Eduardo Galeano: LA ESCRITURA DEL FUEGO Y LOS VIENTOS Un texto de ELOY JÁUREGUI

“ellos tenían la Biblia y nosotros teníamos la tierra. Y nos dijeron: ‘Cierren los ojos y recen’. Y cuando abrimos los ojos, ellos tenían la tierra y nosotros teníamos la Biblia”.
                                                                                                                                 Eduardo Galeano

Eduardo Galeano 1
Buenos Aires: El escritor y periodista uruguayo Eduardo Galeano, autor de obras como -Las venas abiertas de América Latina-, murió hoy en Montevideo a los 74 años, informaron fuentes de Siglo XXI Editores, el sello que publica sus libros. Foto: Alejandro Amdan/Archivo Télam

1.

Querido Galeano: Vuelo al otro lado de este mundo en unos días y seguro que desde mi clase económica, sobre el fuselaje, veré tu mirada azulada sobre el techo añil del cielo, en ese que tú no creías, y seguro, no te acaban de convencer a pesar que con todos los huéspedes hay orden de que los traten bien.

Un imbécil peruano del Perú, te cuento, publicó en su facebook que cómo te podían comparar con Günter Grass, ese socio ilustre que escogiste como compinche para dejarnos cagados en este mundo, si él era Beckenbauer y tú apenas “El toro” Cantoro. Fíjate tú. Otros estúpidos, la mayoría gerentes de chifa de la clase medía avergonzada del Perú, celebraron la ocurrencia de ese matón de colegio religioso. Pobres mononeuronales. Cantoro es argentino y a ti te llegan los parrilleros. Que si querían compararte, que tú eres uruguayo como Luisito Suárez, que muerde y hace goles, como tú, Galeano, que le metiste diente a los regímenes bobalicones pro yanquis de Latinoamérica y sus alcahuetes, esos mequetrefes chupamedias de los gringos.

Querido Galeano, la clase política en mi país no ignoró tu muerte. Eso les jode porque saben que no estás muerto; ignoró que eres un escritor de tempestades, ese timonel templado que brioso denunció a los asesinos de la CIA, a los militares genocidas, a los curas fascistas y a los traidores del pueblo que en el Río de la Plata como en el Perú caminan con disfraz de intelectuales y le hacen juego a los oprobiosos y multiplican en serie a los tontos de la poesía de sobremesa y a los plásticos del té de tías.

 2.

Como dice ahora Miguel Ángel Nieto, que tú lograste lo increíble en el peligroso ejercicio de la palabra. “Combinar lo que susurra el corazón con las consignas humanas que nunca caducarán”. Y lograste entregar la palabra a quienes nacieron sin acceso o sin derecho a la palabra. Frases cortas. Adjetivos selectivos, elegidos a conciencia entre la infinita gama de los candidatos. La pluma en una mano y el hacha en la otra, como le enseñó Juan Rulfo. Textos cortos, destinados al alma, cierto querido Galeano.

Pero que saben los chanchos de alfajores. Para ellos el compromiso del escritor es anti estético. Por ello huyen como rosquetes cuando escucha una palabra que le cose el ano: Pueblo. Y cierto, Galeano, ese compromiso tuyo fue un desafío al oficio de escribir articulado a la defensa del pueblo, de los derechos humanos, de la verdad, de la justicia. Cuenta tu paisano Jorge Majfud que tus libros dieron batalla, en momentos en que en América Latina bastaba con pensar y soñar diferente para ser secuestrado, torturado y desaparecido en nombre de la democracia y la libertad.

E insiste: “¿Cómo pudo alguien haber sido un molesto disidente en la América Latina del Siglo XX sin asociarse o sin ser asociado con algún tipo de izquierda? Pero Galeano no era un “intelectual de izquierda” como dirán las enciclopedias; era el poeta de los de abajo, el mayor poeta en prosa de su tiempo, un mago de la metáfora, un delicado hermeneuta”.

Por eso, cuando esos andróginos de la derecha bruta y achorada del Perú ignoran tu presencia viva en las literaturas más jodidamente humanas de estos tiempos, los observo con asco como un guerrero que observa a las aves de corral y te digo Galeano, que tú nos enseñaste que escribir no era un pretexto para salir en sociales. Y que como dicen los que te quieren, Galeano tú demostraste que el escribir no era un ejercicio inocente y pueril, al contrario, escribir siempre será un acto de revancha contra los poderes del destino, contra los azotes de ese Dios de gabinete y contra la manga de imbéciles que pastan en los jardines públicos del onanismo ruin.

 3.

Querido Galeano, te dejó, termino un poema contra los miserables que manejan las minas de mi país y recuerdo que alguien ha dicho con la noticia de estas horas, que tú jamás fuiste un inocente de nada. Que convertías en textos brillantes y públicos los sueños que tu mujer te contaba al despertar y los colores con que ella adornaba la ensalada. Y por eso, tal vez por eso, supiste definir el compromiso de vivir de una forma tan bella como exigente cuando escribiste de nosotros: “Tienen el color de la tierra los que se revolcaron en el barro, y el de la ceniza los que buscaron calor en los fogones apagados. Verdes son los que frotaron sus cuerpos en el follaje y blancos los que se quedaron quietos”.

Adiós Galeano, te hago un mate en la mañana y te pongo ese tango pendejo de Bajofondo para que sigas renegando por quítame estas pajas. Nos vemos en ese cielo que fundaste escribiendo para que los pobres vivan sin plata y las mujeres sin lycras ni gimnasios. Amén

EPITAFIO

Eduardo Galeano 2Hay un único lugar donde ayer y hoy se encuentran y se reconocen y se abrazan. Ese lugar es mañana.

Eduardo Germán María Hughes Galeano, nació en Montevideo, Uruguay, el 3 de septiembre de 1940. En 1960 inició su carrera periodística como editor de la que sería la mítica revista Marcha. Tras el golpe de Estado de 1973 fue encarcelado y tuvo que exiliarse a Argentina. Publicó “Las venas abiertas de América Latina”, libro que marcaría varias generaciones, y que fue censurado por las dictaduras militares de Uruguay, Argentina y Chile. Esta obra proponía una historia de América Latina en clave de descolonización, lo que en ese entonces era impensable en los discursos dominantes. En Argentina fundó la revista cultural Crisis.

En 1976 fue añadido a la lista de los condenados del escuadrón de la muerte de Videla por lo que tuvo que marcharse de nuevo, esta vez a España, donde escribió la trilogía Memoria del fuego (un repaso por la historia de Latinoamérica). Regresó a Montevideo en 1985. Con otros escritores, como Mario Benedetti, y periodistas de Marcha, fundaron el semanario Brecha.
En 2007 superó una operación para el tratamiento del cáncer de pulmón, que le ganaría la batalla en 2015. En abril de 2009, el presidente venezolano Hugo Chávez entregó un ejemplar de Las venas abiertas de América Latina al presidente estadounidense Obama durante la quinta Cumbre de las Américas, celebrada en Puerto España, Trinidad y Tobago.

BILIOGRAFÍA

Los días siguientes 1962
China 1964: Crónica de un desafío 1964
Los fantasmas del día del león y otros relatos 1967
Guatemala: Clave de Latinoamérica 1967
Reportajes: Tierras de Latinoamérica, otros puntos cardinales, y algo más 1967
Siete imágenes de Bolivia 1971
Las venas abiertas de América Latina 1971
Crónicas latinoamericanas 1972
Vagabundo 1973
La canción de nosotros 1975
Conversaciones con Raimon 1977
Días y noches de amor y de guerra 1978
La piedra que arde 1980
Voces de nuestro tiempo 1981
Memorias del fuego I – Los nacimientos 1982
Memorias del fuego II – Las caras y las máscaras 1984
Contraseña 1985
Memorias del fuego III – El siglo del viento 1986
Aventuras de los jóvenes dioses 1986
Nosotros decimos no: Crónicas (1963-1988) 1989
El libro de los abrazos 1989
Las palabras andantes 1993
El fútbol a sol y sombra 1995
Las aventuras de los dioses 1995
Patas arriba. La escuela del mundo al revés 1998
Carta al ciudadano 6.000 1999
Bocas del Tiempo 2004
El Viaje 2006
Carta al señor futuro 2007
Patas arriba, la escuela del mundo al revés 2008
Espejos. Una historia casi universal 2008
Los hijos de los días 2011
Mujeres – antología 2015

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El uniforme escolar “gris rata” nació hace 40 años.

De “Huellas Digitales” de EL COMERCIO

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Imagen tomada de Arkivperú

Se estrenó el 1 de abril de 1971 con los más pequeños, pero el 30 de noviembre de 1970 el Gobierno militar del general Juan Velasco Alvarado (1910-1977) dio a la prensa los detalles de lo que sería este uniforme tan recordado por aquellos que cursaron estudios en Primaria o Secundaria desde la década de 1970. Aunque ya hace años que no es obligatorio, el conocido popularmente como uniforme “gris rata” perdurará en la memoria de todos los que lo vistieron alguna vez en sus vidas.

Si hablamos en sentido estricto, el Uniforme Escolar Único constaba de una camisa de popelina (blanca), sport, de manga corta, sin hombreras; un pantalón largo (gris), sin pliegues delanteros y sin basta, y finalmente las medias que debían ser también grises, así por lo menos indicaban las autoridades gubernamentales.

Había tal meticulosidad en las decisiones del sector Educación, que se fijó que los zapatos “serán llanos y sin punteras”, y que la chompa gris, “de lana en punto llano”, la misma se usará “cerrada con escote en ‘V’ y mangas largas”, lo cual podía variar según las condiciones climáticas o la salud del menor.

Estas disposiciones se oficializaron días después, el 3 de diciembre de 1970, cuando el Gobierno militar expidió la Resolución Directoral N° 953-IC-DGI-70, en la que se establecieron puntualmente las normas técnicas e industriales del uniforme estudiantil.

Para ello, se constituyó el Comité Especializado de Uniformes Escolares, integrado por representantes “de la Técnica, Producción y Consumo”, el cual aprobó cada detalle del nuevo ajuar estudiantil (menos los zapatos).

Normas de la vestimenta escolar

El Comercio en su edición del 1 de diciembre de 1970 explicaba el trance que significó aquel cambio de vestuario, incluyendo el detalle de las insignias. Estas serían “de plástico de 5 por 7 centímetros con el distintivo de cada colegio; se llevará en la parte superior izquierda de la camisa o de la chompa”.

Pero los más pequeños que se iniciarían en el colegio en 1971, iban a asumir reglas más especiales, ya que se estipulaba que los menores del primero y segundo grados de Primaria usarían pantalón corto y medias grises “de tipo sport, de tejido acanalado, hasta la rodilla”.

Las alumnas tenían las mismas condiciones en el vestuario y en los colores que sus compañeros, salvo, obviamente, la falda. Esta debería cumplir ciertas condiciones: “Hasta la altura de las rodillas (…) con un tablero adelante y cruce completo atrás. La falda se sostendrá con tirantes en forma de ‘H’ en la parte delantera y cruzada en forma de ‘X’ en la parte posterior”. Las medias grises, para variar, llegarían “hasta la parte inferior de las rodillas”.

 

Era la primera vez que los peruanos leían ese tipo de instrucciones. En medio de tan estrictas medidas, hubo algunas prendas opcionales. Ya casi pocos los recuerdan, pero los escolares de entonces tendrían la posibilidad de lucir unos hermosos ponchos. Eso sí, tenían que ser de lana, rectangulares, sin flecos y con escote en “V”. Para las mujeres el poncho era rojo, y para los hombres, azul.

En los años 70 y 80 se podía ver a muchas estudiantes de distintos colegios privados y públicos lucir sus coloridos ponchos, pero mucho menos a los hombres. Y es que nadie quería parecer un “chalán junior azulado”. La otra prenda opcional, para los más pequeños (del Preescolar y Primaria), que se instituyó en esa fecha, fue el mandil de dril, color gris perla, con bolsillos en la parte delantera y un cinturón.

Entre el autoritarismo y la necesidad

Una muestra reveladora de que fue una imposición gubernamental a la ciudadanía, sin opción a réplica ni alternativas, es que en el mismo Reglamento del Uniforme Escolar del Ministerio de Educación se indicaba que el uso era obligatorio para asistir a clases, así como a los actos y ceremonias oficiales. Además, amenazaban al estudiante imprudente (y a sus padres) al ordenar que estaba “terminantemente prohibido alterar las formas y colores y dimensiones de las prendas, y usar otros no contempladas en el Reglamento”.

El entonces ministro de Educación, general Alfredo Arrisueño Cornejo, quien hacía una semana apenas había sido ascendido al grado de general de División (antes era general de Brigada), había expedido días antes, el 27 de noviembre de 1970, la Resolución Directoral N° 924-ICDGI-70, que normaba técnica e industrialmente “la calidad que debe cumplir el calzado para escolares”.

En este documento oficial se añadían complejas tablas, con hormas y especificaciones sumamente técnicas, muchas veces incomprensibles para el hombre común. En estas tablas se planteó la confección del calzado para mujeres de los números 21 al 40, y para hombres del 21 al 42. Pero la resolución olvidó un detalle clave: no fijó el color de los zapatos colegiales. No obstante, como casi todo era oscuro, estos quedaron de color negro.

Esos primeros días de diciembre de 1970 la comidilla en las esquinas de los barrios, en los bares y oficinas era cómo se verían sus hijos e hijas con esos adustos modelos escolares. De esta forma, se anunciaron también -el 2 de diciembre- los uniformes escolares para el recordado curso de Educación Física (si te tocaba los viernes a la “última hora” era fijo que te quedabas jugando fulbito hasta las 2 ó 3 de la tarde).

Para este curso, los muchachos debían ajustarse los pantalones cortos de color azul, las medias y zapatillas blancas y la camiseta también blanca, con el nombre del curso escrito en el pecho, y, en los casos más apegados a la letra, con el Escudo peruano estampado a todo color en el centro del polo. Mientras tanto, las muchachas vestidas de riguroso blanco, debían lidiar con el short-falda que de cómodo parecía tener poco.

El aporte de Mocha Graña

Pero, ¿de dónde surgió esta idea, este modelo y el color gris para los estudiantes de la época “revolucionaria”? Se dice que, tras dos años de Gobierno militar (1968-1970), se impuso la necesidad de homogeneizar el aspecto exterior de los educandos del país.

Una nueva Ley General de Educación se avecinaba entonces, y en el proyecto respectivo se consignaba el “Uniforme Escolar Único”, es decir, todos los estudiantes de los diferentes grados y colegios del país debían vestirse exactamente igual; de esta forma, afirmaban, no habría diferencias ni pretextos para discriminar a nadie por razones culturales, económicas o sociales.

Pero el Gobierno de turno quería asegurarse de que su proyecto prosperara, y acudió por ello al conocimiento de una especialista como Rosa Graña Garland, más conocida como Mocha Graña, quien tomó en cuenta un tipo de tela resistente y un color que no pudiera desteñirse fácilmente.

El fin era que el Uniforme Escolar Único soportara el uso y el lavado sin deteriorarse. El gris entonces demostró que seguía siendo gris a pesar de las maratónicas lavadas al año. Se impuso la razón práctica y funcional, muy útil para el caso requerido.

Reinó más de tres décadas

Si bien el anuncio de este nuevo uniforme se dio el 30 de noviembre de 1970, y la resolución directoral el 3 de diciembre, recién las normas entrarían en vigencia -como ya dijimos- desde el 1 abril de 1971, y solo para los niños del primer grado de instrucción primaria, es decir, los recién llegados. Sin embargo, esto llegó con una advertencia dada desde el inicio: en 1973 todos vestirían el uniforme gris y blanco.

Desde entonces, y durante más de tres décadas, los colegios privados y públicos no tuvieron modelos y colores propios (menos el uniforme caqui de los años 60) sino el gris y el blanco. Para los años 90 estas normas se flexibilizaron al punto de que ya se podían volver a ver a colegiales (particulares) con uniformes y colores propios.

 

Las anécdotas sobre el uniforme y las vicisitudes de los escolares de los años 70 hasta los albores del siglo XXI son muchísimas, incontables, y seguramente algunas inconfesables. Los parches de cuero negro, marrón o gris para esas salvajes rodillas con agujeros; las camisas albas que en quinto de Secundaria terminaban como un mural callejero, con las firmas y los dibujos de los compañero de promoción, o la chompa gris en la cintura como acto de osadía y que el auxiliar de conducta odiaba y perseguía como si se tratase de un acto sacrílego.

O también las complicaciones de muchos por mantener la camisa blanquísima de lunes a viernes… ¡Y había quienes solo tenían una sola camisa! O los benditos zapatos Teddy o Bata Rímac, con los temidos “bautizos” del 1 de abril que no eran sino tremendos pisotones que parecían partirnos los dedos del pie… En fin.

Una larga historia de aventuras y desventuras. Pero, mejor, ustedes mismos dejen sus comentarios con anécdotas personales. A ver de qué nos enteramos.

LA VENGANZA Por D’Albani

Un notable precursor de los relatos policiales en nuestra tierra, es el escritor que siguiendo la moda entonces vigente de principios de siglo, se hacía llamar D’Albani, un seudónimo sin lugar a dudas. Colaborador en varios de nuestros periódicos, ofreció en un largo trecho de nuestra historia literaria, relatos estremecedores como el que vamos a ofrecerles. Lo interesante de este escritor es que, precursor de Truman Capote, basa sus relatos en hechos reales que estremecieron en su momento a los lectores de nuestros diarios

Crimen y Castigo - Edú Molina
Ilustración de Edú Molina

Es Cauri un pueblecillo casi insignificante del distrito de Cayna, cuyos habitantes vegetan entregados a las tareas del cultivo de la tierra y de la crianza y cuidado de sus rebaños. Allí vivía una pareja unida por el lazo matrimonial, desde hacía algún tiempo. Él, de nombre Blácido, fuerte, trabajador, sobrio y de carácter enérgico; ella, Isidora, una hermosa joven india de 25 años, consagrada al cuidado de tres criaturas, hijos de ambos.

NUBES

El clima no influye poderosamente en la conducta de las personas, y como único factor en el desarrollo de las pasiones,  allí en donde un corazón late, existen dos géneros de oposición en todos los instintos: amores y odios, risas y lágrimas; hambre de cariño y sed de venganza; manantiales de vida y fuente de muerte.

Isidora, guapa pero hacendosa mujer comenzó a sentir en su alma un raro malestar ante las insinuaciones amorosas de Pablo Mallqui, un hombre que vivía en la misma aldea. A su hogar, hasta entonces tranquilo y feliz, comenzó a mirarlo con desagrado y en gradación creciente se convirtió en hastío y éste se convirtió en repugnancia invencible.

Pensaba ella que la estrechez de esa casa en que vivía con su marido y sus hijos, se le había hecho odiosa, y no comprendía que  lo que en su alma pasaba era un desapego a su marido y la pérdida del afecto de otro tiempo; un amor criminal que en su pecho había germinado, crecido y desarrollado, hasta no poderlo ahogar, la convirtió en  infiel. Isidora, finalmente, se convirtió en una mujer adúltera.

¡Solo!.

Un día volvió Blácido a su casita de un corto viaje que le había demandado cuarenta y ocho horas de ausencia. El llanto de dos de sus pequeñuelos le hizo presentir una desgracia…

— ¿Por qué lloran…? …¿En dónde está mamá?… ¡¿Cómo los ha dejado solos…?!.

— La mamá hizo un atado de varias cosas –contestó balbuceando uno de ellos- Mallqui vino a caballo trayendo otro de tiro… la mamá montó y se llevó a la hermanita, a la grande…

No bastaba eso; era necesario preguntar, indagar y Blácido supo la verdad. Oyóla mudo y pálido, escuchó sin articular palabra toda la relación de su desgracia; su propia cuñada, la hermana de la fugitiva, le dio todos los detalles; y él los recibió, tragando en silencio el veneno que le administraban y cuando todo lo supo sólo exclamó.

— ¡Esta bien…! – Volvió a su casa, acarició a los chicos y silencioso siguió su vida ordinaria, como si nada hubiera acontecido.

Una cabalgata.

Pasó un mes, en el que su meditación, haciéndole superar su frustración, le hizo tomar una determinación.

Un día a la puerta de Blácido, se hallaban nueve caballos enjaezados, listos para un viaje.

— Hermanos y amigos: Ya sé en donde se halla mi esposa y he rogado a ustedes que me acompañen, porque voy a traerla. Me basto solo para ello, pero necesito junto a mí personas que me quieran y testigos que declaren que vean lo que hago… – Tomó luego un rejón, salieron todos y pocos momentos después la cabalgata se ponía en marcha, yendo a la cabeza, siempre pálido y silencioso, el esposo ofendido, con dirección a Lauricocha.

¡Perdonada!.

En los confines de Lauricocha y Antacallanca, se halla la estancia de Francisco Toribio, en la que vive con su anciana esposa. El día de los hechos que paso a narrar los acompañaba la joven india prófuga que en esa casa se había refugiado.

Todos escucharon el ruido de una cabalgata que se aproximaba a la estancia y momentos después, Blácido con el rejón en la mano derecha, se presentó en medio de la habitación.

La tránsfuga y sorprendida india joven empalideció, lanzó un grito y se arrojó a tierra ocultando el rostro contra el suelo.

— ¡Si, lo sabía, era una malvada, era no sólo desleal esposa sino también mala madre… había abandonado a sus hijitos… pero estaba arrepentida… Volvería a su casa para ser esclava de su marido… Sufriría todos los castigos que él quisiera imponerle… Con sus lágrimas borraría el baldón que había arrojado sobre su Blácido… ¿Quería matarla?…Allí estaba para sufrir el suplicio. ¿Por qué no lo haría si lo deseaba…?. Y mientras así exclamaba en el dulce idioma de los incas, la desmadejada mujer se arrastraba, cubierto el semblante de lágrimas, con el pelo desgreñado, besando los pies de su marido que, medio anonadado, contemplaba la escena.

— ¡Blácido! Hasta nuestro buen Dios perdonó las ofensas que los humanos le hicieron… ¿Y tú no perdonarás a esta desgraciada? – Exclamó la anciana que había cobijado a la adúltera y que al verla así de arrepentida, abogó por ella.

Blácido sintió que las lágrimas se agolpaban a sus ojos prontas a brotar y casi ahogado por la emoción levantó a su esposa, la acercó a sí, exclamando:

— ¡Estás perdonada…!

Luego volvió a sus acompañantes, diciéndoles:

— Hermanos y amigos: Les agradezco su compañía y les ruego que regresen por ser ya innecesaria su presencia. Acabo de perdonar a mi esposa por el mal paso que ha dado.

Dos cadáveres.

Pocas horas después por el sitio de Cuchicancha en el camino de Lauricocha a Cauri pasaba un individuo que hubo de sorprenderse a la vista de dos cadáveres abandonados; de hombre el uno, y de mujer el otro.

Catalino Roque Agente Municipal de Páucar, que residía en su estancia de León Cancha, recibió la noticia y en unión de Juan Cortez, Francisco Melgarejo, Manuel Medrano y Sergio Medrano se constituyeron en Cuchi-cancha y cruzados sobre una mula condujeron los dos cadáveres a la capilla de Lauricocha, en donde fueron velados y sepultados luego, para mezclar sus cenizas en la triste comunión de los muertos. ¿Sus espíritus también se entrelazarían en la comunidad de las almas?

La Justicia.

La justicia interviene. Blácido y sus hermanos, más dos amigos, son los autores, acusa  Toribio. El y su anciana esposa describen la escena que se realizó en su casa, el mismo día, y su regreso a Cauri. Sospechan que los autores del asesinato sean los miembros de  la comitiva que había venido a rescatar a la mujer infiel. Pero los acusados no aparecían. O habían huido o se habían ocultado.

Mucho tiempo después se realiza en Cauri el entierro de uno de los parientes de los acusados y durante la ceremonia del entierro, el cementerio es rodeado por el gobernador y sus auxiliares, pero los presuntos reos se abren paso mediante la fuerza y sólo uno cae en manos de la autoridad. Era uno de los acompañantes de aquella comitiva, pero es inocente; nada sabe del crimen del que se le acusa.

Blácido se presenta entonces

— Nadie es responsable del delito, sólo yo. Es cierto lo relatado por Francisco Toribio y su mujer; pero lo que él ignora es lo que aconteció después, cuando mis acompañantes, ajenos a lo que acontecería, se marcharon sin intervenir en nada más. Es bueno que me escuchen para que sepan el epílogo de todo aquello. A  pesar de que había almacenado odio en mi corazón para no vacilar en el momento de la venganza, yo perdoné y perdoné sinceramente. El recuerdo de mis hijos sin madre me enterneció y no los ruegos de la mujer que me había hecho desgraciado. Volvía con ella a mi casa, a la casa donde esperaban mis hijos, sólo con ella, porque necesitaba de la soledad. En el camino vi que un hombre que venía en dirección contraria a la que yo llevaba. En ese momento, inexplicablemente mi mujer dio un salto del caballo, pues yo la llevaba a la grupa, y corrió en dirección a ese hombre. Le reconocí, era Pablo, era su amante, era el enemigo que más daño me había hecho en mi vida. La canalla se abrazó de su cuello como buscando protección en una clara elección final del hombre que quería.  La sangre hirvió en mis venas y subió a mi cabeza; sentí renacer mi sed de venganza que había ahogado poco antes y me lance con mi rejón sobre ambos. Primero a ella y luego a él, a ambos herí y mate sin compasión; con todo el odio que hicieron renacer en mí. A la vista de esos cadáveres me estremecí de horror y huí y he vivido oculto hasta hoy que he sabido que un inocente estaba encarcelado…

Cuatro instructivas prestó Blácido y en ninguna varió su confesión.

Epílogo.

El juicio siguió su larga sustanciación y al fin el juez expidió sentencia condenando a Blácido a penitenciaría.

Mientras la causa se hallaba pendiente del fallo de la Corte Superior, Blácido, moría de pulmonía en el hospital del Cerro de Pasco, sin más auxilio que la presencia del gendarme encargado de su vigilancia. ¡Así se sustrajo a la justicia de los hombres que tal vez habían exagerado sus culpas!… ¡Así se abrieron las fúnebres puertas de la cárcel para dar libertad a ese reo que en defensa de su honra escarnecida cometió un crimen que su corazón jamás alimentó!

¡Tres tiernos huérfanos lloran hoy su desgracia, sin pan, sin hogar y al pie de la cruz de la tumba del padre donde van a orar…!

Doctor Raúl Picón Reyes.

Nació en la ciudad del Cerro de Pasco, en enero de 1904 de padres cerreños y nieto del insigne pedagogo Ángel Ramos Picón.

Realizó sus estudios secundarios en el Colegio Santa Isabel de Huancayo manifestándose desde entonces su inclinación por la medicina. Ingresó en la facultad de Ciencias Naturales a los 16 años de edad y, en 1923, inició sus estudios en la Facultad de Medicina San Fernando. Se recibió de Doctor en Ciencias y, a los 24 años de edad, desempeñó el cargo de titular en la cátedra de Meteorología y Climatología, hasta 1931, año en el que se recesó a San Marcos.

Fue Director del Observatorio Meteorológico. Confeccionó el primer mapa Sísmico Geológico del Perú, mapa que hasta ahora sirve como referencia capital para los estudios que se efectúan al respecto. Este trabajo ha sido magnificado por el distinguido sabio G. Steinmann en su tratado sobre la Geología del Perú. En 1926 la Cámara de Diputados ordenó su publicación.

Para graduarse en la Facultad de Medicina presentó como tesis, el resultado de sus investigaciones en el Laboratorio Clínico del Hospital Dos de Mayo, en el que encontró el germen denominado HEMORGARINA HORMINIS que por primera vez se identificaba en el Perú y es causante de una enfermedad mortal en la quebrada de Matucana y Santa Eulalia. Dicha tesis, obtuvo el calificativo de sobresaliente y, por este motivo, fue publicado en los Anales de la Facultad de Medicina. El trabajo fue reproducido y traducido al francés por el instituto Pasteur de Francia.

En 1930 formó parte de la Quinta Comisión de Investigación de la “Enfermedad de los Andes”, colaborando con el profesor Carlos Monge. Desde entonces verifica estudios a nuestra raza autóctona, la vida en las alturas y mesetas andinas. Los resultados de esta labor paciente, de publicaron en revistas y libros de la especialidad.

En 1932, por encontrarse clausurada la Universidad, aceptó el cargo de médico titular de Chosica hasta 1934 en que es nombrado Médico titular en Goyllarisquizga y Casapalca. Finalmente se trasladó a Colquijirca en la Negociación Minera de don Eulogio Fernandini.

En el Cerro de Pasco, fue miembro de la Sociedad de Beneficencia Pública y Alcalde de la ciudad. Durante su gobierno edil recibió la visita del Presidente Manuel Prado y cumplió elogiosa actividad a favor del pueblo, especialmente en la solución del Juicio del Deslinde con la empresa norteamericana.

Fue miembro de la Sociedad Española de Meteorología y, de las Sociedades Geográficas del Perú y del Rotary Club del Cerro de Pasco.

GEORGETTE NARRA LOS ÚLTIMOS DÍAS DE VIDA DE CÉSAR VALLEJO (Segunda parte)

Fuente: Revista Caretas

Vallejo 2(Villa Arago, 29 de marzo de 1938).

Esto sucedió entre las tres y las cinco de la tarde. Que se me perdone el no recordar la hora exacta; hacía 16 días que no me había acostado ni una sola hora.

Después entramos en la semana que precedió a la de su muerte. La peor de todas. Los médicos habían perdido la cabeza y huyeron. Ya las enfermeras juzgaban a duras penas necesaria la toilette de la mañana. Se olvidaban las horas del termómetro, la toma de las pulsaciones; los serums olvidados en el día eran inyectados apresuradamente en plena noche o al día siguiente. La mayoría se derramaban sobre el colchón. Se dejaba todo en mis manos agregando gentilmente, y aún con una sonrisa roja o rosada: “Sabemos que Ud. está aquí”.

La fiebre, el hipo, el delirio habían vuelto irreconciliable a Vallejo. El viernes que precedió en siete días al de su muerte, llamé a un médico conocido. “Toda esperanza no está perdida”, me dijo y procedió de inmediato al tratamiento. Prometió regresar al día siguiente a las 18 horas.

Al día siguiente Vallejo había recobrado su lucidez; la fiebre de 41 ½ había bajado a 38 ½. Era el sábado 9 de abril.

A las tres de la tarde el médico peruano regresó. No se atrevía a entrar en el cuarto. Apena lo vio, exclamó:

– ¡Pero, amigo, está Ud. mejor!

Y palpaba a Vallejo a través de la manta, visiblemente estupefacto. Bruscamente se volvió hacia mí y de frente por temor hacía mucho tiempo que no me miraba –dijo:

– ¡Qué le decía yo, señora!

El sábado, a las seis de la tarde, esperamos en vano a mi médico; lo que desesperó a Vallejo. Los otros tres facultativos prevenidos a qué sé yo, lo habían hecho arrojar literalmente de la clínica.

El domingo la fiebre subió nuevamente a 41 ½. Y en la mañana del lunes comenzó la agonía, que duró hasta las 9 y 20 de la mañana del viernes; lo que prueba suficientemente que 8 días antes “TODA ESPERANZA NO DEBIÓ ESTAR PERDIDA”.

En su agonía, Vallejo –a pesar de lo que hayan dicho– jamás nombró a su familia ni a su mujer, ni a ninguno de sus amigos. Y por esto no hay que reprocharle, pues no cometió crimen alguno. Pienso sí que en el delirio de Vallejo vivió únicamente España. Deberíamos admirar tal desinterés y estoicismo.

Sus deudas, si las tuvo –no las dijo durante su enfermedad– las arreglaría más allá de la muerte.

No le disputemos su agonía. Una obra, una misión, es un tirano que no admite ningún desfallecimiento en su servidor.

*****

EL RECUERDO

Tenía una desolación de cara angosta

El París en el que vivió, amó, escribió y murió Vallejo fue un punto de encuentro importante de toda una generación de creadores latinoamericanos. Luis Cardoza y Aragón, poeta guatemalteco formó parte de este grupo. Desde su tranquilo retiro mexicano y en exclusividad para Caretas, nos cuenta sus recuerdos.

Conocí a Vallejo en 1925. Yo era muy amigo de Alfonso de Silva, el músico, el que tocaba tangos en cafés y restaurantes. Una noche me llevó a visitar a Vallejo, andábamos por la zona de Montmartre –cerca de La Ópera y el Follies Bergere– y fuimos a visitar a su compatriota. Alfonso me había hablado mucho de él; vivía en un modesto hotel, en la Rue Moliére– si no me equivoco, ya era muy tarde pero tocamos la puerta y cuando entramos lo encontramos durmiendo junto a otro joven. Esto me desconcertó un poco, pensé que eran homosexuales. Vallejo se incorporó y me invitó a entrar y charlamos mucho y me di cuenta que ambos eran muy varones. Y me dije, pues, la mariconada hubiera sido que Vallejo en ese frío hubiera mandado dormir en el sofá a su amigo.

Luis Cardoza y Aragón tiene ahora 84 años, vive retirado en su casa de Coyoacán.

Me permití irrumpir una vez más en su mundo soledoso. Y me entregó generoso una charla sobre el amigo entrañable con quien compartió la fiebre de la creación en los turbulentos años veinte.

Así se inició su amistad con Vallejo, cuando lo encontró durmiendo con Julio Gálvez, el sobrino de Antenor Orrego, con quien salió de Lima y acabó fusilado por los franquistas en la Guerra Civil…

-Esa noche hablamos mucho, incluso yo lo visitaba con frecuencia y alguna vez –como la cama no era grande– dormí en el sofá. Y pude conocer su gran fervor humano, esa ternura y temple a la vez. Los latinoamericanos que estábamos en esa época –hablo de Alejo Carpentier, Uslar Pietri, Toño Salazar (que le hizo varias caricaturas), Félix Pita Rodríguez, Vicente Huidobro, Miguel Ángel Asturias– lo tratábamos como El Huaco. Sabíamos que venía de una región donde había florecido la Cultura Mochica, mestizo con un rostro aindiado, delgado, tenía una desolación de cara angosta, más enjuta por la nariz aquilina. Como he dicho alguna vez: tenía cara de reja de arado que hendía la tierra y sembraba pedernales. Era de temperamento fuerte, a veces de mal humor y vivía con mucha austeridad. Denotaba un mundo interior tan vasto y en conflicto. Los peruanos que estaban en esa época le llamaban El cholo, el cholito. Vallejo respondía con una leve sonrisa cuando le llamaban así.

Ustedes se habían posesionado de los cafés de Montparnasse:

-A ese café íbamos los latinoamericanos a tomar desayuno a cualquier hora. Había una parte para comer y otra era el “bistrot”, donde se tomaba tragos. Nosotros íbamos en grupo y pedíamos nuestro cafecito con leche y como habían unas canastas con los “croissants” o mediaslunas, como las llamábamos, engañábamos al hambre con estos pancitos, y pues nos echábamos cinco, seis o siete y al momento de pagar decíamos que habíamos consumido uno o dos, y con lo que nos ahorrábamos pasábamos a la otra sala a tomarnos ese trago bien conservado.

-Una vez Vallejo se apareció en la terraza de La Rotonde como clavo oxidado, negro, lebrel infernal, y nos leyó apuntes de un poema en donde alude a sus depósitos en Le Crédit Lyonnais. Nos sorprendió. Todavía escucho el comentario de Mado, linda prostituta borracha que sabía español aprendido en la cama con dos generaciones hispanoamericanas: “Il faut que tú evolues, espece de fetus”. Así era el ambiente, pero Vallejo impuso su voz, su iluminación y sus fatigas. Siempre me ha resultado un enigma en esos años jadeantes, no lo comprendí bien, no lo escuché bien. Sólo serenas lecturas posteriores me dieron una comprensión cabal de su obra. Tenía una manera muy propia de versificar, creía notar algo de torpe en su construcción, por lo que pensé que allí afloraba tal vez el humor del quechua, un temperamento y una sensibilidad que venían del pasado, de un ayer que asomaba, a cada instante: esa angustia, esa nervadura, ese mundo interno afloraba siempre. Por eso he dicho que Vallejo ha inventado en lenguaje. No escribe en español, sino en Vallejo. Eso le ha permitido crear su lenguaje, su manera de hablar, de versificar, y en eso fue un vanguardista a pesar suyo.

*****

SONETO DE CIRCUNSTANCIA

Vallejo 3
De puño y letra de César Vallejo. Foto tomada a la revista Caretas. Escobar Vallejo, primo del poeta, dice que a César Vallejo le gustaba peinarse a lo poeta, el pelo para atrás. También dice que era soñador y distraído y que soñaba con escribir. En esos tiempos que podrían considerarse la prehistoria, Vallejo escribió el soneto que aquí publicamos:

Era la noche de la despedida de Amalia Isaura, cuya compañía de teatro había entusiasmado a todo Trujillo allá por el año 1916 poniendo en escena una pieza de teatro del joven escritor Víctor Raúl Haya de la Torre “Triunfa Vanidad”. Los licores se consumían y las pasiones desbordaban. La obra tenía serias similitudes con uno de los percances de amor vividos por el Poeta. En medio de la noche los concurrentes pidieron a César Vallejo escribir un poema de homenaje, despedida y afectos a Amalia Isaura, el poeta no se negó, metió la mano a su bolsillo y sacó un sobre, lo despegó y en el momento escribió un soneto. Los alcoholes siguieron su travesía. Los abrazos y la nostalgia de las despedidas hicieron que el poema no llegara a las manos de la inolvidable Amalia. Se quedó entre las botellas, los vasos y los pañuelos olvidados por la euforia. Antenor Orrego lo recogió, durante muchos años lo guardó con él. Alguna vez lo publicó en una tesis universitaria.

 

 

GEORGETTE NARRA LOS ÚLTIMOS DÍAS DE VIDA DE CÉSAR VALLEJO (Primera parte)

Publicado por CARETAS el 20 de enero de 2106

Vallejo
César Vallejo (arriba de la flecha en rojo) al lado de Macedonio de la Torre. Al frente, empezando desde abajo, Víctor Raúl Haya de la Torre. Junto a él, a su derecha, Álvaro Pinillos, Alcides Espelucín y Antenor Orrego. La reunión fue en Trujillo. Foto e información de Caretas (edición 1001)

Georgette Marie Philippart de Vallejo, la francesa a quien amó el poeta peruano, narró, en un reportaje que publicó Caretas en 1951, los últimos días de vida de César Vallejo. En el escrito describe sus preocupaciones, las carencias, “los errores” y “el desastre” que pasaron durante esos 34 días –desde el 13 de marzo de 1938– que precedieron a la muerte del célebre huamachuquino: el 15 de abril del mismo año. “No se regatea con la vida”, le dijo entonces el poeta a su amada “en el curso de ese infierno” que vivieron durante los mencionados días. El siguiente texto, que dicha revista reprodujo en abril de 1988 –a cincuenta años de la muerte del poeta–, también contiene el recuerdo del guatemalteco Luis Cardoza y Aragón, vate que integró el grupo de latinoamericanos que crearon y se crearon en París, como César (a quien llamaban El Huaco), y un soneto escrito por Vallejo para una inolvidable actriz que alborotó Trujillo en 1916.

VALLEJO: ¡CUÁN POCO TIEMPO HE VIVIDO!

LA AGONÍA

El 13 de marzo comenzó la muerte del poeta

Por: GEORGETTE VALLEJO

Vallejo se acostó el 13 de marzo de 1938, después de comer, entre las dos y las dos y media. Hoy todavía me acuerdo de esa comida porque fue excepcional, y es por eso que me acuerdo también de la hora en que se acostó, sin imaginarse que nunca más iba a levantarse.

Y, aquella mañana, yo había ido al mercado como de costumbre, volví al hotel de 64 Avenida del Maine con dos costillas de carnero, habichuelas verde pálido y una botella de vino “casi fino”. No fue el menú lo más extraordinario, sino una fuerza ajena a mi voluntad que me impulsó a hacer tales gastos.

Vallejo permaneció acostado toda la tarde; lo que era completamente desacostumbrado. Me extrañé, y nada más. Al día siguiente se sintió cansado, tan cansado que no se levantó. A partir de este día supe que estaba perdido, y perdido porque, no teníamos dinero. Enderezada más que educada en este sentimiento por mi madre, desde mi más tierna infancia, me fue posible pedir nada a nadie.

Durante algunos días, para decir la verdad, Vallejo no empeoró. El médico que lo había visitado desde el segundo día, no se alarmó en absoluto. Mi insistencia “intolerable”, mis angustias “imaginarias”, hicieron que pronto me juzgara muy “exaltada”. Al cabo de una semana, la fiebre, hasta entonces estaba estacionada en 38 grados, subió ligeramente. El médico acosado por mis preguntas se emocionó y lo condujo a una clínica. Ahí comenzó el desastre.

En tres días, la fiebre saltó a 40 por la tarde y 39 por la mañana. Los médicos se sucedieron y, con ellos, las inyecciones, los análisis, los errores; Vallejo, como lo han demostrado los innumerables análisis, todos negativos, no necesitaba sino cambio de clima y reposo inmediatos, tranquilidad económica absoluta. No vacilo en afirmar que si la cuarta parte de la suma que fue entregada ciegamente a la clínica nos hubiera sido confiada, Vallejo no habría muerto.

Al cabo de una semana de clínica, la fiebre hizo un nuevo salto a 41 ½. Esto duró hasta el final. Cuando se acordó llamar al profesor Lemiere, especialista en enfermedades infecciosas era demasiado tarde. “Veo que este hombre muere –dijo– pero no sé de qué”.

Mientras Vallejo permaneció en el hotel, su moral fue buena y su presión aumentó ligeramente, por lo cual tengo la impresión de que no tuvo el presentimiento de su muerte próxima. Cuando ingresó a la clínica, las enfermeras lo hicieron sentar en una silla para transportarlo a su habitación. Algo en su perfil me heló de incertidumbre.

Una tarde abrió los ojos; brillaban como un grito y tenía la mirada del que va a morir.

Muy suavemente me dijo: “Tenías razón en todo”. Y, como yo iba a protestar, gritó: “¡En todo! ¡Y soy yo quien no te ha comprendido!” En el curso de ese infierno que fue nuestra vida, yo me había desesperado algunas veces; y poniendo la misma fuerza y la misma pasión en mis debilidades que en nuestra perseverancia, estas desesperaciones habían sido en ocasiones muy violentas.

Otro día –debía sentirse muy mal– la desesperación juntó en su mirada todas las palabras de admonición:

– Tendrás valor.

– Tendremos, dije.

Pero el tono de mi voz me traicionó más que mis palabras. Yo había pensado: “Lo tendré, si vives”. Y él adivinó perfectamente mi pensamiento, y con el rostro impregnado de reproche y de cierta severidad, dijo:

– No se regatea con la vida.

EL INOLVIDABLE “PATAS A LA OREJA” (SEGUNDA PARTE)

patas al oreja 2Aquella tarde se jugaba el partido definitorio de  básquetbol para representar a Pasco en el Campeonato Nacional Escolar. Se enfrentaban los equipos del Colegio Nacional Carrión y del Instituto Nacional Industrial No 3. Viejos y encarnizados rivales de siempre.

Al llegar a la puerta donde había numeroso público, vi pugnando por infiltrarse gratuitamente, a “Patas a la Oreja”. Abrí campo y le hice ingresar. Ya dentro, me agradeció el gesto y me deseó mucha suerte en el partido.

Al finalizar el primer tiempo, las acciones del cotejo estaban equilibradas. El marcador señalaba un empate. En eso entró en el vestuario. Era visible su preocupación. Se me acercó y comenzó a alentarme.

— !Mala suerte, caracho!…!!Mala suerte!! Ustedes están nerviosos. Necesitan tranquilizarse. ! Han perdiendo muchas canastas…!

— Así es, “Patas”, así es…

— Mira, crespito –me dijo confidencial-  Yo te voy a prestar la medalla de la Virgen Milagrosa. ! Póntela y vas a ver cómo cambian las cosas! – Uniendo la acción a la palabra desabrochó su mameluco, y me enseñó una gigantesca medalla colgada de su cuello mediante un cordel-! Póntela crespito!…!Te la presto!!!- y se la quitó del cuello. En ese momento pude ver que la medalla de plomo, del tamaño de un plato de postre, le había pintado todo el pecho de un negro retinto y brilloso.

— Gracias, hermano –le respondí- Pero tú ves que la medalla es demasiado grande. El árbitro me la hará quitar.

— Tienes razón crespito, pero no importa; yo voy a rogar para que ustedes ganen, porque ella, es muy milagrosa. Ella es mi madre. La única que me quiere. ! Ya verás! – dio un beso a la medalla y se la volvió a poner abotonando su mameluco. !!!Suerte!!!

— Gracias “Patas”.

Así nos conocimos.

A partir de entonces nos volvimos a encontrar muchas veces. Él siempre amable y respetuoso se acercaba a saludarme de donde estuviere. En todo ese lapso su aliento de alcohol y de coca jamás lo abandonó.

Una mañana que iba a mi trabajo lo encontré que venía  compungido y vacilante de la Comisaría. Sus pasos eran cansinos y torpes. Su mameluco amarillo todavía conservaba la humedad que las sogas ostentaban a las claras. Los policías le habían flagelado despiadadamente, bañándole con el agua de lluvia. Su cuerpo aterido temblaba ostensiblemente. Su rostro tenía un aspecto que nunca le había visto.

— “Patas”…. ¿Qué te pasa hermano?- pregunté.

— !Me han baldeado y me han castigado Checha (así comenzó a llamarme).

— Pero… ¿Por qué?…. ¿Qué has hecho?.

— Me han culpado de un robo en el Mercado… pero yo no lo he cometido… !Te lo juro, Checha!… !Te lo juro!.

— Te creo, hermano, te creo.

— Me han tenido dos días remojándome en agua fría y sin darme ni una miga de pan para alimentarme… Y lo que es peor, Checha, me han prohibido volver al Mercado…

Era lastimoso el aspecto que presentaba el pobre hombre. Su mirada siempre agresiva y desafiante, era ahora de una pasividad conmovedora.

— Mira, hermano –le dije-. Yo tengo pensión donde el “Chunchulín” Pérez. Vamos allá para que tomes algo caliente y desayunes.

— Gracias, Checha.

El hambre atrasado que tenía determinó que, en poquísimos minutos, diera cuenta de dos platos de avena y cuatro panes con mantequilla. Ya más tranquilo, comenzó a beber café caliente.

— Gracias, Checha. Que Dios te lo pague – su voz era débil pero cargada de emoción.

— No tienes por qué dármelas, hermano. Pero, ¿Ahora qué vas hacer?…Ya no podrás ni cargar en el Mercado….

— Así es, Checha. No sé lo que voy hacer…No sé… Encontraré algo.

— Mientras tanto espero que no sigas bebiendo – Dije

Un silencio de inquietud embarazosa invadió la sala.

— ¿Por qué bebes tanto, hermano?… ¿Qué es lo que pasa contigo? –seguí preguntando. Después de un largo silencio, “Patas a la Oreja” me contestó.

— Tú no sabes lo que es mi vida, Checha. Cuando estoy sano, sin ningún trago encima, siento vergüenza de ser lo que soy; pero lo que más me duele, es comprobar que no tengo parientes ni amigos… Cuando estoy sano me doy cuenta de lo que me pasa, y soy consciente de que nadie me quiere…!Todos me desprecian…!!!

— ¿Por eso tomas?

— Sí, hermano, sí – era lastimosa la ansiedad con que hablaba. Como una confesión que la hubiera estado guardando en el alma, dejaba deslizar sus palabras por sus labios amoratados – Cuando estoy borracho, pierdo toda la vergüenza y, puedo hablar con cualquiera; inclusive, me quedo a dormir donde la noche me llegue- hizo una pausa ahogado por un profundo suspiro, luego prosiguió – Cuando estoy borracho, no me importa que me desprecien, porque yo también les desprecio..

— ¿Por qué…?

— !Todos son malos, Checha. Todos son malos. Son unos canallas.

— ¿Por eso los insultas…?

— !Claro!. Todos son malos, aunque yo soy el peor de todos…Yo no tengo remedio.

— Mira, hermano. En primer lugar todos no son malos; y en segundo lugar, los hombres podemos rehacer nuestras vidas…

— Eso lo dices tú, porque nunca te ha pasado lo que a mí me ha pasado…Yo he nacido marcado por un negro destino…

— ¿El destino…?

— !Claro, hermano, claro: El destino….

— ¿Qué es para ti el destino, “Patas”?.

— Para mí, Chechita –quedó pensativo un rato y luego continuó- el destino es un niño cruelmente juguetón y despiadado. Yo soy su juguete preferido…

Cuánta verdad había en sus palabras. Cuánto dolor en sus reflexiones. Bajó la mirada apesadumbrada y cuando la volvió a levantar después de un rato, esos ojos ayer coléricos y provocadores, estaban inundados de dolor y parecían las de una criatura desvalida. “Patas a la Oreja”, estaba llorando. ! Quién lo creyera!

No, el hombre no era malo. No podía ser malo.

Aquella mañana la pasamos conversando animadamente. Hablaba con calor, con una vehemencia inusual, casi con frenesí. Me daba la impresión de que todas aquellas palabras que pronunciaba, salían quemantes de su alma donde Dios sabe por qué oscuros designios, las había guardado por muchos años. En este tiempo de cálido coloquio amical, me abrió su corazón de par en par, dejando al descubierto hermosos recuerdos de su primera juventud; las dolorosas evocaciones de sus continuas frustraciones; sus más nobles sentimientos y su más acerbas agonías. A medida que hablaba, con entusiasmo cada vez más creciente, sus ojos se iban iluminando con un brillo extraño, lleno de vida y entusiasmo. ! Cuánto bien le estaba haciendo aquella plática! No necesitaba decírmelo. Ahora era otro hombre. Viéndolo así, radiante y optimista, quise apoyar su entusiasmo.

— Mira, hermano. Te ofrezco mi casa. Tú sabes yo vivo solo en el barrio Misti. Ocupo el primer piso pero el segundo está desocupado. ! Tú puedes vivir allí!

— Gracias, Checha muchísimas gracias por tu ofrecimiento. Pero creo que tienes razón. Todos tenemos oportunidad de rehacer nuestras vidas. Tú acabas de decírmelo…!!!Yo lo voy a intentar…!!!

— Claro, hermano, así se habla…!

— Te prometo, Checha, te juro hermano, que todo lo que me ponga, todo lo que coma, será con el dinero de mi trabajo. Y cuando tenga plata, alquilaré una casa y seré otro hombre. Te juro, hermano. Te juro que en tanto no sea fruto de mi trabajo, no probaré alimento alguno…!!! Te lo juro…!!!

Qué sinceridad translucían sus palabras. Qué emoción en su actitud, y cuánta limpieza en su mirada. No había nada que hacer. Aquella conversación le había hecho mucho bien a mi amigo. Su continente rebosaba un cambio notable cuando nos despedimos.

Eran los últimos días de octubre.

La llegada del primero de noviembre originó un inusitado movimiento en el pueblo. Todos se preparaban para recordar con recogimiento el “Día de los Santos Difuntos”. Todo el recorrido de las calles que conducen al cementerio estaba vestida de carpas y toldos. Las calles adyacentes al Mercado Central repletas de una abigarrada multitud de coronas. En grandes canastos, las tradicionales vendedoras ofrecían hermosas muñecas de harina y yeso: las “Tantawawas”, palomas de tamaños y formas diversas: los “Urpay”; una diversidad de llamas y caballos de pan. Tarjetas con recordatorios de diversos contenidos. Sin embargo, aquel año, el “Día de los Santos Difuntos” no fue como los anteriores. Desde el último día de octubre, un nevazón de grandes proporciones se había declarado en la cimera ciudad del Cerro de Pasco. La tormenta de nieve, inmisericorde y continua, cayó el primero y el dos de noviembre, día y noche.

La mañana del tres de noviembre, tras dos días de implacable tormenta, el ambiente se había aclarado, dando paso a la gloria de un azul intenso del cielo. La nieve había amainado y, un sol franco y agresivo, enviaba sus luminosos tentáculos sobre la tierra olvidada. Aquí y allá, los muchachos del pueblo, habían hecho gigantescos muñecos de nieve. El piso cenagoso con vestigios de nieve, hacía intransitable el camino al cementerio.

Bien entrada la mañana me dirigí al camposanto y cuando estaba por llegar a la puerta principal, advertí que un conglomerado de hombres y mujeres curiosos, se aglutinaban en derredor de una carpa. Me enteré que el juez se disponía a “levantar” un cadáver. Llevado por una punzante premonición me acerqué y, lo que vi, me anudó la garganta haciéndome temblar el corazón. Allí estaba él, el pobre “Patas a la Oreja”, clavado por docenas de ojos conmiserativos y curiosos; con su mameluco amarillo y las cananas de sus sogas obreras, en una posición dramática. Parecía una momia ancestral. Acurrucado, como si se tratara de conservar el calor rebelde y huidizo. Las cuencas de sus ojos, parecían negros hoyancos donde sepultaba la muerte de su mirada. ! Qué paz y serenidad había en su rostro cobrizo y ojeroso!.. Lo que más me estremeció, fue ver entre sus rodillas, dos latas de pintura: negra y blanca; parecían adheridas a sus carnes, en tanto que sus manos de un frío marmóreo, aprisionaban fuertemente un par de heroicas pero invictas brochas con las que debía ganarse el sustento.

Las gentes le habían visto llegar y sentarse al lado de la carpa. Todos pensaron que estaría ebrio y que buscaba dormir la borrachera. Así llegó la noche, y el día siguiente; la nieve siguió cayendo y él, inmóvil, en el mismo lugar. Cuando luego de limpiar  la nieve de su rostro y sus espaldas trataron de despertarle, comprobaron que su cuerpo, duro y rígido como un carámbano, ya era cadáver.

Estoy seguro que en cumplimiento de su promesa. Aquel día había ido al cementerio a ganarse unos soles pintando las cruces de las tumbas. La nieve implacable impidió que cumpliera su proyecto. En vano esperó. La nieve siguió cayendo. El orgullo de su hombría le impidió pedir nada, ni siquiera un lugar para guarecerse.

Se acurrucó detrás de la carpa para no molestar, inmóvil, abatido. El frío despiadado iría saturando su cuerpo, agarrotando sus músculos, endureciendo sus miembros, sumiéndole en una somnolencia apremiante. Era la muerte que llegaba, silenciosa y cruel, atenuando sus pasos en la nieve indolente; y él, al verla acercarse, sereno y altivo, la esperó como un hombre, y luego se fueron callados, sin un gemido, sin una lágrima, en silencio.

Ya en el Hospital, después de la autopsia, entrevisté al médico.

— ¿De qué murió, doctor…? – pregunté conmovido.

—  Por efecto de una pulmonía fulminante.

—  ¿Habría estado ebrio…?

—  No. Ni una sola gota de alcohol había en sus entrañas. Ni una sola. Pero lo que más me llama la atención es que, el pobre hombre, no tenía ni un gramo de alimento en el estómago. Seguramente no había comido nada en muchos días.

Aquella misma tarde, con su viejo mameluco amarillo como sudario y su enorme medalla de la virgen como metálico escapulario, cruzado por sus inseparables sogas compañeras, “Patas a la Oreja” fue colocado blandamente sobre un burdo cajón negro. A las cuatro de la tarde, presididos por las salmodias del “Cura Bolo”, cuatro cargadores, desiguales y  bamboleantes, llevaban el féretro. Los pasos inseguros de los hombres, unos más altos que los otros, originaban un balanceo rítmico como si lo llevaran, hamacándole. El pobre “Patas a la Oreja”, iba meciéndose y arrullado por la soledad y el silencio.

Al borde de su humilde tumba, traspasado de dolor y de angustia, sólo alcancé a musitar con respeto:

— Gracias, “Patas”. Gracias, hermano.