DON GERARDO

Gerardo Patiño López (dibujo)Hay hombres admirables que a lo largo de su vida lustral y bienhechora se convierten en paradigmas de su comunidad. Don Gerardo Patiño López lo es para el Cerro de Pasco. Su luminosa presencia fue muy importante por más de diez lustros en los avatares históricos de su tiempo. Todos los acontecimientos -de los buenos y de los otros- fueron relatados y descritos en magistrales crónicas a través de, EL MINERO, el periódico que fue su arma de lucha. El periódico que nació con él y murió con él. Sólo la parca pudo vencerlo muy lejos de la tierra que tanto había amado. Cuando se nos fue, tenía 82 años.

Nació en el Cerro de Pasco, el 3 de octubre de 1896 -dos meses antes de la fundación de EL MINERO- Sus padres fueron, el Mayor del Ejército Peruano, Rufino Patiño Hurtado y, la señora, Talía Rosa López. Sus hermanos, Carmen de Alvariño, Albina de Benavides y David Patiño. Estuvo casado con la señora María Jesús Maldonado Sánchez y, es padre de Bertha, Miguel, Rebeca, Luz Mercedes y Lola.

En 1909 ingresa en calidad de aprendiz en el fascinante mundo del periodismo. Recién está por cumplir 13 años y, las planillas de EL MINERO, lo tiene como a su servidor más joven. El 1916 ingresa por tres años a servir en el Ejército. A su retorno, se convierte en arrendatario, editor y director del periódico. A partir de entonces, en forma cotidiana va registrando las crónicas del pueblo minero; sus grandezas y sus miserias; sus triunfos y frustraciones. Pero su trabajo no se limitó a la difusión de los datos informativos, no. Se caracterizó por ser protagonista de mil y una luchas en beneficio de su tierra. Lanzó brillantes iniciativas que culminaron en bellas y positivas realizaciones. En 1925, por ejemplo, apoya el raid automovilístico: Cero de Pasco-Lima, pasando por La Viuda, con el fin de iniciar el trazo de la carretera que muchos servicios prestó a la zona. Los deportistas cerreños, Salinas, Oyarzábal, Beloglio y nuestro mártir minero Gamaniel Blanco Murillo, corresponsal del periódico, culminan con éxito la hazaña. La vía fue inaugurada solemnemente en 1932.

En 1929, con motivo de la inauguración del monumento a la Columna Pasco, el Concejo Provincial lo premia con Medalla de Oro. Él había sido el hombre de la iniciativa y de la lucha tenaz para la erección del homenaje a nuestros héroes.

El 15 de enero de 1931, el tirano Sánchez Cerro, comete una de las más grandes arbitrariedades políticas. Traslada la capital del Departamento de Junín, del Cerro de Pasco, a Huancayo. EL MINERO lanza encendidas protestas y organiza manifestaciones populares. Hasta se llega a complotar. El 5 de diciembre de 1931, el pueblo se levanta en armas. Debelado el movimiento, los insurrectos son enviados al Panóptico de Lima, entre ellos están Gerardo Patiño López y José Melgar Márquez. Dos jóvenes, dos destinos y dos opciones diferentes. Mientras que el primero, valiéndose del periodismo y la lucha ciudadana diaria, logra en 1944, la reivindicación del pueblo al crearse el departamento de Pasco; el otro –sectario y apasionado- está a punto de cumplir su juramento de matar al tirano en la iglesia de Miraflores, pero fracasa; es condenado a muerte y luego amnistiado. Don Gerardo, liberado ya, retorna a su tierra y, pluma en ristre, sigue ocupando su lugar en la barricada de dignidad. Sus logros son numerosos y extraordinarios.

Siendo Inspector de Obra Públicas, arboriza nuestro cementerio con hermosos quinuales que hasta ahora cobija en sus ramas, centenares de bulliciosas avecillas. Es decir, la vida donde reina la muerte y, en 1938, entrega una capilla central que hasta ahora sirve de oratorio. En 1941, conjuntamente con el concejal italiano Bonfiglio Vermiglio, edifica el actual mercado central y, amante de la cultura, construye la Biblioteca Municipal, frente al Hospital Carrión. Ese mismo año instala el refectorio escolar para dar alimentos a los niños pobres del Cerro de Pasco­. Por haber salido en defensa de la clase trabajadora, el 22 de junio de 1941 es enviado nuevamente al Panóptico de Lima. El 14 de agosto recobra la libertad y, nuevamente, se pone al frente del periódico. Un verdadero triunfo.

Después de una brillante campaña en la que es el adalid y, don Ernesto Diez Canseco, el ejecutor, se inaugura el Colegio Nacional Daniel Alcides Carrión, el 31 de mayo de 1943. Otro de sus triunfos gloriosos.

Los primeros días del año de 1944, viaja conjuntamente con don  Cipriano Proaño y don Raúl Picón Reyes, a pedir al Senado de la República la creación del Departamento de Pasco. Potaban argumentos y datos valiosísimos de sustento. El 27 de noviembre de 1944, el sueño de don Gerardo se hace realidad.

En diciembre de 1946, el Agregado Miliar de la Embajada Argentina, lleva un puñado de tierra cerreña al Panteón de los Próceres de aquel país. Allí, conjuntamente con las tierras de Chacabuco y Maipú, está la tierra cerreña que, el 6 de diciembre de 1820, se empapó con la generosa sangre de los centauros argentinos en su lucha por la libertad. Ese mismo día, el Gobierno Argentino condecoró a don Gerardo, con una Medalla de Oro.

Al llegar el año de 1948, un despreciable tirano, un enfermizo sujeto que detentó el cargo de Prefecto del Departamento de Pasco, con el abuso, el atropello, la ignominia y la estupidez, encendió de tal manera el ánimo del pueblo que, fatalmente se manchó las manos con su sangre canalla. La represión no se hizo esperar. Hombres, mujeres y niños fueron a  abarrotar las cárceles y, por su lucha en defensa del pueblo, se clausuró EL MINERO.

Su extraordinaria capacidad de trabajo, su inteligencia y su entereza, nunca supieron de treguas ni de despreciables deserciones. Era la historia viviente de su pueblo. Su alejamiento físico del lar nativo lo hizo sufrir mucho, pero desde la distancia, mantuvo vigente su amor por estos pagos. En 1967, como una acertada síntesis de su concepción de la historia de su ciudad natal, crea el Escudo del Cerro de Pasco.

Como protagonista de cinco décadas de nuestra historia, como cultivador de nuestras tradiciones, como periodista insigne, dejó una estela luminosa, hermosa heredad para nuestros hijos. Ha sido el hombre cabal que la filosofía oriental sintetiza en la fase  de Lin YuTan:” Tuvo hijos, escribió libros y plantó árboles”. Nosotros, emocionados, repetimos la expresión más hermosa en los labios del hombre: “NO VIVIO EN VANO”.

EL MAESTRO, CARLOS REYES RAMOS

El maestro Carlos Reyes Ramos

Una de las personas que a lo largo de mi vida me ha impresionado grandemente fue Carlos Reyes Ramos, un artista tan extraordinario que nos dejó una enseñanza imperecedera de humildad y grandeza.  Permítanme recordarlo ahora.

            Era notablemente moreno, de talla mediana, talante modesto acentuado con su vestir, limpio y ordenado, pero sencillo. Cuando lo conocí, me impresionó su sencillez y su simpatía. Fue don Lucho Llanos quien nos  presentó. Había que hablar con él para llegar a conocerlo plenamente. Su plática sin ningún tipo de afectación dejaba traslucir una sólida preparación humanística. Desde el comienzo simpatizamos mutuamente. Mucho me impresionó sus comentarios acerca de mi programa ANTOLOGÍA que propalaba a partir de la once de la noche irradiando poemas con piezas clásicas de los grandes maestros y música romántica en alternancia. Él comprendía que era la única manera de hacer asequible al pueblo las creaciones de la poesía universal. Dotarla de un ambiente demasiado académico y serio, habría logrado ahuyentar a la audiencia que siempre fue numerosa. Por estos acertados comentarios, pude calibrar su preparación cultural, sólida y amena. Es más. En una oportunidad me alcanzó unas acertadas creaciones suyas que con mucho gusto las irradié y las publiqué en nuestra revista EL PUEBLO que gozaba de gran popularidad. Posteriormente aparecieron publicadas también en el periódico LA ANTORCHA.

Un domingo me sorprendió verlo arbitrar un partido de fútbol de la Liga. Lo hizo con acierto y se le abrieron las puertas del difícil e incomprendido deporte de juzgar las jugadas ajenas.

Pero la sorpresa mayúscula e inolvidable la recibí una noche en la que don Lucho nos hizo una invitación especial a LA ESQUINA DEL MOROCHO. Armó un hermoso programa evocativo en el que el número central lo ocupó Carlos Reyes Ramos. Sorpresa. Nos llenamos de enorme satisfacción al comprobar que era cultor de la guitarra clásica y conocido concertista en la Lima de aquellos días. Aquella noche, en atención al grueso de los invitados, especialmente gente de la radio, periodistas, maestros y otros intelectuales, acompañado de “Vichi” Llanos, ejecutó en laúd, hermosísimos valses populares que nos emocionaron mucho. IDOLATRIA, ROSAS DE OTOÑO, ISABELITA, LOS ROSALES, TU OLVIDO y muchos otros que  ganaron el aplauso general de los habitúes. La humorada llegó al tope cuando secundaron la interpretación de voces hermosísimas y perfectamente afiatadas de los Hermanos Llanos: Marcial y Lucho. Ellos, al estilo implantado por aquel inolvidable trío argentino de Irusta – Fugazot y De Mare, nos hicieron vivir todo el esplendor de los valses que siempre están presentes en la memoria. Jamás olvidaremos aquella noche amenísima que terminó el domingo a las ocho de la mañana con un reconfortante caldo de cabeza…

Olvidaba comentarles que en aquella velada, con una cortedad conmovedora nos ofreció sus servicios personales de sastrería. Como era de esperarse, ganó numerosísimos clientes. Así que en el transcurso de una semana nos visitaba trayéndonos figurines y muestras de telas de excelente calidad, nos tomaba medidas que anotaba en un cuaderno y recortaba un pedazo de la tela elegida junto con el compromiso. A la semana siguiente ya nos estaba probando los trajes. Hacía ajustes con alfileres y puntadas, trazos con tizas e hilvanes y,  nuevamente se llevaba los trajes a Lima. A la semana siguiente ya los teníamos listos. La totalidad de sus admiradores le encargábamos nuestros ternos. Sólo de esa manera podíamos gozar de sus visitas semanales. Se alojaba en la casa de su anfitrión y hermano de juramento, don Lucho Llanos, en donde siempre fue tratado con un cariño y respeto extraordinarios. Doña Isabel Goyena, esposa de don Lucho, su hijo Vichi, Ignacio y sus hermanos, se desvivían por atenderlo. No podía ser  menos, don Lucho siempre fue un caballero a carta cabal y, Carlitos bien se lo merecía.

Sábados y domingos, cuando nos visitaba, tras los encuentros futboleros, recalábamos a la ESQUINA DEL MOROCHO y allí, pudimos  gozar de su acertada digitación en ejecuciones clásica con piezas de Soir, Tárrega, Villalobos, Rodrigo y muchos otros maestros inolvidables. Es más, con esa sensibilidad muy suya, hacía marco flamenco -que también dominaba-, para invitarme a recitar poemas de Ochaíta, Rafael de León, García Lorca y otros poetas españoles; todo con una aceptación general que me conmovía. A partir de entonces, casi en todas las humoradas de LA ESQUINA DEL MOROCHO alternábamos con música y poesía. La costumbre se extendió y sirvió para que hagan conocer sus creaciones varios poetas lugareños como Juvenal Augusto Rojas, Carlitos Rodríguez Minaya, Arnulfo Becerra Alfaro y un inquieto joven que había llegado del norte a prestar servicios en el Colegio Carrión: Genaro Ledesma Izquieta. Como es natural, mi admiración y mi afecto hacia Carlitos crecieron enormemente. Él correspondía con creces este sentimiento fraternal. Lo admirable de todo –yo diría, ejemplar- que no obstante ser un artista de tantos pergaminos, siempre buscaba mantener un perfil bajo con humildad conmovedoramente admirable. Es más, solía contar con un gracejo especial numerosas anécdotas en las que no siempre salía bien parado.

Una de ellas dice que estando apremiado de viajar al asiento minero de Chicrín –a doce kilómetros del Cerro de Pasco- sin que apareciera ningún carro que pasara por aquel lugar, vio que a la puerta del restaurante EL VIAJERO se hallaba una camioneta de aquella compañía minera.  Urgido como estaba entró en el establecimiento y pidió a los ingenieros que allí estaban almorzando, que por favor lo condujeran al mencionado lugar. Naturalmente aceptaron la petición, pero le dijeron que como en la cabina no podrían caber todos, se acomodara en la parte posterior. Carlos subió, se acomodó y esperó a que los ingenieros salieran del restaurante. Ya estaba un buen tiempo sentado allí, cuando advirtió que un canillita que voceaba los periódicos limeños, lo contemplaba de arriba a abajo  de una manera tan escandalosa que ya molesto le preguntó.

— ¡¿Que  miras tanto muchacho del diablo?! Acaso, ¿Tengo monos en la cara?

— No, señor.

— Entonces, ¿Qué tanto miras?

— Miro porque: ¡Es la primera vez que veo una camioneta con chimenea! – y diciendo esto, carcajeándose escandalosamente se alejó del lugar.

Otra vez ocurrió lo siguiente. Un domingo en la mañana, antes de ir al estadio donde ambos debíamos cumplir nuestras correspondientes tareas, me dijo que el gran Alirio Díaz, extraordinario guitarrista venezolano, entonces visitante de nuestra capital donde estaba actuando y alumno preferido del maestro Narciso Yepes, estaba buscando una guitarra de doce cuerdas y la quería para su colección particular que era muy conocida. Como estos instrumentos se vendían en el mercado cerreño fuimos allá. Efectivamente, pletóricas, con adornos especiales, colgando de la parte alta se lucían cuatro o cinco guitarras de doce cuerdas. Como quien no quiere la cosa le solicitamos al vendedor a que nos las mostrara, eso sí, sin traslucir ningún entusiasmo para evitar que nos subiera el precio. Carlos probó una y otra hasta que eligió una muy bonita. Como se usa en estos casos, comenzamos a regatear el precio. El dueño se había plantado en ochenta soles y nosotros le ofrecíamos setenta. Tanto fue el tira y afloja que transamos en setenta y cinco y, al momento de cancelar la cuenta, el dueño nos dijo; “Como se están llevando una buena compra, voy hacerle un regalo al “negrito” y, uniendo la acción a la palabra, le entregó un librito que tenía como título: MÉTODO PARA APRENDER A TOCAR GUITARRA. Naturalmente no entendió el significado de nuestra risa carcajeante. ¡Le estaba regalando un método a quien era un maestro sin igual de la guitarra!

Recuerdo claramente que una noche sabatina – transmitían el  programa ASÍ CANTA EL CERRO DE PASCO con sus animadores propios por lo que tenía anuencia para no asistir- me encontré con Carlitos y nos pusimos a conversar. Él siempre traía noticias frescas de los grandes movimientos culturales que se desarrollaban en Lima, como conciertos, presentaciones teatrales, ballet, ópera, zarzuela, etc. y me regalaba con programas de sus conciertos en algunas instituciones culturales que lo habían invitado. Como es fácil colegir, la conversación además de nutrida y amena, era muy extensa. Ya habíamos caminado bastante tiempo y nos moríamos de frío cuando decidimos entrar en un restaurante a beber un café caliente que mucho lo necesitábamos. Entramos en el HOTEL BOLÍVAR donde había un saloncito dotado de una abrigadora estufa siempre fogosa. Aquella noche llegamos tarde. La mesa cercana al calefactor estaba ocupada por un nutrido grupo de profesores de la Universidad, con su Rector, Oscar Recoba Chévez, un gran amigo que al vernos entrar tuvo la amabilidad de invitarnos a sentarnos a su mesa, pero debido a sus compañeros apristas, me negué muy cortésmente a hacerlo. Le dije que quería dilucidar un tema muy importante con mi amigo y que después aceptaría su invitación. Creo que no es demás decir que yo desempeñaba el cargo de Presidente de la Federación de Estudiantes de la Universidad y todos aquellos profesores creían que yo era comunista por no haberme alineado con ellos. Falso. Yo mantenía mi independencia absoluta. Bueno el caso es que, aceptadas las disculpas, el Rector siguió con sus amigos y yo con el mío. Al poco rato ya estábamos enfrascados en una amena conversación cuando oímos escandalosas aclamaciones, gran salva de aplausos y comentarios de admiración a grandes voces. El chofer de la Universidad acababa de entregarle un hermoso estuche de guitarra al Rector. Éste en medio del clamoreo general, aplausos y silbatinas de aprobación, abrió el estuche y sacó una hermosa guitarra FALCÓN de concierto. ¡Qué bello instrumento! Los ojos de Carlitos brillaban al contemplar la joya. Yo quedé mudo de asombro, mucho más cuando escuché decir al Rector.

— ¡Esta es la joya más hermosa que tengo en la vida y acabo de comprarla en Lima! Me ha costado dieciocho mil soles, pero bien merece el precio. Es una magnífica guitarra de la que nunca me desharé. Solamente la quebraría en mil pedazos si encontrará que alguien la tocara mejor que yo. Pero eso es imposible. Así que para inaugurarla, voy a interpretarles un valse que está  de moda en todo el Perú. ¡Víbora!.

Las aclamaciones y vivas no se hicieron esperar y al instante hizo la introducción pertinente del vals anunciado y con mucho aliño y acierto se echó a cantar y, mientras lo hacía, yo quedé amoscado por su soberbia y falta de humildad.

Cuando hubo terminado y los aplausos no se acallaban, me acerqué a su mesa y le dije:

— Dijo usted, señor Rector, que nadie toca mejor que usted?

— Dije –me rectificó- que yo haría añicos esta guitarra si encontrara a otro que    tocara mejor que yo”.

— Entonces, ¿Puede prestármela un momento?

— ¡¿Toca usted, caballerito?!

— No, pero…! Carlos! –llamé a mi amigo que no quiso acercarse en un primer momento porque no le había pedido anuencia para hacer lo que tenía que hacer, pero cuando vio la guitarra en mis manos, se acercó, tomó una silla, la cogió, la templó brevemente y ante la admiración extraordinaria ejecutó “Los sitios de Zaragoza” poniendo al descubierto toda la gama de su arte maravilloso e inconmensurable, especialmente cuando simula el redoble de tambores y la marcha militar de inigualable contornos épicos. Cuando terminó, eran unánimes las aclamaciones en pie de los circunstantes de ésa y las otras mesas. Me entregó la guitarra que a mi vez se la devolví al Rector y tras una venia respetuosa, nos retiramos. Estábamos por sentarnos cuando escuchamos un estrépito impresionante y al dar vuelta, vimos estupefactos que el Rector  sostenía en sus manos sólo el mástil de la bella guitarra y el resto, convertido en astillas, pendía de las cuerdas. La había hecho trizas en la columna de la sala sin que nadie hiciera nada por detenerlo.

— ¡Gracias, maestro! ¡Acaba de darme una hermosa lección de humildad! ¡¡¡Usted sí es un guitarrista!!!- le dijo a Carlitos estrechándolo en un abrazo largo y emocionado. Yo sentí en el alma el triste final de la guitarra. Más edificante hubiera sido que se la regalara. Habría sido un premio excepcional.

Por lo demás, nuestra amistad con Carlos fue creciendo intensamente. La noche que estrené LA DAMA DEL ALBA de Alejandro Casona en el teatrín “Leonardo Arrieta” del INEI, lo vi en primera fila al lado de muchos fraternales amigos que siempre me han respaldado, especialmente los asistentes a la “Esquina del Morocho”. Su presencia me daba una fuerza notable porque yo sabía que me estaba apoyando en esa cruzada  que hace tiempo realizamos en nuestra tierra. Al final del cuarto acto, cuando los aplausos generosos coronaban nuestro esfuerzo, lo vi de pie, con una fogosidad extraordinaria en los aplausos y las aclamaciones y, no lo olvidaré, dos enormes lagrimones rodaron por sus mejillas morenas y buenas. Mismo sollozo que compartimos la noche en que el Cerro de Pasco se clasificaba para representar al centro del Perú en el campeonato Nacional de Básquetbol. Aquella noche, en medio de una lluvia imparable, se culminaba con una gran campaña. Don Lucho Llanos, Enrique Suárez, y Carlitos Reyes, eran los directivos de aquella empresa. Realizadores de un sueño maravilloso. No dejaban de llorar abrazados como hermanos en tanto el público empapado pero emocionado los aplaudía generosamente.

Un día que había llegado a entregar las obras, se sintió muy mal. Con el apremio que el caso requería lo trasladamos a Huariaca, un lugar bajo, respecto del Cerro de Pasco. Allí el médico nos hizo saber que, gracias al oportuno auxilio, había salvado la vida. Él no debía subir al Cerro de Pasco, su corazón estaba muy enfermo. En la tarde, cuando lo embarcamos en la Agencia Arellano nos estrechamos en un abrazo extenso e interminable que nunca olvidaré. Teníamos los ojos nublados. Fue la última vez que nos vimos. Al poco tiempo me enteré de su muerte. Me sentí tan triste y no puedo olvidar sus muestras de afecto sincero y desinteresado. Es decir nos regaló con su presencia en momentos que más lo necesitábamos. Adios amigo entrañable.

PEDRO ÁNGEL CORDERO Y VELARDE

Pedro Angel Cordero VelardeDe todos los pintorescos personajes que recordaban nuestros viejos en sus amenas tertulias de club, resaltaba con luz propia el excéntrico chiflado, músico, poeta y loco: Pedro Ángel Cordero y Velarde. Cerreño, de padres ayacuchanos, había nacido en el barrio de Matadería, el mismo año en  que moría nuestro mártir Daniel A. Carrión, 1885.

Dotado de un excepcional “oído” para la música, precoz e infaltable en retretas y bullangueras celebraciones, se inició en el  redoblante para después –aplicado y emprendedor- asimilar los secretos de gran cantidad de instrumentos en las magistrales enseñanzas de inolvidables maestros. El primero de ellos, el que modeló su carácter y lo puso en el camino del éxito con exigentes enseñanzas fue Markos Bache, notable maestro croata, nacido en Dubrovnik; traído por el consulado Austro – húngaro para dirigir su orquesta sinfónica y su banda de músicos del  “Centro Musical Slavo del Cerro de Pasco”, de notable éxito desde fines del siglo XIX. Llegó a dominar todos los instrumentos de cuerda, viento y percusión; mas fue con la trompeta con la que alcanzó maestría ejemplar. Estudioso como pocos, en la primera década de nuestro siglo, lo encontramos dirigiendo a “La Cosmopolita”, Banda de Música de la Benemérita Compañía de Bomberos Salvadora No 1.

Alegre y hablantín como pocos, enteco, pequeño y cetrino como todo mestizo, tenía unos ojos juguetones e inquietos que revelaban una inteligencia notable. A medida que transcurrían los años, sus iniciales y hasta inocentes palomilladas fueron adquiriendo caracteres alarmantes. Ya no eran simples guasas, bufonadas o chistes, sino locuras que iban adquiriendo tonos que salían del carril de la normalidad. A estas actitudes fuera de tono aunque risibles para la mayoría, el pueblo las bautizó como “corderadas” en directa alusión a su apellido.

Al entrar en la segunda década del siglo siguiente, crítico mordaz e inoportuno, no perdió ocasión para zaherir y mortificar públicamente a las autoridades con sus comentarios fuera de tono y sus pullas comiquísimas que todos celebraban alegremente. Bueno, todos no; los damnificados, especialmente personas notables, no veían ninguna gracia en aquellas ocurrencias. Cansados de sus excentricidades y falta de seriedad en el cumplimiento de sus funciones, los amoscados “manda más” cancelaron sus servicios y lo pusieron de patitas en la calle. No aceptaron más sus “corderadas”.

El damnificado, por su parte, convencido de que su figura agigantada por obra y gracia de su alterado cacumen era de muy grandes dimensiones para un escenario estrechamente pequeño como el Cerro de Pasco, decidió marcharse. Un día, rodeado de gente que lo admiraba y gustaba de sus “corderadas”, largó su último maratónico discurso cargado de tristeza muy sincera en el que confesó que se iba a la capital a ocupar “el sitial al que  tenía derecho” y que si Rumimaqui –a quien tanto admiraba- no había podido restaurar el lugar de “Apu Inca” que tampoco lo había podido lograr su antepasado Juan Santos Atahualpa, él lo lograría con creces. ¡Lo juró solemnemente! Gruesos y sinceros lagrimones sellaron la despedida. Así, apesadumbrado pero decidido, partió con rumbo a Lima a ejercer el gobierno de su “ínsula baratería”.

                                                Siempre dan pena los que se quedan,

                                               siempre dan pena los que se van.

 

                                               Los que se van, se van muy tristes,

                                               los que se quedan, quedan llorando.

 

                                               Siempre dan pena los que se quedan,

                                               siempre dan pena los que se van.

Llegado a Lima se avecindó en un solar de la calle San Ildefonso en donde, deseoso de conquistarlo, conformó una orquesta sinfónica con jóvenes músicos peruanos. Diez años estuvo al frente de esta quijotesca agrupación  ofreciendo conciertos en barrios y pueblos cercanos a la capital. Se encontraba triunfante y pletórico en esta tarea cuando se produjo el terremoto del 40 que destruyó su vivienda, sus instrumentos, partituras y todo lo que poseía. Quedó en la calle. Esto agravó su chifladura. En 1942, en plena guerra mundial, afincado en una casa semi-destruida de la calle Zavala, funda la “Academia de Música Cordero y Velarde”, donde impartía clases de teoría, solfeo y ejecución de instrumentos.  El éxito que obtuvo en esta institución elevó su entusiasmo y se dedicó en cuerpo y alma a brindar lo mejor que tenía a los jóvenes que estudiaban en su Academia. Una de sus más dinámicas alumnas fue la joven soprano Rosa Aguilar que, andando los días transformó en loco amor su profunda admiración por el maduro maestro. Decidida a compartir los desmesurados sueños del artista, se casa con él. Al lado de esta abnegada y ejemplar compañera funda el “Teatro Folklórico” con el que cumple notable actividad artística. La calidad de su elenco es notable. Con Rosita Aguilar están,  Julia Peralta, Inés Oropeza, Blanca Santiago y Julio Castillo, como figuras principales, con los que preparó el montaje de las Óperas nacionales “Sumac – Ticka” e “Ima Sumacc” a llevarse a efecto en el Teatro “Conde de Lemos”. Fatalmente, por motivos económicos y de otra índole, jamás  llegaron a estrenar. Uno de sus más notables alumnos, el músico cuzqueño Alejandro Vivanco, conmovido, dice de él lo siguiente: “ Puedo dar testimonio de su calidad de músico, porque después de las lecciones de solfeo, al advertir mi curiosidad, me mostraba orquestaciones completas de música incaica de su creación para sus dramas; también rico vestuario y decorados. En cada ocasión se sentaba al piano de cola y me hacía oír las arias y pasajes que a su criterio eran los más interesantes. En esa ocasión me obsequió sus dos partituras editadas: “Himno a la Redención Peruana” y “Daniel Alcides Carrión”, poema musical dedicado a su paisano.”. Sin embargo, es necesario decirlo: con sus ambiciones crecía también su chifladura ya muy conocida en toda Lima”.

Conocedores de sus sueños de grandeza y exorbitantes ambiciones, el periodista peruano Federico More y el músico ayacuchano Osmán del Barco –exitosos personajes aquellos días- deciden jugarle una broma y en el periódico EL HOMBRE DE LA CALLE que publicaban, le insinúan que se postule a la Presidencia de la República. Emocionado el hombre otorga poderes plenos a sus mentores para que lo inscriban. Informado posteriormente que había perdido los comicios nacionales, cae en una depresión profunda. Fue suficiente. Persiguiendo la inalcanzable quimera del poder, había despilfarrado todas sus propiedades. Cuando se dio cuenta del engaño, derrotado y empobrecido, más solo que nunca, en el clímax de su locura, le quedó la fantasía de que no sólo era Presidente del Perú sino también, “Apu Capac Inca, Emperador del Perú y Conductor del Mundo; Soldado de Tierra, Mar, Aire y Profundidad; Rey de Financistas y Mago del Estado por Voluntad Divina” y, claro, comenzó a ejercer su “mandato presidencial”.

En su desquiciada fantasía, había logrado asumir la Primera Magistratura de la Nación. A partir de entonces se le veía ataviado con una llamativa indumentaria.  En honor a su alta investidura lucía un chaquet negro de solapas grasientas tachonado de llamativas condecoraciones de hojalata y espejuelos cruzado por la “Banda Presidencial”. Su infaltable sombrero de tarro, desgastado y  fileteado de roturas y magulladuras, realzaba su serio continente. Su paso siempre raudo y parsimoniosamente serio, -camino de cualquier parte-, lo conducía arrebatado entre risas y comentarios de los viandantes del famoso jirón de la Unión. Cuando alguien, siguiéndole la corriente, le preguntaba adónde iba, invariablemente contestaba:

—!Estoy muy apurado, me necesitan en Palacio! Tengo una cita muy urgente- y continuaba siempre arrebatado a grandes trancos a cumplir con su imaginaria cita.

Era muy común verlo pronunciar extensos discursos cargados de entusiasmo como de risibles propuestas de Gobierno. Llevaba consigo –periodista combativo y vocinglero- ejemplares de su periódico EL LEÓN DEL PUEBLO, “Sale cuando puede y pega cuando quiere”, claro muestrario de su locura y enajenación inofensivas. En su primer número dice en unos versos

Qué eco más resonante,

                                               es hoy el ,¡ Viva Cordero!;

                                               será el Presidente primero,

                                               que al Perú lo lleve avante.

 

                                               Pobres y ricos serán,

                                               lo que ellos debieron ser,

                                               tenemos oro, plata y mujer,

                                               que ustedes no negarán

 

Nunca cesó de impugnar todas las elecciones que se vivieron en su tiempo porque, los otros  “en el imposible caso de ser elegidos en el cargo de Presidente, no podrán realizar ningún programa sin mi consentimiento, pues todos los proyectos habidos y por haber son míos, me los han robado”. A través de su periódico hizo público el contenido de su combativo epistolario.

En su edición correspondiente al 18 de febrero de 1960, por ejemplo,  el Conductor del Mundo le decía al Presidente Manuel Prado, “El año 1956 le dije en el LEON DEL PUEBLO, lo desdichado que iba a ser su gobierno, como así ha sucedido, porque mi palabra es autorizada cual de un profeta, porque tengo la huella divina”..”Para el 8 de diciembre del año 1957, le pedí que me entregara el mando pero su feroz orgullo me lo negó. En 1958 mi partido, la Juventud Corderista, le pegó en el Campo de Marte una terrible pifiada que no olvidará por sécula seculorum, con palabras soeces que cualquier gobierno hubiera renunciado, pero usted, sordo como una tapia, se zurró en la noticia, lo que quiere decir que su dignidad fue verde y el burro se lo comió”.

 En la edición del 15 de junio de 1956, alega en su editorial: “… y espero que esta vez, por dignidad se me haga justicia y se me entregue la Presidencia, porque es designio de Dios y de mi pueblo…yo propugné todas las grandezas que hoy posee el Perú mientras ustedes me plagian y no han hecho nada y nada harán”.

 En 1958, indignado, decía: “El tiempo de la impostura y del engaño, de la opresión y de la fuerza, está ya lejos de nosotros y sólo existe en la historia de las calamidades pasadas. Por eso vengo a poner término a esta época de dominación…”.(…) “Me causa dolor ver desde mi Atalaya de Emperador, o Inca Wasi, cómo el cielo azul de la convivencia que no es cielo ni es azul, está adquiriendo un aspecto aborregado”.

El año siguiente, gritaba: “¿Hasta cuándo nos van a moler 800 millones de déficit del Erario Nacional…Déjenme la Presidencia que si ustedes no pueden, lo pago yo, porque soy el rey de las finanzas y mago del Estado”.

 Pobre mi patria querida,

qué malos hijos te han dado,

mas ya sabré defenderte,

porque yo no estoy comprado.

 

En su gobierno pasado,

mil millones se llevó,

y a nadie cuenta le dio,

al manicomio lo envió,

y por las puras alverjas,

la Presidencia agarró.

 El notable músico, Alejandro Vivanco, en otro pasaje de sus memorias recuerda así a su maestro Cordero y Velarde. “El año en que el doctor Jorge Prado llegó de Brasil como candidato a la Presidencia, sus parciales organizaron un mitin en la Plaza Dos de Mayo para presentar su programa, pero ese mismo, día Cordero y Velarde improvisó otro mitin; enterado el pueblo llenó la Plaza San Martín y dejó desairado a Prado”.

 “Cierta mañana llegó a la Librería “La Pluma” de la calle Trinitarias que yo regentaba y como de costumbre me contaba sobre su rutina diaria. En eso recibió un mensaje de larga distancia a través de una concha marina de caracol que llevaba en el bolsillo. (Se adelantaba en muchísimos años a la aparición de los modernos teléfonos celulares). Escuché el siguiente diálogo, “¡¡¡Aló, aló, querido Adolfo Hitler!!!. Hablas con el Emperador Cordero y Velarde, Conductor del Mundo. (pausa) ¡Gracias por interesarte por mi Imperio!. Estoy en vísperas de recuperar la silla presidencial. Caso contrario tendré que abandonar el país para ir a informarle al Santo Padre. ¡A propósito, Adolfo, hermano del alma mía, si hablas con el ingrato de Benito (Mussolini), dile que estoy pendiente de su llamada. ¡Ama sua, ama jella, ama llulla; ama jodemaicho!.

Estando en la Presidencia el arquitecto Fernando Belaunde Terry, le dirige una  misiva en la que le dice: “Usted como líder, YO como Emperador, somos dos potencias soberanas que debemos entendernos o destruirnos, pues no hay lugar para los dos en este cochino planeta de los simios”. Finaliza la carta con una explicación: “Por estos motivos le dirijo la presente carta abierta, vale decir sin sobre, para que me explique su extraña conducta y me diga con franqueza si mantiene su adhesión a mi persona, y si fuera lo contrario, sabré a qué atenerme y lo dejaré suelto en plaza. Los bueyes sueltos, bien se lamen”. “Mi plan de gobierno y alimentación contienen mi huella divina, revelado para el bienestar de The peruvian family”.

 Nicolás Yerovi, otro de los que han escrito sobre nuestro Presidente y Monarca chiflado dice, “Más allá de los anecdótico, Cordero y Velarde simboliza en su grado más extravagante los extremos de la más conmovedora huachafería y del más patético delirio a que son capaces de llegar quienes en el Perú se ven asaltados por cierta locura de poder. Porque si el poder envilece, desearlo enloquece; de allí que en épocas electorales los más de nuestros políticos no dejan de pergeñar sus propios ditirambos, ofrecer sin empacho lo imposible y llegar a convencerse, aunque sea por un breve lapso, de la verdad que no encierra sus generosas promesas”.

En “Los apachurrantes años 50”, Guillermo Thorndike, rememora que en un cónclave organizado por los monjes dominicos para buscar un candidato que encarnara las necesidades del momento, se presentó sin ser invitado el chiflado Cordero y Velarde: “Entonces llegó, anciano de levita negra y pantalón listado, discretamente zurcido, con hongo, bastón y escarpines viejos que cubrían sus humildes zapatos acabados de lustrar. No viajaba en limusina con chofer, ni nunca había estado en París, ni parecía de este mundo. Pero toda la tragedia del Perú al que no habían invitado los dominicos se abrillantaban en la locura de sus ojos. Su sola aparición enmudeció el discurso. Avanzó con dignidad por el salón repleto de personajes hasta sentarse a un lado, más bien en el coro que entre los potentados, en primera fila y cerca de la presidencia. Wiese y Miró Quesada se miraron sin saber qué decir. Los fogonzazos de los fotógrafos se concentraron en el Apu Inca Verdadero. Hasta ese instante, los pretendientes habían discurseado de Dios, la Patria, el orden establecido, nuestras sagradas instituciones, la paz pública, el luminoso porvenir de nuestros hijos. ¿De qué podrían hablar ahora, frente a la faz demacrada de un Perú que rara vez había sido feliz?. Con respetuosa solemnidad, Cordero y Velarde escuchaba a los principales. Después intervino en su condición de Apu Inca Verdadero y del desorden de sus palabras se supo que otra era la paz solicitada por el pueblo y que no era justicia de todos aquella que preocupaba a los poderosos de la tierra. No su voz, sino el ridículo de aquellos príncipes forzados a escucharlo, convirtió el cónclave en el más grande fiasco de la derecha peruana. Al día siguiente, “La Prensa” destacó en primera plana a Cordero y Velarde junto a los organizadores de la transición presidencial. La gente carcajeó durante semanas, meses. Y casi nadie reparó que, por fin, el Apu Inca Verdadero había modificado una parte de la historia del Perú”.

Pedro Ángel Cordero y Velarde, el viejo músico de la “Cosmopolita” del Cerro de Pasco, el arrebatado candidato cerreño a la Presidencia del Perú, murió pobre y abandonado en un viejo callejón limeño, signado con el número 123 de Carmen Alto, en el Jirón Junín de Lima. Era el 18 de diciembre de 1961. Curiosamente, ese día la Compañía de Bomberos Salvadora Cosmopolita, celebraba su sexagésimo aniversario.

 

Don Andrés Urbina Acevedo

andres-urbina-acevedo-2Su llegada al mundo fue coincidentemente premonitoria. Nació el 10 de noviembre de 1902, en la calle Parra, frente a la colonial, “Fundición de Barras de Plata del Cerro de Pasco”. ¡Quién lo diría! Andando el tiempo, llegó a convertirse en el más notable orfebre de nuestros sentimientos. No era para menos. La savia de su prolífica inteligencia, la heredó de su padre, don Silverio Urbina; su finísima sensibilidad, de su madre, doña Quintina Acevedo.

Cuando su inédito talento descubre -a sus doce años- el fascinante mundo del periodismo, ya nunca más podrá dejarlo. Llevado de la mano de su padre, el Director del periódico, sus primeros pasos los da en el cálido ambiente de “Los Andes”. Precoz laborero como todos los niños cerreños, no va a elegir como éstos la ruda escogencia de metales en la Picking – Plant de la Compañía. No. Animado por el acompasado traqueteo de las máquinas de prensa, va a crecer en ese mundo de papeles y tintas, de foliadoras y tipos, de rótulas y columnas, de monotipias y moldes. Cumplidos los veinticinco años, es ya Editor- Administrador del periódico que fue su poderosa barricada de lucha por las reivindicaciones ciudadanas. Sus editoriales cargadas de pasión son vívidos testimonios de su entrega a la causa minera reivindicativa. Hay que  leerlos para comprender su talento y aquilatar su grandeza.

Iniciado -por ejemplo- el cierre de las minas y el consecuente despido masivo de obreros a raíz de la quiebra de valores de la bolsa de Nueva York, su voz es enérgica en la protesta. Es lapidaria. A partir de aquel infausto octubre de 1929, sus páginas heroicas -banderas de reivindicación- no tendrán sosiego. Su indignación llega a límites extraordinarios cuando la mañana del domingo 7 de setiembre de 1930, la policía riega de muertos y heridos la subida de Santa Rosa y La Esperanza, tras salvaje masacre contra obreros cerreños; o cuando el 12 de noviembre de aquel año turbio, la homicida represión gubernamental cercena la vida de una treintena de mineros en el Puente de Malpaso.

En la Dirección de “Los Andes”, alienta la creación de los Sindicatos mineros del Cerro de Pasco, Goyllarisquizga, La Oroya, Casapalca, Morococha. Su apostólica pertinacia determina su persecución y la amargura del destierro en aquellos años de oscurantismo y tiranía; época heroica de lucha de sus hermanos de clase como Gamaniel Blanco Murillo, Washington Oviedo, Miguel de la Matta, Augusto Mateu Cueva, Gayoso, Marmanillo y muchos más.

Autodidacta como era, jamás dio tregua a su inquietud de aprender. Para cultivar su alma siempre acuciosa, hizo desfilar ante sus ojos, severos tratados de Gramática, temas periodísticos, doctrinas religiosas, teorías políticas, pero sobre todo, poesía, novela, historia, crítica. Nada dejaba de leer. Era un lector voraz e insatisfecho. Pero lo más saltante de todo es que, a medida que cultivaba su erudición, desarrollaba su sencillez y humildad. Cuanto más grande, más modesto.

Sus ojos pulidos por mil literaturas habían perdido la agudeza visual de los aciertos, y en su miopía cada vez más creciente, conservaba impresas inolvidables imágenes de la vida minera que, aliñado y emotivo, las volcó en los cordajes del pentagrama popular.

Por singular destino pudo formarse con los mejores poetas de su tiempo: Ambrosio Casquero Dianderas, Lorenzo Landauro, Felipe Germán Amézaga, Arturo Mac Donald, Enrique Ferrari, Eugenio Chocano, Oswaldo Robles…con todos ellos se puso a develar los misterios de la literatura. A todos ellos les abrió las puertas de su diario. De todos ellos publicó sus trabajos.

No obstante la fuerza de su carácter, de su indestructible espíritu de lucha, podemos hallar, en sus versos, una delicadeza de sentimientos tiernos y testimoniales.

Toda su fuerza expresiva radica en la elocuencia de su poder creador; de su experiencia directa en los hechos cotidianos que inspiraron sus composiciones. La poesía de don Andrés, ya contemplativa, ya testimonial, ya premonitoria, ya erótica, ya graciosa o plañidera, es hija legítima de sus más recónditos pensamientos. Como nadie, en sus versos, deja traslucir su preocupación por el destino de la tierra que tanto amó y, sin ser testigo directo de la destrucción que el “Tajo Abierto” ha perpetrado, premonitoriamente escribió sus versos

Es cantor libre y sincero como los pajarillos de nuestros campos serranos. Emite todas las notas del alma, desde la atronadora y rugiente del bardo rebelde, hasta la dulce y suave que vibra en la serenata de una noche de luna.

Había que verlo cuando se inspiraba. Un enigmático silencio lo rodeaba respetuoso, sumergido en ese mundo misterioso de su astro. Los dedos de su mano izquierda -ábaco de vida- contaba los versos de su inspiración en el golpe pendular de las sílabas. La derecha, deslizándose con gracia decoradora, iba dibujando las letras de prolongadas colas y artísticos remates. ¡Caligrafía hermosa! Más tarde, en el pulido final de orfebrería, tarjaría sílabas y frases, mientras sus ojos entreabiertos, buscaba sinónimos sonoros para encuadrar sus rimas. Estaba creando. ¿Por qué la lente  de un Mariño, Hurtado, Ordoñez, León o Lavado, -fotógrafos de entonces- no perennizaron esos momentos?  No lo sé. Tal vez porque era pobre, humilde y humano, es decir: poeta; artífice de la palabra enjoyada, galana y hermosa; acertado pintor de vivencias mineras y, vaticinador de tiempos que se están cumpliendo.

Desde entonces, el tiempo ha transcurrido implacable. Las nieves -albeando los días- han ido sucediéndose. No una sino muchísimas canciones han ido quedando grabadas en el alma minera. Los padres las cantaron y los hijos engolando la voz con orgullo, las entonaron. Es más, ese mismo sentimiento engendrado por su pluma, ha circulado en sus venas, transmitido por la materna leche vivificadora.

No puede ser para menos. En sus versos encontramos los agoreros avatares mineros, en justa medida, fruto de sus personales experiencias; querendonas endechas a la esquiva mujer desdeñosa y cruel; retratos palpitantes de las rúas pueblerinas, de sus encantos, de sus misterios, de su grandeza; acertados vaticinios que predican el final de la querencia; “Hoy en ruinas convertido//mañana nada serás”, saudades encomiásticas de la laguna de Patarcocha, instantáneas precisas de la apremiante convocatoria de los “pilones”, donde las cerreñas chismeaban de lo lindo; alabanza de las chaposas almorceritas que transportaban, en portaviandas el diario yantar de picantes, guisos, locros, chupes rubicundos, para su cholo “japiri”; Cantares que constituyen ecuaciones mineras de trabajo y amor, alegría y tragedia. Nadie como él para cantarle al Cerro de Pasco, tierra minera de su cuna.

Las melodía que vistieron tan hermosos versos fueron trabajadas por el “Chacha” Portillo, Adrián Galarza Gallo, Nicéforo Bravo, Armando Paredes Ugarte, Aurelio Romero Pizarro, Glicerio Galarza, Juan Hinostroza, Darío Yacolca, Adrián Rojas Quiñonez, Jorge Yacolca, Santiago Alvarado, Pancho Azcárate, Bernardino Ramos, “Pico” Romero; pero fue con Jesús Enciso con quien creó las más hermosas joyas de nuestro cantar: ¡Ay mi cholita! y ¡Ay, mi Lourdes!

Ameno conversador, disfrutaba del respetuoso cariño de numerosos amigos. Donde fuera en misión periodística, siempre fue bienvenido. Pero era en los salones del Club Juventud Esperanza, a donde llegaba cumplida su misión del día, con el flamante diario en la mano para reunirse con sus más íntimos amigos. Fundado en 1909, en la parte baja del entarimado ferrocarrilero de la Esperanza, el Club que precisamente recibió el nombre de Juventud Esperanza había logrado nuclear a una bullanguera juventud trabajadora. Su prestigio, a fuerza de empeño y coraje, había elevado a la enseña aurinegra, a la cima del éxito. Entre otros, los hombres que cimentaron su fama, estaban don “Pancho” Valdivia, Roberto Arauco, Leoncio Ascencios, “Chino” Campoa, “Togro” Rojas, Manuel Shiraishi, “Patas a la Oreja”, “Rogromanca”, “Agra” Llanos, “Rachi” Casas, “Cura” Suárez, Pablo Inza, “Bacalito” Suárez y tantos otros que dejaron una enorme estela de recuerdos.

Como sede social, el “Club Juventud Esperanza”, había elegido una vieja casona de la calle Dos de Mayo, cuyo amplio balcón daba frente al Concejo Provincial. La umbrosa intimidad del aposento colonial, tenía un encanto muy particular. Accesible por una puerta pequeña, sus escalones erigidos sobre una base de piedras, conducían al segundo piso en una pendiente muy pronunciada, cuyos pasamanos siempre brillantes, descansaban sobre unos sólidos balaustres de pino blanco. Necesariamente había que auxiliarse con esas guarniciones laterales, tanto para subir como para bajar. Llegado al rellano, a la mano izquierda, se penetraba en la primera estancia, amplia y confortable, destinada a la sala de sesiones con numerosas sillas y sillones de Viena; enormes vitrinas donde lucían los trofeos ganados a lo largo de su vida deportiva, de diplomas, reconocimientos, condecoraciones y fotografías históricas. Una segunda estancia, tan amplia como la primera, con sillas muy cómodas y una mesa de billar continuamente en uso por los socios y amigos. En el aposento del fondo, donde funcionaba el amplio y surtido bar, había una estufa de hierro, rodeada de sillas con acogedores cojines y pellejos. En ellas, los viejos contertulios, pasaban sus horas amenas jugando animosos, briscán, rocambor, tresillo, póker o, simplemente conversando, al calor de la estufa siempre fogosa y vigente, constantemente atizada por los socios.

Así llegamos a la aciaga noche del 26 de septiembre de 1947. Noche de su trágica muerte.

Después de haber compartido gratos momentos de comunión espiritual, don Andrés se despidió de sus amigos y, al llegar al rellano,  tropieza y cae aparatosamente hasta el quicio empedrado de la entrada. Cuando los amigos llegaron a la puerta, encontraron su cuerpo encajado entre el umbral y el quicio de la puerta y, mudos de espanto, vieron unos hilillos de sangre que manaba de sus oídos, de su nariz, de su boca. Trasladado a la Asistencia Pública, pese a la desesperada atención de su compadre Pedro Santiváñez, murió sin recobrar el conocimiento.

El pueblo se resistió a creerlo cuando la noticia se expandió como un relámpago por todo el ámbito minero.

Las dos noches de su velorio constituyeron profundas manifestaciones de duelo general. Allí estuvieron todas las autoridades sin excepción, sus colegas periodistas, los músicos, compositores, poetas, delegados de clubes citadinos, los mineros en sus más variados oficios: lamperos, perforistas, timbreros, wincheros, tareadores, capataces, enmaderadores, troleros, wachimanes…todos. No faltaron las humildes y chaposas mujeres del pueblo. No faltaba nadie. El dolor lo había hermanado. Los únicos ausentes fueron los explotadores.

Un río negro de gente contrita acompañaba el féretro el día de los funerales. Mineros, maestros, periodistas, poetas, gente del pueblo se turnaron para llevar el ataúd. En el camposanto las oraciones fueron hermosas y nutridas. Ya cuando estaba anocheciendo fue bajado a su última morada, al corazón de la tierra bendita que tanto había amado. La estela de gratitud que dejó tras de sí, es el perenne y más brillante cirio que arde en su tumba.

 

Ramiro Ráez Cisneros “El Pescador de Perlas”

ramiro-raezEl año de 1919 llegaba al Cerro de Pasco, un artista cuyo nombre engalana el añoso cancionero de nuestra tierra minera. Contaba entonces con floridos y hermosos dieciocho años. Había concluido brillantemente sus estudios secundarios en el Colegio Particular Santo Tomás de Aquino y su profesión de Contador Mercantil en las Escuelas Americanas de la ciudad de Lima. Llegaba no en busca de aventuras extrañas ni el logro de fáciles fortunas, sino a ocupar su cargo de Cajero en la Compañía Recaudadora de Impuestos del Cerro de Pasco. Había nacido en Huancayo el 18 de abril de 1901; hijo del ilustre sabio huancaíno don Nemesio Ráez Gómez, prolífico escritor, notable maestro y autor de la “Historia de Huancayo” y de la distinguida dama, doña Guadalupe Cisneros Morón.

Su arribo a nuestra ciudad constituyó todo un acontecimiento. Por su simpatía, sus notabilísimas dotes intelectuales y su bonhomía, pronto se ganó el aprecio y el respeto de las gentes más connotadas del pueblo. Se convirtió en el obligado contertulio de los más exigentes grupos cerreños; su talento comenzó a hacerse conocido a través de sus numerosísimos artículos periodísticos que se publicaron en los más importantes diarios de la ciudad de los que más tarde va a llegar a ser su Director: “La Voz del Cerro de Pasco”, “El Pueblo”, “El Esfuerzo” y, el inolvidable “Hipo”.

El año de 1922, es llevado al Concejo Provincial de Pasco por su primo hermano don Herminio Cisneros Zavaleta, a la sazón, Secretario General. Su desempeño como auxiliar en la Secretaría es tan brillante que ante el retiro de don Herminio a la ciudad de Ambo, es nombrado Secretario General titular. Es entonces que su vena literaria reforzada por un talento especial, alcanzó logros sin precedentes y sin continuadores notables en el campo humorístico. Comenzó redactando los famosos “Bandos Carnavalescos” que, cargados de humor y sátira, enfocaba los principales problemas de la vida ciudadana y de los personajes más notables de la historia cuotidiana y risueña de la ciudad, la gente fiestera reía a más no poder y aplaudía las genialidades de don Ramiro, un humorista punzante y acertado que se había ganado ya el corazón del pueblo. En esta faceta interesantísima y saturada de verdadera genialidad, la redondeó con creces al publicar “El Hipo” que se editaba “cuando a su Director le venía en gana”, como decía en su presentación.

Si como escritor serio fue extraordinario, como humorista fue único. Sus creaciones populares como mulizas, huaynos, cachuas y chimaychas que ha cantado y sigue cantando el pueblo con especial delectación y regocijo, estaban cargados de sentimientos delicados y aliñados, acertadamente versificados que preferentemente estaban destinados a celebrar la belleza de la mujer cerreña de la que indudablemente fue su más alto y notable cantor. Tal es el caso de la inolvidable muliza “Calla Corazón”, que en 1924 la dedicara a la más hermosa de las  reinas que haya tenido el carnaval cerreño, señorita Isabel Ravelli Malpartida.

Como todos saben, el Cerro de Pasco fue el pueblo que con más entusiasmo acogió los carnavales que entre serpentinas, máscaras, chisguetes, confetti y alegría, celebraba con gran algarabía la fiesta de Momo. En el carnaval de 1925, le dedica a la soberana de entonces, señorita Lucila Arias, S.M. Lucila I, su hermosa muliza “Flor en Capullo”. Desde entonces, el pueblo minero comenzó a llamarle cariñosamente “El Pescador de Perlas”.

Cuando en 1926, el Colegio Americano implanta la sección secundaria en sus aulas, don Ramiro es contratado para desempeñar el cargo de Profesor de los cursos de Redacción Comercial, Matemáticas y Preceptiva Literaria; simultáneamente ejercería la enseñanza de Esgrima en sus modalidades de sable, espada y florete.

Cada año, los clubes carnavalescos cerreños,  se disputaban las creaciones de este admirable poeta del pueblo, que desde 1922 hasta 1948 estuvo regalando las primicias de su genio.

En plena racha de éxitos contrae matrimonio con la distinguida dama cerreña, doña Rebeca Malpartida Durán, que se alegró con la llegada de sus cinco vástagos: Olga, Ramiro, Ernesto, César, Haydeé, Luis, Gustavo y Sidy.

Su creación poética fue el oasis de las diarias labores que como Secretario General del Concejo Provincial de Pasco. (En una conversación que tuvimos con el doctor Alberto Benavides, Alcalde del Cerro de Pasco de 1945 a 1950, me aseguró que don Ramiro le ayudó enormemente a llevar adelante el gobierno de la ciudad). Fue también Juez de Paz, periodista activo y  miembro de la Compañía de Bomberos.

Alternó con los mejores músicos en la creación de huaynos, mulizas, chimaychas y cachuas de carnaval.

Su maestría de ameno conversador y bromista fino, inesperadamente es cortada por el aciago destino. Ante el estupor y congoja del pueblo cerreño, fallece en la sala de operaciones del Hospital Carrión el 29 de febrero de 1948.

El dos de marzo a las cuatro de la tarde, todos los cerreños unidos como un solo hombre sin hacer caso de la vigilancia policial de la tiranía de entonces, acuden a poner sus hombros para conducirlo a su última morada. Los guardianes de la dictadura de turno, desde lejos, con los seños fruncidos, torvos, fusil en ristre “vigilaban” el sepelio. Los soplones miraban boquiabiertos la impresionante manifestación de dolor del pueblo minero. Veían cómo, en respetuoso silencio, llevaban a su tumba a un hombre bueno; a un periodista extraordinario, a un poeta popular dulce y galano, a un hombre ejemplar, a un bohemio risueño y jovial que tanto había alegrado a nuestra tierra…¡Qué recogimiento el de la gente cerreña!…¡Qué  veneración de un pueblo para un hombre admirable!…Aquella tarde, acongojada y fría, la tierra minera que tanto había amado, le abrió sus amorosos brazos y lo cobijó entre sus entrañas de plata, como su veta más preciada.

Acaecido su deceso a las ocho de la noche del 29 de febrero de 1948, en el quirófano del Hospital Carrión,  el inolvidable periodista ambino don Herminio Cisneros Z. con el que había compartido innumerables horas de trabajo, dice en las páginas de EL DIARIO, periódico en el que ambos habían trabajado, lo siguiente:

El preclaro, “Pescador de Perlas”, el bohemio exquisito y sugestivo que tan brillantemente cultivara la prosa y el verso en las páginas de EL MINERO, primero y en el HIPO después -órganos periodísticos de perenne memoria en el Cerro de Pasco- ha muerto,

La ágil labor intelectual de Ráez Cisneros tuvo facetas múltiples y magníficas. La prestancia de su personalidad singular, alcanzó justos relieves de superior jerarquía cívica en las vastas regiones del Mantaro y el Huallaga, en los que gozaba de profundas y cordiales simpatías.

Conocí a Ramiro en una mañana clara de diciembre de 1922 en la Opulenta ciudad del Cerro de Pasco. Dirigía ya entonces, el diario LA VOZ DEL CERRO DE PASCO y llegó a mi mesa de trabajo con la franca sonrisa que le era habitual y sin preámbulos, formamos amistad que, transcurriendo el tiempo, llegó a constituirse en el culto de la sincera fraternidad. Durante 15 años trabajamos hermanadamente. En la Comuna Cerreña, ya como empleados, ya como concejales. En el periodismo, en la función pública, en el deporte; en actividades sociales y culturales actuamos inseparablemente. En1937 al retirarme del Cerro de Pasco por motivos de salud, Ramiro me sucedió en el importante cargo de Secretario General del Concejo Provincial, puesto que ha desempeñado, hasta su fallecimiento, con el propio brillo de su talento fecundo.

La súbita noticia del deceso de Ramiro ha lacerado mi corazón muy hondamente. Dolor profundo, angustia suprema por el hermano ausente para siempre.

Los restos mortales de Ramiro reposan en las tierras de la urbe cerreña a la que tanto amamos y a la que ofrecimos en todo momento, el fruto de nuestro intelecto, el cariño de nuestro corazón, el calor de nuestro entusiasmo y el fervor de nuestros idealismos.

Desde aquí o donde el destino quisiera llevarme, a tu tumba haré llegar Ramiro, mientras viva, las flores de recuerdo imperecedero y de mi afecto infinitamente fraterno.

Ambo, 2 de marzo de 1948. Herminio Cisneros Z.

Otro de los hombres, talentoso y extraordinario, amigo entrañable de Ramiro, el yanahuanquino, Sebastián G. Benavides, en las páginas de EL MINERO, dice lo siguiente:

SE NOS FUE RAMIRO….!

Ramiro Ráez ha muerto. Tal la frase dolorida, la que los labios trémulos repiten sin poder escrutar los acervos infinitos.

Ha muerto sí, porque en sus labios se extinguió la palabra y en su cerebro, la luz que iluminara la ruta de su existir, más si la muerte es la negación de todo lo material, queda, supervive, la estela refulgente de sus obras.

Ramiro Ráez, sin almibaramientos, fue un valor intelectual que honra la bella y digna tierra huanca lugar de su nacimiento.

Lo conocí hace más de 25 años y a través de la trayectoria de su vida, lo encontré siempre bueno, siempre íntegro y siempre atento; bohemio de finos quilates, porque es preciso distinguir al bohemio prosaico del bohemio intelectual que es el auténtico bohemio. Su vida fue una eterna quimera como quimérica, ese azuloso cielo, que al decir del poeta, no es cielo ni es azul.

Bohemios como Ramiro Ráez Cisneros fueron, Felipe Germán Amezaga y Ambrosio Casquero Dianderas, que también pagaron tributos a la tierra después de haber saboreado en esta gélidas tierras andinas, como por mágico contraste, el calor, la inquietud enseñoreada, de una vida de ensueños y de ilusiones, que se agota ante la escalofriante realidad de vivir, para renacer luego en un rictus de abstracción de todo lo convencional y prosaico.

Hoy cumpliendo misteriosos designios, formarán una inseparable trilogía en el más allá, en donde acaso no existan tierra, egoísmos maldicientes, ni burdos convencionalismos.

Desde entonces, han pasado muchos años y, agradecidos, repetiremos nosotros, las palabras de don Gerardo Patiño López, quien con el corazón en los labios, al ver la gran cantidad de flores que cubrían su tumba, dijo:

Gracias Ramiro; gracias por todo lo que nos has dado. Estas flores que cubren tu losa, así lo proclaman; porque al fin y al cabo, son las mismas flores que estuviste cultivando toda tu vida”.

 

HUMBERTO MALDONADO BALVÍN (Brodcaster)

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Nació en el Cerro de Pasco, el 3 de noviembre de 1930. Sus estudios primarios y secundarios los realizó en su ciudad natal y Lima. A temprana edad comenzó a trabajar en el Banco Popular, la Caja de Depósitos y Consignaciones y Tiendas Singer. Comprometido con su afición a la locución radial se inicia en Radio Rancas y luego en  Azul donde gana valiosa experiencia. En 1955 funda RADIO CORPORACIÓN, en 1958, RADIO PASCO Y LA OROYA. En 1962 compra el Diario LA ANTORCHA y la moderniza con instalaciones de maquinarias modernas. En 1963 es elegido Presidente de la Junta de Obras Públicas de Pasco.

En 1969 instala en Lima la empresa SONOGRABACIONES MALDONADO S.A, dedicada a producción de avisos comerciales y grabaciones musicales, teniendo enorme éxito en grabaciones de Radionovelas que llegaron a transmitirse en una gigantesca cadena de treinta emisoras de radioemisoras del Peru.

Llegó a ser Presidente de la Asociación Nacional de Radiotelevisión del Perú donde cumplió brillante labor.

Don José Malpartida Cuestas

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Don José Malpartida Cuestas, ha sido uno de los más filantrópicos hombres que ha tenido nuestro pueblo. Nació en el Cerro de Pasco, el 8 de diciembre de 1817. Desde muy joven se distinguió por su espíritu emprendedor, profunda religiosidad y tenaz amor al trabajo. Habiéndose destacado como probo y  diligente comercian­te, pronto encontró en la minería el filón de sus grandes consecucio­nes económicas, llegándose a constituir en uno de los hombres más ricos del Perú.

Su acendrado civismo le hizo ocupar estratégicos cargos directivos, habiendo sido Presidente del Consejo Departamen­tal, Subprefecto de la Provincia, Alcalde de nuestra ciudad y Director de la Beneficencia Pública, en muchos períodos. En este car­go, demostró sus altos dotes de administra­dor, regalándole con sus desvelos y trabajos, al pueblo que lo viera nacer y le dio fortuna.

Hombre piadoso por antonomasia, conseguidos los permisos correspondientes, construye con su propio peculio, el Templo de Nuestra Señora del Rosario de Yanacancha y, el camposanto adyacente que, más tarde, fuera derruido por los trabajos del “Tajo abierto”.

Presa de una dolorosa enfermedad (presumimos haya sido cán­cer) viaja por Europa y Asia Menor, en busca de cura para su dolencia y, luego de un cruento periplo -vencidas sus esperanzas- retorna a su tierra natal donde fallece el 3 de abril de 1870. En cumpli­miento de una disposición eclesiástica que acogía el pedido de la feligresía cerreña, es sepultado en el Altar Mayor de la iglesia que había edificado.

¿Sabía usted…?

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¿Que, El Cerro de Pasco, en los Andes centrales del Perú, es la ciudad más alta del Mundo? Está encaramada a  4.388 metros sobre el nivel de mar. (Delegaciones científicas de Francia, Inglaterra y Estados Unidos –cada uno en su tiempo- así lo han comprobado). Por el contrario, el asentamiento israelí de Ein Bokek, a orillas del Mar Muerto, es la ciudad situada a menor altitud del Mundo. Está ubicada a 393,5 metros bajo el nivel del mar. El Mar Muerto, que es un lago en realidad, está a 395 metros bajo el nivel del mar. Es necesario mencionar que hay un lugar habitado más alto donde, por razones especiales de servicio residen algunos habitantes. Es la aldehuela de Aucachilca en Chile ¡¿Cuándo no Chile?, donde habita una veintena de trabajadores. Está a cinco mil metros.  Haciendo el deslinde necesario y aclaratorio, éste es un villorrio insignificante frente al Cerro de Pasco que de acuerdo a la nomenclatura oficial de cetros urbanos poblados es una ciudad con una jerarquía muchos más alta. Ciudades son, Nueva York, Paris, Roma, Buenos Aires, el Cerro de Pasco…..