LA PALLAQUERA (Cuento)

la-pallaquera-4Cuando se enteró que en las minas cerreñas podía ganarse buenas monedas, se apresuró a viajar para enrolarse en el contingente de obreros. Le habían dicho que trabajo era muy duro para una mujer, pero no se acobardó. Era muy joven y la naturaleza le había dotado de dos cualidades extraordinarias: una fortaleza asombrosa y una belleza perturbadora. Su vigoroso cuerpo juvenil cubría con  numerosas polleras de colores festivos; su corpiño, ciñendo su busto turbulento estaba a punto de reventar y su cata de colores cubriéndole los hombros la hacían parecer una reina. Rostro sonrosado y hermoso de piel fina y suave; cabellera profundamente negra untadas en dos trenzas acicaladas con cintas de color rojo; labios carnosos guareciendo dientes perladamente nacarados y fuertes; ojos intensamente negros con un extraño fulgor que daba miedo mirarle. Los mineros que la vieron llegar se impresionaron de su belleza magistral pero, cuando la miraban a los ojos, quedaban extrañamente perturbados. No se explicaban por qué.

Todos pensaron que en poco tiempo abandonaría el trabajo pero se equivocaron. A la puerta de la mina, con una pesada comba como la más experimentada pallaquera, trituraba los metales que los capacheros sacaban de las profundidades. La tarea la efectuaba sin sentarse. Se inclinaba sobre los minerales y los molía a golpes. Esta tarea era contemplada por el “tareador” y el vigilante que arma en mano controlaba el trabajo. Al ver esas ancas poderosas, meciéndose  hacia un lado y hacia el otro, les hacía tejer sueños de posesión y lujuria. Ella lo sabía muy bien, pero no les hacía caso. Sus compañeras –otras moledoras que cumplían igual tarea- se sorprendían de su fortaleza. En el poco tiempo que tenían de descanso, conversaban y le hacían conocer los pormenores del trabajo. Así se enteró que dentro de la mina se ganaba tres veces más, pero para ellas era imposible. Jamás dejarían entrar a una mujer en las galerías. Estaba  prohibido. Ella no desesperó. En sus momentos de soledad se dedicó a urdir mil planes y sueños.

Un día, la noticia que llegó a sus oídos le alegró sobremanera. En la Mina de Rey –la más pródiga de la zona- se había descubierto una “bolsonada” asombrosa de “pacos” y “pavonadas” de plata de alta ley. Inmediatamente, sin mayor trámite, comenzaron a recibir “barreteros”, “pallaqueros”, “moledoras” y “japiris”.  Ella, poniendo en juego su inventiva y audacia, se disfrazó de hombre con todos los aditamentos mineros de la época, ciñó fuertemente sus senos, se tiznó la cara y apretujando sus trenzas se caló un “lapichuco” (sombrero viejo) amplio. Listo. Nadie podría pensar que era una mujer. Sin más trámite la enrolaron en aquel ejército de trabajadores de las  profundidades.

Dentro de la mina se las arregló para ir a laborar en la profundidad de los frontones. No quería que nadie la descubriera. Por la dedicación y pujanza de su trabajo, cualquiera habría pensado que era un hombre.

Un día que se hallaba atareada entre los mineros que como luciérnagas hacían titilar sus velas de sebo en la oscuridad, unos ojos brillantes y escrutadores la descubrieron.

  • ¡Hola…!!! – Ella quedó perpleja. Cuando bajó la vista vio a un hombre diminuto pero recio que sonriente la miraba.
  • ¡¿Quién eres…?!- preguntó.
  • Soy el muki. El dueño y rey de las minas –El brillo de sus dientes y el fulgor de sus ojos juguetones la contemplaban extasiado…
  • ¿Qué quieres de mí…? –preguntó ella armándose de valor.
  • Quiero que hablemos porque tengo una propuesta que hacerte. Sólo que tendremos que esperar a que todos se vayan para poder “chacchapar”. Tomaremos unos tragos mientras hablamos… ¿Qué dices…?
  • ¡Bueno!.- Aceptó ella.

Cuando todos se fueron la mina quedó completamente a oscuras. Ellos aprovecharon para reunirse como lo habían acordado. Sólo la lámpara del muki alumbraba a los dos confidentes. El misterioso gnomo de la mina estaba intrigado. La pallaquera no daba ninguna muestra de miedo ni de inquietud, cosa rara en una mujer.

  • ¿No me tienes miedo….? – preguntó el muki
  • No…
  • Tienes mucho valor y eso es muy valioso para una mujer…
  • ¿Cómo sabes que soy mujer….?
  • Las ancas que tienes no pueden ser de un hombre. No eres una yegua, por lo tanto, eres una mujer…
  • No me delates porque está prohibido que una mujer entre en la mina. Si llegaran a saberlo me castigarían…
  • No temas. No te delataré. Aquí nada puede ocurrir si yo no lo ordeno.- La pallaquera contemplaba cómo, con sus manos regordetas, el muki abría el “huallqui” y sacaba abundantes hojas de coca, un “poro” con cal, una pequeña botella de contenido misterioso, y otra, con aguardiente de caña.- Sírvete- invitó extendiendo las verdes hojas de coca sobre un mantel. Ella sin mostrar temor alguno cogió su porción y se puso a masticar..

Largo rato estuvieron en silencio, sumidos en aquel ejercicio de franca amistad, alternando el “chacchapeo” con buenos tragos de caña. Intrigada la pallaquera soltó la interrogante que la había conminado a aceptar la cita con el muki… ¿Qué es lo que querías decirme, Muki…?.

  • Es necesario que sepas que desde que entraste aquí a mis dominios, tu belleza perturbadora me ha seducido. Me ha bastado mirarte para comprender que eres la compañera ideal para compartir mi vida. ¡Quédate conmigo y comparte mis tesoros y mi ostracismo!.
  • ¡Aquí…?!…. ¡¡¡¿En este silencio oscuro y misterioso…?! – preguntó ella tratando de disimular su alarma.
  • ¡Claro que sí! ¡Aquí! Tú sabes que por mi naturaleza no puedo abandonar mi encierro. Estoy condenado a vivir eternamente entre los minerales. Este es mi reino. De aquí no puedo salir. Lo único que necesitaba era la buena compañía de una mujer. ¡¡¡ Tú ¡!! –Te invito para que compartas mi reino viviendo conmigo. Nada te faltará. Al comienzo, claro, extrañarás el mundo que conoces, pero pasado el tiempo te acostumbrarás a la soledad y al silencio; pero, claro, no estarás sola. Yo estaré siempre contigo… ¿Qué dices….?

La propuesta tomó por sorpresa a la pallaquera. Un sinfín de interrogantes inquietaron su mente. Su aguda intuición femenina  le decía que todo lo que el muki le aseguraba, era verdad. En medio de una prolongada oscuridad silenciosa, pasó un buen rato. Calculadora como nadie, la pallaquera, le extendió un reto.

  • Si es cierto lo que dices Muki, tendrías que darme unas pruebas…
  • ¿Cuáles…?! – interrogó el gnomo.
  • Si eres tan poderoso como dices, nada te costaría ayudarme en mi trabajo. Quiero que me facilites mi tarea de sacar buenos minerales dándome un tiempo prudencial para reunir la mayor cantidad de dinero. Quiero ser rica…
  • ¡Trato hecho!. Tendrás toda mi ayuda en tus trabajos y te daré un plazo de tres meses. No más. Cumplido ese plazo serás enteramente mía; solamente mía. Nada podrá oponerse a que se cumpla el pacto.
  • ¡Bueno…!- aceptó la bella mujer.- El muki, muy emocionado se inclinó para coger los senos de la joven mujer, pero ésta se lo impidió – ¡Cuándo se cumplan los tres meses, no antes!- sentenció.
  • Bien está –dijo el muki- entonces para sellar nuestro acuerdo, te beberás este licor especial que sellará nuestro trato- Le alcanzó una botella pequeña para que beba. Cuando por desconfianza quedó en dubitativo silencio, juntó sus manos a las de la mujer y la obligó a beber el licor blanquecino y pegajoso. Cuando terminó de beber un sorbo – Ahora sí, ya es suficiente le dijo. Ahora sé que cumplirás el trato

No hablaron más. Fue suficiente. El pacto estaba hecho.

Desde aquel día, la pallaquera comandó un laborioso equipo de hombres que trabajaba exitosamente en las galerías. En el lugar que ésta señalaba, las ricas vetas se hacían completamente suaves, como si fueran pan de maíz. Era el fruto del encantamiento. Los hombres trabajaban a sus órdenes con un contento especial. En poco tiempo atiborraran innumerables “cajones” de plata de alta ley. Ante la admiración de los mineros cerreños, la pallaquera le llenó de dinero ganándose el respeto de los que trabajaban en su cuadrilla. Lo que nunca le dijo a nadie, porque era uno de sus más grandes secretos, es que pensaba engañar al muki. Jamás podría amar a un hombre diminuto y casi maltrecho, de edad indefinible y de apariencia nada atractiva. Lo que le quedaba era engañarlo. Sería fácil. Como éste no puede salir de la mina, jamás podría encontrarla. Así reunió muy buena cantidad de dinero y muy cercana la fecha del cumplimiento del pacto  partió a su tierra a gozar de sus riquezas. No cumplió con el trato. Quería, sobre la base de sus caudales, derrochar lujo y ostentación, vengándose de los que mal la habían tratado en su pueblo.

Lo que la pallaquera no sabía era que el muki, haciendo uso de sus poderes misteriosos había descubierto sus intenciones nada santas. El día que chacchaparon en la intimidad del socavón, él, previsor como todos los gnomos, le había robado parte de su alma al darle a beber aquel líquido misterioso que con sus artes mágicas, descubría sus más oscuros planes.

Una neblinosa madrugada –ella- hizo cargar sus numerosos bultos de ropas, muebles, adornos y una serie de cajones de plata nativa sobre el carro del viejo Nájera. No permitió que nadie más compartiera el viaje. Ella pagó enteramente todo y, prácticamente, el “mixto” era suyo. Feliz como nunca se subió al carro y partió. Su rostro hermoso iluminado por una amplia sonrisa se recreaba pensando en la cara que pondría el muki al enterarse de que había sido engañado. Lo que ella no sabía era que el gnomo, dueño de las minas, le había robado el alma el día que entablaron el pacto que ella había firmado al beber el semen del hombrecito.

La alegría le duró muy poco a la pallaquera. Al dar vuelta en la fatídica curva de “Atoj Huarco” –camino a Huánuco- el carro se despistó y con todo su cargamento fue a dar a las aguas del torrentoso Huallaga, río que por ahí pasa. La gente que acudió a auxiliar a las víctimas de la volcadura, sólo salvaron al chofer y las cargas que pronto se repartieron. El cuerpo de la pallaquera jamás fue encontrado. La buscaron por muchos días, hasta que abandonaron su búsqueda cansados de rastrear toda la ribera.

Cuentan que cuando la pallaquera abrió los ojos, se encontró en el recinto oscuro de las oquedades misteriosas de la mina. Completamente empapada trató de moverse y alcanzó a ver al muki sonriente, que le cogía de las manos y muy tierno le decía:

  • Tú habías intentado engañarme. A mí, nadie puede engañarme. Aceptaste el trato y olvidaste cumplirlo. A partir de ahora serás mía y ya nadie nos separará nunca.

Los mineros cuentan que la pallaquera, desde entonces, es la mujer del muki. Cuando hacen el amor lo hacen como dos bestias apocalípticas en celo. Desenfrenadamente. Hasta la tierra tiembla con estertores de agonía y hay muchos accidentes. Por eso -aseguran los mineros- no deben entrar las mujeres en la mina.

Pablo Palacios Velásquez

Es uno de los compositores que más ha trabajado por nuestra música y sin embargo se halla completamente olvidado. Era de los que actualmente llaman “cantautor”, es decir que componía y cantaba. Fue director de muchos conjuntos cerreños y en todos ellos dejó lo mejor de su inspiración y profundo amor a la tierra. Minero militante, captó con fina ironía lo que a ultranza ocurriría con los mineros. Con nuestro homenaje por su dedicación a su pueblo, hacemos conocer a ustedes, cuatro de sus más logradas canciones.

R E B E L D I A                                                      J U B I L A C I O N

  (Huayno)                                                                   (Huayno)

Siempre seguiré llorando,                         Yo tengo una esperanza

al recordar de tu infamia,                         tan verde como un limón,

de un pecado me acusan                           cuanto más cuenta me doy,

sin haberlo cometido.                                voy amargando mi vida.

 

Si un pecado he tenido,                             Dicen que cuando yo tenga,

deberías perdonarme,                               mis sesenta años de vida,

y no darme ese castigo,                             entonces tendré derecho,

de una decepción amarga.                        para yo ser jubilado.

 

Me voy del Cerro de Pasco,                       Mañana que yo me muera,

nunca pensé abandonarte,                      y me encuentren sepultado,

pero seguiré pecando                                 dirán ya está jubilado,

conforme tú me enseñaste.                     que descanse eternamente.

 

Ese cariño tan puro                                 Obrero que mal naciste

que siempre te he demostrado,                   para sufrir en la vida,

ahora lo tienes postrado,                            esclavo de tu trabajo,

tan sólo en la rebeldía.                          para ti ya no hay consuelo.

 

FUGA                                                                  FUGA

Al calvario de mi vida,                               Quisiera emborracharme

llevo una cruz muy pesada,                        para disipar mis penas,

por el pecado que tengo,                           porque consuelo no tiene,

me peso de haberte querido.                   ¡Ay!, mi triste desventura.

Letra: Pablo Palacio Velásquez.              Letra: Pablo Palacio Velásquez.

            Música: Severo Díaz.                         Música: Leonardo Herrera.

 

SENTIMIENTO CERREÑO                                  OBSESION.

              (Huayno)                                                  (Huayno)

 ¡Ay! bocamina de Lourdes                        Preso me tienes con tus engaños,

¡cuántas vidas, ¡ay! escondes!,                déjame libre, por Dios te lo ruego,

formando el sentimiento                          yo te he entregado la flor de mi vida,

al contorno de la vida.                              con tus traiciones tú las has marchitado.

 

Yanacancha tambaleando                       Yo por quererte ya mucho he sufrido,

con los tiros de Tacnarica,                          tengo en mi mente tus ingratitudes,

y todos al son del mambo,                        china tu infamia destrozó mi alma,

se van para el cementerio.                         mi amor tuviste de puente en el río.

 

Solamanet Bellavista,                                  Obsesionado tan solo espero,

bien cuidada por los gringos,               aquel momento tan cruel de mi vida

con la muralla que han puesto                quiero confesar todo mi pecado,

piensa quitarnos la vida.                          aquel pecado de haberte querido.

 

                      FUGA                                                           FUGA

Bellavisa, Shuco Punta,                            Si ti supieras amar a Dios,

San Juan Pampa y Yanacancha,             si tú supieras amar al hombre,

todo, todito cholita,                                 no hay cuidado con los demás,

Cerro de Pasco amurallado.                      y mi cariño te ganarás.

 

Pobre mi Cerro querido,                           Letra yMúsica:

vivirá esclavizado,                                     Pablo Palacios Velásquez.

quien fuera Ramón Castilla,

para poder libertarlo.

 

Letra: Pablo Palacios Vásquez.

Música: Julián Mayta Carranza.

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La desaparecida capilla de Uliachín

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Si usted se fija bien en esta vieja fotografía del Barrio de la Esperanza (Inicios del siglo XX), podrá ver en la parte superior izquierda, recortando el horizonte, el cuerpo de la vieja Capilla de Uliachín. Recuerdo que con los chicos de mi escuela nos aventuramos a visitarla llenándonos de miles de sorpresas y no pocos misterios. Al promediarse el año cuarenta y cinco desapareció misteriosamente. La historia que me contaron viejos habitantes de la zona, es la siguiente:

De esto hace ya mucho tiempo. Cuando los frailes franciscanos –primeros que aparecieron por nuestros pagos- llegaron con el fin de “Extirpar idolatrías”, lo primero que hicieron fue deshacer una enorme “Apacheta” que quedaba en la cumbre del cerro de Uliachín. Es decir, un cúmulo de piedras de diverso tamaño que los viajeros “pircaban” en señal de buen augurio para el viaje que empezaban a realizar.

Estaban convencidos de que en esa “Apacheta” moraban los gentiles, seres protectores que les aseguraba el buen éxito del viaje. Por eso los frailes después de decir misa y rezos en latín, echaron por los suelos este montículo y, con el trabajo de los mismos hombres, erigieron una capilla en cuya edificación utilizaron las mismas piedras de la derruida “Apacheta”, cubriéndolas después con un rústico techo de paja. Era –por decirlo así- una amalgama de creencias fundidas en aquella capilla católica. Es más, colindante con ella se habilitó un pequeño campo santo para enterrar a los difuntos de la zona. En el altar principal se fijó un crucifijo de madera que veneraban cada dos de mayo de cada año: “Día de las Cruces”. En días claros de sol, desde la ciudad minera se podía ver este pequeño santuario fulgurante en la cumbre misma de aquella abra histórica.

Don Gerardo Patiño López, mentor y auspiciador de las celebraciones referidas a la Batalla del Cerro de Pasco, aseguraba que no obstante lo empinado del lugar, los cadáveres de los caídos en aquella contienda –patriotas y realistas-, fueron sepultados en el camposanto aledaño a la capilla. Debe ser cierta esta afirmación porque, pasados muchos años, fueron halladas pequeñas piezas de artillería y pistolas y bayonetas en los hoyancos fúnebres. Alguno de estos objetos vimos en la dirección de nuestra escuela de Patarcocha. Un amigo, compañero de escuela de entonces me regaló con una pistola que con mucho cariño le entregué a mi nieto Rodrigo. Ojalálo guarde con cariño.

Volviendo a la Batalla del Cerro de Pasco,  por aquellos días, sólo el cementerio aledaño a la iglesia de Santa Rosa estaba vigente. Es más. Cuando en 1945, el ejército argentino quiso repatriar los restos de sus soldados caídos en aquella contienda, se llevaron puñados de la bendita tierra cerreña que –estamos seguros, empapados de sangre guerrera argentina- que ahora reposan en sendas urnas junto a las tierras de Chacabuco y Maipú.

Andando los años, la capilla, destruida por la indiferencia de los vecinos, la intemperie y la dureza de nuestros inviernos, fue reedificada a la entrada de Uliachín, en la parte baja donde se encuentra en la actualidad.

Cada mes de mayo, celebrando la Fiesta de las Cruces, se realiza en este santuario, el homenaje a Cristo Redentor con moji9gangas, misas, chunguinada, negritos y alegría general del nuestro pueblo.

¿Sabía usted….?

cafe-mokaEl famoso café MOKA, donde se reunían los españoles a conversar con sus connacionales: sevillanos, vascos, catalanes, madrileños, manchegos, gaditanos, asturianos, etc.  era un lugar muy frecuentado no sólo por éstos sino también por miembros de otros consulados. En este lugar, propiedad del ciudadano catalán Marcelo Curty, ubicado en la segunda cuadra del jirón Grau, se bebía el famoso café abisinio que los españoles hacían traer mediante su consulado a la tierra minera. Además bebían sus chatos de manzanilla, jerez y otras bebidas extranjeras.

HISTÓRICA DELEGACIÓN MUSICAL CERREÑA (1928)

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Integrantes de la representación musical cerreña en el festival limeño de Amancaes del año 1928. Su éxito fue clamoroso por lo que fueron invitados a gravar los primeros discos de música folclórica del Perú. Este conjunto fue el que por primera vez grabó la música popular folclórica de nuestra tierra. Aquella oportunidad consiguió también, apoteósico triunfo en el teatro Forero. Aquella inolvidable delegación estuvo integrada  por los siguientes señores. (Primera fila, arriba). Daniel V. Galarza, tramoyista que presentó un hermoso decorado con el Socavón de Rumiallana que sirvió de fondo para la memorable actuación; don Eliseo Malpartida Rocco, (Presidente), Mariano V. Collao y Alejandro Rodríguez Albornoz (Delegados). (Segunda Fila): César Urbina, Andrés Rojas, y Jorge Dávila (Violines); Erasmo Machado Sarmiento, Julio V. Rodríguez, y Silverio Laurent (Guitarras); (Tercera fila): Justiniano Ariza (Quena), Nicéforo Bravo y Adrián Galarza Gallo (Clarinetes); Armando Paredes Ugarte (Saxofón); Antonio Velita (Fríscol).

¡Feliz Año Nuevo!

feliz-ano-nuevoEn esta parte de nuestro blog, hemos querido rememorar la figura de uno de los más queridos y geniales compositores populares que  tuviera nuestro Cerro de Pasco.

Fue hijo de un ganadero escocés, en una linda muchacha cerreña. El escocés fue traído, entre otros, por don Eulogio Fernandini para atender su exitosa ganadería que obtuviera rotundo premios en certámenes ganaderos del país y el extranjero con su famoso ganado merino.

Arturo Mac Donald bebió de la leche materna todo el amor por la tierra cimera a la que más tarde va a cantar en sus hermosos versos carnavalescos. Irrumpe en la palestra en la segunda década del siglo pasado, cuando en nuestra ciudad había una pléyade de notables poetas y músicos. Los periódicos en los que se encuentran sus creaciones, son en “El Diario”  y  “Los Andes”.

Todavía añoramos la vieja costumbre cerreña que el tiempo y la falta de mística han ido matando: La serenata de año nuevo. Me permito, con el permiso de ustedes, recordar algo de aquella estampa de nuestro pueblo

Recibir con gran alborozo el primer día del año era costumbre que se había establecido en nuestra ciudad. Las instituciones oficiales como la Prefectura, alcaldía, parroquia, clubes carnavalescos y casas particulares, realizaban  grandes festejos.

Al llegar las doce en punto de la noche se escuchaba el agudo vibrar de la sirena de los bomberos de la “Cosmopolita”, el  “pito” de la compañía minera Mining Company, el de la ferrocarrilera “Railway Company” y los ensordecedores cohetones de clubes e instituciones públicas. Simultáneamente, familiares y amigos, entrelazados en cálidos abrazos, se deseaban mutuos éxitos para el año que empezaba. En los clubes se hacía derroche de champaña que no necesitaba ser helada; el clima contribuía a ello. En los hogares se degustaba el sabroso ponche de cocos que todos repetían a discreción. Ostentaba un sabor muy especial en secreta  combinación,  en cada caso. Cuando evocamos aquellos momentos con la cálida presencia de nuestros viejos que ya nos dejaron, no podemos menos que estremecernos de nostalgia.

Para el primero de año los diarios efectuaban meticulosos balances de lo realizado en la vida comunal con logros y fracasos, pero en todo caso, expresaban su vivo deseo del inicio de una etapa de progreso y bienestar para sus lectores. “Los Andes”, de don Silverio y Andrés Urbina; “El Minero”, de don Gerardo Patiño López; “El Diario” de don Herminio Cisneros Zavaleta; “El Grito del Pueblo” de don Benjamín Hurtado; “Cresta, Pico y Estaca” de Juan de Dios Arturo Malpartida (Juan DAM); “Carcajadas” de Ambrosio Casquero; “El Trabajo” de Octavio Pequeño Urbina, “La Antorcha” de don Miguel de la Matta; “El Esfuerzo” de don Ramiro Ráez y don Herminio Cisneros (Su primo hermano); “Deportes” de don Adolfo Casquero; “El Hipo” de don Ramiro Ráez Cisneros, etc.etc.  En todos ellos se publicaban las colaboraciones de las más prestigiosas plumas del pueblo.

Por su parte, los clubes carnavalescos estrenaban las canciones creadas por sus vates y músicos notables. “El Vulcano”; “Apolo”, “Tahuantinsuyo”; “Lira Cerreña”; “Filarmónico Andino”, “Cayena”; “Mefistófeles”. Cada club imprimía estas canciones en sendas hojas de seda y las repartía la última noche del año en retreta que se efectuaba en el “Kiosko Escardó” con beneplácito de los oyentes. No importaba la tormenta de nieve que cayera esa noche. Para eso se salía muy bien abrigados con chompas, chalinas, casacas impermeables, guantes, sombreros y amplias paraguas. Los fenómenos atmosféricos eran parte de la celebración. Para combatirlos se servían hirvientes ponches de cocos con huevos. Los mayores le echaban su “alma” es decir un buen copón de cognac o ron de Jamaica. Los más expeditivos servían “los calientes”, bebidas preparadas con hirviente aguardiente de caña de Quicacán o Vichaycoto y concentradas hojas de eucalipto, wila wila, huamanripa y escorzonera, cortados con jugo de limón.

Finalizada su presentación en la glorieta citadina, músicos, cantantes y allegados eran invitados a los hogares de conocidas familias de la ciudad, donde realizaban fastuosos bailes que se prolongaban hasta el día siguiente.

De todas las canciones que fueron muy bien recibidas para aquella fecha, hay una que ha permanecido por mucho tiempo en el recuerdo de nuestras familias. Es el huaino de Arturo Mac Donald que tiene por nombre “Lírico Consejo” pero que el pueblo –especialmente los viejos- la conocen como “Año Nuevo”.

LÍRICO CONSEJO

(Año Nuevo)

 Año Nuevo, nuevas flores

en el jardín del vivir;

quisiera nuevos amores,

para dejar de sufrir

 …

La piedra de la peñita

resbala por resbalar

cuidado mi correntía

así te vaya a pasar.

… 

En la roca resbaladiza

no te pongas a jugar,

porque la piedra dura v lisa

bien te puede traicionar

 …

No te olvides cerreñita,

mi consejo y mi pasión,

que sería mi penita

más triste que tu traición.

Luciano Remuzgo Kesovia

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Luciano –me aseguraba don Julio Patiño León, músico como él- era hijo de dos jóvenes croatas que nacidos de Dubrovnick, consolidaron su amor en nuestra tierra.

Luciano tenía el perfil de un asceta. Perfil afilado de un conocido caballero castellano; huesudo y enjuto como el de un personaje de “El Greco”. Sus largos brazos se prolongaban en dedos finos y enormes que con gran maestría hacían cantar a las sonrientes teclas del piano o del acordeón. Dedos tan finos que en el delgado diapasón del violín, hacían gemir a las cuerdas en misteriosos trémolos y agudas vibraciones. Me parece verlo en un umbroso rincón de la Iglesia Chaupimarca, inclinado sobre la desvencijada partitura del “Ave María” de Schubert, acompañando al argentado saxofón de otro gran cerreño: don Armando Paredes Ugarte.

Los invitados circunspectos enmarcaban una boda. En esa ocasión tan especial, el violín de Luciano Remuzgo Kesovia –con viejas reminiscencias de Stradivarius- le daba el toque majestuoso y tierno a los esponsales cerreños. La vetusta nave de la iglesia se remecía con el acompasado dúo cuando concluido el desposorio, la “Marcha Nupcial” se convertía en aleluya para los recién casados, parientes y amigos.

Pero esta no era la única faceta de Luciano, no. Había un trastoque enorme entre este personaje serio y acicalado de negro que, cual Paganini, estremecía los corazones con viejos y queridos compases, y el otro, el popular, el alegre y vivaracho violinista de nuestra música. Ya en el terreno profano, ubérrimo y alegre, sus huaynos y cachuas, sus mulizas y chimaychas; sus valses y polkas, sus marineras y resbalosas llevaban su sello personal. Por más que los numerosos instrumentos de viento trataran de apoderarse del ámbito fiestero, surgía invicto el tono armonioso de su violín siempre sonoro, siempre magistral.

Han transcurrido muchos años de su partida y creo que en las claras noches de luna cerreña, su alargada y quijotesca figura –violín en ristre-  deambulará por el íntimo salón de baile del C.J.C; por el amplio confín del viejo Copper; por el estrecho y amical escenario del “Team Cerro”; por el espacio lleno de columnas del viejo “Alfonso Ugarte” y, tal vez cuando el sueño cierra nuestros párpados y la prieta oscuridad cubra a nuestra vieja tierra minera, por sus calles macilentas y arruinadas; por las callejas umbrosas y desiertas, por sus vericuetos despedazados y muertos; montado en su fantasmal jamelgo, con sus desmedidas piernas irá con su séquito de músicos nuestros a cantarle un responso a nuestra tierra. Es posible. Es muy posible, porque creo que así como los hombres tienen espíritu que vagan y se adueñan de la noche, así también, llorosas y emocionadas, las almas de nuestras calles musitarán una plegaria de lacerante agonía al oír el mágico violín de Luciano

ABRIENDO CAMINO (Primera parte)

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Ruta del “Camino Real de la Plata” por donde discurrían las caravanas muleras que venían de Tucumán y las carretas que iban o venían de Lima. La ruta fragosa y accidentada sirvió de base para el trazado del itinerario de nuestros héroes, que en gran parte, la modificaron para cortar distancias.

El domingo 30 de octubre de 1932, en marco de gran algarabía popular, se inauguraba el camino carretero que partiendo del Cerro de Pasco tramontaba la cordillera de la Viuda y pasando por Canta, llegaba a Lima. Este camino que beneficia a  la capital minera del Perú y a la vecina ciudad de Huánuco, aún hoy día, cuando los huaycos interrumpen la Carretera Central, sirve como ruta alternativa para llegar a la capital. La historia de su nacimiento y culminación es esta.

Los primeros días de enero de 1925, el ilustre cerreño don Santos Cuadrado y Pérez lanza la iniciativa de construir un camino para empalmar con el ramal de Canta a Lima que el gobierno estaba construyendo pidiéndole a la Municipalidad convoque a los hombres más representativos a una reunión de planificación. El pedido es aceptado por el Alcalde francés don Leopoldo Martin y sus regidores que se reúnen con el fin de constituir un comité encargado de ejecutar la obra. Primeramente eligen a su junta directiva: Don Santos Cuadrado y Pérez, en calidad de Presidente; los señores Teobaldo Guzmán, Mateo Galjuf, Carlos Languasco, Ernesto Lercari, Aquiles Venegas, Esteban Quintana Guzmán, Cesáreo Villarán, Vicente Caballero Thompson, y Melecio Ponce, en calidad de vocales. El pueblo recibió con mucha simpatía esta designación y se dispuso a brindar su más amplio apoyo.

Para cumplir con requisitos entonces vigentes, la flamante comisión hace del conocimiento del Presidente de la República este anhelo ciudadano. Leguía, que en el programa de su gobierno había considerado la apertura de numerosas carreteras, acoge con simpatía el proyecto y reconoce oficialmente al Comité y con el propósito de procurar un apoyo gubernamental de su despacho, designa a dos técnicos especializados en el  ramo, los ingenieros Rosendo Icochea Calderón y Manuel Belisario Llosa. Ellos debían informar acerca de la viabilidad de la obra. Efectuados algunos escarceos  topográficos, mecánicos y superficiales, evacúan el informe técnico negando toda posibilidad para su construcción. El lapidario y grosero informe lo cierran con una palabra: IMPOSIBLE.

Lima archiva el proyecto.

Recibido el concluyente informe, don Santos Cuadrado y Pérez que había dedicado los mejores años de su vida al estudio del proyecto, no lo puede creer y enferma gravemente. El choque ha sido muy cruel para su cansado corazón. Sin embargo, repuesto de su salud gracias al aliento de sus amigos y personal entereza, viaja personalmente a Lima a entrevistarse con el General Augusto Bedoya, Senador por Junín y con el señor Patiño, Diputado por Canta, a quienes invoca sus colaboración y empeño para la realización del plan. En este mismo viaje nombra a los señores Víctor Cipriano y Gerardo Gallo, representantes Plenipotenciarios del comité central. Con el calor que ha sabido imbuir en sus corazones, estos hombres dedican sus mejores esfuerzos para conseguir que se revise el proyecto. La lucha es tenaz, porque el gobierno se opone una y otra vez:

–!Es imposible que un carro pase por “La viuda” –dicen-

–!La idea es una verdadera locura! – remarcan.

Esta vez se archiva definitivamente el proyecto.

A esas alturas, don Santos Cuadrado y Pérez, que muchas veces había cruzado “La Viuda” a lomo de mula, sostiene terca y valientemente que sí es posible que los carros puedan cruzar aquellas soledades. Contaba con un antecedente muy ejemplar. El gran automovilista limeño, Carlos Olavegoya Krugger, hacía diez años había realizado un viaje de Lima al Cerro de Pasco en un raid que se consideró muy peligroso porque no había un camino trazado para el caso. Remontó Obrajillo, Canta y La Viuda y apareció en la ciudad minera. Coronaba así la audacia de haber sido el primero en realizar un ascenso al cerro San Cristóbal el 31 de marzo de 1914. Con todas estas pruebas, don Santos Cuadrado y Pérez, baquiano como ha sido, se ratifica en sus conceptos y lamenta estar ya anciano para poder demostrar a los incrédulos la viabilidad de su idea. Ya siente el peso de los años sobre sus espaldas, pero confía en que dos de sus  mejores amigos –jóvenes todavía- podrán realizar el proyecto y, esperanzado, los convoca. Es imperativo efectuar la travesía. Con ella probaría la viabilidad de su construcción.

El 20 de octubre de 1925, en los salones de su notaría, reúne a sus dos mejores amigos: Teobaldo Salinas y Manuel Oyarzabal. Expuesta la detallada propuesta, los dos audaces aventureros, comulgan con la idea. Ellos también están convencidos de que es factible el proyecto. Emocionados como tres adolescentes pasan varias horas en el despacho discutiendo detalles de la gesta. Visiblemente emocionado, don Santos Cuadrado y Pérez les dice que como él, por lo avanzado de su edad no puede ser de la partida, va a poner los cimientos económicos para el cumplimiento de la hazaña. Ofrece el donativo de 25 libras de oro de su propio peculio, y diez libras más –como premio pecuniario- caso de que se cumpla con éxito. Un cariñoso y fraternal abrazo cierra el trato.

Los dos amigos, considerando que tamaña acción sería superior a sus fuerzas, deciden enrolar a gente joven que pueda auxiliarles en la empresa. Convocan a Juan Manuel y Antonio Beloglio, sobrinos de don Manuel Oyarzabal y a dos entusiastas jóvenes más: Asunción Cornejo e Isidoro Delgado. Ya la tripulación está conformada: dos templados y maduros hombres de lucha que llevarán el comando y cuatro bizarros y temerarios jóvenes que recién están entrando en la mayoría de edad. Un pequeño pero valioso puñado de cruzados en pos de un ideal.

El siguiente objetivo fue el vehículo. Eligieron el pequeño pero sólido FORD T, modelo 1915 de una tonelada de peso,  propiedad de don Teobaldo Salinas y don Manuel Oyarzabal. Éste era, en aquel momento, el coche más popular y de mayor nivel de ventas en el mundo. Había comenzado a fabricarse en 1908 en la factoría Highland Park de Detroit, con una producción de 10.000 unidades, llegando a dominar el mercado automovilístico americano, con 2.000.000 de coches vendidos sólo en 1923. El heroico Ford que mencionamos había cumplido un excelente papel de transporte en la ciudad no ocasionando ningún problema a sus propietarios. Chasis inmejorable, motor a toda prueba, transmisión y suspensión insuperables. Era sólido, resistente y muy dúctil para las maniobras más exigentes, sólo que para las tareas que debía cumplir en la ciudad, le habían despojado de coberturas superiores quedando sólo el motor con un resistente chasis de hierro. Eso sí, le habían soldado, a manera de parrilla, unos soportes de hierro adecuado con unos ganchos y aditamentos especiales para poder introducir tablones, maderas, cuñas o soportes más grandes con los que, en algunos casos, llegaban a disponer de un toldo que cubría gran parte del coche –caso de lluvia copiosa-; por lo demás, no contaba con parabrisas que pudieran protegerlos de los vientos cordilleranos, terriblemente agresivos en estos páramos. Sus faros muy débiles a ambos costados de los mellados guardafangos y sus llantas, si bien no estaban muy viejas, tampoco eran de reciente fabricación. Todas las deficiencias que se podían distinguir a primera vista lo solucionarían con el desbordante entusiasmo que animaba a los heroicos raidistas.

Con la prolijidad que el caso requería, reforzaron las partes que el coche requería y le hicieron una meticulosa revisión y aceitado. Reunieron para ello un alijo de maderas y fierros necesarios para casos de emergencia. Asimismo se preocuparon de premunirse de ropa adecuada para el duro trabajo de campaña; la alimentación apropiada para el viaje; las herramientas y repuestos más indispensables; un botiquín con los medicamentos necesarios; lámparas, explosivos y todo aquello que en esta clase de viajes se hace indispensable. Como lo habían acordado inicialmente, así efectuaron los preparativos: en la más completa reserva. Es necesario mencionar, a estas alturas del tiempo que, aquella fue una aventura muy osada si se tiene en cuenta las amenazas del tiempo y la precaria garantía de seguridad del vehículo.

CONTINÚA…