YARUSHYACAN (Leyenda)

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El progresista pueblo de San Francisco de Asís de Yarushyacán, ubicado al noroeste del Cerro de Pasco, enmarcado por Huariaca, Ticlacayán, Sunec, Yanacachi, Huamanmarca, Cajamarquilla y Chinchán, tiene una antiquísima leyenda que nos habla de su origen.

Cuentan que en tiempos  pasados, los pastores de la tribu de los yarush que habitaban esta zona, solían llevar a su rebaño a GANTO GANTO DE YACÁN donde abundaba el pasto y crecía un frondoso follaje. En este pintoresco lugar, una pastorcilla de tierna edad, sin perder de vista a su ganado, gustaba de ponerse  a jugar.

Un día que llevaba su manada a este paraje sintió que, a cada paso que daba, le arrojaban unas piedrecillas de un sitio que no podía precisar y menos aún quién  hacía la travesura. Un tanto alarmada comenzó a otear en derredor pero sin resultado alguno. Intrigada quiso seguir caminando cuando un silbido que venía del follaje avivó su curiosidad. La niña penetró por entre la hojarasca en donde crecían hermosas flores blancas y rosadas encontrándose  de repente con un primoroso niño de su misma edad, vestido de un modo muy raro, con un sayal marrón ajustado a su cuerpo por un largo cordón blanco.

  • ¿Usted tiraba piedrecitas?
  • ¡Sí, yo!
  • ¿Por qué?
  • Por jugar.
  • ¿Cómo se llama usted?
  • Yo soy Margarita. ¿Dónde están sus padres?
  • No los tengo. Cuido estos campos y estas flores. No quiero que nadie me vea. Sólo tú.

Desde aquel día, los niños jugaban contentos mientras el ganado pastaba. Un día a la niña se le ocurrió contar a sus padres que ella era muy feliz porque jugaba con un niño hermoso en el Ganto Ganto de Yacán, pero que le llamaba la atención que aquel hermoso niño no recibiera el fiambre que le invitaba. Intrigado por este relato, el padre decidió seguir los pasos de su hija y así sorprendió a los niños cuando jugaban desprevenidos. La niña se alarmó al ver a su progenitor en tanto el niño decidía huir; pero el padre le dio alcance, y cuando estaba a punto de cogerle para preguntarle quién era, el pequeño quedó inmóvil y al tocarlo pudo comprobar que todavía las manitas las tenía tibias pero que era una estatua. Deslumbrado, el hombre fue a avisar al pueblo. Al poco rato, rodeando a la imagen, estaban los hombres y mujeres.

  • ¡Paime canga patrón ninches! (¡He aquí nuestro patrón!) – Sentenció el más viejo de la tribu. Enseguida, emocionado llevó al pueblo la imagen hallada.

Al día siguiente se dieron con la sorpresa que el santo no estaba allí, y cuando por indicación de Margarita lo buscaron, llegaron a encontrarlo en Ganto Ganto de Yacán. Así cuatro veces. Por fin fue revelado que el santo no quería que lo movieran del lugar donde lo habían encontrado. Así, unánimemente, decidieron trasladar el pueblo de Yarush a Ganto Ganto de Yacán.

El 4 de mayo de 1618, siendo cacique don José Mazgo –el único que entendía el idioma de los españoles- se fundó oficialmente el pueblo de San Francisco de Asís de Yarushyacán.

El 16 de setiembre de 1961 se registra la creación política del Distrito San Francisco de Asís de Yarushacán, correspondiente a la provincia de Pasco, departamento de Pasco

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Imagen tomada de Radio Cumbre – San Francisco de Yarusyacán

Don Marco Aurelio Woolcott (Biografía)

don-marco-aurelio-woolcottEl 10 de marzo de 1922, después de prolongada enfermedad fallecía el destacado ciudadano cerreño don Marco Aurelio Woolcott, miembro de numerosa e ilustre familia descendiente de ingleses llegados a mediados del siglo anterior. La apretada síntesis de su biografía, es la siguiente.

Nació en el Cerro de Pasco, el 12 de noviembre de 1866, siendo sus padres, el señor Joseph R. Woolcott y, la señora Narcisa Robles. Se educó en Lima, graduándose de Doctor en Ciencias  Políticas y Administrativas, en 1889. Al año siguiente, fue nombrado Attaché de la delegación peruana en Chile.

Asociado a los doctores, Javier Prado y Ugarteche y, José Matías Manzanilla, fundó el periódico EL TIMON, para combatir a la Compañía de Jesús. Después colaboró en los diarios, EL TIEMPO, dirigido por Alberto Ulloa y, LA OPINION NACIONAL, de Andrés Aramburú. Fue uno de los fundadores del Círculo Literario y Ateneo de Lima.

Elegido en varias ocasiones, miembro de la Municipalidad del Cerro de Pasco, desempeñó por 12 años consecutivos el cargo de delegado ante la Junta Departamental, de que fue tres veces consecutivas, su presidente.

En 1879, fue acusado de participar de una revolución política por lo que fue trasladado a las casamatas del Callao, donde permaneció prisionero por largo tiempo.

Fue uno de los iniciadores de la instalación de la luz eléctrica en nuestra ciudad. Perteneció a casi todas las sociedades patrióticas y humanitarias y,  colaborador de todos los periódicos que se publicaron en nuestra ciudad. Varias veces fue presidente del Partido Liberal y ejerció el cargo de Venerable Maestro de la Logia Masónica de nuestra ciudad.

Fue sepultado en el cementerio general de la ciudad con honores correspondientes a su alta calidad humana, y ese día, las banderas flamearon a media asta en nuestra ciudad.

¿Sabía usted…?

Que la CHUNGUINADA, la más hermosa danza del centro del Perú, nació en el Cerro de Pasco a mediados del siglo XIX, cuando numerosos grupos de europeos se afincaron en sus predios para trabajar sus minas. Su nombre proviene de CHUNGA (“Burla festiva”) de donde viene CHUNGUINADA y no “chonguinada” como pronuncian los motosos llegando a la audacia de decir que había nacido en un pueblo llamado Chongos. La verdad es que, el pueblo cerreño, al ver las apoteósicas celebraciones en los consulados europeos, trató de imitar sus danzas; así de los franceses el minué con su despliegue de elegancia y vistosidad; de los españoles, la pavana y la sardana; de los italianos, la chacona, de los austriacos, sus cuadrillas. En general de todos estos grupos danzaban sus cuadrillas, es decir, la danza corporativa con las que se desplazaban por la calles. Por eso hay cuadrilla imperial, francesa, española, etc. No olvidar que, en aquel tiempo funcionaban doce consulados europeos en el Cerro de Pasco, una ciudad cosmopolita. Andando los años, los braceros que laboraban en la ciudad minera, llevaron a sus pagos el ejercicio de esta danza. Hoy en día se baila en todo el centro del Perú. La chunguinada es cerreña. (Ver la descripción completa de esta danza en el tomo VII de “Historia del pueblo mártir”)

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“Punta” de Chunguinada de la capilla de Curupuquio en el Cerro de Pasco. Por primera vez integran danzantes mujeres. Anteriormente sólo los hombres realizaban esta danza por lo pesado de su vestimenta de plata pura y por los días enteros que tenían que estar bailando en homenaje a las cruces de mayo.

FRATERNIDAD CARRIONINA (1958)

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En uno de los salones del restaurante ASTORIA, en fraternal reunión, profesores, empleados y auxiliares del Colegio Nacional Daniel A. Carrión, celebrando el onomástico del director del plantel, doctor Basilio Orihuela Melo.

De izquierda a derecha, de pie, están: Raúl Canta Rojas, inspector de educación; Abelardo Véliz, contador ecónomo; Carlos Román, profesor de inglés; Juvenal Augusto Rojas, excelente poeta, profesor de Castellano y notable periodista; Luis González y González, profesor de Literatura; Raúl Colca Malpartida, inspector de Educación que tuvo extraordinario desempeño en el cargo. Su experiencia acumulada a través de muchos años los volcó al servicio del plantel cuando llegó a desempeñar el cargo de Director. Fue uno de los más notables. Miguel Dávila Ramos, profesor de educación física y extraordinario deportista. Como futbolista y basquetbolista, fue integrante de las selecciones cerreñas. Dirigió al equipo profesional “Unión Minas” del Cerro de Pasco con magníficos resultados.

Sentados, de izquierda a derecha: Basilio Orihuela Melo, director del plantel (Homenajeado); Abad Ricaldi Huacachín, connotado abogado y profesor, director de la sección nocturna; Toribio Quijano Tamayo, profesor de Química; Pablo Montalvo Lavado, profesor de Literatura; Priscilo Laurencio Vara, “El Toro”, regente del colegio; Nectalio Acosta Ricce, bibliotecario y aplaudido basquetbolista de aquellos momentos; Agustín Bustamante Montoro, profesor de matemáticas y notable basquetbolista formado en las filas del “Rizo Patrón”. Ambos destacados integrantes de las selecciones de básquetbol de Pasco.

Muchos de estos brillantes amigos, ya no están con nosotros pero, pasados los años, los recordamos con mucho cariño y gratitud.

LA MURUCATA (Cuento goyllarino)

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Cuando el agua, sempiterna enemiga de los mineros cerreños, fue finalmente vencida gracias a la tenacidad del inglés Richard Trivithick que instaló bombas de vapor en el paraje de Santa Rosa, se hizo apremiante la necesidad de contar con abundante combustible para avivar la fogosidad de los motores.

Se indagó con entereza, se rastreó en todo el territorio pasqueño y de diversos y lejanos confines se trajo la turba necesaria para este cometido; sin embargo, los precarios yacimientos se agotaban con prontitud. Como era natural, la búsqueda de nuevos filones de carbón, se hizo incesante.

En esta época –mediados del siglo XIX– en que los pastores que transitaban con sus rebaños por los territorios yermos, cubiertos de verde pasto natural de Cuyllurishquishga, ocurrió un hecho misterioso.

Una noche clara y hermosa, iluminada por una luna enorme y brillante, los pastores  escucharon –aumentadas por el silencio de la noche- la voz alegre y apremiante de una mujer que entonaba bellas canciones en quechua, y en todas ellas, llamaba insistentemente a los hombres, conminándolos a que la amaran con premura. Tentados de descubrir el prodigio, los pastores acudieron presurosos al lugar donde brotaban las canciones. Con sigilo y cautela fueron acercándose hasta llegar a una elevación desde donde, admirados, pudieron verlo todo.

A la puerta de una profunda caverna una atractiva mujer, cantaba alegremente y con pasos ágiles y felinos, danzaba excitante ante los admirados ojos de los rabadanes.  Ataviada con un atuendo de vivos colores cubiertas de riquísima pedrería, portaba en la mano una pequeña manta de color blanco con pintas negras y azules que, a modo de bandera, lo agitaba por los aires, llevando siempre el compás de su música exquisita. Los pastores estaban mudos e inmóviles. Cuando la alegría había llegado a su clímax, se cubrió las espaldas con su manta negruzca (muru cata) fijándola con un enorme prendedor (tickpe) y cesando sus cánticos, dio vuelta y entró en la caverna.

Al comienzo, los hombres permanecieron anonadados e indecisos sin saber qué hacer, mas luego, repuestos de la sorpresa, temerosos e inquisitivos se acercaron y armándose de valor llamaron a gritos a la beldad. La profundidad de la caverna les devolvió el grito centuplicado por el eco. Llamaron dos veces más, después de esto, oyeron que la mujer les contestaba con atiplada voz.

  • ¡Entren y ámenme! Si me aman, les regalaré con mi murucata y serán muy ricos.

No se escuchó ni una palabra más. Los pastores, acoquinados, no tuvieron el suficiente valor para entrar.

Al día siguiente, muy temprano, dieron la noticia a su amo don Samuel Benavides quien reunió a muchísimos hombres que llevando lámparas y herramientas entraron en la caverna donde al fulgor de los candiles, brillantes reverberos devolvían la luz a través de las múltiples y vidriosas facetas de la lustrosa antracita: habían descubierto una fabulosa veta de carbón.

Emocionados por el hallazgo, denominaron con el nombre de MURUCATA (Manta Negruzca) al riquísimo filón de la bellísima mujer que, se supone, era la dueña de estas espléndidas riquezas.

 

EL MISTERIO DEL FERROCARRIL (Segunda parte)

gatos-entierroNo es para creer, pero es muy cierto. Al cumplirse las veinticuatro horas del día siguiente, dos hombres que en todo ese tiempo habían estado transpirando de fiebre en medio de estremecedoras alucinaciones, murieron de pulmonía.

Fue suficiente.

Después de realizar el entierro muchos ataron bártulos y partieron a sus pagos en distintas direcciones. La empresa se alarmó. La noticia esparcida por todos los ámbitos los había asustado. Ya nadie quería integrar aquella fatídica cuadrilla. Cuando los jefes del tramo evaluaron las serias dificultades del terreno y la negativa de los aterrorizados braceros a seguir adelante, presentaron un proyecto para cambiar la dirección de la ruta, pero el directorio les negó rotundamente esa costosa posibilidad. Había que seguir el trazo inicial aprobado. No había escapatoria.

Ante tamaña emergencia los jefes se reunieron con los pocos hombres que todavía quedaban en las filas. Querían solucionar el serio problema. Aquella vez los operarios manifestaron que todo lo que estaba ocurriendo en aquel lugar era obra del demonio y que para conjurar el maleficio debía convocarse a un afamado brujo. Él –decían- con sus poderes mágicos podría neutralizar la nefasta acción de Satanás. “No hay otra salida” afirmaron categóricos.

Como es de suponerse, los ingenieros no creyeron nada de lo que se había dicho, pero con el fin de no ahuyentar a los pocos trabajadores que quedaban, ordenaron que se hablara con un brujo que conocieran.

Contrataron a un famoso brujo de Margos y lo hicieron venir para conjurar la maléfica obra del diablo. Llegado al campamento, el hechicero margosino habló con todos.

  • Lo primero que tengo que hacer es conversar con el cerro… ¿Cómo se llama?.
  • “Mishihuaganan”, taita –contestó un obrero.
  • Conversaré con el cerro “Mishihuaganan” y le preguntaré por qué está poniendo estas inconveniencias en el trabajo y por qué está matando mucha gente.
  • Bien, taita.
  • De acuerdo a lo que me informe, procederé.
  • ¿Cuándo será eso, taita?. –preguntó otro.
  • Esta misma noche hablaré con él. Hoy es viernes, día propicio. Para despenar el cerro tendrán que pasar algunos días.
  • ¿Qué es lo que necesita y cuántos le acompañaremos? –Preguntó el contratante.
  • Compañía, no necesito. Debo ir solo. El cerro es chúcaro y no lo conozco. No es conveniente que me vea con extraños.
  • ¿Qué le prepararemos?
  • ¡Coca, cigarros, aguardiente y cuatro cirios de muerto!….
  • ¿Eso es todo?.
  • Para mi vuelta debe estar hirviendo un espeso caldo de gallina negra.
  • Así lo haremos, taita.

Aquel mismo viernes, cubierto con abrigadora indumentaria negra del sombrero a los zapatos, cerca de la medianoche, el margosino en su ascenso al fatídico cerro se perdió en la oscuridad de la noche,

De lo que el brujo hizo aquella noche, jamás nadie supo nada.

Cuando las primeras claridades del alba del día siguiente asomaban por oriente bajó el margosino con los ojos tumefactos y los carrillos hinchados de coca. Hizo una señal a todos para que se congregaran en derredor. Cuando todos estuvieron silenciosos y expectantes, dijo:

  • Anoche hablé con los gentiles que moran en el cerro. Ellos están muy irritados y no ven con agrado el tendido de estos caminos de hierro. Afirman que además de alarmar a los espíritus lugareños van a traer muchas desgracias a las gentes de estos sitios; por él –dicen- traficarán con el sudor de los campesinos que se convertirán en esclavos para extraer las riquezas que otros se llevarán. Habrá muchos abusos, mucho dolor y gran cantidad de muertos.
  • ¿Por qué dicen eso?… ¿Será cierto?. –preguntó alguien.
  • Ellos lo saben todo. Son eternos y conocen el pasado y vislumbran el futuro. Nada les es desconocido.
  • ¿Sí, taita?.
  • ¡Sí, hijo! Ellos saben que han fallecido de mala muerte dos hombres que trabajan en el camino de Unish baleados por los policías y que sus compañeros han sido castigados muy injustamente. Eso ha pesado para que impidan la construcción del camino. Están muy indignados por los atropellos cometidos. Sólo cuando las almas de esos hombres lleguen al cielo, dejarán de causar problemas. Eso es lo que me han dicho…
  • Entonces, ¿qué haremos, taita?…
  • En la misma cumbre del cerro, debe hacerse una misa a la virgen del buen morir para alcanzar la paz de los dos hombres que han finado…
  • ¿Cuál es esa virgen, taita?… ¡no la conocemos!.
  • Esa virgen ha sido traída hace muchos años por los extranjeros que llegaron a las minas del Cerro; ella es la Virgen del Tránsito. Sólo así –como les digo- se encontrará la paz en este lugar; caso contrario, nunca terminarán los problemas.
  • ¡Así se hará, taita! –Dijeron los braceros.
  • Bien, ahora que lo saben todo, espero que cumpla al pie de la letra mi encargo para bien de todos. Yo ya cumplí mi misión y me retiro.

Tal como lo había sugerido el margosino, así se hizo.

Aquella mañana, la naciente plaza de Smelter bullía de gente fiestera venida de todos los lugares aledaños: Vicco, Colquijirca, Ninagaga, Villa de Pasco, Alto Perú,  Sacra Familia, Tambo del Sol, Rancas y el Cerro de Pasco. De la ciudad minera habían asistido todas las congregaciones religiosas portando sus lábaros y pendones distintivos. Allí estaban “Las Hijas de María”, “La Hermandad del Perpetuo Socorro”, “La Hermandad del Niño Jesús de Praga”, “La Hermandad de la Virgen del Carmen”, “La Hermandad del Señor de los Milagros”, “La Hermandad de la Virgen de Fátima”, “La Hermandad Terciaria Franciscana”, y los miembros de la Beneficencia Austro – Húngara en pleno, portando el magnífico cuadro de la Virgen del Tránsito. La Madre de Dios, enmarcada en un hermoso cuadro de pan de oro, con sus cabellos rubios y sueltos en su ascensión a la gloria por hialinos cielos, ojos claros y manos abiertas en su sacra subida, rodeada de célicos arcángeles, ángeles, serafines y querubines.

Detrás del cuadro de la Virgen, iba el párroco con capa pluvial, predicando sus contristados paramentos y melancólicas salmodias. Siguiéndolo, un diácono portando una enorme cruz de plata, rodeada por seis monaguillos que blandían sendos incensarios que inundaban el ambiente de penetrante olor místico. A continuación venían las congregaciones religiosas seguidas de la plana directiva de la Railway; cerrando filas, los abnegados obreros carrilanos de la ruta, las gentes del pueblo y la banda de música de la Beneficencia Austro – Húngara.

Llegados a la cima del cerro, donde se había improvisado un hermoso altar, el párroco celebró una misa de campaña. Ya alto el mediodía, invitados por los concesionarios del ferrocarril, todos los peregrinos se acercaron al humeante asador de aromatizadas carnes tiernas y al enorme perol de espeso locro cerreño.

¡Santo Remedio!.

A partir de entonces desaparecieron los gatos y las tremendas dificultades anteriores; tanto es así que, a las doce del día 28 de julio de 1904, la locomotora número cien, halando adornados coches con las banderas peruana y norteamericana, entraba triunfalmente en la estación de la Esperanza inaugurando el tramo ferroviario la Oroya – Cerro de Pasco.

 

 

EL MISTERIO DEL FERROCARRIL (Primera parte)

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En el kilómetro 111, terrenos correspondientes a la Villa de Pasco, la vía férrea comienza a faldear los cerros que se yerguen sobre la pampa y rodeando sus estribaciones llega al kilómetro 130.700, que termina en la estación de la Esperanza del Cerro de Pasco. Estos diecinueve kilómetros y 700 metros que median entre uno y otro punto fueron en el momento de su construcción –albores del siglo veinte- los más fatales y duros del todo el recorrido. Ocurrencias trágicas y misteriosas los cubrieron con un halo de fatalidad, que hoy a muchos años, todavía los ancianos se santiguan al referirlos.

Esto es lo que acaeció.

Apenas iniciada la ascensión de aquella colina, una sucesión de inexplicables dificultades se les presentó a los heroicos trabajadores de la ruta. Las rocas eran tan duras que en un santiamén quebraban barrenos, puntas, cinceles y picos. Hasta la dinamita era impotente para destruirlas. Como si esto fuera poco, las atronadoras descargas atmosféricas caían continuamente como furiosos látigos eléctricos sobre los rieles tendidas llenando de consternación y sobresalto a los humildes trabajadores. Lo raro de todo esto es que acontecía en una época de sol.

El trabajo era duro, muy duro; pero se avanzaba.

Se había vencido serios contratiempos, pero a medida que se progresaba, se presentaban más arduas y continuas dificultades. Había mañanas en que la  espesa ventisca impedía la visión de los hombres cuando se aprestaban a iniciar la jornada. Otros días, espantosas trombas de agua se desencadenaban con pasmosa continuidad, impidiendo el inicio del trabajo.

Como es natural, esta serie de obstáculos alarmaba seriamente a los jefes y peones de la obra; nadie imaginaba entonces que estos impedimentos llegarían a límites insospechados.

Una noche  que la luna, redonda y magnífica, hacía brillar las estepas nivosas de la ruta, los braceros se incorporaron sobresaltados  sobre sus pellejos y cobijas. Miraron a la cumbre del cerro de donde provenían estremecedores gritos. Quedaron estáticos al ver lo que allí acontecía. Dibujándose a contraluz, centenares de gatos cimarrones andaban rompiendo la igualdad del horizonte. Había de todos los colores: negros, pardos, blancos, moteados, atigrados, grises, aleonados, rayados, rojizos, diversidad de combinaciones de éstos, emitiendo estridentes y escalofriantes maullidos. Horrorizados contemplaban cómo, cuatro de ellos, igual que si fueran humanos, llevaban en peso a un quinto  que simulaba estar muerto; detrás con los ojos brillantes como ascuas, un gigantesco gato negro de impresionante altura y alisado pelo lustroso, guiando a los que venían detrás alineados y caminando sobre sus patas traseras y las manos empalmadas como si estuvieran rezando. Lo más espeluznante de esta estremecedora procesión, eran sus  chillidos como desgarradores llantos de personas en trance de locura. Voces estridentes de todos los registros estremecían la noche. Los hombres mudos de terror no atinaban a pronunciar palabra. El silencio fue absoluto en tanto duró la ceremonia, después contritos y cavilosos se fueron a acostar. Aquella noche, el tétrico aquelarre de los gatos cimarrones prendidos de sus retinas, no los dejó dormir. Aquella noche también nació el nombre del cerro: Mishihuaganan. (Donde lloran los gatos)

Una extraña y negra premonición envolvió la oscuridad.

Al día siguiente, bajo unas lóbregas cerrazones que nublaba el paisaje, los hombres procuraban avanzar su trabajo en tanto no llegara la lluvia. Ya se había avanzado  considerablemente por un día y, al promediarse la tarde, un grupo que había hallado una inmensa roca, se aprestaba a quebrarla. Un trabajador que fijaba una punta para fragmentarla con el golpe de comba que propinaría un segundo, recibió de lleno el impacto del cincel al volar por los aires tras el golpe brutal que sacó chispas de la roca. Todo sucedió en unos segundos. La punta fue a incrustarse con un sonido sordo en la sien del portador. Nada se pudo hacer, murió instantáneamente.

El revuelo que causó esta espantosa muerte fue extraordinario. El difunto era un hombre muy querido en su grupo y el extraño accidente no dejaba de llamar la atención de los peones que, supersticiosos, asociaron la muerte del hombre con el extraño ritual gatuno de la noche anterior.

La superstición caló muy hondo en la conciencia del peonaje.

Pasados algunos días, cuando la normalidad parecía estar retornando a la cuadrilla, nuevamente la luna volvió a lucir su femenina palidez sobre la noche. Esta vez también volvieron  a ser testigos de un nuevo aquelarre felino. Uno de los hombres de la cuadrilla santiguándose musitó estremecido:

  • ¡¡¡Dios mío, mañana habrá otro muerto…!!!.

Así fue. Al día siguiente, cuando los obreros se aprestaban a iniciar sus labores, advirtieron que uno de ellos continuaba en la cama. Al querer despertarlo, quedaron helados. El hombre estaba muerto. Tenía fijos los vidriosos ojos, sanguinolentos y saltones, en el vacío inescrutable de la nada. Nadie hizo caso cuando los ingenieros afirmaron que había sido un derrame cerebral. Unánimemente, aseguraron que los gatos eran los malditos mensajeros de la muerte; que en sus ceremonias y sus entierros eran claros los anuncios de que alguien moriría.

Mucho batallaron los jefes para que los peones se calmaran. Tuvieron que aumentarles los salarios y regalarles con varias arrobas de aguardiente de caña para que decidieran seguir en el trabajo. Sin embargo, volvió a ocurrir el aquelarre y, al día siguiente de la satánica ceremonia, encontraron a otro hombre que se retorcía por los suelos, pálido como un muerto, con copiosas transpiraciones y alarmantes quejidos. Sus compañeros acudieron a auxiliarlo pero, ignorantes de lo que sucedía, nada pudieron hacer. En pocos minutos quedó muerto con las manos crispadas sobre el vientre.

  • Ha sido la “lipiria”- sentenció un viejo desdentado- ¡Pobre hombre… sus tripas se han enredado! … ¡Ha muerto!

No había nada que hacer. Todos estuvieron de acuerdo. Aquellas diabólicas ceremonias gatunas constituían la negra premonición de una muerte segura.

Temerosa, la gente se puso más alterada que nunca.

Ante tamaña avalancha de desgracias, los hombres tomaron una decisión; esperarían otra noche de luna, y convenientemente armados, irían a matar a los malditos animales endemoniados.

La espera no fue larga. Una noche de plenilunio, en la que el cerro misterioso era iluminado diáfanamente, se armaron de picos, látigos, hondas, barretas, garrotes y zurriagos a la espera del inicio del luctuoso ritual.

Muy poco tuvieron que aguardar.

Al promediar la medianoche, la tumultuosa procesión de gatos daba comienzo. Los hombres rodearon el cerro sigilosamente y procedieron a subir estrechando cada vez más el cerco humano. Después de dos horas de impaciente asedio, cuando ya tenían a los gatos en el centro del círculo humano, listos para la cacería, ocurrió algo inexplicable. La luna que hasta ese momento había permanecido brillante, repentinamente se cubrió de espesas nubes que ensombrecieron el paisaje y vientos huracanados venidos de todas las direcciones zarandearon aparatosamente a los hombres que impedidos de ver tan siquiera un poco, lanzaban sus garrotazos a diestra y siniestra sin lograr darle a los animales. Muchos llegaron a lesionarse entre ellos. En el oscuro vórtice de implacable terror, los desgarradores maullidos de los gatos se confundían con las imprecaciones y arengas de los hombres. Largo tiempo estuvieron enfrascados en la fantasmagórica escaramuza, hasta que cansados y en silencio comenzaron a bajar a tientas hasta el campamento. Nadie había llevado ni una lámpara, confiados en la claridad de la luna.

Continúa……

Hipólito Verástegui Cornejo Un paternal amigo extraordinario

La noticia me llegó punzantemente dolorosa a través del hilo telefónico. Lucho Rosazza con un marcado tono pungente en la voz, me dijo: “Te llamo para informarte que esta mañana, de madrugada, ha fallecido el doctor Verástegui”. No dijo más… O si lo dijo, no lo puedo recordar. El caso es que quedé inmóvil; muy conmovido. Un dolor enorme como venido de años me atravesó el corazón.

No era para menos.

Había entre él y yo, no obstante los años que nos diferenciaba, una enorme coincidencia de pareceres y un afecto como de padre a hijo que jamás podré olvidar.

El doctor Hipólito Verástegui Cornejo -“Polo” para familiares y amigos- había nacido el 3 de febrero de 1911, en el Cerro de Pasco. Fueron sus padres, don  Julián Verástegui Flores y doña Herminia Cornejo Agüero. Sus estudios primarios los había realizado en su tierra natal, los secundarios en el Colegio de Nuestra Señora de Guadalupe y los universitarios, primero en La Facultad de Medicina de Guayaquil y luego en la de Quito. Cuando en 1941, se inicia el conflicto que nos enfrentó con aquel país hermano de Ecuador, una beligerancia intolerable se desató contra los peruanos residentes en aquella ciudad. Maltratado y perseguido por ser peruano, tuvo que huir en jornadas penosamente dolorosas para llegar a su patria. Aquí, por disposición especial tuvo que revalidar los cursos llevados en Ecuador, en la facultad de Medicina Humana de San Fernando. Optó el grado de Médico cirujano en 1942. Inmediatamente después llega a ejercer en el Hospital Daniel A. Carrión de su tierra natal, el Cerro de Pasco. Aquí es en donde deja lo mejor de sus esfuerzos y desvelos en el cumplimiento de sus funciones. Comenzó como Jefe de la Asistencia Pública, luego, Jefe de la Cruz Roja Departamental, más tarde Director del Hospital Daniel A. Carrión y, finalmente, Jefe del Área Hospitalaria de Pasco. En todos estos cargos cumplió una labor extraordinaria. Todavía el pueblo cerreño lo recuerda. Especialmente la gente necesitada.

Casado con la señora Elvira Maldonado Balvín –su abnegada e inseparable compañera- tuvo en ella a su más brillante inspiradora de grandes acciones. Sus hijos son, Edith, Sonia, Hipólito Alberto, Juan y Frida.

Fue Presidente de CORPASCO donde efectuó obras de notable magnitud en beneficio del departamento. Desde su retorno a su tierra natal fue destacado miembro de Rotary Internacional.

A poco de asumir la presidencia del “Team Cerro”, club al que le dedicó muchos esfuerzos, se empeñó en adecuar debidamente sus instalaciones, ordenar la membresía, dinamizar sus actividades sociales y devolverle la prestancia que había tenido años anteriores. Lo logró con creces. El “Team” volvió a ser el remanso acogedor en el que los bohemios de aquellos años se reunían para hermosos convivios fraternales. Allí alternaban las humoradas graciosas, la conversación –aquella actividad tan hermosa, hoy día en decadencia-, la diversión de los juegos de salón, la música en la que de tanto en tanto, el legendario trío de guitarras conformado por Villaizán, Russo y Quintana, traían en alas de las melodías, el deleite espiritual que requerían; o en las voces del trío FRI – SO – MOR, conformado por “Chivillo” Frías, Soriano y Morales, los viejos valses de factura argentina, preferidos por los noctívagos de aquellos tramontos. En todas estas reuniones salpimentadas con bebidas de un bar tan nutrido de buena calidad como de variedad notable, reinó siempre la cordialidad fraternal.

Al frente del Rotary Club, su labor fue incansable. Con gran nostalgia recordamos, la navidad del niño cerreño, la semana del niño, las campañas de profilaxis social, los concursos escolares para alentar la formación de nuevos valores en el arte y la literatura.

En cumplimiento de ambas presidencias, consiguió devolvernos la tradición que estábamos a punto de perder. Logró que la compañía norteamericana edificara –contiguo al local institucional- una hermosa plaza de toros donde se realizaron las últimas manifestaciones de la Fiesta Brava a la que todos los cerreños somos aficionados. Despejes con adornados carros alegóricos conduciendo a las luminarias de la belleza local, ataviadas con peinetas, mantones de Manila, abanicos, claveles o sombreros cordobeses de ensueño, dignas de las paletas de Julio Romero de Torres; diestros encumbrados de la torería de entonces, con cuadrillas propias, banderilleros, puntilleros y monosabios.

Esta era la oportunidad en la que el pueblo gozaba de la magnificencia de la fiesta que está sufriendo su más triste ocaso. Las localidades al tope permitía que los fondos obtenidos, conjuntamente con donaciones de instituciones, compañías mineras, y personas notables, se incrementaran para que, víspera de Navidad, los niños pobres del Cerro de Pasco recibieran los más hermosos aguinaldos de manos de los rotarios y sus esposas. “Polo” Verástegui a la cabeza, con su compañera de siempre, doña “Viruca” Maldonado Balbín, entregando los regalos a los niños de los barrios cerreños que se aglutinaban en la plaza de toros. ¡Que inolvidable muestra de amor a los niños! ¡Qué despliegue de trabajo el que efectuaban entonces! ¡Los que presenciamos de cerca estos acontecimientos, jamás podremos olvidarlos! ¡Menos aún a los que, como “Polo” se desvivieron por realizar!

Su sensibilidad siempre a flor de piel, no sólo siguió honrando la tradición de celebrar emotivamente el “Día de la Madre”, sino que, realizando una esforzada campaña que todos apoyaron, hizo construir en el cementerio general, un hermoso mausoleo dedicado a la madre cerreña. ¡Qué sublime realización! A partir de su inauguración –el “Día de la Madre” de 1945- todos los años, religiosamente, se celebraba una misa solemne de réquiem por todas las madres. Ojalá que esta tradición que la mantuvimos mientras ejercimos en la Beneficencia, continúe. Ojalá.

Su entrega en el cumplimiento de las funciones que se le encomendaba, determinó su nombramiento de Presidente del Comité Departamental de Deportes de Pasco, máximo organismo rector del deporte en nuestro ámbito. En él cumplió una brillante actuación. Recordamos que, bajo su mandato, el deporte se encumbró grandemente. El año de 1950, para ser precisos, con motivo de los Primeros Juegos Deportivos Centro Peruanos, realizados en Huancayo, nuestro representativo departamental se trajo el campeonato en fútbol, el subcampeonato en Básquet, tercer lugar en Vóleibol y varias medallas en atletismo, ajedrez y ciclismo. Es decir, una brillante campaña que por mucho tiempo ha quedado en el recuerdo de los aficionados. En su época, controlado personalmente por él, bate el record mundial de permanencia en bicicleta el deportista Raúl Salvatierra. Para ellos, en todo el tiempo que duró la prueba estuvo del lado del sacrificado deportista. En aquellos tiempos logran destacada figuración a nivel nacional los representativos de fútbol de Unión Minas de Colquijirca, Alianza Huarón y otros equipos cerreños. En básquetbol, el Club Sport Peruano.

Extraordinario anfitrión fue con la señora Elvira, su esposa, cuando recibieron delegaciones del mundo entero venidas a participar en el Congreso Médico Internacional que se cumpliera en nuestra ciudad con motivo del cincuentenario del nacimiento de nuestro mártir Daniel Alcides Carrión. (13 de agosto de 1957). Se desvivieron por lograr cómodos alojamientos, adecuada alimentación, movilidad oportuna y rápida, atención médica de primera calidad. Es decir un trabajo de titanes que obtuvo un éxito rotundo. Cuando terminó el Congreso todos estuvieron muy agradecidos a los anfitriones.

En aquella ocasión, las asambleas académicas se efectuaron en el escenario del Cine Teatro Grau transmitidas por Radio Corporación, cuyas grabaciones magnetofónicas, en su totalidad, fueron entregadas a la Asociación Médica Peruana.

Los oradores en la primera sesión del Congreso fueron: el ex Ministro de Salud Pública y Asistencia Social, doctor Jorge Haaker Fort, que a nombre del Supremo Gobierno, declaró inaugurado el certamen. El doctor Arturo Baeza Goñi, por Chile; doctor Numa Pompilio Munguía por Honduras; doctor Jesús Acosta, por Venezuela; doctor Fernando Cordero, por Guatemala; doctor Ernest George Nauck, catedrático de la Universidad de Hamburgo, por Alemania; doctor Dagmar Chávez, por Brasil.  Los días siguientes, veinte distinguidos médicos de diversas nacionalidades por sesión, desfilaron por el escenario del Cine Grau. Aquella memorable oportunidad el Perú estuvo representado por los doctores René Gastelumendi, Luis Amat, Marino Costa, Carlos Rodríguez Larraín y Eduardo Águila Pardo, El Cerro de Pasco, por los doctores Hipólito Verástegui Cornejo, Aurelio Malpartida, Eduardo Ventura Torres, Juan Antonio Paitán, Eduardo Soberón Gutarra, Washington Landa Machuca,

Los médicos y sus esposas fueron homenajeados en los más distinguidos clubes sociales de la localidad y, por atención de las compañías mineras y ganaderas fueron atendidos en sus visitas al, “Bosque de Rocas” de Huayllay, Huariaca, La Quinua, Jumasha, Ninacaca, Chaprín.

En lo que a mí respecta, todavía recuerdo cuando llegué en compañía de don Martín Mendoza Tarazona, a la sede del Club de la Unión. Aquella noche se reunía el Rotary Club en su cena semanal y el invitado era yo. ¡Imagínense! En el primer rellano de la escalera me recibió con una abierta sonrisa entrañablemente amical que me infundió confianza y seguridad.

— ¡Bienvenido –me dijo- Estamos felices de que estés aquí para rendirte nuestro homenaje. Por Martín y los periódicos sabemos que has recibido el Premio de Excelencia en la Escuela. Eso nos llena de enorme satisfacción y orgullo. Inmediatamente fui presentado a los connotados socios rotarios que eran los personajes más notables de la ciudad; superintendentes de compañía mineras, hacendados, comerciantes, profesionales destacados.

Mi timidez se fue desvaneciendo a medida que alternaba con esos señores respetables y más aún cuando “Polo” llevándome a un rincón me dijo: “Tienes que estar tranquilo, no olvides que eres el invitado de honor y tienes que estar a la altura de las circunstancias”. Como por arte de magia me olvidé de mi triste indumentaria compuesta de un “mameluco” azul y camisa blanca. Más tarde, cuando generosamente Polo magnificó mi esfuerzo en la Escuela, todos aplaudieron y me regalaron con la colección de doce tomos de “El Tesoro de la Juventud”. Nunca había recibido un presente de esa calidad.

Años más tarde. Cuando estudiaba en la Universidad Carrión, fui presentado por “Polo” Verástegui para ser miembro activo de Rotary. Él fue mi padrino. En el desempeño de la Secretaría del Club obtuve brillantes experiencias. Muchas veces representé a Rotary en certámenes nacionales e internacionales, pero sobre todo, alimentó mi sensibilidad hacia los más necesitados.

Cuando, pasado el tiempo y ya jubilado, tuvo que partir, todo el pueblo cerreño manifestó abiertamente su dolor. Todos sentimos que una parte importante de nuestra historia partía. Ahora que, definitivamente, ha emprendido el viaje sin regreso, pedimos al Todopoderoso le alcance la felicidad a que tiene derecho. Se lo merece. Que Dios le bendiga.