EL TAMBO COLORADO

El tambo coloradoEra un precario alojamiento para los numerosos comerciantes que venían a vender sus productos en nuestra ciudad. Los hoteles: Universo,  América, Champa, Internacional y otros,  estaban dispuestos para comerciantes al por mayor que podían solventar sus costos muy elevados.

La particularidad de este local era su disposición interna. Posada en un enorme salón interior donde los huéspedes premunidos de sus pertenencias se acomodaban como podían. Había un enorme corral adyacente para guardar sus acémilas de transporte. En el salón que daba a la parte delantera -empalme de la subida de Santa Rosa con la calle del marqués- se dispuso una amplia sala que fue convertida en burdel de ínfima calidad donde recalaban los trabajadores de las minas, comerciantes minoristas, mercachifles, hombres desasidos de la fortuna y muchísimos tarambanas, borrachos y busca líos. Las hetairas o servidoras diligentes eran atractivas mujeres jóvenes venidas de lugares cálidos cercanos a la ciudad y, una que otra cerreña, avenida a esa tarea.

¡Ay! rosita, rosa

qué estarás haciendo,

en la noche oscura

con el taita cura.

                   Cura durmiendo,

                   sacristán borracho,

                   levanta la sotana….

¡Que siga la jarana…!

El animador musical del lenocinio era el ciego Clemente Aramburú, más conocido  por “Aramburucha”, eximio mandolinista que hacía flores con su pequeño instrumento al que cariñosamente llamaba “Mi Sirena”. Conformaba el conjunto, Bernabé Quispe,  “Bernacho”, un arpista notabilísimo que había sido maestro del genial “Tany” Medina. El que se afiataba al conjunto era un guitarrista extraordinario: Selenio Ronquillo, más conocido por “Huallpa pecho” (Pecho de gallina) que con su voz muy hermosa alegraba las reuniones. Finalmente, Liborio Soncco, violinista de hartos merecimientos, conocido por la “Sonso” Liborio. Un conjunto precario pero de altos merecimientos musicales.

Toda la noche sonaban los huaynos y cachuas, alegronas, pícaras y retozonas. Al amanecer la comunitaria “Pirwalla pirwa” huamanguina en la que participaban todos sin ningún tipo de remilgos y,  alternando, la “Relojera cajamarquina” que sorprendía a más de un inadvertido. Alternando con sus viajes a sus aposentos  personales todos gozaban de lo lindo.

Por ti, negrita,

pierdo la vida;

ese tu marido

me matará.

A un barranco

me echará;

los gavilanes

me comerán.

El lazarillo y acompañante de “Aramburucha” era una hermosa mujer joven, huamanguina como él, que se le había unido enamorada por su arte y conmovida por su invalidez. Durante la jarana, la mujer sincopaba con sus manos la caja del arpa de una manera admirable. “Aramburucha” que era muy celoso, estiraba las polleras de su mujer y se sentaba sobre ellas para que no pudieran sacarla a bailar.

A mi me llaman borracho,

a mí me llaman tunante;

así borracho y tunante,

                                      cambio, cambio, cambio mujeres….

Desde el comienzo de su periplo histórico hasta sus últimos instantes, fue escenario de mil y un avatares que dio mucho que hablar a las gentes del pueblo. Cuando se encontraban los mineros de dos minas rivales –por ejemplo- dirimían a golpes sus diferencias. Una que otra vez, los celos eran las chispas que encendían las peleas.

¡Ay! chuchulaiqui,

¡Ay! chuchulaiqui,

paltas Tarman niraiqui,

paltas Tarman niraiqui.

 

                                       ¡Ay! siquilaiqui,

                                       !Ay! siquilaiqui,

                                      zapallo huancar

niraiqui.

De entre los numerosos parroquianos que frecuentaban al Tambo, resaltaba con colores propios un cura italiano, alegre y borrachín, bebedor empedernido del rico aguardiente de caña de Vichaycoto, llamado Renzo Tubino que por el tufo que emanaba quedó con el nombre del “El Cura Tufino”. Expulsado del “Rancho Grande”, mancebía de los poderosos que no querían verlo ni en pintura, menos aún de “Rancho Chico”, recaló con su pesada humanidad en Tambo Colorado donde se conchabó con una cholita huanuqueña y hablantina a la que llamaban “La Socavón” -vaya usted a saber el por qué del apodo-. El caso es que cuando el cura llegaba todo el mundo se aprestaba a verlo bailar porque al hacerlo parecía un trompo, incansable y alegre, no obstante su pesada humanidad. Todos lo festejaban. El cura feliz.  Era muy alegre y manirroto, querido por todos. La última noche que había bebido tanto, su rostro se puso como un globo colorado, a punto de explotar. No hizo caso de las advertencias que le hicieron. Cuando llegó un momento de máxima alegría con una relojera cajamarquina bien tocada, el cura rodó por los suelos al terminar el baile y quedó frío con una mirada enigmática y terrible fija en el infinito. En el hospital de la Providencia el médico que lo examinó solo alcanzó a decir. “Fue una embolia cerebral”. No dijo más y le cubrió la cara.

         Yo le pegué a mi cholita

         Con un justa razón,

         porque le encontré lavando

         del Pedro su pantalón.

A esta desgracia se sumó la pérdida de “Mi sirena”. Una noche, un bromista, aprovechando que Aramburu había ido con su mujer al baño, cubrió la mandolina con un poncho y, el ciego al volver se sentó sobre ella. Al oír el crujido “Aramburucha” pegó el grito al cielo como si lo hubieran apuñalado. Su mandolina se había convertido en astillas. A partir de aquella noche en que lloró hasta conmover a los mineros más recios, se sumió en una tristeza enorme y dejó de ser el artista que tocaba su instrumento para alegrar a los demás.

Por aquello días había un descontento general en el país. Se había declarado ganador de las elecciones generales al mocho Sánchez Cerro. Hasta en el Cerro de Pasco donde se le odiaba como a nadie, había “ganado” al candidato aprista. Nadie quedó conforme y en el pueblo se preparó una asonada de protesta para los primeros días de diciembre de 1931. Lo comandaría el mismo Víctor Raúl Haya de la Torre. Se movilizarían las ciudades más importantes del ámbito nacional oponiéndose a la ascensión del “Mocho” que debía realizarse el 8 de diciembre. El jefe absoluto de este movimiento en nuestra ciudad fue el constitucionalista Pedro Muñiz, ingeniero que había trabajado en nuestras minas por lo que contaba con numerosos amigos. En cumplimiento de lo pactado fue tomada la ciudad minera esperando el apoyo de las otras ciudades apristas del Perú como Huánuco y Huancayo. Fatalmente estos no se manifestaron y, en ese ínterin, llegan tropas de Lima al mando del Comandante Castro León, produciéndose un violento tiroteo en las calles del Cerro de Pasco especialmente en el Tambo Colorado que habían convertido en cuartel general de la insurgencia. Después  de una aparatosa balacera terminaron por debelar el movimiento cerreño. Ese día también murió el Tambo Colorado.

LA COLUMNA PASCO

libro La Columna PascoEs el libro que con ágiles pinceladas describe los arenosos paisajes – asfixiante infierno en el día, páramo helado en la noche- donde se desuellan los pies descalzos y sangran los labios cuarteados de estos andrajosos fantasmas que la improvisación y la incapacidad estaban enviando al cadalso. Es el canto épico a un extraordinario grupo humano que luchó denodadamente contra todos los elementos. Es el recuento del esfuerzo de todo un pueblo para respaldar a sus héroes; de las madres implorantes que al final no pudieron cerrar los ojos de sus hijos ni sepultar sus restos diseminados en los ardientes confines de la patria. En las quinientas páginas de este libro vemos trazados con mano firme los retratos de los héroes de la epopeya, la dimensión de sus sueños, de sus frustraciones y, sobre todo, de la conmovedora renuncia a la vida en la hora suprema del sacrificio. Sin quebrar la línea de equilibrio nos describe con sus virtudes y defectos a estos soldados legendarios que, lógicamente, no son dioses: son hombres; pero, ¡Qué hombres!

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¡Quedan muy pocos!

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EL ENFERMERO ATENCIO

El enfermero AtencioDe los grandes recuerdos que guardo de mis tiempos infantiles, está éste, referido a un amigo de los hermanos de mi madre. Era un hombre muy bien acicalado que por la rigurosidad en su trabajo, constancia, honradez y grandes deseos de superación, fue contratado para que fuera “enfermero” en el Hospital Americano. Nunca estudió en centro alguno de la especialidad, pero inteligente como era, todo el acopio de conocimientos y experiencia los había aprendido en este nosocomio donde se inició y llegó a ser el más indicado para ayudar a los médicos en las intervenciones más difíciles. Lo único que recuerdo de él es su apellido: Atencio. Nunca supe de su nombre; sólo que era de Rancas. Él me conocía desde aquellos pasados tiempos y siempre me pasaba la voz: “Hola Arauquito” y cuando llevaba el vale correspondiente, me regalaba con abundante “Capsolina” una ardiente frotación para resfriados y dolor de huesos que aquejaba a mi abuela.

Ya lo dije en otra oportunidad, yo vivía a escasos veinte metros del hospital y eso me facilitaba el ser el primero en prenderme de las mallas de nosocomio cuando después de una angustiosa llamada de sirenas traían los despedazados cuerpos de los mineros caídos  en los socavones. Jamás mientras viva –estoy seguro-podrán borrarse aquellas escenas de mi vida.

Un poco más allá había un “montón” donde arrojaban los aparatos auxiliares de yeso con los que habían atendido a los accidentados. Los chicos del barrio Misti teníamos torsos, brazos, piernas etc. de yeso seco. Los utilizábamos para disfrazarnos de robots. Los restos de operaciones los arrojaban al fogoso horno donde calentaban el agua para los vecinos de Bellavista y especialmente del Hotel Americano. El factótum de estas operaciones era, Atencio.

Lo dejé de ver una punta de años hasta que un día, un señor, nos llevó a la clínica que había abierto la Universidad Cayetano Heredia para que haga sus estudios de enfermedades de altura. La mayor cantidad de jugadores del Banfield nos convertimos en “Conejillos de indias” para esas investigaciones. Siempre quisieron que yo estuviera entre los investigados porque cuando terminaba la experiencia en la que nos habían puesto una serie de alambres con puntos en diversas partes del cuerpo, uso de mascarillas y pedaleo de bicicletas, yo les contaba al detalle lo que había experimentado. No había necesidad de que me preguntaran, por eso me preferían. De ahí que saqué en blanco que tengo un corazón a prueba de balas aunque hipertrofiado (Eso me impidió ser piloto de aviación). Bueno el caso es que cuando llegue al hospital me encontré que el jefe de enfermeros era nada menos que Atencio. Nos estrechamos en un largo abrazo y cuando me preguntó por mis tíos –sus amigos- le informé que todos habían muerto. Se puso muy triste. Ya los años también habían dejado huellas en su rostro pero siempre seguía servicial y eficiente.

Perdónenme por estas digresiones pero a continuación quiero contarles una de las tantas anécdotas que tuvo Atencio en su exitosa vida profesional.

Él acababa de llegar al Hospital Americano y el jefe, doctor Norman Kelly, considerando su eficiencia, dispuso que fuera su “mano derecha”. Así de eficiente era Atencio. En cuanto al doctor Kelly, me llamaba la atención cómo era de pequeño, la mayoría de sus paisanos fácilmente bordeaban los dos metros pero él con las justas llegaría al metro sesenta. Yo que tenía doce años, le veía su cabecita brillante de pelos rubios como si fueran metálicos y sus ojos claros, misteriosamente celestes, que me producían intranquilidad. El caso es que ambos hacían una dupla muy eficiente.

Era el primer día de trabajo para Atencio cuando a las diez de la mañana trajeron a un hombre de la mina que se retorcía de cólicos. Su jefe -capataz de minas- aseguraba que tenía “Lipiria”, es decir que sus tripas se estaban enredando y que por eso el dolor era insoportable. El doctor Kelly, tras un rápido examen diagnosticó el mal que aquejaba al hombre. Dirigiéndose a Atencio, le dijo: “Inmediatamente, bañe a este hombre porque vamos a operar. Tiene apendicitis. No espere ni un segundo más, Atencio”.

Con una velocidad extraordinaria el auxiliar cumplió con la orden. Puso al hombre desnudo sobre la camilla, lo cubrió con una sábana blanca y lo llevó al quirófano. Abrió las puertas de par en par y en ese momento, sin que pudiera evitarlo, se metió una gigantesca mariposa negra que comenzó a volar dentro de la sala. Enmudecido de emoción lo único que hacía Herrera era persignarse en nombre del Padre, del hijo y el Espíritu Santo. Al ver esto el doctor Kelly le gritó: ¡Atencio!, saque ese mariposa de la sala!!

-No, doctor, no es ninguna mariposa, es un “Taparacuy”. ¡Está anunciando la       muerte! ¡Uno de los tres que estamos en esta sala va a morir! – El paciente que iba a ser operado comenzó a llorar.

– Déjese de abusiones Atencio y saque de inmediato esa mariposa….

– Ya le he dicho que es un malagüero “Taparacuy”, doctor…

– Ya carajo, Herrera ¡Saque esa Tapa raca!!!!!

Después de la operación que felizmente fue un éxito le explicaron al doctor Kelly que esa enorme mariposa llamada “Taparacuy”, posiblemente se había ocultado entre los troncos de eucalipto que se utiliza en el enmaderado de la mina y que sólo había estado adormilada. Que su nombre era “Taparacuy” y no “Tapa raca”, que en todo caso sería otra cosa.

EL INOLVIDABLE “PATAS A LA OREJA” (Segunda parte)

A partir de entonces nos volvimos a encontrar muchas veces. Él siempre amable y respetuoso se acercaba a saludarme de donde estuviere. En todo ese lapso su aliento de alcohol y de coca jamás lo abandonó.

patas a la oreja 2Una mañana que iba a mi trabajo lo vi rendido y vacilante que venía  de la Comisaría. Sus pasos eran cansinos y torpes. Su mameluco amarillo todavía conservaba la humedad que a las claras ostentaban las sogas. Los policías le habían flagelado despiadadamente, bañándole con el agua de lluvia. Su cuerpo aterido temblaba ostensiblemente. Su rostro tenía un aspecto que nunca le había visto.

— “Patas”…. ¿Qué te pasa hermano?- pregunté.

— !Me han baldeado y me han castigado Checha (así comenzó a llamarme).

— Pero… ¿Por qué?…. ¿Qué has hecho?.

— Me han culpado de un robo en el Mercado… pero yo no lo he cometido… !Te lo juro, Checha!… !Te lo juro!

— Te creo, hermano, te creo.

— Me han tenido dos días remojándome en agua fría y sin darme ni una miga de pan para alimentarme… Y lo que es peor, Checha, me han prohibido volver al Mercado…

Era lastimoso el aspecto que presentaba el pobre hombre. Su mirada siempre agresiva y desafiante, era ahora de una pasividad conmovedora.

— Mira, hermano –le dije-. Yo tengo pensión donde el “Chunchulín” Pérez. Vamos allá para que tomes algo caliente y desayunes.

— Gracias, Checha.

El hambre atrasada que tenía determinó que, en poquísimos minutos, diera cuenta de dos platos de avena y cuatro panes con mantequilla. Ya más tranquilo, comenzó a beber café caliente.

— Gracias, Checha. Que Dios te lo pague –su voz era débil pero cargada de emoción.

— No tienes por qué dármelas, hermano. Pero, ¿Ahora qué vas hacer?…Ya no podrás ni cargar en el Mercado….

— Así es, Checha. No sé lo que voy hacer…No sé… Encontraré algo.

— Mientras tanto espero que no sigas bebiendo – Dije

Un silencio de inquietud embarazosa invadió la sala.

— ¿Por qué bebes tanto, hermano?… ¿Qué es lo que pasa contigo? –seguí preguntando. Después de un largo silencio, “Patas a la Oreja” me contestó.

— Tú no sabes lo que es mi vida, Checha. Cuando estoy sin ningún trago encima, siento vergüenza de ser lo que soy; pero lo que más me duele, es comprobar que no tengo parientes ni amigos… Cuando estoy sano me doy cuenta de lo que me pasa, y soy consciente de que nadie me quiere…!Todos me desprecian…!!!

— ¿Por eso tomas?

— Sí, hermano, sí –era lastimosa la ansiedad con que hablaba. Como una confesión que la hubiera estado guardando en el alma dejaba deslizar sus palabras por sus labios amoratados – Cuando estoy borracho, pierdo toda la vergüenza y, puedo hablar con cualquiera; inclusive, me quedo a dormir donde la noche me llegue- hizo una pausa ahogado por un profundo suspiro, luego prosiguió – Cuando estoy borracho, no me importa que me desprecien, porque yo también les desprecio…

— ¿Por qué…?

— !Todos son malos, Checha. Todos son malos. Son unos canallas.

— ¿Por eso los insultas…?

— !Claro! Todos son malos, aunque yo soy el peor de todos…Yo no tengo remedio.

— Mira, hermano. En primer lugar todos no son malos; y en segundo lugar, los hombres podemos rehacer nuestras vidas…

— Eso lo dices tú, porque nunca te ha pasado lo que a mí me ha pasado…Yo he nacido marcado por un negro destino…

— ¿El destino…?

— !Claro, hermano, claro: El destino….

— ¿Qué es para ti el destino, “Patas”?.

— Para mí, Chechita –quedó pensativo un rato y luego continuó- el destino es un niño cruelmente juguetón y despiadado. Yo soy su juguete preferido…

Cuánta verdad había en sus palabras. Cuánto dolor en sus reflexiones. Bajó la mirada apesadumbrada y cuando la volvió a levantar después de un rato, esos ojos ayer coléricos y provocadores, estaban inundados de dolor y parecían las de una criatura desvalida. “Patas a la Oreja”, estaba llorando. !Quién lo creyera!.

No, el hombre no era malo. No podía ser malo.

Aquella mañana la pasamos conversando animadamente. Hablaba con calor, con una vehemencia inusual, casi con frenesí. Me daba la impresión de que todas aquellas palabras que pronunciaba, salían quemantes de su alma donde Dios sabe por qué oscuros designios, las había guardado por muchos años. En este tiempo de cálido coloquio amical me abrió su corazón de par en par dejando al descubierto hermosos recuerdos de su primera juventud; las dolorosas evocaciones de sus continuas frustraciones; sus más nobles sentimientos y su más acerbas agonías. A medida que hablaba con entusiasmo cada vez más creciente, sus ojos se iban iluminando con un brillo extraño, lleno de vida y entusiasmo. !Cuánto bien le estaba haciendo aquella plática! No necesitaba decírmelo. Ahora era otro hombre. Viéndolo así, radiante y optimista, quise apoyar su entusiasmo.

— Mira, hermano. Te ofrezco mi casa. Tú sabes yo vivo solo en el barrio Misti. Ocupo el primer piso pero el segundo está desocupado. !Tú puedes vivir allí!.

— Gracias, Checha muchísimas gracias por tu ofrecimiento. Pero creo que tienes razón. Todos tenemos oportunidad de rehacer nuestras vidas. Tú acabas de decírmelo…!!!Yo lo voy a intentar…!!!

— Claro, hermano, así se habla…!

— Te prometo, Checha, te juro hermano, que todo lo que me ponga, todo lo que coma, será con el dinero de mi trabajo. Y cuando tenga plata, alquilaré una casa y seré otro hombre. Te juro, hermano. Te juro que en tanto no sea fruto de mi trabajo, no probaré alimento alguno…!!! Te lo juro…!!!

Qué sinceridad translucían sus palabras. Qué emoción en su actitud, y cuánta limpieza en su mirada. No había nada que hacer. Aquella conversación le había hecho mucho bien a mi amigo. Su continente rebosaba un cambio notable cuando nos despedimos.

Eran los últimos días de octubre.

La llegada del primero de noviembre originó un inusitado movimiento en el pueblo. Todos se preparaban para recordar con recogimiento el “Día de los Santos Difuntos”. Todo el recorrido de las calles que conducen al cementerio estaban atiborradas de carpas y toldos. Las calles adyacentes al Mercado Central repletas de una abigarrada multitud de coronas. En grandes canastos las tradicionales vendedoras ofrecían hermosas muñecas de harina y yeso: las “Tantahuahuas”, palomas de tamaños y formas diversas: los “Urpay”; una diversidad de llamas y caballos de pan. Tarjetas con recordatorios de diversos contenidos. Sin embargo, aquel año, el “Día de los Santos Difuntos” no fue como los anteriores. Desde el último día de octubre, un nevazón de grandes proporciones se había declarado en la cimera ciudad del Cerro de Pasco. La tormenta de nieve, inmisericorde y continua, cayó el primero y el dos de noviembre, día y noche.

La mañana del tres de noviembre, tras dos días de implacable tormenta, el ambiente se había aclarado, dando paso a la gloria de un azul intenso del cielo. La nieve había amainado y, un sol franco y agresivo, enviaba sus luminosos tentáculos sobre la tierra olvidada. Aquí y allá, los muchachos del pueblo, habían hecho gigantescos muñecos de nieve. El piso cenagoso con vestigios de nieve, hacía intransitable el camino al cementerio.

Bien entrada la mañana me dirigí al camposanto y cuando estaba por llegar a la puerta principal, advertí que un conglomerado de hombres y mujeres curiosos, se aglutinaban en derredor de una carpa. Me enteré que el juez se disponía a “levantar” un cadáver. Llevado por una punzante premonición me acerqué y, lo que vi, me anudó la garganta haciéndome temblar el corazón. Allí estaba él, el pobre “Patas a la Oreja”, clavado por docenas de ojos conmiserativos y curiosos; con su mameluco amarillo y las cananas de sus sogas obreras, en una posición dramática. Parecía una momia ancestral. Acurrucado, como si se tratara de conservar el calor rebelde y huidizo. Las cuencas de sus ojos, parecían negros hoyancos donde sepultaba la muerte de su mirada. !Qué paz y serenidad había en su rostro cobrizo y ojeroso!.. Lo que más me estremeció, fue ver entre sus rodillas, dos latas de pintura: negra y blanca; parecían adheridas a sus carnes, en tanto que sus manos de un frío marmóreo, aprisionaban fuertemente un par de heroicas pero invictas brochas con las que debía ganarse el sustento.

Las gentes le habían visto llegar y sentarse al lado de la carpa. Todos pensaron que estaría ebrio y que buscaba dormir la borrachera. Así llegó la noche, y el día siguiente; la nieve siguió cayendo y él, inmóvil, en el mismo lugar. Cuando luego de limpiar  la nieve de su rostro y sus espaldas trataron de despertarle, comprobaron que su cuerpo, duro y rígido como un carámbano, ya era cadáver.

Estoy seguro que en cumplimiento de su promesa. Aquel día había ido al cementerio a ganarse unos soles pintando las cruces de las tumbas. La nieve implacable impidió que cumpliera su proyecto. En vano esperó. La nieve siguió cayendo. El orgullo de su hombría le impidió pedir nada, ni siquiera un lugar para guarecerse.

Se acurrucó detrás de la carpa para no molestar, inmóvil, abatido. El frío despiadado iría saturando su cuerpo, agarrotando sus músculos, endureciendo sus miembros, sumiéndole en una somnolencia apremiante. Era la muerte que llegaba, silenciosa y cruel, atenuando sus pasos en la nieve indolente; y él, al verla acercarse, sereno y altivo, la esperó como un hombre, y luego se fueron callados, sin un gemido, sin una lágrima, en silencio.

Ya en el Hospital, después de la autopsia, entrevisté al médico.

— ¿De qué murió, doctor…? – pregunté conmovido.

—  Por efecto de una pulmonía fulminante.

—  ¿Habría estado ebrio…?

—  No. Ni una sola gota de alcohol había en sus entrañas. Ni una sola. Pero lo que más me llama la atención es que, el pobre hombre, no tenía ni un gramo de alimento en el estómago. Seguramente no había comido nada en muchos días.

Aquella misma tarde, con su viejo mameluco amarillo como sudario y su enorme medalla de la virgen como metálico escapulario, cruzado por sus inseparables sogas compañeras, “Patas a la Oreja” fue colocado blandamente sobre un burdo cajón negro. A las cuatro de la tarde, presididos por las salmodias del “Cura Bolo”, cuatro cargadores, desiguales y  bamboleantes, llevaban el féretro. Los pasos inseguros de los hombres, unos más altos que los otros, originaban un balanceo rítmico como si lo llevaran, hamacándole. El pobre “Patas a la Oreja”, iba meciéndose y arrullado por la soledad y el silencio.

Al borde de su humilde tumba, traspasado de dolor y de angustia, sólo alcancé a musitar:

— Gracias, “Patas”. Gracias, hermano, por tu hermosa lección de coraje y de hombría.

FIN…

“PATAS A LA OREJA” (Primera parte)

!!!…Patas a la oreja…!!!

Acuarela del maestro Luis Palao
Acuarela del maestro Luis Palao

El rebenque de su grito seguido de una retahíla de juramentos e indecencias restallaba zafio en las calles cerreñas. Ebrio, con paso inseguro, caminaba bamboleante viniendo de varias direcciones por las arterias pueblerinas. Muchos eran los personajes a quienes dedicaba lesivos improperios, especialmente si lo encontraba en su trayecto. Los agredía con sus agresivos ojos sanguinolentos en tanto su lengua -mortal estilete- hería y volvía a herir la dignidad de los agredidos con negras verdades o mentiras inventadas. Entonces los aludidos desandaban el camino o se cambiaban de acera.

!!!…Patas a la oreja…!!!

Vivía convencido que era víctima de la  calumnia. Estaba seguro que algún cobarde, presionado por las urgencias del suplicio, le había atribuido una canallada que no había cometido. Durante su larga estancia en el Frontón acusado de matar al Prefecto de Pasco, había buscado inútilmente en su memoria -andando y desandando imaginariamente sus pasos- a quién podía haberlo calumniado de esa manera. En vano hurgó en sus vigilias. Todo lo que había conseguido era una lista de presuntos soplones a los que buscaba infructuosamente, juzgándolos culpables de su negro destino.

!!!….Patas a la oreja…!!!

Desafiante y soberbio afirmaba que en cuanto descubriera a los culpables de su desgracia, les molería la cara poniéndoles las patas a la oreja, afirmación ésta –bullanguera y fanfarrona- que sepultó su verdadero nombre en la memoria del pueblo. Desde entonces, el zurriago de su apodo, supervivió vigente y sonoro. Gritaba que a los soplones les sacaría los ojos y los dientes; que aplastaría los labios delatores; que les haría papilla las manos implorantes.

!!!…Patas a la oreja…!!!

Había sido perseguido como un criminal. La enloquecida brújula de su fuga lo había llevado a lugares remotos y extraños. Selva, costa, sierra. !Siempre fugando! Cuando lo encontraron, maniatado y sangrante lo arrojaron sobre las arenas del Frontón. Entonces descubrió la negra monstruosidad de la palabra soledad… !Ni un pariente!… !Ni un amigo!…  !Ni un conocido!…!Nadie!

!!!…Patas a las oreja…!!!

Cuando salió de presidio, nadie lo esperaba. Estaba tan sediento de comprensión y compañía que decidió retornar a la tierra amada a rehacer su vida. El largo camino y la medrosa llegada a su hogar en busca de su mujer. No la encontró. Compungidas y misteriosas las antiguas vecinas le informaron que a poco de iniciarse la persecución, su mujer, se había marchado con un guardia republicano. !Maldita sea!

Entonces supo que sin ayer ni mañana, sólo la compañía de las botellas podía atenuar su locura vengativa, su obsesionante delirio de persecución. Su paranoia. En ese tiempo entabló amistad con el “Chalaco”, maduro y bondadoso cargador, saturado de penas y amarguras, con el que prodigó sus brindis interminables. El “Chalaco” lo llevó al gremio y lo hizo cargador. Dúctil e inteligente, “Patas”, fue elegido Secretario General del grupo. En el cargo pondría al descubierto sus grandes dotes de luchador y dirigente. Los hombres de su gremio comenzaron a respetarle y a obedecerle.

!!!…Patas a la Oreja…!!!

Era un cholo macizo y musculoso, cabeza recia y miembros que parecían de acero por su dureza y resistencia. Su cara cobriza, parecía tallada en granito; nariz larga y aguileña; boca, grande de labios delgados; frente estrecha, llena de surcos; mejillas, enjutas y lisas que resaltaban sus pómulos salientes; greñas rebeldes y crecidas que se extendían desde la frente hasta los hombros en negra y uniforme extensión,  Era un claro y regio ejemplar de cholo cerreño.

Su cuerpo, compacto y musculoso, se cubría íntegramente con un mameluco amarillo, “Campeón”, debajo del cual, sólo una trusa de fútbol, era su única ropa interior. Cruzada sobre su pecho –cananas guerreras-, una soga, en varias vueltas, proclamando su ocupación de cargador; para probarlo, en el lado izquierdo de su descolorida indumentaria, una remachada placa de bronce, donde se leía: CARGADOR. Calzaba toscos zapatones acribillados de recios  clavos de bomba, llamados “rompebuques”.

Yo también -como todos- tenía muchos prejuicios contra él; hasta que llegué a conocerlo.

Una noche que había ido en busca de noticias al Hospital Carrión, me informaron que el único suceso que podían hacer de mi conocimiento, era la muerte del “Chalaco”, el humilde cargador que aquella misma mañana había sido encontrado muerto a la puerta del almacén de Vicente Vegas. La autopsia reveló que su fallecimiento se debía a un edema pulmonar agudo. Después de esta información pase a la morgue a ver el cadáver. Cuando subí las escaleras y llegué a la elevación donde estaba el mortuorio, alcancé a distinguir en la parte superior de la losa donde yacía el difunto, una vela iluminando el frío cadáver, todo amoratado, como si acabara de ser pintado; a un costado, sobre una vieja silla, el solitario “Patas a la Oreja”. Solo, mudo y contrito, como un viejo ídolo. Tenía los carrillos abultados de coca; en la mano derecha un cigarrillo y sobre el piso, una botella de aguardiente de caña. Había que ver el rostro del “Patas”. Pálido de pesadumbre miraba fijamente el cadáver de su amigo; de su único amigo. Enternecido por la escena de verdadera fidelidad amical, me retiré conmovido sin decir nada. Aquella vez, “Patas a la Oreja”, amaneció velando a su amigo y, al día siguiente reunió a los cargadores y tras una erogación, compró un ataúd en el que sepultó al “Chalaco”.

Un ser humano capaz de este hermoso gesto, no podía ser malo; todo el pésimo concepto que tenía de aquel hombre, cambió por completo.

La oportunidad de hablar personalmente con él y de llegar a conocerlo más, me lo ofreció el deporte.

Se jugaba el partido definitorio de  básquetbol para representar a Pasco en el Campeonato Nacional Escolar. Se enfrentaban los equipos del Colegio Nacional Carrión y del Instituto Nacional Industrial No 3. Viejos y encarnizados rivales de siempre. Al llegar a la puerta donde había numeroso público, lo vi pugnando por infiltrarse gratuitamente. Abrí campo y le hice ingresar. Ya dentro, me agradeció el gesto y me deseó mucha suerte en el partido.

Al finalizar el primer tiempo, las acciones del cotejo estaban equilibradas. El marcador señalaba un empate. En eso entró en el vestuario. Era visible su preocupación. Se me acercó para alentarme.

— !Mala suerte, caracho!!…!Mala suerte!! Ustedes están nerviosos. Necesitan tranquilizarse. !Han perdiendo muchas canastas…!

— Así es, “Patas”, así es…

— Mira, crespito –me dijo confidencial-  Yo te voy a prestar la medalla de la Virgen Milagrosa. !Póntela y vas a ver cómo cambian las cosas! – uniendo la acción a la palabra desabrochó su mameluco, y me enseñó una gigantesca medalla colgada de su cuello -!Póntela crespito!…!Te la presto!!!- y se la quitó del cuello. La medalla de plomo, del tamaño de un plato de postre, le había pintado todo el pecho de un negro retinto y brilloso.

— Gracias, hermano –le respondí- Pero tú ves que la medalla es demasiado grande. El árbitro me la hará quitar.

— Tienes razón crespito, pero no importa; yo voy a rogar para que ustedes ganen, porque ella, es muy milagrosa. Ella es mi madre. La única que me quiere. !Ya verás! – dio un beso a la medalla y se la volvió a poner abotonando su mameluco. !!!Suerte!!!.

— Gracias “Patas”.

Así nos conocimos.

Continúa….

Un gran recuerdo chiclayano (Anécdota)

recuerdo chiclayanoEl año de 1965 celebrábamos alegremente la creación de nuestra universidad que tanto nos había costado lograr. Todos estábamos decididos a realizar un trabajo consciente por elevar nuestro status cultural que bien lo necesitábamos.

Los últimos días de aquel año se realizaba en Chiclayo un encuentro de escritores peruanos. Nuestro maestro Elmo Ledesma Zamora, a la sazón jefe de curso, programó un viaje de los alumnos de la especialidad para presenciar “en vivo y directo” los pormenores de los debates que prometían ser sustanciosos. Me encargó personalmente para que en mi condición de profesor auxiliar, reclutara a los alumnos que estuvieran dispuestos a viajar. Todos se apuntaron, hombres y mujeres. Así las cosas enrumbamos hacia Chiclayo.

Cuando llegamos conocimos a escritores y teóricos de la literatura, eminencias literarias de aquellos tiempos: Ciro Alegría, José María Arguedas, Arturo D. Hernández, Francisco Izquierdo Ríos, Porfirio Meneses, Oswaldo Reynoso, Sebastián Salazar Bondy, Oscar Silva, Mario Vargas Llosa, Eleodoro Vargas Vicuña, (Éste estaba de moda porque acababa de publicar “Taita Cristo” y era reciente ganador del premio de Cultura), Carlos Eduardo Zavaleta; y ocho críticos literarios: Alberto Escobar, Tomás Escajadillo, Jorge Cornejo Polar, Pedro Luis Gonzales, Aníbal Portocarrero, José Miguel Oviedo, Enrique Ballón Aguirre y Winston Orrillo.

Aquella vez, los narradores hablaron en tono confesional de sus vidas y experiencias personales, leyendo segmentos de novela o cuento que estaban preparando. Por otra parte se libraron espectaculares debates respecto de la responsabilidad de los escritores, etc. Es decir, fueron clases vivas y directas de nuestra literatura, emanadas de los propios creadores y críticos. Una experiencia muy valiosa que nunca olvidaremos.

Las reuniones se realizaban en dos turnos. De ocho de la mañana a doce del día y de dos a seis de la tarde. Uno de aquellos días se efectuó una ardiente discusión acerca de “La Literatura Comprometida”, muy de moda en aquel entonces. Las intervenciones brillantes se sucedían una tras otra prolongándose más de tiempo programado. Cuando caímos en la cuenta de que la primera sesión se había extendido hasta las tres y media de la tarde, se acordó que después de almuerzo ya no habría otra reunión porque el tiempo se había agotado. Teníamos la tarde libre.

Cuando me dispuse a entregar su cuota diaria a cada uno de los alumnos, éstos me dijeron que por tener la tarde libre deberíamos ir todos juntos a un lugar típico de Chiclayo para degustar sus platos típicos. Como hubo consenso, acepté. En cuatro carros de alquiler nos trasladamos a un local ubicado en las afueras que tenía toda la garantía de atención y calidad.

Los anfitriones nos ubicaron  en una parte alta desde donde podíamos ver todo el panorama del local que, además, era muy cómodo para nosotros. Así las cosas, mientras preparaban los potajes correspondientes, a pedido de las chicas decidimos efectuar un campeonato de “Sapo”. Nos encontrábamos en esos gratos avatares cuando vimos que a la entrada se armaba un barullo extraordinario. Acababa de entrar un guitarrista ciego en compañía de un moreno gigantón –su escolta- portando un bango, es decir un  instrumento que parecía la hibridación de una tambor con manija convertido en guitarra.

De inmediato, un  grupo de curas con sonata blanca que se encontraban jugando sapo los recibieron con nutridos aplausos, pero el más hablantín de ellos dijo a los músicos: “Muchachos, hoy día toquen algo bueno y nuevo, pues. Ya estamos cansados de sus marineras y pasillos que repiten constantemente”. “Está bien, dijo el ciego, vamos a tocar una pieza musical casi desconocida pero llena de emoción que tiene especial significación en mi vida. Escuchen”. Contagiados del momento, nosotros también prestamos oídos. Lo que ocurrió a continuación nos tocó profundamente el corazón. Ese maravilloso dúo de calidad innegable comenzó a ejecutar nuestra muliza: “A ti”. Quedamos estáticos y mudos de admiración y reminiscencias. Cuando terminaron nos sumamos a los generosos aplausos que todos les prodigaron. Fue tanta nuestra emoción que llamé al “Negro” Canta y le dije: “Raúl: Ve e invita a aquellos artistas a nuestra mesa, pero no le digas que somos del Cerro de Pasco”. Cumpliendo con el encargo, Canta los trajo. Después de nuestras felicitaciones y trago, les pedimos que repitan la canción que acababan de interpretar. Lo hicieron de una manera que a todos nos emocionó. Vi lágrimas en los ojos no sólo de las chicas, sino de todos los del grupo. ¡Cómo nos conmocionó!

Muliza a tiCuando les informé que esa era una muliza del Cerro de Pasco y que nos había encantado porque todos éramos cerreños, el ciego, como movido por un resorte se puso de pie, exultante,  y nos prodigó de abrazos a todos los de la delegación. Después, muy compungido nos dijo: “Yo quiero mucho al Cerro de Pasco, allí dejé gran parte de mi juventud. Sólo pude abandonarlo cuando comencé a perder la vista. Yo fui  brequero en la Railway y sufrí una caída que me hizo perder el conocimiento y después, poco a poco, a perder la vista. Ahora que estoy ciego rememoro la bondad de aquel pueblo querido. Cuando se encuentren con Salinas, Urdanegui, Azcurra y Cortabrazo denles mis saludos. Ellos fueron mis compañeros de trabajo”. Parecía un niño haciendo encargos. A continuación, con el marco de sus instrumentos, cantamos esa y otras mulizas además de queridos huainos muy alegres.

Cuando nos despedimos, todavía se sentía un  nexo de fraternidad con aquel artista que, con una canción, nos trajo nuevamente a nuestra tierra.

Adjunta a esta nota, publicamos la muliza original que desde 1925 se nos ha metido en el alma, remeciéndonos cada vez que la cantamos. Las letras son de una poeta sevillana y la música de nuestro compositor G

VIEJAS CANCIONES DEL RECUERDO (Tercera parte)

Todas las viejas canciones que rememoramos con mucho amor, las escuchamos a nuestros padres en los lejanos tiempos de nuestra infancia. Aquellos en los que la solvencia económica permitía a nuestros a mayores vivir con comodidad y desahogo.

Recuerdo cuando mis tíos –hermanos de mi madre- después de cumplir sus tareas en la compañía, se acicalaban para ir a dar vueltas “por el centro”. Bien emperifollados en sus ternos “Oxford” de corte ceñido, camisa fina con el cuello abierto para lucir una chalinita de seda, brillantes zapatos “Águila Americana”, un elegante sombrero “Stetson” o “Borsalino”, el pelo con un perfumado fijador “A lo Gardel”, cigarrillos finos en la tabaquera (Todos los ternos tenían ese bolsillo), un discreto perfume en las solapas y su buena bolsita de “Sen – Sen” con minúsculas pastillitas que perfumaban el aliento. Con todo ello, a conquistar el “Centro”.

Por aquellos tiempos los mozos eran muy cuidadosos en su apariencia. Tenían  como paradigmas y modelos a Carlos Gardel, Hugo del Carril, Florén Del Bene, Agustín Irusta o el francés Charles Boyer, o los gringos Gary Cooper, Errol Flyn, Gregory Peck, Tyrone Power, Humprey Bogart, Gary James Stewrt y otros.

Eran muy galantes y, para estar a todo con la moda, asistían al gimnasio de don Paolo Merello y a las salas de baile que estaban al día con lo último de la moda: Fox Strot, One step, Two Step, Charleston, Bugui Bugui, “Swing” y otros atrevidos bailes de aquellos momentos.

De aquellos momentos es este vals que tuvo espectacular popularidad. Lo  canta Hugo del Carril en una vieja película:

ROSAS DE OTOÑO
Letra: José Rial (h)
Música: Guillermo Barbieri

Tú eres la vida, la vida dulce
Llena de encantos y lucidez;
Tú me sostienes y me conduces
Hacia la cumbre de tu altivez.

Tú eres constancia, yo soy paciencia
Tú eres ternura yo soy piedad
Tú representas la independencia
Yo simbolizo la libertad

Tú bien lo sabes que estoy enfermo
Y en mi semblante claro se ve
Que ya de noche casi no duermo
No duermo nada ¿Sabes por qué?

Porque yo sueño cómo te aprecio
De que a mi lado te he de tener.
Son sueños vanos, torpes y necios
Pero, mi vida ¿Qué voy hacer

Yo sufro mucho, me duele el alma
Y es tan penosa mi situación
Que muchos veces, por buscar calma
Llevo mis dedos al diapasón.

De tu desprecio nunca hagas gala
Porque si lo haces ¡pobre de mí!
Quiéreme siempre, no seas tan mala

EL GARAÑÓN CERREÑO

En este tradicional Día del Padre, hago llegar mi saludo cordial a todos los padres del mundo, especialmente a los cerreños, deseándoles mucha felicidad en el futuro, rodeados de sus hijos.

el garañon cerreño“Los años cuarenta del siglo pasado la compañía norteamericana “Copper Corporation” se permitía solventar una planilla de quince mil hombres en minas, talleres, oficinas, ferrocarriles y demás ambientes de su propiedad. La ciudad minera, como siempre, lucía el esplendor de su vida social y comercio. Todo iba avante. Exitoso. Cumpliendo con los lineamientos del Gobierno, la COPPER publicitaba, “premios en efectivo a los padres más prolíficos”. El Presidente de la República había establecido que era imperativo recompensar a los padres que trajeran hombres fuertes y productivos para el país. Como es lógico, las parejas cerreñas deseosas de ganarse el galardón, no dejaron en paz los tálamos nupciales y apuraron afanosamente, con mucho placer por supuesto, la producción de críos en serie. Se sabía por un expeditivo medio de publicidad, que cada mes, uno, dos o tres individuos, se llevarían un atractivo  premio por sus hazañas amatorias. En realidad, -digámoslo sin tapujos- aquellos fondos compensatorios iban a parar a manos de cantineros que atendían inacabables brindis de los más efectivos sementales cerreños. Los chiuches florecían y alborotaban en el Hospital de la COPPER y en el Carrión, porque, inclusive, quienes no estaban comprendidos en el concurso, contagiados de la moda le dieron gusto al cuerpo hasta límites insospechados. En las calles cerreñas abundaban mujeres jóvenes con tremendas barrigas que proclamaban su fecundidad llevando de la mano a un “chuchecito” que estaba dando sus primeros pasos y, “quipichado” a sus espaldas, un recién nacido. Era lo más común y cotidiano. Esta moda publicitada con bombos y platillos, no hacía más que exacerbar el machismo minero, siempre pujante, donde el promedio de bullangueros niños por hogar era de diez como mínimo. (Aquí se menosprecia a quienes  no llegan a esa marca promedio).

Al finalizar el año cuarenta, subieron la recompensa para el mejor fecundador obrero. ¡Claro!. Los gringos estaban de plácemes. Cuanto más niños, más laboreros en las bocaminas y talleres, especialmente en la “Picking Plant” donde se iniciaban en el trabajo a los diez y once años de edad. Sólo era cosa de propagar el concurso. Por eso es que para la Navidad de aquel año, el Superintendente Philpott, quedó estupefacto. El premio le correspondía a un tal Fructuoso Goyena, padre que había engendrado diecinueve niños –hombres y mujeres- en veinte años de matrimonio. ¡Un hijo por año! Sin salir de su asombro, encargó a su secretario que llevara a la oficina a tremendo plus marquista minero. Quería felicitarlo personalmente y conocer de cerca cómo podía ser un mortal de semejantes cualidades genésicas y tremendo prontuario fecundador. Así se hizo.

Una mañana, el Secretario anunció al Superintendente que a la espera de ser recibido se encontraba Goyena. Todo fue escucharlo y el corazón le dio un vuelco al gringo. Por fin conocería a un hombre que había podido superarlo diecinueve veces. Él tenía un sólo esmirriado engendro rubio, pálido como un pabilo.

Se trazó en la mente la figura del semental y lo imaginó enorme, poderoso, bien parecido. No podía ser de otra manera. Un hombre débil, enclenque y sin atractivos físicos, de ninguna manera podía haber alcanzado esa proeza tremenda de hacer parir anualmente a su compañera. Para salir de aquella interrogante, ordenó que lo hagan entrar en su oficina.

Lo que apareció ante sus ojos fue todo lo contrario de lo que había imaginado. Un hombre flaco, macilento, con el mameluco enorme cubriéndole la mezquina carcasa, sin ningún atractivo. No lo pudo creer. Tuvo que preguntar…

— ¡¿Usted ser Fructuoso Goyena…?.

— ¡Sí, Míster. Para servirle.

— ¡¿Usted tener diecinueve…niños…?!.

— Efectivamente, Míster. Tengo diecinueve hijos. Todos vivos.

El gringo no sabía qué decir. No lo podía creer. Es más. No podía entender cómo, este hombre tan simple y aparentemente débil, pudiera tener tantos hijos. No terminaba de convencerse, por eso siguió preguntando.

— ¿Usted, ha tenido un hijo cada año de su matrimonio…?.

— Sí, Míster – Contestó Goyena.

—Yo no logro entender eso –Estaba perplejo. No lograba armonizar su pretendido reproductor con éste que tenía delante de él. Decidió jugarse su última carta- ¿A qué atribuye usted el que tenga tantos hijos, Goyena. Puede explicármelo?

— Todo es muy sencillo, míster.

— Bueno, entonces, explíquemelo, por favor.

— Bien. Yo, míster Philpott, vivo a sólo dos metros de la línea férrea en el barrio de la Docena….

— Bueno, pero eso qué tiene que ver con su caso….

— Es que diariamente, de lunes a sábado, a las cinco de la mañana, con toda puntualidad, la locomotora del ferrocarril pasa por mi puerta haciendo un estrépito infernal. Está calentando motores para arrastrar coches y bodegas que salen de la estación con rumbo a la Oroya, a las seis en punto…

— ¿…y ?

— A partir de ese momento ya es imposible dormir. El sacudimiento es insoportable y el ruido ensordecedor.

— ¿…y ?

— Bueno, levantarse a esa hora con tanto frío para ir a trabajar, es demasiado temprano….

— ¿…y ?

— Para seguir durmiendo, ya es demasiado tarde.

— ¿…y ?

— ¡Cómo que… ¿Y?! Entre tanto hay que hacer algo, …¿No?! ¿Sí o no, míster?. Con los ojitos brillantes de malicia remató. ¡Yo y mi señora nos echamos un “mañanero” y santo remedio.

El gringo lo comprendió todo en un instante y con la risa abierta en los labios le alcanzó el apetecido premio al obrero fecundador”.