ATARDECER CERREÑO (Fotografía de don Miguel Lavado)

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El sol que durante el día ha iluminado el paisaje de nuestra ciudad cimera, ha recostado su cansancio tras las montañas nevadas dando paso a la oscuridad. A contraluz se puede distinguir la silueta de la histórica torre del Hospital Carrión que, por más de dos siglos,  ha marcado la sístole y diástole de la tierra heroica. El mágico contraste de este hermoso atardecer fue captado por don Miguel Lavado, un notable fotógrafo cerreño

A propósito.

Aquellos peruanos que tuvieron la intuición y arte de fijar en placas inolvidables pasajes de la historia patria, fueron numerosos

Comenzaremos por el genial cusqueño, Martín Chambi (1851 – 1973) seguido por el huancavelicano, Teófilo Hinostroza Irrazábal, (1914 -1919) nacido en Colcabamba, provincia de Tayacaja, conocido como “El Chambi del Centro” porque como Martín Chambi, retrató las miserias y grandezas de su entorno.

Hinostroza nació en 1914, en Colcabamba, provincia de Tayacaja, departamento de Huancavelica. Su padre fue el hacendado huancavelicano Francisco Hinostroza y su madre doña Faustina Irrazábal.

A los 15 años, fue matriculado por su madre en un colegio de Huancayo, donde tuvo la suerte de trabajar como ayudante del fotógrafo Fortunato Pecho. Allí aprendió el oficio, pero más tarde se impuso su talento, su indudable calidad de observador zahorí y fotógrafo del Perú profundo.

Thissen, al valorar la obra de Hinostroza, dice: “Tenía ojo de artista, era un maestro de la composición, con elección de buenos encuadres y perspectivas. A veces tomaba fotos por el puro gusto de las líneas, de gran simplicidad, como por ejemplo unas chacras donde resaltan los juegos de curvas o rectas”. (…) “Manejaba con destreza los juegos de luces y sombras, con contrastes marcados; los cielos con nubes cargadas, los contraluces audaces y los atardeceres eran su predilección. Pero también hacía tomas de paisajes donde predominaban los grises, logrando vistas originales y de gran belleza”.

Es decir, una inusitada como maravillosa revelación y rescate de un fotógrafo que regresa del pasado, debido al paciente trabajo de Gervasio Thissen. Pero también por la magia de las palabras de Leo Casas Ballón, quien como José María Arguedas lo conoció y disfrutó de su fecunda e imperecedera amistad. Un total de 58 fotografías permiten una visión del aporte cultural de Teófilo Hinostroza.

Dejando de lado la genialidad del francés Eugene Courret que ocupa lugar preferencial en estos menesteres, en el Cerro de Pasco, donde se han perdido no sólo valiosos documentos, debido a la incuria y abandono de sus hijos, hubo –de lo que conocemos- buenos aristas del lente: Ordóñez, Mariño, Barzola, Saavedra y sobre todo, un verdadero artista, Miguel Lavado, que plasmó en placas inolvidables los retratos de los personajes notables, principalmente autoridades locales además de algunas escenas familiares y sociales de gran valor artístico más importantes del Cerro de Pasco. Miguel Lavado fue un excelente retratista.

¿Sabía usted….?

 Middendorff, fue un médico y erudito humanista, que estudió la realidad peruana durante la segunda mitad del siglo XIX. Hizo una vívida descripción de la ciudad de Cerro de Pasco. (Middendorff, E. W.: PERÚ, observaciones y estudios del país y sus habitantes  durante una permanencia de 25 años. Tomo III, La Sierra. Primera Versión Española. Universidad Nacional de San Marcos, 1974).

¿Cuál es el valor de la obra ‘El Perú’ de Middendorf para el estudio de la historia del siglo XIX? Patricio Alvarado Luna, dice “Entre los viajeros extranjeros que visitan y recorren el Perú en la segunda mitad del siglo XIX, quizás no haya otro tan importante como E. W. Middendorf. Nacido en Alemania en 1830 y tras graduarse de sus estudios en medicina, entre 1854 y 1855 emprende un viaje por Australia y Chile para llegar en 1855, por primera vez, al Perú”.

“Culminada su última estancia en el Perú y de regreso en Alemania, entre 1893-1894 publica “El Perú“, una obra enciclopédica en la cual se encuentra una gran variedad de información, lo que demuestra la curiosidad de su autor” (…). Middendorf obtiene información de primera mano. Su obra es una descripción total del Perú”.

“La obra de Middendorf termina siendo una obra de referencia con un visión completa sobre el Perú, donde se encuentra información de primera mano y de mucha utilidad para el estudio de la historia del siglo XIX, dado que, como ya se mencionó, el autor vive los cambios, tanto políticos como sociales, económicos y culturales, que pasa el Perú durante la segunda mitad de la centuria”.

 

 

 

 

Sebastián Estrella Robles (Biografía)

sebastian-estrella-roblesFue un notable periodista, fundador del Diario «Los Andes» y Fiscal del Departamento de Junín, en la primera década del pasado siglo. Nació en el pueblo de Qiulacocha, el 20 de enero de 1859, siendo sus padres don Victorino Estrella y doña Francisca Robles, ambos vecinos de ese pueblo.

Hizo sus primeros estudios en el Cerro de Pasco y luego pasó a estudiar secundaria en el Colegio de Nuestra Señora de Guadalupe. Terminada la secundaria, pasó a la Universidad Mayor de San Marcos donde se graduó de Bachiller en Jurisprudencia, el 24 de diciembre de 1883. Siete años más tarde, el 15 de diciembre de 1890, se recibió de abogado.

Durante la ocupación chilena residía en Lima donde, además de combatir, sufrió los riesgos del caso, habiendo cerrado filas como policía, con lo que supo sobrevivir. Después colaboró en «El Nacional», periódico de la capital, dirigido entonces por los doctores Manuel María del Valle y Cesáreo Chacaltana, quienes lo distinguieron por su notable capacidad.

De regreso a su tierra natal se dedicó al ejercicio de su profesión fundando periódicos y colaborando en cuantos se han editado en el Cerro de Pasco como «El Cerreño», «La Unión», «La Semana». El año de 1911, funda el combativo diario «Los Andes» que, ya en su segunda época, fue dirigido por don Silverio Urbina y más tarde por su hijo Andrés.

Al fallecer en 1890 el Fiscal don Pablo Arias, es elegido en su reemplazo como Fiscal del Departamento de Junín.

Después de una vida ejemplar y luminosa, fallece el 13 de junio de 1912, oportunidad en la que todos los periódicos y revistas de la capital del Perú, le dedicaron sendos homenajes y semblanzas haciendo conocer de su labor.

¿Sabía usted….?

Que por el desconocimiento de nuestra historia, el periodismo y autoridades locales acordaron celebrar el “Primer centenario” del Cerro de Pasco, el 10 de enero de 1940, lanzando iniciativas para programar “adecuadamente” el centenario. Entre ellas, el proyecto de erigir un monumento a Huaricapcha “descubridor” de las minas cerreñas. Es decir un monumento a un ser legendario que jamás existió. Otra iniciativa, muy plausible, fue la de exigir la construcción de un Hospital del Seguro Social. Por su parte, el intelectual jaujino, Clodoaldo Alberto Espinoza Bravo, que tanto quiso al Cerro de Pasco, lanza la idea de realizar un homenaje nacional al inca Garcilaso de la Vega con ocasión de su Cuarto Centenario. La más plausible de estas iniciativas fue la del Concejo Provincial de Pasco de solicitar al Poder Público la creación de un Colegio Nacional de Instrucción Media para la ciudad.

Lo que en realidad quisieron celebrar fue el centenario de la Ley dada por el Congreso Constituyente de Huancayo que, en esa fecha y el siglo anterior, le confería a nuestra ciudad el título de “Opulenta Ciudad”. Todos sabían que nuestra ciudad contaba con más de cuatro siglos de vida.

Bueno, esto seguirá así mientras nos gobiernen los “Trueno” Rivera; “Bobby Charlton” Espinoza; “Chiri Gallo” Quispe y otros tantos sujetos que creen que el conocimiento de nuestra historia no merece atención alguna. Lástima.

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La cabeza voladora (Cuento)

la-cabeza-voladora-cuentoAquellos tiempos en que la opulencia del Cerro de Pasco era significativamente turbadora, un riquísimo señorón dueño de las minas más boyantes de la época: De Pariajirca a Quiulacocha, de Cayac Chico a Yanacancha, de Shihuayro a la Docena, de Yurajhuanca a Cruz Verde; decenas de yacimientos generosos que cubrían la extensión de toda la naciente ciudad minera y aledaños.

Este acaudalado minero tenía siete hijos varones que le ayudaban en el trabajo de sus yacimientos y, una sola hija mujer, cuya llegada al mundo le había costado la vida a su esposa. Si los varones eran su orgullo por el generoso brazo que aportaban en la explotación de los filones, era la niña, luz de sus ojos y alegría de su corazón. Intensamente rubia, como si las hebras de su cabello fueran de oro reluciente, su risa argentina tintineaba en la ranchería minera a toda hora. Nunca estaba quieta. Desde las primeras horas del alba sus  pasos menudos resonaban en la estancia en el diario trajín de la labor hogareña. Preparaba reconfortantes desayunos para que su padre y hermanos iniciaran con gran brío la diaria labor minera. Durante el día, en tanto el fogón sazonaba locros sabrosos y frituras crepitantes, ella tejía bufandas, chompas, guantes y medias; lavaba y planchaba la ropa de la familia; limpiaba la casa con una meticulosidad extraordinaria; preparaba riquísimos dulces con frutas y chancacas huanuqueñas; bordaba primorosos manteles que eran impresionante estallido de flores y mariposas multicolores. Lo dicho. Era la reina del hogar y el contento de su padre.

Su ayudante y cuidadora era una vieja mujer, desgarbada y  herméticamente y misteriosa, que la amaba con extraña predilección. Había quedado de niñera de la rubiecita cuando murió la madre.

Las cenas nocturnas presididas por el patriarcal anciano  tenían la virtud de congregar a toda la familia en conmovedora fraternidad hogareña. Cada uno de los siete mozos, todavía con las botas puestas, informaban al viejo de lo ocurrido en la mina; éste escuchaba, y cuando juzgaba necesario, preguntaba. Entretanto, escanciaban la sopera y fuentes de guisos y frituras. La joven, rubia como un sol, los atendía solícita y silenciosamente.

Terminada la limpieza y después de estampar sendos besos en la mejilla de su padre y hermanos, se retiraba al aposento que compartía con su nodriza. Ya en su alcoba, apartada de la vista de los suyos, escuchaba extasiada los cuentos misteriosos y las iniciaciones esotéricas que la vieja le endilgaba por horas enteras. Cansada de tanta plática quedaba profundamente dormida.

Así fueron transcurriendo los inviernos con crueles ramalazos de rayos y truenos; con la silenciosa cobertura de nívea suavidad, con sus chaparrones, granizos y trombas de agua. Pasaron los veranos con los cielos abiertos y enormes en cuyo azul majestuoso  el sol lucía imponente en el día y los luceros parpadeaban luminiscencias extrañas y distantes por las noches; con las minúsculas esquirlas de la escarcha que en un santiamén convertían en carámbanos colgantes las aguas de las goteras; con la amaneciente opacidad de las escarchas.

Un día -pueblo chico infierno grande-, entre aspavientos y ojos abiertos de asombro, un minero reveló el secreto a otro; éste se lo dijo a su mujer que a su vez se lo contó a una comadre; y así lo llegaron a saber las huanquitas aguadoras y el matarife y la moledora de metales y el pallaquero y la comadrona y el sacristán; el rumor incontenible se difundió por todos lados que hasta los pastores de las estancias más lejanas, los arrieros incansables y los viajeros trashumantes, lo llegaron a conocer. La hija del minero ricachón, aquella rubiecita encantadora de sonrisa contagiosa: ¡Era bruja!…

Los cerreños, entre rezos y estremecimientos lo llegaron a saber, menos –cosa extraña- el padre y los hermanos. Hasta que una noche, el hermano mayor, al levantarse de la cama de la mujer con la que tenía amores, fue increpado por ésta.

— ¿Por qué me dejas tan temprano?…- dijo acaramelada.

— No puedo llegar tarde a mi casa. Mi padre se disgustaría. Mañana tengo que trabajar en la mina.

— No seas malo pues… ven – suplicaba la mujer.

— ¡No!- la respuesta fue tan rotunda y tajante que ofendió a la mujer.

— ¡Oye! –Dijo con ira la querida desairada- ¡Tu padre de quien debe preocuparse, no es de ti, sino de tu hermana….!

—  ¡¿…Qué?!… ¡¿De mi hermana?…!

—  ¡Claro… de esa bruja!

— ¡¿Qué estás diciendo, maldita?…!- y un sonoro bofetón convirtió la boca de la querida en una rosa sangrante de imprecaciones mortales.

— ¡Tu hermana es una vil y maldita bruja!… Y para que lo sepas… a esta hora seguramente ni ha llegado a tu casa… ¡Imbécil…!

El hombre castigó con saña a la querida hasta dejarla inconsciente, pero sus palabras, quedaron prendidas en su conciencia como dardos venenosos. Como un sonámbulo llegó a su casa y luego de despertarlos  contó a sus hermanos lo que le había ocurrido. Ninguno creyó ni un ápice de la tenebrosa historia. Nadie podía dar cabida en su mente ni en su corazón la monstruosa versión. Entonces, urgidos por el mayor, espiaron silenciosamente a su hermana durante algunas noches hasta que un viernes de luminoso plenilunio -justo a la medianoche- vieron abrirse la ventana de su alcoba de donde, como un ave misteriosa, salía una cabeza de pródiga cabellera blonda desplazándose ingrávida por los aires como si se tratara de un globo caprichoso y juguetón. Acompañándola, una escuálida perra amarilla, ladrando, jugueteando misteriosamente con ella, tratando de guiarla. Después de un buen rato de juego, cabeza y perra, desaparecieron por los aires. Estremecidos, los hermanos decidieron perseguir aquellas fantásticas  apariciones.

Entretanto, el viejo minero, alarmado por el ruido originado, salió al patio y llamó a grandes voces. Nadie contestó. Temeroso de que pudiera sucederle alguna desgracia a su engreída, subió a grandes trancos las escaleras que conducían a su alcoba; llamó con los nudillos, después a grandes voces y al no encontrar respuesta alguna, echó la puerta abajo. Lo que vieron sus ojos lo dejaron petrificado. Incapaz de hilvanar sus ideas sólo atinó a contemplar el macabro espectáculo. ¡Su hija estaba sin cabeza! Más allá, sobre su cama, la vieja mujer yacía como muerta. Un grito de horror retumbó en la estancia y el añoso minero rodó inconsciente por los suelos.

En todo ese tiempo, jadeantes y sudorosos los jóvenes seguían a la cabeza rubia que se desplazaba rauda por los aires guiada por la escuálida perra amarilla; los ojos brillantes como ascuas,  los pelos al aire como diabólicos flecos; el rostro desencajado y las fauces abiertas y babeantes donde se le habían pronunciado dos filosos caninos; sus mandíbulas -satánicas bisagras- se abrían y cerraban con una continuidad espantosa de ruidosas y espectrales tijeras.

— ¡Tac!… ¡Tac!… ¡Tac! -sus dientes producían metálicos sonidos que estremecían la noche cerreña.

La cabeza infernal, desde considerable altura iba de un lado a otro como si buscara algo; desde allí miraba a la perra amarilla que, incansable y juguetona, le señalaba el itinerario a seguir. Desde su escondite los hermanos contemplaban, sin ser vistos, los destellos que emitía la rubia cabeza de cabellos flotantes iluminada por la luna. Llegando al Misti se detuvo en la laguna de Lilicocha donde, coqueta, se regodeaba contemplando su rostro espectral en la superficie de las aguas; de allí, como un cernícalo hambriento, fue a posarse sobre el castillo de la mina Excelsior. Los canes del barrio se alocaban alargándose en lúgubres aullidos como denunciando, incansables, la presencia de la muerte.

Cuando la cabeza voladora llegó a la plaza Chaupimarca, temerosa de la casa de Dios, se alejó por la calle Grau, por la del hospital y luego Amazonas hasta el Tajo Shihuayro en cuya lumbrera, con los pelos sueltos al viento, los ojos relampagueantes y las mandíbulas sonantes como hambrientas tijeras, oteaba de un lado a otro…

— ¿Qué hace, Dios mío? – Preguntó el hermano menor.

— Parece que busca una víctima para matarla –contestó el mayor, acezante por la correría nocturna.

Pasado un buen rato sin que ningún mortal apareciera, la cabeza volvió a elevarse atravesando los andurriales de Gayachacuna y cruzando las calles de la Chancayana y Digo-Digo terminó posándose en las alturas de Mesapata; desde allí, sin que sus hermanos se dejaran ver, continuó atareada en su busca de gente para matarla. Al ver que la cabeza infernal volaba cada vez más rauda y que sería muy difícil alcanzarla, decidieron regresar a la casa paterna con el fin de preparar una trampa para cazarla.

Al llegar a la casa, apoyados por peones de la mina, reanimaron al padre y armados de fuertes reatas, sogas, costales y zumbadores, tendieron un cerco para aprisionar a los espectros nocturnos.

No tuvieron que esperar mucho. Cuando vieron a la perra amarilla pugnando por entrar en la casa, todos a una cayeron sorpresivamente sobre ella  que se defendía con terribles dentelladas en tanto la voz gangosa –voz de la criada- maldecía como una condenada. Mientras la lucha con la perra continuaba afuera, la cabeza voladora, como impulsada por una fuerza maligna, entró por la ventana abierta del dormitorio y fue a pegarse aparatosamente, emitiendo un chasquido infernal, al cuerpo yaciente de la joven.

Alborotados por el escándalo que hacía la perra cautiva, hombres y mujeres del pueblo, convergieron con en la casa del viejo millonario. Paralelamente, un grupo de piadosas mujeres fue a la iglesia de Santa Rosa para informar a Fray Sancho de Córdova que, provisto de agua bendita, crucifijo, cáliz, hostias, breviarios, incienso, un maletín y un hermético libro negro, llegó al lugar del acontecimiento.

Ante la expectante curiosidad de la muchedumbre cada vez más numerosa se puso el alba sobre el hábito fijándola con el cíngulo, cogió un enorme crucifijo de plata y se acercó a la joven a quien, después de decir unas oraciones, comenzó a interrogar.

— Niña… ¿Crees en Dios?…

— ¡Sí, padre; sí!…

— ¿Sabes que estabas al servicio del demonio?…

— ¡No, padre, no!… – Se alarmó la joven.

— ¿No sabes que tu cabeza, separada de tu cuerpo, deambulaba por las noches volando por los aires?…

— No, padre;  ¡No lo sé!…- Sus ojos claros denotaron terrible sorpresa.

— ¿Qué es para ti la mujer que te cuida?…

— Ella es mi acompañante, padre…

— ¿Nunca te habló del demonio?…

— No, padre, del demonio, no; sólo me ha referido la existencia de un ser extraordinario de grandísimo poder al que ella llama: El Príncipe de las Tinieblas…

— ¡Es el demonio!…

— ¡Padre!… -Estuvo a punto de gritar aterrorizada la joven.

— No te alarmes, hija; sólo quiero que me digas lo que hacías con ella en las noches de los viernes en tu alcoba.

— Bueno, padre… Mi nodriza me untaba la cara con una extraña pomada asegurándome que con ella me pondría bonita…

— ¿Qué más?…

— Mientras iba frotándome la cara, pronunciaba extrañas palabras en un idioma que desconozco…

— ¿Qué más?…

— ¡Nada… nada más!… Yo me quedaba dormida mientras ella hablaba.

— ¿No recuerdas nada más?…

— ¡Nada, padre, nada! – Comenzó a sollozar asustada.

— ¡Claro!…¡La maldita hechicera te dormía y te utilizaba para servir al demonio!…

Después de escuchar la confesión de la joven, rezó complicada y extensa oración en latín, después la absolvió.

Un grupo de ancianas piadosas oraba de rodillas respaldando las maniobras de fray Sancho en tanto el resto –turba encolerizada- aprisionaba fuertemente a la esquelética perra  que, por extraños misterios, hacía gala de una fuerza extraordinaria. En un instante, ante el estupor del gentío, la vieja nodriza volvió en sí. Al verla consciente, el cura, leyó en voz alta una extraña oración del gigantesco libro negro y encarando a la mujer comenzó a interpelarla.

— ¡Te conmino en nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, a que nos digas tus pecados en confesión que te librará del Maligno!…

— Sí, padre –respondió la mujer aparentando humildad.

— ¡¿Cuándo te iniciaste en el ejercicio de la brujería?…!

— Muy joven, padre. Fueron unas mujeres de mi pueblo las que me iniciaron para que en una misa negra nos convirtiéramos en esposas de él.

— ¡¿De quién?…!

— De Lucifer, padre…

— ¡Del demonio!…

— Sí, sí; padre!…

— ¿Por qué?…!

— Caímos en su poder!…

— ¿Cuántas son ustedes?…

— Siete…

— ¿Dónde están las otras?…

— En distintos lugares. Nos reunimos cada año a la primera luna nueva…

— ¡¿Cómo le sirves a Satanás?…!

— Primero convertida en cabeza voladora y dando muerte a los hombres y mujeres cuyas almas son para mi amo.

— ¿Eso es lo que querías hacer con tu niña rubia?…!

— Sí….

— ¿Lo lograste?…

— No. Ella es demasiado pura y buena. Dios la está protegiendo…

— ¿Y cómo utilizabas su cabeza?…

— Yo ya no tengo fuerzas. Quería que ella me reemplazara. La hipnoticé y la hice seguirme en sueños…

— ¿Cómo la hacías dormir?…

— Con la oración especial y con el ungüento mágico para frotarle la cara, que me dio mi amo…

— ¡¿De qué está hecho ese menjunje..?!

— De hierba mora adormecedora…

— ¡¿Qué más?…!

— Belladona… ruda…

— ¡¿Con todo eso hacen la pomada?…!

— Si, padre… Utilizamos como base la sangre y la grasa de los niños recién nacidos, sin bautizo…

— ¡¿Con eso untabas a la niña que tenías que cuidar….?!

— ¡…Sí!…

—  ¿Te arrepientes?…

— Sí, padre…

— Habiendo escuchado tus pecados de los que te arrepientes, te purificaré con leche y manteca, que es lo más apropiado en este caso, conjurando a Satanás para que abandone tu cuerpo –simultáneamente, mientras rezaba, iba untando el cuerpo de la bruja.

— Toma manteca traída de un redil santo, leche traída de un establo casto. Sobre la manteca inmaculada del redil deshaz el encantamiento. Embadurna a la enferma, hija de Dios verdadero a fin de que sea pura como la manteca, para que sea limpia como la leche.

— ¡Que su piel brille como plata pulida!…

— ¡Que sea clara como el cobre brillante!….

Tras haberle embadurnado la cara, las manos, los pies y el pecho a la posesa, tratando de purificarla, el sacerdote procedió a trazar el círculo mágico con yeso, alrededor,  guiado por el libro de los exorcismos. Su voz retumbó en el ámbito cuando dijo:

— ¡Cierra a esta mujer en el círculo, en el gran círculo de yeso. La puerta con cierre a la derecha y a la izquierda… ¡Ciérrala!.. ¡Las malas artes sean conjuradas con todo lo que haya de mal!…

En ese instante la mujer profirió un grito horripilante que hizo estremecer a todos los presentes. Era una voz cavernosa y profunda y bronca, no de la vieja mujer… ¡Era el demonio.!…

— ¡ Noooo!

Poseída por Satanás, el cuerpo de la mujer comenzó a convulsionarse aparatosamente, cubriéndose de copiosas transpiraciones y fétidas excreciones. Sus labios proferían horrendas palabras en latín. Todo era que fray Sancho le acercara la cruz a la cara y la posesa gritaba con la voz del Demonio. Por su parte, sudoroso el sacerdote, tratando de hacer escuchar sus fórmulas eclesiales, gritaba también…

— ¡¡¡Vade retro, Satanás !!!…. ¡¡¡Vade retro.!!!…

En esa lucha interminable estuvieron enfrascados muchísimo tiempo, hasta que cercana la medianoche –rendido y acongojado- el santo fraile dijo que el demonio no quería abandonar el cuerpo de su servidora. Al escuchar esta noticia, hombres y mujeres ataron fuertemente el cuerpo de la hechicera y lo condujeron al cerro de Gayachacuna para colocarla sobre una pira ex profesamente levantada. A poco de arder alimentado por abundantes leños traídos por las mujeres, el cuerpo de la mujer explotó aparatosamente inundando los aires de un hedor insoportable con fuertes emanaciones de azufre.

Sólo así el pueblo minero pudo librarse del anticristo que finalmente pudo llevarse el cuerpo de su sirvienta a las sombras del infierno.

 

Pedro Caballero y Lira (Biografía)

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Hijo del ciudadano cerreño Don Francisco  Caballero y la dama jaujina doña Rosalía Lira de Caballero, nació en la ciudad de Lima en 1870.

Efectuados sus estudios en medio de las dramáticas contingencias de la Guerra con Chile y la consiguiente ocupación enemiga, llega a conocer la tierra de su padre, un acaudalado minero, en junio de 1887 y se instala en su casa solariega de la Calle Parra.

Funda el Instituto EL PORVENIR en compañía del abogado Francisco Samanamud. En este plantel particular se dictaban cursos para alumnos de educación primaria y los 1º y 2º años de secundaria, otorgando becas a los más distinguidos.

En el año de 1894 fue profesor de la Escuela Particular de Pasco luego ejerció la docencia en el Colegio Particular de las Reverendas Madres Terciarias cuya Directora, Reverenda Madre Isabel del Santo Sudario, hizo una labor muy interesante para la gente pudiente de la localidad.

Ocupó numerosos cargos administrativos demostrando mucha probidad y eficiencia. Secretario de la Junta Departamental de Junín, Comisionado Especial para la actuación de la matrícula de Contribuciones de la Provincia de Jauja, Diputado Distrital y Síndico de Rentas del Concejo Provincial, Director de la Beneficencia Pública en el que conjuntamente con don Cipriano Proaño, remodeló el Hospital La Providencia. Cambió el nombre del Hospital “La Providencia”, por el de nuestro mártir. En 1896 funda EL MINERO ILUSTRADO, periódico que cumplió una labor de información y orientación muy respetables. Lamentablemente, toda la esperanza que el pueblo había depositado en su capacidad se destruyó cuando en forma ostensible decidió apoyar las acciones de la compañía norteameri­cana en las elecciones de 1908. Esto jamás el pueblo pudo olvidarlo. (Felizmente todo   cambió en el periódico gracias a don Gerardo Patiño López, un hombre íntegro que, inclusive, sufrió persecuciones por servir a su pueblo que jamás lo olvidará)

 

Marino Chunga Pingo (Un trompetista inolvidable)

marion-chunga-pingoHabía llegado dirigiendo la Banda de un circo que andaba de mal en peor. No sólo los animales -atracción del espectáculo- enfermaron negándose a comer o movilizarse siquiera sino que las lluvias y extrañas heladas nocturnas (en época de invierno nunca helaba), agravaron la situación. Las magras entradas de aquellas noches borrascosas y las riesgosas presentaciones en esta Siberia andina determinaron el apresurado alejamiento de los cirqueros. A él le cancelaron el contrato y lo dejaron varado con el único pago de un gracioso monito que, vendido a un suertero, le permitió seguir tirando para adelante.

En esas circunstancias y, accidentalmente, nos conocimos. Una mañana se presentó a la Radio en busca de algún “cachuelo” con qué pagar sus gastos más apremiantes. Bajo de estatura, algo fornido, de piel aceitunada, mezcla de chino, negro y cholo, tenía un par de ojitos permanentemente brillantes y traviesos; en su achinado rostro oscuro, siempre sonriente, se podía ver la marca que imprimía en sus labios, el oficio que realizaba. Me dijo ser oriundo de un pueblo cercano a San Miguel de Piura y que su nombre era, Marino. Había aprendido desde niño los secretos de la trompeta y otros instrumentos musicales; que había alternado mucho con los hermanos Neciosup, amos y señores de su instrumento en el norte del país; que lo único a lo que se había dedicado era a la música, nunca otra cosa, jamás otras inquietudes; que le urgía encontrar la manera de seguir viviendo porque sus exiguas ganancias se habían hecho humo con sus gastos más urgentes. Aquí, no conocía a nadie. Naturalmente, debido a su calidad artística prometí encontrarle una “pega”.

Lo que son las cosas.

Un sábado –dos días después de conocerlo- me encuentro con el desesperado director de una orquesta, muy popular en aquellos momentos, que estaba preocupadísimo. Esa noche tenía un compromiso en el “Club de la Unión” que estaba de aniversario, pero –me dijo muy apesadumbrado- “mi trompetista se ha “avivado” y se niega a actuar si no le pago el doble que de costumbre porque dice que como me van a pagar muy bien, él quiere compartir equitativamente de las ganancias”.

¡Miel sobre hojuelas!

Muy alegre le dije que sus preocupaciones habían terminado porque yo tenía al hombre justo para salvarlo. Le presenté a Marino con el que hablaron muy detenidamente respecto de emolumentos y técnicos musicales a emplearse.

La fiesta de aquella noche se prolongó hasta las diez de la mañana del día siguiente. Tan extraordinaria había resultado la actuación de la agrupación musical que los adinerados socios del club, muy entusiasmados,  hicieron una “chancha” para seguir bailando sin importarles para nada la hora que fuera. Es ocioso decir que la publicidad que originó aquel éxito, trascendió fronteras locales. Bohemios y fiesteros no hablaron de otra cosa. En las semanas  siguientes, los triunfos de repitieron en Huánuco, Huarón, La Oroya, Goyllar y otras ciudades cercanas. A partir de entonces los contratos se firmaban con meses de anticipación para la actuación de aquella orquesta y su trompetista estrella, Marino Chunga Pingo.

Todo fue avante en la orquesta. Nuestra amistad, mezcla de agradecimiento y afecto, se estrechó mucho más. Su inquietud musical era manifiesta. Siempre estaba estudiando. En abierto deseo de estimular esta inquietud le invitaba a la discoteca de la radio donde nos pasábamos buen tiempo escuchando a los famosos de entonces. Harry James, con la  magia de su trompeta privilegiada como primera figura de la orquesta de aquel inolvidable director y mago del trombón: Gleen Miller. Este músico norteamericano llenó toda una época durante la Segunda Guerra Mundial con la magia de sus creaciones. ¡Quién no las conoce!  Una recreación a parte significaba la audición de “Satchmo” Armstrong con recordadas interpretaciones de Blues y Jazz. Dizzi Gillespie, otro de nuestros preferidos; entre los latinos nos quedábamos con el cubano Sandoval y el español Méndez. Escuchábamos también con mucha delectación, el trombón de Tommy Dorsey; los clarinetes de Benny Goodman y Artie Show; los pianos de Duke Ellington y Count Besie. Cómo no íbamos a sentirnos arrobados de emoción con las voces de Ella Fitzgerald, Doris Day, Diana Shore, Rosemary Clooney, Frank Sinatra y otros extraordinarios artistas,

Por las noches –pletóricos de jazz y música moderna- recalábamos en “La Frontera” a beber algunos “calientes” para calentar el cuerpo y, entre trago y trago, haciendo sordina con un vaso, Marino interpretaba hermosísimas melodías de aquellos tiempos: “Solamante una vez”, “Vereda Tropical”, “Perfidia”, “Frensí”, “Serenata a la luz de la luna” y muchas otras…! ¡Qué hermosas e inolvidables resultaron aquellas horas!

Una noche muy especial, no sé de dónde se había conseguido las partituras pero, ante una improvisado auditorio ejecutó, “El vuelo del moscardón”, dificilísima pieza que sólo Harry James y uno que otro privilegiado podía ejecutar. Fue la apoteosis. Nunca olvidaremos la emoción de los bohemios al aplaudir tremendo virtuosismo.

Al poco tiempo, cuando por viaje del profesor Sabino Blancas, la banda del Instituto Industrial se iba a quedar sin director, conseguimos que se le asignara la plaza de titular en el cargo. Allí, con una notable pertinacia, tesón y disciplina ejemplares, logró armar una banda de músicos de extraordinaria calidad. A partir de entonces, el Instituto ocupó los primeros lugares en los desfiles cívico – militares.

Desde entonces su popularidad creció tanto que su presencia era muy solicitada en las reuniones y, por ese motivo, nuestros encuentros fueron distanciándose. Sus compromisos y los míos se hicieron cada vez tan seguidos que terminaron por alejarnos. Solamente cuando había que recordar una que otra fecha importante o, la celebración de un especial acontecimiento como navidad o fiestas patrias, permitía nuestros encuentros. Así, en una reunión que se efectuó en su casa para celebrar el onomástico de su hijo habido en una chica cerreña con la que había formado un hogar muy simpático, nos volvió a reunir tras un tiempo prolongado. Aquel día nos ofreció como plato de fondo, tras los consabidos aperitivos, un guiso apetitoso que todos consumimos con mucho apetito y deleite. A cada uno nos correspondió medio conejo –es decir lo que suponíamos conejo- que apuramos regado con un muy buen vino de Chincha. No era para menos, el sabor exquisito y la condimentación adecuada y su poco de ají molido, arrojó un potaje digno de los dioses, a pedir de boca. Terminado el guiso, Marino nos informó que habíamos comido gato, y para demostrarlo, nos enseñó cuatro cabezas de jóvenes mininos. Hubo varios tipos de sorpresa pero, al final, con un buen trago de anís del mono, todo quedó zanjado entre risas de sorpresa.

Así como ésta, nuestras reuniones, distanciadas, siempre se celebraban en casas familiares o,  en “cancha neutral”, como le decían a los restaurantes o comedores. Las que –para él- comenzó como celebraciones amicales, fueron acentuándose como francachelas cotidianas que se prolongaban más de lo debido. Los brindis eran seguidos y el incumplimiento de sus obligaciones cada vez más enervante. No sólo desatendía sus deberes en el colegio y en la orquesta, sino también en su hogar. Un día, cansados de soportar su incumplimiento, lo largaron de la orquesta; otro, de la banda del Colegio. Posteriormente, en el colmo del abandono, borracho como una cuba, empeñó donde el italiano Orestes Concatto Tranquilini su única arma de lucha: su trompeta. Nunca más pudo rescatarla. La enorme responsabilidad de mantener el hogar tuvo que afrontarla solamente su esposa, trabajadora y comprensiva que, en todo ese tiempo, hizo lo posible por alejarlo de las malas compañías y los tragos. De nada sirvió. Lo buscaba en antros increíbles para llevarlo a su casa. Víctima de sus malos tratos, tuvo que arriar banderas y recluirse en su trabajo para ella y su hijo. Marino ya se había perdido. No era ni la sombra de lo que había sido. Sus días y sus noches los apuraba a punta de tragos.

Un grupo de amigos nos reunimos para ayudarlo y tras romper la barrera de su pertinacia  levantada por el alcohol, conseguimos que viajara a Lima para reponerse en casa de uno de sus familiares. El viaje lo hizo en compañía de su pequeño hijo que contaba doce años. Él lo acompañaría. El día de su partida fue muy triste; consciente de que había estado echando su vida por la borda, trataría por todos los medios de volver a los carriles de la normalidad. Se despidió de su mujer y de sus amigos con una franca promesa de enmienda.

La ilusión de su readaptación duró muy poco. A la semana de su partida la policía llamó a su esposa y le comunicó que en la comisaría de la Victoria se hallaba su menor hijo que había sido encontrado vagando por esas calles, a la buena de Dios. Cuando el jovencito estuvo con nosotros, contó que su padre lo había dejado en el parque Cánepa diciéndole que en unos minutos regresaría, pero no volvió nunca más; entonces él, tras buscarlo infructuosamente, entre gente que no lo conocía, decidió recurrir a la policía. ¿Qué le había ocurrido? El pueblo tejió mil conjeturas. Inclusive hubo personas que aseguraban haberlo visto caminar sin rumbo por las calles de Lima; otras afirmaban que había sido encontrado muerto en las aguas del río Rimac y arrojado a la fosa común del cementerio. En poco tiempo se dejó de hablar de Marino. Para todos, de una u otra manera, estaba muerto. Su familia se conformó y la vida siguió como siempre. Dos años más tarde, creyendo en su muerte, su mujer se unió a un comerciante y rehizo su vida.

Así pasaron cinco años.

Yo había sido nombrado Secretario General de la Universidad y me encontraba desempeñando el cargo, cuando sucedió algo que no esperaba. Un 28 de julio, cuando asistíamos al participar del desfile cívico, habíamos decidido “cortar” por una calleja aledaña a la arteria central. Estábamos apresurados para tomar nuestro emplazamiento, cuando oí que me llamaban. La voz salía de un antro donde un grupo de cargadores bebía sus tragos de costumbre. De la oscuridad se acercó hacia la luz de la puerta un hombrecito macilento, harapiento, casi un cadáver y por sus ojos juguetones y brillantes, lo reconocí. Era Marino. Estaba convertido en un guiñapo humano y su cadavérica apariencia me partió el alma. Lo abracé con la misma fuerza de quien encuentra un hermano perdido y un buen rato estuvimos estrechados y cuando le miré para expresarle mi alegría por el encuentro, un mar de lágrimas se desencadenó de sus ojos ahora tristes, rodando por sus mejillas oscuras y tumefactas. ¡Cómo me dolió el alma! De pronto tuve un sentimiento de culpa por no haberlo sacudido a tiempo para que pudiera salvarse de ese mundo de abandono y soledad. ¡Ahora estaba más solitario que nunca! Ni siquiera tenía un hogar.

Como el tiempo me ganaba para poder tomar el emplazamiento de desfile, le alcancé cuanto tenía en los bolsillos a fin de que pudiera afrontar sus gastos más imprescindibles, y con otro abrazo me despedí con la promesa de que después lo buscaría.

En ese tiempo, mis compañeros, con el Rector a la cabeza me estaban aguardando en una esquina de aquella calle. Apenas llegué donde estaban ellos, el Rector, fuera de sí, me dijo:

— ¡¿Cómo es posible que el Secretario General de la Universidad y conocido maestro universitario, se estreche en un abrazo con un simple pordiosero y borracho?!….!¿No hay dignidad?!.

En ese momento sentí una terrible indignación. Acababa de ver a un gran amigo, convertido en mendigo y harapiento beodo. Un gran hombre convertido en una piltrafa por culpa de la bebida. Ya sin hogar, sin hijos, sin esposa, sin amigos. ¿Y se pretendía que lo desconociera abiertamente cuando, con voz entrecortada y dramática me había llamado? No pude más. Perdí el control.

— ¡Mire, Señor!. Ese borracho haraposo, mendicante y desvalido, es mi amigo. ¡Mi amigo!, ¡¿Entiende usted lo que es eso?!. ¡Amigo!. Cuando pasaba por esa puerta me llamó y yo no podía negarme a saludarlo cuando después de mucho tiempo vuelvo a verlo. Ese hombre, así como lo ve ahora, es un artista caído en desgracia. Con él he pasado los momentos más gratos de mi vida. Momentos que jamás podré olvidar. Por eso me detuve a abrazarlo. No soy nadie para sustraerme a ese deber. Si no hubiera hecho eso, no tendría el valor de sentirme un hombre. ¡Ser maestro, señor, es demostrar con hechos, aunque sean poco gratos, lo que hemos aprendido en la vida! No haga un escándalo por algo que de no hacerlo habría constituido una vergüenza!.

Tras un silencio cargado de angustia que siguió al diálogo, seguimos nuestros pasos para llegar al desfile.

A partir de entonces lo buscamos constantemente, pero él se escondía y no quería dar la cara. Su itinerario, según supimos después, iba del centro a los barrios marginales, donde era conocido.

Una mañana nublada, los comentarios de la gente eran muy escandalosos. Habían descubierto el cadáver de un desconocido en la calle Bolognesi. Cuando, guiados de una dolorosa premonición llegamos al lugar, se confirmó nuestras sospechas, el muerto era Marino. Estaba ahí, tirado en el rincón de una vereda donde tal vez habría estado durmiendo. El caso es que al comprobar su deceso por la extrema frialdad de su cuerpo, lo cubrimos con unos periódicos que algunas personas caritativas nos alcanzaron y fuimos a buscar el Juez de turno para el levantamiento del cadáver y su posterior envío a la morgue. Fuimos a informar a los colegas, del Instituto a fin de que adoptaran las medidas más adecuadas para sepultarlo. Cuando volvimos en compañía de casi todos los profesores, le habían quitado los calzados y despojado de sus periódicos.

Aquella noche lo velamos en uno de los salones del Instituto, los profesores de carpintería fabricaron un ataúd, y escoltado por la Banda de Música, lo trasladamos al cementerio para sepultarlo.

Cuando pasaba el cadáver por la calle, acompañado de profesores y alumnos, el murmullo era unánime. Todo el mundo murmuraba acerca de su desaparición y su posterior regreso; de su mujer que tenía otro marido y su total abandono. Ningún familiar estuvo con él. Antes de sepultarlo dijimos algunas palabras y tras el Himno del Instituto, lo bajamos a la fosa. En tanto la tierra caía sobre su ataúd, alumnos y maestros cantábamos, entre lágrimas, el “Huayno de los Capachos”.

 

 

HISTÓRICA DELEGACIÓN MUSICAL CERREÑA (1928)

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Integrantes de la representación musical cerreña en el festival limeño de Amancaes del año 1928. Su éxito fue clamoroso por lo que fueron invitados a gravar los primeros discos de música folclórica del Perú. Este conjunto fue el que por primera vez grabó la música popular folclórica de nuestra tierra. Aquella oportunidad consiguió también, apoteósico triunfo en el teatro Forero. Aquella inolvidable delegación estuvo integrada  por los siguientes señores. (Primera fila, arriba). Daniel V. Galarza, tramoyista que presentó un hermoso decorado con el Socavón de Rumiallana que sirvió de fondo para la memorable actuación; don Eliseo Malpartida Rocco, (Presidente), Mariano V. Collao y Alejandro Rodríguez Albornoz (Delegados). (Segunda Fila): César Urbina, Andrés Rojas, y Jorge Dávila (Violines); Erasmo Machado Sarmiento, Julio V. Rodríguez, y Silverio Laurent (Guitarras); (Tercera fila): Justiniano Ariza (Quena), Nicéforo Bravo y Adrián Galarza Gallo (Clarinetes); Armando Paredes Ugarte (Saxofón); Antonio Velita (Fríscol).

S.M ELVIRA I, reina del colegio

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Hermosa fotografía del recuerdo tomada a la puerta de la Municipalidad Provincial tras el homenaje que el alcalde y concejales rindieran a la reina del Colegio S.M Elvira I, señorita Elvira Doig Hurtado y su Corte de Honor. Ella está acompañada de profesores y personal administrativo del plantel y amigos.

Entre otros vemos, de izquierda a derecha en primera fila, de pie. Al doctor Nelson Ibañez, médico del Seguro Social; señorita Obdulia Lix Fuertes, administradora; señora Florisa Altamirano de Velasco, secretaria del plantel; señora Graciela Terrazos de Parra, profesora de Educación Física; doctor Juan Paitán Ugarte, médico del Seguro Social y ex alumno; señorita inspectora, Soledad Castro; Profesor de matemáticas y farmacéutico don Andrés Fuentes Dávila; Profesor de Literatura David Torres Rocha; Profesor de Filosofía, doctor Genaro Ledesma Izquieta; doctor Eduardo Ventura Torres, médico del Hospital Carrión; Profesor de Música Sergio Blancas Sobero; Oficial profesor de I.P.M, Jorge Vásquez; Doctor Arnulfo Becerra Alfaro, director del plantel; profesora Paca Montero de Parra; señor Absalón Gómez, amigo del plantel. En cuclillas, rodeando a la reina, Inspector de Biblioteca, Nectalio Acosta Ricse, Bibliotecario; Modesto Castañeda Rodas  y don Fortunato Arzapalo Callupe, profesor de matemáticas. Rodean a la reina (Con cetro y corona), Elvira Doig Hurtado, las damas: Sarita Porras Narváez, Ketty Ponce, Anita Soto Hinostroza, Celia Munive y Nelly Martel Vásquez. Era el 4 de octubre de 1958.