Doctor Raúl Picón Reyes.

Nació en la ciudad del Cerro de Pasco, en enero de 1904 de padres cerreños y nieto del insigne pedagogo Ángel Ramos Picón.

Realizó sus estudios secundarios en el Colegio Santa Isabel de Huancayo manifestándose desde entonces su inclinación por la medicina. Ingresó en la facultad de Ciencias Naturales a los 16 años de edad y, en 1923, inició sus estudios en la Facultad de Medicina San Fernando. Se recibió de Doctor en Ciencias y, a los 24 años de edad, desempeñó el cargo de titular en la cátedra de Meteorología y Climatología, hasta 1931, año en el que se recesó a San Marcos.

Fue Director del Observatorio Meteorológico. Confeccionó el primer mapa Sísmico Geológico del Perú, mapa que hasta ahora sirve como referencia capital para los estudios que se efectúan al respecto. Este trabajo ha sido magnificado por el distinguido sabio G. Steinmann en su tratado sobre la Geología del Perú. En 1926 la Cámara de Diputados ordenó su publicación.

Para graduarse en la Facultad de Medicina presentó como tesis, el resultado de sus investigaciones en el Laboratorio Clínico del Hospital Dos de Mayo, en el que encontró el germen denominado HEMORGARINA HORMINIS que por primera vez se identificaba en el Perú y es causante de una enfermedad mortal en la quebrada de Matucana y Santa Eulalia. Dicha tesis, obtuvo el calificativo de sobresaliente y, por este motivo, fue publicado en los Anales de la Facultad de Medicina. El trabajo fue reproducido y traducido al francés por el instituto Pasteur de Francia.

En 1930 formó parte de la Quinta Comisión de Investigación de la “Enfermedad de los Andes”, colaborando con el profesor Carlos Monge. Desde entonces verifica estudios a nuestra raza autóctona, la vida en las alturas y mesetas andinas. Los resultados de esta labor paciente, de publicaron en revistas y libros de la especialidad.

En 1932, por encontrarse clausurada la Universidad, aceptó el cargo de médico titular de Chosica hasta 1934 en que es nombrado Médico titular en Goyllarisquizga y Casapalca. Finalmente se trasladó a Colquijirca en la Negociación Minera de don Eulogio Fernandini.

En el Cerro de Pasco, fue miembro de la Sociedad de Beneficencia Pública y Alcalde de la ciudad. Durante su gobierno edil recibió la visita del Presidente Manuel Prado y cumplió elogiosa actividad a favor del pueblo, especialmente en la solución del Juicio del Deslinde con la empresa norteamericana.

Fue miembro de la Sociedad Española de Meteorología y, de las Sociedades Geográficas del Perú y del Rotary Club del Cerro de Pasco.

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GEORGETTE NARRA LOS ÚLTIMOS DÍAS DE VIDA DE CÉSAR VALLEJO (Segunda parte)

Fuente: Revista Caretas

Vallejo 2(Villa Arago, 29 de marzo de 1938).

Esto sucedió entre las tres y las cinco de la tarde. Que se me perdone el no recordar la hora exacta; hacía 16 días que no me había acostado ni una sola hora.

Después entramos en la semana que precedió a la de su muerte. La peor de todas. Los médicos habían perdido la cabeza y huyeron. Ya las enfermeras juzgaban a duras penas necesaria la toilette de la mañana. Se olvidaban las horas del termómetro, la toma de las pulsaciones; los serums olvidados en el día eran inyectados apresuradamente en plena noche o al día siguiente. La mayoría se derramaban sobre el colchón. Se dejaba todo en mis manos agregando gentilmente, y aún con una sonrisa roja o rosada: “Sabemos que Ud. está aquí”.

La fiebre, el hipo, el delirio habían vuelto irreconciliable a Vallejo. El viernes que precedió en siete días al de su muerte, llamé a un médico conocido. “Toda esperanza no está perdida”, me dijo y procedió de inmediato al tratamiento. Prometió regresar al día siguiente a las 18 horas.

Al día siguiente Vallejo había recobrado su lucidez; la fiebre de 41 ½ había bajado a 38 ½. Era el sábado 9 de abril.

A las tres de la tarde el médico peruano regresó. No se atrevía a entrar en el cuarto. Apena lo vio, exclamó:

– ¡Pero, amigo, está Ud. mejor!

Y palpaba a Vallejo a través de la manta, visiblemente estupefacto. Bruscamente se volvió hacia mí y de frente por temor hacía mucho tiempo que no me miraba –dijo:

– ¡Qué le decía yo, señora!

El sábado, a las seis de la tarde, esperamos en vano a mi médico; lo que desesperó a Vallejo. Los otros tres facultativos prevenidos a qué sé yo, lo habían hecho arrojar literalmente de la clínica.

El domingo la fiebre subió nuevamente a 41 ½. Y en la mañana del lunes comenzó la agonía, que duró hasta las 9 y 20 de la mañana del viernes; lo que prueba suficientemente que 8 días antes “TODA ESPERANZA NO DEBIÓ ESTAR PERDIDA”.

En su agonía, Vallejo –a pesar de lo que hayan dicho– jamás nombró a su familia ni a su mujer, ni a ninguno de sus amigos. Y por esto no hay que reprocharle, pues no cometió crimen alguno. Pienso sí que en el delirio de Vallejo vivió únicamente España. Deberíamos admirar tal desinterés y estoicismo.

Sus deudas, si las tuvo –no las dijo durante su enfermedad– las arreglaría más allá de la muerte.

No le disputemos su agonía. Una obra, una misión, es un tirano que no admite ningún desfallecimiento en su servidor.

*****

EL RECUERDO

Tenía una desolación de cara angosta

El París en el que vivió, amó, escribió y murió Vallejo fue un punto de encuentro importante de toda una generación de creadores latinoamericanos. Luis Cardoza y Aragón, poeta guatemalteco formó parte de este grupo. Desde su tranquilo retiro mexicano y en exclusividad para Caretas, nos cuenta sus recuerdos.

Conocí a Vallejo en 1925. Yo era muy amigo de Alfonso de Silva, el músico, el que tocaba tangos en cafés y restaurantes. Una noche me llevó a visitar a Vallejo, andábamos por la zona de Montmartre –cerca de La Ópera y el Follies Bergere– y fuimos a visitar a su compatriota. Alfonso me había hablado mucho de él; vivía en un modesto hotel, en la Rue Moliére– si no me equivoco, ya era muy tarde pero tocamos la puerta y cuando entramos lo encontramos durmiendo junto a otro joven. Esto me desconcertó un poco, pensé que eran homosexuales. Vallejo se incorporó y me invitó a entrar y charlamos mucho y me di cuenta que ambos eran muy varones. Y me dije, pues, la mariconada hubiera sido que Vallejo en ese frío hubiera mandado dormir en el sofá a su amigo.

Luis Cardoza y Aragón tiene ahora 84 años, vive retirado en su casa de Coyoacán.

Me permití irrumpir una vez más en su mundo soledoso. Y me entregó generoso una charla sobre el amigo entrañable con quien compartió la fiebre de la creación en los turbulentos años veinte.

Así se inició su amistad con Vallejo, cuando lo encontró durmiendo con Julio Gálvez, el sobrino de Antenor Orrego, con quien salió de Lima y acabó fusilado por los franquistas en la Guerra Civil…

-Esa noche hablamos mucho, incluso yo lo visitaba con frecuencia y alguna vez –como la cama no era grande– dormí en el sofá. Y pude conocer su gran fervor humano, esa ternura y temple a la vez. Los latinoamericanos que estábamos en esa época –hablo de Alejo Carpentier, Uslar Pietri, Toño Salazar (que le hizo varias caricaturas), Félix Pita Rodríguez, Vicente Huidobro, Miguel Ángel Asturias– lo tratábamos como El Huaco. Sabíamos que venía de una región donde había florecido la Cultura Mochica, mestizo con un rostro aindiado, delgado, tenía una desolación de cara angosta, más enjuta por la nariz aquilina. Como he dicho alguna vez: tenía cara de reja de arado que hendía la tierra y sembraba pedernales. Era de temperamento fuerte, a veces de mal humor y vivía con mucha austeridad. Denotaba un mundo interior tan vasto y en conflicto. Los peruanos que estaban en esa época le llamaban El cholo, el cholito. Vallejo respondía con una leve sonrisa cuando le llamaban así.

Ustedes se habían posesionado de los cafés de Montparnasse:

-A ese café íbamos los latinoamericanos a tomar desayuno a cualquier hora. Había una parte para comer y otra era el “bistrot”, donde se tomaba tragos. Nosotros íbamos en grupo y pedíamos nuestro cafecito con leche y como habían unas canastas con los “croissants” o mediaslunas, como las llamábamos, engañábamos al hambre con estos pancitos, y pues nos echábamos cinco, seis o siete y al momento de pagar decíamos que habíamos consumido uno o dos, y con lo que nos ahorrábamos pasábamos a la otra sala a tomarnos ese trago bien conservado.

-Una vez Vallejo se apareció en la terraza de La Rotonde como clavo oxidado, negro, lebrel infernal, y nos leyó apuntes de un poema en donde alude a sus depósitos en Le Crédit Lyonnais. Nos sorprendió. Todavía escucho el comentario de Mado, linda prostituta borracha que sabía español aprendido en la cama con dos generaciones hispanoamericanas: “Il faut que tú evolues, espece de fetus”. Así era el ambiente, pero Vallejo impuso su voz, su iluminación y sus fatigas. Siempre me ha resultado un enigma en esos años jadeantes, no lo comprendí bien, no lo escuché bien. Sólo serenas lecturas posteriores me dieron una comprensión cabal de su obra. Tenía una manera muy propia de versificar, creía notar algo de torpe en su construcción, por lo que pensé que allí afloraba tal vez el humor del quechua, un temperamento y una sensibilidad que venían del pasado, de un ayer que asomaba, a cada instante: esa angustia, esa nervadura, ese mundo interno afloraba siempre. Por eso he dicho que Vallejo ha inventado en lenguaje. No escribe en español, sino en Vallejo. Eso le ha permitido crear su lenguaje, su manera de hablar, de versificar, y en eso fue un vanguardista a pesar suyo.

*****

SONETO DE CIRCUNSTANCIA

Vallejo 3
De puño y letra de César Vallejo. Foto tomada a la revista Caretas. Escobar Vallejo, primo del poeta, dice que a César Vallejo le gustaba peinarse a lo poeta, el pelo para atrás. También dice que era soñador y distraído y que soñaba con escribir. En esos tiempos que podrían considerarse la prehistoria, Vallejo escribió el soneto que aquí publicamos:

Era la noche de la despedida de Amalia Isaura, cuya compañía de teatro había entusiasmado a todo Trujillo allá por el año 1916 poniendo en escena una pieza de teatro del joven escritor Víctor Raúl Haya de la Torre “Triunfa Vanidad”. Los licores se consumían y las pasiones desbordaban. La obra tenía serias similitudes con uno de los percances de amor vividos por el Poeta. En medio de la noche los concurrentes pidieron a César Vallejo escribir un poema de homenaje, despedida y afectos a Amalia Isaura, el poeta no se negó, metió la mano a su bolsillo y sacó un sobre, lo despegó y en el momento escribió un soneto. Los alcoholes siguieron su travesía. Los abrazos y la nostalgia de las despedidas hicieron que el poema no llegara a las manos de la inolvidable Amalia. Se quedó entre las botellas, los vasos y los pañuelos olvidados por la euforia. Antenor Orrego lo recogió, durante muchos años lo guardó con él. Alguna vez lo publicó en una tesis universitaria.

 

 

GEORGETTE NARRA LOS ÚLTIMOS DÍAS DE VIDA DE CÉSAR VALLEJO (Primera parte)

Publicado por CARETAS el 20 de enero de 2106

Vallejo
César Vallejo (arriba de la flecha en rojo) al lado de Macedonio de la Torre. Al frente, empezando desde abajo, Víctor Raúl Haya de la Torre. Junto a él, a su derecha, Álvaro Pinillos, Alcides Espelucín y Antenor Orrego. La reunión fue en Trujillo. Foto e información de Caretas (edición 1001)

Georgette Marie Philippart de Vallejo, la francesa a quien amó el poeta peruano, narró, en un reportaje que publicó Caretas en 1951, los últimos días de vida de César Vallejo. En el escrito describe sus preocupaciones, las carencias, “los errores” y “el desastre” que pasaron durante esos 34 días –desde el 13 de marzo de 1938– que precedieron a la muerte del célebre huamachuquino: el 15 de abril del mismo año. “No se regatea con la vida”, le dijo entonces el poeta a su amada “en el curso de ese infierno” que vivieron durante los mencionados días. El siguiente texto, que dicha revista reprodujo en abril de 1988 –a cincuenta años de la muerte del poeta–, también contiene el recuerdo del guatemalteco Luis Cardoza y Aragón, vate que integró el grupo de latinoamericanos que crearon y se crearon en París, como César (a quien llamaban El Huaco), y un soneto escrito por Vallejo para una inolvidable actriz que alborotó Trujillo en 1916.

VALLEJO: ¡CUÁN POCO TIEMPO HE VIVIDO!

LA AGONÍA

El 13 de marzo comenzó la muerte del poeta

Por: GEORGETTE VALLEJO

Vallejo se acostó el 13 de marzo de 1938, después de comer, entre las dos y las dos y media. Hoy todavía me acuerdo de esa comida porque fue excepcional, y es por eso que me acuerdo también de la hora en que se acostó, sin imaginarse que nunca más iba a levantarse.

Y, aquella mañana, yo había ido al mercado como de costumbre, volví al hotel de 64 Avenida del Maine con dos costillas de carnero, habichuelas verde pálido y una botella de vino “casi fino”. No fue el menú lo más extraordinario, sino una fuerza ajena a mi voluntad que me impulsó a hacer tales gastos.

Vallejo permaneció acostado toda la tarde; lo que era completamente desacostumbrado. Me extrañé, y nada más. Al día siguiente se sintió cansado, tan cansado que no se levantó. A partir de este día supe que estaba perdido, y perdido porque, no teníamos dinero. Enderezada más que educada en este sentimiento por mi madre, desde mi más tierna infancia, me fue posible pedir nada a nadie.

Durante algunos días, para decir la verdad, Vallejo no empeoró. El médico que lo había visitado desde el segundo día, no se alarmó en absoluto. Mi insistencia “intolerable”, mis angustias “imaginarias”, hicieron que pronto me juzgara muy “exaltada”. Al cabo de una semana, la fiebre, hasta entonces estaba estacionada en 38 grados, subió ligeramente. El médico acosado por mis preguntas se emocionó y lo condujo a una clínica. Ahí comenzó el desastre.

En tres días, la fiebre saltó a 40 por la tarde y 39 por la mañana. Los médicos se sucedieron y, con ellos, las inyecciones, los análisis, los errores; Vallejo, como lo han demostrado los innumerables análisis, todos negativos, no necesitaba sino cambio de clima y reposo inmediatos, tranquilidad económica absoluta. No vacilo en afirmar que si la cuarta parte de la suma que fue entregada ciegamente a la clínica nos hubiera sido confiada, Vallejo no habría muerto.

Al cabo de una semana de clínica, la fiebre hizo un nuevo salto a 41 ½. Esto duró hasta el final. Cuando se acordó llamar al profesor Lemiere, especialista en enfermedades infecciosas era demasiado tarde. “Veo que este hombre muere –dijo– pero no sé de qué”.

Mientras Vallejo permaneció en el hotel, su moral fue buena y su presión aumentó ligeramente, por lo cual tengo la impresión de que no tuvo el presentimiento de su muerte próxima. Cuando ingresó a la clínica, las enfermeras lo hicieron sentar en una silla para transportarlo a su habitación. Algo en su perfil me heló de incertidumbre.

Una tarde abrió los ojos; brillaban como un grito y tenía la mirada del que va a morir.

Muy suavemente me dijo: “Tenías razón en todo”. Y, como yo iba a protestar, gritó: “¡En todo! ¡Y soy yo quien no te ha comprendido!” En el curso de ese infierno que fue nuestra vida, yo me había desesperado algunas veces; y poniendo la misma fuerza y la misma pasión en mis debilidades que en nuestra perseverancia, estas desesperaciones habían sido en ocasiones muy violentas.

Otro día –debía sentirse muy mal– la desesperación juntó en su mirada todas las palabras de admonición:

– Tendrás valor.

– Tendremos, dije.

Pero el tono de mi voz me traicionó más que mis palabras. Yo había pensado: “Lo tendré, si vives”. Y él adivinó perfectamente mi pensamiento, y con el rostro impregnado de reproche y de cierta severidad, dijo:

– No se regatea con la vida.

Centenario de la muerte del más grande científico peruano, Daniel Alcides Carrión Escribe: URIEL GARCÍA CÁCERES (Segunda parte)

Daniel A CarriónCarrión había visto cómo la desunión, el derrotismo y la inmoralidad habían hundido a la nación en la peor crisis de su historia. Vio fracasar al primer gobernante civil, a Manuel Pardo; más tarde fue casi testigo de su asesinato. Luego la guerra con su secuela trágica de dolor y miseria. A él mismo le birlaron un puño de oro para bastón que erogó para comprar los barcos que reemplazasen a los que perdimos, cuando fuimos derrotados en Angamos, en vez de unirnos todos los peruanos estalló –con los chilenos bloqueando el Callao– un sangriento motín. Un civil, Nicolás de Piérola, se erigió en gobernante con el rimbombante título de “Dictador Supremo y Defensor de la Raza Indígena”. Luego vivió toda la etapa aciaga del “Perú Yacente”. Él sí que sintió en carne propia la expresión del gran Jorge Basadre; porque el edificio de su Facultad fue convertido en cuartel por el invasor y porque sin biblioteca ni implementos de enseñanza tuvo que recibir clases en el domicilio de sus profesores y practicar en los ruinosos hospitales que el enemigo había dejado, ya que el Dos de Mayo también había sido ocupado. Al término de la ocupación ocurrió otra de las “cosas nunca vistas” por un conflicto sobre la defensa de la autonomía universitaria entre el Decano de la Facultad de Medicina y el gobernante de turno, general Iglesias, se produjo la renuncia de todos los profesores y el apresurado nombramiento de otros improvisados, en 1884, un año antes de su muerte. Y, como si esto fuese poco, el bloqueo de los puertos de nuestro litoral había sumido a la intelectualidad de la época en oscurantismo, especialmente a la ciencia médica. No se tuvieron noticias de los sensacionales descubrimientos que, precisamente desde 1879 hasta el 84 se sucedieron en alucinante sucesión, con los trabajos de Pasteur, Koch o Laverán.
“Más es siempre más”. Carrión, como todos los cholos sintió la lacerante discriminación de los adalides de las ideas de “avanzada” de entonces. Los positivistas, los neopositivistas, los darwinistas sociales despreciaban al indio y al cholo. Lo consideraban rémora para el progreso nacional y propiciaban la importación de sementales blancos para mejorar nuestra situación. Su profesor en Guadalupe –Don Pedro Paz Soldán y Unanue (Diccionario de Peruanismo)– definió al Cholo, como “una de las tantas castas que infestan este país”. Baste esta cita para comprender por qué Carrión no perteneció por ejemplo a la elitista hermandad, que se llamó Unión Fernandina. Y explica también el hecho que cuando murió, los editores de la revista de esa sociedad –formada por médicos y jóvenes estudiantes de medicina– tuvieron que cambiarle sus facciones; en vez de mostrarlo con sus recios caracteres nativos, lo desfiguraron poniéndole facciones afrancesadas. Era inconcebible que un cholo, como él era, pudiese ser famoso y glorificado.
Con una anticuada y antitécnica lanceta de vacunación, como todo implemento tecnológico, realizó un experimento que constituye un aporte a la ciencia, aunque solo fue un granito de arena. Sin mucha academia y con una dosis de valentía extraordinaria realizó obra de trascendencia. Se ha dicho que Carrión fue un cultivado científico positivista. Eso no pudo ser así. Hay que rescatar para Carrión el título adicional: el de ser un paradigma de la identidad nacional. Él nos demostró la misma capacidad creativa que los arquitectos de Machu Picchu, que sin financiación monetaria, escritura o la rueda levantaron esa maravillosa ciudad. O, mejor aún, él demostró la misma imaginación creativa –digna de un Premio Nobel– de los curanderos de Chanchamayo que descubrieron la cura para el paludismo en la corteza del árbol de la Quina. Este descubrimiento es la más importante contribución de la medicina peruana al bienestar de la humanidad.
Así es el cholo atrevido hasta la imprudencia, intuitivo e imaginativo hasta la genialidad y frente a la muerte no se arredra y se conduce con apropiada dignidad.

Falso Carrión

 

Centenario de la muerte del más grande científico peruano, Daniel Alcides Carrión Escribe: URIEL GARCÍA CÁCERES (Primera parte)

El 30 de setiembre de 1985, Caretas publicó el siguiente texto sobre Daniel Alcides Carrión (1857-1885), escrito por el médico peruano Uriel García Cáceres. En la presentación del artículo se puede leer: “El próximo sábado 5 de octubre se cumple un centenario del sacrificio que en aras de la ciencia médica realizara un joven y valeroso estudiante de medicina: Daniel Alcides Carrión. Hoy, el definido propósito de demostrar la naturaleza infecciosa de la verruga a través de la inoculación voluntaria del germen es reconocido universalmente y Carrión figura entre los grandes de la medicina mundial. Sin embargo, el mundo que rodeó a Carrión durante su existencia le fue agresivamente hostil y no fue hasta entrado el año de 1927 en que se reconoció –luego de inocular animales– la trascendencia científica de su gesto. Por inverosímil que hoy parezca, la figura del más grande hombre de la ciencia nacional fue tergiversada y deformada –hasta en sus rasgos físicos– por una sociedad racista y discriminadora que no aceptando los matices indígenas del investigador, optó por “afrancesarlo”, según detalla en este sensacional informe para CARETAS el reconocido médico Uriel García Cáceres”.

Ha pasado un siglo, el 5 de octubre, del día que en la Maison de Santé falleciera el estudiante de medicina del quinto año de estudios como resultado de la inoculación voluntaria que se había practicado con la secreción sanguinolenta de una rojiza verruga. Carrión trataba de demostrar la “inoculabilidad” de la enfermedad. Ese concepto y esa palabra estaban en boga en el mundo científico de esa época, era el primer paso para demostrar la naturaleza infecciosa de cualquier enfermedad. Después había que buscar un agente bacteriano o microbio tanto en el enfermo atacado con el mal por estudiarse como en animal inoculado. Resulta que era y es desconocido, salvo en muy contadas ocasiones, que se haya inoculado a seres humanos como sujetos de experimentación.

Isabel I de Inglaterra mandó experimentar la variolación en voluntarios, presidiarios que deseaban condonar su pena. La variolación fue el procedimiento que consistía en infectar mínimamente (todavía no se conocía la vacunación de Jenner) con pústulas de viruela a personas para que adquirieran resistencia por vida contra esa temida enfermedad: claro que algunos morían de una diseminación. Mengele experimentó con niños judíos en los campos de concentración inoculándoles toda suerte de microbios. Pero todos esos han sido ejemplos de inoculaciones hechas por investigadores a otras personas, inclusive aquí hubo un chapucero investigador que quiso imitar a Carrión, en pellejo ajeno, con tuberculosis y sin su consentimiento.

John Hunter, a fines del siglo XVIII, se inoculó sífilis para estudiar en su cuerpo la historia natural de la enfermedad. Logró describir la etapa de diseminación de la enfermedad; él murió después de muchos años, en la vejez, de las complicaciones tardías de esa misma enfermedad, en la aorta y el corazón.

Ha habido otros como Petenhoffer quien, en una actuación científica pública, en medio de un argumento en contra del origen microbiano del Cólera, sostenido por Pasteur, arrancó de las manos de su oponente el frasco que contenía el caldo de cultivo con los terribles vibriones productores de la mortal enfermedad. Lo asombroso fue que no le pasó nada al irascible científico, poniendo en duda las teorías del gran Pasteur.

Daniel Alcides Carrión (Uriel García)
Daniel Alcides Carrión (1857-1885). Foto: Caretas.

Otros ejemplos menos dramáticos y, sobre todo, menos importantes en sus conclusiones han ocurrido. Pero el de Carrión es el más destacado de la Historia de la Medicina Universal. No solo porque las conclusiones que se sacó con su experimento son válidas hasta hoy y han resistido argumentos, basados en trabajos científicos más elaborados y tecnológicamente más completos que los que usó nuestro Carrión, sino por el lado humano de la hazaña.

Cuando Carrión escoge al paciente para que “no sin dificultad” su amigo, el médico Evaristo Chávez le inoculase, tiene la buena fortuna se dice esto –desde luego, por el éxito científico del experimento mas no por el trágico resultado– que la verruga escogida del niño, 14 años, estuviese seguramente plagada de los microbios causantes de la enfermedad. La adquiere y demuestra, sencillamente y sin ninguna sofisticación, que la enfermedad es inoculable. Para demostrar que él estuvo en lo cierto tuvieron que pasar muchas décadas; en 1905 Alberto Barton descubrió el microbio causante y solo, en 1927, Noguchi, trabajando con técnicas muy elaboradas en el afamado Instituto Rockefeller logró demostrar, en animales de experimentación, la inoculabilidad de la enfermedad.

Cuando, abandonado y olvidado por las notabilidades médicas de la época, gravemente enfermo con el mal que estaba estudiando, obnubilado y en discernimiento dedujo que la anemia y la fiebre que lo estaba matando era idéntica a la de la enfermedad, mal llamada Fiebre de La Oroya. Otra vez aquí hubo discusión sobre la validez de esta conclusión. En 1913 la Universidad de Harvard envió una expedición al Perú para resolver el problema. El grupo de investigadores estuvo presidido por el más connotado especialista, el Dr. Strong. La conclusión fue que Carrión se había equivocado; que la Fiebre de La Oroya y la Verruga Peruana eran dos enfermedades distintas, que los gérmenes descubiertos por el peruano Barton eran los causantes de la primera enfermedad y que los de la Verruga había que buscarlos. Años después, en una segunda expedición, Strong tuvo que rectificarse.

Carrión vivió en un medio hostil bajo muchos puntos de vista. “La que llevamos aquí no es vida, pues pasan cosas nunca vistas…” “Más es siempre más…  ¿Qué hacer? Paciencia y barajar…” son expresiones que se encuentran en las tiernas cartas que escribió a su madre o a su padrastro. Tenía la sensibilidad vallejiana, propia del serrano.

Continúa……

 

Dionisio Rodolfo Bernal Rojas

atardecer en cerro de pasco - Homer Nieto
“Atardecer en el Cerro de Pasco” – fotografía de Homer Nieto.

Escritor, folclorólogo y diplomático peruano nació en la ciudad del Cerro de Pasco el 12 de agosto de 1917. Hijo de don Román Bernal Blanco y doña Natividad Rojas, ambos nacidos en el Cerro de Pasco. Su abuelo, don Dionisio Bernal, fue capitán de navío de la Armada Española. A él le dedica su obra cumbre con el siguiente tenor:

            A don Dionisio Bernal, mi abuelo, Capitán de Navío de la Real Armada Española; andaluz y chapeta obstinado, aventurero y Gran Señor de Minas, Patrón de Muleros.

            A mi padre, que desde temprana edad me enseñó con el ejemplo, a ser hombre. A mi suelo natal, que me dio el aliento, y a los Clubes Carnavalescos de Pasco y a los cantores y músicos populares de toda la Región Central del Perú. 

Sus estudios primarios los realizó en nuestra vieja Escuela de Patarcocha cuando todavía era Municipal donde se gestó sus notables aptitudes literarias. De muy niño participó en las comparsas carnavalescas nutriéndose con aquellas vivas demostraciones de entusiasmo popular. Al concluir sus estudios primarios decide marchar a la capital. El día de su partida, los diarios locales  publicaron unos versos muy expresivos en los que hacía notar su tremenda congoja por el alejamiento involuntario del lar nativo.

Ya en Lima realiza una serie de trabajos para sobrevivir. Felizmente, por esos días, encuentra el apoyo del músico don Ricardo Arbe que lo acoge en su domicilio. Posteriormente ingresa en el Colegio Nacional de Nuestra Señora de Guadalupe donde demuestra sus inquietudes y aficiones al editar la revista VERDAD Y ESFUERZO. Más tarde, otras publicaciones más. Su vehemencia juvenil, le hace escribir notas rebeldes que estuvieron a punto de causar su expulsión del Colegio, por esta razón tuvo que terminar sus estudios en el Colegio Modelo donde edita la Revista del Colegio. Concluidos sus estudios secundarios ingresa en la Facultad de Letras de la Universidad Mayor de San Marcos donde convoca a un grupo de jóvenes emprendedores con los que edita la Revista LOS NUEVOS. En el ámbito periodístico, tuvo prolífica creación que publicó, “El Comercio”, “La Prensa” y “La Crónica” de Lima; “Altura” de Huancayo; “El País” de Montevideo; “la Prensa” y “El Sexto Continente” de Buenos Aires.

Inmerso en el mundo del Ministerio de Relaciones Exteriores su labor diplomática es también nutrida. Se desempeñó como Cónsul General del Perú en Bolivia, Japón, Chile y Estados Unidos de Norteamérica donde difundió sus trabajos folclóricos haciendo conocer sus investigaciones acerca de la música cerreña.

Concluidos sus estudios de Folclore en Argentina, escribe en 1947 su obra principal: LA MULIZA CERREÑA, en la que formula una tesis muy interesante sobre la creación cerreña, alcanzando el aplauso  de muchos estudiosos. Mereció elogios del musicólogo Carlos Vega y del folclorólogo Juan Alfonso Carrizo.

LA PRENSA de Buenos Aires en su edición de 25 de enero de 1948 dice refiriéndose a su libro:

            “El tradicionalista peruano Dionisio Rodolfo Bernal, autor de varios trabajos sobre el folklore de su país, ha publicado en Lima, “La Muliza Cerreña”, estudio sobre un género de canción peruana en su modalidad regional del Cerro de Pasco”

            “El autor afirma que la muliza deriva del Zegel, canción de amor española, cuyo origen es, acaso, asiático y es seguramente musulmán, presentándose a la primera como tradicionalmente hispánica y cristiana, traída al Perú por los invasores, siglos atrás”.

            “El folklore de un pueblo no es nunca de una absoluta pureza, pues continuas invasiones y migraciones y constantes influjos culturales foráneos introducen en la poesía y la música popular y culta diversos elementos que el genio de la raza transfigura al amoldarlos a sus características espirituales y estas son las que forman la tradición folklórica de un país y no los aportes extranjeros vinieren de donde vinieren”.

            “El meritorio trabajo de Bernal confirma este aserto, pues las numerosas piezas poéticas del Carnaval del Cerro de Pasco transcriptas por aquel, son del romanticismo, de origen europeo, que predominó en nuestra América en el siglo pasado y los números musicales que ofrece el autor son indígenas o mestizos” (LA PRENSA, de Buenos Aires, 25 de enero de 1948).

Finalmente, consignamos parte de una interesante carta que le hace llegar el célebre Juan Alfonso Carrizo, indiscutible autoridad argentina del folklore, en la que le dice:

            Lo felicito, amigo Bernal, por su “Muliza”; ha recuperado usted un material valioso que irremisiblemente se hubiera perdido. El estudio preliminar, diestramente construido, es interesante y testimonio a la vez de una dedicación que tiende a hacerse más rigurosa, a ahondar más el complejo tema de la poesía popular. Después de felicitarlo por su libro, no quiero dejar de expresarle que me llenará de satisfacción conocer que en sus próximos trabajos usted se ceñirá a lo estrictamente folklórico, es decir lo popular, tradicional y anónimo, deslindando definitivamente el material, que, por ejemplo en su estudio reciente combina orígenes; algunas piezas son realmente folklóricas, anónimas y otras, muchas, producto de versificadores conocidos y contemporáneos, cuya simpática obra no puede sin embargo pertenecer a los objetos que estudia el folklore. Créame distinguido amigo que su labor asumirá cada vez mayor importancia si usted evita lo que es ya un error corriente entre muchísimos e inteligentes escritores americanos y el producto de una falacia teórica: la identificación de lo popular con lo folklórico.

                                                           Juan Alfonso Carrizo.

Ya de vuelta en Lima, escribe una nota necrológica referente a la muerte de Ricardo Peña Barrenechea –inquieto y muy modesto poeta cerreño- y se publica en la revista CENTRO que editaban Ambrosio Casquero y Leoncio Lugo.

SOLLOZOS POR LA MUERTE DE RICARDO PEÑA BARRENECHEA.

¡Ay! Ricardo, cómo duele tu partida, pensamos que estar en el blanco cielo, meditando hacer poesía o entenderte con los ángeles en coros; organizando pascanas de pintura. ¡Ay Ricardo! cómo nos dejas en un mundo sin dignidad y altura. Cómo duele tu partida, sabemos que nos llevas la delantera, que tu presencia en el camino azul del cielo, será anticipo de bondad en ella.  Fuiste íntegramente bueno, diamantinamente humano y hoy, que nos falta tu presencia, acaso si el sollozo arranca lagos del cristal de nuestros ojos, y una pena que como camino viaja de nuestro corazón al tuyo. 

            Ay tu pena de atormentado a lo Van Gogh, de tu vida sencilla, altamente digna, que por senderos de la sierra colmaste a los hombres y naturaleza de un encanto y bondad sin igual. 

            Ay, cómo nos duele tu partida, sin avisos, sin anuncios y sin las estridencias de los que nada valen; hay en ella, una benedictina paciencia, una desolada y buscada muerte; !Ay! la muerte que todo lo trunca, que todo lo enciende para las albas del cielo y de la luz ignota. 

            En vida fuiste, humanamente sencillo, te prodigaste para la dignidad humana, como para que tu muerte alcanzara esos contornos.

            !Ay!, qué digno destino el tuyo, el de todos los grandes que alcanzarán la grandeza del alma y un asidero en el cielo inamovible de la inmortalidad. Los que fuimos tus amigos, los que te tratamos en la intimidad, sentimos tu partida, tú nos previste, ay cuando viajabas enfermo a tu destierro, a tu soledad, al sendero de tu largo camino, del que no volverás. 

            Para nosotros no has muerto, porque quien tan señera presencia tuvo en la tierra, su muerte física es acaso un accidente de su inmortalidad. 

            Ya que tu presencia física no nos prodigará esa bondad que supiste infundirnos, esa irónica palabra que de tus labios florecían como amapolas, como palomas, como rosas del cielo. 

            Ya no tendremos tu mano franca, que nos extendías, sin resabios, sin intenciones de segundo orden, sin temor estudiado y por sobre todo la franqueza que da la grandeza y la sobriedad de una alta vida. 

            Ay, Ricardo, cómo nos duele tu partida; nuestra soledad sin tu presencia es tediosa, desolada, sin aliento para ser vivida, ni encanto para ser sentida. 

            Te fuiste como “amante tímida y pálida” del bosque de la vida; partiste dejando a la jauría humana que se despedaza, seguro que allá en tu nueva morada, “Despertarás en la noche blanca” “dormida en la luz del día”. Allá dirás “Fui yo quien bebí de  tus ojos” “Llenos de melancolía”. A pesar de tu partida prematura nos conforta tu nuevo cielo en la que “Soñarás lámparas graves” y estarás con “los ángeles desnudos “que hacia el bosque iban” “con los cabellos al aire” y “la piel desvanecida” (1939).

Por aquellos años conoce a la señorita Alejandrina Ugaz Martínez, con la que contrae matrimonio y tiene una hija, la señorita Carmen Bernal Ugaz.

Simultáneamente a la difusión de sus trabajos de investigación folclórica que se publica en varios diarios, ingresa en el servicio diplomático como secretario de protocolo. De 1956 a 1959, es cónsul del Perú en Copacabana, Bolivia. De 1959 a 1964, es trasladado a Chile. En 1969, desempeña el cargo de cónsul del Perú, en  Kobe. Su desempeño es excelente, permaneciendo hasta 1972. De 1972 a 1975, es el cónsul del Perú en Nueva Orleáns, Estados Unidos de Norteamérica.

Víctima de una afección cardiaca, falleció el 8 de agosto de 1982.

 

 

 

Robert Proctor (Visitante ilustre)

Robert ProctorComo hemos visto en numerosas entregas de esta página, a través de toda su historia, el Cerro de Pasco recibió la visita de numerosos viajeros que dejaron interesantes testimonios de su paso por sus calles y sus minas. Creo sinceramente que se puede compilar en varios tomos estos interesantes documentos que tienen enorme valor.

Armando Nieto Vélez en su trabajo UNA DESCRIPCION DEL PERU EN EL SIGLO XVII, en el Boletín del Instituto Riva Agüero, correspondiente a los años 1982- 1983 publicado por la Universidad Católica del Perú (Pág. 283) dice:

                        Los antiguos relatos de misioneros y viajeros son fuente de extraordinario valor para el estudio y conocimiento de la geografía – en sus diversas ramas- y de los usos y costumbres de los pueblos de América. A lo largo de sus correría el viajero científico investiga, observa y anota, plasmando una imagen del paisaje y del hombre; imagen interesante y original, porque con frecuencia pone de relieve aspectos y rasgos que un natural de la tierra estaría inclinado a omitir, por obvios y familiares motivos. De ahí el provecho que siempre reportan las relaciones del género a los científicos dedicados a las disciplinas del hombre y la naturaleza.

Nacido en Londres en 1788, Robert Proctor, como agente de banqueros británicos recorrió extensamente Argentina, Chile y el Perú. En nuestro país visitó varios pueblos de la costa y de la sierra. Las observaciones que menciona en su trabajo son muy certeras y, todas las informaciones que nos brindan son excelentes y de primera mano tal es el caso del tema: “El Cerro de Pasco y la explotación minera” que escribiera en el año de 1823, oportunidad en la que nos visitara, dándonos a conocer sus observaciones de la realidad cerreña en aquellos momentos en los que acababa de jurar la independencia nuestro pueblo y la represión realista con todas sus negativas implicancias en el campo minero. Fuer nutrida la información que nos dejó en su obra NARRATIVE OF JOURNEY ACROSS THE ANDES.