Nuestro colegio Nacional Daniel Alcides Carrión (Primera parte)

maestros y alumnos del colegio Daniel Alcides Carrión 1943
Maestros y alumnos del Colegio en el primer desfile por Fiestas Patrias, 28 de julio de 1943. Lucían chompas azules con la blanca insignia CNC en el pecho. Desde entonces han transcurrido 74 años cargados de glorias y grandeza.

Era muy claro el consenso del pueblo cerreño al inicio de la década del cuarenta. Demandaba la creación de un Colegio de Media para la formación humanística de su juventud. Nadie como él para exigirlo; máxime si era activo soporte de la economía nacional. Desde el siglo anterior, todos los pueblos importantes del Perú tenían funcionando sus correspondientes Colegios de Media: el Leoncio Prado en Huánuco (1828), La Victoria de Ayacucho en Huancavelica (1831), Mariscal Cáceres de Ayacucho (1948), Santa Isabel de Huancayo (1851), San Ramón de Tarma (1858), San José de Jauja (1861), Salesianos de Huancayo (1923)…Sólo una orquestada marginación mantenía fuera de ejercicio de sus correspondientes derechos al pueblo minero.

Así las cosas, una pléyade de hombres e instituciones que desde la década anterior venía trabajando para la consecución de este justo anhelo, arreció  su accionar con don Gerardo Patiño López a la cabeza. Su batallador periódico EL MINERO sembró inquietudes y aunó voluntades. El subprefecto Alba Bardales; el alcalde, Leoncio Sánchez Palacios; el Inspector de Enseñanza, Carlos Mesías; el Diputado, Manuel B. Llosa y las organizaciones culturales juveniles, hicieron conocer sus inquietudes al Senador por Junín, Ing. Ernesto Diez Canseco Masías quien, haciéndose eco de esta justa aspiración, en el histórico debate de 20 de junio de 1943, luego de sustentar valederos argumentos técnicos y poderosas razones históricas, concluyó su intervención en su cámara diciendo: “Cuanto Carrión ignorado habrá perdido el país y cuanto seguirá perdiendo si no se remedia esta desgraciada situación”.

Fue suficiente.

En consideración a la Ley del Presupuesto nacional de 1943, se crea el Colegio Nacional Daniel Alcides Carrión, en homenaje a nuestro mártir epónimo y, en su sesión de 11 de mayo de 1943, el Concejo Nacional de Educación autoriza su funcionamiento y nombra a su primer Director, el pedagogo Eliseo Sanabria Santiváñez.

El 31 de mayo de 1943, en el Teatro Principal del Cerro de Pasco, ante una expectativa verdaderamente conmovedora, se inaugura el Colegio. El acta de aquel histórico acontecimiento, dice: “En la ciudad del Cerro de Pasco, a 31 de mayo de 1943, en el Cinema Teatro, presentes el Director del Colegio Nacional Daniel Alcides Carrión, el doctor Eliseo Sanabria Santiváñez; el Cuerpo Docente, integrado por los profesores: Augusto Matéu Cueva, Mario Revoredo Reyna Farje y Hernando Sánchez Aranda; el Cuerpo Administrativo, integrado por el señor Ginés Pomalaza Cosme y la señorita Florisa Altamirano Cárdenas; el Subprefecto de la Provincia, señor Antonio Alba Bardales; el Juez de Primera Instancia, doctor Francisco Carranza; las autoridades locales, vecinos notables, padres de familia y alumnos fundadores; se abrió la sesión.

El Director del flamante Colegio hizo uso de la palabra y en memorable discurso  relievó la transcendencia y las finalidades de la Educación Secundaria; exaltó la política educacional del gobierno e hizo un llamado a los padres de la familia para que colaboren con el plantel.

También hicieron uso de la palabra, el señor Martín D. Mendoza Tarazona a nombre de la Asociación de Maestros Primarios, Armando Casquero a nombre de los padres de familia y, la señorita Hilda Rojas Lucich, a nombre de los alumnos fundadores. Finalmente, el Subprefecto de la Provincia, señor Antonio Alba Bardales, en elocuente y patriótica oración, a nombre suyo y del Presidente Manuel Prado, declaró inaugurado el Colegio Nacional Daniel Alcides Carrión. Después de acordarse la inscripción de los alumnos fundadores en el Libro de Actas, se levantó la sesión.

Los profesores fundadores del Colegio fueron, además del Director don Eliseo Sanabria Santiváñez, los señores, Mario Revoredo Reyna Farje, en Ciencias; Augusto Matéu Cueva, en Letras; Hernando Sánchez Aranda, en el Área Técnica. Más tarde se sumaron, Florentino Solís Isidro, para Educación Física que fue sucedido por el destacado basquetbolista cerreño, Félix Baldoceda Yanútulo; Julio Mendoza Bravo, para castellano y Literatura. En reemplazo de Hernando Sánchez Aranda que por motivos de salud tuvo que alejarse, ingresó Pascual Sanabria Verástegui que fundó la Orquesta del Colegio, cumpliendo excelente actuación; Augusto Lizárraga, en Ingles que por Resolución Suprema había sido declarado “Curso Mayor Básico”; Ginés Pomalaza Cosme pasó a dictar Matemáticas dejando el cargo de Secretario-Tesorero-Bibliotecario a doña Priscila Z. de Gonzáles, primero y a Abraham Túpac Yupanqui Turín después, siendo todos ellos auxiliados por doña Florisa Altamirano Cárdenas. El curso de I.P.M. estuvo a cargo del suboficial Avelino Choque Palomino.

Esta lista fue acrecentándose con el paso de los años y, transcurrido medio siglo, podemos recordar a inolvidables maestros que han dejado profundas huellas de su inolvidable magisterio: Rolando Camarena, Moisés Rosas Benavides, Teodorico Ampudia Zarzoza, César García Cabrera, Teodoro Mellado Salazar, Antonio Soto González, Daniel Florencio Casquero, Andrés Fuentes Dávila, Jesús Santiváñez, César Pineda del Castillo, Eugenio Pastrana Chamorro, Fortunato Arzapalo Callupe, Toribio Quijano Tamayo, Jorge Vásquez Huerta, David Torres Rocha, Pablo Montalvo Lavado, Mario Galarza Mayor, Francisca Montero de Parra, Luis Alberto González y González, Eliseo Acosta Ricse, Severiano Rojas Lazo, Ascanio Santiváñez, Gamaniel Giraldo Castillo, Abad Ricardi Huacachín, Víctor Campos Martínez, Luis Aguilar Cajahuaman, Raúl Colca Malpartida…

Los Directores que dejaron el contingente de su capacidad en beneficio del plantel, fueron: Eliseo Sanabria Santiváñez (1943-1948), Manuel J. Valenzuela Valdez (1949), Carlos Vilchez Murga (1950-1957), Arnulfo Becerra Alfaro (1959), Basilio Orihuela Melo (1959-1960), Elías Ortega Pérez (1961-1962), Juan Salguero Pizarro (1963), Justo Fernández Cuenca (1963), Martín Nilo Manyari de la Cruz (1964-1968), Samuel Bruno Arroyo Pecho (1969-1971), Raúl Leoncio Colca Malpartida (1972-1976), Celso Ascanoa Collqui (1976-1978) y (1980), Andrés Rosas Clemente (1979), Fulgencio López Castillo (1981), Justo Pastor López Patiño (1981), Celso Ascanoa Collqui (1982), Ricardo Leonidas Vigo Araujo (1983), Andrés Rosas Clemente (1984), Fausto Huaynate Cóndor (1986), César Sismo Boza Simón (1988).

Cuando se inauguró el Colegio, no se encontraba un local libre para alquilar, después de mucho buscar se alquiló el del Jirón Puno Nº 146 en donde, previas las reparaciones necesarias, se iniciaron las clases. En el mes de agosto se mudó a la Plazuela Ijurra el que tenía una merced conductiva muy elevada. Se buscó otro local y se trató de alquilar el que fuera el Colegio Americano, pero resultó muy oneroso. Se tuvo que volver a la calle Puno, esta vez al número 161, cuyo alquiler era de doscientos soles mensuales. En 1956 se trasladó a la Plaza Centenario hasta el 5 de octubre de 1959 en que se inaugura el local que actualmente ocupa en el terreno de Patarcocha donado por el Concejo Provincial de Pasco.

CONTINÚA-…..

“Mishicanca”, el romántico bandolero “Asado de gato” (Segunda parte)

El “Mishicanca” era un personaje esmirriado, de malas trazas que no obstante serbandolero 4 medrado en la talla hacía derroche de ágiles y coordinados movimientos llenos de vitalidad. Frente estrecha y angulosa cubierta  por abundantes y desordenadas greñas; abundantemente barbado con ojos pequeños de mirada profunda que buscaba escrutar el ánimo de su interlocutor; sonrisa cachacienta que se extendía por la comisura de sus labios verdosos de coca; un mugriento pañuelo cubriéndole el cuello que utilizaba en sus correrías por los polvorientos caminos de sus andanzas. La zozobra de su vida aventurera debido a continuas injusticias de terratenientes y caciques serviles lo arrojó a ese tenebroso mundo de arriesgados episodios. Para sus correrías contaba con un alazán de de impresionante alzada, cabos negros, cabeza pequeña y enjuta pero resistentes remos y amplios cascos. Toda una extraordinaria estampa de caballo serrano, inseparable compañero de aventuras y sacrificios.

Lucero de la mañana,

Préstame tus claridades,

Ya es hora que me retire,

A llorar mi amarga suerte.

 

¡Alalaú!, qué frío hace,

a las cuatro de la mañana.

Yo esperando tu respuesta:

Cuya manquicho icha manachu.

 

Tiende la cama, tiende la cama,

un pellejito y una frazada;

aquí me quedo, aquí me duermo

 hasta las cinco de la mañana.

La leyenda de su nombre había concitado la admiración de hombres jóvenes y mujeres guapas de la zona. Todos se engañaban por su apariencia atrabiliaria y desgarbada. Hasta el Subprefecto Don Enrique Frías –viejo de armas tomar- quedó sorprendido al conocerlo.

  • ¡¿Con que tú eres el romántico e invencible “Mishicanca?! – le preguntó.
  • Mi nombre es Edilberto Espinoza, señor….
  • ¡¡¡ ¿Y…tú eres el temible bandolero de Chaupihuaranga….?!!!
  • Eso es lo que se dice…
  • Bueno, “Mishicanca”. ¡Aquí se terminaron tus hazañas! ¿Ya lo sabes…?!. No vas a tener un solo instante libre ni para rascarte. Yo mismo estaré pendiente de que mis órdenes se cumplan al pie de la letra…Si trataras de escapar o armaras alguna trifulca dentro de prisión, te haré colgar de los huevos… ¡Estás avisado!
  • Usted cumpla con su deber, señor; yo cumpliré con el mío….

En un gesto teatral para que todos lo vieran, el subprefecto lo engrilletó con toscas esposas, dispuso que lo encerraran en la celda más segura de la cárcel, le tiró un pellejo, una mugrosa frazada y una bacinica desportillada. Ostentosamente se guardo las llaves de las esposas y de la celda. Sin su conocimiento, el bandolero no podía ni moverse. Y se marchó triunfante.

Aquella misma noche, sin que nadie supiera cómo, “Mishicanca” fugó de la cárcel cerreña. Nadie lo había visto. Se había hecho humo. Probablemente, con el cómplice auxilio de algunos guardias y otros compinches ahí presos, rompería las cadenas y trepando al techo de la cárcel, pasaría al de la iglesia de Chaupimarca; bajaría por el arco y las torres auxiliares y montando su caballo traído por un secuaz, saldría disparado hacia los campos de la libertad. Cuando se enteró el subprefecto casi se muere de un patatús. Juró por todos los santos que lo volvería a apresar.

Anoche lloró conmigo

tiernamente una mujer,

al despedirse ¡Ay! de mí,

para no volverme a ver

 

Hermosas perlas cayeron

de sus ojos de hilo en hilo;

 encadenada  en mis brazos,

anoche lloró conmigo.

“Mishicanca” gustaba del sol, de las azules noches de luna y de las canciones. Era un romántico impenitente, enamorado y acosador de mujeres bonitas; alborozado y abierto a la alegría, hierático en el dolor, férreo en su voluntad, incontenible en su cólera. Era el prototipo de bandido serrano, dechado del hombre de encrucijada; el Robín Hood de aquellos andurriales serranos. Era el hombre de quien más se habla en la zona. Del Cerro de Pasco a Huánuco y de Yanahuanca a la selva. Guapo, valiente, cortés en la medida que puede serlo un ladrón. Contaban que una vez que asaltó una diligencia que llevaba la preciada carga de brillantes lingotes de plata a la Casa de la Moneda, se dio con la sorpresa que también transportaba, como pasajera, a la mujer del prefecto de Junín. Vencida la resistencia de los custodios, se apeó de su cabalgadura y quitándose el sombrero abrió la puerta y la hizo descender dándole la mano con todo el comedimiento galante de un gentilhombre. Sorprendida por una cortesía que no esperaba, la señora dejó que la condujera debajo de un árbol para que el sol no pudiera mortificarla. La hizo sentar sobre un poyo y, mientras sus compinches desvalijaban el carromato, muy comedidamente le quitó una fina sortija del dedo, diciendo: “¡Ah, distinguida señora!, una mano tan bella como la suya no necesita ningún adorno”. Y, mientras hacía resbalar el anillo por el dedo, besó la mano con tal devoción que haría creer, según la frase de una dama española, que el beso tenía para el más precio que la sortija. Inicialmente más muerta que viva, la dama fue tranquilizándose poco a poco. Se había dado cuenta que estaba ante un caballero; ladrón, pero caballero. Este episodio –aseguran sus biógrafos- fue la gota que colmó el vaso de indignación del prefecto Galdós. Tras asegurarse de que aquel relato popular había sido cierto por referencia de su mujer, juró dar muerte al romántico de las alturas.

Desde Yanahuanca vengo

porque allá debo una muerte.

Para mí fue una desgracia;

para el otro, mala suerte.

“Mishicanca” se había ganado el respeto y cariño de toda la quebrada de Chaupihuaranga que en cómplices noches de luna o confidentes amaneceres, recibía la generosidad de sus dineros y sus presentes cargados de amor. Cuando robaba no era para él solo, no. Compartía el botín con los pobladores de aquellos riscos, valles y quebradas. El amplio tinglado de sus aventuras abarcaba Yanahuanca, Chacayán, Goyllarisquizga, Páucar, San Pedro de Pillao, Santa Ana de Tushi, Tápuc y Vilcabamba. No pocas veces incursionaba en el Cerro de Pasco, encendiendo la ira de los gobernantes. Así consiguió la complicidad de hombres, mujeres y niños de Pasco que terminaron por quererlo y admirarlo.

Eche caña cantinero,                                

que lo paga el “Mishicanca”;      

el  que a los pobres  socorre,
y a los ricos avasalla.

 Del mal paso que yo he dado

todo el mundo se ha admiró,

otros resbalan y caen.

¿Cómo no me admiro yo?

Muy pródigo en sus regalos contribuía en el mantenimiento de capillas e iglesias de la zona solventando los gastos de rumbosas fiestas patronales. Cuando alguien necesitaba de su apoyo, él estaba presente. Cuando había que castigar a los abusivos, delegaba la responsabilidad a sus secuaces que se encargaban de poner en vereda a los desalmados. Los dejaba marcadamente  contundidos para que no vuelvan a repetir el abuso. Ayudaba a los jóvenes para que pudieran casarse y vivir plenamente en aquellos lugares. Era muy devoto de la virgen del Carmen de la que llevaba, entre su mugrienta vestimenta, un escapulario que estaba seguro lo guardaba de los peligros. Es más, él mismo contaba que una vez que había fugado de la cárcel del Cerro por los techos de la iglesia, cayó dentro de ella y, con la desesperación, se escondió detrás del manto de la virgen del Carmen, matrona de los chapetones, que realizó su más grande milagro: Lo volvió invisible a los ojos de los gendarmes que lo buscaban.

Huanchaquito negro,

pecho colorado,

no cuentes a nadie

lo que hemos pasado.

 Tomando agüita,

agüita del río,

comiendo hierbitas,

hierbitas del campo.

Continúa…

UN DÍA DE NIEVE EN NUESTRA TIERRA (Segunda parte)

nieve en el cerro de pasco 7
Ha nevado durante la noche anterior y la mañana siguiente, pero al comenzar la tarde, los futbolistas cerreños no quieren perder la oportunidad de entrenarse y, sobre un campo blanco realizan su partido de práctica. Esta es una vieja costumbre que nada podrá impedir que se cumpla. Primero lo hicieron los ingleses, luego los muchachos de otrora como el Banfield Club hasta los actuales cracks que llevan en la sangre el deporte del que fuimos pioneros

La nieve, como es natural, siempre estuvo presente en nuestra historia. Añosos mamotretos nos señalan la ocurrencia de grandes tormentas de nieve. La primera y más espantosa es la que ocurrió en 1610.

Aquel temporal que había comenzado inofensivamente se transformó en espantosa borrasca de pronunciada  opacidad que impedía ver a dos pasos de distancia. Cuando los ramalazos esparcieron copos gigantes y agresivos el terror se adueñó de los pobladores que ya no supieron qué hacer. Las calles encerraron a sus habitantes impedidos de transitar por ellas. Los que se arriesgaban –cabezas gachas, alones chambergos cubriéndole la cabeza- avanzaban inclinándose hacia delante para vencer el agresivo viento cortante. Nadie salía ni entraba en la ciudad que parecía muerta. Hasta los comerciantes que diariamente la visitaban se hicieron extrañar. El tercer día ya resultó imposible caminar. Se hundían hasta las rodillas. La nieve seguía cayendo silenciosa e implacable. Para avivar el calor hogareño se atizaron los fogones con maderos cada vez más escasos extremando el celo con puertas y ventanas. Se las abrían solamente lo necesario para evitar que los ramalazos enfriaran la habitación. De noche dormían abrazados para conservar el esquivo calor de sus cuerpos. Al amanecer del día siguiente, trabadas sus puertas por el peso de la nieve, abrían sendero desde los umbrales hasta la calle utilizando palas enormes. Los animales morían pasmados de frío. La temperatura descendió a extremos mortales. Cada amanecer recogía niños y ancianos muertos.   Mascullaban de prisa un padrenuestro por sus almas. No había tiempo para más. Era común el claveteo de ataúdes y deprimente su transporte por las calles imposibles, ahítas de frío. La enfermedad que habían traído  los españoles, con descomposición del cuerpo, dolores de cabeza y tos agresiva, los venció: “Es la maldita gripe”– dijeron. Ya no contaban con hierbas cálidas que también las enviaban de afuera para combatirla: borrajas, escorzonera, wila – wila; tampoco encontraron una sola gota de aguardiente, ni menos de coca. Desesperados y luchando con la silbante ventisca sacaron en procesión a San Esteban, patrono del pueblo. Confiaban en que calmaría la furia blanca que se adueñaba de la ciudad. Los penitentes, mareados por el ayuno, avanzaban entre rezos y salmodias llevando entre sus dedos las últimas ceras que goteaban sobre sus carnes estremecidas de helor. Con el avance de las horas el fervor religioso azuzado por el miedo fue  llegando a la demencia. Todo siguió igual. Cuando vieron que la  tempestad no cedía un ápice dejaron de creer en San Esteban. Desesperados masificaron el rezo a la bienaventurada figura de Santa Rosa de Lima que acababa de ser elevada a los altares por el Papa Clemente X.

Pasada la semana, la ciudad estaba aislada, encerrada en una cárcel de níveo espanto. El pánico de españoles y nativos, era patético. Eran conmovedores sus demacrados rostros: cuencas hundidas, palidez extrema,  convertida en garras las manos sarmentosas; pasos cansinos, débiles, ya sin fuerzas. Habían desaparecido todos los caminos. Los alimentos que llegaban en tiempos mejores se habían esfumado. Las trojes se vaciaron; sólo una generosa carga de maca que no habían podido llevar al mercado y los animales muertos por el frío, les sirvió de alimento por aquellos días. Tuvieron que masticar la carne cruda y beber nieve derretida. Ateridos, no encontraban combustible para preparar sus alimentos ni abrigar sus viviendas. Supervivientes canes famélicos, aullaban lastimeramente. El frío se había convertido en ola asesina.

Milagrosamente el undécimo día, notaron boquiabiertos  que  se filtraba una luz clara y poderosa por las hendijas de la puerta. ¡¡¡Era luz solar!!!  ¡¡¡Milagro!!!. Intrigados y en tropel llegaron hasta la ventana y quedaron estáticos de emoción. No podían creer lo que estaban viendo: ¡¡¡Había dejado de nevar!!! ¡Milagro!…. ¡Milagro! Volvieron a caer de rodillas con los ojos cubiertos de lágrimas.

¡¡¡Once eternos días con sus interminables noches había estado nevando sin cesar!!!

Un tímido sol, asomándose en el cielo que se clareaba de azul, comenzó a brillar. Misteriosamente como si las nubes transformadas en nieve  hubieran caído al piso desparecieron completamente. Los creyentes que habían salido a convencerse de la realidad se arrodillaron y se santiguaron, felices.

nieve en el cerro de pasco 8
Ella, a un costado de su casa, ha aprisionado a una blanca llama de nieve y la tiene segura con su soga interminable. La blancura del paisaje, como panorama de un mundo de ensueño, invita a la paz del espíritu.

“EL PISHTACO”

el pishtacoEste fue un aterrador personaje que asoló hace muchísimos años el ámbito de nuestro pueblo minero. Las gentes de aquellos tiempos vivían aterrorizadas evitando salir por las noches en las que, según se contaba, ejercía el imperio de su salvajismo sin nombre.

Las gentes lo denominaban PISHTACO, nombre que provenía de la palabra quechua “pishtay” que significa retacear la carne  de un animal después de haberlo matado.

Quienes lo habían visto aseguraban que se trataba de un gigante. Una bestia enorme que poseía una fuerza sobrehumana a la que nadie podía vencer, ni siquiera enfrentarse para competir con ella. Que era sobrecogedor su aspecto de gringo mofletudo, colorado, de ojos claros y greñas rubias que caían sobre sus hombros en desordenadas guedejas como melena de león. Bastaba con mirarle a los ojos sanguinolentos y legañosos rodeados de espesas y rojizas barbas hirsutas para quedar inmóvil, pegado al suelo, sumido en un terror paralizante. Tal el pavor que producía. Además de sus ojos terroríficos lo que más impresionaba era su cuerpo ciclópeo de enormes proporciones con los que Dios podía haber hecho varias personas normales. Nunca se había visto nada igual en el pueblo minero. Sus manazas eran descomunales, provistas de una uñas negruzcas, como garfios poderosos. Sus espaldas enormes como lomo de buey. Sus piernas patizambas abiertas y cansinas que le daban una apariencia simiesca. Iba vestido con ropa minera. Los únicos que vivieron para describir su fatídico aspecto lo habían visto protegidos por las sombras de la noche en que deambulaba en busca de sus presas.

Se aseguraba que había aparecido aquella época en que los mineros extranjeros estaban desesperados por las inundaciones de sus minas. Ingleses, franceses, croatas, italianos, húngaros, polacos, ya habían hecho todo lo posible para evitar estos aniegos internos pero ningún procedimiento lo evitó. La desesperación cundió hasta obligar a muchos a pignorar sus minas a precios irrisorios ante los “aviadores” italianos que en un santiamén se adueñaron de ellas enriqueciéndose  notablemente.

Aseguraban los aterrorizados testigos de sus andanzas que el modo de actuar del “pishtaco” era el siguiente: Esperaba, aprovechando las sombras de la noche o la soledad de los parajes solitarios durante el día, a hombres o mujeres que se aventuraran a desplazarse solas para atacarlas sin  piedad. Las aprisionaba con sus brazos descomunales inmovilizándolos hasta dejarlos sin resuello, luego, de un solo tirón les quebraba el cuello. Una vez muertos transportaba el cadáver sobre sus hombros  hasta una cueva de las alturas de  “Shuco”. Allí utilizando sogas y resistentes tablones, colgaba el cuerpo atado de las piernas. Inmediatamente, debajo del cuerpo encendía una  gran cantidad de velones y cirios que, por su número, originaba un sofocante calor que conseguía, tras largo tiempo, la caída de un fino aceite que caía sobre unos recipientes debidamente colocados debajo del cadáver. Ese era el motivo del crimen. Conseguir ese aceite, que a decir de los entendidos, no sólo era muy fino sino el único que podía hacer funcionar a la perfección cualquier tipo de máquinas, especialmente las traídas por un inglés para desaguar las minas cerreñas.

Se aseguraba, para dar más patetismo a los relatos, que después de embotellar el aceite que no era poco, el “pishtaco” se comía los restos del cadáver como única manera de conseguir impunidad. Con especial fruición le extraía los ojos, la lengua y el corazón para que no delate a los brujos el lugar del sacrificio, enmudeciéndole para que no rebele donde había muerto, ni dónde ni quién era. De esa manera conseguía la impunidad.

A partir de entonces, la historia del “Pishtaco”, viajó por gran parte de nuestro territorio llevado por los obreros que habían trabajado en nuestras minas. Se extendió desde la zona de Conchucos hasta Huancavelica y una parte de la selva, zona de influencia de nuestras minas. En aquellos lugares las gentes ya no caminaban de noche por las solitarias calles por el terror de lo que se contaba.

LA SEMANA SANTA EN EL CERRO DE PASCO (Tercera parte)

Semana santa 2

Con abundante lluvia que empapa el féretro, el Divino Nazareno avanza llevado por los recios hombros mineros; hombros broncíneos que  cargan metales; que sostienen vibrantes perforadoras; que por negras galerías empujan coches repletos de metal; perforistas, troleros, enmaderadores, timbreros, tareadores, wincheros, maquinistas. En su corazón y su mente, en todo su ser, los obreros  repiten sus siempre renovadas esperanzas de lo que El nos prometiera hace dos siglos: “Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán saciados”. “Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados”.

Nunca mejor llevado el Salvador del mundo que por hombres que sufren el duro calvario de las trágicas oquedades mineras, como Él ha sufrido. “Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios”. “Bienaventurados los que buscan la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios”.

Estos penitentes, abrigados con gruesas bufandas e impermeables y pellizas de cuero, conducen al Señor por las rúas inundadas. “Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia”. Los pasos uniformes y acompasados chapalean en los charcos, sin perder la disciplina del avance. Cabezas y cirios se guarecen bajo negras paraguas en tanto fieros ramalazos centelleantes iluminan la marcha contrita. “Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el Reino de los cielos”.

 

                        Jesús viene por las calles,

                        todo llagas y dolores,

                        y con los brazos abiertos,

                        en busca de pecadores.

 Las adoloridas voces de extrañas tesituras compitiendo con los estrepitosos fuetazos del tiempo inundan la noche alternando con la banda de tambores y estridentes clarines. La multitud entona canoros cantos de dolor. El Divino Redentor tiene cubierto el cuerpo magullado con un alba túnica que hace resaltar sus pómulos tumefactos y sus sienes laceradas por las agudas púas de la corona. Su gloriosa presencia atenúa rencores, alivia penas, consuela dolores. Las voces engoladas cantan:

¿Hasta cuándo, hijo perdido,

                                               hasta cuándo has de pecar..?

                                               ¡No me seas tan ingrato,

                                               llora pues tu iniquidad…!

Escoltando el féretro, los gallardos  bomberos de la “Cosmopolita” con casacas rojas y pantalones blancos, brillantes cascos de bronce y  hachas con crespones negros avanzan a imitación de las centurias romanas (Wilmer: que no muera nuestra hermosa  tradición); en fila paralela, los miembros de la policía con uniformes de gala y  armas a la funerala. También están los “Santos Varones” y los integrantes de otras cofradías.

¿No me ves aquí clavado

                                               con espinas en la sien. ?

                                               Hijo mío, así me has puesto

                                               con tu negra ingratitud.

Semana santa 3 Durante el largo recorrido, piadosas mujeres arrojan flores -ayer recogidas- sobre el lacerado cuerpo de Cristo. Son las únicas flores heroicas que se atreven a germinar en nuestras alturas. Son las pequeñas “para-para huaytas” de corolas amarillas y naranjas y rojas y lilas que caen desde las ventanas, desde los balcones, desde los altillos. Las abuelas conmovidas aseguran que estas florecillas son las lágrimas de la Dolorosa.

La Santa Virgen María, con el rostro traspasado de dolor y perlado de lágrimas, avanza en hombros de las devotas mujeres cerreñas. El sufrimiento de saber que sus hijos están envenenados de plomo y otros metales pesados y agonizan, las hace orar con enternecedora esperanza. «Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los cielos”.“Bienaventurados los mansos, porque ellos poseerán en herencia la tierra”. “Bienaventurados seréis cuando os injurien, os persigan y digan con mentira toda clase de mal contra vosotros por mi causa. Alegraos y regocijaos porque vuestra recompensa será grande en los cielos”.

Las esperanzadas mujeres, arrebujadas en sus gruesos pañolones negros, uniforman sus pasos en una lentitud de recogimiento, en tanto sus voces agudas salmodian emotivas canciones.

¡Salve!…¡Salve!, cantaban, María,

            que más pura que Tú, sólo Dios;

            y en el cielo una voz repetía:

            más que Tú sólo Dios, sólo Dios…!

 La afligida Madre Virgen –viva imagen del dolor- va sobre riquísima peana de plata repujada y negro manto de terciopelo negro bordado en oro. Siete puñales de plata le atraviesan el corazón sangrante apenas sostenido por su pálida mano.

Con torrentes de luz que te inundan,

            los arcángeles besan tus pies,

            las estrellas tu frente circundan,

            y hasta Dios complacido te ve.

El terebrante sonido de las matracas acompasa el lento caminar de los cerreños. En cada esquina y debajo de un farol ex profesamente colocado desafiando la opacidad de la lluvia, el altar o monumento familiar erigido por las piadosas manos femeninas de la casa. Cada uno de ellos con lacrimosos cirios, estampitas de flores y palmas y olivos santos.

María, Tú eres mi madre,

                                               María, Tú eres mi luz,

                                               María, madre mía,

                                               Yo te doy mi corazón.

 Hombres y mujeres, ante la conmovedora presencia de la Dolorosa, han olvidado diferencias, han dado tregua a cotidianos rencores porque sólo Ella, la Paz, está presente.

El sábado, dedicado a la Santísima Virgen María, la iglesia sigue de duelo. A las diez de la mañana el Santo Oficio empieza con la consagración del nuevo fuego; sigue la bendición de los cinco granos de incienso destinados a aplicarse al cirio pascual cuya santificación va seguida de las doce lecciones de la Escritura Sagrada, llamadas Profecías, cuya lectura se alterna con cánticos y oraciones.

Cercana la medianoche del sábado, parejas de esposos, novios, amigos de barrio y fieles creyentes se dirigirán a las Capillas de los barrios y acompañados de orquestas típicas efectuarán el “Cruz Jorgoy”, que consiste en sacar la cruz para conducirla en procesión al taller del artesano que lo retocará para la “Fiesta de las Cruces” que esa noche tiene inicio.

Al día siguiente, domingo de Pascua de Resurrección, DOMINICA IN ALBIS, carcajadas de sonoras campanas delatan la alegría del pueblo. ¡Cristo el Señor ha resucitado! En el desayuno degustarán mórbidos “Panes de Dulce” remojados en apetitoso chocolates cusqueños. Atrás quedan los potajes de “lawitas” y mazamorras, de guisos y frituras con el blanco bacalao de Noruega que los extranjeros importaban a sus tiendas; toda una variedad culinaria para aliviar los obligados ayunos en los que predominaban la abstinencia de la carne; de todas las carnes. Los severos atavíos negros serán nuevamente guardados, -protegidos por bolas de naftalina-, en los viejos arcones familiares hasta el próximo año. Se ruega al Divino que, entretanto, no sea necesario  sacarlos. Los negros catafalcos de la iglesia serán reemplazados por sendas túnicas blancas; los santos nuevamente asomarán en sus hornacinas. Por la noche, entre la algazara del pueblo, públicamente será quemado el monigote que representa a Judas Iscariote, el maldito traidor y, libres de pecados, hombres y mujeres, renovarán sus bríos laboreros y la vida continuará, como siempre.

FIN….

 

La carnicería de Tángor

carniceria en Tangor

Una familia muy unida desde sus ancestros cuyas vidas estaban regidas por el respeto y el trabajo corporativo, mantenía vigente su heredad familiar constituida por el fundo TULPOSH, en la jurisdicción del pueblo de Tangor, de la provincia Daniel Carrión del Departamento de Pasco. Promediaba el mes de mayo de 1922.

Aquella aciaga noche en medio de una sinfonía de ladridos desesperados de los perros guardianes que fueron aniquilados a balazos, treinta bandoleros armados con escopetas Winchester, revólveres y sendos puñales rodearon la propiedad. Visiblemente fieros y a grandes voces hicieron saber que llegaban a apoderarse del ganado del fundo.

Totalmente sorprendidos por lo inesperado, hombres y mujeres, quedaron a merced de los facinerosos. Cuando un vigilante trató de evitar el asalto, fue inmediatamente descuartizado ante el desesperado grito de las mujeres y las protestas de los hombres. Mostraban así que estaban dispuestos a todo.

Primeramente separaron a los hombres de las mujeres. A ellos los inmovilizaron atándolos fuertemente. Luego, como fieras en celo procedieron a abusar sexualmente de las mujeres. Cuando eligieron como primera víctima a Colombina Ramos de apenas once años de edad, la mayor de la hermanas, Sixta Ramos al ver el descarnado salvajismo se prendió del jefe de los abusivos tratando de evitar el suplicio. Fue suficiente. Con fiereza terrible y sin ningún miramiento la apuñalaron salvajemente después de abusar de ella y, ya exangüe, la dejaron tirada para que muera desangrándose. Continuaron con su rito satánico con Maura (30) y Neófita (14) pasando todos los hombres a desflorar aquellos cuerpos. Saciados sus instintos animales las degollaron. A Nemesia León que se encontraba embarazada, le arrancaron el feto con un puñal y a  Daniel Baylón que salió en su defensa le sacaron los intestinos sin hacer caso de sus ruegos.

Asesinos insanos, no contentos con el salvajismo que habían cometido, procedieron a dar muerte a puñaladas a los operarios Pascual Jacinto,  Luciano Alcántara y Javier Jacinto, y a los que quedaron quejándose de sus heridas los ultimaron con garrotazos en la cabeza. Los muertos fueron Maura, Neófita y Colombina Ramos, de 30, 14 y 11 años, el operario Buenaventura Bailón y sus hijos Daniel, Antonio, Jacinto y su mujer.

Unos parientes que sin saberlo pasaron a visitarlos dos días después se dieron con el deprimente y macabro cuadro. Sixta Ramos, la única sobreviviente de la masacre, ya exangüe y en trance de agonía presentaba doce heridas profundas en diversas partes del cuerpo inferidas por arma blanca, con lujo de detalles relató los pormenores de aquella asonada salvaje.

Inmediatamente, como fruto de la indignación general, toda la fuerza policial acantonada en el Cerro de Pasco, marchó a Tangor en busca de los abigeos asesinos. Para que nuestra ciudad no quedara desguarnecida, los hombres jóvenes se acuartelaron para suplir a la policía en el cuidado del orden y la estabilidad de la ciudad.

Las crónicas de esos días son numerosas e indignantes. Todos los periódicos locales y muchos de la capital se preocuparon de esta masacre.

El caso final es que sólo consiguieron apresar a un solo culpable, el resto se hizo humo. Como puede verse, todas estas inocuas incursiones policiales no tenían el efecto que la sociedad esperaba. Las propiedades de aquellas inmensas tierras,  sometidas al bandolerismo  por aquellos años –lo hemos visto- asolaba a nuestro Departamento. (Fuente: El Minero ilustrado de la fecha)

 

DOMINGOS POR LA TARDE

River Plate

Contaba con diez años –magia de una edad inolvidable- cuando descubrí el sortilegio de la Radio. Un pariente que ocupaba un cargo muy importante en la Railway Company, había adquirido un gigantesco aparato receptor   que despertó la admiración de los vecinos del barrio.

Colocado en la  parte más visible de la sala, ceremonioso, sintonizaba las emisoras más lejanas para impresionar a sus amigos que lo visitaban. Todos quedaban gratamente sorprendidos de admiración. No era para menos. A la simple manipulación de una pequeña manija, se contactaba con una emisora que estaba al otro lado del mundo.

Este caballeroso señor, jefe de tránsito de los ferrocarriles locales, me dispensaba  un afecto especial que nunca olvidaré. Un día tuvo la bondad de invitarme a su casa para escuchar la radio cuando quisiera. Yo no esperaba otra cosa. Todos los domingos, cumplidas mis obligaciones, cerca de las tres de la tarde llegaba a su casa y, juntos, como viejos amigos, nos poníamos a escuchar las emisoras, especialmente argentinas que, a esa hora, iniciaban sus transmisiones dominicales de fútbol. ¡Qué emoción! El milagro empezaba cuando lo “prendía” y el dial se iluminaba mostrando, como mágico reloj de milagros, una serie de números, rayas y extrañas nomenclaturas; luego de un silencio expectante le seguía una sucesión de ronquidos y silbidos alternados,  como si la transmisión llegara de un planeta lejano. Entre roncas vibraciones y agudos pitidos interplanetarios (así lo habíamos visto en las películas de Flash Gordon), la aguja, parecida a la única manecilla de un reloj, giraba por los 49 metros de la onda corta y, en cuanto captaba la señal, todo cambiaba. Ya estábamos en Buenos Aires, a través de las ondas de El Mundo, Radio Belgrano, Splendid, Rivadavia, Mitre.  Donde se escuchara el peculiar sonido futbolero, ahí nos quedábamos. A partir de  ese instante la señal llegaba con una claridad asombrosamente nítida. No me extraña. Estábamos ubicados en las lindes astrales de cinco mil  metros sobre el nivel del mar, cerca de Dios y asentados sobre  un colosal basamento de cobre puro que, con una fuerza poderosa, atraía las ondas hertzianas desde inalcanzables latitudes geográficas, aunque, allí, en la mágica caja de la radio, estuviera a unos milímetros solamente. ¡Cómo me encantaba el fútbol! En la vidriera sonora de entonces, cada una de las radios nombradas tenía a sus relatores, comentaristas y locutores deportivos. Entre los primeros estaban: Horacio  Beblo, Enzo Ardigó, el Relator Olímpico y Lalo Pelicciari. Pero, el más grande de todos, el maestro Fioravanti. ¿Cómo olvidar aquella maravillosa  experiencia de escucharlo a centenares de kilómetros de distancia?

Con el corazón galopante concentrábamos toda nuestra atención en la mágica descripción con que el maestro relataba lo acontecía en el campo. Acicalado y modoso, llamaba FIELD al campo de juego. Era la moda.

— ¡¡¡Ha ingresado en el field, triunfante y arrolladora LA MÁQUINA del River Plate!!!

La explosión de un bullicio compacto, impresionante, avasallante, llegaba hasta nosotros, haciéndonos sentir integrantes de ese fantástico espectáculo. Mi corazón, mi pobre corazón de niño huérfano, galopaba a mil kilómetros por hora y parecía que iría a salírseme por la boca. Nos sentíamos sentados en la tribuna del estadio argentino. Con atención, casi con reverencia, escuchábamos la conformación del equipo:

—¡Don José Soriano, “El  caballero del Deporte”, como capitán general, guardando el arco millonario! -decía Fioravanti.

¡Qué emoción!  ¡Qué orgullo! ¡Un peruano triunfador! Con su nombre antepuesto por un don, del tamaño del respeto y admiración argentinos en la voz del maestro inolvidable,   respaldado por el aplauso justo y emotivo de un público entendido.

— ¡Ricardo Vaghi y Norberto “Estampilla” Yácono, en la defensa del área. (Aquella vez, sólo dos hombres guardaban tremenda área marcada de cal). ¡Otra ráfaga de aplausos, gritos y maquinitas deportivas,  avivaba la narración que se oía lejana, como de otro mundo. Luego continuaba. La  línea medular de Alves con Alberto Gallo, Antonio Báez y Roberto Coll –más aplausos y maquinitas.

— En la delantera -decía el maestro en medio de una explosión de palmas y gritos de la hinchada millonaria- ¡Juan Carlos Muñoz, de winger derecho; José Manuel Moreno, de insider derecho; Adolfo Pedernera, de centro forward; Ángel Amadeo Labruna, de insider izquierdo y, Félix Lousteau, de winger izquierdo! Tras cada nombramiento, gritos, aplausos y la reventazón de cohetes ensordecedores. Eso era en mi caso. En el del tío Santiago, hincha por  lealtad laboral,  cuando uno de los  protagonistas era FERROCARRIL OESTE.

Durante los noventa minutos que duraba el partido, vibrábamos con la voz siempre amiga, siempre grata del inolvidable maestro Fioravanti. ¡Qué imborrables tardes aquellas! Tras cada gol con su grito inacabable de triunfo, mi pobre corazón reclamaba el abrazo del padre que nunca tuve. Sólo la cómplice sonrisa del viejo carrilano lo reemplazaba. ¡Que Dios lo bendiga! Tres días después, volvíamos a vivir la emoción del encuentro en las crónicas escritas de Oswaldo Ardizzone, Dante Panzeri, Onelio Lazzati, Pepe Peña, Armando y Liberti en las páginas de la extraordinaria revista que guarda en sus páginas la historia viva del deporte argentino, EL GRÁFICO. Allí escribía otro “Señor” del fútbol, un periodista asombroso, don Ricardo Lorenzo “Borocotó”. Nunca alcancé a leer otra pluma más hermosa especialmente cuando refería pasajes de la historia del “fóbal” en sus famosas “Apiladas”. Cuando puntualizaba las hazañas de los mejores, principalmente de aquellos pibes que emergieron de los potreros argentinos para coronarse en la cima de la gloria. Aquellas notas asombrosamente conmovedoras, estaban urdidas con un acicalamiento y emotividad inolvidables. ¡Qué grande “Borocotó”!

Por aquellos días –permítanme la digresión- con los chicos de la escuela, yo conformaba un “Team” muy temible que representaba al Segundo “A” de primaria y al que le puse “La Máquina” como la de River. Al vernos jugar tan acicaladamente con pases precisos y gambetas elegantes, nuestro maestro de la sección, Mamerto Galarza Mayor, “El Gato”, en  el paroxismo de la admiración lo cambió por: “LA BORDADORA”. Fue la oncena al que sólo los grandazos del sexto año, con muy malas artes y a punto de patadas, doblegó en el  campeonato Intersecciones de aquel año de 1945. ¡Quedamos segundos después de bailar a tremendos rompepiernas!. En la delantera de aquel equipo jugábamos, Fena Livia Chávez, un mago espectacular para mover el balón; El Pato” Pagán, “Uto” Soto, Agustín Bustamante, Humberto Bernuy, Antonio “Cara de palo” Quintana y, yo, el “Cushuro”. ¡Cómo olvidarlo!

Aquel año lucimos unas camisetas moradas con rayas negras de mangas largas y pasadores en el cuello que nos regaló don Cipriano Proaño, Alcalde del pueblo. Y nos las regaló porque nadie se había atrevido a comprar aquellos uniformes de colores tan tétricos como para una funeraria. Con esas camisetas descomunales, que nos llegaban hasta los talones  causamos sensación en la escuela. ¡“La Bordadora”!. Al finalizar el último partido del campeonato, grité como nunca. ¡La Bordadora es como la “Máquina” del River!  Todos me aplaudieron.

Por otro lado –anudando los hilos del recuerdo- estábamos muy bien enterados del acontecer futbolístico argentino de aquellos días. Particularmente para mí constituía una gran satisfacción llegar al Club “Centro Tarmeño”, en cuya salita de estar podía ver a Máximo Lazo, notable centro delantero; Enrique Wilson, incomparable wing izquierdo; Abel Herrera, insider derecho colosal; Benito Alfaro, salido de las canteras del “Huracán”, con un toque maravilloso de pelota y otros maestros del fútbol. Tras saludarlos, solicitaba al bibliotecario el último número de aquella joya del periodismo deportivo de entonces: EL GRÁFICO. ¡Qué emoción! Conocer a través de las fotografías a los cinco de la “Máquina del River” ya nombrados y a las estrellas de otros clubes como Mario Boyé, Arsenio Erico, Bernabé, “La Fiera” Ferreira”, “Tucho” Méndez, con su pinta de actor de cine; “El zorro” Stábile, Ángel Perucca, René Pontoni, Antonio Mourino, León Strembell, Ezra Zued, Juan Carlos Colman, y tantos y tantos cracks que nos hicieron soñar. La influencia del fútbol argentino fue tanta en nuestra tierra que, a lo largo y ancho de su territorio, destacaron equipos de barrio como: San Lorenzo de Almagro, River Plate, Independiente, Huracán, Racing, Atlético Banfield Club, etc.

Cuánto bien nos habría hecho ver jugar a nuestros ídolos como ven los chicos de  ahora, en la televisión. Sin embargo, inspirados por es  maravillosa intuición de niños, hilvanábamos jugadas notables. Es más, con Fena Livia fuimos los primeros en imitar a ese gran jugador nuestro, Baldomero Meza Limas, “Challwa”. Él era el único que realizaba espectaculares  “Chalacas” que otros llaman “Caracoles”. Con Fena cobrábamos cinco centavos por cada “Chalaca” espectacular que efectuábamos a la orilla de la laguna de Patarcocha. Los mayores nos pagaban gustosos por las demostraciones. Nuestro principal cliente era “Michilín” Gutiérrez. Algunos aprendieron, otros no, pero tras numerosas  demostraciones teníamos para pagar las entradas a las seriales de los viernes el en “Cine Grau”. Los domingos eran sagrados para mí. Ese día estaba destinado a vivir las más grandes emociones con los relatos transmitidos por la radio que, al fin y al cabo, eran la máxima diversión que podía alcanzar. En tanto los escuchaba, soñaba –mi ilusión infantil de aquellos años- conque algún día integraría un equipo famoso como el River, o llegaría a ser un brillante narrador de fútbol como Fioravanti. El primer deseo no se cumplió, pero el segundo sí. Con creces. Fui relator radial de las emisoras de mi pueblo con solvencia y con cariño. ¿Lo recuerdan…?

La fabulosa “Máquina” del River Plate de Buenos Aires. Están Muñoz, Moreno, Pedernera, Labruna y Losteau.

la maquina de river plate
La fabulosa “Máquina” del River Plate de Buenos Aires. Están Muñoz, Moreno, Pedernera, Labruna y Losteau.