La Anquicha


No se trataba de una preciosidad de mujer, pero tampoco de uno de aquellos esperpentos que por sus rasgos toscos u hombrunos hiciera huir a sus marchantes. Tenía un discreto encanto que, poco a poco, se apoderaba de uno con un ímpetu indefinible que atraía con fuerza. Diríamos como los entendidos que estaba dotada de ese secreto encanto que muy pocas mujeres pueden lucir: sex –appeal; vernáculo, pero sex-appeal; un hechizo que envolvía con sus invisibles lianas el corazón y, sobre todo, el siempre vigente deseo de los garañones mineros. De mediana estatura, flancos poderosos, senos alzados y recios, cintura estrecha, pletórica de salud, con una confianza enorme en sí misma, tenía anudado en el vuelo de sus polleras el corazón de muchos hombres. Ni jovencita, ni vieja; mujer de “medio tiempo”. Siempre vestida con ropas sencillas; no con la opulencia de las señoras de muchos bienes económicos, ni la paupérrima pobreza de las cholitas desamparadas; aquellas con abrigos entallados de la última moda, y éstas, con modestas catas de castilla. No. Llevaba una vestimenta, con el número indispensable de polleras para su abrigo y comodidad; sobre éstas, la falda de organdí con bordados de flores, mandil de tocuyo floreado con amplias faltriqueras donde guardaba sus “ganancias”. En la parte superior, la polka ceñida con interiores de franela para evitar el escozor de la cobertura de “coca saco”; chompa de lana, tejida por ella misma y, finalmente, un florido pañolón de “Alaska” que la fábrica Maranganí promocionó en la sierra. Cubriéndole la cabeza, siempre un sombrero de fieltro a medio lado; primero un “Borsalino”, más tarde un “Stetson”, y finalmente -su economía en picada-, uno de fieltro tosco: “Arregui”. Nunca usó sombrero blanco de paja. No le gustaba. No era muy chola para ponérselo, decía. Su cuidado personal era muy escrupuloso. Cada media semana, con su “quipecito” de ropa limpia iba a los baños de la compañía norteamericana y se pegaba un duchazo prolijo; peinaba sus abundosos cabellos acomodándolos en dos trenzas gruesas y enormes

Después de haber sido lavandera en Patarcocha, tuvo que dejar la actividad tras una pulmonía que superó bajando de urgencia a Huariaca. Allí el aire benéfico con abundante oxígeno y su clima abrigado le repusieron la salud. Después se convirtió en trabajadora del hogar, en sirvienta, pero no se acostumbró. Todos los patrones que tuvo, trataron de “abusar” de ella. El primero fue un ingeniero en cuya casa trabajaba. Una noche que llegó borracho entró en su dormitorio y sin mediar palabra alguna la sometió a su dominio lascivo y la desfloró. Cuando la vio llorosa sacó una libra y se la puso en las manos. ¡Estaba pagada!. “El maldito “Veneno” Probaño, me rompió”- dijo. Después ejerció de vendedora de tamales, pero fracasó. No toleraba que los compradores le llevaran la contraria. Tras sonados líos con sus clientes optó por “mandar todo a rodar” y decidió que era el momento de explotar sus encantos. Se convirtió en cotidiana asistente a los bares y restaurantes de la ciudad. Jamás le faltó un pan para llevarse a la boca ni un trago para disipar su soledad; porque vivía sola. “No tengo ni un perrito que me ladre” decía. Los bohemios, especialmente los mineros, sabían muy bien que colmándole los manteles de los restaurantes tendrían la recompensa de las sábanas de su cama. Así era ella, no permitía melindres ni candideces. Sus favores los cobraba con creces. Vivía orgullosa de su cuna. Sin admitir réplicas decía: “Yo nací cerca de Dios, donde al cóndor le da soroche y a la llama le da calambres. Soy del Cerro de Pasco”. Era muy zahorí. Al pasar rápida revista de los parroquianos, descubría en un santiamén al líder del grupo que estaba bebiendo. El rito cotidiano comenzaba cuando, estudiado el terreno y las características de sus “víctimas”, arrastraba su silla, y sin más, se sentaba a la mesa junto al más gastador; ya en el transcurso de la “huasca” iría a elegir a quien sería su pareja de esa noche. Jamás nadie le hizo ningún desaire. Nadie se atrevió a “ningunearla”. Era una mujer, todo coraje, en un ambiente de pusilánimes; decidida y emprendedora en un mundo de indecisos; arrolladora, cuando en derredor de ella, las mujeres se agazapaban para llorar el abuso de los maridos o amantes; viperina y arrebatada que no permitía ningún abuso, menos con las mujeres. Ella sabía que la admiración y el homenaje que el pueblo le tributaba, le facultaban para actuar así, con desparpajo y marcado orgullo. Todos recordaban cómo, para la muerte del Prefecto, indignadísima, encabezó el movimiento femenino para expulsar al tirano que nos sojuzgaba. Con un garrote en las manos, el grito conminatorio en la garganta quebrada de indignación, liderando una horda femenina corrió por los comercios, chinganas, “toneladas”, restaurantes y bares, ordenando su cierre para que la gente saliera a protestar a las calles. Fatalmente, aquella tarde, fue tanta la indignación del pueblo que no terminó sino hasta verlo muerto. Cuando acometió la represión, fue de las primeras en caer. Lucía flamígera en todas las fotos que Barzola había tomado. Nunca lo negó. Estuvo encerrada en la cárcel cerreña, la más dantesca mazmorra del mundo, de paredes de piedra, cubiertas de musgo siempre verde y húmedo, techos de calaminas viejas que originaba una gotera inacabable en donde lluvias y nieves son aberrantemente continuas. Una prisión helada donde el frío espantoso, agravado por el agua que circula sobre el piso del empedrado, la hace insufrible. Seguramente ni en la Siberia sufrirían tanto los presos como aquí. Entre tanto, en el colmo de la ignominia y el abuso, diariamente la sacaban enmarrocada, paseándola por las calles a empujones como a una vulgar delincuente. Querían lucirla escarnecida, humillada y rendida, “para escarmiento de las cholas” como decían las autoridades. Ella jamás arrugó. Había que verla: Desfilando serena y altiva por las calles céntricas, ignominiosa pasarela del escarnio, en ese momento. Sus ojos fulguraban de orgullo cuando, muchos cobardes que la miraban, se orinaban de miedo, temblando ante lo que les podía hacer aquel engendro de la estupidez y el abuso llamado Alejandro Esparza Zañartu, un nombre para la nómina de mal nacidos, sirviente incondicional del arrogante tarmeño Odría, como antes lo había sido Damián Mústiga, insignificante y venenoso como una ladilla, chupamedias del “Mocho” Sánchez Cerro. Su mirada límpida de valentía y orgullo en la vida jamás fue domeñada. El trayecto de la cárcel al juzgado, era vía del diario peregrinaje de la mujer valiente. Todos la habían visto y, todos, sin excepción, aprendieron a admirarla. En la cárcel también tuvo que luchar bastante. Cuando cumplido su “franco” los guardias republicanos regresaban a la cárcel, al verla dormida, trataban de abusar de ella, pero en cuanto entraban como fieras hambrientas, la Anquicha se ponía de pie y, como el más experto de los peleadores, defendía su honor con uñas y dientes. Sus gritos despertaban a los otras mujeres y llegaban al pabellón de hombres que con gritos y zapateos de protesta calmaban a los abusivos. Muchos “repuchos” quedaron con las huellas de su valentía hasta que aprendieron a respetarla Eso era semanalmente, hasta que un día conoció el amor; el único amor de su vida. Cuando lo vio por primera vez, quedó admirada. Era un guardia republicano, fortachón, de raza indefinible, de talla más que mediana pero de enorme envergadura; espaldas amplias y musculosas que se iniciaban en un cuello de buey, grueso, desmedidamente enorme; brazos recios de bíceps y tríceps notables y marcados; manos gigantescas con dedos gruesos como morcillas; cintura breve pero musculosa; muslos enormes y bien proporcionados con piernas gruesas y gemelos bien definidos, perfectamente dibujados debajo de la piel brillosa. El rostro oscuro, terroso, ojos achinados como los de un japonés; labios carnosos y prominentes como los de un negro; cabeza pequeña y poderosa de pelos hirsutos y rebeldes como de un aimara. Era una extraña mezcla de razas que habían dado ese producto. Parecía un gladiador y en realidad lo era. Su enorme afición al box era excluyente. La superioridad le había permitido que, en una cuadra hermética, aledaña al reclusorio de mujeres, instalara su gimnasio. Allí colgaba bolsas de arena, pera, mancuernas y sogas. De madrugada entraba a ejercitarse. Primero sogas, con la que hacía maravillas como si estuviera flotando en el aire sin peso alguno, luego sombra, con un mellado espejo fijado a la pared de piedra; después saco y pera. En ese lapso de dos horas, el hombre transpiraba a raudales. La Anquicha, sin hacer caso de las otras reclusas, le contemplaba extasiada por la mirilla, muda de asombro, viendo el cuerpo sudoroso que emanaba agresivos olores que la ponía nerviosa e inquieta. Eso diariamente. Procedió a averiguar su vida y se enteró que había sido remitido de Lima para cumplir un castigo por “haber desobedecido una orden de un oficial”. Eso era todo. El hombre, ¡claro! se dio cuenta de la muda admiración de su furtiva observadora. Un domingo que los visitantes se retiraban, él, sin aviso previo ni pronunciar una sola palabra, la tomó de la mano y la llevó a un escondite donde había un alijo de colchonetas, le levantó las polleras y la hizo suya. La Anquicha tampoco habló pero gozó como nunca. Los encuentros amorosos se sucedieron con gran regularidad –sin duda alcahueteados por los otros repuchos- pero en todo ese lapso, él no dijo una sola palabra. No hablaba pero, en silencio, dejó una cobijas nuevas sobre la cama de ella, otro día, caramelos, otro, galletas; eran regalos de su mudo amor. La Anquicha dedujo que él la quería y comenzó a soñar. Al salir libre de la cárcel se casaría con él aunque no dijera una sola palabra. Total, lo que ella necesitaba era amor y protección y no cháchara vacía. Quería un compañero para el resto de sus días. No importaba que él no se quedara; por lo menos, debía dejarla un hijo; por eso un día, cuando desbordada de pasión lo tenía consigo, acercó sus labios a los oídos del semental y, jadeante y urgida, masculló un pedido, mezcla de súplica y mandato:

-¡Préñame!.

No hubo caso. Más tarde descubrió que las bebidas que le proporcionaba una huanuqueña para que no tuviera hijos, la había vuelto estéril. Esta huanuqueña especialista en “chamiquear” a los hombres, la había desgraciado para toda su vida. Nunca podría tener hijos. Un día el “repucho” desapareció como había venido, en silencio; ni su nombre llegó a saber, pero le dejó el sabor de un amor intenso e inolvidable.

Fijado Lima como lugar del proceso judicial, fue trasladada junto con los otras presos, para ser juzgada. En la cárcel de mujeres se hizo íntima de Isabel Pedraza, “La Rayo”, aquella negra ágil como un gato y audaz como un cernícalo que, al verla llegar, mirándola con emoción y respeto, le dijo “Tú eres bien macha, me he enterado que lideraste a las mujeres de tu pueblo para sacarle su mierda a un abusivo. ¡Eres de las nuestras!. No eres ninguna cojuda. Desde ahora compartirás con nosotras todo lo que alcancemos y nadie te faltará el respeto. Avísanos nomás quien trata de joderte. Nosotros nos encargaremos de hacerle comer su mierda”. Fue presentada a la capataz, que también “le agarró cariño”. Ésta era Josefina Huerta, conocida por el mote de “Tormenta”, triunfante luchadora de cachascán, en su recorrido por entarimados peruanos de los cincuenta; había dado cuenta de consagradas luchadoras como la “Norcoreana”, “La Siciliana”, “La Salvaje” y otras campeonas. Un día que encontró a su marido encamado con su vecina, presa de una ira homicida, dio cuenta de los dos traidores. Cuando llegó la policía, ambos tenían el cuello roto. Ahora es la “capo” del pabellón de las comunes, amiga de las presas políticas en sus encuentros en el patio principal. “La Anquicha” que ejercía la jefatura del grupo recién llegado, abogó también por su clan cerreño: Paulina Ventura Cabello, Ignacia Martel Calero, Rafaela Romero Ayala, Fortunata Orihuela Cavilla, y ella, Angélica Panduro Ricapa. Este grupo, protegido por “Tormenta”, había concitado el respeto de las reclusas porque habían dado cuenta –no de un sujeto cualquiera- sino de un poderoso; de un Prefecto. Es más, “Tormenta” le enseñó con lujo de detalles dónde y cómo golpear en las zonas más sensibles y estratégicas del cuerpo humano, lección que aprendió con creces y puso en práctica cuantas veces le fue necesario.

Nueve años estuvo en la cárcel de mujeres donde hizo muchísimas amigas. En ese lapso descubrió muchos secretos femeninos, argucias y “mañoserías” que puso en práctica a su salida por la amnistía general para los presos políticos. Ya la “Anquicha” se había “achorado” y comenzó a hacer valer sus “experiencias”, de las buenas y de las otras; por eso los marchantes se cuidaban de ofenderla. Levantisca y escandalosa, castigaría la pedantería o el desprecio. Nadie estaba dispuesto a jugarse esa carta. Algunas veces –muy raras, por supuesto- llegaba a la mesa que quería, muy comedida y amable, llevando sus dos botellas de cerveza. Las ponía encima y al instante estaba participando de la conversación. Estaba precisamente enterada de todos los acontecimientos de la vida diaria de su pueblo, su Cerro de Pasco. Conocía de las virtudes y las debilidades de los “grandes” y de los otros. Su conversación era muy activa. A los recién llegados, informaba de las ventajas de su pueblo, de las posibilidades en el comercio o la industria, pero sobre todo, en el amor. Fue la anfitriona, obsequiosa y graciosa que acompañaba al visitante hasta donde éste permitiera que lo hiciera, pero en toda esa tarea, sacaba pecuniaria ventaja que le permitía seguir adelante. Siempre tuvo cuidado de no chocar con los grandes; es más, a ellos y sus mujeres, saludaba con especial respeto; no fueran a enojarse. Como el resto del pueblo la conocía, la toleraban con mucha condescendencia. Su conducta disipada y aventurera, era un secreto a voces.

Claro que algunas veces tuvo problemas, especialmente con la policía. Era generalmente porque, algún visitante, pensando que por chola, se callaría, se negaba a pagarle sus servicios. En ese momento “le salía la india” y castigaba al agresor. Le quitaba su plata y le pegaba. Era muy mujer para hacerlo; chola poderosa, zamaqueaba a su víctima, y fugaba. Era lógico que nadie la alcanzara, no sólo porque siempre estaba en forma, sino porque conocía la ciudad con sus recovecos, callejones, caserones, atajos y demás escondrijos de los que la ciudad era pródiga para despistar al persecutor. Hasta los canes pueblerinos que la conocían, enmudecían, cómplices, en sus correrías. Las pocas veces que cayó en cana, no le probaron nada. El “cuerpo del delito” había desparecido como por encanto. Más tarde ella lo recuperaría con creces. Lo había dejado a buen recaudo en un escondrijo que sólo ella conocía. Si a pedido del agraviado debía quedarse encerrada, algún policía amigo, generalmente uno de los que se habían beneficiado de su celestinaje, le alcanzaban una cobija y, al día siguiente, salía indefectiblemente. Bueno, total, la “Anquicha” era una parte fogosamente vigente de la ciudad. Un ser especial.

Todos sabían quién era la “Anquicha”. Inclusive, haciendo alusiones canibalísticas, decían muy orondos: “Si no te has comido a la Anquicha, no eres cerreño”, es decir que quien no había gozado de sus intimidades sexuales, no era cerreño. Todos la conocían, pero pocos sabían que apellidaba Panduro Ricapa. Bueno, a nadie le importaba. En nuestro pueblo, no hace falta el apellido cuando el nombre de alguien toma carta de ciudadanía. Aquí rápidamente se identifica cuando se habla de esos seres que han nacido con calor popular y estima general del pueblo. “Capachón”, “Chuño”, “Patas a la Oreja”, “Chorreao”, “Pecas”, “Rogromanca”, “Sirriachi”, “Mufle”, “Agatón”, “Trueno”, “Piñachuncho”, “Cura Bolo”, “Mote”, “Gran Chichí”, “Poeta” etc. A este grupo de privilegiados del efecto popular pertenecía la “Anquicha”.

La conocí mejor en el entierro de “Patas a la Oreja”, cuando apesadumbrado de ese drama tan patético, me encontraba silencioso y adolorido en un rincón del cementerio. Ella estaba de servicio y me alcanzó un copón de chinguirito que la “Chapi” Quintana había llevado al camposanto. “Sírvete, papito” -me dijo- “Yo también estoy sufriendo por nuestro pobre “Patas”. “Él te quería y respetaba mucho, como yo, papito; lo sé, porque él mismo me lo ha dicho” “!Sírvete!”.

Otra noche, en el velorio de “San Martín”, -un cargador patilludo como nuestro libertador-, nos amanecimos conversando. Me relató al detalle de todo lo que le había acontecido el 48, cuando la muerte del Prefecto: “Era un demonio, papito –me dijo- y debe estar en el infierno. No puede estar en otra parte ese mal nacido. Era un abusivo. A la viejita “Lulli” Sacristán, la zarandeaba cuantas veces quería porque ella vendía comida con su ollita a la puerta de la Prefectura. Un día de pago, al ver tanta gente que le consumía, de un patadón arrojó muy lejos su olla y la Lully se quedo sin nada, llorando, desamparada. Esa viejecita, abandonada por sus hijos, solamente así se mantenía. ¡Cuántas cosas hizo el malvado, hijo de perra!. Hasta el pobre “Gardelito” –Tú conocerás, papito, al hermano de los Paulino, sastres y peluqueros de la Calle del Marqués que tenían un hermano idiota que caminaba por la calle sin saber ni quién era- Bueno, un día que el malnacido venía por la puerta de Kukurelo, se encontró con el pobre “Gardelito” que andaba por la misma vereda; de un manotazo lo arrojó sobre la acequia que estaba llena de agua donde el pobre comenzó a temblar con su epilepsia. Él se quedó riendo como un animal y sólo cuando se fue, levantaron a “Gardelito”. También pegaba a los canillitas que se le cruzaban en la calle. A nadie respetaba. La única que lo “pasaba” era la “Payasa”, chuchumeca coquetona, pintarrajeada como si estuviera en carnavales que se encamaba con el maldito grandazo, sin que la Omara se enterara. Nosotras lo odiábamos, especialmente cuando nos echó de su oficina como si fuéramos perras asquerosas. Ahh pero la “Opa” Paula le hizo pagar sus abusos. Bailó sobre su cadáver cuando el pueblo dio cuenta del maldito. Aquella tarde todos estuvimos juntos para sacarle su mierda. Me acuerdo del “Catarro” Bartola, el “Chato” Miraval, Atilio León, Lucho Llanos, Patricio Chahua, Humberto Luis y muchos cerreños machos, carajo. El relato de todas las iniquidades del Prefecto, la asonada, la represalia, su apresamiento, su juzgamiento en Lima y todo lo demás me contó aquella noche. “Un día, cuando ya había pasado tanto tiempo –siguió contando tras el cargado café que invitaron los dolientes- llegaron a la cárcel, el Prefecto Lanfranco, el comisario Bandini y otro cachaco que había llegado de Lima para decirnos que nos daba tres días de plazo para preparar nuestra ropa y otras cositas necesarias para viajar a Lima donde nos juzgarían. ¡Dios mío, que emoción, papito!. ¡Por fin nos juzgarían y sabríamos a qué atenernos!. Como sea nos preparamos los 120 que estábamos encerrados, al final sólo nos dijeron que viajaríamos 29: Veintitrés hombres y cinco mujeres. Entre mujeres estábamos, nuestra “Opa” Paula, la “Inacha” Martel, la “Rafa” Romero, la “Fortucha” Orihuela y yo. El cachaco nos dijo que, en consideración a tanto tiempo que estábamos encerrados, nos llevarían para ser juzgados; que deberíamos portarnos bien, sin alterar el orden, porque de hacerlo nos balearían. Efectivamente, papito, nos llevaron a la Estación enmarrocados para no escaparnos, con gran cantidad de cachacos cuidándonos, como si fuéramos abigeos o enemigos del Perú. En la estación nos subieron, no a los coches como pensábamos, sino a la bodega, donde llevan a los animales. No había ni a dónde sentarnos. Las puertas con armellas y tremendos candados. Enfrente, sobre un enorme cajón, habían colocado una ametralladora bien cargada que dispararían al menos escándalo que hiciéramos. En cada esquina de la bodega, dos cachacos de la republicana, también armados. Como no había ni una ventana, no sabíamos ni a dónde estábamos. Solo cuando preparaban las ametralladoras y los fusiles, sabíamos que estábamos entrando en una estación. En ese momento el capitán que era el jefe, nos hacía shhhh, y teníamos que permanecer en silencio mientras durara nuestra permanencia en la estación. Temían que, el pueblo, al enterarse de que estábamos siendo llevados como animales, nos rescatarían. Porque la verdad era esa, papito; todo el pueblo estaba indignado. Hasta ese momento, sólo el Comité de Defensa de los detenidos que presidía doña Teresa de la Matta –la mujer de Agüero, de la calle Lima- nos había ayudado. Ella se movió como nadie. Publicó avisos en el periódico y radios para que nos ayuden a juntar plata para pagar nuestra defensa en el juicio. Cuando llegamos a Lima, los periódicos nos sacaron diciendo “Ya llegaron los asesinos”, especialmente “El Comercio” y “La Prensa”. En la cárcel de mujeres nos recibieron como hermanas, con admiración, porque le habíamos sacado el alma al abusivo, a aquel maldito que siempre andaba armado con su pistola, por eso el “Capachón Minaya” le puso el apodo de “Pancho Pistolas”. Claro, una que otra presa nos miraba con sobradera pero ahí conocí a la querida de “Tatán”, a la negra que le decían “La Rayo”, la “faite” del penal. Ella se hizo mi “adú”.

Nunca vi llorar a una mujer con tanta indignación como entonces. Los años que decantan o encienden pasiones, le habían marcado con signos de fuego. Un odio acérrimo lo acompañó hasta los últimos instantes de su vida. A partir de entonces, mi admiración y mi respeto, siempre estuvo con ella. De su parte también. Cuando me veía en la calle me saludaba con mucho acatamiento.

Un día me encontré accidentalmente con ella. Venía con paso cansino, completamente débil. Al verla tan deprimida, la detuve para preguntarle por qué se encontraba así. Su estado era deplorable. Era un ser sumamente pálido, hueso y pellejo, con una ojeras espantosas. “¿Qué tienes?. –le pregunté. “No sé papito, pero ya no puedo más. Nada recibe mi estómago y sueño nomás me gana. No sé qué es lo que voy hacer”. Estaba tan mal la pobre mujer que, de inmediato me dirigí al Hospital Carrión y hablé con don Pedro Santiváñez, jefe de enfermeros, para que pudiera hacer algo por la enferma. La internaron como indigente. Más tarde me informaron que estaba muy mal, que requería de un especial tratamiento para reanimarla porque se encontraba muy débil, al extremo de encontrarse anémica. Gracias al celo de don Pedro, el ecónomo “Chacalhua” Ramírez, debía dotar de alimentación especial a la pobre mujer. A partir del día siguiente, ya tratada de sus males estomacales, la “Anquicha” ingería abundante leche y diariamente le servían sus churrascos con huevos fritos y tostadas. Aquello fue inolvidable. Había que verla. Estuvo dos meses recobrándose hasta que volvió a ser la mujer poderosa de antes. Como ya se sentía muy bien, aprovechó la llegada de las Fiestas Patrias para pedirle a don Pedro que le diera de alta. Lo logró. Salió del Hospital el 28 de julio a las nueve de la mañana. Eso, naturalmente, yo lo ignoraba. El caso es que, como siempre se ha estilado para esas fechas, los profesores del Instituto Industrial estábamos bien “pijes” con ternos nuevos, listos para el desfile, en medio de las calles que además de embanderadas, lucían con la totalidad del pueblo, ansioso de ver desfilar a los mejores muchachos cerreños. Nos encontrábamos en la plaza principal esperando que comenzara el “Te Deum”, cuando sin que lo advirtiera, apareció delante de mí la resucitada Anquicha, “huasca” como una cuba, y sin que pudiera evitarlo, me abrazó y me colmó de besos, en medio de la sorprendida algarabía de mis colegas y público curioso ahí presente. Lo que ellos no podían escuchar eran sus palabras cargadas de gratitud por las gestiones que había hecho en el hospital. Entre lágrimas y besos me agradecía el que la hubiera tenido en el hospital hasta curarse. (Creía que yo había solventado el gasto de su permanencia en el nosocomio). Los que me miraban creían que era un reencuentro entre dos amantes que se querían. Yo, ya nada pude hacer para quitar esa impresión de sus cabezas, pero desde entonces, su respeto fue más grande para mí.

Las pocas veces que volví a verla observé que ya no estaba sola. En los brazos llevaba a un perrito muy pequeño y, caminando a su lado, otro mucho más grande: sus compañeros. Los animales, como si supieran, permanecían en silencio, sentados uno en su falda y otro a su lado. “Ya no soy una mujer sola, papito”, me decía y los perros movían la cola como si entendieran Transcurrieron los años y dejé de verla. Una vez que viajé a Lima, por motivos de trabajo, murió. No pude estar en su funeral, pero la pena que invadió mi espíritu fue tan grande, que a mi retorno llegué hasta su tumba para elevar una oración por su alma. Los perros famélicos no se movían de su sepulcro.

Así era la Anquicha, que en paz descanse.

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