El Padre Salomón Bolo Hidalgo Escrito por El Tío Juan, en EL COMERCIO.

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Imagen del Blog de la PUCP

El padre Bolo fue todo un personaje en nuestra patria. Su arraigo fue de tal magnitud que en nuestro Cerro de Pasco se le puso su nombre a un cantor de responsos que pasó a la posteridad popular por ser protagonista de más de un centenar de anécdotas. Más de una vez, en ese mismo espacio, las hicimos conocer ¿Recuerdan? En el presente caso nos estamos refiriendo al auténtico Bolo que,  de una u otra manera es personaje de nuestra política criolla.

El padre Salomón Bolo Hidalgo ha muerto arañando los ochenta y su defunción aparece en el diario “El Comercio”, el último lugar en que, estoy seguro, hubiera querido estar un rabioso luchador social como él. Aunque pensándolo bien, su afán de notoriedad (de “peliculina” como decimos a veces) era tal que a lo mejor estás feliz de haber llegado por fin a un periódico que le fue esquivo por tantos años.

Salomón Bolo es el probablemente el último de una estirpe de luchadores sociales de los años 60 que en algún momento atravesaron la línea que divide a los radicales extremos de los anecdóticos y se convirtieron casi en personajes de farándula. No fue así al principio. Era Capellán del Ejército, con el grado de Teniente, cuando abrazó la causa nacionalista ayudando a fundar el “Frente Nacional de Defensa del Petróleo” que encabezaba el general César Pando, otro gran personaje de dramas y anécdotas. Fue expulsado del Ejército y deportado por Odría a la Argentina, donde ya fue recibido apoteósicamente como “cura comunista peruano”.

Al año siguiente el mismo general Pando lo llamó para fundar el “Frente de Liberación Nacional” (FNL) y participaron en las elecciones de 1962 que, recordarán, ganó el APRA por estrecho margen. Ahí estuvo también el humorista Sofocleto en su última actuación como izquierdista en serio.

Los comicios fueron anulados por el golpe militar y al poco tiempo cientos de opositores fueron arrojados a la Colonia Penal El Sepa. Ahí estuvo por supuesto el padre Bolo protestando, vociferando, reclamando justicia social.

Por esos años visitar la Unión Soviética y China era un privilegio para iniciados y allá fue Bolo Hidalgo ¡con sotana! pese a que la jerarquía eclesiástica ya le había suspendido derechos.

Para los duros comunistas soviéticos fue una sorpresa recibir a este presunto cura católico con sotana y todo que predicaba la revolución marxista leninista. Por supuesto, se lo enseñaron al propio Nikita Kruschev.

Igual pasó en China, donde estrechó la mano de Mao Tse Tung. Total, el padre Bolo tenía fotos con el Ché, Fidel Castro, el Amado Líder Kim Il Sung, etc. Estuvo en el cenit de la gloria marxista leninista.

Pero ya en los años 70, cuando la Revolución de la Fuerza Armada pocos lo tomaron en serio aunque le concedieron que había tenido un rol en el Frente petrolero. Pero hasta ahí nomás.

Devino entonces en personaje anecdótico, quejoso y hasta ridículo sumándose al grupo donde también recaló, por ejemplo, el trotskista arrepentido Ismael Frías Torrico. Escribió varios libros como “¡Silencio Mentirosos! La verdad sobre la URSS” con recuerdos de viaje al paraíso comunista. Todos francamente olvidables.

Presumía de periodista y fundó la “Asociación Nacional de la Prensa No Diaria” (Anaprensa) y por esto lo tuve que sufrir en aquella campaña por el decanato del Colegio de Periodistas en 1983. Era un verdadero torturador, por perseguidor y pesado. Cuando apareció Internet encontró el espacio ideal para sus ideas (aunque de cuando en cuando le publicaban algo en la revista “Gente”) y alcanzó todavía a rendir homenaje al procoreano Castro Lavarello, otro luchador de su estirpe.

Francamente, su muerte debía ser anunciada en su amada Plaza Dos de Mayo con una gran pancarta que diga, más o menos “Ha muerto el persistente padre Bolo. Era un luchador”.

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 ¿Sabía usted…?

Que el mes de junio de 1918 muere de una embolia cerebral el ciudadano inglés Henry Stone. Vivió 48 años en nuestra ciudad. Llegó muy joven y fue representante de la Cerro de Pasco Mining, también llegó a ser cónsul de Gran Bretaña, pero sobre todo, fue amigo integérrimo de los cerreños. Bailaba con un arte singular nuestro huaino. Pidió a sus amigos que al morir lo enterraran en nuestra ciudad. Se cumplió su encargo, pero su tumba ubicada en el cementerio de Yancancha (Adyacente a la iglesia), echado por los suelos la iglesia también desaparecieron las tumbas.

 

Pablo Palacios Velásquez

Es uno de los compositores que más ha trabajado por nuestra música y sin embargo se halla completamente olvidado. Era de los que actualmente llaman “cantautor”, es decir que componía y cantaba. Fue director de muchos conjuntos cerreños y en todos ellos dejó lo mejor de su inspiración y profundo amor a la tierra. Minero militante, captó con fina ironía lo que a ultranza ocurriría con los mineros. Con nuestro homenaje por su dedicación a su pueblo, hacemos conocer a ustedes, cuatro de sus más logradas canciones.

R E B E L D I A                                                      J U B I L A C I O N

  (Huayno)                                                                   (Huayno)

Siempre seguiré llorando,                         Yo tengo una esperanza

al recordar de tu infamia,                         tan verde como un limón,

de un pecado me acusan                           cuanto más cuenta me doy,

sin haberlo cometido.                                voy amargando mi vida.

 

Si un pecado he tenido,                             Dicen que cuando yo tenga,

deberías perdonarme,                               mis sesenta años de vida,

y no darme ese castigo,                             entonces tendré derecho,

de una decepción amarga.                        para yo ser jubilado.

 

Me voy del Cerro de Pasco,                       Mañana que yo me muera,

nunca pensé abandonarte,                      y me encuentren sepultado,

pero seguiré pecando                                 dirán ya está jubilado,

conforme tú me enseñaste.                     que descanse eternamente.

 

Ese cariño tan puro                                 Obrero que mal naciste

que siempre te he demostrado,                   para sufrir en la vida,

ahora lo tienes postrado,                            esclavo de tu trabajo,

tan sólo en la rebeldía.                          para ti ya no hay consuelo.

 

FUGA                                                                  FUGA

Al calvario de mi vida,                               Quisiera emborracharme

llevo una cruz muy pesada,                        para disipar mis penas,

por el pecado que tengo,                           porque consuelo no tiene,

me peso de haberte querido.                   ¡Ay!, mi triste desventura.

Letra: Pablo Palacio Velásquez.              Letra: Pablo Palacio Velásquez.

            Música: Severo Díaz.                         Música: Leonardo Herrera.

 

SENTIMIENTO CERREÑO                                  OBSESION.

              (Huayno)                                                  (Huayno)

 ¡Ay! bocamina de Lourdes                        Preso me tienes con tus engaños,

¡cuántas vidas, ¡ay! escondes!,                déjame libre, por Dios te lo ruego,

formando el sentimiento                          yo te he entregado la flor de mi vida,

al contorno de la vida.                              con tus traiciones tú las has marchitado.

 

Yanacancha tambaleando                       Yo por quererte ya mucho he sufrido,

con los tiros de Tacnarica,                          tengo en mi mente tus ingratitudes,

y todos al son del mambo,                        china tu infamia destrozó mi alma,

se van para el cementerio.                         mi amor tuviste de puente en el río.

 

Solamanet Bellavista,                                  Obsesionado tan solo espero,

bien cuidada por los gringos,               aquel momento tan cruel de mi vida

con la muralla que han puesto                quiero confesar todo mi pecado,

piensa quitarnos la vida.                          aquel pecado de haberte querido.

 

                      FUGA                                                           FUGA

Bellavisa, Shuco Punta,                            Si ti supieras amar a Dios,

San Juan Pampa y Yanacancha,             si tú supieras amar al hombre,

todo, todito cholita,                                 no hay cuidado con los demás,

Cerro de Pasco amurallado.                      y mi cariño te ganarás.

 

Pobre mi Cerro querido,                           Letra yMúsica:

vivirá esclavizado,                                     Pablo Palacios Velásquez.

quien fuera Ramón Castilla,

para poder libertarlo.

 

Letra: Pablo Palacios Vásquez.

Música: Julián Mayta Carranza.

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Marino Chunga Pingo (Un trompetista inolvidable)

marion-chunga-pingoHabía llegado dirigiendo la Banda de un circo que andaba de mal en peor. No sólo los animales -atracción del espectáculo- enfermaron negándose a comer o movilizarse siquiera sino que las lluvias y extrañas heladas nocturnas (en época de invierno nunca helaba), agravaron la situación. Las magras entradas de aquellas noches borrascosas y las riesgosas presentaciones en esta Siberia andina determinaron el apresurado alejamiento de los cirqueros. A él le cancelaron el contrato y lo dejaron varado con el único pago de un gracioso monito que, vendido a un suertero, le permitió seguir tirando para adelante.

En esas circunstancias y, accidentalmente, nos conocimos. Una mañana se presentó a la Radio en busca de algún “cachuelo” con qué pagar sus gastos más apremiantes. Bajo de estatura, algo fornido, de piel aceitunada, mezcla de chino, negro y cholo, tenía un par de ojitos permanentemente brillantes y traviesos; en su achinado rostro oscuro, siempre sonriente, se podía ver la marca que imprimía en sus labios, el oficio que realizaba. Me dijo ser oriundo de un pueblo cercano a San Miguel de Piura y que su nombre era, Marino. Había aprendido desde niño los secretos de la trompeta y otros instrumentos musicales; que había alternado mucho con los hermanos Neciosup, amos y señores de su instrumento en el norte del país; que lo único a lo que se había dedicado era a la música, nunca otra cosa, jamás otras inquietudes; que le urgía encontrar la manera de seguir viviendo porque sus exiguas ganancias se habían hecho humo con sus gastos más urgentes. Aquí, no conocía a nadie. Naturalmente, debido a su calidad artística prometí encontrarle una “pega”.

Lo que son las cosas.

Un sábado –dos días después de conocerlo- me encuentro con el desesperado director de una orquesta, muy popular en aquellos momentos, que estaba preocupadísimo. Esa noche tenía un compromiso en el “Club de la Unión” que estaba de aniversario, pero –me dijo muy apesadumbrado- “mi trompetista se ha “avivado” y se niega a actuar si no le pago el doble que de costumbre porque dice que como me van a pagar muy bien, él quiere compartir equitativamente de las ganancias”.

¡Miel sobre hojuelas!

Muy alegre le dije que sus preocupaciones habían terminado porque yo tenía al hombre justo para salvarlo. Le presenté a Marino con el que hablaron muy detenidamente respecto de emolumentos y técnicos musicales a emplearse.

La fiesta de aquella noche se prolongó hasta las diez de la mañana del día siguiente. Tan extraordinaria había resultado la actuación de la agrupación musical que los adinerados socios del club, muy entusiasmados,  hicieron una “chancha” para seguir bailando sin importarles para nada la hora que fuera. Es ocioso decir que la publicidad que originó aquel éxito, trascendió fronteras locales. Bohemios y fiesteros no hablaron de otra cosa. En las semanas  siguientes, los triunfos de repitieron en Huánuco, Huarón, La Oroya, Goyllar y otras ciudades cercanas. A partir de entonces los contratos se firmaban con meses de anticipación para la actuación de aquella orquesta y su trompetista estrella, Marino Chunga Pingo.

Todo fue avante en la orquesta. Nuestra amistad, mezcla de agradecimiento y afecto, se estrechó mucho más. Su inquietud musical era manifiesta. Siempre estaba estudiando. En abierto deseo de estimular esta inquietud le invitaba a la discoteca de la radio donde nos pasábamos buen tiempo escuchando a los famosos de entonces. Harry James, con la  magia de su trompeta privilegiada como primera figura de la orquesta de aquel inolvidable director y mago del trombón: Gleen Miller. Este músico norteamericano llenó toda una época durante la Segunda Guerra Mundial con la magia de sus creaciones. ¡Quién no las conoce!  Una recreación a parte significaba la audición de “Satchmo” Armstrong con recordadas interpretaciones de Blues y Jazz. Dizzi Gillespie, otro de nuestros preferidos; entre los latinos nos quedábamos con el cubano Sandoval y el español Méndez. Escuchábamos también con mucha delectación, el trombón de Tommy Dorsey; los clarinetes de Benny Goodman y Artie Show; los pianos de Duke Ellington y Count Besie. Cómo no íbamos a sentirnos arrobados de emoción con las voces de Ella Fitzgerald, Doris Day, Diana Shore, Rosemary Clooney, Frank Sinatra y otros extraordinarios artistas,

Por las noches –pletóricos de jazz y música moderna- recalábamos en “La Frontera” a beber algunos “calientes” para calentar el cuerpo y, entre trago y trago, haciendo sordina con un vaso, Marino interpretaba hermosísimas melodías de aquellos tiempos: “Solamante una vez”, “Vereda Tropical”, “Perfidia”, “Frensí”, “Serenata a la luz de la luna” y muchas otras…! ¡Qué hermosas e inolvidables resultaron aquellas horas!

Una noche muy especial, no sé de dónde se había conseguido las partituras pero, ante una improvisado auditorio ejecutó, “El vuelo del moscardón”, dificilísima pieza que sólo Harry James y uno que otro privilegiado podía ejecutar. Fue la apoteosis. Nunca olvidaremos la emoción de los bohemios al aplaudir tremendo virtuosismo.

Al poco tiempo, cuando por viaje del profesor Sabino Blancas, la banda del Instituto Industrial se iba a quedar sin director, conseguimos que se le asignara la plaza de titular en el cargo. Allí, con una notable pertinacia, tesón y disciplina ejemplares, logró armar una banda de músicos de extraordinaria calidad. A partir de entonces, el Instituto ocupó los primeros lugares en los desfiles cívico – militares.

Desde entonces su popularidad creció tanto que su presencia era muy solicitada en las reuniones y, por ese motivo, nuestros encuentros fueron distanciándose. Sus compromisos y los míos se hicieron cada vez tan seguidos que terminaron por alejarnos. Solamente cuando había que recordar una que otra fecha importante o, la celebración de un especial acontecimiento como navidad o fiestas patrias, permitía nuestros encuentros. Así, en una reunión que se efectuó en su casa para celebrar el onomástico de su hijo habido en una chica cerreña con la que había formado un hogar muy simpático, nos volvió a reunir tras un tiempo prolongado. Aquel día nos ofreció como plato de fondo, tras los consabidos aperitivos, un guiso apetitoso que todos consumimos con mucho apetito y deleite. A cada uno nos correspondió medio conejo –es decir lo que suponíamos conejo- que apuramos regado con un muy buen vino de Chincha. No era para menos, el sabor exquisito y la condimentación adecuada y su poco de ají molido, arrojó un potaje digno de los dioses, a pedir de boca. Terminado el guiso, Marino nos informó que habíamos comido gato, y para demostrarlo, nos enseñó cuatro cabezas de jóvenes mininos. Hubo varios tipos de sorpresa pero, al final, con un buen trago de anís del mono, todo quedó zanjado entre risas de sorpresa.

Así como ésta, nuestras reuniones, distanciadas, siempre se celebraban en casas familiares o,  en “cancha neutral”, como le decían a los restaurantes o comedores. Las que –para él- comenzó como celebraciones amicales, fueron acentuándose como francachelas cotidianas que se prolongaban más de lo debido. Los brindis eran seguidos y el incumplimiento de sus obligaciones cada vez más enervante. No sólo desatendía sus deberes en el colegio y en la orquesta, sino también en su hogar. Un día, cansados de soportar su incumplimiento, lo largaron de la orquesta; otro, de la banda del Colegio. Posteriormente, en el colmo del abandono, borracho como una cuba, empeñó donde el italiano Orestes Concatto Tranquilini su única arma de lucha: su trompeta. Nunca más pudo rescatarla. La enorme responsabilidad de mantener el hogar tuvo que afrontarla solamente su esposa, trabajadora y comprensiva que, en todo ese tiempo, hizo lo posible por alejarlo de las malas compañías y los tragos. De nada sirvió. Lo buscaba en antros increíbles para llevarlo a su casa. Víctima de sus malos tratos, tuvo que arriar banderas y recluirse en su trabajo para ella y su hijo. Marino ya se había perdido. No era ni la sombra de lo que había sido. Sus días y sus noches los apuraba a punta de tragos.

Un grupo de amigos nos reunimos para ayudarlo y tras romper la barrera de su pertinacia  levantada por el alcohol, conseguimos que viajara a Lima para reponerse en casa de uno de sus familiares. El viaje lo hizo en compañía de su pequeño hijo que contaba doce años. Él lo acompañaría. El día de su partida fue muy triste; consciente de que había estado echando su vida por la borda, trataría por todos los medios de volver a los carriles de la normalidad. Se despidió de su mujer y de sus amigos con una franca promesa de enmienda.

La ilusión de su readaptación duró muy poco. A la semana de su partida la policía llamó a su esposa y le comunicó que en la comisaría de la Victoria se hallaba su menor hijo que había sido encontrado vagando por esas calles, a la buena de Dios. Cuando el jovencito estuvo con nosotros, contó que su padre lo había dejado en el parque Cánepa diciéndole que en unos minutos regresaría, pero no volvió nunca más; entonces él, tras buscarlo infructuosamente, entre gente que no lo conocía, decidió recurrir a la policía. ¿Qué le había ocurrido? El pueblo tejió mil conjeturas. Inclusive hubo personas que aseguraban haberlo visto caminar sin rumbo por las calles de Lima; otras afirmaban que había sido encontrado muerto en las aguas del río Rimac y arrojado a la fosa común del cementerio. En poco tiempo se dejó de hablar de Marino. Para todos, de una u otra manera, estaba muerto. Su familia se conformó y la vida siguió como siempre. Dos años más tarde, creyendo en su muerte, su mujer se unió a un comerciante y rehizo su vida.

Así pasaron cinco años.

Yo había sido nombrado Secretario General de la Universidad y me encontraba desempeñando el cargo, cuando sucedió algo que no esperaba. Un 28 de julio, cuando asistíamos al participar del desfile cívico, habíamos decidido “cortar” por una calleja aledaña a la arteria central. Estábamos apresurados para tomar nuestro emplazamiento, cuando oí que me llamaban. La voz salía de un antro donde un grupo de cargadores bebía sus tragos de costumbre. De la oscuridad se acercó hacia la luz de la puerta un hombrecito macilento, harapiento, casi un cadáver y por sus ojos juguetones y brillantes, lo reconocí. Era Marino. Estaba convertido en un guiñapo humano y su cadavérica apariencia me partió el alma. Lo abracé con la misma fuerza de quien encuentra un hermano perdido y un buen rato estuvimos estrechados y cuando le miré para expresarle mi alegría por el encuentro, un mar de lágrimas se desencadenó de sus ojos ahora tristes, rodando por sus mejillas oscuras y tumefactas. ¡Cómo me dolió el alma! De pronto tuve un sentimiento de culpa por no haberlo sacudido a tiempo para que pudiera salvarse de ese mundo de abandono y soledad. ¡Ahora estaba más solitario que nunca! Ni siquiera tenía un hogar.

Como el tiempo me ganaba para poder tomar el emplazamiento de desfile, le alcancé cuanto tenía en los bolsillos a fin de que pudiera afrontar sus gastos más imprescindibles, y con otro abrazo me despedí con la promesa de que después lo buscaría.

En ese tiempo, mis compañeros, con el Rector a la cabeza me estaban aguardando en una esquina de aquella calle. Apenas llegué donde estaban ellos, el Rector, fuera de sí, me dijo:

— ¡¿Cómo es posible que el Secretario General de la Universidad y conocido maestro universitario, se estreche en un abrazo con un simple pordiosero y borracho?!….!¿No hay dignidad?!.

En ese momento sentí una terrible indignación. Acababa de ver a un gran amigo, convertido en mendigo y harapiento beodo. Un gran hombre convertido en una piltrafa por culpa de la bebida. Ya sin hogar, sin hijos, sin esposa, sin amigos. ¿Y se pretendía que lo desconociera abiertamente cuando, con voz entrecortada y dramática me había llamado? No pude más. Perdí el control.

— ¡Mire, Señor!. Ese borracho haraposo, mendicante y desvalido, es mi amigo. ¡Mi amigo!, ¡¿Entiende usted lo que es eso?!. ¡Amigo!. Cuando pasaba por esa puerta me llamó y yo no podía negarme a saludarlo cuando después de mucho tiempo vuelvo a verlo. Ese hombre, así como lo ve ahora, es un artista caído en desgracia. Con él he pasado los momentos más gratos de mi vida. Momentos que jamás podré olvidar. Por eso me detuve a abrazarlo. No soy nadie para sustraerme a ese deber. Si no hubiera hecho eso, no tendría el valor de sentirme un hombre. ¡Ser maestro, señor, es demostrar con hechos, aunque sean poco gratos, lo que hemos aprendido en la vida! No haga un escándalo por algo que de no hacerlo habría constituido una vergüenza!.

Tras un silencio cargado de angustia que siguió al diálogo, seguimos nuestros pasos para llegar al desfile.

A partir de entonces lo buscamos constantemente, pero él se escondía y no quería dar la cara. Su itinerario, según supimos después, iba del centro a los barrios marginales, donde era conocido.

Una mañana nublada, los comentarios de la gente eran muy escandalosos. Habían descubierto el cadáver de un desconocido en la calle Bolognesi. Cuando, guiados de una dolorosa premonición llegamos al lugar, se confirmó nuestras sospechas, el muerto era Marino. Estaba ahí, tirado en el rincón de una vereda donde tal vez habría estado durmiendo. El caso es que al comprobar su deceso por la extrema frialdad de su cuerpo, lo cubrimos con unos periódicos que algunas personas caritativas nos alcanzaron y fuimos a buscar el Juez de turno para el levantamiento del cadáver y su posterior envío a la morgue. Fuimos a informar a los colegas, del Instituto a fin de que adoptaran las medidas más adecuadas para sepultarlo. Cuando volvimos en compañía de casi todos los profesores, le habían quitado los calzados y despojado de sus periódicos.

Aquella noche lo velamos en uno de los salones del Instituto, los profesores de carpintería fabricaron un ataúd, y escoltado por la Banda de Música, lo trasladamos al cementerio para sepultarlo.

Cuando pasaba el cadáver por la calle, acompañado de profesores y alumnos, el murmullo era unánime. Todo el mundo murmuraba acerca de su desaparición y su posterior regreso; de su mujer que tenía otro marido y su total abandono. Ningún familiar estuvo con él. Antes de sepultarlo dijimos algunas palabras y tras el Himno del Instituto, lo bajamos a la fosa. En tanto la tierra caía sobre su ataúd, alumnos y maestros cantábamos, entre lágrimas, el “Huayno de los Capachos”.

 

 

¡Feliz Año Nuevo!

feliz-ano-nuevoEn esta parte de nuestro blog, hemos querido rememorar la figura de uno de los más queridos y geniales compositores populares que  tuviera nuestro Cerro de Pasco.

Fue hijo de un ganadero escocés, en una linda muchacha cerreña. El escocés fue traído, entre otros, por don Eulogio Fernandini para atender su exitosa ganadería que obtuviera rotundo premios en certámenes ganaderos del país y el extranjero con su famoso ganado merino.

Arturo Mac Donald bebió de la leche materna todo el amor por la tierra cimera a la que más tarde va a cantar en sus hermosos versos carnavalescos. Irrumpe en la palestra en la segunda década del siglo pasado, cuando en nuestra ciudad había una pléyade de notables poetas y músicos. Los periódicos en los que se encuentran sus creaciones, son en “El Diario”  y  “Los Andes”.

Todavía añoramos la vieja costumbre cerreña que el tiempo y la falta de mística han ido matando: La serenata de año nuevo. Me permito, con el permiso de ustedes, recordar algo de aquella estampa de nuestro pueblo

Recibir con gran alborozo el primer día del año era costumbre que se había establecido en nuestra ciudad. Las instituciones oficiales como la Prefectura, alcaldía, parroquia, clubes carnavalescos y casas particulares, realizaban  grandes festejos.

Al llegar las doce en punto de la noche se escuchaba el agudo vibrar de la sirena de los bomberos de la “Cosmopolita”, el  “pito” de la compañía minera Mining Company, el de la ferrocarrilera “Railway Company” y los ensordecedores cohetones de clubes e instituciones públicas. Simultáneamente, familiares y amigos, entrelazados en cálidos abrazos, se deseaban mutuos éxitos para el año que empezaba. En los clubes se hacía derroche de champaña que no necesitaba ser helada; el clima contribuía a ello. En los hogares se degustaba el sabroso ponche de cocos que todos repetían a discreción. Ostentaba un sabor muy especial en secreta  combinación,  en cada caso. Cuando evocamos aquellos momentos con la cálida presencia de nuestros viejos que ya nos dejaron, no podemos menos que estremecernos de nostalgia.

Para el primero de año los diarios efectuaban meticulosos balances de lo realizado en la vida comunal con logros y fracasos, pero en todo caso, expresaban su vivo deseo del inicio de una etapa de progreso y bienestar para sus lectores. “Los Andes”, de don Silverio y Andrés Urbina; “El Minero”, de don Gerardo Patiño López; “El Diario” de don Herminio Cisneros Zavaleta; “El Grito del Pueblo” de don Benjamín Hurtado; “Cresta, Pico y Estaca” de Juan de Dios Arturo Malpartida (Juan DAM); “Carcajadas” de Ambrosio Casquero; “El Trabajo” de Octavio Pequeño Urbina, “La Antorcha” de don Miguel de la Matta; “El Esfuerzo” de don Ramiro Ráez y don Herminio Cisneros (Su primo hermano); “Deportes” de don Adolfo Casquero; “El Hipo” de don Ramiro Ráez Cisneros, etc.etc.  En todos ellos se publicaban las colaboraciones de las más prestigiosas plumas del pueblo.

Por su parte, los clubes carnavalescos estrenaban las canciones creadas por sus vates y músicos notables. “El Vulcano”; “Apolo”, “Tahuantinsuyo”; “Lira Cerreña”; “Filarmónico Andino”, “Cayena”; “Mefistófeles”. Cada club imprimía estas canciones en sendas hojas de seda y las repartía la última noche del año en retreta que se efectuaba en el “Kiosko Escardó” con beneplácito de los oyentes. No importaba la tormenta de nieve que cayera esa noche. Para eso se salía muy bien abrigados con chompas, chalinas, casacas impermeables, guantes, sombreros y amplias paraguas. Los fenómenos atmosféricos eran parte de la celebración. Para combatirlos se servían hirvientes ponches de cocos con huevos. Los mayores le echaban su “alma” es decir un buen copón de cognac o ron de Jamaica. Los más expeditivos servían “los calientes”, bebidas preparadas con hirviente aguardiente de caña de Quicacán o Vichaycoto y concentradas hojas de eucalipto, wila wila, huamanripa y escorzonera, cortados con jugo de limón.

Finalizada su presentación en la glorieta citadina, músicos, cantantes y allegados eran invitados a los hogares de conocidas familias de la ciudad, donde realizaban fastuosos bailes que se prolongaban hasta el día siguiente.

De todas las canciones que fueron muy bien recibidas para aquella fecha, hay una que ha permanecido por mucho tiempo en el recuerdo de nuestras familias. Es el huaino de Arturo Mac Donald que tiene por nombre “Lírico Consejo” pero que el pueblo –especialmente los viejos- la conocen como “Año Nuevo”.

LÍRICO CONSEJO

(Año Nuevo)

 Año Nuevo, nuevas flores

en el jardín del vivir;

quisiera nuevos amores,

para dejar de sufrir

 …

La piedra de la peñita

resbala por resbalar

cuidado mi correntía

así te vaya a pasar.

… 

En la roca resbaladiza

no te pongas a jugar,

porque la piedra dura v lisa

bien te puede traicionar

 …

No te olvides cerreñita,

mi consejo y mi pasión,

que sería mi penita

más triste que tu traición.

Luciano Remuzgo Kesovia

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Luciano –me aseguraba don Julio Patiño León, músico como él- era hijo de dos jóvenes croatas que nacidos de Dubrovnick, consolidaron su amor en nuestra tierra.

Luciano tenía el perfil de un asceta. Perfil afilado de un conocido caballero castellano; huesudo y enjuto como el de un personaje de “El Greco”. Sus largos brazos se prolongaban en dedos finos y enormes que con gran maestría hacían cantar a las sonrientes teclas del piano o del acordeón. Dedos tan finos que en el delgado diapasón del violín, hacían gemir a las cuerdas en misteriosos trémolos y agudas vibraciones. Me parece verlo en un umbroso rincón de la Iglesia Chaupimarca, inclinado sobre la desvencijada partitura del “Ave María” de Schubert, acompañando al argentado saxofón de otro gran cerreño: don Armando Paredes Ugarte.

Los invitados circunspectos enmarcaban una boda. En esa ocasión tan especial, el violín de Luciano Remuzgo Kesovia –con viejas reminiscencias de Stradivarius- le daba el toque majestuoso y tierno a los esponsales cerreños. La vetusta nave de la iglesia se remecía con el acompasado dúo cuando concluido el desposorio, la “Marcha Nupcial” se convertía en aleluya para los recién casados, parientes y amigos.

Pero esta no era la única faceta de Luciano, no. Había un trastoque enorme entre este personaje serio y acicalado de negro que, cual Paganini, estremecía los corazones con viejos y queridos compases, y el otro, el popular, el alegre y vivaracho violinista de nuestra música. Ya en el terreno profano, ubérrimo y alegre, sus huaynos y cachuas, sus mulizas y chimaychas; sus valses y polkas, sus marineras y resbalosas llevaban su sello personal. Por más que los numerosos instrumentos de viento trataran de apoderarse del ámbito fiestero, surgía invicto el tono armonioso de su violín siempre sonoro, siempre magistral.

Han transcurrido muchos años de su partida y creo que en las claras noches de luna cerreña, su alargada y quijotesca figura –violín en ristre-  deambulará por el íntimo salón de baile del C.J.C; por el amplio confín del viejo Copper; por el estrecho y amical escenario del “Team Cerro”; por el espacio lleno de columnas del viejo “Alfonso Ugarte” y, tal vez cuando el sueño cierra nuestros párpados y la prieta oscuridad cubra a nuestra vieja tierra minera, por sus calles macilentas y arruinadas; por las callejas umbrosas y desiertas, por sus vericuetos despedazados y muertos; montado en su fantasmal jamelgo, con sus desmedidas piernas irá con su séquito de músicos nuestros a cantarle un responso a nuestra tierra. Es posible. Es muy posible, porque creo que así como los hombres tienen espíritu que vagan y se adueñan de la noche, así también, llorosas y emocionadas, las almas de nuestras calles musitarán una plegaria de lacerante agonía al oír el mágico violín de Luciano

LA PARTIDA DE EFRAÍN

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Grupo de amigos, todavía jóvenes, a la puerta de la iglesia de Chaupimarca cuando contrajeron nupcias Humberto Maldonado con Delia Ramón -1957- (Están de pie, izquierda a derecha) Oscar Bravo, Antonio Figueroa Verástegui, César Pérez Arauco, Jorge Caballero, Efraín Herrera León, Gamaniel Gamarra, Pedro Bauer Cotrina, Jesús Pomalaza Baldeón, Nicolás Herrera Astete, Juan Paitán Ugarte, Hellman Tovalino Merino, Juvenal Augusto Rojas, Lucho Luzares, Abelardo Boudrí Tello, Pedro Porras Narváez, Inocencio Maldonado y Federico Porras. (Hincados) Enrique Suárez Rojas, Alfonso Boudrí Tello, Carlos Montero Navarro y Daniel Shiraishi Basilio.(Muchos de ellos ya no están más con nosotros)

Luchó denodadamente con un valor extraordinario para vencer a la cruel enfermedad que finalmente se lo llevó; nunca se rindió. Las veces que conversamos lo sentíamos como siempre, lleno de vitalidad y entusiasmo. Su entereza dejaba entrever que pronto triunfaría, su jovialidad que nunca lo abandonó, así nos lo hacía esperar. Más pudo el mal y se lo llevó. Rodeado de su abnegada esposa e hijos sobrellevó los avatares de su mal. En todo momento le prodigaron el amor desprendido que nunca decayó. Somos testigos de excepción.

Momentos antes de sacar el féretro de su casa, previa a la homilía y el responso que cantara un caritativo sacerdote, el “Tata” Justino Sáenz Bustamante -su amigo del alma-  con unción de recogimiento y concentrando todo su dolor en su trompeta, ejecutó la muliza que tanto gustaba al finado: “A ti”. Fue un momento cargado de profunda emotividad y recogimiento. Más de una lágrima rodó por adoloridas mejillas.

Las facetas de su vida siempre activa, al servicio de su tierra y sus amigos fueron variadas y hermosas, pero todas cargadas de simpatía y cariño. Fue Alcalde de su pueblo y nosotros lo acompañamos en esa cruzada. Presidió al equipo más popular del Cerro de Pasco, el Estudiantil Carrión y cuando representó a Pasco me comprometió para que, en calidad de entrenador, fuéramos de la partida. Ese viaje al norte estuvo cargado de leyendas que, oportunamente hicimos conocer a ustedes. Contemporizando con sus amigos Baldeón y Luquillas entró en el terreno del folclore para fomentar su práctica en nuestra tierra. ¡Qué no ha hecho Efraín! Ese día lo recordamos todos los amigos. Fue de los pocos hombres de nuestra tierra que consciente de la inacción de los más, trabajó en lo que pudo para sacar adelante a su pueblo; por eso con la estima y el respeto que ha despertado en todos los cerreños le decimos con el alma: Gracias Efraín por todo lo que nos diste.

Para despedirlo estuvimos: Pablito Dávila, Pepe Alfonso García, Enrique Castillo Cajinche, César Bustamante, Lucho Lavado, Daniel De la Torre Tapia, “Vichi” Llanos, Mary Dávila, Adita Villacorta y buena cantidad de amigos personales de Lima y, yo. En el camposanto de Lurín fue sepultado con un doloroso toque de silencio que nadie como “Tata” sabe ejecutar y, mientras caía la tierra sobre sus restos, los amigos todos cantábamos la vieja canción: “Cuando me vaya, cuando me ausente….La trompeta de “Tata” no conducía. Después, como dijo Becquer, lo dejamos allá en la mansión del silencio.

Chau Efra, chau amigo. Descansa en paz.

TESTIMONIO DE DORIS CAQUI DE CAPCHA (Segunda parte)

doris-caqui-de-capcha-2“Logré sacar, una comisión investigadora de la Cámara de Diputados para que investiguen la muerte de mi esposo sin resultado alguno porque estaba conformada por apristas. Ellos dijeron: No, Teófilo Rímac se ha fugado. En segundo lugar, logré sacar una comisión investigadora de la Cámara de Senadores. Nuevamente, la mayoría de los que integran esta comisión investigadora eran apristas. Y los apristas igual dijeron que Teófilo se había fugado. Dentro de ello estaba Javier Diez Canseco que sí hizo un trabajo de investigación, recogió muchos testimonios. Con él cavamos muchos lugares donde creíamos encontrar el cuerpo de mi esposo sin resultado alguno”.

Pero más adelante se hizo el informe respectivo donde se decía que mi esposo había  fallecido en la base militar de Carmen Chico, como producto de las torturas. Más tarde cuando salieron otros jóvenes en libertad, detallaron el asesinato y desaparición de mi esposo. Los documentos han llegado hasta las organizaciones internacionales.

Después de todo esto, para nosotros no termina la situación allí. Las cosas que hemos pasado, los momentos que hemos vivido, han sido sumamente difíciles. El 86 ante la desaparición de Teófilo -casi por dos años- yo dormía sentada en la cama con mis hijos. A  veces ellos me preguntaban: Mamá, ¿por qué no nos acostamos a la cama como normalmente lo hacíamos? ¿Por qué dormimos con los zapatos puestos? ¿Por qué dormimos vestidos, mamá?. Yo no podía explicarles. Pero, ¿Yo por qué dormía así, señores, con mis hijos? Porque yo era amenazada constantemente. Desde las tanquetas de sus carros me decían los militares: “Maldita, me decían, cómo no cierres la boca definitivamente, te vamos a joder. Si a tu marido lo hicimos volar en mil pedazos, a ti te vamos a descuartizar. Y en las calles principales de Cerro de Pasco se van a ir a exhibir cada uno de tus miembros, me decían. Y eso lo gritaban delante de mis hijos, sin compasión alguna para ellos. Eso es lo que más me hacía sufrir. Yo podía soportar como ser humano, como persona adulta, pero los niños no. Ellos tenían terror a los militares, a los policías. Hasta ahora, mi hijo que tiene veinte años,  cuando ve que hay batidas, cuando  ve que hay movimiento de policías, tiene terror.

Fui detenida hasta por tres oportunidades y en todas ellas me golpearon, me amenazaron, diciéndome que de una vez por todas callara la situación de mi esposo. Que no siguiera denunciando. Pero yo tenía que buscar a mi esposo. Si él no cometió ningún delito, si él no fue terrorista, por qué tenía que olvidarlo. Si yo tenía a mis hijos que día a día me exigían a su padre, ¿Cómo no iba a buscarlo?.

En 1991 otra vez allanaron mi domicilio los militares, buscándome a mí. Si estoy viva quizás es porque aquella vez tuve una reunión con mis alumnos y con los padres de familia que se habían encariñado conmigo. Yo era asesora de tres promociones. Y nos demoramos porque cada uno presentó su balance económico. Gracias a ellos estoy viva, de verdad. A las once y media de la noche terminó la reunión. Cuando llegaba, un par de vecinos y me dijeron: Vecina, no vaya a su casa. Está llena de militares otra vez. La buscan a usted. – ¡¡¡¿Y mis hijos?, decía, ¿no?, porque a mis niños los había dejado en la casa!!. Eran muy pequeños. El mayor creo que tenía ocho años y todos habían sido apuntados con el FAL, con la metralleta, como narran mis hijos. Y le exigían que dijera dónde estaba su madre. Los chicos no decían nada, sólo lloraban. Y producto de ello Tania quedó afectada.

Yo fugué de Cerro de Pasco, huí disfrazada de campesina. Me apoyaron los de Derechos Humanos de Pasco y APRODE. Me enyesaron la cabeza, me enyesaron las piernas unos amigos médicos. Así pasé las bases militares, los controles de Junín, de Carhuamayo y ya me encontraba en Lima. Pero había huido sola, no estaban mis hijos. Había dejado a ellos en Pasco. Era muy doloroso para mí. Después de quince días logro reunirme con ellos.

Luego, en Lima, no teníamos casa, no teníamos familia alguna. Los pocos familiares que teníamos, huían de nosotros como si tuviéramos algún un mal, como si tuviéramos una enfermedad contagiosa. Decían que a mi esposo lo habían asesinado por terrorista y que podía complicarles la vida a ellos.

Yo ya no tenía mi trabajo. Yo soy maestra, pero no podía trabajar porque no había sacado mis documentos. No había logrado mi reasignación a Lima. Deambulamos con mis hijos en la calle. A veces comido, a veces sin comer, muchas veces desalojado de la casa.

Nuevamente, después de año y medio, creo, volví a reincorporarme a mi trabajo gracias a la gestión de muchos compañeros de trabajo, muchos amigos del SUTEP. Y hoy, Tania arrastra las secuelas. Es una jovencita de diecisiete años. Cuando tenía quince años, aproximadamente, supo la verdad de su padre. Ellos sabían que a su papá se lo habían llevado los militares, que lo mataron, pero nunca habían leído los testimonios. Yo los tenía en un fólder, los había recogido de APRODE. Me descuidé porque yo más me dedicaba las veinticuatro horas a trabajar. Trabajaba en un colegio, en otro colegio. Yo creía que lo más importante era cubrir la parte económica para mis hijos. Quería que mis hijos salieran adelante, que siguieran estudiando, que no se perjudicaran en sus estudios. Pero descuidé atender a mis hijos. No me di cuenta que Tania ya arrastraba todo el mal. Y hoy, recibe tratamiento psiquiátrico. Perdió el conocimiento al descubrir el testimonio de su padre. Cuando estaba leyendo el testimonio donde dicen que a su padre lo patearon, lo llenaron en costal, etcétera, etcétera, Tania estaba sola en casa. Perdió el conocimiento. Salió gritando, pidiendo auxilio a la vecindad. Corrió por las calles. Yo estaba en mi trabajo, sus hermanos en sus colegios y no hubo quien auxiliara. Y hace dos años vengo sufriendo con Tania. A la fecha, ha habido cierto avance pero nada nos garantiza que Tania puede en cualquier momento nuevamente perder el control. Como ya ha tenido varias recaídas, cortarse, utilizar hasta el cuchillo porque ella cuando pierde el control no reconoce a nadie. No sabe quién es ella. Son las secuelas que arrastramos.

Y por el lado económico, yo quedé nuevamente en cero, económicamente. Pedí adelanto de mi sueldo, pedí préstamos por un lugar, por otro lugar. Me llené de cuentas. Mi pequeño sueldo de Magisterio las empeñé completamente para buscar el tratamiento de mi hija porque ninguno de nosotros queríamos aceptar la situación de Tania. Y creo que Tania nos arrastraba con su mal a todos porque yo ya veía caído a mi hijo mayor, a Carla, que es la más valiente de la familia, yo la veía completamente destruida, destrozada, sin ganas de vivir.

Hubo momentos inclusive en que dijimos: Ya no podemos más. No hay pasajes para ir a trabajar, no hay pasajes para ir a estudiar. No tenemos una vivienda decorosa donde podemos darle la oportunidad a Tania de que se recupere integralmente. No hay condiciones óptimas para la recuperación de Tania. Entonces dijimos: ¿Qué hacemos? Si perdimos a tu papá, ¿por qué no morimos todos?, dije. Y se lo dije también al señor Ministro de Justicia en una reunión que tuve. Le dije: Señores, si quieren ayudarnos dennos la mano ahora porque nuestros hijos deben de seguir el camino, para ellos no debe cerrarse, la oportunidad para ellos no debe terminarse. Debe haber por lo menos oportunidad de estudiar en las universidades. No queremos a nuestros hijos convertido en renegados sociales, o de repente, convertidos en pandilleros. Queremos que nos apoyen. Pero hasta la fecha no hemos logrado nada.

Y aquí, a los miembros de la Comisión de la Verdad, les pido una investigación exhaustiva para ubicar el cadáver de mi esposo y así darle cristiana sepultura. Para que Tania deje de sufrir, porque esa niña sufre mucho por su padre. Ella dice: Mamá, falta año y medio para que culmine el trabajo de la Comisión de la Verdad. Dígale que ubiquen el cuerpo de mi padre para ir a llorarle, para ir a contarle, para ir a cantarle una canción para decirle que la quiero, que no le hemos olvidado. Y quizás eso pueda ayudarle a Tania a recuperarse integralmente. Queremos que Tania sea rescatada, sea recuperada. No queremos perderla. Todos mis niños han nacido sanos y yo quiero verlos sanos. Quiero verlos convertidos en grandes ciudadanos. Y también exijo sanción a los responsables de la muerte de mi esposo. Muchas gracias.

– Profesora Doris, hemos escuchado con mucho detenimiento su relato. Un relato que está cargado de recuerdos hermosos y trágicos en relación al doloroso problema de su señor esposo Teófilo. Lo menos que podemos hacer los miembros de la Comisión de la Verdad es solidarizarnos con su pesar y asumir en este momento el compromiso de profundizar la investigación para que ese su anhelo de llegar a conocer la verdad se haga una realidad.

Nosotros hemos tomado debida nota de su testimonio, por eso le expresamos en principio nuestra admiración por el coraje que ha tenido para hacer memoria de esos momentos trágicos pero al mismo tiempo también tomamos nota de su demanda de justicia y esa justicia será posible alcanzar sólo cuando usted y la Comisión de la Verdad tenga la mayor cantidad de evidencias que nos permitan llegar a los responsables. En ese sentido, a nombre de la Comisión, le expresamos nuestra profunda solidaridad y muchas gracias por haber venido.

–         Gracias a ustedes”.