Recordando a Crose

Escribe: Raúl Rivera Escobar Publicado en LA ABEJA de Octubre  del 2016.

Con especial respeto y admiración publicamos esta simpática nota recordatoria de un artista ejemplar ligado a nuestra niñez. Recuerdo aquella negra época de mediados del siglo pasado cuando la persecución a los apristas era implacable. En el Cerro de Pasco íbamos a la zona del Polvorín de Garga donde el postrén León, tiraba los paquetes de LA TRIBUNA (En ese tiempo prohibida) y allí repartían a los centenares de apristas que compraban el periódico. Yo compraba el mío por encargo de mi abuelo. Lo hacía con mucho cariño porque los muchachos leíamos, Pachochín, Sampietri,  Jarano y otros de ese maestro que fue CROSE. Su partida fue para quienes lo quisimos un golpe muy triste.

Carlos Roose Silva (Crose)Hace unos días falleció el caricaturista Carlos Roose Silva, el popular “Crose”. La sensible pérdida de este personaje viene a sumarse a la, también relativamente reciente, de otra gran figura nacional del lápiz como Julio Fairlie, activo partícipe, junto al primero, de la gran renovación de la historieta nacional desde fines de la década de 1940.

Crose había sido el autor de la que se considera la primera tira cómica nacional. En 1947 aparecía en las páginas de La Tribuna, “Pachochín”, un personaje abiertamente inspirado en la figura del presidente Bustamante y que, tal como su referente, hacía gala, en medio de sus aventuras, de una paciencia fuera de lo ordinario.

Personajes de Crose“Pachochín, un hombre de paciencia”, sin embargo, pasaría, en el transcurso de una año, a ser “Pachochín, un hombre pegado a la letra”, con una diseño distinto, al parecer, en resguardo de la buena imagen del presidente, que habría de ser derrocado ese mismo año por un golpe militar.
Desde allí puede verse la evolución del trazo de Crose, más o menos ya definido cuando empieza a trabajar en Tacu tacu (1949), donde elabora historietas como “Pullino”, al lado de artistas como el propio Fairlie.

Luego seguiría su participación en Canillita (1950), creando personajes como “Canillita” o “Coco”. Allí dibujaría junto a Nayo Borja, artista que luego tendría participación muy prolongada en el diario El Comercio.

En 1952, el matutino Última Hora toma la iniciativa de reemplazar todas sus tiras cómicas extranjeras por nacionales, publicando, a partir de entonces, creaciones como ”Sampietri” de Julio Fairlie; “Boquellanta”, de Hernán Bartra; “Cántate algo” de Jorge Salazar o “Serrucho”, de David Málaga.  Para cuando pasa a Patita (1954) Crose ya comparte plenamente la inquietud de esta nueva generación de dibujantes peruanos por explotar el espíritu criollo y picaresco de los tipos populares urbanos, que van surgiendo en una Lima en expansión por el fenómeno de las continuas migraciones del ande a la capital.

La tendencia va a ser confirmada por el artista en Correo, donde, desde inicios de los años setenta, hace publicaciones regulares en el suplemento Sucesos, encargándose, además, de creaciones como “La tira de Chicho” y dando vida a “Jarano”, “Draculín” o “Don Mamerto”, que, junto a “Pachochín”, se irían a convertir en sus personajes emblemáticos durante muchos años.

Ampliamente conocido en los últimos tiempos por su trabajo humorístico en la prensa popular de alcance masivo, Crose era un artista de una creatividad y un talento artístico inagotables.

Siguiendo la línea picaresca, fue autor, hasta sus últimos años, de “Don Potencio” o “El niño Querubín”, que salían regularmente, junto a su sección de humor “Domingueando con Crose”, en el diario Ojo, aunque sus participaciones se multiplicarían en muchas otras publicaciones del grupo Epensa.

Crose hoy nos ha dejado físicamente, pero, como los grandes, permanece presente en el recuerdo de amigos y colegas que lo conocieron y que admiraron siempre, no sólo por su protagonismo en un momento fundamental de la historia de nuestras artes gráficas, sino también por su don de gentes y su calidad de generoso maestro de nuevas promociones de exponentes del lápiz.
Sirvan estas breves líneas como un breve, pero sentido, homenaje a su memoria.

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EL INOLVIDABLE “PATAS A LA OREJA” (SEGUNDA PARTE)

patas al oreja 2Aquella tarde se jugaba el partido definitorio de  básquetbol para representar a Pasco en el Campeonato Nacional Escolar. Se enfrentaban los equipos del Colegio Nacional Carrión y del Instituto Nacional Industrial No 3. Viejos y encarnizados rivales de siempre.

Al llegar a la puerta donde había numeroso público, vi pugnando por infiltrarse gratuitamente, a “Patas a la Oreja”. Abrí campo y le hice ingresar. Ya dentro, me agradeció el gesto y me deseó mucha suerte en el partido.

Al finalizar el primer tiempo, las acciones del cotejo estaban equilibradas. El marcador señalaba un empate. En eso entró en el vestuario. Era visible su preocupación. Se me acercó y comenzó a alentarme.

— !Mala suerte, caracho!…!!Mala suerte!! Ustedes están nerviosos. Necesitan tranquilizarse. ! Han perdiendo muchas canastas…!

— Así es, “Patas”, así es…

— Mira, crespito –me dijo confidencial-  Yo te voy a prestar la medalla de la Virgen Milagrosa. ! Póntela y vas a ver cómo cambian las cosas! – Uniendo la acción a la palabra desabrochó su mameluco, y me enseñó una gigantesca medalla colgada de su cuello mediante un cordel-! Póntela crespito!…!Te la presto!!!- y se la quitó del cuello. En ese momento pude ver que la medalla de plomo, del tamaño de un plato de postre, le había pintado todo el pecho de un negro retinto y brilloso.

— Gracias, hermano –le respondí- Pero tú ves que la medalla es demasiado grande. El árbitro me la hará quitar.

— Tienes razón crespito, pero no importa; yo voy a rogar para que ustedes ganen, porque ella, es muy milagrosa. Ella es mi madre. La única que me quiere. ! Ya verás! – dio un beso a la medalla y se la volvió a poner abotonando su mameluco. !!!Suerte!!!

— Gracias “Patas”.

Así nos conocimos.

A partir de entonces nos volvimos a encontrar muchas veces. Él siempre amable y respetuoso se acercaba a saludarme de donde estuviere. En todo ese lapso su aliento de alcohol y de coca jamás lo abandonó.

Una mañana que iba a mi trabajo lo encontré que venía  compungido y vacilante de la Comisaría. Sus pasos eran cansinos y torpes. Su mameluco amarillo todavía conservaba la humedad que las sogas ostentaban a las claras. Los policías le habían flagelado despiadadamente, bañándole con el agua de lluvia. Su cuerpo aterido temblaba ostensiblemente. Su rostro tenía un aspecto que nunca le había visto.

— “Patas”…. ¿Qué te pasa hermano?- pregunté.

— !Me han baldeado y me han castigado Checha (así comenzó a llamarme).

— Pero… ¿Por qué?…. ¿Qué has hecho?.

— Me han culpado de un robo en el Mercado… pero yo no lo he cometido… !Te lo juro, Checha!… !Te lo juro!.

— Te creo, hermano, te creo.

— Me han tenido dos días remojándome en agua fría y sin darme ni una miga de pan para alimentarme… Y lo que es peor, Checha, me han prohibido volver al Mercado…

Era lastimoso el aspecto que presentaba el pobre hombre. Su mirada siempre agresiva y desafiante, era ahora de una pasividad conmovedora.

— Mira, hermano –le dije-. Yo tengo pensión donde el “Chunchulín” Pérez. Vamos allá para que tomes algo caliente y desayunes.

— Gracias, Checha.

El hambre atrasado que tenía determinó que, en poquísimos minutos, diera cuenta de dos platos de avena y cuatro panes con mantequilla. Ya más tranquilo, comenzó a beber café caliente.

— Gracias, Checha. Que Dios te lo pague – su voz era débil pero cargada de emoción.

— No tienes por qué dármelas, hermano. Pero, ¿Ahora qué vas hacer?…Ya no podrás ni cargar en el Mercado….

— Así es, Checha. No sé lo que voy hacer…No sé… Encontraré algo.

— Mientras tanto espero que no sigas bebiendo – Dije

Un silencio de inquietud embarazosa invadió la sala.

— ¿Por qué bebes tanto, hermano?… ¿Qué es lo que pasa contigo? –seguí preguntando. Después de un largo silencio, “Patas a la Oreja” me contestó.

— Tú no sabes lo que es mi vida, Checha. Cuando estoy sano, sin ningún trago encima, siento vergüenza de ser lo que soy; pero lo que más me duele, es comprobar que no tengo parientes ni amigos… Cuando estoy sano me doy cuenta de lo que me pasa, y soy consciente de que nadie me quiere…!Todos me desprecian…!!!

— ¿Por eso tomas?

— Sí, hermano, sí – era lastimosa la ansiedad con que hablaba. Como una confesión que la hubiera estado guardando en el alma, dejaba deslizar sus palabras por sus labios amoratados – Cuando estoy borracho, pierdo toda la vergüenza y, puedo hablar con cualquiera; inclusive, me quedo a dormir donde la noche me llegue- hizo una pausa ahogado por un profundo suspiro, luego prosiguió – Cuando estoy borracho, no me importa que me desprecien, porque yo también les desprecio..

— ¿Por qué…?

— !Todos son malos, Checha. Todos son malos. Son unos canallas.

— ¿Por eso los insultas…?

— !Claro!. Todos son malos, aunque yo soy el peor de todos…Yo no tengo remedio.

— Mira, hermano. En primer lugar todos no son malos; y en segundo lugar, los hombres podemos rehacer nuestras vidas…

— Eso lo dices tú, porque nunca te ha pasado lo que a mí me ha pasado…Yo he nacido marcado por un negro destino…

— ¿El destino…?

— !Claro, hermano, claro: El destino….

— ¿Qué es para ti el destino, “Patas”?.

— Para mí, Chechita –quedó pensativo un rato y luego continuó- el destino es un niño cruelmente juguetón y despiadado. Yo soy su juguete preferido…

Cuánta verdad había en sus palabras. Cuánto dolor en sus reflexiones. Bajó la mirada apesadumbrada y cuando la volvió a levantar después de un rato, esos ojos ayer coléricos y provocadores, estaban inundados de dolor y parecían las de una criatura desvalida. “Patas a la Oreja”, estaba llorando. ! Quién lo creyera!

No, el hombre no era malo. No podía ser malo.

Aquella mañana la pasamos conversando animadamente. Hablaba con calor, con una vehemencia inusual, casi con frenesí. Me daba la impresión de que todas aquellas palabras que pronunciaba, salían quemantes de su alma donde Dios sabe por qué oscuros designios, las había guardado por muchos años. En este tiempo de cálido coloquio amical, me abrió su corazón de par en par, dejando al descubierto hermosos recuerdos de su primera juventud; las dolorosas evocaciones de sus continuas frustraciones; sus más nobles sentimientos y su más acerbas agonías. A medida que hablaba, con entusiasmo cada vez más creciente, sus ojos se iban iluminando con un brillo extraño, lleno de vida y entusiasmo. ! Cuánto bien le estaba haciendo aquella plática! No necesitaba decírmelo. Ahora era otro hombre. Viéndolo así, radiante y optimista, quise apoyar su entusiasmo.

— Mira, hermano. Te ofrezco mi casa. Tú sabes yo vivo solo en el barrio Misti. Ocupo el primer piso pero el segundo está desocupado. ! Tú puedes vivir allí!

— Gracias, Checha muchísimas gracias por tu ofrecimiento. Pero creo que tienes razón. Todos tenemos oportunidad de rehacer nuestras vidas. Tú acabas de decírmelo…!!!Yo lo voy a intentar…!!!

— Claro, hermano, así se habla…!

— Te prometo, Checha, te juro hermano, que todo lo que me ponga, todo lo que coma, será con el dinero de mi trabajo. Y cuando tenga plata, alquilaré una casa y seré otro hombre. Te juro, hermano. Te juro que en tanto no sea fruto de mi trabajo, no probaré alimento alguno…!!! Te lo juro…!!!

Qué sinceridad translucían sus palabras. Qué emoción en su actitud, y cuánta limpieza en su mirada. No había nada que hacer. Aquella conversación le había hecho mucho bien a mi amigo. Su continente rebosaba un cambio notable cuando nos despedimos.

Eran los últimos días de octubre.

La llegada del primero de noviembre originó un inusitado movimiento en el pueblo. Todos se preparaban para recordar con recogimiento el “Día de los Santos Difuntos”. Todo el recorrido de las calles que conducen al cementerio estaba vestida de carpas y toldos. Las calles adyacentes al Mercado Central repletas de una abigarrada multitud de coronas. En grandes canastos, las tradicionales vendedoras ofrecían hermosas muñecas de harina y yeso: las “Tantawawas”, palomas de tamaños y formas diversas: los “Urpay”; una diversidad de llamas y caballos de pan. Tarjetas con recordatorios de diversos contenidos. Sin embargo, aquel año, el “Día de los Santos Difuntos” no fue como los anteriores. Desde el último día de octubre, un nevazón de grandes proporciones se había declarado en la cimera ciudad del Cerro de Pasco. La tormenta de nieve, inmisericorde y continua, cayó el primero y el dos de noviembre, día y noche.

La mañana del tres de noviembre, tras dos días de implacable tormenta, el ambiente se había aclarado, dando paso a la gloria de un azul intenso del cielo. La nieve había amainado y, un sol franco y agresivo, enviaba sus luminosos tentáculos sobre la tierra olvidada. Aquí y allá, los muchachos del pueblo, habían hecho gigantescos muñecos de nieve. El piso cenagoso con vestigios de nieve, hacía intransitable el camino al cementerio.

Bien entrada la mañana me dirigí al camposanto y cuando estaba por llegar a la puerta principal, advertí que un conglomerado de hombres y mujeres curiosos, se aglutinaban en derredor de una carpa. Me enteré que el juez se disponía a “levantar” un cadáver. Llevado por una punzante premonición me acerqué y, lo que vi, me anudó la garganta haciéndome temblar el corazón. Allí estaba él, el pobre “Patas a la Oreja”, clavado por docenas de ojos conmiserativos y curiosos; con su mameluco amarillo y las cananas de sus sogas obreras, en una posición dramática. Parecía una momia ancestral. Acurrucado, como si se tratara de conservar el calor rebelde y huidizo. Las cuencas de sus ojos, parecían negros hoyancos donde sepultaba la muerte de su mirada. ! Qué paz y serenidad había en su rostro cobrizo y ojeroso!.. Lo que más me estremeció, fue ver entre sus rodillas, dos latas de pintura: negra y blanca; parecían adheridas a sus carnes, en tanto que sus manos de un frío marmóreo, aprisionaban fuertemente un par de heroicas pero invictas brochas con las que debía ganarse el sustento.

Las gentes le habían visto llegar y sentarse al lado de la carpa. Todos pensaron que estaría ebrio y que buscaba dormir la borrachera. Así llegó la noche, y el día siguiente; la nieve siguió cayendo y él, inmóvil, en el mismo lugar. Cuando luego de limpiar  la nieve de su rostro y sus espaldas trataron de despertarle, comprobaron que su cuerpo, duro y rígido como un carámbano, ya era cadáver.

Estoy seguro que en cumplimiento de su promesa. Aquel día había ido al cementerio a ganarse unos soles pintando las cruces de las tumbas. La nieve implacable impidió que cumpliera su proyecto. En vano esperó. La nieve siguió cayendo. El orgullo de su hombría le impidió pedir nada, ni siquiera un lugar para guarecerse.

Se acurrucó detrás de la carpa para no molestar, inmóvil, abatido. El frío despiadado iría saturando su cuerpo, agarrotando sus músculos, endureciendo sus miembros, sumiéndole en una somnolencia apremiante. Era la muerte que llegaba, silenciosa y cruel, atenuando sus pasos en la nieve indolente; y él, al verla acercarse, sereno y altivo, la esperó como un hombre, y luego se fueron callados, sin un gemido, sin una lágrima, en silencio.

Ya en el Hospital, después de la autopsia, entrevisté al médico.

— ¿De qué murió, doctor…? – pregunté conmovido.

—  Por efecto de una pulmonía fulminante.

—  ¿Habría estado ebrio…?

—  No. Ni una sola gota de alcohol había en sus entrañas. Ni una sola. Pero lo que más me llama la atención es que, el pobre hombre, no tenía ni un gramo de alimento en el estómago. Seguramente no había comido nada en muchos días.

Aquella misma tarde, con su viejo mameluco amarillo como sudario y su enorme medalla de la virgen como metálico escapulario, cruzado por sus inseparables sogas compañeras, “Patas a la Oreja” fue colocado blandamente sobre un burdo cajón negro. A las cuatro de la tarde, presididos por las salmodias del “Cura Bolo”, cuatro cargadores, desiguales y  bamboleantes, llevaban el féretro. Los pasos inseguros de los hombres, unos más altos que los otros, originaban un balanceo rítmico como si lo llevaran, hamacándole. El pobre “Patas a la Oreja”, iba meciéndose y arrullado por la soledad y el silencio.

Al borde de su humilde tumba, traspasado de dolor y de angustia, sólo alcancé a musitar con respeto:

— Gracias, “Patas”. Gracias, hermano.

EL INOLVIDABLE “PATAS A LA OREJA (Primera parte)

patas al oreja!!!…Patas a la oreja…!!!

El rebenque de su grito, seguido de una retahíla de juramentos e indecencias, restallaba zafio en las calles cerreñas. Ebrio, con paso inseguro, viniendo de varias direcciones, caminaba bamboleante por las arterias pueblerinas. Muchos eran los personajes a quienes dedicaba lesivos improperios, especialmente si lo encontraba en su trayecto. Los apuñalaba con sus agresivos ojos sanguinolentos en tanto su lengua -mortal estilete- hería y volvía a herir la dignidad de los agredidos con negras verdades o mentiras inventadas. Entonces los aludidos desandaban el camino o se cambiaban de acera.

!!!…Patas a la oreja…!!!

Vivía convencido que era víctima de la  calumnia. Estaba seguro que algún cobarde, presionado por las urgencias del suplicio, le había atribuido una canallada que no había cometido. Durante su larga estancia en el Frontón acusado de matar al Prefecto de Pasco, había buscado inútilmente en su memoria -andando y desandando imaginariamente sus pasos- a quién podía haberlo calumniado de esa manera. En vano hurgó en sus vigilias. Todo lo que había conseguido era una lista de presuntos soplones a los que buscaba infructuosamente, juzgándolos culpables de su negro destino.

!!!….Patas a la oreja…!!!

Iracundo y soberbio, afirmaba que en cuanto encontrara a los culpables de su desgracia, les molería la cara poniéndoles las patas a la oreja, afirmación ésta –bullanguera y fanfarrona- que sepultó su verdadero nombre en la memoria del pueblo. Desde entonces, el zurriago de su apodo, supervivió vigente y sonoro. Gritaba que a los soplones les sacaría los ojos y los dientes; que aplastaría los labios delatores; que les haría papilla las manos implorantes.

¡¡¡¿…Patas a la oreja…!!!

Había sido perseguido como un criminal. La enloquecida brújula de su fuga lo había llevado a lugares remotos y extraños. Selva, costa, sierra. ! Siempre fugando! Cuando lo encontraron, maniatado y sangrante lo arrojaron sobre las arenas del Frontón. Es entonces que descubrió la negra monstruosidad de la palabra soledad…! Ni un pariente!…!Ni un amigo!…  !Ni un conocido!…!Nadie!

!!!…Patas a las oreja…!!!

Cuando salió de presidio, nadie lo esperaba. Estaba tan sediento de comprensión y compañía que decidió retornar a la tierra amada a rehacer su vida. El largo camino y la medrosa llegada a su hogar en busca de su mujer. No la encontró. Compungidas y misteriosas las antiguas vecinas le informaron que a poco de iniciarse la persecución, su mujer, se había marchado con un guardia republicano. !Maldita sea!.

Entonces supo que sin ayer ni mañana, sólo la compañía de las botellas podía atenuar su locura vengativa, su obsesionante delirio de persecución. En ese tiempo conoció al  “Chalaco”, maduro y bondadoso cargador, saturado de penas y amarguras, con el que prodigó sus interminables brindis. El “Chalaco” lo llevó al gremio y lo hizo cargador. Dúctil e inteligente, “Patas”, fue elegido Secretario General del grupo. En el cargo pondría al descubierto sus grandes dotes de luchador y dirigente. Los hombres de su gremio comenzaron a respetarle y a obedecerle.

!!!…Patas a la Oreja…!!!

Era un cholo macizo y musculoso, con la cabeza mediana y miembros que parecían de acero por su dureza y resistencia. Su cara cobriza, parecía tallada en granito; nariz larga y aguileña; boca, grande de labios delgados; frente, estrecha y llena de surcos; mejillas, enjutas y lisas que resaltaban sus pómulos salientes; greñas rebeldes y crecidas que se extendían en su negra y uniforme extensión, desde la frente hasta los hombros. Era un claro y regio ejemplar de cholo cerreño.

Su cuerpo, compacto y musculoso, se cubría íntegramente con un mameluco amarillo, “Campeón”, debajo del cual, sólo una truza de fútbol, eran su única ropa interior. Cruzada sobre su pecho –cananas guerreras-, una soga, en varias vueltas, proclamando su ocupación de cargador; para probarlo, en el lado izquierdo de su descolorida indumentaria, una remachada placa de bronce, donde se leía: CARGADOR. Calzaba toscos zapatones acribillados de recios  clavos de bomba, llamados “rompebuques”,

Como todos, yo también tenía muchos prejuicios contra él; hasta que llegué a conocerlo.

Una noche que había ido en busca de noticias al Hospital Carrión, me informaron que el único suceso que podían hacer de mi conocimiento, era la muerte del “Chalaco”, el humilde cargador que aquella misma mañana había sido encontrado muerto a la puerta del almacén de Vicente Vegas. Efectuada la autopsia, se determinó que su fallecimiento se debía a un edema pulmonar agudo. Después de esta información, pase a la morgue a ver el cadáver. Cuando subí las escaleras y llegué a la elevación donde estaba el mortuorio, alcancé a distinguir, entre la penumbra del antro, en la parte superior de la losa donde yacía el difunto, una vela iluminando el frío cadáver, todo amoratado, como si acabara de ser pintado; a un costado, sobre una vieja silla, el solitario “Patas a la Oreja”. Solo, mudo y contrito, como un viejo ídolo. Tenía los carrillos abultados de coca; en la mano derecha un cigarrillo y sobre el piso, una botella de aguardiente de caña.

Había que ver el rostro del “Patas”. Pálido de pesadumbre, mirando fijamente los despojos de su amigo; de su único amigo: “El Chalaco”. Enternecido por la escena de verdadera fidelidad amical, me retiré sin decir nada. Aquella vez, “Patas a la Oreja”, amaneció velando a su amigo y, al día siguiente, muy de mañana, reunió a todos los cargadores, realizó una erogación, y compró un tosco ataúd con el que sepultó al “Chalaco”.

Un ser humano capaz de este hermoso gesto, no podía ser malo; todo el pésimo concepto que tenía de aquel hombre, cambió por completo.

La oportunidad de hablar personalmente con él y de llegar a conocerlo más, me lo ofreció el deporte.

Continúa….

“LOCUTORES EN EL PERÚ” OSCAR ARTACHO MORGADO Y “PREGÓN DEPORTIVO”. Escribe José Carlos Serván Meza

Con afecto y respeto reproducimos la interesante crónica escrita por el admirable amigo Serván que relata la presencia de uno de los mejores narradores deportivos que ha tenido el Perú y dejó gran escuela en todos los que seguimos el hermoso periplo de la narración deportiva. Con ello nuestro homenaje a Roberto Casquero Leyva y Jorge Soria Méndez, colegas cerreños, que laboraron con él en la brillante época de Radio el Sol.

Oscar ArtachoCon los hermanos Artacho Morgado, Oscar y José Luis “Lucho Vélez”, nos tocó compartir una amistad casi familiar. Angel, el mayor de los Serván, fue ahijado matrimonial de Oscar y lo que motivó un mayor acercamiento. Fueron fundadores de “Pregón Deportivo”. Cada cumpleaños de los integrantes del plantel, se celebraba en nuestra casa de Surquillo y mi Barbarita, nuestra madre, mostraba todas sus habilidades para que el agasajo fuera todo un éxito. Nosotros éramos simples espectadores. Mucho me acuerdo de Ulises Jordán, un paraguayo que pasó por las filas de “Pregón Deportivo. Las fotografías en las páginas deportivas de los diarios y los comentarios sobre el debut de Oscar Artacho en el Mariscal Sucre. “Jugador de buena talla, ha demostrado habilidad en el dominio del balón pero necesita ambientarse más para lograr su mejor estado físico”. Fue en la época del viejo Estadio Nacional con graderías de madera y que, a pesar de ello, era más acogedor. En aquel escenario, captamos los mejores recuerdos del deporte peruano: fútbol, box y los campeonatos de atletismo.

Ante una pronta lesión que lo alejó de los campos, Oscar, ya no muy entusiasmado por jugar, visitaba Radio Colonial para una entrevista y fue Oscar Torres Bouroncle, famoso narrador deportivo, quien lo motivó a enfrentarse al micrófono. Había notado cualidades innatas en Oscar, improvisación, facilidad de palabra y buena voz. Las estrellas del relato deportivo de aquel tiempo, eran Juan Sedó, Eduardo San Román, Gustavo Montoya, Alberto Mecklemburg y el propio Torres Bouroncle. Se conectó con Raúl Goyburo y Miguel de los Reyes. El primero, periodista del Comercio y muy leído. Miguelito, famoso por ser anunciador de las peleas de Box y ampliamente metido en el deporte. Fidel Ramírez Lazo, tremendo locutor comercial, fue el que sugirió el nombre de “pregón” y la voz primera que anunciara el programa y su publicidad. Fueron la base, a la que se aunaron Lucho La Torre, Alfredo Narváez, Lucho Palma y por supuesto, el bisoño Angel Serván.

Debutaron en Radio Central y fue todo un suceso el oír cantar el gol, a la manera de Oscar Artacho. Era espectacular. Voz arriba, muy tonante y prolongándola ostensiblemente. La característica de Pregón fue “La Marcha de las Américas”:¨”Un canto de amistad, de buena vecindad, etc.” Recuerdo a Carlos Curonissy, locutor comercial, decir luego de la entrada de la marcha con uno de tantos auspiciadores: “Mente sana en cuerpo sano y … dientes hermosos con Kolinos”. Continuaba la música desde el control y venía la presentación de todo el elenco. En nuestra casa se vivía cada transmisión por escuchar también a nuestro hermano mayor Ángel. Esa cortina musical la teníamos en casa, una de las tantas copias, y nos servía para hacer nuestras primeras prácticas de locución. Con César Augusto, otro de los Serván metidos en esta digna profesión, hicimos nuestros pinitos.

La sintonía era bárbara. En el colegio, todos queríamos ser Oscar Artacho, la gran revelación de la narración deportiva y finales de la década de 1940. Integré el elenco y recuerdo que en una etapa cruel para Oscar, 1958 aproximadamente, lo ayudé en una transmisión que salió por la onda corta de una emisora boliviana y jugaban justamente los seleccionados de Bolivia y Perú. Para remate, perdimos aquel encuentro. Lo hicimos por amistad y, por coincidencia, superando anímicamente momentos de pesar en la familia de mi esposa y  que había sufrido la pérdida de su querida abuela materna. Me encargó la redacción de la publicidad y por supuesto la locución. Allí estuvimos solos en una cabina de nuestra estadio y esto fue un pasaje que no olvido.   En la celebración de un aniversario de Pregón Deportivo, hice alusión a ese hecho como “La Noche Triste de Artacho”. Don Alfonso Reverditto y Miguelito de los Reyes, ignoraban lo que expusimos cuando ya Oscar no pertenecía a este terreno mundo.

Tuvimos la suerte de pasar buenos momentos, cuando nos encontrábamos por la época de TELECENTRO en Panamericana Televisión. Allí conocimos a su sucesor Raúl Maraví Ayala y en la recordada parrilla de la avenida Arenales, compartimos una cordial relación con los nuevos elementos de “Pregón Deportivo” ya con su propia emisora en la que fuera la señal de Radio Selecta de Lima y que adquirió en propiedad de manos de José Eduardo Cavero Andrade. El propio Oscar Artacho nos invitó a sus estudios y fue una inolvidable entrevista la que nos hicieron recordando viejos tiempos. Allí estuvo nada menos que Gilberto Torres, el gran “wing” de la “U” y que tenía su espacio tanguero. Por supuesto que estuvo Miguelito de los Reyes, leyenda de “Pregón Deportivo” y con quien también nos tocó dar, como Presidente de la Asociación de Locutores del Perú, el último adiós a otro célebre de sus integrantes, Raúl Goyburo, en el Cementerio de la Planicie y en donde descansan los restos mortales de ambos.

Fue Oscar Artacho Morgado, el que revolucionó nuestras transmisiones deportivas radiales. Llegada la televisión probó suerte y tuvo algunas apariciones pero sin lograr algún buen resultado. Falleció al no poder superar una delicada operación a la que fue sometido y su sepelio reunió a muchas autoridades y figuras deportivas, familiares, amigos y admiradores. Nos dejó sin volver a escuchar al narrador deportivo que cantó el gol de manera diferente. Dejó una escuela de la que todavía hay quienes asimilaron sus enseñanzas. Sentimos mucho su deceso, tanto o más de cuando falleció su hermano, “Lucho Vélez”. Así fue OSCAR ARTACHO MORGADO, creador de “PREGÓN DEPORTIVO”. Una voz y un programa inolvidables! Gracias.

 

Los canillitas, toda una historia…

(Esta semblanza de la pluma de Juan Gargurevich –indiscutible maestro del periodismo- habla de los niños que antaño recorrían las calles pregonando los diarios del día. En el Cerro de Pasco también hubo niños que realizaron esta tarea a la llegada del ferrocarril)

los canillitasNo conozco ninguna investigación sobre los canillitas (ahora “expendedores de diarios”) pese a que han sido siempre parte del sistema noticioso clásico. Se ha preferido estudiar otros niveles de la producción informativa olvidando que el vendedor de noticias es tan antiguo como el periodista.
Cuando la prensa popular norteamericana de bajo precio de mediados del siglo 19 aprendió que con mejores noticias serían mejores las ventas, lo siguiente fue salir a la calle y gritarlas, apareciendo los “newsboys” que más tarde llamaríamos “canillitas”, una voz de origen argentino.

¿Y en el Perú? Agustín Cortegana estableció que el diario “Las Noticias” presuntamente de propiedad de Nicolás de Piérola, fue el primero que en 1878 convocó “Muchachos, ancianos o mujeres pobres. Para vender el diario en las calles. Se les asegura una ganancia fija de ocho reales todos los días…”.

(En el diario “La Primera” publiqué esta columna y adjudiqué el novedoso método de vender diarios en la calle al diario “La Patria”. Fue un error mío, como ven).
Al iniciarse el siglo 20 eran ya indispensables y había que tenerlos muy en cuenta. El sistema era sencillo: iban al diario en la noche tarde o en la madrugada, compraban una cantidad que trataban de vender al día siguiente; si no lo hacían, tenían derecho a devolver el sobrante, lo que se aplicaba para la compra siguiente, y así sucesivamente.

Los viejos canillitas tenían un olfato noticioso extraordinario. Sabían cuando la noticia sería “vendedora” y entonces compraban más y no faltó quien más de una vez pidió consejo sobre una primera página a los veteranos.

Andando los años se convirtieron en un gremio importante, luego sindicato, capaz de boicotear con éxito las venta de un periódico que no cumpliera con los pactos. Y tampoco fueron ajenos a la política y las divisiones pues hubo quienes prefirieron el paternalismo de los Miró Quesada, enfrentados a los apristas –que no los olvidaron cuando llegaron al poder en 1945.

Manuel Seoane fue quien propuso y logró que se aprobara la “Ley de Seguridad Social del Canillita”, Nro. 10674, que les otorgaba porcentajes de la facturación por avisaje, lo que resultó muy difícil de cobrar. Pero en 1973 se unificaron en una “Federación Nacional”, manteniendo la unidad a duras penas hasta que nuevamente la política los ha separado y están en plena discusión sobre un controvertido dirigente.

Los viejos canillitas ya no existen; nadie vocea ya periódicos en las calles pues todo ha cambiado y ahora esperan sentados a que los clientes acudan al kiosco.

Sarita Colonia Del Callao subió a los cielos Una crónica de ELOY JÁUREGUI publicada en CANGREJO NEGRO

Sarita Colonia
Sarita Colonia es la santa del pueblo peruano. Del pueblo que sabe de carencias, aflicciones y desgracias. Hasta hace un tiempo, la iglesia católica la ignoraba. Pero esa devoción que se iniciara en el Callao desde la década del 40, que germinara primero en la fe de los estibadores y proscrito y transgresoras y que hoy se hizo credo masivo sin clase ni razas, habita en el imaginario popular que no necesita de canonizaciones ni oficios ecuménicos. Mientras, Sarita Colonia sigue haciendo milagros. Este es su pueblo, esta su historia.

1.

Si cuando niña, cuentan, Sarita Colonia ya miraba para dentro y sufría de visiones que ungían alertas contra los actos impíos. Incluso antes de nacer, el habla popular asegura un hecho inverosímil ocurrida en la plaza de Huaraz con el cadáver del bandolero Luis Pardo y sus asesinos. O aquel milagro que contaba su hermano Hipólito, la vez  que Sarita cayó a un río cerca a Huaraz y fue arrastrada por la corriente y ya era sólo un cuerpo flotando hasta que apareció en el caudal un señor grande, con hábito blanco y barba rubia, quien la levantó de las aguas y le dijo: “Hija mía, tu padre está preocupado, te tienes que ir inmediatamente, tú no vas a morir, tú eres una hija predestinada, me vas a ayudar a servir al prójimo”. Cierto o falso, Sarita estaba predestinada para los asuntos divinos y no para las cosas de uno

Cien años después de su nacimiento, la tumba de Sarita Colonia en el cementerio Baquíjano y Carrillo del Callao es sobre todo los domingos una feria al mejor estilo del mistic market. Los fieles llegan por decenas compungidos y angustiados. Sarita Colonia para todos es su última esperanza para encontrar paz y salud en este mundo. Y el barrio precisamente no lo habitan personas bienaventuradas. La mayoría de mujeres pecan de las carencias sacrosantas. Y lucen fieras y con tatuajes y con cicatrices. Mujeres de la vida, dicen por ahí pero para eso está la santa, para purificar esos espíritus cerriles y escabrosos. Pero esta santa es de carne y hueso y uno lo puede comprobar porque descubro entre el gentío áspero a Rosa Colonia, la hermana menor que ha llegado en silla de ruedas. Entonces se abren los candados del reino celestial.

Y aun antes de conocer su cielo, Sarita Colonia sabía que el infierno quedaba en los mismos ‘Barracones’ del Callao. Ahí llegó desde la sierra de Huaraz a vivir con su familia entre la indigencia de la miasma abyecta y el lumpenaje misérrimo de los apóstoles de las desventuras. ¡Qué de rateros afilados! ¡Qué de mujeres de la mancebía! ¡Qué de homosexuales faroleros! Sara Colonia Zambrano, que así se llamaba Sarita, apenas vivió en este mundo 25 años, aquel tiempo suficiente para llevarse a la eternidad esa porción infausta del ajeno dolor de las desdichas que a ella le supieron siempre a la hiel de los pishtacos.

2.

Don Amadeo y doña Rosalía, sus padres, apenas se dieron cuenta del prodigio de su nacimiento ese 1 de marzo de 1914 de aquel año que fue extraño porque vino sin eneros ni febreros. Hipolito Colonia, el hijo menor de la familia, contaba mientras de rodillas se lavaba de los asombros, que cuando Sarita llegó a estos valles sin el dolor de reglamento del parto, que escuchó de labios de la vieja comadrona que persignándose juraba: «Esa niña nació con los ojos muy abiertos. Con la mirada fija hacia arriba, como si mirase el cielo o que algo extraño la sujetaba desde lo alto».

Ya en Lima, la familia Colonia escogió el Callao con la ilusión de encontrar allí la salvación para huir de la estrechez que los había arrojado de sus sierras sin sueños. Pero aquel Dios de los destinos se había equivocado al fin de cuentas: el catastro barrial del Callao no era más que el lujo del albañal y la podredumbre amoral de los desesperados que, cristiano alguno, mereciera tal castigo.

Sarita apenas pudo estudiar y a los 12 años ya trabajaba como empleada doméstica, ayudaba como vendedora de pescado en la calle y zurcía la ropa de sus vecinas. Cuando se murió la mamá, la veló en vómitos estruendosos hasta el desmayo durante meses. Luego, cocinaba para los hermanos y no paraba de rezar en una lengua que no era el castellano. Ya mayor, ora volaba en fiebres alucinógenas, ora su piel por casi nada se llenaba de llagas hasta hacerla sangrar. Nadie que la conoció, no obstante, alguna vez le oyó queja. Menudita como era, al contrario, transmitía una alegría de espasmos que la gente sentía a pesar que Sarita sufría de la opacidad de las miradas más tristes que se recuerden.

3.

Sarita Colonia es la Santa de los migrantes. Y aunque muchos nieguen que haya sido como sus devotos la imaginan, existen dos vestigios que afirman que era de este mundo y no del otro. Una foto donde aparece con su familia en el estudio Romero de la calle Caridad 676 en el Cercado de Lima (de allí se ha extraído la única imagen que sirve para la iconografía de la santa) y la partida de defunción (número 28, folio 56) asentada en la división de registros civiles de la Municipalidad de Bellavista y donde ha quedado escrito que Sarita falleció de paludismo pernicioso el 20 de diciembre de 1940. ¿Paludismo pernicioso? Sí, la llamada ‘terciana’, ese mal del pobre provocado por el zancudo, el mejor amigo del hambre.

Su padre mismo la colocó bajo tierra en el cementerio Baquíjano del Callao como quien le exige a la leyenda el alimento carnal del mito ordinario. Luego empezarían uno tras otros los milagros y prodigios. Después, trasladarían sus restos a un humilde mausoleo donde hasta hoy una procesión de seres desesperados llegan en busca del cielo tan temido. Unos le rezan en el argot malandro y dejan inscrito en un andrajoso cuaderno la fórmula de la sustancia alquímica del favor divino. Otros, lloran frente al altar profiriendo frases de grueso calibre: piden piedad, trabajo, salud, clientes, víctimas, lipoesculturas, placeres y hasta un caficho de buen corazón.

En el posterior y nada ateo, el celebérrimo libro de Eduardo González Viaña, Sarita Colonia viene volando (1) , se encuentran las claves para subir al cielo. Entrevistado el autor dijo desde su residencia en Oregon, EE.UU., que el culto a Sarita y el de muchos otros santos no oficiales en nuestra América revela que nuestros pueblos sufren de una necesidad no saciada de apelar a lo extrarracional. Las crisis económicas y la falta de empleo, la vanidad de los gobiernos y la intolerancia, la falta de justicia y la miseria de amor convierten a nuestros países en cajas cerradas e irrespirables en las que todo intento de cambio es suprimido, toda rebeldía es perseguida, y la mayoría de los reivindicadores del pueblo traiciona o fracasa. En esa instancia, no les queda a los más desvalidos otra forma de tener esperanza que la de hablar con el cielo e inventar sus propios santos.

4.

En El Agustino, el distrito al Este de Lima incluyendo su cerro, no conocen a Dios. La devoción es informal y se venera a dos santos. Chacalón, quien fuese el más achorado de los cantantes de chicha y a Sarita Colonia, “La divinidad del arroyo”. En Junio de 1992, inspirados por el fervor que produce la santa, la banda Los Mojarras alcanza la cumbre del éxito con su tema Sarita Colonia. La banda tenía el mismo componente genético. Eran provincianos, les cantaban a los cholos y tejían géneros que iban de la chicha al rock y hasta la salsa. Aquello hablaba del fenómeno que se había consolidado en Lima. La capital había sido domada por los ‘lorchos’.

Así, el grupo Los Mojarras tocaban los laberintos de la ‘choledad’, la delincuencia, las drogas, la cárcel. Luego aparecería otra banda, La Sarita, pero era una versión más clasemediera de la desarticulación. En el 2007 Michelle Alexander produce la serie Por la Sarita con un rating respetable y el fenómeno del marketing con su figura es un ícono casi indescifrable. Desde esa vez, el himno de Los Mojarras se canta en cada velorio, en cada festividad pueblerina y hasta en las misas de las zonas marginales de Lima: “Sarita Colonia, patrona del pobre, / no quiero más pena, / no quiero más llanto. / No se amilanan aunque no hay lana, / se autofinancian, con fondos propios, / suena un huainito, bailan salseros, / gritan roqueros, piden chicha…”

El antropólogo Carlos Velaochaga asegura que el culto hacia ella aparece en el momento en que un sector de la población de Lima procedente de las sierras andinas necesitaba tener una figura propia en el santoral cristiano. Sarita Colonia interpreta todas esas carencias y encarna todas esas esperanzas. La santa de los pobres es gestora de otras tareas. Prever de trabajo a los humildes. Hay un interregno que no cubre el Estado ni todos los gobiernos para poder satisfacer las demandas de los necesitados. Los cultos emergentes como Sarita en el Perú o María Lionza en Venezuela, expresa étnicamente a sus discípulos creyentes mucho más que los íconos tradicionales que son de raza blanca. Una sociedad india y mestiza como la nuestra demanda que sus intercesores en el cielo la representen a su imagen y semejanza.

5.

Sarita Colonia no ha muerto, vive en el cementerio Baquíjano del Callao, en olor a multitud y abrigada por la fe de sus devotos que el 1 de marzo (fecha de su nacimiento) o el 20 de diciembre (el día que se fue al cielo), se abigarran frente a la única imagen que se conoce de la Santa de los Olvidados de Dios. Entonces el agua bendita se confunde con el sudor y otros jugos del pobre; el vendedor ambulante, el delincuente, la prostituta y los homosexuales -su ejército fundamentalista- que llega a exigirle trabajo, a pedirle un puesto en los fastos del cielo y sin rendirle cuentas a nadie, a portar su estampita.

Y es tal la fama de la Santa que sus efluvios cruzan América. Hoy, por sabe Dios qué sortilegios, Sarita ha resultado también ser la Santa de los «espalda mojada» y de todos aquellos miles de latinoamericanos que quiere ingresar ilegalmente a los Estados Unidos con su estampita bajo las prendas íntimas que los hacen invisibles o los disfrazan de niebla.

El escritor Rodrigo Quijano publicó en 1985 en Francia un poema en reconocimiento a Sarita Colonia y que demuestra el impacto de la santa popular en poetas, novelistas y artista populares que producen una iconografía propia de la llamada cultura chicha o arte del pueblo.

Un acercamiento a S. Colonia

Rodrigo Quijano

Para conocer debo acercarme más.
Se ha partido el cielo y ha cesado la lluvia
que enrejaba el paisaje.
Deja al perro lamerse las llagas y el pene encendido.
El neón es una lengua que sonroja santas y querubines
en las mudas sombras de un atardecer postal
pensando que el tallo remonta sobre sí
y hace estallar palmeras y frutos que engordan como garrapatas
al borde de un encerado cocktail de trópico y desorden.
Para saber debo acercarme más, y aquí me tienes.
La coloreada imagen de la niña virgen es
la denuncia del crimen consumado a medias, la isla
que eleva el único cirio que gotea luces, como esas cruces
al borde de la carretera,
así mitad dispuestas por la arena, mitad por los parientes
que se abandonan  al silencio ante el silencio
de miradas que ofenden por su rapidez.

Así dispuestas,
esas cruces pueden ser casi el cierre relámpago de un país
que muestra sus intimidades, lo percudido y lo perdido.
Y la imagen de la niña gime: unas rodillas flacas y la madre
suelta la sábana iluminando el cuarto con un aroma
de trenzas que se abrazan en la madrugada, como en un llanto
de despedida.

Para saber
vuelvo a acercarme. El equilibrio del grillo tensa 
la tarde y la gente que regresa cansada de las playas
pule rostros en la superficie de sus ollas,
y el crepúsculo me bombardea de neones tropicales
que se encienden a mi paso y en los, plásticos, ojos del gorrión
mi intuición emprende un vuelo sin retorno.

 

Lucho Barrios O la metafísica de la cebolla Una crónica de ELOY JÁUREGUI (Segunda parte)

Lucho Barrios 34.

Una de la satisfacciones más grande fue saber que fui autor del único reportaje-crónica que se le hizo para la televisión y la sencillez de Lucho Barrios ha quedado grabada en aquel video del recordado programa “Panorama”, cuando sorprendido por mi inquietud enfermiza, Barrios contó a regañadientes parte de su vida que nadie conocía. Que aunque era de cuna porteña se sentía más limeño que nadie. Su registro cuenta que había nacido en el Callao un 22 de abril de 1935 pero que a los 9 años se mudaría con su familia a la Calle Penitencia, en el jirón Paruro en los Barrios Altos limeños. Cierto, era cantor de serenatas ya a los 17 años pero estudiaba ópera y llegó a ser alumno del maestro Alejandro Vivanco, un eximio músico del género vernacular, de ahí que Lucha Barrios supo primero de las técnicas de los huaynos.

A finales de la década de los 50 se presenta en el concurso “La escalera del triunfo” que conducía el periodista Guido Monteverde y aunque solo quedó finalista, no se amilanó y siguió cantando donde se podía. Ya en 1962, con los guitarristas Paco Maceda y Modesto Pastor forman  el trío “Los Incas” dejando grabados un par de valses en el sello Smith, entre ellos “Juanita” de Pablo Casas y Padilla. La casualidad hizo que una noche en Radio Callao conocería al famoso cantante guayaquileño  Julio Jaramillo quien lo llevó a Ecuador. En esos años hay un paréntesis del cual Lucho Barrios jamás le contó a nadie. Pero regresó a Lima  y entonces fue el bolerista que todos reconocemos con más de trescientas grabaciones. Cierto, recordando que son de antología también, los cuatro ‘larga duración’ de valses donde participa junto con Pedrito Otiniano y Gilberto Cosío Bravo en las grabaciones del Centro Musical Unión.

Lucho Barrios fue multifacético pero además, consolidó un tipo de vals como anclaje de identidad del barrio. Y el Centro Musical Unión, junto al “Huancavelica”, fuero aquellos refugios de nuestro viejos jaraneros que impusieron el vals al estilo limeño del “Cuartel primero” o del barrio de Monserrate. Es decir, el canto de la zona de Pachacamilla –uno de los lugares más emblemáticos de la Lima tradicional– que viera nacer también a la mejor cantante del acervo criollo, doña Jesús Vásquez, amén del cantor Rafael Matallana y siendo tierra del campeón mundial de billar, don Adolfo Suárez.

5.

Lucho BarriosRescatado un texto de la periodista chilena Verónica Marinao que cuenta cómo un 18 de septiembre de 1960 Lucho Barrios actuó por primera vez en Chile, en la quinta El Rosedal de Arica, junto a la orquesta cubana de Puma Valdez. En 1961 grabó en Santiago varios discos que aumentaron su arrastre popular en Chile, comenzando además con sus presentaciones en el cabaret Picaresque de Santiago. En la capital chilena grabaría también decenas de temas como “Fatalidad”, “Cruel condena”, “Señor abogado” y “La joya del Pacífico” del compositor Víctor Acosta, un tema que es considerado como el himno del puerto de Valparaíso.

En el libro “Historia social de la música popular en Chile, 1950-1970”, los autores Juan Pablo González y Claudio Rolle explican que: “parte importante de repertorios como el de Lucho Barrios, exacerba la emoción y el sufrimiento, permitiendo definir un campo lírico que posee ciertas dosis de existencialismo de bar: la vida es trágica y sólo el amor puede redimirnos, aunque suframos por él”. En el documento se explica del arrastre popular que le permitió grabar 36 singles y seis discos LP para la filial chilena del sello EMI Odeon, y concentró en Chile el grueso de sus ventas latinoamericanas, pese a no ser invitado a radios ni programas de televisión de la época ni al Festival de Viña del Mar por las discrepancias que tuvo con el ex animador Antonio Vodanovic.

La versión de Lucho Barrios de “La joya del Pacífico” es la más popular por la voz y la fuerza en la interpretación y también a los arreglos que realizaran los hermanos Silva. Según el músico Dióscoro Rojas: “lo de Lucho Barrios permanece un tipo de música que es como la súplica del pueblo latinoamericano ante el tema del amor. Y porque las metáforas que aparecen en estas canciones son muy fuertes, del tipo: ‘que me quemen tus ojos’. Es también el canto del latinoamericano humilde que a través de la música sueña con un mundo lleno de estrellas, que se pone colleras y anillos, quiere entregarle lo mejor a su mujer, pero anda con las suelas gastadas. Lucho Barrios es quien populariza ese tipo de música y con él se va una de las voces más queridas por el pueblo”.

6.

Lucho Barrios vivió intensamente sus 75 años. Y no sabía hacer otra cosa que cantar. Y si eran boleros o valses, él contribuyó a ese ramal del bolero peruano, a ese que también le dicen “bolero cantinero” y hasta “bolero rockolero”. Los amplios estudios sobre el bolero latinoamericano no aceptan que exista esta versión peruana pero si conocen a Lucho Barrios. Equivocados hasta sus cachas, deberían saber que Barrios fue la influencia y el camino que luego seguirían Pedrito Otiniano, Jhonny Farfán, Guiller, Iván Cruz,Antonio Martell, Betico, Los Morunos, Chaqueta Piaggio, Anamelba, Linda Lorenz, Gaby Zevallos, Bárbara Romero entre otros.

Fue así, un 5 de mayo del 2010, el director del hospital Dos de Mayo, José Fuentes Rivera, explicó que el bolerista Lucho Barrios había muerto esa mañana a consecuencia de una falla multiorgánica provocada por un problema respiratorio y complicado con una insuficiencia renal. Milagros, su hija declaró esa tarde: “Mi padre había sufrido un derrame cerebral pero ya estaba recuperado. El volvió a cantar porque me decía que yo tengo que morir en los escenarios. El no estaba enfermo”. Según contó otro médico que atendía a Barrios, el cardiólogo Cecilio Zamora Huamán, explicó que el intérprete le suplicó: “que me hagan todo menos que me entuben porque no quiero perder mi voz”.

Así murió la voz que identificaba ese sentir romántico vocal peruano. Con la misma modestia como vino al mundo y estuvo por estos pagos 75 años. Yo le recuerdo sonriendo, aceptado su culpabilidad de que él y gracias a su voz, fueron responsables de cuanto romance uno se pueda imaginar, de tantos hijos que llegaron a este mundo y también de evitar la violencia con ese antídoto del bolero. Pero cierto,  también lo recordaré por ese verso de su “Marabú”: “Si la vida es así, para que más vivir”.

(Fragmento del libro Caza Propia que será editado por Lancom Ediciones en Julio 2017.)