo que ha dejado en nuestro Cerro de Pasco, brindamos con una “Chata de ron” como ella lo hacía antes de cantar. Volviendo al ayer, escuchemos: Ayrampito.

 

 

EL “CHACHA” PORTILLO

el chacha portilloSu nombre era Ángel: Ángel Portillo, pero era por su apodo que todos lo identificaban: CHACHA. Es decir viejo. Tenía la misma edad de los amigos que alternaban con él pero parecía más viejo. Eso era lo raro. Canas extremadamente prematuras que se iban cayendo poco a poco anunciando calvicie inminente. Su rostro donde sus ojos, aunque todavía juguetones, ya no tenían el brillo característico de la juventud. En derredor de sus párpados se dibujaban notables “patas de gallo” sin que pudiera evitarlo; cuando hablaba reflejando su jocundo gracejo, recién uno podía colegir que no era tan viejo como aparentaba. Así y todo Chacha era un artista popular muy conocido en el pueblo. En su condición de herrero, ayudaba en su taller a don Armando Paredes, su maestro, con quien compartía su marcada afición por la música. Don Armando, eminente saxofonista, era su maestro en el taller y en la orquesta.

El “Chacha Portillo”, pertenecía a esa numerosa promoción de clarinetistas que con gran talento ha mantenido viva nuestra música a través de los tiempos: Graciano Ricci Custodio, Jesús Enciso, Julio Patiño León, Pío Andamayo, Alejandro Álvarez,  Marcial Amaro, Aurelio Romero Pizarro, Emilio Quinto, Alejandro Panez, Andrés Egoavil Caballero, Eugenio Espinoza Mendoza, Isidro Fuster Mendoza, Enrique Bendezú, Alejandro Bonifacio, Antonio Montes, Bertilo Alania, Esteban Morales, Sulpicio Huari, Nazario Sinche, Pedro Cabello, Simeón Ventura, Severo Díaz, Octavio Montes y Teodosio León, entre otros muchos.

En los carnavales del año de 1927, el gran compositor, don Andrés Urbina Acevedo, crea un hermoso huayno al alimón con el “Chacha” que le pone música: DESPEDIDA.

Este huaino enternecía hasta las lágrimas al “Chacha” que aseguraba que don Andrés había interpretado su aspiración muy íntima de marcharse de su tierra. Un día, cumpliendo su deseo, desapareció como por encanto. Nunca más supimos de su vida. Habrá ido a la eternidad “en busca de mejor suerte”. “Chacha” siempre te quisimos.

Las letras que estamos publicando ojalá sirvan para renovar su mensaje entre los cerreños. Hasta hace algunos años, cuando los conjuntos musicales todavía mantenían su vigencia era un huaino muy estimado. Su mejor intérprete fue el “Shilaco” Llanos que le imprimía mucho dramatismo en su interpretación; también nuestro recordado Isaac Salazar y el “Mote” Grijalva con la guitarra de Nolio.

Este huaino es uno de los más hermosos de la cosecha del Chacha Portillo.

NUESTRAS CREACIONES MUSICALES

el huaynoMuchísimas canciones nacidas de la inspiración  de nuestros artistas, aparecen como creaciones de compositores de otras latitudes, tal el caso de esta canción tan hermosa popularizada por la desaparecida estrella de nuestro folclore: “Pastorita Huaracina”. Ella recibió de su esposo A. Romero, goyllarino esta joya que pertenece a nuestro acervo, solo que siendo un triste muy popular en tiempos pasados, la artista ancashina la convirtió en huayno alternado algunos de sus cuartetos. El original de éstas como muchas otras canciones, están registradas en el repositorio nacional, por nuestro paisano don Silverio Urbina –padre de nuestro compositor Andrés Urbina- , director de LOS ANDES.

EL MATRIMONIO

                        Me han dicho que tú te casas                         Cuando te estén adornando

y así lo publica el tiempo,                              con tu vestido profano

dos funciones se han de hacer:                      a mí me estarán poniendo,

mi muerte y tu casamiento.                            el hábito franciscano.

 

Primera amonestación                                  Tu padrino y tu madrina,

que en la iglesia se leyere,                             te llevarán a casar

será el primer paroxismo                               y a mí me estarán llevando

que a mi corazón le diere.                             cuatro amigos a enterrar.

 

Segunda amonestación.                                 El día que tú te cases,

será para ti una gloria,                                  te acompañará tu gente,

a mí estarán buscando                                   y a mí me acompañarán

quien escriba mi memoria.                            cuatro ceras solamente.

 

Tercera amonestación                                   Cuando a ti te estén casando

será para ti una alegría,                                delante de tanta gente,

y a mí me estarán buscando                          a mí me estarán diciendo,

quien me toque la agonía.                             misa de cuerpo presente.

f u g a

Te escribo pero no firmo,

porque no corra mi fama,

el que te estima y te quiere,

ya sabes cómo se llama.

 

Teodoro “Tico” Del Valle Fernández

hombres con boina 1
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Escueta y dolorosa la noticia se difundió rápidamente. Una emisora local convocaba con urgencia a sus familiares a hacerse presentes en Huancayo. Allá, súbitamente, acababa de fallecer don Teodoro Del Valle Fernández. El pueblo cerreño se estremeció de dolor. Pero… ¿Era posible? Y siguiendo la inveterada costumbre nos preguntamos; pero… ¿Cómo? si hace unos días nomás hemos estado hablando con él? Era cierto. La semana anterior lo habíamos encontrado recorriendo las amadas calles de su Cerro con su tristeza a cuestas  y su infaltable boina negra. Con su sonrisa paternal y sus palabras cariñosas cargadas de recuerdos. ¿Quién podía imaginarse que unos días más nos dejaría…?!…¡¿Quién…?!.

Ahora que sus despojos yacen arrullados por el suave rumor del Mantaro, entre molles, retamas y jilgueros, allá en la Incontrastable; con el dolor que  su partida nos ha suscitado, anegados de dolor, musitamos nuestro emocionado recuerdo.

Primeramente nos remontamos a la cercana tierra de su cuna, inacabable emporio de leyendas y antracita, de combates y tragedia: Goyllarisquizga, “Donde cayó una estrella”. Allá donde su niñez transcurriera guiada por paternales cuidados; donde sus primeras inquietudes nacían a la par que su adolescencia y su vida descubría nuevas perspectivas y nuevos horizontes. A los 16 años inició su carrera como docente en la Escuela Fiscalizada N° 1621 de Goyllarisquizga, su tierra natal. Allá donde preparaba inteligencia y músculos en aulas y campos de fútbol, alternando los éxitos y los reveses en el SPORT GOYLLAR, CLUB DE TIRO, o con el A.D.A, emporios millonarios de históricas jornadas. Allá donde comenzó a descubrir el maravilloso significado de las notas musicales, de aquellos mágicos símbolos que encierran un inacabable margen de posibilidades. Desde entonces confió a ellas sus más recónditos secretos,  arrancándoles sus más intrincadas dulzuras. Así, en su juventud, etapa en la que el hombre es más puro, más heroico, determinó abrazar la carrera que más que ninguna otra requiere de entrega, de amor, de grandeza. Decidió ser MAESTRO. Lió sus bártulos y –quijote de una quimérica empresa- salió a recorrer el mundo llevando el bagaje de sus conocimientos, de su cariño, de su simpatía. ¿Qué parajes no lo han visto pasar en ese inacabable peregrinaje? Estuvo en aquellas aldehuelas que se pierden entre las nubes, blanqueadas de nieve y ateridas de frío; en las abrigadas quebradas de eucaliptos, molles y retamas; en la selva calurosa y olvidada; en los villorrios mineros donde los niños aprenden a convivir con la tragedia. En cada uno de estos lugares, dejó un recuerdo, dejó sus enseñanzas, en tanto las promociones educativas iban sucediéndose año tras año. En su vida jamás tuvo una palabra de desaliento o cansancio, de hastío o de queja. No. Desde el primer instante supo que el maestro es el único que coge su cruz y sigue al Nazareno. Así, sin un reproche, sin una imprecación, sin una queja, cargó con su cruz durante cuarenta años. Ocho lustros y un puñado de canciones –flor de su alma- ; un cúmulo de alegrías y penas, decenas de escuelas, docenas de amigos, centenares de alumnos y una vida dedicada al servicio, a la enseñanza, al sacrificio. Un apostolado que constituye una heredad que pocos, poquísimos hombres, pueden dejar.

Casado con doña Angélica Ochoa, tuvo cinco hijos, de los cuales César Augusto y José Israel han abrazado la carrera de su padre. Ellos son egresados de las universidades del Centro de Huancayo y Daniel Alcides Carrión del Cerro de Pasco.

Por otra parte, siguió ciclos de perfeccionamiento y cursos a distancia en el Instituto Nacional de Educación, hoy INIDE, en 1953, graduándose como profesor de Educación Primaria. Vacacionalmente estudió Música en el Conservatorio Nacional y Pintura en Bellas Artes. Tanto en la Escuela de Música de Huancayo, como en el Cerro de Pasco y Huánuco, siguió cursos de reentrenamiento en música y educación.

Su producción intelectual registra un libro escrito para el primer grado, titulado “El

Tico del Valle
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Lector Pasqueño”, además de  “Didáctica del Lenguaje”, folletos sobre educación, estudios del departamento de Pasco, apuntes folklóricos del Cerro de Pasco y la quebrada de Chaupihuaranga.

Participó en exposiciones: Pintura de Minería, Huancayo 1973; Dibujo y Pintura en el Club de Tiro de Goyllar.

Como músico integró los clubes carnavalescos de Goyllarisquizga y Cerro de Pasco. En testimonio de haber hecho música tiene cinco discos de larga duración, 33 rpm, 3 con “Los Amantes de Cerro de Pasco” y 2 con “Los Ases del Ande”.

Un día, cuando el cansancio ya domeñaba su cuerpo, decidió retirarse. Sus ojos habían perdido el brillo y el acierto de los primeros años y ya le costaba trabajo descifrar el secreto del pentagrama; sus músculos lasos y cansados no daban para más; el corazón se le anudaba cada vez que el dolor le acicateaba. No, ya no era el de antes. Tuvo que retirarse y, es en ese momento que a costa de su dolor, recibió una última lección. Le revelaron claramente que vivimos en un mundo de egoísmo y maldad; un mundo sitiado por bandoleros, saturado de inconscientes y de egoístas; un mundo intoxicado de injusticias y maldad; de ingratitudes y soberbia.

Cuando se retiró de su escuela, nadie le dijo nada. Ni un hasta luego, ni un gracias, ni un adiós; como si la vida fuera eterna, como si los mezquinos jamás habrán de llegar a viejos. El se fue en silencio, adolorido, pesaroso. ¡¿Había hecho mal en entregar su juventud a la formación de tantos hombres..?!. No. Fue muy grande para creer tal cosa y tal vez, escondiendo una lágrima entre sus ojos cansados, se retiró. En aquel momento tuvo la esperanza que sus documentos serían tramitados rápidamente. Se equivocó. No fue así. Diariamente estuvo esperando que la superioridad le hiciera justicia. “Vuélvase mañana” era el estribillo que lo atormentaba. ¡¿Hasta cuándo?! Durante días, semanas, meses, y años estuvo mendigando que le reconocieran su esfuerzo. Nada. Entonces, para sobrevivir, tuvo que desempeñar otros oficios, otros menesteres. Entretanto los poderosos, los que juegan con la vida y el destino de los demás, no le hacían caso, hasta que hace pocos días, su corazón resentido se quebró en mil pedazos. Posiblemente en esos momentos los egoístas se apresuraron a archivar su caso. Seguramente. Total, para estos sátrapas, Teodoro del Valle Fernández era tan solo una ficha, un número, un nombre sin importancia; total, era tan sólo un maestro, un don nadie en el diccionario de los ingratos, de los egoístas, de los imbéciles; pero para nosotros fue un MAESTRO; un hombre que en tanto vivió nos alentó con su ejemplo, nos vivificó con sus palabras, nos deslumbró con su arte y nos encandiló con su sencillez y su grandeza.

Cuando pasen los años y la nostalgia nos haga evocar su presencia; cuando el ejército de ingratos no sea más que polvo ignaro sobre la tierra; polvo sin recuerdos ni huellas, polvos desconocidos y pútridos, él estará con nosotros a través del disco, de sus canciones, de su música. Y un día, sus nietos, sin haberlo conocido, se estremecerán con un huayno que desde el disco nos estará regalando, porque es bueno que los egoístas sepan que los hombres no mueren. Por eso, desde aquí, desde la distancia, no nos queda sino musitar nuestra plegaria para que el Todopoderoso le dé el descanso y la paz a que tiene derecho.

Gracias Tico, gracias, hermano, por todo lo que nos diste y, permítenos, que con el mismo calor con que lo compusimos, como una humilde siempre vida,  entone como un respetuoso epitafio la muliza que ambos compusimos.”

TIERRA   MINERA

(Muliza)

            Ya las minas son peruanas                          Nuestra tierra ha sangrado,

            ya los gringos se han marchado,                por largos siglos, rendida,

            pero nuestra amada tierra,                         entregando al prepotente,

            sigue siendo retaceada.                             las primicias de su suelo.

 

            Del soberbio inca cusqueño                         En pago de estas riquezas,

            al codicioso español,                              ¿Qué le han dado a nuestra tierra?.

            del libertador patricio                                 ¡ Han abierto con descaro,

            al yanqui explotador                                       una enorme sepultura…!

 

                                                           ESTRIBILLO.

                                               Sin embargo, vida mía,

                                               cantemos al porvenir,

                                               que nuestra tierra bendita,

                                               ¡Renazca como una luz…!

 

            Música: Teodoro Del Valle Fernández                  Letra: César  Pérez  Arauco.

                                          Cerro de Pasco, febrero de 1973.

 

 

 

ANAMELBA

(Ahora que ya se ha marchado dejando enorme tristeza en los corazones de los que la conocimos y la admiramos, evocamos un pasaje de su vida artística cuando nos visitó en el Cerro de Pasco)

Anamelba

Había causado grande impresión en la ciudad. Todos hablaban de su calidad vocal y su personal estilo de interpretar los boleros. Sus discos habían “volado” de las disqueras y las emisoras locales irradiaban a todas horas sus más recientes éxitos. Fue tanta su popularidad que cuando se anunció su presentación en nuestro teatro, todos se aprestaron a oírla, verla y prodigarle sus aplausos de cariño y admiración. La conmoción de su debut fue de tal dimensión que faltando una semana ya las localidades se habían agotado. Increíble. Muy pocas veces había ocurrido esto; sólo cuando se presentaron Ima Sumac, Los Trovadores del Perú, Jorge Escudero, Jesús Vásquez, Brisas del Titicaca, el “Mago Dilmer” y uno que otro artista extraordinario, se habían terminado las localidades con mucha anticipación. Bien merecía esta expectativa nuestra admirada, Anamelba. Ha sido para mí –particularmente- la mejor bolerista del Perú.

Desde las primeras horas de su debut en nuestro teatro ya el público se había arremolinado a la puerta del “Cine Teatro Grau” para, por lo menos, verla de lejos. Entretanto, los muchachos del “Banfield” que habíamos tenido nuestro partido de práctica en la Esperanza, nos reunimos en nuestro conocido “huarique” del “Tico – Tico” en el calle del marqués. Mientras bebíamos nuestros refrescos comentábamos la frustración de no poder ver a nuestra artista del momento. El único que tendría ese privilegio sería el director de la radio y yo que la presentaríamos en el Teatro y en “Radio  Corporación”. Nada podía hacer para conseguirles entradas a los otros muchachos. Ellos lo sabían. Entre los que quedaban, tratando de participar en las conversaciones, se distinguía un joven huanuqueño al que estábamos probando como back lateral: Roberto Yalán Soto. Ya jugaba con  nosotros en el “Jorge Chávez Fútbol Club”, conformado por los integrantes del ”Banfield” al que así nomás no se podía llegar. En el momento de más candente discusión, Yalán dice

  • ¡Ya no hay ni una entrada al cine! ¡Todas se han acabado!
  • ¡Claro pues, “chaplaquito”! –dice el “Loco” Pajuelo- ¡Todos estamos sufriendo porque no podemos ver el “lomazo” de Anamelba!
  • Bueno, yo podría conseguirles entradas….
  • ¡¡¡¡Fuera, baboso!!! –Le llovió comentarios unidos a golpes y cocachos en la cabeza. Parecía un “roche” cruel y abusivo- Esperen pues –alcanzó a decir sobre los golpes- Como ustedes saben, yo soy huanuqueño…
  • ¿….Y, Babas; qué hay con eso? ¡Todos sabemos de tu desgracia….!
  • Yo soy amigo de Anamelba. Ella es como una hermana de mi hermana Yolanda con la que han crecido juntas…
  • ¿Y…….?
  • ¿Cómo, Y…. Yo puedo hablar con ella que está con mi hermana en el hotel donde se aloja -Hubo un silencio tremendo. Todos miraban a Roberto con incredulidad, pero ¿Y si fuera cierto? Una ola de  voces se sacudió emprendiéndola contra él.
  • ¿Qué esperas entonces, bobalicón?…. ¿Por qué no vas a hablar con la “mamacita” y nos consigues las entradas…
  • ¿Si….?
  • ¡Claro pues, cojudo!!!- Pero si es mentira, no vuelvas a vernos porque te vamos a dar tu soberana paliza- Uniendo la acción a la palabra lo sacaron en vilo y lo arrojaron a la calle…

En aquel momento todos tuvieron la sospecha de que Roberto les había “chamullado”. Pensaron que no volvería. ¿Cómo iba a ser amiga de tremenda artista? Para superar la frustración siguieron con sus  comentarios y chistes cuando, a las 4.45 de la tarde, sintieron los aldabonazos tremendos a la puerta. Se miraron en silencio. “Gacho” Pagán fue a abrir. La puerta abierta de par en par dejó entrar el reverbero de los últimos rayos de sol de la tarde y, a contra luz, pudieron contemplar la majestuosa imagen de una soberbia mujer. Era Anamelba. Quedaron  atónitos. Encerrada en un lujoso vestido rojo que resaltaba sus formas extraordinarias, estaba allí, iluminándoles con una soberbia sonrisa. Sorprendidos y silenciosos la miraban mudos de adoración, cuando la pastosa voz triunfal de Roberto Yalán los sacó del mutismo.  “Como les prometí, aquí les he traído a mi hermana Anamelba para que la conozcan”. De inmediato la presentó a todos, uno por uno. Lo que les dio un vuelco al corazón fue cuando ella, sonriendo, dijo: “Mi hermano me ha contado que ya no han podido encontrar entradas para el teatro, pero no se preocupen. Ustedes van a ser mis invitados de honor en mi actuación de esta tarde. Acompáñenme al Teatro. Eso sí les advierto que como todas las localidades están vendidas, tendrán que acomodarse en el suelo. No puedo hacer más. Vamos. Y salió como como una reina. La escoltaban todos los zarrapastrosos jugadores del equipo más combatido del pueblo, el “Atlético Banfield Club” que, como bizarros escuderos escoltaban a una verdadera artista. Todos miraban con admiración y mudos de asombro a la comitiva que se dirigía al teatro. Cuando comenzó la función en medio de atronadores aplausos, Anamelba, al borde del escenario, dijo “Con el permiso de ustedes, damas y caballeros, quiero dedicar mi actuación de esta tarde a mis amigos integrantes del “Atlético Banfield Club” que me están acompañando”. Nunca como entonces emergió la admiración por aquellos mal vistos pero extraordinarios jugadores que una artista como Anamelba los presentaba e invitaba a que su pueblo los reconozca. Aquel día fueron muy felices. Todavía recordamos el acontecimiento. De los meandros de la memoria vuelve a nosotros la canción con que Anamelba inició su actuación aquella tarde. Donde esté, nuestro cariño y recuerdo a la amiga y mejor bolerista del Perú.

 

EL “CAMPO HUAYLAS”

Campo huayllas

Es una hermosa danza que se caracteriza por alegre y vistosa; una de las más hermosas danzas pasqueñas. Su cuna, el hermoso pueblo de Vilcabamba desde donde se ha irradiado a todos los pueblos de la hermosa quebrada de Chaupihuaranga.

Llegados los carnavales se baila durante cuatro días y una noche en la plaza principal de cada uno de los pueblos de la abrigada quebrada. Su nombre deriva de una costumbre ancestral: la fiesta la ofrecen los “campos” salientes a los “campos” entrantes en marco de alegre repique de campanas. No es para menos. Es tan arraigada que si por una razón u otra los salientes no organizan el homenaje a los entrantes, lo efectuará el Presidente de la Comunidad. Pero, en todo caso, el pueblo participará corporativamente.

Los “Campos” –de arriba a abajo- son los hombres investidos de plena autoridad para velar por el orden estricto en las labores del campo, especialmente en lo que a sembríos y labores pertinentes a las chacras se refiere; para mantener y mejorar los caminos que conducen al pueblo; para la construcción de locales comunales, para evitar los daños y robos de animales resguardándolos de los abigeos; para una labor lindante con lo policial y la administración de justicia. Cada vez que lo requieran, convocarán al pueblo mediante los bandos correspondientes que se hace conocer con redoble de tambor y tañido de trompeta.

La elección de estos valiosos elementos de la sociedad se efectúa así. El primer día de cada año -día de Año Nuevo- todos los comuneros se reúnen en la plaza principal del pueblo bajo la dirección del Presidente del Consejo de Administración de la Comunidad, luego se nombra dos VARAYOCS -uno para sementera grande y otra para sementera chica- de inmediato nombran al Alcalde de Campo que estará acompañado por ocho o diez auxiliares de campo; luego al Mayor de Campo y sus Regidores Campos; éstos eligen a sus Alguaciles Campos. Todos estos son elementos principales para el progreso del pueblo y son los hombres con sus respectivas mujeres, los que realizan la sin par fiesta carnavalesca que por esa razón llevan el nombre de “Campo-Huaylas” (La fiesta de los “Campos”).

Naturalmente que para los días de jolgorio se han precavido de cumplir algunos pasos necesarios, como la acumulación de leña con su trozada respectiva; la preparación de chicha en suficiente cantidad; el beneficio de los animales que habrán de sustentar la alimentación de los bailantes; la contrata de una extraordinaria banda de música que animará toda la fiesta.

Para el día central, todos los “Campos” alquilarán sus alhajas y sus varas. Estas varas de gobierno están adornadas con incrustaciones de plata para blandirlas durante toda la danza como demostración de la autoridad de la que están investidos. Ellas estarán emperifolladas con sus catas de lana que cubren sus blusas claras y polleras de color. Sombreros de lana orillados con variopinta guarnición de vistosas flores frescas. El cuello rodeado de abundantes serpentinas de colores. En una de sus manos portan un chicotillo y algunos en la derecha, una botella de trago que repartirán a lo largo del jolgorio. Todas llevan sus  canastillas adornadas de flores y frutas frescas. Todos llevan los rostros pintados de harina del juego de carnaval. Ellos, gallardos con sus ternos oscuros, camisa clara y corbata, todos con su alijo de serpentinas colgándole del cuello. El torso lo llevan cruzado, de derecha a izquierda, por una cadeneta metálica, artísticamente trabajada, con incrustaciones de piedra y; de  izquierda a derecha una cinta con los colores patrios.

La coreografía es vistosa, alegre y variada. Hombres y mujeres se desplazan en cuadrilla a lo largo del recorrido. Giran una y otra vez, pero siempre acompasando su avance con los brazos en alto y con golpes enérgicos. Los hombres con sus varas adornadas y las mujeres con sus botellas y sus cestas de flores. Una de las variedades consiste en reunirse tres parejas que danzan en giros y así llega una mujer que lleva el trago y los hace bailar.

Dos tres o cuatro pares y se detienen al ritmo de la banda y mueven las cabezas de un lado para otro, enérgicamente, al compás de la música. A medida que bailan, tanto hombres como mujeres, emiten sonoros guapidos  de alegría.

EL MAESTRO, CARLOS REYES RAMOS

El maestro Carlos Reyes Ramos

Una de las personas que a lo largo de mi vida me ha impresionado grandemente fue Carlos Reyes Ramos, un artista tan extraordinario que nos dejó una enseñanza imperecedera de humildad y grandeza.  Permítanme recordarlo ahora.

            Era notablemente moreno, de talla mediana, talante modesto acentuado con su vestir, limpio y ordenado, pero sencillo. Cuando lo conocí, me impresionó su sencillez y su simpatía. Fue don Lucho Llanos quien nos  presentó. Había que hablar con él para llegar a conocerlo plenamente. Su plática sin ningún tipo de afectación dejaba traslucir una sólida preparación humanística. Desde el comienzo simpatizamos mutuamente. Mucho me impresionó sus comentarios acerca de mi programa ANTOLOGÍA que propalaba a partir de la once de la noche irradiando poemas con piezas clásicas de los grandes maestros y música romántica en alternancia. Él comprendía que era la única manera de hacer asequible al pueblo las creaciones de la poesía universal. Dotarla de un ambiente demasiado académico y serio, habría logrado ahuyentar a la audiencia que siempre fue numerosa. Por estos acertados comentarios, pude calibrar su preparación cultural, sólida y amena. Es más. En una oportunidad me alcanzó unas acertadas creaciones suyas que con mucho gusto las irradié y las publiqué en nuestra revista EL PUEBLO que gozaba de gran popularidad. Posteriormente aparecieron publicadas también en el periódico LA ANTORCHA.

Un domingo me sorprendió verlo arbitrar un partido de fútbol de la Liga. Lo hizo con acierto y se le abrieron las puertas del difícil e incomprendido deporte de juzgar las jugadas ajenas.

Pero la sorpresa mayúscula e inolvidable la recibí una noche en la que don Lucho nos hizo una invitación especial a LA ESQUINA DEL MOROCHO. Armó un hermoso programa evocativo en el que el número central lo ocupó Carlos Reyes Ramos. Sorpresa. Nos llenamos de enorme satisfacción al comprobar que era cultor de la guitarra clásica y conocido concertista en la Lima de aquellos días. Aquella noche, en atención al grueso de los invitados, especialmente gente de la radio, periodistas, maestros y otros intelectuales, acompañado de “Vichi” Llanos, ejecutó en laúd, hermosísimos valses populares que nos emocionaron mucho. IDOLATRIA, ROSAS DE OTOÑO, ISABELITA, LOS ROSALES, TU OLVIDO y muchos otros que  ganaron el aplauso general de los habitúes. La humorada llegó al tope cuando secundaron la interpretación de voces hermosísimas y perfectamente afiatadas de los Hermanos Llanos: Marcial y Lucho. Ellos, al estilo implantado por aquel inolvidable trío argentino de Irusta – Fugazot y De Mare, nos hicieron vivir todo el esplendor de los valses que siempre están presentes en la memoria. Jamás olvidaremos aquella noche amenísima que terminó el domingo a las ocho de la mañana con un reconfortante caldo de cabeza…

Olvidaba comentarles que en aquella velada, con una cortedad conmovedora nos ofreció sus servicios personales de sastrería. Como era de esperarse, ganó numerosísimos clientes. Así que en el transcurso de una semana nos visitaba trayéndonos figurines y muestras de telas de excelente calidad, nos tomaba medidas que anotaba en un cuaderno y recortaba un pedazo de la tela elegida junto con el compromiso. A la semana siguiente ya nos estaba probando los trajes. Hacía ajustes con alfileres y puntadas, trazos con tizas e hilvanes y,  nuevamente se llevaba los trajes a Lima. A la semana siguiente ya los teníamos listos. La totalidad de sus admiradores le encargábamos nuestros ternos. Sólo de esa manera podíamos gozar de sus visitas semanales. Se alojaba en la casa de su anfitrión y hermano de juramento, don Lucho Llanos, en donde siempre fue tratado con un cariño y respeto extraordinarios. Doña Isabel Goyena, esposa de don Lucho, su hijo Vichi, Ignacio y sus hermanos, se desvivían por atenderlo. No podía ser  menos, don Lucho siempre fue un caballero a carta cabal y, Carlitos bien se lo merecía.

Sábados y domingos, cuando nos visitaba, tras los encuentros futboleros, recalábamos a la ESQUINA DEL MOROCHO y allí, pudimos  gozar de su acertada digitación en ejecuciones clásica con piezas de Soir, Tárrega, Villalobos, Rodrigo y muchos otros maestros inolvidables. Es más, con esa sensibilidad muy suya, hacía marco flamenco -que también dominaba-, para invitarme a recitar poemas de Ochaíta, Rafael de León, García Lorca y otros poetas españoles; todo con una aceptación general que me conmovía. A partir de entonces, casi en todas las humoradas de LA ESQUINA DEL MOROCHO alternábamos con música y poesía. La costumbre se extendió y sirvió para que hagan conocer sus creaciones varios poetas lugareños como Juvenal Augusto Rojas, Carlitos Rodríguez Minaya, Arnulfo Becerra Alfaro y un inquieto joven que había llegado del norte a prestar servicios en el Colegio Carrión: Genaro Ledesma Izquieta. Como es natural, mi admiración y mi afecto hacia Carlitos crecieron enormemente. Él correspondía con creces este sentimiento fraternal. Lo admirable de todo –yo diría, ejemplar- que no obstante ser un artista de tantos pergaminos, siempre buscaba mantener un perfil bajo con humildad conmovedoramente admirable. Es más, solía contar con un gracejo especial numerosas anécdotas en las que no siempre salía bien parado.

Una de ellas dice que estando apremiado de viajar al asiento minero de Chicrín –a doce kilómetros del Cerro de Pasco- sin que apareciera ningún carro que pasara por aquel lugar, vio que a la puerta del restaurante EL VIAJERO se hallaba una camioneta de aquella compañía minera.  Urgido como estaba entró en el establecimiento y pidió a los ingenieros que allí estaban almorzando, que por favor lo condujeran al mencionado lugar. Naturalmente aceptaron la petición, pero le dijeron que como en la cabina no podrían caber todos, se acomodara en la parte posterior. Carlos subió, se acomodó y esperó a que los ingenieros salieran del restaurante. Ya estaba un buen tiempo sentado allí, cuando advirtió que un canillita que voceaba los periódicos limeños, lo contemplaba de arriba a abajo  de una manera tan escandalosa que ya molesto le preguntó.

— ¡¿Que  miras tanto muchacho del diablo?! Acaso, ¿Tengo monos en la cara?

— No, señor.

— Entonces, ¿Qué tanto miras?

— Miro porque: ¡Es la primera vez que veo una camioneta con chimenea! – y diciendo esto, carcajeándose escandalosamente se alejó del lugar.

Otra vez ocurrió lo siguiente. Un domingo en la mañana, antes de ir al estadio donde ambos debíamos cumplir nuestras correspondientes tareas, me dijo que el gran Alirio Díaz, extraordinario guitarrista venezolano, entonces visitante de nuestra capital donde estaba actuando y alumno preferido del maestro Narciso Yepes, estaba buscando una guitarra de doce cuerdas y la quería para su colección particular que era muy conocida. Como estos instrumentos se vendían en el mercado cerreño fuimos allá. Efectivamente, pletóricas, con adornos especiales, colgando de la parte alta se lucían cuatro o cinco guitarras de doce cuerdas. Como quien no quiere la cosa le solicitamos al vendedor a que nos las mostrara, eso sí, sin traslucir ningún entusiasmo para evitar que nos subiera el precio. Carlos probó una y otra hasta que eligió una muy bonita. Como se usa en estos casos, comenzamos a regatear el precio. El dueño se había plantado en ochenta soles y nosotros le ofrecíamos setenta. Tanto fue el tira y afloja que transamos en setenta y cinco y, al momento de cancelar la cuenta, el dueño nos dijo; “Como se están llevando una buena compra, voy hacerle un regalo al “negrito” y, uniendo la acción a la palabra, le entregó un librito que tenía como título: MÉTODO PARA APRENDER A TOCAR GUITARRA. Naturalmente no entendió el significado de nuestra risa carcajeante. ¡Le estaba regalando un método a quien era un maestro sin igual de la guitarra!

Recuerdo claramente que una noche sabatina – transmitían el  programa ASÍ CANTA EL CERRO DE PASCO con sus animadores propios por lo que tenía anuencia para no asistir- me encontré con Carlitos y nos pusimos a conversar. Él siempre traía noticias frescas de los grandes movimientos culturales que se desarrollaban en Lima, como conciertos, presentaciones teatrales, ballet, ópera, zarzuela, etc. y me regalaba con programas de sus conciertos en algunas instituciones culturales que lo habían invitado. Como es fácil colegir, la conversación además de nutrida y amena, era muy extensa. Ya habíamos caminado bastante tiempo y nos moríamos de frío cuando decidimos entrar en un restaurante a beber un café caliente que mucho lo necesitábamos. Entramos en el HOTEL BOLÍVAR donde había un saloncito dotado de una abrigadora estufa siempre fogosa. Aquella noche llegamos tarde. La mesa cercana al calefactor estaba ocupada por un nutrido grupo de profesores de la Universidad, con su Rector, Oscar Recoba Chévez, un gran amigo que al vernos entrar tuvo la amabilidad de invitarnos a sentarnos a su mesa, pero debido a sus compañeros apristas, me negué muy cortésmente a hacerlo. Le dije que quería dilucidar un tema muy importante con mi amigo y que después aceptaría su invitación. Creo que no es demás decir que yo desempeñaba el cargo de Presidente de la Federación de Estudiantes de la Universidad y todos aquellos profesores creían que yo era comunista por no haberme alineado con ellos. Falso. Yo mantenía mi independencia absoluta. Bueno el caso es que, aceptadas las disculpas, el Rector siguió con sus amigos y yo con el mío. Al poco rato ya estábamos enfrascados en una amena conversación cuando oímos escandalosas aclamaciones, gran salva de aplausos y comentarios de admiración a grandes voces. El chofer de la Universidad acababa de entregarle un hermoso estuche de guitarra al Rector. Éste en medio del clamoreo general, aplausos y silbatinas de aprobación, abrió el estuche y sacó una hermosa guitarra FALCÓN de concierto. ¡Qué bello instrumento! Los ojos de Carlitos brillaban al contemplar la joya. Yo quedé mudo de asombro, mucho más cuando escuché decir al Rector.

— ¡Esta es la joya más hermosa que tengo en la vida y acabo de comprarla en Lima! Me ha costado dieciocho mil soles, pero bien merece el precio. Es una magnífica guitarra de la que nunca me desharé. Solamente la quebraría en mil pedazos si encontrará que alguien la tocara mejor que yo. Pero eso es imposible. Así que para inaugurarla, voy a interpretarles un valse que está  de moda en todo el Perú. ¡Víbora!.

Las aclamaciones y vivas no se hicieron esperar y al instante hizo la introducción pertinente del vals anunciado y con mucho aliño y acierto se echó a cantar y, mientras lo hacía, yo quedé amoscado por su soberbia y falta de humildad.

Cuando hubo terminado y los aplausos no se acallaban, me acerqué a su mesa y le dije:

— Dijo usted, señor Rector, que nadie toca mejor que usted?

— Dije –me rectificó- que yo haría añicos esta guitarra si encontrara a otro que    tocara mejor que yo”.

— Entonces, ¿Puede prestármela un momento?

— ¡¿Toca usted, caballerito?!

— No, pero…! Carlos! –llamé a mi amigo que no quiso acercarse en un primer momento porque no le había pedido anuencia para hacer lo que tenía que hacer, pero cuando vio la guitarra en mis manos, se acercó, tomó una silla, la cogió, la templó brevemente y ante la admiración extraordinaria ejecutó “Los sitios de Zaragoza” poniendo al descubierto toda la gama de su arte maravilloso e inconmensurable, especialmente cuando simula el redoble de tambores y la marcha militar de inigualable contornos épicos. Cuando terminó, eran unánimes las aclamaciones en pie de los circunstantes de ésa y las otras mesas. Me entregó la guitarra que a mi vez se la devolví al Rector y tras una venia respetuosa, nos retiramos. Estábamos por sentarnos cuando escuchamos un estrépito impresionante y al dar vuelta, vimos estupefactos que el Rector  sostenía en sus manos sólo el mástil de la bella guitarra y el resto, convertido en astillas, pendía de las cuerdas. La había hecho trizas en la columna de la sala sin que nadie hiciera nada por detenerlo.

— ¡Gracias, maestro! ¡Acaba de darme una hermosa lección de humildad! ¡¡¡Usted sí es un guitarrista!!!- le dijo a Carlitos estrechándolo en un abrazo largo y emocionado. Yo sentí en el alma el triste final de la guitarra. Más edificante hubiera sido que se la regalara. Habría sido un premio excepcional.

Por lo demás, nuestra amistad con Carlos fue creciendo intensamente. La noche que estrené LA DAMA DEL ALBA de Alejandro Casona en el teatrín “Leonardo Arrieta” del INEI, lo vi en primera fila al lado de muchos fraternales amigos que siempre me han respaldado, especialmente los asistentes a la “Esquina del Morocho”. Su presencia me daba una fuerza notable porque yo sabía que me estaba apoyando en esa cruzada  que hace tiempo realizamos en nuestra tierra. Al final del cuarto acto, cuando los aplausos generosos coronaban nuestro esfuerzo, lo vi de pie, con una fogosidad extraordinaria en los aplausos y las aclamaciones y, no lo olvidaré, dos enormes lagrimones rodaron por sus mejillas morenas y buenas. Mismo sollozo que compartimos la noche en que el Cerro de Pasco se clasificaba para representar al centro del Perú en el campeonato Nacional de Básquetbol. Aquella noche, en medio de una lluvia imparable, se culminaba con una gran campaña. Don Lucho Llanos, Enrique Suárez, y Carlitos Reyes, eran los directivos de aquella empresa. Realizadores de un sueño maravilloso. No dejaban de llorar abrazados como hermanos en tanto el público empapado pero emocionado los aplaudía generosamente.

Un día que había llegado a entregar las obras, se sintió muy mal. Con el apremio que el caso requería lo trasladamos a Huariaca, un lugar bajo, respecto del Cerro de Pasco. Allí el médico nos hizo saber que, gracias al oportuno auxilio, había salvado la vida. Él no debía subir al Cerro de Pasco, su corazón estaba muy enfermo. En la tarde, cuando lo embarcamos en la Agencia Arellano nos estrechamos en un abrazo extenso e interminable que nunca olvidaré. Teníamos los ojos nublados. Fue la última vez que nos vimos. Al poco tiempo me enteré de su muerte. Me sentí tan triste y no puedo olvidar sus muestras de afecto sincero y desinteresado. Es decir nos regaló con su presencia en momentos que más lo necesitábamos. Adios amigo entrañable.