“LOCUTORES EN EL PERÚ” OSCAR ARTACHO MORGADO Y “PREGÓN DEPORTIVO”. Escribe José Carlos Serván Meza

Con afecto y respeto reproducimos la interesante crónica escrita por el admirable amigo Serván que relata la presencia de uno de los mejores narradores deportivos que ha tenido el Perú y dejó gran escuela en todos los que seguimos el hermoso periplo de la narración deportiva. Con ello nuestro homenaje a Roberto Casquero Leyva y Jorge Soria Méndez, colegas cerreños, que laboraron con él en la brillante época de Radio el Sol.

Oscar ArtachoCon los hermanos Artacho Morgado, Oscar y José Luis “Lucho Vélez”, nos tocó compartir una amistad casi familiar. Angel, el mayor de los Serván, fue ahijado matrimonial de Oscar y lo que motivó un mayor acercamiento. Fueron fundadores de “Pregón Deportivo”. Cada cumpleaños de los integrantes del plantel, se celebraba en nuestra casa de Surquillo y mi Barbarita, nuestra madre, mostraba todas sus habilidades para que el agasajo fuera todo un éxito. Nosotros éramos simples espectadores. Mucho me acuerdo de Ulises Jordán, un paraguayo que pasó por las filas de “Pregón Deportivo. Las fotografías en las páginas deportivas de los diarios y los comentarios sobre el debut de Oscar Artacho en el Mariscal Sucre. “Jugador de buena talla, ha demostrado habilidad en el dominio del balón pero necesita ambientarse más para lograr su mejor estado físico”. Fue en la época del viejo Estadio Nacional con graderías de madera y que, a pesar de ello, era más acogedor. En aquel escenario, captamos los mejores recuerdos del deporte peruano: fútbol, box y los campeonatos de atletismo.

Ante una pronta lesión que lo alejó de los campos, Oscar, ya no muy entusiasmado por jugar, visitaba Radio Colonial para una entrevista y fue Oscar Torres Bouroncle, famoso narrador deportivo, quien lo motivó a enfrentarse al micrófono. Había notado cualidades innatas en Oscar, improvisación, facilidad de palabra y buena voz. Las estrellas del relato deportivo de aquel tiempo, eran Juan Sedó, Eduardo San Román, Gustavo Montoya, Alberto Mecklemburg y el propio Torres Bouroncle. Se conectó con Raúl Goyburo y Miguel de los Reyes. El primero, periodista del Comercio y muy leído. Miguelito, famoso por ser anunciador de las peleas de Box y ampliamente metido en el deporte. Fidel Ramírez Lazo, tremendo locutor comercial, fue el que sugirió el nombre de “pregón” y la voz primera que anunciara el programa y su publicidad. Fueron la base, a la que se aunaron Lucho La Torre, Alfredo Narváez, Lucho Palma y por supuesto, el bisoño Angel Serván.

Debutaron en Radio Central y fue todo un suceso el oír cantar el gol, a la manera de Oscar Artacho. Era espectacular. Voz arriba, muy tonante y prolongándola ostensiblemente. La característica de Pregón fue “La Marcha de las Américas”:¨”Un canto de amistad, de buena vecindad, etc.” Recuerdo a Carlos Curonissy, locutor comercial, decir luego de la entrada de la marcha con uno de tantos auspiciadores: “Mente sana en cuerpo sano y … dientes hermosos con Kolinos”. Continuaba la música desde el control y venía la presentación de todo el elenco. En nuestra casa se vivía cada transmisión por escuchar también a nuestro hermano mayor Ángel. Esa cortina musical la teníamos en casa, una de las tantas copias, y nos servía para hacer nuestras primeras prácticas de locución. Con César Augusto, otro de los Serván metidos en esta digna profesión, hicimos nuestros pinitos.

La sintonía era bárbara. En el colegio, todos queríamos ser Oscar Artacho, la gran revelación de la narración deportiva y finales de la década de 1940. Integré el elenco y recuerdo que en una etapa cruel para Oscar, 1958 aproximadamente, lo ayudé en una transmisión que salió por la onda corta de una emisora boliviana y jugaban justamente los seleccionados de Bolivia y Perú. Para remate, perdimos aquel encuentro. Lo hicimos por amistad y, por coincidencia, superando anímicamente momentos de pesar en la familia de mi esposa y  que había sufrido la pérdida de su querida abuela materna. Me encargó la redacción de la publicidad y por supuesto la locución. Allí estuvimos solos en una cabina de nuestra estadio y esto fue un pasaje que no olvido.   En la celebración de un aniversario de Pregón Deportivo, hice alusión a ese hecho como “La Noche Triste de Artacho”. Don Alfonso Reverditto y Miguelito de los Reyes, ignoraban lo que expusimos cuando ya Oscar no pertenecía a este terreno mundo.

Tuvimos la suerte de pasar buenos momentos, cuando nos encontrábamos por la época de TELECENTRO en Panamericana Televisión. Allí conocimos a su sucesor Raúl Maraví Ayala y en la recordada parrilla de la avenida Arenales, compartimos una cordial relación con los nuevos elementos de “Pregón Deportivo” ya con su propia emisora en la que fuera la señal de Radio Selecta de Lima y que adquirió en propiedad de manos de José Eduardo Cavero Andrade. El propio Oscar Artacho nos invitó a sus estudios y fue una inolvidable entrevista la que nos hicieron recordando viejos tiempos. Allí estuvo nada menos que Gilberto Torres, el gran “wing” de la “U” y que tenía su espacio tanguero. Por supuesto que estuvo Miguelito de los Reyes, leyenda de “Pregón Deportivo” y con quien también nos tocó dar, como Presidente de la Asociación de Locutores del Perú, el último adiós a otro célebre de sus integrantes, Raúl Goyburo, en el Cementerio de la Planicie y en donde descansan los restos mortales de ambos.

Fue Oscar Artacho Morgado, el que revolucionó nuestras transmisiones deportivas radiales. Llegada la televisión probó suerte y tuvo algunas apariciones pero sin lograr algún buen resultado. Falleció al no poder superar una delicada operación a la que fue sometido y su sepelio reunió a muchas autoridades y figuras deportivas, familiares, amigos y admiradores. Nos dejó sin volver a escuchar al narrador deportivo que cantó el gol de manera diferente. Dejó una escuela de la que todavía hay quienes asimilaron sus enseñanzas. Sentimos mucho su deceso, tanto o más de cuando falleció su hermano, “Lucho Vélez”. Así fue OSCAR ARTACHO MORGADO, creador de “PREGÓN DEPORTIVO”. Una voz y un programa inolvidables! Gracias.

 

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Los canillitas, toda una historia…

(Esta semblanza de la pluma de Juan Gargurevich –indiscutible maestro del periodismo- habla de los niños que antaño recorrían las calles pregonando los diarios del día. En el Cerro de Pasco también hubo niños que realizaron esta tarea a la llegada del ferrocarril)

los canillitasNo conozco ninguna investigación sobre los canillitas (ahora “expendedores de diarios”) pese a que han sido siempre parte del sistema noticioso clásico. Se ha preferido estudiar otros niveles de la producción informativa olvidando que el vendedor de noticias es tan antiguo como el periodista.
Cuando la prensa popular norteamericana de bajo precio de mediados del siglo 19 aprendió que con mejores noticias serían mejores las ventas, lo siguiente fue salir a la calle y gritarlas, apareciendo los “newsboys” que más tarde llamaríamos “canillitas”, una voz de origen argentino.

¿Y en el Perú? Agustín Cortegana estableció que el diario “Las Noticias” presuntamente de propiedad de Nicolás de Piérola, fue el primero que en 1878 convocó “Muchachos, ancianos o mujeres pobres. Para vender el diario en las calles. Se les asegura una ganancia fija de ocho reales todos los días…”.

(En el diario “La Primera” publiqué esta columna y adjudiqué el novedoso método de vender diarios en la calle al diario “La Patria”. Fue un error mío, como ven).
Al iniciarse el siglo 20 eran ya indispensables y había que tenerlos muy en cuenta. El sistema era sencillo: iban al diario en la noche tarde o en la madrugada, compraban una cantidad que trataban de vender al día siguiente; si no lo hacían, tenían derecho a devolver el sobrante, lo que se aplicaba para la compra siguiente, y así sucesivamente.

Los viejos canillitas tenían un olfato noticioso extraordinario. Sabían cuando la noticia sería “vendedora” y entonces compraban más y no faltó quien más de una vez pidió consejo sobre una primera página a los veteranos.

Andando los años se convirtieron en un gremio importante, luego sindicato, capaz de boicotear con éxito las venta de un periódico que no cumpliera con los pactos. Y tampoco fueron ajenos a la política y las divisiones pues hubo quienes prefirieron el paternalismo de los Miró Quesada, enfrentados a los apristas –que no los olvidaron cuando llegaron al poder en 1945.

Manuel Seoane fue quien propuso y logró que se aprobara la “Ley de Seguridad Social del Canillita”, Nro. 10674, que les otorgaba porcentajes de la facturación por avisaje, lo que resultó muy difícil de cobrar. Pero en 1973 se unificaron en una “Federación Nacional”, manteniendo la unidad a duras penas hasta que nuevamente la política los ha separado y están en plena discusión sobre un controvertido dirigente.

Los viejos canillitas ya no existen; nadie vocea ya periódicos en las calles pues todo ha cambiado y ahora esperan sentados a que los clientes acudan al kiosco.

Sarita Colonia Del Callao subió a los cielos Una crónica de ELOY JÁUREGUI publicada en CANGREJO NEGRO

Sarita Colonia
Sarita Colonia es la santa del pueblo peruano. Del pueblo que sabe de carencias, aflicciones y desgracias. Hasta hace un tiempo, la iglesia católica la ignoraba. Pero esa devoción que se iniciara en el Callao desde la década del 40, que germinara primero en la fe de los estibadores y proscrito y transgresoras y que hoy se hizo credo masivo sin clase ni razas, habita en el imaginario popular que no necesita de canonizaciones ni oficios ecuménicos. Mientras, Sarita Colonia sigue haciendo milagros. Este es su pueblo, esta su historia.

1.

Si cuando niña, cuentan, Sarita Colonia ya miraba para dentro y sufría de visiones que ungían alertas contra los actos impíos. Incluso antes de nacer, el habla popular asegura un hecho inverosímil ocurrida en la plaza de Huaraz con el cadáver del bandolero Luis Pardo y sus asesinos. O aquel milagro que contaba su hermano Hipólito, la vez  que Sarita cayó a un río cerca a Huaraz y fue arrastrada por la corriente y ya era sólo un cuerpo flotando hasta que apareció en el caudal un señor grande, con hábito blanco y barba rubia, quien la levantó de las aguas y le dijo: “Hija mía, tu padre está preocupado, te tienes que ir inmediatamente, tú no vas a morir, tú eres una hija predestinada, me vas a ayudar a servir al prójimo”. Cierto o falso, Sarita estaba predestinada para los asuntos divinos y no para las cosas de uno

Cien años después de su nacimiento, la tumba de Sarita Colonia en el cementerio Baquíjano y Carrillo del Callao es sobre todo los domingos una feria al mejor estilo del mistic market. Los fieles llegan por decenas compungidos y angustiados. Sarita Colonia para todos es su última esperanza para encontrar paz y salud en este mundo. Y el barrio precisamente no lo habitan personas bienaventuradas. La mayoría de mujeres pecan de las carencias sacrosantas. Y lucen fieras y con tatuajes y con cicatrices. Mujeres de la vida, dicen por ahí pero para eso está la santa, para purificar esos espíritus cerriles y escabrosos. Pero esta santa es de carne y hueso y uno lo puede comprobar porque descubro entre el gentío áspero a Rosa Colonia, la hermana menor que ha llegado en silla de ruedas. Entonces se abren los candados del reino celestial.

Y aun antes de conocer su cielo, Sarita Colonia sabía que el infierno quedaba en los mismos ‘Barracones’ del Callao. Ahí llegó desde la sierra de Huaraz a vivir con su familia entre la indigencia de la miasma abyecta y el lumpenaje misérrimo de los apóstoles de las desventuras. ¡Qué de rateros afilados! ¡Qué de mujeres de la mancebía! ¡Qué de homosexuales faroleros! Sara Colonia Zambrano, que así se llamaba Sarita, apenas vivió en este mundo 25 años, aquel tiempo suficiente para llevarse a la eternidad esa porción infausta del ajeno dolor de las desdichas que a ella le supieron siempre a la hiel de los pishtacos.

2.

Don Amadeo y doña Rosalía, sus padres, apenas se dieron cuenta del prodigio de su nacimiento ese 1 de marzo de 1914 de aquel año que fue extraño porque vino sin eneros ni febreros. Hipolito Colonia, el hijo menor de la familia, contaba mientras de rodillas se lavaba de los asombros, que cuando Sarita llegó a estos valles sin el dolor de reglamento del parto, que escuchó de labios de la vieja comadrona que persignándose juraba: «Esa niña nació con los ojos muy abiertos. Con la mirada fija hacia arriba, como si mirase el cielo o que algo extraño la sujetaba desde lo alto».

Ya en Lima, la familia Colonia escogió el Callao con la ilusión de encontrar allí la salvación para huir de la estrechez que los había arrojado de sus sierras sin sueños. Pero aquel Dios de los destinos se había equivocado al fin de cuentas: el catastro barrial del Callao no era más que el lujo del albañal y la podredumbre amoral de los desesperados que, cristiano alguno, mereciera tal castigo.

Sarita apenas pudo estudiar y a los 12 años ya trabajaba como empleada doméstica, ayudaba como vendedora de pescado en la calle y zurcía la ropa de sus vecinas. Cuando se murió la mamá, la veló en vómitos estruendosos hasta el desmayo durante meses. Luego, cocinaba para los hermanos y no paraba de rezar en una lengua que no era el castellano. Ya mayor, ora volaba en fiebres alucinógenas, ora su piel por casi nada se llenaba de llagas hasta hacerla sangrar. Nadie que la conoció, no obstante, alguna vez le oyó queja. Menudita como era, al contrario, transmitía una alegría de espasmos que la gente sentía a pesar que Sarita sufría de la opacidad de las miradas más tristes que se recuerden.

3.

Sarita Colonia es la Santa de los migrantes. Y aunque muchos nieguen que haya sido como sus devotos la imaginan, existen dos vestigios que afirman que era de este mundo y no del otro. Una foto donde aparece con su familia en el estudio Romero de la calle Caridad 676 en el Cercado de Lima (de allí se ha extraído la única imagen que sirve para la iconografía de la santa) y la partida de defunción (número 28, folio 56) asentada en la división de registros civiles de la Municipalidad de Bellavista y donde ha quedado escrito que Sarita falleció de paludismo pernicioso el 20 de diciembre de 1940. ¿Paludismo pernicioso? Sí, la llamada ‘terciana’, ese mal del pobre provocado por el zancudo, el mejor amigo del hambre.

Su padre mismo la colocó bajo tierra en el cementerio Baquíjano del Callao como quien le exige a la leyenda el alimento carnal del mito ordinario. Luego empezarían uno tras otros los milagros y prodigios. Después, trasladarían sus restos a un humilde mausoleo donde hasta hoy una procesión de seres desesperados llegan en busca del cielo tan temido. Unos le rezan en el argot malandro y dejan inscrito en un andrajoso cuaderno la fórmula de la sustancia alquímica del favor divino. Otros, lloran frente al altar profiriendo frases de grueso calibre: piden piedad, trabajo, salud, clientes, víctimas, lipoesculturas, placeres y hasta un caficho de buen corazón.

En el posterior y nada ateo, el celebérrimo libro de Eduardo González Viaña, Sarita Colonia viene volando (1) , se encuentran las claves para subir al cielo. Entrevistado el autor dijo desde su residencia en Oregon, EE.UU., que el culto a Sarita y el de muchos otros santos no oficiales en nuestra América revela que nuestros pueblos sufren de una necesidad no saciada de apelar a lo extrarracional. Las crisis económicas y la falta de empleo, la vanidad de los gobiernos y la intolerancia, la falta de justicia y la miseria de amor convierten a nuestros países en cajas cerradas e irrespirables en las que todo intento de cambio es suprimido, toda rebeldía es perseguida, y la mayoría de los reivindicadores del pueblo traiciona o fracasa. En esa instancia, no les queda a los más desvalidos otra forma de tener esperanza que la de hablar con el cielo e inventar sus propios santos.

4.

En El Agustino, el distrito al Este de Lima incluyendo su cerro, no conocen a Dios. La devoción es informal y se venera a dos santos. Chacalón, quien fuese el más achorado de los cantantes de chicha y a Sarita Colonia, “La divinidad del arroyo”. En Junio de 1992, inspirados por el fervor que produce la santa, la banda Los Mojarras alcanza la cumbre del éxito con su tema Sarita Colonia. La banda tenía el mismo componente genético. Eran provincianos, les cantaban a los cholos y tejían géneros que iban de la chicha al rock y hasta la salsa. Aquello hablaba del fenómeno que se había consolidado en Lima. La capital había sido domada por los ‘lorchos’.

Así, el grupo Los Mojarras tocaban los laberintos de la ‘choledad’, la delincuencia, las drogas, la cárcel. Luego aparecería otra banda, La Sarita, pero era una versión más clasemediera de la desarticulación. En el 2007 Michelle Alexander produce la serie Por la Sarita con un rating respetable y el fenómeno del marketing con su figura es un ícono casi indescifrable. Desde esa vez, el himno de Los Mojarras se canta en cada velorio, en cada festividad pueblerina y hasta en las misas de las zonas marginales de Lima: “Sarita Colonia, patrona del pobre, / no quiero más pena, / no quiero más llanto. / No se amilanan aunque no hay lana, / se autofinancian, con fondos propios, / suena un huainito, bailan salseros, / gritan roqueros, piden chicha…”

El antropólogo Carlos Velaochaga asegura que el culto hacia ella aparece en el momento en que un sector de la población de Lima procedente de las sierras andinas necesitaba tener una figura propia en el santoral cristiano. Sarita Colonia interpreta todas esas carencias y encarna todas esas esperanzas. La santa de los pobres es gestora de otras tareas. Prever de trabajo a los humildes. Hay un interregno que no cubre el Estado ni todos los gobiernos para poder satisfacer las demandas de los necesitados. Los cultos emergentes como Sarita en el Perú o María Lionza en Venezuela, expresa étnicamente a sus discípulos creyentes mucho más que los íconos tradicionales que son de raza blanca. Una sociedad india y mestiza como la nuestra demanda que sus intercesores en el cielo la representen a su imagen y semejanza.

5.

Sarita Colonia no ha muerto, vive en el cementerio Baquíjano del Callao, en olor a multitud y abrigada por la fe de sus devotos que el 1 de marzo (fecha de su nacimiento) o el 20 de diciembre (el día que se fue al cielo), se abigarran frente a la única imagen que se conoce de la Santa de los Olvidados de Dios. Entonces el agua bendita se confunde con el sudor y otros jugos del pobre; el vendedor ambulante, el delincuente, la prostituta y los homosexuales -su ejército fundamentalista- que llega a exigirle trabajo, a pedirle un puesto en los fastos del cielo y sin rendirle cuentas a nadie, a portar su estampita.

Y es tal la fama de la Santa que sus efluvios cruzan América. Hoy, por sabe Dios qué sortilegios, Sarita ha resultado también ser la Santa de los «espalda mojada» y de todos aquellos miles de latinoamericanos que quiere ingresar ilegalmente a los Estados Unidos con su estampita bajo las prendas íntimas que los hacen invisibles o los disfrazan de niebla.

El escritor Rodrigo Quijano publicó en 1985 en Francia un poema en reconocimiento a Sarita Colonia y que demuestra el impacto de la santa popular en poetas, novelistas y artista populares que producen una iconografía propia de la llamada cultura chicha o arte del pueblo.

Un acercamiento a S. Colonia

Rodrigo Quijano

Para conocer debo acercarme más.
Se ha partido el cielo y ha cesado la lluvia
que enrejaba el paisaje.
Deja al perro lamerse las llagas y el pene encendido.
El neón es una lengua que sonroja santas y querubines
en las mudas sombras de un atardecer postal
pensando que el tallo remonta sobre sí
y hace estallar palmeras y frutos que engordan como garrapatas
al borde de un encerado cocktail de trópico y desorden.
Para saber debo acercarme más, y aquí me tienes.
La coloreada imagen de la niña virgen es
la denuncia del crimen consumado a medias, la isla
que eleva el único cirio que gotea luces, como esas cruces
al borde de la carretera,
así mitad dispuestas por la arena, mitad por los parientes
que se abandonan  al silencio ante el silencio
de miradas que ofenden por su rapidez.

Así dispuestas,
esas cruces pueden ser casi el cierre relámpago de un país
que muestra sus intimidades, lo percudido y lo perdido.
Y la imagen de la niña gime: unas rodillas flacas y la madre
suelta la sábana iluminando el cuarto con un aroma
de trenzas que se abrazan en la madrugada, como en un llanto
de despedida.

Para saber
vuelvo a acercarme. El equilibrio del grillo tensa 
la tarde y la gente que regresa cansada de las playas
pule rostros en la superficie de sus ollas,
y el crepúsculo me bombardea de neones tropicales
que se encienden a mi paso y en los, plásticos, ojos del gorrión
mi intuición emprende un vuelo sin retorno.

 

Lucho Barrios O la metafísica de la cebolla Una crónica de ELOY JÁUREGUI (Segunda parte)

Lucho Barrios 34.

Una de la satisfacciones más grande fue saber que fui autor del único reportaje-crónica que se le hizo para la televisión y la sencillez de Lucho Barrios ha quedado grabada en aquel video del recordado programa “Panorama”, cuando sorprendido por mi inquietud enfermiza, Barrios contó a regañadientes parte de su vida que nadie conocía. Que aunque era de cuna porteña se sentía más limeño que nadie. Su registro cuenta que había nacido en el Callao un 22 de abril de 1935 pero que a los 9 años se mudaría con su familia a la Calle Penitencia, en el jirón Paruro en los Barrios Altos limeños. Cierto, era cantor de serenatas ya a los 17 años pero estudiaba ópera y llegó a ser alumno del maestro Alejandro Vivanco, un eximio músico del género vernacular, de ahí que Lucha Barrios supo primero de las técnicas de los huaynos.

A finales de la década de los 50 se presenta en el concurso “La escalera del triunfo” que conducía el periodista Guido Monteverde y aunque solo quedó finalista, no se amilanó y siguió cantando donde se podía. Ya en 1962, con los guitarristas Paco Maceda y Modesto Pastor forman  el trío “Los Incas” dejando grabados un par de valses en el sello Smith, entre ellos “Juanita” de Pablo Casas y Padilla. La casualidad hizo que una noche en Radio Callao conocería al famoso cantante guayaquileño  Julio Jaramillo quien lo llevó a Ecuador. En esos años hay un paréntesis del cual Lucho Barrios jamás le contó a nadie. Pero regresó a Lima  y entonces fue el bolerista que todos reconocemos con más de trescientas grabaciones. Cierto, recordando que son de antología también, los cuatro ‘larga duración’ de valses donde participa junto con Pedrito Otiniano y Gilberto Cosío Bravo en las grabaciones del Centro Musical Unión.

Lucho Barrios fue multifacético pero además, consolidó un tipo de vals como anclaje de identidad del barrio. Y el Centro Musical Unión, junto al “Huancavelica”, fuero aquellos refugios de nuestro viejos jaraneros que impusieron el vals al estilo limeño del “Cuartel primero” o del barrio de Monserrate. Es decir, el canto de la zona de Pachacamilla –uno de los lugares más emblemáticos de la Lima tradicional– que viera nacer también a la mejor cantante del acervo criollo, doña Jesús Vásquez, amén del cantor Rafael Matallana y siendo tierra del campeón mundial de billar, don Adolfo Suárez.

5.

Lucho BarriosRescatado un texto de la periodista chilena Verónica Marinao que cuenta cómo un 18 de septiembre de 1960 Lucho Barrios actuó por primera vez en Chile, en la quinta El Rosedal de Arica, junto a la orquesta cubana de Puma Valdez. En 1961 grabó en Santiago varios discos que aumentaron su arrastre popular en Chile, comenzando además con sus presentaciones en el cabaret Picaresque de Santiago. En la capital chilena grabaría también decenas de temas como “Fatalidad”, “Cruel condena”, “Señor abogado” y “La joya del Pacífico” del compositor Víctor Acosta, un tema que es considerado como el himno del puerto de Valparaíso.

En el libro “Historia social de la música popular en Chile, 1950-1970”, los autores Juan Pablo González y Claudio Rolle explican que: “parte importante de repertorios como el de Lucho Barrios, exacerba la emoción y el sufrimiento, permitiendo definir un campo lírico que posee ciertas dosis de existencialismo de bar: la vida es trágica y sólo el amor puede redimirnos, aunque suframos por él”. En el documento se explica del arrastre popular que le permitió grabar 36 singles y seis discos LP para la filial chilena del sello EMI Odeon, y concentró en Chile el grueso de sus ventas latinoamericanas, pese a no ser invitado a radios ni programas de televisión de la época ni al Festival de Viña del Mar por las discrepancias que tuvo con el ex animador Antonio Vodanovic.

La versión de Lucho Barrios de “La joya del Pacífico” es la más popular por la voz y la fuerza en la interpretación y también a los arreglos que realizaran los hermanos Silva. Según el músico Dióscoro Rojas: “lo de Lucho Barrios permanece un tipo de música que es como la súplica del pueblo latinoamericano ante el tema del amor. Y porque las metáforas que aparecen en estas canciones son muy fuertes, del tipo: ‘que me quemen tus ojos’. Es también el canto del latinoamericano humilde que a través de la música sueña con un mundo lleno de estrellas, que se pone colleras y anillos, quiere entregarle lo mejor a su mujer, pero anda con las suelas gastadas. Lucho Barrios es quien populariza ese tipo de música y con él se va una de las voces más queridas por el pueblo”.

6.

Lucho Barrios vivió intensamente sus 75 años. Y no sabía hacer otra cosa que cantar. Y si eran boleros o valses, él contribuyó a ese ramal del bolero peruano, a ese que también le dicen “bolero cantinero” y hasta “bolero rockolero”. Los amplios estudios sobre el bolero latinoamericano no aceptan que exista esta versión peruana pero si conocen a Lucho Barrios. Equivocados hasta sus cachas, deberían saber que Barrios fue la influencia y el camino que luego seguirían Pedrito Otiniano, Jhonny Farfán, Guiller, Iván Cruz,Antonio Martell, Betico, Los Morunos, Chaqueta Piaggio, Anamelba, Linda Lorenz, Gaby Zevallos, Bárbara Romero entre otros.

Fue así, un 5 de mayo del 2010, el director del hospital Dos de Mayo, José Fuentes Rivera, explicó que el bolerista Lucho Barrios había muerto esa mañana a consecuencia de una falla multiorgánica provocada por un problema respiratorio y complicado con una insuficiencia renal. Milagros, su hija declaró esa tarde: “Mi padre había sufrido un derrame cerebral pero ya estaba recuperado. El volvió a cantar porque me decía que yo tengo que morir en los escenarios. El no estaba enfermo”. Según contó otro médico que atendía a Barrios, el cardiólogo Cecilio Zamora Huamán, explicó que el intérprete le suplicó: “que me hagan todo menos que me entuben porque no quiero perder mi voz”.

Así murió la voz que identificaba ese sentir romántico vocal peruano. Con la misma modestia como vino al mundo y estuvo por estos pagos 75 años. Yo le recuerdo sonriendo, aceptado su culpabilidad de que él y gracias a su voz, fueron responsables de cuanto romance uno se pueda imaginar, de tantos hijos que llegaron a este mundo y también de evitar la violencia con ese antídoto del bolero. Pero cierto,  también lo recordaré por ese verso de su “Marabú”: “Si la vida es así, para que más vivir”.

(Fragmento del libro Caza Propia que será editado por Lancom Ediciones en Julio 2017.)

Lucho Barrios O la metafísica de la cebolla Una crónica de ELOY JÁUREGUI publicada en CANGREJO NEGRO

Lucho Barrios 2
Lucho Barrios y el guitarrista Chalo Reyes.

No sé, para que quiero amor

la esperanza sin ti

ya no tiene valor.

 Al fin, te podré olvidar

si la vida es así

para que más vivir.

 Marabú. Lucho Barrios.

1.

Si la metafísica es el escozor más profundo del espíritu y la pura ciencia de los principios, entonces el bolero es el retorno sonoro de los quejidos más desgarradores del alma. Cual una cebolla que al ser trozada, digamos, tipo escabeche, emite un gas urticante que aparentemente se enfila a los ojos pero es más, se encarrila básicamente al hipotálamo, que como glándula hormonal del tamaño de un pallar remojado, regula a partir de la homeostasis el comportamiento sexual del sensato más estoico. De allí que Celio González cante “Quémame los ojos” como profilaxis contra los amores contrariados y sobre todo los ardores bajoventrales irreprimibles que, de atacar, ataca con malquerencia, sea uno púber, cano o decano.

Esto y lo otro me pasó con “Marabú” que cantaba Lucho Barrios y que resultó mi canción de cuna licenciosa. Allá, en los bares del barrio de Surquillo, las rockolas en 1957 lo tocaban a todo volumen y el sonido trepaba por mis pañales. Los galanes entonces retorcían sus bigotes y a las muchachas en flor, el bolero les inyectaba su dulce veneno. El tema más que la teta de mamá me marcaron como a un torete en mi niñezLa máquina emitía un salmo a la derrota babosa y yo imaginé, infante, a un cantante infame: “Adiós, ya me quedo sin ti. /Y así, para qué más vivir. /Sin ti, no podré más luchar. /Sin ti, para qué resistir. /No sé, para qué quiero amor. /La esperanza sin ti. /Ya no tiene valor. /Al fin, te podré olvidar. /Si la vida es así. /Para que más vivir.

Patafísica genuina o parodia de la unidad de los contrarios. ¿Cómo, para qué más vivir? Barrios no hacía honor a su nombre más que a su apellido. En él, la solución imaginada era la ley que regulaba la excepción. Agónico de melancolía –esa prostituta del recuerdo–, tiraba la toalla cual canalla. “Marabú” fue canto y se hizo bolero gracias a que Lucho Barrios lo escuchó cuando vivía en Guayaquil y a punto de escapar del ropero. Entonces lo volvió a oír en Lima y lo grabó luego con los arreglos de “Chalo” Reyes y “Cato” Caballero. El hecho es hito de la música multitudinaria urbana. El disco se hizo en los estudios del sello MAG un 3 de marzo de 1957. “Marubú” es así el primer bolero peruano masivo y popular. De su autor se sabe tanto como nada y del título también, que es la nomenclatura de un ave parecida a la cigüeña y que no tiene absolutamente nada que ver con la letra. Ya en el colmo del desconcierto, en todo el bolero no se la menciona para nada al ave. Entonces ¿Por qué Marabú? ¿Por eso es peruano? No creo.

2.

Con Lucho Barrios  miles de peruanos fueron sonoramente concebidos gracias a su ritmo cansino, cuasi asesino. El bolero de Barrios no es el de Ravel. Es música amotinada para el abotonamiento hormonal. Y la hormona no piensa, corta. Es así que practica el bolero de enamorados irreflexivos a punto del degüello. Traición más que fidelidad, odio más que ternura, rencor más olvido. Una receta sanguinolenta y a pesar de esto, Barrios, vamos, ha mejorado la especie y es mucho más popular que la poesía ad hoc, el melodrama latinoamericano del perdón secular y las novelas melindrosas de Paulo Coelho.

No conozco a otro exponente del género popular a quien le regalen un parque con monumento y en vida. Eso le pasó a Lucho Barrios. La Municipalidad del Callao lo hizo (Sector IV. Fraternidad Bocanegra). Y está bien. De ahí que haya decrecido la delincuencia en el puerto. Pero como dice Agustín Pérez Aldave, sobre el bolero peruano o llamado “cantinero” en su tratado “Ya que no puedo decírtelo al oído”: “Nuestro bolero cantinero es austero y chirriante. En él, la violencia cotidiana se traduce en un lenguaje directo que tiene menos de poesía y más de crónica roja, de un discurso repetitivo, como un disco rayado en el éxtasis del sufrimiento amoroso. El acento característico de lo cantinero peruano está, sobre todo, en la manera de cantar, en el tono quejumbroso y llorón que, según el cantante Johnny Farfán, viene de nuestro huayno”.

Discrepo de Farfán no de Pérez. Así, según A.P.A., el más grande bolerista que ha dado el Perú es, sin duda, Lucho Barrios, auténtico ídolo popular en todo el continente y cuya nacionalidad reclaman varios países. Barrios se inició como cantante de huaynos –su nombre artístico en 1959 era mariateguista: “El Amauta”– y luego pasó al vals y se afincó en la rockola. Lucho Barrios, pensaba yo, era solo esa voz que salía del aparato. Pero a veces la realidad es más dolorosa que la ficción musical. Enterado de que estaba en Lima, conseguí su teléfono. Lucho venía de actuar en el teatro Olimpia de París. Lacónico, aceptó que lo siguiera dos días con las cámaras del programa “Panorama” de Canal 5. Ahí en su casa en Maranga me recibió con una sonrisa falsa. Y salimos a grabarlo a cuanta radio lo había invitado y en la noche, a su presentación en el cine teatro Monumental de Breña en un mano a mano contra Pedrito Otiniano. Barrios no habló durante el viaje.

Al mediodía le propuse llevarlo a almorzar y entrevistarlo junto a una rockola allá en Surquillo. No dijo ni sí ni no. En el “Tobara”, los parroquianos lo ignoraron y fuimos a parar al “Rinconcito de Tiabaya”, una picantería arequipeña. La escena era así. Lucho tenía que pedir una cerveza, servirse un vaso, pararse a la rockola, colocar su moneda, marcar A-5 y escuchar su bolero “Marabú”. No fue fácil, el hombre era cantor, no actor. Dos horas después, al fin salió la cosa. Curioso, un hombre que les cantaba a las mujeres suspirantes, miraba la cámara y quedaba catatónico. En la noche, ya en el teatro, su guitarrista “Chalo” Reyes –hermano del gran Pedro Miguel Huamanchumo–, el que siempre lo acompañó junto a “Cato” Caballero, lo puso de buen humor. Entonces con el teatro abarrotado de románticos de siempre, Lucho Barrios fue el de siempre, el de los discos y muchos terminaron llorando.

3.

El poeta Tito Hurtado, escribía que, el bolero era una excusa bailable para llorar desvelos de amor, y agregaba que aprender boleros es licenciarse en retórica, la ciencia más hermosa y menos visitada del lenguaje, a pesar de los lingüistas, digo yo. Cuando le pregunté a Lucho Barrios si lo que él cantaba era poesía, dijo que no. “Esa es una ciencia que no domino”, me calló. ¿Y qué significa Marabú? le terminé inquiriendo. Desconozco mayormente, me respondió. Yo no le dije que era el nombre de un ave carroñera tan desagradable como la cigüeña. No obstante, aquel bolero no necesitaba explicación y Barrios no tenía por qué dármela. Él cantaba lo que el amor no pedía como retórica o un oxímoron, que para eso están los semiotas. Finalmente, cuando uno escucha un bolero como “Señor abogado” pierde el juicio. Y si ya no puede con los celos, ni modo a cantar “Amor gitano”: “Toma este puñal/ Ábreme las venas/ Quiero desangrarme/ Hasta que me muera/ No quiero la vida/ Si he de verte ajena/Pues sin tu cariño/ No vale la pena.

Con Lucho Barrios ocurría algo distinto cuando al fin pude descubrir al cantante de mi infancia y mi pubertad, más ginecólogo que pediatra. Y no fue sencillo conocer a cabalidad al cantor “cebollerero” como le decían en Chile. Barrios era de poco hablar, cierto, todo lo decía cantando. Yo había conocido a otros cantantes románticos, Pepé Domínguez en “El Palmero” y a Iván Cruz en “El Marino” del Callao. Sus fojas no eran nada santas. La mayoría resultaban disolutos más que bohemios, con el aserrín pegado a la piel, con las vaginas aun empolvadas en las harinas de los amores contrahechos. Gente de otro ADN decía mi padre, quien se opuso tajantemente a que una de mis hermanas se case un lírico de la esquina del barrio que cantaba boleros en esos días en Radio San Cristóbal. Al final se casaron y el viejo desde esa vez odio al género, al degenerado, al bolero y sobre todo, a los boleristas.

Lucho Barrios era todo lo opuesto a lo que se decía del ecuatoriano Julio Jaramillo quien tuvo 38 hijos o de Daniel Santos quien tuvo otros tantos con otras tantas mujeres. Aquella vez cuando Barrios me recibió deportivo en su casa del barrio de San Miguel en bata y chancletas, me di cuenta que era único. Barrios lucía como un tipo rechoncho y cabezón que no daba la talla para ser un sex simbol barrial. Lucho Barrios vivía con su familia de reglamento, esposa y tres hijos. En su calle del barrio de Maranga en Lima, pocos vecinos lo reconocían y él era como era: Un hombre sencillo y con un carro Datsun que alguna vez fue atractivo pero que sonaba como una licuadora Oster a punto de malograrse. Barrios era más monosilábico que parco en extremo.

Lucho Barrios fue único y creó un estilo. Para muchos es el más grande bolerista que ha dado el Perú aunque en Chile desde la década de los 60 lo bautizaron como: “Cantante chileno nacido en el Perú. Lo cierto es que desde esa vez se convirtió en un auténtico ídolo popular en todo el continente. Pocos sabían que Lucho Barrios –él no lo quiso contar– se inició como cantante folclórico y luego pasó al vals de estilo norteño para debutar con los boleros de ese éxito extraordinario que significo “Marabú” y que llevaba en el reverso otro tema antológico “Me engañas mujer” convertidos desde su salida en dos clásicos del género. Cuando lo entrevisté, Lucho Barrios ya era un artista consagrado y aceptó que era cierto que había actuado una noche en el teatro Olympia de París nada menos que junto a Frank Sinatra.

Continuara…

PICAFLOR DE LOS ANDES EL CANTO ETERNO

Escribe ELOY JÁUREGUI y publicado en CANGREJO NEGRO

Con nuestro homenaje de admiración a quien fue figura clásica del folclore y piedra angular de nuestra identidad en la pluma de nuestro querido y admirado periodista y profesor universitario.

Picaflor de los Andes1.

Picaflor de los Andes fue un ser tan excepcional que hasta escogió el lugar donde hubiese querido nacer, Huancayo, aunque el destino lo trajo a este mundo en Huanta, Ayacucho. Víctor Alberto Gil Mallma que así se llamaba, era tan especial que hasta tuvo cinco fechas de nacimiento aunque luego de severa investigación familiar se descubrió que su madre lo había parido finalmente un 8 de abril de 1928 y no en 1929 o en 1930 o en otras fechas como figura en todas las biografías que se atrevieron a escribirle. “Pikachu”, como le gustaba que lo llamen sus íntimos, y sus íntimos fuimos todos nosotros, estaba escrito, que al nacer, emergió más convertido en un mito que en una quimera. Todo el resto fueron sus canciones y sus hazañas.

La vida lo había tratado también como un desarraigado desde niño aunque en realidad su existencia fue la de un viandante impenitente y sus dominios sonoros construyeron su patria personal en la sierra central del Perú. Ahí su sentimiento pasó a convertirse en un expediente de amores, nostalgias y chillas porque incluso después de muerto, la gente decía que lo habían visto en la feria dominical de la Calle Real de Huancayo o manejando un Volkswagen rojo en la laguna de Paca o conduciendo un tráiler a la salida de Tarma. Y cuando se murió de verdad, en toda la Carretera Central, los transportistas detuvieron sus camiones y lo velaron durante horas y le levantaron cruces y hoy se siguen persignando ante ellas porque los huaynos de Picaflor de los Andes se escuchan más que antes y porque difunto, vive más, intensamente.

Hace un tiempo se descubrió entonces su partida de bautismo emitida en la Parroquia San Pedro de Huanta donde se consigna que había nacido el 8 de abril de 1928. Si bien es cierto que ese dato lo conocía José María Arguedas, muchos seguían insistiendo en que el artista era huancaíno. En esa partida también se aclara que su padre fue un hacendado huantino llamado Bernabé Gil y su madre doña Francisca Mallma.  Hoy sabemos que sus padres se separaron al poco tiempo y que su madre se traslada a Huancayo y donde lo vuelve a inscribir en el municipio huancaíno. El destino luego lo lleva a la ceja de selva, en la zona del Perené,  en donde la mamá había conseguido un trabajo doméstico. De esas noche sus recuerdos lo harían vivir las horas en que empezaría a cantar, casi imitando a los pájaros, unas tonadas que a todos llamaban la atención y que a su madre la hacía llorar sin consuelo hasta que los dos se quedaban dormidos. En su voz de niño se podía identificar aquel rumor de los ríos, el silbido de los vientos, el estrépito de las lluvias y el trino de las aves que a los vecinos los hizo entender que solo ese sonido era asunto de los querubines encantados.

2.

Ahora ya vive en Huancayo en la casa de su tía Cirila Marín Villar. Ahora ya tiene quince años y asiste al Colegio Nacional Santa Isabel pero más, cantaba como un descocido. Un día dijo no estudio más y se puso a trabajar como chofer y hasta de mecánico diésel. Fueron los años en que hacía dúo con Julio Díaz en el conjunto “Los Amantes”. Fue en Huancayo donde se hizo mayor y junto a Julio Cartolín, funda el conjunto “Los Compadres”. En 1950 no se podía asegurar que los artistas eran profesionales. Ganaba su plata pero no alcanzaba para nada. Fue aquel tiempo de noches de bohemia y donde dormía donde lo agarraba el sueño. Ahora ya vive en Huancavelica y sabe del rigor de los mineros. Y él fue minero también.

Picaflor de los Andes aseguraba que fue su habilidad como conductor que le salvó la vida. Se hizo experto en camiones y volquetes y así viajaría por toda la sierra central. En 1957 ya estaba viviendo en San Mateo y trabaja en las minas de Tamboraque y luego se muda a La Oroya. No se gana pero se goza, decía. Ahora funda junto a los hermanos Tacuri el conjunto “La Juventud Tarmeña”. Finalmente en 1958 ya vive en Lima y es vocalista del conjunto “Los Picaflores de San Mateo”. Un año después participa en un concurso de Radio Excélsior y gana con “Aguas del río Rímac”, huayno de su inspiración. Tema que deslinda con su prehistoria. El resto lo haría su voz y esas dotes de compositor que han inmortalizado en decenas de huaynos.

Fue José María Arguedas quien se hace su amigo cuando todavía no se llamaba Picaflor de los Andes. Una noche mientras actuaba ya de solista en el Coliseo Nacional, Arguedas lo invita a inscribirse como artista vernacular en los registros la Casa de la Cultura. Desde esa vez queda con ese nombre y 1962  graba su primer disco sencillo, “Margarita Huambla”. Por aquella grabación le pagarían apenas cien Soles pero fue el inicio de su exitosa carrera en el mundo de los discos que con el tiempo serían los más vendidos y “Pikachu”, el artista más requerido.

3.

Años después, cuando ya vivía en Lima, había de recordar sus primeros años en la capital, cuando doblegando rechazos y marginaciones logro hacerse de un nombre y el reconocimiento general. De eso conversaba con sus amigos entre cervezas y los discos de la rockola en su Barrio Piñonate, muy cerca de la Plaza Dos de Mayo. De aquellos huaynos llenos de sentimiento y emoción. Porque ahora lo sabemos, Picaflor de los Andes encarna sin duda al provinciano que se asentó al principio en las zonas periféricas de la capital para luego conquistar la urbe y consolidar su cultura y sobre todo, conseguir que se acepte su música. Así, los cholos, aquellos, desde los humildes hasta los emprendedores de hoy, lo hicieron su cantor para los temas de amor muchas veces no correspondidos, pero sobre todo, para el sentimiento de obreros y trabajadores que lo ungieron en su cantante para siempre.

Ningún cantante como Picaflor de los Andes para retratar la lucha de los provincianos por conquistar Lima. El recordado sociólogo Alberto Flores Galindo escribió en su trabajo de tesis, que por ejemplo en el huayno “El Obrero” grabado en 1970 por “Pikachu” se exponen los maltratos, explotación y hasta la muerte de los mineros de Cerro de Pasco, Morococha, La Oroya, etc. entre los años 1900 y 1930: “Picaflor de los andes, recita unos versos en lo que hace referencia a los campamentos mineros como “caminos y parajes que sangran con el recuerdo de vivir”. Y definiendo el trabajo del minero: “pitos y campanas que anuncian un epitafio. Nuestras vidas por el progreso”.

Dos procesos estaban germinando en la impronta de Picaflor de los Andes: El de la revaloración de la música folclórica que en aquel tiempo era vilipendiada por la cultura oficial y, que él exigía un reconocimiento masivo, y la plataforma de sus temáticas de compositor que en el fondo iban desde el amor al terruño, los romances contrariados y la reivindicación del trabajador de los andes. “Pikachu” fue tan intenso que paso de cantarle a su hijo pequeños hasta proponer un huayno ideologizado. Es el caso del tema “Por las rutas del recuerdo”, en homenaje a la marcha de 5 mil trabajadores de las minas de Cobriza y La Oroya en 1969. Ahí  se lanzan las proclamas: “Viva la clase obrera”, “Viva el proletariado”. Eran años de las guerrillas en el Perú y luego de la Revolución de Juan Velasco Alvarado. Picaflor de los Andes asumía así un canto popular comprometido con las verdaderas causas populares.

4.

La canción andina hoy es masiva en Lima y en los medios de comunicación. Nadie duda que sea resultado de este juglar de los de abajo que se llamó Picaflor de los Andes y que cultivó el huayno, según la idea de Arguedas, como un testimonios de toda la vida, todos los momentos de dolor, de alegría, de terrible lucha, y todos los instantes en que fue encontrando la luz y la salida al mundo grande en que podía ser como los mejores, rendir como los mejores.

Picaflor de los Andes murió en La Oroya el 14 de julio de 1975. Las crónicas de la época escribieron: “En hombros del Perú profundo se fue Picaflor de los Andes”. Se calcula que esa noche, cuando descansó en su última morada había en el Cementerio El Ángel más de 100 mil personas. Y debo confesarlo, hace unos días, este 8 de abril que llegué a ese campo santo, ahí estaba Picaflor de los Andes erguido, con su guitarra y su sombrero a la pedrada y pintado de dorado con una altura que casi llega a los dos metros en el recientemente inaugurado mausoleo con monumento en el Jardín Santa Luciana. Lote27. Sector 1. Sus hijos lo recordaban así. Nosotros nunca lo olvidamos.

Nuestro gran escritor José María Arguedas escribiría en el diario El Comercio del 30/6/1968: “Picaflor tuvo una infancia y juventud atormentadas; nació en una quebrada cálida y hermosa de Ayacucho, en Huanta. En Huancayo lo bautizaron de nuevo. No deja de ser simbólico y representativo este doble bautismo. Huancayo y Ayacucho son regiones de estilo diferentes. Gil Mallma trabajó y luchó desde la infancia en las ciudades capitales, en minas y campos de ambas zonas; como chofer ha recorrido las carreteras y pueblos por las que Ayacucho y Huancayo reciben y envían mercadería, por donde se van y vuelven los inmigrantes”.

Maouselo de Picaflor de los Andes
Sus hijos en el mausoleo y monumento de Picaflor de Los Andes en el cementerio El Ángel.

Pedro Ángel Cordero y Velarde Escribe: Luis Jochamowitz (Publicado en la revista CARETAS de 17 de junio de 2017)

Pedro Angel Cordero y Velarde
Pedro Cordero y Velarde, en su momento culminante, ante los notables en el claustro de Santo Domingo.

Pedro Cordero y Velarde han ascendido al panteón político nacional llevado al vuelo por una multitud de plumas, la mayoría descañonadas, que llenaron con él centenares de notas periodísticas y menciones. Ocupa un lugar excéntrico en los altos y la parte trasera del panteón, pero si hubiera que hacer un censo de recordatorios, es seguro que nadie se atrevería a pedir su desalojo. Si todas las hornacinas de ese lugar son simbólicas, la de Cordero y Velarde lo es absolutamente, se encuentra como dibujada, convertida en literatura costumbrista y detritus periodístico.

La nota típica contiene los datos esenciales: 1885, Cerro de Pasco, músico, director de la banda de bomberos, pobreza, locura progresiva, miseria, orate público en las décadas del 40 y el 50, y finalmente su inefable autoproclamación: “Pedro Cordero y Velarde, Mariscal del mar, tierra, aire y profundidad, Apu Inka Emperador”. El cuadro se completa con la descripción de la levita andrajosa, el sombrero de copa quiñado, los escarpines anacrónicos, las medallas de latón y las cintas de bazar de japonés.

¿Por qué la idea de un orate, asociado al espectáculo de la política y el poder, ha despertado siempre la fascinación de la gente? Desde el principio de su carrera como personaje público su sola imagen parecía arrojar una chispa crítica o moral sobre sus colegas cuerdos, los verdaderos gobernantes. En 1956, cuando se codeó por un momento con los notables de la ciudad, su presencia actuó como una “protesta sarcástica”, algo que se hizo más acentuado con el paso del tiempo.

Cuando murió, en 1961, CARETAS comentó: “Era músico, era pobre (murió en un callejón), pero ¿era loco? A veces uno quisiera creer que no”. Hubo palabras para “su programa”, cuyo primer punto era abaratar el jabón de pepita, y hasta se consideraron por un instante sus “ambiciones de grandeza cósmica” para el Perú, al lado de las cuales las promesas de los políticos eran mera pacotilla.

Su momento estelar fue, desde luego, esa convención de notables, reunida por Odría para cubrir su retirada en 1956. Se ignora cómo atravesó las hileras de policías, porteros y encargados, tal vez su porte venerable y una levita recién lavada y planchada le abrieron paso, el hecho es que apareció en el claustro del convento de Santo Domingo. Modesta pero decididamente, no se sentó entre los notables sino en una silla del coro, una declaración de que su reino no era de este mundo. Su presencia, al principio silenciosa, debe haber chirriado en todos los oídos contra el fondo cacofónico de los discursos. En un momento determinado se puso de pie y comenzó a hablar. A falta de sus propias palabras, Guillermo Thorndike, con instinto infalible de titulero, ha escrito un párrafo muchas veces parodiado, que da forma al mensaje crítico-moral del corderovelardismo: “otra era la paz solicitada por el pueblo, que no era justicia de todos aquella que preocupaba a los poderosos de la tierra. No su voz, sino el ridículo de aquellos príncipes forzados a escucharlo, convirtió el cónclave en el más grande fiasco de la derecha peruana”.

El psiquiatra Javier Mariátegui ha emparentado a Cordero y Velarde con un largo linaje de orates, que comienza, al menos, con algunos de los personajes retratados por Pancho Fierro, entre otros ‘Ño Bofetada’, el ‘Loco Becerra’, ‘Fierabrás’, ‘Sancochado’ y ‘Manongo Muñoz’. Mariátegui, sin embargo, sitúa a Cordero y Velarde en línea directa con Ángel Fernández de Quiroz, “paranoico lucido” de la Lima del siglo XIX. Otro orate cercano a la política fue Abraham Elías Flores, declarado “Diputado Vitalicio” por el Departamento de Ica. Como escribió CARETAS, a propósito del desfleme que siguió a la larga dictadura de Odría: “en el Perú, sanos y locos están reclamando que se les reconozca sus derechos”.

(Escribe: Luis Jochamowitz)