LAS CALLES DEL CERRO DE PASCO (Cuarta parte)

Calle Libertad.- Es una calleja estrecha, ubicada en la parte posterior de la Iglesia Chaupimarca. Inicialmente recibió el pesaroso nombre de CALLE DE LA AMARGURA. La razón es que ahí había una puerta que conducía a la sacristía por donde sacaban a los difuntos después de los servicios religiosos, listos para el sepelio. En terrenos ocupados actualmente por el Mercado del “Baratillo”, estaba ubicada la Cárcel Pública, tan insegura, que los presos se escapaban cada cierto tiempo, especialmente el cuatrero Edilberto Espinoza “Mishicanca”. En esta calle cayeron, abatidos por las balas represivas, el 1º de diciembre de 1908, Alfonso Limas, Abraham Rantes, Ernesto Tello Véliz, Gerónimo Peña y Mariano Pérez, defensores de la integridad territorial del Cerro de Pasco.  El pueblo, con una lucidez extraordinaria y un acierto preciso le ha puesto  el nombre de LIBERTAD.  En  ella se fundó la Benemérita Compañía de Bomberos (1901) que todavía sigue en servicios. En esta arteria tuvieron sus propiedades  la Testamentería Guzmán, Cipriano Proaño, Ricardo Alania, Testamentería Malpartida, Cayetano Rojas. En frente de la compañía de bomberos, la primera agremiación laboral cerreña, la Sociedad de Obreros Billinghurst (1912).

La calle Libertad en los últimos instantes de su vida, luciendo puertas y ventanas clausuradas antes que sus dueños la vendieran. Prácticamente está muerta.
La calle Libertad en los últimos instantes de su vida, luciendo puertas y ventanas clausuradas antes que sus dueños la vendieran. Prácticamente está muerta.

CALLE  MALPARTIDA.- En esta calle estaba edificada la casa solariega de los Malpartida, distinguida y cerreñísima familia de muchos merecimientos. En sus muros transcurrió la vida de muchas generaciones -siglo XVII y comienzos del XVIII- cuando don José Maíz y Arcas dejara a su descendiente don José Maíz y Malpartida, no sólo el título de Marqués de la Real Confianza, sino también una amplia mansión. Se contaba que el marqués, hizo su entrada triunfal en la ciudad de Tarma para pedir en matrimonio a la bella dama de aquel lugar, doña Ángela de la Canal, con quien se desposó en una boda suntuosa sin precedentes. El nieto, don José Malpartida Cuestas, casado con la dama cerreña, Romualda Franco, vivió por muchos años ahí. En esta casa solariega se  efectuaban las tenidas masónicas de fin de siglo antepasado y, en 1943, acunó el nacimiento de nuestro Colegio Daniel Alcides Carrión. Siguiendo disposiciones gubernamentales, a esta arteria se le llama PUNO.

CALLE PARRA.-  Es una de las pocas que no perdió su nombre hasta su triste desaparición. Hoy en día es parte del horroroso “Tajo Abierto”. A lo largo de su historia en ella han funcionado importantes instituciones. En una de sus amplias casonas residió el notable escritor y periodista argentino, Manuel de Parra. De ahí su nombre. En esta calle de pórticos amplios y vistosos, estuvo ubicada la Casa de la Moneda y la Fundición de Barras de Plata del Cerro de Pasco, que mucho más tarde fue ocupado por la Comisaría Policial. En la parte alta del frontispicio había una piedra tallada con el nombre de la Fundición.

Calle ParraA sí mismo, en amplio patio enmarcado de balcones corridos de fino cedro y mamparos de amplia cobertura, funcionaba el Banco de Perú y Londres que tuvo descollante papel en el movimiento económico de fines del siglo antepasado. Al extremo norte y a la vera estuvo el campo deportivo de la comisaría,  colindante con el viejo barrio de Cayac, donde estuvo el local del Consulado de Su Majestad Británica. Muchas fueron las familias de la rubia albión nucleadas en este consulado que dejaron descendencia. Stone, Ferguson, Taylor, Wilson, Mac Donald, Woolcott, Colerigde, Slee, Brown, Mac Intosh, Steel,…etc.

 

En esta calle residían, don Eugenio Malpartida, Gregorio Arrieta, Benjamín Malpartida, José Aníbal Malpartida, Luisa de Rosazza, Lidia Portillo, Ernesto Martel, Rosa Rodríguez, Josefina Santa María, Guillermina de Úngaro, Federico Malpartida, Manuel Demosti, Petronila Alcántara, Guillermo Malpartida, Manuel Boudrí, Sixto Venegas, Ricardo Proaño, Talía López Viuda de Patiño, Gerardo Patiño López, Pedro Vidal Coz, Atilio León y otros vecinos. En esta arteria funcionó la Prefectura de Junín; la subprefectura; el Juzgado de Primera Instancia; Correos y Telégrafos, el Banco del Perú y Londres; la Fábrica de Aguas Gaseosas de Manuel Péndola y Leonardo Marcos; Platería de Alejandro Rodríguez; Establecimiento de Pablo Angulo, el colegio particular Isidoro Suárez; el Instituto Cerro de Pasco del maestro Manuel Dávalos. Últimamente la sastrería de Eliseo Malpartida, imprenta EL CERREÑO de Martinench – Galarza; Notaría de Modesto Tello Véliz, Fábrica de Jarabes y Caramelos de Tulio Portal. Esta calle era muy transitada por que la unía con la mina de Lourdes.

LA CALLE DEL MARQUES.-  Una avenida larga y pintoresca por la que se unían los barrios “Bajos” de La Esperanza, Santa Rosa, Buenos Aires, Cabracancha, Champamarca , La Docena, Ayapoto, Curupuquio y El Misti, con los barrios “Altos” de la ciudad, Se llamaba del marqués porque en ella vivió Don José Martín de Muñoz y la Serna, Primer Marqués de Santa María de Pacoyán. Su título nobiliario lo recibió a principios del siglo XVIII y confirmado por el Rey Felipe V, el día primero de noviembre de 1716. La casa del marqués con puerta de caoba maciza enclavada en el umbral de pedrería, trabajada en arco, daba acceso a un patio amplio y magnífico donde estaban las habitaciones interiores, espaciosas y cómodas que, con el andar del tiempo, devinieron en vetustos y misteriosos caserones, escenario de citas culpables y guarida de facinerosos.

Subida de Santa Rosa en la que se contempla las primeras instalaciones de la compañía norteamericana ya abandonadas (Se trasladaron a Lourdes) pero enfrente, con un carro a la puerta, el famoso Hotel Venecia del chino Lam. El primero en llenarse con pasajeros del ferrocarril que venían de Lima por ferrocarril
Subida de Santa Rosa en la que se contempla las primeras instalaciones de la compañía norteamericana ya abandonadas (Se trasladaron a Lourdes) pero enfrente, con un carro a la puerta, el famoso Hotel Venecia del chino Lam. El primero en llenarse con pasajeros del ferrocarril que venían de Lima por ferrocarril

Al finalizar el pasado y comenzar el presente siglo, llegaron a afincarse gran cantidad de chinos y japoneses que la saturaron de peluquerías y fondas, antes que éstas devinieran en chifas. La llegada de los chinos –solo hombres- permitió que formaran hogares con mujeres cerreñas; no así los japoneses que llegaron acompañados de sus esposas

La nómina de la Cámara de Comercio nos habla de los negocios de los japoneses, Juan Shimazu, Ito Takashen, Víctor Nagata, Manuel Taguchi, Simón Kakuda, Víctor Yokota, Luis Numata y Julio Morita. También los chinos, Manuel Cheng, Juan Lam,  Domingo Hop-Hen, Li-Whon-Chang etc. En las noches de  alegres fiestas citadinas, las puertas y ventanas de estos negocios lucían atractivas farolas de artesanía asiática. Todos ellos encontraron generosa acogida de parte del pueblo cerreño. La llegada de la Segunda Guerra Mundial con toda su secuela de rivalidades y persecuciones, tras el  osado  ataque a Pearl Harbour, determinó que tuvieran que abandonar nuestro territorio gran cantidad de asiáticos por la presión de los yankis,  Muy pocos, quedaron en sus linderos: Lam, Cam-pong (apellido más tarde fue castellanizado por Campoa), Shiraishi, Yokota, Morita, Noda, Takishan, Shimazu.

Retrato de la familia japonesa en el Cerro de Pasco
Retrato de la familia japonesa en el Cerro de Pasco

PUEBLO MÁRTIR DEL PERÚ CRONOLOGÍA DEL CERRO DE PASCO SIGLO XIX

pueblo martir 142.- En 1806 se empieza el trabajo en el socavón  de Quiulacocha que termina en 1856 con el avance de 3,340 metros, a 32 varas por debajo del socavón de San Judas.

43.- El suizo Francisco Ubillé, conocedor de los problemas de desagües de las minas del Cerro de Pasco, visita Inglaterra y compra una máquina a vapor de Richard Trevithick para instalarla en una mina cerreña. Se asocia con Pedro Abadía y José Arismendi y en connivencia con los propietarios de minas y vuelve a Inglaterra a comprar más máquinas.

44.- En 1814, el equipo comprado por Ubillé es embarcado con destino al Cerro de Pasco y dos años después, comienzan a funcionar en santa Rosa, Cayac y Yanacancha.

45.- En 1816, con la dirección del mismo Richard Trevithick, comienzan a funcionar las primeras máquinas a vapor de Sudamérica.

46.- El 26  de febrero de 1812, bajo la presidencia de José María de Ulloa, subdelegado de Pasco, se juzga a los plateros revolucionarios Mariano Cárdenas Valdivieso, Manuel Rivera Ortega, y a fray Mariano Aspiazu por haber irradiado ideas subversivas en todo el centro del Perú desde el Cerro de Pasco. Sus proclamas y pasquines van a alimentar el movimiento que más tarde se escenifica en Huánuco.

47.- El 17 y 18 de marzo de 1812, el intendente de Tarma, Joseph González de Prada, vence a 1500 indios rebeldes en el puente de Ayancocha. Los revolucionarios sonde Pillao, Santa María del Valle, Panao, Acomayo, Huamalíes, Conchucos. Los cabecillas son ajusticiados y los sobrevivientes condenados a trabajar en las minas del rey en el Cerro de Pasco.

48.- A lo largo de 1816 se instala en las minas cerreñas las primeras bombas a vapor traídas por Richard Trivithick por gestión de  Manuel Ubille y Arismendi. Esta innovación acarrea enorme progreso para nuestra minería.

49.- El 19 de agosto de 1820 parte la expedición libertadora de Valparaíso el Perú y al amanecer el 8 de setiembre desembarca en la bahía de Pisco. De aquí sale Juan Antonio Álvarez de Arenales con el fin de conseguir la libertad del Perú. Así lo hace en los pueblos siguientes. La ciudad de Ica, el 21 de octubre de 1820; Huamanga en noviembre ; Huancayo el 20 de noviembre; Jauja el 22 de noviembre; Villa de Huaura 27 de noviembre; Tarma el 29 de noviembre de 1820. En todos esos pueblos no han encontrado resistencia alguna de los españoles.

50.- La mañana del 6 de diciembre de 1820, se efectúa la primera importante batalla por la independencia del Perú en el Cerro de Pasco. Triunfan las fuerzas patriotas. En la tarde se efectúa un Cabildo Abierto donde eligen a las autoridades del Perú independiente.

51.- La mañana del 7 de diciembre de 1820, El patriota cerreño don Manuel de Arias, jura la independencia del Cerro de Pasco. En un error sin precedentes, San Martín ordena que las fuerzas patriotas marchen a Huaura originando la venganza realista que terminó por matar a gran cantidad de cerreños e incendiar la ciudad minera.

52.- El sanguinario Carratalá, dueño del Cerro de Pasco, asesina a doña María Valdizán, preclara luchadora por la libertad y quema sus propiedades después de adueñarse de todo lo que encuentra. Las mujeres cerreñas dan sepultura a esta insigne luchadora. Mientras los realistas destruyen totalmente las maquinarias de desagüe de las minas.

53.- Proclamada la independencia del Perú, el Congreso Nacional de 1823, por ley de 4 de noviembre cambia el nombre de Intendencia de Tarma por el de Prefectura de Huánuco en armonía con la nueva forma de gobierno. Lo conformaban las siguientes provincias: El Cerro de Pasco, Huancayo, Junín, Tarma y Yauli.

54.- Un año después, el 6 de agosto de 1824 en las pampas de Chacamarca, comprensión de Junín (antes los Reyes), el ejército patriota obtiene una gloriosa victoria para nuestra armas en cuyo homenaje la Prefectura de Huánuco cambia de nombre por el de Departamento de Junín, siendo su capital la ciudad de Huánuco. Al Cerro de Pasco se la denomina entonces: DISTINGUIDA VILLA  DE PASCO.

55.- El 10 de octubre de 1836, el general Santa Cruz divide en dos partes el departamento de Junín: Junín y Huaylas. Junín comprendía las provincias de Jauja, Pasco, Huánuco, Cajatambo y Huamalíes. Como capital se nombra a la ciudad de Tarma.

56.- El 27 de noviembre de 1839, el Congreso Constituyente de Huancayo determina que a la Distinguida Vila de Pasco, se le denomina OPULENTA CIUDAD DEL CERRO DE PASCO. Rubrica esta ley el Presidente Provincia de la República, el general Agustín Gamarra, el 10 de enero de 1840.

57.- El 30 de octubre de funda el banco de Rescate y la Casa de la Moneda que la ubican en La Quinua.

58.- El 31 de diciembre de 1851, el Congreso de la República Peruana “considerando su posición, importancia comercial y otras circunstancias favorables”, designa a la ciudad del Cerro de Pasco capital del Departamento de Junín, con las siguientes provincias: Huánuco, Huamalíes, Pasco, Tarma y Jauja.

59.- El 7 de febrero de 1846 se funda la Sociedad de Beneficencia Pública con su primer presidente el sabio arequipeño, Mariano Eduardo de Rivero y Ustáriz,a la sazón prefecto del departamento de Junín.

60.- Por Decreto de 23 de julio de 1852 y con reafirmación del Jefe Supremo de la República, el general José M. Raygada, el 16 de diciembre de 1857, se divide la ciudad del Cerro de Pasco en dos distritos urbanos: Chaupimarca  y Yanacancha.

61.- Nuestro mártir Daniel Alcides Carrión García, nacido en Quiulacocha el 13 de agosto de 1857, es inscrito como nacido en la calle  Cruz Verde del Cerro de Pasco.

 62.- Después de ochenta años de haber desempeñado la función de capital del Departamento de Junín con altura y sacrificio, por incalificable y torpe determinación del tirano Luis Miguel Sánchez Cerro, la capital del departamento es trasladado a Huancayo mediante el Decreto Ley Nº 7001 de 15 de enero de 1931.

63.- Después de 29 años de haber sido reducido a simple provincia, gracias al empeño y pujanza de sus hijos, se crea el Departamento de Pasco por Ley Nº 10030 de 27 de noviembre de 1944, con tres provincias: Pasco, Daniel Carrión y Oxapampa. Su capital, la ciudad del Cerro de Pasco.

64.- El 5 de abril de 1879 Chile nos declara la guerra y nuestra juventud conforma la gloriosa Columna Pasco que sale a luchar a las fronteras el sur. Todos murieron en ese patriótico fin. Cuando los invasores estuvieron a punto de ingresar a Lima, ancianos y niños que quedaban en la ciudad, conforman una nueva “Columna Pasco” que viaja a defender a Lima. Fatalmente la desorganización cunde y muchos mueren, otros son prisioneros y muy pocos vuelven.

65.- El año de 1884, el cónsul de Estados Unidos en el Callao H. M. Brent dirige sendas cartas a los capitalistas de su país a fin de que inviertan en las minas del Cerro de Pasco. Muchos se aprestan a estudiar las posibilidades existentes.

66.- En julio de 1884, la “Compañía del Ferrocarril de la Oroya al Cerro de Pasco, transfiere sus derechos a Miguel Grace el mismo que obtuvo del gobierno de Miguel Iglesias una renovación del contrato firmado el 27 de enero de 1885.

67.- Debido a la publicidad desplegada, llegan los ingenieros norteamericanos Hodges y E.E. Olcott que por cuenta del sindicato Mac Kay, realizan sondajes diamantinos en varios lugares de la ciudad cerreña y localizan extraordinarios yacimientos de cobre de alta calidad. Comenzaba el año de 1877.

68.- En 1890 alcanza notable crecimiento la fundición de HUAMANRAUCA en el  Cerro de Pasco a cargo de la empresa Gordillo.

69.- El ferrocarril central llega a la Oroya y recibe autorización para su funcionamiento diario.

70.- En 1895 el Congreso promulga la ley que ordena recoger todo lo referente al socavón de Rumiallana declarándose que ésta es propiedad del Gremio de Mineros del Cerro de Pasco.

71.- En 1897 se instala el Directorio Nacional de Minería presidida por don Elías Malpartida, minero cerreño en integrada por Jacobo Backus, José M. Cantuarias, Hermann Dens, Alejandro Garland, Federico Gildemeister, Eduardo de Habich y Esteban Montero. Ese mismo año George Steel está trabajando las fundiciones de Pucayacu en el Cerro de Pasco.

72.- En 1899, por Resolución Suprema se otorga la concesión para construir el ferrocarril de la Oroya al Cerro de Pasco a don Ernesto Thorndike, con privilegio exclusivo por 25 años.

73.- A comienzos del año 1900, la producción de cobre  de alta calidad en el Cerro de Pasco es notable.  Se exportan doce mil toneladas en barras y 5,200, en matas.

 

 

FINAL DE LA CALLE GRAU

Calle GrauEn la fotografía tomada desde la torre del hospital Carrión se aprecia un tramo de la extensa calle que naciendo en la plaza Chaupimarca se prolongaba hasta el distrito de Yanacancha pasando por el tajo “Matagente” donde murieran trescientos mineros sepultados tras un dantesco terremoto. En su recorrido abarca las plazuelas “Del León”, “La Culebras”, “Municipal” y “Del Estanco”. Continúa en la Calle del Hospital llamada también Del Estanco porque allí funcionaba el “Estanco de la Sal”. El terreno del Hospital Carrión fue donado a la Beneficencia Pública mediante escritura pública por la señora Francisca Iturre viuda de Aldecoa, de grata recordación. En La parte alta izquierda de la foto se puede ver el tanque de agua potable de “Gayachacuna”. En este cerro, antes que colocara el depósito de agua, se reunía la gente para dilucidar temas de interés general para el pueblo; era como un escenario para los expositores en las aguerridas épocas de elecciones. En una intersección de esta calle existía una zona pecaminosa por sus lenocinios, se le llamaba “La calle del cura”. Más tarde se le puso el nombre de Amazonas.

Esta fue una calle muy importante. Bautizada con ese nombre el 10 de octubre de 1879 cuando acababa de morir heroicamente Miguel Grau en su “Huascar”. En su extensión, después de la iglesia de San Miguel, se encontraba el edificio que perteneció al acaudalado minero francés Teodoro Lagravere, mismo que lo vendió al español  Vicente Vegas que lo convirtió en un floreciente negocio. Un poco más allá, el “Hotel Ibero Americano” de los hermanos Campillo al que su nuevo propietario, el griego Markos Kosacos, le puso: “Hotel Europa”. Cuando apareció la novedad del cine lo convirtieron en “Cine Leguía”, más tarde “Cine Grau”. También estaban ubicados los negocios de Pedro Caballero y Lira, Testamentería Alcántara, Alessio Sibille, el “Hotel Concordia” donde más tarde se instaló el Club de la Unión, El Concejo Municipal, los negocios de Vento, Loayza, Acervi, Vianni, Brown, Proaño, Lercari Cilliani, etc.

LA CUEVA DE LAS CALAVERAS (Leyenda)

la cueva de las calaverasAproximadamente a dos leguas del asiento minero de Atacocha, a la vera del camino de herradura que lo une al Cerro de Pasco, puede verse una caverna de regulares dimensiones que lleva el lóbrego nombre de: “La cueva de las calaveras”. Para explicar su origen, el pueblo ha mantenido -generación tras generación- el relato que hiciera un sirviente negro, testigo único de un espeluznante fratricidio de tres hermanos

Estos tres jóvenes hermanos –cada uno peor que el otro-  eran hijos del más poderoso y diligente minero cerreño del siglo XVIII, don Martín Retuerto. Sus inmensas propiedades habían crecido tanto que bien podía decirse que era el dueño de la Ciudad Real de Minas. Sin embargo, los frutos que le prodigara la fortuna no estaban parejos con los que la naturaleza le había deparado. Cada uno de sus hijos y los tres juntos eran la encarnación de todos los vicios aposentados en esta nivosa comarca. Lujuriosos, bebedores, tahúres, mentirosos, tramposos, cínicos…

La pertinacia de un trabajo agotador que le hacía pasar horas enteras dentro de los socavones, mató al viejo Retuerto. Un día fue encontrado exánime sobre los metales que había acumulado. Sus ojos abiertos en una terrible interrogante de la nada, resaltaban en su rostro cianótico y barbado. Nadie le lloró. Es más, los tres malandrines dispusieron que fuera inmediatamente sepultado en el campo santo  de Yanacancha. Los rivales del viejo difunto ¡Cuándo no! se apresuraron a ofrecer reluciente monedas contantes y sonantes por las pertenencias mineras. Ni cortos ni perezosos los tres “deudos” pignoraron yacimientos, ingenios, lumbreras, malacates, herramientas, mulas, avíos, etc. a “precio huevo”, ante la admiración general. Total, los “herederos” estaban felices de haberse desligado del rigor paternal que los hacía inmensamente ricos.

Como es fácil suponer los dineros de la venta no duraron mucho. Pronto se esfumaron en sedas, afeites y joyas con las que emperifollaron a sus “queridas” en báquicas reuniones regadas de chatos de manzanilla, jerez español, coñac, champañas y vinos franceses con los que celebraron a sus amigotes; en las escabrosas sesiones de depravación con las más afamadas hetairas de aquello tiempos y, sobre todo, en los verdes tapetes de los garitos cerreños en los que, sin retirarse de sesiones de días enteros, alternaban en rocambor, trecillo, veintiuno, briscán, criba, cu-cú, imperial, mus, monte, siete y medio, póker, tute, etc. Siendo expertos en oros, copas, espadas y bastos, encontraron a más diestros que ellos. La experiencia la pagaron muy caro. En poco tiempo, como es de suponer, quedaron con los fondos esquilmados.

Así las cosas, en la idea de que un matrimonio ventajoso los sacaría de la ruina final, partieron a la muy noble Ciudad de los Caballeros del León de Huánuco y, una mañana, muy de madrugada, el pueblo los vio salir en compañía de su único y fiel criado negro.

Cuando los viajeros se hallaban muy cerca de donde más tarde sería Atacocha, fueron sorprendidos por una fuerte ventisca que los hizo cobijarse en una caverna que hallaron a mano.

Ya dentro, con el criado cuidando de sus cabalgaduras a la puerta, decidieron echar una mano de dados en tanto la tempestad amainara. En vano. La nieve siguió cayendo toda la tarde. Cerrada la noche encendieron dos viejas lámparas mineras que las colgaron de las paredes del antro; extendieron una frazada sobre la rocosa superficie y, en este improvisado tapete, apuraron los vaivenes de un lance.

Las horas transcurrieron implacablemente silenciosas, pero cargadas de una tensión cada vez más sombría y amenazadora.

Codiciosos y taimados “timberos”, se enfrascaron vehementes en el torbellino del juego. Las bolsas con sus contenido argentífero cambiaba de dueño a medida que la blancura cubría los campos; los dados, en sus caprichosas variantes numéricas fueron señalando alternativamente la suerte de los jugadores.

la cueva de las calaveras 2Clareando ya el día, el mayor había logrado adueñarse de las bolsas de sus hermanos que al no tener más que apostar, pusieron sus relucientes puñales sobre el improvisado tapete. Era lo único que les quedaba. En el postrero y definitivo lance, nuevamente la suerte sonrió al mayor. Fue lo último que logró en el juego. Cuando estuvo a punto de coger sus ganancias, los menores lo atacaron a puñaladas. Con los ojos enormemente abiertos por la sorpresa del ataque; la boca torcida en un truncado grito de protesta, cayó desangrándose inconteniblemente.

Dueños ya del codiciado pozo, comenzaron el reparto; pero avarientos, ansiosos de poseer cada cual todo el caudal jugado, se enfrascaron en una agria discusión que desencadenó una brutal reyerta. Con los puñales en ristre, ciegos de codicia y obnubilados de ira, fueron tasajeándose uno al otro, hasta que, exangües y agotados, ambos cayeron definitivamente abatidos. Los tres murieron cosidos a puñaladas.

Mucho tiempo después, los cadáveres fueron encontrados por la gente piadosa del lugar y los enterraron en la misma caverna. Transcurridos los años y ante la negra leyenda que decía que en las noches vagaban gimientes los esqueletos de los hermanos, los lugareños separaron las calaveras de los cuerpos y las colocaron en unos agujeros de la pared, a manera de hornacinas, en donde hasta ahora se hallan. A partir de entonces, los que se atreven a transitar por aquellos andurriales, aseguran que se oyen desgarradores gritos, maldiciones y execraciones. A la medianoche aparecen tres espectros condenados que lloran inconsolablemente.

La confesión hecha por el criado en su lecho de muerte, ha permitido que el pueblo llegue a conocer este espeluznante suceso. Ahora ya nadie transita por aquel lugar maldito.

Fotografía de un niño chino en nuestra ciudad

niño chino en Cerro de PascoRetrato de un “Chiuche” chino nacido en el Cerro de Pasco. Es de la familia Lam. Esta en los brazos de su hermano mayor.

El año de 1945 cuando finalizaba la Segunda Guerra Mundial, por las agresiones de parte de los norteamericanos muy pocos quedaron en la ciudad. La mayoría a los que con fundían con japoneses tuvieron que abandonar la ciudad. La fotografía fue tomada en la base del monumento a la Columna Pasco de la Plaza Centenario del Cerro de Pasco, el año de 1935.

Las familias chinas y japonesas dejaron nuestra ciudad a lo largo de los años siguientes, pero nos dejaron muchos recuerdos y a algunos de sus familiares.

Los chinos en el Cerro de Pasco

Cuando don Ramón Castilla abolió la esclavitud, con el fin de cubrir el déficit de brazos en el campo, se hace venir oleadas de “coolies” chinos que llegan como braceros a los algodonales y cañaverales de la costa. Otros, a trabajar como obreros en la construcción del ferrocarril central. Muchos de éstos son los que se aposentan en nuestra ciudad. Las desfavorables condiciones económicas que afrontaba su país determinó este éxodo masivo, agravado por la gran rebelión de Tai-Ping (1849-1864) que “desplazó de sus asentamientos a miles de campesinos que se convirtieron en una tropa desesperada y sin ocupación que moría de hambre y pedía trabajo inútilmente en los puertos y ciudades” ([1])

La llegada de los chinos fue dramática. Entre 1860 y 1870, salieron de Macao 43,301 y sólo llegaron al Callao 38,648. En el viaje murieron 4,653. Al revés de lo que había ocurrido con los esclavos africanos, la trata de los chinos fue eminentemente masculina. Sólo hombres. La soledad en la que se vieron envueltos y el maltrato unido a lo enrevesado del idioma, determinó su aislamiento, muchos de los cuales se refugiaron en el consumo del opio; otros se suicidaron. Su transporte  fue muy accidentado. La carga humana inicuamente maltratada por los traficantes, muchas veces originaron motines y asonadas que terminaron en muerte. Por ejemplo: “En el mes de febrero de 1851, se toma conocimiento en Lima que los chinos embarcados en la fragata francesa ALBERT, que navegaba de Hong Kong al Callao, sufre la rebelión de los chinos que dan muerte a la mayor parte de la tripulación de la nave, incluso a un hijo del concesionario Domingo Elías y se adueñan de la fragata de la que jamás se volvió a tener noticias. ([2])

Mario Vásquez, profesional que ha tratado el tema de la inmigración asiática con mucho acierto, dice al respecto: “La inmigración de asiáticos fue más exitosa que el establecimiento europeo debido a las siguientes razones; primero, el comercio de semiesclavos en el Perú fue un negocio lucrativo y sin riesgos para los tratantes de asiáticos debido a que el gobierno peruano pagaba una recompensa de treinta pesos por cabeza; segundo, el tráfico era motivado por los latifundistas y empresarios que detentaban el poder económico y político; tercero, estos inmigrantes, “acostumbrados a trabajos modestos, eran felices con lo poco que recibían por él y así se resignaban a trabajar como semesclavos, siervos, braceros agrícolas y en el servicio urbano, y cuarto, los gobiernos de China y Japón de donde provenían mostraban poco interés en el bienestar de sus súbditos”([3]). Según el censo de 1876, en el Cerro de Pasco, capital del Departamento de Junín, había 169 chinos procedentes de Macao y Cantón. Aquí sientan plaza de fonderos, cocineros y comerciantes. De la lista de la Cámara de Comercio citadino, mencionaremos a las familias que residieron por mucho tiempo en nuestra ciudad: Manuel Chang, Chale Wong, Juan Lay, Antón Wong-Cau, Luis Hop-Hon, Manuel Bong, Santiago Chong, Joaquín Wong, Felipe Cheng, Luis Chang-Foc, Mario Chang-Li, Emilio Dang-Chang, Manuel Hop-Hen, Antonio Lam, Luis Wong-Chang, Mario Cam-Pong (este apellido lo castellanizaron por Campoa), Liborio Hang-Yog. ([4])     . Éstos fueron los que conservaron sus apellidos auténticos, la mayoría adoptó apellidos españoles como Ramírez, Palomino, Rodríguez, Pérez, etc.

Si bien la permanencia de estos ciudadanos fue acogida con benevolencia por los cerreños, en el resto del Perú, especialmente en Lima, Callao y demás ciudades de la costa, no ocurrió lo mismo. “Durante muchos años,(…)el problema de los colonos chinos despertaba de inmediato ese racismo oculto que habita en todo “buen peruano” (sea blanco, indio, negro, mestizo) como subproducto de su experiencia colonial.(…) Los chinos fueron durante mucho tiempo los chivos expiatorios de este complejo de inferioridad generalizado en el Perú y sirvieron para consolar al negro de su esclavitud, al indio de su servidumbre y aliviar los sentimientos de culpa de los blancos”.([5])

[1] Derpich Gallo, Wilma: Estudios Históricos sobre los chinos en el Perú en APUNTES 13 – Universidad del Pacífico.

[2] Costa, Lázaro: Historia Cronológica del Perú – Lima 1950

[3] Penando, Guido: Desarrollo Regional y Ferrocarriles en el Perú 1850 – 1879,en APUNTES 9, Universidad del Pacífico.

[4] Boletín de la Cámara de Comercio 1905 – Imp. Kipus

[5] Macera, Pablo: Trabajos de Historia – 1977. I. N. C

Ernesto Diez Canseco Masías: Visión y acción profesional y política en beneficio de la minería

ernesto diez cansecoErudito como pocos, científico y maestro, don Ernesto Diez Canseco Masías fue un Minero Notable que supo matizar su interés por la geología, minería, geografía y especialmente por la metalurgia, con la docencia universitaria y un accionar político sin parangón para los ingenieros de mediados del siglo XX, erigiéndose hasta en dos oportunidades como presidente de la Cámara de Senadores del Parlamento Nacional.

Nacido en Lima el 7 de febrero de 1883, fue hijo de don Ernesto Diez Canseco Coloma y Josefina Masías Eslaba. Realizó sus estudios escolares en el Colegio San Carlos y en La Inmaculada, de la Compañía de Jesús.

Atraído por las ciencias de la tierra y las matemáticas, ingresó en 1900 a la antigua Escuela de Ingenieros del Perú, hoy Universidad Nacional Ingeniería (UNI), de donde cuatro años más tarde egresa con el título de Ingeniero de Minas junto a los destacados profesionales Rodolfo Zavala, Enrique Laroza, Guillermo Lostaunau, Pablo Boggio, Elías Ganoza Bracamonte, Ricardo A. Deustua, Hermilio Cabieses, Juan Yáñez León, Nicolás Arauco y Julio Ribeyro.

Tras su destacado paso por las aulas universitarias, laboró en la Fundición de Sayapuyo en condición de ingeniero administrador y constructor, para después incorporarse como miembro de la Comisión Técnica del Cuerpo de Ingenieros de Minas en Cerro de Pasco, Yauli y Morococha. Además, fue delegado de minería en Cerro de Pasco y colaboró con la construcción del ferrocarril a Puerto Watermaun.

Asentado en Lima, se vinculó con círculos científicos mineros, lo que le permitió ser designado vicepresidente de la Sección Carbón y Petróleo en el Congreso Nacional de la Industria Minera.

En 1916, fue miembro de la Junta Departamental de Junín, lo que le abriría el camino para un año después ser elegido senador por ese departamento, posición desde la que centró su accionar en la defensa de las riquezas minerales del Perú y por un mayor apoyo económico para la localidad que representaba.

En virtud a sus elocuentes discursos y brillantes exposiciones, propios de un conocedor de la problemática nacional, en especial la minera, logró muchas veces el apoyo del Parlamento, con el fin de impulsar la integración económica a través de la construcción de vías de penetración y una mayor producción minera.
Tiempo después, radicó en la República de Argentina donde fue jefe de la Sección Fomento en el Ministerio de Educación Pública y de Fomento de la provincia de Santa Fe, geólogo de la Dirección de Minas, Geología e Hidrología y profesor de la Escuela Superior de Comercio de Santa Fe.

A su retorno al Perú en 1925, ocupó importantes cargos en el Ministerio de Fomento, como inspector y visitador de caminos de la Dirección de Obras Públicas, director de Vías de Comunicación y director de la Red General de Carreteras y Ferrocarriles del Perú.

Con una vasta y reconocida experiencia, don Ernesto se incorporó en 1932 al campo educativo, donde destacó en diferentes puestos docentes como catedrático de Metalurgia General, Materiales Industriales y Geología Aplicada en la Escuela de Ingenieros del Perú, donde llegó a ser director del laboratorio de Metalurgia.

Esta intensa actividad no le impidió volver a la política y en 1939 fue nuevamente senador por Junín. En 1943 fue elegido presidente del Senado Nacional, cargo en el que fue reelecto al año siguiente. Por entonces integró la Comisión Reformadora del Código de Minería y la Comisión encargada del Proyecto de Ley Orgánica de Educación, entre otras. (Debido a su atinada gestión se creó el Colegio Nacional Daniel Alcides Carrión del Cerro de Pasco)

Su gestión legislativa estuvo dedicada, principalmente, al apoyo a la minería nacional, sobre todo a través de la construcción de carreteras y obras de infraestructura. Luego, se dedicó completamente a su labor docente, donde entregó lo mejor de sus experiencias y vasta cultura humanista y científica en las aulas universitarias.

Formó parte de la delegación peruana que asistió a la Tercera Reunión de Consulta de Ministros de Relaciones Exteriores de las Repúblicas Americanas realizada en Río de Janeiro. Dicho encuentro fue convocado por iniciativa de los Estados Unidos después del ataque japonés a Pearl Harbor.

Precisamente, en su discurso al asumir la presidencia del Senado Nacional en 1943, en pleno desarrollo de la II Guerra Mundial, afirmó que dentro de la trágica gravedad de la época, cuando la destrucción y la muerte se han enseñoreado del planeta, es difícil que ningún país, por alejado que esté de los campos de la lucha, pueda librarse de los efectos de tan generalizada y violenta conflagración.

“El Perú, que colabora desde el primer momento con las naciones unidas en la defensa de la democracia, se encuentra afectado por un sinnúmero de problemas que no pudieron ser previstos, pero cuya solución inmediata y acertada nos demanda el país. Es cierto que nuestros problemas no alcanzan la gravedad que en otros pueblos, ya que en nuestro territorio no han hecho impacto los disparos enemigos ni existen listas de bajas que lleven el dolor a nuestros hogares, pero la escasez o carestía de determinados artículos, que no pueden ser importados, dificultan el desarrollo normal de algunas industrias y desequilibran la economía de los hogares más humildes”, puntualizó.

Por otro lado, gracias a sus dotes intelectuales y personales, participó con éxito en el Congreso de Minería efectuado en Santiago de Chile, fue presidente de la Sociedad de Ingenieros del Perú, miembro del Instituto de Ingeniería de Chile, Sociedad de Ingenieros de Bolivia y vocal de la Sociedad Geográfica del Perú.

Igualmente, conformó la Sociedad de Fundadores de la Independencia, Vencedores del 2 de Mayo de 1866 y Defensores Calificados de la Patria.

Investigaciones
Entre los años 1947 y 1953, don Ernesto se desempeñó como catedrático de Metalurgia, Hornos Industriales, Metalurgia Especial, Combustibles y Hornos Industriales, Química Analítica Cuantitativa y Metalurgia General en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, en la que llegó a ser decano de la Facultad de Química y donde en 1951 optó el grado de doctor en esa especialidad.

Entre los rigurosos estudios que desarrolló a lo largo de su vida, destacan: La red nacional de carreteras (1929), Metalurgia y Organización industrial (1938), Materiales industriales (1940), Metalurgia del hierro y Conversación sobre el suelo peruano: su división en zonas económicas y su valor (1941), Explosivos (1943), Geología aplicada a construcciones (1948) Cuarenta años de minería desde 1912 hasta 1952  y Curso de metalurgia del oro (1953).
(Fuente. Revista Minera del Perú)

EL RESCATE DEL INCA

rescate del incaCautivo de los invasores españoles, Atahualpa se dio cuenta que tenía delante de él una cáfila de ambiciosos enceguecidos por el brillo metálico de sus joyas. En la suposición que satisfecho sus apetitos se marcharían como habían venido, les hizo un ofrecimiento. Llenaría una habitación con cántaros, ollas, ídolos, máscaras, tejuelos y otras piezas de oro; más dos habitaciones iguales de plata a cambio de su libertad. En la esperanza de que no sólo su promesa sino también un gesto de buena voluntad garantizaría su compromiso, ofreció al jefe de los invasores a su propia hermana, la hermosa princesa: Quispe Sisa, de tan sólo diecisiete años de edad.  Pizarro no esperaba otra cosa. Primero la hizo bautizar con el nombre cristiano de Inés Huaylas y luego la desposó. Él contaba cincuenta y cinco, ella, diecisiete años. Tuvieron dos hijos. La mayor, doña Francisca Pizarro Huaylas, llegó a ser famosa, el otro, Hernando, murió.

La ordenanza para cumplir el pago del rescate se expandió por todos los confines del Tahuantinsuyo. De los más apartados lugares comenzaron a llegar a Cajamarca cargamentos de lo pactado. Con mano temblorosa el cronista Agustín de Zárate, describía lo que llegaba. Cada día rebasaban cargas de treinta, cuarenta y cincuenta mil pesos de oro y algunas de sesenta mil. Pero cuando recibieron los cargamentos de la zona central remitidos por el general Chalcuchimac, pelaron tamaños ojos para admirar el increíble abundamiento. Allí se iban las óptimas primicias de los socavones aurorales del Perú, especialmente de lo que hoy es el Cerro de Pasco, constituyendo  el más  rico botín que conquistador alguno encontrara reunido jamás en ningún rincón de la tierra; ni los romanos en Europa, ni los árabes en España, ni los españoles en el Caribe. Jamás se había  visto nada igual. Ídolos imponentes con miradas de ágata y rubí; collares de cuentas áureas, enormes como guijarros, con aguamarinas, esmaltes y melanitas; zarcillos de caprichosos diseños trabajados en oro con montura de nácar, coral o venturina; camafeos de veleidosos berilos engastados en oro brillante; recias muñequeras con incrustaciones de pedrería; opulentas galas de  prodigiosa orfebrería de blanquísima plata; piochas, dijes, prendedores, preseas y aderezos de oro y plata; choclos y guacamayas, ajíes y lagartijas; mágicas mariposas –juguetes de niños nativos- en oro casi transparente que rompiendo leyes físicas se desplazan volando por los aires con gráciles  vaivenes; cántaros, máscaras, vasos e ídolos de oro; llamas, vicuñas, guanacos, tarucas, challwas, ranas y demás fauna doméstica, asombrosamente labrada en tamaño natural. Pero Pizarro –soldado burdo e ignorante- no era precisamente un admirador de obras de arte y en uno de los mayores actos de vandalismo–la codicia sobre la sensibilidad- ordenó a los indios “grandes plateros  que fundían con nueve forjas” transformen todo en lingotes para el reparto.

Felizmente, por extraño milagro, una ínfima cantidad fue salvada. Según la crónica del sevillano, Francisco de Xerez: “aparte de los cántaros grandes y ollas de dos y tres arrobas, fueron enviadas al rey, una fuente de oro grande con sus caños corriendo agua; otra fuente donde hay muchas aves hechas de diversas maneras y hombres sacando agua de la fuente, todo hecho de oro; llamas con sus pastores de tamaño natural primorosamente trabajadas; un cóndor de plata que cabe en su cuerpo dos cántaros de agua; ollas de plata y de oro sólido en las que cabía una vaca despedazada; un ídolo del tamaño de un niño de cuatro años, de oro macizo; dos tambores de oro y dos costales de oro, que cabrá en cada uno dos hanegadas de trigo”. Pedro Sancho –reemplazante de Xerez en determinado momento- puntualiza que “sólo se fundieron piezas pequeñas y muy finas; que se contaron más de 500 planchas de oro del templo del Cusco de cuatro y cinco libras, hasta diez y doce libras, y que entre las joyas había una fuente de oro toda muy sutilmente labrada que era muy de ver, así por el artificio de su trabajo como por la finura con que fue hecha, y un asiento de oro muy fino –la tiara del inca o del sol- labrado en figura de escabel que pesó diez y ocho mil pesos”. El escribano Xerez, dice maravillado: “El oro y la plata del inca que se hubo recogido del campo cajamarquino, en piezas monstruosas y platos grandes y pequeños y cántaros y ollas y braceros y copones grandes y otras piezas diversas, hacen un total de 80 mil pesos de oro y siete mil marcos de plata y 14 esmeraldas”. El tesoro estuvo constituido por joyas y utensilios de oro y plata en un volumen  ciclópeo. Un cálculo actualizado de un especialista dice que el tesoro de Atahualpa arrojaba la cantidad de 8,545 millones con 598.57 dólares americanos, suma que sobrepasa la  deuda externa y el presupuesto anual de la República del Perú.

Deslumbrados se enteraron que estos tesoros los traían de las alturas del centro. Creían que de las minas de Jauja, lugar que andando los días recibiría el nombre de Santa Fe de Xatun Xauxa (25 de abril de 1534). Entonces, Francisco Pizarro, envió a su hermano Hernando con un séquito de soldados para contactarse con Chalcuchimac. Él sabría indicarles el lugar donde se ubicaba el extraordinario venero de metales. La expedición la integraban catorce jinetes y nueve peones. Entre los principales estaban, Hernando de Soto, Juan Pizarro de Orellana, Lucas Martínez Vegaso, Diego de Trujillo, Luis Mazza, Rodrigo de Chávez, Juan de Rojas Solís y el joven cronista Miguel de Estete.

rescate del inca 2

POZUZO, VALLE DE PROMISIÓN por Dionisio Ortiz. O.F.M

El padre Dionisio Ortiz O.F.M merece todo nuestro homenaje y admiración. Su obra extraordinaria, escrita tras largos y duros padecimientos, tiene la virtud de revelarnos toda la grandeza de los pioneros que con notable esfuerzo colonizaron nuestra selva. Nadie mejor que él para hablarnos con conmovedora propiedad de aquel territorio hermoso, pugnaz y productivo como es Pozuzo. En este aniversario de nuestro departamento le rendimos homenaje como digno representante de una sus más ubérrimas provincias de Oxapampa.

pozuzoSi el rey de aquél cuento hubiera llegado hasta Pozuzo en busca de la camisa del hombre feliz, sin duda que la hubiera encontrado y con ella la salud del príncipe, porque en Pozuzo hay una porción de hombres felices y con camisa.

¿Quiénes son esos seres dichosos? Hace la broma de más de 150 años que un grupo de alemanes y tiroleses pisaban la tierra peruana y tras indescriptibles trabajos, se abrieron paso hacia lo que, para ellos, era auténtica “tierra de promisión”. Construyeron sus casas en el hermoso valle y ahí siguen. Se sienten más peruanos que el mismísimo Castilla, aunque muchos hablen alemán y todos vivan como alemanes, piensen como alemanes y trabajen como alemanes.

No es fácil llegar a la “perla” de la montaña peruana. Un ómnibus de la empresa “Los Andes” lo dejará en Oxapampa. Con un poco de suerte un vehículo particular, siguiendo una pintoresca carretera, le conducirá por Huancabamba hasta Agua Dulce y, desde allí, con buenas piernas o a lomo de bestia, se puede llegar hasta  Pozuzo. Son cinco horas rondando las fauces del Huancabamba que ruge amenazante, a los pies del viajero. Olor acre de selva, perfumes deliciosos de flores exóticas que brotan por doquier, como mala hierba; infinidad de mariposas que cubren partes del camino y el barullo de los  papagayos, loros y guacamayos serán compañeros inseparables hasta avistar “La Prusia”, una de las campiñas integrantes del Pozuzo.

He preguntado a muchas personas si se sienten felices de vivir en sitio tan aislado del resto del Perú. Me han contestado que sí, pero…a su camisa de hombres felices le falta un botón: una carretera con qué comunicarse fácilmente con el mundo y que además les permita sacar los productos que tantas hambres aliviarían; también por donde llevar a sus hijos a centros de estudios superiores para labrarles un buen porvenir. Hace más de cien años que esperan la incumplida promesa de una carretera. Una historia que cuando llegue a escribirse, dejará chiquitas las historias de la conquista del oeste americano.

Un buen día del otoño de 1852, el quijote Baron Cosme Damián de Schutz-Holhauzen llegó al puerto del Callao. Traía entre manos hallar una región colonizable para sus paisanos austriacos. Recorrió durante diez años la América entera y encontró en el Perú el lugar de sus ensueños.

En Lima, el barón Cosme Damián tuvo una entrevista con Tirado, Ministro de Relaciones de aquel entonces, quien le habló de un proyecto de conectar la costa del pacífico con el Atlántico. De tal entrevista nació la idea de colonizar el Pozuzo con inmigrantes austriacos y alemanes, con un tiro que desde el Callao, Cerro de Pasco, Huancabamba, Pozuzo, el puerto de Mayro y los ríos Pachitea y Ucayali, condujera por Iquitos y el Amazonas a las costas del Brasil.

El Barón quiso conocer de cerca el lugar prometido y, tras un año de largo caminar por la selva, llegó al Pozuzo. El valle le pareció ideal. El 6 de noviembre de 1855 concertó un tratado con el Gobierno Peruano en las siguientes condiciones:

Los inmigrantes debían llegar al Perú, en un número de 10 mil, en el espacio de 6 años. El primer grupo llegaría el año de 1856 y ocuparía el valle del Pozuzo en su confluencia con el  Huancabamba. El Gobierno Peruano se comprometía a abrir un camino desde el Cerro de Pasco al Pozuzo, alimentar a los colonos durante el primer semestre y proporcionarles herramientas y semillas para cultivar la tierra.

El Barón Cosme Damián regresó a Europa y en el año de 1856 publicó su plan de colonización en los periódicos alemanes.

Un grupo de familias tirolesas de Silz y del valle de Inn acogieron con ilusión el ofrecimiento del Barón Shultz Holhauzen. Un centenar de prusianos les siguieron y todos al frente del párroco de Wald, José Egg embarcaron en Amberes, a bordo de la nave inglesa “Norton”, camino al Perú. Los inmigrantes eran en total 302. Los acompañaban dos sacerdotes, un médico y un maestro. El viaje fue agotador. Vientos  huracanados casi hunden la nave. El sol, el viento y las enfermedades hicieron trágica una travesía que duró cuatro meses. El 25 de julio de 1857 tocaban el puerto del Callao. Guardaron tres días de cuarentena en la isla de San Lorenzo. De allí el vapor “Inca” los transportó hasta Huacho.

El primer revés para los planes del Barón Cosme Damián al pisar nuevamente el Perú, fue enterarse que el camino prometido hasta el Pozuzo aún estaba en proyecto, que el presupuesto estaba votado y aprobado y que la mayor parte del dinero la tendría el Prefecto en el Cerro de Pasco, don Juan Salcedo, a quien no le quedó un solo centavo después de equipar con armamento a un grupo de montoneros en la lucha contra Vivanco.

¿Qué hacer cuando los inmigrantes estaban desembarcando en Huacho?. Dejó que “El Inca” vaciara su preciosa carga en las playas huachanas. El 30 de julio una recua de 600 mulas, caballo y pollinos con sus correspondientes arreadores salía el huacho hacia el Cerro de Pasco. Allí se enteraron que ellos mismos deberían de abrirse paso hacia el valle prometido. El impacto fue terrible y un buen número de ellos se disgregó del grupo. Quedaron los valientes. Juntos estudiaron las distintas posibilidades para llegar hasta el Pozuzo. Tras un acuerdo con el párroco, el Barón determinó seguir la ruta de Acobamba. Tras dos años de lucha y pasando por mil y una penurias, de los 203 hombre que iniciaron la ruta, 170 tiroleses y prusianos, hombres mujeres y niños, hollaron las vírgenes tierras del Pozuzo en julio de 1859.

Reunidos en cabildo Abierto determinaron los límites del terreno que habría de trabajar cada familia. Los prusianos escogieron la zona sur del valle; los tiroleses el norte. Un río al que llamaron límite, separaría las dos zonas. Eligieron como Alcalde de Prusia a don Cristóbal Joham; como Alcalde del Tirol a don José Gatir. Ambos Alcaldes trabajarían de común acuerdo y para deslindar cuestiones de importancia, el párroco sería el árbitro.

No todo fue flores para los pozuzinos. Desde un principio tuvieron que aclimatarse, combatir enfermedades y cultivar plantas y frutos para ellos desconocidos. ¡Cuántas vidas, cuántos sudores, cuántas lágrimas han sorbido las tierra pozuzinas!.

JUAN OSO (Cuento popular)

Juan osoHace ya muchos años, en una aldea pasqueña luminosa de sol y verdor, vivía una esbelta joven campesina de hermoso rostro. Muy de madrugada -hacendosa como era- comenzaba sus labores cotidianas ante el contento de sus ancianos padres que veían en ella, no sólo la alegría del hogar, sino también la ayuda providencial a sus afanes. Esta encantadora joven tenía por costumbre ir ordinariamente al manantial del pueblo con un enorme porongo a traer agua que pudiera necesitarse en la noche. Su retorno siempre coincidía con el toque del Ángelus que de la iglesia del pueblo se irradiaba por toda la comarca y, diariamente también, a esa misma hora, de entre los arbustos cercanos al manantial, un par de ojos curiosos y extasiados contemplaban a la joven.

Un día que la muchacha fuera a traer agua de la fuente, emergió la figura de un oso gigantesco de la espesura que sigilosamente se acercó a ella y atrapándola con sus poderosos brazos, se la llevó a las alturas sin que nadie los viera.

Los padres, alarmados por la demora, salieron en su busca sin poder hallarla. Así, todo el pueblo escudriñó por muchísimos días, hasta que se cansaron de hacerlo. Sólo los padres, fieles y amorosos continuaron con el rastreo por mucho tiempo hasta que, uno tras otro, murieron agobiados por la pena y el dolor. Mientras tanto, ¿Qué ocurría allá en la lejana caverna a dónde había sido llevada?…

El oso, manifiestamente enamorado de la joven, la había encerrado en una cueva llenándola de atenciones y caricias que, al comienzo la raptada rechazaba. Para que no faltaran las provisiones, diariamente salía muy de madrugada, para lo cual, gracias a su fuerza descomunal, movía una gigantesca piedra que cubría la entrada. Una vez que salía, retornaba la piedra a su sitio dejando encerrada a la mujer. Esta diaria ocupación duró varios meses, hasta que un día la joven alumbró un hermoso niño, robusto y alegre que, cosa curiosa, no obstante ser hijo del oso, era una criatura completamente normal en su aspecto humano.

Consolada de su mal de ausencia con la compañía de su hijo, la joven volcó todo su amor y  celo en el cuidado del niño que poco a poco fue creciendo inquieto y fuerte como su padre. Cuando adquirió el uso de conciencia, se dio cuenta de la tristeza de su madre y de las furtivas lágrimas que derramaba. Al preguntarle por la razón de su congoja, ésta le contó con lujo de detalles lo que le había ocurrido. Enterado de la historia y dolido por su tristeza decidió ayudarla a recuperar su libertad. Un día, éste, ya desarrollado notablemente, utilizando maderas y piedras, logró mover la gigantesca roca que rodó cuesta abajo, con tan mala suerte, que aplastó a su padre que en ese momento subía. Al verse libre, la madre tomó de las manos al niño y tras muchos años de ausencia, bajó al pueblo.

Al llegar, todo lo encontró cambiado. Se enteró de la muerte de sus padres y lloró, lloró mucho. Las buenas gentes del pueblo, enteradas de su desgracia, decidieron ayudarla. El sacerdote ya anciano y cansado, le ofreció la casa parroquial para que allí viviera en compañía de su hijo. “Hay que hacerlo cristiano primero”,  dijo y así se hizo. El mismo cura fue su padrino y le puso por nombre: Juan.

A partir de entonces, el niño comenzó a llevar una vida normal como todos los niños del pueblo, con una sola excepción: su fuerza colosal. Fue cuando entró en la escuela que el cura pasó a sufrir con las travesuras del niño a quien, por su fuerza desmesurada, habían comenzado a llamar Juan Oso. Esta fue la razón para que en todas las horas de día recibiera quejas de diferente índole.

“Que a mi hijo le ha desgranado todos los dientes de un golpe con su manaza…”

— “Que mi carretón lleno de víveres la ha hecho rodar por la pendiente”.

— “Que de un solo golpe a destrozado mi cerca y mis animales se han escapado…”

— “Que de un puntapié ha matado a mi perro”… 

Que si esto; que si lo otro; en fin, las quejas eran numerosas y graves. De nada valieron las recomendaciones ni los azotes del anciano cura. La situación era insostenible, hasta que un día, creyendo que un buen susto lo arreglaría, el cura se coludió con un pariente del sacristán con el que tramaron un plan para asustarlo. Ceremoniosamente, el cura le llamó y le dijo:

— Mira, hijo; ayer ha muerto un hombre muy malo, al que confesé y ayudé a bien morir. Como era un canalla, nadie irá a su velorio; por eso te pido que vayas tú cristianamente y lo veles por esta noche para enterrarlo mañana…

— Bien, padre. Así lo haré – respondió muy solícito Juan Oso.

Llegado a la casa mortuoria comprobó que efectivamente, sobre una mesa, cubierto con una sábana, estaba tirado el cadáver de un hombre. Era –como sabemos- el pariente del sacristán que, complotado con el cura, se fingía muerto. En la sala no había nadie más. Él solo velaría al muerto

Juan oso se sentó al lado del difunto y cuidando de que las ceras ardieran bien, velaba en silencio cumpliendo con el encargo de su padrino. Ya había transcurrido más o menos una hora de su llegada cuando el “muerto” se sentó rígido, haciendo caer las ceras y la sábana. Juan Oso, comprensivo y sin inmutarse, tomó al hombre con una mano en el pecho y la otra en la espalda y con un movimiento enérgico lo volvió a acostar; puso los cirios en su lugar y siguió velando. El “muerto” repuesto del primer sacudón tomó fuerzas y volvió a sentarse. Nuevamente Juan Oso lo hizo echarse con energía. Después de casi dos horas y casi al amanecer, el “muerto” volvió a sentarse estrepitosamente, esta vez emitiendo gruñidos amenazadores, gesticulando aparatosamente para asustar a su velador. Juan Oso no resistió más; de un solo manotazo en el cráneo lo dejó definitivamente muerto.

A la mañana siguiente, al verlo entrar muy campante, el curioso sacerdote le preguntó:

— Dime hijo… ¿Cómo te fue en el velorio?…

— Bien, padre; sólo que usted tenía razón…

— ¿Por qué?…

— El muerto era un hombre malo y a punto de condenarse.

— ¿Por qué lo dices?…

— Durante el velorio se incorporó varias veces de la mesa…

— ¿…Y?

— Cuando se estaba condenando yo le di un golpe en la cabeza y lo maté definitivamente, y para que no se le ocurra condenarse, acabo de enterrarlo cubriendo su tumba con las piedras más grandes que he encontrado. No tenga cuidado, padre; no saldrá, se lo aseguro.

— ¡Dios mío… ¡Dios mío!…¡Si a este hombre no tenía que ocurrirle esto!……¡Salvaje!…  – gritaba desesperado el sacerdote.

Juan Oso 2Así de trágicas las cosas, el pobre cura ya cansado y viejo habló con la madre de Juan Oso y le dijo que era necesario que su hijo, saliera en busca de su destino, que ya era suficientemente fuerte para afrontar la vida. Era imperioso que se fuera. La madre, entre lagrimas, le manifestó que ella también estaba de acuerdo con la medida.

En cumplimento de esta disposición, un día muy de mañana, después de recibir la bendición de su padrino y el cariñoso beso de su madre, salió con rumbo desconocido sin más equipaje que su fiambre y una manta para su abrigo.

A poco de andar y ya con las sombras cubriendo la tarde, llegó a una villa hospitalaria que lo acogió con gran cariño. Había llegado justo cuando los habitantes estaban aterrorizados por la presencia de un sanguinario puma que, no sólo atacaba a los animales y se los comía, sino que también arremetía y engullía humanos. Las gentes llenas de pánico se cuidaban de salir de sus predios. Al ver que el espanto había hecho presa de hombres, mujeres y niños del pueblo, Juan Oso pidió fiambre y una filuda y poderosa hacha, con la que, imperturbable, se aventuró en el peligroso bosque, guarida de la sanguinaria bestia. Al verlo salir, las gentes temieron por su vida, pero con un resto de esperanza lo alentaron.

Las horas pasaban, las expectativas crecían pero nada se sabía. Por fin, después de tres días de ausencia,  cuando ya la confianza se había desvanecido,  vieron llegar a Juan Oso halando un gigantesco carretón repleto de leña cortada y, sobre la leña, el cuerpo muerto de un gigantesco puma victimado a hachazos por él.

El pueblo agradecido en medio de vítores le brindó lo mejor que tuvo en víveres y Juan oso 3regalos, y en un ambiente de fiesta campesina lo retuvo por dos días, hasta que decidió seguir su marcha.

En su largo trayecto, llegó a otro pueblo que acababa de ser asolado por unos bandoleros despiadados que habían robado las pertenencias, alimentos y animales de los pobladores, dejándoles en el desamparo y la miseria; es más, habían jurado volver en tres días para que el cura les hiciera entrega de todo lo que la iglesia atesoraba. El sacerdote y todos los feligreses estaban aterrorizados. Enterado de esta amenaza, Juan Oso, decidió esperar a los malhechores. Llegado el día –efectivamente- ocho desalmados desmontaron en el centro de la plaza y amenazantes se dirigieron a la iglesia. No lo esperó más, Juan Oso encaminó sus pasos a la santa casa y  cuando estaban a punto de maltratar al cura, cogiendo uno a uno por el cogote  les endilgó tal paliza que, a la media de hora, cuando los fieles entraron en la iglesia, encontraron amontonados a los facinerosos, uno sobre otro.

En este mundo de andanzas de sendos triunfos, Juan Oso iba demostrando su poder y osadía hasta que, peregrino de la aventura, llegó finalmente a un pueblo al que encontró misteriosamente temeroso. Todavía la noche no había llegado al pueblo pero estaba agazapado y en sigilo. Ni los animales estaban en sus corrales. Intrigado por esta actitud tocó una puerta inquiriendo por lo que acontecía y, un aterrorizado anciano por una ventana entreabierta le dijo que se fuera, que el pueblo estaba así de cierrapuertas porque a partir de esa hora llegaba el condenado que destrozaba todo lo que encontraba y devoraba a todo el ganado; que el condenado era un rico y cruel terrateniente muerto, al que Dios había castigado. Diciendo esto, el viejo volvió a cerrar la ventana y todo quedó nuevamente en silencio.

Viendo que el cielo se encapotaba amenazante, decidió pernoctar en el único lugar posible en ese momento: el ruinoso caserón que en otra época había sido floreciente mansión del terrateniente muerto. El aspecto lúgubre de la vieja casona no influyó para nada en el espíritu del fogoso aventurero que sin temor alguno tendió una manta y se recostó a descansar. Muy pronto se quedó dormido.

Promediaba la medianoche, cuando un silbido tétrico seguido de un vientecillo helado, le hizo despertar. En ese estado oyó una voz misteriosa y bronca que preguntaba:

—        ¿Caeré… o no… caeré?.

De primera intención, el significado de la pregunta más que en la forma en que había sido formulada, le intrigó. Pasado un buen tiempo, nuevamente la voz se hizo escuchar en el recinto:

—        ¿Caeré o no caeré?.

Ya repuesto de la sorpresa, contesto:

—        ¡Cae pues, si quieres! – Y al instante cayeron los despojos de un torso y el vientre de un cadáver nauseabundo. Intrigado y sin moverse, Juan Oso contemplaba aquella carroña sin sentir por ella ningún temor. Ya se estaba olvidando del asunto cuando nuevamente la misma voz:

—        ¿Caeré o no caeré?¡¡

—        ¡¡Haz lo que quieras, ya te he dicho! – Y un par de piernas primero y de brazos después cayeron al lado del tronco y al instante se unieron con un sonido horrendo y desagradable. No había transcurrido mucho tiempo, cuando nuevamente la voz:

—        ¿Caeré o no caeré?…

—        ¡Ya, carajo!, tanto preguntas. ¡Cae las veces que quieras! – Y al instante una cabeza de rostro terrorífico cayó para unirse con el cuerpo yaciente. Completado su cuerpo se puso de pie el espectro gigantesco, y dirigiéndose a Juan Oso le espetó con voz gangosa:

—        ¡¿Quién eres tú que te atreves a invadir mis dominios y a enfrentarme sin ningún temor?!…  ¡¿Quién eres?!

—        Eso a ti no te importa – respondió Juan Oso.

—        Bien, veo que eres muy valiente porque eres el único que ha osado enfrentarme. En consecuencia, sino no quieres morir y ser devorado, tendrás que defenderte. ¡Aquí hay dos espadas!.

El condenado, arrastrando su hediondez de muerte, trajo las dos armas y arrojando uno a los pies de Juan Oso le reto:

—        ¡Toma la espada y defiéndete si no quieres morir!…¡Voy acabar contigo por tu atrevimiento a venir a ofenderme! Es la media noche y lucharemos –si me resistes– hasta que cante el último gallo; en ese momento veremos quien ha vencido.

Sin hacer ningún comentario, -lacónico como era- Juan Oso se enfrentó al condenado con quien comenzó a luchar a brazo partido.

La pelea se hizo tremenda y escalofriante. Misteriosamente, después de cada tajo que seccionaba el cuerpo del condenado, las partes se volvían a juntar. Así toda la noche. El combate era sin cuartel. Ni uno ni otro pedían tregua. Cuando ya, Juan Oso comenzaba a sentir cansancio y aparecían las primeras claridades del alba, cantó el primer gallo. Continuaron batallando más encarnizadamente hasta que cantó el segundo gallo y, en ese ambiente desesperante y agónico cantó el último gallo. Ya había  amanecido. En ese momento el condenado arrojó su arma y poniéndose de rodillas implorante, le dijo a Juan Oso.

—¡¡Basta ya!…¡Me has vencido!…¡Gracias a Dios me has vencido! “Yo en mi vida fui un cruel hacendado que hice mucho mal en la tierra en mi afán de acumular riquezas. A mi muerte Dios no me dejó entrar en su reino y me condenó a sufrir en la tierra. Sólo un hombre como tú podía liberarme venciéndome. Ahora estoy en condiciones de volver al lado de Dios, pero para esto, te enseñare el lugar donde tengo enterrada mis riquezas. Te pido por favor que la repartas entre todos los habitantes de este pueblo. A ti, te regalo el más grande cajón de oro y por último te pido que me hagas decir una misa para poder descansar en paz” -Diciendo esto, el condenado se convirtió en humo y ascendió a la paz eterna.

Juan Oso enternecido por la historia, desenterró los tesoros y los repartió al pueblo que volvió a vivir muy dichoso después de la misa que mandaron celebrar por el descanso del infeliz condenado.

Cuando se disponía a llevar su cajón lleno de oro, advirtió que no podía moverlo; en ese instante cayó en la cuenta que Dios misericordioso, lo había convertido en un hombre común y corriente, como los demás.

Al retornar a su pueblo fue recibido con muestras de cariño, especialmente por el cura y por su madre. Organizó una gran fiesta, compró una casa muy hermosa y casó con una lindísima chica y en compañía de su madre y sus hijos, vivió feliz por el resto de sus días.

LA NEGRERÍA EN PASCO

la negreria en Pasco“El 3 de noviembre de 1854, el Mariscal Ramón Castilla promulgó la Ley de libertad para los esclavos negros. Esta hecho originó el nacimiento de una danza que se fue propagando hasta llegar a los lugares más apartados del Perú y, actualmente, es bailada por hombres de ascendencia indígena con ligeras variantes en música y  vestuario, pero casi siempre con el mismo contenido histórico-social que relata  la liberación de los esclavos negros tras las penurias vividas (…) se baila en muchos pueblos del Perú bajo nombres diferentes: Negrería, Morenada, Pachawara, Negros Viejos, Rey Moreno, negritos etc.” Es lo que nos dice Rosa Alarco en su trabajo “Danza de los Negritos de Huánuco”, publicado en la Revista de San Marcos # 13 de 1975:59

Por su parte, Javier Pulgar Vidal, afirma que la danza nació en los galpones cuando los señores españoles daban libertad provisional a sus esclavos por Navidad y éstos salían, vistiendo las ropas que aquellos les regalaban, a adorar los nacimientos. Esteban Pavletich, por su parte afirma que nació cuando los negros se enteraron de la libertad que les había otorgado Castilla en noviembre y conocido en diciembre se celebró en homenaje al Niño Jesús. El estudioso Nicolás Vizcaya, por su parte,  afirma que aun cuando nacieran en los galpones de la negrería, la danza fue acogida por los indígenas por la similitud de problemas que habían sufrido frente a los españoles y en solidaridad danzaron la negrería. No olvidemos -en ningún momento- que durante la colonia, gran cantidad de negros cimarrones escapados de las plantaciones de la costa establecieron sus quilombos en alejados pueblos de la sierra central, inaccesible para los españoles, desde donde, más tarde, se van a dedicar al pingüe contrabando de las barras de plata que se fundían en las callanas del Cerro de Pasco. Muchos de los empingorotados españoles, en connivencia con los cimarrones, evitaban de esta manera, el pago de regalías al rey de España.

De cualquier manera, teniendo como paradigma a las cofradías de Huánuco, esta danza ha alcanzado carta de ciudadanía en todo el centro del Perú. Pasco, como es lógico no constituye excepción.

Nuestro notable historiador y maestro, el doctor Juan José Vega, en su trabajo “Aportes de la cultura afroperuana”, dice refiriéndose a la cantidad de gente morena que había en el Perú durante la Colonia: “Mucha gente hoy se asombra cuando escucha que en la Lima Colonial vivían más negros, mulatos y zambos que españoles, criollos, mestizos e indios juntos. Pero así fue. La verdad es que la mentada Ciudad de los Reyes aparecía bastante africana a los ojos de los viajeros de Europa y a hombres como Guamán Poma. Las cifras de todos los censos confirman esta realidad”. Y por datos referidos al resto del Perú, la apreciación no se queda atrás.

En Pasco, donde todavía no se ha precisado el número de gente morena, indudablemente fue numerosa. Para referirnos a un solo renglón de actividades de esta gente, diremos que del total del aporte minero que registraban las Cajas Reales dentro de la legalidad, otro tanto era sacado de contrabando por diferentes rutas que siempre conducían a la costa.  Los contrabandistas fueron en todo caso, gente morena. En el Cerro de Pasco y asientos mineros aledaños siempre hubo numerosos negros. Si no en la actividad minera directamente, lo hicieron como jugadores de fútbol. No olvidemos que el Cerro de Pasco fue la primera provincia que practicó el fútbol con celebrados triunfos sobre la Selección Peruana. La lista es enorme. Fijémonos en el Alianza Huarón, Defensor Chicrín, Carlos Valdivieso, Unión Minas de Milpo y finalmente el  Unión Minas del Cerro de Pasco. Los nombres de los jugadores son inacabables, tal el caso del “perro” Vílchez, Field, Santana, Uchuya, Martínez, Dos Santos, Castrillón, “Kilo” Lobatón, Lurita, Mellán, Navarro, Concha, y la mayoría de jugadores del “Unión Minas”.

“Numerosas festividades y no pocos bailes andinos (Negritos, Diablada, Morenada, Negros San Roque, Negritos, etc.) guardan de igual modo, remembranzas de tiempos idos en los cuales la presencia negra fue vigorosa. Hoy son bailes quechuas y aymaras, pero su origen estuvo (imitando, criticando, satirizando, etc., según los casos) en los esclavos negros y sus danzas; evolucionando luego dentro de hechura andina”, sigue diciendo el doctor Juan José Vega en su interesante trabajo mencionado. Pasco, no podía ser una excepción, hoy en día, varios son los lugares en los que se cultiva la Danza de los Negritos: Huayllay, Vicco, Chaupihuaranga. etc.

Los “Negritos de Vicco” que tienen muy parecida coreografía con sutiles diferencias, se destacan porque con especial y delicada deferencia, están acompañadas de sus respectivas esposas, elegantemente vestidas y con trajes que mucho tienen que ver con el que llevan sus maridos. Toda la indumentaria femenina es uniforme, la falda, la manta que debe hacer juego con el pañuelo, el sombrero cuya cinta es del mismo color que el de la manta. Todo esto se acuerda en la sesión de la primera asentada y queda registrado en el Libro de Actas correspondiente. La largueza de los mayordomos se nota cuando los servicios reparten gran cantidad de cajas de cerveza. Al llevar  una caja de cerveza Pilsen, abren las botellas y a cada una le ponen su correspondiente vaso para que beban los amigos. En cada botella se puede apreciar un cintillo puesto en la fábrica que dice “Envasado especialmente para la Fiesta de los Negritos de Vicco”.  Un lujo que no he alcanzado a ver en los cerreños.

la negreria en Pasco 2En el caso de  los Negritos de Huayllay, celebran su fiesta del veinticuatro al treinta de diciembre en homenaje al Niño Jesús, tal como lo hacen los huanuqueños. A partir del año de 1979 en que la unidad fraternal de los bailantes se rompe por entredichos entre los mayordomos Raúl Rivera García y Marcial Almonacid Calderón, nacen dos grupos. Uno es el denominado “Magistral Africano” y el otro es el “Sudán Africa”, cada uno de ellos con 25 bailantes. Estos, luego de pacientes y disciplinados ensayos, el 24 de diciembre se ubican al este de la ciudad los de “Magistral Africano” y al oeste, los de “Sudan Africa”. Ambos elencos entran en la ciudad  pintorescamente ataviados. A partir de entonces,

también, se nombran cuatro mayordomos (dos por cada grupo) y dos Procuradores (uno por cada grupo). Se designa al Turco (Rey) y a la Dama (Reyna Mallica); uno o dos Corochanos y el abanderado que ha de portar el estandarte distintivo de la cofradía. A partir de aquella época  han aumentado los bailantes por cada grupo, entre adultos e infantes. De esta manera se mantiene vivo en el sentimiento popular la práctica de esta bella costumbre. Lo notable de los grupos danzarines es la uniformidad en todos. Cotones –pieza importante del vestuario- de determinados chispeantes colores en pana o terciopelo, adornados con pedrería y caprichosos bordados donde la imaginación de los bordadores se manifiesta a través de  alusiones mágico-religiosas, amorosas e históricas. Hombreras constituidas por charreteras metálicas aunque no sean tan pródigas como las de los chunguinos; de la media manga hacia la mitad lateral del cotón, una ligadura de tela de color contrastante y una pechera de bordados artísticos que ostentan soles, lunas, estrellas, triángulos, flores etc.; guantes blancos en  cuya mano derecha portan una campanilla que compasa el ritmo de la danza y en la izquierda un paraguas que lo utilizan, no sólo como protección climática, sino también como aditamento auxiliar en la danza durante sus desplazamientos por las calles; los jefes llevan, además, un chicote, símbolo de mando; un pantalón blanco con ribetes laterales rojos o del color que contraste con el cotón; botas negras brillantes de media caña. En la cabeza,  un sombrero de paja con un trecellín que sujeta enormes plumas de color parecido al uniforme. Lo más resaltante es la caricaturesca máscara de badana negra que, exagerando,  simboliza al negro de labios rojos y carnosos, nariz chata, y ojos saltones. “La máscara desinhibe al que la usa, le permite adentrarse en el personaje que representa y decir todo lo que guarda en el subconsciente sin temor a represalias: hacer suyos, ante el opresor común, su rencor y su protesta. La máscara también confiere las cualidades o poderes  del ser que representan y el negro tiene el poder, según los indígenas, de ahuyentar las enfermedades y otros males, de modo que también le confieren estos atributos y se convierte en amuleto”.

Para dar más vivacidad a su representación, los bailantes hablan utilizando el sufijo “ro” en su chispeante conversación; así para decir bebamos unas cervezas, expresan “Beberó cerveró”.