ALUMNOS DE LA UNIVERSIDAD NACIONAL DANIEL ALCIDES CARRION

alumnos de la UndacEn esta fotografía me encuentro rodeado por el pleno de los alumnos del Quinto año de la Facultad de Educación de nuestra universidad la noche del viernes 21 de junio en momentos en que finalizaban las  clases. Era las doce de la noche y culminadas las tareas correspondientes salimos de las aulas para dirigirnos al centro del poblado, todos en compañía fraternal, porque el último carro salía a esa hora, repleto de alumnos, muchos de los cuales iban prendidos de los estribos. Nosotros, así en grupo, caminábamos primero hasta San Juan y de ahí hasta el centro de la ciudad. En el camino iban quedando poco a poco los alumnos; entretanto conversando, contándonos chistes y chismes hacíamos delicioso el trayecto no obstante la frialdad de la noche. Mis colegas profesores me habían pedido que me hiciera cargo de las clases de las últimas horas del viernes porque la casi totalidad de ellos viajaban a Lima

La totalidad de los jóvenes que me acompañan en esta fotografía –hombres y mujeres- ejercieron la docencia con mucho profesionalismo, ocupando después notables cargos directivos. Otros fueron alcaldes, funcionarios, representantes de sus comunidades, pero la mayoría, excelentes amigos. Ojalá que alguno de los que están en la foto pudiera escribirme. Me sentiría muy feliz. En todo caso, yo no he podido olvidarlos. Constituyen una parte importante y hermosa de mi vida.

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MIS COMPAÑEROS DE ESCUELA

Hay una etapa en la vida que con el paso de los años más se recuerda: la infancia. Aquel lapso imborrable transcurrido en las aulas de primaria. Particularmente para mí, fue la más hermosa de mi vida. En ella conocí a los chicos con los que tuve mayor ligazón fraternal y los que no he podido olvidar. Después, por azares del destino, nuestras vidas tomaron diferentes derroteros; muy pocos nos hemos vuelto a encontrar. Uno de ellos, como por milagro, encontró esta página y desde su residencia en Estados Unidos me hizo llegar un saludo que me ha emocionado mucho. Me dice que en ese país están otros compañeros más y que se comunican entre ellos. Me pide que escriba algo de para recordar nuestras pasadas vivencias. Por esa misma razón, pidiéndoles su comprensión amigos que me acompañan en esta página, quiero cumplir con ese pedido. Hay una fotografía en la que, conjuntamente con nuestro maestro, estamos todos los de la promoción de 1950, último año en el que estuvimos juntos.

Escoltando a nuestro inolvidable maestro Mamerto Galarza Mayor -centro de la fotografía- estamos los integrantes del sexto año de primaria en la parte delantera de nuestra escuela 491 de Patarcocha. Los de casacas blancas son miembros de la Cruz Roja: Miguel Laderas Rojas, Constantino Gayoso, Enrique Rivera y Manuel Amaro. Entre el resto de colegas están. Juan Rodríguez Munguía, Fernando Livia Chávez, Nicanor Goyena Robles, Luis Ráez Malpartida, Marino Soto Hinostroza, Juan Pagán de la Cruz, Alfonso Evangelista Rispa, Gustavo Malpartida Muguruza,   Humberto Bernuy Lope, Agustín Bustamante Montoro, y los grandazos Mendoza, Guerra, Palomino, Lucas, Ayala,  Martínez, Quintana, y otros más.
Escoltando a nuestro inolvidable maestro Mamerto Galarza Mayor -centro de la fotografía- estamos los integrantes del sexto año de primaria en la parte delantera de nuestra escuela 491 de Patarcocha. Los de casacas blancas son miembros de la Cruz Roja: Miguel Laderas Rojas, Constantino Gayoso, Enrique Rivera y Manuel Amaro. Entre el resto de colegas están. Juan Rodríguez Munguía, Fernando Livia Chávez, Nicanor Goyena Robles, Luis Ráez Malpartida, Marino Soto Hinostroza, Juan Pagán de la Cruz, Alfonso Evangelista Rispa, Gustavo Malpartida Muguruza, Humberto Bernuy Lope, Agustín Bustamante Montoro, y los grandazos Mendoza, Guerra, Palomino, Lucas, Ayala, Martínez, Quintana, y otros más.

A partir de aquel año quedaban atrás nuestros inolvidables juegos: bolero, bolas, colonia, trompo, salto cabrito, sirriachi, honda, cometas, palitroques, “Shulula”, etc.  Cada uno de ellos en su respectiva temporada y con sus campeones. La mayoría participaba de inolvidables partidos del fútbol; sólo los “niños bien” que eran pésimos en esta actividad, realizaban sus corridas de toros, porque eran manifiestamente taurófilos. Eran los pocos

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En el patio de deportes del Colegio Leoncio Prado de Huánuco -julio de 1950- están los directores y profesores de ambos planteles escoltando a la “Selección de Básquet” de nuestra escuelita 491 de Patarcocha que representaba al Cerro de Pasco, para enfrentarse al representativo huanuqueño. Lo conforman (De izquierda a derecha, inclinados) Alberto Lavado y Agustín Bustamante Montoro (En cuclillas, en el mismo orden) Luis Ráez  Malpartida, César Pérez Arauco y Fernando Livia Chávez.
En el patio de deportes del Colegio Leoncio Prado de Huánuco -julio de 1950- están los directores y profesores de ambos planteles escoltando a la “Selección de Básquet” de nuestra escuelita 491 de Patarcocha que representaba al Cerro de Pasco, para enfrentarse al representativo huanuqueño. Lo conforman (De izquierda a derecha, inclinados) Alberto Lavado y Agustín Bustamante Montoro (En cuclillas, en el mismo orden) Luis Ráez Malpartida, César Pérez Arauco y Fernando Livia Chávez.

“Fena” Livia.- Es el primero en este recuento fraternal. Utilizando trapos viejos unidos a desechadas medias de “Borlón” de su “vieja”, sus hermanas y demás parentela femenina, fabricaba unas hermosas pelotas de trapo cosidas a la perfección y admirablemente redondas. Era el juguete que más queríamos los niños de entonces. Fernando “Fena” Livia Chávez era un artista en esta especialidad. Todos lo sabían. Pero su habilidad no se afincaba en esa sola fabricación del instrumento de nuestras tempranas habilidades, no. Era un brujo para entretejer mágicas jugadas con ella, luciendo la rara destreza que Dios le había dotado. No sé cómo lo hacía, pero su extraña habilidad nos dejaba mudos de asombro. Si lo sabré yo que fui su compañero de equipo en los primeros tramos de nuestra vida deportiva y compañero de carpeta cuando nos sentábamos de a tres; el que contemplaba el trío –mago de la pintura y el dibujo- era Alfredo “Peyo” O´Oconnor, un artista inigualable. Tuve enorme fortuna de compartir la carpeta que estos dos amigos imperecederos.

Todavía recuerdo los interminables partidos de fútbol que disputábamos en los terrales de “Lama pampa”, “La Calera”, “Chaquicocha” o “Cancha blanca”, en medio de asfixiantes nubes de polvo y un ensordecedor bullicio de niños en busca del triunfo. Su mágica pero controlada velocidad le permitía hacer giros improvisadamente excepcionales; llevaba la pelota unida a los pies como si estuviera pegado a ellos, siempre con la vista arriba, viendo el desplazamiento de sus compañeros y sirviendo un acertado servicio para la jugada final. Era más bajo que yo. Sin embargo su talla le permitía hacer notables jugadas llenas de magia y agilidad. En la actualidad –salvando tiempos y distancias-  con qué arrobamiento me gusta observar las jugadas de Messi porque me recuerdan a “Fena”. Era un mago.

Nuestra cuota de partidos era recargada, no sólo en los recreos y salidas de la escuela, sino también sábados y domingos en terrales de extramuros de la ciudad. Después, abrazados como hermanos –lo éramos por afinidad y afecto entrañable dejando de lado los apellidos- íbamos cantando de regreso a casa, ropas empolvadas, rostros sudorosos y zapatos convertidos en miseria, pero felices; enormemente felices. ¡Cómo lo recuerdo!!

Un día descubrimos que a orillas de la laguna de “Tomar” (De allí sacaban el agua para

La selección del tercero de primaria. Están de pie: Almanza, Bernuy, nuestro maestro, Guerra, Palomino y Espinoza. En cuclillas: Alfonso Evangelista Rispa, Agustín Bustamante Montoro, Marino Soto Hinostroza, Fernando Livia Chávez, César Pérez Arauco, Luis Ráez Malpartida y Juan Pagán de la Cruz. Los dos arqueros son: Emilio Salinas y Alberto Bernuy.
La selección del tercero de primaria. Están de pie: Almanza, Bernuy, nuestro maestro, Guerra, Palomino y Espinoza. En cuclillas: Alfonso Evangelista Rispa, Agustín Bustamante Montoro, Marino Soto Hinostroza, Fernando Livia Chávez, César Pérez Arauco, Luis Ráez Malpartida y Juan Pagán de la Cruz. Los dos arqueros son: Emilio Salinas y Alberto Bernuy.

beber en la ciudad), se había formado una zona que parecía conformada por móviles colchones de pasto. Allí con “Fena” nos ganábamos un real por cada “caracol” que efectuábamos a la vista de jugadores de primera que no conocían del arte de esa jugada. Ese dinero lo utilizábamos para pagar nuestras entradas en las funciones de las “seriales” del cine Grau. Tuvimos muchos alumnos.

Cuando terminamos primaria nuestros caminos se bifurcaron. Yo me fui a Lima y él quedó en el Cerro. Mientras un matón del “Alianza Lima” me malograra el tobillo derecho que me impidió seguir en la práctica de mi deporte favorito, “Fena” siguió impertérrito aumentando su habilidad y experiencia en canchas cerreñas.

En cada viaje de vacaciones de retorno a mi tierra nos encontrábamos para continuar con nuestras pláticas interminables. Lo veía jugar con arrobamiento y admiración, era ya todo un crack consagrado de nuestro fútbol.

Al volver para seguir secundaria en el “Carrión” ya mi amigo era un jugador estrella e insustituible por su habilidad extraordinaria en la selección del Cerro de Pasco. Todos lo saben. Sin embargo alcancé a alinear con él en la selección del Colegio en los juegos escolares de 1966.

Más tarde, convertido en narrador deportivo, relaté admirado las grandes jugadas que efectuaba. Recuerdo con una claridad asombrosa una que ha quedado en las retinas de los aficionados cerreños. Se jugaba un partido entre la selección cerreña frente al Universitario de Deportes cuando en una jugada feliz y oportuna, el “Huaca” Muñoz le hizo un pase en cortada que “Fena” recogió con gran precisión y enfiló al arco merengue. La defensa cubría con acierto a sus compañeros y hacía muy difícil un  pase a cualquiera de ellos. En el límite de la línea final vio todo el panorama compacto y optó por lo más difícil. Entró a la carrera amagando hacer un pase al centro y Dimas Zegarra el gigantón arquero de la “U” le cubrió todos los ángulos. Pensó que sólo un brujo podría conseguir un gol en esas circunstancias y “Fena”, lo fue. Con un tiro ejecutado con precisión y fuerza la colocó en el intersticio entre el arco y el arquero. ¡Increíble!. El grito triunfal del festejo popular se escuchó en el recinto deportivo que hasta el  mismo Dimas quedó vivamente impresionado. Nunca le había hecho un gol como aquel. Contagiado de la emoción popular salió detrás de Fena, pero éste creyendo que lo perseguía para pegarle, escapó para ponerse a buen recaudo. Pero no. Quería abrazarlo congratulándose por esa joya de gol que acababa de hacerle. Más tarde Dimas Zegarra confesó que nunca le habían hecho un gol con la precisión y contundencia como aquel. “El chato es un valor tremendo y merece estar en algún equipo titular de la capital”. Efectivamente, el Universitario trató de llevárselo a sus filas pero “Fena” encariñado con su pueblo y su club, no aceptó. Como ésta hay una inacabable gama de anécdotas que hablan de su calidad futbolística.

Ahora que han pasado los años, nos encontramos en muy contadas oportunidades, pero siempre me sorprende con sus bromas. El 30 de julio, por ejemplo, me llamó para decirme. “Cushurito”, te estoy llamando para irnos a Patarcocha” y soltó su risa retozona y fraternal. Allí comienza nuestra plática que se hace extensa y muy amena. Otras veces –muy pocas- nos citamos en “cancha neutral” y me complace comprobar que sus hijos que lo quieren tanto lo lleven en un auto para dejarnos juntos, como en los buenos tiempos.

ALFREDO “PEYO” O´CONNOR

Como decía en otro pasaje de esta remembranza, compartíamos la misma carpeta, “Fena” Livia, Alfredo “Peyo” O´Connor y, yo. Ellos querían que yo estuviera al medio.

Escoltando a nuestro maestro Mamerto Galarza Mayor estamos, de pie, Juan Rucabado Sosa y Felipe Bustillos. En cuclillas, César Pérez Arauco, Alfredo “Peyo” O´Connor,  Miguel “Cupe” Laderas Rojas y Juan Flores. Cursábamos el Primero de primaria.
Escoltando a nuestro maestro Mamerto Galarza Mayor
estamos, de pie, Juan Rucabado Sosa y Felipe Bustillos.
En cuclillas, César Pérez Arauco, Alfredo “Peyo” O´Connor,
Miguel “Cupe” Laderas Rojas y Juan Flores. Cursábamos el
Primero de primaria.

Descendiente de irlandeses, su papá era el jefe del taller eléctrico donde ponía al descubierto sus enormes habilidades para el cargo. Desde temprano su especialidad fue la radiotelefonía. Dueño de planos correspondientes armó una transmisora que la instaló en los altos del Instituto Industrial. Su radio de acción abarcaría toda la población cerreña y en algunos casos llegando a  pueblos aledaños. Su nombre: RADIO MINERÍA. Muchos de los aficionados iniciamos allí nuestras primeras armas. Estaban: Jesús Ramos, “Peyo” O´Connor, Julio Arias y, yo. La experiencia fue maravillosa. Nunca lo olvidaremos. Allí realizamos las primeras presentaciones de artistas locales con beneplácito de nuestros oyentes. Le estábamos haciendo competencia a “Radio Rancas” que es la pionera en nuestra ciudad. Allí escuché al primer narrador deportivo que tuvo nuestra tierra, un muchacho de apellido Poma, no puedo recordar su nombre pero sí que era notable. Pronto desapareció de la ciudad.

Bueno, “Peyo” era un chico muy inteligente. Recuerdo que su habilidad para dibujar historietas era formidable. Mientras el profesor hablaba del contenido del curso, él se dedicaba a dibujar a la gran variedad de personajes creados por Walt Disney. Lo hacía de memoria con un acabado extraordinario. Se consagró definitivamente cuando comenzamos a pintar escenas ejemplares correspondientes a los cursos del colegio: zoología, historia, anatomía, historia etc. Siempre fui bienvenido en su casa donde conocí a sus hermanos Chela, Celia, Eduardo, Guillermo, Lucho, Beto, Carlos. Su mamá la señora Chelita era una señora muy bonita, blanca como hecha de porcelana con sus ojos celestes y sus pelos completamente blancos. El día de la Madre los estudiantes se disputaban para llevarla como símbolo de la Madre. Era muy solicitada. Era tan pegada al pueblo que se convirtió en socia de todos los gremios católicos donde la querían mucho.

“Peyo” era muy blanco. Sus ojos claros y juguetones le daban un aspecto risueño y mis compañeros de escuela 5alegre. Era tan blanco que un  día que entramos en las duchas de la compañía, al verlo desnudo, el “Cupe” Laderas gritó. ”Miren, O´Connor está crudo”. Las risas arreciaron en el servicio de baños.

Cuando nos separamos, me enteré que su padre lo había colocado a una oficina especializada en publicidad y dibujo donde desarrolló su afición. Los gringos sorprendidos de su calidad como pintor le compraban los cuadros que pintaba con un acierto extraordinario. No es raro, su cercanía con la mina y su drama lo tradujo en cuadros que está en muchos lugares de Estados Unidos de América y Europa. Su fama creció al ritmo de su dedicación. Por otra parte, ideó un sistema de cuadros utilizando finos alambres de cobre efectuando notables obras de arte. Fue el primero, sus seguidores ahora son muchos. Era tal su habilidad que realizó una hermosa maqueta de la ciudad cerreña. Cuando se exhibió, todo el mundo lo aplaudió admirado porque todo estaba reproducido al milímetro, con una precisión sin  igual, con los más mínimos detalles. No sabemos dónde estará esta maqueta que mucho serviría para conocer la hermosa aunque caótica urbanística de nuestra tierra.

Actualmente “Peyo” vive en Chosica y de vez en cuando nos saludamos por teléfono. Nunca olvidaré de su afectuoso interés por pintar escenas de nuestra tierra con un arte incomparable. Estoy muy orgulloso de ser amigo de un notable artista y un genial jugador de fútbol, mis hermanos del alma: “Peyo” y “Fena”.

LA MACHETE

la macheteComo a nadie se le hubiera ocurrido poner ese nombre a una niña, consideramos necesario hacer una aclaración. Primeramente, el nombre era una degeneración de un hipocorístico francés; el apellido lo vamos a obviar porque –como me aseguró don Juanito Arias Franco, mi confidente- sus familiares todavía viven entre nuestra ciudad y Lima.

Ella fue fruto de los irrefrenables amores de un joven francés y una hermosa chica cerreña. Ante semejante problema tuvieron que mirar la cosa con serenidad. No podían casarse porque ella era hija natural, muy pobre y, él un prominente hombre de la “sociedad” de aquel tiempo. Era imposible el matrimonio. Como se estilaba aquellos años, él cumplió con firmar la partida de nacimiento a pedido de ella. “Firma a tu hija para que no crean que es hija de padre desconocido. Pon a salvo mi buen nombre que de lo demás, yo me encargo. Soy muy mujer para mantener a nuestra hija. De ti no quiero nada. Sólo poner a buen recaudo mi nombre y salvar mi dignidad”. Después, no se habló más del asunto. Él abocado a sus trabajos mineros, cuando tenía tiempo, pasaba por la casa de ella a visitar a su niña que, con el amoroso cuidado de la madre fue creciendo saludable y alegre. Tanto en la Municipalidad cuanto en la iglesia, él hizo prevalecer el nombre francés que en homenaje a su madre quería adjudicarle: Mauricett. Y en esos tiernos gestos que tienen los padres le decía. “Machet”. Y claro, nuestro pueblo alteró el nombre que de tanto rodar por sus calles quedó convertido en, “Machete”. Nombre que la acompañó hasta el fin de sus días.

Como era de suponerse, la niña fue creciendo a pasos agigantados. Era blanca de ojos azules, algo colorada con pelos rubios y encrespados. Los días fueron dotándole de un especial atractivo físico y una vivacidad cada vez más deslumbrante. Los años la convirtieron en una chica especial.

Pronto cayó en la cuenta de que los paisanos de su padre, con muy hipócritas procedimientos, la discriminaban, aunque a decir verdad, los chicos se desvivían soñando con ella. No sólo por ser enormemente bella sino también por su gracejo especial y desbordante simpatía. Ella estaba consciente de sus encantos por eso decidió explotarlos sin restricciones de ningún tipo.

Comenzó encandilando a algún vejete “decente” al que no convenía que nadie los viera. Ella alquilaba una habitación muy secreta, alejada del centro de la ciudad, con todas las comodidades pagadas por el marchante. Allí se podía a órdenes del interesado que, al final salía muy gratificado. En otros casos, acompañaba a los mineros que preparaban un alojamiento muy cómodo en su mina y en donde gozaba de la preciosura. Estas actividades, como es natural, se hicieron conocidas en toda la ciudad.

Andando el tiempo se convirtió en un secreto a voces los favores que dispensaba a manirrotos mineros y numerosos jóvenes tarambanas de aquellos tiempos. “La Machete” era una confesa practicante del amor libre y, por ser cerreña, sus emperifolladas paisanas, señoronas de la “sociedad”, decían  “Es una aventurera francesa. No es cerreña”.

Enterada de que todo el pueblo sabía de sus andanzas, aceptó la invitación que le hicieron llegar desde RANCHO GRANDE. Se convirtió en una de las atracciones del engreído lupanar cerreño. La preferida,  porque encantos no le faltaban. Su belleza corpórea hacia evocar a aquellas mujeres desnudas pintadas con arte inigualable por Rubens, mujeres opulentas y hermosas, de abundantes carnes que hacía decir a los cerreños: “Con ésta si hay dónde agarrarse”. (¿Qué hubieran pensado estos señores si vieran a las actuales “modelos”, ridículos engendros  de hueso y pellejo?)

No obstante ser hermosa e inteligente mujer muy solicitada por todos, su vida jamás conoció los escándalos; al contrario, siempre con mucho amor y dedicación lograba deshacer entuertos que en la vida galante eran muy reincidentes. Así pasaron los años.

Convencida de que los marchantes preferían a las más jóvenes decidió cambiar de giro. Se convirtió en consejera y confidente. Andando el tiempo su especialidad pasó a ser “madrina” de tanto jovenzuelo que entraba a descubrir las delicias del amor en toda su dimensión.

Aquellos tiempos, cuando los padres veían que sus hijos varones habían crecido y tratando de evitar que se dedicaran a los placeres secretos, amañado con sus amigos lo llevaban ante la presencia de la “Machete”. Ella con el arte inconfundible que había adquirido con los años, le abría el cofre de los misterios más espectaculares del amor carnal. Para eso fue siempre una maestra insuperable. Su técnica radicaba en una prolija preparación  del debutante. Comenzaba invitándole –entre abrazos y besos- una colmada copa de ajenjo para que tome confianza. Inmediatamente después iba desnudándose poco a poco como actualmente hacen las striptiseras, a fin de darle confianza. Finalmente le llevaba a navegar por ese proceloso mundo de placer que terminaba encandilando al mozalbete. Finalizado el acto de desfloración, vestía con meticulosidad y le invitaba a salir a la sala donde estaba esperándolo su padre y amigos. Allí, el padre, le servía un colmado trago de mistral y tras un abrazo lo “declaraba un varón hecho y derecho”. Los testigos hacían lo propio y, esa noche, era no solo su debut amoroso sino también su debut en el trago. Antes de pasar al salón principal, agradecían a la “madrina” colmándole de generosos aportes monetarios. La “Machete” se sentía extrañamente feliz. ¡Quién lo diría! Andando los años tuvo gran cantidad de ahijados que todavía la recuerdan con gratitud.

LOS INSURGENTES DE PASCO (Tercera parte)

los insurgentes 3Avellafuertes no alcanzaba a comprender cómo, indios y mestizos que antes no se podían ver, estaban unidos con los criollos que antes los despreciaban y marginaban. Era cierto lo que le habían informado. Los nobles como condes, marqueses y caballeros, no sólo estaban hastiados con las ingentes cantidades que tenían que aportar a su rey, sino que ahora, como si nada, se disponía una sucesión de impuestos altamente gravosos que los dejaría en la ruina. Ellos, religiosamente a través de las Cajas Reales tenían que pagar la “Media Anata”, impuesto que significaba la mitad de todo lo que sus minas, haciendas, obrajes y comercios producían en el año, nada más que por ostentar los títulos que los codeaba con los nobles de España. Muchos españoles tan ricos como éstos, lejos de la vanidosa altanería de un título de la nobleza de España, prefirieron seguir plebeyos usufructuando sus cuantiosos caudales sin tener que compartirlos con el rey. Pero, ambos, nobles y plebeyos, como acababa de ver, estaban tan indignados como el pueblo llano por las arbitrarias medidas impuestas últimamente, especialmente la llamada Alcabala, que Antonio Pagán en su obra “Defensa de Villena”, define así: “La alcabala es un derecho que, como parte del precio de una cosa vendida o cambiada, se paga a S. M. o a otro en su nombre. Esta definición nos muestra el aspecto de cuota impositiva que, como veremos, era percibida bien por la corona, bien por las clases privilegiadas en aquellos lugares donde sus miembros llevaron a cabo en su propio provecho el cobro de esta contribución, la cual  venía a engrosar sus ingresos ordinarios, aumentando notablemente su fuerza económica”.

Con la serenidad que sus largos años de Gobernante le dictaba, se puso a meditar detenidamente. En silencioso compás de espera en el que sólo sus pasos se escuchan en la estancia, transcurrió un buen rato. Por fin tras sopesar la gravedad de la situación y las posibles futuras consecuencias, habló con determinación.

— ¡Tenemos que salvarle la vida al Receptor de Alcabalas al precio que sea!. Estos indios son capaces de cualquier cosa. Quiero que todos me acompañen a Pasco para solucionar, en el mismo lugar, el problema con sagacidad. Como está la gente, nuestros guardias no lo podrían hacer… ¡Vamos…!

Con densa ventisca que apenas les permitía distinguir la ruta, partieron para el rescate; pero por más que intentaban avanzar rápidamente, la espesa capa de nieve que cubría los campos les impedía. Los caballos agitados, posaban los cascos con temor sobre la nívea superficie. Entretanto, los sitiados enviaban urgentes pedidos de ayuda a las autoridades de Huánuco, Tarma y Jauja, pero los mensajes caían irremediablemente en manos de los levantiscos. Se erigieron barricadas, se construyeron trincheras, se formaron muros rotundos, plagados de enfurecidos campesinos; las cornetas sonaban apremiantes a toda hora; el pueblo rabioso estaba armado de machetes y cuchillos de cocina, palos, herramientas de mano y barretas que sabían utilizar eficientemente dentro de las minas. Se cerraron negocios, casas y talleres;  hasta los holgazanes y vagabundos que encontraban en los portales y en el mercado, fueron obligados a trabajar en las barricadas y, para los que no tenían armas, se trajeron rocas y piedras de las canteras que fueron apiladas en elevados montículos en todas las esquinas de la villa. Las calles se encontraban atiborradas de rumores contradictorios. Se decía que los indios de toda la meseta se habían unido a la turbamulta de la revolución. Inclusive acudían de los lejanos pueblos de la quebrada de Chaupihuaranga dejando abandonados ganado y familia, trepando por sobre las cadenas montañosas para estar en el lugar que el deber los emplazaba. ¿Cuántos eran?. ¿mil, dos mil? …. ¿Cuántos? Nadie lo sabía con certeza.

Largas fueron las horas que tuvieron que luchar contra el tiempo implacable para llegar a la Villa de Pasco donde los emponchados insurrectos rompían con  hachones de luz la opacidad del ambiente. Cuando los descubrieron los recibieron con desaforados gritos y consignas desafiantes. Los cabecillas de la rebelión tuvieron que actuar enérgicamente para que dejaran entrar al intendente. La oficina principal de las Cajas Reales, repleta de máquinas, mamotretos amarillentos, tinta y papeles, estaba completamente sucia. El hollín de la estufa manchaba la pared y el techo; el olor de los cuerpos encerrados con la humedad de la lluvia filtrándose por las vigas y paja del techo, podía cortarse por todas partes con dagas o espadas que estaban junto a los arcabuces, coletos de cordobán, prendas de abrigo y ropa sucia. Olía a cuartel, a invierno, a miseria y a miedo. En ese interior, convertido en fortín de guerra, se conmovieron al ver a José del Campo, lívido como un papel, transpirando copiosamente, no obstante el frío reinante. Los guardias reales tenían los mosquetes asomando por las rendijas de la casa y, el temor era tanto, que ni con la entrada del Intendente de Tarma lograron calmarse. Los caballos chilenos que habían conducido a los soldados españoles, en un abrir y cerrar de ojos, los jóvenes jinetes cerreños los habían decomisado para la causa de la rebelión.

— ¡ Chavinpalpa…!!! –Tuvo que hablar alto para hacerse escuchar. El bramido del pueblo era ensordecedor- ¡Chavinpalpa!…

— ¿Señor…!

— ¡Tenemos que sacar al Receptor de Alcabalas…..

— Me temo que no podríamos, señor….

— ¿Por qué?

— Ningún español puede transitar por las calles. Así me lo han hecho saber. Quien se atreviera hacerlo, moriría irremisiblemente…Hay piquetes de vigilantes que custodian todas las calles…!Han declarado el toque de queda popular!.

— ¿A ese extremo han llegado estos salvajes…?

— ¡Así es señor…!

— ¡Ajá…! –Largo rato estuvo meditando el Gobernador y luego preguntó-   ¿Y… los indios?

— Bueno, los indios son los únicos que pueden transitar por estas calles…

— ¡Ajá…!

Disfrazado con las ropas de un indio por disposición de Avellafuertes, salió el cobrador español más muerto que vivo y, aterrorizado, cruzó las calles del insurrecto Pasco. Los sitiadores ni siquiera repararon en aquel “indio” que, emponchado y tambaleante como si estuviera ebrio, se dirigía a las afueras del Pueblo. A extramuros de la Villa, se reunió con otros jinetes que lo esperaban para conducirlo a Huayllay. De aquí enrumbaría a Lima para dar cuenta de la asonada.

Entretanto, dentro de Las Cajas Reales las horas han ido transcurriendo cargadas de presagios y fuertes tensiones emocionales. Los hombres sienten achicarse las horas y agrandarse la angustia; saben que allá fuera los campesinos están decididos a todo. Los gritos fieros y estridentes son rebencazos de terror que estremecen sus carnes. Temblorosos como victimas en patíbulo no pueden hilvanar las oraciones que como humo se disipan de sus mentes.

Una hora antes de cumplirse el plazo y las gentes con sus gritos estremeciendo los cimientos de las Cajas Reales, hace llamar al representante de los sitiadores y les expone enérgicamente que no encontrándose presente el Guarda Receptor de Alcabalas, José del Campo, no existía razón para realizar ninguna acción bélica y conmina a los hombres del pueblo a que depongan su actitud beligerante. Incrédulos los sitiadores buscan afanosamente a Del Campo y al no hallarlo, obligan una reunión urgente de todo el pueblo.

Guiados por las autoridades del Cabildo de Indígenas, encargadas de guiar la acción de las masas, comprueban que el tumulto ha crecido con los caciques menores de parcialidades y ayllus andinos, además de muchos criollos, mestizos y forasteros que han logrado asentarse en las tierras comunales y nacientes haciendas ganaderas, adoptan acuerdos que concluyen:

1.- No se rendirán y que la acción de protesta debe extenderse a todos los pueblos  de la zona.

2.-  Ejercerán mayor y celosa vigilancia para evitar la huida de los chapetones.

3.- Seguirán publicando los pasquines para mantener informada a la opinión pública, sosteniendo el ímpetu inicial.

Por su parte, Avellafuertes ha organizado una guardia pretoriana que cuida de los intereses de los españoles y la integridad de las Cajas Reales. Ha informado que efectuará una represión enérgica a cualquier acto de protesta que se realice en el futuro.

Como no podía ser de otra manera, las comunidades apretadas por la hambruna, la especulación de alimentos y el cobro de alcabalas, han pegado pasquines revolucionarios en las puertas de las residencias de los notables, en la Casa de Aduana, en la iglesia y en las Cajas Reales. En el último Pasquín proclamaban: “Ocho provincias nos han ofrecido cincuenta mil hombres para la lucha: Huánuco, Huaylas, Cajatambo, Huamalíes, Jauja, Canta y Chancay para batir al PORFIADO (Se refieren a Avellafuertes)”

Salvado por la estratagema de Avellafuertes, no hubo ningún muerto pero tampoco nadie pagó ningún impuesto.

LOS INSURGENTES DE PASCO (Segunda parte)

los insurgentes 2El Cerro de Pasco se valió de la música popular para expresar su protesta. Mulizas, huaynos, cachuas, guaraguas y tristes, proclamaban su indignación. En la Villa de Pasco, donde estaban funcionando LAS CAJAS REALES, la gente se levanta desafiante a protestar. Así, a la puerta de iglesia y casas de los notables, aparece fijado el siguiente pasquín:

El condenado nos ha enviado

la Alcabala que ha publicado;

sal que la corona ha mantenido,

para que los efectos paguemos todos.

Venga él mismo para su cobro,

la sal para cocinarlo y salarlo;

el carbón para asarlo y despacharlo;

de este modo quedamos sosegados.

Sangriento lobo de todo el reino,

en el infierno te espera el diablo,

enemigo de la corona

ruina de Carlos Tercero.

Ahora estaban allí, en pie de lucha por sus propiedades y su dignidad.

La acción conjunta en contra de las ordenanzas españolas se hizo tan sangrienta que no había mañana en la que no descubrieran el cadáver de algún chapetón tirado en las nivosas calles cerreñas. Juan José de Avellafuertes, asustado y al borde del colapso, envió una carta apremiante a Areche en la que le decía: “Ya tengo representado a V. E en consulta el 31 del pasado la necesidad en que me hallo de que me auxilie con alguna tropa para contener los desórdenes que están proliferando en esta Ciudad Real de Minas de San Esteban de Yauricocha, y ver si logro que se destierren los enormes delitos que contritan a los vecinos honrados con quebrantamientos de las leyes y trastorno general de las buenas costumbres, a que debo añadir que en los próximos días se me ha noticiado por mi interino el Teniente Coronel don Joseph de la Parra estarse repitiendo las peleas públicas y asesinatos, en términos de haberse visto precisado a presenciarse con el auxilio de todo el comercio para contener el grave escándalo que se infería a aquella población y evitarse una contienda que pudo hacerse general por el crecido número de los bandos beligerantes…”

Lo que le aconteció al buitre español que llegaba al pueblo minero a exprimirlo.

Era las diez de la mañana del 12 de febrero de 1780 cuando Álvaro y Cantalicio Oyarzábal entraron galopando desaforados en la plaza principal de la villa de Pasco seguidos de otros jóvenes jinetes. Anunciaban a grito pelado que el regimiento español llegaba por el Camino Real de la Plata. Cuando los pasqueños tomaron conocimiento de la noticia, la parvada de jóvenes emisarios partía -como lo habían ensayado- a cumplir con su destino; cada uno de ellos tenía a su cargo pueblos a los que avisar de la nefasta nueva. Todo fue rápido. Al mediodía, la imponente delegación de enviados regios entraba en la plaza con banderolas reales e insignias de su cargo; lo comandaba el Guardia Receptor de Alcabalas, José del Campo, vestido de gala con su uniforme real  montando soberbio caballo chileno. Su numerosa escolta, premunida de trajes regios y un batallón de soldados armados hasta los dientes, lo seguía en completo silencio. Tan sólo las autoridades de la Villa, el Alcalde de Minería y uno que otro miembro del gobierno local, aguardaban en el estrado levantado a la puerta de las Cajas Reales. Los negocios y casas particulares cerradas ex profeso, demostraban el descontento unánime del vecindario.

Tras desairada ceremonia, el Guardia Receptor se retiró a sus aposentos. En una hora se reuniría con las autoridades locales. Entretanto, voceros de su guardia harían conocer las últimas disposiciones a tambor batiente en todas las esquinas de la Villa, y otros pueblos de la zona.

No había transcurrido una hora cuando, de todos los confines, se vio llegar numerosas carretas repletas de indignados campesinos. Los jinetes no eran menos. En un abrir y cerrar de ojos, toda la plaza se encontraba repleta de hombres, mujeres y niños. Todos estaban premunidos de garrotes, hondas, mazas, barretas, picas y demás armas contundentes. La indignación los uniformaba. Pedían a voz en cuello el retiro del visitante real.

— ¡Maten al ladrón, tirano de nuestras vidas!- Sus voces retumbaban en los muros de la plaza. Poco a poco la gente fue rebasando los confines centrales y, como lo habían programado, se ubicaban en equidistantes emplazamientos de lucha. A medida que el tiempo avanzaba, la situación empeoraba para el visitante regio. La indignada consigna de la turbamulta retumbaba en toda la Villa. La numerosa escolta real, no sabía qué decisión adoptar. Para hacer una demostración de su poderío y disciplina, el jefe ordena que acordonen las cajas Reales donde se encuentra el Guardia Receptor. Es suficiente. La muchedumbre acentúa su belicosidad con gritos e insultos que repercuten en los oídos de las autoridades.

La actitud de la Guardia Española ha sido exageradamente ostentosa. La multitud  indignada inicia una primera escaramuza. Ya los gritos son desaforados y terminantes:

— ¡Maten al tirano!…. ¡Maten al tirano, ladrón de nuestras vidas!!!- La consigna irritada  repercute en todos los confines locales. Los amotinados, toman la plaza y las calles principales; se multiplican por callejones, esquinas, bocacalles; se suben a los techos y, desde allí, estremecen las ventanas de las Cajas Reales con certeros hondazos.

La situación se torna insostenible.

Con las primeras sombras de la tarde las teas, como luciérnagas incontables se multiplican y un representante de los amotinados deposita en manos  del Cacique Gobernador un terminante ultimátum con un plazo a cumplirse al mediodía siguiente. En el documento dicen entre otras cosas: “Esta rebelión es la protesta enérgica por los abusos que está cometiendo el  Guarda Receptor de Alcabalas, apellidado del Campo. Él ha tenido el arrojado cinismo de venir a cobrar los encabezamientos de quebradas…(cabezón de Alcabala) en plena época de dificultades económicas que estamos viviendo; en momentos en que estamos sufriendo el  aislamiento  provocado por las constantes lluvias y agravado por el alza indiscriminada de las tarifas de los impuestos…”

Ante el peligro latente, el Cacique Gobernador de Pasco, José Chavinpalpa, acompañado de sus hombres de confianza, a revientacinchas, se dirige al Cerro de Pasco.

Cuando las cabalgaduras asoman por las lomas de Uliachín, una impenetrable ventisca se ha adueñado del ambiente. Con los chambergos gachos protegiéndose las caras, cruzan las rúas ateridas y llegan a Cruz Verde para desmontar a las puertas de la Dirección de Minería. Sabe que allí está de visita el Gobernador de la intendencia de Tarma don José Avellafuertes. Las espuelas sangrantes resuenan sordamente sobre los empedrados del patio e ingresan en la sala principal donde el Gobernador los recibe.

— ¡Conocedor de vuestro arribo a este Cerro de Pasco, he venido a pediros vuestra inmediata intervención, señor Intendente!!

— ¿Qué ocurre Chavinpalpa..?

— ¡Pasco se ha amotinado, señor…!

—.¿Por qué…?

— Nadie quiere pagar los impuestos que el Visitador Areche ha fijado….

— ¡Lo que me temía!…..

— Es más. Los hombres que han rodeado Las Cajas Reales, están pidiendo la cabeza del Receptor de Alcabalas don José del Campo y nos han dado un plazo hasta el mediodía de mañana trece para entregarlo, caso contrario, penetrarán en los interiores y matarán a cuantos encuentren dentro.

— ¡Estos campesinos se han ensoberbecido y…

— Perdón, señor Intendente –cortó de inmediato Chavinpalpa- no están sólo los campesinos; con ellos están los criollos más representativos de toda la zona, especialmente del Cerro de Pasco.

— ¡¿Pero… es posible?.

— Sí, señor intendente. Las carretas y caballos que han movilizado a los rebeldes han sido proporcionados por los hacendados. No sólo eso. Están recibiendo alimentación y todo tipo de apoyo porque la medida, como usted sabe, los ha unido a todos. Los únicos que se salvan son los negros.

— ¡¿Cómo…?!

— Lo que oye, señor intendente, por eso, con el respeto que le debo, me permito insinuar de que debemos hilar muy fino. Una medida exagerada aceleraría un levantamiento armado. Por lo que sabemos, no dejarán que la medida pase. Si la revuelta se realizara, sería imposible recibir refuerzos porque todos los pueblos colindantes con el Camino Real de la Plata están vigilados estrechamente por los rebeldes.

EL MUJERIEGO

el mujeriegoCuando el ventoso mes de agosto llegaba a su fin, el pueblo de Ticlacayán armaba un gran revuelo por el retorno de un joven que volvía triunfante después de haber servido a nuestro ejército. Una brillante medalla colgada de su pecho con cinta encarnada era su más preciada consecución. En reconocimiento de su valor y arrojo en el conflicto con el Ecuador la superioridad lo había condecorado. Emocionado y orgulloso el pueblo organizó una actuación cívica en las que las autoridades le dieron la bienvenida y, en emotivos discursos, alabaron su bizarría. Después de expresar su agradecimiento, el joven licenciado puso al descubierto una de sus más sobresalientes habilidades: acompañado de su guitarra de la que demostró ser extraordinario ejecutante, dedicó en su bien timbrada voz una serie de canciones limeñas y tonadas de otros pagos. La gente estaba muy entusiasmada, y abiertamente lo demostró aquel día.

Sin embargo.

El transcurrir de los días les reveló que aquel joven de facciones agradables, no obstante su fuerte corpachón y talla respetable, le huía al trabajo con argumentos fútiles y risibles. Dormía hasta muy avanzado el día y, al promediar la tarde, se levantaba a deambular por las calles del pueblo, acicalado con sombrero a la pedrada, faja roja a la cintura en donde tenía bien cuidado de lucir un “corvo” gigantesco, semejante a un alfanje árabe. “Este es mi compañero” sentenciaba señalando tremendo puñal. Su díscolo y camorrista carácter pronto se hizo conocido. Con el menor pretexto cubría de  golpes el rostro y cuerpo de otros hombres jóvenes del pueblo. Quería demostrar que él era el galán más bravo de todos. Las noches calladas, dormidas bajo el dulce aroma de los eucaliptos, eran interrumpidas por las serenatas que sin ningún temor llevaba a la ventana de las más hermosas chicas del lugar. Se convirtió en un imponente seductor que, en cuanto pusiera los ojos en una hermosa adolescente, no paraba hasta conquistarla.

La primera en caer en sus redes fue Maura, una hermosa muchacha de veintidós años que por su belleza y encanto personal, era la suprema aspiración de todos los garridos mozos lugareños. Maura estaba impresionada por las frases picantes cargadas de amorosa intencionalidad, los atrevidos requiebros y las diarias serenatas nocturnas. Tímida y rendida cayó en las garras de tremendo gavilán. Enamorada como estaba, no hizo caso de consejos ni recomendaciones; caprichosa y halagada, se entregó incondicionalmente al enamorado mujeriego.

Por esos mismos días, el imperturbable Casanova se empeñó en conquistar a la dulce Helmicha, hija única de un anciano matrimonio. Nada consiguió el padre al recriminar la actitud del cortejador. A la vista del puñal, el enojo y  sed de justicia, se enfriaron. Aprovechando la impotencia y debilidad de los viejos, se la llevó sobre el anca de su corcel, y una semana después, mancillada la flor de sus encantos, la regresó a su morada como si nada hubiera ocurrido.

Cuando las autoridades tomaron conocimiento del acontecimiento, convocaron al galanteador conminándolo a que se casara para reparar su falta. Nada consiguieron. Altanero y vociferante respondió que nadie tenía derecho a meterse en su vida privada y, aventando a la puerta de la gobernación con ira, dejó con la palabra en los labios a los ancianos del pueblo.

Aquella misma noche, bajo la ventana de la sensual María del Carmen, su voz melosa rasgaba la quietud de la noche:

En las alturas de Ticlacayán

                                                     nuevos amores he conseguido.

                                                     De cada uno tengo un recuerdo,

                                                     Porque dejé mi imborrable marca.

 

                                                     Condorhuaían, pronto me voy,

                                                     Calacha punta, te quedarás;

                                                     papita menuda cosecharás

                                                     de mi cariño te acordarás.

La Malla, la hermosa Malla, bullanguera como calandria cantarina, hacendosa como buena ticlacaína, tampoco supo sustraerse a la impetuosa parla amatoria del enamorado guitarrista. Aquella noche, bajo la fresca brisa nocturna, en un tálamo de hierbas húmedas y aromáticas, perdió la candorosa inocencia de su juventud.

De nada sirvieron advertencias y recomendaciones. La risa procaz del crápula era la atrevida respuesta a todo intento de ordenamiento. El disoluto imperio del matón fue creciendo cada vez más, como el ímpetu de un torrente desbocado.

En esa vorágine de osadas pasiones tormentosas fueron aumentando las víctimas de los arrestos del serrano garañón. Liliana Luz, con sus juguetones diecisiete años y sus largas trenzas endrinas; la Epifania, la de los dulces ojos, comprometida para casarse con otro y cuya boda quedó deshecha por la intolerante actitud del galán; la “Techi”, tierna pastorcilla que sorprendida en su trayecto fue mancillada junto a los carneritos que pastaba. No había nada que hacer; el abusivo tenía franquicia para el delito y la prepotencia hasta que se topó con la imponente Josefina, chola poderosa de hermosas facciones morenas, cuerpo exuberante y majestuoso, que había logrado mantener invicto su corazón no obstante que en sus impetuosos veinticinco años, numerosos adoradores habían ofrecido riquezas y honores a sus pies. A esta opulenta y bellísima mujer, mucha gracia le causó escuchar bajo su ventana.

Desde mi pueblo de Ticlacayán

                                                     alzo la vista hasta Pillogaga,

                                                     donde mi dulce y buena Finita,

                                                     me espera enamorada y adormecida.

 

                                                     ¡Ay! subidita de Pitic

                                                     tú nomás eres testigo,

                                                     de las noches que  he pasado

                                                     con mi cholita mañosa.

La Finita, bella como ninguna, no era como las otras; su infancia y juventud, acompañando a su padre negociante, le había brindado toda clase de experiencias que como vívidas lecciones se engarzaron en su cerebro y su corazón. Mucho había tenido que luchar para no ser pasto de las libidinosas tentaciones de los hombres. Su figura magnífica, sus flancos imponentes y su belleza magistral le habían brindado alegres como dolorosas enseñanzas. Tuvo que vencer muchas tentaciones porque tenía que cuidar como a una madre a su única hermana Antolina, que con sus floridas dieciocho primaveras, no sólo era la luz de sus ojos sino también la más grande razón de su vida.

Sin embargo.

Confiada en las promesas del cantor, se había entregado totalmente subyugada en tanto hacía los preparativos para su boda. Todo en su hogar era alegría y esperanza hasta que notando la prolongada ausencia de su novio, fue en su busca y, al encontrarlo, le increpó su conducta. El infame respondió con una carcajada y unas palabras duras, muy duras, con las que le hacía saber que todo había sido una farsa y que nunca se casaría  con ella ni con nadie.

Poco faltó para que muriera de angustia. Temblorosa y casi sin aliento llegó a su hogar y allí encontró a su hermana Antolina hundida en una mar de llanto incontrolable.

  • ¡¿Qué tienes Antolina?! –Preguntó ansiosa superando la pena que doblegaba sus fuerzas.
  • Nada, nada hermanita –lágrimas incontenibles seguían brotando de sus ojos.
  • ¡Algo grave te ocurre. Nunca ha habido secretos entre nosotras!…¡Tienes que decirme lo que te sucede!….
  • No hermanita, no. Es algo muy doloroso e incomprensible. Tengo mucha pena de decírtelo…
  • Sin embargo, es tu deber contármelo. No debes ocultarme nada… ¡Habla!…
  • ¡Se trata de tu novio!….
  • ¡¿Qué es lo que ha hecho ese canalla, dímelo?!… ¡Dímelo!.
  • Esta mañana me he enterado que convive con seis mujeres del pueblo… ¿Tú no lo sabías?.
  • ¡No, claro que no!…pero… ¿Quiénes son esas mujeres?.
  • La Helmicha, la Malla, la Lilicha, la Maura, la Ipicha y la Techi.
  • ¿Todas ellas?.
  • Así es… a ti te ha ofrecido matrimonio y a ellas también…
  • ¡Es una basura!.
  • No se casará con ninguna de ellas…
  • ¡Conmigo tampoco!… El bellaco ha aprovechado de nuestra ingenuidad para engañarnos y reírse después… ¡Es un canalla!…¡Mal nacido!….
  • ¡Pero eso no es todo Josefina!…
  • ¡¿Qué más?!…¡Dímelo!
  • Esta tarde, en el camino al pueblo… me ha requerido de amores, jurándome que ninguna mujer le interesa como yo. Me ha prometido que conmigo sí se casará…
  • ¡Maldito!.
  • ¿Qué haremos, hermanita?.
  • Déjame pensarlo. –Por un largo rato estuvo cavilando en silencio, caminando por la estancia, meditando, meditando, meditando… hasta que, decidida, dijo– Pasado mañana comienzan los preparativos de la fiesta patronal. Tú debes hablar con las muchachas que has mencionado diciéndoles que se ofrezcan a participar en el “Ashua Ruhuay”, tú y yo también nos apuntaremos para trabajar haciendo la chicha. En esa ocasión conversaremos detalladamente… Nuestro honor no puede quedar por los suelos… ¡Tiene que pagarlo el maldito!. ¡Tiene que pagarlo!.

Siguiendo el plan trazado, las ocho mujeres se reunieron en la casa del funcionario donde se preparaba la chicha. Ninguna era lo que había sido. Marchitas, mal trajeadas, enjutas, eran la viva imagen del sufrimiento. Todas estaban adoloridas y humilladas. Todas llevaban en sus entrañas el fruto de sus sofocantes amores vividos. Todas ardían en odio incontenible. Los mozos ayer obsequiosos y amables, sólo tenían actitudes de reproche y de desdén para con las mujeres ayer admiradas y deseadas.

Aquel día, una a una desnudó su corazón haciendo conocer su desesperación. Todas eran víctimas, no sólo de la atrevida actitud del rufián, sino del desprecio y maltrato de sus padres y familiares que, lejos de comprenderlas, las habían condenado a vivir en humillación, desempeñando los más humillantes servicios caseros. Las gentes en las calles ya ni siquiera las miraban; es más, continuamente les dirigían pullas e indirectas que las tenían muy agobiadas. Aquel día, las ocho mujeres conocieron bien de cerca el drama de las otras y, furiosas, convergieron en una misma conclusión: todas consumarían una cruel y ejemplar venganza.

Los días transcurridos en la preparación de la chicha,  trazaron un plan que juraron cumplir al pie de la letra.

Así llegó el 29 de junio al hermoso pueblo de Ticlacayán. Desde las primeras horas de la mañana, en un gran marco de alegría y luminosidad del sol, se reunió el pueblo fiestero presidido por los funcionarios de turno. Después de la misa solemne y la tradicional procesión, comenzó el baile en la plaza principal.

El vanidoso burlador, haciendo ostentación de su llamativa vestimenta, se dedicó a bailar con la joven Antolina, regodeándose y mofándose de las otras chicas que había ultrajado. Iba y venía altanero con su pantalón de montar,  botas radiantes, faja al cinto y sombrero a la pedrada. Sus víctimas, con los ojos apagados, en los que se advertía a un extraño brillo de odio a muerte, sólo contemplaban el regodeo narcisista del canalla. Durante la fiesta, nadie bailó con ellas; la despreciaban de tal manera que daba la impresión que no existieran.

¡Esto es lo que al final ellas querían!….¡El plan marchaba a la perfección!.

Finalizada la fiesta patronal que duró una semana completa, la atractiva Antolina fingiendo caer rendida, le pidió al cortejante que la llevara muy lejos del pueblo, al cerro más elevado de Ticlacayán, para que allí le entregara su amor, sin testigos de ninguna clase. Entusiasmado, el engolosinado guitarrista aceptó, y fijaron el lugar, la fecha y la hora para el encuentro.

Llegado el día, el don Juan se presentó a la hora acordada para llevar a Antolina al lugar prefijado. La jovencita acicalada con sus mejores galas y más linda que nunca, llevaba en las manos unas cobijas y una botella grande con un líquido viscoso que dijo ser un refresco para beber.

Tomados de las manos ascendieron hasta la cumbre más alta de Ticlacayán como dos tórtolos. Tendieron las cobijas para amarse, pero antes, la dulce Antolina, con una voz acariciadora y apacible, le pidió que bebiera el licor que había llevado. Después de apurar varios sorbos, el hombre ciego e impetuoso, comenzó a besar a la joven, pero a medida que lo hacía, sentía que una aletargante modorra se apoderaba de su cuerpo. Transcurrido un buen rato, ya como en trance, el hombre escuchó la pregunta:

  • ¿Por qué te has burlado de tantas mujeres?.
  • ¡¿…Yo?!….
  • ¡Sí, tú!.
  • ¡No, jamás Toñita, jamás!. Yo no me he burlado de nadie…
  • ¿De nadie, dices?….
  • ¡De nadie, amor!- casi gritó el inmóvil galán.

En eso aparecieron las ocho mujeres que habían sufrido la degradación de su burla. Las ocho estaban juntas. La poderosa Josefina llevaba una gruesa soga gigantesca y, la Malla, un puñal descomunal en sus manos…

El hombre quedó mudo de espanto. Inmóvil, con los ojos muy abiertos y una copiosa transpiración cubriéndole el rostro, nada pudo hacer cuando las decididas mujeres lo maniataron y luego de desnudarlo completamente, lo echaron sobre el suelo con los brazos y piernas abiertas, clavándolo en sendas estacas, semejante a un cuero de res tendido para secarse. Como el hombre gritaba desaforado bajo el peso de las ocho mujeres, la Josefina –sangre de furia en los ojos- de un tajo brutal le seccionó la lengua y entregó el filudo cuchillo a Maura que con los cabellos en revoltijo y una extraña luz de rabia en los ojos, mutiló con saña los órganos genitales del abusivo, dando lugar a un incontenible surtidor de sangre. Sobre la herida abierta, la Helmicha, sin piedad de ninguna clase, esparció para restregarla abundante sal molida sin hacer caso de los roncos gemidos del mujeriego.

Poseídas de una furia homicida –mientras el hombre arrojaba la vida entre  tremebundos estertores- las mujeres iban desollando aquí y allá, regodeándose con el llanto sordo de la víctima. Deformaron el rostro arrancándole los ojos, las orejas, la nariz; hundiendo una y otra vez el gigantesco puñal en las partes más sensibles del cuerpo.

Más tarde, cuando numerosos cernícalos carniceros se aprestaban a disputar la presael mujeriego 2 tasajeada, las mujeres dejaron una masa informe todavía palpitante en el lugar y bajaron en silencio hasta la orilla del río; allí se desnudaron completamente y como cumpliendo un ritual, se bañaron todos los rincones de sus cuerpos ayer virginales; lavaron sus ropas, y volvieron a su pueblo, satisfechas.