EL TAPADO (Cuento)

el tapadoHace muchísimos años, cuando todavía existían almas pías y temerosas de Dios en estas tierras mineras, en una rinconada de la plazuela Ijurra vivía un albañil cargado de deudas y familia que además de diligente era un dechado de virtudes. Buen padre, excelente esposo y cumplido alarife cerreño. Con mucha fe en los designios de Dios soportaba su pobreza con decoro. Jamás tenía una palabra de reproche o desesperanza por la situación que sobrellevaba y, a decir verdad, la misericordia divina nunca abandonaba a aquella humilde familia donde las oraciones y paciencia presidían los actos cotidianos. Nunca les faltó un pan para llevarse a la boca.

La fama de honrado, cumplido y excelente trabajador se hizo conocida en el Cerro de Pasco donde a pesar de su extrema pobreza era muy querido. Y, como Dios sabe premiar la fe, la esperanza y la caridad de la manera más increíble, he aquí lo que le sucedió al buen mazonero.

Un día que se encontraba puliendo y limpiando sus espátulas, badilejos, plomadas, codales, terrajones y cordeles, acertó a pasar por su puerta un anciano medio encorvado cubierto con una ropa raída y brillosa de mugre cuya mirada a través de los vetustos quevedos parecían entrever una aguda interrogación. Buen rato estuvo contemplándolo hasta que satisfecha su curiosidad decidió iniciar el diálogo:
– Buen día albañil.
– ¡Buen día nos dé Dios, señor!….
– Mire, albañil. He venido de un lugar distante de esta su casa porque he observado que es usted un buen cristiano y persona en quien confiar.
–  Gracias señor.
– ¿Querría hacerme usted un trabajito?
– ¡Claro que sí, señor! ¡Con mucho gusto!
– ¡Bueno, es que este trabajo es secreto para el que necesito de toda su discreción!
– Si así lo desea, así lo haré señor.
– Habré de pagarle muy bien y no se arrepentirá. Sólo quiero imponerle una condición. Tendrá usted que permitir que le cubra los ojos y le lleve así vendado hasta el lugar del trabajo que se hará esta noche.
– Si me ha de pagar bien y llevar de la mano… ¡acepto!

El trato quedó hecho.

Aquella noche, en cumplimiento de lo pactado se presentó el viejo de los quevedos envuelto en una vieja capa pluvial con una lámpara en la mano. Llegado a la casa del albañil procedió a vendarle los ojos y tomándolo de la mano partieron con rumbo desconocido.

El albañil que no veía nada caminaba a ciegas por las desiguales calles; subía y bajaba montículos, ascendía por empinadas escaleras, iba a la izquierda y daba la vuelta a la derecha, caminaba grandes trechos escuchando el ruido de las pisadas retumbando en las calles silenciosas. Caminó un trecho que calculó en media legua, hasta que el viejo le detuvo y le dijo:
– ¡Aquí es!….

El albañil escuchó el ruido de la pesada llave al girar en la enmohecida chapa y luego de cinco vueltas, comenzaron a crujir los goznes de una puerta tan grande como quejumbrosa.

Después de entrar el viejo colocó grandes y chirriantes trancas al portón. Siempre con las vendas sobre los ojos el mazonero avanzó por varios compartimentos y luego ingresó en un patio interior.
-¡Hemos llegado! –dijo el viejo.

Cuando le fueron quitadas las vendas, el albañil vio un vetusto patio empedrado de caprichosas baldosas de piedras donde la oscuridad reinante apenas era vencida por la mortecina lámpara minera.
– Lo que quiero es que haga una bóveda en este lugar –dijo el viejo – saque las piedras necesarias y después de hacer la bóveda para un cadáver volver las piedras a su sitio de tal manera que no se note ninguna irregularidad. Todo debe quedar como si no se hubieran tocado las piedras… ¿De acuerdo?
– ¡Claro que sí, señor!…ni usted mismo notará dónde está la bóveda.
–      ¡Bien! ¡Aquí están los ladrillos, cal, arena, agua, maderas y todo lo que ha menester para la obra!
–       ¡Magnífico, señor! –Dijo el alarife y con gran entusiasmo atacó la empresa.

Lo primero que hizo fue sacar trece baldosas de largo por cuatro de ancho para cavar la tierra hasta alcanzar una profundidad de tres varas. Cuando se aprestaba a enladrillar el agujero se oyeron lo sonoros cantos de los primeros gallos. Entonces el viejo, sentado como una momia, dijo:
– ¡Nos ha sorprendido el día!… ¿Puedes volver esta noche para terminar el trabajo?
– ¡Con gusto señor!… Esta noche terminaré la obra… ¡Venga nomás a buscarme!
– ¡De acuerdo!…Ahora, ¡toma esta moneda de oro y mañana al terminar, te daré el doble!….
– ¡Gracias… muchas gracias! Le esperaré esta noche-. Después de vendarle los ojos, lo regresó a su casa.

Efectivamente, tal como lo acordaron lo hicieron. Repitiendo la misma precaución de la noche anterior entraron en la vieja casona y bajo la tenue luz del candil quedó terminada la obra.
– Ahora- dijo el viejo de los quevedos- quiero que me ayudes a traer el cadáver que yacerá en esta cripta.

El albañil tembloroso y con los pelos de punta siguió al viejo hasta unas piezas interiores creyendo que al final hallarían el espectáculo macabro de un hombre muerto. Caminaron un largo trecho hasta encontrar un viejo arcón forrado en cuero repujado. El alma le volvió el cuerpo al albañil al comprobar que se trataba de un añejo baúl posiblemente llenos de monedas porque pesaba como un demonio.

Llevaron el arcón con mucho trabajo y lo introdujeron en el hueco. Luego con mucha paciencia el alarife volvió las baldosas a su lugar de origen quedando tan perfectas como si nadie las hubiera tocado.

Estaba amaneciendo.

El albañil fue vendado y llevado a su casa por distinto camino con el fin de que no pudiera reconstruir el itinerario seguido aunque quisiera. Llegados a la casa el viejo le dijo:
– ¡Estoy más que contento con tu trabajo! ¡Es muy bueno! En pago de ello te entrego estas tres monedas de oro. ¡Eso sí!, no lo olvides. ¡Todo lo que has visto y oído esta noche, lo tendrás callado! Debes guardar el secreto como una tumba. ¡Caso contrario una maldición caerá sobre ti!….

Después que el anciano se retirara, el albañil se quitó las vendas e inmediatamente llamó a su mujer y le dijo que Dios se había apiadado de ellos y que aquel día cocinara lo mejor que encontrara en el mercado.

Durante quince días vivieron a cuerpo de rey con las providenciales monedas de oro, después de las cuales volvieron a la misma parvedad matizada de ruegos, plegarias, jaculatorias y rezos.

Así pasaron, uno, dos, tres,… cinco años…

Un día que se hallaba fregando sus herramientas y accesorios de albañilería, acertó a pasar por su puerta, un viejo enjuto como un espectro que le quedó mirando un buen rato hasta que dijo:
– Me han dicho, buen hombre, que eres muy pobre.
– ¡Así es señor! Sin embargo no puedo quejarme. ¡Dios no se olvida de nosotros!…
– Bueno, bueno… entonces te gustaría hacer un trabajito, ¿no es así?
– ¡Siempre estoy dispuesto, señor!
– Bien, bien… necesito que me arregles la casa que el dueño anterior la ha dejado en escombros y nadie quiere habitarla.
– ¿Dónde está ubicada la casa?
– No está muy lejos de aquí… ¡Vamos!

Marchó el albañil con el longevo dueño de casa y efectivamente llegado al lugar hizo girar una gigantesca llave, abrió el portón y le hizo entrar en la casona. Pasaron una habitación y otra y otra, hasta que llegaron a un patio interior completamente empedrado. El corazón le dio un vuelco al albañil… ¡Estaba en el mismo patio donde había efectuado el entierro! … ¡¿Cómo no había de reconocerlo si cada piedra, cada rincón, cada recoveco, se había grabado en su memoria?!…

Haciendo esfuerzos supremos por disimular su emoción, llenándose de aire los pulmones ya que su corazón le saltaba en el pecho como alegre campana de pascua, preguntó:
– ¿Y quién ha ocupado esta casa que la ha dejado como un chiquero?
– ¡Que Satanás se lo lleve!… Aquí vivió un miserable usurero que durante toda su vida fue amasando plata para que al final el diablo se lo llevara. Un grandísimo explotador a quien nada importaba los demás aunque los viera morirse. Era inmensamente rico con la plata que le daba sus minas. Inclusive con sus malas artes consiguió quitarle sus yacimientos a los que le debían dinero… Esta vieja casona es lo único que he podido rescatar de todo lo que me debía el maldito. ¡Era un endemoniado canalla!
– ¿Y dónde está ese señor?
– ¡En los infiernos!… ¡Allá ha de estar!
– ¿Ya murió?
– ¡Claro que sí!…Un día reventó y lo encontraron aquí mismo.
– ¿Y sus riquezas?… –preguntó el albañil aparentando inocencia.
– ¡Se las guardó el demonio… Nadie encontró nunca nada!…probablemente lo ocultaría en una de sus tantas minas… no me extrañaría…
– Veo señor que usted no le tenía buena estima…
– ¡Qué estima podría guardarle a un granuja que nunca me pagó mis rentas!….
– ¿Nunca?
– Sólo el primer mes, después nada.
– ¿Tan avaro era…?.
– Aún más, pese a estar muerto, sigue haciéndome la vida imposible.
– ¿Cómo así, señor?
– La gente no quiere arrendar esta casa aduciendo que en la noche vaga penando el alma del abyecto que se las pasa gimiendo y llorando… ¡Dios sabe por qué! ¡Debe ser que no le han dejado entrar ni en el infierno!…
– ¡Mire señor. – Dijo el albañil tomando aire y tratando de disimular la emoción que le aceleraba las pulsaciones secándole los labios-. Si nadie quiere vivir aquí, deje que yo venga a habitarlo con mi familia por espacio de tres meses y, a cuenta de los alquileres, dejaré la casa como nueva! – Hubo un largo silencio en el que el viejo quedó mirándolo de hito en hito por largo tiempo, hasta que casi gritó
– ¡¡¡ ¿Es posible?!!!
– ¡Seguro que sí!, ante el griterío de los inocentes no hay fantasmas que se resistan. Los angelitos harán huir al mismísimo demonio. Además yo traeré al cura para exorcizar el lugar y le aseguro que en los tres meses que viva con mi familia el fantasma desaparecerá…
– ¡¡ ¿Tendrá el valor de vivir con su familia aquí?!!….
– ¡Sí señor! … ¡Yo y mi familia tenemos el apoyo de Dios y no le tememos a ningún espantajo!…
– ¡De acuerdo albañil, de acuerdo!… De aquí a tres meses me entregará usted la casa muy bien remozada y sin fantasmas… ¡¿No es cierto?!
– ¡Así es señor!
– ¿Y….No tendré que pagarle nada….?
– ¡Nada….!
– ¡Trato hecho!….

Viendo que la oferta le convenía, el dueño de casa se apresuró en transar con el alarife que inmediatamente trasladó su numerosa prole al caserón de marras.

Lo primero que hizo una vez instalado fue elegir una noche tranquila cuando su mujer y sus hijos dormían, para proceder a sacar el tapado.

Inicialmente removió cuatro baldosas por cuyo hueco introdujo el cuerpo de un perro recientemente sacrificado con el fin que el antimonio producido por las monedas enterradas fuera absorbido por el cuerpo y la sangre del can. No quería correr el riesgo de envenenarse con el gas letal de antimonio que emanan los metálicos entierros.

Pasado un tiempo prudencial volvió a sacar las piedras y con mucho cuidado procedió a abrir el viejo arcón de cuero repujado. Al ver su contenido quedó maravillado. Relucientes monedas de oro atiborraban el baúl hasta el tope. Agradecido por esta merced que el Hacedor Supremo le enviaba, se puso de rodillas y con mucho fervor oró y, al día siguiente, hizo celebrar una misa por el descanso y paz eterna por el viejo de los quevedos en la iglesia Santa Rosa. Y como lo había prometido, fue remozando con mucho ahínco los patios, los pasadizos, la sala y los aposentos; cambió puertas, ventanas, balaustres y escaleras; hizo repajar el techo y al cumplir los tres meses, la vivienda estaba como nueva. Pero así como la casa iba renovándose, también el albañil –ayer andrajoso y pobre- fue convirtiéndose en el hombre mejor vestido del Cerro de Pasco. Los domingos asistía a la Santa Misa. Las limosnas en la iglesia eran pródigas. Tenía abierta las manos para los pobres de la ciudad minera. Jamás se olvidó de rezar al Todopoderoso.

Vivió muchos años.

Anuncios

Un manantial de gracias y bendiciones llamado Lourdes

Escribe: Percy Hartley – Publicado en LA ABEJA de  18 Junio 2017

Virgen de LourdesUn pequeño pueblo bañado por el Gave, una aldea de pastores y la santidad de Bernardette Soubirous cambiaron la historia de esta bellísima región de los altos pirineos para siempre.

Ni el eterno viaje de ocho horas desde Barcelona, cambiando de trenes en Narbonne, Carcassone y Toulouse, el calor abrasador de la estación veraniega europea o cansancio pueden restarle emoción al maravilloso momento de llegar a Lourdes. Beneficiados por la luz de día aún perdurable hasta casi las diez , un breve recorrido turístico basta para darse cuenta que con los años la Fe aquí está más viva que nunca y totalmente reverdecida por los miles de peregrinos de todas partes del mundo que bandera en mano se congregan desde muy lejos para venerar la delicada gruta, lugar de las apariciones y la impresionante Iglesia, cuyo arte decorativo alusivo es tan majestuoso como su imponente estilo de castillo medieval, con ribetes de oro y cuadros en mosaico, deleite del viajero, que reposa la vista y el alma en la belleza del paisaje como en cuadro de cuento, aliviado por la frescura del río, cristalino y sosegado.

Todo es paz, ¡Qué paz! y todo es Fe, ¡Qué Fe! en Lourdes. Lo primero que impresiona, pese a la babel de lenguas que se escucha a cada medio metro es el respeto por la sacralidad y el silencio penitente, enaltecido por la oración. Lourdes es un ejemplo de paz de Cristo porque aquí Él reina y contrasta absolutamente porque en la agitación no se le encuentra.

Ya viéndolo con detalle y nunca mejor recibidos por San José con el Divino Niño en brazos quienes nos dan la bienvenida en el pórtico de ingreso, cada ángulo del Santuario es una notable obra de arte y qué preciso el momento en que el atardecer resalta los dorados y le da un brillo de cielo. Coronados los ingresos por un corredor circular de santos franceses, nos alegra encontrar al marianísimo San Luis María Grignon de Montfort, al que pedimos interceda por nuestras intenciones.

Escribo estas líneas en pleno tren, camino de Barcelona a Madrid, para no olvidar ningún detalle de los vividos ayer, en uno de los días más intensos de mis casi cincuenta de vida. En este justo momento y parando en Zaragoza, detengo mi relato un momento para agradecer desde aquí a la Pilarica, por los inmerecidos obsequios estos días recibidos. Continúa el tren y continúo yo, pidiéndole a la Dama del Pilar que me también me traiga algún día por aquí para rezarle.

Pero vamos a la gruta al lugar real por el que vine. ¡Qué devoción de los peregrinos! No puede negarse la emoción de ver el manantial incompresible para los ojos de la lógica del mundo pero comprensible para la lógica de la bondad de Dios. Tocar sus piedras y sentir el rocío de sus aguas cayendo filtradas desde el techo de la gruta equivale a sentir la caricia de su bendición o el consuelo del remedio del dolor de cuerpo y alma que se anhela para uno o para los suyos.

Tenía una pequeña lista que devino en grande, tratando de recordar a todos mis amigos y familiares, vivos y muertos. Luego de rodillas mirando la pequeña cueva, me atrajo una inscripción que aun no entiendo por qué está en español, dice que era y es la Inmaculada Concepción.

Las bancas frente al candelabro de múltiples velas encendidas te invitan a rezar devotamente el rosario y la suave brisa del Gave, el olor a flor primaveral y la frescura del viento te trasladan a un lugar de oración y petición de gracias, que sin duda son abundantes para el peregrino.

Lo mejor de la fiesta viene después con la multitudinaria procesión de las velas a las nueve de la noche, que aún es día, claro. Los cientos de enfermos en muletas o silla de ruedas venidos de todos los confines de la tierra, ayudados por enfermeras, monjas o voluntarias nos recuerdan uno de los carismas más singulares de la madre Iglesia y cómo sus hijas practican humilde y desprendidamente la caridad. Ellos presiden el cortejo, seguido del anda y luego vienen las miles de cofradías y personas de toda edad, nacionalidad, color y raza que se entremezclan en este universo llamado Lourdes.

La entonación al inicio de la procesión en coro del Credo en latín emociona hasta las lágrimas, seguido de los rezos del Rosario, que por ser viernes fue doloroso. Cada misterio en idioma diferente. Qué dulce fue escuchar un Je vous salue Marie, aunque sorprenden idiomas como el tagalo, coreano, croata o el polaco, pueblo muy católico recientemente bendecido por Dios con un Papa santo. Y cada decena terminada, también por ser viernes con certeza, se entonaba el Stabat Mater Dolorosa.

El cortejo avanza lento por el camino parabólico que da la vuelta a un gran jardín, donde todos siguen a la Virgen como hijos, ondeando sus banderas con firmeza y entusiasmo, elevando las miles de velas encendidas como en oración.
Y como digno fin de fiesta, un juego de campanadas recitaba el Ave María, seguida de doce golpes, indicando que ya es medianoche y el santuario nos dice adiós.

Peregrino, venga un día a llenar y llevarse en galonera su agua de Lourdes bendita. La bebí, me refresqué, hice mil veces la señal de la cruz con ella y le seguí agradeciendo por tanta dicha. Rece en confianza por ello, porque el que busca encuentra la oportunidad si Dios lo permite, como hizo con este humilde servidor.

Francia, qué santidad de tus tierras, qué alegría de tus santos en el cielo, qué manantial de gracias brota de ti, Oh Francia, qué glorioso tu pasado y qué esperanza para tus hijos, futuros custodios de los tesoros que guardas, terminando esta crónica exactamente como el de Montfort en su Tratado de la Verdadera Devoción y a esto aludido, pensando en tu vocación y tu despertar en un futuro de gloria también para ti, Oh Francia, hija primogénita, parafraseando al santo cómo él decía: expectans expectavi.

Virgen de Lourdes 2

SIMÓN BOLÍVAR Y RICARDO PALMA POR AUGUSTO TAMAYO VARGAS

En CARETAS de 20 mayo, 2016

El 24 de julio de 1783, “en un caserón de nobles criollos caraqueños de ascendencia vasca”, vino al mundo Simón José Antonio de la Santísima Trinidad… Doscientos años después, en 1983, Caretas, la tradicional revista limeña, publicó un homenaje al libertador venezolano, dentro del cual se encuentra el siguiente texto de Augusto Tamayo Vargas, polifacético hombre de letras, en el cual analiza a Bolívar según los escritos de don Ricardo Palma.

Augusto Tamayo VargasBOLÍVAR Y RICARDO PALMA

Por AUGUSTO TAMAYO VARGAS

Augusto Tamayo Vargas, presidente de la Sociedad Bolivariana y también de la Academia de la Lengua, hace un recuento de la presencia del Libertador en los celebrados escritos del tradicionista Ricardo Palma. Tamayo Vargas descubre para los lectores de CARETAS la admiración que, a pesar de algunos ácidos escritos, el talento y la pluma del tradicionista, se rinden frente a la magnitud histórica de las gestas realizadas por el genio cuyo bicentenario es recordado con gratitud por América entera.

Cuando suena el “Clarín de Canterac” estamos en la Pampa de Junín. Con dos brochazos se pasa de la derrota a la victoria de los patriotas, con la figura central de Necochea y de los “Húsares del Perú”, rebautizados con el nombre de “Húsares de Junín”. En cuanto al hombre del clarín –un realista– terminó de sacerdote en vez de ser fusilado, cuando fuera hecho prisionero al final de ese rápido combate de arma blanca que cantara Olmedo en su tan repetida Oda onomatopéyica. Al fondo del cuadro ya está Bolívar.

A pesar de que Palma no guarda por Bolívar la profunda simpatía que le despiertan San Martín y otras figuras, la admiración por el héroe cede a cada paso a cualquier resistencia. Esta era debida a la posición liberal de Palma que, al igual que en otros países bolivarianos, se enfrentó a lo que se consideraba el cesarismo del Libertador. En el Perú, los liberales estuvieron unidos a los conservadores centralistas limeños que vieron en Bolívar al destructor de la corriente monárquica y de los intereses locales; así como podemos decir que los “señores” de provincias, los conservadores del Sur, por ejemplo, que tenían una abierta posición republicana y federalista, se tornaron mucho más empecinadamente bolivarianos que los hombres del centro. Habría que leer los dos artículos de Luis Ulloa, comentado la Historia del Perú Independiente de Nemesio Vargas, en los que se afirma que en el Perú no hubo aversión a Bolívar, sino por el contrario simpatía y devoción en las clases populares, y la oposición sólo en los retrógrados y en los caudillos a quienes hacía sombra la figura del Libertador. La sentencia contra Berindoaga –motivo de ataque de muchos– fue firmada por Unanue. La formación de Bolivia era ajena entonces al Perú, pues pertenecía la región del Alto Perú al Virreinato de Buenos Aires; y más bien, cuando se busca la Confederación –diez años después– el grupo centralista se opone a ella en nombre de un nacionalismo curioso, frente a un Santa Cruz, héroe y mariscal peruano. La Constitución Vitalicia de Bolívar fue un medio de establecer un orden frente a la anarquía que se desbordaba y que se desbordó. Todo esto se desprende de la crítica analizadora de la política peruana de Luis Ulloa en los artículos publicados en Ilustración Peruana de 1912.

Y volvamos a Palma. “La justicia de Bolívar” nos lo presenta en Ancash, en la ciudad de Carás, de tono blanco contra los nevados de la cordillera. Al final, la “goda” señora de Munar, a quien Bolívar reconoció el derecho  de salvaguardar su honra exclamará: “¡Viva el Libertador! ¡Viva la Patria!”… Todo ese momento de recuperación patriota, de la que es símbolo el grito anterior, se exhibe en el “Origen de una industria”, con la captación para el Perú del sector de Maynas, desde Moyobamba; hasta culminar en la batalla de Junín, cuyo episodio está vinculado a un “clarín”, como en el poema de Olmedo: “Y el clarín de victoria/que en ecos mil discurre ensordeciendo/el hondo valle y la enriscada cumbre/proclaman a Bolívar en la tierra/árbitro de la paz y de la guerra”… Hay dos tradiciones significativas sobre Bolívar: una “Bolívar y el Cronista Calancha”, donde lo vemos en ese trance de su personalidad intelectual cuando saca luces de los textos literarios o históricos aún para remover a un funcionarios; y la otra, “La última frase de Bolívar” –escrita ya en la plácida senectud de Palma– con el final en Santa Marta del Libertador, quien susurra murmurante: “Acérquese usted, doctor… se lo diré al oído… Los tres grandes majaderos hemos sido, Jesucristo, Don Quijote y yo”.

El sentimiento de admiración por Bolívar no se empequeñece por aquel afán de mostrarlo mujeriego o enamoradizo. Por ejemplo, en “la vieja de Bolívar”, con la Manolita Madroño, a quien conoció el tradicionista de oídas. Vivía por 1898 en Huaylas. “¿Cómo está la vieja de Bolívar?” –le preguntaba la gente. Y ella respondía con picardía: “como cuando era moza”…

Augusto Tamayo Vargas 2
El autor de la nota en la casa paiteña donde muriera “La Libertadora”. (Foto y leyenda: Caretas).

Palma lo cuenta entre sus últimas tradiciones. Y a renglón seguido vendrá el consabido cuento de “Las tres etcéteras de Bolívar”, que tiene tanto sabor de narración siglo XIX con mezcla de antigua leyenda del XVII, a lo Rodríguez Freile, el de “El Carnero”, de Santa Fe de Bogotá. Sólo que en Palma es entusiasmo por el qué del término, por la sutileza del lenguaje, por explicarse qué quería decir “etcétera”. El sentimiento amoroso que despertaba Bolívar o que él se encargaba de despertar, se ratifica en aquella carta de Manuelita Sáenz, que Palma convierte en otra tradición concatenada con las dos anteriores: “La carta de la Libertadora”, donde también asoman los dos bandos opuestos a Bolívar, los que rezan “nos diste a Bolívar/gloria a ti, gran Dios”… y los que cantan la copla liberal de 1827: “Bolívar fundió a los godos/ y desde ese infausto día por un tirano que había/se hicieron tiranos todos”… En la “carta” a su esposo, Manuelita Sáenz dirá: “¿Y usted cree que yo, después de ser la predilecta de Bolívar, y con la seguridad de poseer su corazón, preferiría ser la mujer de otro; ni del Padre, ni del Hijo, ni del Espíritu Santo, o sea la Santísima Trinidad?”… “a mí miserable mortal”, que me río de mí misma, de usted y de todas las seriedades inglesas, no me cuadra vivir sobre la tierra condenada a Inglaterra perpetua”…

Pasando todo aquello que es episódico –aunque sabroso– queda como la tradición bolivariana por excelencia: “Pan, Queso y Raspadura”, con la presencia de Sucre y Córdova, por sobre todas las otras figuras. Estará allí también la entrevista de La Mar y Sucre, la víspera de la batalla; el paso de las fuerzas del general Trinidad Morán en Corpahuaico; la proclama del general Lara –famoso por sus palabrotas: “zambos del…ajo”, etc. y toda la batalla misma, con su grandeza, nacida de un santo y seña que es una naturaleza muerta o una oda elemental: pan, queso y raspadura de chancaca. “Conténtese con mis pobrezas –diría Sucre a sus oficiales– que para festines tiempo queda si Dios nos da mañana la victoria y una bala no nos corta el resuello”… Al día siguiente “a la caída del sol, Canterac firmaba la capitulación de Ayacucho” – señala Palma, quien inserta, a continuación, la carta que desde allí enviara el mismo general español a Bolívar, felicitándolo por “haber terminado su empresa en el Perú, con la jornada de Ayacucho”.

La extensión del nombre de Bolívar a la libertad de todo el mundo hispanoamericano se vislumbra a través de la carta que le remite el dictador Francia del Paraguay en una tradición de poco carácter titulada: “Entre Libertador y dictador”. Y concluiremos este zurcir de narraciones con aquel cuento de “La fiesta de San Simón Garabatillo”, escrita en 1871 y que aparece en la primera serie de Las Tradiciones Peruanas. En el pueblo de Lampa, del departamento de Puno, no había más persona que recordara al Libertador que el maestro de escuela. De suyo bonachón, un buen día dio soberana paliza a sus discípulos. Asombrados éstos, al día siguiente, porque el maestro había vuelto a ser el de antes, se preguntaban la causa de su mudanza. Y él explicó que el 28 de octubre –la víspera– era día de San Simón Garabatillo, el santo del Libertador, y que quería que se acordaran toda su vida de esa fecha singular. Esto, a punta no de látigo sino de palabra, sirva de colofón para “refrescar la memoria”. Decía Palma: “Ahora a estudiar la lección y ¡viva la Patria!”.

 

El caso de la descuartizada en el baúl

Por Juan Gargurevich (publicado el 10, de marzo del 2013)

descuartizada en el baúl
El baul con el cadáver. Foto de “Mundial”.

“Ya después de lo que ha ocurrido, nadie puede negar la influencia perniciosa de las novelas de veinticinco centavos que a vista y paciencia de los encargados de velar por la moralidad pública se venden en calles y plazas, y de las películas cinematográficas de aventuras donde nuestro pueblo recibe lecciones de alta criminalidad. Gracias a ellas nuestro pueblo sabe ya cómo puede aplicarse el cloroformo y el éter, el uso del soplete oxídrico, la potencia del aire líquido y una infinidad de linduras por el estilo”.

El parrafazo es el inicio de una extensa crónica titulada “Información completa del último crimen” y fue publicada en la famosa y aparentemente recatada revista “Mundial” que pertenecía al elegante Andresito Aramburú. Siete páginas de texto y macabras fotografías que incluían la del serrucho que sirvió para descuartizar a la víctima… cuyos restos también fueron mostrados sin reparos. Fotografías que ni siquiera la prensa chicha de hoy se atrevería a exhibir.

(El ejemplar de “Mundial” del que rescato la crónica citada lo encontré en mi cacería quincenal de libros y periódicos viejos y corresponde al nro. 93 del 24 de febrero de 1922).
El caso fue así: el chofer Benjamín Franco asesinó a su pareja, madre de sus dos hijos y luego la descuartizó con un enorme serrucho. Después compró un baúl donde acomodó las partes del cadáver y lo llevó a la estación del tren donde lo dejó etiquetándolo para Cerro de Pasco.
Era un baúl enorme y maloliente. Los empleados llamaron a la policía que luego del hallazgo se lanzó a buscar al asesino. La cacería duró poco porque los trapos que envolvían al cadáver estaban marcados por una lavandería de chinos del Rímac que usaban, como todos los limeños, las pepas de palta.

Capturado en una chacra, Franco confesó el crimen, delató a sus cómplices y todos fueron entrevistados, fotografiados, para escándalo limeño.

La política también aprovechó el crimen porque en esos días –era presidente Leguía- se discutía el presupuesto nacional y “Mundial” publicó en el mismo ejemplar una caricatura a toda página en que se ve a varios diputados rodeando un cadáver mutilado que lleva en el pecho las palabras “Presupuesto general de 1922” y debajo un versito titulado “EL CRIMEN DE ANOCHE! : En el Congreso, anoche,/se ha descubierto/otro baúl macabro/con otro muerto/ y al abrirlo encontraron/con gran sorpresa/que tampoco tenía/ pies ni cabeza…”.

 

CRÓNICA DE CONMOVEDORA FRATERNIDAD

“Los huelguistas no cometieron ningún desorden importante, ni amenazaron a la población, los patrones o la autoridad; ni pretendieron sustituir a ésta. Se hallaban además, desarmados. Lo pedido por los huelguistas no era irrazonable, ni se mostraron inflexibles discutiéndolo. La acción militar del 21 de diciembre de 1907 significó un golpe paralizante para el movimiento obrero del salitre de Tarapacá. Sobre los muertos se barajaron diversas cifras. Desde las que dio el general Silva Renard (400 muertos),  El Comercio (1,000 muertos), hasta historiadores imparciales que la sitúan entre 2.000 y 2.500 muertos. Ciento cincuenta sobrevivientes fueron llevados al Cerro de Pasco (Perú) donde fueron calurosamente acogidos en sus minas y talleres”.

INFORME DEL CONSULADO PERUANO EN CHILE

crónica de una huelgaLas páginas de nuestra historia son prodigas en hechos de cooperación y socorro colectivos. Una de las más saltantes ocurrió el miércoles 22 de enero de 1908, cuando cincuenta obreros chilenos -cada uno con su familia- habían sido expulsados de las salitreras de Iquique. Estos habían luchado para que su gobierno les aumentara los exiguos haberes que percibían. Lejos de comprenderlos, los reprimieron salvajemente llegando a matar a centenares de hombres, mujeres y niños. Los que sobrevivieron a la salvaje carnicería, en acto sin precedentes en la historia mundial, fueron expulsados de sus propias fronteras. Nuestro pueblo minero, conocedor de estos avatares laborales se conmovió en extremo y, en muestra de generosidad extraordinaria, trajo a cincuenta de estas familias para brindarles su amorosa protección en nuestra ciudad.

Nuestro pueblo que tan sólo 28 años atrás había sido pasto de la pillería chilena cuando su soldadesca ocupara nuestros linderos, tenía todavía sangrantes  las heridas de la guerra. Recordaba que en nuestras calles habían caído hombres y mujeres que se resistieron  a sus atropellos y muchos fueron fusilados en las paredes del cementerio de Yanacancha. Algo imperdonable: con los libros de nuestra parroquia, municipalidad y otras dependencias estatales, levantaron piras de fuego que les sirvió para abrigarse del frío dejándonos sin preciados documentos históricos. Después de una salvaje requisa se llevaron el más rico botín de guerra que pueblo alguno del Perú cediera a los invasores. Quienes pudieron haber defendido su integridad habían caído en los arenales del sur protegiendo las fronteras de la patria. Lo mejor de su juventud lo había constituido la inmolada Columna Pasco. No obstante esas dolorosas heridas el pueblo reaccionó en favor de aquellos seres ahora en desgracia, víctimas de la arbitrariedad de los poderosos. Hombres y mujeres de nuestro pueblo sabían lo que significaba la maldad de los explotadores.

Desde los primeros días de diciembre de 1907 la prensa cerreña había informado los pormenores de una salvaje matanza. “La Pirámide de Junín”, “Los Andes”, “El Eco de Junín”, “La Unión”, “La Gaceta”, “El Cerreño”, “La Alforja”, “El Regenerador del Pueblo” y “El Minero Ilustrado” -diarios entonces en circulación- informaron que el domingo 15 de diciembre, más de dos mil obreros de las salitreras de Iquique habían llegado en “Marcha de Sacrificio” ante sus jefes para reclamar un salario digno y mejores condiciones de vida porque vivían hacinados en campamentos maltrechos y oscuros con un salario miserable.

“Previamente –informaba “El Minero ilustrado”- consultadas las bases, se decidió que a partir del 10 de diciembre de 1907 se paralizarían las tareas en toda la pampa salitrera y se marcharía en masa al puerto de Iquique, para protestar frente al intendente y los empresarios. Esta demostración daría a conocer a la opinión pública de la provincia y al país entero, los abusos que se cometían con los obreros del salar. Los días 11 y 12, los trabajadores comenzaron a movilizarse en las distintas salitreras, pueblos y cantones de la provincia de Tarapacá”. También hacían  conocer las limitaciones a las que estaban restringidos. “Estaba prohibido el comercio o intercambio de bienes entre mineros de las diferentes salitreras, el horario de trabajo era de sol a sol (que en la pampa norteña significa catorce horas o más), sin descanso dominical ni vacaciones anuales. Existía un sistema de persecución policial recompensada cuando había que atrapar a un obrero que hubiese abandonado su empresa sin dejar un depósito de garantía por las herramientas utilizadas en el trabajo. Además, la administración de justicia estaba en manos de la “serenía” -guardia policial interna- que a menudo recurría al cepo o el látigo para imponer castigos ejemplares. A las pésimas condiciones de trabajo, se sumaba la falta de salubridad en las pocilgas hechas de chapa y costra de sal donde habitaban los mineros con sus familias, poco más altas que un hombre y techadas con sacos o latas, verdaderos hornos durante el día y gélidas heladeras cuando llegaba la “camanchaca” (neblina fría propia de las noches en el desierto chileno); casuchas malolientes donde proliferaban las epidemias producidas por un ambiente malsano, donde las inmundicias de los desperdicios y las letrinas anexas a los barracones convertían aquellos habitáculos en un hervidero de moscas, gérmenes y pestes, con una aglomeración aberrante que invitaba a la promiscuidad casi animal entre sus inquilinos y estimulaba la procreación de los roedores que pululaban entre los humanos”.

Posesionados de las alturas, los huelguistas comenzaron a hacer escuchar sus protestas y sus arengas. Estaban indignados. Previamente,  a pedido de sus jefes,  habían abandonado palos y barras de hierro, utilizados como bastones para la agobiante caminata. Acompañados de sus mujeres e hijos entraron pacíficamente en el puerto de Iquique. Pese a que la comisión negociadora procuró convencer a los trabajadores, éstos, hartos de engaños y dilaciones indefinidas, se negaron a emprender la retirada y dieron 24 horas de plazo a los patrones para pronunciarse. El suplente del intendente intentó tranquilizar a las masas, garantizándoles que sus peticiones serían aceptadas, pero que debían conceder el plazo de ocho días. Cuando vieron que nada se conseguía, el jefe de la policía hizo avanzar las ametralladoras y las colocó frente a la plaza donde estaban los obreros, sus mujeres y sus hijos. Acto seguido se dirigió al Comité para -según sus palabras-: “suplicarles que evitasen al Ejército y la Marina el uso de las armas para hacer cumplir la ley”. Silva Renard –el jefe- decidió que no podía esperar más. Temía que si se hacía de noche, con la oscuridad la situación se complicaría aún  más. En esos momentos apareció en la plaza una manifestación de unas 400 personas más de los gremios de Iquique gritando y apoyando a huelguistas. La tropa les dejó pasar para que se unieran a los huelguistas y así evitaron que anduvieran circulando descontrolados por la ciudad. Mientras tanto, los jefes militares debatían sobre si era mejor cargar con bayonetas o utilizar las armas de fuego. Finalmente se decidieron por estas últimas. Al mismo tiempo, los cónsules del Perú y otros países realizaban gestiones desesperadas para salvar las vidas de los huelguistas sin conseguir nada positivo.

Las 15:45 Silva Renard consideró que se habían agotado el tiempo y según él: “viendo que no era posible esperar más sin comprometer el respeto y prestigio de las autoridades y fuerza pública…”, ordenó el comienzo de las descargas de fusilería seguido de las ametralladoras, generando una matanza indescriptible. Una masacre sin nombre. La desesperación y confusión se apoderaron de la muchedumbre que corría intentando salir de aquella balacera infernal. Un cerco de militares con bayonetas caladas se lo impedía. Luego de las primeras descargas de fusiles y ráfagas indiscriminadas de ametralladoras, para más horror de la gente que gritaba y lloraba frente a heridos ensangrentados y cadáveres que se iban apilando en su caída, cargó la caballería con sus lanzas en punta, aniquilando a muchos más en su arremetida. Así cayeron otros muchos inocentes, atravesados por lanzas y bayonetas o golpeados brutalmente por las culatas de los fusiles. Fue algo tan cruel y vandálico que ensombreció para siempre el honor de la policía chilena.

Cuando hubo concluido la atroz masacre, en la plaza quedaron centenares de muertos y heridos. Los mandos militares calcularon que se llevaron aproximadamente entre 6.000 y 7.000 huelguistas presos, custodiados por los lanceros. Muchos de los presos se desplomaron y cayeron en el trayecto a causa de la gravedad de sus heridas.

Los informes de los cónsules acreditados en Iquique fueron contundentes. El de los Estados Unidos informó a su gobierno que “la escena después de la balacera fue indescriptible. En la puerta de la escuela los cadáveres estaban amontonados y la plaza cubierta totalmente de cuerpos”. El cónsul británico, Charles N. Clarke, afirmó que “las ametralladoras dispararon durante un minuto y medio, dejando tal cantidad de muertos que es difícil contabilizarlos”. El corresponsal de El Comercio de Lima calculó 450 cadáveres y el de The Economist de Londres cifró en 500 los caídos aquel día. Innumerables heridos fallecieron posteriormente en el Hospital de Beneficencia y fueron enterrados rápidamente en una fosa común, para evitar su inclusión en las listas de difuntos. Estudios más recientes mencionaron la cantidad de 2.000 personas ejecutadas durante la masacre. El hecho sin duda constituye una auténtica barbaridad.

Conocedores de esta iniquidad y olvidando pasadas heridas de guerra, los cerreños se organizaron para traer a los sobrevivientes que habían sido expulsados. Su intención era darles albergue y ayuda. Se estableció una comisión presidida por el Doctor José Santos Chiriboga, Presidente de la Beneficencia Pública e integrada por los hermanos Ibarra, los señores Miguel y Cipriano Proaño, de los doctores Vallés y Tasso y del señor Abilio C. del Valle, de la “Droguería Popular”. Se sumó a ella la totalidad de instituciones religiosas de la localidad, los clubes de auxilios mutuos, instituciones culturales y deportivas y pueblo en general. Esta comisión trabajó arduamente para traer a los damnificados en barco desde Chile y, ya en el Callao, lo trajeron al Cerro de Pasco. Para recibirlos, estuvo el pueblo minero en pleno en la estación del ferrocarril.

Aquella tarde, la Plaza Chaupimarca estaba colmada de obreros con sus esposas e hijos que no cesaban de aclamar a los chilenos que llegaban. Entraron en la iglesia de Chaupimarca donde se les dio la bienvenida y el Presidente hizo entrega del total de la colecta efectuada en la ciudad consistente en una suma respetable, publicada por los periódicos. La “Cerro de Pasco Mining Campany”, había decidido darles trabajo en las lumbreras de “Noruega” y “Peña Blanca”. Inmediatamente después, a medida que los empadronaban, en una carpa gigantesca que habían improvisado, las damas les servían sus alimentos y departían con los chilenos; asimismo se les atendía en los auxilios médicos a muchos de ellos.

Aquel primer día, fue conmovedora la manera cómo, con unas muestras de cariño fraternal y hermoso, las familias previamente inscritas, dándoles abrigo y cariño los llevaban a sus casas para alojarlos. Los chilenos muy emocionados, no sabían cómo agradecer el gesto; mujeres y niños lloraban estrechados en abrazos fraternales con sus anfitriones. Aquello fue inolvidable. Fue uno de los más hermosos gestos colectivos que  nuestro pueblo realizó en toda su historia. La prensa nacional lo comentó con admiración. Aquellas personas  agradecidas jamás abandonaron nuestra tierra. Todavía quedan familiares de aquellos troncos chilenos en las calles mineras.

 

 

 

 

El crimen del “Hotel Comercio”

Escribe: Marco Antonio Capristán

Publicado en LA ABEJA DE 23 Enero 2016.

el crimen del hotel comercio“Por fin tenemos en nuestro medio, uno de esos crímenes horripilantes que son moneda corriente en Londres, Nueva York, Berlín o Chicago” escribió visiblemente emocionado Clemente Palma, director de la Revista “Variedades”, una de las más importantes de los años 30, al recibir la noticia del asesinato ocurrido dentro de uno de los locales más exclusivos de Lima, el “Hotel Comercio”. La emoción como periodista, del hijo del recordado autor de las “Tradiciones Peruanas”, era comprensible. En la tranquila Lima de la década del treinta una noticia como esa, era impensable hasta ese momento. El 24 de junio de 1930 el español Genaro Ortiz, había asesinado a su compañero de viaje Marcelino Domínguez, en la habitación 89 del tercer piso, del conocido hotel ubicado en la esquina de las calles Pescadería y Rastro de San Francisco (actualmente cuadra 1 del jirón Carabaya y cuadra 2 del jirón Ancash, junto a palacio de gobierno), luego de una discusión.

Antes de llegar a Lima, ambos estuvieron en Argentina y luego en Bolivia donde se dedicaron a su principal actividad, asaltar y estafar. Justamente sería el reparto de su último botín el que llevo a Genaro Ortiz a matar a su amigo con un martillo mientras dormía. La necesidad de desaparecer el cuerpo, lo llevo a descuartizarlo y colocarlo en dos maletas, con las que saldría del hotel rumbo a otro hospedaje, el de la familia Buendía ubicado en la calle Concha 356 (actual cuadra 3 del jirón Ica). Luego de alquilar un cuarto donde guardó las maletas, Ortiz huyó al Callao para embarcarse rumbo a Centro América. Seis días después el fétido olor del cadáver llevaría a que todo se descubra. Capturado en Panamá, Ortiz será traído a Lima en medio de gran expectativa, cientos de limeños sorprendidos por esta macabra historia, lo esperan en el muelle del Callao para verlo de cerca.  Se dice que su aspecto físico, según los diarios “muy parecido a un actor de cine”, captó la atención de las limeñas de la época. Ortiz sería sentenciado a 25 años y encerrado en la penitenciaria de Lima (la recordada cárcel limeña conocida como el Panóptico).  Hoy el “Hotel Comercio” ya no existe, el local está cerrado, su fachada nos da una idea de su esplendor en el pasado, solo conservando en su primer piso a uno de los restaurantes más tradicionales de Lima “El Cordano”.  El crimen ocurrido ahí, marcó a toda una generación de limeños y su tétrica historia conmueve aun en nuestros días.

 

Huelga policial de 1975: Cuando la anarquía tomó Lima

Huellas digitales EL COMERCIO de 2 de abril del 2015.

La tarde del miércoles 5 de febrero de 1975, Lima se convirtió en un polvorín. La Guardia Civil estaba en huelga, situación que fue aprovechada por vándalos para generar caos. Imágenes de aquel día muestran a estos delincuentes caminando despreocupados con televisores, radios, ventiladores y cuanto objeto pudieran robar de las tiendas. En Huellas Digitales recordamos esta huelga policial, considerada la más grande de la historia peruana.

huelga policial 1975Dos días antes de estallar la violencia callejera, Lima amaneció sin custodia policial. El personal subalterno de la Guardia Civil se había declarado en huelga. Unos mil policías se atrincheraron en el Cuartel de Radio Patrulla, en La Victoria.

El origen del caos

La de 1975 fue la huelga policial más grande de nuestra historia. La agresión física y verbal de un general del ejército a un subalterno de la Guardia Civil, la administración de ciertos bienes como la mutualista del personal subalterno, el cese de descuentos injustificados, las mejoras salariales y la reorganización de la Guardia Civil fueron los motivos que llevaron a las fuerzas del orden a paralizar sus labores.

Al amanecer del 5 de febrero, tropas del ejército tomaron por la fuerza el cuartel de Radio Patrulla deteniendo a decenas de policías. Mientras esto ocurría, Lima seguía desprotegida por segundo día.

Era el mediodía cuando se inició el saqueo en el Centro de Lima. Al no haber policías en las calles, grupos de agitadores incendiaron los edificios de los diarios Correo y Ojo, el viejo local del Círculo Militar en la plaza San Martín, el Centro Cívico; así como, autos y camionetas. Los vándalos rompieron puertas y escaparates de las tiendas para robar todo lo que pudieran cargar.

huelga policial 1975 - 2Vehículos blindados y tanques del ejército recorrieron el Centro de Lima para controlar a las turbas de vándalos. Con el paso de las horas, una tensa calma reinaba en la capital. El ejército repelió algunos intentos de continuar con el saqueo. Numerosos delincuentes fueron detenidos y transportados en camiones militares.

Como primeras medidas para restablecer el orden, el gobierno suspendió las garantías individuales en todo el país y estableció el toque de queda en Lima y Callao, de 10:00 pm a 5:00 am.

El 6 de febrero fue decretado como día no laborable. Los efectivos de la Guardia Civil volvieron a custodiar las calles y las labores de limpieza pública se reanudaron. Los mercados fueron custodiados por el ejército. Las tiendas, las panaderías y las farmacias atendían a puertas cerradas. Los restaurantes no abrieron.

El saldo que dejó la huelga policial

huelga policial 1975-3Según fuentes oficiales 86 personas murieron, 162 resultaron heridas, y fueron 1012 detenidas. Unos 162 establecimientos comerciales fueron saqueados y varios edificios públicos destruidos. El Comercio publicó la lista de fallecidos. El saldo que dejó la huelga policial

La Policía de Investigaciones de Lima (PIP) montó un rápido operativo para recuperar parte de lo robado. Unas 800 personas fueron detenidas por este saqueo en cuyo poder se halló ropa, lavadoras, refrigeradoras, motos, ventiladores y hasta muebles de sala y dormitorio. Al recorrer los callejones resultaron heridos unos 15 efectivos de la PIP.

huelga policial 1975-4Para el viernes, la normalidad volvió a la ciudad. Apresurados trabajadores abordaban los micros que circulaban por las calles. Los vendedores ambulantes regresaron a sus puestos en el jirón de la Unión y en el mercado mayorista las actividades se realizaban con tranquilidad. Los horarios para las misas se ajustaron a las condiciones del toque de queda. Los agentes del orden estaban en cada esquina.

(Lili Córdova Tábori)
Archivo Histórico El Comercio