SIMÓN BOLÍVAR Y RICARDO PALMA POR AUGUSTO TAMAYO VARGAS

En CARETAS de 20 mayo, 2016

El 24 de julio de 1783, “en un caserón de nobles criollos caraqueños de ascendencia vasca”, vino al mundo Simón José Antonio de la Santísima Trinidad… Doscientos años después, en 1983, Caretas, la tradicional revista limeña, publicó un homenaje al libertador venezolano, dentro del cual se encuentra el siguiente texto de Augusto Tamayo Vargas, polifacético hombre de letras, en el cual analiza a Bolívar según los escritos de don Ricardo Palma.

Augusto Tamayo VargasBOLÍVAR Y RICARDO PALMA

Por AUGUSTO TAMAYO VARGAS

Augusto Tamayo Vargas, presidente de la Sociedad Bolivariana y también de la Academia de la Lengua, hace un recuento de la presencia del Libertador en los celebrados escritos del tradicionista Ricardo Palma. Tamayo Vargas descubre para los lectores de CARETAS la admiración que, a pesar de algunos ácidos escritos, el talento y la pluma del tradicionista, se rinden frente a la magnitud histórica de las gestas realizadas por el genio cuyo bicentenario es recordado con gratitud por América entera.

Cuando suena el “Clarín de Canterac” estamos en la Pampa de Junín. Con dos brochazos se pasa de la derrota a la victoria de los patriotas, con la figura central de Necochea y de los “Húsares del Perú”, rebautizados con el nombre de “Húsares de Junín”. En cuanto al hombre del clarín –un realista– terminó de sacerdote en vez de ser fusilado, cuando fuera hecho prisionero al final de ese rápido combate de arma blanca que cantara Olmedo en su tan repetida Oda onomatopéyica. Al fondo del cuadro ya está Bolívar.

A pesar de que Palma no guarda por Bolívar la profunda simpatía que le despiertan San Martín y otras figuras, la admiración por el héroe cede a cada paso a cualquier resistencia. Esta era debida a la posición liberal de Palma que, al igual que en otros países bolivarianos, se enfrentó a lo que se consideraba el cesarismo del Libertador. En el Perú, los liberales estuvieron unidos a los conservadores centralistas limeños que vieron en Bolívar al destructor de la corriente monárquica y de los intereses locales; así como podemos decir que los “señores” de provincias, los conservadores del Sur, por ejemplo, que tenían una abierta posición republicana y federalista, se tornaron mucho más empecinadamente bolivarianos que los hombres del centro. Habría que leer los dos artículos de Luis Ulloa, comentado la Historia del Perú Independiente de Nemesio Vargas, en los que se afirma que en el Perú no hubo aversión a Bolívar, sino por el contrario simpatía y devoción en las clases populares, y la oposición sólo en los retrógrados y en los caudillos a quienes hacía sombra la figura del Libertador. La sentencia contra Berindoaga –motivo de ataque de muchos– fue firmada por Unanue. La formación de Bolivia era ajena entonces al Perú, pues pertenecía la región del Alto Perú al Virreinato de Buenos Aires; y más bien, cuando se busca la Confederación –diez años después– el grupo centralista se opone a ella en nombre de un nacionalismo curioso, frente a un Santa Cruz, héroe y mariscal peruano. La Constitución Vitalicia de Bolívar fue un medio de establecer un orden frente a la anarquía que se desbordaba y que se desbordó. Todo esto se desprende de la crítica analizadora de la política peruana de Luis Ulloa en los artículos publicados en Ilustración Peruana de 1912.

Y volvamos a Palma. “La justicia de Bolívar” nos lo presenta en Ancash, en la ciudad de Carás, de tono blanco contra los nevados de la cordillera. Al final, la “goda” señora de Munar, a quien Bolívar reconoció el derecho  de salvaguardar su honra exclamará: “¡Viva el Libertador! ¡Viva la Patria!”… Todo ese momento de recuperación patriota, de la que es símbolo el grito anterior, se exhibe en el “Origen de una industria”, con la captación para el Perú del sector de Maynas, desde Moyobamba; hasta culminar en la batalla de Junín, cuyo episodio está vinculado a un “clarín”, como en el poema de Olmedo: “Y el clarín de victoria/que en ecos mil discurre ensordeciendo/el hondo valle y la enriscada cumbre/proclaman a Bolívar en la tierra/árbitro de la paz y de la guerra”… Hay dos tradiciones significativas sobre Bolívar: una “Bolívar y el Cronista Calancha”, donde lo vemos en ese trance de su personalidad intelectual cuando saca luces de los textos literarios o históricos aún para remover a un funcionarios; y la otra, “La última frase de Bolívar” –escrita ya en la plácida senectud de Palma– con el final en Santa Marta del Libertador, quien susurra murmurante: “Acérquese usted, doctor… se lo diré al oído… Los tres grandes majaderos hemos sido, Jesucristo, Don Quijote y yo”.

El sentimiento de admiración por Bolívar no se empequeñece por aquel afán de mostrarlo mujeriego o enamoradizo. Por ejemplo, en “la vieja de Bolívar”, con la Manolita Madroño, a quien conoció el tradicionista de oídas. Vivía por 1898 en Huaylas. “¿Cómo está la vieja de Bolívar?” –le preguntaba la gente. Y ella respondía con picardía: “como cuando era moza”…

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El autor de la nota en la casa paiteña donde muriera “La Libertadora”. (Foto y leyenda: Caretas).

Palma lo cuenta entre sus últimas tradiciones. Y a renglón seguido vendrá el consabido cuento de “Las tres etcéteras de Bolívar”, que tiene tanto sabor de narración siglo XIX con mezcla de antigua leyenda del XVII, a lo Rodríguez Freile, el de “El Carnero”, de Santa Fe de Bogotá. Sólo que en Palma es entusiasmo por el qué del término, por la sutileza del lenguaje, por explicarse qué quería decir “etcétera”. El sentimiento amoroso que despertaba Bolívar o que él se encargaba de despertar, se ratifica en aquella carta de Manuelita Sáenz, que Palma convierte en otra tradición concatenada con las dos anteriores: “La carta de la Libertadora”, donde también asoman los dos bandos opuestos a Bolívar, los que rezan “nos diste a Bolívar/gloria a ti, gran Dios”… y los que cantan la copla liberal de 1827: “Bolívar fundió a los godos/ y desde ese infausto día por un tirano que había/se hicieron tiranos todos”… En la “carta” a su esposo, Manuelita Sáenz dirá: “¿Y usted cree que yo, después de ser la predilecta de Bolívar, y con la seguridad de poseer su corazón, preferiría ser la mujer de otro; ni del Padre, ni del Hijo, ni del Espíritu Santo, o sea la Santísima Trinidad?”… “a mí miserable mortal”, que me río de mí misma, de usted y de todas las seriedades inglesas, no me cuadra vivir sobre la tierra condenada a Inglaterra perpetua”…

Pasando todo aquello que es episódico –aunque sabroso– queda como la tradición bolivariana por excelencia: “Pan, Queso y Raspadura”, con la presencia de Sucre y Córdova, por sobre todas las otras figuras. Estará allí también la entrevista de La Mar y Sucre, la víspera de la batalla; el paso de las fuerzas del general Trinidad Morán en Corpahuaico; la proclama del general Lara –famoso por sus palabrotas: “zambos del…ajo”, etc. y toda la batalla misma, con su grandeza, nacida de un santo y seña que es una naturaleza muerta o una oda elemental: pan, queso y raspadura de chancaca. “Conténtese con mis pobrezas –diría Sucre a sus oficiales– que para festines tiempo queda si Dios nos da mañana la victoria y una bala no nos corta el resuello”… Al día siguiente “a la caída del sol, Canterac firmaba la capitulación de Ayacucho” – señala Palma, quien inserta, a continuación, la carta que desde allí enviara el mismo general español a Bolívar, felicitándolo por “haber terminado su empresa en el Perú, con la jornada de Ayacucho”.

La extensión del nombre de Bolívar a la libertad de todo el mundo hispanoamericano se vislumbra a través de la carta que le remite el dictador Francia del Paraguay en una tradición de poco carácter titulada: “Entre Libertador y dictador”. Y concluiremos este zurcir de narraciones con aquel cuento de “La fiesta de San Simón Garabatillo”, escrita en 1871 y que aparece en la primera serie de Las Tradiciones Peruanas. En el pueblo de Lampa, del departamento de Puno, no había más persona que recordara al Libertador que el maestro de escuela. De suyo bonachón, un buen día dio soberana paliza a sus discípulos. Asombrados éstos, al día siguiente, porque el maestro había vuelto a ser el de antes, se preguntaban la causa de su mudanza. Y él explicó que el 28 de octubre –la víspera– era día de San Simón Garabatillo, el santo del Libertador, y que quería que se acordaran toda su vida de esa fecha singular. Esto, a punta no de látigo sino de palabra, sirva de colofón para “refrescar la memoria”. Decía Palma: “Ahora a estudiar la lección y ¡viva la Patria!”.

 

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“LA CHELITA”

la ChelitaEra una preciosidad de mujer. Carita angelicalmente hermosa con ojos negros de inquietante sugerencia de lo arcano, de lo misterioso; pestañas inmensas y oscuras que le daban una majestuosa belleza de rasgos innegablemente morunos. Contemplarla era evocar a las modelos que plasmó en sus lienzos  el inmortal Julio Romero de Torres. Una maja española con salero, gracia y donosura. No en vano los rotarios la ubicaban para presidir el cortejo en la  primera carreta alegórica de corridas pueblerinas que organizaba cada año. La acompañaban otras bellezas citadinas emperifolladas con hermosos vestidos gitanos de pomposos mantones de Manila, preciosos colgajos, guarniciones y relucientes caracolillos ajustados a sus corpiños. Unas con peinetas de lujo e infaltable clavel encendido, otras, con el elegante   sombrero cordobés; pero todas con vistosos abanicos de lujo. Era un deleite verlas en aquellos espectáculos de gala en el albero de la Beneficencia Española.

Si su agareno rostro era apaciblemente sereno y casto, su cuerpo, por el contrario, era  satánicamente tentador. Sus pechos agresivamente elevados y duros como si su corpiño realizara una fuerza colosal para contenerlos y no reventar. Sus piernas largas y torneadas a la perfección dándole donosura a su majestuoso caminar. Sus grupas opulentas y provocadoras se llevaban prendidas las miradas de los aviesos hombres del pueblo. Para atenuar la lascivia con que la contemplaban vestía muy sobriamente, sin embargo, aunque no lo quisiera, no dejaba de llamar la atención su belleza corporal digna de las diosas. ¡Cuántos deseos arrebatados originaron su  cuerpo! Contra lo que podía imaginarse, no obstante ese talante en llamas, ella era muy cándida y tierna; dulce en su hablar y en su trato. Todos olvidaban su tonito extraño de su parla diaria; era natural en los venidos en la zona selvática de nuestra patria. Había nacido en Tingo María. Un hipocorístico transformó su nombre de Graciela en Chelita. Y diariamente, desde que comenzaban las labores en el Banco hasta que se retiraban después de cuadrar cuentas, su dulce nombre se repetía una y otra vez como una caricia bienhechora.

El día que llegó a trabajar al Banco Popular se originó un revuelo excepcional.  Todos quedaron prendados de ella cuando el administrador la presentó como la nueva secretaria. Desde ese mágico momento se convirtió en la engreída de aquel grupo de jóvenes. Las hasta hace poco engreídas Juanita Cornejo, Hilda Rojas Lucich y Esperanza Cisneros, pasaron a segundo plano con su consiguiente mortificación. El jefe la puso a trabajar en un escritorio, a la entrada del local, para que todos la vieran. Los curiosos -como quien no quiere la cosa- pasaban frente al Banco exclusivamente para contemplarla. A su salida la esperaban sibilinamente cuando muy aliñada entraba en “La Camelias” para almorzar. Chale Espinoza –el dueño- la recibía con gran parsimonia porque la consideraba una reina y como tal, la atendía. Su alojamiento lo había fijado en el “Edificio Proaño”, en cuyos cinco pisos tenían como ocupantes a las más distinguidas familias del pueblo así como a jefes y funcionarios de respetables empresas locales. Desde su llegada al Banco nadie hablaba de otra cosa. Los comentarios se hicieron Vox Pópuli. Imaginémonos cómo se encontraban los muchachos que trabajaban con ella.

Todos la adoraban: Glicerio Suárez Robles, Augusto Montero Vargas, Fabio Otaegui, Enrique Suárez Rojas, Samuel Beloglio; se desvivían por regalarle con algo especial. Ricardo Acquarone “Cua – Cua” la miraba extasiado como con temor de que en algún momento iría a quebrarse. Cuando acababa de sentarse, ponía con parsimonia sobre su escritorio un aparatoso chocolate HERSEYS de la colección que había comprado en la Mercantil de la compañía norteamericana. Sólo alcanzaba a balbucear “¡Para ti, Chelita!”. Gracias, Ricardo, decía la homenajeada y para el enamorado era suficiente. Un día, el “Chivirico” Martínez, suponiendo que sufriría un frío espantoso a la entrada del local, le regaló con una hermosa manta de lana de alpaca para que cubriera sus piernas. No la tuvo sino dos días. Al tercero, desapareció. ¡Claro!, la manta impedía que se recrearan contemplando aquellas piernas perfectas. El exitoso “Speaker” de “Radio Azul”, Humberto Maldonado, suponiendo que una chica tan espiritual gustaría de la poesía, le regaló con libros de Campoamor, Becquer, Espronceda… Ella sonreía complacida al recibir los libros, escuchando los piropos y galanterías del locutor. “El perro” Suárez, acicalado y modosito, le regalaba con la revista “Para ti” a cada lunes de la semana; con su mirada lánguida y sus bigotitos hitlerianos, la envolvía con su adoración visual y conmovedora. Hasta el Nemesio Choquehuaita  -conserje del Banco- le hizo entrega de su regalo: Una docena de robustas truchas pescadas en las aguas de Yanamate. Cuando estuvo delante de ella no pudo hablar, sólo puso el paquete sobre su escritorio y se retiró.

Todos la adoraban y cada uno abrigaba secretas esperanzas de ganar sus favores. Bueno, todos no. Había un maduro empleado, de mediana edad, enorme y flaco como un fideo, al que le decían “El largo”; hermético y solitario al que aparentemente no le causaba ninguna gracia la hermosura de la bella secretaria. Cuando llegaba a cumplir su labor diaria como si estuviera programado para la misma operación, se despojaba de su sombrero y su enorme abrigo de cuero que casi barría el piso -como los que usaban los vaqueros en las películas del oeste- los colgaba en el perchero de la entrada y se concentraba en su trabajo. Era el cajero principal. Nunca se le vio que siquiera le dirigiera una mirada de atención a la chica bonita. Todos estaban  amoscados e intrigados por tanta indiferencia. Alguien, como tratando de explicar la indolencia, dejó escapar su sospecha de que era un “mariposón” camuflado.  Los comentarios no pasaban de esa sola sospecha y creían que era mejor porque ya había un rival menos en esa extraña contienda de amor.

El año de su llegada la postularon como candidata al reinado de la ciudad en representación del Banco Popular. Con el afán de conseguir la corona comprometieron a ahorristas y socios del Banco para que compraran votos de su preferida. Los que más aportaron fueron altos empleados de las compañías mineras de la localidad, comerciantes y demás clientes del Banco. La dedicación de sus adoradores fue tanta que en el escrutinio final transmitido con bombos y platillos por “Radio Azul”, Chelita resultó ganadora por abrumadora mayoría de votos. La algarabía fue indescriptible. El día de su coronación en el “Club de la Unión” todos sus adoradores, los bancarios, bailaron con ella hasta la madrugada del día siguiente. Estaban muy felices. Sin embargo, ninguno había conseguido siquiera una esperanza de aquella preciosura. No importaba. Estaban seguros que tarde o temprano caería en brazos de uno de sus admiradores. Con tal de que fuera uno de ellos, no importaba de cuál, el resto sabría  perder si no era el elegido. No se equivocaron.

La última mañana de aquel mes, cuando todos se habían presentado puntualmente a laborar, extrañamente faltaba el Contador. ¿Qué ha pasado con “El Largo”? se preguntaron todos. El jefe, amargo como Pichín porque sin él no se podía iniciar el arqueo de caja, ordenó a que Choquehuayta fuera de inmediato a despertarlo. El muchachón voló a cumplir con el encargo y en poco tiempo estuvo de vuelta. Ni bien entró, el jefe preguntó:

  • ¿Lo has encontrado?
  • Sí señor
  • ¿Le has dicho que venga inmediatamente…?
  • Sí señor…
  • Pero… ¿Todavía no se levantaba…?
  • No, señor…estaba durmiendo
  • ¿Durmiendo, dices….?
  • Sí, señor; con la señorita Chelita.

Las miradas sorprendidas convergieron en el escritorio de la preciosura y comprobaron que tampoco había venido a trabajar. Quedaron estáticos sin poder creer lo que estaban escuchando. Quedaron alelados. Estoy seguro que nunca habían experimentado un desengaño tan enorme  como aquel. El silencioso “Largo”, sin decir una palabra, sin rendirle ningún homenaje, sin mirarla siquiera, se había hecho de aquella preciosidad de mujer que la semana siguiente tuvo que marcharse al saberse descubierta por sus despechados adoradores.

LEYENDA DE NINAGAGA (LA TIERRA DE FUEGO)

Ninacaca
Vista del distrito de Ninacaca. Imagen tomada del Blogg rodrigoinformatemas

En aquellos tiempos, cuando los Chinchaycochas habían sido sometidos por los incas, llegó a la zona un grupo de arquitectos imperiales con el fin de construir el pueblo de PUMPU, nucleando a todos los villorrios diseminados en una unidad arquitectónica coherente. Entre estos pueblos andinos se encontraba TIAN PAMPA, germen de lo que más tarde sería el pueblo de Ninagaga.

TIAN PAMPA erigida en una amplia planicie pedregosa estaba constituida por una serie de calles regulares trazadas siguiendo el criterio de unidad urbana de entonces,  con casas edificadas con piedras pequeñas y regulares unidas solamente por una argamasa de tierra arcillosa. Cuatro barrios tradicionales la integraban: Yanayacu, Carhuacayán, Recuay y Colca. Sus hombres estaban dedicados a la cría de llamas, alpacas y vicuñas. En la agricultura, producían maca, papa shire, oca, mashua, y una valiosa variedad de alcacer.

Transcurridos los años, en 1584 para ser más precisos, en su viaje por la jurisdicción de su Arquidiócesis llegó a visitar esta pintoresca aldehuela nada menos que el arzobispo Toribio Alonso de Mogrovejo, piadoso e incansable sacerdote que más tarde sería elevado a los altares, canonizado como santo.

Este gran apóstol del Perú, nacido en Valladolid en 1538, había estudiado Leyes en Salamanca. Cuando tenía treinta años fue nombrado Inquisidor Mayor de Granada. Este severo título se convirtió -en sus manos-  en instrumento de amor, de piedad y salvación. Los herejes o infieles encuentran en él al padre compasivo que es portador de valores eternos y divinos. A los cuarenta, en nombrado arzobispo de Lima. En ese cargo, a pesar de las enormes dimensiones  de su archidiócesis de centenares de leguas, rodeada de la dificultad de las ciudades colgadas de picos inaccesibles y aldehuelas perdidas en los repliegues de los Andes, llegó a todas partes en dieciséis años de caminatas por valles y montañas, por ríos desconocidos y quebradas formidables. Entraba en las míseras chozas, buscaba a los indígenas dispersados y huidizos, les hablaba en su propia lengua, les sonreía paternalmente, les ganaba para Cristo. En esto fue otro San Francisco Javier. Se convirtió en catequista sencillo que se ganaba a los grupos poniéndoles bajo la dirección de un sacerdote, los agrupaba en torno de una iglesia y les acostumbraba a una vida laboriosa. Algún tiempo después volvía para ver la obra que Dios había iniciado por sus manos; alentaba a los nuevos cristianos y les administraba el sacramento de la Confirmación. Son en número inverosímil de millares los campesinos que confirmó en aquellas andanzas y misiones apostólicas. No es de extrañar que le mirasen con respeto. Más de una vez su celo le llevó a las puertas de la muerte; rodar por las rocas y precipicios, perderse en los bosques, caer en los ríos, hundirse en los ventisqueros y en las lagunas; no pocas veces exponerse a la violenta actitud de los que veían en él al blanco, no al hombre de Dios… He aquí los azares de su apostolado. Podemos decir que Toribio tenía un solo ideal claro, cristiano: extender el reino de Cristo y la salvación de los hombres.

Bueno, sucedió que la noche de su histórica visita, cuando las sombras nocturnas cubrían con su prieta negrura la pasividad del poblado, ocurrió algo espectacular e inolvidable. Se produjo una repentina explosión de fuego como colosal incendio de vivos colores que iluminó al pueblo con una gama de hermosas tonalidades concitando la admiración y el temor de las gentes. Parecía como si una candelada de fulgurantes coloraciones surgiera de las rocas de ASIAGPUQUIO. Santo Toribio -sabio y perspicaz-, dominador del quechua que había estudiado con gran amor, aplacó el temor de las gentes esbozando una abierta y franca sonrisa, diciendo:
– ¡Kay Ninagaga llacta! (¡Esta tierra tiene fuego!). Luego hizo un silencio significativo y no quiso explicar que se trataba de una extraña aurora boreal que muy rara vez se produce en estos apartados lugares.

El caso es que desde entonces, la bonita aldea adoptó el nombre de Ninagaga. Lástima que transcurrido los años, por extraña e incomprensible influencia, le cambiaron a Ninacaca sin respetar para nada ni su etimología ni su pronunciación.

Sarita Colonia Del Callao subió a los cielos Una crónica de ELOY JÁUREGUI publicada en CANGREJO NEGRO

Sarita Colonia
Sarita Colonia es la santa del pueblo peruano. Del pueblo que sabe de carencias, aflicciones y desgracias. Hasta hace un tiempo, la iglesia católica la ignoraba. Pero esa devoción que se iniciara en el Callao desde la década del 40, que germinara primero en la fe de los estibadores y proscrito y transgresoras y que hoy se hizo credo masivo sin clase ni razas, habita en el imaginario popular que no necesita de canonizaciones ni oficios ecuménicos. Mientras, Sarita Colonia sigue haciendo milagros. Este es su pueblo, esta su historia.

1.

Si cuando niña, cuentan, Sarita Colonia ya miraba para dentro y sufría de visiones que ungían alertas contra los actos impíos. Incluso antes de nacer, el habla popular asegura un hecho inverosímil ocurrida en la plaza de Huaraz con el cadáver del bandolero Luis Pardo y sus asesinos. O aquel milagro que contaba su hermano Hipólito, la vez  que Sarita cayó a un río cerca a Huaraz y fue arrastrada por la corriente y ya era sólo un cuerpo flotando hasta que apareció en el caudal un señor grande, con hábito blanco y barba rubia, quien la levantó de las aguas y le dijo: “Hija mía, tu padre está preocupado, te tienes que ir inmediatamente, tú no vas a morir, tú eres una hija predestinada, me vas a ayudar a servir al prójimo”. Cierto o falso, Sarita estaba predestinada para los asuntos divinos y no para las cosas de uno

Cien años después de su nacimiento, la tumba de Sarita Colonia en el cementerio Baquíjano y Carrillo del Callao es sobre todo los domingos una feria al mejor estilo del mistic market. Los fieles llegan por decenas compungidos y angustiados. Sarita Colonia para todos es su última esperanza para encontrar paz y salud en este mundo. Y el barrio precisamente no lo habitan personas bienaventuradas. La mayoría de mujeres pecan de las carencias sacrosantas. Y lucen fieras y con tatuajes y con cicatrices. Mujeres de la vida, dicen por ahí pero para eso está la santa, para purificar esos espíritus cerriles y escabrosos. Pero esta santa es de carne y hueso y uno lo puede comprobar porque descubro entre el gentío áspero a Rosa Colonia, la hermana menor que ha llegado en silla de ruedas. Entonces se abren los candados del reino celestial.

Y aun antes de conocer su cielo, Sarita Colonia sabía que el infierno quedaba en los mismos ‘Barracones’ del Callao. Ahí llegó desde la sierra de Huaraz a vivir con su familia entre la indigencia de la miasma abyecta y el lumpenaje misérrimo de los apóstoles de las desventuras. ¡Qué de rateros afilados! ¡Qué de mujeres de la mancebía! ¡Qué de homosexuales faroleros! Sara Colonia Zambrano, que así se llamaba Sarita, apenas vivió en este mundo 25 años, aquel tiempo suficiente para llevarse a la eternidad esa porción infausta del ajeno dolor de las desdichas que a ella le supieron siempre a la hiel de los pishtacos.

2.

Don Amadeo y doña Rosalía, sus padres, apenas se dieron cuenta del prodigio de su nacimiento ese 1 de marzo de 1914 de aquel año que fue extraño porque vino sin eneros ni febreros. Hipolito Colonia, el hijo menor de la familia, contaba mientras de rodillas se lavaba de los asombros, que cuando Sarita llegó a estos valles sin el dolor de reglamento del parto, que escuchó de labios de la vieja comadrona que persignándose juraba: «Esa niña nació con los ojos muy abiertos. Con la mirada fija hacia arriba, como si mirase el cielo o que algo extraño la sujetaba desde lo alto».

Ya en Lima, la familia Colonia escogió el Callao con la ilusión de encontrar allí la salvación para huir de la estrechez que los había arrojado de sus sierras sin sueños. Pero aquel Dios de los destinos se había equivocado al fin de cuentas: el catastro barrial del Callao no era más que el lujo del albañal y la podredumbre amoral de los desesperados que, cristiano alguno, mereciera tal castigo.

Sarita apenas pudo estudiar y a los 12 años ya trabajaba como empleada doméstica, ayudaba como vendedora de pescado en la calle y zurcía la ropa de sus vecinas. Cuando se murió la mamá, la veló en vómitos estruendosos hasta el desmayo durante meses. Luego, cocinaba para los hermanos y no paraba de rezar en una lengua que no era el castellano. Ya mayor, ora volaba en fiebres alucinógenas, ora su piel por casi nada se llenaba de llagas hasta hacerla sangrar. Nadie que la conoció, no obstante, alguna vez le oyó queja. Menudita como era, al contrario, transmitía una alegría de espasmos que la gente sentía a pesar que Sarita sufría de la opacidad de las miradas más tristes que se recuerden.

3.

Sarita Colonia es la Santa de los migrantes. Y aunque muchos nieguen que haya sido como sus devotos la imaginan, existen dos vestigios que afirman que era de este mundo y no del otro. Una foto donde aparece con su familia en el estudio Romero de la calle Caridad 676 en el Cercado de Lima (de allí se ha extraído la única imagen que sirve para la iconografía de la santa) y la partida de defunción (número 28, folio 56) asentada en la división de registros civiles de la Municipalidad de Bellavista y donde ha quedado escrito que Sarita falleció de paludismo pernicioso el 20 de diciembre de 1940. ¿Paludismo pernicioso? Sí, la llamada ‘terciana’, ese mal del pobre provocado por el zancudo, el mejor amigo del hambre.

Su padre mismo la colocó bajo tierra en el cementerio Baquíjano del Callao como quien le exige a la leyenda el alimento carnal del mito ordinario. Luego empezarían uno tras otros los milagros y prodigios. Después, trasladarían sus restos a un humilde mausoleo donde hasta hoy una procesión de seres desesperados llegan en busca del cielo tan temido. Unos le rezan en el argot malandro y dejan inscrito en un andrajoso cuaderno la fórmula de la sustancia alquímica del favor divino. Otros, lloran frente al altar profiriendo frases de grueso calibre: piden piedad, trabajo, salud, clientes, víctimas, lipoesculturas, placeres y hasta un caficho de buen corazón.

En el posterior y nada ateo, el celebérrimo libro de Eduardo González Viaña, Sarita Colonia viene volando (1) , se encuentran las claves para subir al cielo. Entrevistado el autor dijo desde su residencia en Oregon, EE.UU., que el culto a Sarita y el de muchos otros santos no oficiales en nuestra América revela que nuestros pueblos sufren de una necesidad no saciada de apelar a lo extrarracional. Las crisis económicas y la falta de empleo, la vanidad de los gobiernos y la intolerancia, la falta de justicia y la miseria de amor convierten a nuestros países en cajas cerradas e irrespirables en las que todo intento de cambio es suprimido, toda rebeldía es perseguida, y la mayoría de los reivindicadores del pueblo traiciona o fracasa. En esa instancia, no les queda a los más desvalidos otra forma de tener esperanza que la de hablar con el cielo e inventar sus propios santos.

4.

En El Agustino, el distrito al Este de Lima incluyendo su cerro, no conocen a Dios. La devoción es informal y se venera a dos santos. Chacalón, quien fuese el más achorado de los cantantes de chicha y a Sarita Colonia, “La divinidad del arroyo”. En Junio de 1992, inspirados por el fervor que produce la santa, la banda Los Mojarras alcanza la cumbre del éxito con su tema Sarita Colonia. La banda tenía el mismo componente genético. Eran provincianos, les cantaban a los cholos y tejían géneros que iban de la chicha al rock y hasta la salsa. Aquello hablaba del fenómeno que se había consolidado en Lima. La capital había sido domada por los ‘lorchos’.

Así, el grupo Los Mojarras tocaban los laberintos de la ‘choledad’, la delincuencia, las drogas, la cárcel. Luego aparecería otra banda, La Sarita, pero era una versión más clasemediera de la desarticulación. En el 2007 Michelle Alexander produce la serie Por la Sarita con un rating respetable y el fenómeno del marketing con su figura es un ícono casi indescifrable. Desde esa vez, el himno de Los Mojarras se canta en cada velorio, en cada festividad pueblerina y hasta en las misas de las zonas marginales de Lima: “Sarita Colonia, patrona del pobre, / no quiero más pena, / no quiero más llanto. / No se amilanan aunque no hay lana, / se autofinancian, con fondos propios, / suena un huainito, bailan salseros, / gritan roqueros, piden chicha…”

El antropólogo Carlos Velaochaga asegura que el culto hacia ella aparece en el momento en que un sector de la población de Lima procedente de las sierras andinas necesitaba tener una figura propia en el santoral cristiano. Sarita Colonia interpreta todas esas carencias y encarna todas esas esperanzas. La santa de los pobres es gestora de otras tareas. Prever de trabajo a los humildes. Hay un interregno que no cubre el Estado ni todos los gobiernos para poder satisfacer las demandas de los necesitados. Los cultos emergentes como Sarita en el Perú o María Lionza en Venezuela, expresa étnicamente a sus discípulos creyentes mucho más que los íconos tradicionales que son de raza blanca. Una sociedad india y mestiza como la nuestra demanda que sus intercesores en el cielo la representen a su imagen y semejanza.

5.

Sarita Colonia no ha muerto, vive en el cementerio Baquíjano del Callao, en olor a multitud y abrigada por la fe de sus devotos que el 1 de marzo (fecha de su nacimiento) o el 20 de diciembre (el día que se fue al cielo), se abigarran frente a la única imagen que se conoce de la Santa de los Olvidados de Dios. Entonces el agua bendita se confunde con el sudor y otros jugos del pobre; el vendedor ambulante, el delincuente, la prostituta y los homosexuales -su ejército fundamentalista- que llega a exigirle trabajo, a pedirle un puesto en los fastos del cielo y sin rendirle cuentas a nadie, a portar su estampita.

Y es tal la fama de la Santa que sus efluvios cruzan América. Hoy, por sabe Dios qué sortilegios, Sarita ha resultado también ser la Santa de los «espalda mojada» y de todos aquellos miles de latinoamericanos que quiere ingresar ilegalmente a los Estados Unidos con su estampita bajo las prendas íntimas que los hacen invisibles o los disfrazan de niebla.

El escritor Rodrigo Quijano publicó en 1985 en Francia un poema en reconocimiento a Sarita Colonia y que demuestra el impacto de la santa popular en poetas, novelistas y artista populares que producen una iconografía propia de la llamada cultura chicha o arte del pueblo.

Un acercamiento a S. Colonia

Rodrigo Quijano

Para conocer debo acercarme más.
Se ha partido el cielo y ha cesado la lluvia
que enrejaba el paisaje.
Deja al perro lamerse las llagas y el pene encendido.
El neón es una lengua que sonroja santas y querubines
en las mudas sombras de un atardecer postal
pensando que el tallo remonta sobre sí
y hace estallar palmeras y frutos que engordan como garrapatas
al borde de un encerado cocktail de trópico y desorden.
Para saber debo acercarme más, y aquí me tienes.
La coloreada imagen de la niña virgen es
la denuncia del crimen consumado a medias, la isla
que eleva el único cirio que gotea luces, como esas cruces
al borde de la carretera,
así mitad dispuestas por la arena, mitad por los parientes
que se abandonan  al silencio ante el silencio
de miradas que ofenden por su rapidez.

Así dispuestas,
esas cruces pueden ser casi el cierre relámpago de un país
que muestra sus intimidades, lo percudido y lo perdido.
Y la imagen de la niña gime: unas rodillas flacas y la madre
suelta la sábana iluminando el cuarto con un aroma
de trenzas que se abrazan en la madrugada, como en un llanto
de despedida.

Para saber
vuelvo a acercarme. El equilibrio del grillo tensa 
la tarde y la gente que regresa cansada de las playas
pule rostros en la superficie de sus ollas,
y el crepúsculo me bombardea de neones tropicales
que se encienden a mi paso y en los, plásticos, ojos del gorrión
mi intuición emprende un vuelo sin retorno.

 

Dionisio Rodolfo Bernal Rojas

atardecer en cerro de pasco - Homer Nieto
“Atardecer en el Cerro de Pasco” – fotografía de Homer Nieto.

Escritor, folclorólogo y diplomático peruano nació en la ciudad del Cerro de Pasco el 12 de agosto de 1917. Hijo de don Román Bernal Blanco y doña Natividad Rojas, ambos nacidos en el Cerro de Pasco. Su abuelo, don Dionisio Bernal, fue capitán de navío de la Armada Española. A él le dedica su obra cumbre con el siguiente tenor:

            A don Dionisio Bernal, mi abuelo, Capitán de Navío de la Real Armada Española; andaluz y chapeta obstinado, aventurero y Gran Señor de Minas, Patrón de Muleros.

            A mi padre, que desde temprana edad me enseñó con el ejemplo, a ser hombre. A mi suelo natal, que me dio el aliento, y a los Clubes Carnavalescos de Pasco y a los cantores y músicos populares de toda la Región Central del Perú. 

Sus estudios primarios los realizó en nuestra vieja Escuela de Patarcocha cuando todavía era Municipal donde se gestó sus notables aptitudes literarias. De muy niño participó en las comparsas carnavalescas nutriéndose con aquellas vivas demostraciones de entusiasmo popular. Al concluir sus estudios primarios decide marchar a la capital. El día de su partida, los diarios locales  publicaron unos versos muy expresivos en los que hacía notar su tremenda congoja por el alejamiento involuntario del lar nativo.

Ya en Lima realiza una serie de trabajos para sobrevivir. Felizmente, por esos días, encuentra el apoyo del músico don Ricardo Arbe que lo acoge en su domicilio. Posteriormente ingresa en el Colegio Nacional de Nuestra Señora de Guadalupe donde demuestra sus inquietudes y aficiones al editar la revista VERDAD Y ESFUERZO. Más tarde, otras publicaciones más. Su vehemencia juvenil, le hace escribir notas rebeldes que estuvieron a punto de causar su expulsión del Colegio, por esta razón tuvo que terminar sus estudios en el Colegio Modelo donde edita la Revista del Colegio. Concluidos sus estudios secundarios ingresa en la Facultad de Letras de la Universidad Mayor de San Marcos donde convoca a un grupo de jóvenes emprendedores con los que edita la Revista LOS NUEVOS. En el ámbito periodístico, tuvo prolífica creación que publicó, “El Comercio”, “La Prensa” y “La Crónica” de Lima; “Altura” de Huancayo; “El País” de Montevideo; “la Prensa” y “El Sexto Continente” de Buenos Aires.

Inmerso en el mundo del Ministerio de Relaciones Exteriores su labor diplomática es también nutrida. Se desempeñó como Cónsul General del Perú en Bolivia, Japón, Chile y Estados Unidos de Norteamérica donde difundió sus trabajos folclóricos haciendo conocer sus investigaciones acerca de la música cerreña.

Concluidos sus estudios de Folclore en Argentina, escribe en 1947 su obra principal: LA MULIZA CERREÑA, en la que formula una tesis muy interesante sobre la creación cerreña, alcanzando el aplauso  de muchos estudiosos. Mereció elogios del musicólogo Carlos Vega y del folclorólogo Juan Alfonso Carrizo.

LA PRENSA de Buenos Aires en su edición de 25 de enero de 1948 dice refiriéndose a su libro:

            “El tradicionalista peruano Dionisio Rodolfo Bernal, autor de varios trabajos sobre el folklore de su país, ha publicado en Lima, “La Muliza Cerreña”, estudio sobre un género de canción peruana en su modalidad regional del Cerro de Pasco”

            “El autor afirma que la muliza deriva del Zegel, canción de amor española, cuyo origen es, acaso, asiático y es seguramente musulmán, presentándose a la primera como tradicionalmente hispánica y cristiana, traída al Perú por los invasores, siglos atrás”.

            “El folklore de un pueblo no es nunca de una absoluta pureza, pues continuas invasiones y migraciones y constantes influjos culturales foráneos introducen en la poesía y la música popular y culta diversos elementos que el genio de la raza transfigura al amoldarlos a sus características espirituales y estas son las que forman la tradición folklórica de un país y no los aportes extranjeros vinieren de donde vinieren”.

            “El meritorio trabajo de Bernal confirma este aserto, pues las numerosas piezas poéticas del Carnaval del Cerro de Pasco transcriptas por aquel, son del romanticismo, de origen europeo, que predominó en nuestra América en el siglo pasado y los números musicales que ofrece el autor son indígenas o mestizos” (LA PRENSA, de Buenos Aires, 25 de enero de 1948).

Finalmente, consignamos parte de una interesante carta que le hace llegar el célebre Juan Alfonso Carrizo, indiscutible autoridad argentina del folklore, en la que le dice:

            Lo felicito, amigo Bernal, por su “Muliza”; ha recuperado usted un material valioso que irremisiblemente se hubiera perdido. El estudio preliminar, diestramente construido, es interesante y testimonio a la vez de una dedicación que tiende a hacerse más rigurosa, a ahondar más el complejo tema de la poesía popular. Después de felicitarlo por su libro, no quiero dejar de expresarle que me llenará de satisfacción conocer que en sus próximos trabajos usted se ceñirá a lo estrictamente folklórico, es decir lo popular, tradicional y anónimo, deslindando definitivamente el material, que, por ejemplo en su estudio reciente combina orígenes; algunas piezas son realmente folklóricas, anónimas y otras, muchas, producto de versificadores conocidos y contemporáneos, cuya simpática obra no puede sin embargo pertenecer a los objetos que estudia el folklore. Créame distinguido amigo que su labor asumirá cada vez mayor importancia si usted evita lo que es ya un error corriente entre muchísimos e inteligentes escritores americanos y el producto de una falacia teórica: la identificación de lo popular con lo folklórico.

                                                           Juan Alfonso Carrizo.

Ya de vuelta en Lima, escribe una nota necrológica referente a la muerte de Ricardo Peña Barrenechea –inquieto y muy modesto poeta cerreño- y se publica en la revista CENTRO que editaban Ambrosio Casquero y Leoncio Lugo.

SOLLOZOS POR LA MUERTE DE RICARDO PEÑA BARRENECHEA.

¡Ay! Ricardo, cómo duele tu partida, pensamos que estar en el blanco cielo, meditando hacer poesía o entenderte con los ángeles en coros; organizando pascanas de pintura. ¡Ay Ricardo! cómo nos dejas en un mundo sin dignidad y altura. Cómo duele tu partida, sabemos que nos llevas la delantera, que tu presencia en el camino azul del cielo, será anticipo de bondad en ella.  Fuiste íntegramente bueno, diamantinamente humano y hoy, que nos falta tu presencia, acaso si el sollozo arranca lagos del cristal de nuestros ojos, y una pena que como camino viaja de nuestro corazón al tuyo. 

            Ay tu pena de atormentado a lo Van Gogh, de tu vida sencilla, altamente digna, que por senderos de la sierra colmaste a los hombres y naturaleza de un encanto y bondad sin igual. 

            Ay, cómo nos duele tu partida, sin avisos, sin anuncios y sin las estridencias de los que nada valen; hay en ella, una benedictina paciencia, una desolada y buscada muerte; !Ay! la muerte que todo lo trunca, que todo lo enciende para las albas del cielo y de la luz ignota. 

            En vida fuiste, humanamente sencillo, te prodigaste para la dignidad humana, como para que tu muerte alcanzara esos contornos.

            !Ay!, qué digno destino el tuyo, el de todos los grandes que alcanzarán la grandeza del alma y un asidero en el cielo inamovible de la inmortalidad. Los que fuimos tus amigos, los que te tratamos en la intimidad, sentimos tu partida, tú nos previste, ay cuando viajabas enfermo a tu destierro, a tu soledad, al sendero de tu largo camino, del que no volverás. 

            Para nosotros no has muerto, porque quien tan señera presencia tuvo en la tierra, su muerte física es acaso un accidente de su inmortalidad. 

            Ya que tu presencia física no nos prodigará esa bondad que supiste infundirnos, esa irónica palabra que de tus labios florecían como amapolas, como palomas, como rosas del cielo. 

            Ya no tendremos tu mano franca, que nos extendías, sin resabios, sin intenciones de segundo orden, sin temor estudiado y por sobre todo la franqueza que da la grandeza y la sobriedad de una alta vida. 

            Ay, Ricardo, cómo nos duele tu partida; nuestra soledad sin tu presencia es tediosa, desolada, sin aliento para ser vivida, ni encanto para ser sentida. 

            Te fuiste como “amante tímida y pálida” del bosque de la vida; partiste dejando a la jauría humana que se despedaza, seguro que allá en tu nueva morada, “Despertarás en la noche blanca” “dormida en la luz del día”. Allá dirás “Fui yo quien bebí de  tus ojos” “Llenos de melancolía”. A pesar de tu partida prematura nos conforta tu nuevo cielo en la que “Soñarás lámparas graves” y estarás con “los ángeles desnudos “que hacia el bosque iban” “con los cabellos al aire” y “la piel desvanecida” (1939).

Por aquellos años conoce a la señorita Alejandrina Ugaz Martínez, con la que contrae matrimonio y tiene una hija, la señorita Carmen Bernal Ugaz.

Simultáneamente a la difusión de sus trabajos de investigación folclórica que se publica en varios diarios, ingresa en el servicio diplomático como secretario de protocolo. De 1956 a 1959, es cónsul del Perú en Copacabana, Bolivia. De 1959 a 1964, es trasladado a Chile. En 1969, desempeña el cargo de cónsul del Perú, en  Kobe. Su desempeño es excelente, permaneciendo hasta 1972. De 1972 a 1975, es el cónsul del Perú en Nueva Orleáns, Estados Unidos de Norteamérica.

Víctima de una afección cardiaca, falleció el 8 de agosto de 1982.

 

 

 

Los años maravillosos del vóley peruano

En la nota evocativa que publicó “El Comercio” se hace mención de los momentos más brillantes de nuestros vóleibol. ¡Cuánta alegría nos depararon aquellas chicas maravillosas! Fue una lástima –hay que decirlo- que la Federación correspondiente no siguiera preparando a una nueva hornada de valores. Ha tenido que pasar mucho tiempo para que, en tiempos actuales, retomemos esa ruta de triunfos y alegrías.

De “Huellas Digitales” de EL COMERCIO

voley peruanoEn los mundiales de vóley de 1982 y 1986, el Perú logró la hazaña histórica de conseguir el segundo y tercer lugar, respectivamente. Siempre comandadas por el gran Man Boc Park las chicas se ganaron el corazón de la afición al demostrar la garra de la mujer peruana. Los mates de Cecilia TaitGaby Pérez del Solar y la picardía de Rosa García para engañar a sus rivales con sus célebres ´colocadas´ han quedado en la memoria de los aficionados que tienen la convicción de que las nuevas generaciones de matadoras conseguirán más lauros para el país.

Del 12 al 25 setiembre de 1982 las ciudades de Arequipa, Chiclayo, Ica, Lima, Trujillo y Tacna fueron sedes del IX Mundial de Vóley Femenino. El torneo reunió a 23 países, entre ellos, a verdaderas potencias como la Unión Soviética, China y Cuba. El seleccionado peruano liderado por el coreano Man Boc Park tuvo como rivales en la primera fase a Indonesia, Nigeria y Canadá.

Camino a la gloria

La ceremonia de inauguración se realizó en el coliseo Amauta, a ritmo de marinera, y con la participación de Perú Negro y la asociación japonesa Michesen Soshu del Perú. Luego del colorido espectáculo la selección peruana venció a Indonesia por 3 a 0 en tan solo 30 minutos.

Durante el partido ´Mambo´ fue alternando a las jugadoras experimentadas como Denisse Fajardo y Cecilia Tait con el equipo de la ´banca´, formado por Natalia Málaga, Rosa García, Cecilia del Risco, Carmen Pimentel y Gaby Cárdenas. La falta de talla de las indonesas fue aprovechada por nuestras matadoras que destacaron por la potencia de los remates y la habilidad del armado de Rosita García.

La picardía de Carmen Pimentel para colocar pelotas y los mates de Gina Torrealva y Cecilia del Risco hicieron que la bicolor venciera a Nigeria y Canadá en partidos que hicieron vibrar a miles de peruanos.

Perú inició la ronda semifinal ganándole a Bulgaria en un partido donde no demostró todo su poderío. El Comercio titulaba “Faltó alegría al Perú pese a imponerse 3-0.” Con Corea del Sur el resultado fue adverso, ya que nuestras matadoras no pudieron contener los remates de las coreanas.

Sin embargo, las nacionales se reivindicaron con la afición al ganar 3 a 0 a las brasileñas. El triunfo fue contundente al funcionar ´la máquina peruana´ formada por Aurora Heredia y Raquel Chumpitaz en el armado y Cecilia Tait, Denisse Fajardo, Gina Torrealva y Cecilia del Risco manejando el ataque y bloqueo que desconcertó a Brasil.

Con el ánimo en alto y el apoyo del público, el seleccionado peruano logró un triunfo de oro al ganar a Japón 3-1 y, por ende, ubicarse entre los cuatro mejores equipos del torneo. Hasta ese momento, las japonesas eran las favoritas para pasar a la siguiente ronda, pero no pudieron con la calidad del juego y la garra del combinado peruano, que celebró entre lágrimas y aplausos su victoria.

Hazaña histórica

Los seleccionados de China, Estados Unidos, Japón y Perú disputarían los primeros puestos del torneo en el coliseo Amauta. El 24 de setiembre el vóley peruano quedó a un paso de la gloria al ganar 3-0 a las espigadas norteamericanas. Silvia León fue pieza fundamental para la victoria. El Amauta vibraba con cada mate de Tait, Torrealva y Chumpitaz.

Sin embargo, China fue un rival muy poderoso ya que entre sus filas tenía a su arma secreta: la jugadora Lang Ping, más conocida como ´La Martillo de Hierro´, quien al llegar a nuestro país declaró: “Venimos a campeonar”.

Lang Ping condujo a su equipo a la victoria con sus demoledores remates y bloqueo infranqueable. A pesar del resultado adverso, los 14 mil aficionados que abarrotaron el Amauta ovacionaron a las peruanas pues era la primera vez que se obtenía un título de subcampeonas.

Matadoras de bronce

En el X Mundial de Vóley jugado entre el 2 y 13 de setiembre de 1986 en Checoslovaquia, las peruanas lideradas por ‘Mister Park’ siguieron cosechando triunfos al vencer a los sextetos de Alemania Federal, Brasil, Cuba, Checoslovaquia, Corea del Sur y Bulgaria, logrando ubicarse entre los cuatro mejores equipos del torneo.

Rosa García, Cecilia Tait, Denisse Fajardo, Natalia Málaga, Gaby Pérez del Solar, Gina Torrealva, Cenaida Uribe y Sonia Heredia tuvieron en vilo a miles de peruanos que seguían los partidos por la televisión. Los comentarios y arengas de Lucho Izusqui eran parte de aquellas maratónicas jornadas que dejaron huella en la afición de los años 80.

La Muralla China

China nos dejó sin posibilidades de disputar el título mundial. La muralla china fue impenetrable a pesar de los esfuerzos de Gaby Pérez del Solar y de la capitana Gina Torrealva.

Perú quedó tercero al vencer al equipo de Alemania Oriental por 3 a 1. Finalizado el encuentro nuestras matadoras expresaron su satisfacción por el nuevo lauro obtenido para el deporte peruano. Gaby Pérez del Solar fue reconocida como la mejor jugadora peruana. En declaraciones a la prensa, Gina Torrealva y Cecilia Tait agradecieron el apoyo de la afición dedicándoles el triunfo.

En este Mundial Japón 2010, el Perú sigue luchando para clasificar a la siguiente ronda. Esperemos que nuestras matadoras remonten los resultados adversos de las dos últimas jornadas para alegría de los aficionados del deporte de la net alta. ¡Arriba Perú!

 

¿Qué significa ser maestro en el Perú? De “Huellas Digitales” de EL COMERCIO (7.05.2010)

el profesorPara muchos, ser maestro es sinónimo de perseverancia, valor y sacrificio, aunque a veces la imagen de los últimos años sea de cierta desidia e incomprensión. Sin embargo, pensar en la historia del maestro es ir por un camino de pequeños y grandes momentos. El 6 de julio se celebra en el Perú el Día del Maestro. Hay muchos motivos para recordarlo…

En el Perú la fecha se celebra desde 1953, cuando gobernaba Manuel A. Odría, y se implantó para conmemorar la fundación de la Primera Escuela Normal de Varones. Los maestros, docentes o catedráticos han dejado huella imborrable en cada uno de nosotros, muchos mantenemos vivas sus enseñanzas, y han sido hacedores de muchos personajes importantes en el país. Cada logro que obtenemos, de alguna manera, ha sido influenciado por alguna experiencia o consejo memorable de estos “héroes” de la educación.

Tal vez no sepamos más de ellos, asistimos a reencuentros de antiguos alumnos, donde revivimos grandes anécdotas de aula; revisamos fotos de colegio o asistimos al entierro de algún profesor. Cuando recordamos a estos “padres sustitutos”, pensamos en la educación que nos dieron para ganarnos la vida y la que nos dieron para vivirla.

Nos enseñaron a escribir, leer, sumar, jugar limpio o tener confianza en nuestras ideas, decisiones y propósitos. Los mayores recordarán a Raúl Porras Barrenechea, a Jorge Basadre, o a Washington Delgado; los más jóvenes a Constantino Carvallo, por ejemplo; y otros, aún en aulas, tendrán sus nombres en la memoria de todos los días, frente a un pizarrón.

¿Quién recuerda el nombre del profesor que le enseñó a escribir por primera vez? Sin duda, habrá más de una añoranza. Recuerdo bien a mi profesora de ballet, acababa de cumplir mis 5 años y me decía “sin disciplina no hay logros, y sin logros no hay felicidad”. Con los años entendí lo importante de sus palabras, cuando caía al dar un mal salto. Me repetía “una vez más, hasta que lo logres”; en sus palabras dulces y claras encontré seguridad y confianza. Muchas gracias por eso.

Entre huelgas y reclamos por mejorar sus beneficios, o en las celebraciones del 6 de julio en los colegios, no dejamos de sentir nostalgia por ellos o vernos en el espejo y percibir que nosotros somos un poco su reflejo.

Nos sentirnos golpeados cuando son mellados. Nos hicieron la vida placentera e imposible -a veces- con el único objetivo de vernos crecer. Nos llevaron a reír y también nos obligaron a algunas amanecidas. Les hicimos bromas pesadas o los bautizamos con algún apodo imborrable y creativo. Cosas de chicos.

Algunas de las fotos de mis amigos de trabajo registran -como grabados egipcios- instantes con nuestros “segundos padres”. Pasamos tantas horas en la escuela o los tuvimos detrás de nuestras tesis.

La verdad es que no alcanzaría papel para enumerar esos momentos, o escritos como los de Paco Yunque, de César Vallejo; Los Cachorros, de Vargas Llosa; Diario Educar, de Constantino Carvallo; o El Profesor, de Francis “Frank” McCourt; sin mencionar las películas que han ambientado esos pasajes como “Los Coristas” de Christophe Barratier. Son demasiados.

Desde pequeños nos aventuramos en educación inicial, luego en la primaria, salimos vivos de la secundaria, y seguimos estudios universitarios; luego, quizás, una especialización… En todos esos momentos nos acompañaron estos verdaderos amigos, a quienes llamamos “maestro” o, con cariño, “profe o miss”. Gracias por su amor educativo. ¿Cómo agradecerles tanta dedicación?