ESCUELA PRÁCTICA DE MINERÍA

ESCUELA PRACTICA DE MINERÍA(Esta noticia aparecida en primera página de EL MINERO, del jueves 17 de setiembre de 1941, concitó una expectativa unánime en la juventud cerreña. Por fin tendría un Colegio de categoría media en nuestra ciudad. Pero es necesario auscultar la clara intención que se tuvo para su creación. En ingeniero Pflucker, consciente de que el número de ingenieros de minas era muy escaso en el país, vio la oportunidad de formar en esta escuela a los hombres que servirían de intermediarios entre los ingenieros y los obreros, dentro de la mina. Lo capataces que cumplían esta misión también eran muy escasos; por eso el primer nombre de este centro educativo fue ESCUELA PRÁCTICA DE MINERÍA. A continuación el comentario periodístico de la mencionada ley)

De conformidad con el espíritu de la Ley Orgánica de Educación, el Supremo Gobierno, por Decreto de fecha 10 de julio de1941, creó simultáneamente la Escuela Práctica de Minería en esta provincia y la Escuela Práctica de Metalurgia en la provincia de Yauli con sede en la Oroya, habiéndose cumplido con consignar en el presupuesto General del año en curso las partidas necesarias para el funcionamiento de éstas.

La Escuela Práctica de Minería creada, con clara visión y sentido práctico, debido a las activas gestiones del Diputado por la Provincia, Ingeniero Manuel Belisario Llosa, felizmente ya se encuentra en funciones, pues está recibiendo alumnos desde el 5 de agosto  pasado, en el Centro Escolar N.491. A este respecto, sólo es de lamentar que el número de matriculados hasta la fecha, no sea el que esperábamos, debido tal vez, a que las publicaciones hechas en el diario local EL MINERO, ni los avisos publicados en nuestra pizarra, han sido suficientes para hacer llegar a conocimiento de las personas interesadas, o a que, quizás, no se le ha dado la importancia que ella tiene.

La Escuela Práctica de Minería, responde a una necesidad no solo local, sino nacional, pues ella formará los técnicos requeridos para impulsar la vida económica del país, en una de sus ramas más importantes: la minería.

En un centro minero de la preponderancia de la provincia de Pasco, era no solamente necesario, sino indispensable. Es de todos sabido que debido a las necesidades propias de estos centros de trabajo, la influencia del medio donde se actúa, la falta de mayores incentivos, etc., los alumnos en cuanto terminan su instrucción primaria, muchos sin terminar y no pocos hasta analfabetos, se dedican al trabajo de las minas, donde, como es natural, cada cual gana un salario que está de acuerdo con su capacidad y su rendimiento. A esto se suma la circunstancia de que muchos hogares por su modesta condición económica no pueden atender los gestos que demanda la instrucción secundaria, la superior mucho menos.

Por otra parte, sabido es también, de que, a más de ser costosas las profesiones liberales, nuestro país ya está casi saturado de ellas. Además ya es tiempo de desterrar ese falso prejuicio de que sólo los profesionales pueden triunfar en la vida. El Perú necesita, hoy más que nunca, hombres técnicamente preparados en todas las actividades, como: la agricultura, minería, ganadería, las industrias, el comercio, etc. Pues, éstas constituyen, sin hipérbole, la base de su verdadero y efectivo progreso.

La Escuela Práctica de Minería, como la de la Metalurgia de la Oroya y otras que poco a poco se implantarán, tiene como principal finalidad formar de las actividades mencionadas, hombres expertos, elementos técnicos, en una palabra profesionales eficientes que por su preparación y capacidad sean útiles y rindan más en el trabajo que desempeñan y, por ende, obtengan mejores salarios. Es ya tiempo de desterrar el empirismo y la rutina que son la rémora del progreso de nuestro país.

La industria minera que le ha dado renombre al Cerro de Pasco y a la provincia toda, no solo nacional, sino mundial y que constituye uno de los renglones más importantes de ingreso al Erario Nacional, reclama de manera imperiosa e ineludible de elementos capacitados y técnicamente preparados que compita con ventaja con el elemento extranjero; no solo para utilizarlos en los centros mineros de la provincia, sino para impulsar y orientar la minería en el resto del país. De ahí que los alcances y proyecciones de la Escuela de Minería son aún insospechados. El elemento nacional por su capacidad y rendimiento tendrá que imponerse al extranjero. Está probado que el minero nacional es irremplazable; con preparación técnica será mucho más.

La preparación que los alumnos recibirán en la Escuela Práctica de Minería ha de ser teórica y práctica. La preparación teórica la impartirán profesionales de la Escuela de Ingenieros. Los cursos de especialización lo harán en los últimos años. La preparación práctica la recibirán en los planteles y dependencias de las empresas mineras, las cuales están obligadas a prestar las facilidades exigidas para su mejor capacitación. Tenemos la evidencia plena de que las empresas mineras gustosas prestarán las facilidades aludidas, no sólo porque así lo determina la ley, sino porque van a ser directamente favorecidas con elementos técnicos que les han de rendir más.

Los alumnos que egresen de ésta escuela recibirán el título de Capataces de Minas; serán los inmediatos a los Ingenieros de Minas; vendrán a ser lo que el enfermero titulado lo es al médico. Estos profesionales serán preferidos por el Estado y las Empresas Mineras en los trabajos y empleos concernientes a su especialidad. Además serán debidamente remunerados.

Dada la trascendental importancia que tiene esta Escuela, es de esperar el apoyo decidido de los padres de familia, del elemento obrero y de la ciudadanía toda, para darle todo el impulso a que está llamada a alcanzar.

Entre tanto esperemos y trabajemos.

INEI 3

 

EL BOSQUE DE PIEDRAS HUAYLLAY Por ENRIQUE DANIEL

Bosques de piedras de Huayllay

En el corazón de la meseta andina y a 4.000 metros sobre el nivel del mar se encuentra el bosque de piedra más grande del mundo, una de las sorprendentes maravillas naturales del Perú. El Santuario Nacional de Huayllay, 350 kilómetros al este de Lima y cercano a la ciudad de Cerro de Pasco, capital minera de Perú, cuenta con 6.815 hectáreas y reúne más de 4.000 formaciones rocosas que semejan gigantescos perfiles humanos, como el caminante o pensador, y animales, como la tortuga, la alpaca, el cóndor y el elefante. Los farallones están formados, por roca volcánica, y sedimentos. Esta zona fue parte del fondo marino en el Paleozoico.

Sus microclimas permiten el cultivo de papa y brindan hábitat a una fauna compuesta por venados, vizcachas (liebre andina), gatos monteses, pumas, zorros, gavilanes, perdices y pájaros carpinteros autóctonos.

La flora la constituyen pastos amarillos y gruesos, llamados ‘ichu’, que sirven de alimento al ganado; además de plantas con propiedades curativas como el berro, el hercampuri, los queñoales y las huamanpintas.

Tras un largo viaje de diez horas por carreteras llegaron turistas cada mes de septiembre al denominado ‘Rural Tour’. Llega para compartir las tradiciones por medio de ceremonias de invocación a los ‘jircas’, dioses andinos del bosque, y de hoja de coca, que forma parte de un ‘pago’ a la ‘mama-pacha’, la madre tierra.

La guía Dalia Roque explicó que la reserva tiene once rutas bien señaladas, las más fáciles pueden demandar un recorrido de entre tres y cuatro horas.

Otro buen conocedor de la zona, Máximo Roque Lazara, dispone de un registro fotográfico de las formaciones rocosas desde 1954, lo que le ha permitido catalogar

“Desde 1992 se ha incrementado el turismo, aunque en forma lenta. Pero desde que yo era niño llegaban los gringos (estadounidenses) a mi casa, donde tengo un pequeño refugio con comidas típicas”, comentó el lugareño. En Huayllay se disfruta de la Pachamanca (carnes y papas cocidas con piedras calientes y hierbas aromáticas), el Shihuayro (maíz molido y especias como el ají), el Mondongo (menudencias de cordero y maíz) o el cuy picante (roedor andino frito acompañado de papas y crema de maní).

Una de las máximas expresiones culturales son las danzas, como la denominada ‘los negritos de Huayllay’, que recrea la vida de los esclavos africanos llevados durante la colonia española hasta las alturas andinas para trabajar en las fundiciones. Huayllay también cuenta con las fuentes de aguas termales medicinales de La Calera, Goshpi y Yanahuato y con los restos arqueológicos de Bombomarca.

El Santuario Nacional de Huayllay fue establecido en 1974 con el objetivo de preservar las formaciones geológicas y conservar su flora y fauna, además de sus pinturas rupestres y restos arqueológicos. En 1997 fue declarado Zona de Interés Turístico Nacional y en 2001 Patrimonio Cultural de la Nación.

El Bosque de Piedras de Huayllay, considerado el “Bosque geológico más grande y alto del mundo”, es una de las maravillas del mundo, que se conoce poco. Su principal atractivo eco turístico, son sus piedras y rocas labradas artísticamente (desde hace 70 millones de años), sin la intervención humana.

No existe en el mundo otro bosque geológico que lo pueda igualar, por su extensión, majestuosidad artística, paisajística y su altura sobre el nivel del mar. En este nuevo destino los turistas tienen la oportunidad de observar un paisaje natural, conservado milenariamente en su estado natural, libre de la contaminación y demás males de nuestra sociedad.

Su principal riqueza, radica en su configuración geográfica y geológica, su riqueza en flora, fauna, recursos hídricos, los centros magnéticos, monumentos arqueológicos, pinturas rupestres y demás manifestaciones culturales de las comunidades que alberga en su seno. Cada visita es realmente una experiencia original, imposible de repetirse.

Es difícil olvidar, la sensación que tenemos cuando entramos en contacto y coexistimos (así sea por breves momentos) con la naturaleza en su estado puro, esto es lo que ofrece este imponente Bosque.

UN BOSQUE DETENIDO EN EL TIEMPO

Los paisajes que observamos en el Bosque de Piedras de Huayllay parece que se hubiesen detenido en el tiempo durante 70 millones de años. Allí podemos observar todos los cambios que ocurrieron en la Tierra, observar como las fuerzas de la naturaleza tuvieron una paciente labor escultórica. Lo que atrae la atención de los turistas es que cada figura pétrea puede simbolizar a cinco o mas perfiles de animales, plantas o paisajes; para observar ello, solo tenemos que dar unos dejándose guiar por la sobra que da el Sol o la Luna.

En este Bosque es posible encontrar paisajes exclusivos para cada turista y visitante, de acuerdo a sus aficiones o gustos.

Además, este paraíso eco turístico es apropiado para practicar la mayoría de deportes de aventura. Otra de las bondades que ofrece este Bosque son sus cerros magnéticos. En la práctica son miradores que hacen posible entablar comunicación cósmica y extraterrestre. Estos están ubicados estratégicamente, se sitúan a una altitud de 4,200 m.s.n.m.

La flora es otra de las maravillas que Ud. puede descubrir. Tendrá la oportunidad de encontrar muchas plantas con propiedades curativas y alimenticias; por ejemplo, recolectar muestra de “Berros blancos”, “Ortigas”, “Maca” y “Totora”.

Es uno de los pocos lugares para vivir y sentir la naturaleza en libertad. Cada uno de sus 6,815 hectáreas, ofrece algo diferente, es como una explosión latente y viva de recursos en total equilibrio con la naturaleza. En sí, son interminables los contrastes naturales que ofrece el Bosque, siempre alejados de la contaminación, la bulla y el estrés que son característica propia de la gran urbe.

La fauna es otra de las riquezas del bosque. Al observar la vida de los animales silvestres, pasaremos experiencias inolvidables. En el bosque Ud. puede observar muchos animales como “Vizcachas”, “Zorrillos”, “Cuy Silvestre”, ” Zorros”, aves como el “Cernícalo” y el “Haravico”.

A los que gustan de la pesca deportiva y entrar en contacto con las aguas cristalinas no contaminadas, no tienen otra alternativa que visitar las lagunas silvestres como: “Japurin” y “Huaychaococha”.

Si se dejan llevar por el ritmo del viento de Huayllay, llegaran a las aguas termales medicinales de La Calera (rica en calcio). Esta fuente natural subterránea posee infraestructura para la satisfacción de los turistas, además tendrá la oportunidad de curarse de alguna dolencia que padece, o en todo caso prevenirlas.

 

 

DON GERARDO

Gerardo Patiño López (dibujo)Hay hombres admirables que a lo largo de su vida lustral y bienhechora se convierten en paradigmas de su comunidad. Don Gerardo Patiño López lo es para el Cerro de Pasco. Su luminosa presencia fue muy importante por más de diez lustros en los avatares históricos de su tiempo. Todos los acontecimientos -de los buenos y de los otros- fueron relatados y descritos en magistrales crónicas a través de, EL MINERO, el periódico que fue su arma de lucha. El periódico que nació con él y murió con él. Sólo la parca pudo vencerlo muy lejos de la tierra que tanto había amado. Cuando se nos fue, tenía 82 años.

Nació en el Cerro de Pasco, el 3 de octubre de 1896 -dos meses antes de la fundación de EL MINERO- Sus padres fueron, el Mayor del Ejército Peruano, Rufino Patiño Hurtado y, la señora, Talía Rosa López. Sus hermanos, Carmen de Alvariño, Albina de Benavides y David Patiño. Estuvo casado con la señora María Jesús Maldonado Sánchez y, es padre de Bertha, Miguel, Rebeca, Luz Mercedes y Lola.

En 1909 ingresa en calidad de aprendiz en el fascinante mundo del periodismo. Recién está por cumplir 13 años y, las planillas de EL MINERO, lo tiene como a su servidor más joven. El 1916 ingresa por tres años a servir en el Ejército. A su retorno, se convierte en arrendatario, editor y director del periódico. A partir de entonces, en forma cotidiana va registrando las crónicas del pueblo minero; sus grandezas y sus miserias; sus triunfos y frustraciones. Pero su trabajo no se limitó a la difusión de los datos informativos, no. Se caracterizó por ser protagonista de mil y una luchas en beneficio de su tierra. Lanzó brillantes iniciativas que culminaron en bellas y positivas realizaciones. En 1925, por ejemplo, apoya el raid automovilístico: Cero de Pasco-Lima, pasando por La Viuda, con el fin de iniciar el trazo de la carretera que muchos servicios prestó a la zona. Los deportistas cerreños, Salinas, Oyarzábal, Beloglio y nuestro mártir minero Gamaniel Blanco Murillo, corresponsal del periódico, culminan con éxito la hazaña. La vía fue inaugurada solemnemente en 1932.

En 1929, con motivo de la inauguración del monumento a la Columna Pasco, el Concejo Provincial lo premia con Medalla de Oro. Él había sido el hombre de la iniciativa y de la lucha tenaz para la erección del homenaje a nuestros héroes.

El 15 de enero de 1931, el tirano Sánchez Cerro, comete una de las más grandes arbitrariedades políticas. Traslada la capital del Departamento de Junín, del Cerro de Pasco, a Huancayo. EL MINERO lanza encendidas protestas y organiza manifestaciones populares. Hasta se llega a complotar. El 5 de diciembre de 1931, el pueblo se levanta en armas. Debelado el movimiento, los insurrectos son enviados al Panóptico de Lima, entre ellos están Gerardo Patiño López y José Melgar Márquez. Dos jóvenes, dos destinos y dos opciones diferentes. Mientras que el primero, valiéndose del periodismo y la lucha ciudadana diaria, logra en 1944, la reivindicación del pueblo al crearse el departamento de Pasco; el otro –sectario y apasionado- está a punto de cumplir su juramento de matar al tirano en la iglesia de Miraflores, pero fracasa; es condenado a muerte y luego amnistiado. Don Gerardo, liberado ya, retorna a su tierra y, pluma en ristre, sigue ocupando su lugar en la barricada de dignidad. Sus logros son numerosos y extraordinarios.

Siendo Inspector de Obra Públicas, arboriza nuestro cementerio con hermosos quinuales que hasta ahora cobija en sus ramas, centenares de bulliciosas avecillas. Es decir, la vida donde reina la muerte y, en 1938, entrega una capilla central que hasta ahora sirve de oratorio. En 1941, conjuntamente con el concejal italiano Bonfiglio Vermiglio, edifica el actual mercado central y, amante de la cultura, construye la Biblioteca Municipal, frente al Hospital Carrión. Ese mismo año instala el refectorio escolar para dar alimentos a los niños pobres del Cerro de Pasco­. Por haber salido en defensa de la clase trabajadora, el 22 de junio de 1941 es enviado nuevamente al Panóptico de Lima. El 14 de agosto recobra la libertad y, nuevamente, se pone al frente del periódico. Un verdadero triunfo.

Después de una brillante campaña en la que es el adalid y, don Ernesto Diez Canseco, el ejecutor, se inaugura el Colegio Nacional Daniel Alcides Carrión, el 31 de mayo de 1943. Otro de sus triunfos gloriosos.

Los primeros días del año de 1944, viaja conjuntamente con don  Cipriano Proaño y don Raúl Picón Reyes, a pedir al Senado de la República la creación del Departamento de Pasco. Potaban argumentos y datos valiosísimos de sustento. El 27 de noviembre de 1944, el sueño de don Gerardo se hace realidad.

En diciembre de 1946, el Agregado Miliar de la Embajada Argentina, lleva un puñado de tierra cerreña al Panteón de los Próceres de aquel país. Allí, conjuntamente con las tierras de Chacabuco y Maipú, está la tierra cerreña que, el 6 de diciembre de 1820, se empapó con la generosa sangre de los centauros argentinos en su lucha por la libertad. Ese mismo día, el Gobierno Argentino condecoró a don Gerardo, con una Medalla de Oro.

Al llegar el año de 1948, un despreciable tirano, un enfermizo sujeto que detentó el cargo de Prefecto del Departamento de Pasco, con el abuso, el atropello, la ignominia y la estupidez, encendió de tal manera el ánimo del pueblo que, fatalmente se manchó las manos con su sangre canalla. La represión no se hizo esperar. Hombres, mujeres y niños fueron a  abarrotar las cárceles y, por su lucha en defensa del pueblo, se clausuró EL MINERO.

Su extraordinaria capacidad de trabajo, su inteligencia y su entereza, nunca supieron de treguas ni de despreciables deserciones. Era la historia viviente de su pueblo. Su alejamiento físico del lar nativo lo hizo sufrir mucho, pero desde la distancia, mantuvo vigente su amor por estos pagos. En 1967, como una acertada síntesis de su concepción de la historia de su ciudad natal, crea el Escudo del Cerro de Pasco.

Como protagonista de cinco décadas de nuestra historia, como cultivador de nuestras tradiciones, como periodista insigne, dejó una estela luminosa, hermosa heredad para nuestros hijos. Ha sido el hombre cabal que la filosofía oriental sintetiza en la fase  de Lin YuTan:” Tuvo hijos, escribió libros y plantó árboles”. Nosotros, emocionados, repetimos la expresión más hermosa en los labios del hombre: “NO VIVIO EN VANO”.

La Anquicha (Segunda parte)

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Fijado Lima como lugar del proceso judicial fue trasladada junto con los otros presos para ser juzgada. En la cárcel de mujeres se hizo íntima de Isabel Pedraza, “La Rayo”, aquella negra ágil como un gato y audaz como un cernícalo que, al verla llegar, mirándola con emoción y respeto, le dijo “Tú eres bien macha, carajo. Me he enterado que lideraste a las mujeres de tu pueblo para sacarle su mierda a un abusivo. ¡Eres de las nuestras! No eres ninguna cojuda. Desde ahora compartirás con nosotras todo lo que alcancemos y nadie te faltará el respeto. Avísanos nomás quien trata de joderte. Nosotros nos encargaremos de sacarle la mierda”. Fue presentada a la capataz, que también “le agarró cariño”. Ésta era Josefina Huerta, conocida por el mote de “Tormenta”, triunfante luchadora de cachascán en su recorrido por entarimados peruanos de los cincuenta; había dado cuenta de consagradas luchadoras como la “Norcoreana”, “La Siciliana”, “La Salvaje” y otras campeonas. Un día que encontró a su marido encamado con su vecina, presa de ira homicida, dio cuenta de los dos traidores. Cuando llegó la policía, ambos tenían el cuello roto. Ahora es la “capo” del pabellón de las comunes, amiga de las presas políticas en sus encuentros en el patio principal. “La Anquicha” que ejercía la jefatura del grupo recién llegado, abogó también por su clan cerreño: Paulina Ventura Cabello, Ignacia Martel Calero, Rafaela Romero Ayala, Fortunata Orihuela Cavilla, y ella, Angélica Panduro Ricapa. Heroínas como ella. Este grupo, protegido por “Tormenta”, había concitado el respeto de las reclusas porque habían dado cuenta –no de un sujeto cualquiera- sino de un poderoso; de un Prefecto. La admiración para ellas fue extraordinaria. Es más, “Tormenta” le enseñó con lujo de detalles dónde y cómo golpear en las zonas más sensibles y estratégicas del cuerpo humano, lección que aprendió con creces y puso en práctica cuantas veces le fue necesario.

Nueve años estuvo en la cárcel de mujeres donde hizo muchísimas amigas. En ese lapso descubrió muchos secretos femeninos, argucias y “mañoserías” que puso en práctica a su salida por amnistía a los presos políticos. Ya la “Anquicha” se había “achorado” y comenzó a hacer valer sus “experiencias”, de las buenas y de las otras; por eso los marchantes se cuidaban de ofenderla. Levantisca y escandalosa, castigaría la pedantería o el desprecio. Nadie estaba dispuesto a jugarse esa carta. Algunas veces –muy raras, por supuesto- llegaba a la mesa que quería, muy comedida y amable, llevando sus dos botellas de cerveza. Las ponía encima y al instante estaba participando de la conversación. Estaba precisamente enterada de todos los acontecimientos de la vida de su pueblo, su Cerro de Pasco. Conocía de las virtudes y las debilidades de los “grandes” y de los otros. Su conversación era muy activa. A los recién llegados, informaba de las ventajas de su pueblo, de las posibilidades en el comercio o la industria, pero sobre todo, en el amor. Fue la anfitriona, obsequiosa y graciosa que acompañaba al visitante hasta donde éste permitiera que lo hiciera, pero en toda esa tarea, sacaba pecuniaria ventaja que le permitía seguir adelante. Siempre tuvo cuidado de no chocar con los grandes; es más, a ellos y sus mujeres, saludaba con especial respeto; no fueran a enojarse. Como el resto del pueblo la conocía, la toleraban con mucha condescendencia. Su conducta disipada y aventurera, era un secreto a voces.

El amorcito que hemos tenido

en una rama se me ha enredado,

vino un fuerte huracancito,

rama y todo se lo ha llevado.

Claro que algunas veces tuvo problemas, especialmente con la policía. Era  generalmente porque, algún visitante, pensando que por chola se callaría, se negaba a pagarle sus servicios. En ese momento “le salía la india” y castigaba al agresor. Le quitaba su plata y le pegaba. Era muy mujer para hacerlo; chola poderosa, samaqueaba a su víctima haciéndola sangrar, y fugaba. Era lógico que nadie la alcanzara, no sólo porque siempre estaba en forma, sino porque conocía la ciudad con sus recovecos, callejones, caserones, atajos y demás escondrijos de los que la ciudad era pródiga para despistar al persecutor. Hasta los canes cerreños que la conocían, enmudecían, cómplices, en sus correrías.  Las pocas veces que cayó en cana, no le probaron nada. El “cuerpo del delito” había desparecido como por encanto. Más tarde ella lo recuperaría con creces. Lo había dejado a buen recaudo en un escondrijo que sólo ella conocía. Si a pedido del agraviado debía quedarse encerrada, algún policía amigo, generalmente uno de los que se habían beneficiado de su celestinaje, le alcanzaban una cobija y, al día siguiente, salía indefectiblemente. Bueno, total, la “Anquicha” era una parte fogosamente vigente de la ciudad. Un ser especial.

La conocí mejor en el entierro de “Patas a la Oreja”. Apesadumbrado por ese drama tan patético me encontraba silencioso y adolorido en un rincón del cementerio. Ella estaba de servicio y me alcanzó un copón de chinguirito que la “Chapi” Quintana había llevado al camposanto. “Sírvete, papito” -me dijo- “Yo también estoy sufriendo por nuestro pobre “Patas”. “Él te quería y respetaba mucho, como yo, papito; lo sé, porque él mismo me lo ha dicho” “! Sírvete!”. Otra noche, en el velorio de “San Martín”, -un cargador patilludo como nuestro libertador-, nos amanecimos conversando. Me relató al detalle de todo lo que le había acontecido el 48, cuando la muerte del Prefecto: “Era un demonio, papito –me dijo- y debe estar en el infierno. No puede estar en otra parte ese mal nacido. Era un abusivo. A la viejita “Lulli” Sacristán, la zarandeaba cuantas veces quería porque ella vendía comida con su ollita a la puerta de la Prefectura. Un día de pago, al ver tanta gente que le consumía, de un patadón arrojó muy lejos su olla y la Lully se quedó sin nada, llorando, desamparada. Esa viejecita, abandonada por sus hijos, solamente así se mantenía. ¡Cuántas cosas hizo el malvado, hijo de perra! Hasta el pobre “Gardelito” –Tú conocerás, papito, al hermano de los Paulino, sastres y peluqueros de la Calle del Marqués que tenían un hermano idiota que caminaba por la calle sin saber ni quién era- Bueno, un día que el malnacido venía por la puerta de Kukurelo, se encontró con el pobre “Gardelito” que andaba por la misma vereda; de un manotazo lo arrojó sobre la acequia que estaba llena de agua donde el pobre comenzó a temblar con su epilepsia. Él se quedó riendo como un animal y sólo cuando se marchó levantaron a “Gardelito”. También pegaba a los canillitas  que se le cruzaban en la calle. A nadie respetaba. La única que lo “pasaba” era la “Payasa”, chuchumeca coquetona, pintarrajeada como si estuviera en carnavales que se encamaba con el maldito grandazo, sin que la Omara se enterara. Nosotras lo odiábamos, especialmente cuando nos echó de su oficina como si fuéramos perras asquerosas. Ahh pero la “Opa” Paula le hizo pagar sus abusos. Bailó sobre su cadáver cuando el pueblo dio cuenta del maldito. Aquella tarde todos estuvimos juntos para sacarle su mierda. Me acuerdo del “Catarro” Bartola, el “Chato” Miraval, Atilio León, Lucho Llanos, Patricio Chahua, Humberto Luis y muchos cerreños machos, carajo. El relato de todas las iniquidades del Prefecto, la asonada, la represalia, su apresamiento, su juzgamiento en Lima y todo lo demás me contó aquella noche. “Un día, cuando ya había pasado tanto tiempo –siguió contando tras el cargado café que invitaron los dolientes- llegaron a la cárcel, el Prefecto Lanfranco, el comisario Bandini y otro cachaco que había llegado de Lima para decirnos que nos daba tres días de plazo para preparar nuestra ropa y otras cositas necesarias para viajar a Lima donde nos juzgarían. ¡Dios mío, que emoción, papito! ¡Por fin nos juzgarían y sabríamos a qué atenernos! Como sea nos preparamos los 120 que estábamos encerrados, al final sólo nos dijeron que viajaríamos 29: Veintitrés hombres y cinco mujeres. Entre mujeres estábamos, nuestra “Opa” Paula, la “Amacha” Martel, la “Rafa” Romero, la “Fortacha” Orihuela y yo.  El cachaco nos dijo que, en consideración a tanto tiempo que estábamos encerrados, nos llevarían para ser juzgados; que deberíamos portarnos bien, sin alterar el orden, porque de hacerlo nos balearían. Efectivamente, papito, nos llevaron a la estación enmarrocadas para no escaparnos, con gran cantidad de cachacos cuidándonos, como si fuéramos abigeos o enemigos del Perú. En la estación nos subieron, no a los coches como pensábamos, sino a la bodega, donde llevan a los animales. No había ni a dónde sentarnos. Las puertas con armellas y tremendos candados. Enfrente, sobre un enorme cajón, habían colocado una ametralladora bien cargada que dispararían al menos escándalo que hiciéramos. En cada esquina de la bodega, dos cachacos de la republicana, también armados. Como no había ni una ventana, no sabíamos ni a dónde estábamos. Solo cuando preparaban las ametralladoras y los fusiles, sabíamos que estábamos entrando en una estación. En ese momento el capitán que era el jefe, nos hacía shhhh, y teníamos que permanecer en silencio mientras durara nuestra permanencia en la estación. Temían que, el pueblo, al enterarse de que estábamos siendo llevados como animales, nos rescatarían. Porque la verdad era esa, papito; todo el pueblo estaba indignado. Hasta ese momento, sólo el Comité de Defensa de los detenidos que presidía doña Teresa de la Matta –la mujer de Agüero, de la calle Lima- nos había ayudado.  Ella se movió como nadie. Publicó avisos en el periódico y radios para que nos ayuden a juntar plata para pagar nuestra defensa en el juicio. Cuando llegamos a Lima, los periódicos nos sacaron diciendo “Ya llegaron los asesinos”, especialmente “El Comercio” y “La Prensa”. En la cárcel de mujeres nos recibieron como hermanas, con admiración, porque le habíamos sacado el alma al abusivo, a aquel maldito que siempre andaba armado con su pistola, por eso el “Capachón Minaya” le puso el apodo de “Pancho Pistolas”. Claro, una que otra presa nos miraba con sobradera pero ahí conocí a la querida de “Tatán”, a la negra que le decían “La Rayo”, la “faite” del penal. Ella se hizo mi “adú”.

Con este puñal dorado

ábreme por un costado:       

ahí verás tu retrato

todo cubierto de sangre,

conforme tú me has dejado.

Nunca vi llorar a una mujer con tanta indignación como entonces. Los años que decantan o encienden pasiones, le habían marcado con signos de fuego. Un odio acérrimo lo acompañó hasta los últimos instantes de su vida. A partir de entonces, mi admiración y mi respeto, siempre estuvo con ella. De su parte también. Cuando me veía en la calle me saludaba con mucho acatamiento.

Las pocas veces que volví a verla observé que ya no estaba sola. En los brazos llevaba a un perrito muy pequeño y, caminando a su lado, otro mucho más grande: sus compañeros. Los animales, como si supieran, permanecían en silencio, sentados uno en su falda y otro a su lado. “Ya no soy una mujer sola, papito”, me decía y los perros movían la cola como si entendieran Transcurrieron los años y dejé de verla. Una vez que tuve que viajar a Lima por motivos de trabajo, murió. No pude estar en su funeral, pero la pena que invadió mi espíritu fue tan grande, que a mi retorno llegué hasta su tumba para elevar una oración por su alma. Los perros famélicos no se movían de su sepulcro.

Así era la “Anquicha”, que en paz descanse.

¿Te acuerdas de aquella noche

en que juraste quererme,

quererme toda la vida;

no para que me hagas sufrir,

no para que me hagas llorar.

 

 

 

La Anquicha (Primera parte)

(Fue una mujer admirable. Quienes estuvimos en los momentos más dramáticos de nuestro pueblo –yo era un niño- cuando por consenso decidimos arrojar al sátrapa que nos gobernaba, ella lideró a las mujeres del pueblo. Fue cruelmente maltratada por el gobierno. Conózcanla en esta sintetizada nota. Con más amplitud se vida esta detallada en nuestro libro PUEBLO MARTIR)

la anquicha 1
Imagen referencial

Todos sabían quién era la “Anquicha”. Haciendo alusiones caníbales los cerreños decían muy orondos: “Si no te has comido a la “Anquicha”, no eres cerreño”, es decir que quien no había gozado de sus intimidades, no era cerreño. Todos la conocían, pero pocos sabían que apellidaba Panduro Ricapa. Bueno, a nadie le importaba. En nuestro pueblo, no hace falta el apellido cuando el nombre de alguien toma carta de ciudadanía. Aquí rápidamente se identifica cuando se habla de esos seres que han nacido con calor popular y estima general del pueblo. “Capachón”, “Chuño”, “Patas a la Oreja”, “Chorreao”, “Pecas”, “Rogromanca”, “Sirriachi”, “Mufle”, “Agatón”, “Trueno”, “Piñachuncho”, “Cura Bolo”, “Mote”, “Gran Chichí”, “Poeta”, “La machete”, “La Pachicche”, “La Pisacha”, “La manca shongo” etc. A este grupo de privilegiados del efecto popular pertenecía la “Anquicha”.

Desde su infancia fue compañera inseparable de la pobreza. Apenas era una niña cuando tuvo que ganarse el sustento diario desempeñando múltiples labores como chica de servicio, ama seca, mandadera, etc. Sus padres se habían desatendido de ella. Ya más grande, lavandera, planchadora, muchacha de servicio. En todo ese lapso fue conociendo la bondad y dureza de las gentes. Era obediente y muy servicial pero no permitía que la maltraten. “Mi vida ha sido muy triste, papito –me contó un día que charlamos en un velorio- lo que más me ha dolido fue que nadie me brindara un poco de cariño que siempre he necesitado en mi vida”.

Después de haber sido lavandera en Patarcocha tuvo que dejar la actividad tras una pulmonía que superó bajando de urgencia a Huariaca. Allí el aire benéfico con abundante oxígeno y su clima abrigado le repusieron la salud. Después –ya maltona y bien parada- quiso volver a ser trabajadora del hogar, pero ya no se acostumbró. El transcurso de los años la convirtió en mujer avezada y resistente de carácter indomable. Ésta era la única manera de mantenerse incólume en la vida riesgosa que llevaba. Todos los patrones que tuvo trataron de “abusar” de ella. El primero fue un ingeniero de la “Mining” en cuya casa trabajaba. Una noche que llegó borracho entró en su dormitorio y sin mediar palabra alguna la sometió a su dominio lascivo y la desfloró. Cuando la vio llorosa sacó una libra y se la puso en las manos. ¡Estaba pagada! “El maldito “Veneno” Proaño, me rompió”- dijo. Después ejerció de vendedora de tamales, pero fracasó. No toleraba que los compradores le llevaran la contraria. Tras sonados líos con sus clientes optó por “mandar todo a rodar” y decidió que era el momento de explotar sus soterrados encantos.

Llegó a comprobarlo –intuición de mujer- que los hombres la deseaban, pero ella, había clausurado su corazón hasta que encontrara a alguien especial que verdad la quisiera. No era una preciosidad de mujer pero poseía un discreto encanto que con un ímpetu indefinible atraía a los hombres. Diríamos, como los entendidos, que estaba dotada de ese secreto encanto que muy pocas mujeres pueden lucir: sex –appeal; vernáculo, pero sex-appeal. Misteriosa atracción que envolvía con sus invisibles lianas el corazón y, sobre todo, el siempre vigente deseo de los garañones mineros. De mediana estatura, flancos poderosos, senos alzados y recios, cintura estrecha, pletórica de salud, con una confianza enorme en sí misma. En el vuelo de sus polleras tenía anudado el corazón de muchos hombres. Ni jovencita, ni vieja; mujer de “medio tiempo”. Siempre vestida con ropas sencillas; no con la opulencia de las señoras de muchos bienes económicos, ni la paupérrima pobreza de las cholitas desamparadas; aquellas con abrigos entallados de la última moda, y éstas, con modestas catas de castilla. No. Llevaba  una vestimenta  con el número indispensable de polleras para su abrigo; sobre éstas, la falda de organdí con bordados de flores y  mandil de tocuyo floreado con amplias faltriqueras donde guardaba sus “ganancias”. En la parte superior, la polka ceñida con interiores de franela para evitar el escozor del “coca saco”; chompa de lana, tejida por ella misma y, finalmente, un florido pañolón de “Alaska” que la fábrica Maranganí promocionó en la sierra. Cubriéndole la cabeza un sombrero de fieltro a medio lado; primero un “Borsalino”, más tarde un “Stetson”, y finalmente  -su economía en picada-, uno de fieltro tosco: “Arregui”. Nunca usó sombrero blanco de paja. No le gustaba. Su cuidado personal era muy escrupuloso. Cada media semana con su “quipecito” de ropa limpia iba a los baños de la compañía norteamericana y se pegaba un duchazo prolijo; peinaba sus abundosos cabellos acomodándolos en dos trenzas gruesas y enormes. Su referente femenino era Chela Raycovich, guapa cerreña que en la alta sociedad barría con los hombres que babeaban por ella; hija de un  yugoeslavo en guapa mujer cerreña.

Dicen que de muerto todo se acaba,

dicen que de muerto, todo se olvida;

pero ni de muerto podré  olvidarte,

porque has sido como mi madre.

La Anquicha se convirtió en cotidiana asistente de bares y restaurantes. Jamás le faltó un pan para llevarse a la boca ni un trago para disipar su soledad. Vivía sola. “No tengo ni un perrito que me ladre” decía. Los bohemios, especialmente mineros, sabían muy bien que colmándole los manteles de los restaurantes tendrían la recompensa de las sábanas de su cama. Así era ella, no permitía melindres ni candideces. Sus favores los cobraba con creces. Vivía orgullosa de su cuna. Sin admitir réplicas decía: “Yo nací cerca de Dios, donde al cóndor le da soroche y a la llama le da calambres. Soy del Cerro de Pasco”. Era muy zahorí. Al pasar rápida revista de los parroquianos, descubría en un santiamén al líder del grupo que estaba bebiendo. El rito cotidiano comenzaba cuando estudiado el terreno y las características de sus “víctimas”, arrastraba su silla, y sin más, se sentaba a la mesa junto al más gastador; ya en el transcurso de la “huasca” iría a elegir a quien sería su pareja de esa noche. Jamás nadie le hizo desaire. Nadie se atrevió a “ningunearla”. Era una mujer todo coraje en un ambiente de pusilánimes; decidida y emprendedora en un mundo de indecisos; arrolladora cuando en derredor de ella las mujeres se agazapaban para llorar el abuso de los maridos o amantes; viperina y arrebatada que no permitía ningún abuso, menos con las mujeres. Ella sabía que la admiración y el homenaje que el pueblo le tributaba le facultaban para actuar así, con desparpajo y marcado orgullo. Todos recordaban cómo para la muerte del Prefecto, indignadísima, encabezó el movimiento femenino para expulsar al tirano  que nos avasallaba. Con un garrote en las manos, el grito conminatorio en la garganta quebrada de indignación, liderando una horda femenina corrió por los comercios, chinganas, “toneladas”, restaurantes y bares, ordenando su cierre para que la gente saliera a protestar a las calles. Fatalmente, aquella tarde, fue tanta la indignación del pueblo que no terminó sino hasta verlo muerto. Cuando acometió la represión, fue de las primeras en caer. Lucía flamígera en todas las fotos que Barzola había tomado. Nunca lo negó. Estuvo encerrada en la cárcel cerreña, la más dantesca mazmorra del mundo, de paredes de piedra, cubiertas de musgo siempre verde y húmedo, techos de calaminas viejas que originaba una gotera inacabable en donde lluvias y nieves son aberrantemente continuas. Una prisión helada donde el frío espantoso agravado por el agua que circula sobre el piso del empedrado la hace insufrible. Seguramente ni en la Siberia sufrirían tanto los presos como aquí. Entre tanto, en el colmo de la ignominia y el abuso, diariamente la sacaban enmarrocada, paseándola por las calles a empujones como a una vulgar delincuente. Querían lucirla escarnecida, humillada y rendida, “para escarmiento de las cholas” decían las autoridades. Ella jamás arrugó. Había que verla desfilando serena y altiva por las calles céntricas, ignominiosa pasarela del escarnio en aquel momento. Sus ojos fulguraban de orgullo cuando, muchos cobardes que la miraban se orinaban de miedo, temblando ante lo que les podía hacer aquel engendro de la estupidez y el abuso llamado Alejandro Esparza Zañartu, un nombre para la nómina de mal nacidos, sirviente incondicional del arrogante tarmeño Odría, como antes lo había sido Damián Mústiga, insignificante y venenoso como una ladilla, chupamedias del “Mocho” Sánchez Cerro. (Ambos dejaron siniestros recuerdos en todos los cerreños). Su mirada límpida de valentía y orgullo jamás fue domeñada. El trayecto de la cárcel al juzgado, era vía del diario peregrinaje de la mujer valiente. Todos la habían visto y, todos, sin excepción, aprendieron a admirarla. En la cárcel también tuvo que luchar bastante. Cuando cumplido su “franco” los guardias republicanos regresaban a la cárcel, al verla dormida, trataban de abusar de ella, pero en cuanto entraban como fieras hambrientas, la Anquicha se ponía de pie y, como el más experto de los peleadores, defendía su honor con uñas y dientes. Sus gritos despertaban a las otras mujeres y llegaban al pabellón de hombres que con gritos y zapateos de protesta calmaban a los abusivos. Muchos “repuchos” quedaron con las huellas de su valentía hasta que aprendieron a respetarla. Eso era semanalmente, hasta que un día conoció el amor; el único amor de su vida. Cuando lo vio por primera vez, quedó admirada. Era un guardia republicano, fortachón, de raza indefinible, de talla más que mediana pero de enorme envergadura; espaldas amplias y musculosas que se iniciaban en un cuello de buey, grueso, desmedidamente enorme; brazos recios de bíceps y tríceps notables y marcados; manos gigantescas con dedos gruesos como morcillas; cintura breve pero musculosa; muslos enormes y bien proporcionados con piernas  gruesas y gemelos bien definidos, perfectamente dibujados debajo de la piel brillosa. El rostro oscuro, terroso, ojos achinados como los de un japonés; labios carnosos y prominentes como los de un negro; cabeza pequeña y poderosa de pelos hirsutos y rebeldes como de un aimara. Era una extraña mezcla de razas que  habían  dado ese producto. Parecía un gladiador y en realidad lo era. Su enorme afición al box era excluyente. La superioridad le había permitido que en una cuadra hermética, aledaña al reclusorio de mujeres, instalara su gimnasio. Allí colgaba bolsas de arena, pera, mancuernas y sogas. De madrugada entraba a ejercitarse. Primero sogas, con la que hacía maravillas como si estuviera flotando en el aire sin peso alguno, luego sombra, con un mellado espejo fijado a la pared de piedra; después saco y pera. En ese lapso de dos horas, el hombre transpiraba a raudales. La Anquicha, sin hacer caso de las otras reclusas, le contemplaba extasiada por la mirilla, muda de asombro, viendo el cuerpo sudoroso que emanaba agresivos olores que la ponía nerviosa e inquieta. Eso diariamente. Procedió a averiguar su vida y se enteró que había sido remitido de Lima para cumplir un castigo por “haber desobedecido la orden de un oficial”. Eso era todo. El hombre, ¡claro! se dio cuenta de la muda admiración de su furtiva observadora. Un domingo que los visitantes se retiraban, él, sin aviso previo ni pronunciar una sola palabra, la tomó de la mano y la llevó a un escondite donde había un alijo de colchonetas la hizo suya. La Anquicha tampoco habló pero gozó como nunca. Los encuentros amorosos se sucedieron con gran regularidad –sin duda alcahueteados por los otros “repuchos”- pero en todo ese lapso, él no dijo una sola palabra. No hablaba pero, en silencio, dejó una cobijas nuevas sobre la cama de ella, otro día, caramelos, otro, galletas; eran regalos de su mudo amor. La Anquicha dedujo que él la quería y comenzó a soñar. Al salir libre de la cárcel se casaría con él aunque no dijera una sola palabra. Total, lo que ella necesitaba era amor y protección y no cháchara vacía. Quería un compañero para el resto de sus días. No importaba que él no se quedara; por lo menos, debía dejarla un hijo; por eso un día, cuando desbordada de pasión lo tenía consigo, acercó sus labios a los oídos del semental y, jadeante y urgida, masculló un pedido, mezcla de súplica y mandato: -¡Préñame!

La rosa tiene lindos colores

                       pero sus espinas hace sangrar,

                       así tú tienes bonita cara.

                       pero tus acciones me hacen llorar.

No hubo caso. Más tarde descubrió que las bebidas que le proporcionaba una huanuqueña para que no tuviera hijos, la había vuelto estéril. Esta huanuqueña especialista en “chamiquear” a los hombres, la había desgraciado para toda su vida. Nunca podría tener hijos. Un día el “repucho” desapareció como había venido, en silencio; ni su nombre llegó a saber, pero le dejó el sabor de un amor intenso e inolvidable.

 

 

EL MAESTRO, CARLOS REYES RAMOS

El maestro Carlos Reyes Ramos

Una de las personas que a lo largo de mi vida me ha impresionado grandemente fue Carlos Reyes Ramos, un artista tan extraordinario que nos dejó una enseñanza imperecedera de humildad y grandeza.  Permítanme recordarlo ahora.

            Era notablemente moreno, de talla mediana, talante modesto acentuado con su vestir, limpio y ordenado, pero sencillo. Cuando lo conocí, me impresionó su sencillez y su simpatía. Fue don Lucho Llanos quien nos  presentó. Había que hablar con él para llegar a conocerlo plenamente. Su plática sin ningún tipo de afectación dejaba traslucir una sólida preparación humanística. Desde el comienzo simpatizamos mutuamente. Mucho me impresionó sus comentarios acerca de mi programa ANTOLOGÍA que propalaba a partir de la once de la noche irradiando poemas con piezas clásicas de los grandes maestros y música romántica en alternancia. Él comprendía que era la única manera de hacer asequible al pueblo las creaciones de la poesía universal. Dotarla de un ambiente demasiado académico y serio, habría logrado ahuyentar a la audiencia que siempre fue numerosa. Por estos acertados comentarios, pude calibrar su preparación cultural, sólida y amena. Es más. En una oportunidad me alcanzó unas acertadas creaciones suyas que con mucho gusto las irradié y las publiqué en nuestra revista EL PUEBLO que gozaba de gran popularidad. Posteriormente aparecieron publicadas también en el periódico LA ANTORCHA.

Un domingo me sorprendió verlo arbitrar un partido de fútbol de la Liga. Lo hizo con acierto y se le abrieron las puertas del difícil e incomprendido deporte de juzgar las jugadas ajenas.

Pero la sorpresa mayúscula e inolvidable la recibí una noche en la que don Lucho nos hizo una invitación especial a LA ESQUINA DEL MOROCHO. Armó un hermoso programa evocativo en el que el número central lo ocupó Carlos Reyes Ramos. Sorpresa. Nos llenamos de enorme satisfacción al comprobar que era cultor de la guitarra clásica y conocido concertista en la Lima de aquellos días. Aquella noche, en atención al grueso de los invitados, especialmente gente de la radio, periodistas, maestros y otros intelectuales, acompañado de “Vichi” Llanos, ejecutó en laúd, hermosísimos valses populares que nos emocionaron mucho. IDOLATRIA, ROSAS DE OTOÑO, ISABELITA, LOS ROSALES, TU OLVIDO y muchos otros que  ganaron el aplauso general de los habitúes. La humorada llegó al tope cuando secundaron la interpretación de voces hermosísimas y perfectamente afiatadas de los Hermanos Llanos: Marcial y Lucho. Ellos, al estilo implantado por aquel inolvidable trío argentino de Irusta – Fugazot y De Mare, nos hicieron vivir todo el esplendor de los valses que siempre están presentes en la memoria. Jamás olvidaremos aquella noche amenísima que terminó el domingo a las ocho de la mañana con un reconfortante caldo de cabeza…

Olvidaba comentarles que en aquella velada, con una cortedad conmovedora nos ofreció sus servicios personales de sastrería. Como era de esperarse, ganó numerosísimos clientes. Así que en el transcurso de una semana nos visitaba trayéndonos figurines y muestras de telas de excelente calidad, nos tomaba medidas que anotaba en un cuaderno y recortaba un pedazo de la tela elegida junto con el compromiso. A la semana siguiente ya nos estaba probando los trajes. Hacía ajustes con alfileres y puntadas, trazos con tizas e hilvanes y,  nuevamente se llevaba los trajes a Lima. A la semana siguiente ya los teníamos listos. La totalidad de sus admiradores le encargábamos nuestros ternos. Sólo de esa manera podíamos gozar de sus visitas semanales. Se alojaba en la casa de su anfitrión y hermano de juramento, don Lucho Llanos, en donde siempre fue tratado con un cariño y respeto extraordinarios. Doña Isabel Goyena, esposa de don Lucho, su hijo Vichi, Ignacio y sus hermanos, se desvivían por atenderlo. No podía ser  menos, don Lucho siempre fue un caballero a carta cabal y, Carlitos bien se lo merecía.

Sábados y domingos, cuando nos visitaba, tras los encuentros futboleros, recalábamos a la ESQUINA DEL MOROCHO y allí, pudimos  gozar de su acertada digitación en ejecuciones clásica con piezas de Soir, Tárrega, Villalobos, Rodrigo y muchos otros maestros inolvidables. Es más, con esa sensibilidad muy suya, hacía marco flamenco -que también dominaba-, para invitarme a recitar poemas de Ochaíta, Rafael de León, García Lorca y otros poetas españoles; todo con una aceptación general que me conmovía. A partir de entonces, casi en todas las humoradas de LA ESQUINA DEL MOROCHO alternábamos con música y poesía. La costumbre se extendió y sirvió para que hagan conocer sus creaciones varios poetas lugareños como Juvenal Augusto Rojas, Carlitos Rodríguez Minaya, Arnulfo Becerra Alfaro y un inquieto joven que había llegado del norte a prestar servicios en el Colegio Carrión: Genaro Ledesma Izquieta. Como es natural, mi admiración y mi afecto hacia Carlitos crecieron enormemente. Él correspondía con creces este sentimiento fraternal. Lo admirable de todo –yo diría, ejemplar- que no obstante ser un artista de tantos pergaminos, siempre buscaba mantener un perfil bajo con humildad conmovedoramente admirable. Es más, solía contar con un gracejo especial numerosas anécdotas en las que no siempre salía bien parado.

Una de ellas dice que estando apremiado de viajar al asiento minero de Chicrín –a doce kilómetros del Cerro de Pasco- sin que apareciera ningún carro que pasara por aquel lugar, vio que a la puerta del restaurante EL VIAJERO se hallaba una camioneta de aquella compañía minera.  Urgido como estaba entró en el establecimiento y pidió a los ingenieros que allí estaban almorzando, que por favor lo condujeran al mencionado lugar. Naturalmente aceptaron la petición, pero le dijeron que como en la cabina no podrían caber todos, se acomodara en la parte posterior. Carlos subió, se acomodó y esperó a que los ingenieros salieran del restaurante. Ya estaba un buen tiempo sentado allí, cuando advirtió que un canillita que voceaba los periódicos limeños, lo contemplaba de arriba a abajo  de una manera tan escandalosa que ya molesto le preguntó.

— ¡¿Que  miras tanto muchacho del diablo?! Acaso, ¿Tengo monos en la cara?

— No, señor.

— Entonces, ¿Qué tanto miras?

— Miro porque: ¡Es la primera vez que veo una camioneta con chimenea! – y diciendo esto, carcajeándose escandalosamente se alejó del lugar.

Otra vez ocurrió lo siguiente. Un domingo en la mañana, antes de ir al estadio donde ambos debíamos cumplir nuestras correspondientes tareas, me dijo que el gran Alirio Díaz, extraordinario guitarrista venezolano, entonces visitante de nuestra capital donde estaba actuando y alumno preferido del maestro Narciso Yepes, estaba buscando una guitarra de doce cuerdas y la quería para su colección particular que era muy conocida. Como estos instrumentos se vendían en el mercado cerreño fuimos allá. Efectivamente, pletóricas, con adornos especiales, colgando de la parte alta se lucían cuatro o cinco guitarras de doce cuerdas. Como quien no quiere la cosa le solicitamos al vendedor a que nos las mostrara, eso sí, sin traslucir ningún entusiasmo para evitar que nos subiera el precio. Carlos probó una y otra hasta que eligió una muy bonita. Como se usa en estos casos, comenzamos a regatear el precio. El dueño se había plantado en ochenta soles y nosotros le ofrecíamos setenta. Tanto fue el tira y afloja que transamos en setenta y cinco y, al momento de cancelar la cuenta, el dueño nos dijo; “Como se están llevando una buena compra, voy hacerle un regalo al “negrito” y, uniendo la acción a la palabra, le entregó un librito que tenía como título: MÉTODO PARA APRENDER A TOCAR GUITARRA. Naturalmente no entendió el significado de nuestra risa carcajeante. ¡Le estaba regalando un método a quien era un maestro sin igual de la guitarra!

Recuerdo claramente que una noche sabatina – transmitían el  programa ASÍ CANTA EL CERRO DE PASCO con sus animadores propios por lo que tenía anuencia para no asistir- me encontré con Carlitos y nos pusimos a conversar. Él siempre traía noticias frescas de los grandes movimientos culturales que se desarrollaban en Lima, como conciertos, presentaciones teatrales, ballet, ópera, zarzuela, etc. y me regalaba con programas de sus conciertos en algunas instituciones culturales que lo habían invitado. Como es fácil colegir, la conversación además de nutrida y amena, era muy extensa. Ya habíamos caminado bastante tiempo y nos moríamos de frío cuando decidimos entrar en un restaurante a beber un café caliente que mucho lo necesitábamos. Entramos en el HOTEL BOLÍVAR donde había un saloncito dotado de una abrigadora estufa siempre fogosa. Aquella noche llegamos tarde. La mesa cercana al calefactor estaba ocupada por un nutrido grupo de profesores de la Universidad, con su Rector, Oscar Recoba Chévez, un gran amigo que al vernos entrar tuvo la amabilidad de invitarnos a sentarnos a su mesa, pero debido a sus compañeros apristas, me negué muy cortésmente a hacerlo. Le dije que quería dilucidar un tema muy importante con mi amigo y que después aceptaría su invitación. Creo que no es demás decir que yo desempeñaba el cargo de Presidente de la Federación de Estudiantes de la Universidad y todos aquellos profesores creían que yo era comunista por no haberme alineado con ellos. Falso. Yo mantenía mi independencia absoluta. Bueno el caso es que, aceptadas las disculpas, el Rector siguió con sus amigos y yo con el mío. Al poco rato ya estábamos enfrascados en una amena conversación cuando oímos escandalosas aclamaciones, gran salva de aplausos y comentarios de admiración a grandes voces. El chofer de la Universidad acababa de entregarle un hermoso estuche de guitarra al Rector. Éste en medio del clamoreo general, aplausos y silbatinas de aprobación, abrió el estuche y sacó una hermosa guitarra FALCÓN de concierto. ¡Qué bello instrumento! Los ojos de Carlitos brillaban al contemplar la joya. Yo quedé mudo de asombro, mucho más cuando escuché decir al Rector.

— ¡Esta es la joya más hermosa que tengo en la vida y acabo de comprarla en Lima! Me ha costado dieciocho mil soles, pero bien merece el precio. Es una magnífica guitarra de la que nunca me desharé. Solamente la quebraría en mil pedazos si encontrará que alguien la tocara mejor que yo. Pero eso es imposible. Así que para inaugurarla, voy a interpretarles un valse que está  de moda en todo el Perú. ¡Víbora!.

Las aclamaciones y vivas no se hicieron esperar y al instante hizo la introducción pertinente del vals anunciado y con mucho aliño y acierto se echó a cantar y, mientras lo hacía, yo quedé amoscado por su soberbia y falta de humildad.

Cuando hubo terminado y los aplausos no se acallaban, me acerqué a su mesa y le dije:

— Dijo usted, señor Rector, que nadie toca mejor que usted?

— Dije –me rectificó- que yo haría añicos esta guitarra si encontrara a otro que    tocara mejor que yo”.

— Entonces, ¿Puede prestármela un momento?

— ¡¿Toca usted, caballerito?!

— No, pero…! Carlos! –llamé a mi amigo que no quiso acercarse en un primer momento porque no le había pedido anuencia para hacer lo que tenía que hacer, pero cuando vio la guitarra en mis manos, se acercó, tomó una silla, la cogió, la templó brevemente y ante la admiración extraordinaria ejecutó “Los sitios de Zaragoza” poniendo al descubierto toda la gama de su arte maravilloso e inconmensurable, especialmente cuando simula el redoble de tambores y la marcha militar de inigualable contornos épicos. Cuando terminó, eran unánimes las aclamaciones en pie de los circunstantes de ésa y las otras mesas. Me entregó la guitarra que a mi vez se la devolví al Rector y tras una venia respetuosa, nos retiramos. Estábamos por sentarnos cuando escuchamos un estrépito impresionante y al dar vuelta, vimos estupefactos que el Rector  sostenía en sus manos sólo el mástil de la bella guitarra y el resto, convertido en astillas, pendía de las cuerdas. La había hecho trizas en la columna de la sala sin que nadie hiciera nada por detenerlo.

— ¡Gracias, maestro! ¡Acaba de darme una hermosa lección de humildad! ¡¡¡Usted sí es un guitarrista!!!- le dijo a Carlitos estrechándolo en un abrazo largo y emocionado. Yo sentí en el alma el triste final de la guitarra. Más edificante hubiera sido que se la regalara. Habría sido un premio excepcional.

Por lo demás, nuestra amistad con Carlos fue creciendo intensamente. La noche que estrené LA DAMA DEL ALBA de Alejandro Casona en el teatrín “Leonardo Arrieta” del INEI, lo vi en primera fila al lado de muchos fraternales amigos que siempre me han respaldado, especialmente los asistentes a la “Esquina del Morocho”. Su presencia me daba una fuerza notable porque yo sabía que me estaba apoyando en esa cruzada  que hace tiempo realizamos en nuestra tierra. Al final del cuarto acto, cuando los aplausos generosos coronaban nuestro esfuerzo, lo vi de pie, con una fogosidad extraordinaria en los aplausos y las aclamaciones y, no lo olvidaré, dos enormes lagrimones rodaron por sus mejillas morenas y buenas. Mismo sollozo que compartimos la noche en que el Cerro de Pasco se clasificaba para representar al centro del Perú en el campeonato Nacional de Básquetbol. Aquella noche, en medio de una lluvia imparable, se culminaba con una gran campaña. Don Lucho Llanos, Enrique Suárez, y Carlitos Reyes, eran los directivos de aquella empresa. Realizadores de un sueño maravilloso. No dejaban de llorar abrazados como hermanos en tanto el público empapado pero emocionado los aplaudía generosamente.

Un día que había llegado a entregar las obras, se sintió muy mal. Con el apremio que el caso requería lo trasladamos a Huariaca, un lugar bajo, respecto del Cerro de Pasco. Allí el médico nos hizo saber que, gracias al oportuno auxilio, había salvado la vida. Él no debía subir al Cerro de Pasco, su corazón estaba muy enfermo. En la tarde, cuando lo embarcamos en la Agencia Arellano nos estrechamos en un abrazo extenso e interminable que nunca olvidaré. Teníamos los ojos nublados. Fue la última vez que nos vimos. Al poco tiempo me enteré de su muerte. Me sentí tan triste y no puedo olvidar sus muestras de afecto sincero y desinteresado. Es decir nos regaló con su presencia en momentos que más lo necesitábamos. Adios amigo entrañable.

DOMINGOS POR LA TARDE

River Plate

Contaba con diez años –magia de una edad inolvidable- cuando descubrí el sortilegio de la Radio. Un pariente que ocupaba un cargo muy importante en la Railway Company, había adquirido un gigantesco aparato receptor   que despertó la admiración de los vecinos del barrio.

Colocado en la  parte más visible de la sala, ceremonioso, sintonizaba las emisoras más lejanas para impresionar a sus amigos que lo visitaban. Todos quedaban gratamente sorprendidos de admiración. No era para menos. A la simple manipulación de una pequeña manija, se contactaba con una emisora que estaba al otro lado del mundo.

Este caballeroso señor, jefe de tránsito de los ferrocarriles locales, me dispensaba  un afecto especial que nunca olvidaré. Un día tuvo la bondad de invitarme a su casa para escuchar la radio cuando quisiera. Yo no esperaba otra cosa. Todos los domingos, cumplidas mis obligaciones, cerca de las tres de la tarde llegaba a su casa y, juntos, como viejos amigos, nos poníamos a escuchar las emisoras, especialmente argentinas que, a esa hora, iniciaban sus transmisiones dominicales de fútbol. ¡Qué emoción! El milagro empezaba cuando lo “prendía” y el dial se iluminaba mostrando, como mágico reloj de milagros, una serie de números, rayas y extrañas nomenclaturas; luego de un silencio expectante le seguía una sucesión de ronquidos y silbidos alternados,  como si la transmisión llegara de un planeta lejano. Entre roncas vibraciones y agudos pitidos interplanetarios (así lo habíamos visto en las películas de Flash Gordon), la aguja, parecida a la única manecilla de un reloj, giraba por los 49 metros de la onda corta y, en cuanto captaba la señal, todo cambiaba. Ya estábamos en Buenos Aires, a través de las ondas de El Mundo, Radio Belgrano, Splendid, Rivadavia, Mitre.  Donde se escuchara el peculiar sonido futbolero, ahí nos quedábamos. A partir de  ese instante la señal llegaba con una claridad asombrosamente nítida. No me extraña. Estábamos ubicados en las lindes astrales de cinco mil  metros sobre el nivel del mar, cerca de Dios y asentados sobre  un colosal basamento de cobre puro que, con una fuerza poderosa, atraía las ondas hertzianas desde inalcanzables latitudes geográficas, aunque, allí, en la mágica caja de la radio, estuviera a unos milímetros solamente. ¡Cómo me encantaba el fútbol! En la vidriera sonora de entonces, cada una de las radios nombradas tenía a sus relatores, comentaristas y locutores deportivos. Entre los primeros estaban: Horacio  Beblo, Enzo Ardigó, el Relator Olímpico y Lalo Pelicciari. Pero, el más grande de todos, el maestro Fioravanti. ¿Cómo olvidar aquella maravillosa  experiencia de escucharlo a centenares de kilómetros de distancia?

Con el corazón galopante concentrábamos toda nuestra atención en la mágica descripción con que el maestro relataba lo acontecía en el campo. Acicalado y modoso, llamaba FIELD al campo de juego. Era la moda.

— ¡¡¡Ha ingresado en el field, triunfante y arrolladora LA MÁQUINA del River Plate!!!

La explosión de un bullicio compacto, impresionante, avasallante, llegaba hasta nosotros, haciéndonos sentir integrantes de ese fantástico espectáculo. Mi corazón, mi pobre corazón de niño huérfano, galopaba a mil kilómetros por hora y parecía que iría a salírseme por la boca. Nos sentíamos sentados en la tribuna del estadio argentino. Con atención, casi con reverencia, escuchábamos la conformación del equipo:

—¡Don José Soriano, “El  caballero del Deporte”, como capitán general, guardando el arco millonario! -decía Fioravanti.

¡Qué emoción!  ¡Qué orgullo! ¡Un peruano triunfador! Con su nombre antepuesto por un don, del tamaño del respeto y admiración argentinos en la voz del maestro inolvidable,   respaldado por el aplauso justo y emotivo de un público entendido.

— ¡Ricardo Vaghi y Norberto “Estampilla” Yácono, en la defensa del área. (Aquella vez, sólo dos hombres guardaban tremenda área marcada de cal). ¡Otra ráfaga de aplausos, gritos y maquinitas deportivas,  avivaba la narración que se oía lejana, como de otro mundo. Luego continuaba. La  línea medular de Alves con Alberto Gallo, Antonio Báez y Roberto Coll –más aplausos y maquinitas.

— En la delantera -decía el maestro en medio de una explosión de palmas y gritos de la hinchada millonaria- ¡Juan Carlos Muñoz, de winger derecho; José Manuel Moreno, de insider derecho; Adolfo Pedernera, de centro forward; Ángel Amadeo Labruna, de insider izquierdo y, Félix Lousteau, de winger izquierdo! Tras cada nombramiento, gritos, aplausos y la reventazón de cohetes ensordecedores. Eso era en mi caso. En el del tío Santiago, hincha por  lealtad laboral,  cuando uno de los  protagonistas era FERROCARRIL OESTE.

Durante los noventa minutos que duraba el partido, vibrábamos con la voz siempre amiga, siempre grata del inolvidable maestro Fioravanti. ¡Qué imborrables tardes aquellas! Tras cada gol con su grito inacabable de triunfo, mi pobre corazón reclamaba el abrazo del padre que nunca tuve. Sólo la cómplice sonrisa del viejo carrilano lo reemplazaba. ¡Que Dios lo bendiga! Tres días después, volvíamos a vivir la emoción del encuentro en las crónicas escritas de Oswaldo Ardizzone, Dante Panzeri, Onelio Lazzati, Pepe Peña, Armando y Liberti en las páginas de la extraordinaria revista que guarda en sus páginas la historia viva del deporte argentino, EL GRÁFICO. Allí escribía otro “Señor” del fútbol, un periodista asombroso, don Ricardo Lorenzo “Borocotó”. Nunca alcancé a leer otra pluma más hermosa especialmente cuando refería pasajes de la historia del “fóbal” en sus famosas “Apiladas”. Cuando puntualizaba las hazañas de los mejores, principalmente de aquellos pibes que emergieron de los potreros argentinos para coronarse en la cima de la gloria. Aquellas notas asombrosamente conmovedoras, estaban urdidas con un acicalamiento y emotividad inolvidables. ¡Qué grande “Borocotó”!

Por aquellos días –permítanme la digresión- con los chicos de la escuela, yo conformaba un “Team” muy temible que representaba al Segundo “A” de primaria y al que le puse “La Máquina” como la de River. Al vernos jugar tan acicaladamente con pases precisos y gambetas elegantes, nuestro maestro de la sección, Mamerto Galarza Mayor, “El Gato”, en  el paroxismo de la admiración lo cambió por: “LA BORDADORA”. Fue la oncena al que sólo los grandazos del sexto año, con muy malas artes y a punto de patadas, doblegó en el  campeonato Intersecciones de aquel año de 1945. ¡Quedamos segundos después de bailar a tremendos rompepiernas!. En la delantera de aquel equipo jugábamos, Fena Livia Chávez, un mago espectacular para mover el balón; El Pato” Pagán, “Uto” Soto, Agustín Bustamante, Humberto Bernuy, Antonio “Cara de palo” Quintana y, yo, el “Cushuro”. ¡Cómo olvidarlo!

Aquel año lucimos unas camisetas moradas con rayas negras de mangas largas y pasadores en el cuello que nos regaló don Cipriano Proaño, Alcalde del pueblo. Y nos las regaló porque nadie se había atrevido a comprar aquellos uniformes de colores tan tétricos como para una funeraria. Con esas camisetas descomunales, que nos llegaban hasta los talones  causamos sensación en la escuela. ¡“La Bordadora”!. Al finalizar el último partido del campeonato, grité como nunca. ¡La Bordadora es como la “Máquina” del River!  Todos me aplaudieron.

Por otro lado –anudando los hilos del recuerdo- estábamos muy bien enterados del acontecer futbolístico argentino de aquellos días. Particularmente para mí constituía una gran satisfacción llegar al Club “Centro Tarmeño”, en cuya salita de estar podía ver a Máximo Lazo, notable centro delantero; Enrique Wilson, incomparable wing izquierdo; Abel Herrera, insider derecho colosal; Benito Alfaro, salido de las canteras del “Huracán”, con un toque maravilloso de pelota y otros maestros del fútbol. Tras saludarlos, solicitaba al bibliotecario el último número de aquella joya del periodismo deportivo de entonces: EL GRÁFICO. ¡Qué emoción! Conocer a través de las fotografías a los cinco de la “Máquina del River” ya nombrados y a las estrellas de otros clubes como Mario Boyé, Arsenio Erico, Bernabé, “La Fiera” Ferreira”, “Tucho” Méndez, con su pinta de actor de cine; “El zorro” Stábile, Ángel Perucca, René Pontoni, Antonio Mourino, León Strembell, Ezra Zued, Juan Carlos Colman, y tantos y tantos cracks que nos hicieron soñar. La influencia del fútbol argentino fue tanta en nuestra tierra que, a lo largo y ancho de su territorio, destacaron equipos de barrio como: San Lorenzo de Almagro, River Plate, Independiente, Huracán, Racing, Atlético Banfield Club, etc.

Cuánto bien nos habría hecho ver jugar a nuestros ídolos como ven los chicos de  ahora, en la televisión. Sin embargo, inspirados por es  maravillosa intuición de niños, hilvanábamos jugadas notables. Es más, con Fena Livia fuimos los primeros en imitar a ese gran jugador nuestro, Baldomero Meza Limas, “Challwa”. Él era el único que realizaba espectaculares  “Chalacas” que otros llaman “Caracoles”. Con Fena cobrábamos cinco centavos por cada “Chalaca” espectacular que efectuábamos a la orilla de la laguna de Patarcocha. Los mayores nos pagaban gustosos por las demostraciones. Nuestro principal cliente era “Michilín” Gutiérrez. Algunos aprendieron, otros no, pero tras numerosas  demostraciones teníamos para pagar las entradas a las seriales de los viernes el en “Cine Grau”. Los domingos eran sagrados para mí. Ese día estaba destinado a vivir las más grandes emociones con los relatos transmitidos por la radio que, al fin y al cabo, eran la máxima diversión que podía alcanzar. En tanto los escuchaba, soñaba –mi ilusión infantil de aquellos años- conque algún día integraría un equipo famoso como el River, o llegaría a ser un brillante narrador de fútbol como Fioravanti. El primer deseo no se cumplió, pero el segundo sí. Con creces. Fui relator radial de las emisoras de mi pueblo con solvencia y con cariño. ¿Lo recuerdan…?

La fabulosa “Máquina” del River Plate de Buenos Aires. Están Muñoz, Moreno, Pedernera, Labruna y Losteau.

la maquina de river plate
La fabulosa “Máquina” del River Plate de Buenos Aires. Están Muñoz, Moreno, Pedernera, Labruna y Losteau.