LA BATALLA EN EL TECHO DEL MUNDO (6 de diciembre de 1820) (Primera parte)

Hermoso monumento erigido en homenaje a la gloriosa batalla del Cerro de Pasco, el 6 de diciembre de 1820. El día siguiente, 07 de diciembre de1820, se juró la independencia de nuestra tierra. Se ve al general Juan Antonio Álvarez de Arenales con la espada desenvainada en actitud de triunfo y, en los frisos laterales, escenas de aquella gloriosa odisea. El monumento adorna la Plaza Mayor del distrito de Yanacancha en el Cerro de Pasco. Ojalá que las autoridades lleven a los niños a rendirle homenaje al patricio.
Hermoso monumento erigido en homenaje a la gloriosa batalla del Cerro de Pasco, el 6 de diciembre de 1820. El día siguiente, 07 de diciembre de1820, se juró la independencia de nuestra tierra. Se ve al general Juan Antonio Álvarez de Arenales con la espada desenvainada en actitud de triunfo y, en los frisos laterales, escenas de aquella gloriosa odisea. El monumento adorna la Plaza Mayor del distrito de Yanacancha en el Cerro de Pasco. Ojalá que las autoridades lleven a los niños a rendirle homenaje al patricio.

Jurada la Independencia de las Provincias Unidas del Río de la Plata el 9 de julio de 1816, quedaba sellada definitivamente la libertad de la República Argentina, único lugar donde había conseguido triunfar la lucha independentista; en todo el resto de la América Española, los realistas habían logrado sofocar la insurrección. Pero si bien la revolución Argentina no tenía enemigos dentro de sus fronteras, dos poderosos ejércitos realistas la amenazaban: uno de Chile y otro desde el Alto Perú. San Martín había percibido claramente esta amenaza para su patria, y sostenía, que el poder realista terminaría una vez que todos los españoles hubieran sido arrojados del territorio americano. No antes. Por otro lado, persuadido que no podría llegar al Perú coronando la meseta del Titicaca como todos esperaban, cruzaría los Andes, llegaría a Chile, y después de libertarlo, pasaría al Perú por vía marítima para hacer lo mismo.

Así lo hizo.

Después de cruzar los Andes, invade la Capitanía General de Chile, y el 12 de febrero de 1817, derrota a las fuerzas realistas en la batalla de Chacabuco. Al año siguiente -12 de febrero de 1818- jura solemnemente la independencia de Chile. El resto del Ejercito realista que quedaba en este territorio, decide enfrentarse a las fuerzas patriotas en la Batalla de Maipú -cinco de abril de 1818. Triunfa el Ejercito de los Andes y arroja a los españoles del territorio Chileno.

El 19 de agosto de 1820, zarpa de Valparaíso hacia el Perú, desembarcando el 8 de septiembre en Pisco. Aquí decide destacar una columna volante al interior del país para que, despertase el espíritu revolucionario en las provincias. El jefe de esta empresa no podía ser otro que el General Juan Antonio Álvarez de Arenales. Sus cualidades de mando, experiencia en guerra de montaña y la popularidad de su nombre en el Alto Perú, lo señalaban de antemano.

San Martín le ordena atacar a la división enemiga que el Virrey había destacado sobre Pisco para replegarse luego a Ica. Inmediatamente penetrar en la sierra y posesionarse de Huancavelica y Huamanga para dirigirse a Jauja y establecer allí el cuartel general. Fomentar la independencia en las provincias inmediatas y avanzar un destacamento a Tarma. Se le recomendaba mucha humanidad para con los enemigos y con los españoles europeos.

La división expedicionaria se componía de los Batallones Números 11 de “Los Andes” y el 2 de Chile, al mando del Mayor argentino Ramón Antonio Deheza y el Teniente chileno Santiago Aldunate, respectivamente; dos piquetes de granaderos a caballo y, cazadores a caballo, formando un escuadrón bajo las ordenes del Mayor argentino Juan Lavalle y el Teniente paraguayo Vicente Suárez y, dos piezas de cañones y 25, artilleros al mando del Capitán Hilario Cabrera. Fue nombrado jefe del Estado Mayor, el teniente coronel argentino, Manuel Rojas, que había hecho sus primeras armas contra las invasiones inglesas al Río de la Plata, militando con distinción en las campañas del Alto Perú.

El 4 de octubre, sale Arenales de Caucato y hace su ingreso triunfal en Ica el 6 de octubre. El pueblo presidido por su Cabildo, sus autoridades civiles y eclesiásticas, se vuelcan a las calles a vitorear al Ejercito Patriota. El 21 del mismo mes, por disposición de Arenales, el Alcalde de la ciudad, Juan José Salas, jura la independencia de Ica. Aquel mismo día, continuó su viaje a la sierra, dejando al cuidado de la ciudad al Mayor Félix Aldao. En la ruta a Huancavelica, los campesinos del lugar saludan al ejército patriota con gritos, tamboriles y quenas.

El 31 de octubre de 1820, llegan a Huamanga. La jura de la independencia de Huamanga se realiza días más tarde, con Te Deum, parada militar, repique de campanas, bailes populares y demás manifestaciones de contento ciudadano. De Huamanga, partió a Huanta el 6 de noviembre siguió por Tayacaja a Huancayo. Desde allí ordenó la persecución del intendente de Huancavelica que huía por Jauja, lugar en el que Lavalle dispersó a los coloniales el 20 de noviembre. De Jauja manda al comandante Rojas en el Batallón No 2 para que ocupe Tarma  el 23 de noviembre, con el apoyo de Francisco de Paula Otero. El 28 de noviembre, en marco de solemne celebración, se jura de independencia de Tarma

Hasta aquí no se había realizado una sola batalla importante, tan sólo ligeras escaramuzas. Una referencia puntual a las fechas de juramentación que antecedieron a nuestra ciudad minera es la siguiente:

            En las Villas de Supe, Huarmey  y Casma, en 1919.

            En la ciudad de Ica, el 21 de octubre de 1820.

            En la ciudad de Huamanga, noviembre de 1820.

            En la ciudad de Huancayo, el 20 de noviembre de 1820, en un tabladillo erigido en la Calle Real, a la altura de la Plaza Huamanmarca. Álvarez de Arenales que ese día había hecho su entrada triunfal presidió el acto. Los primeros que juraron fueron el coronel de milicias Marcelo Granados (ese día asumió el cargo de Gobernador), el Cura Coadjutor don Estanislao Márquez y el Escribano Juan de Dios Marticorena.

En la ciudad de Jauja, el 22 de noviembre de 1820.

            En la Villa de Huaura, el 27 de noviembre de 1820.

            En la ciudad de Tarma, el 29 de noviembre de 1820.

            De Huancayo, Arenales, que había recibido vivas muestra de aprecio y adhesión de los pobladores,  partió al Cerro de Pasco, escenario definitivo de la gloria.

 

Era cercano al mediodía del 5 de diciembre de 1820, cuando las gentes del pueblo ven la llegada de los legendarios guerreros de la libertad. Los únicos que no están presentes, son los miembros de las Cajas Reales y otros funcionarios españoles; tampoco don Bernardo Valdizán, proveedor de mulas a los mineros españoles. Su hija, María Valdizán, ataviada con gruesa ropa de abrigo, sí está presente: quiere dar la bienvenida a los libertadores. Inmediatamente el General Arenales con su Estado Mayor y el montonero cerreño, Camilo Mier, pasaron a la habitación del jefe para cambiar impresiones.

– ¡A las órdenes, mi General! –el montonero cerreño, con abrigadas ropas de lana, botas ganaderas y sable toledano en la mano, se cuadró militarmente frente al Jefe Superior –Soy Camilo Mier, jefe de las guerrillas del Cerro de Pasco  y representante de todos los patriotas que luchan en esta zona. -Allí estaba el primero de los patriotas cerreños que conjuntamente con otros, conformaba la Partida de Guerrilleros de Pasco; nieto de notables mineros españoles e hijo del Alférez, José Antonio Mier, de la Compañía del Ejército del Rey, “Dragones de la Frontera”. Iniciada la lucha libertaria, el ejército español, sin miramientos de ninguna clase, se había apoderado de las minas de sus padres y de todas sus pertenencias, dejándolos en la inopia. Este fue el poderoso motivo por el que decidiera formar la inicial “Partida de Guerrillas” que luchó contra los realistas, desde mucho antes de la llegada de Arenales.

– ¿Cuáles son los informes que tiene que alcanzarme?.

– Nuestros cuadros están resguardando los pueblos de la zona. Cuando los realistas salen a efectuar sus malones para recolectar alimentos, principalmente ganado, aprovechamos para sorprenderlos y causarles bajas. Custodiamos todos los caminos y cuando entran en nuestro territorio, realizamos rápidos ataques a sus fuerzas. De esta manera los tenemos en jaque.

– Bien, muy bien, Comandante… ¿Cómo están constituidos los cuadros guerrilleros en la región?

– En Yanahuanca, hay un fuerte cuadro bajo el mando del coronel Mariano Fano; en Paucartambo hay otro, bajo el mando del comandante José Maria Fresco; aquí en Pasco, el mayor Balaguer y yo… también tenemos nuestros grupos en varios lugares de la zona en condición de patrullas volantes…

– Bien está… ¿Se han cumplido con mis otras disposiciones?.

– Sí, mi general. Al pie de la letra. Los pasquines revolucionarios se han repartido en toda la sierra como se viene haciendo desde finales del siglo pasado. Todos los pueblos sintieron un alivio y una alegría indescriptible al enterarse de que el Ejército Libertador, llegaba. Todos están deseosos de ver derrotados a los realistas.

– ¡Buen trabajo, comandante!… ¿Y qué me dice del jefe Irlandés que manda las fuerzas españolas?

– El general O´Reilly con su división de tropas no se han movido del Cerro de Pasco, no obstante que nosotros hemos hecho llegar a sus oídos, que usted llegaba con el ejército patriota.

– ¡Aja! –pronuncio Álvarez de Arenales pensativo.

– Todos los “chapetones” del Cerro están ayudando a los realistas; los están alimentando y los han alojado en la enorme casona del viejo Olaechea. No hay duda. Están decididos a quedarse.

– Así es. Ahora lo veo muy claramente, O´Reilly está cumpliendo a plenitud las órdenes del Virrey. Mantenerse en propiedad de la ciudad minera impidiendo el paso para unirnos con el General San Martín, que de acuerdo con el plan de operaciones, ya debe hallarse en la costa norte de Lima.

– En estas circunstancias… ¿Qué determinación habrá de adoptar, mi general?. –interrogo ansioso Camilo Mier.

– ¡¡ No nos queda otro camino que el combatir!! –resolvió rápidamente Arenales.

– ¡¡ ¿Aquí, mi General?.

– No. Iremos al Cerro de Pasco y combatiremos en ese lugar. En cuanto a ustedes, comandante, me es satisfactorio decirles que han cumplido con la misión que se les ha encomendado; por esta razón déjennos el campo libre para que sean nuestras armas las que se enfrenten a los realistas… Ustedes deberán estar a la expectativa para caer sobre los grupos enemigos que crean conveniente y en el momento preciso, tratando eso sí, de no duplicar funciones de guerra con el ejército regular.

– ¡Bien, mi General!. ¡Si ése es su deseo; así se obrará!.

– El tiempo está amenazante. Tendremos una fuerte desventaja –intervino el jefe del Estado Mayor.

– ¡Ellos también tendrán la misma dificultad. Claro que están más acostumbrados que nosotros, pero igual, tenemos que enfrentarles.

– Entonces, es imperativo el detallado estudio del terreno que seguramente ellos conocen como la palma de su mano –dijo categórico el ingeniero, capitán Althaus.

– ¡Eso, sí!… ¡eso sí!… Pero tenemos que efectuarlo inmediatamente. Para realizar la exploración me acompañarán, el Teniente coronel Manuel Rojas, el Mayor Juan Lavalle; el capitán Althaus, en su calidad de ingeniero; el comandante Camilo Mier, como guía, ya que siendo oriundo del lugar lo conoce a la perfección; y un escuadroncillo de granaderos.

– ¡A las ordenes mi general! –respondieron al unísono los aludidos.

– ¡¡Arrópense adecuadamente!!… ¡¡la lluvia está a llegar!!.

A las tres de la tarde, cuando los relámpagos fulguraban el ambiente de incontenible lluvia, partieron a estudiar el terreno. Nada les arredró. Comandados por el General Arenales, recorrieron palmo a palmo todo el tramo que media entre la Villa de Pasco y la ciudad minera del Cerro de Pasco. Nada se dejó al azar. Tomaron nota de toda la planicie,  depresiones, farallones, elevaciones, cortaduras; roquedales que pudieran servir para tender una celada; de todo aquello que pudiera ser utilizado en el combate. Ya cerrada la noche, retornaron empapados, pero imbuidos de seguridad y confianza para el combate del día siguiente.

Aquella noche, cuando los truenos y relámpagos dejaron de estremecer los cielos, la lluvia dio paso a una espesa y silenciosa nieve que toda la noche estuvo cayendo. El níveo silencio de su blancura, acunó el sueño de los libertadores.

A las seis de la mañana del 6 de diciembre de 1820, cuando el reverbero de la nieve hacia destellar el día naciente, una argentina trompeta hizo sonar la estridencia de diana en todos los confines de la Villa. En su aposento particular, el General Álvarez de Arenales procedía alistarse para el gran día. Sus grandes ojos negros llameaban en las órbitas con un extraño brillo de decisión y odio contenido. El ceño continuamente fruncido, señalaba el timbre de su adustez, agravado por una profunda cicatriz obtenida en Chacabuco. En las comisuras de los labios, sendas y profundas arrugas. La barbilla fuerte y poderosa, digno reflejo de su carácter. Su rostro enérgico tallado toscamente por el sello de la sequedad castrense que muchos achacaban de soberbia, estaba sereno. Todos sus pensamientos se concentraban en la batalla que libraría en unas horas contra los realistas. Prácticamente, en sus manos residía la responsabilidad del futuro de la empresa libertaria. Él muy bien lo sabía.

Comenzó a vestirse con movimientos rápidos y enérgicos.

Después del ceñido pantalón de paño blanco y medias de lana gruesa, se calzó las botas granaderas a las que añadió sendas espuelas de plata. Luego de la blanca camisa y el correaje de cuero negro, la encarnada pelliza granadera con vivos azules y abundante pasamanería dorada. Ató a su cintura el sable curvo que el Ejercito Argentino había puesto en sus manos y de cuya cazoleta colgaba la correa para poder ligarla en la mano durante la lid. En el Perú, este sable no había sido usado en Ica, Huancavelica, Huamanga,  Huancayo, Jauja ni Tarma. Sólo pequeñas escaramuzas sin importancia se habían producido en esos lugares. Ahora sí estaba seguro que lo utilizaría.

Cuando hubo terminado de vestirse, se acercó al espejo y peinó sus cabellos entrecanos hacia delante, tratando de cubrir la zona frontal de su incipiente calvicie. Se puso una bufanda de vicuña y luego un capote de amplio vuelo. Entregó a su ordenanza el sombrero de general y se puso un chambergo de amplias alas para protegerse de la nieve. Cuando salió de su aposento, una enérgica voz de atención, puso en alerta a toda la tropa.

La nieve seguía cayendo implacable desde el día anterior.

El Estado Mayor se reunió en la habitación particular del General Arenales para recibir las órdenes finales.

– Señores –habló enérgico- Hasta ahora nuestras armas no han encontrado digno rivales para batirse. La refriega de Chancaillo en Ica, no tiene importancia. En Huancavelica, no encontramos a ningún realista. Lo de Huamanga y Huanta; lo mismo que de Huancayo, Jauja y Tarma, ha sido fácil, demasiado fácil diría yo. ¡Ahora las cosa han cambiado!… ¡Tenemos que apoderarnos de la ciudad minera del Cerro de Pasco, a cualquier precio!. Para ello tenemos que librar una batalla con los realistas que se han apoderado de ella ¡Hay que recuperarla!!… ¡¡Su ubicación estratégica y su importancia económica lo exigen!!

– ¡¿Cuáles son las previsiones que debemos adoptar, mi General?. –pregunto el jefe del Estado Mayor.

– ¡Tenemos que actuar con mucho cuidado!. Ellos deben conocer el terreno como la palma de su mano y pueden sorprendernos con una celada en cualquier momento. ¡Mucha atención a lo que se hace!. –Hubo una pausa en la que se extendió sobre la mesa, un mapa trazado por el capitán Althaus, luego continuó- ¡¡Comandante Santiago Aldunate!!.

– ¡A la orden mi General!.

– ¡Usted conformará el ala derecha con 340 hombres del Batallón Nº 2. Su misión es flanquear la izquierda enemiga aprovechando las alturas. Su acción debe ser rápida y enérgica porque la línea trazada diagonalmente del sudoeste a noroeste deja un gran espacio en la retaguardia realista.

– ¡Así es mi General!.

– Si logramos introducirnos en ese espacio con la rapidez requerida, le originaremos una confusión notable que más tarde podemos utilizar con mucho acierto.

– ¡Así lo haremos, mi General!.

– Bien, muy bien. ¡Sargento Mayor, Ramón Antonio Deheza!!.

– ¡A la orden, mi General!..

– ¡Usted, con 340 hombres del Batallón No 11 y dos piezas de artillería, conformara nuestra ala izquierda. Su misión principal es marchar de frente por el camino que cruza la ciudad de un extremo a otro. Creo que se llama la Chancayana…

–  ¡Así es, mi General!.

– ¡Cuando haya avanzado lo suficiente, deriva velozmente y ataca a la derecha enemiga que se halla en las orillas de la laguna de la Esperanza…

– ¡Bien, mi General!.

– Conocemos de su pericia y valor, mayor Deheza. Esperamos que vuelva a realizar la proeza de la toma de la plaza de Talcahuano…

– ¡¡Así lo haré, mi General!.

– Muy bien, mayor –quedo mirándolo con paternal admiración y luego dirigiéndose a su segundo en el mando, le dijo -¡Usted Teniente Coronel Manuel Rojas, en su condición de Jefe de Estado Mayor, irá al centro, entre las alas derecha e izquierda!.

– ¡¿Con qué personal contaré, mi General?!.

– Con el resto de personal de los Batallones 2 y 11

– ¿Nuestra misión General?

– Ustedes marcharan siempre al centro de las dos alas, como a unas dos cuadras de la retaguardia, observando todos los movimientos de sus compañeros y prestos a brindar protección a cualquiera de ellos en caso necesario…

– ¡Así se hará, mi General!.

– Bien…!Capitán Juan Lavalle!.

– ¡A la orden, mi General!. -El capitán con grado de Sargento Mayor, don Juan Lavalle, se cuadró militarmente.

– Usted se hará cargo del comando de nuestro Escuadrón de Caballería!

– Bien, mi General.

– Deberá actuar rápida y frontalmente en el momento necesario; es decir, cuando la infantería y la artillería hayan ablandado al enemigo…

– Así lo haré, mi General.

– Eso es todo. – Bien sabían estos ilustres jefes y oficiales el peso y el significado de las palabras del caudillo Arenales.

A las siete de la mañana sonó el clarín de avance. El cura venido de Ninacaca, oraba emocionado rodeado de las mujeres del pueblo. Todavía nevaba copiosamente cuando los centauros de la libertad partieron en pos de la gloria.

Hermanos cerreños: Ayuden a nuestra “Asociación Cultural Cobrizo Minero”. Cierren filas en torno a la labor que está realizando su presidente, nuestro amigo, Luis Tolentino Sovero. La tarea que están cumpliendo es muy valiosa para perderlo. Pedimos a la compañía CERRO SAC. Tenga a bien colaborar con la cultura de nuestro pueblo. Pensemos en nuestros niños. Ellos merecen heredar lo mejor de nuestra historia.

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EL ITINERARIO DE NUESTRA LIBERTAD (08)

Monumento al general Juan Antonio Álvarez de Arenales que comandó la Batalla del Cerro de Pasco, el 6 de diciembre de 1820. En los frisos de las bases, escenas de aquel memorable momento de nuestra historia. Este monumento se ha erigido frente a la iglesia de Yanacancha recordándonos la importancia de aquel acontecimiento histórico.
Monumento al general Juan Antonio Álvarez de Arenales que comandó la Batalla del Cerro de Pasco, el 6 de diciembre de 1820. En los frisos de las bases, escenas de aquel memorable momento de nuestra historia. Este monumento se ha erigido frente a la iglesia de Yanacancha recordándonos la importancia de aquel acontecimiento histórico.

El trece de diciembre de 1820, cuando el ejército patriota estaba formado en el cuartel general de Retes, se presentó el general don José de San Martín, acompañado de sus edecanes, y luego de los saludos del caso y el toque de silencio en memoria de los caídos en el Cerro de Pasco, en términos breves pero muy emotivos dirigió sus palabras de bienvenida a la división de la sierra, expresándole que quedaba satisfecho y orgulloso de su comportamiento y que cada cual hubiera cumplido con su deber. Luego el general Las Heras, secundo la enhorabuena en escogidas palabras y dirigiéndose al Batallón No 11, cuerpo que había sido creado por él hacia ocho años, le felicitó y exhortó a que siguiese por la senda del triunfo. Los jefes, oficiales y soldados que sabían que el general San Martín podía ser pródigo en todo menos en ascensos y recompensas, se emocionaron cuando se hizo leer el parte del día, suyo texto es el siguiente:

“La División Libertadora de la Sierra, ha llenado el voto de los pueblos que la esperaban; los peligros y las dificultades han conspirado contra ellos a porfía, pero no han hecho más que exaltar el mérito del que ha dirigido y la constancia de los que han obedecido sus ordenes; para premiar a unos y a otros, se abrirá una medalla que represente las armas del Perú por el anverso, y por el reverso tendrá la inscripción: “A LOS VENCEDORES DE PASCO”. El general y los jefes la traerán de oro, y los oficiales de plata, pendiente de una cinta blanca y encarnada; y los sargentos, cabos y soldados, usarán, al costado izquierdo del pecho, un escudo bordado sobre fondo encarnado con la leyenda: “ YO SOY DE LOS VENCEDORES DE PASCO”. Cuartel General Libertador de Retes –13 de diciembre de 1820-.”

 

Luego de esta sorpresiva premiación, se leyó un interesante cuadro de ascensos con el que la patria recompensaba a los inmortales héroes de la más importante batalla inicial de la independencia.

Por aquellos días, el encargado por Arenales del gobierno de la provincia de Tarma, don Toribio Oyarzabal –invicto montonero cerreño-, hace llegar al Subdelegado Político Militar del Cerro de Pasco, don  Anacleto Benavides, una nota a fin de que ordene la realización de la Jura de la Independencia de Huánuco, con los términos siguientes: “ Habiendo recaído en mí el mando de la Provincia por ausencia del señor Gobernador Intendente que marchó al Partido de Jauja con la expedición que dispuso, he resuelto en vista del poder del Ilustre Cabildo de la ciudad de Huánuco conferido a los parlamentarios que vinieron hasta ese punto a conferenciar con el Señor General del Ejército de la Patria, que inmediatamente procedan en vista de sincero sentimiento a nombrar un Gobernante a pluralidad de todos en concurrencia de todo el vecindario honrado, y luego a jurar la Independencia con las solemnidades correspondientes y fecho dar cuenta a este Gobierno con testimonio de las diligencias de lo actuado, a este efecto dirigirá usted inmediatamente con una persona de su confianza el adjunto pliego a la citada corporación”

 

“Dios guarde a usted por muchos años. Tarma a diciembre 20 de 1820”.

                                   (fdo) Toribio Oyarzabal

Al: Señor Subdelegado Político y Militar del Cerro, don Anacleto Benavides. 

EL ITINERARIO DE NUESTRA LIBERTAD (07)

Alvarez de Arenales

Aquella mañana del 7 de diciembre de 1820 amaneció radiante. Los últimos vestigios de nieve que alfombrara de albura el campo de batalla donde los patriotas se cubrieran de gloria, había desaparecido. Un rutilante sol  brillaba omnipotente, allá arriba, bajo un sobrecogedor imponente fondo azul. Gentes de toda condición, venidas de los pueblos aledaños, entremezcladas con los lugareños, iban tomando sus ubicaciones dentro de los linderos de la plaza Chaupimarca. El día anterior, el general Arenales había hecho publicar una convocatoria a un Cabildo Abierto para perpetuar en un acto simbólico el trascendental triunfo que las fuerzas patriotas de América acababan de obtener en un extremo de la minera ciudad. A un costado de la iglesia San Miguel, donde hasta el día anterior había permanecido la horca en la que habían ajusticiado a muchos facinerosos, se levantaba majestuoso un entarimado adornado con banderines, quitasueños y cadenetas. En la parte central: el altar. A un costado la bandera nacional recientemente creada por el general don José de San Martín, en Pisco el 21 de octubre del mismo año, dividida por líneas diagonales en cuatro campos, blancos los de los extremos superior e inferior, y rojos los laterales con una corona de laurel ovalada al centro y, dentro de ella, un sol saliendo por detrás de las sierras escarpadas que se elevan sobre un mar tranquilo. A un lado, la bandera chilena. En la parte baja del estrado, se exhibían los trofeos de armas arrancados a los realistas: tres banderas y dos estandartes; la espada del prófugo general O´Reilly; armamento completo de dos batallones de infantería y un escuadrón de carabineros, dos cañones, la caja militar y el parque de repuesto.

A las diez de la mañana hicieron su aparición por las calles adyacentes los bravos soldados de la libertad: argentinos, chilenos, paraguayos y peruanos. Cientos de hombres, mujeres y niños, los aplaudían vitoreándolos. Inmediatamente después, irrumpió un grupo de cerreños notables presididos por don Ramón de Arias, Primer Alcalde Republicano y Juez Mayor de la Patria; don Francisco Quirós, notable político cerreño, nombrado Gobernador General; Don Miguel Francisco Maíz y Arcas, Comandante General de Armas; don Anacleto Benavides, Sub delegado Político Militar en el territorio de su Jurisdicción; el doctor don Dionisio Vizcarra, Director General de Minas; Manuel de Arias, delegado minero que al año siguiente firmaría el acta de independencia del Perú, el 28 de julio de 1821 en la ciudad de Lima, en representación del Cerro de Pasco. A continuación el Estado Mayor de los libertadores. El general Álvarez de Arenales con uniforme de gala; detrás el Jefe del Estado Mayor, Teniente Coronel Manuel Rojas, flanqueado por los comandantes Ramón Antonio Deheza y Santiago Aldunate. Los  capitanes Federico Brandsen, José Vilela Castillo y Rufino Guido. A un costado, al mando del grupo de granaderos a caballo, el comandante Juan Lavalle. Detrás de los heroicos soldados, venía un grupo de hombres demacrados y escuálidos pero con la mirada alta y orgullosa. Eran los bravos sobrevivientes huanuqueños de la valerosa revolución de Crespo y Castillo que, cumpliendo sentencia del Tribunal de Lima, venían trabajando bajo rigor, a ración de pan y agua, y sin sueldo, en las galerías mineras del Rey que regentaban los españoles. Allí estaban los Alcaldes, Mariano Silvestre, del pueblo de Panao; Honorato Callán,  de Pillao; Patricio Martínez, de Acomayo; José Calixto, de Santa María del Valle; Gregorio Evaristo, de Huacar; Francisco Antonio, de Acobamba; Mariano Camacho de Cayna; Manuel Beraún, con alias “Saguaccay” de Huallayco; Juan de Dios Esteban, Alcalde de Campo de Pachas; Lucas Ruiz, de Rondos; Marcos Sánchez, de Punchauca, Pablo de la Cruz Vilca, de Chupán; Antonio Ambrosio, de Chavinillo;  del mismo pueblo los ediles, Julián Ortega, Manuel Concha y Nicolás Charín. De Huánuco José Huanca, Pablo Usuriaga, Antonio Mallqui, Julián Gaspar, Ascencio Briceño, Manuel Roque, Santos Trujillo, Pedro Cabello, Francisco Cabello, Hipólito Gómez, Santos Tello, Víctorio Soto. Por disposición especial del general Álvarez de Arenales fueron puestos en libertad en medio de conmovedores aplausos del pueblo cerreño.

Una vez que hubieron tomado sus emplazamientos en el estrado, el cura huanuqueño, párroco de Yanahuanca, reverendo padre, Manuel Sáenz, celebró la misa de campaña escuchada con emoción patriótica. En su corta elocución, se refirió al significado que el acto encerraba  para la historia de América y pidió que se orase por los patriotas muertos el día anterior, especialmente por el valeroso joven teniente de granaderos, el mendocino Juan Moreno, caído en la primera carga patriótica, con el corazón atravesado por una bala. El padre Sáenz inicialmente había sido un piadoso y esforzado arriero que llegó a hacerse muy conocido en Huánuco y gran parte de la quebrada de Chaupihuaranga. Al entrar de cura, en sus viajes misionales, observó de cerca la manera cómo los españoles trataban a los nativos. Para ellos todo lo mejor, dejando lo peor para los naturales. En sus conversaciones con el padre Villavicencio, llegó a la conclusión de que era necesaria la insurrección. En sus viajes ya se convirtió en agente propagandístico de la sublevación, llevando consigo proclamas, pasquines décimas y demás propaganda especialmente en los pueblos de Tápuc, Chacayán y Yanahuanca en donde formó partidas de cívicos que estaban dispuestos a luchar por la libertad y, cuando se efectuó la insurrección de Huánuco y Panataguas, él estuvo con los insurrectos alentándolos en condición de Capellán. Preso y herido fue severamente castigado. Cumplida su condena se hizo cargo de la parroquia de San Pedro de Yanahuanca en cuya condición había celebrado la santa misa de independencia. Para terminar el acto litúrgico, el padre Sáenz bendijo el Estandarte de Guerra del Batallón CONCORDIA DE PASCO, formado por patriotas cerreños que en el futuro velarían por el mantenimiento de la libertad conseguida. Luego el General Juan Antonio Álvarez de Arenales, invitó a Don Ramón de Arias -elegido Alcalde Mayor y Juez de la Patria- a que declarara la independencia del Cerro de Pasco. El instante era solemne. Un silencio sobrecogedor se hizo en todos los ámbitos de la vieja e histórica plaza Chaupimarca. El primer alcalde republicano cerreño, tomo la mano derecha, la primera bandera peruana y en la izquierda un crucifijo de plata. Se acercó al borde mismo del estrado, miró a todos los rincones de la plaza  y con voz potente y emocionada, pronuncio estas históricas palabras:

-“Cerreños: Juráis por Dios y la señal de la Santa Cruz, el ser independientes de la corona y el gobierno del Rey de España y ser fieles a la patria?”

Mil voces quebradas por la emoción, respondieron al unísono:

-¡¡¡Sí, Juramos!!!!!

En ese momento, los noveles soldados del Batallón Concordia de Pasco, efectuaron disparos de fusilería en homenaje al histórico momento.

Lo que ocurrió después, fue indescriptible. La emoción se apodero de todos los hombres, mujeres y niños que enmarcaban la plaza. Se gritaban vivas a la patria, a San Martín, a Arenales. Muchos lloraban, otros cantaban, pero todos emocionados se abrazaban. Los imbatibles soldados patriotas venidos de todos los confines de América, rompieron filas y se confundieron  en emocionados abrazos con los cerreños que los vitoreaban. Entre tanto, todos rubricaban el acta que había levantado del momento supremo, el escribano del Cabildo de Huánuco, Don Asencio Talancha. El Cerro de Pasco era el primer pueblo del Perú que juraba la independencia después de la triunfal Batalla de Pasco, que constituyó la primera y más importante victoria de las armas patriotas en una batalla franca y abierta por la libertad.

En el cielo, el sol brillaba majestuoso, omnipotente como nunca; aquélla mañana del domingo 7 de diciembre de 1820.

EL ITINERARIO DE NUESTRA LIBERTAD (06)

Cabildo Abierto

Por la tarde, convocados por el comando patriota se reunieron en Cabildo Abierto los hombres y mujeres del pueblo cerreño. El Acta correspondiente dice:

“En el Cerro de Pasco, a los seis días del mes de diciembre de mil ochocientos veinte, glorioso día que el dios de la victoria ha coronado la acción patriótica de nuestro Ejército, en la batalla contra las fuerzas realistas habida esta mañana y, por disposición de Su Señoría, el General Juan Antonio Álvarez de Arenales, Comandante Supremo de nuestras fuerzas en este lugar, se han reunido en Cabildo Abierto, todas las autoridades y ciudadanos del asiento mineral, en el que expresados el parecer de cada quien, se nominó por aclamación unánime a los siguientes ciudadanos en los cargos administrativos correspondientes:

 

            A Don Ramón de Arias, en el cargo de Alcalde Mayor y Juez de la Patria que, en su condición de primer ciudadano de esta repartición territorial histórica, deberá tomar el Juramento de Independencia del régimen español a toda la ciudadanía convocada para el caso, el día de mañana, siete de diciembre.

 

            A Don Francisco Quirós, distinguido soldado que esta mañana ha luchado por la libertad de la Patria, en el cargo de Gobernador General que lo será de esta ciudad y todo su territorio, para la administración de justicia en lo correspondiente a lo político – militar.

 

            A Don Miguel Francisco Maíz y Arcas, en el cargo de Comandante General de Armas del Cerro de Pasco, con mando sobre soldados y patriotas auxiliares en territorio de su jurisdicción.

 

            A Don Anacleto Benavides, en el cargo de Sub delegado Político Militar en el territorio de su Jurisdicción.

 

Al Doctor don Dionisio Vizcarra, en el cargo de Director General de Minas de Pasco.

 

Provistos que fueron los principales cargos públicos en el que cada uno de los concurrentes prestó su opinión, voto en público que no tuvo ninguna discrepancia de un sólo individuo, se procedió a recibir la juramentación oficial en nombre de la Santa Cruz, los Evangelios y la Bandera Nacional, de todos los nombrados.

 

Viendo Su Señoría, el referido Señor General, la apoteósica y uniforme elección que se ha hecho, manifestó su contento y complacencia. Reiteró su agradecimiento que desde su llegada le había prestado la ciudadanía por la justa causa de la Patria.

Extendió su convocatoria para mañana siete de diciembre en que se Jurará la Independencia y se formalizará los nombramientos producidos esta tarde con una solemne misa cantada en acción de gracias al Todopoderoso en la explanada de la Plaza Mayor de Chaupimarca. Finalmente,todos los vecinos suscribientes de la Justicia de la causa de la Patria, expresaron abrazarla franca y gustosamente, renunciando todo derecho de la Nación Española y que desde luego están prontos a prestar el juramento mañana, de seguir las Banderas de la Patria, lo que ejecutarían el día de mañana siete de diciembre. (Firmas)

Por ante mí, Secretario del Cabildo,

Finalizada la ceremonia cívica, todos los habitantes acompañaron los restos de los soldados caídos en combate para ser sepultados. Conducidos en hombros por sus compañeros de armas, setenta y siete cadáveres, envueltos en sus pellizas guerreras fueron llevados allá, a tambor batiente. En las iglesias de Chaupimarca y Yanacancha, las campanas doblaban lúgubres. Llegados al campo santo, tras el fúnebre y taladrante toque de silencio ejecutado por un trompeta argentino, fueron sepultados en tierra minera. Patriotas y realistas,  bajaron juntos a las entrañas cerreñas.

Entre tanto, en el Hospital de Campaña, fueron atendidos los soldados heridos de Argentina, Chile, Paraguay, Colombia y El Perú, mismos que en hermoso gesto de confraternidad se ayudaron mutuamente, tanto como a los soldados realistas. Hubo cuatro oficiales y 58 soldados realistas muertos. Un oficial y 14 soldados patriotas muertos. Cinco oficiales y 23 soldados patriotas heridos. Tres oficiales y 18 soldados realistas  heridos. El herido de más gravedad fue el capitán de primera Pedro López, natural de Córdoba, Argentina, por un cañonazo en la pierna que le tuvo que ser amputada. El teniente chileno de segunda, Darío Plaza, con una grave herida por un sablazo terrible que estuvo a punto de seccionarle el brazo. La herida más curiosa fue la que sufrió el ayudante en Jefe Manuel Saavedra. Mostraba una seria contusión en el muslo derecho. Este oficial llevaba como recuerdo de la Casa de la Moneda de Pasco, una regular cantidad de monedas de plata a donde fue a parar la bala destinada a su cuerpo quedando achatada entre las monedas; pasado el combate fue a conocer el efecto que le había causado por el dolor que sentía. Allí quedaba una marca cárdena en la parte contundida. Esta bala la luce como un milagro del día.

Después de cuatro días volvió el infatigable teniente paraguayo Vicente Suárez con el último y más importante trofeo de la batalla del seis. Traía prisionero al Brigadier irlandés, Diego O´Reilly alcanzado en linderos de la hacienda Lauricocha a veinte leguas del Cerro de Pasco, cuando estaba próximo a tomar el camino de la cordillera de Cajatambo, que de salvarlo, le hubiera sido muy fácil huir a la capital. Aquella misma tarde también regresaba triunfante el grupo de guerrilleros persecutores de las familias españolas tránsfugas que, en cuanto comenzara la guerra, partieran en caravana transportando enormes cajones con plata labrada de alto valor, zurrones con monedas de plata, candelabros, crucifijos, adornos y joyas de alto valor. Todo fue incautado para la causa patriota. A su regreso convergieron con otra comitiva que portaba dinero y armamento, vituallas y ayuda militar que el Virrey enviaba a O´Reilly. Todo fue confiscado. El botín fue muy apreciado por la superioridad. Igualmente, algunos guerrilleros, en trabajo encubierto en la ciudad, habían detenido a los delincuentes que aprovechando los momentos más arduos de la contienda bélica a las afueras de la ciudad, se habían dedicado a saquear los comercios y casas más opulentas.

Por orden superior, el ejército triunfante quedó en el Cerro de Pasco seis días más durante los cuales, los heridos –especialmente el general Arenales- se repusieron de los graves daños sufridos; el resto de la tropa, descansó reponiendo las fuerzas perdidas. En todo ese tiempo recibieron continuos homenajes del pueblo. Los campesinos les facilitaron todo lo necesario para su manutención. Cuando se averiguó porque el pueblo tenía gran predisposición para apoyar la causa libertaria, cayeron en la cuenta que todo se debía a la regia campaña propagandística que desde años atrás había circulado en la ciudad minera, aumentada por la que el General don José de San Martín realizó en su oportunidad. Muchos emisarios secretos, principalmente muleros, habían convencido a los hombres y repartido infinidad de proclamas impresas en castellano y quechua que avivaron los sentimientos independentistas; tan así es que, los que habían conseguido uno o más de estos papeles, los guardaban con una fe reverente y entusiasta como valiosa adquisición, y se servían de ellos como un pasaporte o un titulo que se los enseñaban a los patriotas para comprobar su amor y adhesión a la causa de la independencia. Los jefes, oficiales y soldados, se enteraron que en el Cerro de Pasco se había luchado activamente en 1742, 1780, 1810 contra la infamia del yugo español. Y si bien es cierto que la opresión era celosamente impuesta, no es menos cierto que el pueblo había sabido complotar para derrotar a los realistas. En 1811 se había convulsionado cuando los españoles apresaron aquellos abnegados patriotas que, a riesgo de sus vidas, repartían las consignas y proclamas escritas a mano. Ellos fueron, Mariano Cárdenas y Manuel Rivera. Al mercedario Mariano Aspiazu, jefe de éstos, no fue habido. Se les condenó a trabajos forzados, pagando de esta manera, la osadía de desafiar al poder español justo en el lugar de su sustento económico, en donde, desde 1780, se venía luchando abiertamente por la independencia.

Por ese tiempo regresó del cuartel general, el ayudante don Florentino Arenales que condujera el parte de la victoria de Pasco; él informó que mientras la división Arenales había efectuado su recorrido por Ica, Huancavelica, Huamanga, Tarma y el Cerro de Pasco, el general San Martín embarcaba en Pisco con el resto de la expedición; luego de una visita al Callao, descendiendo a la costa norte de Lima, había vuelto a desembarcar en el puerto de Huacho a principios de noviembre.