Centenario de la muerte del más grande científico peruano, Daniel Alcides Carrión Escribe: URIEL GARCÍA CÁCERES (Segunda parte)

Daniel A CarriónCarrión había visto cómo la desunión, el derrotismo y la inmoralidad habían hundido a la nación en la peor crisis de su historia. Vio fracasar al primer gobernante civil, a Manuel Pardo; más tarde fue casi testigo de su asesinato. Luego la guerra con su secuela trágica de dolor y miseria. A él mismo le birlaron un puño de oro para bastón que erogó para comprar los barcos que reemplazasen a los que perdimos, cuando fuimos derrotados en Angamos, en vez de unirnos todos los peruanos estalló –con los chilenos bloqueando el Callao– un sangriento motín. Un civil, Nicolás de Piérola, se erigió en gobernante con el rimbombante título de “Dictador Supremo y Defensor de la Raza Indígena”. Luego vivió toda la etapa aciaga del “Perú Yacente”. Él sí que sintió en carne propia la expresión del gran Jorge Basadre; porque el edificio de su Facultad fue convertido en cuartel por el invasor y porque sin biblioteca ni implementos de enseñanza tuvo que recibir clases en el domicilio de sus profesores y practicar en los ruinosos hospitales que el enemigo había dejado, ya que el Dos de Mayo también había sido ocupado. Al término de la ocupación ocurrió otra de las “cosas nunca vistas” por un conflicto sobre la defensa de la autonomía universitaria entre el Decano de la Facultad de Medicina y el gobernante de turno, general Iglesias, se produjo la renuncia de todos los profesores y el apresurado nombramiento de otros improvisados, en 1884, un año antes de su muerte. Y, como si esto fuese poco, el bloqueo de los puertos de nuestro litoral había sumido a la intelectualidad de la época en oscurantismo, especialmente a la ciencia médica. No se tuvieron noticias de los sensacionales descubrimientos que, precisamente desde 1879 hasta el 84 se sucedieron en alucinante sucesión, con los trabajos de Pasteur, Koch o Laverán.
“Más es siempre más”. Carrión, como todos los cholos sintió la lacerante discriminación de los adalides de las ideas de “avanzada” de entonces. Los positivistas, los neopositivistas, los darwinistas sociales despreciaban al indio y al cholo. Lo consideraban rémora para el progreso nacional y propiciaban la importación de sementales blancos para mejorar nuestra situación. Su profesor en Guadalupe –Don Pedro Paz Soldán y Unanue (Diccionario de Peruanismo)– definió al Cholo, como “una de las tantas castas que infestan este país”. Baste esta cita para comprender por qué Carrión no perteneció por ejemplo a la elitista hermandad, que se llamó Unión Fernandina. Y explica también el hecho que cuando murió, los editores de la revista de esa sociedad –formada por médicos y jóvenes estudiantes de medicina– tuvieron que cambiarle sus facciones; en vez de mostrarlo con sus recios caracteres nativos, lo desfiguraron poniéndole facciones afrancesadas. Era inconcebible que un cholo, como él era, pudiese ser famoso y glorificado.
Con una anticuada y antitécnica lanceta de vacunación, como todo implemento tecnológico, realizó un experimento que constituye un aporte a la ciencia, aunque solo fue un granito de arena. Sin mucha academia y con una dosis de valentía extraordinaria realizó obra de trascendencia. Se ha dicho que Carrión fue un cultivado científico positivista. Eso no pudo ser así. Hay que rescatar para Carrión el título adicional: el de ser un paradigma de la identidad nacional. Él nos demostró la misma capacidad creativa que los arquitectos de Machu Picchu, que sin financiación monetaria, escritura o la rueda levantaron esa maravillosa ciudad. O, mejor aún, él demostró la misma imaginación creativa –digna de un Premio Nobel– de los curanderos de Chanchamayo que descubrieron la cura para el paludismo en la corteza del árbol de la Quina. Este descubrimiento es la más importante contribución de la medicina peruana al bienestar de la humanidad.
Así es el cholo atrevido hasta la imprudencia, intuitivo e imaginativo hasta la genialidad y frente a la muerte no se arredra y se conduce con apropiada dignidad.

Falso Carrión

 

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Centenario de la muerte del más grande científico peruano, Daniel Alcides Carrión Escribe: URIEL GARCÍA CÁCERES (Primera parte)

El 30 de setiembre de 1985, Caretas publicó el siguiente texto sobre Daniel Alcides Carrión (1857-1885), escrito por el médico peruano Uriel García Cáceres. En la presentación del artículo se puede leer: “El próximo sábado 5 de octubre se cumple un centenario del sacrificio que en aras de la ciencia médica realizara un joven y valeroso estudiante de medicina: Daniel Alcides Carrión. Hoy, el definido propósito de demostrar la naturaleza infecciosa de la verruga a través de la inoculación voluntaria del germen es reconocido universalmente y Carrión figura entre los grandes de la medicina mundial. Sin embargo, el mundo que rodeó a Carrión durante su existencia le fue agresivamente hostil y no fue hasta entrado el año de 1927 en que se reconoció –luego de inocular animales– la trascendencia científica de su gesto. Por inverosímil que hoy parezca, la figura del más grande hombre de la ciencia nacional fue tergiversada y deformada –hasta en sus rasgos físicos– por una sociedad racista y discriminadora que no aceptando los matices indígenas del investigador, optó por “afrancesarlo”, según detalla en este sensacional informe para CARETAS el reconocido médico Uriel García Cáceres”.

Ha pasado un siglo, el 5 de octubre, del día que en la Maison de Santé falleciera el estudiante de medicina del quinto año de estudios como resultado de la inoculación voluntaria que se había practicado con la secreción sanguinolenta de una rojiza verruga. Carrión trataba de demostrar la “inoculabilidad” de la enfermedad. Ese concepto y esa palabra estaban en boga en el mundo científico de esa época, era el primer paso para demostrar la naturaleza infecciosa de cualquier enfermedad. Después había que buscar un agente bacteriano o microbio tanto en el enfermo atacado con el mal por estudiarse como en animal inoculado. Resulta que era y es desconocido, salvo en muy contadas ocasiones, que se haya inoculado a seres humanos como sujetos de experimentación.

Isabel I de Inglaterra mandó experimentar la variolación en voluntarios, presidiarios que deseaban condonar su pena. La variolación fue el procedimiento que consistía en infectar mínimamente (todavía no se conocía la vacunación de Jenner) con pústulas de viruela a personas para que adquirieran resistencia por vida contra esa temida enfermedad: claro que algunos morían de una diseminación. Mengele experimentó con niños judíos en los campos de concentración inoculándoles toda suerte de microbios. Pero todos esos han sido ejemplos de inoculaciones hechas por investigadores a otras personas, inclusive aquí hubo un chapucero investigador que quiso imitar a Carrión, en pellejo ajeno, con tuberculosis y sin su consentimiento.

John Hunter, a fines del siglo XVIII, se inoculó sífilis para estudiar en su cuerpo la historia natural de la enfermedad. Logró describir la etapa de diseminación de la enfermedad; él murió después de muchos años, en la vejez, de las complicaciones tardías de esa misma enfermedad, en la aorta y el corazón.

Ha habido otros como Petenhoffer quien, en una actuación científica pública, en medio de un argumento en contra del origen microbiano del Cólera, sostenido por Pasteur, arrancó de las manos de su oponente el frasco que contenía el caldo de cultivo con los terribles vibriones productores de la mortal enfermedad. Lo asombroso fue que no le pasó nada al irascible científico, poniendo en duda las teorías del gran Pasteur.

Daniel Alcides Carrión (Uriel García)
Daniel Alcides Carrión (1857-1885). Foto: Caretas.

Otros ejemplos menos dramáticos y, sobre todo, menos importantes en sus conclusiones han ocurrido. Pero el de Carrión es el más destacado de la Historia de la Medicina Universal. No solo porque las conclusiones que se sacó con su experimento son válidas hasta hoy y han resistido argumentos, basados en trabajos científicos más elaborados y tecnológicamente más completos que los que usó nuestro Carrión, sino por el lado humano de la hazaña.

Cuando Carrión escoge al paciente para que “no sin dificultad” su amigo, el médico Evaristo Chávez le inoculase, tiene la buena fortuna se dice esto –desde luego, por el éxito científico del experimento mas no por el trágico resultado– que la verruga escogida del niño, 14 años, estuviese seguramente plagada de los microbios causantes de la enfermedad. La adquiere y demuestra, sencillamente y sin ninguna sofisticación, que la enfermedad es inoculable. Para demostrar que él estuvo en lo cierto tuvieron que pasar muchas décadas; en 1905 Alberto Barton descubrió el microbio causante y solo, en 1927, Noguchi, trabajando con técnicas muy elaboradas en el afamado Instituto Rockefeller logró demostrar, en animales de experimentación, la inoculabilidad de la enfermedad.

Cuando, abandonado y olvidado por las notabilidades médicas de la época, gravemente enfermo con el mal que estaba estudiando, obnubilado y en discernimiento dedujo que la anemia y la fiebre que lo estaba matando era idéntica a la de la enfermedad, mal llamada Fiebre de La Oroya. Otra vez aquí hubo discusión sobre la validez de esta conclusión. En 1913 la Universidad de Harvard envió una expedición al Perú para resolver el problema. El grupo de investigadores estuvo presidido por el más connotado especialista, el Dr. Strong. La conclusión fue que Carrión se había equivocado; que la Fiebre de La Oroya y la Verruga Peruana eran dos enfermedades distintas, que los gérmenes descubiertos por el peruano Barton eran los causantes de la primera enfermedad y que los de la Verruga había que buscarlos. Años después, en una segunda expedición, Strong tuvo que rectificarse.

Carrión vivió en un medio hostil bajo muchos puntos de vista. “La que llevamos aquí no es vida, pues pasan cosas nunca vistas…” “Más es siempre más…  ¿Qué hacer? Paciencia y barajar…” son expresiones que se encuentran en las tiernas cartas que escribió a su madre o a su padrastro. Tenía la sensibilidad vallejiana, propia del serrano.

Continúa……

 

Dionisio Rodolfo Bernal Rojas

atardecer en cerro de pasco - Homer Nieto
“Atardecer en el Cerro de Pasco” – fotografía de Homer Nieto.

Escritor, folclorólogo y diplomático peruano nació en la ciudad del Cerro de Pasco el 12 de agosto de 1917. Hijo de don Román Bernal Blanco y doña Natividad Rojas, ambos nacidos en el Cerro de Pasco. Su abuelo, don Dionisio Bernal, fue capitán de navío de la Armada Española. A él le dedica su obra cumbre con el siguiente tenor:

            A don Dionisio Bernal, mi abuelo, Capitán de Navío de la Real Armada Española; andaluz y chapeta obstinado, aventurero y Gran Señor de Minas, Patrón de Muleros.

            A mi padre, que desde temprana edad me enseñó con el ejemplo, a ser hombre. A mi suelo natal, que me dio el aliento, y a los Clubes Carnavalescos de Pasco y a los cantores y músicos populares de toda la Región Central del Perú. 

Sus estudios primarios los realizó en nuestra vieja Escuela de Patarcocha cuando todavía era Municipal donde se gestó sus notables aptitudes literarias. De muy niño participó en las comparsas carnavalescas nutriéndose con aquellas vivas demostraciones de entusiasmo popular. Al concluir sus estudios primarios decide marchar a la capital. El día de su partida, los diarios locales  publicaron unos versos muy expresivos en los que hacía notar su tremenda congoja por el alejamiento involuntario del lar nativo.

Ya en Lima realiza una serie de trabajos para sobrevivir. Felizmente, por esos días, encuentra el apoyo del músico don Ricardo Arbe que lo acoge en su domicilio. Posteriormente ingresa en el Colegio Nacional de Nuestra Señora de Guadalupe donde demuestra sus inquietudes y aficiones al editar la revista VERDAD Y ESFUERZO. Más tarde, otras publicaciones más. Su vehemencia juvenil, le hace escribir notas rebeldes que estuvieron a punto de causar su expulsión del Colegio, por esta razón tuvo que terminar sus estudios en el Colegio Modelo donde edita la Revista del Colegio. Concluidos sus estudios secundarios ingresa en la Facultad de Letras de la Universidad Mayor de San Marcos donde convoca a un grupo de jóvenes emprendedores con los que edita la Revista LOS NUEVOS. En el ámbito periodístico, tuvo prolífica creación que publicó, “El Comercio”, “La Prensa” y “La Crónica” de Lima; “Altura” de Huancayo; “El País” de Montevideo; “la Prensa” y “El Sexto Continente” de Buenos Aires.

Inmerso en el mundo del Ministerio de Relaciones Exteriores su labor diplomática es también nutrida. Se desempeñó como Cónsul General del Perú en Bolivia, Japón, Chile y Estados Unidos de Norteamérica donde difundió sus trabajos folclóricos haciendo conocer sus investigaciones acerca de la música cerreña.

Concluidos sus estudios de Folclore en Argentina, escribe en 1947 su obra principal: LA MULIZA CERREÑA, en la que formula una tesis muy interesante sobre la creación cerreña, alcanzando el aplauso  de muchos estudiosos. Mereció elogios del musicólogo Carlos Vega y del folclorólogo Juan Alfonso Carrizo.

LA PRENSA de Buenos Aires en su edición de 25 de enero de 1948 dice refiriéndose a su libro:

            “El tradicionalista peruano Dionisio Rodolfo Bernal, autor de varios trabajos sobre el folklore de su país, ha publicado en Lima, “La Muliza Cerreña”, estudio sobre un género de canción peruana en su modalidad regional del Cerro de Pasco”

            “El autor afirma que la muliza deriva del Zegel, canción de amor española, cuyo origen es, acaso, asiático y es seguramente musulmán, presentándose a la primera como tradicionalmente hispánica y cristiana, traída al Perú por los invasores, siglos atrás”.

            “El folklore de un pueblo no es nunca de una absoluta pureza, pues continuas invasiones y migraciones y constantes influjos culturales foráneos introducen en la poesía y la música popular y culta diversos elementos que el genio de la raza transfigura al amoldarlos a sus características espirituales y estas son las que forman la tradición folklórica de un país y no los aportes extranjeros vinieren de donde vinieren”.

            “El meritorio trabajo de Bernal confirma este aserto, pues las numerosas piezas poéticas del Carnaval del Cerro de Pasco transcriptas por aquel, son del romanticismo, de origen europeo, que predominó en nuestra América en el siglo pasado y los números musicales que ofrece el autor son indígenas o mestizos” (LA PRENSA, de Buenos Aires, 25 de enero de 1948).

Finalmente, consignamos parte de una interesante carta que le hace llegar el célebre Juan Alfonso Carrizo, indiscutible autoridad argentina del folklore, en la que le dice:

            Lo felicito, amigo Bernal, por su “Muliza”; ha recuperado usted un material valioso que irremisiblemente se hubiera perdido. El estudio preliminar, diestramente construido, es interesante y testimonio a la vez de una dedicación que tiende a hacerse más rigurosa, a ahondar más el complejo tema de la poesía popular. Después de felicitarlo por su libro, no quiero dejar de expresarle que me llenará de satisfacción conocer que en sus próximos trabajos usted se ceñirá a lo estrictamente folklórico, es decir lo popular, tradicional y anónimo, deslindando definitivamente el material, que, por ejemplo en su estudio reciente combina orígenes; algunas piezas son realmente folklóricas, anónimas y otras, muchas, producto de versificadores conocidos y contemporáneos, cuya simpática obra no puede sin embargo pertenecer a los objetos que estudia el folklore. Créame distinguido amigo que su labor asumirá cada vez mayor importancia si usted evita lo que es ya un error corriente entre muchísimos e inteligentes escritores americanos y el producto de una falacia teórica: la identificación de lo popular con lo folklórico.

                                                           Juan Alfonso Carrizo.

Ya de vuelta en Lima, escribe una nota necrológica referente a la muerte de Ricardo Peña Barrenechea –inquieto y muy modesto poeta cerreño- y se publica en la revista CENTRO que editaban Ambrosio Casquero y Leoncio Lugo.

SOLLOZOS POR LA MUERTE DE RICARDO PEÑA BARRENECHEA.

¡Ay! Ricardo, cómo duele tu partida, pensamos que estar en el blanco cielo, meditando hacer poesía o entenderte con los ángeles en coros; organizando pascanas de pintura. ¡Ay Ricardo! cómo nos dejas en un mundo sin dignidad y altura. Cómo duele tu partida, sabemos que nos llevas la delantera, que tu presencia en el camino azul del cielo, será anticipo de bondad en ella.  Fuiste íntegramente bueno, diamantinamente humano y hoy, que nos falta tu presencia, acaso si el sollozo arranca lagos del cristal de nuestros ojos, y una pena que como camino viaja de nuestro corazón al tuyo. 

            Ay tu pena de atormentado a lo Van Gogh, de tu vida sencilla, altamente digna, que por senderos de la sierra colmaste a los hombres y naturaleza de un encanto y bondad sin igual. 

            Ay, cómo nos duele tu partida, sin avisos, sin anuncios y sin las estridencias de los que nada valen; hay en ella, una benedictina paciencia, una desolada y buscada muerte; !Ay! la muerte que todo lo trunca, que todo lo enciende para las albas del cielo y de la luz ignota. 

            En vida fuiste, humanamente sencillo, te prodigaste para la dignidad humana, como para que tu muerte alcanzara esos contornos.

            !Ay!, qué digno destino el tuyo, el de todos los grandes que alcanzarán la grandeza del alma y un asidero en el cielo inamovible de la inmortalidad. Los que fuimos tus amigos, los que te tratamos en la intimidad, sentimos tu partida, tú nos previste, ay cuando viajabas enfermo a tu destierro, a tu soledad, al sendero de tu largo camino, del que no volverás. 

            Para nosotros no has muerto, porque quien tan señera presencia tuvo en la tierra, su muerte física es acaso un accidente de su inmortalidad. 

            Ya que tu presencia física no nos prodigará esa bondad que supiste infundirnos, esa irónica palabra que de tus labios florecían como amapolas, como palomas, como rosas del cielo. 

            Ya no tendremos tu mano franca, que nos extendías, sin resabios, sin intenciones de segundo orden, sin temor estudiado y por sobre todo la franqueza que da la grandeza y la sobriedad de una alta vida. 

            Ay, Ricardo, cómo nos duele tu partida; nuestra soledad sin tu presencia es tediosa, desolada, sin aliento para ser vivida, ni encanto para ser sentida. 

            Te fuiste como “amante tímida y pálida” del bosque de la vida; partiste dejando a la jauría humana que se despedaza, seguro que allá en tu nueva morada, “Despertarás en la noche blanca” “dormida en la luz del día”. Allá dirás “Fui yo quien bebí de  tus ojos” “Llenos de melancolía”. A pesar de tu partida prematura nos conforta tu nuevo cielo en la que “Soñarás lámparas graves” y estarás con “los ángeles desnudos “que hacia el bosque iban” “con los cabellos al aire” y “la piel desvanecida” (1939).

Por aquellos años conoce a la señorita Alejandrina Ugaz Martínez, con la que contrae matrimonio y tiene una hija, la señorita Carmen Bernal Ugaz.

Simultáneamente a la difusión de sus trabajos de investigación folclórica que se publica en varios diarios, ingresa en el servicio diplomático como secretario de protocolo. De 1956 a 1959, es cónsul del Perú en Copacabana, Bolivia. De 1959 a 1964, es trasladado a Chile. En 1969, desempeña el cargo de cónsul del Perú, en  Kobe. Su desempeño es excelente, permaneciendo hasta 1972. De 1972 a 1975, es el cónsul del Perú en Nueva Orleáns, Estados Unidos de Norteamérica.

Víctima de una afección cardiaca, falleció el 8 de agosto de 1982.

 

 

 

Robert Proctor (Visitante ilustre)

Robert ProctorComo hemos visto en numerosas entregas de esta página, a través de toda su historia, el Cerro de Pasco recibió la visita de numerosos viajeros que dejaron interesantes testimonios de su paso por sus calles y sus minas. Creo sinceramente que se puede compilar en varios tomos estos interesantes documentos que tienen enorme valor.

Armando Nieto Vélez en su trabajo UNA DESCRIPCION DEL PERU EN EL SIGLO XVII, en el Boletín del Instituto Riva Agüero, correspondiente a los años 1982- 1983 publicado por la Universidad Católica del Perú (Pág. 283) dice:

                        Los antiguos relatos de misioneros y viajeros son fuente de extraordinario valor para el estudio y conocimiento de la geografía – en sus diversas ramas- y de los usos y costumbres de los pueblos de América. A lo largo de sus correría el viajero científico investiga, observa y anota, plasmando una imagen del paisaje y del hombre; imagen interesante y original, porque con frecuencia pone de relieve aspectos y rasgos que un natural de la tierra estaría inclinado a omitir, por obvios y familiares motivos. De ahí el provecho que siempre reportan las relaciones del género a los científicos dedicados a las disciplinas del hombre y la naturaleza.

Nacido en Londres en 1788, Robert Proctor, como agente de banqueros británicos recorrió extensamente Argentina, Chile y el Perú. En nuestro país visitó varios pueblos de la costa y de la sierra. Las observaciones que menciona en su trabajo son muy certeras y, todas las informaciones que nos brindan son excelentes y de primera mano tal es el caso del tema: “El Cerro de Pasco y la explotación minera” que escribiera en el año de 1823, oportunidad en la que nos visitara, dándonos a conocer sus observaciones de la realidad cerreña en aquellos momentos en los que acababa de jurar la independencia nuestro pueblo y la represión realista con todas sus negativas implicancias en el campo minero. Fuer nutrida la información que nos dejó en su obra NARRATIVE OF JOURNEY ACROSS THE ANDES.

José Sabas Libornio el músico de la bandera peruana por Lilia Córdova Tábori

Publicado en el diario EL COMERCIO del 12 de junio de 2015

José Sabas LibornioDespués del Himno Nacional, la ‘Marcha de las Banderas’ es una de las composiciones más emocionantes que tenemos en el Perú. Pero… ¿Sabes quién fue su autor? En Huellas Digitales recordamos, al cumplirse 100 años de su muerte, al maestro filipino José Sabas Libornio, cuyas composiciones forman parte de la historia del Ejército y el cancionero popular peruano.

Hijo de un maestro y una bordadora, José Sabas Libornio Ibarra nació en Managua (Filipinas) el 5 de diciembre de 1855 cuando estas tierras aún estaban bajo el dominio español.

Cautivado por la música, José inició sus estudios en el Colegio General de Música Santa Cecilia de Manila. Fue un destacado alumno graduándose con diploma de honor por tener las mejores calificaciones.

José Sabas Libornio fue considerado uno de los mejores saxofonistas de su época. Entre 1873 y 1875 dirigió la Banda Cívica de España en Manila. Comenzó a recorrer el mundo y se estableció en Honolulu donde fue director de la Real Banda Hawaiana con la que continuó viajando por Europa y América.

Su llegada al Perú

En 1895 el Presidente del Perú Nicolás de Piérola tenía planeado reorganizar el Ejército incluyendo no solo el aspecto bélico sino musical. Por ello contrató al famoso maestro Libornio.

A su llegada al país, el músico fue asimilado al Ejército con el grado de Capitán y nombrado Director General de la Banda del Ejército. Libornio ordenó la compra de instrumentos y seleccionó a los integrantes de la banda. Sus alumnos aprendieron no solo los acordes musicales sino a cuidar los instrumentos. Libornio destacó por su empeño y dedicación. El maestro adoptó al Perú como su segunda patria. Aquí formó una familia con su esposa María Estrada y sus cinco hijos.

Una marcha para los peruanos

A José Sabas Libornio le parecía que una marcha debía rendir honores a nuestra bandera. Hasta esos momentos el Himno Nacional era entonado en misas, ceremonias castretes y cuando acto oficial se presentara. Libornio expresó su idea al presidente Piérola quien lo alentó a seguir adelante.

Un 9 de diciembre de 1897 en la misa en honor a la Batalla de Ayacucho, la llegada del presidente fue matizada por la famosa marcha. Libornio fue ascendido al grado de Sargento Mayor del Ejército.

La ‘Marcha de las Banderas’ entró en vigencia como ‘Marcha Nacional Peruana’ desde el 17 de diciembre de 1897. En el gobierno de Augusto B. Leguía se dispuso que se denomine ‘Marcha de las Banderas’ y sea interpretada en los actos oficiales al momento de ser izado el Pabellón Nacional. Además la ‘Marcha de las Banderas’ anuncia la llegada del Presidente del Perú en los actos religiosos como la misa Te Deum.

Durante los 20 años de servicio en el ejército José Sabas Libornio compuso otras importantes marchas como: ‘El Morro’, ‘Mi patria’, ‘Huamachuco’, ‘Escuadra Peruana’, ‘Coronel La Puente’, entre otras. Además fue cautivado por la música criolla. Escribió valses como: ‘Hotensia’, ‘Orquídeas’, entre otras.

José Sabas Libornio 2José Sabas Libornio murió a los 60 años un 9 de diciembre de 1915. Una multitud se congregó en su casa, ubicada en el jirón Huancavelica, para despedirse del músico filipino pero peruano de corazón. Por el centenario de su muerte, sus familiares realizarán una romería al Cementerio Presbítero Maestro donde están enterrados sus restos.

 

 

ANTENOR RIZO PATRON LEQUÉRICA (Lima, 20-11-1867 / Lima, 7-7-1948)

Antenor Rizo Patrón Lequérica

Este ilustre peruano, bajo cuya advocación se prepara una brillante generación de estudiantes cerreños nació en la ciudad de Lima, el 20 de noviembre de 1867, hijo de don Antenor Rizo Patrón Aráoz y de doña Teodosia Lequérica Hurtado de Mendoza.

Finalizada su instrucción primaria se inscribió en el colegio nacional de La Libertad, donde culminó su instrucción secundaria con notable éxito.

Después de una rigurosa preparación profesional en la que destaca por su contracción al estudio y a la investigación, recibe su título de ingeniero de Minas en el año de 1887.

Al cumplir 21 años de vida en 1888, inicia sus labores profesionales en la mina de Carahuacra de propiedad del ingeniero Félix Remy. Al año siguiente, la Compañía Backus y Jhonston contrata sus servicios profesionales para dirigir sus laboratorios y oficinas de ensayos en Casapalca.

La labor que desempeña en Casapalca es tan notable que, en consideración a su capacidad intelectual y predominante espíritu de trabajo, don Eulogio Fernandini lo contrata ventajosamente para dirigir sus establecimientos metalúrgicos de Huaraucaca, al finalizar el año de 1889. Esta moderna planta contaba entonces con una sub planta de preparación mecánica de minerales y una concentradora por flotación; una oficina de amalgamación para minerales argentíferos; una fundición de hornos de cuba para producir matas de cobre y, una oficina de lexiviación de bismuto hasta obtenerlo en estado metálico. El jefe general de esta moderna y gigantesca planta fue, precisamente, don Antenor Rizo Patrón Lequérica.

Estando en Huaraucaca y, ya en el año de 1900, recibe unas muestras minerales recogidas en la hacienda Quispe correspondiente al asiento minero de mina Ragra y, al analizarlas, encuentra una mezcla de vanadio con azufre que rio se había hallado en ninguna parte del mundo. Sorprendido por el valioso e inesperado hallazgo, informa detalladamente de su contenido a don Eulogio Fernandini, quien, en el año de 1905, denuncia el abandonado yacimiento de mina Ragra con el nuevo nombre de “La Química” y, convencidos de la proverbial abundancia de vanadio en la zona, durante todo el año 1906 siguen efectuando los denuncios de las minas: LA FISICA, TRIUNFO DE LA QUIMICA Y LABORATORIO.

Los exhaustivos análisis e investigaciones complementarios efectuados posteriormente a cargo del cuerpo de ingenieros de minas bajo la jefatura del notable científico don José Julián Bravo y con la participación del científico norteamericano, señor Foster Hewet, demuestran que se hallan ante una nueva especie mineral nunca antes conocida que viene a ser el PENTASULFURO DE VANADIO y al que, en justo homenaje a su descubridor, bautizaron el nombre de RIZOPATRONITA.

En aquel entonces, el vanadio era un elemento tan indispensable porque, mezclado con el acero, le daba excelente dureza a éste. Convencidos de esta cualidad, la explotación del vanadio se hizo en tal proporción que el 90% de la producción mundial salía de mina Ragra, que se convirtió en primer productor de vanadio del mundo. Corría el año 1906.

Es necesario señalar que, antes del descubrimiento de la Rizopatronita y, en el mismo laboratorio de Huaraucaca, Antenor Rizo Patrón Lequérica, había descubierto el más importante depósito nacional de bismuto en el cerro San Gregorio, ubicado en las inmediaciones de aquel lugar, tipificándolo como un arseniato básico de bismuto conocido también como ATELESTITA.

Al retirarse de la Negociación Fernandini en el año de 1920, después de haber brindado sus esfuerzos generosos y pródigos por más de 31 años ininterrumpidos, se dedica a la ganadería a la que orienta su inteligencia y su trabajo, por lo que, como frutos extraordinarios, obtiene todos los primeros premios de las Exposiciones Ganaderas en las que participa. Al ser afectada por los humos de La Oroya, vende la hacienda Atojsaico de su propiedad a la compañía norteamericana.

Cansado de los trajines mineros y ganaderos, con la salud resentida y cargado de años retorna a su tierra natal, en donde se dedica a las finanzas fundando el Banco Hipotecario del Perú. Más tarde dirigente e incansable, recibe la Dirección General del Banco Popular del Perú, desempeñándose en estos cargos con mucha eficiencia y acierto.

Cuando había cumplido los 81 años de edad, un paro cardiaco lo sorprende en pleno trabajo, falleciendo instantáneamente. Era el 7 de julio de 1948.

Como un justo y merecido homenaje a su memoria, el Colegio Nacional Industrial del Cerro de Pasco -el primer centro educativo secundario del departamento- ha bautizado su plantel con su nombre ilustre y, cada día, en un peregrinaje notable por las rutas de la historia, le da lustre y le dignifica.

 

HIMNO DEL COLEGIO RIZO PATRÓN

Adelante paso marcial

la falange Rizo Patrón

a la cumbre a de llegar

de los Andes junto al sol

El estudio y la labor

de la técnica industrial

dará pronto a la Nación

un impulso sin igual.

Con la fe del que ama el trabajo

con la luz de la instrucción

de la roca a la altitud

forjaremos un nuevo Perú

Colegio INEI 3 c

DON ENRIQUE TORRES BELÓN

Enrique Torres Belón
A la entrada de un túnel de la Compañía Minera Atacocha -de izquierda a derecha- el ingeniero Enrique Torres Belón, inolvidable lampeño del que se habla en la nota; el contratista Faello Rastelli, el ingeniero Felipe Bautista Caldas, el señor Francisco Gallo, “Don Paco”, ingeniero Carlos Valdivieso y el señor José A. Caro, directivos de la recordada empresa que ha dejado grandes recuerdos en el Departamento

Fue un hombre extraordinario que dejó su impronta de disciplina, trabajo y bonhomía que todavía se recuerda. Gran parte de su incalculable fortuna la fue acumulando con su trabajo  en la mina de Atacocha. Fue accionista y miembro de su Directorio formado bajo la presidencia del doctor Alberto Quesada. Como directores: Ingeniero Enrique Torres Belón y, señores, Gerardo Díez Gallo y Francisco Díez Gallo. Su Director Gerente, era el ingeniero Edgardo Portaro Mazetti.

Fue un hombre exageradamente generoso con su Lampa natal a la que quería y extrañaba. No obstante estas virtudes –la verdad sea dicha- su pueblo no lo comprendió y menos agradeció, porque ellos no solo no agradecieron sus bondades sino que en el colmo de la ingratitud publicaron un libelo en el que decían:”En Lampa están ubicadas las siete maravillas: Un templo sin feligreses; un puente sin río; un hospital sin enfermos; una cárcel sin presos; un gimnasio sin atletas, un mercado sin vendedores y un estadio sin jugadores”. Todo, pura exageración. La ingratitud de su pueblo llegó a tal extremo que cuando clasificó el equipo de fútbol “Alfonso Ugarte” de Puno a la Copa Libertadores, argentinos y uruguayos -como siempre- vetaron su campo con argumentos muy deleznables “Es inhumano jugar a esa altura”. Un general de aquella agrupación denominada “Gobierno Revolucionario” reclamó y, claro, como las bases del campeonato estipulaban claramente que se debería jugar en la sede del equipo clasificado, la razón le asistió. Tuvieron que aceptar a regañadientes jugar en aquel campo deportivo. Aquí aparecen los “chupamedias” que solicitaron a la Federación Peruana de Fútbol el cambio de nombre de “Enrique Torres Belón” por el del general de marras. ¡Imagínense tamaño despropósito e ingratitud! Felizmente la cordura prevaleció y aquel estadio quedó con el nombre del generoso minero.

Torres Belón fue tres veces diputado y una vez senador, épocas en las que se prodigó a favor de su tierra. En uno de sus viajes a Roma, suplicó al Papa para que le permitieran la reproducción exacta de la maravillosa escultura de LA PIETA de Miguel Ángel Buonarroti. Lo consiguió.

Cuando murió este generoso lampeño, fue sepultado en el mausoleo que  en vida había hecho erigir en el interior del templo dedicado a Santiago Apóstol. Allí está ubicada la impresionante réplica de la famosa escultura. Debajo yacen los restos de él y de su esposa. La iglesia lo ha determinado así con toda justicia.

Lo que son las cosas.

Hace pocos días recordaron en Roma los 45 años del ataque a La Piedad. El 21 de mayo de 1972, un visitante húngaro llamado Laszlo Toth saltó sobre la escultura gritando que él era Miguel Ángel y la golpeó doce veces con un martillo. En segundos le rompió la nariz y un párpado, despedazó la mano izquierda y quebró la rodilla del Cristo.

Cuando finalmente lo bajaron a la fuerza, sobre el suelo de la catedral se esparcían más de cien trozos de mármol. El delicado rostro de la Virgen, esculpido para verse más joven que su hijo y bella durante la eternidad, estaba destrozado.

¿Cómo hacer el milagro de restaurar una de las obras más impresionantes del renacimiento italiano?

En medio de este debate, alguien encontró en los archivos vaticanos un dato inesperado. Una copia exacta de La Piedad había sido enviada varios años antes al sur de los andes peruanos, casi en la frontera con Bolivia.

“Tomarle las medidas era necesario para restaurar la original”, Días después del ataque el equipo de arquitectos italianos llegó a Lampa, 3.900 metros. Hasta ahora es un misterio cómo el senador peruano Enrique Torres convenció a Juan XXIII en 1960 de enviar la réplica a su natal Lampa.

Miguel Ángel tenía 24 años cuando terminó de esculpirla en 1499

Pasaron los años y una tarde de 1972, una comitiva enviada por el Papa Pablo VI llegó a la pequeña ciudad de Lampa. Quienes los vieron aún los recuerdan agitados. Habían viajado 10.500 kilómetros desde Roma para buscar uno de los diseños más famosos del genio italiano Miguel Ángel Buonarroti, muerto en el siglo XVI: una réplica exacta de su escultura de La Piedad. La Virgen María con el cuerpo de Jesús en su regazo.

Quien observa la estatua original casi puede sentir la suavidad de los labios de María o los rizos de Jesús entre los dedos. El velo de la virgen más que de mármol asemeja la seda, y el brazo de Cristo parece tener sangre en las venas.

En todo caso, nos conmueve que el bondadoso gesto de un hombre bueno que sin saberlo y a despecho de sus egoístas paisanos, estaba guardando para la posteridad la grandeza del genio Miguel Ángel.

la pasion de Miguel Angel