Augusto Gayoso Picón (Poeta popular)

VIÑETA 8Entre los hombres que lucharon por reivindicaciones de los obreros cerreños, está Augusto Gayoso Picón. Fue integrante de esa gloriosa pléyade de luchadores cerreños, encabezados por Gamaniel Blanco Murillo, Miguel de la Matta, Andrés Urbina Acevedo, Augusto Mateu Cueva, y otros tantos.

Su trabajo fue preferentemente de activista, antes que de ideólogo; sin embargo, las veces que escribió, se refirió preferentemente a la lucha gremial y, muy pocas, a dar rienda suelta a su inspiración de poeta amoroso que siempre estaba subyacente en su alma. Una muestra de sus versos lo damos con el que escribió para el Nº 1822 de EL DIARIO, con el nombre de:

CANTO DE HAMBRE DE SED Y DE FRÍO

Camino de la vida, mascando mis penas,

mi viejo sombrero protejo mi testa,

mis pobres harapos, disfrazan mi cuerpo

que muere de hambre, de sed y de frío;

los ratos aciagos me cubren de gloria,

mi patria es el mundo, mi sino es el triunfo,

pues, libre, gritando, yo entono mis versos,

con notas de nombre de sed y de frío.

 

Yo hallo sufriendo mi mundo aspirado,

soy ave que bebe la hiel del dolor,

parándome siempre con fuerza y acción

en ramas de hambre de sed y de frío.

Soy ave que augura con cantos rebeldes,

la trágica hora que al hombre le espera

si en lucha sublime de Bien y Justicia,

no curan su hambre, su sed y su frío.

 

Mi espíritu vuela, no admite fronteras

ni teme los palos del cruel opresor,

pues tengo en mi pecho un volcán que está ardiendo,

cubierto con hambre, con sed y con frío.

Son cráter mis labios cubiertos de sangre,

mis gritos son lava brotando del alma

que mata al tirano y al vil opresor

que da sólo el hambre, la sed y el frío.

 

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Sebastián Estrella Robles

Fue un notable periodista, fundador del Diario “Los Andes” y Fiscal del Departamento de Junín, en la primera década del presente siglo. Nació en el pueblo de Quiulacocha, el 20 de enero de 1859, siendo sus padres, don Victorino Estrella y, doña Francisca Robles, ambos vecinos de ese pueblo.

Hizo sus primeros estudios en el Cerro de Pasco y luego en el Colegio de Nuestra Señora de Guadalupe, de Lima. Terminada la secundaria, pasó a la Universidad Mayor de San Marcos, donde se graduó de Bachiller en Jurisprudencia, el 24 de diciembre de 1883. Siete años más tarde, el 15 de diciembre de 1890, se recibió de abogado. Durante la ocupación chilena estuvo residiendo en Lima donde, además de combatir, sufrió los riesgos del caso, habiendo cerrado filas como policía, con lo que supo sobrevivir. Más tarde colaboró en el “Nacional”, periódico de la capital, dirigido entonces por los doctores, Manuel María del Valle y Cesáreo Chacaltana, quienes lo distinguieron por su notable capacidad.

De regreso a su tierra natal, se dedicó al ejercicio de su profesión y en la fundación de periódicos y colaborando en cuantos se han editado en el Cerro de Pasco, como EL CERREÑO, LA UNION, LA SEMANA, y el año de 1911, funda el combativo diario LOS ANDES que, ya en su segunda época, fue dirigido por don Silverio Urbina y, más tarde por don Andrés Urbina Acevedo.

Al fallecer en 1890, el Fiscal don Pablo Arias, es elegido en su reemplazo como Fiscal del Departamento de Junín.

Después de una vida ejemplar y luminosa, fallece el 13 de junio de 1912, y todos los periódicos y revistas de la capital del Perú, le dedicaron sendos homenajes y semblanzas, haciendo conocer de su labor.

Víctor Romero Requena, un triunfador

Víctor Romero Requena, primera guitarra; José Bravo Santiváñez, cantante; Víctor Rojas, segunda guitarra, intérpretes de la música criolla. Fueron inmensamente populares en la radiotelefonía cerreña de 1950 a 1970. Todavía sus admiradores los recuerdan. De ellos, Víctor Romero Requena es un triunfador internacional

A partir de 1955, año en que se funda Radio Corporación, emerge una gran cantidad de artistas locales que con  gran entusiasmo y óptima calidad, iluminan nuestros escenarios artísticos. Todavía se mantenía el brillo  inextinguible de Ernesto Castillo, notabilísimo cultor del bolero que iniciado en Radio Rancas, había deslumbrado en Radio Azul, su hora más notable. Felix Llanos, “El Paisano”, con el acompañamiento de Lactayo, Orchán y Luna, mantenían la permanencia del tango en la preferencia de los numerosos aficionados. Nila Meléndez, Hilda Solís, Julia Tello y otras intérpretes, destacaban en los géneros de moda de aquel entonces haciendo grata la presencia femenina. Todos ellos con acertado acompañamiento de excelentes guitarristas como Lactayo, Juan Ortiz, Orchán, Suasnabar, Ureta, Serrano etc.

Es en ese momento en que, imitando al notabilísimo Luis Abanto Morales, aparece José Bravo Santiváñez, “Gardelito”, acompañado de dos notables guitarristas: Víctor Romero y Víctor Rojas. Con ellos alcanza notables triunfos en escenarios centro peruanos. El más notable de estos guitarristas fue sin lugar a dudas, Víctor Romero Requena.  Además de las criollas, cultivaba con gran acierto las creaciones tropicales entonces en boga: “La Cocaleca”, “La Ola Marina”, “El Tumbaíto” etc. Así como artista muy acertado, estaba dotado de una enorme sensibilidad social. Siempre colaboró gratuitamente en actuaciones benéficas en su pueblo. Esta noble disposición le acrecentó el cariño general.

Transcurridos algunos años de aquella hermosa época, siguiendo con mi afición de auscultar el panorama musical del mundo, sintonicé radio Caracol de Colombia. Anunciaban la actuación de la orquesta internacional “Billos Caracas Boys”, de gran éxito en aquellos momentos. Mi sorpresa fue mayúscula cuando declararon que iniciarían su actuación con una guaracha que estaba causando “furor” en aquella parte del continente: “La Roncona”. Quedé alelado y mudo. Mucho más cuando el locutor mencionó el nombre del creador: Víctor Romero. No lo podía creer. Las arrebatadoras notas que siguieron a continuación me trajeron muchos recuerdos a la mente.   De pronto desanduve el tiempo y el espacio y me encontré presentando esa misma pieza en Radio Corporación a cargo del trío “Huaricapcha”. A Romero, primera guitarra; Víctor Mesías (vocalista) y Ángel Aranda, segunda guitarra, interpretando precisamente “La Roncona”.

Quedé gratamente impresionado con aquella audición y me sentí muy feliz por el triunfo de un queridísimo  amigo que fatalmente nos ha dejado hace algunos años. Un hombre que en tanto vivió fue todo cariño y optimismo. Su calidad trascendió fronteras y nos demostró palmariamente que cuando hay esfuerzo y constancia, se triunfa. Fue una lección enorme y perenne en el corazón de todos los cerreños. Gracias Víctor, amigo, por tus desvelos.

“Tico” Del Valle Fernández

“La noticia escueta y dolorosa se difundió rápidamente. Una emisora local convocaba con urgencia a los familiares a hacerse presentes en Huancayo. Allá, en forma súbita, acababa de fallecer don Teodoro Del Valle Fernández. El pueblo cerreño se estremeció de dolor. Pero… ¿Era posible?. Y siguiendo la inveterada y ancestral costumbre nos preguntamos; pero…¿Cómo? si hace unos días nomás hemos estado hablando con él?. Era cierto. La semana anterior lo habíamos encontrado recorriendo las amadas calles de su Cerro con su tristeza a cuestas y su infaltable boina negra. Con su sonrisa paternal y sus palabras cariñosas cargadas de recuerdos. ¿Quién podía imaginarse que unos días más nos dejaría…?!…¡¿Quién…?!.

Ahora que sus despojos yacen arrullados por el suave rumor del Mantaro, entre molles, retamas y jilgueros, allá en la Incontrastable; con el dolor que su partida nos ha suscitado, anegados de dolor, musitamos nuestro emocionado recuerdo.

Primeramente nos remontamos a la cercana tierra de su cuna, inacabable emporio de leyendas y antracita, de combates y tragedia: Goyllarisquizga, “Donde cayó una estrella”. Allá donde su niñez transcurriera guiada por paternales cuidados; donde sus primeras inquietudes nacían a la par que su adolescencia y su vida descubría nuevas perspectivas y nuevos horizontes. Allá donde preparaba su inteligencia y sus músculos en las aulas y en los campos de fútbol, alternando los éxitos y los reveses en el SPORT GOYLLAR, CLUB DE TIRO, o con el A.D.A, emporios millonarios de históricas jornadas. Allá donde comenzó a descubrir el maravilloso significado de las notas musicales, de aquellos mágicos símbolos que encierran un inacabable margen de posibilidades. Desde entonces confió a ellas sus más recónditos secretos, arrancándoles sus más intrincadas dulzuras. Así, en su juventud, etapa en la que el hombre es más puro, más heroico, determinó abrazar la carrera que más que ninguna otra requiere de entrega, de amor, de grandeza. Decidió ser MAESTRO. Lió sus bártulos y –quijote de una quimérica empresa- salió a recorrer el mundo llevando el bagaje de sus conocimientos, de su cariño, de su simpatía. ¿Qué parajes no lo han visto pasar en ese inacabable peregrinaje?. Estuvo en aquellas aldehuelas que se pierden entre las nubes, blanqueadas de nieve y ateridas de frío; en las abrigadas quebradas de eucaliptos, molles y retamas; en la selva calurosa y olvidada; en los villorrios mineros donde los niños aprenden a convivir con la tragedia. En todas partes. En cada uno de estos lugares, dejó un recuerdo, dejó sus enseñanzas, en tanto las promociones educativas iban sucediéndose año tras año. En su vida jamás tuvo una palabra de desaliento o cansancio, de hastío o de queja. No. Desde el primer instante supo que el maestro es el único que coge su cruz y sigue al Nazareno. Así, sin un reproche, sin una imprecación, sin una queja, cargó con su cruz durante cuarenta años. Ocho lustros y un puñado de canciones –flor de su alma- ; un cúmulo de alegrías y penas, decenas de escuelas, docenas de amigos, centenares de alumnos y una vida dedicada al servicio, a la enseñanza, al sacrificio. Un apostolado que constituye una heredad que pocos, poquísimos hombres, pueden dejar.

Un día, cuando el cansancio domeñaba su cuerpo, decidió retirarse. Sus ojos habían perdido el brillo y el acierto de los primeros años y ya le costaba trabajo descifrar el secreto del pentagrama; sus músculos lasos y cansados, no daban para más; el corazón se le anudaba cada vez que el dolor le acicateaba. No, ya no era el de antes. Tuvo que retirarse y, es en ese momento que a costa de su dolor, recibió su última lección. Le revelaron claramente que vivimos en un mundo de egoísmo y maldad; un mundo sitiado por bandoleros, saturado de inconscientes y de egoístas; un mundo intoxicado de injusticias y maldad; de ingratitudes y soberbia.

Cuando se retiró de su escuela, nadie le dijo nada. Ni un hasta luego, ni un gracias, ni un adiós; como si la vida fuera eterna, como si los mezquinos jamás habrán de llegar a viejos. El se fue en silencio, adolorido, pesaroso. ¡¿Había hecho mal en entregar su juventud a la formación de tantos hombres..?!. No. Fue muy grande para creer tal cosa y tal vez, escondiendo una lágrima entre sus ojos cansados, se retiró. En aquel momento tuvo la esperanza que sus documentos serían tramitados rápidamente. Se equivocó. No fue así. Diariamente estuvo esperando que la superioridad le hiciera justicia. “Vuélvase mañana” era el estribillo que lo atormentaba. ¡¿Hasta cuándo?!. Durante días, semanas, meses, y años estuvo mendigando que le reconocieran su esfuerzo. Nada. Entonces, para sobrevivir, tuvo que desempeñar otros oficios, otros menesteres; entretanto los poderosos, los que juegan con la vida y el destino de los demás, no le hacían caso, hasta que hace pocos días, su corazón resentido se quebró en mil pedazos. Posiblemente en esos momentos los egoístas se apresuraron a archivar su caso. Seguramente. Total, para estos sátrapas, Teodoro del Valle Fernández era tan solo una ficha, un número, un nombre sin importancia; total, era tan sólo un maestro, un don nadie en el diccionario de los ingratos, de los egoístas, de los imbéciles; pero para nosotros fue un MAESTRO; un hombre que en tanto vivió nos alentó con su ejemplo, nos vivificó con sus palabras, nos deslumbró con su arte y nos encandiló con su sencillez y su grandeza.

Cuando pasen los años y la nostalgia nos haga evocar su presencia; cuando el ejército de ingratos no sea más que polvo ignaro sobre la tierra; polvo sin recuerdos ni huellas, polvos desconocidos y pútridos, él estará con nosotros a través del disco, de sus canciones, de su música. Y un día, sus nietos, sin haberlo conocido, se estremecerán con un huayno que desde el disco nos estará regalando, porque es bueno que los egoístas sepan que los hombres no mueren. Por eso, desde aquí, desde la distancia, no nos queda sino musitar nuestra plegaria para que el Todopoderoso le dé el descanso y la paz a que tiene derecho.

Gracias Tico, gracias, hermano, por todo lo que nos diste y, permítenos, que con el mismo calor con que lo compusimos, como una humilde siempre vida, entone como un respetuoso epitafio la muliza que ambos compusimos.”

EL AUSTRIACO JUAN AZALIA

Azalia
Mausoleo que guarda los restos del valiente austriaco que fue prestigioso alcalde y ciudadano ejemplar del Cerro de Pasco. Falleció el 29 de octubre de 1910 y este mausoleo de halla en la parte central del cementerio Presbítero Maestro de Lima, junto a la cripta de los Héroes de la Guerra del Pacífico.

Fue, entre los hombres que se afincaron en nuestra ciudad, un valiosísimo elemento de servicio a la comunidad. Siempre se le recordó así. Austriaco de nacimiento, en el Cerro de Pasco, tuvo las minas de plata, cobre y plomo, siguientes: La Bastilla, Nuestra Señora del Milagro, Zupa, Estrella del Oriente, Causalidad, La Victoria, Julia, Estrella Caída, Nuestra Señora de Lourdes, Elena, Lola, César Alejandro, Depósito de la Plata, El Perú, Rodolfo y Bon Langer. Fueron varios los familiares que llegaron al Perú, desde el año 1,860 hasta 1,905 y, todos ellos radicaron en la ciudad de Cerro de Pasco, dedicándose a la extracción de minerales; habiendo sido JUAN AZALIA, uno de los primeros mineros que organizó una empresa minera.

A fines del siglo XIX, conjuntamente con sus hermanos modernizó sus instalaciones mineras, dotándolas de concentradoras y mejores molinos accionados por fuerza hidráulica

En el plano comercial tuvo un importante establecimiento conocido como: CASA COMERCIAL AZALIA, que negociaba productos y maquinarias que importaba directamente y distribuía en la región. Fue en el año 1,910, que liquidó este negocio debido a la fuerte competencia de la empresa Cerro de Pasco Cooper Corp. Ésta pagaba a sus trabajadores con monedas fichas, para que con ellas pudieran hacer sus compras en la MERCANTIL. La cobertura comercial de Azalia, llegaba hasta los límites con la selva peruana, pues uno de sus proveedores de productos de selva fue Don José Ocaña, que tenía intereses en la ciudad de Huacrachuco y Monzón en la provincia de Huamalíes (Huánuco), a más de 250 kilómetros de Cerro de Pasco, comunicado en aquel entonces por una angosta vía peatonal, que cruzaba los escarpados cerros de la Cordillera de los Andes. Cuando cerró sus puertas la empresa comercial de Juan Azalia, canceló la deuda a OCAÑA entregándole un grupo electrógeno, con el que dio fluido eléctrico al pueblo de Huacrachuco y aledaños.

En el año 1,890, en el exclusivo Balneario de Ancón, tuvieron NIKOLA AZALIA y GERONIMO BRANIZA, el GRAN HOTEL.

En 1,901, Juan Azalia se desempeñó como representante minero durante los comicios para los Diputados mineros y, en 1,908, fue Alcalde de la ciudad de Cerro de Pasco. Durante su gobierno acaeció la matanza de cinco jóvenes cerreños que luchaban porque se respete la voluntad popular en las elecciones municipales de aquel año. También fue activo miembro fundador de la Sociedad SLAVA de Beneficencia, de Cerro de Pasco y directivo de la similar institución en Lima. Fue un hombre generoso, que dio la mano a muchos de sus paisanos y amigos; se hizo presente con donativos para la Cruz Roja de su tierra, para las obras de bien en Cerro de Pasco y contribuyó económicamente, a favor del Perú, durante la ocupación chilena. A su muerte acaecida en Lima, su tumba (como se ve en la fotografía) está ubicada frente a la de Luis M. Sánchez Cerro en un hermoso mausoleo, en el Cementerio “Presbítero Matías Maestro”.

EVARISTO SAN CRISTÓVAL Y LEÓN (Una vida consagrada al arte)

fcdp270El 26 de octubre de 1848 nacía en el Cerro de Pasco, Evaristo San Cristóval y León, hijo del minero chileno Dionisio San Cristóval, radicado en la ciudad desde 1839, y de la dama cerreña, Ascensión León. Inició sus estudios en la Escuela Municipal de su tierra natal terminándolos en el Colegio Nacional de Nuestra Señora de Guadalupe. Inclinado al dibujo desde su infancia, demostró una marcada vocación por el estudio de las Bellas Artes, llegando a ser el más sobresaliente alumno del célebre maestro italiano Leonardo Barbieri. Lo absorbe totalmente la preocupación estética por el dibujo y la pintura y, desde entonces, una voluntad inquebrantable lo pone al servicio del arte. Contaba con sólo catorce años cuando dibuja el retrato de su profesor y unos fósiles dedicados al sabio maestro Sebastián Barranca. Dos años más tarde -1864- pinta a la acuarela un estudio anatómico en miniatura que representa a un preso con el torso denudo, que lucha por desasirse de las cadenas que lo oprimen. Cierra su actividad escolar de ese año que egresa de Guadalupe, con un cuadro que representa a un árabe con el alfanje desnudo en defensa de su hijo que está en trance de ser raptado por unos beduinos. Barbieri, con su autógrafo, aprueba con nota sobresaliente ese dibujo. Es por aquellos años que aquilatando el valor humano de su paisano Daniel Alcides Carrión, lo dibuja al natural. Es el más hermosos retrato que tenemos de nuestro mártir, su paisano.

Es a partir de esa fecha, 1864, en que se hace abrumadora su producción artística. Miniaturista sobre todo, sorprende el caudal de su obra. Sin pausas, como recomienda Goethe, pero vertiginosamente como sabía hacerlo Lope, la inmensa labor de este artista se descompone así: 720 retratos al carboncillo, 45 pinturas al óleo, 22 al pastel, 14 acuarelas y 8 dibujos a pluma, es decir un total de 809 obras. Sus más valiosas producciones son concebidas y ejecutadas entre 1870 y 1897, fecha que precede sólo en tres años a la de su muerte.

Una columna romana dibujada a la pluma, en 1869, presentada a la Exposición Nacional de 1872, premia sus miniaturas, como también los retratos a la pluma de, don Manuel Pardo, y de Racine. Es la época en que está en boga la escuela de Julién, consistente en el dibujo detallado del último pormenor, del gusto, la paciencia y la prodigalidad, buscando la captación del más mínimo detalle. Se diría que se dibuja bajo la advocación de Job; que el artista anhela hacer fotografías a pluma. Barbieri está influido por esta escuela, y en su enseñanza da idéntica orientación a sus discípulos. San Cristóval, apasionado por el dibujo detallista, acierta en esta forma de arte al camino señalado por Rosalba Carrera, Jacques Bourdier y el gran Duchesne. El retrato en miniatura del siglo XVIII, irreprochable en su factura, prende en el ánimo estético de San Cristóval. Él, como sus maestros, sabe vencer las dificultades del trabajo y llega hasta la finura y la delicadeza exquisitas.

En el retrato de Racine alcanza la perfección. Se esmeró tanto el artista en la fiel reproducción de los crespos del gran trágico francés y, lo logró al detalle. Es tan acabada la obra, que con justicia se ha dicho, que podría figurar en cualquier sala de museo y estar firmada por el célebre Schultz. En parangón con este retrato, es necesario mencionar el del profesor Eugenio Chevreul. Ejecutado en 1892, el sabio francés, reproducido a tamaño natural, se halla dictando una conferencia en la Sorbona. San Cristóval ejecutó esta obra al carboncillo y lápiz blanco, sobre papel sepia. Alcanza tal perfección que por momentos la figura parece cobrar vida y movimiento.

Múltiple es la obra meritísima del artista cerreño. No sólo en lo artístico. En la Empresa Meiggs, fue el primer dibujante encargado sucesivamente de las oficinas de la división San Mateo, de la central de Lima y, de los estudios de la Oroya a Chanchamayo. Es a él a quien se deben notables planos que fueron premiados en la Exposición. Honrosos certificados le expidieron don Ernesto Malinowski y don Enrique Meiggs.

Durante la guerra con Chille, es encargado de las Oficinas del Estado Mayor de Reserva, trabaja con perseverancia y empeño dignos de mejor suerte. Verdadero amante del arte, maestro sin tregua en la jornada, figura como exponente premiado en todas las exposiciones nacionales. Gran intuitivo, sin centros apropiados donde perfeccionar sus conocimientos, en lucha con todo género de dificultades, busca la perfección con la pluma, el carbón, el óleo, el pastel, el yeso, el cobre, el zinc y la fototipia. Su constancia y su talento sin embargo, no impiden el cumplimiento de sus obligaciones magisteriales. Fue profesor cumplido en la Academia Concha, de la que fuera fundador, también en la Universidad y en la Escuela Militar. Los contratiempos y las dificultades no lo hacen desmayar. Nuestra vieja e histórica ciudad de Lima, evocada en sus señoríos y en sus galanteos, es trasladado a la piedra litográfica. Dibujos impecables, cuanto rincón de Lima tiene algo de evocador, está ahí. Lo propio hizo con sus hombres públicos que descollaron en el curso de una centuria. Todos aquellos que quieran documentarse gráficamente en la auscultación de la pompa y el galardón de Lima antañera, forzosamente tiene que recurrir a la galería confeccionada por San Cristóval y León.

Pero este inolvidable artista cerreño, no sólo cultivaba el arte y, la enseñaba; la estudiaba también. Intacta se conserva la selecta biblioteca que formó para documentarse. La integran obras rarísimas y de un valor inestimable. San Cristóval estudiaba la anatomía pictórica de Audrán y Esquivel; la teoría del dibujo en el tratado de Leonardo Da Vinci; la pintura mística española, en la voluminosa obra de Palomino; los grandes maestros en el Tratado de Vassari; a los célebres artista del mundo y de todas las épocas, en la inigualada colección de Manjares. Una joya bibliográfica consistente en una Biblia, interpretada en 200 láminas, donde a porfía compiten las firmas de celebérrimos grabadores que inmortalizaron hace tres siglos los talleres de Leyden y Amsterdan, completó objetivamente la instrucción artística que él solo supo darse.

Pero no solamente fueron el lápiz y el pincel los que con notoria maestría manejaba el artista. Sobre la piedra litográfica su buril también fue de selección. Sombra nítidas fueron impecablemente reproducidas sobre el papel. Ni los fáciles fotograbados de hoy alcanzan la perfección de aquellos trabajos. Verdaderos modelos en su género son las litografías en negro y a cinco colores que ejecutó, por lo que fue llamado. “El Gustavo Doré Peruano”.

Muestras del privilegiado talento de este maestro, fueron sus periódicos ilustrados que tanta atención llamaron hacia fines de siglo pasado. Asociado a Manuel Moncloa y Covarrubias, Abelardo Gamarra, José Toribio Polo, Domingo de Vivero, Teodorico Olaechea y Teobaldo Elías Corpancho, editó interesantes semanarios y quincenarios como: “La Ilustración Americana”, “Revista Americana”, “El Perú Artístico” y “Exposición de Lima”. El fotograbado no existía por entonces, siendo necesario vencer grandes dificultades. El artista pudo ofrecer la más profusa y documentada descripción gráfica de los últimos años en los citados periódicos. En todos ellos colaboró infatigablemente, desfilando en sus páginas las figuras de los próceres de la emancipación y cuanto hombre célebre tenía el Perú en las ciencias, en las letras, en las artes y en la carrera de las armas. Cuanta limeña llamó la atención por su belleza y su gracia, en más de medio siglo, ocupó los suplementos de aquellas revistas. El artista supo reproducirlas con notable exactitud y fidelidad. En “El Perú Ilustrado”, asimismo, quedó también una huella imborrable de su esfuerzo artístico. En rigor es considerado, con toda justicia, el padre del periodismo gráfico en el país.

En la época en que San Cristóval se encuentra empeñado en una labor tan fatigante -1870- ya han alcanzado su plenitud, Ignacio Merino, Francisco Lazo, Luis Montero, Francisco Masías, Pancho Fierro y, Federico Torrico. De su tiempo son, entre otros, Ingunza, y Del Campo, Lynch y Effio, Abelardo Álvarez Calderón y Romeo Gago, Daniel Hernández y Teófilo Castillo. Obra fructífera también hace en la Academia Concha, a la que dedica parte de sus desvelos y sus esfuerzos. Son sus discípulos aprovechados, el gran artista Julio Málaga Grenet, Federico Field, David Mons, Leonardo Jáuregui, Enrique Vargas Portal, Garreta, Melgar, Chávez, Tambini, Váscones, Manzanares y tantos otros que posteriormente habrían de destacarse en la pintura y el dibujo al natural.

Una vida enteramente consagrada al arte fue, en verdad, la de Evaristo San Cristóbal. En una época de arte detallista, en la que el dibujo aspira a la fiel reproducción fotográfica, este artista cerreño se prodiga sorprendentemente. Como maestro y como funcionario, además, Evaristo San Cristóval es incansable. Su obra, sin embargo, rebasa todo recogimiento de Academia. Sin poder contar con la fácil técnica del fotograbado actual, él divulga el arte en los periódicos de entonces. Graba en piedra gran parte de su obra y hace por primera vez verdadero periodismo gráfico en el Perú.

El 7 de diciembre de 1900, en el umbral casi del siglo pasado, a los 52 años de edad, la muerte pone término prematuro a la carrera del infatigable artista cerreño. El colegio de secundaria del asiento minero de Goyllarisquizga lleva su nombre como homenaje a su grandeza de artista genial e inolvidable. Sin embargo, no obstante una oportuna recomendación, han omitido por desconocimiento, que el apellido del artista genial, es con uve: San Cristóval.