JUAN OSO (Cuento popular)

Juan osoHace ya muchos años, en una aldea pasqueña luminosa de sol y verdor, vivía una esbelta joven campesina de hermoso rostro. Muy de madrugada -hacendosa como era- comenzaba sus labores cotidianas ante el contento de sus ancianos padres que veían en ella, no sólo la alegría del hogar, sino también la ayuda providencial a sus afanes. Esta encantadora joven tenía por costumbre ir ordinariamente al manantial del pueblo con un enorme porongo a traer agua que pudiera necesitarse en la noche. Su retorno siempre coincidía con el toque del Ángelus que de la iglesia del pueblo se irradiaba por toda la comarca y, diariamente también, a esa misma hora, de entre los arbustos cercanos al manantial, un par de ojos curiosos y extasiados contemplaban a la joven.

Un día que la muchacha fuera a traer agua de la fuente, emergió la figura de un oso gigantesco de la espesura que sigilosamente se acercó a ella y atrapándola con sus poderosos brazos, se la llevó a las alturas sin que nadie los viera.

Los padres, alarmados por la demora, salieron en su busca sin poder hallarla. Así, todo el pueblo escudriñó por muchísimos días, hasta que se cansaron de hacerlo. Sólo los padres, fieles y amorosos continuaron con el rastreo por mucho tiempo hasta que, uno tras otro, murieron agobiados por la pena y el dolor. Mientras tanto, ¿Qué ocurría allá en la lejana caverna a dónde había sido llevada?…

El oso, manifiestamente enamorado de la joven, la había encerrado en una cueva llenándola de atenciones y caricias que, al comienzo la raptada rechazaba. Para que no faltaran las provisiones, diariamente salía muy de madrugada, para lo cual, gracias a su fuerza descomunal, movía una gigantesca piedra que cubría la entrada. Una vez que salía, retornaba la piedra a su sitio dejando encerrada a la mujer. Esta diaria ocupación duró varios meses, hasta que un día la joven alumbró un hermoso niño, robusto y alegre que, cosa curiosa, no obstante ser hijo del oso, era una criatura completamente normal en su aspecto humano.

Consolada de su mal de ausencia con la compañía de su hijo, la joven volcó todo su amor y  celo en el cuidado del niño que poco a poco fue creciendo inquieto y fuerte como su padre. Cuando adquirió el uso de conciencia, se dio cuenta de la tristeza de su madre y de las furtivas lágrimas que derramaba. Al preguntarle por la razón de su congoja, ésta le contó con lujo de detalles lo que le había ocurrido. Enterado de la historia y dolido por su tristeza decidió ayudarla a recuperar su libertad. Un día, éste, ya desarrollado notablemente, utilizando maderas y piedras, logró mover la gigantesca roca que rodó cuesta abajo, con tan mala suerte, que aplastó a su padre que en ese momento subía. Al verse libre, la madre tomó de las manos al niño y tras muchos años de ausencia, bajó al pueblo.

Al llegar, todo lo encontró cambiado. Se enteró de la muerte de sus padres y lloró, lloró mucho. Las buenas gentes del pueblo, enteradas de su desgracia, decidieron ayudarla. El sacerdote ya anciano y cansado, le ofreció la casa parroquial para que allí viviera en compañía de su hijo. “Hay que hacerlo cristiano primero”,  dijo y así se hizo. El mismo cura fue su padrino y le puso por nombre: Juan.

A partir de entonces, el niño comenzó a llevar una vida normal como todos los niños del pueblo, con una sola excepción: su fuerza colosal. Fue cuando entró en la escuela que el cura pasó a sufrir con las travesuras del niño a quien, por su fuerza desmesurada, habían comenzado a llamar Juan Oso. Esta fue la razón para que en todas las horas de día recibiera quejas de diferente índole.

“Que a mi hijo le ha desgranado todos los dientes de un golpe con su manaza…”

— “Que mi carretón lleno de víveres la ha hecho rodar por la pendiente”.

— “Que de un solo golpe a destrozado mi cerca y mis animales se han escapado…”

— “Que de un puntapié ha matado a mi perro”… 

Que si esto; que si lo otro; en fin, las quejas eran numerosas y graves. De nada valieron las recomendaciones ni los azotes del anciano cura. La situación era insostenible, hasta que un día, creyendo que un buen susto lo arreglaría, el cura se coludió con un pariente del sacristán con el que tramaron un plan para asustarlo. Ceremoniosamente, el cura le llamó y le dijo:

— Mira, hijo; ayer ha muerto un hombre muy malo, al que confesé y ayudé a bien morir. Como era un canalla, nadie irá a su velorio; por eso te pido que vayas tú cristianamente y lo veles por esta noche para enterrarlo mañana…

— Bien, padre. Así lo haré – respondió muy solícito Juan Oso.

Llegado a la casa mortuoria comprobó que efectivamente, sobre una mesa, cubierto con una sábana, estaba tirado el cadáver de un hombre. Era –como sabemos- el pariente del sacristán que, complotado con el cura, se fingía muerto. En la sala no había nadie más. Él solo velaría al muerto

Juan oso se sentó al lado del difunto y cuidando de que las ceras ardieran bien, velaba en silencio cumpliendo con el encargo de su padrino. Ya había transcurrido más o menos una hora de su llegada cuando el “muerto” se sentó rígido, haciendo caer las ceras y la sábana. Juan Oso, comprensivo y sin inmutarse, tomó al hombre con una mano en el pecho y la otra en la espalda y con un movimiento enérgico lo volvió a acostar; puso los cirios en su lugar y siguió velando. El “muerto” repuesto del primer sacudón tomó fuerzas y volvió a sentarse. Nuevamente Juan Oso lo hizo echarse con energía. Después de casi dos horas y casi al amanecer, el “muerto” volvió a sentarse estrepitosamente, esta vez emitiendo gruñidos amenazadores, gesticulando aparatosamente para asustar a su velador. Juan Oso no resistió más; de un solo manotazo en el cráneo lo dejó definitivamente muerto.

A la mañana siguiente, al verlo entrar muy campante, el curioso sacerdote le preguntó:

— Dime hijo… ¿Cómo te fue en el velorio?…

— Bien, padre; sólo que usted tenía razón…

— ¿Por qué?…

— El muerto era un hombre malo y a punto de condenarse.

— ¿Por qué lo dices?…

— Durante el velorio se incorporó varias veces de la mesa…

— ¿…Y?

— Cuando se estaba condenando yo le di un golpe en la cabeza y lo maté definitivamente, y para que no se le ocurra condenarse, acabo de enterrarlo cubriendo su tumba con las piedras más grandes que he encontrado. No tenga cuidado, padre; no saldrá, se lo aseguro.

— ¡Dios mío… ¡Dios mío!…¡Si a este hombre no tenía que ocurrirle esto!……¡Salvaje!…  – gritaba desesperado el sacerdote.

Juan Oso 2Así de trágicas las cosas, el pobre cura ya cansado y viejo habló con la madre de Juan Oso y le dijo que era necesario que su hijo, saliera en busca de su destino, que ya era suficientemente fuerte para afrontar la vida. Era imperioso que se fuera. La madre, entre lagrimas, le manifestó que ella también estaba de acuerdo con la medida.

En cumplimento de esta disposición, un día muy de mañana, después de recibir la bendición de su padrino y el cariñoso beso de su madre, salió con rumbo desconocido sin más equipaje que su fiambre y una manta para su abrigo.

A poco de andar y ya con las sombras cubriendo la tarde, llegó a una villa hospitalaria que lo acogió con gran cariño. Había llegado justo cuando los habitantes estaban aterrorizados por la presencia de un sanguinario puma que, no sólo atacaba a los animales y se los comía, sino que también arremetía y engullía humanos. Las gentes llenas de pánico se cuidaban de salir de sus predios. Al ver que el espanto había hecho presa de hombres, mujeres y niños del pueblo, Juan Oso pidió fiambre y una filuda y poderosa hacha, con la que, imperturbable, se aventuró en el peligroso bosque, guarida de la sanguinaria bestia. Al verlo salir, las gentes temieron por su vida, pero con un resto de esperanza lo alentaron.

Las horas pasaban, las expectativas crecían pero nada se sabía. Por fin, después de tres días de ausencia,  cuando ya la confianza se había desvanecido,  vieron llegar a Juan Oso halando un gigantesco carretón repleto de leña cortada y, sobre la leña, el cuerpo muerto de un gigantesco puma victimado a hachazos por él.

El pueblo agradecido en medio de vítores le brindó lo mejor que tuvo en víveres y Juan oso 3regalos, y en un ambiente de fiesta campesina lo retuvo por dos días, hasta que decidió seguir su marcha.

En su largo trayecto, llegó a otro pueblo que acababa de ser asolado por unos bandoleros despiadados que habían robado las pertenencias, alimentos y animales de los pobladores, dejándoles en el desamparo y la miseria; es más, habían jurado volver en tres días para que el cura les hiciera entrega de todo lo que la iglesia atesoraba. El sacerdote y todos los feligreses estaban aterrorizados. Enterado de esta amenaza, Juan Oso, decidió esperar a los malhechores. Llegado el día –efectivamente- ocho desalmados desmontaron en el centro de la plaza y amenazantes se dirigieron a la iglesia. No lo esperó más, Juan Oso encaminó sus pasos a la santa casa y  cuando estaban a punto de maltratar al cura, cogiendo uno a uno por el cogote  les endilgó tal paliza que, a la media de hora, cuando los fieles entraron en la iglesia, encontraron amontonados a los facinerosos, uno sobre otro.

En este mundo de andanzas de sendos triunfos, Juan Oso iba demostrando su poder y osadía hasta que, peregrino de la aventura, llegó finalmente a un pueblo al que encontró misteriosamente temeroso. Todavía la noche no había llegado al pueblo pero estaba agazapado y en sigilo. Ni los animales estaban en sus corrales. Intrigado por esta actitud tocó una puerta inquiriendo por lo que acontecía y, un aterrorizado anciano por una ventana entreabierta le dijo que se fuera, que el pueblo estaba así de cierrapuertas porque a partir de esa hora llegaba el condenado que destrozaba todo lo que encontraba y devoraba a todo el ganado; que el condenado era un rico y cruel terrateniente muerto, al que Dios había castigado. Diciendo esto, el viejo volvió a cerrar la ventana y todo quedó nuevamente en silencio.

Viendo que el cielo se encapotaba amenazante, decidió pernoctar en el único lugar posible en ese momento: el ruinoso caserón que en otra época había sido floreciente mansión del terrateniente muerto. El aspecto lúgubre de la vieja casona no influyó para nada en el espíritu del fogoso aventurero que sin temor alguno tendió una manta y se recostó a descansar. Muy pronto se quedó dormido.

Promediaba la medianoche, cuando un silbido tétrico seguido de un vientecillo helado, le hizo despertar. En ese estado oyó una voz misteriosa y bronca que preguntaba:

—        ¿Caeré… o no… caeré?.

De primera intención, el significado de la pregunta más que en la forma en que había sido formulada, le intrigó. Pasado un buen tiempo, nuevamente la voz se hizo escuchar en el recinto:

—        ¿Caeré o no caeré?.

Ya repuesto de la sorpresa, contesto:

—        ¡Cae pues, si quieres! – Y al instante cayeron los despojos de un torso y el vientre de un cadáver nauseabundo. Intrigado y sin moverse, Juan Oso contemplaba aquella carroña sin sentir por ella ningún temor. Ya se estaba olvidando del asunto cuando nuevamente la misma voz:

—        ¿Caeré o no caeré?¡¡

—        ¡¡Haz lo que quieras, ya te he dicho! – Y un par de piernas primero y de brazos después cayeron al lado del tronco y al instante se unieron con un sonido horrendo y desagradable. No había transcurrido mucho tiempo, cuando nuevamente la voz:

—        ¿Caeré o no caeré?…

—        ¡Ya, carajo!, tanto preguntas. ¡Cae las veces que quieras! – Y al instante una cabeza de rostro terrorífico cayó para unirse con el cuerpo yaciente. Completado su cuerpo se puso de pie el espectro gigantesco, y dirigiéndose a Juan Oso le espetó con voz gangosa:

—        ¡¿Quién eres tú que te atreves a invadir mis dominios y a enfrentarme sin ningún temor?!…  ¡¿Quién eres?!

—        Eso a ti no te importa – respondió Juan Oso.

—        Bien, veo que eres muy valiente porque eres el único que ha osado enfrentarme. En consecuencia, sino no quieres morir y ser devorado, tendrás que defenderte. ¡Aquí hay dos espadas!.

El condenado, arrastrando su hediondez de muerte, trajo las dos armas y arrojando uno a los pies de Juan Oso le reto:

—        ¡Toma la espada y defiéndete si no quieres morir!…¡Voy acabar contigo por tu atrevimiento a venir a ofenderme! Es la media noche y lucharemos –si me resistes– hasta que cante el último gallo; en ese momento veremos quien ha vencido.

Sin hacer ningún comentario, -lacónico como era- Juan Oso se enfrentó al condenado con quien comenzó a luchar a brazo partido.

La pelea se hizo tremenda y escalofriante. Misteriosamente, después de cada tajo que seccionaba el cuerpo del condenado, las partes se volvían a juntar. Así toda la noche. El combate era sin cuartel. Ni uno ni otro pedían tregua. Cuando ya, Juan Oso comenzaba a sentir cansancio y aparecían las primeras claridades del alba, cantó el primer gallo. Continuaron batallando más encarnizadamente hasta que cantó el segundo gallo y, en ese ambiente desesperante y agónico cantó el último gallo. Ya había  amanecido. En ese momento el condenado arrojó su arma y poniéndose de rodillas implorante, le dijo a Juan Oso.

—¡¡Basta ya!…¡Me has vencido!…¡Gracias a Dios me has vencido! “Yo en mi vida fui un cruel hacendado que hice mucho mal en la tierra en mi afán de acumular riquezas. A mi muerte Dios no me dejó entrar en su reino y me condenó a sufrir en la tierra. Sólo un hombre como tú podía liberarme venciéndome. Ahora estoy en condiciones de volver al lado de Dios, pero para esto, te enseñare el lugar donde tengo enterrada mis riquezas. Te pido por favor que la repartas entre todos los habitantes de este pueblo. A ti, te regalo el más grande cajón de oro y por último te pido que me hagas decir una misa para poder descansar en paz” -Diciendo esto, el condenado se convirtió en humo y ascendió a la paz eterna.

Juan Oso enternecido por la historia, desenterró los tesoros y los repartió al pueblo que volvió a vivir muy dichoso después de la misa que mandaron celebrar por el descanso del infeliz condenado.

Cuando se disponía a llevar su cajón lleno de oro, advirtió que no podía moverlo; en ese instante cayó en la cuenta que Dios misericordioso, lo había convertido en un hombre común y corriente, como los demás.

Al retornar a su pueblo fue recibido con muestras de cariño, especialmente por el cura y por su madre. Organizó una gran fiesta, compró una casa muy hermosa y casó con una lindísima chica y en compañía de su madre y sus hijos, vivió feliz por el resto de sus días.

EL CONDENADO (Tercera parte)

el condenado 3Mientras tanto, allá en el lejano otero de Cerro Azul, Teodolinda Armas, ha estado esperando angustiada el retorno de su amado. Ni de día, ni de noche ha dejado de escrutar angustiosamente el horizonte cumpliendo así el encargo de su hombre. Ella está muy lejos de imaginar que Donato ha sido amortajado y enterrado en el cementerio del pueblo.

Ahora es de noche, la quinta noche de espera. Han pasado cinco interminables días y un mundo de sobresalto agobia el corazón de la muchacha. Desde tempranas horas el cielo se ha tornado amenazador, de un gris tétrico a una oscuridad más pronunciada que se ha desatado en fortísima lluvia; no obstante, allí está ella, esperando a su amado.

De pronto, entre el monótono chisporroteo de la lluvia menuda, cree escuchar un crujido como de pasos, como de gente arrastrándose. La crepitación ha ido creciendo, creciendo y, ahora está más cercano. El corazón le golpea en el pecho desesperadamente. Sí, es él, Donato. No puede ser otro. Una mezcla de temor y alegría le abrasa el espíritu. Los pasos han llegado a la entrada de la caverna y se han detenido allí, ante la expectación de la mujer.

  • ¡Donato!… ¿Dónde has estado?… ¿qué te ha pasado?
  • ..
  • Todas estas noches no he podido dormir esperándote… Pero, pasa estarás cansado, siéntate…
  • ¡Pero ahí en la entrada te estarás mojando!. ¡Hace frío… pasa!…
  • ..
  • Desde que te fuiste, ya no han salido jinetes por el camino grande. Parece que ya se han casado de buscarnos…
  • ..
  • Te prepararé algo caliente para que te abrigues…
  • Sí, no seas sonso Donato, te puede agarrar “costado”…
  • ¿Qué te pasa, Donato? Parece que estuvieras mal… ¿Qué te sucede? ¿Por qué no hablas?

La expectación es tremenda. Ella tiene un presentimiento clavado en el cerebro. ¡Cuánto daría por un rayo de luz y poder contemplar bien a Donato! Sabe que está allí, no puede ser otro, pero ella lo quiere ver. De pronto, un relámpago ilumina la estancia rasgando la oscuridad y ella queda petrificada, a punto de caer, luchando con todas sus fuerzas por no proferir el grito que le quema la garganta y le hace daño. En ese instante efímero de resplandor del relámpago, lo ha visto todo. Un rostro cerúleo y terrible, ultraterreno, en el que destacan unas cuencas profundas y oscuras; las mandíbulas colgantes, las greñas crecidas saliéndoles por el capirote marrón del sudario. La mortaja sostenida por un blanco cordón está empapada por la lluvia y pegado a su esquelético cuerpo. Ese no es Donato… ¡es el espectro de Donato!… ¡Donato se ha CONDENADO!

En medio de aquel temor que la sobrecoge trata de ordenar sus pensamientos, y lo consigue. Ha tomado el porongo y se dirige a la salida de la cueva pasando por el lado de Donato tocándole las fúnebres vestiduras que emanan un nauseabundo hedor a muerte…

  • Voy a traer agua, Donato. Espérate un rato… ya vuelvo…

No podía hacer otra cosa. Una vez que hubo salido de la caverna comenzó a correr a campo traviesa, tropezándose aquí y allá. Auxiliada por los esporádicos fogonazos de los rayos, y el condenado atrás, arrastrando torpemente su osamenta fatigada y profiriendo agudas voces como lamentos, como llorares salidos de lo más profundo, de ultratumba.

– ¡Tiuchaaaaaa!…¡Mi palabraaaaa!…¡Mi  palabraaaa!.

Por fin, sacando fuerzas impensables, Teodolinda ha llegado a la iglesia del pueblo y con ansiedad golpea el pesado aldabón…

  • ¡Padre!…¡Padre!…¡ábrame por favor!.

La puerta se ha abierto después de un buen rato de espera dando paso al padre Melecio.

  • ¿Qué ocurre, hijita?… ¿Qué pasa?…
  • ¡Ayúdeme padrecito, el Donato me está persiguiendo!
  • ¡Entra hija mía, entra!… ¿Quién dices que te persigue?
  • ¡El Donato, padrecito, el Donato Apari!
  • ¡¿Cómo?!… ¡¿Donato?!… ¿Donato Apari?!
  • ¡Sí, padrecito, sí, cierre y asegure la puerta!.
  • .. ¿Estás loca hija?… ¡El Donato está muerto!. Hoy se cumplen cinco días.
  • Seguro padrecito… pero yo lo he visto con su mortaja…
  • ¿Estás segura de lo que dices?.
  • Sí, padrecito, sí, sí y ahora me está persiguiendo…
  • No lo puedo creer… pero… ¿Por qué iría a buscarte? Algo debe haber…
  • ¡Creo que quiere que le devuelva su palabra, padre…
  • .. te ha dado su palabra.
  • Sí padrecito; me juró que nunca se separaría de mí, ni en la vida ni en la muerte… Por eso se habrá condenado…
  • Entonces, hija tendrás que devolverle su palabra para que no siga penando…
  • ¡Sí, padre! pero no quiero quedarme sola…
  • No te preocupes hija –entretanto la puerta sonó estrepitosamente por los golpes que le propinaba el condenado.
  • ¡Tiucha, devuélveme mi palabra!… ¡Por favor!… – Es patética la voz gutural de súplica.
  • En nombre de todos los santos, te invoco Donato Apari, a que nos digas lo que quieres…
  • Padre, padre… me he condenado… He muerto y no pude entrar en la otra vida. Nuestro Señor me ha expulsado para cumplir mi palabra empeñada en la Tiucha o para que me la devuelva, si no, vagaré eternamente… ¡Por piedad, Tiucha!… ¡Devuélveme mi palabra!… ¡Tú ya no podrás vivir conmigo!…
  • ¡¿Qué hago padre?… El pobre Donato está penando!
  • ¡Devuélvele su palabra, hija!…
  • Sí, padre. Toma mi mano Donato…

–   ¡Ayyyyy! –El grito ha sido tremendo. Teodolinda se ha desmayado porque el dolor ha sido espantoso. Al sacar la mano por la mirilla de la puerta, el condenado le seccionó un dedo de una dentellada y ahora lo llevará como señal de que le fue devuelta su palabra. Ante el estupor del sacerdote que pronuncia una oración, arrastrando sus pasos como si le pesaran, el condenado se retira emitiendo sonidos destemplados como de macabra alegría mientras los truenos arrecian y la noche se lo traga.

F I N

EL CONDENADO (Segunda parte)

el condenado 2III

Enclavada en la agreste peñolería del Cerro Azul, hay una caverna con entrada pequeña, como agudo grito del Cerro, lista para cobijar la felicidad de los jóvenes amantes. En el interior, ahora cuidadosamente limpio sin ser muy espacioso, Donato ha ido guardando frazadas y alimentos. Por fuera, como una ventana del cerro, hay un otero formidable, desde donde se puede ver el camino principal, único lugar de entrada y salida del poblado. Pasados los días, desde allí pudo ver Donato las diarias partidas de hombres que salían a buscarlos apenas aparecía el sol y regresaban fatigados de cansancio y polvo, entrada la noche. Así pudo comprobar la odiosa mezquindad de su padre al enterarse que  se había fugado con la hija de su peor enemigo. ¡Cómo estaría rabiando el orgulloso anciano! Ahora Donato, estaba preocupado, muy preocupado…

  • No te vayas a enojar, amor. Yo he debido de ponerte una casa muy buena y sin embargo vivimos en esta cueva…
  • ¡Qué vamos a hacer, Donato!, nuestra suerte será así. Lo importante es que nos queremos.
  • Tienes razón…
  • Además, aquí se está tan abrigado como si tuviéramos una casa.
  • Yo creí que te aburrirías…
  • .. para nada. A propósito… ¿Cómo conociste esta cueva?
  • Cuando era un “chiuche” subíamos a pastear los carneros y un día que veníamos por estos lugares, se desató una fuerte lluvia con muchos truenos…
  • …¿Y…?
  • Alcancé a ver esta cueva. Al comienzo creí que era pequeña, pero cuando entramos con el “Wisha”, nos dimos cuenta que era grande.
  • Seguramente los antiguos viajeros que pasaban por aquí se guarecían en ella.
  • Por eso será tan limpia… yo ya no extraño la casa.
  • Nueve días no es para poco; ya te estarás acostumbrando, pues…
  • Verdad, ya nueve días… cómo han pasado… sin sentirlo.
  • Y nosotros no podemos ir a otro lugar. Yo creí que íbamos a estar dos ó tres días a lo más…
  • Ya se acabó casi toda nuestra comida, Donato.
  • En eso he estado pensando, Tiucha. Por eso he decidido ir a traer alimentos…
  • .. ¿Y si te descubre….?
  • No me dejaré ver. Iré a mi casa. Mi mamá guarda en la troje de los altos bastante comida.
  • Pero es muy peligroso, Donato.
  • No importa, me arriesgaré.
  • No vayas, Donato. Con lo que hay nos podemos acomodar unos días más.
  • ¿Y después?…No, amor, aquí vamos a tener que estar un buen tiempo. Nos están buscando. Todos los días mi papá con cinco cabalgados sale de mi casa a buscarnos y regresan por la madrugada. Desde que nosotros nos hemos venido, es así. Mi padre es muy orgulloso para poder olvidar lo que hicimos y seguro que en los alrededores ya están en alerta para cogernos…
  • Más bien nos ha alcanzado la comida hasta ahora…
  • De haber sabido esto, hubiera traído más alimentos.
  • ¿Qué harás ahora, Donato?
  • Parece que esta noche habrá luna. Cuando todos estén dormidos, yo iré a traer algo…
  • Ojalá que no te pase nada…
  • A mí no me va a ocurrir nada, Tiucha. Tú cuídate nomás…
  • Sí, claro…
  • No te vayas a mover de aquí por ningún motivo; no vayas a tener malas ideas en la cabeza. Ya sabes que yo no te voy a dejar nunca. Ya estás convencida, también que te he dado mi palabra. Sólo tienes que esperarme.
  • Pero, te apuras, Donato.
  • Sí, hijita… voy a volver, ya verás…

Su orgullo maltrecho, no lo deja dormir. El encono se le ha clavado en el cerebro y le impide cerrar los ojos. Su vigilia poblada de silencios se ve, de pronto, interrumpida por un ruido extraño. El viejo Moisés Apari aguza los oídos y un extraño presentimiento lo invade haciéndole estremecer. Se ha incorporado sobre sus cobijas y despierta a su mujer.

–     Shatu… Shatu…

  • ¿mmmmm?.
  • ¿Has oído?….
  • ¿Ja?… No…
  • .. “masque” oye… creo que están entrando en los altos.
  • Sí, sí… parece que alguien está entrando…
  • Desgraciado ladrón… ladrón es…
  • Claro que es ladrón…
  • .. es raro, los perros no ladran… Oye Moishe ¿No será ánima?….
  • ¡Qué ánima ni anima, mujer! Lo que pasa es que los rateros han matado a nuestros perros.
  • ¡Jesús, Ave María Purísima!….
  • Como saben que no está mi Donato, creen que me pueden robar…
  • ¿Qué hacemos?…ahora siento que están andando arriba.
  • Lo que tenemos que hacer pues, voy a llevar la escopeta.
  • ¡No te vayan a atacar!….
  • No voy a ser tan tarugo de salir por delante pues. Voy a ir por la puerta de atrás y por las pircas nomás voy a ver…
  • Ten cuidado, Moishe…
  • ¡Ahora sí se han fregado esos malditos, carajo!

Sigilosamente, como fiera acechante, Moisés Apari ha salido arma en ristre y da una vuelta completa por el corral y ahora está frente a la puerta de los altos. Decide aguardar a que el delincuente salga con su botín para hacer justicia. Lo espera en medio de una fruición que le produce el imaginarse la sorpresa que se llevará el ladrón al salir. Ahora se abre la puerta y sale un hombre con un bulto en el hombro. Su silueta se recorta en el fondo del cielo estrellado. Ahora o nunca. El viejo apunta y el silencio de la noche se hace trizas con el estampido…

  • ¡Le has dado, Moishe… le has dado!…Ya cayó!.
  • Sí, y en todo el corazón…
  • Vamos a ver quién es ese miserable de mierda…
  • Ten cuidado, no se vaya estar haciendo el muerto.
  • No, ni siquiera se mueve…
  • Voltéalo…
  • Sí…
  • ¡Mamalao, mamacooo!… ¡Santo Dios!. !.Nooo!.
  • ¡Donato hijooo!.
  • ¡Hijaco, te han matado, pues…!
  • .. caray… ¿Dónde ha estado este muchacho?… ¿De dónde ha salido?!
  • ¡Dónde habrá estado, pues papalao!.
  • Y todavía ha venido a robarme…
  • ¡Capaz ha tenido hambre, tal vez por eso, Moishe…
  • ¡Anda, anda, despierta al Shimo, a todos los vecinos… ¡Qué hemos hecho!…

El viejo Apari, ha quedado inmóvil, clavado en el suelo, como un viejo ídolo, estático; su rostro curtido y ajado se estremece con una ligera agitación parecida a un llanto sin lágrimas. Su orgullo mellado, pisoteado y ahora impotente, ya no pude erguirse porque más puede el peso de su conciencia castigada al ver el pálido rostro de su hijo muerto iluminado por la alta luna serrana.

Continúa…..

 

EL CONDENADO (Cuento popular)

el condenadoEran dos jóvenes que desde muy niños habían consolidado una estrecha amistad que con el tiempo se trastocó en un fogoso amor. Existía un problema que estaba a punto de separarlos: la situación  económica de los jóvenes. Era muy dispareja. Mientras la tierna, Teodolinda Armas apenas si podía sobrevivir con las escasas pertenencias de su agobiado padre; Donato Apari, rebosaba de abundancia. Esto, naturalmente a ellos no les importaba pero sí a sus progenitores. El viejo Apari había estallado de furia cuando sus vecinos le contaron que su hijo había estado divirtiéndose con la hija de su peor enemigo en la fiesta de un pueblo vecino. Ese día amenazó castigarlo con el destierro si seguía frecuentando a la hija de su odiado rival. De la misma manera procedió el padre de la chica. Muy comedidamente le dijo “Hija: te pido que no vuelvas a juntarte con el muchacho Apari. Él es hijo de mi peor enemigo y no quiero que te humilles ante él ni su familia”. Cubierta de lágrimas pidió una explicación a su padre. ¿Cuál era la razón para ese odio siguiera vigente a pesar de los años? Después de un largo silencio, el viejo dijo. “Es una larga historia que se inició cuando tú no habías nacido. Éramos muy amigos, casi como hermanos. Todo lo compartíamos fraternalmente hasta que a la fiesta patronal llegó una niña muy hermosa que nos gustó a los dos. Estábamos prendados de ella. Entonces, amparado por sus riquezas logró que su padre en connivencia con el de la chica acordara el casorio de ambos. Aquellas veces no podíamos oponernos a las decisiones de nuestros  padres. El matrimonio se realizó no obstante el desacuerdo de la novia. Como ella no estaba feliz, el marido, sabedor del amor que me tenía, comenzó a maltratarla y quitándome el habla,  poco a poco me declaró la guerra. Valiéndose de su amistad con jueces, curas y demás autoridades, me cerraron toda opción de progreso. Cuando llegó la inundación de la aldea yo me quedé sin nada y todos se negaron a ayudarme. Por eso somos muy pobres. Pero igual. No quiero ayuda de nadie pero tampoco quiero que nos humillen con su prepotencia. Tú que eres mi hija, tienes que estar de mi parte sino, tu buena madre, que en todo momento fue mi apoyo y ayuda, sufriría mucho. Esa es la razón: Espero que no me desobedezcas”. No hablaron más. La niña tomó conciencia de su situación y sufrió mucho.

Los días transcurrían aumentando el desasosiego de la pareja. Ambos sufrían mucho por la prohibición paterna, sin embargo lograron encontrarse furtivamente.

Aquel día conversaron ampliamente y se dijeron todo lo que habían estado pensando

  • Lo único que te pido, Tiucha, es que no te lleves de cuentos que están circulando por el pueblo. Yo no quiero a otra más que a ti; bien lo sabes. Si yo quisiera a otras, no te buscaría. La única que quiero eres tú.
  • Pero, ¡Qué vamos hacer Donato!… mi padre me ordena que ni te hable!
  • .. ¿Tú, me quieres o no?.
  • Sí, Donato, por eso sufro mucho de que no podamos encontrarnos siquiera…
  • Yo también Tiucha,… yo también…
  • ¿Qué hacemos Donato?.
  • Vámonos lejos, Tiucha. Vamos a vivir donde nadie nos conozca.
  • .. ¿Dónde?
  • Me han dicho que en las minas del Cerro de Pasco hay bastante trabajo.
  • Tengo miedo, Donato.
  • ¿Pero de qué…?
  • De que te canses de mí… de que me dejes. Tal vez conociendo a una cerreña me abandonas y…
  • Nunca haría eso, tú lo sabes. Yo te quiero. Por lo que tan dicho las malas lenguas, dudas de mí ¿No es así?
  • Sí, Donato. De repente…
  • Para que te convenzas, voy formular un juramento que jamás podré deshacer aunque quisiera…
  • ¿Un juramento?
  • ¡Sí!. ¡Yo te juro en nombre de Dios padre todopoderoso que te querré toda mi vida! ¡Nunca te dejaré ni en la vida ni en la muerte! –El juramento ha sido formulado con una unción verdaderamente conmovedora.
  • ¡¿Ni en la vida… ni en la muerte, dices?!
  • ¡Así es, Tiucha! Ni de vivos ni de muertos nos separaremos. Dame tu mano yo te doy mi palabra…
  • Ya, Donato…
  • .. ¿me crees?….
  • Sí, Donato, sí. Te creo y te quiero.
  • Ahora, harás lo que te diga. La próxima semana como hoy a las seis de la tarde nos encontraremos aquí para irnos muy lejos…
  • Ya, Donato…
  • Durante toda la semana no salgas para nada de tu casa; no quiero que sospechen. Prepárate nomás…
  • Ya, Donato.
  • Ahora me voy, amor. La próxima semana como hoy… no lo olvides.

II

La semana ha transcurrido normalmente, sin embargo a Donato Apari le pareció desesperadamente interminable. Con gran delectación y esperanza ha contado los días y las horas de la semana. Su ansiedad ha ido en aumento con la sola evocación de aquella prodigalidad de belleza y vitalidad que se llama Teodolinda Armas. Su espera, que ahora llega a su fin, bien ha merecido todos aquellos desvelos. Por fin podrá tener en sus brazos a aquella mujer que se le fue clavando en el corazón y pensamiento; ya no tendrá que buscar mezquinos atajos, ni soledades riesgosas para gustar de sus besos. Ahora será suya, entera y limpiamente suya; por eso hace ya un buen rato que espera, cuando los rayos últimos del sol se han escondido tras los cerros verdes…

  • ¡Donato!… ¡Donato!
  • ¡Tiucha!.
  • Donato, temí que no vinieras. He tenido mucho miedo. No he podido ni dormir pensando en que podrías arrepentirte y no venir…
  • Tú no me tienes confianza Tiucha, pero ya ves, he cumplido; aunque yo también te diré que temía que tu papá podría hacerte cambiar de parecer…
  • Ya no, ahora, ya no. Yo sé que me quieres y he venido para irnos.
  • Bien, Tiucha.
  • Sólo temo que no iremos muy lejos. Tanto mi padre como el tuyo podrían alcanzarnos y encontrándonos nos castigarían o sabe Dios qué nos harían…
  • No tengas miedo. Si nos fuéramos a cualquier pueblo cercano, nos descubrirían, pero no vamos a hacer eso…
  • .. ¿Adónde vamos a irnos?
  • Iremos a un lugar que nadie conoce. Sólo yo.
  • ¿Adónde, Donato?
  • Allá en las alturas de Cerro Azul yo conozco una cueva. Allí estaremos hasta que, cansados de buscarnos se olviden de nosotros. Entonces nos iremos a otro lugar…
  • Pero en Cerro Azul también podrían buscarnos… ¿Y si nos encuentran?
  • Nadie nos encontrará. Esa cueva sólo la conocemos el “Wisha” Palacios y yo, pero él está trabajando en las minas del Cerro y no dirá nada.
  • Será lo que tú digas, Donato. “Ultimadamente” si nos encuentran también, que vamos a hacer. Les diremos que nos queremos y le hablaremos al padre Melecio.
  • Él nos comprenderá Tiucha, pero mientras tanto, vámonos sin que nos vean. Ya se está haciendo tarde… ¿Has traído tus cosas?
  • Sí, Donato; lo que más necesito está en este “quipecito”…y ¿tú?.
  • Yo, en estas alforjas llevó lo necesario…
  • Vamos, pues Donato…
  • Vámonos mi Tiuchita…

Continúa…….

LA SUEGRA MALA Y SUS TRES NUERAS


Hace muchísimos años de este acontecimiento. Había una vieja mujer malísima y mezquina, que tenía tres hijos enormes como eucaliptos, rudos y resistentes como percherones, pero muy débiles de voluntad y carácter. Al enviudar había heredado una casa, muebles, chacras, numerosos animales domésticos y suficiente dinero para afrontar las emergencias que se presentaren. Celosamente los guardaba como si se tratara de su propia vida. La base de toda esta heredad era una boyante mina de plata.

Dominante y empecinada había hecho edificar dos casas más; a la derecha e izquierda de la paterna, para nunca separarse de sus hijos. Ellos ocuparían estas casas cuando tuvieran familia. Sus tres hijos eran diligentes mineros que trabajaban de sol a sol supeditados a su caprichosa voluntad. Cuando el mayor estuvo en edad de casarse llevó a su casa a una muchacha flaca y desgarbada como una estaca, pero hacendosa y activa como la que más; callada y sumisa como un corderito. El hijo, claro, obedeciendo ciegamente la voluntad de su madre, casó con aquel espantajo.

Al día siguiente de los esponsales, cuando los hijos habían ido a trabajar con los primeros rayos del alba, sacó de la troje un enorme balay de papas, un canasto de choclos, un carnero recién degollado, un pellejo lleno de garrapatas, una “puchka”, varias “huayuncas” de maíz seco, una bolsa de medias y otra abundante de ropa sucia. Con todo esto, encaró a la nuera, y con una severidad que no admitía réplica alguna le dijo:
– Nuera: este es tu primer día en la casa, y como comprenderás, el trabajo es lo más digno para una mujer, por lo tanto, la tarea que tienes que cumplir hoy día es ésta: mientras cocinas el almuerzo tratando de no pasarte de sal, desgranarás el maíz de las “huayuncas”, lo molerás en el batán y prepararás la mazamorra; al carnero lo trozarás, lo salarás y lo colgarás de los altos para nuestro charqui; la panza y las tripas las lavarás y tenderás bien; molerás los choclos muy bien y harás humitas, mitad con sal, mitad con azúcar; lavarás este pellejo, lo harás secar, sacarás la lana, la escarmenarás, la hilarás con esta “puchka” y le tejerás unas medias a tu marido con estos moldes, porque tú sabes que en la mina hace mucho frío; con el agua de la gotera, que es abundante y buena, lavarás la ropa de mis hijos y las mías; zurcirás las medias de la familia con mucho cuidado y todo esto lo harás sin perder tiempo.
– Está, bien madrecita.
– Recoge y guarda los huevos que han puesto las gallinas; atiza la bicharra; corta el alcacer del corral y dale de comer a los cuyes; dale maíz a las gallinas y a los patos; limpia el chiquero y dale de comer a los chanchos. Ten mucho cuidado de no echar a perder nada.
– ¡Bien, madrecita!.
– Entretanto, yo me echaré a descansar un poco. Estaré vigilando para que trabajes, porque mi sueño es tan ligero como el de la libre; además tengo un tercer ojo en la nuca que jamás está dormido, ¡Ya lo sabes!.
– Bien, madrecita.
La vieja se tiró sobre el camastro y al rato dormía plácidamente, a pierna suelta. La pobre nuera, aterrorizada por la amenaza y temerosa de enojar a su suegra, se enfrascó en el trabajo con todas las fuerzas que le daba su ser. Sólo al anochecer ya desfalleciente, terminó su dura tarea cuando su marido y sus cuñados llegaban a casa.
Las diarias jornadas cumplidas por la recién casada, la dejaban más muerta que viva. Si cometía algún error, el zurriago de su suegra se lo enmendaba. Para alimentarse recibía algunas papas sancochadas, un poco de cancha y la sopa de la casa. Nada más. Así pasaron algunos años hasta que la vieja, juzgando que su segundo hijo también estaba en edad de casarse, se puso a buscar una mujer que cumpliera los requisitos que sus mezquinos intereses personales determinaran. Por fin la encontró.

La segunda nuera, gorda como un odre, los ojos torcidos y medio tartamuda, era tan esmerada y hacendosa como la primera; la igualaba en trabajo y limpieza, pero la superaba en candidez y debilidad de temperamento.

Como era de esperarse, el segundo hijo casó con la afanosa mujercita siguiendo el mandato de su madre, que alegre, magnificaba las virtudes de la recién desposada. A ésta también la vieja convirtió en su esclava. El trabajo compartido entre las dos nueras fue desde entonces menos pesado. Temerosas del “tercer ojo” de la vieja, trabajaban de sol a sol sin protestar, activas y prolijas, alentándose recíprocamente. Los hijos –como esperaba la vieja- nada decían al respecto.

Así pasaron los años, hasta que por fin ocurrió lo que el refrán dice: “Todo el monte no es de orégano”. El último hijo de la vieja, casó contradiciendo sus indicaciones. Un día se presentó a la casa materna acompañado de una bien parecida y joven mujer. De nada le sirvió a la vieja reclamar y gritar como una condenada. La boda se realizó.

Al día siguiente de las nupcias, cuando los mineros habían marchado a los socavones, la vieja dispuso la faena para las tres nueras, tal como acostumbraba. Una vez que se hubo acostado, las dos primeras al ver que la más joven remoloneaba sin hacer nada, le dijeron:
– ¡No te hagas la desentendida que la madrecita nos mira!.
– ¡¿Quién cree eso?!…yo la veo dormir… ¿Por qué nosotras vamos a trabajar como burras mientras esa ociosa apesta en la cama?.
– ¡Es cierto que ronca! –Dijo la segunda nuera con dificultad –pero ella nos vigila con un ojo que tiene en la nuca… ¡Tú no sabes de lo que es capaz!.
– ¡¿Un ojo en la nuca?!… ¡¿Qué lo ve todo?!…por favor no me hagan reír, inocentes criaturas… ¡¿Ustedes creen eso?!.
– ¡Así es hermana! –Se apresuraron a responder las mayores.
– Bueno, bueno… Allá ustedes si creen esa farsa… ¿Qué hay de comer hoy día?.
– Esta mañana comeremos chupe de ollucos, papas sancochadas y mazamorra de maíz.
– ¡¿No hay nada más?!… ¡¿Carne, huevos, charqui, tocino?!….
– Todo eso hay, pero pertenece a la madrecita.
– ¡Nada!, todo lo que hay aquí nos pertenece a todas por igual… ¡¿No son nuestros maridos los que trabajan?…¿No son ellos los que mantienen esta casa?… ¡¿No somos nosotras la que atendemos la casa?!.
– Sí… pero… – trataron de protestar las tímidas.
– Ustedes no tienen por qué vivir aterrorizadas ni esclavizadas, queridas hermanas… ¡Ahora, se acabó!. …Hoy día y los sucesivos comeremos como reinas. ¡Se acabó la esclavitud!.
– ¡Tú conoces a nuestra madrecita!. ¡Ella es capaz de matarnos! – protestaron las mayores- ¡Ella es muy severa porque a pesar de que cumplimos con nuestras tareas, nos maltrata diariamente sin que nuestros maridos digan nada!.
– ¿Que la vieja las castiga? –Se indignó la menor.
– ¡Claro, nos zurra con una vara muy larga y nos mide los alimentos! –Dijeron las nueras mayores alentadas por la parla de la menor.
– ¿Eso ha hecho siempre?.
– Sí – Respondieron las mayores.
– No tengan miedo. ¡Déjenlo todo por mi cuenta!. ¡Hoy día vamos a comer como reinas y si la vieja pretende castigarnos, nosotras le devolveremos la tunda con el mismo amor!. ¡Le daremos una sola, a cambio de todas las que les ha dado!. ¡Ya lo verán!. Si esto ocurriese, ustedes colaborarán conmigo… ¿No es cierto?… ¡¡¿No es cierto?!!
– Sí, claro, claro –dijeron asustadas las mayores.

Así fue. Mientras la vieja roncaba a pierna suelta, la joven mujer preparó un apetitoso y pantagruélico locro cerreño con grandes tronchas de carne. Floridos granos de cancha con abundante queso mantecoso. Riquísimos tamales de carne de chancho. Para cerrar el banquete; un charquicán con abundante achiote y exquisitas papas amarillas con harto ají. Todo esto, remojado con sabrosa chicha de jora. Cuando hubo terminado de cocinar, llamó a las otras nueras que, vacilantemente temblorosas, se sentaron a la mesa. En menos de una hora, las tres mujeres dieron cuenta completa de los potajes y ahítas y contentas, se quedaron dormidas.

Cuando ya las sombras de la tarde invadían el horizonte, la vieja suegra despertó sobresaltada por el silencio que se había aposentado en la casa. Intrigada se puso de pie y con horror vio que sus tres nueras dormían sosegadamente recostadas sobre las mesas donde se veían numerosos platos diseminados aquí y allá. Con la bilis removiéndole las entrañas, comenzó a lanzar insultos e imprecaciones mortales, en tanto que frenéticamente las castigaba con el zurriago.

Al despertar, las dos primeras quedaron atónitas y mudas. Sólo la menor se le enfrentó osadamente. Loca como una fiera, la vieja descargaba golpes sobre el cuerpo de la joven, la que –fuerte como era- cogió a la suegra por los pelos e inmovilizándola. Ordenó que las otras pegaran a la tirana por los flancos. Las nueras no esperaron más y la emprendieron a golpes contra la vieja abusiva. Una le pegó a más no poder en el costado izquierdo y la otra en el costado derecho. Cuando las mayores quedaron rendidas, la más joven derribó a la vieja por el piso y allí la molió a golpes con una estaca. Como la agraviada lanzaba aterradores gritos, la última nuera cogió una aguja de arriero y untándola de sal, ají y pimienta, infligió múltiples pinchazos en la lengua de la vieja hasta que enmudeció al hinchársele descomunalmente. Débil y desmedrada como era, cayó en trance de muerte.

Las mujeres metieron a la suegra entre las sábanas de bayeta y la cubrieron con gruesas cobijas de lana. Al poco rato, los cansados mineros llegaban a casa.
– ¡No sabes esposo mío, la desgracia que nos ha ocurrido!.- dijo fingidamente atribulada la mayor.
– ¡¿Que ha pasado mujer?! – preguntó el marido.
– ¡Nuestra pobre madre se nos muere!- replicó la segunda.
– Sí, querido –respondió la más joven de las mujeres- De repente se puso mal. Parece que le ha dado un fuerte mal aire porque no puede moverse; ni siquiera logra decir palabra.

Los hijos se precipitaron a la habitación de la vieja y apesadumbrados rodearon el lecho. La vieja estaba hinchada y amoratada como un odre, muda, sin decir palabra, impedida por una gigantesca lengua que parecía un atado de trapos. Sin embargo, haciendo esfuerzos supremos y aprovechando que sus hijos la miraban compungidos, señaló a la mayor de sus nueras y luego se tomó el costado izquierdo; inmediatamente después, apuntó a la segunda e indicó el costado derecho y, señalando a la menor, indicaba constantemente el suelo. Y agobiada por el esfuerzo perdió el conocimiento.

Al observar estas señales los jóvenes se pusieron a llorar sin alcanzar a descifrar lo que había querido decirle su madre. Entonces la menor de las nueras, fingiendo sollozar como una Magdalena, dijo:
– Pero… ¿Es posible que no puedan entender lo que nos quiere decir la madrecita buena?…
– ¡No!- contestaron todos al unísono.
– Pues, nuestra pobre madre, que nos quiere tanto, ha expresado su última voluntad; ustedes lo han visto. Ella quiere que el mayor y su esposa se queden con la casa y las tierras que están al lado derecho; el segundo y su mujer deberá quedarse con las casas y las propiedades del lado izquierdo; y en cuanto a nosotros, que somos los menores, nos deja las propiedades y la casa paterna. ¡Ustedes han visto como señalaba el piso ay… ay… ay –se puso a llorar amargamente.
– ¡Es verdad!…- gritaron- ¡tienes razón! ¡Así lo haremos!.

Fue suficiente.

La vieja, impedida de protestar a viva voz por el reparto, murió congestionada y cianótica, presa de la ira de su impotencia.

A partir de entonces, los hijos vivieron felices con sus mujeres, ocupando la herencia que les correspondía.

La Mediana (Con mi rendido homenaje de recuerdo a los niños de mi barrio que jugaron y soñaron conmigo)


(Publicado en la revista EDUCACIÓN de los estudiantes de la Universidad Comunal del Centro, filial Pasco, en enero de 1961, e irradiado en el programa de radio REUNIÓN FAMILIAR, en homenaje a los niños del barrio Misti en el mismo año).

Sorpresivamente a los polvorientos días de medio año con sus frígidas noches, sucedió el invierno. El bronco estruendo del cielo encapotado con el tamborileo del granizo sobre las melladas casitas, sorprendió a los vecinos. La pedrisca implacable de desató retumbando la noche cerreña. En el acogedor calorcillo de la cocina, saboreando la apetitosa sopa y sus papas con ají esta el animoso “Shipi”, pequeño canillita que con sus escasos diez años hace gala de su diligente capacidad para ayudar a su madre. Está cenando para luego cumplir con su agotadora tarea de vender periódicos. Su madre, con la dulce atención de amor infinito, comparte con él estos hermosos momentos.
– Muy pronto ha llegado el invierno este año, hijito…
– Sí, mamacita; pero mejor por una parte, porque la helada de las noches pasadas nos hacía tiritar de frío, dejándonos como “chuños…”
– Ahhh, pero por estas lluvias tendremos que comprarte otros zapatos. Los que estás usando, están llenos de huecos…parecen una coladera…
– No importa mamacita, así estaré…No es problema. Después compraremos….Note preocupes por mí.
– ¡No, no!. Tenemos que comprarte unos nuevos. Puedes coger un resfrío o, peor, el “costado”. Eso sí sería muy peligroso. Tienes que cuidarte mucho, hijito. Tú lo sabes, eres lo único que tengo en este mundo..
– Ya te he dicho, mamita. No te preocupes. Con las carreras que hago, entro en calor y, no siento ni un poco de frío.

Aquí se suspende el diálogo, el amoroso coloquio entre madre e hijo. Están degustando el sencillo potaje de todos los días: sopa de fideos y harinosas papas untadas con ají. A medida que comen, los recuerdos vienen uno tras otro a la cavilosa mente de la madre. ¡Cuánto había sufrido desde la muerte de su esposo!. La vida los había flagelado con el doloroso zurriago de las desgracias. Cómo llegaban vívidos a su mente los tiempos de su juventud al contemplar el tierno rostro de su hijo. Vivo retrato de su padre al que había conocido en una fiesta familiar. Le cautivó con su mirada juvenil y alegre; su proverbial maestría para pulsar la guitarra y su parla amena, sentenciosa, ocurrente y audaz.
– Aunque se que prefiere usted los “serios”, voy a dedicarle un huainito, señorita – le había dicho. Ella no supo qué contestar. Sólo sintió un rubor ardiente en la cara y él , alabado por ello, comenzó a desprender de su voz y su guitarra, las notas de la música querendona y alegre.

Capuliñahui, cerreñita,
Capuliñahui, cerreñita:
Tus ojos tienen la culpa
para padecer tanto.

Cuando me miran esos tus ojos,
Cuando me miran esos tus ojos,
parece que me miraran
dos luceros del cielo,
parece que me miraran
dos luceros del cielo.

Enlazadas por las amorosas notas del huaino, se cruzaron sus miradas, adivinándose en ellas todo un mundo de promesas, de ilusiones… Cuando terminó la canción: “Seguramente que en “Bellavista” no se usa bailar nuestro huaino, pero tal vez usted tendrá su “juerte” como buena cerreña”…..La audacia del muchacho no le desagradaba, su rostro varonil y risueño, rebosante de juventud, le daba un atractivo especial que de inmediato la había conquistado. Cuando el dueño de casa, adivinando la mutua atracción, los presentó, ella se sintió a gusto.
-Panchita, aunque creo que ya se conocen, quiero cumplir de todas maneras; te presento a mi amigo Cipriano López, un gran muchacho; es mi ayudante en la mina.
– Mucho gusto joven, Francisca Huamán, su servidora y una amiga más.
– Cipriano López, para servirla eternamente, señorita.

Así nació todo, con la simplicidad del alma minera y la sinceridad de una simpatía provinciana que no sabe de intereses mezquinos ni la doblez de la hipocresía.

II

Los días se sucedieron matizados de piropos y canciones dedicadas de parte de él, con encuentros aparentemente casuales y sonrisas insinuantes de parte de ella; hasta que llegó lo inevitable en estos casos: la confesión.

Un domingo que salió de Bellavista donde trabajaba, aprovechando su día libre, él la esperó en su camino.
– Panchita, perdóneme pero, hace mucho tiempo he querido hablar con usted de….bueno…pero no he podido. Ahora yo quisiera decirle que…bueno que…
– ¿Qué cosa, joven, “Shipi”…?. Las palabras, no obstante el nerviosismo, brotaron con la sencilla fluidez que sólo la sinceridad puede inspirar en estos casos. La respuesta –en cambio- no llegó con palabras; fue con el simple el entrelazar sus manos con las del hombre amado, porque hablar no podía; su garganta estaba agarrotada por una emoción jamás soñada. Daba la impresión de que todas las palabras posibles se habían anudado en su garganta. Se había puesto muda de repente en tanto sus ojos se anegaban de una cristalina emoción que se desprendía sobre sus rosadas mejillas. Eran las primeras cuentas del rosario de sus floridos dieciocho años.

¡Qué felices fueron desde entonces!. Cuando se casaron, todos los amigos se sintieron muy contentos y celebraron la boda con gran entusiasmo. Les hicieron muchos regalos.

Así pasó un año. Una tarde, ella no supo cómo explicarle, pero él lo adivinó: Serían padres. “¡¡¡Se llamará como yo!!!” había dicho él. Así se le bautizó. Cipriano López Huamán.

Aquellos fueron los días en los que la felicidad se había entronizado en el humilde hogar de los López, en el barrio “Misti”. Pero todo acabó una tarde. La despedida y el viaje sin regreso. “Este es mi último día, Panchita. Mañana ya no haré la guardia de 11 a 7 que es la más pesada…Chau”. A la medianoche, la noticia dolorosamente escueta, como un agudo puñal, a cargo de un guardián. Punto final de una noche de vigilia en medio de fatal presentimiento: “Señora: Ha habido un derrumbe en el nivel ochocientos. Su esposo….”. Desde aquel día, su viudez terrible y solitaria, se aferró desesperadamente a la existencia de su único amor: su hijo.
– ¿Por qué tardará tanto el tren, mamita? – La pregunta la sacó del tortuoso camino de sus dolorosas cavilaciones.
– ¿Qué dices, hijito?.
– ¿Por qué tardará tanto el tren de pasajeros?.
– Ah.., para estas épocas se producen casi siempre estos atrasos… Generalmente es por la nieve. Tú sabes… Ayer llegó pasadas las nueve.
– Cuando llega tarde, se vende muy pocos periódicos. Todos se duermen temprano. Hay que terminarlos al día siguiente….
– Ahora te apuras, hijito. Mañana tienes que levantarte temprano. No olvides que tienes que madrugar para comprar el pan; yo también debo partir llevando la ropa para lavar…
– Sí, mamacita…- Se corta el parloteo infantil. “Shipi” ha logrado escuchar, a pesar de la lluvia, el estridente silbido del tren de pasajeros que desde la Cervecería “Herold” hace llegar su rutinario aviso a la ciudad minera.
– ¡Ahí, está hijito!. Todavía está piteando por “Garga”. Ponte tu chalina y tu sombrero. ¡Rápido!.
– Si, si, mamacita.
– Rápido, pero ten cuidado en el trayecto. No te vayas a caer.
– Ya, mamacita.

III

La jadeante carrera llegaba a su fin. Había superado toda la subida de Santa Rosa y estaba en Tambo Colorado para entrar triunfante por la Calle del Marqués. Su voz aguda voceaba los diarios en venta…- ¡”El Comercio”!, “La Prensa”, “La Crónica”, Buen Humor!!!…. El “Hotel Venecia”, las peluquerías, las fondas, las tiendas. Entró en la Plaza Chaupimarca donde sus manitas amoratadas por el frío reparten con gran maestría los periódicos del día. De su mellado sombrerito gruesas gotas de agua se introducen por su cuello. No siente nada ocupado como está en vocear los diarios…. ¡¡¡“La “Cronica” con la matanza del japonés, Mamuru Shimazu, a toda su familia!.!! ¡¡¡Conozca la personalidad del asesino. Algo nunca visto..!!!.

Hasta que los vendió todos.

Como todas las noches, contó el importe. Una sonrisa enorme de satisfacción coronó su éxito. Se santiguó con mucho fervor, metió las monedas ganadas en sus bolsillos, y silbando una tonada, emprendió el regreso al barrio.

IV

La débiles claridades del día se filtran trabajosamente entre la penumbra de la estancia minera. Las casitas, caprichosamente diseminadas, parecen sorprendidas por los primeros rayos de un tímido sol invernal. El acompasado resoplido del tren de pasajeros que transita de la Railway a la Estación, es el diario toque de diana para los vecinos. Para entonces, los ojos de Panchita, están abiertos, acostumbrados a recibir las primeras claridades del día. Calculando que es la hora apropiada, llama suavemente a “Shipi”.
– Ya es hora, hijito…!!
– Si, mamacita, sí…¿Qué hora es…?
– Debe ser más de las cinco y media… Ya todo está claro…
– ¿Ya subió el tren a la Estación…?
– Si, hijito; hace ya un buen rato….Haciendo un ruido terrible, ha subido como siempre…
– ¡Ay, “caracho”. Ahora tendré que “Chimbar”….Ayer me han comprometido para llevar algunos bultos del Hotel “Venecia” a la estación…
– ¡Entonces, apúrate!. No hay que quedar mal incumpliendo el compromiso que uno hace. Yo te voy hacer esperar tu desayuno….

Seca la ropita por las amorosas manos de su madre ha emprendido la carrera por “Tambo Colorado” hasta llegar al “Hotel Venecia”. Su frágil cuerpecito casi se pierde bajo el abultado fardo de ropas que carga. El supremo esfuerzo que hace para avanzar lo asemeja a un quelonio de inmensa caparazón. Por fin llega a la Estación y embarca el fardo para Lima. “Te quedas con el vuelto” le habían dicho y al hacer su cuenta tenía:¡Un sol cincuenta!. ¡Un sol cincuenta en la mañana solamente!. ¡Todo un capital!. Un sol veinte entregaría a su mamá y, con el resto….Ah, con el resto, se compraría una “mediana” y algunos “ojitos” más. Estaba seguro que con ellos ganaría a todos los muchachos el barrio. Escogería una buena “mediana” y después, verían quién era el “Shipi”. Si la vez pasada le habían “desbancado” era por que no contaba con una buena “mediana”; pero ahora, las cosas iban a cambiar…..
– ¡Shipi! – Otra voz infantil lo sacó de sus cavilaciones haciéndole volver a la realidad. Delante de él estaba el “Chancho” Julián con su acostumbrada actitud despectiva. Era el campeón y tenía en su haber la hazaña de haber “desbancado” de sus bolitas a todos los chicos del barrio…
– ¡Te juego! – Se aventuró a proferir “Shipi”. El obeso campeón quedó mudo. ¿El “shipi” desafiándolo?. No. No alcanzaba a comprender y quedó mirándolo sorprendido….
– ¡¿Te juego?! – repitió el “Shipi” dueño de sí.
– Yo nunca juego para “mintes” ¿ya?. Yo juego para “verdes” y hasta desbancarse, ¿ya? – replicó el gordo…
– Yo tampoco juego para “capus”, pues, ishhh…
– ¡¡¡Ja, ja, ja, ja !!! –La risotada despectiva de incredulidad soltada en pleno rostro por el “Chancho” Julián, le dolió en el alma…
– ¿De qué te ríes ahora?-le espetó con valentía….
– ¡Por que si te “desbanco” vas andar llorando “shipicito”…
– ¡¡¡ Yo nunca lloro, ¿ya?!!!.

Los muchachos que llegaban al ruedo al escuchar tanta bulla, azuzaron a los rivales hasta que el “Chancho” aceptó el reto….
– Bueno, ya, pero ¿Hasta “desbancarse”…¿Ya?.
– ¡Ya está!. ¡Hasta desbancarse!.
– Entonces que sea esta tarde, a las cinco. A esa hora voy a ir a ver a mi hermana “Shatu” que vive en el “Misti”. ¿De acuerdo….?
– ¡Listo!. ¡En la cancha del barrio…!!!!
El trato quedó establecido así, con la responsable simplicidad de los hombres de estas tierras. Aquella tarde se despejaría la incógnita de cuál era el más “diestro” del barrio…

V

Cuando llegó a su casa, parecía otro. Tras recibir el cariñoso agradecimiento de su madre, estuvo probando durante toda la tarde su “mediana” para el encuentro decisivo. En el barrio había crecido la noticia difundida por “Fonseca”, alborotando a la chiquillería. Cuando el “Chancho” Julián llegó puntualmente, la cancha estaba repleta de espectadores que no querían perderse detalle del duelo de campeones. Allí estaban todos los Arzapalo: ”Shico”, “Juañico”, “Rapacho”, “Chini”, hasta las mujeres: “Llupi” y “Dora”. Los hermanos Vera, extrañamente blancos, como los gringos; ojos claros, azules y celestes; el mayor, enorme muchacho con cara de pocos amigos, como amenazante cancerbero de la “Gestapo” Nazi, que aquellos días sembraba el terror en Europa. Por esa razón le clavaron la chapa de “Alemán”. Su hermano “Cocho” con su rara indumentaria de enormes botas que lo hacían parecerse pegado al suelo, con unos campanudos pantalones de su padre, cortado desde las rodillas. En primera fila, los más pequeños. El “sapo” Oscar con sus pelos hirsutos, sus mocos verdes colgándole de la nariz y su denunciante cara de sapo; “Lerofú” Rivera, con sus dientecitos de conejo en amplia sonrisa de expectación; “Fonseca” con su mirada estrábica, haciendo esfuerzos supremos para ver a dónde irían a parar las bolas. Todos los “Pecas”, Miguel, Raúl, Pablo y Nicéforo. Los hijos de don José Blanco, guiador de la chunguinada de Uliachín. “Bartolo”, “Anquicho” y “Yauyo”. Los hermanos López con “Allico” a la cabeza. Los hermanos Porras: “Shanti”, “Lucho”, “Mico”, “Inacha” y “Chivo”. Los tres hermanos Cortabrazo, los Gudiño y los Rivera. Toda la chiquillería del bario más los venidos de “Buenos Aires”, “La Docena” y “Excelsior”, barrios adyacentes. “Anquicho” limpió el suelo y trazó la “quena”. Un silencio sepulcral enmarcaba el escenario del duelo.

– ¡Chanta tu “chipche” – ordenó el gordo.
– Aquí está –respondió “Shipi”, haciendo rodar una carcomida bolita pequeña.
– ¡Ya ves!. Ya comienzas a “mariconear”. Esta bolita está “sarna” y toda vía es “chini” para más cacha.
– ¡¡¡¿Todo vale; ¿Ya?!!!.
-Ya listo. ¿Todo vale!. Pero mi “ojito” vale por dos….
– Ya, ya. ¡Juega no más!.

Los chicos, forman una estrecha calleja, con las miradas ansiosas, sin perder la menor trayectoria de las bolas que van y vienen. Los bolsillos del “Chancho” Julián crecían ante la angustia de los espectadores y “Shipi”, comenzó a sacar sus ojitos.

Oscurecía ya, cuando, por esas cosas inexplicables del juego, “Shipi”, comenzó a recuperar sus bolas.
-¡Soy, prima!.

– “Toda la vida no es monte orégano”. ¿Mando todavía, “Chanchito”.
– Ya, ya. Tira pues….!

Una y otra vez, con la maestría de un avezado billarista, “Shipi” empleaba su mediana llevándose al encuentro las bolas puestas en juego.
– No es “hecho”
– Toda bola es “hecha”, ¿ya?…. y ¡¡¡¡Quincho!!!

Parecía que “Shipi” hubiera sacado a lucir su guardada maestría. A partir de ese momento, todo fue alegría para los espectadores, los que roto el mutismo alentaban al virtual campeón. Cuando la mediana de “Shipi” rodeaba, las voces alentabas: ¡¡¡Cúcale….cúcale….cúcale…cúcale”!!!. Cuando las del gordo rodaba
– ¡¡¡Apriétale, Jiménez…..!!!
– ¡Ajá, miraste, dos!.
– ¡¡¡¡Viniste a……!!!
– ¡Sigo raya!.
– -No voy “alitas”
– ¡¡¡¡Mando todavía, “chanchito”!!!! – En eso, un grito tremendo proferido por “Yauyo”, llama la atención. El “Chancho” Julián ha estrellado un sonoro cachetón porque lo ha sorprendido echándole “Manizuela”.

En el momento en que el “Chancho” Julián sacó su bola de acero, todos adivinaron que ésa era su última pertenencia. Un rato más tarde, con paso lento, apesadumbrado, la mirada perdida, cargada de angustia, cruzó el puente del barrio y se fue a su casa. A sus espaldas un griterío de triunfo aclamaba al “Shipi”, el ganador.

VI
Aquella noche, “Shipi” cenó plácidamente con la alegría del triunfo. No cabía en sí de contento. El balance de sus bolas le resultó altamente positivo. Había ganado muchas. Decidió vender algunas y comprar con el importe unos tamales para su madre. ¡Le gustaban tanto!. En un bolsillo llenó las que vendería y en el otro su mediana “lechera” que le había coronado como campeón. La acarició un buen rato, luego se la embolsicó. La llevaría con él. Le traería mucha suerte en el futuro. Demoró buen tiempo en vender sus bolitas y pagar el importe de los periódicos. Estaba en la Calle del Marqués cuando oyó el silbido del tren. De inmediato emprendió la carrera con la esperanza de llegar antes que el tren. Corría desesperadamente hasta que entró en la explanada de los Méndez donde vio los rieles iluminados y un poco más allá, la pesada locomotora acercándose vertiginosamente. Calculó que podía pasar sin novedad. Calculó mal. Su grito se ahogó con el resoplido del motor, el chirrido y las chispas ardientes de los frenos, las ruedas tiñéndose de rojo. Cuando terminó de pasar el tren, una informe masa inerte yacían en el suelo; a un costado, una manita cercenada empuñando duramente la heroica mediana.

LA GANCHANA (Devoradora de niños)


La sequía había sido muy cruel. Los campos morían resecos y agrietados cubriéndose de costras escamosas blanqueada por la osamenta de vencidos animales en todos los confines sedientos. El pueblo se moría. Familias enteras amparadas por la tregua nocturna partían a otras latitudes en busca de agua y de vida.

De las pocas que quedaban en el pueblo por, no contar con esperanzas ni horizontes, había una con dos hijos hermosos y buenos: una niña pequeña, bullanguera y hacendosa con sus ocho años cargados de travesuras y sonrisas, y un niño de cuatro, inseparable compañero de su hermana. Los padres, lejos de quererlos y protegerlos, acosados por la cruel hambruna de aquellos días, veían en ellos a dos enojosos estorbos de quienes buscaban deshacerse. En muy poco tiempo había muerto el sagrado amor paternal en ellos.

Una noche, en la creencia que los niños dormían profundamente, el padre preguntó muy quedo a su mujer.
– Vamos a tostar cancha… ¿Dónde has puesto la “canala”?.
– Encima del poyo, mamá –respondieron al unísono los niños esperanzados y hambrientos antes de que la mujer hubiera podido abrir la boca.
– Ya, hijos… Duerman, duerman. Guardaremos para mañana nuestros pocos maicitos.

Y esto sucedía siempre. Los egoístas no sabían qué hacer para deshacerse de los niños que, al igual que ellos, soportaban los aguijones del hambre. Esto no debe seguir así, pensaba el padre. En una de sus cavilosas vigilias trazó un plan tan desalmado como imperdonable que se lo comunicó a su mujer que, igualmente cruel, aprobó emocionada.

Una noche que los niños dormían profundamente vencidos por el cansancio, poniéndolos en un enorme “balay” el padre los llevó muy lejos, al campo, y los abandonó a su suerte.

Cuando despertaron de su profundo sueño, se sorprendieron al encontrarse solos en aquel desconocido paraje. Acuciados por el terror se dieron cuenta del destino incierto que les esperaba. Como no sabían dónde estaban, eligieron una dirección y, tomados de la mano, decidieron caminar en busca de ayuda.

Ya habían avanzado un trecho considerable, cuando se encontraron con una encorvada anciana de tétrico aspecto que colmándoles de halagos y mimos, les invitó a vivir con ella en una sórdida caverna que le servía de guarida.
– Ustedes niños, tan tiernos y hermosos, van a vivir conmigo y no se arrepentirán. Van a ver lo felices que todos vamos a ser, ja, ja, ja.

Apremiados por el hambre, los niños esperaron con paciencia que la vieja les regalara con algún alimento. En efecto, al rato de su llegada, destapando una olla que estaba sobre la “bicharra”, les dijo:
– ¡Sírvanse estas papitas, siquiera!…

Los niños hambrientos, tomaron con premura sus papas, pero quedaron mudos y compungidos al comprobar que las tales papas no eran sino unos duros y pulidos guijarros.
-¿Por qué no comen mis papitas?… – Tronó la vieja.
-¡Son collotas, abuelita! –Respondieron los niños.
– ¿Cómo que collotas? –Gritó la mujer con su bocaza desdentada y hedionda.

Indignada cogió una piedra que, a la suave presión de sus manos sarmentosas, se abrió como si fueran auténticas papas. Haciendo esto, compartió las piedras con su hija (La vieja tenía una hija), tan odiosa como horrible. Los niños miraban famélicos e impotentes.

Llegada la noche, frotándose las manos de un desconocido contento que le hacía brillar los ojos, la tenebrosa vieja dijo a la niña:
– Hace mucho frío. Esta noche yo dormiré con tu hermanito y tú con mi hija.
– Ya, abuelita –aceptó la niña, inocentemente.

Hacia la medianoche, la niña que apenada de su suerte no había podido conciliar el sueño, escuchó un sordo quejido de su hermanito.
– ¡Ananauuuuuuu! –La vocecita se hacía escuchar muy quedo.
– ¡Abuelita!
– ¿Síiiii?…
– ¿Qué le ocurre a mi hermanito?…
– Nada, nada. Sólo le estoy sacando los piojos y las liendres de su cabecita… ¡Tú, duerme tranquila y en silencio!…

Muchas veces más se quejó el niño durante la noche. Ante las preguntas de la angustiada niña, la vieja le daba respuestas evasivas y amenazadoras.

Al amanecer, la vieja fue de puntillas a la cama que compartían la niña y la brujita, en la creencia que aquella no escuchaba, muy despacio le dijo a su hija:
– Le dices a esta intrusa que esté moviendo el perol grande y, cuando lo esté haciendo, la empujas dentro, no lo olvides…
– Ya… – Le contestó la hija.

Dadas las canallescas instrucciones a su hija, la vieja, cogiendo por los hombros a la niña, la sacudió para que despertara.
-¡Despierta haragana, despierta!…¡Ya es de día!.
-¡Bien, bien abuelita… y… ¿Mi hermano? –Preguntó la niña, fingiendo despertarse.
-Tu hermanito es muy tierno y aún duerme; ¡déjalo así, que descanse!.
-Ya, abuelita.
-Entretanto, tú, toma esta canasta y trae agua del puquial. Yo, como lo hago diariamente, buscaré algo de comer.

Abrumada por un negro presentimiento, la niña dedujo que se encontraba ante la “Achkay”, cruel y maligna bruja devoradora de niños, a la que todos conocían como la Ganchana. Con gran dolor, juzgó que su hermanito había sido degollado por la siniestra mujer ya que, en la madrugada, no lo había oído quejarse.

Cansada por los vanos esfuerzos desplegados en su intento de llenar de agua la enorme canasta, la niña retornó a la cueva.
– No se puede llenar esta canasta, abuelita –dijo.
– Lo que pasa es que eres ociosa… ¿Cómo no vas a poder traer agua en la canasta?… ¡trae acá… vas a ver!.
-¡Mientras yo vaya al puquial, tú encárgate de ayudar a mi pobre hijita!…
– Bien, abuelita.

Cuando la iracunda Ganchana hubo salido llevando el canasto, la hija, siguiendo los consejos de su madre, dijo:
-¡Chica!…¡mueve el perol!.
– No sé como hacerlo. Enséñame.

Cuando la pequeña Ganchana se puso a mover el perol para mostrarle como se hacía, la niña aprovechó el instante para empujarla dentro del enorme recipiente que hervía. En cuanto la brujita hubo caído en el perol, la niña, utilizando una gran espumadera, sacó el cuerpo de su hermanito y, envolviéndolos en un “pullo”, salió para escaparse por el escabroso camino que partía de la cueva.

Al poco rato, fatigada llegaba la Ganchana, en sus manos llevaba ¡oh prodigio!, ¡La canasta colmada de agua cristalina, cual si fuera una urna de cristal!.

Al no encontrar a nadie en derredor, la vieja golosa decidió probar el potaje que se preparaba en el perol, pero viendo que la carne estaba muy dura examinó el contenido del enorme perol dándose la sorpresa de estar comiéndose a su propia hija. Indignada y lanzando tamaños gritos, salió en busca de la niña.

Entre tanto, la niña al salir de la cueva con los restos de su hermanito había emprendido una carrera desesperada tratando de huir de la cruel “Achkay”. Ya había avanzado un trecho considerable cuando alcanzó a oír los desaforados gritos de la devoradora de niños. Desesperada siguió corriendo, cuando a la vuelta de una loma se topó con la huachwa que barbechaba diligente.

– Tía… ¡tiacitaaa! –Suplicó la niña- ¡La Ganchana ha matado a mi hermanito y ahora me está persiguiendo para hacer lo mismo conmigo… ¡Sálveme tiacita!.. ¡sálveme! –Sollozó la niña.
-¡Está bien, niña!, No te aflijas. Yo te protegeré… escóndete detrás de aquel pedrón y la “Achckay” no te encontrará,
— ¡Gracias tiacita, gracias! –Dijo la niña en tanto corría a esconderse detrás de un gran monolito que allí se levantaba.

No había pasado mucho tiempo, cuando la bruja muy agitada, preguntó.
– ¡Oye hachwa!… ¿ha pasado una chica llevando un bulto a sus espaldas?…
– ¡No, abuelita! –Respondió la huachwa, tratando de demostrar indiferencia.
-¡¡¿Qué no le has visto?!!…
– No, – repitió la huachwa – y siguió trabajando.
– ¡Entonces!… ¿Qué cosa no más ves tú, patuleca desgraciada?… ¡ladrona de granos! –gritó exaltada la Ganchana.
-¿Qué has dicho bruja mal oliente?… –la labradora cogiendo la chaquitaclla comenzó a propinar una paliza a la bruja.

Aprovechando la descomunal escaramuza, la niña prosiguió su huída a toda carrera.

En su desesperada fuga, se dio con un zorrillo que se ocupaba muy diligente en hacer forados. Le suplicó como a la huachwa y el zorrillo hizo un gran hueco donde introdujo a la niña. Cuando llegó la Ganchana, sus gritos se escuchaban a media legua.
– ¡Oye añas apestoso!… ¿Has visto a una chica con su “quipe” a las espaldas?…
– No –respondió secamente el zorrillo.
-¡Maloliente destructor de sementeras!… ¿Qué haces que no ves ni siquiera eso, en lugar de estar rascándote la panza?…

Enojado, el zorrillo le orinó en los ojos cegándola momentáneamente y cubriéndola con un olor tan fétido que se podía percibir a muchas leguas a la redonda.

El siguiente en ayudar a la niña fue el cóndor. Cariñoso y comprensivo, la cubrió con sus grandes alas. Cuando le respondió negativamente a la vieja, ésta gritando a grandes voces, le dijo:
-¡Arrastrado carnicero, pico de cacho, patas de leña!… ¿Qué haces parado como un poste, tremendo manganzón?… ¿Qué haces que no ves nada?…, ¡¡Ratero!!

De dos certeros picotazos, el iracundo cóndor le sacó los dos ojos a la bruja; pero ésta, a tientas, cogiendo dos guijarros y poniéndolos a sus órbitas vacías, gritaba…
– ¡Cuticamuy ñahui!… ¡Cuticamuy ñahui! (¡Vuélvete ojos!, ¡Vuélvete ojos!), y efectivamente, la bruja recobró la vista.

Mientras tanto, agitadísima, la niña llegó a una cumbre y casi sin aliento, se hincó de rodillas y comenzó a pedir.

-¡Dios mío, sálvame ¡… ¡La Ganchana me persigue y quiere matarme…!!!.

Ni bien había terminado de hablar, vio que desde lo alto descendía una hermosa jaula de oro a la que trepó en cuanto la tuvo a su alcance. Teniendo a su hermanito en brazos arrullada por una música misteriosa y celestial, ascendió a los cielos con gran contento.

Con la visibilidad recobrada y con sus negras polleras al aire, como envenenando el ambiente con una pestilencia insoportable, la bruja llegó a la misma cumbre donde comenzó a gritar descomedidamente como una condenada para que le enviaran urgentemente otra cadena y su jaula de oro. El señor en lugar de la jaula de oro, le hizo llegar una vieja y tosca soga. La bruja maldiciendo la odiosa discriminación, se ató la cuerda a la cintura y ordenó que la subieran. Así ocurrió. Entre bruscos tirones, fue ascendiendo. Ya había pasado las nubes, cuando alcanzó a oír un ruido peculiar del ratón al comer sus alimentos.
– ¡Cuidado, cuidado “ucush”!… ¿creo que te estás comiendo mi cadena de oro?… – gritaba la vieja
– No, sólo estoy comiendo mi canchita –respondió el ratón.

Después de un buen rato, la vieja volvió a escuchar el mismo ruido y enojada tronó:
-¡Cuidado no más desgraciado “ucush”!. ¡Te conozco!

Más tarde, de nuevo.
-¡Maldito “ucush”!… ¡tus dientes te voy “apachurrar”!

La soga se había adelgazado tanto que finalmente se rompió estrepitosamente. Al caer, la vieja gritaba frenéticamente.
-¡Sobre la “pachpa” nomás¡… !Sobre la “pachpa” nomáaaaas!

Y sobre la hierba, como lo pedía, cayó la bruja haciéndose pedazos. Su sangre que saltó a muchos kilómetros a la redonda, se convirtió en espinas. Desde aquella vez, sobre las pampas serranas abunda el “ucushcasha”, que es la espina de ratón.

En cambio, cuando la niña llegó al cielo, fue recibida con muy buena disposición por la Virgen Santísima que cariñosamente le hizo entrega de un hermoso cofre para que en él guardara los despojos de su hermanito hasta el momento en que el Señor le diera el soplo divino que le devuelva la vida. Este cofre, no debería ser abierto por ningún motivo. La niña, no obstante la gran alegría que le deparaba estar en los cielos, extrañaba en demasía a su hermanito. Un día, desobedeciendo las órdenes de la Virgen, abrió el cofre para verlo y, al momento, su hermanito se convirtió en un perrito lanudo.

Desde entonces, cuando se mira con mucho detenimiento a la luna llena, muy claramente se puede distinguir a la niña tejiendo y, al lado de ella, al perrito lanudo.

Miren con detenimiento la luna llena y la verán.