Integrantes de la Hermandad de la Virgen del Tránsito (1960)

Grupo de socias de la hermandad de la Virgen del  Tránsito a la salida de su santuario ubicado en la plazuela Ijurra, debajo de la Casa del Deporte. Se aprestan a dejar el viejo santuario para sacar en reverente procesión a su Matrona. La casi totalidad de estas señoras han partido al viaje sin retorno. Todas ellas han dejado grandes recuerdos El santuario al que se le había cambiado la fecha de fundación (1914) por (1960) en que se abandonaba para ser demolido, se ubicaba  en la Plazuela Ijurra en cuyo ámbito vivían conocidas familias como las Baldoceda,  Yanútulo, Caballero, Castillo, Fúnegra, Remuzgo, Rocca, Cruz, Braown, etc. Esta calle ha desaparecido para dar paso el tétrico Tajo Abierto, tumba de nuestro pueblo mártir.
Grupo de socias de la hermandad de la Virgen del Tránsito a la salida de su santuario ubicado en la plazuela Ijurra, debajo de la Casa del Deporte. Se aprestan a dejar el viejo santuario para sacar en reverente procesión a su Matrona. La casi totalidad de estas señoras han partido al viaje sin retorno. Todas ellas han dejado grandes recuerdos El santuario al que se le había cambiado la fecha de fundación (1914) por (1960) en que se abandonaba para ser demolido, se ubicaba en la Plazuela Ijurra en cuyo ámbito vivían conocidas familias como las Baldoceda, Yanútulo, Caballero, Castillo, Fúnegra, Remuzgo, Rocca, Cruz, Braown, etc. Esta calle ha desaparecido para dar paso el tétrico Tajo Abierto, tumba de nuestro pueblo mártir.

.Otro sí digo:

Después de la reunión que tuvimos el último sábado (Octubre del 2015) con los amigos de nuestra tierra, tuvimos una serie de noticias que nos han conmovido mucho. En primer lugar los decesos de amigos entrañables que nos han dejado y cuyas muertes lamentamos.

Arturo Cadema, notable basquetbolista que estaba hace tiempo afincado en Lima, falleció víctima de penosa enfermedad. Estuvimos en sus funerales donde son encontramos con muchos amigos que compartieron con él escenarios deportivos y lo recuerdan con mucho afecto. Fue muy sentida su despedida.

Sabemos también del fallecimiento de Javier Pagán, joven futbolista más conocido por “Pastoriza”, que hace algunos días nos dejó. Hacemos llegar nuestras condolencias a su señora esposa y a sus hijos. Otro futbolista que también se ha ido, es Portilla, aquel extraordinario back central de las selecciones de Atacocha que ha dejado grandes recuerdos en los que lo conocimos.

Y de Ambo (Huánuco) hemos recibido la noticia de que hace unos días han sepultado a nuestro gran amigo José “Pepe” Fuster, más conocido por el mote de ZAPATÓN, excelente arquero con el que compartimos inolvidable tardes deportivas. Ha fallecido tras lamentable enfermedad. Pedimos al Todopoderoso paz y descanso eterno para las almas de nuestros amigos queridos.

Queremos, a través de este espacio -por otra parte- hacer llegar nuestro saludo cariñoso a Valenzuela, inolvidable futbolista del Centro Tarmeño y las selecciones de Pasco, más conocido por “Chessmann”, deseando su pronto restablecimiento.

Un saludo especial para mi hermano Félix Luquillas Hualpa que sigue laborando en Ambo conduciendo un programa de difusión de nuestra música. Un abrazo desde la distancia a mi querido “Mandela”.

Nuestra felicitación muy efusiva a Pepe Alfonso García que se ha sumado al elenco artístico del exitoso programa AL FONDO HAY SITIO. ¡Buena, Pepe!

Antes de comenzar con el tema del día, un saludo cordial a nuestro amigo Clemente Avellaneda Romero a quien extrañamos bastante.

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La iglesia de Santa Rosa

Tras once días de impetuosa tempestad de nieve que estuvo a punto de hacer desaparecer a  nuestro naciente pueblo minero –primeros días de 1610- la nieve cesó y los rayos del sol la convirtieron en riadas impetuosas que arrastraron todo lo que encontraron a su paso. Invadieron casas, casonas, caserones y rancherías. Bajaban tronantes desde Chaupimarca -centro de la naciente ciudad-  inundando enormes extensiones y  “ahogando” las minas de “Santa Rosa”, “San Expedito”, “Cayac Grande”, ”Mare Nostrum”, “Barcelona” y “La Caprichosa”, cuyas entradas estaban desprotegidas. Los lugares empantanados entorpecían el traslado de los viandantes que luchando en equipo lograron superar el estropicio de los aniegos. Les costó mucho tiempo y esfuerzo. Cuando la tierra volvió a adquirir su sequedad acostumbrada, decidieron cumplir con la promesa de construir la iglesia. Eligieron primeramente un lugar elevado; una imponente alcarria que por un lado tenía un farallón cortado a pico y, por el otro, el camino que lo comunicaba con la ciudad. Allí aposentarían la Casa del Señor. Se la podría ver claramente de cualquier punto de la ciudad. Al lado, no muy distante, el cementerio. Un altozano donde reposarían los restos de los difuntos.

En tarea comunitaria, como lo hacían sus ancestros, los alarifes convinieron tamaños y distancias ejecutando trazos marcados con cal; los canteros cuadraron y tallaron piedras para los cimientos; los albañiles armaron galeras donde apisonaron con mazos enormes el barro mezclado con “ichu” para  las paredes. Trabajaron entusiasmados. Las cuadrillas se sucedieron por turnos rigurosos y los materiales fueron traídos de lugares lejanos. Las fraguas ardieron sin cesar en una perenne crepitación para hacer clavos, bisagras, remaches, junturas, escuadras; el ruido de martillos, sierras y fraguas  sólo enmudecían bien entrada la noche. Con la presencia de fray Sancho de Córdova, las paredes crecieron rápidamente; después, armaron crucetas y tijerales con duras maderas de montaña para que, urdidores de leyenda, extendieran la trama y tejieran el techo de paja a dos aguas. Para finalizar colocaron un enorme portalón lo suficientemente grande por donde pudiera sacarse la imagen en procesión.

No era un alarde de técnica o monumentalidad. Tenía una sola nave central con un pequeño baptisterio a la derecha y sacristía a la izquierda. Al centro, el púlpito, al que se llegaba por una breve escalerilla y, enfrente, un breve confesionario. Las gruesas paredes con cuatro amplios ventanales fueron reforzadas por columnas adicionales para el lado de afuera. Del piso al techo, había una altura de cinco metros a fin de que no falte oxígeno cuando los fieles atiborraran los altares de velas, cirios y velones. Era un templo tan simple y sencillo, completamente recoleto. En frente, el Altar Mayor con un majestuoso Cristo de tres clavos, de enjuta anatomía  lacerada, mostrando sangrantes llagas y la cabeza inclinada hacia la derecha, presidiéndolo; al lado derecho, la imagen epónima de la bella Santa Rosa de Lima, venerada en todo el Perú y América.  El pueblo al “ver” la “indolencia” del hasta entonces patrono del pueblo: San Esteban, decidieron por consenso cambiarlo por Santa Rosa, erigiéndole esta iglesia. Así también lo dispuso el obispo Toribio de Mogrovejo a su paso por la ciudad minera y, así quedó nominada: Iglesia de Santa Rosa. Él mismo que la había confirmado y convertido en admirador de la santa milagrosa, determinó que así se llamara. Eran tiempos en que en una población heterogénea, mezcla de españoles, indios, mestizos, negros y criollos,  con pocos años de diferencia, habían surgido cinco Santos, tres de ellos nacidos en España –Santo Toribio, San Francisco Solano y San Juan Masías – y dos nativos, Santa Rosa y San Martín de Porres. En parte preferencial del altar, la Virgen Dolorosa, de rasgos finos e idealizados; en la mano derecha llevaba un paño y en la izquierda la corona de espinas; vestía toca de viuda a la usanza sevillana y manto negro sobre túnica blanca; su cabeza coronada de estrellas según la versión del Apocalipsis de San Juan. Al costado, apoyado sobre una columna gótica, el cuerpo magullado de Cristo inmediatamente después de la flagelación, cubierto con túnica encarnada, llevando sobre las muñecas sangrantes una caña que sus captores le han puesto como un cetro de gobierno.

El día que bendijeron la Casa de Dios, de todos los rincones de la meseta central llegaron los fieles a rendir pleitesía al novísimo templo. Después de la pomposa misa solemne y con el marco de primitivas chirimías, tambores y clarines, sacaron en procesión a la flamante matrona de la ciudad minera. Un cronista de aquellos tiempos, decía: “Se adornaron todas las calles con espejos, láminas,  pinturas y ricas colgaduras. El suelo por donde debía pasar la procesión, se cubrió con ricas mantas tejidas por los indios, así como con varias flores y hierbas olorosas con las que también confeccionaron arcos y enramadas. Al salir del templo, por delante iban quince compañías de indios con sus capitanes ricamente vestidos a la usanza nativa, con arcos, flechas, lanzas de chontas y dardos y macanas doradas, plateadas y otras vistosamente coloreadas. Le seguía un numeroso acompañamiento imitando, al uso de los incas,  ricamente trajeados. Escoltaban a quienes representaban a sus monarcas incas hasta llegar a Atahualpa. Seguía como centro de homenaje, la sacratísima Rosa de Lima sobre riquísimas andas cubiertas de piedras preciosas y perlas sobre níveo paño de pana. Ella iba delante llevada por las nacientes hermandades. El cortejo era presidido por fray Sancho de Córdova. Los fieles iban tan conmovidos de agradecimiento que sus cánticos eran regados con lágrimas de gratitud.

Aquella primigenia iglesia se había construido como todo en la ciudad, suponiendo  que en corto tiempo –agotados los ricos filones de oro y plata-     desaparecería. Desde aquellos tiempos, el poblado parecía un campamento beduino, armado provisionalmente, listo para ser abandonado apenas desaparecieran las vetas. En una mueca de sardónica ironía los filones siguieron   aflorando pródigos por más de cinco siglos, venciendo agoreras predicciones de incontables pesimistas que sí han desaparecido. De éstos, ni siquiera sus huesos han quedado. Esta primigenia iglesia cerreña estuvo cobijando bajo sus techos la fe de nuestro pueblo por 136 años. El dantesco terremoto del 28 de octubre de 1746 lo echó por los suelos. Tuvo que pasar unos años para que erigieran la iglesia de San Miguel de Chaupimarca.

Españoles en la Ciudad Real de Minas

Estos hombres que, según Ruggiero Romano, habían despreciado los duros oficios para destinarlos a moros y judíos, al invadir nuestras tierras, protagonizaron uno de los períodos más dolorosos de nuestra historia. A la inicial ola de 607, siguieron otros 534 que en España eran unos pobres diablos y no habían llegado a ofrecer sus servicios en “Iglesia, Casa o Mar”. Ortega y Gasset sostuvo que “el conquistador español se convirtió en un hombre nuevo ni bien llegó a América”. Gonzalo Reparaz, que “los españoles se instalaron en Indias, no como clase directora, sino como casta dominante”. Los sanguinarios procedimientos que utilizaron contra los nativos -preferentemente la tortura- dieron sangrientos resultados. En 1540, “descubrían” las minas de Porco; en 1545, las de Potosí; en 1555, las de Castrovirreina; en 1566, las de Huantajaya y Huancavelica y, en 1567, las de San Esteban de Yauricocha que así se llamó inicialmente al Cerro de Pasco.

Filtrada la noticia de que al septentrión del lago Chinchaycocha se hallaba el más grande depósito de oro y plata que jamás se soñara, encaminaron sus pasos hacia este lugar. Hecho el primer denuncio de minas en 1567, mucha gente de lugares aledaños primero, y de los más apartados después, invadió el territorio donde la plata se encontraba a flor de tierra en abundancia nunca antes vista. Andando los años erigieron aquí la ciudad más alta del mundo. En más de un siglo, el Cerro de Pasco y la cercana Villa de Pasco, se convirtieron en núcleos de una activísima laboriosidad minera. El primero como productor de inimaginables riquezas y, la segunda, como centro administrativo de tan desproporcionada grandeza. Los españoles eran dueños de todo. Sostenían que estaban autorizados por derecho divino a usufructuar las riquezas de las colonias. “España tiene título sobre las Indias porque Jesucristo, jefe de la gente humana, luego San Pedro y finalmente el Papa, dieron las tierras nuevas a los Reyes..”. En las leyes de la Indias, firmadas por los Reyes de España proclamaban que las tierras de América eran patrimonio exclusivo de la Corona Española. “Todos los minerales son propiedad de Su Majestad y derechos realengos por leyes y costumbres, y así lo da y concede a sus vasallos y súbditos donde quiera que lo descubrieran”. A poco de nacer la ciudad se registra la presencia de 1,156 españoles, cantidad que el siglo siguiente aumenta notablemente. “Esta región, a mediados del siglo XIX, contuvo un promedio de medio millón de habitantes (280 mil en 1833, 413 mil en 1850, 540 mil en 1862 y 581 mil en 1876). Comprendía pues de una cuarta a quinta parte de la población total del país, en un territorio apenas superior al cinco por ciento de su extensión”. En la Villa de Pasco comenzaron a funcionar las Cajas Reales, encargadas de controlar los ingresos fiscales emanados de nuestra cuantiosa producción para enviarlos a Madrid. ¡Claro!. A ¿Dónde más?.

Triunfante la lucha independentista en el Cerro de Pasco, se produjo la expulsión de algunos de los grandes mineros españoles, fieles al rey. Entre ellos, Juan Vives, que en 1823 huyó dejando incontables propiedades (Casas, minas, comercios, ingenios) que incluía sesenta mil cabezas de ganado por un valor estimado en 300 a 400 mil pesos. (Rematadas estas propiedades, fueron adquiridas por tres ingleses: William Cohcran, Robert Naylors y Archibald Guindal). Francisco Leaño, con bienes valuados en 100 y 500 mil pesos; Francisco Avellafuertes y Francisco Goñi, ambos refugiados en el fuerte del Real Felipe. Los mineros que no se opusieron a la libertad del Perú, no fueron afectados.
Desde finales del siglo XVI, el 16 de julio era un día muy especial para el Cerro de Pasco. Una semana antes, el ajetreo de los preparativos había puesto en inusitada movimiento a las gentes, fueran chapetonas o no. Se celebraba a la matrona de los ibéricos, la Santísima Virgen del Carmen. La noche anterior -víspera- a la puerta de la Beneficencia Española se aglutinaba un pueblo creyente y alegre; las autoridades a la cabeza. El local estaba iluminado en toda su extensión. Por ventanas altas y bajas, el brillante resplandor de los salones interiores, pasadizos y patios, iluminaban los alrededores. La Banda española de músicos, con uniforme de gala, ocupaba el principal emplazamiento; las de la Slava, Cosmopolita y Policía, la escoltaban. En hermosa competencia interpretaban toda la noche aires de fanfarrias, marchas, pasodobles, zarabandas, jotas aragonesas y pasacalles. Mientras tanto la intermitencia sonora de triquitraques, la saltarina explosión de buscapiques y el estruendo de cohetes de tres tiempos, iluminaban de vivos colores la noche azul. Era la parte más sonora y popular de la serenata a la Virgen del Monte Carmelo. Damas y caballeros, emperifollados con abrigadoras prendas de lana, chalinas, y bufandas y sombreros y guantes y manguitos. Las bebidas calientes circulaban pródigas a cargo de solícitos mozos. Ponches de coco, mixtelas y suave jerez, para ellas; mistral, manzanilla, ajenjo, y pisco, para ellos.
Emocionados se abrazaban cuando a las doce de la noche un clarín seguido de ensordecedores cohetes, anunciaba la llegada del día central. Las bandas en contrapunto –una detrás de otra- hacían escuchar alegres composiciones populares. Los españoles entonaban su canción nacional, después, emotivos discursos con abundantes remembranzas. Un momento más tarde, los principales y sus mujeres se retiraban a descansar mientras el pueblo se alegraba como nunca.

Ven Señora a quien adora
el indio y el español
que se halla sin vida el sol
mientras no llega la aurora.

Con tu venida mejora,
las luces que al mundo envía;
que mucho que con dos soles,
nos parezca grande el día.

Ven Señora Amada,
reina de nuestras vidas,
luz de nuestra existencia,
Salvadora Omnipotente.

En este tu día amado,
derrama tu excelsitud,
a raudales hacia tus hijos
que te adoran sin medida.

Virgen del Carmen, bendita,
Reina de nuestra ciudad,
coronada con su nieve,
adornada con su plata.

Desde las primeras horas del Día Central, anunciado por resonantes bombardas desde las alturas del Uliachín –cerro tutelar de la ciudad- los invitados llegaban al oratorio de la Virgen ubicado al costado izquierdo del edificio español. Allí estaba Ella, resplandeciente en su hermosura divina. Traída de España a fines del siglo XVI presidía la fe de los españoles. La colocaban sobre un anda con peana de plata y pana marrón para transportarla hasta la iglesia matriz de Chaupimarca. Ubicada muy cerca al Altar Mayor, presidía la ceremonia. La misa solemne era cantada por tres sacerdotes venidos de Lima. Estaban presentes todas las autoridades, las hermandades religiosas, el pueblo católico y, ocupando el coro, la gran orquesta austro húngara dirigida por Markos Bacie, extraordinario músico vienés, la soprano Sofía Amich, la contralto Emilia Kamerer y el barítono Abel Drouillón, de la misma nacionalidad, que interpretarían piezas selectas de música religiosa.

Llegado el momento de la Homilía, el sacerdote decía que se estaba cumpliendo con un deber cristiano de rendir homenaje a la “Stella Maris”, la Virgen del Monte Carmelo que, el 16 de julio de 1251, en Cambridge (Inglaterra), entregara su escapulario al general de la orden, Simón Stock, con las palabras siguientes: “Toma, amado hijo este escapulario como símbolo de mi confraternidad y especial signo de gracia para vos y todos los carmelitas; quienquiera que muera con esta prenda, no sufrirá el fuego eterno. Es el signo de la salvación, defensor de los peligros, prenda de la paz y de esta alianza”. El sacerdote puntualizaba que todo aquel que lleve el escapulario, tendrá una protección especial en el momento de su muerte. Caló tanto en el ánimo de la ciudadanía esta afirmación que una gran cantidad de mujeres llevaban el hábito bendito; las que morían, eran amortajadas con el hábito de la Virgen el Carmen.

Finalizada la misa solemne, ya de vuelta a su oratorio, era sacada en procesión por las calles céntricas. En su recorrido recibía múltiples manifestaciones de acatamiento y veneración. Cohetes y banda de músicos animaban al acto religioso y daban alegría al pueblo. En la tarde, auspiciado por el “Círculo Taurino”, en la plaza de toros se han presentado los más notables diestros españoles, mejicanos y peruanos de la época, en un lleno impresionante. Las señoritas de la sociedad han participado en el desfile con carros alegóricos, ataviadas de manolas con elegantes vestidos, peinetas, mantones, sombreros cordobeses. En los balaustres de las carretas se lucen las banderillas y enjalmes que han confeccionado para la corrida. Durante todo un mes se realizarán corridas debidamente programadas. En otros escenarios especiales se han efectuado peleas de gallos con grandes apuestas; en la noche, a teatro lleno, en los amplios salones de la beneficencia, se presentaron los más prestigiosos conjuntos españoles de zarzuela. La fiesta recién culminaba al cumplirse el mes.

La Virgen del Carmen sigue teniendo –como antaño- una respetable cantidad de fieles que magnifican su festividad. Su vigencia es tanta que, el Colegio Industrial Femenino Nº 31, por consenso de profesores, alumnos y padres de familia, ha sido denominado con su santo nombre, a iniciativa de su directora, la profesora Victoria Vizurraga Cuenca. Desde entonces, con mucho honor y prestancia, la comunidad carmelina, honra a su matrona.