La Anquicha (Segunda parte)

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Fijado Lima como lugar del proceso judicial fue trasladada junto con los otros presos para ser juzgada. En la cárcel de mujeres se hizo íntima de Isabel Pedraza, “La Rayo”, aquella negra ágil como un gato y audaz como un cernícalo que, al verla llegar, mirándola con emoción y respeto, le dijo “Tú eres bien macha, carajo. Me he enterado que lideraste a las mujeres de tu pueblo para sacarle su mierda a un abusivo. ¡Eres de las nuestras! No eres ninguna cojuda. Desde ahora compartirás con nosotras todo lo que alcancemos y nadie te faltará el respeto. Avísanos nomás quien trata de joderte. Nosotros nos encargaremos de sacarle la mierda”. Fue presentada a la capataz, que también “le agarró cariño”. Ésta era Josefina Huerta, conocida por el mote de “Tormenta”, triunfante luchadora de cachascán en su recorrido por entarimados peruanos de los cincuenta; había dado cuenta de consagradas luchadoras como la “Norcoreana”, “La Siciliana”, “La Salvaje” y otras campeonas. Un día que encontró a su marido encamado con su vecina, presa de ira homicida, dio cuenta de los dos traidores. Cuando llegó la policía, ambos tenían el cuello roto. Ahora es la “capo” del pabellón de las comunes, amiga de las presas políticas en sus encuentros en el patio principal. “La Anquicha” que ejercía la jefatura del grupo recién llegado, abogó también por su clan cerreño: Paulina Ventura Cabello, Ignacia Martel Calero, Rafaela Romero Ayala, Fortunata Orihuela Cavilla, y ella, Angélica Panduro Ricapa. Heroínas como ella. Este grupo, protegido por “Tormenta”, había concitado el respeto de las reclusas porque habían dado cuenta –no de un sujeto cualquiera- sino de un poderoso; de un Prefecto. La admiración para ellas fue extraordinaria. Es más, “Tormenta” le enseñó con lujo de detalles dónde y cómo golpear en las zonas más sensibles y estratégicas del cuerpo humano, lección que aprendió con creces y puso en práctica cuantas veces le fue necesario.

Nueve años estuvo en la cárcel de mujeres donde hizo muchísimas amigas. En ese lapso descubrió muchos secretos femeninos, argucias y “mañoserías” que puso en práctica a su salida por amnistía a los presos políticos. Ya la “Anquicha” se había “achorado” y comenzó a hacer valer sus “experiencias”, de las buenas y de las otras; por eso los marchantes se cuidaban de ofenderla. Levantisca y escandalosa, castigaría la pedantería o el desprecio. Nadie estaba dispuesto a jugarse esa carta. Algunas veces –muy raras, por supuesto- llegaba a la mesa que quería, muy comedida y amable, llevando sus dos botellas de cerveza. Las ponía encima y al instante estaba participando de la conversación. Estaba precisamente enterada de todos los acontecimientos de la vida de su pueblo, su Cerro de Pasco. Conocía de las virtudes y las debilidades de los “grandes” y de los otros. Su conversación era muy activa. A los recién llegados, informaba de las ventajas de su pueblo, de las posibilidades en el comercio o la industria, pero sobre todo, en el amor. Fue la anfitriona, obsequiosa y graciosa que acompañaba al visitante hasta donde éste permitiera que lo hiciera, pero en toda esa tarea, sacaba pecuniaria ventaja que le permitía seguir adelante. Siempre tuvo cuidado de no chocar con los grandes; es más, a ellos y sus mujeres, saludaba con especial respeto; no fueran a enojarse. Como el resto del pueblo la conocía, la toleraban con mucha condescendencia. Su conducta disipada y aventurera, era un secreto a voces.

El amorcito que hemos tenido

en una rama se me ha enredado,

vino un fuerte huracancito,

rama y todo se lo ha llevado.

Claro que algunas veces tuvo problemas, especialmente con la policía. Era  generalmente porque, algún visitante, pensando que por chola se callaría, se negaba a pagarle sus servicios. En ese momento “le salía la india” y castigaba al agresor. Le quitaba su plata y le pegaba. Era muy mujer para hacerlo; chola poderosa, samaqueaba a su víctima haciéndola sangrar, y fugaba. Era lógico que nadie la alcanzara, no sólo porque siempre estaba en forma, sino porque conocía la ciudad con sus recovecos, callejones, caserones, atajos y demás escondrijos de los que la ciudad era pródiga para despistar al persecutor. Hasta los canes cerreños que la conocían, enmudecían, cómplices, en sus correrías.  Las pocas veces que cayó en cana, no le probaron nada. El “cuerpo del delito” había desparecido como por encanto. Más tarde ella lo recuperaría con creces. Lo había dejado a buen recaudo en un escondrijo que sólo ella conocía. Si a pedido del agraviado debía quedarse encerrada, algún policía amigo, generalmente uno de los que se habían beneficiado de su celestinaje, le alcanzaban una cobija y, al día siguiente, salía indefectiblemente. Bueno, total, la “Anquicha” era una parte fogosamente vigente de la ciudad. Un ser especial.

La conocí mejor en el entierro de “Patas a la Oreja”. Apesadumbrado por ese drama tan patético me encontraba silencioso y adolorido en un rincón del cementerio. Ella estaba de servicio y me alcanzó un copón de chinguirito que la “Chapi” Quintana había llevado al camposanto. “Sírvete, papito” -me dijo- “Yo también estoy sufriendo por nuestro pobre “Patas”. “Él te quería y respetaba mucho, como yo, papito; lo sé, porque él mismo me lo ha dicho” “! Sírvete!”. Otra noche, en el velorio de “San Martín”, -un cargador patilludo como nuestro libertador-, nos amanecimos conversando. Me relató al detalle de todo lo que le había acontecido el 48, cuando la muerte del Prefecto: “Era un demonio, papito –me dijo- y debe estar en el infierno. No puede estar en otra parte ese mal nacido. Era un abusivo. A la viejita “Lulli” Sacristán, la zarandeaba cuantas veces quería porque ella vendía comida con su ollita a la puerta de la Prefectura. Un día de pago, al ver tanta gente que le consumía, de un patadón arrojó muy lejos su olla y la Lully se quedó sin nada, llorando, desamparada. Esa viejecita, abandonada por sus hijos, solamente así se mantenía. ¡Cuántas cosas hizo el malvado, hijo de perra! Hasta el pobre “Gardelito” –Tú conocerás, papito, al hermano de los Paulino, sastres y peluqueros de la Calle del Marqués que tenían un hermano idiota que caminaba por la calle sin saber ni quién era- Bueno, un día que el malnacido venía por la puerta de Kukurelo, se encontró con el pobre “Gardelito” que andaba por la misma vereda; de un manotazo lo arrojó sobre la acequia que estaba llena de agua donde el pobre comenzó a temblar con su epilepsia. Él se quedó riendo como un animal y sólo cuando se marchó levantaron a “Gardelito”. También pegaba a los canillitas  que se le cruzaban en la calle. A nadie respetaba. La única que lo “pasaba” era la “Payasa”, chuchumeca coquetona, pintarrajeada como si estuviera en carnavales que se encamaba con el maldito grandazo, sin que la Omara se enterara. Nosotras lo odiábamos, especialmente cuando nos echó de su oficina como si fuéramos perras asquerosas. Ahh pero la “Opa” Paula le hizo pagar sus abusos. Bailó sobre su cadáver cuando el pueblo dio cuenta del maldito. Aquella tarde todos estuvimos juntos para sacarle su mierda. Me acuerdo del “Catarro” Bartola, el “Chato” Miraval, Atilio León, Lucho Llanos, Patricio Chahua, Humberto Luis y muchos cerreños machos, carajo. El relato de todas las iniquidades del Prefecto, la asonada, la represalia, su apresamiento, su juzgamiento en Lima y todo lo demás me contó aquella noche. “Un día, cuando ya había pasado tanto tiempo –siguió contando tras el cargado café que invitaron los dolientes- llegaron a la cárcel, el Prefecto Lanfranco, el comisario Bandini y otro cachaco que había llegado de Lima para decirnos que nos daba tres días de plazo para preparar nuestra ropa y otras cositas necesarias para viajar a Lima donde nos juzgarían. ¡Dios mío, que emoción, papito! ¡Por fin nos juzgarían y sabríamos a qué atenernos! Como sea nos preparamos los 120 que estábamos encerrados, al final sólo nos dijeron que viajaríamos 29: Veintitrés hombres y cinco mujeres. Entre mujeres estábamos, nuestra “Opa” Paula, la “Amacha” Martel, la “Rafa” Romero, la “Fortacha” Orihuela y yo.  El cachaco nos dijo que, en consideración a tanto tiempo que estábamos encerrados, nos llevarían para ser juzgados; que deberíamos portarnos bien, sin alterar el orden, porque de hacerlo nos balearían. Efectivamente, papito, nos llevaron a la estación enmarrocadas para no escaparnos, con gran cantidad de cachacos cuidándonos, como si fuéramos abigeos o enemigos del Perú. En la estación nos subieron, no a los coches como pensábamos, sino a la bodega, donde llevan a los animales. No había ni a dónde sentarnos. Las puertas con armellas y tremendos candados. Enfrente, sobre un enorme cajón, habían colocado una ametralladora bien cargada que dispararían al menos escándalo que hiciéramos. En cada esquina de la bodega, dos cachacos de la republicana, también armados. Como no había ni una ventana, no sabíamos ni a dónde estábamos. Solo cuando preparaban las ametralladoras y los fusiles, sabíamos que estábamos entrando en una estación. En ese momento el capitán que era el jefe, nos hacía shhhh, y teníamos que permanecer en silencio mientras durara nuestra permanencia en la estación. Temían que, el pueblo, al enterarse de que estábamos siendo llevados como animales, nos rescatarían. Porque la verdad era esa, papito; todo el pueblo estaba indignado. Hasta ese momento, sólo el Comité de Defensa de los detenidos que presidía doña Teresa de la Matta –la mujer de Agüero, de la calle Lima- nos había ayudado.  Ella se movió como nadie. Publicó avisos en el periódico y radios para que nos ayuden a juntar plata para pagar nuestra defensa en el juicio. Cuando llegamos a Lima, los periódicos nos sacaron diciendo “Ya llegaron los asesinos”, especialmente “El Comercio” y “La Prensa”. En la cárcel de mujeres nos recibieron como hermanas, con admiración, porque le habíamos sacado el alma al abusivo, a aquel maldito que siempre andaba armado con su pistola, por eso el “Capachón Minaya” le puso el apodo de “Pancho Pistolas”. Claro, una que otra presa nos miraba con sobradera pero ahí conocí a la querida de “Tatán”, a la negra que le decían “La Rayo”, la “faite” del penal. Ella se hizo mi “adú”.

Con este puñal dorado

ábreme por un costado:       

ahí verás tu retrato

todo cubierto de sangre,

conforme tú me has dejado.

Nunca vi llorar a una mujer con tanta indignación como entonces. Los años que decantan o encienden pasiones, le habían marcado con signos de fuego. Un odio acérrimo lo acompañó hasta los últimos instantes de su vida. A partir de entonces, mi admiración y mi respeto, siempre estuvo con ella. De su parte también. Cuando me veía en la calle me saludaba con mucho acatamiento.

Las pocas veces que volví a verla observé que ya no estaba sola. En los brazos llevaba a un perrito muy pequeño y, caminando a su lado, otro mucho más grande: sus compañeros. Los animales, como si supieran, permanecían en silencio, sentados uno en su falda y otro a su lado. “Ya no soy una mujer sola, papito”, me decía y los perros movían la cola como si entendieran Transcurrieron los años y dejé de verla. Una vez que tuve que viajar a Lima por motivos de trabajo, murió. No pude estar en su funeral, pero la pena que invadió mi espíritu fue tan grande, que a mi retorno llegué hasta su tumba para elevar una oración por su alma. Los perros famélicos no se movían de su sepulcro.

Así era la “Anquicha”, que en paz descanse.

¿Te acuerdas de aquella noche

en que juraste quererme,

quererme toda la vida;

no para que me hagas sufrir,

no para que me hagas llorar.

 

 

 

La Anquicha (Primera parte)

(Fue una mujer admirable. Quienes estuvimos en los momentos más dramáticos de nuestro pueblo –yo era un niño- cuando por consenso decidimos arrojar al sátrapa que nos gobernaba, ella lideró a las mujeres del pueblo. Fue cruelmente maltratada por el gobierno. Conózcanla en esta sintetizada nota. Con más amplitud se vida esta detallada en nuestro libro PUEBLO MARTIR)

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Imagen referencial

Todos sabían quién era la “Anquicha”. Haciendo alusiones caníbales los cerreños decían muy orondos: “Si no te has comido a la “Anquicha”, no eres cerreño”, es decir que quien no había gozado de sus intimidades, no era cerreño. Todos la conocían, pero pocos sabían que apellidaba Panduro Ricapa. Bueno, a nadie le importaba. En nuestro pueblo, no hace falta el apellido cuando el nombre de alguien toma carta de ciudadanía. Aquí rápidamente se identifica cuando se habla de esos seres que han nacido con calor popular y estima general del pueblo. “Capachón”, “Chuño”, “Patas a la Oreja”, “Chorreao”, “Pecas”, “Rogromanca”, “Sirriachi”, “Mufle”, “Agatón”, “Trueno”, “Piñachuncho”, “Cura Bolo”, “Mote”, “Gran Chichí”, “Poeta”, “La machete”, “La Pachicche”, “La Pisacha”, “La manca shongo” etc. A este grupo de privilegiados del efecto popular pertenecía la “Anquicha”.

Desde su infancia fue compañera inseparable de la pobreza. Apenas era una niña cuando tuvo que ganarse el sustento diario desempeñando múltiples labores como chica de servicio, ama seca, mandadera, etc. Sus padres se habían desatendido de ella. Ya más grande, lavandera, planchadora, muchacha de servicio. En todo ese lapso fue conociendo la bondad y dureza de las gentes. Era obediente y muy servicial pero no permitía que la maltraten. “Mi vida ha sido muy triste, papito –me contó un día que charlamos en un velorio- lo que más me ha dolido fue que nadie me brindara un poco de cariño que siempre he necesitado en mi vida”.

Después de haber sido lavandera en Patarcocha tuvo que dejar la actividad tras una pulmonía que superó bajando de urgencia a Huariaca. Allí el aire benéfico con abundante oxígeno y su clima abrigado le repusieron la salud. Después –ya maltona y bien parada- quiso volver a ser trabajadora del hogar, pero ya no se acostumbró. El transcurso de los años la convirtió en mujer avezada y resistente de carácter indomable. Ésta era la única manera de mantenerse incólume en la vida riesgosa que llevaba. Todos los patrones que tuvo trataron de “abusar” de ella. El primero fue un ingeniero de la “Mining” en cuya casa trabajaba. Una noche que llegó borracho entró en su dormitorio y sin mediar palabra alguna la sometió a su dominio lascivo y la desfloró. Cuando la vio llorosa sacó una libra y se la puso en las manos. ¡Estaba pagada! “El maldito “Veneno” Proaño, me rompió”- dijo. Después ejerció de vendedora de tamales, pero fracasó. No toleraba que los compradores le llevaran la contraria. Tras sonados líos con sus clientes optó por “mandar todo a rodar” y decidió que era el momento de explotar sus soterrados encantos.

Llegó a comprobarlo –intuición de mujer- que los hombres la deseaban, pero ella, había clausurado su corazón hasta que encontrara a alguien especial que verdad la quisiera. No era una preciosidad de mujer pero poseía un discreto encanto que con un ímpetu indefinible atraía a los hombres. Diríamos, como los entendidos, que estaba dotada de ese secreto encanto que muy pocas mujeres pueden lucir: sex –appeal; vernáculo, pero sex-appeal. Misteriosa atracción que envolvía con sus invisibles lianas el corazón y, sobre todo, el siempre vigente deseo de los garañones mineros. De mediana estatura, flancos poderosos, senos alzados y recios, cintura estrecha, pletórica de salud, con una confianza enorme en sí misma. En el vuelo de sus polleras tenía anudado el corazón de muchos hombres. Ni jovencita, ni vieja; mujer de “medio tiempo”. Siempre vestida con ropas sencillas; no con la opulencia de las señoras de muchos bienes económicos, ni la paupérrima pobreza de las cholitas desamparadas; aquellas con abrigos entallados de la última moda, y éstas, con modestas catas de castilla. No. Llevaba  una vestimenta  con el número indispensable de polleras para su abrigo; sobre éstas, la falda de organdí con bordados de flores y  mandil de tocuyo floreado con amplias faltriqueras donde guardaba sus “ganancias”. En la parte superior, la polka ceñida con interiores de franela para evitar el escozor del “coca saco”; chompa de lana, tejida por ella misma y, finalmente, un florido pañolón de “Alaska” que la fábrica Maranganí promocionó en la sierra. Cubriéndole la cabeza un sombrero de fieltro a medio lado; primero un “Borsalino”, más tarde un “Stetson”, y finalmente  -su economía en picada-, uno de fieltro tosco: “Arregui”. Nunca usó sombrero blanco de paja. No le gustaba. Su cuidado personal era muy escrupuloso. Cada media semana con su “quipecito” de ropa limpia iba a los baños de la compañía norteamericana y se pegaba un duchazo prolijo; peinaba sus abundosos cabellos acomodándolos en dos trenzas gruesas y enormes. Su referente femenino era Chela Raycovich, guapa cerreña que en la alta sociedad barría con los hombres que babeaban por ella; hija de un  yugoeslavo en guapa mujer cerreña.

Dicen que de muerto todo se acaba,

dicen que de muerto, todo se olvida;

pero ni de muerto podré  olvidarte,

porque has sido como mi madre.

La Anquicha se convirtió en cotidiana asistente de bares y restaurantes. Jamás le faltó un pan para llevarse a la boca ni un trago para disipar su soledad. Vivía sola. “No tengo ni un perrito que me ladre” decía. Los bohemios, especialmente mineros, sabían muy bien que colmándole los manteles de los restaurantes tendrían la recompensa de las sábanas de su cama. Así era ella, no permitía melindres ni candideces. Sus favores los cobraba con creces. Vivía orgullosa de su cuna. Sin admitir réplicas decía: “Yo nací cerca de Dios, donde al cóndor le da soroche y a la llama le da calambres. Soy del Cerro de Pasco”. Era muy zahorí. Al pasar rápida revista de los parroquianos, descubría en un santiamén al líder del grupo que estaba bebiendo. El rito cotidiano comenzaba cuando estudiado el terreno y las características de sus “víctimas”, arrastraba su silla, y sin más, se sentaba a la mesa junto al más gastador; ya en el transcurso de la “huasca” iría a elegir a quien sería su pareja de esa noche. Jamás nadie le hizo desaire. Nadie se atrevió a “ningunearla”. Era una mujer todo coraje en un ambiente de pusilánimes; decidida y emprendedora en un mundo de indecisos; arrolladora cuando en derredor de ella las mujeres se agazapaban para llorar el abuso de los maridos o amantes; viperina y arrebatada que no permitía ningún abuso, menos con las mujeres. Ella sabía que la admiración y el homenaje que el pueblo le tributaba le facultaban para actuar así, con desparpajo y marcado orgullo. Todos recordaban cómo para la muerte del Prefecto, indignadísima, encabezó el movimiento femenino para expulsar al tirano  que nos avasallaba. Con un garrote en las manos, el grito conminatorio en la garganta quebrada de indignación, liderando una horda femenina corrió por los comercios, chinganas, “toneladas”, restaurantes y bares, ordenando su cierre para que la gente saliera a protestar a las calles. Fatalmente, aquella tarde, fue tanta la indignación del pueblo que no terminó sino hasta verlo muerto. Cuando acometió la represión, fue de las primeras en caer. Lucía flamígera en todas las fotos que Barzola había tomado. Nunca lo negó. Estuvo encerrada en la cárcel cerreña, la más dantesca mazmorra del mundo, de paredes de piedra, cubiertas de musgo siempre verde y húmedo, techos de calaminas viejas que originaba una gotera inacabable en donde lluvias y nieves son aberrantemente continuas. Una prisión helada donde el frío espantoso agravado por el agua que circula sobre el piso del empedrado la hace insufrible. Seguramente ni en la Siberia sufrirían tanto los presos como aquí. Entre tanto, en el colmo de la ignominia y el abuso, diariamente la sacaban enmarrocada, paseándola por las calles a empujones como a una vulgar delincuente. Querían lucirla escarnecida, humillada y rendida, “para escarmiento de las cholas” decían las autoridades. Ella jamás arrugó. Había que verla desfilando serena y altiva por las calles céntricas, ignominiosa pasarela del escarnio en aquel momento. Sus ojos fulguraban de orgullo cuando, muchos cobardes que la miraban se orinaban de miedo, temblando ante lo que les podía hacer aquel engendro de la estupidez y el abuso llamado Alejandro Esparza Zañartu, un nombre para la nómina de mal nacidos, sirviente incondicional del arrogante tarmeño Odría, como antes lo había sido Damián Mústiga, insignificante y venenoso como una ladilla, chupamedias del “Mocho” Sánchez Cerro. (Ambos dejaron siniestros recuerdos en todos los cerreños). Su mirada límpida de valentía y orgullo jamás fue domeñada. El trayecto de la cárcel al juzgado, era vía del diario peregrinaje de la mujer valiente. Todos la habían visto y, todos, sin excepción, aprendieron a admirarla. En la cárcel también tuvo que luchar bastante. Cuando cumplido su “franco” los guardias republicanos regresaban a la cárcel, al verla dormida, trataban de abusar de ella, pero en cuanto entraban como fieras hambrientas, la Anquicha se ponía de pie y, como el más experto de los peleadores, defendía su honor con uñas y dientes. Sus gritos despertaban a las otras mujeres y llegaban al pabellón de hombres que con gritos y zapateos de protesta calmaban a los abusivos. Muchos “repuchos” quedaron con las huellas de su valentía hasta que aprendieron a respetarla. Eso era semanalmente, hasta que un día conoció el amor; el único amor de su vida. Cuando lo vio por primera vez, quedó admirada. Era un guardia republicano, fortachón, de raza indefinible, de talla más que mediana pero de enorme envergadura; espaldas amplias y musculosas que se iniciaban en un cuello de buey, grueso, desmedidamente enorme; brazos recios de bíceps y tríceps notables y marcados; manos gigantescas con dedos gruesos como morcillas; cintura breve pero musculosa; muslos enormes y bien proporcionados con piernas  gruesas y gemelos bien definidos, perfectamente dibujados debajo de la piel brillosa. El rostro oscuro, terroso, ojos achinados como los de un japonés; labios carnosos y prominentes como los de un negro; cabeza pequeña y poderosa de pelos hirsutos y rebeldes como de un aimara. Era una extraña mezcla de razas que  habían  dado ese producto. Parecía un gladiador y en realidad lo era. Su enorme afición al box era excluyente. La superioridad le había permitido que en una cuadra hermética, aledaña al reclusorio de mujeres, instalara su gimnasio. Allí colgaba bolsas de arena, pera, mancuernas y sogas. De madrugada entraba a ejercitarse. Primero sogas, con la que hacía maravillas como si estuviera flotando en el aire sin peso alguno, luego sombra, con un mellado espejo fijado a la pared de piedra; después saco y pera. En ese lapso de dos horas, el hombre transpiraba a raudales. La Anquicha, sin hacer caso de las otras reclusas, le contemplaba extasiada por la mirilla, muda de asombro, viendo el cuerpo sudoroso que emanaba agresivos olores que la ponía nerviosa e inquieta. Eso diariamente. Procedió a averiguar su vida y se enteró que había sido remitido de Lima para cumplir un castigo por “haber desobedecido la orden de un oficial”. Eso era todo. El hombre, ¡claro! se dio cuenta de la muda admiración de su furtiva observadora. Un domingo que los visitantes se retiraban, él, sin aviso previo ni pronunciar una sola palabra, la tomó de la mano y la llevó a un escondite donde había un alijo de colchonetas la hizo suya. La Anquicha tampoco habló pero gozó como nunca. Los encuentros amorosos se sucedieron con gran regularidad –sin duda alcahueteados por los otros “repuchos”- pero en todo ese lapso, él no dijo una sola palabra. No hablaba pero, en silencio, dejó una cobijas nuevas sobre la cama de ella, otro día, caramelos, otro, galletas; eran regalos de su mudo amor. La Anquicha dedujo que él la quería y comenzó a soñar. Al salir libre de la cárcel se casaría con él aunque no dijera una sola palabra. Total, lo que ella necesitaba era amor y protección y no cháchara vacía. Quería un compañero para el resto de sus días. No importaba que él no se quedara; por lo menos, debía dejarla un hijo; por eso un día, cuando desbordada de pasión lo tenía consigo, acercó sus labios a los oídos del semental y, jadeante y urgida, masculló un pedido, mezcla de súplica y mandato: -¡Préñame!

La rosa tiene lindos colores

                       pero sus espinas hace sangrar,

                       así tú tienes bonita cara.

                       pero tus acciones me hacen llorar.

No hubo caso. Más tarde descubrió que las bebidas que le proporcionaba una huanuqueña para que no tuviera hijos, la había vuelto estéril. Esta huanuqueña especialista en “chamiquear” a los hombres, la había desgraciado para toda su vida. Nunca podría tener hijos. Un día el “repucho” desapareció como había venido, en silencio; ni su nombre llegó a saber, pero le dejó el sabor de un amor intenso e inolvidable.

 

 

La inolvidable “Pastorita Huaracina” (Reportaje)

pastorita huaracina

“Ayer noche, con éxito sin precedentes se ha presentado en el escenario del Cine Grau, primero y, en Radio Corporación después, la cantante de moda en el Perú: “Pastorita Huaracina”. Con el complaciente auspicio de las mejores casas comerciales de la ciudad, hemos tenido el grato placer de verla y escucharla en un recital inolvidable. En él, Pastorita nos ha regalado con lo mejor de su repertorio, ganándose el franco aplauso del público cerreño. Como ha de viajar mañana a primera hora a la localidad de Goyllarisquizga, lugar de nacimiento de su esposo, Antonio Romero Manzanedo que la acompaña dirigiendo al conjunto musical “Los Andes del Perú”, solicitamos una entrevista para que nuestros amigos pudieran conocerla más ampliamente. Ella muy amable, aceptó. He aquí lo que conversamos”. (EL PUEBLO, Revista Cultural Independiente, Nº 06)

– Ha sido apoteósica tu presentación, Pastorita. En esta ocasión, con el fin de que te conozcan mejor, hemos querido conversar contigo para que nos digas, en primer lugar cuál es tu nombre verdadero.

  • Me llamo María Dictenia Alvarado Trujillo. Nací en el distrito de Malvas, provincia de Huarmey del Departamento de Ancash. Soy hija de Hipólito Alvarado Gómez, agricultor y director de la Banda de Músicos del distrito de Malvas y, de doña Micaela Corsino Trujillo. Soy la última de 12 hermanos
  • Cuéntanos cómo salió tu seudónimo de “Pastorita Huaracina” con el que estás triunfando.
  • De niña fui pastora de verdad. Pertenecí a un hogar muy humilde. A corta edad pastoreaba mis rebaños en “Rahuey Pampa” que está en la parte más alta de mi pueblo, y desde allí lo miraba y le cantaba con mucho sentimiento. Las personas que me escuchaban, decían: es “Chicche” que está cantando. (“Chicche” es el nombre de un pajarito cantor).
  • O sea que desde niña ya te gustaba cantar?
  • Así es. En la escuela cantaba en todas las actuaciones. Pero cantaba y hablaba sólo quechua. No  sabía español. Mi profesora que hablaba español y quechua enseñaba en lengua materna porque todo el alumnado hablaba quechua. Pero yo quería aprender español, por eso al atardecer partía un poco de queso que mi mamá guardaba con mucho celo e iba a la casa de mi maestra  y le invitaba. Ella me enseñaba hablar y escribir en español y me decía: “Tú vas a llegar muy lejos”.
  • ¿Cuándo y cómo comienza tu trayectoria artística?
  • Mi vida artística se inició el 19 de diciembre de 1942. Primero como bailarina y después como cantante. Mi voz cultivada desde mi infancia en el pastoreo de mis ovejas, sirvió como para difundir nuestra música andina.
  • ¿Cuándo conociste a tu esposo? Cuéntanos algo de él.
  • Él es el compañero de mi vida. Se llama Carlos Antonio Romero Manzanedo, natural de Goyllar y director del conjunto “Los Andes del Perú” que me está acompañando desde el comienzo. El arte nos unió en matrimonio.
  • Es de una gran ayuda para el logro de tus éxitos.
  • Así es. Inclusive, cuando mi repertorio estaba resultando muy apretado, él me dio algunas canciones de su tierra: Goyllarisquizga, como “El matrimonio” y principalmente, “El Obrero”, con letras del poeta goyllarino Maximiliano Gutiérrez y la música de Graciano Ricci. Tú lo conoces.
  • Así es. Se creó en 1924. Siempre ha sido un éxito. Aquel año se encontraron ambos artistas y crearon este huayno inolvidable que es, qué duda cabe, un himno del trabajador de las hulleras de Goyllarisquizga.

Cuando la llamaron para presentarse a su público, se cortó la entrevista. Desde entonces pasaron muchos años. En ese dilatado lapso nos enteramos que tras 13 años de matrimonio se llegaron a divorciar por incomprensión. Quedaron dos hijos: Luz Elena Romero Alvarado y Kimilsun Hipólito Alvarado Trujillo. Ambos, actualmente, notables profesionales.

Es necesario mencionar que esta extraordinaria estrella de nuestra canción andina hizo popular los huaynos: “Así canta Ancash”, “Quisiera Quererte”, “Malvacina”, “Ay!, Zorro”,  “Rosas Pampa”, “Mujer Andina”, “Tu Boda”, “El Paria”, “Río Santa”, “El Gorrioncito”, “Basta corazón no llores”, “callejón de Huaylas” etc. Pastorita Huaracina ha pasado a la historia como una de las mejores intérpretes de la música andina. Con su vida y ejemplo ha ganado la inmortalidad.

Viajó a muchos países de Europa, Asia y América recibiendo el reconocimiento como Embajadora y Decana de la Música Andina, Reina y Señora del Canto Andino, y por su brillante carrera fue reconocida como Patrimonio Cultural Viviente de la Nación; la cámara de senadores la condecoró con el grado de Comendadora de la Nación, el Ministerio de Educación con las Palmas Artísticas en el grado de Maestra, así como el Poder Ejecutivo a nombre del Estado la condecoró con La Orden del Sol en el Grado de Gran Cruz.

Por el periodo de más 3 décadas consecutivas condujo su propio programa de nombre “Canta el Perú Profundo” por las Radios: Agricultura, Nacional, La Crónica y por último Santa Rosa. Ella no fue sólo una cantante fue también una mujer política, muchas veces encarnó las luchas y demandas del pueblo a través de su voz y de sus acciones. Por más de cincuenta y siete años, dedicó su arte al mundo entero, hasta que un cáncer de estomago acabara con su vida en el 2001. Sus restos fueron incinerados y arrojados al río Santa en Huaraz.

Don Andrés Urbina Acevedo

andres-urbina-acevedo-2Su llegada al mundo fue coincidentemente premonitoria. Nació el 10 de noviembre de 1902, en la calle Parra, frente a la colonial, “Fundición de Barras de Plata del Cerro de Pasco”. ¡Quién lo diría! Andando el tiempo, llegó a convertirse en el más notable orfebre de nuestros sentimientos. No era para menos. La savia de su prolífica inteligencia, la heredó de su padre, don Silverio Urbina; su finísima sensibilidad, de su madre, doña Quintina Acevedo.

Cuando su inédito talento descubre -a sus doce años- el fascinante mundo del periodismo, ya nunca más podrá dejarlo. Llevado de la mano de su padre, el Director del periódico, sus primeros pasos los da en el cálido ambiente de “Los Andes”. Precoz laborero como todos los niños cerreños, no va a elegir como éstos la ruda escogencia de metales en la Picking – Plant de la Compañía. No. Animado por el acompasado traqueteo de las máquinas de prensa, va a crecer en ese mundo de papeles y tintas, de foliadoras y tipos, de rótulas y columnas, de monotipias y moldes. Cumplidos los veinticinco años, es ya Editor- Administrador del periódico que fue su poderosa barricada de lucha por las reivindicaciones ciudadanas. Sus editoriales cargadas de pasión son vívidos testimonios de su entrega a la causa minera reivindicativa. Hay que  leerlos para comprender su talento y aquilatar su grandeza.

Iniciado -por ejemplo- el cierre de las minas y el consecuente despido masivo de obreros a raíz de la quiebra de valores de la bolsa de Nueva York, su voz es enérgica en la protesta. Es lapidaria. A partir de aquel infausto octubre de 1929, sus páginas heroicas -banderas de reivindicación- no tendrán sosiego. Su indignación llega a límites extraordinarios cuando la mañana del domingo 7 de setiembre de 1930, la policía riega de muertos y heridos la subida de Santa Rosa y La Esperanza, tras salvaje masacre contra obreros cerreños; o cuando el 12 de noviembre de aquel año turbio, la homicida represión gubernamental cercena la vida de una treintena de mineros en el Puente de Malpaso.

En la Dirección de “Los Andes”, alienta la creación de los Sindicatos mineros del Cerro de Pasco, Goyllarisquizga, La Oroya, Casapalca, Morococha. Su apostólica pertinacia determina su persecución y la amargura del destierro en aquellos años de oscurantismo y tiranía; época heroica de lucha de sus hermanos de clase como Gamaniel Blanco Murillo, Washington Oviedo, Miguel de la Matta, Augusto Mateu Cueva, Gayoso, Marmanillo y muchos más.

Autodidacta como era, jamás dio tregua a su inquietud de aprender. Para cultivar su alma siempre acuciosa, hizo desfilar ante sus ojos, severos tratados de Gramática, temas periodísticos, doctrinas religiosas, teorías políticas, pero sobre todo, poesía, novela, historia, crítica. Nada dejaba de leer. Era un lector voraz e insatisfecho. Pero lo más saltante de todo es que, a medida que cultivaba su erudición, desarrollaba su sencillez y humildad. Cuanto más grande, más modesto.

Sus ojos pulidos por mil literaturas habían perdido la agudeza visual de los aciertos, y en su miopía cada vez más creciente, conservaba impresas inolvidables imágenes de la vida minera que, aliñado y emotivo, las volcó en los cordajes del pentagrama popular.

Por singular destino pudo formarse con los mejores poetas de su tiempo: Ambrosio Casquero Dianderas, Lorenzo Landauro, Felipe Germán Amézaga, Arturo Mac Donald, Enrique Ferrari, Eugenio Chocano, Oswaldo Robles…con todos ellos se puso a develar los misterios de la literatura. A todos ellos les abrió las puertas de su diario. De todos ellos publicó sus trabajos.

No obstante la fuerza de su carácter, de su indestructible espíritu de lucha, podemos hallar, en sus versos, una delicadeza de sentimientos tiernos y testimoniales.

Toda su fuerza expresiva radica en la elocuencia de su poder creador; de su experiencia directa en los hechos cotidianos que inspiraron sus composiciones. La poesía de don Andrés, ya contemplativa, ya testimonial, ya premonitoria, ya erótica, ya graciosa o plañidera, es hija legítima de sus más recónditos pensamientos. Como nadie, en sus versos, deja traslucir su preocupación por el destino de la tierra que tanto amó y, sin ser testigo directo de la destrucción que el “Tajo Abierto” ha perpetrado, premonitoriamente escribió sus versos

Es cantor libre y sincero como los pajarillos de nuestros campos serranos. Emite todas las notas del alma, desde la atronadora y rugiente del bardo rebelde, hasta la dulce y suave que vibra en la serenata de una noche de luna.

Había que verlo cuando se inspiraba. Un enigmático silencio lo rodeaba respetuoso, sumergido en ese mundo misterioso de su astro. Los dedos de su mano izquierda -ábaco de vida- contaba los versos de su inspiración en el golpe pendular de las sílabas. La derecha, deslizándose con gracia decoradora, iba dibujando las letras de prolongadas colas y artísticos remates. ¡Caligrafía hermosa! Más tarde, en el pulido final de orfebrería, tarjaría sílabas y frases, mientras sus ojos entreabiertos, buscaba sinónimos sonoros para encuadrar sus rimas. Estaba creando. ¿Por qué la lente  de un Mariño, Hurtado, Ordoñez, León o Lavado, -fotógrafos de entonces- no perennizaron esos momentos?  No lo sé. Tal vez porque era pobre, humilde y humano, es decir: poeta; artífice de la palabra enjoyada, galana y hermosa; acertado pintor de vivencias mineras y, vaticinador de tiempos que se están cumpliendo.

Desde entonces, el tiempo ha transcurrido implacable. Las nieves -albeando los días- han ido sucediéndose. No una sino muchísimas canciones han ido quedando grabadas en el alma minera. Los padres las cantaron y los hijos engolando la voz con orgullo, las entonaron. Es más, ese mismo sentimiento engendrado por su pluma, ha circulado en sus venas, transmitido por la materna leche vivificadora.

No puede ser para menos. En sus versos encontramos los agoreros avatares mineros, en justa medida, fruto de sus personales experiencias; querendonas endechas a la esquiva mujer desdeñosa y cruel; retratos palpitantes de las rúas pueblerinas, de sus encantos, de sus misterios, de su grandeza; acertados vaticinios que predican el final de la querencia; “Hoy en ruinas convertido//mañana nada serás”, saudades encomiásticas de la laguna de Patarcocha, instantáneas precisas de la apremiante convocatoria de los “pilones”, donde las cerreñas chismeaban de lo lindo; alabanza de las chaposas almorceritas que transportaban, en portaviandas el diario yantar de picantes, guisos, locros, chupes rubicundos, para su cholo “japiri”; Cantares que constituyen ecuaciones mineras de trabajo y amor, alegría y tragedia. Nadie como él para cantarle al Cerro de Pasco, tierra minera de su cuna.

Las melodía que vistieron tan hermosos versos fueron trabajadas por el “Chacha” Portillo, Adrián Galarza Gallo, Nicéforo Bravo, Armando Paredes Ugarte, Aurelio Romero Pizarro, Glicerio Galarza, Juan Hinostroza, Darío Yacolca, Adrián Rojas Quiñonez, Jorge Yacolca, Santiago Alvarado, Pancho Azcárate, Bernardino Ramos, “Pico” Romero; pero fue con Jesús Enciso con quien creó las más hermosas joyas de nuestro cantar: ¡Ay mi cholita! y ¡Ay, mi Lourdes!

Ameno conversador, disfrutaba del respetuoso cariño de numerosos amigos. Donde fuera en misión periodística, siempre fue bienvenido. Pero era en los salones del Club Juventud Esperanza, a donde llegaba cumplida su misión del día, con el flamante diario en la mano para reunirse con sus más íntimos amigos. Fundado en 1909, en la parte baja del entarimado ferrocarrilero de la Esperanza, el Club que precisamente recibió el nombre de Juventud Esperanza había logrado nuclear a una bullanguera juventud trabajadora. Su prestigio, a fuerza de empeño y coraje, había elevado a la enseña aurinegra, a la cima del éxito. Entre otros, los hombres que cimentaron su fama, estaban don “Pancho” Valdivia, Roberto Arauco, Leoncio Ascencios, “Chino” Campoa, “Togro” Rojas, Manuel Shiraishi, “Patas a la Oreja”, “Rogromanca”, “Agra” Llanos, “Rachi” Casas, “Cura” Suárez, Pablo Inza, “Bacalito” Suárez y tantos otros que dejaron una enorme estela de recuerdos.

Como sede social, el “Club Juventud Esperanza”, había elegido una vieja casona de la calle Dos de Mayo, cuyo amplio balcón daba frente al Concejo Provincial. La umbrosa intimidad del aposento colonial, tenía un encanto muy particular. Accesible por una puerta pequeña, sus escalones erigidos sobre una base de piedras, conducían al segundo piso en una pendiente muy pronunciada, cuyos pasamanos siempre brillantes, descansaban sobre unos sólidos balaustres de pino blanco. Necesariamente había que auxiliarse con esas guarniciones laterales, tanto para subir como para bajar. Llegado al rellano, a la mano izquierda, se penetraba en la primera estancia, amplia y confortable, destinada a la sala de sesiones con numerosas sillas y sillones de Viena; enormes vitrinas donde lucían los trofeos ganados a lo largo de su vida deportiva, de diplomas, reconocimientos, condecoraciones y fotografías históricas. Una segunda estancia, tan amplia como la primera, con sillas muy cómodas y una mesa de billar continuamente en uso por los socios y amigos. En el aposento del fondo, donde funcionaba el amplio y surtido bar, había una estufa de hierro, rodeada de sillas con acogedores cojines y pellejos. En ellas, los viejos contertulios, pasaban sus horas amenas jugando animosos, briscán, rocambor, tresillo, póker o, simplemente conversando, al calor de la estufa siempre fogosa y vigente, constantemente atizada por los socios.

Así llegamos a la aciaga noche del 26 de septiembre de 1947. Noche de su trágica muerte.

Después de haber compartido gratos momentos de comunión espiritual, don Andrés se despidió de sus amigos y, al llegar al rellano,  tropieza y cae aparatosamente hasta el quicio empedrado de la entrada. Cuando los amigos llegaron a la puerta, encontraron su cuerpo encajado entre el umbral y el quicio de la puerta y, mudos de espanto, vieron unos hilillos de sangre que manaba de sus oídos, de su nariz, de su boca. Trasladado a la Asistencia Pública, pese a la desesperada atención de su compadre Pedro Santiváñez, murió sin recobrar el conocimiento.

El pueblo se resistió a creerlo cuando la noticia se expandió como un relámpago por todo el ámbito minero.

Las dos noches de su velorio constituyeron profundas manifestaciones de duelo general. Allí estuvieron todas las autoridades sin excepción, sus colegas periodistas, los músicos, compositores, poetas, delegados de clubes citadinos, los mineros en sus más variados oficios: lamperos, perforistas, timbreros, wincheros, tareadores, capataces, enmaderadores, troleros, wachimanes…todos. No faltaron las humildes y chaposas mujeres del pueblo. No faltaba nadie. El dolor lo había hermanado. Los únicos ausentes fueron los explotadores.

Un río negro de gente contrita acompañaba el féretro el día de los funerales. Mineros, maestros, periodistas, poetas, gente del pueblo se turnaron para llevar el ataúd. En el camposanto las oraciones fueron hermosas y nutridas. Ya cuando estaba anocheciendo fue bajado a su última morada, al corazón de la tierra bendita que tanto había amado. La estela de gratitud que dejó tras de sí, es el perenne y más brillante cirio que arde en su tumba.

 

Las almorceritas

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En la fotografía que les presentamos, vemos el impactante paisaje humano conformado por una bulliciosa ringla de mujeres del pueblo: “Las almorceritas” (Mujeres de los mineros que entregaban sus “portaviandas” a los encargados para que las hicieran descender a los socavones donde sus esposos degustaban del vivificador yantar). Este era un cotidiano acontecer en la mina de Lourdes de la compañía norteamericana Cerro de Pasco Corporation que tuvo  vigencia hasta 1956 en que se inició la apertura del monstruoso “Tajo Abierto” que esta engullendo a nuestro pueblo heroico.

Hay un huaino de Andrés Urbina Acevedo –el vate de nuestro pueblo- cuya  inspiración, producto de mimetismo y folclore, el pueblo lo ha hecho suyo, cantándolo generación tras generación. Nos habla del castillo de “Lourdes” -otrora monumento de la minería nacional- a la que cada mañana, una interminable fila de chaposas paisanitas hacía la cola para dejar la “porta vianda” con el magro yantar para su amor que está trabajando en las profundidades de las galerías. Entretanto, mientras esperaban su turno, surcían  medias o tejían chompas o “puchkaban” kilométricas chalinas –nunca estaban  quietas- comentando y “rajando” de lo que acontecía en la vida diaria. Las mantas y pañolones de vivos colores le daban una policromía hermosa que, con arte, la pluma de don Andrés describía. Nos hablaba de la “jaula”, metálico ascensor, donde “subía  y bajaba” la vida de los mineros; de la “lamparita de carburo”, compañera necesaria en su diaria brega, la que con su fulgor iluminaba sus caminos, pero también con sus parpadeos y cambios de color, le prevenía de los peligros acechantes. Esta joya tuvo su correlato artístico en la fina sensibilidad del músico Jesús Enciso –heredero de la magia de Graciano Ricci, su padrastro- que lo acunó en querendonas melodías, siguiendo los cánones impuestos por el maestro. Cuando este huaino se actualiza en los temblorosos labios de los “expatriados” cerreños, más de una lágrima colofona viejos recuerdos y perdidas vivencias.

 

            ¡¡Ay mi Lourdes!!

 

¡Ay, mi Lourdes, Ay mi Lourdes!           

se parece a un paraíso,

a las diez de la mañana,

pintadito de colores,

con sus lindas cerreñitas.

 

            Lamparita, lamparita,

            lamparita de carburo,

            tú no más estás sabiendo

            la vida que voy pasando.

 

            En el castillo de Lourdes,

            hay una jaula de acero,

            donde sube, donde baja,

            la vida del pobre obrero.

 

                        ESTRIBILLO

 

            El trabajo de la mina,

            no me gusta, no me agrada,

            la pobreza me cautiva,

            para seguir trabajando.

 

            (Música de Jesús Enciso)

 

JOAQUÍN DURÁN MORENO

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Este admirable patriota, héroe de la resistencia de la Breña, nació en el Cerro de Pasco, el 22 de agosto de 1864. Fueron sus padres, don José Durán y doña Dolores Moreno.

Siendo casi un niño ingresó en la carretera militar, prestando importantes servicios durante la Guerra del Pacífico en la gloriosa Campaña de la Breña, al lado del benemérito general Andrés Avelino Cáceres, de quien fue uno de sus primeros y más distinguidos  ayudantes. En esta misma época fue jefe del Escuadrón Tarma compuesto de jóvenes denodados que en todas las acciones de armas, disputaron palmo a palmo con el ejército chileno que invadía nuestra patria.

Acompañó a De la Riva Agüero en su arriesgada comisión para sacar de Lima un contingente de armas y dos cañones que sirvieron oportunamente a nuestras débiles tropas.

Durante la campaña, peleó bizarramente en los combates de Pucará, Marcavalle y Huamachuco, salvándole la vida al general Cáceres en la primera de estas acciones al ceder su caballo al héroe protegiendo su retirada a riesgo de caer en manos enemigas.

Retirado a la vida privada volvió a tomar parte en la política con motivo a la revolución de 1894, alistándose como segundo jefe del batallón Junín, el mismo que estaba al mando del coronel Rosas Gil.

Restablecido el orden constitucional, marchó con su batallón al departamento de Puno, sirviendo eficazmente en la pacificación de aquellos pueblos.

En la expedición a Iquitos, salvó a su batallón de un segundo desastre, merced a sus atinadas disposiciones.

En la administración del gobierno Romaña, desempeñó el cargo de Juez Militar de los departamentos de Lima, Cajamarca y La Libertad.

Retirado a la pasividad de la vida civil murió asesinado misteriosamente el viernes 24 de marzo de 1905.

 

El Padre Salomón Bolo Hidalgo Escrito por El Tío Juan, en EL COMERCIO.

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Imagen del Blog de la PUCP

El padre Bolo fue todo un personaje en nuestra patria. Su arraigo fue de tal magnitud que en nuestro Cerro de Pasco se le puso su nombre a un cantor de responsos que pasó a la posteridad popular por ser protagonista de más de un centenar de anécdotas. Más de una vez, en ese mismo espacio, las hicimos conocer ¿Recuerdan? En el presente caso nos estamos refiriendo al auténtico Bolo que,  de una u otra manera es personaje de nuestra política criolla.

El padre Salomón Bolo Hidalgo ha muerto arañando los ochenta y su defunción aparece en el diario “El Comercio”, el último lugar en que, estoy seguro, hubiera querido estar un rabioso luchador social como él. Aunque pensándolo bien, su afán de notoriedad (de “peliculina” como decimos a veces) era tal que a lo mejor estás feliz de haber llegado por fin a un periódico que le fue esquivo por tantos años.

Salomón Bolo es el probablemente el último de una estirpe de luchadores sociales de los años 60 que en algún momento atravesaron la línea que divide a los radicales extremos de los anecdóticos y se convirtieron casi en personajes de farándula. No fue así al principio. Era Capellán del Ejército, con el grado de Teniente, cuando abrazó la causa nacionalista ayudando a fundar el “Frente Nacional de Defensa del Petróleo” que encabezaba el general César Pando, otro gran personaje de dramas y anécdotas. Fue expulsado del Ejército y deportado por Odría a la Argentina, donde ya fue recibido apoteósicamente como “cura comunista peruano”.

Al año siguiente el mismo general Pando lo llamó para fundar el “Frente de Liberación Nacional” (FNL) y participaron en las elecciones de 1962 que, recordarán, ganó el APRA por estrecho margen. Ahí estuvo también el humorista Sofocleto en su última actuación como izquierdista en serio.

Los comicios fueron anulados por el golpe militar y al poco tiempo cientos de opositores fueron arrojados a la Colonia Penal El Sepa. Ahí estuvo por supuesto el padre Bolo protestando, vociferando, reclamando justicia social.

Por esos años visitar la Unión Soviética y China era un privilegio para iniciados y allá fue Bolo Hidalgo ¡con sotana! pese a que la jerarquía eclesiástica ya le había suspendido derechos.

Para los duros comunistas soviéticos fue una sorpresa recibir a este presunto cura católico con sotana y todo que predicaba la revolución marxista leninista. Por supuesto, se lo enseñaron al propio Nikita Kruschev.

Igual pasó en China, donde estrechó la mano de Mao Tse Tung. Total, el padre Bolo tenía fotos con el Ché, Fidel Castro, el Amado Líder Kim Il Sung, etc. Estuvo en el cenit de la gloria marxista leninista.

Pero ya en los años 70, cuando la Revolución de la Fuerza Armada pocos lo tomaron en serio aunque le concedieron que había tenido un rol en el Frente petrolero. Pero hasta ahí nomás.

Devino entonces en personaje anecdótico, quejoso y hasta ridículo sumándose al grupo donde también recaló, por ejemplo, el trotskista arrepentido Ismael Frías Torrico. Escribió varios libros como “¡Silencio Mentirosos! La verdad sobre la URSS” con recuerdos de viaje al paraíso comunista. Todos francamente olvidables.

Presumía de periodista y fundó la “Asociación Nacional de la Prensa No Diaria” (Anaprensa) y por esto lo tuve que sufrir en aquella campaña por el decanato del Colegio de Periodistas en 1983. Era un verdadero torturador, por perseguidor y pesado. Cuando apareció Internet encontró el espacio ideal para sus ideas (aunque de cuando en cuando le publicaban algo en la revista “Gente”) y alcanzó todavía a rendir homenaje al procoreano Castro Lavarello, otro luchador de su estirpe.

Francamente, su muerte debía ser anunciada en su amada Plaza Dos de Mayo con una gran pancarta que diga, más o menos “Ha muerto el persistente padre Bolo. Era un luchador”.

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 ¿Sabía usted…?

Que el mes de junio de 1918 muere de una embolia cerebral el ciudadano inglés Henry Stone. Vivió 48 años en nuestra ciudad. Llegó muy joven y fue representante de la Cerro de Pasco Mining, también llegó a ser cónsul de Gran Bretaña, pero sobre todo, fue amigo integérrimo de los cerreños. Bailaba con un arte singular nuestro huaino. Pidió a sus amigos que al morir lo enterraran en nuestra ciudad. Se cumplió su encargo, pero su tumba ubicada en el cementerio de Yancancha (Adyacente a la iglesia), echado por los suelos la iglesia también desaparecieron las tumbas.