PUEBLO MÁRTIR DEL PERÚ CRONOLOGÍA DEL CERRO DE PASCO SIGLO XIX

pueblo martir 142.- En 1806 se empieza el trabajo en el socavón  de Quiulacocha que termina en 1856 con el avance de 3,340 metros, a 32 varas por debajo del socavón de San Judas.

43.- El suizo Francisco Ubillé, conocedor de los problemas de desagües de las minas del Cerro de Pasco, visita Inglaterra y compra una máquina a vapor de Richard Trevithick para instalarla en una mina cerreña. Se asocia con Pedro Abadía y José Arismendi y en connivencia con los propietarios de minas y vuelve a Inglaterra a comprar más máquinas.

44.- En 1814, el equipo comprado por Ubillé es embarcado con destino al Cerro de Pasco y dos años después, comienzan a funcionar en santa Rosa, Cayac y Yanacancha.

45.- En 1816, con la dirección del mismo Richard Trevithick, comienzan a funcionar las primeras máquinas a vapor de Sudamérica.

46.- El 26  de febrero de 1812, bajo la presidencia de José María de Ulloa, subdelegado de Pasco, se juzga a los plateros revolucionarios Mariano Cárdenas Valdivieso, Manuel Rivera Ortega, y a fray Mariano Aspiazu por haber irradiado ideas subversivas en todo el centro del Perú desde el Cerro de Pasco. Sus proclamas y pasquines van a alimentar el movimiento que más tarde se escenifica en Huánuco.

47.- El 17 y 18 de marzo de 1812, el intendente de Tarma, Joseph González de Prada, vence a 1500 indios rebeldes en el puente de Ayancocha. Los revolucionarios sonde Pillao, Santa María del Valle, Panao, Acomayo, Huamalíes, Conchucos. Los cabecillas son ajusticiados y los sobrevivientes condenados a trabajar en las minas del rey en el Cerro de Pasco.

48.- A lo largo de 1816 se instala en las minas cerreñas las primeras bombas a vapor traídas por Richard Trivithick por gestión de  Manuel Ubille y Arismendi. Esta innovación acarrea enorme progreso para nuestra minería.

49.- El 19 de agosto de 1820 parte la expedición libertadora de Valparaíso el Perú y al amanecer el 8 de setiembre desembarca en la bahía de Pisco. De aquí sale Juan Antonio Álvarez de Arenales con el fin de conseguir la libertad del Perú. Así lo hace en los pueblos siguientes. La ciudad de Ica, el 21 de octubre de 1820; Huamanga en noviembre ; Huancayo el 20 de noviembre; Jauja el 22 de noviembre; Villa de Huaura 27 de noviembre; Tarma el 29 de noviembre de 1820. En todos esos pueblos no han encontrado resistencia alguna de los españoles.

50.- La mañana del 6 de diciembre de 1820, se efectúa la primera importante batalla por la independencia del Perú en el Cerro de Pasco. Triunfan las fuerzas patriotas. En la tarde se efectúa un Cabildo Abierto donde eligen a las autoridades del Perú independiente.

51.- La mañana del 7 de diciembre de 1820, El patriota cerreño don Manuel de Arias, jura la independencia del Cerro de Pasco. En un error sin precedentes, San Martín ordena que las fuerzas patriotas marchen a Huaura originando la venganza realista que terminó por matar a gran cantidad de cerreños e incendiar la ciudad minera.

52.- El sanguinario Carratalá, dueño del Cerro de Pasco, asesina a doña María Valdizán, preclara luchadora por la libertad y quema sus propiedades después de adueñarse de todo lo que encuentra. Las mujeres cerreñas dan sepultura a esta insigne luchadora. Mientras los realistas destruyen totalmente las maquinarias de desagüe de las minas.

53.- Proclamada la independencia del Perú, el Congreso Nacional de 1823, por ley de 4 de noviembre cambia el nombre de Intendencia de Tarma por el de Prefectura de Huánuco en armonía con la nueva forma de gobierno. Lo conformaban las siguientes provincias: El Cerro de Pasco, Huancayo, Junín, Tarma y Yauli.

54.- Un año después, el 6 de agosto de 1824 en las pampas de Chacamarca, comprensión de Junín (antes los Reyes), el ejército patriota obtiene una gloriosa victoria para nuestra armas en cuyo homenaje la Prefectura de Huánuco cambia de nombre por el de Departamento de Junín, siendo su capital la ciudad de Huánuco. Al Cerro de Pasco se la denomina entonces: DISTINGUIDA VILLA  DE PASCO.

55.- El 10 de octubre de 1836, el general Santa Cruz divide en dos partes el departamento de Junín: Junín y Huaylas. Junín comprendía las provincias de Jauja, Pasco, Huánuco, Cajatambo y Huamalíes. Como capital se nombra a la ciudad de Tarma.

56.- El 27 de noviembre de 1839, el Congreso Constituyente de Huancayo determina que a la Distinguida Vila de Pasco, se le denomina OPULENTA CIUDAD DEL CERRO DE PASCO. Rubrica esta ley el Presidente Provincia de la República, el general Agustín Gamarra, el 10 de enero de 1840.

57.- El 30 de octubre de funda el banco de Rescate y la Casa de la Moneda que la ubican en La Quinua.

58.- El 31 de diciembre de 1851, el Congreso de la República Peruana “considerando su posición, importancia comercial y otras circunstancias favorables”, designa a la ciudad del Cerro de Pasco capital del Departamento de Junín, con las siguientes provincias: Huánuco, Huamalíes, Pasco, Tarma y Jauja.

59.- El 7 de febrero de 1846 se funda la Sociedad de Beneficencia Pública con su primer presidente el sabio arequipeño, Mariano Eduardo de Rivero y Ustáriz,a la sazón prefecto del departamento de Junín.

60.- Por Decreto de 23 de julio de 1852 y con reafirmación del Jefe Supremo de la República, el general José M. Raygada, el 16 de diciembre de 1857, se divide la ciudad del Cerro de Pasco en dos distritos urbanos: Chaupimarca  y Yanacancha.

61.- Nuestro mártir Daniel Alcides Carrión García, nacido en Quiulacocha el 13 de agosto de 1857, es inscrito como nacido en la calle  Cruz Verde del Cerro de Pasco.

 62.- Después de ochenta años de haber desempeñado la función de capital del Departamento de Junín con altura y sacrificio, por incalificable y torpe determinación del tirano Luis Miguel Sánchez Cerro, la capital del departamento es trasladado a Huancayo mediante el Decreto Ley Nº 7001 de 15 de enero de 1931.

63.- Después de 29 años de haber sido reducido a simple provincia, gracias al empeño y pujanza de sus hijos, se crea el Departamento de Pasco por Ley Nº 10030 de 27 de noviembre de 1944, con tres provincias: Pasco, Daniel Carrión y Oxapampa. Su capital, la ciudad del Cerro de Pasco.

64.- El 5 de abril de 1879 Chile nos declara la guerra y nuestra juventud conforma la gloriosa Columna Pasco que sale a luchar a las fronteras el sur. Todos murieron en ese patriótico fin. Cuando los invasores estuvieron a punto de ingresar a Lima, ancianos y niños que quedaban en la ciudad, conforman una nueva “Columna Pasco” que viaja a defender a Lima. Fatalmente la desorganización cunde y muchos mueren, otros son prisioneros y muy pocos vuelven.

65.- El año de 1884, el cónsul de Estados Unidos en el Callao H. M. Brent dirige sendas cartas a los capitalistas de su país a fin de que inviertan en las minas del Cerro de Pasco. Muchos se aprestan a estudiar las posibilidades existentes.

66.- En julio de 1884, la “Compañía del Ferrocarril de la Oroya al Cerro de Pasco, transfiere sus derechos a Miguel Grace el mismo que obtuvo del gobierno de Miguel Iglesias una renovación del contrato firmado el 27 de enero de 1885.

67.- Debido a la publicidad desplegada, llegan los ingenieros norteamericanos Hodges y E.E. Olcott que por cuenta del sindicato Mac Kay, realizan sondajes diamantinos en varios lugares de la ciudad cerreña y localizan extraordinarios yacimientos de cobre de alta calidad. Comenzaba el año de 1877.

68.- En 1890 alcanza notable crecimiento la fundición de HUAMANRAUCA en el  Cerro de Pasco a cargo de la empresa Gordillo.

69.- El ferrocarril central llega a la Oroya y recibe autorización para su funcionamiento diario.

70.- En 1895 el Congreso promulga la ley que ordena recoger todo lo referente al socavón de Rumiallana declarándose que ésta es propiedad del Gremio de Mineros del Cerro de Pasco.

71.- En 1897 se instala el Directorio Nacional de Minería presidida por don Elías Malpartida, minero cerreño en integrada por Jacobo Backus, José M. Cantuarias, Hermann Dens, Alejandro Garland, Federico Gildemeister, Eduardo de Habich y Esteban Montero. Ese mismo año George Steel está trabajando las fundiciones de Pucayacu en el Cerro de Pasco.

72.- En 1899, por Resolución Suprema se otorga la concesión para construir el ferrocarril de la Oroya al Cerro de Pasco a don Ernesto Thorndike, con privilegio exclusivo por 25 años.

73.- A comienzos del año 1900, la producción de cobre  de alta calidad en el Cerro de Pasco es notable.  Se exportan doce mil toneladas en barras y 5,200, en matas.

 

 

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Descripción del Perú Por Thaddaus Peregrinus Xavier Haenke (Tadeo Hanke). (1799)

Este ilustre sabio que vivió en nuestra tierra por un tiempo, dejó acertadísimos testimonios de su importancia económica e histórica, como lo pueden ver en nuestro Libro PUEBLO MARTIR “Historia del Cerro de Pasco” Sección Biografías, nació el 6 de diciembre de 1761 en Kreibitz, Bohemia (hoy Checoslovaquia). A continuación un fragmento de los que habla de nuestra tierra.

La rica villa de Pasco, situada en una puna muy rígida, no produce en todo su distrito, Tadeo Haenkepor su demasiada intemperie, ni granos ni semillas, y solo tiene proporción para la cría de algún ganado; mas esta escasez de mantenimientos ha sido recompensada por la naturaleza con la grande copia de sus ricos minerales. Así, no obstante la aspereza del clima, es una de las más recomendables poblaciones del reino, tanto por su crecido vecindario, como por el mucho dinero que circula y hace todo el fondo de su comercio. Éste presenta en dicha villa el espectáculo más agradable a la contemplación de los curiosos, pues se ve llegar a los vecinos de Jauja a expender sus harinas, a los de Conchucos que vienen con el mismo destino y con el de dar salida a la ropa que labran en su país, no obstante que también los de Huamalíes conducen los suyos; a los de Huaylas, cuya importación principal se compone de azúcar; a los de Huánuco, que conducen la coca, chancaca, mieles, granos y frutas; y a los de Cajatambo y Chancay, que transportan el ingrediente tan necesario de la sal. A esto se agrega el comercio diario de dos mil mulas, empleadas en la conducción de metales, cuyo trabajo se paga siempre en dinero descontado, reportando sus dueños de esta suerte ganancia ventajosa, siendo el alma de todas estas negociaciones la prosperidad de la mina que se halla a dos leguas de Pasco, y es en el día la más apreciable de todo el reino; por cuya razón nos detendremos algún tanto en su historia y descripción. El descubrimiento de este rico mineral de Pasco, que propiamente se llama cerro de San Esteban de Lauricocha, se puede fijar próximamente por los años de 1630, y se debe a la casualidad. Un indio llamado Huari-Capacha, apacentando su rebaño por aquellos collados, se vio precisado para pasar la noche a abrigarse al respaldo de uno de ellos; encendió una gran hoguera, y quedó sorprendido al amanecer cuando vio entre las cenizas unos granos de plata fundida. Contra la costumbre de los de su nación, participó esta novedad a don Juan José Ugarte, hacendado en la quebrada de Huariaca, quien paso a reconocer el cerro, y en el mismo paraje en que el fuego había derretido los metales abrió diversas bocas-minas, y las fue explotando con la mayor facilidad y abundancia. La fama de la mina atrajo muchos españoles, y se erigió un pueblo.

 En aquellos tiempos había en la provincia de Conchucos una caja real para la dirección de unas ricas minas de plata; pero habiéndose arruinado éstas por los años de 1568 a 60 se transfirió a Huánuco la real caja, y de allá a la villa de Pasco, que dista dos leguas del cerro Lauricocha, el año de 1699: y en el de 1785 quedó suprimida la que había en Atunjauja, y se agregó a la caja real de Pasco que existe en el día con su contador, tesorero y los oficiales correspondientes. No se saben los primeros progresos de la mina, y solo sí que este mineral sufrió la misma calamidad que suele ser común a casi todos, aguándose la mayor parte de las minas y quedando éstas inservibles. Don Martín de Retuerto, dueño de la mina llamada particularmente de Lauricocha, dio un socavón (y fue el primero que hubo en el mineral) dirigido al sitio de su posesión. Sus consecuencias fueron felices al principio; pero muy luego dejaron de serlo, porque la inundación imposibilitó casi del todo el trabajo, padeciendo igual fatalidad otros mineros que emprendieron después la misma tentativa. El cónsul don José de María y Ascas dirigió otro socavón al mismo pasaje, en el año de 1758, y lo concluyó en 1760, consiguiendo plenamente su intento. Sólo esta mina rendía anualmente de sesenta a ochenta mil marcos; pero, habiendo muerto este benemérito minero, se desplomó y aguó otra vez aquella mina y sus adyacentes. En el día el marqués de la Real Confianza y otros agregados están dando un nuevo socavón, y a costa de grandes gastos y de una confianza inalterable miran ya pronta la época de ver realizadas sus esperanzas. Los metales de estas minas son unos mitos azulados y cenicientos, de fácil saca y de facilísima molienda. Su ley es de ochenta a cien marcos, y esta riqueza les es como exclusiva. Este cerro mineral se compone de los tajos de Santa Rosa y Lauricocha, del de Yanacancha, Caya, Chaupimarca y Pariajilca. El tercero, aunque de metales ricos, no está muy trabajado, por haber dado en agua desde sus principios. Se intentó desaguarlo por medio de un socavón, y lo mismo se pensó hacer con el Caya; pero la desunión de los interesados ha hecho suspender varias empresas. Los metales de este cerro, en general, son pocos, y regularmente de color amarillento con pintas rojizas, dóciles a la barreta, a la molienda y al beneficio. Su ley constante, es de seis a doce marcos por cajón. El mineral es una capa o banco vulgarmente llamado manto real, por el cual cruzan vetas como una parrilla. Los cerros metalíferos acompañan a la Cordillera Nevada a distancia de legua y media, y en lo alto del terreno metálico hay una laguna que, con otras varias formadas por la confluencia de las aguas llovedizas, son las que proporcionan la molienda.

 En el año de 1789 se extrajeron de quince a dieciséis cajones de este metal, y se fundieron muy cerca de ciento veintidós marcos; pero en el año de 1793 se han fundido, en la real caja de Pasco, 1325 barras de este mineral de Lauricocha con 234.942 marcos 5 onzas, cuyo valor asciende a 2.016.703 pesos 3/8, y dejaron a S. M. por ambos derechos de cobros diezmos, 231.283 pesos 6 reales 1/2. En todo lo restante del partido se hallan minas de carbón, de cobre, algunas de plata, y en el cerro de Yanaurco muchos indicios de azogue, según el prolijo examen que hicieron de este paraje los inteligentes don José Coquete y don Santiago de Urquizo, en el año de 1785. Este punto merece toda la atención del gobierno, y principalmente el aprovechamiento del azogue. Las demás doctrinas y pueblos del partido no merecen particular atención. Todos ellos están situados por la mayor parte en las cimas o faldas de los cerros, sin el menor orden, y con unos ranchos mal formados.

EL MUJERIEGO

el mujeriegoCuando el ventoso mes de agosto llegaba a su fin, el pueblo de Ticlacayán armaba un gran revuelo por el retorno de un joven que volvía triunfante después de haber servido a nuestro ejército. Una brillante medalla colgada de su pecho con cinta encarnada era su más preciada consecución. En reconocimiento de su valor y arrojo en el conflicto con el Ecuador la superioridad lo había condecorado. Emocionado y orgulloso el pueblo organizó una actuación cívica en las que las autoridades le dieron la bienvenida y, en emotivos discursos, alabaron su bizarría. Después de expresar su agradecimiento, el joven licenciado puso al descubierto una de sus más sobresalientes habilidades: acompañado de su guitarra de la que demostró ser extraordinario ejecutante, dedicó en su bien timbrada voz una serie de canciones limeñas y tonadas de otros pagos. La gente estaba muy entusiasmada, y abiertamente lo demostró aquel día.

Sin embargo.

El transcurrir de los días les reveló que aquel joven de facciones agradables, no obstante su fuerte corpachón y talla respetable, le huía al trabajo con argumentos fútiles y risibles. Dormía hasta muy avanzado el día y, al promediar la tarde, se levantaba a deambular por las calles del pueblo, acicalado con sombrero a la pedrada, faja roja a la cintura en donde tenía bien cuidado de lucir un “corvo” gigantesco, semejante a un alfanje árabe. “Este es mi compañero” sentenciaba señalando tremendo puñal. Su díscolo y camorrista carácter pronto se hizo conocido. Con el menor pretexto cubría de  golpes el rostro y cuerpo de otros hombres jóvenes del pueblo. Quería demostrar que él era el galán más bravo de todos. Las noches calladas, dormidas bajo el dulce aroma de los eucaliptos, eran interrumpidas por las serenatas que sin ningún temor llevaba a la ventana de las más hermosas chicas del lugar. Se convirtió en un imponente seductor que, en cuanto pusiera los ojos en una hermosa adolescente, no paraba hasta conquistarla.

La primera en caer en sus redes fue Maura, una hermosa muchacha de veintidós años que por su belleza y encanto personal, era la suprema aspiración de todos los garridos mozos lugareños. Maura estaba impresionada por las frases picantes cargadas de amorosa intencionalidad, los atrevidos requiebros y las diarias serenatas nocturnas. Tímida y rendida cayó en las garras de tremendo gavilán. Enamorada como estaba, no hizo caso de consejos ni recomendaciones; caprichosa y halagada, se entregó incondicionalmente al enamorado mujeriego.

Por esos mismos días, el imperturbable Casanova se empeñó en conquistar a la dulce Helmicha, hija única de un anciano matrimonio. Nada consiguió el padre al recriminar la actitud del cortejador. A la vista del puñal, el enojo y  sed de justicia, se enfriaron. Aprovechando la impotencia y debilidad de los viejos, se la llevó sobre el anca de su corcel, y una semana después, mancillada la flor de sus encantos, la regresó a su morada como si nada hubiera ocurrido.

Cuando las autoridades tomaron conocimiento del acontecimiento, convocaron al galanteador conminándolo a que se casara para reparar su falta. Nada consiguieron. Altanero y vociferante respondió que nadie tenía derecho a meterse en su vida privada y, aventando a la puerta de la gobernación con ira, dejó con la palabra en los labios a los ancianos del pueblo.

Aquella misma noche, bajo la ventana de la sensual María del Carmen, su voz melosa rasgaba la quietud de la noche:

En las alturas de Ticlacayán

                                                     nuevos amores he conseguido.

                                                     De cada uno tengo un recuerdo,

                                                     Porque dejé mi imborrable marca.

 

                                                     Condorhuaían, pronto me voy,

                                                     Calacha punta, te quedarás;

                                                     papita menuda cosecharás

                                                     de mi cariño te acordarás.

La Malla, la hermosa Malla, bullanguera como calandria cantarina, hacendosa como buena ticlacaína, tampoco supo sustraerse a la impetuosa parla amatoria del enamorado guitarrista. Aquella noche, bajo la fresca brisa nocturna, en un tálamo de hierbas húmedas y aromáticas, perdió la candorosa inocencia de su juventud.

De nada sirvieron advertencias y recomendaciones. La risa procaz del crápula era la atrevida respuesta a todo intento de ordenamiento. El disoluto imperio del matón fue creciendo cada vez más, como el ímpetu de un torrente desbocado.

En esa vorágine de osadas pasiones tormentosas fueron aumentando las víctimas de los arrestos del serrano garañón. Liliana Luz, con sus juguetones diecisiete años y sus largas trenzas endrinas; la Epifania, la de los dulces ojos, comprometida para casarse con otro y cuya boda quedó deshecha por la intolerante actitud del galán; la “Techi”, tierna pastorcilla que sorprendida en su trayecto fue mancillada junto a los carneritos que pastaba. No había nada que hacer; el abusivo tenía franquicia para el delito y la prepotencia hasta que se topó con la imponente Josefina, chola poderosa de hermosas facciones morenas, cuerpo exuberante y majestuoso, que había logrado mantener invicto su corazón no obstante que en sus impetuosos veinticinco años, numerosos adoradores habían ofrecido riquezas y honores a sus pies. A esta opulenta y bellísima mujer, mucha gracia le causó escuchar bajo su ventana.

Desde mi pueblo de Ticlacayán

                                                     alzo la vista hasta Pillogaga,

                                                     donde mi dulce y buena Finita,

                                                     me espera enamorada y adormecida.

 

                                                     ¡Ay! subidita de Pitic

                                                     tú nomás eres testigo,

                                                     de las noches que  he pasado

                                                     con mi cholita mañosa.

La Finita, bella como ninguna, no era como las otras; su infancia y juventud, acompañando a su padre negociante, le había brindado toda clase de experiencias que como vívidas lecciones se engarzaron en su cerebro y su corazón. Mucho había tenido que luchar para no ser pasto de las libidinosas tentaciones de los hombres. Su figura magnífica, sus flancos imponentes y su belleza magistral le habían brindado alegres como dolorosas enseñanzas. Tuvo que vencer muchas tentaciones porque tenía que cuidar como a una madre a su única hermana Antolina, que con sus floridas dieciocho primaveras, no sólo era la luz de sus ojos sino también la más grande razón de su vida.

Sin embargo.

Confiada en las promesas del cantor, se había entregado totalmente subyugada en tanto hacía los preparativos para su boda. Todo en su hogar era alegría y esperanza hasta que notando la prolongada ausencia de su novio, fue en su busca y, al encontrarlo, le increpó su conducta. El infame respondió con una carcajada y unas palabras duras, muy duras, con las que le hacía saber que todo había sido una farsa y que nunca se casaría  con ella ni con nadie.

Poco faltó para que muriera de angustia. Temblorosa y casi sin aliento llegó a su hogar y allí encontró a su hermana Antolina hundida en una mar de llanto incontrolable.

  • ¡¿Qué tienes Antolina?! –Preguntó ansiosa superando la pena que doblegaba sus fuerzas.
  • Nada, nada hermanita –lágrimas incontenibles seguían brotando de sus ojos.
  • ¡Algo grave te ocurre. Nunca ha habido secretos entre nosotras!…¡Tienes que decirme lo que te sucede!….
  • No hermanita, no. Es algo muy doloroso e incomprensible. Tengo mucha pena de decírtelo…
  • Sin embargo, es tu deber contármelo. No debes ocultarme nada… ¡Habla!…
  • ¡Se trata de tu novio!….
  • ¡¿Qué es lo que ha hecho ese canalla, dímelo?!… ¡Dímelo!.
  • Esta mañana me he enterado que convive con seis mujeres del pueblo… ¿Tú no lo sabías?.
  • ¡No, claro que no!…pero… ¿Quiénes son esas mujeres?.
  • La Helmicha, la Malla, la Lilicha, la Maura, la Ipicha y la Techi.
  • ¿Todas ellas?.
  • Así es… a ti te ha ofrecido matrimonio y a ellas también…
  • ¡Es una basura!.
  • No se casará con ninguna de ellas…
  • ¡Conmigo tampoco!… El bellaco ha aprovechado de nuestra ingenuidad para engañarnos y reírse después… ¡Es un canalla!…¡Mal nacido!….
  • ¡Pero eso no es todo Josefina!…
  • ¡¿Qué más?!…¡Dímelo!
  • Esta tarde, en el camino al pueblo… me ha requerido de amores, jurándome que ninguna mujer le interesa como yo. Me ha prometido que conmigo sí se casará…
  • ¡Maldito!.
  • ¿Qué haremos, hermanita?.
  • Déjame pensarlo. –Por un largo rato estuvo cavilando en silencio, caminando por la estancia, meditando, meditando, meditando… hasta que, decidida, dijo– Pasado mañana comienzan los preparativos de la fiesta patronal. Tú debes hablar con las muchachas que has mencionado diciéndoles que se ofrezcan a participar en el “Ashua Ruhuay”, tú y yo también nos apuntaremos para trabajar haciendo la chicha. En esa ocasión conversaremos detalladamente… Nuestro honor no puede quedar por los suelos… ¡Tiene que pagarlo el maldito!. ¡Tiene que pagarlo!.

Siguiendo el plan trazado, las ocho mujeres se reunieron en la casa del funcionario donde se preparaba la chicha. Ninguna era lo que había sido. Marchitas, mal trajeadas, enjutas, eran la viva imagen del sufrimiento. Todas estaban adoloridas y humilladas. Todas llevaban en sus entrañas el fruto de sus sofocantes amores vividos. Todas ardían en odio incontenible. Los mozos ayer obsequiosos y amables, sólo tenían actitudes de reproche y de desdén para con las mujeres ayer admiradas y deseadas.

Aquel día, una a una desnudó su corazón haciendo conocer su desesperación. Todas eran víctimas, no sólo de la atrevida actitud del rufián, sino del desprecio y maltrato de sus padres y familiares que, lejos de comprenderlas, las habían condenado a vivir en humillación, desempeñando los más humillantes servicios caseros. Las gentes en las calles ya ni siquiera las miraban; es más, continuamente les dirigían pullas e indirectas que las tenían muy agobiadas. Aquel día, las ocho mujeres conocieron bien de cerca el drama de las otras y, furiosas, convergieron en una misma conclusión: todas consumarían una cruel y ejemplar venganza.

Los días transcurridos en la preparación de la chicha,  trazaron un plan que juraron cumplir al pie de la letra.

Así llegó el 29 de junio al hermoso pueblo de Ticlacayán. Desde las primeras horas de la mañana, en un gran marco de alegría y luminosidad del sol, se reunió el pueblo fiestero presidido por los funcionarios de turno. Después de la misa solemne y la tradicional procesión, comenzó el baile en la plaza principal.

El vanidoso burlador, haciendo ostentación de su llamativa vestimenta, se dedicó a bailar con la joven Antolina, regodeándose y mofándose de las otras chicas que había ultrajado. Iba y venía altanero con su pantalón de montar,  botas radiantes, faja al cinto y sombrero a la pedrada. Sus víctimas, con los ojos apagados, en los que se advertía a un extraño brillo de odio a muerte, sólo contemplaban el regodeo narcisista del canalla. Durante la fiesta, nadie bailó con ellas; la despreciaban de tal manera que daba la impresión que no existieran.

¡Esto es lo que al final ellas querían!….¡El plan marchaba a la perfección!.

Finalizada la fiesta patronal que duró una semana completa, la atractiva Antolina fingiendo caer rendida, le pidió al cortejante que la llevara muy lejos del pueblo, al cerro más elevado de Ticlacayán, para que allí le entregara su amor, sin testigos de ninguna clase. Entusiasmado, el engolosinado guitarrista aceptó, y fijaron el lugar, la fecha y la hora para el encuentro.

Llegado el día, el don Juan se presentó a la hora acordada para llevar a Antolina al lugar prefijado. La jovencita acicalada con sus mejores galas y más linda que nunca, llevaba en las manos unas cobijas y una botella grande con un líquido viscoso que dijo ser un refresco para beber.

Tomados de las manos ascendieron hasta la cumbre más alta de Ticlacayán como dos tórtolos. Tendieron las cobijas para amarse, pero antes, la dulce Antolina, con una voz acariciadora y apacible, le pidió que bebiera el licor que había llevado. Después de apurar varios sorbos, el hombre ciego e impetuoso, comenzó a besar a la joven, pero a medida que lo hacía, sentía que una aletargante modorra se apoderaba de su cuerpo. Transcurrido un buen rato, ya como en trance, el hombre escuchó la pregunta:

  • ¿Por qué te has burlado de tantas mujeres?.
  • ¡¿…Yo?!….
  • ¡Sí, tú!.
  • ¡No, jamás Toñita, jamás!. Yo no me he burlado de nadie…
  • ¿De nadie, dices?….
  • ¡De nadie, amor!- casi gritó el inmóvil galán.

En eso aparecieron las ocho mujeres que habían sufrido la degradación de su burla. Las ocho estaban juntas. La poderosa Josefina llevaba una gruesa soga gigantesca y, la Malla, un puñal descomunal en sus manos…

El hombre quedó mudo de espanto. Inmóvil, con los ojos muy abiertos y una copiosa transpiración cubriéndole el rostro, nada pudo hacer cuando las decididas mujeres lo maniataron y luego de desnudarlo completamente, lo echaron sobre el suelo con los brazos y piernas abiertas, clavándolo en sendas estacas, semejante a un cuero de res tendido para secarse. Como el hombre gritaba desaforado bajo el peso de las ocho mujeres, la Josefina –sangre de furia en los ojos- de un tajo brutal le seccionó la lengua y entregó el filudo cuchillo a Maura que con los cabellos en revoltijo y una extraña luz de rabia en los ojos, mutiló con saña los órganos genitales del abusivo, dando lugar a un incontenible surtidor de sangre. Sobre la herida abierta, la Helmicha, sin piedad de ninguna clase, esparció para restregarla abundante sal molida sin hacer caso de los roncos gemidos del mujeriego.

Poseídas de una furia homicida –mientras el hombre arrojaba la vida entre  tremebundos estertores- las mujeres iban desollando aquí y allá, regodeándose con el llanto sordo de la víctima. Deformaron el rostro arrancándole los ojos, las orejas, la nariz; hundiendo una y otra vez el gigantesco puñal en las partes más sensibles del cuerpo.

Más tarde, cuando numerosos cernícalos carniceros se aprestaban a disputar la presael mujeriego 2 tasajeada, las mujeres dejaron una masa informe todavía palpitante en el lugar y bajaron en silencio hasta la orilla del río; allí se desnudaron completamente y como cumpliendo un ritual, se bañaron todos los rincones de sus cuerpos ayer virginales; lavaron sus ropas, y volvieron a su pueblo, satisfechas.

Sentimiento cerreño

Estoy muy contento de que PUEBLO MÁRTIR, tenga una buena cantidad de seguidores. Cada día recibo testimonios de adhesión y aprecio por lo que estoy haciendo. Gracias, mil gracias. Desde hace más de sesenta años me dediqué a difundir el conocimiento de los pasajes más interesantes de nuestra historia y creo que lo estoy cumpliendo. No sólo en revistas y radio lo hice. Ahora, valiéndome de la  internet, continúo con mi misión. Espero que ustedes, amigos, no me abandonen.

Como me pongo en la situación en la que muchos de ustedes se encuentran, lejos de la tierra amada, me tomo la libertad de enviarles las siemprevivas creaciones musicales de nuestro pueblo. Esto va a cambiar de alguna manera. A partir de ahora, voy a presentarles a nuevos artistas que interpretan nuestras canciones que nos mantienen ligadas a la vieja querencia minera.

En esta ocasión les presento a una joven que con sentimiento muy plausible interpreta las composiciones lugareñas. Es Edith Milagros. Ella nos interpreta, en primer lugar, una hermosa canción nacida de la inspiración del inolvidable Nico Papish. Le seguirán otras canciones de autores notables.

Cuando la luna alumbraba

Qué alegre tú me decías

Que nunca me olvidarías

¡Ay! ingrata cerreñita. 

 

Te dejé por unos días

Pensando que me querías

No pasó ni una semana

Casada ahora te encuentro.

 

Me contaron tus amigas

Que lloras tu mala suerte

Que maldices a tu madre

Porque ahora ya no te quiero

 

Mi pueblo es el cementerio

Mi nicho es mi casita,

Mañana cuando me muera

Ya sabes dónde encontrarme

 

Grabado en una cruz

Mi nombre tú has de encontrar

Entonces, chica cerreña,

Llorando te volverás.

El beso –creo yo- es la prueba primera y sublime del amor. Es el sello de algo inmarcesible, inolvidable, eterno. Es tan etéreo como la vida misma, por eso, de las canciones que llegaron en el alijo de los españoles, la que habla del beso ubica, cómo no, al primero que indefectiblemente fue la del ser más sublime que nos dio la vida: la madre y, el otro- como dice la canción- es el que guardamos en el corazón como un sello que jamás podremos olvidar.

Dos besos tengo en la vida,

Dos besos que a mí me matan.

El primero que es de mi madre,

el segundo que tú me diste.

 

El beso que es de mi madre

Me mata porque no vuelve;

El beso que tú me diste,

Hoy me sirve de martirio.

Nuestra música, en su trajinar por los abruptos caminos de nuestra tierra, fue recogiendo el cúmulo de sentimientos que hombres y mujeres le han confiado. Una muestra muy sensible es la que cantan los integrantes de ESTAMPAS ANDINAS DE MILPO, un notable cuarteto que, respetando los cánones de la música minera, nos regala en cada una de sus actuaciones como siemprevivas de belleza y de amor. Entre sus más notables logros está esta composición que canta a la guitarra nuestra, precisamente con su título GUITARRA MIA. En esta ocasión la interpreta Edith Milagros.

Guitarra ¿Por qué tú lloras?

Si te tengo entre mis brazos,

Acaso eres como yo,

Solitito en este mundo.

 

Sin tener ojos sin tener corazón

Tú también sabes llorar.

En el fondo de tu pecho

Guardas el secreto de una traición.

EL GRINGO WILSON

Jhon  Benjamin Wilson, era un gringo alegre como pocos; había llegado de Escocia para ejercer su profesión de ingeniero mecánico en la Cerro de Pasco Railway Company, servicio ferroviario de la poderosa compañía minera local. Joven todavía, llegaba acompañada del amor de su vida, Clotilde Mums, un atractiva joven, paisana suya, primera novia de su vida, con la que estaba unido en matrimonio.

EL GRINGO WILLIAMSLa tarde de su llegada, la pareja, fue presentada a sus connacionales, nucleados en el consulado de su majestad británica. Se enteró que un primer grupo de ingleses habían llegado en 1825, cuando el gobierno nacional otorgara todas las facilidades necesarias a los que decidieran tentar fortuna en la minería. Era una manera de gratificarlos por haber luchado  por la independencia del Perú. Ellos pudieron denunciar las minas que quisieran en nuestra ciudad. El Perú pagaba así el generoso servicio que nos habían prestado. Es así que numerosos jóvenes se afincaron en nuestra ciudad. Andando los años formaron hogares respetables con las hijas de comerciantes, hacendados y mineros. Un segundo grupo –el más numeroso- arribó cuando Wayman y Harriman firmó contrato para tender el primer ferrocarril de la sierra, que enlazaba las minas del Cerro de Pasco con las haciendas minerales (Ingenios) ubicados en Occoroyoc, Quiulacocha, Tambillo y Sacra Familia, inaugurado en 1892. Éstos muchachos trajeron la novedad del fútbol, naciente y exitoso deporte que andando los años, se ha convertido en el más popular del mundo. Allí estaban los Brown, Slee, Ferguson, Trocedie, Mac Leod, Mac Donald, Taylor, Miller,  Lees, Yantscha, etc.

Simpático y abierto a las amistades, Wilson, se ganó el aprecio no sólo de sus paisanos que trabajaban con él, sino también del pueblo minero que lo trataba con simpatía. Desde su llegada hizo de su hogar el centro de reuniones fraternales con sus paisanos. La tierna Clotilde compartía sus entusiasmos y, como él, se ganó el cariño de todos. Constituían una pareja ejemplar y muy simpática. Llegaron a tener dos hijas nacidas en el nuestra ciudad pero inscritas en el consulado correspondiente. Éstas se constituyeron en las niñas de sus ojos.  En determinadas fechas,  exultante y feliz vestía su infaltable Kilt (Falda escocesa), tocando su gaita con contagioso entusiasmo,  cantando a voz en cuello y bebiendo abundante whiski que en las bodegas del consulado inglés abundaban.

Por su talla y fortaleza destacó como full – back del CERRO DE PASCO FÚTBOL CLUB, primer equipo que derrotó a la selección peruana en 1909. En aquel inolvidable cuadro alternó con sus paisanos, Franz Campbell, como goal keeper; “Jim” Blair y él, de full backs; Trocedie, Mac Leod y Mac Carthy, de hass backs; Mac Kensie, Mac Donald, Lees, Poster y Borondige, de delanteros.

En medio del dinamismo de su trabajo y la dulce compañía de su esposa, enfrentó los problemas que surgieron cuando la compañía norteamericana trato de desconocer las prerrogativas que el gobierno nacional le había otorgado. Su dedicación y reconocida bonhomía sacaron adelante sus gestiones oportunas y atinadas que le valió para ser nombrado Gerente General de la Socavonera Cerro de Pasco.

Cuando se retiró de la ciudad minera tras tantos años de vivir en ella, una enorme tristeza invadió su espíritu. Por esos días, para agravar su pesadumbre, una irremediable fatalidad lo trajo abajo. A poco de llegar a Lima, Clotilde enfermó gravemente. Una dolencia bronquial se fue agudizando con su marcada  humedad. Los mejores médicos la atendieron pero ella no consiguió alivio. Una húmeda madrugada limeña murió en brazos del amor de su vida. El pobre gringo no supo que hacer. Lloró como un niño, inconsolablemente triste. El acontecimiento lo marcó de una manera brutal. Nunca había sufrido tan dolorosa experiencia como aquella. No pudo soportarlo. Se refugió en un silencio dramático que sus familiares no pudieron quebrar. Daba pena verlo. De aquel invencible álamo que con el uniforme del Cerro de Pasco había sentado cátedra de buen  futbol en escenarios limeños, no quedaba nada.

Su yerno Arthur Shaw, médico de la compañía norteamericana en el Cerro de Pasco, extendió la alerta a toda su familia. Jhon sufría una depresión aguda agravada por una esquizofrenia peligrosa. Había que cuidarlo porque se había sumido en una dolorosa tristeza que con nada pudieron superar.

Así las cosas, no obstante el extremo cuidado de sus hijas, el sábado siete de mayo, cuando se hallaba paseando por la plaza mayor de Lima, al atravesar el puente de piedra, saltó hacia las cargadas aguas del río Rimac aprovechando en un pequeño descuido de sus hijas. La angustiosa gritería de las mujeres hizo que varios viandantes voluntariosos procedieran a salvar al gringo. Mucho tuvieron que trabajar auxiliados por la policía y los bomberos para rescatarlo de las turbulentas aguas. Los diarios de Lima y los del Cerro de Pasco informaron al detalle del doloroso acontecimiento.

A partir de entonces, por recomendación de sus médicos, se le prohibió aquellos riesgosos paseos.

Ya se encontraba aparentemente mejorado, cuando la semana del domingo siguiente de noviembre, recluido en su habitación, sin que nadie supiera cómo ni cuando, bebió una buena cantidad de arsénico con la que pretendió quitarse la vida.

Cuando oyeron una bulla espectacular dentro de la habitación,  entraron encontrándolo víctima de vómitos y diarreas imparables; con una coloración encendida y a punto de ahogarse. De inmediato fue enviado a una clínica donde se le practicó un lavado gástrico que le salvó la vida. Desde entonces, los cuidados se extremaron.

No obstante el celo meticuloso desplegado en su seguridad, la mañana del domingo 5 de noviembre, cuando una de sus hijas le llevó el desayuno a su cuarto, encontró un cuadro macabro. Al abrir la puerta vio espantada que Jhon Wilson pendía de una sábana cuyo extremo había sido amarrado a una viga de su dormitorio. Estaba muerto. La noticia sacudió al pueblo que lo recordaba y quería. Era el 5 de noviembre de 1913. No obstante el celo de sus hijos y amigos, el gringo Wilson, nunca pudo superar la pérdida de su amada Clotilde.

EL ESPANTOSO ASESINATO DE LOS ESPOSOS IBARRA (Segunda parte)

En su edición de la tarde del mismo martes -tres días después del homicidio- EL COMERCIO, traía junto con la nota del sepelio, una gran novedad: Alejandrino había sido capturado finalmente. Esa misma mañana, en el Callao, el inspector José Cáceres había visto a un chico vestido con camisa rosada de rayas blancas. Al acercársele se desarrolló el diálogo siguiente.ASESINATO 3

  • ¿Qué haces aquí? – preguntó el policía.
  • Nada…, paseando, señor.
  • ¿No tienes ocupación?… ¿Ahhhh? ¡ Eres un vago!.
  • No, señor. Estoy trabajando…
  • ¿Dónde?.
  • En la casa del señor Ugarteche…
  • ¿Qué Ugarteche…?
  • El señor Ugarteche que vive en la calle…
  • ¿Qué calle …?
  • Calle Puno…

El inspector cogió al muchacho del brazo y se lo llevó a la comisaría. Apenas llegó a ella, no pudo más y confirmó su identidad: era Alejandrino, el buscado sirviente de la casa Ibarra.  Contó que con permiso de sus padres habían sido traídos de Huariaca conjuntamente con su hermana para trabajar de sirvientes. Confesó que había matado a los Ibarra porque los hostilizaban constantemente. Con nada estaban contentos; tanto la señora como el señor. Eran renegones y mal intencionados. Que el suplicio de sus recriminaciones y descontentos llevaba ya mucho tiempo hasta que llegó a cansarlos. Cuando Alejandrino seguía en su confesión apareció don Abelardo Ibarra. Por primera vez el homicida se mostró  alterado y se puso de pie muy nervioso. En entonces que el hermano de la víctima, ciego de ira, se abalanzó sobre el asesino profiriendo insultos.

  • ¡Asesino desgraciado!- Gritó y se arrojó sobre él. Los policías lo contuvieron.

Al día siguiente cuando Alejandrino estaba aún en la prisión del Callao sorprendió a policías y periodistas, su humildad, su tranquilidad y su cortesía. Nada lo alteraba y se encontraba muy tranquilo, como si no hubiera cometido nada. Un periodista de EL COMERCIO, sostuvo un breve diálogo con él.

— ¿Por qué los mataste… ?

— Por venganza.

— ¿Por qué te maltrataban?

— Ellos tenían una sobrina que me gustaba. Yo no podía ni mirarla, me pegaban y se burlaban de mí.

  • ¿Ese era el motivo?
  • Sí. La noche antes de que los mate, el viejo Ibarra me encontró escribiendo una carta para la chica que mencioné y sin medir motivo, me comenzó a pegar mientras que me decía que mirara bien a dónde estaba levantando los ojos. Que ellos eran sus patrones y nunca permitirían ni siquiera que la mirara. Fue muy cruel echándome en cara mi pobreza y humildad.
  • ¿Qué pasó entonces….?.
  • Indignado y resentido yo dije “Eso le dirá a sus carneros, pero a mí no”. El viejo reaccionó y me gritó: “Qué dices, so animal…” y de inmediato empezó a patearme. Allí, en el suelo, mientras recibía los golpes, tomé la decisión de acabar con la vida de los Ibarra. Nunca pensé que esto también iba a cambiar la mía para siempre.

Aunque su testimonio posterior no iba a coincidir con la evidencia, su culpabilidad era obvia y, el inspector de Callao, Lino Velarde, llamó al Presidente Pardo para notificarle la captura del criminal. Ese mismo día el preso fue trasladado a Lima en el tren de las cinco. Cuando Alejandrino Montes salió de la comisaría para dirigirse a la estación del ferrocarril, había una enorme cantidad de curiosos por todo el camino. Pero los grupos de gentes del Callao no podían compararse con el gentío, que encendido de indignación y de curiosidad, lo esperaba en la estación de Desamparados. Las fotografías que se publicaron eran muy expresivas.

III

La mañana del miércoles 15 aparece en EL COMERCIO  una entrevista que Alejandrino Montes concedió al periodista en el trayecto del Callao a Lima. Según él, después de la paliza, le dijo a su hermana Fabiana que se acostara y cogió el espadín. El señor Ibarra había salido a visitar a su hermana en ese momento y en la casa sólo se sentían los pasos de la señora entrando al baño. Alejandrino entró detrás de ella y cuando le iba a atravesar la espalda, ella volteó. Entonces él se abalanzó y la hirió dos o tres veces, en medio de sus gritos. Ella se desplomó y todo quedó en silencio. Su muerte había sido instantánea.

Alejandrino cogió una comba y unas piedras y salió a la sala a esperar al señor Ibarra. Quería culminar con su acto de venganza. Se sentía algo incómodo porque su ropa estaba empapada con la sangre de la señora. Tenía mojados hasta los calzoncillos. Esperó hora y media. Cuando sintió el ruido que hacía el señor Ibarra al llegar, se preparó sigilosamente y después de verlo colgar su sombrero y bastón, le arrojó una pedrada que fue a estrellarse contra su cara. Caído al suelo como resultado del impacto, esgrimió la comba con la que siguió  martillando sobre el rostro y la cabeza de su víctima que trataba infructuosamente de protegerse el rostro. Cuando cansado de tanto golpear miró a su víctima, se dio cuenta que ya no respiraba ni se movía. Estaba muerto. Como vio que todas las paredes y el piso estaban salpicados de sangre, cogió una panoplia que estaba de adorno y arrojó por los suelos las espadas, floretes y espadines. Tenía la intención de desorientar a los policías.

Según las autopsias, la muerte de la señora Eloísa había antecedido a la de su esposo en una hora y media. En el tiempo que transcurrió desde las once de la noche, hora del segundo crimen, hasta las cinco, hora en que ambos sirviente abandonaron la casa, Alejandrino se lavó, se cambió, ordenó la casa y se llevó unos cuantos objetos de poco valor.

Según el informe periodístico, Alejandrino Montes el homicida, era  bajo, delgado y parecía hecho para todo, menos para el crimen. Durante los días siguientes, se apoderaron de él, no los jueces ni los policías, sino los médicos psiquiatras que trataban de encontrar los rasgos psicológicos y las protuberancias en la cabeza que, según Lombroso, delataba a los asesinos natos. Sin embargo las conclusiones finales fueron inesperadas. Montes era joven con un “aire de indígena pacífico” que tenía un desempeño normal. Los médicos estaban desconcertados, especialmente el eminente psiquiatra huanuqueño  Hermilio Valdizán. No encontraron en el homicida nada que indicara “precocidad criminal”.

Por ser menor de edad, el homicida fue recluido en el reformatorio nacional donde cumplió condena de veinticinco años. Su hermana fue recogida por una hermandad religiosa y pasado un tiempo se perdieron sus huellas.

El día de los funerales, delegaciones del Cerro de Pasco y Huariaca se hicieron presentes en los actos fúnebres. A partir de entonces, los periódicos tanto de Lima como del Cerro de Pasco estuvieron por mucho tiempo comentando el suceso. En Lima, por otra parte, nació una corriente de simpatía hacia el asesino llegándose hasta componer un vals criollo alabando su sentido de justicia y valentía. Poco a poco, con los años, se fue difuminando el hecho hasta morir en el olvido.

 

EL ESPANTOSO ASESINATO DE LOS ESPOSOS IBARRA (Primera parte)

El mediodía del domingo 12 de marzo de 1916, llevado por una dolorosa premonición,

Eloisa Pérez de Ibarra, asesinada en aquella noche del sábado
Eloisa Pérez de Ibarra, asesinada en aquella noche del sábado

don Abelardo Ibarra llegaba a la calle de la Condesa, a espaldas del la estación de Los Desamparados donde vivía su hermano Néstor. Iba acompañado de su mayordomo Jacinto Minaya. Su preocupación era mayúscula. Durante toda la mañana había tratado de comunicarse inútilmente con su hermano. Al llegar a la casa tocó el timbre insistentemente pero nadie abrió. Su alarma creció. Angustiadísimo le ordenó a su mayordomo que entrara por la ventana del techo pidiendo permiso a los vecinos. Realizada la tarea en cortísimo tiempo, el hombre abrió la puerta y apareció tembloroso, pálido, como un muerto, sin poder hablar. Cuando le preguntaron el motivo de su alarma, no pudo articular respuesta. Alarmadísimo entró don Abelardo y se dio con un espantoso cuadro que por mucho tiempo ocupó las primeras páginas de los diarios limeños y cerreños. Su hermano Néstor Ibarra yacía tirado en medio de un enorme charco de sangre ya casi reseca. Se podía ver entre los coágulos, retazos de labios, ojos, nariz y dientes. Había sido desfigurado completamente, masacrado salvajemente.

El juez instructor, venciendo el temblor de sus manos, anotó: “Tirado boca arriba junto a la vitrola de manija R. C. A. Víctor, el occiso  tiene una mano en el pecho como cansado de defenderse y cubrirse la cara. Hay claras señales de que su cuerpo siguió  recibiendo golpes contundentes en el rostro aún después de muerto. El ensañamiento que se nota es increíble. El rostro de la víctima ha sido salvajemente contundido hasta la total desfiguración. Posiblemente el asesino sea un maniático sin sentido de humanidad”.

La preocupación inmediata del familiar y de los primeros testigos fue encontrar a la señora Eloísa Pérez de Ibarra, la esposa. La búsqueda no fue muy larga. “Arriba, en el baño de la casa –decía el acta- está tirado su cuerpo sobre el piso, con el seno izquierdo atravesado por un espadín que le ha partido el corazón. La muerte, seguramente ha sido instantánea. Tiene puesto el camisón de dormir y junto a ella permanece el lavatorio lleno de agua limpia. La conclusión es obvia. La señora, lista para lavarse, al oír un ruido detrás y voltear, ha tenido seguramente el tiempo justo de ver el rostro decidido y fulgurante de su asesino”. En otra parte se decía: “Sobre el piso de la sala se han encontrado varias armas blancas tiradas sobre el suelo, indudablemente dejado por los asesinos para despistar las pesquisas. Junto al cuerpo del occiso se ha encontrado una nota en la que se lee: “No se culpe a nadie de lo sucedido, pues éste ha  sido un acto de estricta justicia”.  En los torpísimos caracteres con los que estaba escrita la nota, el señor Abelardo Ibarra reconoció la letra de Alejandrino, el sirviente de su hermano que no aparecía por ninguna parte. En ese momento se supo que él era el asesino. Había que ubicarlo inmediatamente.

Como es natural, el hecho criminal difundido por todos los periódicos se convirtió en la comidilla del día. La Lima de entonces, tan remilgada y pacata no estaba acostumbrada todavía a este tipo de excesos humanos,  menos aún a los hechos de sangre que todos condenaban a viva voz. En EL MINERO y LOS ANDES, diarios populares del Cerro de Pasco, se publicaban terminantes condenas del Prefecto Francisco Costa y Laurent; del subprefecto Artemio Sánchez Rodríguez; del Alcalde Enrique Portal, del Director de la Beneficencia, Jesús Vial y Cisneros y notas de condolencia los familiares de las víctimas de parte de las organizaciones sociales.

El diario EL COMERCIO condenaba:  “Este horroroso delito ha sido hecho con  cálculo atrevido, pendiente del menor detalle, propio de los delincuentes que con incomprensible sangre fría han dejado huella para despistar a la policía. No cabe duda. Es más, el asesino es un sanguinario enfermo que ha dejado fluir sus más bestiales instintos criminales. Se hace imperativo que la policía actúe con rigor y cautela para apresar a tan monstruoso asesino”.  Informaba también que, algunos vecinos la noche del crimen, habían oído ruidos y quejidos provenientes de la casa de los Ibarra, pero no les habían dado importancia. Uno de ellos recordaba haber oído incluso las voces de una mujer pidiendo perdón.

Días después, el semanario VARIEDADES mostraba las últimas fotos de los esposos Ibarra. La señora Eloísa, con un broche de tres perlas cerrando la blusa negra, el pelo negro discretamente acolchado sobre los costados y los ojos respetuosos y discretos de una hermosa dama, mirando al lente. Junto a ella, el señor Ibarra, sentado en silla de mimbre con las dos manos asidas firmemente de los costados; el rostro grande, poblado de bigotes que compensaba una ancha calvicie. En la foto que había sido tomada por Mariño -conocido fotógrafo cerreño- el señor Ibarra sonreía abiertamente. Todo era prosperidad en su sonrisa. No era el retozo de un momento de alegría, sino de toda una vida de éxito. Era la cara de un hombre seguro y satisfecho de sí mismo, un exitoso hombre de negocios y minería que había llegado a una edad madura sin mayores problemas. Era la imagen de un hombre que muchos hubieran querido ser, respetable, rico, fuerte, un hombre en apariencia feliz.

Efectivamente, el occiso había sido –como se supo después- un triunfante hombre de negocios, minero, hacendado y comerciante que, cumplidos los cincuenta, había recibido una alerta de su médico. “Lo único que le queda, don Néstor, es dejar esta tierra porque su presión está muy elevada y los problemas que le aquejan de insomnio, indigestión y dolor de cabeza, es producto de la altitud. Huariaca no ha de ser suficiente, tiene que irse a Lima”.

II

Iniciadas las investigaciones se descubrió de inmediato que los dos sirvientes de la

Manuel German Ibarra, el otro asesinado.
Manuel German Ibarra, el otro asesinado.

familia habían desaparecido. De inmediato se enfrascaron en su búsqueda. El varón era un hombrecito de diecisiete años llamado Alejandrino Montes, sirviente y, ahora,  asesino de los esposos Ibarra. Él y su hermana Fabiana, eran naturales de Huariaca donde el señor Ibarra tenía su hacienda. Alejandrino era de contextura débil que jamás haría pensar en un asesino. Menudo, flaco, de ojos grandes.

Sus facciones apenas mostraban las huellas de lo que había protagonizado la noche anterior: el asesinato de sus patrones con un sadismo salvaje que no tenía precedentes por el ensañamiento con que lo había ejecutado.

Después de consumado el homicidio, el homicida huyó con su hermana para alojarse en un hotel de la calle Trujillo, en el Rímac.

Aquella noche no durmió. Recordaba que durante su estancia en la casa dormía en un cuartito de la azotea y su hermana, en la despensa. Esa noche, mientras vivía sus últimas horas de libertad, no pensaba en los esposos Ibarra sino en su hermana Fabiana, a la que había dejado -para protegerla-  en la casa de unos señores que la acogieron aquella misma mañana. En su ingenuidad no sabía que toda la policía ya estaba tras él buscándoles en toda la zona. En esa búsqueda, había llegado a la policía un dato más que los incriminaría. El dueño del Hotel España, en la curva de Polvos Azules, contó a la policía que la noche del crimen, una pareja de muchachos “serranitos” había llegado pidiendo alojamiento, pero al no poder pagar los dos soles de cuota, se habían marchado.

El martes, día del entierro, EL COMERCIO apareció con varios testimonios que apuntaban directamente a la culpabilidad de Alejandrino. Julia Soria, la cocinera de la casa, aseveraba que los sirvientes eran “buenos aunque perezosos y que cuando la señora les daba coscorrones o tirones de orejas, eran justificados”. Otro testimonio anónimo decía que Alejandrino Montes cultivaba “intensas pasiones alimentadas en silencio”, lo cual, añadía “era normal en los indígenas“.